Por Álvaro Delgado-Gal (ABC, 23/11/09):
Los casos de corrupción han entrado en el repertorio dramático de la vida pública española. No está claro, sin embargo, a qué género adscribirlos: si al sainete, la tragedia o el auto sacramental. Las perspectivas se encabalgan y al fin y al cabo terminamos percibiendo una superposición de cosas, como en los cuadros cubistas o ciertas alegorías antiguas. Principiaré por el episodio Gürtel, de perfiles claramente sainetescos. Aún más que la constatación de que las aguas políticas bajan saturadas de infusorios, ha provocado estupor el estilo natatorio, el desparpajo, que los tales infusorios gastan. Los españoles bien educados no hablan como se sabe que hablaban muchos de los implicados en el escándalo. Es más, los españoles a secas, incluyendo a los mal educados, se expresan, en promedio, con mayor decoro. El uso de motes y alias, y el desgarro apache de las conversaciones, ha producido una sensación semejante a la que usted o yo experimentaríamos si echásemos un vistazo indiscreto y sorprendiéramos a los vecinos del quinto celebrando un aquelarre. «¡Qué barbaridad!», ha musitado para sí mucha gente. Y ha añadido: «¡Qué distintos son los políticos! ¡Y qué grima dan!» (Camps, dicho sea de pasada, podía haberse ahorrado el paseo en Ferrari: el glamour, para los anuncios de Carta Nevada).
Los trincones, los celebrantes del aquelarre Gürtel, carecen por lo común de dimensión pública. Pero se hallan en contigüidad, o en contacto, con figuras que ocupan el centro del escenario. Al final todo se confunde, como cuando se superponen dos colores. El azul marino, al mezclarse con el blanco, produce el azul celeste, y vaya usted a distinguir, en el azul celeste, el blanco del azul marino. El caso es tanto más lamentable, cuanto que existe mucha gente decente en la política profesional. Estragado sin embargo el ambiente, surgen dudas, reticencias. Aparece la desconfianza, que es por definición preliminar y difusa, y se dispara sin afinar la puntería. ¿Son honrados todos los que lo parecen? ¿Han hecho masa crítica los flojos y deshonestos? Estas preguntas son esencialmente incontestables. Por eso es malo que se hagan. Malo y, a partir de determinado instante, inevitable. Según se estiraba el caso Gürtel, han ido apareciendo brotes colaterales o arborescencias paralelas: pimpollos o plantones en cuyas hojas -lanceoladas, dentadas, en figura de palmatoria- pueden leerse las señas de identidad de otros partidos. PSC y CiU han florecido en la trama catalana de Santa Coloma, con pujanza tropical y mucho dinero de por medio. Ya no se trata de sórdidos merodeos en torno de centros de poder local o regional. Un ex consejero de la Generalitat, el hombre de confianza de un ex presidente autonómico, un ex diputado y un alcalde en ejercicio han ido a dar con sus huesos en prisión preventiva sin fianza. Presumo, me parece que todo el mundo presume, que ningún partido, ninguno, está para lanzar cohetes al aire. ¿Cómo no va a perder apresto y prestigio la política? ¿Cómo se va a consagrar a ella, mientras reúna talento y capacidad para ganarse la vida haciendo otra cosa, un español de veinticinco, de treinta años? Sartori ha comentado que la formación de elites solventes constituye uno de los retos mayores a que ha de enfrentarse una democracia. El ejemplo poco edificante de Italia, la patria de Sartori, confirma, por retorsión, esta idea. En Italia puede darse la batalla por perdida. En España estamos haciendo méritos para sufrir un revés serio.
Como se ve hemos transitado, con toda naturalidad, desde el sainete a la tragedia. ¿Cuál será la reacción de la gente? La pregunta nos aboca al auto sacramental, en su acepción calderoniana. Los hechos, en particular los hechos horrendos, sugieren muchas veces enseñanzas aptas al mejor gobierno de nuestras almas. La vida colectiva, sin embargo, es compleja, y no autoriza predicciones de carril. Es seguro que aumentará el desvío del personal hacia la clase política. Pero de aquí no se desprende que vaya a verificarse un saneamiento de la vida pública. Es concebible, incluso, que termine por aumentar el poder de la gravitación que ejercen los partidos sobre los ciudadanos sueltos. Reparemos de nuevo en el paradigma italiano. El bajísimo predicamento de que gozan en ese país los políticos ha generado cinismo, no afán de cambio. Llegado el momento de votar, se vota en porcentajes más altos que los registrados en muchas democracias serias. ¿La causa? La causa es que la renuncia a defender los intereses generales, o si se prefiere, la privatización de la política, no ha restado a los partidos un ápice de importancia. Lo que ha tenido lugar es una mutación, un cambio de funciones. Se cuenta con los partidos, no para que adopten decisiones de calado en materias que atañen a todos, sino como cómplices en el logro de objetivos personales: más dinero para la ciudad en que se reside, más apoyos en la carrera que se ha emprendido en la Administración o la Universidad, más facilidades para evacuar los negocios que cada cual se trae entre manos, e così via, que dirían los propios italianos. Hasta cierto punto, esto representa una regresión a formas de clientelismo anteriores a la constitución del Estado liberal. Al tiempo, y viceversa, entraña una novedad de orden técnico nada desdeñable. En sociedades muy redistributivas, la privatización del Estado a través de los partidos depara posibilidades gigantescas a casi todo el mundo: a los captadores de votos e, igualmente, a los votantes, incursos unos y otros en un círculo vicioso de suma negativa, aunque no exento de recompensas parciales en el corto plazo. Los trincones son un fleco suelto, un puñado de confeti que revuelve el aire, dentro de este sistema de contraprestaciones mutuas. Resumen el lado felón de un entendimiento de la política que seguiría siendo peligroso, seguiría siendo corruptor y, no les quepa la menor duda, seguiría costando muchísimo dinero, aun cuando nadie se metiese en el bolsillo un duro ajeno.
Ya he dicho que no somos Italia. Pero podríamos llegar a serlo, especialmente, si no nos tomamos el asunto lo bastante en serio. ¿En qué consistiría tomárselo en serio? ¿Cómo corregir el sesgo descendente de nuestra democracia? Parece claro que es preciso restringir la discrecionalidad de los políticos. Ello entraña un fortalecimiento de los controles y la recuperación de una burocracia estable, fiable, e independiente de las presiones de los poderes fácticos, o mejor, de la alianza entre éstos y los partidos. Se han hecho, sobre la marcha, dos descubrimientos de mucha enjundia. El primero es que la descentralización alocada ha asegurado a las oligarquías locales monopolios en cuyo interior las prácticas corruptas prosperan como el champiñón a la sombra de una cueva. El segundo es que el llamado «oasis catalán» reflejaba, sí, una profundísima armonía política, aunque en el peor de los sentidos imaginables. Los partidos se habían puesto de acuerdo para saquear de consuno los recursos públicos. Necesitamos partidos moderadamente reñidos entre sí, a la vez que capaces -ahora no lo son- de ponerse de acuerdo sobre algunas cuestiones básicas.
Tan urgente o más que las soluciones de índole técnica, es una rehabilitación de la moral ciudadana. Todo quedará en agua de borrajas, todo será lodo que unos arrojan intermitentemente a la cara de otros, mientras los españoles, tomados uno a uno, no acierten a rehuir las tentaciones simétricas de la pasión sectaria y del cinismo. Sobre el papel, las dos actitudes se excluyen. En la práctica se complementan: el sectario llega pronto a la conclusión de que los desafueros son buenos si los cometen los suyos… y le benefician a él. La democracia es estupenda. Pero dura poco en ausencia de buenos demócratas.
