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	<title>Tribuna Libre &#187; Bibliotecas</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>Una biblioteca universal</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Apr 2011 19:25:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Peter Singer</strong>, profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Su libro más reciente es <em>The Life You Can Save</em> (Project Syndicate, 13/04/11):</p>
<p>Los académicos sueñan desde hace mucho tiempo con una biblioteca  universal que contenga todo lo que se haya escrito hasta la fecha.  Luego, en 2004, Google anunció que comenzaría a escanear digitalmente  todos los libros disponibles en cinco importantes bibliotecas de  investigación. De repente, la biblioteca de la utopía parecía al alcance  de la mano.</p>
<p>De hecho, una biblioteca universal digital sería incluso mejor de lo  que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34606/una-biblioteca-universal/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Peter Singer</strong>, profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Su libro más reciente es <em>The Life You Can Save</em> (Project Syndicate, 13/04/11):</p>
<p>Los académicos sueñan desde hace mucho tiempo con una biblioteca  universal que contenga todo lo que se haya escrito hasta la fecha.  Luego, en 2004, Google anunció que comenzaría a escanear digitalmente  todos los libros disponibles en cinco importantes bibliotecas de  investigación. De repente, la biblioteca de la utopía parecía al alcance  de la mano.</p>
<p>De hecho, una biblioteca universal digital sería incluso mejor de lo  que podría haber imaginado cualquier pensador antes, porque todos  podrían acceder a todas las obras, en todas partes, en todo momento. Y  la biblioteca podría incluir no sólo libros y artículos, sino también  pinturas, música, películas y toda otra forma de expresión creativa que  se pueda capturar en forma digital.</p>
<p>Pero el plan de Google sufrió un traspié. La mayor parte de las obras  de esas bibliotecas de investigación todavía están protegidas por las  leyes de propiedad intelectual. Google dijo que escanearía el libro  entero, sea cual fuere su condición en cuanto a propiedad intelectual,  pero que los usuarios que buscaran algo en libros protegidos por estas  leyes sólo podrían ver un fragmento. Era, se argumentó en su momento, un  “uso justo” –y por ende permitido bajo las leyes de copyright de la  misma manera que uno puede citar una frase o dos de un libro para una  crítica o una discusión</p>
<p>Los editores y autores se mostraron en desacuerdo y algunos  demandaron a Google por violar las leyes de propiedad intelectual, pero  finalmente llegaron a un acuerdo a cambio de una participación en las  ganancias de Google. El mes pasado, en un tribunal de Manhattan, el juez  Denny Chin rechazó ese acuerdo propuesto, en parte porque le daría a  Google un monopolio <em>de facto</em> sobre las versiones digitales de los  llamados libros “huérfanos” –es decir, libros que todavía están  protegidos por las leyes de propiedad intelectual, pero ya no están  impresos y cuya titularidad en materia de copyright es difícil de  determinar.</p>
<p>Chin determinó que el Congreso de Estados Unidos, no un tribunal, era  el organismo adecuado para decidir a quién se le debería confiar la  tutela de los libros huérfanos, y en qué términos. Estaba en lo cierto,  al menos si estamos considerando cuestiones dentro de la jurisdicción  estadounidense. Estas son cuestiones grandes e importantes que afectan  no sólo a autores, editores y a Google, sino a toda aquella persona  interesada en la difusión y disponibilidad del conocimiento y la  cultura. Así, si bien la decisión de Chin es un contratiempo temporario  en el camino hacia una biblioteca universal, ofrece una oportunidad para  reconsiderar cómo se puede materializar mejor el sueño.</p>
<p>La cuestión central es la siguiente: ¿cómo podemos poner a  disponibilidad de todos libros y artículos –no sólo fragmentos, sino  obras enteras-, preservando al mismo tiempo los derechos de los  creadores de las obras? Para responder esta pregunta, por supuesto,  necesitamos decidir cuáles son esos derechos. De la misma manera que a  los inventores se les dan patentes para que puedan obtener réditos de  sus invenciones durante un tiempo limitado, originariamente a los  autores se les otorgaba propiedad intelectual durante un período  relativamente corto –en Estados Unidos, en un principio eran sólo 14  años a partir de la primera publicación de la obra.</p>
<p>Para la mayoría de los autores, eso sería tiempo suficiente para  ganar el grueso del ingreso que alguna vez recibirían por sus textos;  después de eso, las obras serían de dominio público. Pero las  corporaciones generan fortunas en base al copyright, y en repetidas  ocasiones presionaron al Congreso para prolongar ese tiempo, al punto de  que en Estados Unidos hoy se extiende a 70 años después de la muerte  del creador. (La legislación de 1998 responsable de la última extensión  recibió el apodo de “Ley de Protección del Ratón Mickey” porque le  permitía a la Walt Disney Company conservar el copyright de su famoso  personaje de caricatura).</p>
<p>Es porque la propiedad intelectual dura tanto tiempo que por lo menos  las tres cuartas partes de todos los libros de las bibliotecas son  “huérfanos”. Esta vasta colección de conocimiento, cultura y logro  literario es inaccesible para la mayoría de la gente. Digitalizarla la  pondría a disposición de cualquiera con acceso a Internet. Como dijo  Peter Brantley, director de Tecnología de la Biblioteca Digital de  California: “Tenemos un imperativo moral de buscar en los estantes de  nuestras bibliotecas, tomar el material que es huérfano y ponerlo sobre  los escáners”.</p>
<p>Robert Darnton, director de la Biblioteca de la Universidad de  Harvard, propuso una alternativa para los planes de Google: una  biblioteca pública digital, financiada por una coalición de fundaciones  que trabajaran en tándem con una coalición de bibliotecas de  investigación. El plan de Darnton no alcanza la estatura de una  biblioteca universal, porque las obras impresas y protegidas por las  leyes de copyright quedarían excluidas; pero él cree que el Congreso  podría otorgarle a una biblioteca pública no comercial el derecho a  digitalizar los libros huérfanos.</p>
<p>Ése sería un paso enorme en la dirección correcta, pero no deberíamos  abandonar el sueño de una biblioteca pública digital universal. Después  de todo, los libros aún impresos probablemente sean los que contengan  la información más actualizada, y los que la gente más quiere leer.</p>
<p>Muchos países europeos, así como Australia, Canadá, Israel y Nueva  Zelanda, han adoptado legislación que crea un “derecho de préstamo  público” –es decir, el gobierno reconoce que permitirles a cientos de  personas leer una copia única de un libro representa un bien público,  pero que hacerlo probablemente reduzca las ventas del libro-. A la  biblioteca pública universal se le podría permitir digitalizar incluso  obras que están impresas y protegidas por las leyes de propiedad  intelectual, a cambio de pagarles honorarios al editor y autor en base a  la cantidad de veces que se lee la versión digital.</p>
<p>Si podemos poner un hombre en la luna y secuenciar el genoma humano,  deberíamos ser capaces de diseñar algo parecido a una biblioteca pública  digital universal. En ese punto, enfrentaremos otro imperativo moral,  que será incluso más difícil de realizar: expandir el acceso a Internet  más allá de menos del 30% de la población mundial que hoy lo tiene.</p>
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		<title>La biblioteca que escapó del fuego</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Jan 2011 21:20:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong>, escritor (EL PAÍS, 30/01/11):</p>
<p>El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el <em>Hermia</em> y el <em>Jessica,</em> remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el  puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del  Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y  diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se  trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La  realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su  lugar de origen, consumándose, así, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33229/la-biblioteca-que-escapo-del-fuego/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong>, escritor (EL PAÍS, 30/01/11):</p>
<p>El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el <em>Hermia</em> y el <em>Jessica,</em> remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el  puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del  Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y  diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se  trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La  realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su  lugar de origen, consumándose, así, el traslado definitivo, desde  Alemania a Inglaterra, de la Biblioteca Warburg, una de las empresas  culturales más fascinantes del siglo pasado y quizá la que resulta más  enigmática desde un punto de vista bibliófilo.</p>
<p>Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las  hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación  de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue  incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de  libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más  reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca  Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones  secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de  salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de  1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los  volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro  décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los  acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de  un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los  continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un  lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor  bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos  destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden,  en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro  mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con  el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo  Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric  M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las  negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado  texto de Salvatore Settis <em>Warburg Continuatus. Descripción de una biblioteca</em> (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.</p>
<p>¿Por  qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una  respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como  de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars <em>Imágenes cifradas</em> (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos  según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la  estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la  telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio  insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst  Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo  apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el <em>caso Warburg</em> se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una  biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un  edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que  debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que  atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de  acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no  enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se  acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente  respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición  contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.</p>
<p>En el  centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un  misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que  últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial <em>Atlas Mnemosyne</em> (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el <em>Libro de los pasajes</em> de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos  circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se  saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un  sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al  adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el  seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que,  en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir  cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa  renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras:  coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El  resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que  obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente  distinta a las demás.</p>
<p>Las estanterías de la Biblioteca Warburg  reunían volúmenes que guardaban entre sí &#8220;afinidades electivas&#8221;, lo cual  suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología  o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que,  aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por  ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles  del <em>Atlas Mnemosyne</em> Warburg juntaba motivos alegóricos,  fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o  grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples  relaciones. Gracias a esas &#8220;afinidades electivas&#8221;, el historiador podía  excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban  entrecruzando en el subsuelo de la memoria <em>(Mnemosyne</em> era el  frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible  de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente  importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte  renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias  radiografías de <em>El nacimiento de Venus</em> y <em>La Primavera</em> de  Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca,  lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a  la imaginación por las diversas islas del conocimiento.</p>
<p>Lo que los  dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de  1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo  de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos  magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar  por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería  del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde  luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000  posibles víctimas.</p>
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		<title>Ética, estética y cosmética</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 12:38:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Milagros del Corral</strong>, ex directora general de la Biblioteca Nacional (ABC, 15/06/10):</p>
<p>Se dice que la crisis económica es también una crisis de valores éticos. Quizás no sea inútil recordar que Ética (del griego ethos = carácter) era la «fuente» de la vida humana para Aristóteles y el «lugar interior» del hombre ante sí mismo y ante el mundo, según Heidegger. O sea, lo que Kant llamara «la moral del deber». Como ahora la moral no está de moda, la ética se ha convertido en un lugar común y hasta en un trasnochado freno de la libertad. Cosa &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30344/etica-estetica-y-cosmetica/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Milagros del Corral</strong>, ex directora general de la Biblioteca Nacional (ABC, 15/06/10):</p>
<p>Se dice que la crisis económica es también una crisis de valores éticos. Quizás no sea inútil recordar que Ética (del griego ethos = carácter) era la «fuente» de la vida humana para Aristóteles y el «lugar interior» del hombre ante sí mismo y ante el mundo, según Heidegger. O sea, lo que Kant llamara «la moral del deber». Como ahora la moral no está de moda, la ética se ha convertido en un lugar común y hasta en un trasnochado freno de la libertad. Cosa distinta es la Estética (del griego aesthesis= sensación), dedicada al estudio de la belleza como emoción que sacude el alma humana. Desde el Renacimiento, la estética fue una constante búsqueda de la armonía como regla fundamental para creadores y artistas. Sería Hegel quien sustituyera la armonía por el despliegue histórico de la realidad de cada momento. En las artes, nada impide ya la consagración de la estética del feísmo como propia de nuestra época. La estética como armonía es ya solo un adjetivo ligado a esa especialidad de la cirugía que hace furor permitiendo que podamos parecernos a nuestros ídolos favoritos del cine, la televisión y las pasarelas.</p>
<p>Por fin, la Cosmética (del griego kosmetikòs= cuidados de la persona ) se refirió siempre a maquillajes, perfumes, afeites y bálsamos utilizados por la aristocracia, democratizados tras la I Guerra Mundial y hoy al alcance de todos.Traigo a cuento estas disquisiciones filológico-semánticas porque me parece interesante analizar la evolución de estos conceptos: de la «fuente» o «lugar interior» donde habitan los valores humanos fundamentales, se ha producido un deslizamiento hacia la emoción, hacia la «imagen», eso sí, convenientemente embellecida a base de tratamientos cosméticos, sucedáneos que todo lo enmascaran para camuflar nuestras imperfecciones. Nada de ética, poco de estética y gran triunfo de la cosmética, ahora también descaradamente aplicada a maquillar los comportamientos públicos. La cuestión no es «ser» sino «parecer» y, sobre todo, «parecer que se es y se hace». En esa constante búsqueda de la evasión de nosotros mismos, en esa constante huida hacia ninguna parte, me temo que se nos está olvidando pensar. Lo importante ahora es tener buena imagen individual y colectiva, aunque sea a costa de grandes dosis de maquillaje. Y no es que ética, estética y cosmética sean incompatibles, no; pero, desde luego, no son sinónimos.</p>
<p>El reciente «caso» de la Biblioteca Nacional de España es paradigmático. En tiempos de bonanza, parece natural que se conserve el pensamiento, el conocimiento acumulado por la Humanidad a lo largo de su historia. Al fin y al cabo, es una curiosidad. Pero ¿para qué nos vale hoy? Y sobre todo, ¿cuánto vale? Y ¿cuánto cuesta? Además, leer tampoco está de moda, es cosa de freakies, una minoría de gente rara. El libro ya pasó —dicen— al desván de la historia, y más que ninguno, el libro de pensamiento, la filosofía, el ensayo. El canon de la moda se sitúa en la imagen, en la pantalla. ¿Para qué seguir invirtiendo en eso de la Biblioteca con los malos tiempos que corren? En política no se trata de saber ni de actuar desde el rigor intelectual y los principios éticos; de lo que se trata es, lisa y llanamente, de aparentar en los medios y mejor aún en el telediario. Eso es lo que influye en la opinión pública. Eso es, pues, lo democrático. En esta tóxica perversión de conceptos, poco importan las minorías, y menos las minorías ilustradas. Acabemos con el pluralismo mientras nos llenamos la boca de cantos a la diversidad cultural. Y, por supuesto, maquillemos nuestras decisiones por si acaso. Repitiendo mantras, se crea una nueva estética acorde a los tiempos que, con un poco de suerte, alcanzará la consideración de ética social.</p>
<p>Pues bien, no es así. El letargo social inducido por la bonanza no ha bastado para cegar la «fuente» aristotélica, ni siquiera entre los más jóvenes que creíamos refractarios a cualquier valor que no fuera la búsqueda del placer fácil e inmediato. Una decisión gubernamental típicamente cosmética como la devaluación de la BNE ha despertado el «lugar interior» de mucha gente de forma inesperada. Han sido sobre todo los jóvenes quienes se han movilizado más ruidosamente a través de las redes sociales. Jóvenes que quizás nunca han puesto el pie en la Biblioteca Nacional ni tienen demasiado interés por la lectura, pero&#8230; Algo raro pasó que conmovió su fuero interno, que hizo que se sintieran repentinamente concernidos, que les motivó a tomar acción.</p>
<p>¿Por qué? Quienes no lo comprendan han olvidado que algún día fueron jóvenes, tuvieron ideales, buscaron «causas» que defender, se emborracharon de utopías, se pusieron con armas y bagajes al lado del más débil y contra el poder establecido. Yo les invitaría a estudiar esta reacción unánime de estupor e indignación. Una simple y aparentemente inocua decisión administrativa perpetrada contra la cuarta Biblioteca Nacional más importante del mundo fue percibida como un agravio personal decididamente injusto. Les invitaría también a transitar por las redes sociales, tantas veces denostadas como focos de peligro en las que los jóvenes pierden el tiempo en conversaciones inanes. Si lo hicieran, constatarían que este fenómeno reciente se está convirtiendo, a su manera, en un foro educativo.</p>
<p>A muchos de sus jóvenes usuarios quizás les falten referentes. Pero, cuando por alguna razón 50.000 jóvenes internautas («fans») de todo el mundo establecieron contacto asiduo con una institución como la Biblioteca Nacional, que va a cumplir 300 años pero no les sermonea sino que, amistosamente, va poniendo a su alcance el maravilloso mundo de lo impreso, eso sí, en formato digital; que responde a sus curiosidades y comparte con ellos la búsqueda diaria de la excelencia, junto con preocupaciones y realizaciones, ellos descubren en sí mismos una sensibilidad desconocida: opinan, preguntan, discuten, cuestionan, piden más, y cuando el referente BNE es atacado gratuitamente en una operación cosmética, saltan indignados porque la decisión les resulta antiestética y, sobre todo, antiética. Y lejos de mirar para otro lado, idean «KDDs» y hablan de llenar de lazos negros las verjas de la Institución.<br />
Si además un cargo público dimite en oposición a un atropello que no supone ahorro alguno, descubren que el mundo que van a heredar —pobre mundo— puede ser mejor a base de gestos sencillos y tan profundamente democráticos como evitar ser cómplices de situaciones injustas. Sí, los jóvenes tienen valores, aunque quizás no lo sepan. Esos valores son la libertad, la justicia, la dignidad, la confianza, la solidaridad, la amistad. Con la BNE han aprendido a valorar el saber y la transmisión del conocimiento, a respetar el patrimonio y los símbolos culturales, a defender la cultura, a apreciar el esfuerzo por el trabajo bien hecho&#8230; o sea, los valores éticos de siempre, desde Platón y Aristóteles.</p>
<p>No sé si, cuando Mark Zuckerberg ideó Facebook, era consciente de lo que estaba haciendo. Ciertamente, las redes sociales se están convirtiendo en un «peligro público» para cualquier gobierno que arrumbe la ética, desnaturalice la estética y pretenda sobrevivir a punta de cosmética. Toda una lección en tiempos de crisis.</p>
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		<title>Libros, internet y buscadores</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Sep 2009 19:51:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ramón Folch</strong>, socioecólogo y director general de ERF (EL PERIÓDICO, 24/09/09):</p>
<p>Alguien a quien mandé una cierta información me dice, bromeando: «¡Eres mejor que el Google, es un halago del siglo XXI!». Lleva razón. No en que yo sea mejor que el Google, sino en que verse con él favorablemente comparado es un halago. La rapidez con que ese buscador halla miles de documentos sobre cualquier cosa es pasmosa. Su derivada Google Earth logra lo propio con las fotos aéreas de la Tierra. Aquellas ortofotos que tanto costaba obtener hace 10 años están ahora al alcance de cualquiera, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/27021/libros-internet-y-buscadores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ramón Folch</strong>, socioecólogo y director general de ERF (EL PERIÓDICO, 24/09/09):</p>
<p>Alguien a quien mandé una cierta información me dice, bromeando: «¡Eres mejor que el Google, es un halago del siglo XXI!». Lleva razón. No en que yo sea mejor que el Google, sino en que verse con él favorablemente comparado es un halago. La rapidez con que ese buscador halla miles de documentos sobre cualquier cosa es pasmosa. Su derivada Google Earth logra lo propio con las fotos aéreas de la Tierra. Aquellas ortofotos que tanto costaba obtener hace 10 años están ahora al alcance de cualquiera, incluso si corresponden al más remoto de los rincones planetarios. Fantástico.<br />
Dos estudiantes de la Universidad de Stanford, Larry Page y Sergey Brin, fundaron Google en 1998. Al año ya disponían de financiación por valor de 25 millones de dólares. Era una idea prometedora que merecía ser apoyada. El atrevimiento vende en Estados Unidos. Aquí despierta recelo. La imaginación está mal vista entre nosotros porque se confunde con la fantasía. Luego admiramos los logros norteamericanos o los denigramos envidiosamente, pero no modificamos nuestras pautas. Aquí, los bancos prestan dinero a quien ya tiene. Una pena.</p>
<p>Google es una alteración deliberada de la palabra <em>googol</em>, término que en 1938 inventó Milton Sirotta, un niño de 9 años sobrino del matemático neoyorquino Edward Kasner, para designar el número inconmensurable 10100 (un 1 seguido de 100 ceros) que acababa de ingeniarse su tío. Es un nombre adecuado para ese buscador que recibe más de 100 millones de consultas diarias, las cuales satisface de inmediato revolviendo en centésimas de segundo, gracias a su poderoso motor de búsqueda, más de 1.300 millones de bases de datos extraídas de webs del planeta entero.<br />
Marea pensarlo. Da la dimensión de la revolución silenciosa que nos han traído la informática e internet. Una revolución ampliamente socializada, porque sería imposible sin muchas complicidades. Por potente que sea, el motor de búsqueda de Google no encontraría nada si no hubiera nada que encontrar en la red. O sea, si millones de usuarios no hubiesen puesto en ella la información que rastrean los buscadores. La mayor parte proviene de libros y documentos editados previamente.<br />
En la Galleria degli Uffizi hay un cuadro de Bartolomeo Schedoni –seleccionado, por cierto, para la exposición <em>El pa dels àngels</em>, lograda muestra de pintura religiosa barroca italiana exhibida en CaixaForum a finales del 2008– en el que, bajo la desconcertada mirada de la Virgen y san José, el Niño Jesús y san Juan Bautista consultan diestramente un librito. Es una idealización, claro. Pero suena a metáfora: las nuevas generaciones dominan técnicas de comunicación que desbordan a las generaciones anteriores.</p>
<p>Hoy, internet es la biblioteca de los jóvenes, que desertan del papel impreso de sus padres y por ello cada día se venden menos libros. Me corre tinta por las venas y participo emocionalmente de la angustia de los libreros, pero hay que admitir que no es un drama cultural que la creatividad se exprese por otras vías. El problema es que lo hace en exceso y sin criterio. La editorial electrónica Bubok ha publicado en dos años 11.000 títulos, pero solo ha vendido 50.000 ejemplares, o sea, menos de cinco ejemplares de cada título. A la par, muchas obras básicas no están en internet y, por tanto, Google no las encuentra. ¿Qué se saca topando con los 11.000 títulos de Bubok si no se da con los de la Bernat Metge? Algunas grandes bibliotecas están digitalizando sus fondos para colgarlos en la red. Eso sí que cambia las cosas. Los buscadores, entonces, pueden encontrar grano entre tantísima paja.<br />
Google es el nuevo bibliotecario de la humanidad. Un bibliotecario rapidísimo y objetivo, pero aún muy inmaduro en lo tocante a criterio. Ese es el problema: al ofrecer tanto, parece que lo sepa todo. De hecho, solo lo encuentra; lo sirve enseguida, pero no criba lo que ofrece. Entrega la información, sea cultura, datos o sandeces, jerarquizada con arreglo al interés despertado en consultas anteriores, de manera que es hoy más elaborado y fiable que ayer y algo menos que mañana, pero solo en términos de mercado. El rigor y la calidad no dependen del volumen de la demanda. A menudo es lo contrario.</p>
<p>En todo caso, me llama la atención la indiferencia con que las nuevas generaciones contemplan tan extraordinarias cosas. Han nacido en pleno terremoto y ni siquiera parpadean viendo las montañas moverse. Les parece natural que tras una pantalla y cuatro teclas resida toda la información cotidiana y el saber universal. El siguiente paso podría ser considerar banal el saber en sí. Podría ocurrir que milenios de esfuerzo y creatividad fuesen considerados algo trivial. Eso sí que acabaría siendo un serio problema, porque la cultura se convertiría en una <em>commodity</em>, una prestación ajena a la actividad intelectual de cada quien. Lo tendríamos todo, no sabríamos nada. Un mal día, entonces, puede que nadie se molestara en preguntarle nada sobre conocimiento a Google: total, ¿para qué? Corremos el riesgo de que la red devenga una inmensa biblioteca virtual con muchos consumidores displicentes y sin lector emocionado alguno. O tal vez no. Tal vez tengamos una feliz nueva alternativa: pocos libros y buenos, como antes, y escritos de quien quiera que sea, más información no cultural diversa, poblando la red. Ojalá.</p>
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		<title>Google, la bibliothèque nationale et le syndrome du moine copiste</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Sep 2009 21:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Europa]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Francia]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Par <strong>Camille Pascal</strong>, secrétaire général de France Télévisions (LIBERATION, 07/09/09):</p>
<p>Le léviathan nouveau est arrivé ! Il a quelques semaines d’avance sur le beaujolais et porte un nom rigolo, mais il ne faut pas s’y fier, il est redoutable. Les gardiens du temple sont formels ; Google menace les siècles d’intelligence conservés à la Bibliothèque nationale de France où l’hydre moderne bénéficierait même de complicités internes. Sommé de s’expliquer, le président de la BNF confesse avoir repris des négociations avec les équipes de Google. Il n’est pas encore accusé d’apostasie mais cela ne saurait tarder et un bûcher se &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/26722/google-la-bibliotheque-nationale-et-le-syndrome-du-moine-copiste/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Par <strong>Camille Pascal</strong>, secrétaire général de France Télévisions (LIBERATION, 07/09/09):</p>
<p>Le léviathan nouveau est arrivé ! Il a quelques semaines d’avance sur le beaujolais et porte un nom rigolo, mais il ne faut pas s’y fier, il est redoutable. Les gardiens du temple sont formels ; Google menace les siècles d’intelligence conservés à la Bibliothèque nationale de France où l’hydre moderne bénéficierait même de complicités internes. Sommé de s’expliquer, le président de la BNF confesse avoir repris des négociations avec les équipes de Google. Il n’est pas encore accusé d’apostasie mais cela ne saurait tarder et un bûcher se dresse certainement déjà quelque part. Si la civilisation française vit ses dernières heures, la gravité de l’instant mérite peut-être que l’on sorte de l’anathème pour essayer de raisonner un peu.</p>
<p>En 2004, les représentants de Google proposèrent au président de la BNF de prendre en charge la numérisation des millions d’ouvrages conservés dans ses collections et qui n’étaient, alors consultables qu’en salle de lecture. Ce dernier, non content de décliner la proposition, décida de lancer une croisade contre le moteur de recherche américain. Las, le mur de l’Atlantique qui devait être construit à coup de fonds publics pour protéger notre patrimoine imprimé s’est vite révélé aussi efficace qu’un barrage contre le Pacifique. Sur les millions de livres conservés dans les réserves de la BNF, seuls 300 000 sont aujourd’hui numérisés et accessibles en mode texte. A ce rythme, il faudra des siècles pour que les internautes accèdent directement à la totalité de ce patrimoine.</p>
<p>Le site Gallica, qui a certainement mobilisé des trésors d’intelligence, a été pensé pour tout sauf pour être consulté ! Quant à Européana, la bibliothèque numérique qui devait relever le défi lancé par Google à l’Europe, elle restera une offre «fermée», exclue de l’immense réseau Google, même si elle parvient à surmonter ses difficultés techniques et financières. Enfin l’union sacrée des premiers temps se fissure, de grandes bibliothèques européennes pactisent déjà avec le géant américain. Le Vatican lui-même a signé, à la fin de l’an dernier, un brillant accord avec Google pour rendre accessible l’ensemble de ses archives audiovisuelles. Il est à craindre que les choix politiques de 2004, loin de défendre la culture française, n’accélèrent sa marginalisation à l’échelle d’un monde numérisé. Cet isolationnisme culturel est dévastateur. On n’enferme pas les Lumières dans un camp retranché &#8211; fut-il européen &#8211; sans les condamner à s’étioler puis à s’éteindre. C’est donc bien la capacité de la culture française à rester universelle qui est aujourd’hui en jeu. Grâce à Google, l’étudiante afghane peut dépasser les frontières culturelles qui lui sont imposées : il serait fou qu’elle ne puisse pas y trouver en accès direct le texte original du Dictionnaire philosophique de Voltaire.</p>
<p>Alors, pourquoi tant de suspicions ? Le crime de Google se résume en deux mots : c’est une entreprise américaine. L’anticapitalisme et l’antiaméricanisme &#8211; qui souvent ne font qu’un &#8211; des élites intellectuelles françaises sont si profonds qu’ils suffisent à boucler le procès de la start-up californienne devenue multinationale. La réussite Google tient à l’algorithme qui lui permet de classer toutes les références présentes sur le Net en fonction des recherches de chaque internaute. Par nature, une formule mathématique n’a pas de nationalité. Le classement des pages sur Google ne relève pas de l’idéologie mais de la technologie.</p>
<p>Certes, cette technologie est aux mains d’une entreprise privée et celle-ci cherche à faire des profits. Cependant, avant de tirer des bénéfices de sa bibliothèque numérique mondiale, Google va devoir investir des sommes colossales. Pour les seuls fonds français datant de la IIIe République, le chantier est évalué à 80 millions d’euros. Qu’une entreprise assume ce risque financier &#8211; dans une économie numérique toujours fluctuante, rien ne garantit les profits &#8211; ne me choque pas : ne perdons pas de vue que des pans entiers de notre patrimoine, du château de Versailles à la cathédrale de Strasbourg, ne seront jamais numérisés. En outre, il ne faut pas craindre de traiter Google comme une entreprise privée, de poser des conditions strictes ou encore de faire jouer la concurrence. Il va de soit, au pays de Beaumarchais, que les droits des ouvrages qui ne sont pas tombés dans le domaine public doivent être protégés.</p>
<p>Il se trouve qu’en 2006, j’ai négocié un accord entre France Télévisions et Google Vidéo. Il s’agissait d’ouvrir, pendant la période de la campagne présidentielle, un site de partage de vidéos entre les internautes et la rédaction de France 2. Les termes de l’accord ont été scrupuleusement respectés par Google. Le service public français est toujours resté maître de ses images et de ses marques. Cette première expérience a ensuite servi de modèle à un accord entre Google et CNN pour couvrir la présidentielle aux Etats-Unis. Avec une élégance qui les honore, les responsables de Google ont toujours précisé que ce concept de «vidéocratie» &#8211; c’est leur propre terme &#8211; était né en France sur la télévision publique.</p>
<p>Dans les années 1450, Gutenberg mettait au point, à Mayence, un procédé qui devait permettre aux livres, jusque-là cadenassés dans les grands monastères européens, de se démultiplier à l’infini et de parcourir le vaste monde sur le dos de simples colporteurs. L’imprimerie était née. En 1469, Guillaume Fichet, grand humaniste et bibliothécaire de la Sorbonne, parvint à convaincre le roi Louis XI d’en autoriser l’utilisation dans le royaume. Trois imprimeurs allemands vinrent pratiquer leur métier en France. La réaction des corporations de copistes et d’enlumineurs fut immédiate : il ne fallait pas laisser cette invention du diable venue de l’étranger souiller les caves de la Sorbonne et permettre que les livres sacrés tombent entre toutes les mains. Le roi n’hésita pas à renvoyer les gardiens du temple à leur scriptorium et accepta la dédicace des premiers livres imprimés à Paris. Notre pays entrait dans la Renaissance. Quelle serait aujourd’hui l’identité de la France si les gardiens du temple avaient été entendus ?</p>
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		<title>La biblioteca del demonio</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jul 2009 21:44:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Nazismo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong>, escritor (EL PAÍS, 03/07/09):</p>
<p>Hace años me quedé sorprendido cuando me informaron de que el trazado de las autopistas construidas en Alemania en la época de Hitler, las primeras de Europa, no respondía tanto a criterios económicos cuanto estéticos. Se buscaba, al parecer, que quien viajara por ellas quedara impresionado por la belleza de los paisajes contemplados y, a este respecto, en ocasiones se había sacrificado la funcionalidad del trayecto con tal de conseguir la conmoción visual del transeúnte. Nunca he llegado a saber con certeza si esas informaciones se ajustaban a la realidad, aunque no &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/25679/la-biblioteca-del-demonio/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong>, escritor (EL PAÍS, 03/07/09):</p>
<p>Hace años me quedé sorprendido cuando me informaron de que el trazado de las autopistas construidas en Alemania en la época de Hitler, las primeras de Europa, no respondía tanto a criterios económicos cuanto estéticos. Se buscaba, al parecer, que quien viajara por ellas quedara impresionado por la belleza de los paisajes contemplados y, a este respecto, en ocasiones se había sacrificado la funcionalidad del trayecto con tal de conseguir la conmoción visual del transeúnte. Nunca he llegado a saber con certeza si esas informaciones se ajustaban a la realidad, aunque no me extrañaría a juzgar por ciertos discursos &#8220;artísticos&#8221; de Hitler en los que se exaltaba la necesidad de alcanzar un efecto sublime y se abogaba, muy kantianamente, por el poder desinteresado del arte.</p>
<p>En 1987, con ocasión de la Muestra del Arte Degenerado -conmemorativa de la celebrada 50 años atrás-, asistí en Múnich a una exposición paralela dedicada a aquel arte &#8220;sano&#8221; y &#8220;nacional&#8221; que los jóvenes nazis defendían como alternativa a Picasso, Braque, Cézanne, Kandinsky y demás artistas tenidos por degenerados. Las obras de la exposición paralela eran, como es de imaginar, grandilocuentes y de escaso valor. Con todo, los organizadores tuvieron el acierto de ilustrarlas con las teorías estéticas de Hitler, o al menos firmadas por éste. Junto al desvarío racista aparecían aquí y allá opiniones que encajaban con la leyenda de las primeras autopistas alemanas, y así el conjunto aparecía a los ojos del visitante como un caótico revoltijo de ideas procedentes de la tradición intelectual romántica y de opiniones de una zafiedad sonrojante. Aun dando por sentado que Hitler, en la mayoría de los casos, únicamente firmó los textos que sus asesores redactaron, me quedó la curiosidad de saber cuáles eran realmente los libros leídos por un tipo como Hitler, capaz de alcanzar los extremos que conocemos. Algo ganaríamos, me dije entonces, si alguien hubiera descrito la biblioteca del dictador, quien se ufanaba de ser un lector apasionado desde su época de estudiante medio bohemio en Austria. Sin embargo, por lo que yo creía, la biblioteca de Hitler, formada en efecto por varios miles de volúmenes, a la fuerza debía de haber desaparecido, en gran parte al menos, con la destrucción de la cancillería de Berlín y, sobre todo, del Berghof, su amado refugio alpino cercano a Berchtesgaden. No había sido exactamente así. Recientemente, J. Timothy W. Ryback ha publicado un libro, <em>Hitler&#8217;s Private Library,</em> en el que se reconstruyen las vicisitudes que marcaron la dispersión de la biblioteca de Hitler. Los libros de Berlín, en efecto, han desaparecido. Requisados por las autoridades soviéticas tras la caída de la capital, fueron trasladados a Rusia y no hay noticia alguna sobre ellos. No obstante, una pequeñaparte de la colección del Berghof, pasando de manos de soldados americanos a las de coleccionistas privados, acabó en la Biblioteca del Congreso de Washington. Unos mil títulos entre los que destacan una guía arquitectónica de Berlín que, según Ryback, alimentó los sueños imperiales del dictador en relación con la futura capital alemana, una edición de <em>Tempestades de acero</em> dedicada por su autor, Ernst Jünger, y las obras completas de Fichte -el único filósofo ilustre en la colección- lujosamente encuadernadas en piel, un regalo de la cineasta Leni Riefenstahl.</p>
<p>La pequeña muestra que analiza Ryback se completa con la reedición en el anexo de su libro de una auténtica joya bibliográfica: <em>This is the Enemy,</em> una suculenta descripción de la biblioteca de Hitler realizada en 1942, antes de su dispersión, por tanto, por el periodista americano Frederick Oechsner, corresponsal de la United Press en Berlín. Oechsner da detalles sobre los criterios de Hitler como bibliotecario y sobre la parafernalia que adornaba las estanterías: decenas de fotos dedicadas con los actores y cantantes favoritos, y &#8220;200 fotografías de constelaciones estelares en días importantes de su vida&#8221;. No en vano Hitler era un asiduo consultor de las profecías de Nostradamus.</p>
<p>La clasificación de los libros no es irrelevante. Junto a la abundante presencia de títulos sobre asuntos militares y la curiosa insistencia en temas peculiares, como la cría de caballos, algunas secciones son particularmente elocuentes. Oechsner cita 400 libros dedicados a la Iglesia católica, textos que el bibliotecario Hitler ha entremezclado con obras pornográficas, profusamente anotadas con comentarios groseros. No deja de ser interesante esta asociación entre pornografía y catolicismo en alguien que acarició la idea de fundar una nueva religión. Como interesantes son los casi mil volúmenes de &#8220;literatura popular y sencilla&#8221;, en palabras de Oechsner, conservadas por el fundador de un imperio destinado a durar un milenio. En este grupo destacan las &#8220;novelas del Oeste&#8221; de Karl May y los relatos detectivescos del británico Edgar Wallace, dos autores con gran éxito en aquellos años, sin olvidar el nutrido apartado de novelitas sentimentales, en especial de Hedwig Courts-Mahler, una suerte de Corín Tellado alemana de la época, por lo que cuenta Oechsner.</p>
<p>Ninguna palabra, en cambio, sobre autores literarios de más envergadura. Por lo que deducen el historiador Ryback en su reciente <em>Hitler&#8217;s Private Library</em> y el periodista Oeschsner en 1942, el Führer nunca estuvo demasiado atento a lecturas de fuste, si bien tenía mucho interés en mostrarse ante sus allegados como un hombre forjado culturalmente a sí mismo, autodidacta, que nunca necesitó de los circuitos académicos, en los cuales, como es sabido, había sido rechazado durante sus años vieneses. No podemos saber si Hitler se sumergió en las obras completas de Fichte que le regaló Leni Riefenstahl -ni siquiera si las hojeó en alguna hora perdida entre mitin y mitin-, pero llama la atención que no aparezcan por ningún lado los muy manipulados Nietzsche y Schopenhauer, supuestos filósofos de cabecera. En cuanto a poetas y novelistas, el único de relieve es Jünger, en cuyo libro <em>Tempestades de acero,</em> Hitler ve un modelo para sus propias memorias de la Primera Guerra Mundial, obra que nunca llegó a escribir.</p>
<p>No hay que descartar que el Führer leyera a otros autores de importancia, pero parece claro que en la balanza de sus lecturas el platillo de las obras cultas pesa mucho menos que el de la &#8220;literatura popular y sencilla&#8221;. Queriendo emular en muchos aspectos a Napoleón, no es probable que Hitler hubiera pensado en un Goethe de su tiempo al que informar que había leído devotamente como aquél hizo con el autor de <em>Werther</em>.</p>
<p>Si los informes sobre su biblioteca son representativos de su sensibilidad literaria, no hay duda de que los gustos de Hitler eran más bien toscos y apenas guardan relación con la retórica culta incluida en sus discursos oficiales sobre el arte. Naturalmente que el dictador posee en sus estanterías los clásicos del racismo, desde los textos de Chamberlain hasta el panfleto de Henry Ford, el empresario norteamericano, sobre la conspiración judía internacional. Pero fuera de los capítulos del racismo y de la historia militar, la biblioteca hitleriana nos muestra a un lector, o a un coleccionista de libros, más atento a los subproductos intelectuales que a la tradición cultural europea, incluida aquella susceptible de ser tergiversada ideológicamente por el nazismo.</p>
<p>Así, fantasmagóricamente, la imagen de la biblioteca de Hitler se nos aparece entre dos fuegos: por un lado, la hoguera de un mundo incendiado por la guerra, y, por otro, la hoguera de los miles de libros quemados por sus secuaces, correspondientes a autores que obviamente no se vislumbraban en las estanterías del dictador. Y entre ambas hogueras podemos imaginarnos al lector Hitler descansando por unos minutos de sus planes grandiosos mientras se dirige a esta parte de la biblioteca donde las obras pornográficas coexisten con las católicas o a aquella otra en la que releerá, una vez más, una de esas historietas de amor de Hedwig Courts-Mahler que a punto están de hacerle llorar.</p>
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		<title>Google&#8217;s New Monopoly?</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Nov 2008 15:05:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[Propiedad Intelectual]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>James Gibson</strong>, an associate professor and director of the Intellectual Property Institute at the University of Richmond School of Law (THE WASHINGTON POST, 03/11/08):</p>
<p>Last week, <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Google+Inc.?tid=informline">Google</a> settled a controversial copyright case by agreeing to pay tens of millions in licensing fees to authors and publishers, with more to come. At first glance, it looks like this great champion of the free flow of information has caved to copyright interests. But in fact, Google may be better off with a settlement than an outright win. Before the court approves this agreement, then, it must consider the deal&#8217;s anti-competitive &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/22720/googles-new-monopoly/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>James Gibson</strong>, an associate professor and director of the Intellectual Property Institute at the University of Richmond School of Law (THE WASHINGTON POST, 03/11/08):</p>
<p>Last week, <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Google+Inc.?tid=informline">Google</a> settled a controversial copyright case by agreeing to pay tens of millions in licensing fees to authors and publishers, with more to come. At first glance, it looks like this great champion of the free flow of information has caved to copyright interests. But in fact, Google may be better off with a settlement than an outright win. Before the court approves this agreement, then, it must consider the deal&#8217;s anti-competitive effects.</p>
<p>A little history: In 2002, Google launched a project called Book Search. Its ambitious goal was to make every book in the English language text-searchable, just like Google aims to do &#8212; and largely does &#8212; with Web pages. The project held great promise; anyone with an Internet connection could be transformed into an armchair researcher, with the world&#8217;s library at his or her fingertips.</p>
<p>But to realize this goal, Google had to machine-scan the texts of every book it would include. And because scanning is a kind of copying, a question arose: Did Google need a license &#8212; or, rather, millions of licenses &#8212; from those who own the copyrights to the books?</p>
<p>Google originally maintained that no licenses were needed.</p>
<p>Its argument was based on copyright&#8217;s fair use doctrine. In essence, Google said: Yes, there&#8217;s some copying going on &#8212; but our Book Search is a socially valuable service, and finding and paying all those copyright owners would be too burdensome. We&#8217;ll have to give up the project if we&#8217;re forced to get permission.</p>
<p>Claims of fair use are common in the Internet age, when unauthorized copying of copyrighted materials happens all the time. Not so common are actual court rulings on such claims. Damages in copyright cases can be frighteningly high, and questions of fair use can be terribly indeterminate. This means that few defendants have the guts to see their fair use claims all the way through; once they get a little skin in the game, they frequently adopt an attitude of &#8220;license, don&#8217;t litigate.&#8221;</p>
<p>But Google seemed like a copyright owner&#8217;s worst nightmare: a risk-taking iconoclast with deep pockets, unafraid to litigate licensing issues all the way to the Supreme Court. So the copyright industry held its breath as the controversy played out, wondering if it had met its match.</p>
<p>Viewed in this light, the settlement looks like a setback for Google. In the game of brinksmanship, Google blinked &#8212; losing its nerve like so many copyright defendants do. In reality, however, settling probably puts Google in a better position than it would have been if it had won its case in court.</p>
<p>Here&#8217;s why: Google&#8217;s concession has made it more difficult for <em>anyone</em> to invoke fair use for book searches. The settlement itself is proof that a company can pay licensing fees and still turn a profit. So now no one can convincingly argue that scanning a book requires no license. If <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Microsoft+Corporation?tid=informline">Microsoft</a> starts its own book search service and claims fair use, the courts will say, &#8220;Hey, Google manages to pay for this sort of thing. What makes you so special?&#8221;</p>
<p>By settling the case, Google has made it much more difficult for others to compete with its Book Search service. Of course, Google was already in a dominant position because few companies have the resources to scan all those millions of books. But even fewer have the additional funds needed to pay fees to all those copyright owners. The licenses are essentially a barrier to entry, and it&#8217;s possible that only Google will be able to surmount that barrier.</p>
<p>Sure, Google now has to share its profits with publishers. But when a company has no competitors, there are plenty of profits to share.</p>
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		<title>The biggest library ever built</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Nov 2007 09:01:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Ben Macintyre</strong> (THE TIMES, 16/11/07):</p>
<p>King Charles I once asked the chief librarian of the Bodleian Library in Oxford if he could borrow a book. He was told, politely, to get lost. A few years later, as the wheel of history turned, Oliver Cromwell also wondered if he might take a book away from the great collection, to read it at his leisure. He received exactly the same answer.</p>
<p>Roundhead or cavalier, king or commoner, no one could take a book out of the library. Its books were not for lending, but for consulting. The library was a temple &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/17612/the-biggest-library-ever-built/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Ben Macintyre</strong> (THE TIMES, 16/11/07):</p>
<p>King Charles I once asked the chief librarian of the Bodleian Library in Oxford if he could borrow a book. He was told, politely, to get lost. A few years later, as the wheel of history turned, Oliver Cromwell also wondered if he might take a book away from the great collection, to read it at his leisure. He received exactly the same answer.</p>
<p>Roundhead or cavalier, king or commoner, no one could take a book out of the library. Its books were not for lending, but for consulting. The library was a temple of learning, where scholars might come to read and learn. The books stayed put.</p>
<p>But no longer. Today I can select any one of hundreds of thousands of digitised books from the Bodleian, including some of its rarest treasures, and read them on a computer screen. I can do this when the library is closed. I can do it without authorisation. I can do it from Antarctica, so long as I have an internet link.</p>
<p>Over the past four years, in partnership with Google, the Bodleian and a number of other great libraries have gradually been transferring their holdings into digital, searchable form. By next year, the Bodleian will have put half a million books online. According to one estimate, Google is digitising books at the rate of ten million a year, and it is not alone. Microsoft, Yahoo! and Amazon are all taking part in what amounts to a digital-literary goldrush.</p>
<p>This digitising of human knowledge is the most profound cultural event since the invention of the printing press itself. In the third century BC the librarians of Alexandria sought to collect “books of all the peoples of the world”, and amassed perhaps half a million scrolls. But even the library at Alexandria was thought to contain perhaps as little as a third of all the books then written.</p>
<p>The great Internet Library is more ambitious: it may one day contain the entire written culture, not just all the books, but countless millions of articles, half a million films, and billions of web pages. Kevin Kelly, “senior maverick” of Wired magazine, recently predicted in The New York Times that the online library would eventually contain “the entire works of humankind, from the beginning of recorded history, in all languages, available to all people, all the time”. Technology has made achievable what the librarians of Alexandria could only dream of: one vast, searchable, all-encompassing book, the complete history of the race.</p>
<p>We are not there yet. The scramble to digitise has so far produced a patchwork. Inevitably, with digitisation still in its infancy, there is a strong slant towards Western books, written in English. There are many gaps. The Bodleian is digitising selectively and has placed nothing under copyright into the Library Project. The issue of copyright is fraught, and essential: unless copyright is properly defended on the internet, with safeguards to ensure that both authors and publishers are properly remunerated, the very future of literature is threatened.</p>
<p>Yet a vast database containing almost all the texts of the past, the good and the bad, the memorable and the forgotten, has the capacity to change the collective cultural memory. A single search will be able to produce an entire shelf of online references, linking together subjects and texts not just by specific words, but by footnotes, citations and bibliographies, forging new families and communities of ideas. In the past, the visitor to a library could read only one book at a time: now, with a sophisticated search engine, the books can be made to consult one another.</p>
<p>Libraries were once, intentionally, daunting places. The librarian demanding silence and the door guard demanding a reader&#8217;s pass were acting in the interests of scholarship and preservation, but all too often libraries also restricted access to an intellectual elite. Assyrian librarians actually put a curse on anyone misusing manuscripts: “May the gods put his flesh in a dog&#8217;s mouth.”</p>
<p>Through the internet, the library doors are suddenly thrown open to the widest possible readership, genuinely fulfilling Thomas Bodley&#8217;s aim to make collected books “available to the whole republic of the learned”.</p>
<p>So far from driving readers from libraries and on to the internet, digital collections are likely to have the reverse effect. Just as televised football matches revitalised live football, so the chance to see and sample great literature on the web will encourage more people to go in search of the real thing.</p>
<p>The internet is not a place for prolonged reading or profound research, but for tasting, trawling, and exploring. Just as no one should treat Wikipedia as gospel, so, I suspect, few will plough through a black-and-white, on-screen version of a library book when the genuine article is easily available. The internet is only the first stage of discovery, not the end.</p>
<p>Libraries die when people forget what is in them: they thrive when we are reminded of their riches, and so far from eroding our physical contact with ancient books, the great online library currently amassing its collection will surely revive that relationship.</p>
<p>There is still no tactile pleasure to compare with opening an old book: the gust of vellum and parchment, the knowledge of countless eyes tracing the page before you, the marginalia, the chance to hold some knowledge in your hand.</p>
<p>The internet will never replicate that experience (just as no technology has been able to supplant the paper book, of which we are reading more than ever), but it can help, immeasurably, to lead us to it.</p>
<p>And it can do so without any danger that some disapproving Assyrian librarian will set the dogs on us if we fail to return a book from the online library on time.</p>
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		<title>Virtudes de un vejestorio</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Dec 2006 14:53:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Murillo</strong>, editor y escritor (EL PAÍS, 11/12/06):</p>
<p>No hay congreso de editores ni feria de tecnología en donde no se anuncie, desde hace unos años, la muerte del libro, ese vejestorio, en su forma tradicional, y su sustitución por artilugios de nueva generación. Durante los congresos profesionales, los editores hemos tenido que escuchar numerosas conferencias en las que, so pretexto de darnos información acerca de las tecnologías más avanzadas, sucesivos directores comerciales de ésta o aquella empresa (llámense Microsoft, Sony o lo que sea) nos vendían, con una elocuente perorata en tono de predicador, el Séptimo o &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/13174/virtudes-de-un-vejestorio/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Murillo</strong>, editor y escritor (EL PAÍS, 11/12/06):</p>
<p>No hay congreso de editores ni feria de tecnología en donde no se anuncie, desde hace unos años, la muerte del libro, ese vejestorio, en su forma tradicional, y su sustitución por artilugios de nueva generación. Durante los congresos profesionales, los editores hemos tenido que escuchar numerosas conferencias en las que, so pretexto de darnos información acerca de las tecnologías más avanzadas, sucesivos directores comerciales de ésta o aquella empresa (llámense Microsoft, Sony o lo que sea) nos vendían, con una elocuente perorata en tono de predicador, el Séptimo o Noveno Advenimiento, dicho de otro modo el triunfo definitivo del así llamado &#8220;libro&#8221; electrónico. Un invento que, por cierto, a estas alturas ya ha vivido varios avatares, todos ellos definitivos, aunque a la postre acabe resultando que no lo son tanto.</p>
<p>La historia que nos contaban viene a ser siempre más o menos la misma, y dice que los avances en la digitalización por un lado y en la imitación de la claridad de lectura por otro, ya han alcanzado su cénit, y que por lo tanto la desaparición del libro convencional es cuestión de días. Los pacientes editores terminamos, tras escuchar tan buenas nuevas, echándonos las manos a la cabeza y llorando por nuestro oficio en su forma conocida (libresca, pero de papel), pues los profetas de la tecnología seguramente llevan razón, y nos quedan apenas unos días de dolorosa agonía. Somos tan anticuados como los objetos que producimos, como los lugares donde se venden esos objetos.</p>
<p>También en las ferias tecnológicas se muestra o se anuncia cada año una forma más perfeccionada del mismo artilugio, ese libro electrónico que barrerá de una vez por todas con lo que sus enemigos llaman el &#8220;libro de papel&#8221;, pero que nosotros, la gente de la edición, seguimos llamando libro a secas. Miramos horrorizados, o tocamos con repelús, uno de esos cacharros, siempre de plástico y con pantallas en donde la imitación del blanco del papel y la fijeza de los tipos impresos, y hasta el movimiento de la hoja al pasar página, alcanza, ciertamente, grados de perfección cada vez más elevados. Y acabamos pensando si no acabará cumpliéndose la profecía.</p>
<p>Con la muerte del libro impreso en papel y encuadernado en rústica o tapa dura, se nos anuncia también, aunque no se mencione, la muerte de las librerías y, de rebote, como quien no quiere la cosa, todos intuimos que ese desastre traerá consigo un efecto colateral comparable al que ha padecido la industria del disco desde la invención de las descargas con MP3, a saber una grave amenaza contra los derechos de autor.</p>
<p>En el ordenador de mano más sencillo, tenemos un antecesor algo pedestre de esa cosa digitalizada y electrónica que nos prometen. Si abro mi rudimentaria agenda electrónica puedo, si quiero, leer <em>The Last Mohican</em> en la versión original inglesa. No se me ha ocurrido hacerlo. Sin embargo, tanto yo como mis demás colegas editores sabemos desde hace tiempo lo que es leer en la pantalla de nuestro portátil o nuestro ordenador de sobremesa originales enteros cuyo agente literario acaba de remitirnos por correo electrónico al tiempo que nos alertaba de que la subasta de los derechos iba a empezar en veinticuatro horas.</p>
<p>De modo que poder, se puede. Pero una cosa es leer a trotacaballo obligados por nuestra profesión, y otra muy distinta leer como lee el común de los mortales. En este mundo apresurado y altamente competitivo en el que vivimos, los editores a veces no tenemos tiempo ni siquiera para imprimir el recién llegado y supuestamente importante manuscrito en una láser. Pero nadie en su sano juicio querría leer así pudiendo hacerlo de otra manera, con la comodidad y claridad y relajo que permiten el papel impreso y las páginas encuadernadas.</p>
<p>En cualquier caso, los dos elementos básicos de la innovación, a saber el escaneado de páginas y la digitalización de textos por un lado, y los ordenadores con imitaciones más o menos plausibles del libro o de la página, ya están aquí. En un anuncio de Sony que veo cada semana en la versión digital de <em>The New York Times Books Review,</em> el fabricante de esa maquinita alardea de que en su memoria es posible almacenar los textos de una biblioteca privada entera, cosa que no dudo. Pero también dice que la pantalla logra un efecto que es &#8220;casi como papel&#8221;, cosa que me permito en cambio poner totalmente en duda.</p>
<p>Mucho me temo que, mientras no puedan decir que el efecto es &#8220;mejor que el papel&#8221;, los libros electrónicos lo van a tener crudo. De manera que lo sorprendente es que ese viejo objeto anticuado que es el libro resista durante tantos años, y que con él resistan también esas otras instituciones no menos anticuadas que son las librerías. Por fortuna, el anteproyecto de Ley del Libro que pronto discutirán las Cortes mantiene el precio fijo, que es la salvación del libro y, de paso, del editor y de la librería tradicionales.</p>
<p>Por el momento, son muy escasos los lectores dispuestos a renunciar a ciertas cosas que han acompañado durante años a la lectura, elementos tales como la claridad y la fijeza sin vibraciones de las letras impresas sobre el blanco de la página, la sensualidad del tacto del papel, o incluso el olor a tinta, por no hablar de las cómodas encuadernaciones que permiten que actualmente sólo se caigan los pliegos de los libros fabricados con tacañería. Se diría, por ahora, que el libro goza de buena salud a pesar de las amenazas. Pero, ¿por cuánto tiempo?</p>
<p>Hay otro aspecto de los avances tecnológicos que parece incluso más preocupante, y que recuerda la grave crisis que introdujo en el mundo del disco la invención del MP3. El lobo va a por Caperucita esta vez a través de un elemento consustancial al libro: los derechos de autor. El disfraz no puede ser mejor, y me recuerda la retórica democrática (&#8220;les vamos a liberar de un dictador&#8221;) con la que el presidente Bush júnior defendió la invasión de Irak. La idea no puede ser más bella, más digna del espíritu de la Ilustración: pongamos todos los libros del mundo al alcance de todo el que quiera leerlos. La iniciativa es de Google, pero también la Comunidad Europea ha aprobado directrices en este sentido, y ya sabemos que la Ley española del Libro se está poniendo al día antes de su trámite parlamentario.</p>
<p>¿Y quién puede discutirles a Google, la UE y al Gobierno del PSOE su generosidad? Sin embargo, hay momentos en que uno piensa que el proyecto Google Book Search es tan democrático, digamos, como la llamada Revolución Cultural, que tampoco creía bueno que los autores se lucraran con los derechos de sus obras, pues el pueblo estaba hambriento y había que abrir los graneros de las artes literarias, el pensamiento y los conocimientos a todo el mundo, y a cambio de nada. Quiero con ello decir que hay precedentes de generosidades inmensas que no produjeron ni más lecturas ni más pensamiento, sino más bien todo lo contrario. Como dijo hace unos meses en Barcelona el agente literario Andrew Wiley, con ocasión del simposio acerca de &#8220;Los futuros de la industria editorial&#8221; (cuyos trabajos se han recogido ahora en un libro editado por el Ayuntamiento de esa ciudad): &#8220;Mientras estamos en esta sala están siendo escaneadas las bibliotecas de las universidades de Stanford y de Michigan, y seguirán la de Harvard, y la Biblioteca Pública de Nueva York y la Bodleyana de Oxford. Se están escaneando de forma indiscriminada obras libres de derechos, obras agotadas pero con derechos, y obras con derechos y en circulación&#8221;.</p>
<p>El riesgo es claro: si los textos se fotocopian, se escanean (o se piratean, cual es costumbre inerradicable en América Latina), y se reproducen sin que nadie pague un canon, unos <em>royalties,</em> etcétera, por el uso de esos textos, los derechos de propiedad intelectual, que son inalienables y sólo pueden ser del autor, están expuestos a convertirse en un chiste barato e infame. Sin la debida protección de los derechos de autor, éste no podrá vivir de lo que escribe y, por lo general, escribirá menos y en condiciones peores. Y, naturalmente, la industria editorial acabará hundida, a no ser que un invento ulterior, alguna clase de <em>iPod</em> del libro, tal como el propio Wylie insinuaba en la misma conferencia, llegue a salvarla como el invento de Apple ha salvado, tardía y sólo parcialmente, a las discográficas.</p>
<p>No es de extrañar que los libreros, sobre todo aquellos cuyos comercios tradicionales venden libros exclusivamente (a diferencia de las grandes superficies, que usan los libros como cebo), hayan manifestado mayoritariamente su oposición frontal a la seudodemocracia que trata de imponer Google, de la misma manera que han luchado en contra de la desaparición del precio fijo, que en Gran Bretaña ha puesto la industria editorial en manos de dos cadenas de librerías, según me contó horrorizado Salman Rushdie durante su visita a España de hace un año.</p>
<p>Hay libros malos, libros tontos, libros idiotas y libros perversos. Hay libros buenos, libros inteligentes, libros divertidos. Es la pluralidad del pensamiento, y la pluralidad de los libros, lo que mantiene en pie la civilización. Todo atentado contra esa diversidad es, por tanto, deplorable, incluso cuando se realiza bajo la sobrepelliz del progreso tecnológico y la supuesta democratización del saber.</p>
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		<title>El final de la autoría</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Sep 2006 09:45:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>John Updike</strong>, escritor. Su última novela es <em>Terrorist.</em> Este ensayo es una adaptación de su discurso a los libreros en la convención Book Expo, celebrada el pasado mes de julio en Washington (EL PAÍS, 16/09/06):</p>
<p><em>La iniciativa de Google de volcar en Internet miles de libros que estén libres de derechos de autor lleva al escritor estadounidense a varias reflexiones. Por un lado, la temida desaparición del libro y el placer de la lectura tradicional; por otro, los riesgos de una mediatización excesiva del autor convertido en herramienta del mercado. Unas afirmaciones que han levantado polémica en Estados </em>&#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11604/el-final-de-la-autoria/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>John Updike</strong>, escritor. Su última novela es <em>Terrorist.</em> Este ensayo es una adaptación de su discurso a los libreros en la convención Book Expo, celebrada el pasado mes de julio en Washington (EL PAÍS, 16/09/06):</p>
<p><em>La iniciativa de Google de volcar en Internet miles de libros que estén libres de derechos de autor lleva al escritor estadounidense a varias reflexiones. Por un lado, la temida desaparición del libro y el placer de la lectura tradicional; por otro, los riesgos de una mediatización excesiva del autor convertido en herramienta del mercado. Unas afirmaciones que han levantado polémica en Estados Unidos y que proponen un debate sobre los cambios a corto plazo que se imponen a la literatura.</em></p>
<p>Libreros, ustedes son la sal del mundo de los libros. Ustedes están en la línea del frente, en la que, mientras el autor se encoge en su fumadero de opio, ustedes se topan -o &#8220;interactúan&#8221;, como decimos ahora- con los singulares y misteriosos estadounidenses que están dispuestos a soltar 20 euros por un libro. Las librerías son fuertes solitarios, que arrojan luz sobre la acera. Civilizan sus barrios. Con mi madre solía visitar las dos tiendas del centro de Reading, Pensilvania, una ciudad que por aquel entonces tenía 100.000 habitantes, y todavía recuerdo su nombre y ubicación: Book Mart, en la Calle Sexta con Court, y Berkshire News, en la Calle Quinta, frente a la parada del tranvía que nos llevaba a nuestra casa de Shillington.</p>
<p>Cuando me fui a la universidad, quedé maravillado por la abundancia de librerías que había alrededor de Harvard Square. Además de Coop y varios establecimientos en los que estudiantes pobres como yo podían comprar volúmenes andrajosos contaminados por subrayados y notas al margen ajenos, había librerías que abastecían a la burguesía, el profesorado, y los estudiantes de élite a los que les sobraba dinero y tiempo para leer. The Grolier, especializada en poesía moderna, ocupaba un lugar selecto en Plympton Street, y al otro lado, en Bolyston, estaba Mandrake, un santuario más espacioso de libros de carácter inusual, diáfano y modernista. En Mandrake -presidida por un hombre de poca estatura y voz queda, con el pelo canoso peinado hacia atrás- había libros ingleses, Faber &#038; Faber y Victor Gollancz, obras con sobrecubiertas puramente tipográficas, tapas duras cubiertas con telas que se deformaban por la humedad de su travesía transatlántica, libros de arte, demasiado lustrosos y caros incluso para mirar, y por supuesto libros de New Directions, con un formato modesto y unos deliciosos contenidos todavía por leer.</p>
<p>Después de Harvard, estuve un año en Oxford, y hojeaba durante aturdidas horas el laberíntico tesoro de Blackwell&#8217;s, situada en la calle Broad: estanterías de Everyman&#8217;s y Oxford Classics, y las obras completas de Santo Tomás de Aquino, ¡con cubiertas de papel azul celeste, y en latín e inglés! Luego llegué a Nueva York, cuando la Quinta Avenida todavía parecía estar bordeada de librerías: la señorial Scribner&#8217;s, con la escalera central y la carpintería metálica de sus balcones, decorada con volutas, y Doubleday&#8217;s, a unas cuantas manzanas de allí, con una escalinata en espiral que se veía a través del cristal blindado.</p>
<p>Ahora vivo en una esquina que recuerda a un pueblo en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra en la que hay -¡qué maravilla!- una librería independiente, una de las pocas que sobreviven en el largo tramo de costa que une Marblehead y Newburyport. Pero, al parecer, vivo engañado. El pasado mayo, <em>The New York Times Magazine</em> publicaba un extenso artículo que predecía alegremente el fin del librero y, de hecho, el del escritor. Escrito por Kevin Kelly, identificado como el &#8220;inconformista inveterado&#8221; de la revista <em>Wired,</em> el artículo describe una gloriosa digitalización de todo el saber escrito. Según Kelly, el plan que anunciaba Google en diciembre de 2004 de <em>escanear</em> el contenido de cinco importantes bibliotecas de investigación e incluir una opción de búsqueda ha resucitado el sueño de la biblioteca universal. &#8220;El explosivo avance de la red, que ha pasado de la nada al todo en una década&#8221;, escribe, &#8220;nos ha animado a volver a creer en lo imposible. ¿Puede que la tan anunciada gran biblioteca de todo el saber realmente esté a nuestro alcance?&#8221;.</p>
<p>A diferencia de las bibliotecas de antaño, prosigue Kelly, &#8220;ésta sería verdaderamente democrática, y ofrecería cualquier libro a cualquier persona&#8221;. La naturaleza anárquica de la verdadera democracia va surgiendo poco a poco. &#8220;Una vez digitalizados, los libros pueden desenmarañarse en una sola página, o reducirse todavía más, en fragmentos de una página&#8221;, escribe Kelly. &#8220;Estos fragmentos se mezclarán de nuevo en libros reordenados y estanterías virtuales. Al igual que los oyentes ahora hacen malabarismos y reordenan canciones para concebir nuevos álbumes (o <em>selecciones,</em> como se denominan en iTunes), la biblioteca universal alentará la creación de <em>estanterías</em> virtuales, una colección de textos, algunos de tan sólo un párrafo, y otros con la extensión de un libro entero, que formarán una estantería de biblioteca con información especializada. Y, como ocurre con las selecciones musicales, una vez creadas estas <em>estanterías</em> se editarán e intercambiarán en espacios públicos comunes. De hecho, algunos autores empezarán a escribir libros para que se lean como fragmentos, o para que se <em>remezclen</em> en forma de páginas&#8221;.</p>
<p>Las repercusiones de este paraíso de fragmentos que fluyen en libertad se abordan con una engañosa improvisación, como algo que cae por su propio peso, una cuestión de afloramiento marxista inexorable. Cuando el modelo económico actual desaparezca, escribe Kelly, la &#8220;base de la riqueza&#8221; pasará a &#8220;las relaciones, los vínculos, la conexión y el compartir&#8221;. En lugar de vender copias de sus trabajos, escritores y artistas podrán ganarse la vida vendiendo &#8220;actuaciones, acceso al creador, personalización, información complementaria, falta de atención (mediante anuncios), patrocinio o suscripciones periódicas; en resumen, todos los pródigos valores que no se pueden copiar. La copia barata se convierte en la &#8216;herramienta de descubrimiento&#8217; que comercializa estos otros valores intangibles&#8221;.</p>
<p>A medida que leo, esto me parece un escenario bastante espeluznante. &#8220;Actuaciones, acceso al creador, personalización&#8221;; sea lo que sea eso, ¿no nos devuelve a las sociedades anteriores a la alfabetización, donde sólo la persona presente y viva puede causar impresión y ofrecer, por así decirlo, valor? ¿Acaso los escritores no han imaginado, desde los inicios de la revolución de Gutenberg, que en sus textos escritos e impresos ya estaban dando un &#8220;acceso al creador&#8221; más directo, más proporcionado y más cargado de valor estético e informativo que una conversación no meditada o pulida? ¿La revolución electrónica nos ha llevado tan lejos en el sendero de la celebridad como bien supremo que las obras de un autor, ya sea un volumen o cincuenta, le sirven principalmente como billete hacia la tarima de la conferencia o, ya que incluso eso resulta un tanto jerárquico y distante, una serie de orgías individuales de acceso personal?</p>
<p>En mis primeros 15 o 20 años de autoría, casi nunca se me pidió que diera un discurso o concediera una entrevista. Se suponía que la obra escrita hablaba por sí misma y se vendía sola, a veces sin tan siquiera la fotografía del autor en la solapa posterior. A medida que al autor se le retira paulatinamente de sus viejas responsabilidades de confrontación y provocación indirectas, ha aumentado su importancia como una especie de anuncio andante y parlante del libro, tal vez una tarea mucho más agradable y halagadora que crear el libro en soledad. Los autores, si es que comprendo las tendencias actuales, pronto serán como madres suplentes, úteros de alquiler en los que una semilla implantada por poderosos asesores podrá madurar y, nueve meses después, ser lanzada entre berridos al mercado.</p>
<p>¿Al imaginar un enorme flujo de palabras prácticamente infinito al que se accederá mediante motores de búsqueda y poblado por ingentes y promiscuos fragmentos de palabras carentes de autoría atribuida, no estamos privando a la palabra escrita de su anticuada función de comunicación entre personas mediante invenciones como el alfabeto y la prensa escritos, o, en resumidas cuentas, de responsabilidad e intimidad? Sí, hay toneladas de información en Internet, pero buena parte de ella es atrozmente imprecisa y juvenil, y no está editada ni atribuida. Las maravillas electrónicas que abundan a nuestro alrededor sirven, sorprendentemente, para inflamar el aspecto humano más informal y falto de sentido crítico que tenemos; nuestras pantallas de ordenador nos miran con una especie de gigantesco e instantáneo &#8220;¡caramba!&#8221;, que desarma por su modestia e inquieta por su timidez.</p>
<p>El libro impreso, encuadernado y pagado era -y de momento sigue siendo- más riguroso y exigente con su creador y el consumidor. Es un lugar de encuentro, en silencio, entre dos mentes, en el que una sigue los pasos de la otra, pero es invitada a imaginar, a discutir, a coincidir en un nivel de reflexión que va más allá del encuentro personal, con sus convenciones meramente sociales, su compasivo relleno de tonterías y perdón mutuo. Los lectores y escritores de libros se están acercando a la condición de renegados, hoscos ermitaños que se niegan a salir a jugar bajo el sol electrónico de la aldea posGutenberg. &#8220;Cuando se digitalicen los libros&#8221;, promete amenazadoramente Kelly, &#8220;la lectura se convertirá en una actividad comunitaria&#8230; La biblioteca universal se convertirá en un único texto extremadamente largo: el único libro del mundo&#8221;.</p>
<p>Los libros normalmente tienen lomos: algunos rugosos, otros lisos, y unos cuantos, al menos en mi extravagante editorial, incluso están manchados por encima. En el hormiguero electrónico, ¿dónde están los lomos? La revolución de los libros, que desde el Renacimiento en adelante enseñó a hombres y mujeres a valorar y cultivar su individualidad, amenaza con acabar en una centelleante nube de fragmentos.</p>
<p>Así pues, libreros, defiendan sus fuertes solitarios. Que no se aneguen sus lomos. Sus lomos son nuestra prerrogativa. Para algunos de nosotros, los libros son intrínsecos a nuestro sentido de la identidad personal.</p>
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		<title>Silence! Author under threat</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Aug 2006 22:01:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Ben Macintyre</strong> (THE TIMES, 01/09/06):</p>
<p>Today, at the push of a button, you can download and print the whole of Dante’s <em>Divine Comedy</em>, using only a computer, an internet connection, a paving stone of paper and a small bucket of ink. Technically, the service is free, although it would be easier and cheaper simply to buy the book, which could then be read in the bath, while saving on printer cartridges and trees.</p>
<p>The new service is the latest step in the stated goal of Google, the internet search engine, “to organise the world’s information and make it &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11298/silence-author-under-threat/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Ben Macintyre</strong> (THE TIMES, 01/09/06):</p>
<p>Today, at the push of a button, you can download and print the whole of Dante’s <em>Divine Comedy</em>, using only a computer, an internet connection, a paving stone of paper and a small bucket of ink. Technically, the service is free, although it would be easier and cheaper simply to buy the book, which could then be read in the bath, while saving on printer cartridges and trees.</p>
<p>The new service is the latest step in the stated goal of Google, the internet search engine, “to organise the world’s information and make it universally accessible and useful” and, although few may be rushing to print out the Digitised Dante, it marks an important development in world literature. For some, making books available online for free download represents a paradise found; others, including a number of worried publishers and writers, fear it may point the way to the ninth circle of hell.</p>
<p>Google’s Book Search service is just one part of the Library Project, in which the internet engine has teamed up with libraries around the world, including the Bodleian in Oxford, to digitise collections and make millions of books available and searchable online. The scale of Google’s ambition is comparable to the Ptolemies, the kings of Egypt who created the great library at Alexandria in the 3rd century BC: not just a collection of books, but the very distillation of human knowledge.</p>
<p>At first sight, the notion of a limitless digital library seems irresistible, a single, free repository accessible from every corner of the globe. A researcher in darkest Paraguay will be able to study one of the 49 Gutenberg bibles at no cost. Partners in the Library Project say the system will enable users to access not just the classics, but also much more obscure works: forgotten novels, scientific accounts, illustrations and neglected poetry.</p>
<p>Moribund books may be brought back to life. Librarians are often frustrated at the unseen gems in their collections gathering dust. Now the whole lot can be digitally stacked on an endless virtual shelf, to be browsed by anyone with a computer mouse.</p>
<p>The problem lies not with digitalising dead or undead books, but the potential danger to those that still have commercial life in them in the form of copyright. Google is quick to point out that the books available for download through Book Search are all out of copyright. Indeed, while European law allows copyright to expire 70 years after an author’s death, the new service does not offer anything published later than the mid-19th century.</p>
<p>Moreover, under the umbrella Library Project, if a book remains in copyright, access to the text is restricted, and at most a few sentences or “snippets” are available online.</p>
<p>Some publishers, however, see the availability of free books for digital download as the thin end of a very large wedge that could split literature by undermining copyright itself. Last year the Association of American Publishers filed suit against Google claiming that by scanning 100 per cent of a book (to make it searchable by word) the company is infringing copyright, even if only a small excerpt is then available for free.</p>
<p>Google points out that publishers and authors can opt out and insist their books are not digitised. But copyright means just that: conferring the right to copy. If Google, or anyone else, wants to reproduce or even just store copyrighted material, it should seek and obtain permission, not assume it and then wait for the rightful owner to squeal. Tracing who owns the rights to a book that is out of print but not out of copyright is a fiddly business but vital to preserving the principle of intellectual property rights.</p>
<p>Giving away out-of-copyright books for free download, while laudable in itself, can only reinforce the growing cultural assumption that all content on the internet should be free. It seems likely that, in the future, internet engines will bring pressure on publishers to allow more and more content to appear gratis online as they battle to maintain revenues.</p>
<p>Google insists it is the friend of the publisher and author, defending copyright and enabling readers to discover and buy more books, but for all its commendable principles, this is a huge operation geared to making a profit in an increasingly cut-throat business.</p>
<p>Google is set to become the behemoth of literature, controlling millions of books and billions of words. There is something unsettling about so much valuable knowledge concentrated in one intensely ambitious organisation. The Ptolemies, after all, did not begin the collections that would become the Alexandria Library because they were bookworms: amassing and controlling the world’s knowledge was a statement of power.</p>
<p>There is more to publishers’ fears than maintaining their profits and securing authors’ royalties. If copyright is not adequately protected, then literature itself suffers. Contrary to popular myth, the penniless writer does not starve in his garret: he finds something else to do. As Dr Johnson expressed it: “No man but a fool ever wrote, except for money.”</p>
<p>We should enter the vast new online libraries with awe and admiration, but also with care. Digitising books may introduce readers to unknown vistas of the written word, but the new technology cannot be allowed to lead to free literature, or the idea that anyone other than an author decides when and how his work may be rightfully copied.</p>
<p>For centuries, artists have fought to protect their work from being copied and disseminated without payment: in 1623 the composer Salomone Rossi wrote a setting of the Psalms that included a curse on anyone who copied the contents. These days authors can rely on more than a curse.</p>
<p>The tutting librarian should be replaced by another authority figure policing the stacks: the copyright lawyer, ensuring that every new addition to the online collection comes with the express permission of the writer, and a royalty.</p>
<p>Silence is golden in a library; but the law of copyright is beyond price.</p>
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		<title>The Books Google Could Open</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/11110/the-books-google-could-open/</link>
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		<pubDate>Tue, 22 Aug 2006 14:13:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Richard Ekman</strong>, president of the Council of Independent Colleges. He is on the advisory boards of two university presses and a university library (THE WASHINGTON POST, 22/08/06):</p>
<p>The nation&#8217;s colleges and universities should support Google&#8217;s controversial project to digitize great libraries and offer books online. It has the potential to do a lot of good for higher education in this country.</p>
<p>The rapid annual increase in the number of new books and journals, coupled with far-reaching technological innovations, is changing relations between academia and the publishing industry. In the recent past, college and university libraries collaborated with publishers &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11110/the-books-google-could-open/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Richard Ekman</strong>, president of the Council of Independent Colleges. He is on the advisory boards of two university presses and a university library (THE WASHINGTON POST, 22/08/06):</p>
<p>The nation&#8217;s colleges and universities should support Google&#8217;s controversial project to digitize great libraries and offer books online. It has the potential to do a lot of good for higher education in this country.</p>
<p>The rapid annual increase in the number of new books and journals, coupled with far-reaching technological innovations, is changing relations between academia and the publishing industry. In the recent past, college and university libraries collaborated with publishers in creating online collections of selected published works. But now many in the publishing industry are opposing the new digital catalogue of published works created by Google &#8212; Book Search &#8212; even as many librarians hail it as a way to expand access to millions of published works.</p>
<p>Only a small fraction of the huge number of books published today are printed in editions of more than a few thousand copies. And the great works of even the recent past are quickly passing into obscurity. Google has joined with major libraries to make it possible for all titles to remain accessible to users.</p>
<p>Book Search is a Herculean undertaking, digitizing both new and old works housed in some of the world&#8217;s top libraries &#8212; Stanford, Harvard, the University of Michigan, the University of California System, the New York Public Library and Oxford &#8212; and rendering them searchable through Google&#8217;s powerful Web site. Book Search does not permit users to read entire copyrighted works on screen; it simply makes those works searchable through keywords, quickly and at no cost, and allows readers to view several lines from the book. Users can look at an entire page from any book not under copyright protection.</p>
<p>This powerful tool will make less well-known written works or hard-to-find research materials more accessible to students, teachers and others around the world. Geography will not hinder a student&#8217;s quest to find relevant material. Libraries can help to revive interest in underused books. And sales of books would probably increase as a result.</p>
<p>Book Search comes at a time when college and university libraries are hard-pressed to keep up with the publishing and technology revolutions. Budgets are stretched, and libraries must now specialize and rely on interlibrary loans for books in other subjects.</p>
<p>Student and faculty research has also been limited by what is on the shelves of campus libraries. A student can identify a book through an online library catalogue, but the book&#8217;s content remains unknown. It must then be shipped &#8212; an expense that may not be worthwhile if the book isn&#8217;t what was expected.</p>
<p>With Book Search, it&#8217;s easy to imagine a history student at a small college in Nebraska using the Internet to find an out-of-print book held only by a library in New York. Instead of requesting delivery of the book, he or she can read a snippet of it from Google&#8217;s online catalogue and request it on interlibrary loan if it seems useful. Even better, the student can purchase the book in the same session at the computer.</p>
<p>Unfortunately, Book Search has vociferous critics. Some publishers have filed lawsuits to stop the project, alleging that Google is violating copyright law. The legal questions will eventually be settled in the courts, but those of us who are researchers and readers of books and articles ought to be disturbed by the loss of trust among publishers and libraries, which a decade ago embraced technological innovation and collaboration.</p>
<p>Project Muse, begun in 1993 as a pioneering joint effort of the Johns Hopkins University Press and the university&#8217;s Milton S. Eisenhower Library, makes available electronic &#8220;bundles&#8221; of current issues of journals to students and teachers in scattered locations. And JSTOR &#8212; a coalition of journal publishers and libraries formed in the mid-1990s to create a reliable online collection of hundreds of older, little-used scholarly journals &#8212; has brought these specialized works back into common use.</p>
<p>Colleges and universities have conflicting interests in this dispute. Some operate their own publishing houses and hope to sell books. Some faculty members are authors and hope to earn royalties from sales. But the major interest of colleges and universities is as users of information &#8212; helping thousands of students and teachers find what they need and making these materials available. In this regard, the advantages of Google&#8217;s service are enormous, especially for smaller colleges without huge budgets for library purchases.</p>
<p>Unfortunately, this is not the first time that publishers have resisted an important technology instead of figuring out how to use it to their advantage. Music publishers a century ago tried to stop the manufacture of player pianos because they feared that sales of sheet music would decline. In fact, player pianos helped increase the number of buyers of sheet music.</p>
<p>New technologies and new ways of doing business can be disruptive, but they are inevitable. The transition to new technologies can be smooth or rough, depending on the attitudes of the institutional actors. The goal is to make more of the world&#8217;s information readily available to users.</p>
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		<title>Europa contra Google</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/10184/europa-contra-google/</link>
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		<pubDate>Sun, 02 Jul 2006 11:55:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ernest Abadal</strong>, profesor de la Facultad de Biblioteconomía i Documentación de la UB (EL PERIÓDICO, 02/07/06):</p>
<p>Como en el caso de otras polémicas culturales, el grito de alarma fue lanzado por los franceses. En enero del 2005, <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong> publicaba en <em>Le Monde</em> un combativo artículo titulado <a target="_blank" href="http://www.almendron.com/tribuna/?p=10185"><em>Quand Google défie l&#8217;Europe</em></a>. ¿Qué ocurría? ¿Cómo podía una empresa privada desafiar a todo un continente? En el artículo se alertaba de los peligros de una iniciativa de Google de digitalización de libros que podía suponer un atentado contra la diversidad cultural.<br />
Se trataba, en concreto, de <a target="_blank" href="http://books.google.es">Google Books</a>, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/10184/europa-contra-google/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ernest Abadal</strong>, profesor de la Facultad de Biblioteconomía i Documentación de la UB (EL PERIÓDICO, 02/07/06):</p>
<p>Como en el caso de otras polémicas culturales, el grito de alarma fue lanzado por los franceses. En enero del 2005, <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong> publicaba en <em>Le Monde</em> un combativo artículo titulado <a target="_blank" href="http://www.almendron.com/tribuna/?p=10185"><em>Quand Google défie l&#8217;Europe</em></a>. ¿Qué ocurría? ¿Cómo podía una empresa privada desafiar a todo un continente? En el artículo se alertaba de los peligros de una iniciativa de Google de digitalización de libros que podía suponer un atentado contra la diversidad cultural.<br />
Se trataba, en concreto, de <a target="_blank" href="http://books.google.es">Google Books</a>, un proyecto presentado en agosto del 2004 como un servicio que facilitaría el acceso al texto completo de unos 15 millones de libros digitalizados procedentes, básicamente, de bibliotecas norteamericanas y britá- nicas.<br />
Esta iniciativa suponía que, en un plazo de tiempo no muy largo, se contaría con un voluminoso depósito cultural utilizado por usuarios de todo el mundo, en el que el inglés sería el idioma mayoritario y la cultura anglosajona, la predominante. Esto comportaría, por lo tanto, un desequilibrio cultural notable y una pérdida de presencia del patrimonio cultural y de las lenguas del viejo continente.<br />
En estos momentos, GoogleBooks es consultable y permite acceder de forma simple y transparente al contenido de miles de libros, es decir, que puede escribirse cualquier palabra y el sistema nos muestra todos los libros que la contienen. Los documentos que son de dominio público pueden verse en su totalidad y, por otro lado, sólo se muestran fragmentos de los que todavía se encuentran bajo explotación comercial. Como es sabido, Google llegó a acuerdos posteriores con varios grupos editoriales que se quejaron de que el proyecto, en algunos casos, vulneraba los derechos de autor, por lo que limitó el acceso al contenido del texto completo, añadiendo un enlace hacia la propia editorial u otras librerías virtuales por si el usuario quería adquirir el libro.</p>
<p>CON EL FIN de contrarrestar el proyecto de Google y hacer que los contenidos culturales europeos estén presentes en la web y sean accesibles a usuarios de todo el mundo nació, en marzo del 2005, la <a target="_blank" href="http://www.theeuropeanlibrary.org/">Biblioteca Digital Europea</a> (European Digital Library). Se trata de una iniciativa promovida por la Comisión Europea y de la que algunos países, como es el caso de Francia, hacen una lectura más política, ya que entienden el proyecto, además, como la defensa y la afirmación de la identidad europea frente a la hegemonía cultural angloamericana.<br />
En la actualidad, el portal ya es consultable y cuenta con unos primeros fondos digitalizados de varios países, entre los que destaca la colección Gallica (Biblioteca Nacional de Francia). La previsión es contar, en el 2010, con unos seis millones de libros. España va a colaborar por medio de la Biblioteca Nacional, que coordina varias iniciativas españolas entre las que cabe destacar la <a target="_blank" href="http://www.cervantesvirtual.com/">Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes</a>, promovida por la Universitad de Alicante, y que quiere recoger las obras más destacadas de la tradición literaria española, en sentido amplio.<br />
Como vemos, en el trasfondo del impulso a la Biblioteca Digital Europea está el eterno debate sobre qué medidas deben tomarse para preservar la diversidad cultural que ya se ha hecho presente en otros ámbitos, como los medios de comunicación, el cine o la televisión.<br />
Como es sabido, hay algunos gobiernos que, para defender este principio, han adoptado medidas &#8211;ya sea estableciendo cuotas de pantalla para la exhibición de cine europeo o sufragando proyectos como el de la BDE&#8211; para potenciar la producción cultural propia frente a productos extranjeros con un soporte comercial muy potente a sus espaldas. Pero estas situaciones a veces han sido denunciadas por otros países como proteccionistas y obstaculizadores del libre comercio, pese a que de momento no ha sido el caso de la BDE.<br />
Como conclusión, hay que destacar que GoogleBooks ha tenido el acierto de desencadenar la reacción de los poderes públicos, despertar su interés por este ámbito y llevarlos a invertir en él los recursos necesarios. Hay que tener en cuenta que se trata de proyectos para los que se debe contar con considerables aportaciones econó- micas, ya que hay que sufragar los costosos procesos de digitalización de los libros impresos y también de reconocimiento óptico de los caracteres que contienen, algo que no ocurre cuando se quiere facilitar el acceso a la información que ya nace en formato digital (las páginas web, por ejemplo).<br />
Así es que, dejando a un lado polémicas culturales y si las motivaciones de su nacimiento son políticas o económicas, lo cierto es que tanto Google Books como la Biblioteca Digital Europea son dos iniciativas del máximo interés que ayudarán a preservar el patrimonio documental de la humanidad y que, además, lo pondrán al alcance del público interesado de forma libre y gratuita.</p>
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		<title>Vers la très grande bibliothèque numérique</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/8914/vers-la-tres-grande-bibliotheque-numerique/</link>
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		<pubDate>Wed, 24 May 2006 18:22:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Par <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong>, président de la Bibliothèque nationale de France (LE MONDE, 24/05/06):</p>
<p>Voici seize mois, <em>Le Monde</em> avait accueilli mon appel à un sursaut en face de l&#8217;annonce de Google qui promettait d&#8217;offrir bientôt sur la Toile 15 millions d&#8217;ouvrages aux internautes du monde entier.</p>
<p>Le risque signifié par cette proclamation tonitruante du fameux moteur de recherche était celui du quasi-monopole d&#8217;une entreprise : certes, son efficacité économique et ses mérites technologiques apparaissaient éminents, mais elle était vouée à choisir et à classer les livres mis en ligne selon des normes déterminées par la culture américaine et par &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/8914/vers-la-tres-grande-bibliotheque-numerique/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Par <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong>, président de la Bibliothèque nationale de France (LE MONDE, 24/05/06):</p>
<p>Voici seize mois, <em>Le Monde</em> avait accueilli mon appel à un sursaut en face de l&#8217;annonce de Google qui promettait d&#8217;offrir bientôt sur la Toile 15 millions d&#8217;ouvrages aux internautes du monde entier.</p>
<p>Le risque signifié par cette proclamation tonitruante du fameux moteur de recherche était celui du quasi-monopole d&#8217;une entreprise : certes, son efficacité économique et ses mérites technologiques apparaissaient éminents, mais elle était vouée à choisir et à classer les livres mis en ligne selon des normes déterminées par la culture américaine et par la recherche d&#8217;un profit croissant, c&#8217;est-à-dire par l&#8217;influence omniprésente de la publicité. Ma proposition était de construire, en face, une Bibliothèque numérique européenne (BNUE) qui fût organisée, contre la tentation du vrac, selon des principes raisonnés et qui portât partout la voix, les langues et l&#8217;influence de notre continent.</p>
<p>Le projet dessiné de la sorte a suscité un vif intérêt, bien au-delà des professions du livre (auteurs, éditeurs, libraires&#8230;) et des frontières de notre pays. A la suite de l&#8217;échec du référendum, le souhait que l&#8217;Union se remobilise sur des projets concrets a fouetté les énergies, et cela a confirmé que notre ambition était politique, au sens le plus élevé du terme.</p>
<p>Ailleurs aussi sur la planète, on a pris la mesure de l&#8217;enjeu : se battre partout pour créer un outil fondamental pour la diversité culturelle. Je l&#8217;ai encore vérifié, ces dernières semaines, devant des auditoires fervents, dans plusieurs pays d&#8217;Amérique latine, à Alexandrie, au Canada. En Asie aussi, la numérisation de masse est déjà commencée.</p>
<p>Au moment où le gouvernement vient de confier explicitement à la BNF la responsabilité de piloter le projet du côté français, l&#8217;heure est venue, pour nous, d&#8217;un bilan d&#8217;étape. Comment agir, en termes concrets ? D&#8217;abord en précisant les données matérielles du défi. Beaucoup de chiffres ont été lancés à la légère. Nous avons donc organisé un test qui confronte les compétences de diverses entreprises capables de résoudre au meilleur coût les problèmes que pose une numérisation en grand nombre. Les résultats en seront connus en juin.</p>
<p>Ensuite en accueillant toutes les initiatives de mise en ligne déjà déployées par divers organismes et institutions désireux de nous rejoindre. Enfin en donnant l&#8217;exemple, pour entraîner les autres, en liaison avec Bruxelles. Nous appuierons les initiatives déjà prises par la Conférence des directeurs des bibliothèques nationales de notre continent. Mais nous n&#8217;attendrons pas que tous soient partants : le principe des coopérations renforcées s&#8217;impose, sachant que tout nouveau venu sera ensuite accueilli les bras ouverts.</p>
<p>Pour ce qui nous concerne, d&#8217;ici à la fin de cette année, nous moderniserons Gallica, notre bibliothèque numérique de 80 000 livres, en offrant aux internautes une indexation qui leur permette d&#8217;en tirer un profit maximal ; nous préparerons, au cours du prochain semestre, la mise en ligne d&#8217;une trentaine de milliers d&#8217;ouvrages nouveaux, en prévoyant, à partir de 2007, un programme de 100 000 à 120 000 titres par an ; nous accélérerons la numérisation des grands quotidiens français depuis le XIX<sup>e</sup> siècle. Un budget ad hoc de 3,5 millions d&#8217;euros vient d&#8217;être attribué à la BNF, pour 2006, à l&#8217;instigation du président de la République.</p>
<p>Les principes fondant le choix des livres et des journaux à numériser sont d&#8217;ores et déjà débattus en concertation avec nos partenaires, selon divers axes thématiques &#8211; par exemple les grands dictionnaires, les textes majeurs, scientifiques, philosophiques, juridiques, de l&#8217;humanisme, de la Renaissance ou des Lumières.</p>
<p>Sont étudiés également les moyens d&#8217;assurer aux internautes une circulation confortable d&#8217;un site national à l&#8217;autre. Nous ne ferons pas tout passer dans le lit de Procuste d&#8217;une formalisation uniforme, mais nous créerons un portail commun afin que les utilisateurs puissent voyager aisément dans le système tout entier : un prototype en sera proposé dès l&#8217;automne.</p>
<p>Nous allons commencer, sans attendre, par des ouvrages qui sont dans le domaine public, libres de droits. Mais une bibliothèque numérique qui s&#8217;en tiendrait là serait déséquilibrée. On ne peut avancer qu&#8217;en accord confiant avec les éditeurs. Il n&#8217;est pas question d&#8217;imiter Google, qui s&#8217;est permis de numériser des livres en grand nombre sans l&#8217;aval des ayants droit, suggérant seulement à ceux-ci, avec effronterie, de protester s&#8217;ils n&#8217;étaient pas contents. Le monde de l&#8217;édition prend mieux conscience, depuis quelques mois, qu&#8217;il ne peut pas s&#8217;abstenir. Nous débattons avec ses responsables des multiples questions qui se posent : sécurité des données, modes de paiement diversifiés, relations avec les auteurs et avec les libraires&#8230; Il ne s&#8217;agit pas seulement de protéger des intérêts si légitimes, mais de contribuer à un élargissement du public et de l&#8217;offre d&#8217;ouvrages dont l&#8217;audience est limitée, en les protégeant contre la puissance écrasante des best-sellers.</p>
<p>Dès 2007, nous espérons faire franchir à la BNUE la frontière chronologique, fixée à soixante-dix ans après la mort des auteurs, qui coupe en deux notre héritage culturel. Ainsi se conjugueront, au service de l&#8217;intérêt général, les responsabilités publiques et privées. Ainsi sera dissipée la morosité des sceptiques découragés à l&#8217;avance par la crainte d&#8217;un monstre étatique. Dans le même esprit, le projet se renforcera du soutien intellectuel et matériel de telle ou telle entreprise soucieuse d&#8217;y trouver, avec une satisfaction morale et civique, un surcroît de compétence et de prestige. Elles sont nombreuses déjà, françaises, européennes ou autres, à nous avoir approchés. Toutes seront bien accueillies, à condition qu&#8217;elles comprennent qu&#8217;aucune ne pourra prétendre à détenir des données (car tout ce qui peut être juridiquement accessible doit l&#8217;être à tous), ni à négocier avec un seul pays européen, ni à imposer un monopole technologique : il n&#8217;y aura aucune exclusivité d&#8217;accès.</p>
<p>Un dernier mot. Si j&#8217;ai cru efficace d&#8217;engager l&#8217;aventure dans le cadre de l&#8217;Europe, il n&#8217;est pas question de négliger la francophonie (pas plus que ne le feront le Portugal et l&#8217;Espagne pour leurs langues respectives). Nous avons donc fondé à Paris, tout récemment, un réseau des bibliothèques patrimoniales francophones pour la numérisation, qui recouvre partiellement le premier : Belgique, Canada, France, Luxembourg et Suisse ; il s&#8217;élargira bientôt à d&#8217;autres pays, selon des cercles concentriques.</p>
<p>On l&#8217;a assez compris : le succès exige que les réalisations pratiques commencent sans désemparer. Car plus tard il sera trop tard, et d&#8217;autres que nous auront mangé les raisins du cake.</p>
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		<title>Quand Google défie l&#8217;Europe</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/10185/quand-google-defie-leurope/</link>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2005 11:53:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong> (LE MONDE, 23/01/05):</p>
<p>POUR l&#8217;instant, la nouvelle n&#8217;a guère attiré l&#8217;attention que des bibliothécaires et des informaticiens. Et, pourtant, je gage qu&#8217;on ne va pas tarder à en mesurer la portée culturelle, donc politique : vaste.</p>
<p>Google est, comme on sait, le premier moteur de recherche propre à guider les internautes dans l&#8217;immensité de la Toile. L&#8217;un des premiers chronologiquement, puisqu&#8217;il remonte à 1998 (sept ans, longue durée dans ce champ). Le premier par son succès : 75 % de la recherche d&#8217;information passent aujourd&#8217;hui par son truchement. Le premier enfin par son poids capitalistique : entré &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/10185/quand-google-defie-leurope/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jean-Noël Jeanneney</strong> (LE MONDE, 23/01/05):</p>
<p>POUR l&#8217;instant, la nouvelle n&#8217;a guère attiré l&#8217;attention que des bibliothécaires et des informaticiens. Et, pourtant, je gage qu&#8217;on ne va pas tarder à en mesurer la portée culturelle, donc politique : vaste.</p>
<p>Google est, comme on sait, le premier moteur de recherche propre à guider les internautes dans l&#8217;immensité de la Toile. L&#8217;un des premiers chronologiquement, puisqu&#8217;il remonte à 1998 (sept ans, longue durée dans ce champ). Le premier par son succès : 75 % de la recherche d&#8217;information passent aujourd&#8217;hui par son truchement. Le premier enfin par son poids capitalistique : entré à la Bourse de New York en juin 2004, il y trouve et y trouvera en abondance des ressources nouvelles.<span id="more-10185"></span></p>
<p>Or voici que, le 14 décembre, cette société a annoncé à grand bruit qu&#8217;elle venait de passer accord avec cinq des bibliothèques les plus célèbres et les plus riches du monde anglo-saxon : la New York Public Library et quatre bibliothèques d&#8217;universités, Stanford, l&#8217;université du Michigan, Harvard (Etats-Unis) et Oxford (Grande-Bretagne).</p>
<p>Accord pour quoi faire ? Rien de moins que numériser en quelques années 15 millions d&#8217;ouvrages afin de les rendre accessibles en ligne. Librement pour tous ceux qui sont tombés dans le domaine public, en extraits alléchants pour les autres qui sont encore sous droits, en attendant que le temps passe. Stanford et l&#8217;université du Michigan mettront à disposition de Google l&#8217;intégralité de leurs collections (8 millions pour la première, 7 pour la seconde) ; New York donnera accès à des documents fragiles qui ne sont pas sous copyright ; Oxford à une sélection du XIXe siècle ; Harvard se bornant à un test de 40 000 documents choisis parmi ses 15 millions de livres.</p>
<p>Il s&#8217;agira au total, chiffre vertigineux, de 4,5 milliards de pages. La première réaction, devant cette perspective gigantesque, pourrait être de pure et simple jubilation. Voici que prendrait forme, à court terme, le rêve messianique qui a été défini à la fin du siècle dernier : tous les savoirs du monde accessibles gratuitement sur la planète entière. Donc une égalité des chances enfin rétablie, grâce à la science, au profit des pays pauvres et des populations défavorisées.</p>
<p>Il faut pourtant y regarder de plus près. Et naissent aussitôt de lourdes préoccupations. Laissons de côté la sourde inquiétude de certains bibliothécaires préoccupés, sans trop oser le dire, à l&#8217;idée de voir se vider leurs salles de lecture ; certes, leur métier évoluera peu à peu pour servir la documentation des citoyens et pour éclairer leurs choix de multiples manières, mais l&#8217;objet-livre a trop d&#8217;avantages pratiques par rapport à l&#8217;écran pour ne pas subsister très longtemps. Toute l&#8217;expérience de l&#8217;Histoire montre que dans le passé aucun des nouveaux modes de communication ne s&#8217;est substitué aux précédents &#8211; les complétant seulement et souvent les valorisant.</p>
<p>Le vrai défi est ailleurs, et il est immense. Voici que s&#8217;affirme le risque d&#8217;une domination écrasante de l&#8217;Amérique dans la définition de l&#8217;idée que les prochaines générations se feront du monde. Quelle que soit en effet la largeur du spectre annoncé par Google, l&#8217;exhaustivité est hors d&#8217;atteinte, à vue humaine. Toute entreprise de ce genre implique donc des choix drastiques, parmi l&#8217;immensité du possible. Les bibliothèques qui vont se lancer dans cette entreprise sont certes généreusement ouvertes à la civilisation et aux oeuvres des autres pays. Il n&#8217;empêche : les critères du choix seront puissamment marqués (même si nous contribuons nous-mêmes, naturellement sans bouder, à ces richesses) par le regard qui est celui des Anglo-Saxons, avec ses couleurs spécifiques par rapport à la diversité des civilisations.</p>
<p>Je garde en mémoire l&#8217;expérience du Bicentenaire de la Révolution, en 1989, quand j&#8217;en dirigeais les manifestations. Il eût été délétère et détestable pour l&#8217;équilibre de la nation, pour l&#8217;image et la connaissance qu&#8217;elle avait d&#8217;elle-même, de son passé, des événements, lumineux ou sombres, qu&#8217;il nous revenait de commémorer, d&#8217;aller chercher dans les seules bases de données anglaises ou américaines un récit et une interprétation qui y étaient biaisés de multiples façons : Le Mouron rouge écrasant Quatre-vingt-treize, les vaillants aristocrates britanniques triomphant des jacobins sanguinaires, la guillotine occultant les droits de l&#8217;homme et les intuitions fulgurantes de la Convention. Cet exemple est instructif, et il nous met en garde.</p>
<p>N&#8217;oublions pas, d&#8217;autre part, un autre aspect de la question, qui concerne le travail en marche : dans l&#8217;océan d&#8217;Internet, où tout circule, dans l&#8217;ordre du vrai comme du faux, les processus de validation des produits de la recherche par les autorités scientifiques et par les revues prennent désormais une importance essentielle. La production scientifique anglo-saxonne, déjà dominante dans une quantité de domaines, s&#8217;en trouvera forcément survalorisée, avec un avantage écrasant à l&#8217;anglais par rapport aux autres langues de culture, notamment européennes.</p>
<p>On dira qu&#8217;il ne s&#8217;agit pas en l&#8217;occurrence d&#8217;écrits complets, puisqu&#8217;ils ne sont pas, par définition, tombés dans le domaine public, seulement d&#8217;extraits protégeant auteurs et éditeurs. Mais justement : cette publicité sera forcément discriminante. Ajoutons que, sous l&#8217;apparence de la gratuité, l&#8217;internaute rétribuera en fait Google, en tant que consommateur, puisque l&#8217;entreprise vit à 99 % de publicité et que la démarche qu&#8217;elle annonce ne vise qu&#8217;à obtenir un retour sur investissement grâce à celle-ci. Les publicités en marge des pages et les liens privilégiés guideront vers des achats qui accentueront le déséquilibre.</p>
<p>Lorsque s&#8217;est posée, depuis la seconde guerre mondiale, du côté du cinéma puis de l&#8217;audiovisuel, la question de la riposte française à la domination américaine, vouée, si l&#8217;on n&#8217;avait pas réagi, à opprimer chez nous toute production originale, une première réaction a été de protectionnisme, selon un système de quotas, dans les salles puis à la télévision. Cela n&#8217;était pas illégitime et a été partiellement efficace. Mais, dans le cas qui nous occupe, cette stratégie se révèle, compte tenu de la nature de la Toile, impossible. Reste donc la seconde, qui a fait ses preuves sur nos divers écrans : celle de la contre-attaque, avec un soutien positif à la différence.</p>
<p>Dans cette affaire, la France et sa Bibliothèque nationale ont une responsabilité particulière envers le monde francophone. Mais aucune nation européenne n&#8217;est, on le sait, assez forte pour pouvoir assurer seule le sursaut nécessaire. Je serai, bien sûr, le dernier à négliger les efforts accomplis : la bibliothèque virtuelle développée par la Bibliothèque nationale de France (BNF) sous le nom de Gallica &#8211; qui propose déjà 80 000 ouvrages en ligne et 70 000 images, et qui va offrir bientôt la reproduction de grands journaux français depuis le XIXe siècle &#8211; est installée avec la gratitude de nombreux chercheurs et citoyens, et elle sert notre influence autour du monde ; mais elle ne vit que de subventions de l&#8217;Etat, forcément limitées, et de nos ressources propres, difficilement et vaillamment mobilisées. Notre dépense annuelle ne s&#8217;élève qu&#8217;à un millième de celle annoncée par Google. Le combat est par trop inégal.</p>
<p>Une autre politique s&#8217;impose. Et elle ne peut se déployer qu&#8217;à l&#8217;échelle de l&#8217;Europe. Une Europe décidée à n&#8217;être pas seulement un marché, mais un centre de culture rayonnante et d&#8217;influence politique sans pareille autour de la planète.</p>
<p>L&#8217;heure est donc à un appel solennel. Il revient aux responsables de l&#8217;Union, dans ses trois instances majeures, de réagir sans délai &#8211; car, très vite, la place étant prise, les habitudes installées, il sera trop tard pour bouger.</p>
<p>Un plan pluriannuel pourrait être défini et adopté dès cette année à Bruxelles. Un budget généreux devrait être assuré. C&#8217;est en avançant sur fonds publics que l&#8217;on garantira aux citoyens et aux chercheurs &#8211; pourvoyant aux dépenses nécessaires comme contribuables et non comme consommateurs &#8211; une protection contre les effets pervers d&#8217;une recherche de profit dissimulée derrière l&#8217;apparence d&#8217;un désintéressement.</p>
<p>C&#8217;est en rassemblant des initiatives d&#8217;Etat qu&#8217;on évitera que tous nos fonds d&#8217;archives photographiques soient rachetés par des entreprises américaines (Corbis, filiale de Microsoft, a déjà beaucoup avancé dans ce domaine). C&#8217;est en mobilisant les laboratoires spécialisés que l&#8217;on assurera le développement d&#8217;un moteur de recherche ainsi que d&#8217;outils logiciels qui soient les nôtres.</p>
<p>Partout on évoque, ces temps-ci, l&#8217;urgence d&#8217;une politique de recherche et d&#8217;une politique industrielle de long terme qui assurent, face aux diverses concurrences planétaires dont le dynamisme s&#8217;affirme si fort, un avenir à l&#8217;originalité de l&#8217;Europe : eh bien ! c&#8217;est exactement de cela qu&#8217;il s&#8217;agit, c&#8217;est ce défi qu&#8217;il nous revient d&#8217;affronter. Nous le pouvons, donc nous le devons.</p>
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		<title>Torres de Babel</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2004 18:01:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
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