nov 08 06

“Un pueblo de cabreros”

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 06/11/08):

Vaya por delante mi convicción de que la Reina ha cometido un doble error. Primero, manifestar su opinión sobre temas políticos controvertidos, que dividen a los españoles y que han sido objeto de agrio debate e, incluso, de contestación ulterior pese a su resolución legal. Nadie en sus cabales puede negar a la Reina su libertad de opción, pero la cuestión no se plantea –en su caso– en términos de derechos y obligaciones, sino de prudencia.
En efecto, su posición institucional como reina le aconseja no entrar en el debate político, aunque sea en términos que son compartidos por buena parte de los españoles. Pues así como la familia real no vota en las elecciones, no debe tampoco participar en los debates sobre cuestiones que enfrentan a los distintos partidos, defensores de puntos de vista antagónicos pero igualmente legítimos.
El segundo error ha sido haber elegido a Pilar Urbano como periodista receptora de sus palabras. No me extiendo en este punto, pero, de hacerlo, me referiría al integrismo ideológico y a la instrumentalización de la amistad, incluyendo en esta palabra las relaciones de confianza. Lo que no obsta para denunciar, además, la existencia de un tercer error: nunca debieron permitir los servicios de la Casa Real que este problema llegara a plantearse. Algo ha fallado y debe corregirse.

AHORA BIEN, señalados estos errores, llama la atención la dureza extrema de la reacción provocada por ellos: su acritud y su radicalidad. Acritud, porque parece como si este viejo y complicado país –España– hubiese olvidado o no admitiese los señalados servicios prestados por la monarquía en el último tercio de siglo, entre los que figuran –por señalar solo dos recientes– haber rechazado las presiones de la derecha más arriscada, que exigía –sin conseguirla– una intervención activa del Rey en contra del Estatut de Catalunya y en contra de la ley que permite el matrimonio gay y el derecho de los homosexuales a la adopción, razón por la que no puede extrañar la inquina antimonárquica de esta derecha despechada. La contribución de la monarquía a la vertebración y a la estabilidad de España ha sido tan valiosa que, a su lado, palidecen las zonas oscuras que se dan en ella como en toda obra humana: hay más motivos de admiración que de desdén.
Y radicalidad, porque –tomando pie en las palabras de la Reina– se ha cuestionado la continuidad de la institución monárquica, como si nada significasen las más de tres décadas de trabajo discreto y callado de doña Sofía, desarrollado con invariable buen estilo.
Hay que desengañarse: esta reacción –su acritud y radicalidad– no parece normal. Y no lo es. Responde a dos causas poderosas:
Primera. El proceso de autodestrucción en que se halla inmersa España, al no admitirse tal y como es, no acertar a definir un proyecto compartido y no consumar –con una reforma constitucional imprescindible e inevitable– su marco de convivencia. En esta situación precaria, la función de la monarquía como factor de cohesión es –al igual que ocurre en Gran Bretaña y salvando las distancias– imprescindible. Y de ahí los ataques de que ha sido objeto, en los últimos tiempos, por parte de aquellos que –en el ejercicio de su derecho– abogan por la independencia de las que consideran sus respectivas patrias. Las patadas a la monarquía son patadas a España. En esta situación de progresivo deterioro, la reacción del Gobierno –en las personas del presidente y de la vicepresidenta– ha sido correcta, pero no puede decirse lo mismo de la posición adoptada por otros políticos y por la mayor parte de los medios de comunicación, que se han cebado en la noticia con una extremosidad y una demagogia que solo se explican en un país estragado por una televisión definida por la indigencia intelectual, la miseria moral y la conveniencia política. Tanto, que resulta inevitable invocar a Miguel Boyer cuando se refería a España como “un país de porteras”.

Y SEGUNDA. Las palabras de la Reina han infringido gravemente el canon progresista vigente en España, cuya vulneración acarrea la expulsión a las tinieblas exteriores de lo políticamente correcto, es decir, allí donde no existe salvación posible. Piensen –los que duden– en lo que habría sucedido si la Reina se hubiese pronunciado en un sentido contrario a como lo ha hecho. Habría protestado un sector –no mayoritario– de la derecha, pero habría recibido el condescendiente y protector apoyo de la izquierda.
He visto estos días la imagen seria y preocupada de la Reina. Lo siento. No se merece el mal trago que pasa. Si pudiese, le diría que no se preocupe, que un error lo cometemos todos. Y que, como persona valiosa que es, ha de procurar refugiarse en su trabajo –haciendo lo mismo que ha hecho siempre y de idéntica manera– y en su familia, en especial en sus nietos. Pero, sobre todo, le rogaría que no espere ninguna gratitud.
España no está en su mejor momento: lo que la derecha tiene de cerril tiene la izquierda de sectaria, hasta tal punto que sigue siendo cierto el viejo aserto de que no hay nada que se parezca más a la derecha española que la izquierda española. En efecto, ambas integran –en palabras de Jaime Gil de Biedma– “un intratable pueblo de cabreros”. Es lo que hay.

España/Estado español/Monarquía Imprimir Versión PDF