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Nuevo liderazgo, nueva agenda

Por Manuel Ludevid, economista (LA VANGUARDIA, 10/01/10):

El desarrollo y desenlace de la reciente conferencia de Copenhague puede suponer un cambio de liderazgo en la lucha contra el cambio climático: Estados Unidos (con la conflictiva alianza de China) puede sustituir a la Unión Europea. Este nuevo liderazgo puede suponer una nueva agenda. Puede ser el principio del fin del “dogma ambiental” europeo.

Es bastante lógico que Estados Unidos y China asuman el liderazgo a partir de ahora. China es el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo y Estados Unidos el segundo: juntos superan hoy la mitad de estas emisiones. Si acordaran medidas eficientes para sus países, tendríamos la mitad del problema resuelto. Pero hay más: ambos se caracterizan por su “dependencia” del carbón como fuente fundamental de generación de electricidad (el 78% en China, el 50% en Estados Unidos), el combustible fósil que más contribuye al cambio climático. Finalmente, su influencia sobre otros países clave es determinante: sobre India, Brasil y Sudáfrica, pero también sobre los países africanos, y sobre Indonesia, Japón, Canadá y Australia.

En la nueva agenda, aparece en primer lugar la prioridad de la ayuda económica a los países pobres y emergentes. No se trata ya de un premio a su compromiso de reducción de emisiones, sino una condición inicial sin la que no habrá acuerdo posible. Estos países están hartos de la retórica vacía del “desarrollo sostenible”. Sin transferencias importantes de dinero y tecnología, no hay más que hablar. Ello plantea dos cuestiones: el importe (mucho mayor del que la Unión Europea insinuaba en Copenhague) y el reparto (para el contribuyente de Estados Unidos es más aceptable ayudar a Etiopía que a un competidor en el mercado global como China).

Si para China el primer punto es la ayuda económica y tecnológica, para Estados Unidos el primer punto se llama verificación. Los norteamericanos no aceptarán un paquete de apoyo económico significativo sin asegurar que se puede comprobar sobre el terreno el cumplimiento de las reducciones de emisiones acordadas. No será fácil convencer a China al respecto. Pero es imprescindible si se quiere pasar de la retórica a los hechos.

Es posible, asimismo, que veamos cambios en los instrumentos de mitigación. Los resultados del comercio europeo de emisiones de dióxido de carbono son muy modestos: en sus tres años de vida se estima que han reducido de 120 a 300 millones de toneladas, de un 2% a un 5% al año, muy por debajo de lo esperado.

Los mecanismos de desarrollo limpio (MDL) se concentran casi siempre en iniciativas que habrían acometido los países receptores en cualquier caso, con lo que sirven más a las empresas ricas que a los países pobres. Las subvenciones (a las energías renovables, por ejemplo) han acabado a menudo en manos de especuladores, como demuestra la fotovoltaica española. Por todo ello es probable que veamos emerger más que hasta hoy medidas fiscales (impuestos como los de los países escandinavos) y regulatorias (exigir a las empresas eléctricas un porcentaje de su generación en renovables en lugar de subvenciones, como ocurre en Estados Unidos). Las reticencias del Senado norteamericano a los mecanismos de comercio de emisiones incluidos en la ley Waxman-Markey, hoy en discusión, van precisamente en esta dirección.

Un cuarto aspecto se refiere a la apuesta de la Unión Europea por las energías renovables como respuesta energética principal. Ante este discurso, el frente Estados Unidos-China que se dibuja en el horizonte parece considerar las renovables una alternativa más, muy cara y complicada (en términos de redes eléctricas y de hibridación), y sugiere optar, sobre todo, por la eficiencia energética, y también por la energía nuclear y la captura y almacenamiento de carbono que permita un uso masivo de las centrales de carbón.

Finalmente, Estados Unidos parece apostar más que la Unión Europea por la innovación tecnológica (como muestra el número de patentes en tecnología ambiental, mucho mayor allí que en Europa) ypor refinar nuestro conocimiento sobre el propio cambio climático: hay que recordar que dos tercios de la investigación mundial sobre cambio climático están realizados o financiados por Estados Unidos. La creación de un mecanismo de transferencia tecnológica acordada en Copenhague va en esta dirección.

Se abre una nueva época en la lucha contra el cambio climático, quizás menos ambiciosa pero más realista, menos retórica y más dura en la negociación de acuerdos y en su verificación, menos eurocentrista y más multilateral, más cercana a los intereses económicos y sociales de todas las poblaciones del mundo. No tiene por qué ser peor. No hay nada peor que la impotencia.

Reflexiones/Naturaleza , Imprimir Versión PDF