Por Pere Solà, catedrático de Historia de la Educación de la Universitat Autònoma de Barcelona (EL PERIÓDICO, 17/02/09):
Mira por dónde, la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior está siendo conflictiva: Italia, Francia, Grecia, aquí… El proceso de convergencia universitaria de Bolonia que se encarriló hace casi 10 años (1999) puede ser bueno, como puede haberlo sido la convergencia monetaria y como lo sería una convergencia política en favor de la Europa de los pueblos y la Europa social.
Como docente e investigador de una universidad pública catalana, no tengo nada que decir, más bien al contrario, de un espacio universitario y científico común europeo. Sí tengo qué decir, en cambio, respecto de las formas, el estilo y el ritmo de esta convergencia universitaria. Bolonia es como un reactivo químico –más o menos neutro– cuando lo sumerges en un líquido por analizar. Aquí (en las universidades públicas del Estado, todas cortadas por el mismo patrón: quiero decir que, de autonomía del Govern y de las propias universidades, ¡nada!) sus efectos están siendo muy reveladores.
SE HA DICHO por voz autorizada que en nuestras universidades, “donde predominan los intereses corporativos y personales sobre los valores de la educación y la ciencia”, Bolonia tiene el mérito de romper “la rutina de un sistema burocratizado en el que cada reforma lo ha cambiado todo para que todo siga como está”. Tal vez se podría objetar a quien piensa así que Bolonia está siendo una reforma más de estas características. Vayamos por partes. Por un lado, el proyecto formativo (la filosofía de fondo, para entendernos) de Bolonia es bastante inconsistente, empobrecedora, como destacadas plumas han subrayado. Nos podemos tomar Bolonia como un reto modernizador, pero si se quiere mejorar la calidad de la enseñanza pública hace falta destinar recursos. Hay un grave problema de financiación en las universidades públicas. Es un problema que no viene de Bolonia, pero que la aplicación española del plan de creación del Espacio Europeo de Educación Superio no resuelve, sino que, al contrario, agrava, mientras no se demuestre lo contrario.
Por otro lado, en todo el proceso la participación y el diálogo en los centros universitarios ha sido manifiestamente insuficiente. No olvidemos que la legislación marco (de la época del ultraconservador José María Aznar) de las universidades no es suficientemente democrática (en aspectos como la participación estamental tiene incluso un claro regusto de democracia orgánica). Sorprende, por otra parte, en relación con Bolonia y las movilizaciones que genera, el silencio de buena parte de los sindicatos y el conformismo de muchos docentes funcionarios. A destacar, de paso, el alarmante grado de precarización del profesorado joven, que hace pensar en la crisis de los PNN (Profesores No Numerarios) de los años 70.
El hecho, pues, es que estamos instalados en un movimiento estudiantil y juvenil de alcance europeo. El problema tiene una dimensión académica y profesional y una dimensión social y económica; se manifiesta desde los primeros momentos de la formulación e implantación experimental del plan de Bolonia. El movimiento social a que ha dado lugar pone de manifiesto las debilidades y las contradicciones tanto de enseñanza como de la investigación en diferentes estados. Hace ver, por otra parte, las dificultades objetivas en la construcción de una Europa social en lo tocante a nuestros jóvenes. En contra de lo que dice la ministra de Educación y Ciencia española, María Jesús San Segundo, y repiten a menudo los medios, no es un movimiento minoritario entre los jóvenes, ni intrínsecamente violento.
Vivimos momentos de gran tentación de pensamiento único, de apocalípticos de una pieza e integrados de una pieza también. Hay que denunciar y descalificar este discurso cotidiano dominante de criminalización de los movimientos sociales y de medidas de protesta colectiva legítimas, partiendo siempre del rechazo firme y rotundo de la violencia contra las personas y contra los bienes (públicos y privados) como vía de resolución de conflictos.
En la Universitat Autònoma de Barcelona ha habido, además, la crisis por la ocupación de instalaciones universitarias por parte de grupos de estudiantes y por las sanciones a las que ha dado lugar. He formado parte de la Plataforma de Personal de la UAB por el Diálogo y, en contra de lo que influyentes medios han afirmado, la posición del profesorado y de los trabajadores de servicios que apoyan la llamada al diálogo y a la reconciliación académica en la UAB no ha sido “dar cobertura” a la protesta violenta, sino solicitar a las autoridades académicas y a la comunidad universitaria que se “avengan y se comprometan públicamente a poner en marcha un proceso de mediación con el colectivo de estudiantes, en los términos que se podrían y deberían acordar con la máxima celeridad posible”.
NUESTRA universidad, como en general nuestro sistema escolar, está enferma, y solo con diálogo y participación, y nunca con salidas de tono de unos y otros, saldremos adelante. Decía el filósofo francés Michel Foucault, reprochando el modelo alemán del lingüista y reformador pedagógico prusiano Wilhem von Humboldt, que no es verdad que la reforma de la enseñanza haya de empezar al nivel de la escuela de base, sino al de las instituciones de educación superior. Esta era la filosofía de la Escola Normal de la Generalitat de Cassià Costal, de l’Institut-Escola d’Estalella y de la UAB de Xirau, Bosch i Gimpera y Pompeu Fabra.
Al fin y al cabo, Bolonia es una carcasa, pero faltan el espíritu y el sentido común o actividad moral. Y sin espíritu tendremos una universidad al servicio de intereses económicos y de la picaresca corporativa (como Manuel Cruz ha denunciado), pero no una universidad científica y crítica que preste un auténtico servicio público. La movilización de los estudiantes tiene el acierto de recordárnoslo.
