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Un acto de amor, probablemente

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 23/12/06):

Hay historias que se nos pierden por los entresijos de las noticias. Se consideran pequeñas no sé si porque afectan a pocos, o porque las arrinconamos para que no pongan en cuestión el mundo uniforme en el que creemos vivir. La vejez fue hasta hace poco un estado; a viejo, se llegaba. Ahora somos viejos. La vejez es una enfermedad apenas estudiada, que no se lleva bien y que no tiene curación posible. Ocurrió hace diez días y apareció en una esquina de nuestros diarios, porque sucedió un poco más lejos de la última parroquia de nuestro territorio. Somos informadores de parroquia y territorio. Lo que caiga fuera de nuestra feligresía ha de ser de mucho bombo y mucho platillo, porque si no es así no merece la pena ni citarlo. Esto ocurrió en una ciudad del norte de España, donde la ausencia de sol facilita esos estados anímicos propensos a la pregunta y la melancolía. Ocurrió hace diez días. Un viejo mató a una vieja, y se suicidó a continuación, dejando a su comunidad perpleja.

Rafael de Luis Villacorta, a sus 89 años, quienes le conocían aseguraban que conservaba una salud digna y un ánimo templado, es decir, que para tratarse de un hombre mayor se aseaba todos los días y se vestía con esmero, cosa que constituye el mejor barómetro para una vejez asumida. Concha Espina, que es una escritora que llegó a longeva, y que alcanzó tanta fama entonces como olvido hoy, solía vestirse todos los días como para recibir visitas; consideraba que su dignidad la impedía achicarse ante las arrugas del tiempo. Es verdad que tenía posibles, y eso facilita mucho las cosas. No sé si Rafael de Luis Villacorta, a sus 89 años, tenía dificultades económicas. No lo creo, porque solía hacer todos los años una estancia de un par de meses en Benidorm. Para la gente de estas parroquias de acá les llama la atención la querencia de la gente del Norte de España hacia Alicante y su provincia. Se trata de un afán conservador; no sólo añoranza de sol y de mar calmo, sino la querencia porque todos los días sean iguales. La dulce monotonía del tiempo cálido.

El matrimonio iba todos los años a Benidorm, pero hubieron de dejarlo cuando ella enfermó.

Que si un derrame, que si una artritis aguda, que si el alzheimer, la iban dejando cada vez más inútil, cada vez más perdida. Renunciaron a viajar y entonces se les veía por el barrio paseando a duras penas porque él tenía que ayudarla, en ocasiones llevándola en silla de ruedas.

María Josefa Ronderos, a sus 80 años, parecía mucho más vieja que su marido. Formaban ese tipo de parejas tan frecuentes ya en el paisaje urbano; esas gentes que salen a pasear después de la doce del mediodía, si hace bueno, y dedican la tarde entera a lo que caiga; esperar la llegada de un hijo ¡con prisa!, alguna visita de su misma quinta, bajar a comprar algo de verdura, ir a la peluquería – solía llevarla él y la recogía luego para que los estragos del alzheimer no la hiciera perder la ruta-, y sobre todo esas sesiones de televisión, que se inauguran conforme se amanecen y duran hasta que se acuestan. No lo sé a ciencia cierta, sólo me cabe imaginarlo. La televisión encendida es como el perro de las parejas jóvenes y de los solitarios ansiosos de ternura. Sirven para lo mismo, para hacerse a la idea de que uno tiene en casa a otra persona más; una forma inocente de engañarse. Se ha hecho frecuente la gente que necesita la televisión encendida para dormir; se despiertan si alguien la apaga.

“Parece que los estoy viendo, cogidos del brazo”, afirmaba la peluquera del barrio, clase media, donde ocurrieron los hechos. La peluquera se llama Placer Méndez, y una persona que se llame Placer, intuyo que no puede ser perversa, ni mentirosa, ni tener ese resentimiento que guardan en la recámara las cotillas. Pero así llevaban muchos años, cuatro o cinco, aseguran, y eso en lo cotidiano son muchísimos, porque cada día es como una condena y las condenas se cumplen en prisiones, allí donde los días tiene veinticuatro horas y las horas sesenta minutos, y así sucesivamente hasta las milésimas de segundo, que aseguran se hacen oír como badajo de campana cuando estás solo y encerrado.

Si no fuera por el drama diríamos que suena a cómico oír a la gente decir que no se lo explican, que les cuesta imaginar lo que debió sucederles, que jamás se les había pasado por la cabeza que algo así les pudiera ocurrir a aquella pareja tan entrañable que paseaban cogidos del brazo y de los que jamás se había oído una discusión o una discordia. Llevaban más de treinta años en la misma casa, y tenían tres hijos, que los visitaban con frecuencia, y unas nueras amables, que ya es mucho decir.

Y todo se rompió a mediodía. Rafael de Luis Villacorta, 89 años, de profesión ignota para mí y en verdad que me hubiera gustado conocerla, porque esas cosas ayudan, si no a entender, al menos a situar el mundo en el que se habían movido siempre. Rafael de Luis, digo, entorno al mediodía, ahogó a su mujer con la ayuda de un pañuelo; hay quien dice que la estranguló, cosa difícil de hacer con un pañuelo si la otra persona opone resistencia. Lo cierto es que la mató, o la ayudó a morir, que en este caso viene a ser lo mismo. Luego, agarró una cuerda, que debía de ser como de juguete, porque la colgó de la bisagra del armario, y allí se ahorcó. Lo debió de pensar mucho, y eso significa que lo ejecutó pronto y sin chapuzas que prolonguen las agonías. Dejó dos cartas, una para sus tres hijos y otra para el juez. Lo que se dice cumplir como un caballero, sin olvidarse nada.

Fue a las dos y media de la tarde cuando se acercó el hijo mediano, Roberto. Como se hace habitualmente entre familias de gentes que trabajan, casadas, cargadas de obligaciones e hipotecas. La atención, por llamarlo así, se ejerce por teléfono. “¿Qué tal estáis?” Bien, mal, regular. Da lo mismo. Hay una distancia marcada por el hilo y el sonido; no se ve nada y se oye muy poco, apenas las voces. No sabemos qué hacer con los viejos, porque el ciclo de su vida se ha alargado tanto que carecemos de experiencia en cómo se aborda eso. Antaño, es decir, hace apenas treinta años, los que sobrevivían aguantaban en casa, pero las familias ya no son lo que eran, mientras que los viejos sí, son muy parecidos a lo que fueron siempre; sólo que antes eran infrecuentes y ahora son multitud. La familia se sustenta en el teléfono, en el móvil, saber si sigues bien, si no te has saltado la tapa de los sesos con la escopeta de caza, o ahogado en el gas de la cocina. Siguen bien, es decir, aguantan. Los viejos sobreviven a sí mismos. Ley de vida, lo llaman.

Pero, ¡ay amigo!, hay un día que ese teléfono que usan – un día un hermano, otro día otro, por riguroso turno; “¡la próxima semana te toca a ti llamar a los viejos!”-,hay un día, digo, que llamas y no responde nadie. Y entonces apelas al consejo de familia telefónico, “oye, he llamado y no responde nadie, ¿qué hacemos?”. ¿Estará estropeado el aparato?, ya se sabe, estamos en la órbita de la compañía telefónica más golfa del mundo. O fue un móvil. Da lo mismo. Alguno debería ir, dice siempre el hermano mayor, que nunca puede ir. Y le toca, y va. Así llegó Roberto Villacorta Ronderos, el mediano, y no me cuesta imaginar la escena. La madre en una silla, con la cara desencajada, y el padre colgado de un armario, con esa lengua espantosa que les queda a los ahorcados. Aseguran que fueron sus gritos, los del hijo, los que llevaron a que un vecino llamara a la policía. Me lo creo, el espanto. Eso no se olvida nunca y se lleva guardado como un relicario corporal, íntimo, insondable. Y entonces llegaron las frases. “Les aseguraba a sus hijos que su madre estaba cada vez peor y que a él le iban faltando las fuerzas”. No es un abismo, es sencillamente terminar cuando estás en condiciones de decidir aún, cuando todavía no has caído en ese último escalón, en el que hasta para matarte necesitas que te ayuden.” No sabemos qué le impulsó a tomar una decisión tan drástica”. Qué ridículas suenan las palabras después de la tragedia común, el paso asumido, la transición del dolor a la nada. Cuando la vida no merece ser vivida y no hay esperanza de cambiarla, no hay nada más legítimo que terminarla. Es un derecho conquistado por el hombre desde el mundo antiguo. No digo por la humanidad, sino por el hombre; porque la humanidad es gremial, un rebaño, y la muerte es el único acto en el que cada quien asume su voluntad o su destino. No hay nada más cruel que esos cruzados y cruzadas que aseguran que la vida la concedió Dios y sólo él puede quitarla. Muy bien, están en su derecho de ser coherentes con sus creencias. ¿Pero a qué viene que obliguen a los demás a sufrir por lo que no creen? Te matan a cristazos, pero luego te obligan a vivir porque para ellos el dolor es gratificante, aseguran.

¿Tenían nietos? Me gustaría saberlo. Los hijos son excrecencias obligadas, pero los nietos son un privilegio de la vida. El penúltimo sueño de un anciano. No tiene más posibilidades. Tampoco afecta a lo fundamental. Los que quieran ganarse los cielos tienen expedito el territorio, pero que respeten al que decide terminar porque no merece la pena. Una de las cosas en las que somos más pudorosos es en la familia. Se fue al carajo hace mucho tiempo, pero la mantenemos en observación y bajo mínimos, como si se tratara de un enfermo terminal. Resulta curioso, porque hay quien se pregunta qué hacemos con los viejos. Y es una pregunta absurda. Lo que ellos quieran. Si para mí esto ha terminado, ¿quién demonios es un hijo, un nieto, un cura, un obispo, un Papa, para decirme a mí, “tu vida no te pertenece a ti, sino al Supremo”? El que sufre soy yo, anciano, 89 años, que responde al nombre de Rafael de Luis Villacorta, casado con María José Ronderos, de 80 primaveras ya marchitas, que ansía se termine su tortura. Si hay algo más allá, ¿quién osará negarles su disfrute?

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