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Los nacionalistas relanzan el más viejo debate español

Por Víctor de la Serna (EL MUNDO, 06/03/10):

Para Ignacio Camacho, en Abc algunos han incurrido sin darse cuenta en una exhibición de españolismo acendrado: «En su afán por rechazar y alejarse de la identidad española, los independentistas catalanes han reverdecido uno de los fenómenos más genuinos de la cultura celtibérica; pocas cosas hay más nacionales que la polémica sobre las corridas de toros, que lleva ahí tanto tiempo como la fiesta misma. Si acaso hay algo aún más nacional es el vicio de prohibir, y esos tipos han caído de golpe en las dos pasiones con un reflejo inconsciente». Botón de muestra: David González (a todas luces, oriundo del Berguedà) exclamaba, indignado, desde las páginas del Avui: «Aquí, si tenemos que matar alguna cosa, la matamos con la palabra; allá, algunas cosas las matan aún con la espada».

En EL MUNDO, Salvador Sostres -que, nos tememos, arrostra cada día mayores riesgos si se empecina en seguir escribiendo en la hortera y paupérrima lengua española- aportaba la nota original, tirando a esperpéntica e hispana, entre valleinclanesca y daliniana: «Yo soy independentista y de ningún modo estoy a favor de prohibir los toros». En cambio, Josep Maria Fonalleras, en El Periódico, aportaba poderosos argumentos a la inminente prohibición de la caza y de la pesca: «Recomiendo al amigo Salvador [Boix, apoderado de José Tomás] que lea con atención no los alegatos folclóricos, los emocionales o los de raíz nacionalista (españoles o catalanes, da igual), sino la sabia lección de Jorge Wagensberg [el científico que ha revelado que el estoque duele]. Es muy difícil defender las corridas, el espectáculo en el que se paga por ver una muerte, tras su discurso sobre la muerte, la vida y el dolor». Y desde Viena llegaba el director de cine Günter Schwaiger para responder, desde La Razón, a Fonalleras: «La tradicional relación entre hombre y animal, que es de dominio y sumisión, no ha desaparecido ni lo hará si no desaparecen los animales en su totalidad. Lo que sí que puede desaparecer prohibiendo las corridas es la admiración por ese toro de lidia que volverá a ser un simple bovino, un trozo de carne castrado, sin nombre, sin historia, sin dignidad».

Pero lo malo no está en Barcelona; está en Madrid, donde a Esperanza Aguirre se le ocurre declarar la lidia Bien de Interés Cultural. El editorial de El País, con su habitual solvencia intelectual, le hacía, furibundamente, todo un juicio de intenciones: Aguirre actúa «con motivo o sin él», «como dando a entender» que «es más importante apreciar y defender las corridas que cumplir con las obligaciones que derivan de las leyes». Además, «por encima de sus ambiciones de llegar a la política nacional desde la autonómica no hay nada». Concluía que Aguirre convierte a Madrid en «una taifa política y administrativa» y en «azote de otras autonomías». Casi nada.

Los lectores del diario de Prisa recibían, eso sí, una dosis de antídoto a ese venenillo en una columna de Fernando Savater, para el que «resulta un abuso arrogante» el que las autoridades de cualquier sitio decidan «desde la prepotencia moral institucionalizada si son compatibles o no con nuestra ciudadanía» actividades como la lidia de toros.

España/Social , Imprimir Versión PDF