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LA INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA |
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| ORIGEN Y CARACTER DE LA
INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA |
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La Institución Libre de Enseñanza
fué fundada en 1876 por varios catedráticos y auxiliares de Universidad o
Instituto, separados de sus clases a consecuencia de su protesta contra
los decretos de Instrucción pública de 1875, atentatorios de la libertad
de la cátedra.
En el proyecto de creación dicen sus fundadores que
obedece aquél a la necesidad de sustraer a la esfera de acción del Estado
fines de la vida y órdenes de la actividad que piden una organización
independiente; que la historia contemporánea muestra la dificultad de
armonizar la libertad que reclaman la investigación científica y la
función del Profesor con la tutela que ejerce el Estado, el cual tiende, a
veces, a desconocer en su origen el valor absoluto de la ciencia y la
fuente pura de donde se derivan los bienes que está llamada a producir
para el individuo y para la sociedad, y que dar el primer paso en el
camino de la independencia en este orden es el fin que al establecer la
Institución se proponen.
Creóse, y se mantiene, sin subvención alguna oficial,
con el solo concurso de la iniciativa particular, mediante acciones y
donativos voluntarios, a más de los ingresos de su matrícula y demás
servicios.
Nació y permanece completamente ajena a todo espíritu e
interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político,
apartada de apasionamientos y discordias, de cuanto no sea, en suma, la
elaboración y la práctica de sus ideales pedagógicos.
En armonía con su origen, comenzó por ser un centro de
estudios universitarios y de segunda enseñanza; mas la experiencia puso de
manifiesto, bien pronto, que una reforma educativa profunda no puede
cimentarse sino en la escuela primaria. Inauguróse, pues, en 1878, una
escuela inspirada en las ideas y métodos que en aquella época pugnaban en
otros países por informar la educación hacia nuevos derroteros, y este
ensayo fué el comienzo de una serie de innovaciones con objeto de extender
a la segunda enseñanza el mismo espíritu e iguales procedimientos, y de
infundir en la superior, andando el tiempo, principios homogéneos con los
de ambas.
Así ha nacido el interés con que la Institución, al par
que en su obra interna, viene ocupándose en la reforma de la educación
nacional, de donde procede el influjo que, en medio de las naturales
protestas y explicables prevenciones, han podido ejercer sus principios
-generalizados y aun vulgares hoy ya muchos de ellos- sobre la opinión
pedagógica del país, y, consiguientemente, a veces, sobre el régimen de
nuestra educación pública y privada.
Una de las manifestaciones de la continuidad que la
Institución aspira a dar a su influjo educador es la «Corporación de los
Antiguos Alumnos» (C. A.), fundada en 1892, y cuyos fines son estrechar
entre ellos lazos de compañerismo, mantener viva con amplio sentido la
obra de aquella casa, proseguir su educación personal, contribuir a la
acción social de nuestro tiempo y despertar el espíritu cooperativo.
Y uno de los medios de salvar los límites en que por
fuerza ha de encerrarse la obra que realiza, es su Boletín, órgano oficial
de la Institución y Revista consagrada tanto a la difusión de la cultura
general, cuanto, muy especialmente, al estudio de las cuestiones
pedagógicas.
A su frente figura el artículo quince de los Estatutos,
que fija claramente el carácter de esta sociedad educadora: «La
Institución Libre de Enseñanza es completamente ajena a todo espíritu e
interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político;
proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de su
indagación y exposición respecto de cualquiera otra autoridad que la de la
propia conciencia del profesor, único responsable de sus doctrinas.»
(FRANCISCO GINER DE LOS RIOS, «En el cincuentenario de la ILE», Madrid,
1926, págs. 17-20.) |
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| FRAGMENTOS DEL DISCURSO
INAUGURAL DE LA I.L.E., EN EL CURSO 1880-1881 |
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SEÑORES: Germinada en el
hervidero de las ideas con que sacudió nuestra pereza intelectual el
impulso de la libertad de enseñanza; nacida luego en medio de una crisis
profunda, y a favor de ella, como todas las obras firmes, de la humanidad
y de la vida; gradualmente desenvuelta a compás de la evolución con que ha
ido ganando en sus senos la conciencia de su fin; penetrada de severo
respeto hacia la religión, el Estado y los restantes órdenes sociales, la
Institución Libre, de día en día más próspera y fecunda para bien de todos
-aun de sus adversarios-, merced al concurso espontáneo de la sociedad, a
quien, después de Dios, todo lo debe, viene hoy a renovar ante ella sus
votos, tendiendo con amistosa fraternidad la mano a todas las doctrinas y
creencias sinceras, a todos los centros de cultura, a todas las
profesiones bienhechoras, a todos los partidos leales, a todos los
Gobiernos honrados, a todas las energías de la patria, para la obra común
de redimirla y devolverla a su destino.
Obra es esta, señores, que pide clara concepción, labor
profunda, ánimo sereno, devoción austera, paciencia inquebrantable. De ese
común espíritu imbuidos los diversos órganos de la vida social, aportan a
ella todos, cuando permanecen fieles a su vocación, el generoso fruto de
sus ministerio. Extiende la religión entonces por doquiera la santidad de
la virtud, la paz, la tolerancia, la concordia, el solidario amor entre
los hombres, hijos de un mismo Padre, que cada cual invoca en su distinta
lengua; despierta la conciencia de la unidad radical de las cosas, y
presta a todas, aun las más humildes, un valor trascendental y supremo y
una como participación en lo infinito. El arte de lo bello depura el
sentimiento, ordena y disciplina la fantasía, remueve las entrañas y la
faz de la Naturaleza, nos abre el inagotable venero de goces sanos,
íntimos, varoniles y desenvuelve en nosotros un sentido ideal, que sabe
hallar mundos y regueros de luz aun allí donde el vulgo tropieza entre
tinieblas. La industria y el comercio dilatan de día en día los horizontes
de la civilización a expensas de la barbarie, estrechan los vínculos entre
las naciones, acercan el pan del cuerpo y el del alma a muchedumbres cada
vez más y más numerosas, que así logran los medios de vivir en una vida
digna de seres racionales; ennoblecen el trabajo, emancipan a las clases
jornaleras de la servidumbre de la fuerza bruta; a las clases ricas, de la
servidumbre de la ociosidad y del parasitismo, y obligan a unas y otras
-las más atrasadas hoy en nuestro pueblo- a que de buen o mal grado entren
a participar de los derechos, de la responsabilidad y de la cultura que
con labor tan ímproba dispone para todas la historia. La beneficencia -uno
de los nombres de la justicia-llama a su seno al niño abandonado, que un
día pedirá de palabra, o de obra, estrecha cuenta a quienes lo desamparan
hoy en la vía pública para arrogarse mañana el derecho de tratarlo como a
bestia salvaje; al proletario, víctima quizá de su atraso e incuria, o de
la incuria y el atraso ajenos, y de la supuesta fatalidad invencible de la
leyes del mercado económico; al delincuente, contra el cual enciende y
atiza los odios una psicología ignorante, última defensa de las dos
instituciones más bárbaras de nuestra organización criminal: la pena de
muerte y las prisiones en común, a la española; al anciano, al enfermo, al
demente, al vicioso, al inútil; en fin, a esa desventurada mujer, cuyo vil
oficio ha elevado la sabiduría administrativa de nuestra edad al rango de
un profesión reglamentada, sometida a tributo y garantida con el diploma y
sello del Estado.
Y, sin embargo, ese mismo Estado, o, hablando con
propiedad, los Gobiernos, órganos directores de la comunidad política,
¡cuán generoso servicio prestan a la patria, si la virtud moral de sus
depositarios enfrena sus intereses egoístas! Conságrense entonces, en pro
del derecho, a traducir en fórmulas ideales las aspiraciones oscuras, pero
sanas y firmes, de la conciencia nacional, mantenida sin usurpación en su
fuero legítimo; someten luego a esas fórmulas aun las voluntades más
rebeldes; conservan la unión orgánica entre la diversidad de los fines
humanos: con que triunfa en suma la justicia, cooperando el destino que a
cada pueblo corresponde cada vez en la historia. ¡Cuán humildes, y por
bajo de este deber espléndido, quedan ahora todas las soberbias fantasías
subjetivas en que se complace el señor de un poder tan limitado en
realidad, tan omnímodo y absoluto en la apariencia!
Yo no sé si por ley de su naturaleza, más de seguro sí
por la del tiempo, entre esas fuerzas civilizadoras de nuestra sociedad,
corresponde el primero y más íntimo influjo a la enseñanza. Debido,
empero, a causas muy complejas, dependientes de una imperfecta concepción
del ser, vida y desenvolvimiento del hombre, hoy es el día en que apenas
principia a ser considerada en la integridad de su destino. («En el
cincuentenario de la ILE», Madrid, 1926. págs. 21-25.) |
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| FRAGMENTOS DE LOS PRINCIPIOS
PEDAGOGICOS DE LA INSTITUCION |
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La Institución se propone, ante
todo, educar a sus alumnos. Para lograrlo, comienza por asentar, como base
primordial, ineludible, el principio de la «reverencia máxima que al niño
se debe». Por ello precisamente no es la Institución, ni puede ser de
ningún modo, una escuela de propaganda. Ajena a todo particularismo
religioso, filosófico y político, abstiénese en absoluto de perturbar la
niñez y la adolescencia, anticipando en ellas, la hora de las divisiones
humanas. Tiempo queda para que venga este «reino», y hasta para que sea
«desolado». Quiere, por el contrario, sembrar en la juventud, con la más
absoluta libertad, la más austera reserva en la elaboración de sus normas
de vida y el respeto más religioso para cuantas sinceras convicciones
consagra la historia.
Pretende despertar el interés de sus alumnos hacia una
amplia cultura general, múltiplemente orientada; procura que se asimilen
aquel todo de conocimientos (humanidades) que cada época especialmente
exige, para cimentar luego en ella, según les sea posible, una educación
profesional de acuerdo con sus aptitudes y vocación, escogida más a
conciencia de lo que es uso; tiende a prepararlos para ser en su día
científicos, literatos, abogados, médicos, ingenieros, industriales...;
pero sobre eso, y antes que todo eso, hombres, personas capaces de
concebir un ideal, de gobernar con sustantividad su propia vida y de
producirla mediante el armonioso consorcio de todas sus facultades.
Para conseguirlo, quisiera la Institución que, en el
cultivo del cuerpo y del alma, «nada les fuese ajeno». Si le importa
forjar el pensamiento como órgano de la investigación racional y de la
ciencia, no le interesan menos la salud y la higiene, el decoro personal
de hábitos y maneras; la amplitud, elevación y delicadeza del sentir; la
depuración de los gustos estéticos; la humana tolerancia, la ingenua
alegría, el valor sereno, la conciencia del deber, la honrada lealtad, la
formación, en suma, de caracteres armónicos, dispuestos a vivir como
piensan; prontos a apoderarse del ideal en dondequiera; manantiales de
poesía en donde toma origen el más noble y más castizo dechado de la raza,
del arte y de la literatura españoles. Trabajo intelectual sobrio e
intenso; juego corporal al aire libre; larga y frecuente intimidad con la
naturaleza y con el arte; absoluta protesta, en cuanto a disciplina moral
y vigilancia, contra el sistema corruptor de exámenes, de emulación, de
premios y castigos, de espionaje y de toda clase de garantías exteriores;
vida de relaciones familiares, de mutuo abandono y confianza entre
maestros y alumnos; íntima y constante acción personal de los espíritus,
son las aspiraciones ideales y prácticas a que la Institución encomienda
su obra.
La Institución estima que la coeducación es un
principio esencial del régimen escolar, y que no hay fundamento para
prohibir en la escuela la comunidad en que uno y otro sexo viven en la
familia y en la sociedad. Sin desconocer los obstáculos que el hábito
opone a este sistema, cree, y la experiencia lo viene confirmando, que no
hay otro medio de vencerlos sino acometer con prudencia la empresa,
dondequiera que existan condiciones racionales de éxito. Juzga la
coeducación uno de los resortes fundamentales para la formación del
carácter moral, así como de la pureza de costumbres, y el más poderoso
para acabar con la actual inferioridad positiva de la mujer, que no
empezará a desaparecer hasta que aquélla se eduque, en cuanto a la cultura
general, no sólo como, sino con el hombre.
Los principios cuya más alta expresión en la época
moderna corresponde a Pestalozzi y a Frobel, y sobre los cuales se va
organizando en todas partes la educación de la primera infancia, cree la
Institución que deben y pueden extenderse a todos los grados, porque en
todos caben intuición, trabajo personal y creador, procedimiento
socrático, método heurístico, animadores y gratos estímulos,
individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en
todos, continua, real, viva, dentro y fuera de clase.
La Institución aspira a que sus alumnos puedan servirse
pronto y ampliamente de los libros como fuente capital de cultura; pero no
emplea los llamados «de texto», ni las «lecciones de memoria» al uso, por
creer que todo ello contribuye a petrificar el espíritu ya mecanizar el
trabajo de clase, donde la función del maestro ha de consistir en
despertar y mantener vivo el interés del niño, excitando su pensamiento,
sugiriendo cuestiones y nuevos puntos de vista, enseñando a razonar con
rigor ya resumir con claridad y precisión los resultados. El alumno los
redacta y consigna en notas breves, tan luego como su edad se lo
consiente, formando así, con su labor personal, única fructuosa, el solo
texto posible, si ha de ser verdadero, esto es, original, y suyo propio;
microscópico las más veces, pero sincera expresión siempre del saber
alcanzado. La clase no sirve, pues, como suele entenderse, para «dar y
tomar lecciones», o sea para comprobar lo aprendido fuera de ella, sino
para enseñar y aprender a trabajar, fomentando, que no pretendiendo
vanamente suprimir, el ineludible esfuerzo personal, si ha de haber obra
viva, y cultivándolo reflexivamente, a fin de mejorar el resultado.
Las excursiones escolares, elemento esencial del
proceso intuitivo, forman una de las características de la Institución
desde su origen. En ellas la cultura, el aumento de saber, el progreso
intelectual, entran sólo como un factor, entre otros.
Porque ellas ofrecen con abundancia los medios más
propicios, los más seguros resortes para que el alumno pueda educarse en
todas las esferas de su vida. Lo que en ellas aprende en conocimiento
concreto es poca cosa, si se compara con la amplitud de horizonte
espiritual que nace de la varia contemplación de hombres y pueblos; con la
elevación y delicadeza del sentir que en el rico espectáculo de la
naturaleza y del arte se engendran; con el amor patrio a la tierra ya la
raza, que sólo echa raíces en el alma a fuerza de intimidad y de abrazarse
a ellos; con la serenidad de espíritu, la libertad de maneras, la riqueza
de recursos, el dominio de sí mismo, el vigor físico y moral, que brotan
del esfuerzo realizado, del obstáculo vencido, de la contrariedad sufrida,
del lance y de la aventura inesperadas; con el mundo, en suma, de
formación social que se atesora en el variar de impresiones, en el choque
de caracteres, en la estrecha solidaridad de un libre y amigable convivir
de maestros y alumnos. Hasta la ausencia es siempre origen de justa
estimación y de ternura y amor familiares. Por algo ha sido Ulises en la
historia dechado de múltiples humanas relaciones y de vida armoniosa, y la
Odisea, una de las fuentes más puras para la educación del hombre en todas
las edades.
La Institución considera indispensable a la eficacia de
su obra la activa cooperación de las familias. Excepto en casos anormales,
en el hogar debe vivir el niño, ya su seno volver todos los días al
terminar la escuela. Esta representa para él lo que la esfera profesional
y las complejas relaciones sociales para el hombre; y al igual de éste, no
hay motivo para que el niño perturbe, y mucho menos suprima, sino
excepcionalmente, la insustituible vida familiar, sagrado e inviolable
asilo de las intimidades personales. Nada tan nocivo para la educación del
niño como el manifiesto o latente desacuerdo entre su familia y su
escuela. Nada, por el contrario, tan favorable como el natural y recíproco
influjo de una en otra. Aporta la familia, con el medio más íntimo en que
el niño se forma y con sus factores ancestrales, un elemento necesario
para el cultivo de la individualidad. Y por la familia, principalmente,
recibe la escuela la exigencia más espontánea y concreta de las nuevas
aspiraciones sociales, obligándola así a mantenerse abierta, flexible,
viva, en vez de languidecer petrificada en estrechas orientaciones
doctrinales. La escuela, en cambio, ofrece, sobre aquellos materiales, la
acción reflexiva, el experimento que pone a prueba, que intenta sacar a
luz lo ignorado, y que aspira a despertar la conciencia para la creación
de la persona. Ya la familia ha de devolver, para que también ella misma
se eduque, la depuración de aquellas aspiraciones, los resultados
prácticos de la elaboración sistemática de los principios educativos, que
como su especial obra le incumbe. («En el cincuentenario de la ILE»,
Madrid, 1926, págs. 71-77.) |
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| LOS IDEALES DE FRANCISCO
GINER DE LOS RIOS |
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Los profesores universitarios
destituidos y algunos pensadores, científicos y políticos liberales
fundaron, en 1866, la Institución Libre de Enseñanza, considerada primero
como una Universidad privada. Afirmaba estar «disociada de los principios
o intereses de toda comunión religiosa, escuela filosófica o partido
político, y defendía la libertad e inviolabilidad de la ciencia, y el
derecho de todo maestro al ejercicio ya la transmisión independientes del
conocimiento, sin interferencia de ninguna autoridad».
Los generosos fundadores pronto se dieron cuenta de que
carecían de recursos materiales y de personal suficiente para comenzar una
universidad, por pequeña que fuese, y que sería difícil evitar el fatal
obstáculo de tener que instruir a los alumnos para sus exámenes en la
universidad estatal.
Por tanto, la Institución se transformó en una escuela
preparatoria y secundaria; Giner, su alma y vida, ayudado por algunos
seguidores dedicados, hizo de ella un hogar de paz, pensamiento libre,
nuevas ideas y respeto mutuo. Estaba destinada a ser una de las mayores
fuentes de renovación, pero sólo a través de su ejemplo, sus logros, SUS
publicaciones y sus discípulos, porque decidió rechazar el apoyo estatal y
abstenerse de tomar partido en la lucha política, aunque los maestros,
familias y niños, cada uno individualmente, tenía libertad para asociarse
y ayudar a su religión, partido o doctrinas profesadas.
Giner nunca consintió en figurar como director de la
escuela y hubo que buscar a otro al que se le pudiese conferir ese honor;
pero don Francisco, como era llamado siempre por sus discípulos y amigos,
era el alma verdadera de la escuela. Tenía cuerpo y cara de árabe, el
poder sugestivo y la aguda lógica de un Sócrates moderno, serenidad
estoica combinada con una pasión ardiente y romántica, dignidad
aristocrática andaluza mezclada con un ágil ingenio y modales simples y
democráticos, un temperamento asceta oculto bajo un amor a la vida ya las
relaciones sociales, y una viva e insaciable curiosidad por la ciencia, el
arte, la naturaleza y la humanidad. Adivinaba rápidamente tanto las
debilidades y ambiciones como las potencialidades latentes en cada mente,
y sabía cómo manejarlas al servicio de un ideal; quizá esto explique por
qué tendía a tratar a los niños como a hombres ya los hombres como a
niños. Era un filósofo y sobre todo un educador nato. En el círculo de su
tío, Ríos Rosas, el prominente político y orador, llegó a conocer la
grandeza y la miseria de la vida pública; pero fue su vileza, su vanidad,
su corrupción y futilidad lo que más le impresionó. Aunque se daba cuenta
de la importancia de esa vida, no le atribuía tanto peso como la opinión
vulgar tiende a hacerlo, y estaba convencido de que para ser un líder
político hay que compartir los defectos así como las virtudes generales de
las masas... (JOSE CASTILLEJO, «Guerra de ideas en España», Revista de
Occidente. Madrid, 1976, págs. 79-80.) |
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| EL PROGRAMA DE LA
INSTITUCION |
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Los ideales y métodos de la
Institución pueden resumirse de la siguiente manera: La educación general
incluye la instrucción de todas las funciones y energías del cuerpo y del
alma. Una parte de ello es la cultura intelectual que debe tener una
extensión universal y enciclopédica. El desarrollo unilateral de ciertas
habilidades, sin una base amplia y general de cultura, es una deformación.
«El joven intelectual marchito, con poca vitalidad y poca salud,
melancólico y aislado, es un anciano prematuro, una especie de ermitaño,
fácil presa de la primera tentación sensual.»
La educación elemental y la secundaria no pueden
separarse. Forman un proceso continuo que también debe extenderse a las
universidades con los mismos métodos. Las clases deben ser una
conversación, familiar e informal entre maestros y alumnos, llevados por
un espíritu de descubrimiento: métodos intuitivos, realidades en vez de
abstracciones, objetos en vez de palabras, diálogo socrático, el aula debe
ser un taller, el maestro un director, los alumnos una familia. El
programa de estudio incluye, además de las materias tradicionales,
antropología, tecnología, ciencias sociales, economía, arte, dibujo, canto
y labores. Las excursiones cortas y los viajes largos son importantes. Los
juegos son mejores que la gimnasia. La historia del arte, enseñada en
excursiones y museos, es uno de los instrumentos poderosos de la educación
y debe ir ligada a la historia. Todas las materias se dan simultáneamente
y cada año se hacen más detalladas y complicadas. La vocación debe
cultivarse por encima de cualquier otro interés o ambición.
El adiestramiento del carácter y la educación moral son
tareas esenciales en cualquier escuela. Debe tener como objeto la
expansión de la personalidad individual como contrapeso a la idolatría de
la igualdad ya la veneración de las masas. La honestidad debe grabarse en
los niños en contra de la tradición española que los induce a la
prevaricación. El patriotismo no debe ser reemplazado por una simple
adulación de las debilidades nacionales. La tolerancia y la equidad deben
ser fomentadas para contrarrestar la furia de la exterminación que ciega a
todos los partidos, escuelas y profesiones españoles.
La disciplina externa tiene que descartarse a favor de
una obligación moral interna. No puede basarse en castigos, sino en la
idea de la corrección y la reforma. Buenos maestros, y no empleados
inferiores o criados, deben estar a cargo de los niños fuera de las aulas.
Los juegos y otras actividades libres son lo que da la mejor oportunidad
para observar las inclinaciones de los niños. La obediencia a la ley debe
excluir todo predominio de la voluntad independiente o de un poder
dictatorial; ambos son una gran tentación en España, tanto para las
autoridades como para los súbditos.
Las dos fuerzas principales en la educación son: la
personalidad del maestro, y el ambiente y contorno social de la escuela.
Los modales, que son una combinación de libertad, de dignidad y gracia, no
son -como afirmaba Spencer- una barrera convencional con la cual las
clases altas intentan aislarse de las menos educadas. Son, por el
contrario, una forma esencial del intercambio social y del respeto mutuo.
También tienen un gran valor educativo porque llevan del autocontrol al
hábito. La caída de las aristocracias es consecuencia de haber perdido
primero su superioridad intelectual y luego sus modales y buen gusto. La
ola demagógica descubre ante las masas el poder público como única cumbre
social que aún puede escalarse por la fuerza. Odian los buenos modales,
alaban la rudeza y no pueden ser refinados; pero los advenedizos, que no
son más que sus criaturas distinguidas, en seguida quieren imitar la
prodigalidad y luego la cortesía de las clases altas, hasta que al fin se
unen a ellas.
Es importante desde un punto de vista moral y social el
entremezclar niños pobres y ricos. La educación tiene que aspirar a una
aristocracia de espíritu; pero la escuela tiene que abrir sus puertas a
todos. La separación de clases es tan nociva como la separación de
religiones.
Los exámenes hacen mucho daño. Tienden a cambiar la perspectiva, a
estropear los métodos ya transformar la actitud de los alumnos. Los libros
de texto también son perjudiciales y deben sustituirse por cuadernos
escritos por los niños para resumir lo que leen y oyen y lo que observan
en excursiones y laboratorios.
La emulación, los premios y los honores, apoyados por
algunos educacionistas (por ejemplo, los jesuitas) y condenados por otros
(Los Port-Royalistas), son desde luego un instrumento impulsor, pero hacen
mucho más daño que beneficio. Fomentan la vanidad y la envidia o la
depresión y la apatía. El único estímulo debería ser el interés y la sed
de conocimientos inculcado en los niños por un maestro inspirador.
Los materiales e instrumentos para las escuelas no tienen vida y acaban en
la mecanización de la enseñanza, a menos que estén en manos de maestros
llenos de espíritu inventivo. Los mejores tipos de aparato son los ideados
por cada maestro y hechos por los niños en la escuela. (JOSE CASTILLEJO,
«Guerra de ideas en España», Revista de Occidente. Madrid, 1976, págs.
83-85.) |
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