PARTE II

 
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Nevio entra definitivamente en un nuevo campo, la «fabula palliata», (de pallium, el vestido griego) que es en realidad una comedia derivada de la comedia media y nueva griega (siglo IV-II a.C.), con un peso muy importante de la obra de Menandro como modelo. La palliata de Nevio, como la posterior a este poeta, mezcla escenas y argumentos de diversas comedias griegas en una técnica que conocemos con el nombre de contaminatio (contaminación), que produce unos resultados bastante buenos y alcanza incluso un nivel muy notable de originalidad e independencia respecto a sus fuentes. Mediante este procedimiento, sumado a una carga alusiva contemporánea, se alcanzaba un alto contenido cómico que satisfacía al público romano con un distanciamiento muy evidente respecto a sus modelos, que no se ocultaban.
     Si la tragedia tuvo un contrapunto más popular o cercano a los romanos como fue la pratextata en el caso de la comedia, la fabula togata, jugará este papel vinculando la palliata con los géneros del teatro satírico tradicionales en Roma; incluso en la togata, por su especialización, podemos distinguir subgéneros como la tabernaria, de corte muy popular, y la trabeata (por el vestido masculino) que hacía intervenir a los caballeros, la más industriosa y ágil clase social romana. En este tipo de obras hemos de destacar algunos autores que consiguieron representar con éxito la sociedad de la Roma republicana; así Titinio (a finales del siglo III a.C. que compuso al menos 15 obras de las cuales nos han llegado fragmentos) o bien Lucio Afranio (siglo 11 a.C.) que es el principal representante reconocido de la togata y que fue autor de al menos 43 obras de las que restan unos 300 fragmentos; títulos como Libertus (El liberto), Prodigus, (El pródigo), Materterae (Las madrastras), nos pueden dar una idea del carácter popular de su obra. Por último, hemos de citar a Tito Quincio Ata, que tiene su éxito en el primer cuarto del siglo I a.C. y compone al menos doce togatae con títulos como Socrus (El suegro), Nurus (La nuera) o bien Aquae Calidae (quizás de ambiente termal). La togata, con sus cuadros costumbristas, se subsuma a la Atellana literaria a la que Pomponio había dado en el siglo I a.C. forma literaria; a su vez fue desplazada, a partir de la época de César, por el «mimo» que dominó, junto con el «pantomimo», el escenario hasta el final del imperio, por más que algunos autores -Décimo Laberio, Pubililio Siro Y Lucio Valerio Núcula entre otros- intentaran resucitar viejos géneros.
     Dediquémonos ahora al periodo y los autores más importantes del teatro romano y concretamente a los dos escritores de palliata de mayor renombre: Plauto y Terencio. No obstante, hemos de recordar antes «al padre de la poesía latina», al poeta Enio (239-169 a.C.) nacido en Rudiae, que unía en sí las tres almas griega, osca y romana, y que compuso praetextae patrióticas como las Sabinae (sobre el rapto de las Sabinas) o Ambracia (sobre la conquista heroica de esta ciudad). Por lo que sabemos, compuso también otras veinte tragedias de ciclo troyano y mitológico, además de sus Annales, el poema épico por excelencia que sólo superará Virgilio.
     Plauto es un personaje cuya biografía se nos escapa y se ve envuelta en una tradición que la hace casi un argumento de los que el propio Plauto desarrolla. Su nombre parece haber sido Tito Macio Plauto y su origen, la ciudad umbra de Sarsina; parece haber tenido altibajos en su carrera teatral en la que alcanzó, por lo poco que sabemos, una gran popularidad, aunque la tradición cuenta que se tuvo que ganar la vida haciendo girar la muela de un molino, al caer, por deudas, en manos de un acreedor; de aquí parece haber derivado una comedia hoy perdida, el Addictus (Esclavo por deudas) que narraba su propia experiencia. Su vida parece haberse desarrollado entre el 255 y el 184 a.C. Se dedicó únicamente a la comedia, la palliata, y se nos han conservado, entre el 255 y el 184 a.C., año de su última representación datada, veintiuna comedias entre las cuales el Miles gloriosus (El soldado fanfarrón) o el Amphitrio (Anfitrión) que se mueven en temas de guerra, propios del momento en que escribe Plauto. Hay también referencias continuas en la Casina, donde Casina, la protagonista, no aparece en persona, y en Cistellaria (Comedia del cestito), o en los Captivi (Cautivos), donde se desarrolla el tema de los equívocos entre personas que dan tema también a Bacchides (las Baquíadas, dos hermanas), Menaechmi (los dos Menecmos). Persa y Poenulus introducen extranjeros y el Pseudolus nos muestra al esclavo que salva a su amo de sus problemas; el parásito adulador es el tema de Curculio (carcoma). Asinaria (la comedia de los asnos) o la Aulularia o la comedia de la olla. Los modelos de Plauto son fundamentalmente Menandro, Dífilo y Filemón, a los que su genialidad en el manejo del latín y de las situaciones hace olvidar para recrear así una obra nueva y original.
     En un ambiente muy distinto surge Terencio. Publio Terencio Afro es un esclavo cartaginés que, llegado a Roma, alcanza la libertad por su talento literario después de recibir una esmerada educación por parte de su amo el senador Terencio Lucano. Vivió entre el 190 y el 159 a.C. pero su carrera literaria como autor teatral parece haber sido muy corta y se escalona entre el 166 y el 160 a.C. [Figura 3] Su relación de amistad con Escipión Emiliano, con Gayo Lelio y con Lucio Furio Filo hizo correr un rumor, recogido por los biógrafos antiguos de Terencio, según el cual estos importantes e influyentes personajes serían en realidad autores, o al menos coautores, de la obra que circulaba bajo el nombre del cartaginés. Así, las seis comedias que se nos han conservado, resultado también de la influencia griega, serían, en cambio, el fruto de esta colaboración, en forma de un cierto sentimiento aristocrático y de uso del lenguaje que alejaba a Terencio de Plauto. Sus comedias son todas ellas de enredo y versan sobre engaños entre padres e hijos como el Heautontimorumenos (El torturador de sí mismo) [Figura 4], o bien en Adelphoe (Los hermanos), temas como Hecyra (La suegra) o Eunuchus (El eunuco) [Figura 2], comedias de equívocos o bien Formion de nombre latino o la Andria (La muchacha de Andros) [Figura 5], donde se narran historias amorosas y, de nuevo, equívocos.
     Otros autores cultivaron los géneros literarios convencionales como la tragedia y la comedia pero a la postre sucedió, como hemos dicho, que, aunque en algún momento comedia y tragedia quisieron restaurarse, ya nada pudo oponerse al «mimo» y al «pantomimo». Podemos recordar al tragediógrafo Accio en el siglo I a.C., a Pacuvio en la tragedia y a Cecilio en la comedia, como herederos del gran Enio en el siglo III-II a.C. Turpilio, en el siglo I d.C. pretendió hacerlo con la «palliata». En época flavia algunos poetas intentaron hacer revivir la «togata», pero fueron esfuerzos inútiles. Solamente Lucio Aneo Séneca, el hispano todopoderoso, ministro de Nerón por un tiempo y gran filósofo, consiguió escribir una obra de envergadura excepcional que ha llegado hasta nosotros: sus ocho tragedias [Figura 6] a las que se suma el Hercules Oetaeus (Hércules en el Eta), que resulta de atribución más discutida. Su obra trágica, sin duda alguna de representación muy difícil y dudosa, no buscaba la catarsis como la de los griegos, pero sí una introspección en el espíritu humano y una gran penetración psicológica que consigue momentos de gran fuerza dramática. Sus temas son los del ciclo troyano en parte como Troades (Las Troyanas) o bien Agamemnon, o temas tan universales como Oedipus (Edipo), Phaedra (Fedra), Thyestes (Tiestes) o Medea. El tema de Hércules, con su Hercules Furens, llega a una cima inalcanzable hasta el momento en su obra. Hay que mencionar también las Fenicias (Phoenissae, con el tema de Antígona). Se acostumbra a unir a la obra de Séneca la Octavia, de muy complicada atribución.
     El teatro romano se cierra prácticamente después de una breve pero brillante trayectoria, en época republicana, de forma que en realidad la construcción de los grandes teatros no se corresponde con la creación de las grandes obras literarias que lo caracterizan y sí con un espectáculo, mucho más ágil y ligero como es el mimo y la pantomimo, del cual paradójicamente no tenemos más que noticias dispersas, anécdotas y algunos escasos nombres de actor.