Por David Mathieson (EL CORREO DIGITAL, 05/08/09):
Mientras todo el mundo estaba pensando en sus vacaciones, el equipo del presidente Obama para Oriente Medio ha hecho las maletas para viajar a la zona. Richard Holbrook, el enviado especial para Afganistán y Pakistán (Afpak), se encuentra allí trabajando con una energía vertiginosa en reuniones con los líderes del Gobierno y de la oposición en Karachi. El senador George Mitchell, que tanto ayudó a lograr la paz en Irlanda del Norte, ha pasado por Egipto y Siria antes de ir a Israel a fin de preparar las negociaciones con los palestinos. Y el secretario de Defensa, Robert Gates, ha despachado con el Gobierno judío en Tel Aviv para advertirle de que no ataque a Irán. Toda esta actividad es fruto del giro en la política exterior de Washington hacia Oriente Medio. Hace unas semanas, en su discurso en la Universidad de El Cairo, Obama prometió un nuevo comienzo para la relación entre EE UU y el mundo musulmán. Aseguró que, después de unos años de desconfianza, él quiere romper el ciclo negativo, y dijo al público árabe que es preciso «hacer un esfuerzo sostenido juntos en la búsqueda del respeto mutuo y las cosas que tenemos en común».
No cabe duda de que son reflexiones muy loables por parte del presidente estadounidense. Pero la pregunta clave es cuántos de los líderes regionales están preparados para responder a Washington; y cuántas de las sociedades musulmanas están en condiciones de efectuar los cambios fundamentales. Mientras el equipo de Obama sudaba la camiseta en Oriente Medio la semana pasada, se publicó un informe bastante pesimista sobre la región. Sugiere que para que los deseos de Obama se realicen, aquélla tendrá que cambiar en aspectos muy importantes. El documento es un relato de la falta de democracia y derechos humanos, de gobiernos autoritarios, de la discriminación contra las mujeres, de la falta de educación, de la corrupción endémica, del nivel de paro (en concreto, entre los jóvenes) y de la baja calidad de vida, apuntados todos como estorbos para la evolución del mundo árabe. Y lo más interesante es que no está escrito por ninguna fundación estadounidense, sino por el Programa de Desarrollo de la ONU: se titula Informe sobre el Desarrollo Humano Árabe, y todos los autores son árabes.
A veces, un viaje a Oriente Medio se parece más a un desplazamiento en el tiempo que a un desplazamiento en el espacio. Los centros históricos de ciudades como Jerusalén o Damasco, o el gran ‘souk’ de El Cairo, mantienen un ambiente medieval y una atracción casi mística para los visitantes occidentales. Pero es precisamente esta falta de modernidad, unida a la falta de avances económicos y sociales, la que está provocando consecuencias severas para muchos de quienes viven en Oriente Medio. Los retos son, por tanto, numerosos y desalentadores.
El primero es la explosión demográfica. La población de Oriente Medio se ha duplicado en menos de 30 años y en los próximos cinco va a elevarse con 75 millones de personas más, hasta alcanzar los 400; será, además, una de las ciudadanías más jóvenes del mundo, dado que un 60% de la misma tendrá menos de 25 años. Esos jóvenes van a necesitar empleo: según la Organización de Trabajo Árabe, se precisarán 50 millones de puestos de trabajo más en los próximos 10 años para garantizar un nivel de ocupación básico. Y está claro que un incremento rápido entre los varones jóvenes que buscan trabajo en algunos países de la región puede desembocar en un crecimiento del radicalismo y de la violencia.
Porque, desafortunadamente, el informe demuestra que no existen las condiciones necesarias para que el desarrollo económico cree tanto empleo. Lo que sí describe es una región más bien estancada o incluso sufriendo un retroceso. Aunque la industria petrolera se ha reforzado, lo que conlleva unos ingresos significativos para algunos países, otros sectores importantes como la agricultura y la industria no han despegado. Como consecuencia de ello, los países árabes estaban menos industrializados en 2007 que en 1970, hace ya cuatro décadas. A la ausencia de crecimiento de la economía y del trabajo hay que añadir otros factores literalmente vitales: la escasez de terreno cultivable y de agua potable constituyen problemas cada vez más importantes y amenazadores para la estabilidad de la zona.
Pero el obstáculo más relevante identificado por el informe de la ONU es la parálisis en el sistema político y social. El estatus de las mujeres es un auténtico escándalo, al seguir padeciendo una discriminación generalizada y profunda. Y no parece que haya demasiada voluntad para introducir cambios. Cuando cayó el muro de Berlín hace 20 años, la democracia arraigó en los estados de la antigua URSS y de Europa del Este aunque no siempre haya sido de una manera perfecta. Muchos esperaban que la ola de democratización llegara a Oriente Medio y provocara una transformación allí también. Pero no fue así. Los gobiernos autocráticos de la zona han permanecido firmes en su sitio, sin ofrecer ninguna señal seria de un mayor respeto a los derechos humanos o al desarrollo de la democracia. Como dice el informe, la tendencia en la región ha sido la de centrarse más en la seguridad del Estado que en la seguridad de la gente. Y si esta actitud no varía, la tarea de Obama y de su equipo será muy complicada.
