Por José García Abad. Presidente del Grupo Nuevo Lunes y editor del semanario El nuevo lunes (EL PERIÓDICO, 06/03/06):
Aunque el último plan anunciado por el ministro de Industria, destinado a estimular la modernización del equipamiento de los hogares, sea conocido como plan Renove, su precedente no es el programa de ese nombre destinado a los propietarios de automóviles, sino, en todo caso, el mandato de Fidel Castro para que los cubanos cambiaran de la noche a la mañana, los viejos bombillos –allí es en masculino– por modernas bombillas chinas de menor consumo eléctrico.
El anterior plan Renove español no estaba destinado al ahorro energético sino a estimular la demanda de automóviles, que estaba deprimida, aunque también se buscaran otros efectos secundarios como la seguridad en la carretera. El nuevo plan de Montilla no está pensado para estimular las ventas de electrodomésticos, que no necesitan estímulo alguno; el consumo familiar está lanzado y es, junto al ladrillo, lo que sostiene el alto ritmo de crecimiento de la economía. El objetivo del nuevo programa es, como en el plan Fidel, el ahorro de energía.
El nuevo plan beneficiará, evidentemente, a los consumidores: recibirán cantidades por encima de los 50 euros, y además se beneficiarán de la rebaja en el recibo de la luz al comprar nuevos modelos que gastan menos kilovatios. Aunque, y en eso se parece al plan del automóvil, el programa está pensado para beneficiar a la industria. Puede parecer paradójico que un programa para reducir el consumo y por tanto la facturación de las compañías beneficie a éstas, pero es así y no es ésta la única paradoja del sector.
COMO SE sabe, las eléctricas no están sobradas de capacidad productiva y de vez en cuando los apagones demuestran que están al límite de su capacidad de atender el servicio. Las compañías se han resistido hasta ahora a desembolsar grandes inversiones para atender al tirón de la demanda, que aumenta mucho más de lo previsto por ellas: el consumo eléctrico se está elevando al 6%, que es el doble de lo acostumbrado, incluso en los buenos momentos. Por tanto, y mientras se abordan las inversiones, que en este sector tardan en madurar y que además se encuentran con problemas sobre la opción a seguir –¿petróleo, gas, nucleares?–, lo mejor es reducir la demanda todo lo posible.
¿Dónde hay margen para el ahorro? No en la industria, en la que ya se ha afinado muchísimo pues la energía es un coste significativo y un elemento esencial para su cuenta de resultados. Donde hay un buen margen es en el consumo doméstico y, en menor medida, en el de los ayuntamientos, por ejemplo en el alumbrado público, pues las Administraciones publicas no son tan optimizadoras como las privadas.
El objetivo del ministerio es un ahorro equivalente al consumo de 150.000 hogares, que para las compañías representaría la reducción de la demanda de unos dos millones de clientes. Muchos ciudadanos aguantan con sus aparatos más de lo económicamente eficiente; encantados de que sus cacharros tengan vida eterna no se percatan de que su opción no es rentable, que lo que ahorran por un lado postergando una compra, se les va en el recibo de la luz. Ahora, recibirán un estímulo interesante para la modernización, pues los nuevos aparatos han introducido mejoras en el gasto energético. Hay por parte del Ministerio de Industria y del IDAE (Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía), un organismo dependiente de este departamento que ha sido el autor intelectual del proyecto, la intención de hacer pedagogía, de predicar la cultura del ahorro entre los ciudadanos y también entre algunos empresarios, como los constructores, que no se preocupan del aislamiento térmico pues la factura no la pagan ellos, sino el comprador de la vivienda. Si nuestra casa no está bien aislada, es como aplicar la calefacción a calentar la calle.
NO VIENE mal fomentar una cultura de ahorro en los tiempos de incertidumbre energética en que vivimos. Un ejemplo revelador es el de la lucecita que queda encendida en nuestros aparatos de radio y televisión cuando los apagamos con el mando a distancia y no metemos el dedo en el interruptor de apagado. Esa lucecita roja –un guiño que nos hace el aparato de que está a nuestro servicio– apenas tiene relevancia en el recibo, pero si sumamos el conjunto de las familias representa el trabajo de un grupo de una central nuclear.
Que Montilla se ha tomado en serio el ahorro energético lo demuestra que en un reciente decreto sobre tarifas eléctricas se fija para el 2006 que de los ingresos obtenidos por las tarifas se destinarán 173,5 millones de euros al plan estratégico para el ahorro y la eficiencia energética. La inversión del nuevo plan que estará en vigor antes del verano será compartida entre el Estado y las comunidades autónomas. El ministerio aportará 215 millones de euros y se prevé que las autonomías dediquen a ello 66 millones.
