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Negociaciones desquiciadas

Por Samuel Hadas, analista político, ex embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 05/12/09):

¿Proceso de paz? Israelíes y palestinos se preguntan hoy si hay tal cosa. Transcurridos 18 años de la conferencia de paz de Madrid que inició las negociaciones que culminaron con los así llamados acuerdos de Oslo y el reconocimiento mutuo entre Israel y la Organización de Liberación Palestina, parecería hoy que las perspectivas de paz se alejan con el horizonte.

Desde entonces se alternan en el proceso de paz palestino-israelí momentos de esperanza y pesimismo, ilusión y profundas decepciones. El destacado periodista Tom Friedman, de The New York Times,se permitió en los últimos días, a través de las páginas de su periódico, aconsejar a su presidente, Barack Obama, alejarse del conflicto por un tiempo. Parafraseando al ex secretario de Estado James Baker, iniciador de la conferencia de Madrid, escribe Friedman: “Cuando decidan tomarse las cosas en serio, telefoneen al 202 465 1414 y pregunten por Barack. De otra manera, permanezcan fuera de nuestras vidas. Tenemos que arreglar las cosas en nuestro propio país”. ¿Refleja Friedman, el periodista norteamericano que mejor conoce los vericuetos del casi centenario conflicto palestino-israelí, un sentimiento generalizado? Lo que evidentemente está claro es que la gran mayoría de los israelíes y palestinos apoyan la visión de dos estados conviviendo pacíficamente, pero ni unos ni los otros están en condiciones de llegar a un acuerdo por cuenta propia y que sin una implicación internacional un acuerdo parece imposible. Con todo, Obama no tiene por el momento la intención de hacer caso a su buen amigo Friedman, pese a sus desaciertos hasta el momento ya que el ímpetu inicial de su administración ha perdido fuerza.

Parafraseando a otro ex secretario de Estado, Henry Kissinger, el de los “puentes aéreos entre Israel y los países árabes” y la “ambigüedad calculada” que permitieron en su momento importantes acuerdos entre árabes e israelíes, podría decirse que tanto Israel como la ANP carecen de política exterior, que en sus casos no pasa de ser continuación de su política interior. La reciente evolución de los acontecimientos en una y otra parte le dan plena razón. Cálculos y condicionamientos de política interior impiden que los respectivos líderes actúen con la voluntad política necesaria para reconducir el proceso de paz, a semejanza de un coche cuyo conductor es incapaz de salir de la marcha en neutro. Pero la inmovilidad de sus respectivos líderes amenaza conducir a israelíes y palestinos a un nuevo y sangriento estallido. El statu quo es intolerable y no podrá ser mantenido por mucho tiempo.

Obama, un año después de su elección, poco o nada ha avanzado en un tema que cree prioritario y al que ha dedicado desde el momento en que ingresara a la Casa Blanca sus mejores esfuerzos. Su inexperiencia en asuntos internacionales, su desconocimiento de una situación más que compleja le han empujado a errores a los que deberá sobreponerse si aspira a sentar a israelíes y palestinos en la misma mesa. Su credibilidad está en juego. ¿Está Obama en condiciones de reconducir las negociaciones y convencer a ambas partes de adoptar las dificilísimas decisiones que no ignoran les espera? Un nada oculto sentimiento de decepción embarga a israelíes y palestinos a la luz de las tremendas expectativas despertadas por su designación y su impresionante retórica. Su visión ha chocado con una obstinada realidad, en la que el camino al infierno está alfombrado de buenas intenciones.

En círculos palestinos se augura el colapso de la ANP en el caso de que su presidente Mahmud Abas, cuya posición en la opinión pública palestina cayó dramáticamente, lleve adelante su amenaza de retirarse. Por otra parte, un enfrentamiento entre Fatah y los fundamentalistas del Hamas, enemigos acérrimos de la paz con Israel, está siempre presente. A nadie debe sorprender que en el caso de un vacío político palestino, Hamas intentara hacerse con el poder en Cisjordania, tal como lo hizo en Gaza.

En Israel vemos cómo el Gobierno es prácticamente rehén de quienes amenazan derribarlo en el caso de ceder a la presión internacional de congelar la construcción en los asentamientos en los territorios ocupados de Cisjordania. Su primer ministro, Beniamin Netanyahu, ha sabido manejarse, zigzagueante, intentando satisfacer a todos, pero creando una situación no exenta de tensiones con la administración de Washington. La congelación de la construcción en los asentamientos, por una parte, y la división interna palestina, por la otra son la causa principal de la paralización del proceso de paz.

¿En qué campo quedó la pelota? En ninguno. ¿Quién la devolverá al campo de juego? Ninguno de los jugadores. La crisis de confianza entre israelíes y palestinos, las imposibles precondiciones que cada parte intenta imponer a la otra, la profunda brecha existente entre sus posiciones, exigen de una vez por todas, una implicación consistente de la comunidad internacional, con Obama a la cabeza, y a diferencia de la política unilateral de la administración anterior, en convergencia con la política de la Unión Europea. Una convergencia que por supuesto exige de los principales países europeos una política exterior homogénea en Oriente Medio que hasta ahora no ha sabido alcanzar. La presidencia española de la UE debería dedicar sus mejores esfuerzos a lograrlo. ¿Misión imposible?

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