Por Antonio Papell, periodista (EL PERIÓDICO, 30/12/09):
«El jefe del Gobierno, en política, no tiene amigos ni los quiere», Manuel Azaña.
El politólogo Carl Schmitt, fallecido casi centenario en 1985, antiliberal y antiindividualista, rehabilitado recientemente por la izquierda intelectual, teorizó sobre la esencialidad de lo político nucleado en torno a la distinción entre amigos y enemigos, el «ellos contra nosotros» como inspiración radical de la acción política a la hora de resolver conflictos. Sostenía que la enemistad política es una fuerza de tal intensidad que ignorarla es suicida; tanto como intentar resolverla desde la racionalidad. Sus tesis han tenido una influencia limitada, pero el concepto de enemistad política, inherente a la dialéctica democrática, sí ha ingresado en el debate intelectual de estos días en nuestras sociedades.
La agresión que acaba de padecer Berlusconi a manos de un alienado anónimo es, ante todo, fruto de la inadaptación de un perturbado, y no sería justo reconocer algún valor político a tal aberración; sin embargo, en el terreno de la sociología, tampoco puede negarse que este incidente corona una situación de grave crispación en la política italiana. De una crispación que es hoy una realidad tangible y pastosa en el firmamento sociopolítico italiano y que se traduce en el tono irrespetuoso del debate, en la agresividad de los discursos, en la inflamación del sistema mediático, en la puerilidad de los argumentos, síntoma claro de que la discrepancia proviene más de la visceralidad enemistosa que de verdaderas razones de fondo.
En España se perciben también síntomas de una profunda, irreflexiva y visceral enemistad política. La hostilidad entre los dos grandes partidos se ha salido del marco racional que establece los límites del fair play democrático y ha alcanzado proporciones inquietantes.
Así, por ejemplo, el espectáculo que han deparado en la última conferencia de presidentes el PP y el PSOE, incapaces de renunciar por un momento a la defensa sectaria de sus intereses particulares, rebasa los límites de lo tolerable, y así ha sido percibido claramente por una opinión pública que está en fase de absoluta desafección ante la ceremonia política.
Porque esta confrontación enrabietada, que ha hecho imposible un acuerdo tendente a organizar e intensificar los esfuerzos de las instituciones públicas y de los agentes sociales para facilitar la salida de la crisis, ha tenido lugar en el peor momento, cuando la recesión está tocando fondo y, por su causa, cuatro millones de infortunados ciudadanos padecen el drama del desempleo y otros varios millones más el temor cerval al subempleo y al despido.
La convocatoria de la conferencia de presidentes tenía varios aspectos objetables. De un lado, el formato es polémico porque tal institución de resonancias confederales, que no tiene encaje constitucional, está sustituyendo informalmente a un Senado que requiere una profunda transformación para que alcance a ser realmente la cámara de representación territorial que otorgue dimensión legislativa al Estado de las autonomías (conviene reseñar de pasada que la imposibilidad de llevar a cabo la indispensable reforma constitucional es fruto también de la enemistad política entre las dos formaciones mayoritarias).
Y, de otro lado, quizá tengan razón quienes han echado en falta en el Gobierno un proceso de preparación de la conferencia que hubiera permitido madurar con menos prisas un acuerdo. Sin embargo, más allá de estas cuestiones incidentales, el objetivo era de tanta trascendencia que, por puro sentido del deber y del Estado, los políticos participantes debieron haber entendido que no les estaba permitido fracasar en el logro del acuerdo que se les requería y que, se quiera reconocer o no, venía también exigido por la opinión pública.
Predominó sin embargo la animosidad barriobajera y petulante de unos políticos que están en esto porque su coeficiente intelectual no les permite aspirar a mayores metas y que, además de haber demostrado una asombrosa propensión a la venalidad, son manifiestamente incapaces del menor gesto de grandeza. El odio que se profesan entre sí, y que se manifiestan en público y en privado, ha hecho imposible la aproximación y la superposición de esfuerzos en el logro de grandes objetivos. Tampoco algunos de los grandes medios de comunicación, que participan gustosos en la contienda, han estado a la altura de los requerimientos intelectuales y sociales que la sociedad plantea y la coyuntura exige.
La consecuencia es clara: las muchedumbres, que se saben abandonadas por los mismos que en las etapas electorales les seducen con inverosímiles declaraciones de afecto y entrega, están cada vez más ensimismadas en sus propios problemas y dan más ostensiblemente la espalda al Estado. Y se genera un clima de crispación y malestar, de rechazo explícito al parasitismo de la clase política, de desprecio a una superestructura política sin principios que –aunque las excepciones sean elocuentes– no merece el aprecio de una ciudadanía dolorosamente harta de tantas pruebas de bajeza moral y de mediocridad intelectual.
