may 08 11

La mejor y la peor hora de Calvo-Sotelo

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 11/05/08):

EL MARTES DE LA AUDACIA

Buenos días, señores… y perdón por el retraso». Eran las dos menos 20 del martes 3 de mayo de 1977 y Leopoldo Calvo- Sotelo entró como una exhalación en una de las oficinas cedidas por su antigua empresa, la Unión Española de Explosivos, en Serrano 41, súbitamente transformada, por mor de la premura del calendario electoral, en el camarote de los hermanos Marx del centrismo emergente.

Sobre una centelleante moqueta de color fucsia y con unas enormes carpetas apoyadas en la pared como significativo decorado, los jóvenes reporteros que vivíamos los balbuceos de la democracia como un rito iniciático llevábamos casi una hora asistiendo atónitos a las idas y venidas de los líderes de la llamada oposición moderada al franquismo, justo en el momento en que empezaban a caerse del guindo.

«¿Pero quiénes son todos estos alienígenas?», le había preguntado Paco Fernández Ordóñez a Nacho Camuñas, apoyado en el quicio de la puerta y señalando al heterogéneo grupo de personajes y personajillos con los que los dirigentes del flamante Centro Democrático acababan de descubrir que iban a ser amalgamados. «A ver si ahora resulta que vamos a ser todos iguales».

Convocados por el ya definido como San Juan Bautista de Adolfo Suárez, allí habían acudido, en efecto, desde hombres del Movimiento como Enrique Sánchez de León hasta cachorros de la tecnocracia desarrollista como José Luis Meilán, pasando por los promotores de los más diversos y desconocidos partidos regionalistas. Tan grande les pareció la afrenta a quienes se presentaban como jefes de fila del liberalismo, la democracia cristiana y la socialdemocracia que, en un momento dado, Ordóñez, Camuñas, Joaquín Garrigues, Fernando Alvarez de Miranda y Clavero Arévalo dijeron que aquello era intolerable -«Encima este tío nos convoca a la una y no se digna a aparecer»- y enfilaron la escalera, anunciando que ellos se iban a su casa… no sin antes matizar por lo bajinis que estarían esperando en el bar del Villamagna.

Y, en efecto, a los cinco minutos de que Calvo-Sotelo hiciera acto de presencia, allí estaban de nuevo, con cara de corderos degollados pero sumisos, camino del altar del sacrificio. Por la rendija de la puerta entreabierta del despacho al que fueron acarreados todos pudimos escuchar la voz del precursor del presidente: «Bien sabéis que no soy una persona brusca, pero esta vez tiene que ser una excepción. Tenéis que firmar unos documentos que no son negociables». Con su alargada forma de ciprés, Calvo-Sotelo parecía mucho más alto que los demás, su voz sonaba grave e impositiva, sus gafas de concha brillaban más que todos los puñales a punto de desenvainar.

Aquello eran lentejas. Faltaban sólo 43 días para las primeras elecciones generales convocadas en España desde las del 36. Los acontecimientos se habían precipitado desde la legalización del Partido Comunista el mes anterior. La izquierda se había quedado sin motivos para boicotear los comicios y había decidido no dar la batalla contra la peculiar Ley Electoral que no permitía presentarse a los ministros, pero sí al presidente del Gobierno. Tras un oportuno viaje relámpago a Estados Unidos en el que Jimmy Carter le había pasado el brazo por el hombro en los jardines de la Casa Blanca, Suárez tenía previsto comparecer esa misma noche en TVE para anunciar su todavía más extravagante fórmula para participar en el proceso: sería candidato, pero sin hacer «campaña activa» para no desatender las tareas del Gobierno.

Pues bien, a esa avanzada hora del mediodía aún no estaba claro ni cómo se llamaría el partido del presidente, ni quiénes lo integrarían. Los «documentos no negociables» de Calvo-Sotelo eran el acta de constitución de una coalición llamada Unión de Centro y un documento por el que los firmantes le concedían a él personalmente plenos poderes para elaborar unas listas electorales cuyo plazo de presentación concluía sólo cinco días más tarde.

Lo que menos les gustó a los lustrosos cabecillas de la oposición moderada era que el primer documento planteaba un horizonte de integración en un partido único. Garrigues intentó meter la pluma: «Si no te importa, Leopoldo, yo que escribo muy bien…». Pero Calvo-Sotelo le cortó en seco: «Yo también escribo muy bien».

Siguieron unos momentos de tensión en los que el precursor presidencial recordó con educada displicencia a los más levantiscos que ellos no tenían «ni un duro» y que sólo bajo su manto protector encontrarían financiación para la inminente campaña. Al final la única concesión que le arrancaron fue la de añadir el apellido Democrático a la filiación de doña Unión del Centro. Y en ese momento se abrieron las carpetas recostadas contra las paredes y apareció el doble semicírculo anaranjado y verde junto a la efigie de Suárez. Había nacido el donut. Había nacido la UCD.

Tres días después, el viernes de esa misma semana, Calvo-Sotelo convocó a cenar a su casa de Somosaguas más o menos a los mismos jefes de filas para leerles las listas electorales que había que presentar el domingo por la noche. Sentados en el salón, junto al piano de madera blanca, ante los amplios ventanales que dan a la piscina, al filo de la medianoche comenzó por la de Madrid: número uno, Adolfo Suárez; número dos, él mismo; número tres, el falangista monárquico Fanjul Sedeño; número cuatro, Fernández Ordóñez; número cinco, Joaquín Garrigues; número seis, Iñigo Cavero; número siete, Ignacio Camuñas… número 14, Rafael Arias Salgado.

Cuando Paco Ordóñez escuchó que su segundo de abordo en el Partido Socialdemócrata -el brillante yerno de Ruiz Jiménez y puntal de Cuadernos para el diálogo- quedaba relegado a un lugar tan bajo, sin posibilidades de obtener escaño, se levantó como un resorte. Había aguantado las imposiciones suaristas, la incrustación de los llamados cien mil hijos de San Luis entre los que tanto preponderaban los azules, pero aquello ya era demasiado.

-Esto es el colmo, es una injusticia… yo me voy.

-Muy bien, Paco. Lo siento. Me alegro de que hayamos podido colaborar hasta hoy.

La flemática reacción de Calvo-Sotelo dejó helados a los demás. Aquel tipo no estaba dispuesto a aceptar ningún órdago y ya no había margen para el desenganche. Convencieron a Ordóñez de que se quedara y entre todos lograron colocar a Rafa Arias en la aparentemente nada glamorosa lista por Toledo. En el momento de la entrega de los poderes a los candidatos, el líder de la primera formación inscrita con el nombre de Partido Popular, Pío Cabanillas, reflejó fielmente el estado de ánimo de los demás: «A lo mejor te lo devuelvo», le dijo a Calvo-Sotelo. Y éste le contestó con brusquedad, fruto de la exasperación: «Pues devuélvemelo». A lo que el ex ministro gallego, genio y figura, replicó en el más suave de los tonos: «No, no… He dicho que a lo mejor te lo devuelvo».

Cinco semanas después, tras un recuento tan interminable como rudimentario, la UCD se alzaba con la victoria en las primeras elecciones generales, obteniendo el 34,6% de los votos y 166 escaños. Leopoldo Calvo-Sotelo, hasta abril titular de la cartera de Obras Públicas, había sido el único ministro que se había ofrecido a Suárez para dejar el Gobierno, montar una opción electoral en un tiempo récord y convertir lo que hasta entonces sólo había sido un pintoresco desfile de gallos en un organizado gallinero. El dibujante Ramón describió su tarea el 30 de abril en el diario Pueblo: «Ustedes no saben lo difícil que es meter a 27 señores en los dos segundos puestos de la lista por Madrid». Pues eso. Improvisada y audazmente, así se cocinó la democracia.

Qué raro. Con lo puntual que había sido los días anteriores el Tribunal… Pasaba ya casi media hora de las 10 de la mañana y la vista oral no comenzaba. Algo anómalo sucedía aquel martes 23 de febrero de 1982, primer aniversario del fracasado intento de golpe de Estado, en las dependencias del Servicio Geográfico del Ejército, habilitadas en el barrio de Campamento para servir de sede al juicio a los golpistas. Fue una llamada telefónica del general Toquero, recién nombrado portavoz del Ministerio de Defensa, la que me proporcionó el primer indicio de que la anomalía era yo.

EL MARTES DE LA CLAUDICACION

-Tenemos un problema gordo y tú nos tienes que ayudar a resolverlo. Es por un artículo que publicáis hoy titulado Así asaltamos el parlamento… Estoy en el aniversario de la Brigada Paracaidista con el ministro, pero voy para allá.

Cuando pocas semanas después se publicó que a un hotel de Alicante sólo se le había ocurrido, de cara al Mundial de fútbol, alquilar la mitad de sus habitaciones a un grupo de hinchas argentinos y la otra mitad a un chárter de hinchas británicos -los cañones de la guerra de las Malvinas aún estaban humeando-, yo me acordé inmediatamente del ambiente del angosto vestíbulo de aquel recinto militar que los periodistas acreditados debíamos compartir con los familiares de los generales y oficiales que se sentaban en el banquillo.

Hacía menos de dos años que yo era director de Diario 16, pero durante ese tiempo el periódico había acentuado su beligerancia sin concesiones contra el sector involucionista del Ejército y era obvio que al entorno de los golpistas no le había gustado nada mi decisión de cubrir personalmente el juicio. El segundo aviso de lo que podía estar ocurriendo lo recibí, de hecho, cuando toda lo hostilidad larvada de los días anteriores, emergió en el reproche iracundo de una señora de edad avanzada:

-No sé cómo no se te cae la cara de vergüenza.

Con todo el empaque del fajín, las condecoraciones y los guantes blancos que formaban parte de su uniforme de gala, el general Toquero ponía poco después las cartas sobre la mesa: los procesados consideraban que ese reportaje en el que un soldado revelaba que el capitán Alvarez Arenas amenazó con «pegarle un tiro» a cualquier integrante de su compañía que no secundara el asalto al Congreso era una afrenta intolerable para la institución militar y, encabezados por el Teniente General Milans del Bosch, habían decidido plantarse y no bajar a la sala de Justicia mientras yo no fuera expulsado de la misma.

-Ahí es donde nos puedes ayudar. Yo había pensado la fórmula de que te retires voluntariamente y mañana venga otra persona del periódico. Eso mismo es lo que te va a pedir el presidente del tribunal…

-Lo siento, general. No puedo hacer eso por dos razones. Primero, porque supondría admitir nuestra culpabilidad y no me siento culpable de nada. Y segundo, porque eso sería claudicar ante el chantaje de unos señores que no deberían estar en condiciones de chantajear a nadie.

Apenas había terminado de contestar al general Toquero, la inquietud ante lo que pudiera suceder fue dejando paso en mi ánimo a una honda indignación por recibir una propuesta así de una instancia oficial. Esta indignación alcanzaría sus cotas más altas al enterarme poco después de que el patrocinador de la idea no era sólo el portavoz del ministerio, sino que tanto el titular de Defensa, Alberto Oliart, como el propio presidente Calvo-Sotelo habían llamado al editor de Diario 16, Juan Tomás de Salas, instándole a que me presionara en ese mismo sentido. De Salas rehusó hacerlo y, en esa ocasión, respaldó mi mezcla de fatalismo y terquedad en la trinchera del deber de informar.

Lo peor de todo es que aquella era la gota que colmaba el vaso de la claudicación de un poder civil acomplejado y débil, obsesionado con el riesgo de que el Ejército no consintiera el juicio y condena de los golpistas. Pocos días antes del inicio de la vista oral Calvo-Sotelo nos había invitado a cenar en La Moncloa a los directores de los principales periódicos y nos había pedido lisa y llanamente que no publicáramos nada que pudiera ofender a los militares de sangre más caliente. Fue una experiencia deprimente en la que sentí puesta del revés la exhortación de Roosevelt a «no tener miedo sino del miedo mismo». La obsesión de aquel Gobierno era pasar página como fuera. Sentía pánico de su propio pánico.

Meses antes ya nos habían intentado secuestrar la edición cuando desvelamos las declaraciones de Tejero ante el juez togado, en las que quedaba claro que el 23-F no había sido un acto de locura de cuatro lobos solitarios. Durante horas y horas el Gobierno tuvo rodeada de furgonetas policiales la sede de Diario 16 a la espera de un mandamiento judicial que, afortunadamente, no llegó nunca. Por eso aquella noche en La Moncloa, con mucho menos tacto del que habría empleado ahora, le dije a Calvo-Sotelo que si de lo que se trataba era de silenciar parte de la verdad, no contara con el periódico que yo dirigía.

Quien sí estuvo en sintonía con la debilidad del Gobierno fue el tribunal militar. Cuando al cabo de un par de horas de aplazamiento se reanudó la vista, con los acusados ocupando sus asientos, yo di por hecho que el incidente se había resuelto y el principio de autoridad quedaba restablecido. Pero, ante mi estupor, el Teniente General Luis Alvarez Rodríguez que presidía el juicio, apretándose la tripa con la mano para aliviar su recurrente úlcera de estómago, leyó una resolución del plenario por la que se decretaba mi expulsión y ordenó a la policía militar que procediera a ejecutarla. En vez de aplicar la ley había decidido pactar con quienes tan infamemente la habían vulnerado. Mientras recogía mis cosas, los improperios de los familiares y amigos de los golpistas adquirieron un tono mucho más ácido y soez que el de hacía un rato.

A la mañana siguiente, el International Herald Tribune convirtió lo ocurrido en la principal noticia de su portada, subrayando que se trataba de «un gran triunfo para los procesados y quienes les apoyan desde fuera de la sala». Le Monde lo corroboraba -«Se ha cedido a las presiones de los acusados»- y Libération llegaba a hablar de «minigolpe dentro del proceso a los golpistas». En Diario 16, el recién nombrado director de nuestra nonata división audiovisual Iñaki Gabilondo firmaba un artículo titulado ¿Quién manda aquí?, en el que directamente apuntaba hacia La Moncloa: «El país está perdiendo la fe en la democracia porque sus gobernantes se comportan como siervos de sus tradicionales mandamases».

Ese mismo día recibí una llamada de apoyo de Cela, a quien aún no conocía:

-Mira, majo, a mí tu credencial me importa tres cojones. Pero esa credencial significa muchas más cosas, y si te llamo es por sentido de mi propia dignidad.

Más que los insultos recibidos, me ofendió la grosería intelectual del argumento con el que el Consejo Supremo de Justicia Militar avaló pocos días después la resolución del tribunal: la retirada de la acreditación estaba justificada porque yo había «perturbado» el orden en la sala. Aunque tanto el ministro Oliart como el secretario de Estado para la Información, Ignacio Aguirre, y su segundo, Carlos Abella, trataron de curar mis heridas con el bálsamo de la bonhomía, en el fondo la opinión del Gobierno no difería demasiado de aquel dictamen: yo era un provocador irresponsable y Diario 16 se empeñaba en jugar con fuego. «Esto es España, Pedro, no Boston», escribiría mi casi tocayo Pedro Rodríguez, fiel a ese discurso oficial.

Sólo cuando el Tribunal Constitucional acordó tres meses después concederme el amparo que había solicitado, anulando por primera vez una resolución de la Justicia Militar y estableciendo en un auto histórico la primacía del derecho a la información de los ciudadanos, pareció aquel Gobierno sacar fuerzas de flaqueza. Tanto Oliart como el propio Calvo- Sotelo me felicitaron y pocos días después ordenaron al fiscal que recurriera ante el Tribunal Supremo -lo cual hizo con éxito- las menguadas penas impuestas a los golpistas.

Pero ya era demasiado tarde para recuperar la confianza de los ciudadanos. Las banderías de UCD seguían jibarizando la base social en la que se apoyaba aquel Gobierno engendrado por los más desdichados mangoneos. Los españoles seguían sin entender la dimisión de Adolfo Suárez y el propio Calvo-Sotelo me explicó una vez que se sentía atenazado por el síndrome de Rebeca pues, hiciera lo que hiciera, siempre había alguien que le recordaba cómo hubiera actuado su mucho más carismático antecesor.

A una persona como él, que enmascaraba su timidez y sus dudas en un aire altivo y distante, aquella situación terminó por desquiciarle. Llamaba de forma compulsiva a quienes más le criticábamos, con la obsesión de reivindicarse. Un día me soltó dos o tres improperios telefónicos de grueso calibre y al día siguiente -gentleman al fin y al cabo- me localizó en una bodega de La Rioja para disculparse.

Si no fuera por la humillación que supuso el calibre de la derrota y la liquidación de UCD, casi podría decirse que octubre del 82 significó para Calvo-Sotelo el final de un calvario. Fueron unas elecciones anticipadas en las que la derrota aparecía como un dulce salvavidas. Su sucesor llegó propulsado por la legitimidad que proporciona una gran victoria personal en las urnas. Algo que siempre le faltó a él. Pero ni cuando el sol felipista brilló en lo más alto, ni cuando después se precipitó en su sucio ocaso, dejó traslucir Calvo-Sotelo el menor deje de amargura.

Que España hubiera entrado en la Comunidad Europea y permaneciera en la OTAN a la que él la llevó, fueron las claves que permitieron que la democracia siguiera en condiciones de resolver sus peores crisis. Ese era, en definitiva, el fruto de que él hubiera logrado entregar el relevo, chamuscado -verdaderamente muy chamuscado- pero indemne.

España/Memoria Histórica Imprimir Versión PDF