Por Dídac Ramírez, rector de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 10/12/09):
La universidad es una atalaya apasionante desde la que ver la realidad que nos rodea. Una reflexión crítica y profunda del largo y tortuoso camino del análisis, por parte del Tribunal Constitucional, del Estatut de Catalunya, me ha llevado a adherirme a título personal a las ideas recogidas en el editorial conjunto de 12 periódicos catalanes del pasado 27 de noviembre. Ese escrito, La dignidad de Catalunya, recogía a los pocos días más de 10.000 adhesiones, puesto que se hacía eco de un sentimiento colectivo muy amplio de queja y desánimo ante un proceso muy lento y desorientador sobre un tema refrendado por amplias mayorías parlamentarias, en Catalunya y en el conjunto de España, y aprobado en referendo.
Pese a que el recurso constitucional no sea en sí mismo, jurídicamente, una situación anómala ni extraña, mi diagnóstico, más allá de las críticas de diversa índole que puedan hacerse a la situación actual del Tribunal Constitucional, está claro: nos jugamos mucho. El debate abierto desde la aprobación del texto estatutario, su situación jurídica actual, la diversidad y la pluralidad de la sociedad española, y la dinámica de las relaciones y opiniones entre España y Catalunya dibujan un escenario complejo. Esta complejidad puede crecer por el dictamen del Constitucional, y hacer imprescindible una solución o compromiso político y jurídico a fin de que este crecimiento de entropía no lleve al sistema a evolucionar hacia el desorden.
El Estatut define una identidad y un marco para la acción política. «No tengo raíces, tengo piernas», dice una reputada coreógrafa belga, y yo también creo en las identidades fuertes, pero que caminan constantemente por la ruta de la inclusión, la solidaridad y el acuerdo; igualmente, estoy convencido de que el momento actual necesita el protagonismo de la política y de las instituciones, no para marcar territorios de batallas, sino para transmitir la confianza, el rigor y el trabajo bien hecho. Estoy convencido de que el verdadero discurso que interesa a nuestra sociedad es el de la tranquilidad de contar con los instrumentos necesarios para el bienestar y el equilibrio social, con los marcos jurídicos consensuados y estables, y con unas clases dirigentes que hagan de la política el arte más noble de defender los intereses comunes.
No creo que el editorial tuviera el mejor título posible. Creo que no refleja el proceso ni hace referencia a las preocupaciones centrales del momento que vivimos, que requiere el despliegue en su totalidad del Estatut de Catalunya para dotarnos de las mejores herramientas para afrontar el futuro, centrar el debate en los temas que socialmente preocupan y hablar de responsabilidad y del trabajo a hacer, siguiendo las decisiones que han tomado los parlamentos, los ciudadanos y las instituciones. Hay que respetar el Estatut para poder ser coherentes con nuestras decisiones y actuaciones, y de este modo podremos exigirnos responsabilidades colectivas en nuestras acciones posteriores, y del mismo modo se nos podrán exigir. Lo que se planteó en el 2006 con un amplio consenso marca un camino que queremos que se siga con determinación y eficiencia, y no conviene que los años de indefinición de un tribunal y una sentencia echen el freno de mano a una norma que deben aplicar los gobiernos y que defiende el pueblo, pero que en cualquier caso es el marco vigente.
Un mar de rumores y de supuestas filtraciones sobre el futuro del Estatut no pueden condicionar lo que se ha votado. Igual que existe la presunción de inocencia, socialmente debería existir la presunción de responsabilidad. A la sociedad catalana le toca afrontar el futuro con decisión, con optimismo, con las herramientas del buen gobierno, con la suma de todas y cada una de las aportaciones del empresariado, del mundo del trabajo, de las instituciones, de las universiades… de toda la sociedad. Cada colectivo debe hacerse responsable de las decisiones que toma.
Esta responsabilidad también la reclamamos los agentes sociales y las instituciones en el Gobierno, en la Generalitat, para que cumpla sus obligaciones, que en parte se derivan del Estatut. Al igual que se pide a la universidad excelencia y transparencia, variables en las que progresamos objetivamente, es necesario luego el apoyo público con una financiación adecuada y un cumplimiento de compromisos. Los acuerdos refrendados y aprobados están para seguirlos transparentemente y poder exigir el logro de los objetivos marcados a partir de la autonomía basada en la asunción de responsabilidad.
Hay que dotarse de normas claras, consensuadas, fuertes, que generen confianza y seguridad institucional, pero la clave de nuestro futuro es nuestro trabajo. El riesgo de la revisión del Estatut es el enfrentamiento sin sentido, el freno de las iniciativas empresariales y sociales que el momento actual requiere, la imposibilidad de ejercer con responsabilidad nuestra autonomía. Nadie duda de que el momento actual es difícil y está lleno de retos para nuestro mundo; afrontémoslos con decisión y responsabilidad, sin el añadido de dificultades innecesarias.
