Por Olegario González de Cardedal es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAÍS, 10/09/07):
¿Qué nombres han acuñado con sus ideas, proyectos, palabras la conciencia de los hombres en el siglo XX? Han sido muchos, ya que la verdad la encontramos colectivamente, el progreso es fruto de muchas manos y la decadencia fruto de muchos olvidos o traiciones. No me equivocaré si digo que Marx y Nietzsche están entre ellos. Ambos propusieron una revolución para cambiar el mundo que encontraron con una trasvaloración de los valores que regían la sociedad.
Extraño fue, sin embargo, que hasta los dos últimos decenios del siglo casi todos los movimientos intelectuales estuvieron fascinados por Marx, convencidos unos de que era el iluminador decisivo del futuro y otros, en cambio, de que era la negación de lo humano, del legítimo orden social y del cristianismo. Pero Marx estaba todavía en el horizonte mesiánico que esbozaron los profetas de Israel y dentro del cual, aun cuando superándolo, se situaba el propio Jesús de Nazaret. Marx aún era una expresión de la voluntad humana de construir el reino de Dios en el mundo, reduciendo su dimensión trascendente e identificando a Dios con el propio hombre. Estaba en el fondo dentro del ámbito bíblico, aun cuando lo desnaturalizase al arrancar del hombre su referencia a Dios.
La revolución radical fue Nietzsche. Cuando decidía la muerte de Dios era plenamente consciente de que ese hecho llevaba consigo un final de los valores: el ser, la verdad, el deber, el futuro como fundamentos dados que preceden al hombre. Reclamaba una libertad sin referencia a Dios ni al prójimo. La voluntad de poder sustituía a la voluntad de verdad. Los valores anteriores eran subvertidos y sustituidos por otros (trasvalorados). Exigía un heroísmo azul para construir otro mundo no desde lo viejo dado sino desde lo inventado por el hombre. Pero la revolución propuesta por Nietzsche no ha suscitado en los demás la confianza ni aportado el heroísmo de los que él todavía vivía, sino que ha desencadenado la perplejidad del hombre ante sí mismo, la duda ante el futuro, la retirada ante los grandes proyectos. Han surgido la posmodernidad, el pensamiento débil, el crepúsculo del deber, el fin de las utopías. Nietzsche concluía uno de sus libros apelando a una revolución de lo natural frente a lo moral -contra Sócrates-, de lo mítico sacralizado frente a lo santo personal -Dioniso contra el Crucificado-.
Cuando uno acaba la lectura del reciente libro Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI, tiene la impresión de que subyace a cada una de sus páginas un diálogo con los desafíos y consecuencias desencadenadas por Nietzsche, que son las que ahora traspasan las conciencias. Su única encíclica “Deus caritas est” comienza dialogando con el profesor de Basilea, quien se enfrentó con Jesús de Nazaret como la máxima amenaza para la humanidad por ser el defensor de los pobres, humildes, débiles, marginados y enfermos, frente a los fuertes, sanos, robustos, los únicos que según él merecen vivir. Nietzsche declaró la guerra a la compasión como el freno mayor ante su proyecto de gestar el superhombre. ¿Es Cristo la gran amenaza para una humanidad que se ha liberado o, por el contrario, con su abertura a Dios como el Absoluto fundante de nuestro origen, libertad y futuro, es el defensor del hombre y de su prójimo, la palabra de verdad que necesitamos, “abismo de luminosidad absoluta”, como le definió Kafka?
Este libro del Papa es un intento de comprender la figura de Jesús desde ese fondo de conciencia contemporánea y a la luz de las interpretaciones que de él se han dado. Éstas son fundamentalmente cuatro: la judía, la liberal, la revolucionaria y la cristiana. La judía está aquí representada por J. Neusner y su libro Un rabino habla con Jesús (1993), para mostrar la continuidad a la vez que la ruptura existente entre judaísmo y cristianismo. La liberal está presentada en diálogo con A. Harnack y su libro clásico La esencia del cristianismo (1900), traducido al castellano en Barcelona (1904), en el que Jesús aparece como expresión de los ideales culturales y morales del mundo burgués alemán. La revolucionaria, derivada de los movimientos libertarios del siglo XIX, está menos acentuada, ya que la caída del marxismo arrastró consigo esta lectura de Jesús. El libro propone la comprensión cristiana como fundada en el propio Jesús, tal como le presentan las fuentes, y es merecedora de adhesión hoy.
¡Extraño libro este firmado por dos autores: Ratzinger-Benedicto XVI! Por primera vez en la historia del catolicismo, un Papa se distancia de sí mismo, no reclama la autoridad del ministerio que ejerce, se legitima sólo por las razones que ofrece, invita al diálogo y legitima el rechazo. Sólo reclama la empatía necesaria para comprender. Libro que resultará extraño a muchos lectores píos, acostumbrados sólo a las “Vidas de Jesús”. Aquí se verán confrontados con los problemas de la crítica histórica, de la exégesis bíblica y de la hermenéutica filosófica.
Hay hechos que tienen más valor que muchas declaraciones verbales. Entre aquéllos, el que un Papa, del que la propia Iglesia afirma que puede llegar a ser infalible, escriba un libro y diga en el prólogo: “Cualquiera que lea puede contradecirme. Sólo pido a lectoras y lectores aquel adarme de simpatía sin la cual ningún entender es posible”. Nada más reclama el ejercicio de la razón como lugar donde todos debemos encontrarnos y en el que la fe cristiana decide estar codo con codo entre los que piensan.
