ALBUM FAMILIAR

 

Ramón y Conchita en el entorno de Huesca

   

Junto al Casino Oscense

 
 

Conchita, Katia y Sol

 

Un pozo de humanidad  
     Felipe Alaiz, que ha escrito un sentidísimo panfleto titulado Vida y muerte de Ramón Acín (Barcelona, Ed. Tierra y Libertad, en la serie Episodios, anecdotario de la guerra y la revolución, nº 2, 1937) nos presenta a Acín como un pozo de humanidad, y en el pozo un cable con un polo de tierra que atraía los letales rayos del Poder, hasta que acabaron con él. Pero aquel fusilazo no se perdió en el aire, sino que sigue y seguirá echando chispas por toda la descendencia y posteridad de espíritu libertario, y no sólo oscense, sino universal.
     En las fotos de cuarentón tiene un aire de Philippe Noiret -sin la sonrisa pícara del actor-, mezclado de una cierta expresión de Ima nol Arias con la boca cerrada y un poquitín torcida. Viene a ser para mí, no obstante, algo muchísimo más importante su aspecto de conjunto: un trasunto machadiano de aquella frase con la que don Antonio se autodefine: «un hombre bueno en el buen sentido de la palabra bueno». En aquel estado en que acusa fuertemente un síndrome de cansancio, un subproducto, a su vez, de desencanto, no sería de extrañar que en aquel entonces, estuviese a punto de trasponer la cresta de la tolerancia, de cuya verdad y necesidad en sociedad estaba más que convencido; pero una cosa es el convencimiento y otra la obediencia al mismo de un cuerpo estirado al límite. Verosímilmente, se debatía entre la opción de una violencia revolucionaria y su naturaleza moral tan profundamente arraigada que parecía genética, siempre tan respetuoso con la vida, incapaz como era de insultar ni faltarle al respeto ni a su peor enemigo. Y en este sentido de comportamiento ético, representa Acín al libertario español menos -ista que concebirse pueda. Pudo llamarse anarquista o anarcosindicalista, pero él es el que nos da la cara más simpática y humana de la intelectualidad libertaria española, aquella que no admite violaciones de ninguna índole ni comulga con ruedas de molino, por muy venerablemente barbados que sean los que las hacen rodar.
     Al reverso de todo fanatismo, Acín era hombre abierto y libre, que entendía la vida como el material de una obra de arte desde el propio entusiasmo, inocencia y amor. Pues como Acín hubo muchos miles de jóvenes del M.L.E. de entonces, igualmente ilusionados en hacer de la vida una obra de arte y de la sociedad una fiesta de aventuras y nobles empresas capaces de incentivar el auge del sentido común como fermento de la opinión pública, nuestra única salvación contra los abusos del poder. Sí, hubo muchos como él que vivieron la revolución del 36 como levitados por esa ilusión, pero ¡ay! ignorantes de las necesidades mal adquiridas de la historia que implican lucha, violencia y guerra, para luego quedar eliminados. En tanto que Acín, al ser cortado de la historia tan pronto; resulta ser como el glorioso representante de esa legión aludida, esa generación a que yo llamo la de los nobles centauros, víctimas inocentes de los pragmáticos lapitas de todos los tiempos y latitudes, generalmente escudados tras algún tramposo ideal político.
     De esa doble condición de arte y hombría, de ilusión y entusiasmo centáuricos, puede haberse propagado la enorme influencia de Ramón Acín en la post-revolución española del 36. Un poco como Fray Bartolomé de las Casas nos salva del baldón de nuestra conquista y colonización de las Américas, ¡tan merecedoras de la Leyenda Negra!, así Ramón Acín nos redime un tanto, por su bondad, de la fama ganada por los anarcosindicalistas de proclives al terrorismo.

Continúa en la página siguiente...

   
 

Esta página existe gracias al mecenazgo del
Ayuntamiento de La Puebla de Alfindén