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Por Ángel Ventura Villanueva. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Córdoba. | ||
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PARTE I |
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| Las únicas noticias literarias que narran la celebración en Corduba de ludi scaenici se refieren a
época republicana; a un momento anterior, por tanto, a la construcción en época augustea del monumental teatro documentado por la arqueología, del que nos ocuparemos más
adelante. Se trata, en concreto, de las fuentes que recuerdan la estancia en nuestra ciudad del procónsul Quinto Cecilio Metelo Pío durante el invierno del año 74 a.C.
(RODRIGUEZ OLIVA, 1993, 193; BELTRAN, 1997, 312-315). El episodio, aunque puntual
y anecdótico, tiene el mérito de ser pionero respecto a los valores propagandísticos e ideológicos que el teatro asumirá para el posterior régimen imperial, por lo que
merece la pena tratarlo con detenimiento: «At Metellus in ulteriorem Hispaniam post annum regressus, magna gloria concurrentium undique, virile et muliebre secus, per vías ac recta omnium visebatul: Eum quaestor C. Urbinus aliique, cognita voluntate, cum ad cenam invitassent, ultra Romanum ac mortalium etiam morem curabant, exornatis aedibus per aulaea et insignia, scenisque ad ostentationem histrionum fabricatis; simul croco sparsa humus et alía in modum templi celeberrumi. Praeterea tum sedenti transenna demissum Victoriae simulacrum cum machinato strepitu tonitruum coronam capiti imponebat, tum venienti fere quasi deo supplicabatur...» (Sall., Hist. II 70 M). «Metelo regresado a Hispania Ulterior después de una ausencia de un año, era acogido con grande gloria por multitudes de hombres y mujeres que de todas partes acudían a verlo desde calles y tejados. El cuestor Cayo Urbino y otros, conociendo sus gustos, le invitaron a una comida, obsequiándolo no ya por encima de las costumbres romanas, sino de las de cualquier mortal; adornando las estancias con tapices y estatuas, erigiendo escenarios para representaciones histriónicas, esparciendo de azafrán la tierra, y otras cosas, al modo de los más famosos templos. Además, estando él sentado, aparecía, bajando por un cable, una estatua de Victoria con un artificioso estrépito de truenos y depositaba una corona en su cabeza; se le hacían plegarias como si un dios hubiese aparecido...» «...quid enim sibi voluit princeps suorum temporum Metellus Pius tunc cum in Hispania adventus suos ab hostibus aris et ture excipi patiebatur? cum Attalicis aulaeis contectos parietes laeto animo intuebatur cum inmanibus epulis apparatissimos interponi ludos sinebat? cum palmata veste convivía celebrabat demissasque lacunaribus aureas coronas velut caelesti capite reciepiebat?» (Val. Max. 9.1.5). «...¿qué se proponía el príncipe de su tiempo Metelo Pío, cuando en España permitía que su llegada fuese festejada por sus enemigos con altares e incienso? ¿Cuando se regocijaba contemplando las paredes cubiertas con tapices atálicos y permitía que unos opulentos festines fuesen interrumpidos por costosísimas representaciones? ¿Cuando celebraba convites envuelto en una toga bordada de palmas y recibía en su, diríase, divina cabeza aúreas coronas que se desprendían del techo?» Frente a la narración aséptica y objetiva de los hechos que ofrece Salustio, Valerio Máximo recrimina la celebración en una «horrida et bellicosa provincia», lejos de Roma, de este particular triunfo no oficial. En efecto, buena parte de los elementos del relato apuntan al carácter triunfal de la ceremonia desarrollada: la ocasión -derrota del enemigo sertoriano Hirtuleyo, muerto en combate-, la procesión festiva entre la multitud, los sacrificios, la vestimenta -tunica palmata-, los banquetes, la organización de ludi scaenici, la «epifanía» de la Victoria, la corona de oró. Todo ello con la aparejada ostentación y lujo de carácter privado, que explican en parte el tono de reproche del historiador: «odit populus Romanus privatam luxuriam, publicam magnificentiam diligit» (Cic., Pro Murena 76). Pero también, y en particular, nos transmite la indignación que produjo entre los contemporáneos veteres et sanctos viros los honores quasi-divinos otorgados al viejo general Metelo, más propios de las monarquías helenísticas que de la severitas y moderatio exigibles a un imperator republicano. De hecho, algunos elementos remiten directamente a Pérgamo, como la decoración con tapices atálicos; pero también presenta sabor heleno la propia representación teatral. No sabemos qué obras, o incluso qué géneros dramáticos, representaron los histriones en aquella ocasión: ¡hasta resulta sorprendente su mera presencia en la Ulterior en momentos tan tempranos! (cfr. Filóstrato, Vit. Apol. Tyan. V; 91). Ahora bien, aún desconociendo el origen de estos actores, la influencia griega es evidente por las técnicas escenográficas descritas: empleo de la mechané para la espectacular aparición de la estatua de Victoria, auténtica dea ex machina, así como del bronteion para los efectos acústicos tronantes (Pólux, Onomasticon, 4. 124-32). Sofisticaciones que deben servir, además, para aquilatar la complejidad de la scaena construida en Corduba para la ocasión, al estilo de las que se levantaban en Roma con similar carácter temporal (Plin. Nat. Hist., 35, 23 Y 36, 114- 115). Como bien ha resaltado F. COARELLI (1997, 563-566), este colofón teatral no era otra cosa que una emulación consciente de la ceremonia de coronación del basileus y, más concretamente, de la protagonizada algunos años antes, en 88 a.C., por Mitrídates del Ponto, enemigo acérrimo de Roma y aliado de Sertorio, contra quienes había dirigido sus campañas bélicas Metelo: «A Mitrídates, que se encontraba en Pérgamo, se manifestaron muchos presagios divinos: en particular, una estatua de la diosa Victoria que portaba una corona, hecha descender sobre él por los pergamenos mediante una máquina, se rompió cuando iba a coronarle, y la corona, cayendo por el teatro, se rompió en el suelo.» (Plutarco, Syll. 11, 1-2). Pocos años después tan criticados usos monárquicos acabarían por imponerse en Roma como manifestación evidente del tránsito de la República al Principado. Y el escenario para ellos fue el Theatrum Lapideum, inaugurado en el 55 a.C. y desde entonces lugar fundamental para la exhibición pública del poder unipersonal. A las representaciones allí desarrolladas acudirá su constructor Pompeyo, y posteriormente César, luciendo vestimenta triunfal y portando corona de oro, privilegios ambos extraordinarios concedidos por el Senado (ZORZETTI, 1991, 281- 282). Más adelante, con Augusto, se fijará el tipo arquitectónico teatral, difundiéndose por las regiones occidentales del Imperio, al tiempo que se concretarán sus funciones supradramáticas. Los teatros de provincias servirán como espacios de autorrepresentación de la sociedad jerarquizada, donde mostrar la lealtad hacia el emperador y desarrollar los rituales de culto dinástico (GROS, 1990; GEBHARD, 1997). Tras este episodio precoz y extraordinario, hemos de esperar a época augustea para encontrar las causas que motivaran la erección de edificios de espectáculos permanentes en Corduba a lo largo del siglo I d.C.: teatro, anfiteatro y circo. Sin duda, un papel determinante jugó la elevación de status a colonia civium romanorum, de cognomen Patricia, que las acuñaciones documentan con anterioridad al año 14 a.C. Sería entonces cuando la lex coloniae impondría a los duunviros la obligación de establecer un calendario festivo, similar al de la Urbs, con fechas fijas dedicadas a ludi o munera reglamentarios (MELCHOR - RODRIGUEZ NEILA, 2002, 137-156) y regularía otros aspectos relacionados con tales celebraciones, según el ejemplo de la lex Ursonensis: gastos, distribución de localidades por clases sociales (discrimina ordinum), divinidades a quien se dedican los juegos, etc... (caps. 64, 125-127: GoNzALEZ, 2002, 86-88). A estas necesidades «estatutarias» se añadirían las de carácter urbanístico, habida cuenta del papel que teatros, anfiteatros y circos desempeñan en cuanto símbolos de urbanidad romana (GROS, 2002, 27-40). Y por último, las necesidades derivadas de su capitalidad administrativa de la provincia Baetica y sede del culto imperial provincial (PANZRAM, 2002, 167- 181), como demuestra la inscripción del flamen L. lunius Paulinus quien, a finales del siglo II d.C., conmemoró su elección para el alto cargo sacerdotal con la donación evergética de estatuas por valor de 400.000 sestercios y la celebración de munera (gladiatoria), ludi (scaenici) y circenses (CIL II2/7, 221). De los edificios de espectáculos con que contó la Colonia Patricia en época imperial, es sin dudas el teatro el que, hoy por hoy, mejor conocemos; al tiempo que se nos muestra como el más destacable por la magnificencia de su arquitectura y la riqueza de su ornamentación. Identificados por vez primera sus restos en 1994 por el equipo del Seminario de Arqueología de la Universidad de Córdoba, dirigido por la Profra. Dra. Pilar León (VENTURA 1996, 153-168 ; VENTURA, 1997, 33-54; MARQUEZ-VENTURA, 1997), las recientes ,campañas de excavación de los años 1998-2002, dirigidas por C. Márquez, A. Monterroso, y quien estas páginas suscribe, han descubierto aproximadamente un 30% de su superficie, así como buena parte del entorno urbanístico monumental en que se insertaba. Disponemos con ello de elementos de juicio suficientes para recrear en su totalidad la cavea, mientras que desconocemos por completo el edificio escénico. Es por tanto un yacimiento «vivo», que seguirá investigándose en el futuro. Más aún, por el hecho casual de encontrarse justamente bajo la sede del Museo Arqueológico Provincial, actualmente en proceso de ampliación y reforma (GODOY-BAENA 2001) [Figura 1]. En efecto, el teatro romano de Córdoba [Figura 2] se localiza en los alrededores de la actual Plaza de jerónimo Páez; espacio urbano que constituye la fosilización de la orchestra. La cavea, de trazado semicircular, presenta un diámetro de 124,23 m (= 420 pies romanos), lo que convierte al patriciense en el mayor teatro de los conocidos en Hispania: apenas 6 metros menor que el Teatro de Marcelo en Roma (129,8 m), supera a los edificios de Cádiz (Gades, 120 m), Zaragoza (Caesaraugusta, 105 m), Clunia (91 m), Cartagena (Carthago Nova, 87,6 m), Mérida (Emerita Augusta , 86,6 m), y Sagunto (82 m) (AA.VV. 1983; AA.VV. 1993). No se han localizado todavía las inscripciones conmemorativas de la inauguración del edificio, pero otros epígrafes que componían su ambiente epigráfico (altares, reservas de asientos de gradas, pedestales honoríficos, etc.), permiten datarlo con seguridad en época augustea (CIL II2/7, 253), Y muy probablemente con anterioridad al año 5 d.C. (CIL II2/7, 225). Tales inscripciones documentan, además, la presencia en el edificio de las más notables familias locales de la época (Annaei, Mercellones Persinii, Marii, Numisii, etc.), en lo que opinamos pudo ser un proyecto directamente auspiciado por el Princeps (VENTURA, 1999). Continúa en la página siguiente... |
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