Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 27/04/08):
Nuestros lectores son conscientes de lo insistentes que podemos volvernos en EL MUNDO cuando nos parece haber dado con una pregunta clave a cuya respuesta creemos tener derecho. A veces se trata de interrogantes que afectan al esclarecimiento de hechos trascendentales. ¿Qué sabía, cuándo lo sabía, desde cuándo lo sabía?, inquirimos una y otra vez sobre González y los GAL, hasta que el Tribunal Supremo abortó su responsabilidad penal con «la doctrina de los estigmas». ¿Dónde están los resultados de los análisis de los restos de los focos de los trenes realizados el 11-M en el laboratorio de los Tedax?, planteamos con tozuda reiteración hasta lograr que se constatara que ese informe no existía porque -por inaudito que parezca- jamás se puso por escrito.En otras ocasiones nuestras preguntas tienen un carácter retórico, encaminado a denunciar situaciones intolerables desde el punto de vista de los valores democráticos, los derechos civiles o la propia legalidad. ¿Cómo puede ser que cada vez haya más lugares de España en los que resulte imposible materializar el elemental derecho de los padres a educar a sus hijos en español? ¿Por qué hay alcaldes socialistas, empezando por el de San Sebastián, que se niegan a cumplir la Ley de Banderas pese a las reiteradas sentencias aclaratorias de los tribunales?
Pues bien, a mitad de camino entre la demanda de clarificación de un itinerario político contradictorio y la expresión de mi alarmada indignación por lo que percibo como un grave acto de arbitrariedad, he aquí un nuevo desafío público a Rodríguez Zapatero: ¿Me puede explicar el señor presidente del Gobierno, o alguien en su nombre, cómo se entiende que el recién creado Ministerio de la Igualdad tenga entre sus prioridades y tareas velar por la aplicación de una Ley como la de la Violencia Doméstica que consagra la desigualdad penal en los términos absurdos que está a punto de validar la mayoría gubernamental del Tribunal Constitucional, según los cuales la agresión del hombre a la mujer se castiga con seis meses de cárcel y la de la mujer al hombre con tres?
Tras una pausa para respirar, despejemos el debate de trampas dialécticas y quitemos enseguida de en medio los tramposos argumentos de que el hombre tiene más fuerza que la mujer -sin entrar siquiera en que eso es solamente lo habitual- y de que hay muchos más agresores que agresoras. Porque en su anterior redacción el Código Penal no prescribía que un moratón en un párpado se castigara con igual pena que un hundimiento de cráneo y una rotura múltiple de costillas. Ni tampoco está proponiendo nadie como alternativa que la igualdad consista en que al cabo del año se haya condenado al mismo número de mujeres que de hombres.
No, mi estupor deriva de que en España haya dejado de tener vigor el nítido principio del «ojo por ojo», no en el sentido de la Ley del Talión, claro, sino en el de que en la balanza de la Justicia pese lo mismo el globo ocular masculino que el globo ocular femenino, de forma que idéntico daño tenga idéntico castigo, al margen de cuáles sean los cromosomas del atacante y de que esas lesiones hayan sido causadas con el puño cerrado, con un pisapapeles o con un martillo. Y al abrir este debate no estoy negando la vergonzosa lacra del machismo ni la gravedad de las estadísticas sobre mujeres maltratadas, sino poniendo en la picota la injusta, caprichosa y antidemocrática manera de afrontar el problema. ¿O no es una paradoja orwelliana que en nombre de la igualdad se atente sistemáticamente contra el elemental principio jurídico de que a igual crimen deba existir igual castigo? Lo que me parece inaceptable no es, por lo tanto, que a 1.000 maltratadores les caigan 6.000 meses de reclusión sino que a 10 maltratadoras no les caigan 60, sino sólo 30 a raíz de lo que bien podríamos llamar una «rebaja de género» de nada menos que un 50%.
Mientras alguna cabeza pensante de la Moncloa o el movimiento feminista busca en algún vademécum de la nueva izquierda cómo rebatir estas obviedades, yo les voy a contar una historia mitológica, subiéndome a la grupa del famoso discurso que Pierre Vergniaud, el águila de la Gironda, pronunció ante la Convención Nacional Francesa el 13 de marzo de 1793, en nombre de sus compañeros, los diputados acusados de contrarrevolucionarios:
«Un tirano de la antigüedad tenía una cama de hierro sobre la cual extendía a sus víctimas, mutilando a las que eran más grandes que el lecho y dislocando dolorosamente a las que eran más pequeñas, hasta lograr que alcanzaran la dimensión requerida. Este tirano amaba la igualdad».
Más que un tirano era un bandido. Vergniaud se refería a Procustes (que en griego significa «El Estirador»), también conocido como Damastes («El Sojuzgador») o como Polypemon («El que hace mucho daño»). Este individuo se apostaba en el camino cercano a su guarida en el istmo de Corinto y atraía hasta ella a los viajeros con la promesa de una buena comida y un reparador descanso en un lecho tan confortable y prodigioso que tenía la propiedad de adaptarse a las dimensiones exactas de aquel que lo ocupara. Cuando sus víctimas comprobaban que eran ellas las que debían adaptarse al lecho ya era demasiado tarde para eludir tan sanguinaria forma de igualdad.
Esa misma era la práctica política que trataban de imponer los jacobinos, mediante la pauta argumental que tan certeramente ponía Vergniaud en su boca: «Vosotros sois libres, pero pensad como nosotros sobre tal o cual asunto… o si no os designaremos con las denominaciones más ridículas y os denunciaremos ante la venganza del pueblo». Conste como ironía que entre esas «denominaciones más ridículas» destacaba la de «hombres de Estado».
Ni la lucidez en el diagnóstico, ni la brillantez en la oratoria -que hasta un mal bicho como Marat no pudo por menos que ensalzar cáusticamente- salvaron a Vergniaud y sus compañeros, «igualados» en octubre de ese mismo año al patrón de lo revolucionariamente correcto por una cama de Procustes llamada guillotina. El lamento que ha pasado a la Historia es el de Madame Roland subiendo los peldaños del cadalso: «¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!». Pero tanto durante el Terror como a partir de entonces -Unión Soviética, China, Camboya…- se ha asesinado a mucha más gente para rendir más pleitesía a la igualdad que a la libertad.
En ese célebre discurso, considerado como una especie de canto del cisne de los girondinos, Vergniaud apelaba al pueblo, advirtiéndole que en vez de la «igualdad de los derechos» sus rivales estaban ofreciéndole, o más bien imponiéndole ferozmente, «la de las tallas». No era igualdad sino igualitarismo nivelador, teñido de desquite. Por eso se obligaba a los ricos a servir la mesa de los pobres en las «comidas de la igualdad», se desmochaban los campanarios de las torres más erguidas y se les cortaba la cabeza a los aristócratas más altivos. Todo para dar satisfacción a la primera modalidad de odio de clase, bautizada por Roederer como «les souffrances de l’amour-propre», de los sans culottes parisinos.
Según Tocqueville sólo los tres primeros meses de la Revolución tuvieron como meta la libertad, porque todo lo que ocurrió desde octubre de 1789 -justo en el momento en que termina la película María Antonieta- estuvo dominado por la «pasión por la igualdad». ¿Pero igualdad para qué y -sobre todo- igualdad para quién? De la misma manera que la Declaración de Filadelfia proclamaba que «todos los hombres han sido hechos iguales por su Creador», pero privaba a los negros de cualquier derecho -mientras Jefferson y otros padres fundadores «nivelaban» privadamente a sus esclavas-, la Revolución Francesa se olvidó de las mujeres. Por increíble que hoy parezca, las mujeres podían, como hemos visto, ser guillotinadas, pero carecían del derecho al sufragio, no podían ser elegidas para ningún cargo público y -por mucho ruido que hicieran en las tribunas- ni siquiera podían ser miembros del club de los Jacobinos o del de los Cordeleros.
Tan flagrante ha continuado siendo la discriminación de la mujer en la sociedad contemporánea -en España al comienzo de la transición una casada no podía ni abrir una cuenta corriente sin permiso del marido- que Zapatero ni siquiera ha tenido que ponerle apellidos a su Ministerio de la Igualdad. Todos supimos inmediatamente que se trataba de la igualdad entre hombres y mujeres y no de la igualdad, también encomiable, entre jóvenes y viejos, entre andaluces y gallegos, entre merengues y culés o entre melenudos y alopécicos.
Esperanza Aguirre ironizó con que, por las mismas, se podría haber creado un Ministerio del Amor, olvidando añadir que sin duda hubiera sido una constante fuente de generación de odios. Pero como había incurrido en el más políticamente incorrecto de los sarcasmos, y ya que la primavera liberal encendía de tanta audacia sus mejillas, ahí que se le vino encima don Mariano Rajoy en Elche blandiendo el atizador de Wittgenstein: «Creo en más cosas que en la libertad, creo en la igualdad de derechos y oportunidades… creo que el Estado tiene que ayudar a aquellas personas a las que no les va tan bien».
El subtexto de lo que Soraya definió como «golpe de autoridad» coincide en efecto con el leit motiv del filósofo que hizo ademán de abalanzarse sobre Popper en aquella famosa velada invernal en Cambridge con el hierro de la chimenea en ristre: «Sobre lo que no se puede hablar, se ha de callar». Elemental, mi caro Arriola. Otro gran filósofo como Fraga no podría estar más de acuerdo. Propongo que se asuma esta última frase del Tractatus como lema oficial del Congreso de Valencia… ¡Qué bueno! ¡«Sobre lo que no se puede hablar, se ha de callar»!
Pero entre tanto queda aún pendiente de respuesta esa superficialidad textual en la que también se instalaron las alusiones al «doctrinarismo» y los «grupos de presión», así como la defensa de la Sanidad, la Educación y las pensiones públicas. Como si el dilema fuera optar entre un PP manchesteriano sublevado en Sol y un PP compasivo atrincherado en Génova…
Todo indica que esta necesidad de caricaturizar las posiciones de Aguirre -como si la regla de los 600 avales incompatibles no fuera suficiente palanca de desistimiento- ha restado a la oposición mucha fuerza y reflejos a la hora de recibir con el fuego graneado que merecía el disparatado engendro ministerial, erigido por Zetapé como monumento administrativo al bandidaje de Procustes. ¿En qué va a consistir ese inquietante Ministerio de Igualdad sino en una policía de las costumbres? La neófita ministra estirará la cuota femenina en empresas e instituciones aun a costa de descoyuntarlas y el presidente estará ahí, enarbolando el hacha de la Justicia de género, dispuesto a cortar cualquier cosa -ejem- que sobresalga.
-Oye, que pregunta el presidente que cuántos años tenías tú cuando te nombraron director de Diario 16…
-Sabe perfectamente que tenía 28. Lo hemos hablado a veces.
-¿Entonces por qué criticas que él haya nombrado ministra a una persona de 31? ¿Por qué mantenéis en un editorial que a Bibiana Aído «le falta un hervor»?
-Porque ha dicho eso tan manido y falso de que «la igualdad es el valor más noble de la democracia». En las dictaduras comunistas impera la igualdad. Franco también se jactaba de «la igualdad de los hombres y las tierras de España».
-Pues que sepas que la ministra soltó esa frase porque primero la había escuchado de labios del presidente. El le recomendó a Bibiana que la dijera. Y él lo mantiene. Que la igualdad sea «el valor más noble», no quiere decir que sea el más importante.
¡Acabáramos… alabado sea Dios… la frase no es de Bibiana Aído, sino de Zapatero! Resulta que al presidente le ha dado un ataque de pigmalionismo y le sopla el guión a la Ministra de Igualdad cual nuevo profesor Higgins enseñando pronunciación y modales a la bella verdulera Eliza Doolittle. ¡Jesús, María y José…! Y Rajoy, con el atizador ideológico en ristre. O sea que con la que está cayendo en el mercado de trabajo, ahí los tenemos a los dos, al jefe del Gobierno y al de la oposición, haciéndose la piltra un lío, a vueltas con la igualdad y la libertad.
El Abate Sieyès, único pensador original junto con Condorcet de aquella camada revolucionaria, colocaba la ley en el centro de un círculo y situaba a todos los ciudadanos en la correspondiente circunferencia, de forma que no hubiera nadie ni más lejos ni más cerca en el ejercicio de sus derechos. Todos eran, todos somos en una democracia «igualmente libres».
No, no es suficiente con esa igualdad de iure, me contestarán bajo los más diversos disfraces ideológicos los que antes que otra cosa son intervencionistas: hay que pasar de las musas al teatro, hay que conquistar la igualdad de facto.
Bien, para eso tiene respuesta Frank Sinatra a través de una de sus más deliciosas canciones: «Love and marriage/ love and marriage/ go together like a horse and carriage». Sólo el «caballo» de la libertad puede arrastrar de forma eficaz, justa y estable el «carruaje» de la igualdad. Las políticas sociales son el tirante de la calesa. Pero sin la tracción instintiva de ese «amor», no hay «matrimonio», ni arrejuntamiento que valgan. Sólo el despotismo del lecho de Procustes.
