Por Fernando del Rey, historiador. Entre sus publicaciones destaca el libro el poder de los empresarios. Política e intereses económicos en la España contemporánea (1875-2000), Taurus, 2002 (EL MUNDO, 31/03/08):
Como cabía esperar, pues así lo anunciaron hace tiempo, los nacionalistas catalanes y vascos tratan de obstaculizar el nombramiento de José Bono como presidente del Congreso de los Diputados. En la mañana del 26 de marzo, los medios nos despertaron con las declaraciones de Josu Erkoreka, portavoz del PNV, insultando al ex presidente de Castilla-La Mancha y ex ministro de Defensa con el término «cabestro». Con ese insulto, el representante del centenario partido evidentemente ha buscado trasmitir una imagen negativa del socialista, equiparándolo con la cerrazón centralista y con el españolismo intransigente, perfiles con los que desde años los nacionalistas periféricos han querido identificarlo para dinamitar su trayectoria.
Nadie debiera extrañarse a estas alturas de que a José Bono lo odien los que, sin exagerar, podrían definirse como epígonos del carlismo, es decir, los descendientes no tan lejanos de aquella fuerza política que en el siglo XIX combatió con saña la Revolución Liberal y el establecimiento de un Estado que predicaba la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Un Estado y un régimen, el liberal, que, al menos doctrinalmente, no entendía de privilegios territoriales y estamentales, que buscaba equiparar en derechos y obligaciones a los españoles, que quería construir una nación de ciudadanos libres y que sentó las bases de la modernización económica, política y cultural del país frente a la losa y el atraso que, en todos los sentidos, supuso el Estado absolutista, tan añorado después por el carlismo y, hoy, también por sus descendientes.
Consciente o no de ello, José Bono se inscribe en la tradición de ese segmento del socialismo que nunca se desprendió -como Indalecio Prieto en su día o en la actualidad Rosa Díez- de una cierta impregnación liberal en su versión progresista. Porque progresista y liberal, en sus acepciones de siempre (a saber lo que entienden algunos hoy con esas palabras), ha sido defender la nación democrática de ciudadanos libres e iguales, los derechos individuales y la liquidación de los privilegios sociales, geográficos o corporativos, al tiempo que se rechazaba los postulados discriminatorios de signo étnico, cultural o económico, la intolerancia y el dogmatismo.
Por más que se hayan amoldado al juego democrático desde la Transición, en el fondo de su ideario, tanto gran parte del nacionalismo catalán -por más que plural internamente- como el vasco en su práctica totalidad -también plural, pero menos- adolecen de un sustrato común profundamente reaccionario, antiliberal, antidemocrático y, por supuesto, antisocialista. De ahí su engarce con el carlismo, palpable ya en las Bases de Manresa, uno de los documentos emblemáticos del catalanismo político y, de forma más brutal, en el pensamiento político de Sabino Arana, aquella lumbrera (¿?) racista, auténtico cabestro en sentido literal, del que nunca se han despegado y al que nunca han renunciado las gentes del PNV. ¿A quién pretenden aleccionar los representantes de una corriente política que tiene por padre espiritual a tamaño energúmeno, cuya memoria cultivan con celo y arrebatada pasión hasta el día de hoy?
Como cualquier otro político con una personalidad fuerte y singular, José Bono presenta en su larga trayectoria aspectos que el analista puede considerar discutibles o poco atractivos desde el marco de una democracia que se pretende avanzada y moderna. Mucho se ha escrito de sus maneras populistas o de su afán de poder, características que, por otra parte, no dejan de ser comunes, de una u otra forma, a muchos de los profesionales de la política, tan humanos y con tantas debilidades como cualquier ciudadano de a pie. Pero lo que nadie puede negarle a José Bono es su coherencia, la claridad con la que siempre ha defendido sus convicciones y la pedagogía política de la que siempre ha hecho gala al exponerlas.
Como tampoco se le puede negar lo mucho y bueno que hizo por su tierra tras dos largas décadas pilotando la nave que cambió de raíz la cara de una región pobre y dejada de la mano de Dios como era Castilla-La Mancha. Un territorio que se desangró con la emigración de los años 50 y 60 provocada por el centralismo franquista, que, amén de Madrid o Levante, si a alguien benefició fue a la periferia vasca y catalana, baluartes privilegiados de un crecimiento industrial que desde el siglo XIX halló en la protección del Estado su razón de ser, gracias a la habilidad y a la influencia de sus respectivas elites territoriales en el diseño de las políticas económicas y fiscales correspondientes. Por no hablar de la impagable aportación de la mano de obra procedente de otras partes de España, esos cientos de miles de personas que, a costa de sufrimientos sin cuento y salarios de hambre, enriquecieron sus respectivas economías.
Esos cientos de miles de personas que desde los círculos nacionalistas xenófobos -minoritarios a pesar de todo en el conjunto del País Vasco y Cataluña- fueron denominados despectivamente, con asco y abierto rechazo, como xarnegos o maquetos. Porque no fue la capacidad de competir, ni la innovación tecnológica, ni la destreza en captar mercados extranjeros lo que posibilitó el crecimiento industrial de esos territorios, sino, sobre todo, junto con la llegada masiva de mano de obra barata, el apego a los ámbitos de decisión en las alturas que mostraron sus dirigentes políticos y empresariales a lo largo de dos siglos. Como ahora, exactamente igual.
No es de extrañar, insístase en ello, que José Bono les resulte antipático a los nacionalistas periféricos. Es perfectamente lógico. No podía ser de otra forma tratándose de un político que ha llamado a las cosas por su nombre, que ha defendido como objetivo diario de su labor la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, que ha impugnado por conservadoras y antidemocráticas las propuestas de construcción del Estado bajo criterios asimétricos, que ha denunciado la insolidaridad egoísta subyacente a los llamados hechos diferenciales y que, como socialista y demócrata convencido, nunca ha soportado el trato fiscal discriminatorio en aras de los pretendidos derechos históricos, auténtico camelo reaccionario intolerable desde el prisma de una sociedad abierta y desde el punto de vista de la unidad y de la libertad de mercado, como la Unión Europea viene denunciando en los últimos años.
Cualquiera que conociera Castilla-La Mancha hace 30 años puede calibrar con juicio ponderado la excelente labor llevada a cabo por nuestro político socialista y el magnífico equipo de colaboradores con que supo rodearse. De ser una región pobre, sin medios, ignorada en los máximos centros de poder del Estado, carente de las infraestructuras básicas, con un porcentaje alto de analfabetos todavía en los años setenta del siglo XX, y completamente dependiente de Madrid u otros polos desarrollados a efectos económicos, políticos y culturales, Castilla-La Mancha ha pasado a ser hoy un territorio dinámico en todos los sentidos, aunque sea todavía mucho lo que queda por hacer.
Cuenta con buenas carreteras, fue pionera en beneficiarse del tren de alta velocidad, disfruta de una red de hospitales digna, se ha institucionalizado la enseñanza universitaria, los jubilados gozan de garantías y servicios que les hacen su vida mucho más confortable que la que tuvieron sus ancestros, se han multiplicado las bibliotecas hasta los rincones más apartados, y sus jóvenes -que a miles salen a formarse o a estudiar inglés al extranjero- se hayan en condiciones de competir en buenas condiciones con sus homólogos de toda España cuando se incorporan al mercado de trabajo. La dependencia económica de Madrid es todavía grande, pero eso en sí no es negativo, máxime teniendo en cuenta el papel complementario y el desahogo que representan para la megalópolis los pujantes corredores industriales de Guadalajara y Toledo.
Que, al margen de sus siglas, José Bono fue un político querido por sus paisanos se ha confirmado en reiteradas ocasiones hasta la saciedad, como han puesto de manifiesto las elecciones autonómicas a lo largo de su mandato. Buena parte del voto conservador se fue detrás de él, al contrario de lo que ocurría en las elecciones generales, lo cual era un signo claro de madurez democrática por parte de ese segmento del electorado, dicho sea de paso. Hoy, como entonces en su condición de presidente autonómico y después como ministro de Defensa, José Bono podría ser un excelente presidente del Congreso, como también lo ha sido, por encima de las banderías de partido y a menudo frente a la incomprensión de sus más próximos, el antecesor en el cargo, Manuel Marín, otro ilustre, generoso y ponderado político, manchego universal también, amante de esa patria común que es la España democrática de ciudadanos libres e iguales.
Esa España que a los nacionalistas de toda laya tanto molesta. Por añadidura, y es otro valor que pesa a su favor, José Bono mantiene buenas relaciones con muchos dirigentes del principal partido de la oposición, el Partido Popular, la fuerza llamada a concertar los grandes acuerdos de Estado en la próxima legislatura, siempre, claro está, que el nuevo Gobierno de Zapatero se mantenga fiel a los buenos propósitos de alcanzar políticas de consenso expresados al poco de saberse los resultados de las elecciones. Millones de ciudadanos en este país así lo están reclamando.
