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	<title>Tribuna Libre &#187; Anorexia</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>IMC</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jun 2007 08:59:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Rosa Pereda</strong>, escritora y periodista (EL PAÍS, 25/06/07):</p>
<p>Entre los requisitos que piden en China a los que quieren adoptar un niño, además de certificados médicos y policiales, heterosexualidad probada y emparejada, y renta comprobable, hay uno como poco curioso: exigen menos de 40 en el índice de masa corporal, el IMC, o BMI si se prefiere decir <em>body.</em> O sea, que los gordos no son -no somos- buenos para padres.</p>
<p>Lo del IMC, que es un baremo decimonónico, se puso de moda con las pasarelas y la anorexia. La elección de chicas flaquísimas para exhibir las creaciones &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/16112/imc/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Rosa Pereda</strong>, escritora y periodista (EL PAÍS, 25/06/07):</p>
<p>Entre los requisitos que piden en China a los que quieren adoptar un niño, además de certificados médicos y policiales, heterosexualidad probada y emparejada, y renta comprobable, hay uno como poco curioso: exigen menos de 40 en el índice de masa corporal, el IMC, o BMI si se prefiere decir <em>body.</em> O sea, que los gordos no son -no somos- buenos para padres.</p>
<p>Lo del IMC, que es un baremo decimonónico, se puso de moda con las pasarelas y la anorexia. La elección de chicas flaquísimas para exhibir las creaciones de cada temporada fue una idea de Christian Dior, cuando, en 1947, eligió por las calles de París a las adolescentes más hambrunadas de la recién terminada Segunda Guerra Mundial. Y lo hizo para presentar su <em>New look,</em> aquella colección escandalosa que gastaba hasta veinte metros de tela por vestido, en un momento en que la escasez daba la vuelta a los abrigos y a los cuellos y puños de las camisas. Yo creo que el contraste entre el cuerpo hambriento -del que ya había una constancia gráfica extrema en las fotos de los supervivientes de los <em>campos-</em> y la riqueza del traje, que es un contraste malvado, fue la clave del éxito de aquella colección imposible y de sus secuelas en el imaginario de las mujeres -y de los varones-. Y es una metáfora del lujo, de la exclusividad de la alta costura y el <em>prêt-à-porter</em> de diseño y firma. Y se quedó, porque, aunque quizá fuera inconsciente y pura estética por así decir, daba en la diana de lo que vendía. De la escasez, y por tanto el precio, de lo que vendía. De la felicidad para pocos. Así que niñas y flacas, andróginas, proponiéndose dos veces al año como modelo de la belleza, y, por añadidura, del éxito.</p>
<p>Las asociaciones de víctimas de la anorexia, la enfermedad del odio al cuerpo y emulación de la delgadez, que en España padecen alrededor de 80.000 chicos y chicas -el 2% de la población-, intentan cambiar el modelo, con poco éxito, la verdad, porque la delgadez como criterio estético está muy afianzada en el imaginario de la modernidad. Esa idea perversa de que la ropa &#8220;sienta mejor&#8221; en los cuerpos flaquísimos, que ha llevado a buen número de diseñadores a negarse a proponer tallas grandes. Y consideran grandes a partir de la 38. Porque, en su mente creadora, que yo menos que nadie discuto, el cuerpo es soporte del traje que es el verdadero sujeto caro y escaso. Y cuanto menos cuerpo, mejor.</p>
<p>La delgadez es ya un valor de toda la cultura mediática, y hay que saber -y todos los adolescentes lo saben- que la cámara, el instrumento cultural por excelencia de nuestra época, y el gran objeto de deseo, &#8220;engorda&#8221; un par de tallas. Así que las figuras mediáticas están tan pendientes de la báscula como los boxeadores. Está claro que cambiar el modelo es muy difícil, entre otras razones, porque se incardina en el deseo. ¿Y quién erradica el <em>deseo de ser delgada?</em></p>
<p>Las madres de anoréxicos han luchado para introducir el IMC, buscando lo objetivo, como criterio preseleccionador de los y las modelos de pasarela: no menos de 18. Pero lo de los índices físicos, y su supuesta objetividad, médica y estadística, si bien resultará útil en el tratamiento de los casos individuales, me parece peligroso usado como valor.</p>
<p>El IMC se halla dividiendo el peso en kilos, por el cuadrado de la altura en metros (con decimales, claro). Y se llama &#8220;índice de Quetelet&#8221;, por el matemático y astrónomo belga, considerado uno de los padres de la sociología y la estadística, que, tan del siglo XIX, estaba convencido de que las medidas antropomórficas podían explicar las conductas. Las conductas de los estadísticamente &#8220;normales&#8221;, las del <em>hombre medio,</em> -concepto acuñado por él mismo- y las conductas aberrantes, como el crimen o el suicidio. Es el momento en que se definen las razas según medidas morfológicas, con las consecuencias nefastas que conocemos, que no vienen de las medidas, sino de la mezcla de éstas con otras cosas. De la sociología de las medidas, que es lo de Quetelet. Es cuando comienza a pensarse en una predeterminación física de la conducta: primero se deduce de la naciente estadística, luego se proyecta a futuro, y en el camino se queda fuera algo tan importante como la libertad individual. Así que lo del peso, como lo de la angulación y la medida craneana o la longitud media del pene, se convierte en una cuestión moral. Médico-moral. Estrictamente moral. Que es lo que es ahora. De una deducción científica ha pasado a una normativa ética. Y no es la única.</p>
<p>Porque, si no, ¿por qué en China van a rechazar a los padres gordos para los niños sin padres? Yo la verdad es que conozco muchas buenas madres gordas, yo misma no creo haber sido nunca infeliz como hija, ni demasiado mala como madre. Y, ¿saben lo que me mosquea? Que tampoco quieren padres con problemas estéticos en la cara. A mí esto me suena a Esparta, monte abajo. Y a otras historias, igual de desagradables.</p>
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		<title>Culto al cuerpo</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Apr 2007 12:38:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <a href="http://www.enriquerojas.com/" target="_blank">Enrique Rojas</a>, catedrático de Psiquiatría. Ha desarrollado numerosos trabajos de investigación relacionados con la ansiedad y los trastornos de personalidad. Su último libro publicado es <em>Adiós, Depresión</em> (EL MUNDO, 28/04/07):</p>
<p>Cada época tiene sus pasiones. El culto al cuerpo representa una de las máximas expresiones del materialismo de nuestros días. Estamos en la era de la imagen. Y ésta es apariencia, externidad, fachada, porte, el modo como alguien aparece ante los demás. Los clásicos ya lo decían: debe haber una buena relación entre lo exterior y lo interior del ser humano.Hay muchas cosas que se hospedan en esta &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/15253/culto-al-cuerpo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <a href="http://www.enriquerojas.com/" target="_blank">Enrique Rojas</a>, catedrático de Psiquiatría. Ha desarrollado numerosos trabajos de investigación relacionados con la ansiedad y los trastornos de personalidad. Su último libro publicado es <em>Adiós, Depresión</em> (EL MUNDO, 28/04/07):</p>
<p>Cada época tiene sus pasiones. El culto al cuerpo representa una de las máximas expresiones del materialismo de nuestros días. Estamos en la era de la imagen. Y ésta es apariencia, externidad, fachada, porte, el modo como alguien aparece ante los demás. Los clásicos ya lo decían: debe haber una buena relación entre lo exterior y lo interior del ser humano.Hay muchas cosas que se hospedan en esta veneración al cuerpo: el mito de la eterna juventud; el nuevo lenguaje corporal de una sociedad en la que el pudor ha ido desapareciendo; la idolatría del sexo a todas horas; el juego de las apariencias, en un contexto en el que los medios de comunicación exaltan el aspecto exterior de forma machacona; la exaltación de la mujer escuálida; y un largo etcétera de valores en alza en esta misma línea.</p>
<p>Las modas son más contagiosas que las infecciones. Y no es fácil sustraerse a ellas. Se expanden como un reguero de pólvora. Las costumbres sociales se imponen -la sombra del ciprés es alargada-. Este culto por la estética corporal y facial ha situado en primer plano la divinización del cuerpo y la exaltación de un tipo concreto de belleza, que hoy se impone con fuerza.</p>
<p>Pero el cuerpo no es la persona. Por el contrario, en la cara está representada la persona. Todo el cuerpo depende de la cara. Ésta es programática, anuncia al ser humano como proyecto, lo retrata, lo deja al descubierto. La cara tiene su propio alfabeto. Hay una parte clásica del rostro, que está constituida por las mejillas y la boca, que representan su territorio racional: la lógica y argumental. La parte romántica tiene su sello en los ojos, que son los que llevan la voz cantante de la expresividad facial. Dice Antonio Machado en un verso antológico: «Tus ojos me recuerdan las noches de verano, negras noches sin luna, orilla al mar salado».</p>
<p>Los labios se mueven y muestran la sonrisa, el llanto, la palabra acertada, la frase dura y seca, el discurso personal abriéndose paso entre masas de ideas y pensamientos. Los ojos hablan, denuncian, sorprenden, aprueban, admiran, se entregan, se acercan y se alejan, coquetean, juegan al escondite uno con el otro. Los ojos enamoran y nos hacen navegar a su través -cielo arriba-, buscando tesoros escondidos. Sus vinculaciones aprueban y tienen un fondo políglota (hablan muchos idiomas): desde el llanto a la sonrisa, al amor y sus espejismos. Es el lenguaje verbal y el no verbal, las palabras y los gestos, lo dicho y lo insinuado, lo nítido y lo difuso. Si la cara es el espejo del alma, los ojos son su espíritu.</p>
<p>El cuerpo es el vehículo de la persona. No es su contenido, pero sí su forma. Cuando una persona se acerca a mí desde una cierta distancia y dispongo de un breve tiempo para verla, inspecciono su morfología y en unos segundos capto su figura: sus ademanes, su andar, el volumen que desplaza en el espacio&#8230; El momento más importante es cuando se para aquí -la a tan abierta y la í tan puntiaguda y con el acento arriba, que parece que nos clava como un clavo en ese espacio, que es el aquí-. Después, ya a mi lado, la miro a los ojos y me recreo en su geografía facial.</p>
<p>En la cara está la persona y manifiesta cuanto somos. Es lo más importante. Aspira a la caricia, al beso, al encuentro cercano, sin anonimato. El cuerpo es carruaje, medio de locomoción que hay que cuidar para seguir funcionando, portada exterior de lo que representamos. La cara nos abre la puerta de la intimidad; lo ojos son el puente levadizo hacia el castillo de la afectividad.</p>
<p>El análisis de la importancia de la cara y del cuerpo, en la cultura actual, está erizado de problemas. Su complejidad es evidente. Son muchos los recodos, matices, vertientes y ángulos posibles, y todo conviene ajedrezarlo de psicología. Me voy a referir por separado a la cara y al cuerpo.</p>
<p>La cara es el sostén de la belleza, su tarjeta de visita. En los últimos años ha aparecido una rica patología en este sentido: la obsesión facial. Cada vez abundan más las enfermedades psíquicas, que llevan a las personas a vivir con ansiedad, tristeza y un gran malestar la forma de alguna zona de su cara, con la que no se sienten a gusto y desean cambiarla. Hay quienes se obsesionan con que sus cejas son demasiado largas, anchas o subidas; otros piensan que sus labios son demasiados finos y estrechos o poco pronunciados; otros centran sus problemas en los ojos, por estar éstos muy hundidos o demasiado hacia fuera.</p>
<p>Una mayoría de ciudadanos centra su atención en las llamadas patas de gallo, arrugas que se van formando en la zona externa de los ojos, y que son tan naturales como la vida misma, con el paso de los años. Las obsesiones se centran en cualquier otra parte de la cara: la papada, el mentón, las mejillas, la nariz&#8230; Cuántos de mis pacientes me han asegurado que están muy hundidos porque su nariz llama la atención y notan cómo la gente la mira con desprecio y hacen gestos negativos cuando la observan. En todas las obsesiones estéticas faciales se vive una parte de la cara de forma negativa y penosa, con complejo de inferioridad y con un enorme miedo al rechazo de los demás.</p>
<p>Hay una frontera, a veces huidiza, entre una estética facial objetivamente poco agraciada y la que es claramente una obsesión enfermiza. En el primer caso, puede tratarse de algo congénito (con lo que se ha nacido) o adquirido (pensemos, por ejemplo, en un accidente de tráfico que ha dejado una deformación negativa de alguna parte de la cara). Aquí la cirugía plástica y reparadora tiene una importancia indudable y cura a muchas personas de un complejo de inferioridad de base real. La deformación objetiva tiene en la cirugía una salida airosa y devuelve a la persona la paz y la autoestima. En el segundo caso es esencial la pericia del psiquiatra y del psicólogo, que explora, escruta, distingue lo que es anecdótico de lo que es real, lo que es una obsesión enfermiza de lo que constituye una seria rémora y marca negativamente a ese sujeto.</p>
<p>El mito de la eterna juventud está hoy en primer término. Es como si quisiéramos parar el reloj y mantenernos siempre jóvenes, pero con la experiencia de los mayores. La madurez de los años es serenidad y benevolencia; la madurez psicológica supone aceptar la realidad corporal con paz y sin ansiedad. Por estos vericuetos veo yo la pasión en el cuidado de la cara. ¡Lo que puede gastar una mujer de una cierta economía saneada en cremas! No me parece mal -así son los tiempos que corren-, siempre y cuando todo se haga dentro de un orden, sabiendo ponerle límites.</p>
<p>Entro ahora en el segundo apartado de mi recorrido analítico: el cuerpo. Hoy éste se ha convertido un una pieza de reclamo decisiva. Como juegan los días con la esperanza, juega el cuerpo como punto de enlace con los demás. Las obsesiones son diversas, siendo lo que más preocupa, de forma mayoritaria, la gordura, en general o en particular, centrada ésta en el abdomen, los muslos, las caderas, el trasero, el pecho, la cintura y, por supuesto, la celulitis que puede asomar en alguno de los territorios mencionados.</p>
<p>Debemos distinguir aquí lo que es normal y lo que es patológico. Normal es que una persona objetivamente obesa quiera adelgazar, entre otras cosas para estar más ágil y evitar enfermedades derivadas de esta gordura mórbida. Caben señalar aquí los patrones de peso aceptados por la Organización Mundial de la Salud (OMS): Una mujer que mide 1,65 metros, debe pesar 10 puntos menos que los centímetros de su talla, es decir, unos 55 kilos (con un margen de uno o dos por encima o por debajo). En cuanto a los hombres, uno que mide 1,70, debe pesar 70 kilos aproximados (también con un margen de uno o dos por encima o por debajo de este peso).</p>
<p>Los psiquiatras sabemos que nuestro consejo clínico es importante en los casos dudosos y debemos deslindar lo normal de lo anormal y hacérselo ver a cada paciente. Aquí pesan hoy de modo decisivo las modas sociales, que tienen en las modelos de las pasarelas su exponente más negativo. Viajé hace poco en avión con una de ellas al lado y me confesó: «Esto no es vida, no es ya que pase hambre, es que me peso todos los días tres veces, vomito a menudo y uno de mis principales temas de conversación son las dietas». Éste es un ejemplo de anorexia. Debo señalar que hay pocas mujeres satisfechas con su aspecto físico y con su cuerpo. De ahí viene la proliferación de gimnasios, institutos de belleza, lugares de masajes y, por supuesto, la esclavitud de las dietas.</p>
<p>¿Qué sucede en la intimidad de estas personas obesas o rellenitas? Como el modelo que se lleva es esquelético, escuálido, de una delgadez exagerada, la joven que se ve gordita o con unos kilos de más, y que ha sido humillada, criticada o sometida a comentarios irónicos se va a sentir marginada. ¿Qué es lo que hay en el fondo de este sentimiento negativo?: inseguridad, miedo al qué dirán o a la desaprobación; en definitiva, miedo al rechazo. Lo sufren personas que viven la no aprobación de los demás como algo terrible.</p>
<p>En este clima aparecen la anorexia, la bulimia y la asociación alterante de las dos. Son enfermedades modernas, nacidas al abrigo de todo lo expuesto. La anorexia es la obsesión por no engordar y el rechazo contundente a tener un peso por encima del que esa persona considera adecuado. Es un miedo cerval a ganar peso y a convertirse en obesa, lo que va llevando a una deformación de la percepción del propio cuerpo, que va aterrizando en una obsesión con todas las de la ley.</p>
<p>La bulimia consiste en episodios recurrentes de glotonería, de comer compulsivamente, de ingerir una gran cantidad de comida y en un tiempo muy breve, que se suele acompañar del vomito y, después, de una crisis de llanto. Con mucha frecuencia, esta persona se provoca el vómito, usa laxantes y diuréticos y alterna esto con la práctica de dietas super estrictas o ayunos o hacer mucho ejercicio para prevenir el engordar. La obsesión por la silueta corporal esconde, camufla, enmascara el vivir en una época del culto a la apariencia. Si lo que cuenta es la superficie, vale la pena más tener que ser.</p>
<p>En la anorexia-bulimia esa persona tiene episodios intermitentes de la una o la otra, que se van turnando como una secuencia musical desafinada.</p>
<p>Si amor es el deseo de hacer eterno lo pasajero; belleza es una conjunción entre lo exterior y lo interior, es camino y posada de armonía y proporción entre lo de fuera y lo de dentro.</p>
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		<title>Las pasarelas y la culpa</title>
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		<pubDate>Fri, 05 May 2006 17:16:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Eulalia Solé</strong>, socióloga y escritora (LA VANGUARDIA, 05/05/06):</p>
<p>Al parecer, es la imagen de las modelos que desfilan por la pasarela la principal culpable del aumento de la anorexia y la bulimia entre las mujeres. En tal caso, la reunión que la ministra de Sanidad mantuvo con los empresarios de la moda para tratar de las tallas demasiado pequeñas debería tranquilizarnos. Lástima que, como ocurre a menudo, confundamos el efecto con la causa.</p>
<p>En primer lugar, preguntémonos cuántas veces aparecen las modelos por televisión o en la prensa, cuántos salones de la moda hay al año y qué &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/7118/las-pasarelas-y-la-culpa/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Eulalia Solé</strong>, socióloga y escritora (LA VANGUARDIA, 05/05/06):</p>
<p>Al parecer, es la imagen de las modelos que desfilan por la pasarela la principal culpable del aumento de la anorexia y la bulimia entre las mujeres. En tal caso, la reunión que la ministra de Sanidad mantuvo con los empresarios de la moda para tratar de las tallas demasiado pequeñas debería tranquilizarnos. Lástima que, como ocurre a menudo, confundamos el efecto con la causa.</p>
<p>En primer lugar, preguntémonos cuántas veces aparecen las modelos por televisión o en la prensa, cuántos salones de la moda hay al año y qué influencia real ejercen sobre las adolescentes, principales víctimas de los trastornos alimentarios. La estimulación hacia cuerpos delgados y perfectos proviene de otras fuentes, es diaria y es omnipresente. Del televisor, la prensa o los anuncios estáticos -todo ello mucho más cercano que la alta costura- surgen cada día mensajes de guerra contra los kilos de más, los michelines y la celulitis; y mensajes a favor de lograr un cuerpo que permita ponerse el bikini sin miedo (sic). La publicidad también incita a consumir litros y litros de agua para estar delgada, de forma que, más allá de la eficacia o el engaño, el mensaje final es la necesidad de ser esbelta. En los periódicos, una clínica de estética inserta desde hace meses un anunció a toda plana con una mujer maravillosa e irreal, probablemente retocada por ordenador, que constituye un insulto para todas las mujeres de carne y hueso.</p>
<p>Es esta publicidad cotidiana la que tiene ascendiente sobre los consumidores y sobre los intermediarios del consumo. O sea, sobre las mujeres, por un lado, y sobre los que diseñan, cosen y venden, por otro. Si observamos atentamente la situación, comprenderemos que tanto a la modistería como al comercio les da lo mismo vender tallas 36 o superiores. Si las maniquíes en la pasarela o en el escaparte fueran rollizas en lugar de escuálidas, porque el criterio general así lo prefiriera, esto no alteraría su negocio. En cambio, la cirugía estética y los cosméticos que pretenden adelgazar verían decrecer su clientela en cuanto se impusiera la racionalidad.</p>
<p>La conclusión que hay que extraer de todo ello es que el acuerdo entre Sanidad e industriales de la moda sobre la unificación y control de tallas redundará en pura entelequia. Homologar las tallas es tan lógico como hacerlo con las hojas de papel A4 o con los enchufes y clavijas, pero ha de ser la propia mentalidad de las mujeres la que las salve, siendo de apreciar una ayuda efectiva por parte de la Administración. Hay que sacudirse los estereotipos impuestos por determinados intereses económicos y asumir, en consecuencia, que tener un aspecto agradable y resultar atrayente no depende de poseer una silueta impecable y, ni mucho menos, esmirriada.</p>
<p>El fomento de la reflexión por parte de los padres al educar a sus hijas y una formación con sentido crítico en la escuela conseguirían resultados decisivos. Y cuando el Ministerio de Sanidad intervenga, que lo haga junto con el de Consumo, regulando tanto la publicidad engañosa como las imágenes que a diario distorsionan la auténtica vida de las personas. Eso incluye la comunicación audiovisual y la escrita en sus diversas modalidades, y puesto que surgirán voces clamando contra el intervencionismo, que también lo hagan en contra de la intromisión mercantil. Ésta que atenta contra la salud mental, y por ende física, de una juventud que cada vez más se sume en el riesgo de la bulimia y la anorexia.</p>
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