La alegría de vivir  
     Mayor vigencia tuvo otra forma de expresión experimentada entre 1928 y 1930, una cronología establecida por Manuel García Guatas. Me refiero a un núcleo de obras que ya resalté en su momento y que vinculan al artista con ese renacimiento clasicista que también se observa en algunos artistas españoles, como el propio Pablo Picasso. Son óleos, en general sobre cartón, que muestran la alegría de vivir a través de desnudos en distintas posiciones.
     Por las mismas fechas pintó otro conjunto de óleos definidos a base de un lenguaje entre mágico y surreal que enlazan, igualmente, con la vanguardia más avanzada de la España prerrepublicana. Muestran parciales imágenes ilusorias sobre fondos irreales, a veces fantásticos y otros casi estructurales, que parecen aludir, en mi opinión, a sus deseos de paz y libertad; de una vida más apacible que, por el momento, en España no se podía disfrutar.
     Y por si ello no fuera suficiente, en 1928 comenzó sus investigaciones con chapa de hierro y aluminio, recortadas y dobladas, para concebir un nuevo tipo de esculturas, que han sido ampliamente destacadas por la historiografía española; una opinión que comparto. Las más conocidas son El agarrotado o Las Pajaritos, pero igualmente significativas son El crucificado, Bañista, Eva después o Bailarina, fechadas entre 1929 y 1930. Todas ellas parece que fueron compuestas como si de recortables se tratase; incluso sus emblemáticas Pajaritas se vinculan con la papiroflexia, con esos juegos infantiles que construía para sus hijas, al igual que harían otros grandes artistas como Alberti o García Lorca.
     Y la mayoría de ellas fueron expuestas en las distintas exposiciones que presentó desde finales de los años veinte. Las más significadas fueron, sin duda, las individuales que celebró en 1929 en la sala Dalmau de Barcelona, en la que exhibió cuarenta piezas que obtuvieron un éxito más que notable y una significada repercusión en la prensa catalana y aragonesa. Medio año después presentó setenta obras en el recién construido Rincón de Goya de Zaragoza, que le valió críticas muy elogiosas y otras, las de los Hermanos Albareda por ejemplo, especialmente duras y agrias; lo cierto es que provocó una tensa polémica entre los defensores y detractores de las vanguardias en Aragón. En 1931, tras la proclamación de la II República, se presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, logrando una gran difusión y el reconocimiento por parte de la crítica más avanzada. Al año siguiente expuso, por fin, en su ciudad natal, en las salas de Círculo oscense, y, como se supondrá, la cobertura de prensa fue espectacular; sin embargo, las opiniones sobre su trabajo fueron ambiguas; de su lectura se infiere que Acín era un personaje querido, pero que sus creaciones no fueron entendidas ni valoradas.
     Ahora bien, ni el éxito de las exposiciones celebradas en Barcelona y Madrid, ni el teórico fracaso de la oscense lograron variar el rumbo elegido. Siguió pintando, dibujando y esculpiendo; creó imágenes más esperanzadoras: nacieron aquellos veleros, veladores, ninfas, bañistas, atletas, su relieve para el monumento jacetano a los capitanes Galán y García Hernández, su Desnudo al sol... Obras que enlazan, por su definición y tratamiento, con lo más avanzado del momento en Europa.
     No pudo continuar, su fusilamiento cercenó su vida y también su trayectoria artística; una trayectoria que, a buen seguro, nos hubiera deparado importantes novedades pues no debe olvidarse que fue asesinado en el meridiano de su vida. La crueldad de la guerra se ensañó con él, con su familia y con todos nosotros, privados de su personalidad y su creatividad.
   
 

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