Por Rafael Argullol, escritor (EL PAÍS, 11/09/07):
Cuando hace unas semanas los incendios cercaban Olimpia, y se informaba de que era casi inevitable la destrucción del recinto arqueológico, pensé en las obras que, si se pudiera elegir, salvaría de su museo. Y pasaron por mi cabeza, claro, el Hermes atribuido a Praxíteles y la magnífica Victoria de Paionio que originalmente se encontraba frente al Zeus esculpido por Fidias, una de las obras maestras indiscutidas del mundo antiguo. Me acordé también del frontón, procedente del templo dedicado al mismo Zeus, con el combate entre los Centauros y los Lapitas, unos relieves tan exquisitos como los que contienen los frisos del Partenón.
Pero por encima de todo recordé una figura, mucho menos conocida, o desconocida por completo, que representaba a una muchacha con una caracola y que yo identificaba en mi memoria con el museo de Olimpia, aunque quizá me equivocaba y la había visto en cualquier otro museo. En mi recuerdo, esta muchacha había crecido a una altura superior que la Victoria o el Hermes, y su encanto no tenía rival entre los Lapitas y los Centauros.
Creo que, aparte de su hermosura, este hecho se debía a que yo acertaba a relacionarla con un momento particularmente feliz: si no estaba seguro de dónde la había visto -aunque habría jurado que era en el museo de Olimpia-, sí estaba completamente convencido de cuándo había sido. Había visto a la muchacha de la caracola en mi primer viaje a Grecia. Fue en agosto de 1975, y en todos lados había un jolgorio general como consecuencia de que los griegos se habían liberado de los coroneles, y de paso habían echado al rey Constantino. Con posterioridad, en toda mi vida, no he visto una mayor euforia colectiva. En cualquier lado se recogía una hospitalidad natural, un gozo intenso pero tranquilo y sin exageraciones manieristas. De poder afirmarse algo tan arriesgado, afirmaría que la gente era feliz.
Por alguna razón, yo debí ver estas partículas de felicidad impregnadas en la escultura de la muchacha de la caracola, e inconscientemente guardé la correspondencia que ahora ha aflorado cuando, hallándome de paso por la isla de Cefalonia, he podido contemplar sobre el cielo del Mar Jonio las nubes de humo procedentes de las llamas del Peloponeso.
Las nubes de los incendios transmiten una desolación única. No son exactamente negras ni moradas. Habría que idear un color distinto para describirlas. En el azul perfectamente nítido del cielo jonio, las nubes de la desolación se confundían con extraños caballos desbocados que iban de un lugar a otro anunciando oscuros presagios. Su poder evocativo era infinitamente mayor que todas esas pantallas de televisión llenas de llamas y de tertulianos que se ocupaban truculentamente de la catástrofe durante las veinticuatro horas del día.
Ahora sabemos el balance: pudieron salvarse el Hermes de Praxíteles, la Victoria de Paionio, el espléndido frontón con los Lapitas y los Centauros, pero fallecieron más de sesenta personas, víctimas del fuego. También sabemos que muchos demagogos y oportunistas se escandalizan de este hecho y creen poner el dedo en la llaga. ¿Qué importa una maldita obra de arte al lado de una vida humana? El arte o la vida. Aunque parezca absurdo, éste fue un dilema citado a menudo esos días por tertulianos disfrazados de moralistas.
No conozco a ningún griego dispuesto a sacrificar algo tan vitalmente suyo como Olimpia por nada del mundo. Creen en sus dioses pese a que saben perfectamente que hace muchos años que tales dioses pertenecen al sueño y han dejado de mezclarse en las cosas humanas. La desidia, la especulación, el abandono, la corrupción, pertenecen plenamente a los humanos y son en gran manera las fuentes que han alimentado el fuego del Peloponeso. En España, y no sólo con respecto a los fuegos, sabemos suficientemente hasta dónde llega la onda expansiva de la incompetencia y la rapacidad.
Es una suerte, por tanto, que en medio de la desgracia se haya podido preservar Olimpia. O lo que queda de Olimpia, puesto que ya el fuego se había ocupado varias veces, previamente, de reivindicar su botín. Olimpia ardió tras las incursiones de Alarico en el año 395 y volvió a arder como consecuencia de los terremotos del siglo VI. Lo que ha llegado hasta nosotros es una pequeña muestra de lo que en su momento fue la esplendorosa sede de los Juegos Olímpicos, “el lugar más hermoso de Grecia”, en opinión de Pausanias.
No obstante, si el fuego se hubiera apoderado de Olimpia, no estaríamos hablando de una excepción, sino de una norma en la Historia. ¿Podemos siquiera aventurar hasta qué punto la idea que tenemos los hombres acerca de nosotros mismos depende de la selección que el fuego ha hecho de nuestras obras? Imaginemos lo que sería la historia de la arquitectura o de la pintura sin la intervención del fuego. Tendríamos nociones enteramente distintas. El fuego, dirigido por un misterioso azar, ha escrito y reescrito mil veces la Historia del Arte.
¿Y qué decir del pensamiento, de la literatura? No ha habido mayor antólogo de la creación espiritual que el fuego. Sólo con tener en cuenta lo que sucedió con la Biblioteca de Alejandría, es suficiente para comprender la obra destructiva pero también seleccionadora del fuego. Y las llamas no fueron producidas por ninguna catástrofe natural, sino por la mano del hombre: durante las guerras de Julio César en el siglo I a. C. y con la conquista musulmana en el siglo VII d. C. Tras los incendios quedaron muy pocos de los centenares de miles de libros depositados en la mayor biblioteca de la Antigüedad. La imagen que tenemos de nuestros orígenes procede de los restos de un naufragio.
La pérdida de la Victoria de Paionio, del Hermes de Praxíteles, de los Centauros, de los Lapitas, hubiera sido un desastre irreparable. Con todo, estamos acostumbrados a sobrevivir a los desastres irreparables. Sin embargo, no sé si se puede sobrevivir -o si se debe sobrevivir- cuando lo que se pierde es la muchacha de la caracola. Es decir, la visión de una humanidad con la capacidad de celebrar un instante feliz.
