Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 18/06/09):
La última campaña de las elecciones europeas ha dejado muy mal sabor de boca. Creo que a todos. Incluidos, me da la impresión, a los mismos protagonistas, a los políticos que encabezaban las candidaturas. Sus comentarios en los días siguientes al domingo electoral así me lo hicieron pensar. Parecían arrepentidos del papel que les había tocado representar, el que les había asignado su director de campaña.
Efectivamente, ha sido una campaña bronca, destructora del adversario, antipedagógica y, a la postre, incomprensible para el elector medio. Aún no acabo de entender cómo tantos acudieron a las urnas. Pero, además, hay otro aspecto de la campaña que ha pasado más inadvertido: el descrédito creciente de la misma idea de Europa como entidad política, de la Unión Europea como institución, que han mostrado muchos candidatos. En los últimos años, la Europa política se va devaluando ante la opinión pública y los mismos políticos que se presentan a las elecciones a veces contribuyen a desprestigiarla.
¿Hay razones para ello?
Algunas habrá, sin duda. Nadie es perfecto, tampoco la Unión Europea. Pero tengo la impresión de que muchas de sus críticas, especialmente las más aceradas y negativas, son bastante inconsistentes, no se basan en la realidad o, por lo menos, sólo tienen en cuenta una de sus caras. Quizás es aquello del vaso, de si está medio lleno o medio vacío, según quien lo contemple sea optimista o pesimista. Los mitos contra la Unión Europea son muy numerosos. Tracemos brevemente dos pinceladas sobre algunos de ellos.
Se dice, por ejemplo, que la Unión Europea es un simple mercado económico, un mercado común basado en el neoliberalismo, un escenario del capitalismo salvaje. Hombre, no. No hay duda de que es un mercado común, esa fue su primera finalidad cuando se fundó en 1957. Pero para cumplir con esta finalidad, una de sus principales preocupaciones ha sido regular la competencia. Por tanto, no se trata de un mercado salvaje, sino de un mercado regulado, protector de la igualdad de condiciones para ejercer el trabajo, la industria, el comercio y los servicios. Precisamente ahora estamos viendo en España las resistencias de los sectores empresariales más proteccionistas a la transposición de la famosa directiva de servicios, la denominada directiva Bolkenstein, que pretende eliminar en ese ámbito las barreras a la libre competencia. Por tanto, de salvaje nada: mercado regulado. Esto es Europa.
Otro mito es el de que la UE es la Europa de los mercaderes y no la Europa social. Hombre, no. Sólo desde una perspectiva maximalista, de un socialismo hoy trasnochado, puede defenderse esta afirmación. Pero ¿quién defiende hoy, dentro de los países europeos, este tipo de socialismo? Creo que nadie, por lo menos nadie que gobierne o haya gobernado en los últimos treinta años, desde el primer Mitterrand. ¿Es la legislación de los estados europeos, incluso los que han sido gobernados durante muchos años por partidos socialistas, más protectora, desde un punto de vista social, que la legislación de la Unión Europea? Pues no, en líneas generales, no, sobre todo si tenemos en cuenta que la Unión Europea se limita a establecer estándares mínimos. ¿Que hay intentos de retroceder en este ámbito social? Naturalmente, como también los hay en muchos estados, pero no en mayor medida que en ellos. La famosa directiva de las 65 horas, por ejemplo, no ha sido aprobada y, además, había sido mal explicada y, en consecuencia, peor comprendida. Una medida, por cierto, apoyada por los laboristas británicos y rechazada por populares y socialistas españoles, cosas normales que pasan en Europa, insólitas en nuestro país. El vaso medio lleno: Europa es la zona del mundo donde el grado de igualdad social es más alto. Más que en Estados Unidos.
Un tercer mito es el famoso déficit democrático, la tópica acusación de que la Unión no es un organismo democrático. ¿Por qué? Porque al elegir los eurodiputados – se suele decir-no estamos eligiendo, a la vez, a un gobierno y, especialmente, a un presidente. Ello sólo significa que el sistema político europeo no es una democracia parlamentaria, ni siquiera presidencial, pero en absoluto significa que la Unión no sea democrática. Al contrario, todos sus órganos lo son, todos han sido elegidos, directa o indirectamente, y todos son responsables ante quienes los han elegido. La UE no tiene la estructura de un Estado por la sencilla razón de que no lo es: todavía es una mezcla de representantes de los estados y de los ciudadanos, aunque ciertamente con rasgos federales y parlamentarios cada vez más acentuados. Pero ni mucho menos Bruselas es la capital más burocratizada de Europa – algunas comunidades autónomas lo son mucho más-ni el Consejo, la Comisión o el Parlamento no son representativos. Simplemente, la organización política de la UE es diferente a la de un Estado.
En la campaña ha sobrado el enconado ambiente al que aludíamos al principio. Pero, además, ha faltado, por parte de los candidatos, una defensa de la Unión Europea, de sus instituciones, de su evolución, del peso e importancia creciente que va adquiriendo. Se ha echado en falta pedagogía europeísta. Quienes desprestigian a la Unión y sólo defienden los intereses locales no merecen ser representantes europeos, porque dan la impresión de que no creen en sus instituciones. También por todo eso han dejado de ir a votar muchos ciudadanos.
