Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 17/11/07):
España entera tiembla ante la inquietante novedad que le trasmiten nuestros comentaristas autóctonos. Se dice que por allá no les llega la camisa al cuerpo, ay, de miedo. Las plumas más finas de aquí, dechado de pendolistas del lenguaje, han advertido que del Escolta, Espanya del vate profético, la situación ha saltado de grado y nos hallamos ante el Adéu, Espanya impresionante. Las cancillerías no duermen, los ministerios en Madrid están de pálpito supino. Los columnistas en Catalunya lo han detectado con su fino olfato hacia el bolet otoñal y la realidad identitaria. E incluso el propio Montilla, nuestro president, lo ha llevado a Madrid para que lo oigan en vivo y en directo. ¡Ha empezado el desapego!Espantosa palabra que se han sacado de la manga los comunicadores – en los diarios de Barcelona se da por sentado que se puede escribir un castellano de Pitarra, porque somos muy graciosos y muy bilingües-. Desapego,en castellano vulgarísimo, no tiene nada que ver con lo que quieren expresar nuestros sublimes columnistas, y un ligero conocimiento del idioma les hubiera ayudado a utilizar cualquiera de la docena de expresiones en castellano que son más sonoras, rotundas y precisas que ese desapego,que acabará convirtiéndose en chiste para los reyes del jijiji-jajaja, que tanto éxito tienen en nuestros medios de comunicación indígenas.
El distanciamiento entre la clase política catalana, incluida su colla de voceros, que no saben hablar de otra cosa porque viven, y muy bien, de hacer de correveidiles, y la realidad social, es tal que cualquiera que fijara la situación haciendo una foto del momento, tendría motivos sobrados para desternillarse. Primero, porque para que exista un desapego – en castellano, desapego es un palabro de difícil uso- ¿qué cojones harán tantos profesores de literatura metidos en la política y el periodismo que no encontraron expresión mejor?-. Digo que, para que estos genios de la sensibilidad ciudadana hayan detectado un desapego es imprescindible que antes haya existido un apego.O sea, que la sociedad catalanista militante tenía apego a la sociedad española, a Madrid, para entendernos. ¿Y cómo era el apego?Me gustaría que me lo explicaran. En la actual situación los únicos que se exhiben con traje de tigres son los de Esquerra Republicana, y están más afectados de servilismo que los animales del zoo de Barcelona, porque en el fondo y en la forma el soberanismo es una cuestión de presupuesto, no de alternativa. El grado de soberanismo lo decide el presupuesto, y por si fuera poco hay que añadir la benevolencia de una sociedad civil que se sobrevalora a sí misma. Padres indolentes crean niños irresponsables, o viceversa.
Toda esa tangana sobre la baja moral del catalanismo, la frustración de la sociedad catalana, el sentimiento de abandono, el castigo a que se la somete desde las instituciones, etcétera, quizá tenga una explicación en aquella meditación masturbatoria con la que nos castigaron a propósito del gozo y delectación estatutaria – qué somos, qué fuimos, qué seremos-, con absoluto desdén hacia el estado de las infraestructuras, esas horteradas que usan todos los días los miles de ciudadanos a quienes se la bufa el estatuto, como muy bien quedó expresado en el referéndum. Quizá porque ellos no viven del erario público, como esos señores y su colla de cómplices en los medios de comunicación, que reciben su soldada por los servicios patrióticos prestados. O sea que, como me jode la Renfe, me hago soberanista. ¿Cómo quieren ustedes que alguien nos tome en serio? Después del desastre del Carmel no puede haber piedad con los cínicos.
Sería bueno hacer una escala de valores sobre nuestra clase política. En principio proclamarlo muy alto: en Catalunya no existe la oposición política. El comedero está proporcionalmente repartido, y la cosa llega a tal nivel de escándalo que incluso los comentaristas políticos exigen que se vaya aún más lejos, que todos los partidos catalanes hablen con la misma voz. Con alguna razón y muchas dosis de desvergüenza, el portavoz socialista, el inefable Iceta, ha dicho que no pasará nada con la polémica de los trenes de cercanías – ni sobre nada, añado yo- porque todos los partidos catalanes tienen plomo en las alas. ¿Qué pensarán, si es que piensan en algo, todos aquellos fervientes pujolianos que proclamaban “debemos ser fuertes en Madrid”, que fue lema de varias campañas victoriosas? O sea que fuimos fuertes en Madrid y le pedimos a Aznar que nos quitara de encima a Vidal-Quadras, tema capital en las infraestructuras de Barcelona. Les salió baratísimo, y ahora chillan como grajos. Han derrochado todo lo que se les entregó; ilusión, entusiasmo, ganas de cambiar el país. Todo lo han tirado por la borda de sus intereses y han dejado una sociedad acomplejada, a la que habían asegurado que eran la hostia, porque para eso pagaban a una troupe de golfos patrióticos que les decían por activa y por pasiva que eran la sal de Europa, desde Frankfurt hasta Venecia, y que aún lo serían más. O como decía un titular inolvidable: “¿Por qué nos envidian tanto?”.
Una parte de la clase política catalana está haciendo esfuerzos supremos para crispar la sociedad y así poder tapar sus vergüenzas. El escándalo de Renfe y cercanías de Barcelona, digo bien, de Barcelona, es responsabilidad principal y fundamental de nuestros políticos. ¿Quién decidió que el AVE debía llegar a Barcelona en la estación de Sants? Aún estoy esperando que esos tribunos nos lo cuenten. ¿Quién, cómo y dónde se decidió que ése era el trazado exigido políticamente contra todos los informes técnicos que lo desaconsejaban? ¿Y no se acuerdan del clamor por que alcanzara el aeropuerto de El Prat? A ver, ¿dónde se han escondido los editorialistas que engalanaron la alternativa? Una lagrimita, una autocrítica, aunque sea con la boca pequeña. Algo, al menos un gesto. ¿Se acuerdan del descojone porque a Álvarez-Cascos se le movían las tierras del AVE por Aragón? ¡No nos reímos ni nada! Pero nos quedó la cara con la mueca cuando se acercó a nosotros y toda la Barcelona que trabaja sufrió el caos de la incompetencia y la irresponsabilidad. ¿Que la ministra de Fomento debería dimitir? Por supuesto, y si es posible retirarse a un convento y atenerse al principio de moda del “por qué no te callas”.
De aquí a marzo, fecha electoral, vamos a asistir a prodigiosas operaciones de prestidigitación. Los más ínclitos magos de la política y la imagen, virtual y real, se desgañitarán con operaciones fastuosas. Se va a repartir mucho dinero en estas elecciones que se avecinan y Zapatero hará maravillas para contentar a los ciudadanos de Catalunya, porque los votos catalanes serán decisivos en la contienda. Veremos cosas que nos dejarán pasmados. ¡Qué talento, qué sensibilidad, qué comprensión del país y sus problemas! En el fondo, si hay algo indestructible es el candor humano, la ingenuidad. Las elecciones del 9 de marzo se decidirán en Catalunya. Eso ya lo saben desde hace meses los contendientes. La fanfarria la pondremos nosotros, oh pueblo maravilloso que yo escogí para vivir. Una sociedad muy plural, pero en la que siempre hablan los mismos para decir las mismas cosas.
Para desintoxicarse y ver que el mundo sigue, aunque nos tengan tanta envidia y nos pongan las cosas tan difíciles, a nosotros que somos la hostia y no somos más porque no nos dejan, abrámonos a otros territorios. Por eso les sugiero que vayan al cine para ver La zona,antes de que la quiten, que será pronto, me temo. Es un filme hecho por gente joven que se limpia el culo con la identidad pero que se ducha con la fuerza que da la vida, esa cruel vida que no se puede reprimir ni siquiera por una buena causa.
Seamos humildes un día, ahora que aún quedan lejos las urnas y las campañas electorales, y hagámonos las preguntas imposibles de la pelea imposible. Somos siervos del poder, y lo que es más terrible, lo somos voluntariamente y hasta con placer, porque hacemos de ola. Contentos practicantes de la ola con la que nos engañamos a nosotros mismos. Oé, oé, oé.
