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Optimismo intransigente | ||||||||||||||
| Acín sobrepasaba a los
surrealistas en cuadros de humor, como aquel Tren inolvidable que
expuso en Barcelona el año 1929 en la desaparecida Sala Dalmau. Viendo las
estampas de Barradas de la última época, nos acordábamos de Acín. Y lo mismo
viendo cartones de Goya. Sin embargo, Acín era distinto de todos y distinto
un día de lo que era él mismo horas antes. No era muy amigo de trabajar con las llamadas materias nobles, por el motivo -decía él de que «no se pueden tutear». Así que, en vez de trabajar el oro, la plata el marfil, etc., sus objetos de arte escultórico estaban hechos con material barato. Con metal nada caro hizo, por ejemplo, su Agarrotado, figura que puede parangonarse con lo más profundamente expresivo salido de manos humanas. Tiene un valor de síntesis y unas dimensiones trágicas que encrespan y sofocan a la vez. Como su Cristo que, según el autor, tiene un gesto de banderillero con los brazos abiertos para prender los rehiletes en carne de toro. Y tiene Acín unas viñetas de tauromaquia crítica con su moraleja favorable al buey arador, que son un prodigio. Las publicó en una revista zaragozana titulada Claridad, una revista que él y yo planeamos en 1921 y no tuvimos ocasión de continuarla, muriendo la revista apenas nacida. (Nobles propósitos que unirían mi nombre al de Acín con un imperdible de afinidad y afecto si hiciera falta la prueba cordial de aquellos sentimientos) Sano como el cierzo de Aragón, animoso y afectivo como pocos y como pocos digno y ferviente sin manotadas fue Acín. Era un valor aragonés no cuadriculado en el regionalismo ni en ningún -ismo exclusivista. Supo mirar cara a cara la vida. Y heroicamente, supo también mirar cara a cara la muerte. Murió de pie, como el legendario Enjolras. Su vida fue corta, pero llena. Los que fuimos sus amigos hemos de pensar en él y recoger su lección de gran maestro. ¡Seamos siempre dignos de él! Sí que vale la pena repetirlo: lo verdaderamente trascendente de Acín es su vida. Sus 48 años enseñándonos a todos con su sabia inocencia, su generosa sencillez y su «optimismo intransigente» (¡retengamos esta feliz definición alaiziana de Ramón Acín, que es seguramente lo más digno de emulación por parte de los españoles, quienes tan pronto se pasan a la transigencia por vía del pesimismo!). En resumidas cuentas, concluyo convencido de que en esto fue espejo Acín: en avisarnos de que sólo puede salvarse la humanidad por la cultura y que sólo puede ser plenamente feliz por el amor. Ramón Acín Aquilué, mártir sin santoral, santo sin altares, pero sobre todo beato en el buen sentido que le da a este término Baruch Spinoza, el filósofo de los filósofos, hijo de Ámsterdam por casualidad, pero nieto de Castilla, con raigambre cultural y espiritual profundamente española. Nació Acín en un año fausto de tres ochos, que, tendidos, son tres infinitos trascendiendo a nuestro Ramón oscense: un infinito de bondad, un segundo infinito de conciencia y un tercer finito de amor. ¡Que estos tres infinitos fertilicen con sus lluvias proliferantes los siglos venideros hasta hacer que los abracen todos los hombres y mujeres!. |
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