Por George F. Will, columnista de The Washington Post (EL MUNDO, 09/11/09):
Las personas inteligentes convienen en que, en ausencia de medidas radicales contra el calentamiento global, la raza humana está condenada. Esa es una sentencia tautológica porque aquellos que discrepan son, por definición, idiotas. Según el inteligente primer ministro de Gran Bretaña, Gordon Brown, la Humanidad dispone sólo de alrededor de 30 días para salvarse. Y es que afirma que, a menos que se alcance un acuerdo decisivo en la cumbre sobre cambio climático que se inaugura el 7 de diciembre en Copenhague, todo está perdido.
Así que todo está perdido. Las probabilidades de alcanzar un acuerdo integral y vinculante son más o menos de cero. Una de las reuniones preparatorias de esa cumbre se desarrolló en Bangkok, del 28 de septiembre al 9 de octubre, con delegados de alrededor de 180 naciones. ¿Se acuerdan del axioma del diplomático George Kennan que dice que la improbabilidad de alcanzar un acuerdo es el cuadrado de la cifra de participantes en la negociación? La reunión se aplazó, como es costumbre, sin ningún progreso esencial de reducción de emisiones.
La conferencia de Copenhague se enfrentará además a dos tercas realidades: las dos naciones más pobladas. El 21 de octubre, China, principal emisor de gases contaminantes del mundo, y la India, que ocupa el cuarto puesto (juntas suponen el 26% de las emisiones) anunciaron conjuntamente que no van a tomar parte en lo que parece cada vez más una partida global de aberraciones de cambios de clima. No están interesados en poner en peligro su crecimiento con límites a unas emisiones que nunca obstaculizaron el crecimiento de las naciones desarrolladas.
Hace poco, la Cámara de Representantes de EEUU declaraba las actividades de los sectores ganadero, lácteo y porcino exentas de la obligación impuesta por la Agencia de Protección Medioambiental de dar parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y 13 cargueros Great Lake quedaban exentos de una orden que obliga al uso de combustibles sin sulfuros. Siempre que los intereses de los integrantes de la Administración entran en conflicto con los discursos globales grandilocuentes, la norma del Congreso es actuar localmente: pensar globalmente, va a ser que no.
En su nuevo libro, SuperFreakonomics, el economista Steven D. Levitt y el periodista Stephen J. Dubner expresan su preocupación por el calentamiento global, pero reviven algunos recuerdos incómodos de hace 30 años. Por entonces, las personas inteligentes convenían en que el enfriamiento global amenazaba a la Humanidad. El planeta llevaba recorrido ya, informaba Newsweek, «un sexto del camino hacia la media de la Edad de Hielo». Algunos científicos proponían medidas radicales para provocar el calentamiento global. Levitt y Dubner también se cargan parte de la diversión tipo «pensar globalmente y actuar localmente» que resulta litúrgicamente clave para la secta del cambio climático. Por ejemplo, dicen que el movimiento localívoro -gente que consume los productos cultivados en pequeñas explotaciones- en realidad eleva las emisiones de gases de efecto invernadero. Citan investigaciones que demuestran que sólo el 11% de tales emisiones asociadas a los alimentos se emiten en el transporte de los mismos (el 80% surge de la fase de producción), y que las emisiones de las explotaciones grandes son mucho más respetuosas con el medio ambiente.
Aunque el murmullo político y mediático de alarma es incesante, un estudio Pew demuestra que sólo el 57% de los estadounidenses piensa que hay pruebas sólidas del calentamiento global, 20 puntos menos que hace tres años. Gallup concluye que apenas el 1% de los estadounidenses sitúa el medio ambiente como su principal motivo de preocupación. Hay dos razones que lo explican: están preocupados por sus salarios -que no van a prosperar a base de vapulear una economía débil con los costes del régimen de intercambio de emisiones-, y creen que las Casandras del clima están cosechando los frutos de avisar de que viene el lobo.
En el año 2005, advertían los fatalistas del calentamiento global -como tienden a hacer después de todos los fenómenos medioambientales adversos o anómalos- que el huracán Katrina estuvo provocado por el cambio climático y anunciaban un incremento en la cantidad y la intensidad de los huracanes. Al término de la temporada de huracanes en la costa del Atlántico este año, sólo se han formado tres -la mitad de la media de los 50 últimos años- y ninguno ha llegado a EEUU.
