Por Issey Miyake, diseñador de moda japonés nacido en la ciudad de Hiroshima y superviviente del ataque atómico del 6 de agosto de 1945 (EL MUNDO, 06/08/09):
En Abril, el presidente Obama se comprometió a luchar por la paz y la seguridad para el mundo sin armas nucleares. No sólo abogó por la reducción de éstas, sino incluso por su eliminación. Sus palabras despertaron algo que guardaba en lo más profundo de mi corazón, algo sobre lo que, hasta ahora, no me había atrevido a hablar públicamente.
Y es que ahora me doy cuenta de que, hoy más que nunca, quizás me encuentre ante la responsabilidad personal y moral de contar lo que he vivido, dado que soy uno de los que sobrevivieron a lo que Obama llamó el «flash de luz».
El día 6 de agosto de 1945, cuando se lanzó la primera bomba atómica de EEUU sobre mi ciudad, Hiroshima, yo estaba allí y tenía apenas siete años. Desde entonces, cuando cierro los ojos, veo cosas que nadie debería vivir jamás: una luz roja brillante, una nube negra que se forma inmediatamente después, gente despavorida que huye en todas direcciones, intentando desesperadamente escapar. Lo recuerdo todo con nitidez. Tres años después de la explosión, mi madre murió por su exposición a las radiaciones.
Nunca quise compartir mis pensamientos y mis recuerdos de ese día. Intenté, en vano, olvidarlos. Opté por pensar en cosas que pueden ser creadas y no destruidas, en cosas que trasmiten belleza y alegría. Me moví en torno al universo del diseño de ropa, en parte porque se trata de un mundo creativo, que es moderno y optimista a la vez.
Intenté que nunca se me definiera por mi pasado. Nunca quise ser etiquetado, por ejemplo, como «el estilista que sobrevivió a la bomba atómica». Y, por eso, siempre evité cuidadosamente las preguntas sobre mi pasado en Hiroshima. Porque me producían desasosiego.
Ahora, me doy cuenta de que es un tema que debe ser discutido si queremos limpiar el mundo de armas nucleares. Se ha puesto en marcha, en Hiroshima, una iniciativa para invitar a Obama a la celebración del Día de la Paz Universal, que tendrá lugar el 6 de agosto, fecha de la conmemoración anual de ese fatídico momento. Espero que acepte.
Y lo espero no por recrearme en el pasado, sino, más bien, con el deseo de lanzar un mensaje al mundo de que el objetivo del presidente estadounidense es acabar con las guerras nucleares del futuro.
La semana pasada, Rusia y Estados Unidos firmaron un acuerdo de reducción de armas nucleares. Se trata de un importante acontecimiento. Sin embargo, no nos llevemos a engaño, porque no hay país ni persona que, en solitario, pueda impedir que un día se produzca una guerra atómica. En Japón vivimos con la amenaza permanente de Corea del Norte, un vecino armado con cabezas nucleares. Y nos llegan rumores de que hay otros países que están a punto de conseguir, también ellos, la tecnología atómica.
Para poner realmente en marcha una esperanza real de paz, el mundo entero tiene que unir su voz a la del presidente Barack Obama.
Y, si el día 6 de agosto, el presidente Obama pudiese caminar desde un extremo al otro del puente de la Paz, en Hiroshima -puente cuya balaustrada fue concebida por el escultor nipo-americano Isamu Noguchi, como recuerdo de sus vínculos con Oriente y Occidente y de lo que la persona humana puede hacer por los demás, cuando no está carcomido por el sentimiento del odio-, sería un paso importante, real y simbólico, hacia la creación de un mundo liberado del miedo a la amenaza nuclear. Cada paso suplementario para alcanzar este objetivo significa un gran salto adelante hacia la consecución de la paz mundial.
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By Issey Miyake, a clothing designer. This article was translated by members of his staff from the Japanese (THE NEW YORK TIMES, 14/07/09):
In April, President Obama pledged to seek peace and security in a world without nuclear weapons. He called for not simply a reduction, but elimination. His words awakened something buried deeply within me, something about which I have until now been reluctant to discuss.
I realized that I have, perhaps now more than ever, a personal and moral responsibility to speak out as one who survived what Mr. Obama called the “flash of light.”
On Aug. 6, 1945, the first atomic bomb was dropped on my hometown, Hiroshima. I was there, and only 7 years old. When I close my eyes, I still see things no one should ever experience: a bright red light, the black cloud soon after, people running in every direction trying desperately to escape — I remember it all. Within three years, my mother died from radiation exposure.
I have never chosen to share my memories or thoughts of that day. I have tried, albeit unsuccessfully, to put them behind me, preferring to think of things that can be created, not destroyed, and that bring beauty and joy. I gravitated toward the field of clothing design, partly because it is a creative format that is modern and optimistic.
I tried never to be defined by my past. I did not want to be labeled “the designer who survived the atomic bomb,” and therefore I have always avoided questions about Hiroshima. They made me uncomfortable.
But now I realize it is a subject that must be discussed if we are ever to rid the world of nuclear weapons. There is a movement in Hiroshima to invite Mr. Obama to Universal Peace Day on Aug. 6 — the annual commemoration of that fateful day. I hope he will accept. My wish is motivated by a desire not to dwell on the past, but rather to give a sign to the world that the American president’s goal is to work to eliminate nuclear wars in the future.
Last week, Russia and the United States signed an agreement to reduce nuclear arms. This was an important event. However, we are not naïve: no one person or country can stop nuclear warfare. In Japan, we live with the constant threat from our nuclear-armed neighbor North Korea. There are reports of other countries acquiring nuclear technology, too. For there to be any hope of peace, people around the world must add their voices to President Obama’s.
If Mr. Obama could walk across the Peace Bridge in Hiroshima — whose balustrades were designed by the Japanese-American sculptor Isamu Noguchi as a reminder both of his ties to East and West and of what humans do to one another out of hatred — it would be both a real and a symbolic step toward creating a world that knows no fear of nuclear threat. Every step taken is another step closer to world peace.
