Por Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político (ABC, 27/08/09):
No. No se trata de confusión de quien escribe, ni errata de quien imprime. Me refiero, en efecto, al gran personaje de buena parte del acontecer político de nuestro siglo XIX. Don Antonio Cánovas del Castillo, presente de una forma u otra y siempre con su simpático ceceo, en los acontecimientos de la segunda mitad decimonónica y hasta que el anarquista Angiolillo le asesinara en el Balneario de Santa Águeda. Máximo representante del liberalismo doctrinario, Cánovas había sido, como es conocido, tanto el principal protagonista de la restauración monárquica tras el desastre cantonalista de la primera República, cuanto el inspirador de la Constitución de 1876 pensada y redactada para que a su amparo pudieran gobernar las dos corrientes de nuestro liberalismo histórico. Cánovas y Sagasta convivieron años y años precisamente porque el texto constitucional remitía a posteriores leyes el giro que se podía dar a los temas de discrepancia. Buena lección para el futuro.
Pues bien: don Antonio, el curtido político en tantos avatares, visita al radiante prometedor llegado a la Casa Blanca. No me atrevo a calificar al presidente Obama como «liberal», dado el diferente sentido que esta denominación tiene en Estados Unidos. Por ello lo dejo en «atrevido prometedor». Y, en realidad, hay que aclarar que no poseemos datos muy exactos sobre esta visita. Como a la sazón no existía lo de la nefasta Memoria Histórica, nadie había investigado sobre los respectivos pasados, aunque ambos tenían guerras civiles en sus historias. Tampoco sabemos nada sobre el medio, oficial o privado, que usara Cánovas para tan largo trayecto. Desde luego, se descarta que hubiera coincidencia con un acto de partido. Con el caciquismo como práctica, le sobraban los catálogos de promesas a incumplir ante los ya previamente convencidos. Y, en fin, también caben dudas sobre las auténticas razones de la visita. Se dice que el propósito de don Antonio era intentar que Obama, con preferencia, viniera a España para «respaldar democráticamente» la Monarquía del repuesto Alfonso XII. Versión que casa mal con la muy débil creencia del visitante en la democracia, a la que, en algunas de sus afirmaciones, había calificado nada menos que como «cuna del socialismo».
De lo que sí hay constancia es de las primeras dificultades que nuestro Cánovas tuvo hasta llegar a Obama. Antes de que eso ocurriera tuvo que explicar en la antesala que España no estaba en Latinoamérica. Allí lo que se entendía es lo de «latino». ¿Pero Europa? De igual forma, que no representaba a ninguno de «los Estados» de esa España. No. Todavía era un único Estado y una única Nación. Todavía. Lo de la única Nación se entendió mucho mejor pese a tratarse de un Estado federal. Y es que allí Carod-Rovira ni estaba, ni se le esperaba. Aunque hizo falta traductor, lo esencial de la conversación pudo desarrollarse con fluidez. Lo que ocurre, empero, es que, a pesar de lo antes apuntado, posteriores fuentes contenidas, al parecer, en el epistolario particular de Cánovas, apuntan a otra finalidad de la cita. Obama andaba algo confuso por algunos retrocesos que había tenido que efectuar en puntos que había incluido en sus discursos y programas. Concretamente la marcha atrás en el tema de los juicios militares y en su rápida solución para el triste espectáculo de Guantánamo, le estaban afectando, amén de la pronta pérdida de algunos apoyos iniciales. Para el hasta entonces flamante presidente, esto resultaba tanto más incomprensible cuanto que no se habían dado fuertes choques entre los partidos.
A don Antonio, la preocupación por el incumplimiento del programa electoral, le trajo de inmediato a la memoria, en salto vertiginoso, la solución que al tema daría un «viejo profesor» creador de un efímero «socialismo popular». «Pero, por favor, zeñor Obama, zi los programas están hechos precizamente para ezo: para luego no cumplirlos». Obama creyó ver en aquella respuesta un cierto grado de cinismo y hasta un tanto de engaño al electorado. Pero optó por guardar silencio ante un personaje con tan larga experiencia.
Algo más le costó asumir lo de los partidos. Y de nuevo vino la respuesta, en la que ya don Antonio, por indicación del traductor, hizo el gran esfuerzo de aparcar el ceceo. «Es que, mi querido presidente, sus partidos nada tienen que ver con los nuestros. Lo que ustedes tienen, por fortuna, son meras máquinas de simplificación electoral. Como en casi todo el mundo anglosajón. Sin embargo, en España los partidos se consideran todavía herederos de las escisiones ideológicas nacidas en la Revolución Francesa. Y por eso cada vez que pueden ponen todo patas arriba». Esto último no lo entendió bien Obama «¿qué es eso de patas arriba?», preguntó. «Pues que se cambia todo o casi todo: la versión de nuestra historia, sobre todo de la más reciente, las festividades a celebrar, los funcionarios de los Ministerios y hasta… el nombre de las calles». Aquí el presidente esbozó una ligera sonrisa: ¡Nuestras calles no tienen nombres, sino números!
Pero Cánovas no estaba dispuesto a perder. «Lo que ustedes tienen, señor presidente, es una democracia de grupos de presión, que son los que poseen la última palabra. Por eso usted está condicionado. Nunca hará frente al Pentágono. Ni suprimirá la libre venta de armas. Ni nacionalizará la banca. Ni impondrá nada que siente mal a Israel. Y lo peor es que esos grupos no tendrán al final responsabilidad política. No se sabe qué es peor. En mi país todo el mundo conoce a los caciques a quienes nuestros escasos intelectuales tanto desprecian. Pero ya me dirá usted cómo sin ellos se podrían hacer elecciones con tal alto número de analfabetos. Fíjese, yo no era muy partidario del sufragio universal, continua cantinela de mi compadre político Sagasta. Hasta que encontré los resultados electorales que da gusto verlos».
Al llegar a esta confesión, el joven Obama ya no sabía a qué atenerse. ¿Disolver los partidos? ¿Pedirle prestado a Cánovas o incluso comprarle al ministro Robledo? No parecían soluciones fáciles. Y por ello, medio vencido, acabó suplicando a su interlocutor: «Entonces, mi buen colega Cánovas, deme un consejo para seguir tranquilo en la Casa Blanca. ¿Qué política debo seguir?».
Era la pregunta que don Antonio esperaba desde el principio y que llevaba bien preparada, dada la imposibilidad histórica de que Obama hubiera leído la buena obra de Díez del Corral sobre el liberalismo doctrinario. Por ello sacó del bolsillo de su chaleco un gran puro acomodó su oronda figura al mullido sillón. Y sentó cátedra. O su cátedra, claro. Con extremada lentitud explicó: «Zeñor Obama, decir política es decir ciencia de lo mudable, de lo relativo, de lo contingente. Por eso, sus conclusiones prácticas estarán siempre sometidas al siglo, al pueblo y al momento en que sea posible aplicar, sin convulsiones sociales, aquella parte de lo ideal que las circunstancias hagan posible». Y remachó: «La política debe ser siempre arte de lo posible, sometiendo los principios, por hermosos que fueren, a las aplicaciones normalmente también fruto de compromisos o acuerdos previos».
Para sus adentros y mientras se despedían, Cánovas se sintió como una especie de «Cristóbal Colón político». Y, por su parte, Obama barruntó que su visitante debería merecer mejor opinión en el futuro. ¿O en el pasado? Claro está que no conocía bien a los españoles de España y no de Latinoamérica.
