Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 26/09/08):
Hace unos días apareció Abans del sis d’octubre, dietario redactado por Amadeu Hurtado, que abarca del 29 de mayo al 15 de septiembre de 1934. Da cuenta en él de su intervención en defensa de la ley de contratos de cultivo, aprobada por el Parlament de Catalunya y que fue recurrida ante el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República.
Amadeu Hurtado nació en Vilanova i la Geltrú en el año 1875, en una familia de la pequeña burguesía local. Estudió Derecho en Barcelona y comenzó a ejercer de abogado a los 21 años, hasta que la guerra civil le obligó al exilio. Hurtado fue un gran abogado, que conoció el éxito pleno al captar el cambio que se produjo en su época: de letrado ocupado en la defensa judicial de sus clientes a asesor y consejero jurídico de estos. Hurtado se distinguió en ambos campos, consolidó una posición envidiable, desempeñó el decanato de su colegio y compatibilizó su quehacer con diversas actividades en el mundo de la cultura, la prensa y la política.
JESÚS PABÓN ha trazado un perfil sugerente del personaje: “Hurtado era un hombre de talento y de cultura notables, con una clara conciencia del propio valer: parecía orgulloso pero carecía de toda vanidad; y la afabilidad no era una constante, pues dejaba paso a la dureza tan pronto la convicción o el deber lo exigían; entonces, y con frecuencia por tanto, llamaba a las cosas por su nombre y decía las verdades sin rodeos. (…) Ni su bufete ni sus clientes padecían precisamente de una mala fortuna. Y la independencia de la profesión ejercida con pleno éxito le permitía la presencia o la ausencia, la conformidad y la discrepancia, sin concesiones interesadas u oportunistas”. Fernández Almagro dibuja otro rasgo de Hurtado, cuando le incluye entre las “eminencias grises” de la España contemporánea junto a Giner de los Ríos y Ángel Herrera.
Es lógico que la memorias de Hurtado –Quaranta anys d’advocat– sean un libro atractivo por su claridad y contundencia. Así, cuando dibuja la personalidad de Macià y, pese a apreciarle cordialmente, destaca su pasión por la popularidad como la “gran força motriu de la seva vida”, y pone de relieve su radicalismo echando mano de una frase de Juli Marial, según el cual el programa político de Macià podía resumirse así: “Pocas pastetes y tiro limpio”.
Con estos antecedentes, no es extraño que el reciente libro de Hurtado sea una descarnada narración de una época convulsa, en la que provoca asombro la fría determinación de la derecha catalana, al promover un recurso contra una ley de cuyo radicalismo social puede ser indicativo el hecho de que su redactor –Ramon Roca Sastre– era, además de gran jurista, juez, notario y registrador de la propiedad. Una época en la que el president Companys rechazó, desde una posición maximalista, la salida razonable que le fue propuesta. Una época en la que el Gobierno catalán alentó la exaltación ciudadana. Y una época, en fin, en la que la salida final del problema fue un acuerdo inferior en su contenido al inicialmente propuesto, ante la extraña pasividad sobrevenida de Gobierno y ciudadanos.
Ante este cúmulo de despropósitos, Hurtado no se corta un pelo y reparte a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra. Le dice al president Companys que “el Gobierno de Catalunya puede apuntarse un éxito si va al Parlament con la solución que os propongo respecto al conflicto provocado por la ley de contratos de cultivo y que ya sabéis anticipadamente que será aceptada por el Gobierno de la República”. A lo que Companys responde: “Nada. Estoy dispuesto a todo. Los recibiré a tiros, si conviene”. En vista de la respuesta, Hurtado reflexiona: “Esta es la verdadera explicación de lo que pasa. El Consell de la Generalitat deja a un lado un problema jurídico que no ve demasiado claro y se defiende con una agitación política que está más a su alcance”. E insiste: “Era una nueva comprobación de un hecho que he remarcado muchas veces; o sea, que Catalunya no ha producido, ni por ahora puede producir, ningún otro tipo de político que el agitador, (…) hábil en aprovechar cualquier motivo de orden sentimental para atemorizar al adversario mientras dure la llamarada”.
PERO LA SANGRE no llegará al río, pues –como apunta un tal señor Capdevila– “la rebeldía que ahora comienza de forma tan entusiasta no ha de pasar de ciertos límites”. Por lo que resulta congruente la observación de Hurtado: “Cuando salimos de la reunión encontramos otra vez a los mismos grupos guerreros que al entrar, que continúan preparándose para resistir el golpe de fuerza de un enemigo que no viene y con el que se va a parlamentar antes de que piense en venir”. No es de extrañar, así las cosas y habida cuenta de que “el pueblo está fatigado de las peleas de los políticos”, que al final sea aceptada una solución que –dice Hurtado– “no me habría atrevido nunca a proponer por temor a herir el amor propio de los nuestros”.
La conclusión es demoledora: “Nadie sabe que nuestro conflicto ha sido un conflicto imaginario que se acaba con una solución que ya había propuesto el Gobierno de la República antes de comenzar”. Estas fueron las vísperas del 6 de octubre. Encierran enseñanzas, porque siempre estamos en vísperas de algo.
