Nov 06 06

Tripartito, acto segundo

Por Albert Sáez, periodista (EL PERIÓDICO, 06/11/06):

Los tres partidos que hicieron presidente de la Generalitat a Pasqual Maragall con el Pacto del Tinell han sentado las bases para aupar a José Montilla a la presidencia de la Generalitat. El PSC ha decidido que la velocidad es el mejor an- tídoto para superar los obstáculos que tenía esta opción de gobierno entre todas las posibles. Esta rapidez es una demostración de que este segundo tripartito quiere tener poco que ver con lo peor del anterior y apuesta por ahondar en los aspectos mejor valorados por la opinión pú- blica. Con todo, la aceleración dará alas a quienes desde CiU y desde el PP han repetido hasta la saciedad que los socios del Gobierno catalanista y de izquierdas lo serían por encima de las vicisitudes y los resultados electorales excepto en el caso de que la aritmética se lo impidiera. Estamos donde estábamos, pero no deberíamos seguir en el mismo sitio.
Uno de los elementos que dan credibilidad al inicio de una nueva etapa es que la personalidad del que será el nuevo president, José Montilla, no tiene nada que ver con la de Maragall. De entrada porque ya no estamos ante un partido bicéfalo, sino que su líder ostenta los principales cargos, tanto institucionales como políticos. Con Montilla no serán posibles las piruetas entre el PSC, el PSOE y el Gobierno de Zapatero. Tampoco viviremos, ni para mal ni para bien, grandes momentos estelares cargados de tanta épica como improvisación. Ni sus correligionarios ni sus socios ni sus adversarios tienen dudas respecto a la seriedad de Montilla. Este parece ser el trasfondo de las reuniones previas al anuncio, ayer, de este principio de acuerdo. Montilla ha querido dejar claro que las reglas del juego debían cambiar porque, en caso contrario, estaba dispuesto a pasarse a la oposición sin necesidad de que se lo pidiera el PSOE.

PERO tampoco los socios del PSC entran en este nuevo tripartito como lo hicieron en el primero. ERC ya ha pasado casi todas las pruebas de fuego. La actual dirección republicana, que sacó al partido del dique seco de la escisión de Àngel Colom, ha sufrido en sus carnes múltiples vicisitudes, desde el desprecio de Pujol en 1999 hasta la foto de Zapatero con Mas en la Moncloa y la subsiguiente rebelión de las bases en el Estatut. De manera que ahora ya le quedan pocos fantasmas en el armario. Y la conclusión de esta peripecia es que aquello que consolida su base social y electoral es el tripartito. Este elemento subconsciente tendrá su traslación en la probable presencia en el Ejecutivo de los dos pesos pesados del partido, Carod y Puigcercós, con lo cual se eliminará cualquier atisbo de tensión entre la nueva sede de Calabria y la plaza de Sant Jaume.
Todo ello, junto a la estabilidad que proporcionó ICV en el anterior pacto, lleva a forjar un Gobierno que dé respuesta a la renovada confianza, más o menos explícita, que le han dado los electores. Su rápida formación es un paso en la buena dirección, siempre que no sea solo fruto de los presuntos recelos de la intervención de Madrid o de quienes querían impedirlo a toda costa.
Pero de las elecciones del 1-N han salido otros mensajes que el nuevo Govern también debería saber interpretar. Hay un clamor general sobre la necesidad de que sea un Ejecutivo estable y fuerte. Parece que se han puesto las bases para evitar que los desacuerdos se conviertan indefectiblemente en desavenecias y en crisis más o menos larvadas. También se ha afianzado el liderazgo del presidente. Pero ello no puede ser a costa de la parálisis de las decisiones que llevan largo tiempo pospuestas. El Govern, si tiene mayoría suficiente, ha de gobernar al ritmo que exigen los problemas del país y no al que impone la necesidad de evitar sus crisis.
Todo indica que las prioridades que ha marcado el futuro president Montilla se centran en las políticas sociales. Este es un término lo suficientemente ambiguo como para permitir justificar el pacto a las tres formaciones que lo suscribirán. Pero los ciudadanos lo entienden de una forma muy clara. Evidentemente que se trata de modernizar los sistemas del Estado del bienestar para hacerlos viables y adecuados al siglo XXI. Pero también significa asegurar la salud de la economía para que el crecimiento garantice el bienestar. Y no puede dejar de lado que una parte sustancial de las posibilidades del Gobierno y del Parlament de Catalunya en este campo dependen de una determinada interpretación de los contenidos del nuevo Estatut.

POR LO TANTO, quienes firman este pacto parecen ser conscientes de que no es lo mismo dejar de hacer numeritos para regocijo del PP que convertir la Generalitat en una mera administración de las políticas que se deciden en otros lares. El Govern será percibido como estable y fuerte si efectivamente toma el toro por los cuernos en los problemas que amenazan el bienestar de los ciudadanos.
Finalmente, entre las prioridades de este Gobierno deberían situarse las lecciones de los resultados de las elecciones. Luchar contra la abstención es una urgencia democrática en este país. Y de igual manera lo es decidir el papel de CiU como partido más votado que se sitúa por segunda vez en la oposición. Más allá de los errores propios que la federación debe analizar, los partidos que ahora parecen decididos a formar gobierno han de pensar cómo se gestiona esta realidad que representa a cerca de un millón de catalanes.

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