Por Miguel Martínez, periodista (EL PERIÓDICO, 31/07/09):
En 1991 se publicó Dangerous, el octavo disco en solitario de Michael Jackson. Fue enterrado por Nirvana y su Nevermind. Tocaba cambiar de ídolos en el mutable mundo de las explosiones pop y Jacko, que tenía entonces 33 años, ya sonaba a lentejuela de la temporada anterior. Kurt Cobain fue bienvenido. Además, la horrible portada de Dangerous no podía ser un buen presagio y, efectivamente, allí dentro estaba el principio del fin de la inspiración que le hizo firmar su tripleta hacia la gloria –Off the wall (1979), Thriller (1983) y Bad (1988)-, en la que la mano del productor Quincy Jones meció su cuna.
Antes de esos tres LPs, ni Got to be there (1979) ni Ben (1972) ni Music & me (1973) ni Forever, Michael (1975) habían sido la bomba, aunque mucho peor fue lo que vino tras Dangerous: despropósitos colosales tras la corona perdida, en vez de obras planteadas, al menos, con voluntad de afianzar un discurso personal relevante: HIStory: past, present and future, Book I (1995), Blood on the dancefloor: History in the mix (1997), Invincible (2001)… Da igual cómo los titulase, en los 90 sus discos no fueron ni históricos ni bailables ni invencibles. No hablemos ya del siglo XXI.
¿Son mejores y más decisivos, a nivel musical, artístico o sinónimos por el estilo, los tres álbumes de Michael entre 1979 y 1988 que los seis que publicó Stevie Wonder entre Where I’m coming from (1971) y Songs in the key of life (1976)? Pues no. Esa media docena da para dos paquetes de tres y ninguno pesaría menos que la tripleta de Jacko. Cojamos ahora a Prince, con quien rivalizó en los 80. ¿Entre 1979 y 1988 el de Minneapolis tiene tres discos que le aguanten la mirada a sus grandes obras? Pues sí, y no solo los tiene, sino que le sobra uno. Porque Dirty mind (1980), 1999 (1983), Purple rain (1984) y Sign o’the times (1987) suman cuatro. Va otro ejemplo más –podríamos seguir y seguir– y aquí me paro. ¿Los tres discos grabados en estudio por Curtis Mayfield entre 1970 y 1972, Curtis, Roots y Superfly, pierden ante el trío dorado de Michael? No. Porque tanto monta, monta tanto.
Sin la abrumadora excentricidad, forzada o voluntaria –¿qué es peor?– que le acompañó durante los últimos 20 años de su vida, los de su cuesta abajo profesional, y que era tan monstruosa que no sabía uno si había que reírse o llorar al contemplarla, su presencia se habría diluido y su sombra se habría recortado, como ocurrió con todos los aquí citados cuando sus creatividades flojearon, para pasar –salvo algún repunte ocasional– a la segunda división de la actualidad. Lo normal. Y Jacko habría dejado así la nada despreciable estela de haber sido uno de los eslabones interraciales punteros –para él, los 80– de la cadena negra del pop.
Pero él no quería eso. Él sería siempre una estrella. El precio que pagó, la más esperpéntica autodestrucción. Y así fuimos viendo su suicidio facial, el de un hombre negro cambiando a mujer blanca. Todo eran ya barbaridades para llamar la atención, todo roles ridículos y ego sinsentido (como ese videoclip de la época de HIStory en el que hace de salvador de la infancia en plan Kim Jong-il y Vicente Ferrer).
Todo andaba ya muy lejos de aquel niño prodigio cuya voz y bailes deslumbraron al frente de The Jackson 5 (entre 1969 y 1972 sus discos fueron bocatto di cardinale).
Hijo de los Estados Unidos de Ronald Reagan y, por lo tanto, y, como gran icono musical de ese período, más valorado en su cénit –a diferencia de otros terremotos pop anteriores, como Elvis Presley, The Beatles y Sex Pistols– por los números que iba generando que por la manera en que subvertía valores sociales. ¿Subvertir valores? Michael pasó por encima de eso con el Guinness bajo un brazo y la ideología de la Casa Blanca de 1984 tatuada en el otro: según la cual, si no estabas arriba no eras nadie. Llegó a decir que el mayor logro de su carrera era que el libro Guinness de los récords certificaba que Thriller había colocado más singles en el Top 10 (fueron siete) que ningún otro álbum.
Vimos el 7 de julio las imágenes de su funeral en el Staples Center de Los Ángeles, una ceremonia que exaltaba la negritud del ídolo fallecido. ¿Negritud? Igual vimos eso que lo escuchamos quejarse, allá por el 2002, de la opresión que sufrían los músicos afroamericanos por parte de Sony. “Superé a Elvis y The Beatles y un minuto después me empezaron a llamar bicho raro, homosexual, abusador de menores. Que si había blanqueado mi piel. Cualquiera cosa con tal de poner al público en mi contra. Fue una absoluta conspiración. Conozco mi raza. Me miro en el espejo y sé que soy negro”.
Bueno, como cortina de humo para disimular su caída en picado, no estaba mal. Puntualicemos: fueron hermanos de piel, los del sello Motown, quienes, con Berry Gordy a la cabeza, le tomaron el pelo con su primer contrato. A él y a su familia, que perdieron los derechos sobre los masters de sus discos y el uso del nombre del grupo. No solo eso, fueron a juicio y los Jackson perdieron ahí medio millón de dólares. Gordy estaba en su funeral, claro.
Lástima que Jacko no dijera nunca ninguna palabra a favor de Tupac y otros raperos negros cuando fueron censurados, detenidos o asesinados. Ahí no vio conspiraciones blancas.
Lástima que tampoco apoyara a la mayoría afroamericana de su Gary natal (estado de Indiana) cuando la crisis del acero la devastó económicamente durante los últimos lustros. Ahí no vio dólares cayendo en picado. Pobre.
