Por Samuel Hadas, analista diplomático. Primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 22/05/07):
¿Arde Gaza? En estos momentos, no precisamente. Uno de los más sangrientos enfrentamientos entre Al Fatah y Hamas desde que se acordó la creación de un Gobierno de unidad nacional palestino ha pasado nuevamente al cuarto intermedio. ¿Cómo se logró esto después de que cuatro ceses de fuego en menos de una semana fracasaran estrepitosamente? Hamas sólo debió recurrir a una sencilla fórmula que en el pasado demostró ser sumamente efectiva para la movilización en su favor de la calle palestina: disparar, una tras otra, día a día, andanadas de cohetes sobre poblaciones fronterizas israelíes, logrando que se repitan las ya familiares imágenes televisivas de miles de sobresaltados israelíes abandonando sus casas o manifestándose contra la inoperancia de un impotente Gobierno que no consigue poner coto a la traumática lluvia de cohetes que se precipita sobre la población civil por séptimo año consecutivo.
Por supuesto, ante una situación así, el Gobierno israelí está obligado a reaccionar y lo hace abandonando la política de restricción que se había impuesto, autorizando la reanudación de las eliminaciones selectivas de dirigentes de las organizaciones terroristas que han asumido la responsabilidad de las acciones terroristas y disparando contra los equipos que activan las lanzaderas de cohetes. Entonces, los líderes palestinos, sobre todo los fundamentalistas de Hamas, mientras amenazan con reanudar las operaciones suicidas de represalia en las ciudades israelíes, se dirigen a los palestinos apelando a la “unidad del pueblo para resistir la agresión israelí”. Santo remedio: nueva tregua intrapalestina.
Pero el resultado inmediato ha sido que la espiral de violencia se retroalimente de nuevo después de una relativa calma que había permitido reanudar los sondeos internacionales para revivir el proceso de paz. Éste no saldrá de su profundo letargo en un futuro previsible.
Tarde o temprano, una devastada Gaza, que no está muy lejos de transformarse en una nueva Somalia (o Afgansomaligaza, como ya fue bautizada por algún cínico) arderá nuevamente. Cerca de cuarenta bandas armadas que responden a partidos, clanes o simplemente se dedican a los secuestros y robos, se han apoderado de sus calles, llevando a su sociedad al borde de la total descomposición. Pero, sobre todo, los enfrentamientos de los últimos días no son sino capítulo más de la inconclusa batalla, que sólo se encuentra en sus inicios, por el carácter de la sociedad palestina, entre los partidarios del partido nacionalista secular Al Fatah y los fundamentalistas radicales de Hamas, incapaces de asumir la democracia, que ha paralizado el Gobierno de unidad nacional.
Los palestinos pagan el precio de la profunda división que se agudiza en su seno y viven en estos momentos una nueva etapa en el desarrollo de la estrategia de una organización como Hamas, que combina elementos de terror y una fanática ideología religiosa. Mientras demuestran su manifiesta incapacidad para asumir posiciones moderadas, los líderes de Hamas integran con toda celeridad una fuerza armada propia de doce mil milicianos, mientras hacen acopio de ingente cantidad de armamento proporcionado por el régimen teocrático de Teherán, contrabandeados a través de túneles subterráneos construidos en la porosa frontera con Egipto. Hamas se maneja hoy a todos los efectos como una organización militar, opina un experto militar israelí: desplaza adecuadamente sus efectivos, ubica a francotiradores en puntos estratégicos, usa artillería liviana, como morteros y misiles antitanques, organiza emboscadas mientras elimina sistemáticamente a los líderes de Al Fatah en el territorio de Gaza, cosa que el control israelí le imposibilita hacer en Cisjordania. Al otro lado tenemos un partido político, Fatah, carente de liderazgo político, que lleva todas las de perder. Su presidente, Mahmud Abas, es demasiado débil – o incompetente- para asumir el control de la situación.
Una indiferente sociedad internacional demuestra nuevamente su impotencia. Por una parte, los países árabes, sobre todo Arabia Saudí, el inspirador del acuerdo de La Meca, se muestran reacios a intervenir. Para el presidente egipcio, Hosni Mubarak, “los palestinos han cruzado una línea roja”. “Hemos tratado de convencer a EE. UU. de que convenza a Israel de volver a la mesa de negociaciones, pero ¿cómo es posible lograrlo mientras los palestinos se matan unos a los otros?”, se pregunta un diplomático de uno de los países del Golfo. Para la diplomacia saudí, la guerra en Gaza es un “catastrófico retroceso para las perspectivas de paz entre árabes e israelíes”. Países como Egipto, Arabia Saudí y Jordania podrían presionar sobre los palestinos, pero se abstienen de hacerlo.
Por otra parte, vimos como Washington, que en los últimos meses había intentado implicarse otra vez en la búsqueda de un horizonte político,el nuevo eufemismo que la diplomacia internacional utiliza en esta parte del mundo al referirse a la búsqueda de una solución al conflicto de paz palestino-israelí, se retrajo rápidamente. El último plan presentado por la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, duerme el sueño de los justos y correrá seguramente la suerte de todos los planes que le precedieron. De poco ha servido el llamamiento del Papa Benedicto XVI a la comunidad internacional para que “multiplique sus esfuerzos para que se puedan retomar las negociaciones entre palestinos e israelíes”. El Cuarteto para Oriente Medio brilla nuevamente por su ausencia. El nuevo horizonte político no es sino un espejismo.
