Por Pan Yue, vicepresidente de la Administración Estatal de Protección del Medio Ambiente de China (LA VANGUARDIA, 23/12/06):
Durante una década, el mundo se preguntó cuándo los líderes de China reconocerían la asombrosa crisis ambiental que afrontaba su país. Este año, obtuvimos una respuesta: un nuevo plan quinquenal que hace de la protección del medio ambiente una prioridad. A continuación se desató una tormenta de propaganda verde y el Gobierno hoy habla de usar el PIB verde para medir el desarrollo. Ahora bien, ¿toda esta charla se traducirá en un progreso real?
Si bien el Gobierno central admite parte de la degradación ambiental causada por el rápido crecimiento económico, el paisaje que describe es incompleto. Consideremos el PIB verde.La pasada primavera, la Administración Estatal de Protección del Medio Ambiente produjo la primera estimación oficial del PIB del país en términos de pérdidas ambientales. Según estos cálculos, costaría 84.000 millones de dólares limpiar la contaminación producida en el 2004, o el 3% del PIB correspondiente a ese año. Pero estimaciones más realistas ubican el daño ambiental entre el 8% y el 13% del crecimiento anual del PIB, lo que significa que China perdió casi todo lo que ganó desde finales de los años setenta a manos de la contaminación.
Los problemas ambientales de China pueden atribuirse a cómo entendemos el marxismo. Durante gran parte de nuestra historia reciente, vimos en el marxismo sólo una filosofía de lucha de clases. Creíamos que el desarrollo económico solucionaría todos nuestros problemas. En el periodo de reformas, esta lectura errónea de Marx se convirtió en una búsqueda irrestricta de ganancias materiales desprovista de toda moralidad. Se ignoró por completo la cultura tradicional china, con su énfasis en la armonía entre los seres humanos y la naturaleza.
En consecuencia, la economía de China está dominada por contaminadores hambrientos de recursos, como las minas de carbón y minerales, las fábricas textiles y de papel, las fábricas de hierro y acero, las fábricas petroquímicas y los productores de materiales para la construcción. Nuestras ciudades explotan en tamaño, agotan los recursos hídricos y crean horrorosas congestiones de tránsito.
Una tercera parte de los residentes urbanos respira aire sumamente contaminado. Es más, el país recientemente fue testigo de un aumento de los accidentes ambientales. De hecho, en promedio, China sufre un accidente importante de contaminación del agua cada dos días. A pesar de que China firmó el protocolo de Kioto y unos cincuenta acuerdos ambientales internacionales, poco hacemos para cumplirlos. Si no nos tomamos en serio el mejoramiento de nuestra estructura industrial, cuando llegue el momento no podremos cumplir con nuestros compromisos para recortar las emisiones. Ysi bien el nuevo plan quinquenal establece objetivos loables, muchas provincias ni siquiera cumplieron con las principales metas de protección del medio ambiente del último plan quinquenal.
Es verdad, en tres décadas China hizo progresos económicos que a los países occidentales les llevaron cien años. Pero China también sufrió en treinta años el daño ambiental equivalente a un siglo. Desafortunadamente, a diferencia de los países occidentales, no podemos darnos el lujo de esperar a que nuestro PIB anual per cápita llegue a 10.000 dólares para abordar nuestros problemas ambientales. Nuestros expertos predicen que la crisis ambiental se intensificará hasta llegar a un estado crítico cuando el PIB anual per cápita alcance los 3.000 dólares.
Para peor, al mismo tiempo que ignoramos los elementos más esenciales de nuestra cultura tradicional, no supimos absorber los mejores aspectos de la civilización moderna. Se ignora ampliamente el concepto de un contrato social basado en derechos y obligaciones – los valores esenciales que constituyen el requisito más importante para una protección efectiva del medio ambiente-. En consecuencia, los proyectos de protección ambiental suelen quedar fuera cuando se calculan los costos de producción. Prácticamente a nadie le preocupa considerar los costos ambientales para los pobres e indefensos del país, ni tampoco sus derechos.
Es imperativo que los factores ambientales figuren en la planificación macroeconómica de China de una manera real. Esto requiere que se dibuje una estrategia más racional en la planificación de los principales proyectos industriales y las empresas hambrientas de energía. Es necesario realizar estudios cuidadosos para determinar la energía, la tierra, los minerales y los recursos biológicos disponibles antes de avanzar con los proyectos. Debe examinarse la planificación de la tierra, deben desarticularse los monopolios industriales y deben fijarse los objetivos de desarrollo de acuerdo con la población, el volumen de recursos y la capacidad de absorber la contaminación.
Para concluir, China necesita una nueva estrategia energética. Los países industrializados desarrollaron e hicieron gran uso de la energía nuclear, solar, eólica, de biogás y otros recursos energéticos renovables. Las capacidades tecnológicas de China en este sector han quedado rezagadas incluso con respecto a otros países en desarrollo como India y Pakistán, y su dependencia del carbón es una de las mayores amenazas para el clima global. Por ahora no existe otra alternativa. Pero, en el largo plazo, la energía limpia será la única manera de generar crecimiento económico sin causar un daño ambiental irreparable.
El Gobierno no puede resolver estos problemas por sí solo. La población de China es la más interesada en la protección ambiental y, por lo tanto, debe convertirse en la fuerza motriz. Las comunidades locales, las organizaciones no gubernamentales y las empresas deben hacer su parte. No pueden limitarse simplemente a la supervisión y presentar peticiones ante las autoridades. Deben adoptar nuevas vías de apelación: audiencias públicas, demandas legales de bienestar, una mejor cobertura mediática y otras actividades voluntarias. Sin embargo, el máximo poder reside en el Gobierno. Los líderes de China necesitan tomar varias medidas concretas para avanzar más allá de la retórica. Deben darle poder real a las autoridades ambientales para que implementen las leyes existentes y achiquen las enormes salvaguardas legales. Esto sólo se puede lograr introduciendo mecanismos legales para recompensar a quienes protegen el medio ambiente, mientras se les hace pagar a los contaminadores, y ayudar a unificar a los vigilantes ambientales diseminados en diferentes sectores.
China se acerca peligrosamente a un punto crítico. La gigantesca deuda ambiental del país tendrá que saldarse, de una manera u otra. China tiene que prever, necesariamente, la manera de empezar a pagar esta deuda ahora, cuando es manejable, y no dejar que se acumule y, en definitiva, amenace con llevarnos a todos a la bancarrota.
