Por Pedro Pablo Villasante, secretario General de la Asociación Española de Banca (ABC, 23/12/09):
Estamos ya en el tercer año de la crisis financiera internacional y a poco más de un año del momento álgido de la misma, cuando el 15 de septiembre de 2008 las autoridades financieras de Estados Unidos dejaron que el banco de inversión Lehman Brothers quebrase. Esta quiebra situó al sistema financiero internacional al borde del colapso, ya que se creó una situación de máxima tensión y desconfianza generalizada sobre la solvencia de las entidades financieras que hizo que desapareciese toda la financiación disponible en los mercados monetarios y de crédito mundiales, con el riesgo de que el sistema bancario internacional se derrumbara en su totalidad.
Las autoridades financieras de algunos países tuvieron que garantizar todos los depósitos bancarios de sus sistemas e intervenir a importantes Bancos para evitar la caída de sus sistemas financieros. Ante la alarma creada, los gobiernos y los principales bancos centrales del mundo se vieron obligados a reaccionar rápidamente y coordinar políticas financieras, monetarias y fiscales de carácter extraordinario y de una intensidad sin precedentes a fin de prevenir el efecto devastador que el cierre de los mercados financieros podía crear en el sistema financiero y, en consecuencia, en la economía mundial.
Afortunadamente y gracias a la coordinación internacional, después sintetizada en las reuniones del G20, se evitó lo peor: el colapso del sistema financiero internacional y la depresión de la economía a nivel global. No obstante y a pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades internacionales, no se pudo evitar que las mayores economías desarrolladas entraran en recesión, situándonos en lo que se ha empezado a llamar «la Gran Recesión».
Existe en la actualidad un consenso generalizado acerca de que la situación de mayor dificultad ya ha pasado, aunque todavía persiste una gran fragilidad y se mantiene la incertidumbre sobre la sostenibilidad e intensidad de la recuperación. Aún hay muchas dudas sobre qué pasará cuando las cuantiosas medidas públicas de estímulo económicas y monetarias desaparezcan. Es de vital importancia que las autoridades internacionales sepan definir y coordinar adecuadamente la retirada de las políticas extraordinarias de emergencia implementadas y que ésta no se produzca antes de que la recuperación económica y financiera se haya asentado de forma generalizada. Es necesario evitar que en la salida de la crisis cada uno vaya por su lado. A pesar de la coyuntura económica y financiera tan compleja en la que nos encontramos, los bancos españoles siguen operando con resultados positivos, es decir, sin haberse visto obligados a hacer uso de sus recursos propios para absorber pérdidas ni haber tenido que ser intervenidos o recapitalizados con elevadísimas ayudas públicas como lo han sido sus principales competidores internacionales.
No obstante, y como es lógico, el importe del beneficio atribuido por el consolidado de bancos españoles (12.709 millones de euros a 30 de septiembre de 2009) está disminuyendo en comparación con el conseguido en años anteriores, pero me parece que lo más importante no es destacar los resultados positivos obtenidos ni tampoco su buena rentabilidad, sino la capacidad de gestión desplegada para hacer frente a la adversidad e insistir en que la banca española cuenta con un modelo de negocio prudente, rentable y eficiente que está demostrando ser especialmente resistente a las crisis.
Además, la banca española está aprovechando este período de dificultad para reforzar su posición competitiva y su fortaleza patrimonial mediante un significativo incremento del nivel y calidad de sus recursos propios; la dotación de importantes saneamientos contra su cuenta de resultados; la contención de los gastos de explotación y la mejora de la estructura de costes con que desarrolla su actividad. Y también mediante la potenciación y extensión de sus franquicias internacionales aprovechando las oportunidades que surgen al haber desaparecido algunos de sus competidores.
El deterioro de la economía real no sólo está implicando una contracción de la actividad bancaria en general y crediticia en particular, sino también un empeoramiento de su calidad, con mayores incrementos de la morosidad y aumentos en la necesidad de su saneamiento. El índice de morosidad ha crecido con fuerza, aunque empieza a observarse una ralentización en su crecimiento. Lógicamente los niveles de cobertura han disminuido, pero todavía muestran niveles por encima del 60%. Aún así dichos niveles se comparan favorablemente con los países de nuestro entorno.
La cuenta de resultados de la banca española en los últimos años se caracteriza por el importante esfuerzo realizado en saneamientos que, en tasa anualizada, ha pasado de representar el 0,5% sobre activos totales medios a diciembre de 2006, a un 1,02% a septiembre de 2009, con un importe a esta última fecha de 15.993 millones de euros y un 66% superior a las dotaciones realizadas en igual periodo del ejercicio anterior.
Pero no todas las provisiones constituidas finalmente se pierden. La historia demuestra que en banca comercial minorista, si en la concesión se analizó bien el riesgo, la mayor parte de la morosidad y de las provisiones realizadas se recuperará con el tiempo. Además, como refuerzo en la capacidad de recuperación de las operaciones dudosas, es importante el nivel y la calidad de las garantías reales que respaldan a los riesgos concedidos. El alto grado de garantía hipotecaria con que cuenta la cartera crediticia nacional de los bancos españoles (50%), es más del doble del existente en la crisis que tuvimos en los primeros años de la década de los 90.
Por otra parte, operar eficientemente es un objetivo tradicional de la banca española que presenta uno de los mejores ratios de eficiencia de la banca internacional. Los gastos generales siguen contenidos y la ratio de eficiencia se sitúa en torno a un excelente 40%. La eficiencia nos da competitividad y nos proporciona la agilidad necesaria para resistir ciclos de negocios adversos. La eficiencia no se regala, sino que es el resultado de una gestión continuada de reducción de costes operativos, con mejoras en las aplicaciones tecnológicas, en la simplificación de estructuras y en el desarrollo de sistemas operativos que simplifiquen rutinas de trabajo y permitan la racionalización de plantillas. Además, la mejora de la competitividad es fruto de las importantes inversiones en tecnología realizadas por la banca española para ampliar sus prestaciones y elevar la calidad de los servicios ofrecidos.
Una parte muy importante de la estrategia de fortalecimiento del balance de los bancos españoles ha sido incrementar también el nivel y la calidad de sus recursos propios. Así, al 30 de septiembre de 2009 los grupos bancarios españoles presentan un elevado ratio de solvencia, ratio BIS del 13%, muy por encima del requerimiento mínimo del 8%, ratio que se ha conseguido sin ningún tipo de ayuda pública a través de la capitalización de beneficios obtenidos y apelando a los mercados mediante nuevas emisiones de capital. Por su parte la Tier 1 es del 9,18% y el Core Capital del 7,76%, cifras que muestran la gran calidad del ratio de solvencia.
En conclusión, la banca española además de estar gestionando con beneficios la adversidad económica y financiera actual, está aprovechando este período de dificultad para reforzar su posición competitiva y su fortaleza patrimonial, que le permitirá afrontar con éxito la próxima fase de recuperación económica.
