Por Duardo J. Ruiz Vieytez (EL CORREO DIGITAL, 15/03/08):
En ocasiones he señalado en estas páginas algunos de los efectos del sistema electoral a las Cortes Generales, apuntando la conveniencia de efectuar alguna reforma en el mismo. Tras las elecciones, el momento es propicio para corroborar hipótesis anteriores, y para extender la reflexión a otros aspectos que merecen atención política. Los resultados electorales del pasado domingo refuerzan en mi opinión la necesidad de abordar por fin algunas reformas constitucionales, y entre ellas destacan en este momento al menos tres importantes temas.
1.- La reforma del sistema electoral al Congreso
Las elecciones del pasado domingo corroboran los efectos habituales del actual sistema electoral. Una vez más, los partidos dominantes se benefician tanto de la fórmula matemática aplicada (el llamado sistema D’Hondt) como, sobre todo, del diseño de las circunscripciones electorales. Este segundo es sin duda el defecto fundamental de un sistema que dice ser proporcional, pero que provoca en la práctica una tendencia mayoritaria.
En efecto, si aplicáramos criterios estrictamente proporcionales a los resultados producidos, el PSOE habría obtenido 155 escaños (es decir, 14 menos de los que realmente ha conseguido) y el PP 142 (11 menos). Habiendo recibido entre ambos partidos el 83,7% de los votos totales, copan sin embargo el 92% de los diputados. Por contra, el resto de formaciones políticas, salvo el especifico caso del PNV, obtienen los mismos o menos escaños de los que proporcionalmente les habrían correspondido. Así, IU, que ha conseguido solamente 2 diputados, tiene un respaldo en votos equivalente a 14 escaños. UPD, ERC y BNG han obtenido 3, 1 y 1 escaño menos respectivamente de los que proporcionalmente podrían haber recibido. Y hay 9 formaciones políticas que han quedado fuera del Congreso, aunque su respaldo electoral en votos equivaldría en términos proporcionales a 1 escaño para cada una de ellas.
La culpa de estas distorsiones la tiene fundamentalmente la decisión constitucional de consagrar la provincia como circunscripción electoral al Congreso. Es este factor, y no la formula D’Hondt, el que, por ejemplo, provoca que IU pierda 12 escaños en el reparto (y con ello su grupo parlamentario), y que los dos grandes partidos obtengan un diferencial positivo de hasta 14 diputados. El hecho de que las 50 provincias sean circunscripciones electorales ocasiona que el número medio de escaños por circunscripción sea demasiado bajo. En las elecciones al Congreso esta media equivale a 6,7 escaños, muy por debajo de la media de los países europeos que utilizan el sistema D’Hondt. Así, Noruega ofrece una media de 8,7; Islandia de 10,5; Portugal de 11,5; Finlandia de 13,3; Bélgica de 13,6; Luxemburgo de 15; y Países Bajos de 150. Estos datos son relevantes porque, a igualdad de fórmula electoral, una media inferior a 10 transforma un sistema nominalmente proporcional en tendenciosamente mayoritario, lo que en cierto modo contradice a la propia Constitución.
Estos datos comparativos con otros países europeos resultan de por sí suficientemente concluyentes como para plantear el debate sobre el sistema electoral. Obviamente, es legítimo diseñar un sistema que dote de cierta estabilidad a las instituciones y, en este sentido, ciertas correcciones (como la que provoca la fórmula D’Hondt) pueden ser utilizadas en dosis razonables. Pero la circunscripción electoral extiende su influencia más lejos, puesto que genera esa dinámica electoral que llamamos ‘voto útil’. El elector, consciente o inconscientemente, aprende la dinámica del sistema y adecua hasta cierto punto su comportamiento al mismo, lo que abunda en un reduccionismo bipartidista que seguramente no refleja fielmente la composición ideológica de la sociedad. Si en las primeras convocatorias electorales de los años setenta la suma de los dos primeros partidos equivalía al 65% del voto total, este porcentaje ha ido incrementándose hasta llegar en estas elecciones al 84%. Desde luego, una parte del éxito creciente de los dos partidos principales puede deberse a sus propios aciertos, pero no puede negarse la incidencia paulatina de un sistema electoral que castiga a las restantes formaciones; algo que por cierto no tiene por qué resultar siempre beneficioso para los dos grandes partidos.
En definitiva, parece conveniente abordar alguna reforma en el sistema electoral al Congreso, y la propuesta más evidente es la del aumento del tamaño de las circunscripciones. Una posibilidad más que razonable sería hacer coincidir las circunscripciones con la organización territorial del Estado en comunidades autónomas. El paso de circunscripciones provinciales a autonómicas, sin suponer una revolución en los resultados finales, acercaría el sistema a un juego electoral más proporcional y al propio diseño institucional del Estado.
2.- La reforma del Senado
Los electores habrán podido constatar, quizás con cierto asombro, que los resultados al Senado no guardan relación directa con los resultados al Congreso. Así y todo, es llamativo el poco interés que suscita el resultado electoral al Senado, una cámara en la que los ciudadanos eligen a 208 representantes sin que en muchos casos entiendan muy bien el cómo ni el para qué. Este desconocimiento es directamente proporcional a su importancia real. El Senado hoy en día ni es útil ni sirve a la representación territorial que pide la Constitución. Reformar el Senado necesitará de un cierto esfuerzo de los grandes partidos, pero nadie puede cuestionar a estas alturas que es algo necesario. Los modelos alternativos son varios pero, en mi opinión, al actual Estado de las Autonomías le convendría un diseño de cámara territorial relativamente similar al alemán, en el que los representantes territoriales lo son de sus gobiernos respectivos. Sería ésta una alternativa más eficaz, útil para la cooperación interinstitucional y más económica que la actual.
3.- La definición territorial del Estado
Por último, las elecciones del pasado domingo también apuntan al complejo tema de la organización territorial, auténtico nudo gordiano del sistema político español. La cuestión no asoma tanto por los resultados de las formaciones nacionalistas periféricas, sino por la curiosa correlación de tendencias que se ha producido entre un PP erigido en representante de la uniformidad y un PSOE que, con Zapatero al frente, defiende una cierta idea de ‘España plural’. Lo relevante es que no hay en el resultado electoral tendencias similares en el conjunto, sino más bien todo lo contrario. Obvio es decir que el PSOE ha ganado las elecciones, pero este triunfo se basa precisamente en las dos comunidades que más reclaman su singularidad. El espectacular éxito socialista en Euskadi y Cataluña contrasta con las tímidas subidas de otras comunidades, e incluso con una tendencia a la baja en toda la mitad sur de la península (Madrid, La Mancha, Valencia, Murcia y Andalucía). Estas divergencias resultan muy llamativas en unas elecciones generales. Hay un dato que puede ser especialmente significativo a este respecto: si descontamos los resultados de Cataluña y Euskadi, el PP habría ganado las elecciones con mayoría absoluta de escaños (143 de un total de 285). Súmese a esto que en un lugar tan significativo como Madrid tanto PP como UPyD aumentan su representación, a costa de PSOE y de IU. Parece esconderse detrás de estas tendencias contradictorias un cierto divorcio entre territorios que reflejaría el sempiterno debate entre simetría y asimetría que subyace en la indefinición del modelo territorial.
Estas tendencias electorales tan desequilibradas entre dos territorios singulares que dan la victoria al PSOE y un resto del Estado que habría dado la victoria al PP evidencian en mi opinión una asimetría de muy difícil gestión, pero cuya resolución es, antes o después, necesaria. Una cosa es que el modelo territorial sea un marco abierto, y otra distinta que deba estar en permanente indefinición. Pero el mayor problema estriba precisamente en que, si bien la asunción de la pluralidad del Estado aparece como altamente aconsejable en términos constitucionales, las tendencias electorales del pasado domingo también dejan claros los riesgos electorales que dicha empresa puede entrañar para quien hoy pretenda abordarla.
