oct 08 06

¿Pacto contra la crisis?

Por Antonio Papell, periodista (EL PERIÓDICO, 06/10/08):

Rajoy, comprensiblemente temeroso de que la crisis económica, cuyas causas norteamericanas han adquirido plena visibilidad al plantearse el gigantesco rescate del maltrecho sistema financiero de aquel país, invalide sus críticas al Gobierno y lo deje al margen del principal discurso político que hoy domina el panorama español, lanzó a los medios hace días su disposición a un pacto anticrisis con el Ejecutivo en ciertas condiciones.

LA PRENSA periférica alumbró primero aquella filtración, y Rodríguez Zapatero, con buenos reflejos, se apresuró a recoger el guante e invitó al líder del PP a mantener una entrevista monográfica sobre la situación económica. Tras algunos contactos personales, ambos líderes acordaron que la reunión fuera precedida de unas sesiones conjuntas de trabajo a cargo de los respectivos equipos económicos, con Solbes y Montoro al frente. Y en esas estamos: la gran cita podría tener lugar entre el 13 y el 15 de este mes.
En el entretanto, el Gobierno ha aprobado el proyecto de presupuestos y, pese a la expectativa de la entrevista, el PP y la mayoría política se cruzan con entusiasmo dardos envenenados que demuestran que ninguna de las dos partes quiere verdaderamente el pacto, que, por otra parte, no tendría sentido.

PORQUE una cosa es que los dos grandes partidos remen en la misma dirección, algo que no están haciendo, y otra muy distinta que se hurte la mala coyuntura al debate democrático entre poder y oposición a la vista de todos. Antes al contrario, lo saludable es que quede bien claro en esta adversidad que es el Gobierno el que asume toda la responsabilidad que le incumbe, aunque con receptividad a las opiniones de todos los actores, en tanto la oposición se dedica a controlarlo, a estimularlo mediante la denuncia de los errores y omisiones, a hacer propuestas constructivas y a mantener latente la idea de que no existe una única política económica posible puesto que el centroderecha también dispone de su propia opción alternativa. Esta dicotomía es la que otorga realmente a los ciudadanos la libertad de elegir.
No habrá, pues, pacto económico, ni sería deseable que lo hubiese, por lo que Gobierno y PP, Zapatero y Rajoy, deben tener cuidado para no irritar todavía más a una opinión pública muy preocupada que no verá con buenos ojos escenificaciones retóricas destinadas a no conducir a parte alguna. Y es que no hay que ser muy sagaz para entender que, más allá de la preocupación intensa que ambas fuerzas experimenten por este país, que ha de darse por supuesta, hay en estos escarceos otro afán bastante menos íntegro: el de que la crisis económica desgaste sobre todo al adversario.

EN MATERIA de economía, nuestros regímenes, tan nivelados ideológicamente, mantienen todavía por fortuna una cierta y saludable polaridad interna. Y, aunque en muchos casos la discrepancia sea solo de matiz, es bueno preservarla. El PSOE se resistirá instintivamente a recortar el gasto social o los salarios públicos, con lo que desistirá de reducir impuestos en estas malas coyunturas, en tanto que el PP preferirá salir en socorro de las empresas, cuya crisis es, sin duda, amenazante a medio plazo. Los electores tuvieron en su momento la palabra acerca de qué enfoque de la realidad querían cuando ya era visible la crisis en el horizonte (todos votamos el 9-M sabiendo que llegaba, aunque el Gobierno tratara de minimizarla por el mismo interés que movía a sus adversarios a exagerarla). Y ahora valorarán, sin duda, las respectivas conductas, el manejo político que unos y otros realicen de la crisis y la gestión que se haga de su propia angustia, y ese juicio influirá en futuras determinaciones electorales. Mientras, poder y oposición mantendrán vivo el debate, lo que servirá para alumbrar ideas, sortear errores, mantener vigilantes la percepción y los reflejos.

LAS COSAS son así y no tiene sentido dar vueltas alrededor de ellas. Por lo que está de más la marrullería que consiste en amagar el pacto para renunciar a él en cuanto se hagan ostensibles las divergencias. Zapatero y Rajoy deben encontrarse para hablar francamente del problema y contrastar sus propias soluciones. Si lo hacen pacíficamente y con honradez, seguirán discrepando, pero los dos, por el solo hecho de debatir, habrán enriquecido sus respectivos puntos de vista. Algo muy importante cuando de lo que se trata es de ahorrar al país el mayor sufrimiento posible.
Y, de cualquier modo, nadie debe olvidar que las crisis tienen importantes ingredientes psicológicos. El consumo, por ejemplo, se retrae no solo por falta de recursos, sino por miedo. De forma que los gestos que se hagan desde el poder y la oposición no son inocuos. Sería absurdo invocar confianza en plena zozobra, pero tampoco resultaría legítimo regatearla cuando se abran los primeros horizontes. Al cabo, PP y PSOE deben saber que esta crisis influirá poco en el año 2012, cuando hayamos de volver a las urnas a elegir un nuevo Parlamento; hay que esperar que, para entonces, el destino ya nos haya deparado de nuevo tiempos de prosperidad. En consecuencia, se dan todas las condiciones para que las fuerzas políticas aparquen ahora sus intereses particulares y se centren en el esfuerzo necesario para levantar el país.

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