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	<title>Tribuna Libre &#187; Estatuto de Autonomía</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>Cumplir incumpliendo el Estatuto</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Oct 2010 09:10:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[País Vasco]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joseba Arregui</strong>, presidente de Aldaketa (EL PERIÓDICO, 26/10/10):</p>
<p>En algunos corrillos políticos de Euskadi se rumorea que los catalanes están enfadados por las nuevas cesiones del presidente Zapatero al PNV. La oposición, el Partido Popular, tampoco anda contenta con el  acuerdo. El Partido Socialista de Euskadi y el Gobierno vasco tratan de  ocultar el enorme enfado que les ha provocado el susodicho acuerdo. Es  de pensar que Zapatero esté contento porque puede culminar la  legislatura. Y el PNV está contentísimo. No porque se vaya cumpliendo el  Estatuto de Gernika, sino porque cree que este golpe que ha dado  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31797/cumplir-incumpliendo-el-estatuto/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joseba Arregui</strong>, presidente de Aldaketa (EL PERIÓDICO, 26/10/10):</p>
<p>En algunos corrillos políticos de Euskadi se rumorea que los catalanes están enfadados por las nuevas cesiones del presidente Zapatero al PNV. La oposición, el Partido Popular, tampoco anda contenta con el  acuerdo. El Partido Socialista de Euskadi y el Gobierno vasco tratan de  ocultar el enorme enfado que les ha provocado el susodicho acuerdo. Es  de pensar que Zapatero esté contento porque puede culminar la  legislatura. Y el PNV está contentísimo. No porque se vaya cumpliendo el  Estatuto de Gernika, sino porque cree que este golpe que ha dado  gracias a la debilidad parlamentaria de Zapatero le acerca a la recuperación del poder en Euskadi.</p>
<p>Casi  todos descontentos, y los que están contentos lo están por razones que  no tienen nada que ver con la supuesta razón por la que todos debiéramos  estar contentos: porque se va cumpliendo el Estatuto vasco y porque  Euskadi, la comunidad autónoma vasca, los ciudadanos vascos salimos  ganando con ese avance estatutario. Sin embargo, Zapatero está  contento porque conserva el poder y no tiene que convocar elecciones  anticipadas. Y el PNV porque acaricia la vuelta al poder.</p>
<p>Cierto:  el Estatuto vasco y su cumplimiento no han sido en toda esta historia  más que la excusa, el medio y el instrumento involuntario para cumplir  fines totalmente ajenos a él. Si se analizan en detalle los acuerdos se  puede ver perfectamente que el Estatuto vasco ha sido una pelota de  trapo con la que los actores han jugado a placer.</p>
<p>El PNV no ha  tardado ni un minuto en decir que el Estatuto no es el punto final de su  proyecto. Y ha vuelto a recordar, al minuto de firmar el acuerdo, que  ahora va a por la transferencia de la Seguridad Social, no porque le  importe el cumplimiento estatutario, pues su meta está mucho más allá,  radicalmente más allá del ámbito estatutario, sino para acaparar poder  como partido. Y Zapatero, el presidente del Gobierno central, una  de cuyas responsabilidades principales es defender el sistema  constitucional español, ni se ha molestado en pedir al PNV, como  contrapartida en el acuerdo, que legitime el Estatuto de Gernika, el  marco que ha permitido al PNV gobernar, gozar de poder político durante  tantos años.</p>
<p>¿Se va cumpliendo el Estatuto vasco con este  acuerdo? Es cierto que se han acordado transferencias previstas en la  ley orgánica que es el Estatuto vasco. También es cierto que, dejando de  lado las políticas activas de empleo, el resto es de muy menor  importancia. También es cierto que la transferencia de las políticas  activas de empleo no se habían transferido hasta la fecha porque el PNV  exigía aplicar a la caja única de la Seguridad Social el sistema de  concierto económico. Y que la transferencia ha sido posible ahora por  una chapuza técnica: lo que pierde la caja de la SS por las  bonificaciones de las cuotas empresariales se resarce desde los  presupuestos generales.</p>
<p>Pero aún es peor para la solidez del  Estatuto lo sucedido con el conjunto de la negociación: se cumple la ley  acordando transferencias previstas, si dejamos de lado las que son  simples delegaciones no obligadas por el Estatuto, pero vaciando el  sistema de las relaciones establecidas en la Constitución y el Estatuto  para proceder a dichas transferencias: negociación entre ambos gobiernos  en la comisión mixta de transferencias. La negociación entre el  Gobierno central y el PNV supone un ataque directo al sistema  constitucional-estatutario, implica su incumplimiento en el eje del  sistema.</p>
<p>Y no vale decir que lo han hecho todos los gobiernos  hasta ahora, pues los acuerdos a los que se llegó anteriormente lo eran  siempre con el Gobierno vasco de turno y con el partido que ponía ese  Gobierno, el PNV. No había incumplimiento institucional alguno. Ahora  sí: no es que se haya ninguneado a una persona, el lendakari Patxi López, sino que se ha incumplido brutalmente una relación institucional que es  el eje del sistema estatutario. Se ha vaciado la institucionalización  estatutaria de la comunidad autónoma vasca. Se ha debilitado esa  institucionalización estatutaria. El autogobierno sale perdiendo. El  Estatuto vasco sale debilitado porque no es una ley institucional, sino  una ley propiedad de un partido.</p>
<p>Al PNV poco le importa, pues su  meta no es la consolidación del sistema estatutario, sino su  debilitamiento y superación radical. Pero se supone que al presidente  del Gobierno central algo le debiera interesar la consolidación  institucional del Estado y de todos sus elementos. A lo que es preciso  añadir que ese sistema constitucional-estatutario no es arbitrario, sino  que tiene la función primordial de garantizar la libertad de todos los  españoles y de todos los ciudadanos vascos.</p>
<p>En esas estamos. Con  el añadido de estar sujetos a la acusación de ser de extrema derecha por  criticar unos acuerdos políticos tratando de argumentar la crítica  política. Solo es posible asentir, y quienes mandan deciden cuál es la  crítica permitida para no ser reo del delito de extremismo de derecha.  ¡Pobre democracia!</p>
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		<title>Los responsables del Estatut</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Oct 2010 13:57:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Elecciones]]></category>
		<category><![CDATA[Cataluña Nov-2010]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 21/10/10):</p>
<p>Es curioso que en los periódicos se hablara más de la sentencia sobre el Estatut de Catalunya antes de que esta se pronunciase que después. Ciertamente, ello no es así entre los expertos en derecho público, que ya comienzan a publicar sus comentarios en revistas especializadas. Pero en las declaraciones de los políticos, y en las opiniones de los analistas, parece que la sentencia haya dejado de interesar.</p>
<p>En Catalunya estamos ya en la recta final de las elecciones autonómicas. El proceso legislativo estatutario ocupó &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31734/los-responsables-del-estatut/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 21/10/10):</p>
<p>Es curioso que en los periódicos se hablara más de la sentencia sobre el Estatut de Catalunya antes de que esta se pronunciase que después. Ciertamente, ello no es así entre los expertos en derecho público, que ya comienzan a publicar sus comentarios en revistas especializadas. Pero en las declaraciones de los políticos, y en las opiniones de los analistas, parece que la sentencia haya dejado de interesar.</p>
<p>En Catalunya estamos ya en la recta final de las elecciones autonómicas. El proceso legislativo estatutario ocupó la atención general en la legislatura anterior y el debate sobre la constitucionalidad de la sentencia &#8211; mezclado inevitablemente con la cuestión de la financiación autonómica-ha sido el tema dominante de la que ahora finaliza.</p>
<p>Ante estas próximas elecciones, para que puedan decidir su voto de manera fundamentada, es importante que los ciudadanos tengan un criterio formado sobre todo este tortuoso proceso de tantos años, en el que han tenido un papel predominante los partidos catalanes responsables de la reforma, es decir, PSC, CiU, ERC e ICV. Hasta el día anterior al pronunciamiento del tribunal, todas estas formaciones mantuvieron la plena constitucionalidad del texto estatutario e inmediatamente después se mostraron disconformes con dicho pronunciamiento e, incluso, se sumaron a una multitudinaria manifestación que presidió, de forma insólita, el presidente de la Generalitat.</p>
<p>Desde la perspectiva actual, es decir, tras la sentencia, es evidente el fracaso de estos partidos en todo el proceso estatutario: la sentencia ha desvirtuado los principales objetivos que se pretendían con el nuevo Estatut. Así lo pone de manifiesto un simple vistazo a los ya numerosos artículos escritos por expertos juristas aparecidos recientemente en publicaciones como la Revista Catalana de Dret Públic,El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho o Claves para la Razón Práctica.Ni la singularidad de Catalunya dentro del Estado, ni el blindaje y aumento de las competencias, ni la vinculación de los órganos del Estado al Estatut, ni la relación bilateral, ni un modelo especial de financiación se han alcanzado tal como se pretendía, ya que el TC ha considerado que rebasaban el marco constitucional.</p>
<p>Lo resume perfectamente la cualificada opinión de una reputada autoridad en la materia como es el profesor Santiago Muñoz Machado, publicada en El Cronista,opinión bastante generalizada también entre los mismos mentores jurídicos catalanes del Estatut: &#8220;El Estatuto de 2006 no tiene un contenido sustantivo mucho más importante que el que ya tenía pacíficamente reconocido el Estatuto de 1979. Sostengo, por tanto, que Cataluña no tiene más poderes reales, después del Estatuto de 2006, que los que tenía desde que se aprobaron la Constitución y el Estatuto de 1979. La diferencia entre ambos estatutos es simplemente aparencial&#8221;.</p>
<p>Todo ello significa que en Catalunya &#8211; y también en España, no olvidemos la responsabilidad del Gobierno de Zapatero-se han estado perdiendo el tiempo y las energías en un empeño que no era posible si no se reformaba la Constitución. Se ha cometido un grave error de técnica jurídica al creer que reformando el Estatut debía cambiarse la jurisprudencia constitucional. Se ha ignorado que esta jurisprudencia deriva de la interpretación de la Constitución, norma suprema que no debe ser interpretada a la luz de normas jerárquicamente sujetas a ella como son los estatutos de autonomía. Yel hecho de que estos estatutos formen parte &#8211; junto a otras normas-del bloque de la constitucionalidad no implica que estén situados en una posición jerárquicamente equiparable a la Constitución.</p>
<p>El Estatut, en muchos de sus artículos, quizás no vulnera la letra de la Constitución, pero sí la interpretación que de ella había efectuado, en doctrina reiterada y consolidada, el TC. En un sistema de democracia constitucional &#8211; como el nuestro y también el de EE. UU., Alemania, Italia y tantos otros-la Constitución no se reduce a la mera literalidad de su texto, sino al sentido que le da el Tribunal Constitucional, su máximo intérprete. Este olvido, el desconocimiento de una regla tan elemental, está en la base de que preceptos muy importantes del Estatut hayan sido declarados, total o parcialmente, inconstitucionales. Desde esta perspectiva, como ya mantienen muchos comentaristas, el fallo de la sentencia era totalmente previsible a menos que el tribunal cambiara su muy asentada jurisprudencia en muchas y variadas cuestiones fundamentales. Ello no era nada probable, ya que una de las principales funciones de una Constitución es dar estabilidad a los fundamentos de un sistema jurídico y precisamente el garante último de esta estabilidad es el TC. No tener todo ello en cuenta ha sido una imprudencia, y las imprudencias se pagan.</p>
<p>El electorado catalán debe ser consciente de estas actuaciones en el momento de ir a votar. Al emitir un voto se otorga la confianza a un representante. Nadie quiere que le representen partidos de escasa competencia. Y todo el proceso estatutario, hasta julio pasado, ha estado presidido, precisamente, por la incompetencia.</p>
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		<title>Extremadura</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Sep 2010 13:21:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Extremadura]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Hernández-Gil</strong>, decano del Colegio de Abogados de Madrid (ABC, 08/09/10):</p>
<p>Para mí es, ante todo, la memoria de mi padre: Puebla de Alcocer —donde nació—, Trujillo, Logrosán, Cáceres, Baños de Montemayor, Guareña, Mérida. Primero, siguiendo de pueblo en pueblo los destinos de su padre, Romualdo, fiscal; después porque, instalado en Madrid, buscó consuelo en los regresos parciales a sus orígenes. La familia, los amigos: Pedro de Lorenzo, escritor; Enrique Escribano, franciscano; Germán Petisco, conductor; Pedro Lumbreras, jurista. Perdón por tantas omisiones. Y el referente, siempre, del pueblo de Extremadura curtido, austero, audaz y resignado a la vez, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31791/extremadura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Hernández-Gil</strong>, decano del Colegio de Abogados de Madrid (ABC, 08/09/10):</p>
<p>Para mí es, ante todo, la memoria de mi padre: Puebla de Alcocer —donde nació—, Trujillo, Logrosán, Cáceres, Baños de Montemayor, Guareña, Mérida. Primero, siguiendo de pueblo en pueblo los destinos de su padre, Romualdo, fiscal; después porque, instalado en Madrid, buscó consuelo en los regresos parciales a sus orígenes. La familia, los amigos: Pedro de Lorenzo, escritor; Enrique Escribano, franciscano; Germán Petisco, conductor; Pedro Lumbreras, jurista. Perdón por tantas omisiones. Y el referente, siempre, del pueblo de Extremadura curtido, austero, audaz y resignado a la vez, tolerante.</p>
<p>En realidad, Extremadura ha sido antes una idea que un confinamiento geográfico. De adolescente, me desorientaban los versos de Machado: <em>Soria fría, Soria pura, / cabeza de Extremadura / con su castillo guerrero / arruinado, sobre el Duero</em>. Ignoraba entonces que replicaban el emblema del escudo de Soria. Pero, ¿dónde estaba Extremadura?</p>
<p>Alguien propuso que la palabra, escrita con «s» en los viejos blasones sorianos, viniera de <em>tremor</em> (<em>temblor, estremecimiento</em>), que en castellano antiguo sería <em>estremecedura</em> y después <em>extremadura</em>: «<em>centro del estremecimiento en la lucha contra los árabes</em>» (Rubio Giménez). Una idea poética, aunque filológicamente improbable. O <em>extremadura</em> como linde, <em>extremo</em>, frontera. Estremoz y Estremadouro en Portugal, Estremeiro en Galicia, Estremera en Madrid. Durante la Reconquista, tierra limítrofe entre posiciones cristianas y musulmanas. De ahí que hubiera varias «extremaduras». Y vía de trashumancia: extremo de la Cañada Real segoviana que se une a la leonesa para penetrar por tierras extremeñas. Zona de pastos, adonde se lleva el ganado en invierno. Todo ello lo combinaba Covarrubias en su <em>Tesoro de la Lengua castellana</em> o española (1611) bajo la voz <em>Extremadura: «cuando se iba recobrando de los moros, era por aquella parte lo postrero y la frontera, hasta donde habían llegado los cristianos ganando tierra&#8230; es tan templada y de tantas dehesas y tan buenas, que llevan allá a invernar los ganados de Castilla».</em> Todavía en el Diccionario de la Real Academia, como acepción de <em>extremar: «Dicho del ganado trashumante: pasar el invierno en los territorios templados de Extremadura</em>». Una idea ligada al tránsito y a la templanza. ¿Cómo encerrarla en una latitud?</p>
<p>Una idea, por suerte, cambiante, de la antigua pobreza a la primavera de hoy, la dehesa al fondo, los extremeños en primer plano. Rafael Alberti escribía en 1933: «<em>Los niños de Extremadura / van descalzos. / Quién les robó los zapatos? / Les hiere el calor y el frío. / ¿Quién les robó los vestidos? / La lluvia / les moja el sueño y la cama. / ¿Quién les derribó la casa? / No saben los nombres de las estrellas. / ¿Quién les cerró las escuelas? / Los niños de Extremadura / son serios. / ¿Quién fue el ladrón de sus juegos?</em>». Basta haber conocido la Extremadura de la lenta posguerra, los niños oscuros corriendo por el barro tras un aro de madera real o imaginado, para, consignas políticas aparte, comprender la razón de aquellos versos de Alberti, que en 1985 daba ya una visión muy distinta de esta tierra, con tintes machadianos: «<em>Paz a España, paz segura. / Canten abiertos los campos / dichosos de Extremadura. / Lean los niños, las flores, / y entre las negras encinas / todos los trabajadores. / ¡Lejos tanta noche oscura! / ¡Para siempre en primavera, / la tierra de Extremadura!</em>». La edad de la esperanza.</p>
<p>Hoy, el Preámbulo del Proyecto de nuevo Estatuto de Autonomía de Extremadura, pendiente de su trámite último en las Cortes Generales, sigue avanzando en la buena dirección: «<em>En los dos grandes valles del Tajo y el Guadiana, se ha ido escribiendo silenciosamente la crónica de una voluntad de sentir, pensar, ser y estar en el mundo. Una tarea de los pueblos que han ido forjando Extremadura, con o sin conciencia de hacerlo</em>». Esa conciencia incierta de sí mismos se proyecta hacia el futuro como <em>identidad regional histórica dentro de la nación española</em>, a través de la norma estatutaria: «<em>Somos Extremadura porque queremos serlo los extremeños de hoy, sus ciudadanos, con independencia de lo que pensaran o sintieran nuestros antepasados, y porque el proyecto incluyente de España así lo reconoce y alienta para nosotros y para los otros pueblos hermanos</em>». Y concluye con un eco de la fraternidad franciscana (Juan de la Puebla, Juan de Guadalupe, San Pedro de Alcántara) que Extremadura llevó al otro lado del océano: <em>«Una Extremadura definitivamente asentada pero más abierta al mundo. Una Extremadura cómoda y activa en el proyecto de la nación española. Una Extremadura fronteriza, europea y americana. Una Extremadura solidaria con cada rincón del planeta».</em></p>
<p>Este proyecto solidario e inclusivo merece la mejor de las fortunas; que al nuevo Estatuto no se le regateen palabras hermosas ni legítimos objetivos de convergencia con el resto de las comunidades, como en los últimos años se está logrando con el trabajo de todos los españoles. En el período 2000-2009 Extremadura fue la comunidad cuya economía más creció: un 2,7 por ciento de media anual, pese a la recesión. Es justo. Pero sigue siendo la comunidad con el PIB por habitante más bajo de España, 16.301 euros en 2009, frente a los 30.703 del País Vasco, los 30.029 de Madrid, los 29.598 de Navarra o los 26.831 de Cataluña, los más altos, según datos del INE. La media nacional es de 22.886 euros por habitante. Una dispersión demasiado amplia como para que no sea prioritario atemperarla con herramientas políticas y fiscales que, dentro de la Constitución, pueden y deben tener reflejo en los Estatutos de autonomía.</p>
<p>Se mire como se mire, la solidaridad obliga a una redistribución de rentas entre personas y entre comunidades, de las más ricas hacia las más pobres, como, hasta por cuatro veces, proclama la Constitución en sus artículos 2, 40, 131 y 138: «<em>el Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo, entra las diversas partes del territorio español</em>», sobre la base de «<em>una distribución de la renta personal y regional más equitativa</em>», de modo que «<em>las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales</em>». La igualdad como vocación es todo lo contrario del privilegio: un vector de transformación imprescindible para cumplir con el valor superior de la justicia que entroniza una Constitución progresista, necesitada de que todos la interioricemos antes de querer reformarla.</p>
<p>Merece también reconocimiento el clima de diálogo social y político que hay en la región; el respeto mutuo de dos partidos —los mismos que se lo faltan en política nacional— que no sólo han acordado por unanimidad un nuevo texto de Estatuto en la Asamblea de Extremadura, sino que han sabido convenir un Código de Buen Gobierno para fomentar la transparencia y la austeridad de todos los cargos públicos, y han hecho posible un Pacto Social y Político para, dentro de las limitaciones de recursos y competencias de la comunidad, impulsar reformas que afiancen los <em>principios de igualdad, cohesión social y territorial y justicia social</em>. Pueden parecer grandes palabras sin alcance práctico; pero implican mucho más: una idea de convivencia esencial para el progreso y la educación cívica de los jóvenes, el arma del futuro.</p>
<p>Y merecen nuestro esfuerzo, sobre todo, los extremeños. Apenas un millón cien mil; sin masa crítica para ser un problema o una solución. Una porción menor del PIB nacional que, con un poco de generosidad o justicia —si fuesen cosas distintas— de parte de quienes más tienen, podría, igual que en otras comunidades hermanas, multiplicarse y dar réditos dentro y fuera de las cuencas de sus ríos. Para que, algún día, todos los niños de este país, extremeños, españoles o extranjeros, sientan en sus casas la templanza del trabajo y aprendan a leer en las flores los nombres de las estrellas.</p>
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		<title>Dinamitar 32 años</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2010 21:25:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joaquim Nadal i Farreras</strong>, consejero de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Cataluña (EL PAÍS, 17/08/10):</p>
<p>Después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña, España y Cataluña están peor.</p>
<p>Se ha desplazado el eje del debate político de forma incuestionable;  ha crecido la desconfianza de muchos sectores de la sociedad catalana  hacia España; ha saltado por los aires el espíritu del pacto  constitucional; se han radicalizado las posiciones anticatalanas en  sectores de la sociedad y de la política españolas; el pacto estatutario  ha dejado de ser una referencia para &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31039/dinamitar-32-anos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joaquim Nadal i Farreras</strong>, consejero de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Cataluña (EL PAÍS, 17/08/10):</p>
<p>Después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña, España y Cataluña están peor.</p>
<p>Se ha desplazado el eje del debate político de forma incuestionable;  ha crecido la desconfianza de muchos sectores de la sociedad catalana  hacia España; ha saltado por los aires el espíritu del pacto  constitucional; se han radicalizado las posiciones anticatalanas en  sectores de la sociedad y de la política españolas; el pacto estatutario  ha dejado de ser una referencia para muchos en Cataluña.</p>
<p>La gran  manifestación del 10 de julio apunta a un hartazgo generalizado de la  política de desgaste a la que se ha sometido la sociedad y la  gobernación de Cataluña y encamina sectores hacia la secesión.</p>
<p>El  gran culpable de esta situación es el Partido Popular, aunque no debemos  olvidar los demás recursos contra el Estatuto que siguen vivos y  aparcados. Sin ese recurso ahora no habría sentencia y sin sentencia  España y Cataluña estarían mejor, respirarían mejor.</p>
<p>Con  naturalidad, sin ninguna ruptura irreparable como han puesto de  manifiesto los cuatro larguísimos años de agonía constitucional a la que  ya casi nadie daba crédito después que, de forma sucesiva, el Tribunal  Constitucional viese mermados sus efectivos por recusación,  fallecimiento o mandatos vencidos.</p>
<p>Amparados en la Constitución,  que no votaron, los sectores más conservadores de la sociedad española  han hecho añicos un pacto que les molestaba. Han roto el pacto de 1978  que no pudieron romper entonces, orquestando ahora un ataque en toda la  regla. Aún a riesgo de cargarse 32 años de vida constitucional  fructífera y la voluntad explícita del Parlamento y del pueblo de  Cataluña, en un atentado de lesa patria.</p>
<p>En el siglo pasado uno de  los problemas de la política española fue el llamado &#8220;problema  catalán&#8221;. Los esfuerzos de la Transición se orientaron a resolver este y  otros muchos problemas derivados de las heridas abiertas por la Guerra  Civil y la Dictadura. Así se halló un pacto político que definía un  horizonte de geometría variable y de descentralización creciente en un  proceso sin precedentes en la historia de España.</p>
<p>Los resultados  son más que evidentes y sería paradójico que la bondad del pacto  estallara definitivamente por los aires víctima de su propio éxito. Las  aspiraciones de más autogobierno por parte de Cataluña han sido  observadas con mucho recelo y desprestigiadas, a menudo, como un afán de  privilegios y desigualdades donde solo había la voluntad radical de  expresar con claridad meridiana la propia identidad. Una identidad  nacional que nadie sabría negaren el terreno intelectual y académico, y  que al parecer causa pavor en el contexto de una interpretación  constitucional restrictiva.</p>
<p>En el momento del pacto de 1978, la  sociedad española y los sectores más directamente implicados en las  luchas democráticas respetaban profundamente a Cataluña. Quizás temían y  respetaban. Rechazo la idea del temor. Me aferro al profundo respeto  que las fuerzas democráticas y progresistas, que las izquierdas, que la  intelectualidad, expresaba en aquellos años hacia la sociedad catalana.  Con ánimo constructivo se selló un gran acuerdo que culminaba todas las  audacias compartidas por Cataluña y España en el proceso de la  Transición.</p>
<p>Transcurridos 32 años, con dos Estatutos vigentes  sucesivamente (1979 y 2006), la situación ha cambiado radicalmente. Ya  no se nos teme ni se nos respeta. No solo no se nos respeta sino que con  cierta sistemática se nos falta al respeto. Se niegan los hechos  básicos de la identidad catalana, se combate la idea de una España  plural y se intenta desmentir el carácter plurinacional, pluricultural y  plurilingüístico de la sociedad española. Es más, las resistencias, los  obstáculos, las cortapisas a los procesos acordados en el pacto  estatutario de 2006 evidencian un abismo entre la voluntad política  expresada por las Cortes Generales y los Gobiernos y la predisposición  real de las burocracias estatales.</p>
<p>El Estatuto mutilado por el  Tribunal Constitucional ha sido erosionado en su aplicación práctica.  Tanto que cuando se han alcanzado resultados tangibles, el beneficio del  éxito estaba ya totalmente amortizado por la carga del desgaste  acumulado. La aplicación a contrapelo del Estatuto puede haber tenido en  muchas ocasiones efectos igualmente letales para su vigencia y  reconocimiento.</p>
<p>Y, sin embargo, los resultados están ahí, pueden  llegar más y nadie podría discutir que nunca antes en la historia de  Cataluña se había dispuesto de cotas equivalentes de autogobierno.</p>
<p>Para  algunos explorar esta vía es perder el tiempo. Muchos han decidido que  el Estatuto estaba muerto. Sectores de la sociedad catalana se orientan  hacia el independentismo. Y CiU apunta a una orientación soberanista con  sordina, liquida el Estatuto como vía operativa y se apunta a dos  abstracciones directas: el derecho a decidir y el concierto económico.  Abstracciones porque siendo muy concretas, su aplicación práctica  deviene una mera abstracción si no se perfila una ruta precisa hacia  objetivos concretos.</p>
<p>En este contexto, el PSC busca en solitario  recomponer los pactos constitucional y estatutario. Lo hace desde la  afirmación clara de no ser un partido independentista. No solo eso, sino  que percibimos en la lógica del independentismo alguno de los riesgos  que caracterizaron en el pasado nuestra peripecia colectiva y la  marcaron con el signo del fracaso.</p>
<p>Es legítimo que algunos piensen  que ha llegado la hora de la verdad y que en la Europa del siglo XXI  caben nuevas fórmulas más allá de un federalismo que algunos practican,  muchos predican y probablemente pocos quieren. El PSC insiste en abrirse  camino desde la centralidad política en esta vía federalizante que  refuerza el pacto constitucional y estatutario.</p>
<p>¿Existe todavía en  la izquierda española voluntad federal? ¿Estamos perdiendo el tiempo  los que creemos que todavía hoy la vía abierta y flexible ensayada en  1978 y pendiente de actualizar es el camino más efectivo y práctico para  orientar el futuro? ¿Con qué convicción defenderán el Estatuto los que  lo votaron y lo hicieron posible? ¿Son posibles posiciones equivalentes  en el Parlamento catalán y en las Cortes generales?</p>
<p>Las dudas e  interrogantes que se plantea la sociedad catalana de cara a los próximos  comicios son de una entidad sobresaliente. Hoy y desde el debate  monográfico sobre la sentencia, que se produjo en julio en el Parlamento  de Cataluña, las posiciones de los partidos se han hecho evidentes.  Todos han creído erigirse en intérpretes de nuevas voluntades  mayoritarias expresadas en la calle. La mayoría han expuesto los fines  que persiguen aunque muy pocos se atreven a definir los medios con que  plantean alcanzarlos.</p>
<p>Casi nadie piensa en las tensiones a las que  se somete desde todos los frentes al conjunto de la sociedad catalana.  Casi nadie en España se plantea los riesgos que se asumen y la carga de  profundidad para la convivencia de los pueblos de España que ha supuesto  la sentencia.</p>
<p>Los que aún creemos que existe un itinerario  compartido buscamos razones para convencernos que no nos hemos  equivocado, necesitamos certezas tangibles que acerquen el imaginario  colectivo catalán a un plausible horizonte federal. Porqué Cataluña está  cansada de pedir y esperar &#8220;generosidad federal&#8221; y ha dejado claro ya  que los términos del pacto son políticos y no admiten conceptos  subjetivos como la generosidad y sí solo los términos de la &#8220;lealtad&#8221; al  pacto.</p>
<p>Los tiempos sociales y los tiempos políticos pueden haber  perdido el compás como apuntaba recientemente Manuel Castells. De  consumarse el divorcio, el conflicto está servido. De ahí que muchos  estén ya construyendo sus discursos al margen de España, dibujando un  horizonte utópico que, aunque a menudo vacío de argumentos, suscita  entusiasmos.</p>
<p>De vez en cuando contemplo, con cierta ternura, la  magnífica fotografía que Adolfo Suárez Illana hizo de su padre y del  Rey. Ambos compartieron un gesto de coraje político sin precedentes.  Ambos consumaron en la Transición un primer reconocimiento  preconstitucional de la singularidad institucional y política de  Cataluña, y restablecieron la Generalitat con el retorno del <em>president</em> en el exilio, Josep Tarradellas. ¿Existe hoy coraje político para  mantener el tono y el sentido de aquella decisión histórica y sin  precedentes?</p>
<p>Estamos ante una nueva encrucijada, en un momento  sensible y delicado de nuestra vida política. Es en estas circunstancias  cuando se calibran los liderazgos auténticos que vencen la adversidad y  construyen futuro.</p>
<p>Para los que dudan conviene recordar que el  propio president José Montilla ha dejado meridianamente claro que en su  elección antepone Cataluña a cualquier otra adscripción.</p>
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		<title>El Estatut, una vía errónea</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2010 21:09:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc Pau Vall</strong>, profesor de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra (EL PERIÓDICO, 17/08/10):</p>
<p>Para analizar la situación a la que nos ha abocado el Estatut, hay  que hacerlo desde dos perspectivas distintas: la jurídica y la política,  que nos llevan a conclusiones también distintas.</p>
<p>Desde la  perspectiva jurídica, hay que decir que las reglas del juego, hasta el  momento no cuestionadas, establecen el procedimiento de aprobación del  Estatut (aprobación por el Parlament, aprobación por las Cortes  Generales, que pueden modificar lo que quieran, y referendo afirmativo  del pueblo) y también que puede ser impugnado, entre otros, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31037/el-estatut-una-via-erronea/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc Pau Vall</strong>, profesor de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra (EL PERIÓDICO, 17/08/10):</p>
<p>Para analizar la situación a la que nos ha abocado el Estatut, hay  que hacerlo desde dos perspectivas distintas: la jurídica y la política,  que nos llevan a conclusiones también distintas.</p>
<p>Desde la  perspectiva jurídica, hay que decir que las reglas del juego, hasta el  momento no cuestionadas, establecen el procedimiento de aprobación del  Estatut (aprobación por el Parlament, aprobación por las Cortes  Generales, que pueden modificar lo que quieran, y referendo afirmativo  del pueblo) y también que puede ser impugnado, entre otros, por 50  diputados o senadores, por el Defensor del Pueblo y por los gobiernos  autonómicos, ante el Tribunal Constitucional; y, de acuerdo con estas  previsiones legales, fue impugnado. Finalmente, tras casi cuatro años,  el tribunal dictó una sentencia en la que declaró la  inconstitucionalidad de unos artículos y cómo debe ser la interpretación  de otros. La constitucionalidad del Estatut, aunque haya sido  refrendado por el pueblo, de acuerdo con las normas hechas por las  mayorías parlamentarias en las Cortes Generales, la decide el Tribunal  Constitucional. En un Estado de derecho, no es de recibo hacer unas  normas y luego quejarse de su aplicación, sin olvidar que todas las  sentencias deben ser acatadas, aunque no se compartan.</p>
<p>Ciertamente,  el Tribunal Constitucional está deslegitimado desde un punto de vista  político, porque casi la mitad de sus miembros deberían haber sido  renovados y porque son elegidos por las fuerzas mayoritarias en las  Cortes Generales (PSOE y PP) con criterios jurídicos y, sobre todo,  políticos, pero esta es la composición que resulta de las normas  aplicables, aprobadas por las mayorías parlamentarias que deciden las  leyes en las Cortes Generales. Por otro lado, es completamente legítimo y  congruente con un Estado que se define como autonómico que en la  elección del árbitro que decide las controversias entre el Estado y las  comunidades autónomas, estas participen de forma directa. No es  razonable que el árbitro sea elegido, en la práctica, por una sola de  las partes: el Estado. Pero, para cambiar el sistema de elección de los  miembros del tribunal, hay que cambiar la ley orgánica, estatal, que lo  regula.</p>
<p>El problema de fondo ha sido que mediante la reforma del  Estatut se quería establecer un encaje distinto de Catalunya en el  Estado, un encaje que la Constitución no permite, a criterio del  Tribunal Constitucional, que es quien tiene, de acuerdo con la ley, la  competencia para decidirlo. Así pues, de acuerdo con la valoración de la  sentencia que se ha hecho desde Catalunya, la operación ha sido un  fracaso.</p>
<p>Desde la perspectiva política, la manifestación del  pasado 10 de julio es la última demostración de que existe una parte  significativa, cualitativamente importante, de catalanes y catalanas que  no están de acuerdo con el actual encaje de Catalunya en el Estado.</p>
<p>Para  modificarlo, es necesaria una negociación política, para lo cual es  imprescindible que los negociadores catalanes cuenten con un gran apoyo  electoral. A estos efectos, sería deseable que, con vista a las próximas  elecciones al Parlament, todas y cada una de las fuerzas políticas  explicitaran cuál es su posición sobre la relación Catalunya-Espanya  para que los electores puedan posicionarse al respecto mediante el voto.  Los modelos de relación son básicamente: aceptar el actual Estatut,  aceptar el actual Estatut y negociar para conseguir la transferencia de  alguna otra competencia, una confederación o la independencia. Hay que  saber con claridad qué parte de los catalanes están interesados en  establecer un sistema de relaciones distinto, y esto en democracia solo  puede saberse mediante las elecciones, que se celebran cada cuatro años.</p>
<p>Hay  que tener presente si el modelo que se propone comporta la reforma  constitucional, como en el caso de la confederación o de la  independencia. De acuerdo con la Constitución, y dada la correlación de  fuerzas a nivel del Estado, sería necesario tanto el apoyo del PSOE como  del PP, algo del todo improbable. Esto comportaría que debería  negociarse, más allá de la Constitución, de acuerdo con el principio  nuclear de la democracia, planteando qué relación quieren los catalanes  con el Estado y qué relación quieren en el resto del Estado con  Catalunya, según los criterios de la sentencia que el Tribunal Supremo  de Canadá dictó sobre la autodeterminación de Quebec, lo que requiere un  amplio apoyo electoral a la propuesta que se negocie.</p>
<p>Desde la  perspectiva política, solo si una mayoría clara del electorado apoya  otro tipo de relación con España, los representantes catalanes podrán  plantearlo. De todos modos, vale la pena resaltar la gran desafección  existente entre el electorado catalán en relación con los políticos,  como lo dejan de manifiesto periódicamente las sucesivas encuestas de  opinión. Por todo esto, no sería de extrañar una gran abstención  electoral que deslegitimaría en gran parte la negociación para  establecer un encaje distinto de Catalunya con el Estado.</p>
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		<title>Cuando el PP gana sin jugar</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:05:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Ridao</strong>, secretario general de ERC (EL PAÍS, 13/08/10):</p>
<p>La gestión que del brutal atentado islamista de Madrid hizo el Partido  Popular permitió al PSOE una nueva oportunidad de la mano de José Luis  Rodríguez Zapatero, que aparecía como la esperanza blanca del  socialismo, como el hombre de izquierdas, socialdemócrata de profundas  convicciones, que no fue Felipe González. El mismo que, en estas  páginas, nos metía en el mismo saco que a los de Rajoy, a cuenta de  nuestro rechazo al recorte del Estatut, obviando deliberadamente que, a  diferencia del PP, nosotros aceptamos el veredicto de los catalanes &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31000/cuando-el-pp-gana-sin-jugar/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Ridao</strong>, secretario general de ERC (EL PAÍS, 13/08/10):</p>
<p>La gestión que del brutal atentado islamista de Madrid hizo el Partido  Popular permitió al PSOE una nueva oportunidad de la mano de José Luis  Rodríguez Zapatero, que aparecía como la esperanza blanca del  socialismo, como el hombre de izquierdas, socialdemócrata de profundas  convicciones, que no fue Felipe González. El mismo que, en estas  páginas, nos metía en el mismo saco que a los de Rajoy, a cuenta de  nuestro rechazo al recorte del Estatut, obviando deliberadamente que, a  diferencia del PP, nosotros aceptamos el veredicto de los catalanes en  el referéndum.</p>
<p>Que ahí está la esencia misma del conflicto que se ha generado: los  que mantenemos el respeto a la voluntad popular y los que someten esta a  las martingalas de los togados del TC.</p>
<p>Con su verbo simpático y  su España plural, ZP llegaba al poder en la mejor de las coyunturas  posibles. En Catalunya, el proceso de reforma del Estatut era un hecho y  el líder del PSOE no había dudado en anunciar su apoyo sin paliativos  al Estatut que aprobase el Parlament. Por lo menos, hasta en dos  ocasiones se le oyó proclamar en público ese compromiso. Precisamente  por ello, la izquierda catalana soberanista tendió la mano a ZP, votó su  investidura y los primeros presupuestos de su Gobierno.</p>
<p>Dimos  probadas muestras de nuestra disposición a colaborar, sin escatimar  decisiones arriesgadas y ofreciendo un margen notable de confianza en el  PSOE de ZP. No esperábamos gratitud ni reconocimiento alguno pero sí  reciprocidad de hecho, compromiso y lealtad a la palabra dada. Lo que en  vano esperamos y a la postre no ocurrió, agotándose el crédito y la  paciencia, la nuestra y la de todos por extensión.</p>
<p>El proceso de  reforma del Estatut fue el arduo trabajo de un Gobierno de izquierdas  con el socialista Pasqual Maragall a la cabeza. Congeniar las tres  sensibilidades del nuevo Gobierno catalán era una tarea compleja si,  además, debíamos contar con la complicidad de CiU, dolida en el alma al  ser apeada del poder que había ostentado a su antojo durante 23 años.</p>
<p>Y  se logró. Al final fue posible llegar a un amplio acuerdo acerca de la  reforma del Estatut de 1979, en el que todos hicieron concesiones. Cabe  decir, para empezar, que aquel no era un Estatut secesionista, ni por  asomo, sino de afirmación de Catalunya en el marco de España, no la del  PP por supuesto, pero sí esa España dispuesta a reconocer sin complejos  su plurinacionalidad.</p>
<p>Las palabras de apoyo al Estatut de ZP se  tornaron un desliz en poco tiempo. Pero apareció Artur Mas, presto a  aparecer en escena como el gran estadista y representante del  catalanismo. Y en un breve lapso de tiempo llegaba a un acuerdo con  Zapatero, al que luego Alfonso Guerra -que a español no le gana nadie-  puso nombre y sorna: el <em>Estatut del cepillo.</em> ZP tenía así un  Estatut presentable ante las Cortes, mientras a Mas se le garantizaba su  retorno al poder si CiU repetía nuevamente como formación política más  votada. Un cambalache en toda regla sujeto a las necesidades de unos y  otros. Como era de prever, el texto se aprobó en las Cortes y luego fue  sometido a referéndum en Catalunya.</p>
<p>Lo que aconteció luego es de sobra conocido. La derecha interpuso un recurso contra el <em>Estatut</em> y el Tribunal Constitucional, que no fue concebido para juzgar la  voluntad popular, aceptó el envite mientras el Gobierno despistaba. Los  magistrados conservadores del TC tomaron enseguida el mando del asunto,  sacando a relucir el escalofriante mejunje en que se había convertido el  alto Tribunal, mientras sus deliberaciones -que se filtraban como  episodios de una mala telenovela a los medios- eran la crónica de un  final anunciado.</p>
<p>La España del PP había copado todas las  instituciones del Estado e inoculado una visión del proceso autonómico  que poco o nada tenía a ver con el espíritu que alumbró la Constitución.  En paralelo, Zapatero anunciaba el cierre de la España de las  autonomías, dando por bueno un techo a medida de la España más rancia,  de la España que jamás creyó en su pluralidad porque veía en ella la  sombra de la disgregación y la consideraba un lastre y no una riqueza en  sí misma.</p>
<p>A esto se ha acomodado el PSOE, rehén de una estrategia  del PP diseñada por Aznar, a la que no ha sabido, no ha podido o no se  ha atrevido a contestar ZP. En tales circunstancias, la izquierda  soberanista catalana no puede seguir como si nada por esos derroteros.</p>
<p>El  PSOE ha sido derrotado por una derecha que ha patrimonializado la  Constitución y se ha erigido como su mayor defensor, pese a su pasado  reaccionario, pese a la anuencia de la extrema derecha que late en su  seno, pese a que por aquel entonces esas gentes no solo eran reacias a  la Constitución sino que no dieron jamás su brazo a torcer; la  Constitución y el diseño del nuevo Estado se pusieron en marcha, no  gracias a ellos sino pese a ellos.</p>
<p>¿Cómo puede ser, entonces, que  una formación de corte derechista, autoritaria y antisocial como el  Partido Popular se haya convertido en la mayor defensora de la  Constitución? ¿Cómo es posible que esa bandera sea sostenida ahora por  esas manos? ¿Qué ha ocurrido?</p>
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		<title>Castraciones y esterilidades</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2010 18:44:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joseba Arregi</strong>, ex diputado del PNV y autor de numerosos ensayos como <em>Ser nacionalista</em> y <em>La nación vasca posible</em>. (EL MUNDO, 12/08/10):</p>
<p>Dice el refrán que  por la boca muere el pez, y ciertamente a muchos políticos -aunque no  sólo a ellos- les pierde la brillantez de una metáfora. Quedan seducidos  por la fuerza de una imagen que, si la pensaran hasta el final,  reconocerían que puede volverse contra ellos mismos. Recientemente el  líder nacionalista catalán Artur Mas usaba en las páginas de este  periódico la imagen de la castración para referirse a lo que el PP &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30985/castraciones-y-esterilidades/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joseba Arregi</strong>, ex diputado del PNV y autor de numerosos ensayos como <em>Ser nacionalista</em> y <em>La nación vasca posible</em>. (EL MUNDO, 12/08/10):</p>
<p>Dice el refrán que  por la boca muere el pez, y ciertamente a muchos políticos -aunque no  sólo a ellos- les pierde la brillantez de una metáfora. Quedan seducidos  por la fuerza de una imagen que, si la pensaran hasta el final,  reconocerían que puede volverse contra ellos mismos. Recientemente el  líder nacionalista catalán Artur Mas usaba en las páginas de este  periódico la imagen de la castración para referirse a lo que el PP y el  PSOE han hecho con el Estatuto catalán: el PP lo habría sometido a una  castración física, y el PSOE a una castración química. Que viene a ser  lo mismo.</p>
<p>Pero quizá convenga comenzar por el inicio. Se castra lo que  se supone que puede y quiere tener consecuencias productivas, se somete a  castración la capacidad reproductiva para evitar la fecundación. Y la  pregunta inicial que nos debemos hacer es si el Estatuto de Cataluña  nace de una voluntad reproductiva, de la intención de fecundar con  nuevas fuerzas el Estado, de dar nacimiento a una nueva situación en la  que no sólo ellos, sino los demás que son imprescindibles en todo  proceso reproductivo y de fecundación, se reconozcan renovados,  renacidos, reinventados.</p>
<p>Mucho me temo, sin embargo, que la tónica general de la que  nace el Estatuto y que lo inspira de la primera a la última letra, es el  solipsismo. Es un texto que vive de la autoafirmación; es una propuesta  hermética; es un proyecto que habla de un nosotros encerrado en sí  mismo: tenemos derecho a, nos afirmamos como, somos lo que decimos que  somos, los demás nos tienen que reconocer en lo que nosotros queremos  ser, los demás se tienen que ajustar a nuestras exigencias -que son  derechos porque los proclamamos nosotros-, sólo podemos vivir en la casa  conjunta si se admiten nuestros planteamientos&#8230;</p>
<p>Vaya por delante que creo que algunos planteamientos del  Estatuto catalán pueden ser de justicia. Especialmente estoy convencido  de que el sistema español de financiación autonómica no se sostiene: la  falta de coherencia, aunque fuera inversa, entre el <em>ranking</em> de comunidades por PIB y el <em>ranking </em>por gasto público por persona es una auténtica irracionalidad.</p>
<p>Pero la manera de plantear la cuestión por parte de la  mayoría de partidos catalanes ha sido autista y estéril. No hacía falta  ninguna castración del Estatuto, porque éste era, en su mismo núcleo,  inútil. Ese es el problema. Para que una propuesta política de parte  para el todo sea productiva, fecunda, capaz de dar paso a algo nuevo,  debe cumplir con unas condiciones mínimas que son conocidas por todos.</p>
<p>Si se quiere cambiar la casa en la que se vive, si se quieren  hacer reformas para agrandar el espacio de algunos de los habitantes,  es preciso que todos los que habitan en esa casa sean escuchados.</p>
<p>Pero en el Estatuto catalán sólo algunos tenían derecho a  hablar. Los demás sólo tenían derecho a escuchar y a aceptar esas  reivindicaciones. El pacto del Tinell y el cordón sanitario dejaron  fuera de la conversación a toda aquella parte de la casa común sin la  cual es imposible revisar los planes de construcción. Y no basta con la  construcción, a posteriori, de un discurso que tilde de caverna  mesetaria a cualquier voz discrepante.</p>
<p>Nunca se ha visto una unanimidad autista tan grande como en  el caso de Cataluña, de sus medios de comunicación y la mayoría de sus  opinantes. Incluso ahora, cuando alguien critica que los políticos  catalanes no se atrevieron a decirle al Príncipe lo que no quería oír,  sino que se limitaron a regalar sus oídos, tiene que justificarse antes  diciendo que ha existido anticatalanismo y una agresión a Cataluña.</p>
<p>El gran pintor catalán Dalí es el autor de una pintura que se titula <em>El gran masturbador</em>.  Tendrán razón los expertos que hablan de que toda la obra de Dalí es la  contemplación de sí mismo, y que cada cuadro nace de sus experiencias  personales. Pero también es cierto que no pocos análisis de las  sociedades modernas y de los individuos marcados por ellas apuntan al  narcisismo en el que caen, a la tendencia al subjetivismo, a la negación  de la realidad, a las fantasías complementarias de omnipotencia y de  impotencia radical en las que se ven a sí mismos.</p>
<p>Estos análisis sirven también para comprender la realidad  política, la de los líderes que nos han tocado en suerte, pero también  la de los movimientos que condicionan nuestras vidas.</p>
<p>Y no me cabe la menor duda de que en los nacionalismos  actuales hay no poco de masturbación, de ensimismamiento, de fantasías  de omnipotencia junto a la creencia de ser víctima de no se sabe qué  agresiones externas.</p>
<p>Todo en el nacionalismo se revuelve en torno a lo que se le  hace al grupo, a lo que siente el grupo, a lo que el grupo tiene  derecho. A nivel individual todo ello es considerado egotismo que  necesita tratamiento y al que el entorno se puede y se debe enfrentar.  Pero en el caso de los mismos síntomas a nivel de grupo, parece que la  capacidad de análisis crítico desaparece.</p>
<p>Un comentarista que escribe en estas mismas páginas, y que se  confiesa independentista catalán, ha utilizado en muchos de sus  comentarios el calificativo de adolescente e inmaduro para hablar del  nacionalismo preponderante catalán. No seré yo quien le corrija la  plana: adolescente e inmaduro es otra forma de decir estéril, ocupado y  preocupado consigo mismo, de forma que es incapaz de establecer  relaciones fecundas y reproductivas con los demás.</p>
<p>En estas situaciones no se necesita ningún tipo de  castración, puesto que la esterilidad está garantizada en el sustrato  mismo del planteamiento: mientras no se sale de sí mismo, no se alcanza a  establecer relaciones maduras con los demás, no hay posibilidad de  fecundación, todo se queda en una gran masturbación. Aunque sea  colectiva.</p>
<p>Lo peor es que se sea incapaz de ver esa realidad de  onanismo, y se atribuya la situación propia a la voluntad castradora de  los demás.</p>
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		<title>La cabeza cortada del catalán</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2010 18:03:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[Política lingüística]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Xavier Pericay </strong>(ABC, 12/08/10):</p>
<p>Si mal no recuerdo, fue Dietrich Schwanitz quien definió el marxismo y sus epígonos de Mayo del 68 como una escuela del desenmascaramiento, cuyo principal objetivo era ir identificando, aquí y allá y sin pararse en barras, toda clase de sospechosos. Sospechosos de las mayores villanías, claro está, y muy en particular de la consistente en no comulgar con las ruedas de molino que el propio marxismo hacía girar. Yo no sé si el marxismo y demás sucedáneos fueron también otra cosa aparte de una escuela del desenmascaramiento, pero de lo que estoy seguro es &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30981/la-cabeza-cortada-del-catalan/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Xavier Pericay </strong>(ABC, 12/08/10):</p>
<p>Si mal no recuerdo, fue Dietrich Schwanitz quien definió el marxismo y sus epígonos de Mayo del 68 como una escuela del desenmascaramiento, cuyo principal objetivo era ir identificando, aquí y allá y sin pararse en barras, toda clase de sospechosos. Sospechosos de las mayores villanías, claro está, y muy en particular de la consistente en no comulgar con las ruedas de molino que el propio marxismo hacía girar. Yo no sé si el marxismo y demás sucedáneos fueron también otra cosa aparte de una escuela del desenmascaramiento, pero de lo que estoy seguro es de que esa escuela existió. Y no sólo eso: a juzgar por algunas de las reacciones habidas tras el anuncio de la sentencia del Constitucional que ha puesto fuera de la ley 14 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña y fijado la recta interpretación de otros 27, sigue gozando hoy en día de excelente salud.</p>
<p>Dejo de lado, entre esas reacciones, las procedentes del campo de la política, tan previsibles. No, lo que aquí me interesa subrayar es la opinión vertida por determinados columnistas, nacionalistas de carrera y quién sabe si también de corazón, los cuales, pese a mostrar su disgusto por el sentido de la sentencia, se felicitaban a un tiempo por la indiscutible derrota de quienes aspiraban, según ellos, a que el fallo les sirviera «la cabeza en bandeja del catalán» negando a dicho idioma «su condición de lengua vehicular en la enseñanza». Una aspiración, la anterior, que esos opinadores no reputaban en modo alguno sobrevenida, sino producto de un verdadero plan: «Aprovechar la sentencia (…) para pegarle un buen hachazo a la lengua catalana, sujeto central de la personalidad nacional de Cataluña». Y como todo plan tiene siempre una urdimbre, y toda urdimbre, por fuerza, un comienzo y un final, el estadio inicial de esa conspiración contra el catalán habría sido, al parecer, el «Manifiesto por una lengua común» que un selecto grupo de intelectuales españoles —y, en algunos casos, también catalanes— promovieron en junio de 2008 y que obtuvo, al poco de hacerse público, la adhesión de miles de conciudadanos.</p>
<p>Por supuesto, todo el mundo es muy libre de ver las cosas según le plazca, le convenga o le alcancen sus entendederas. Y si a algunos esas entendederas no les permiten vislumbrar más que oscuros contubernios allí donde el común de los mortales observa tan solo el hecho desnudo, qué se le va a hacer. Ahora bien, con contubernios o sin ellos, no hay duda que la satisfacción de quienes tanto se felicitan por el fracaso ajeno —ya sea éste real o imaginario— posee un fundamento. Si bien es cierto que, en su sentencia, el Tribunal Constitucional ha cortado alguna que otra cabeza estatutaria, también lo es que, entre esas cabezas, no estaba la de la lengua catalana. Ni siquiera la supresión del inciso «y preferente» con que el Estatuto, en su artículo 6, reforzaba la condición del catalán como «lengua de uso normal (…) de las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña» puede considerarse, en puridad, una amputación efectiva. Lo sería, sin discusión ninguna, si este «uso normal» a que alude la ley catalana afectara también al otro idioma oficial. Pero el Estatuto nada dice al respecto. Y aunque tampoco diga lo contrario y hasta recuerde, en otro apartado del mismo artículo, que «no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua», la normalidad, en Cataluña, es propia de una sola lengua, la que el mismo Estatuto sigue calificando como «propia» y la que la costumbre, después de tres décadas de autonomía, ha fijado ya —con el inestimable concurso de la clase política— como la única institucional. De ahí que el inciso en cuestión, más que un factor de desequilibrio, constituyera, en el fondo, un simple remache de un desequilibrio de base muy anterior y, en consecuencia, plenamente consolidado a estas alturas.</p>
<p>Por lo demás, de la lectura de la sentencia y, en concreto, de aquellas partes que tratan de aspectos relacionados con el uso de las lenguas se deduce que los fundamentos jurídicos que hacen al caso y que el propio fallo ha fortalecido con prolijas interpretaciones van a convertir en un imposible cualquier intento futuro de modificación de la legislación vigente —en el sentido, se entiende, de preservar los derechos lingüísticos de todos y cada uno de los ciudadanos—. En otras palabras: el problema de la lengua catalana va a seguir siendo, para España y para la convivencia entre los españoles, un problema. Y no digamos ya para la convivencia entre catalanes. Casi todos los recursos presentados hasta la fecha contra las distintas disposiciones legales tomadas en esta materia por la Generalitat se han saldado con un fracaso. Tanto el Constitucional, como el Supremo, como el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña han validado, en general, las políticas lingüística y educativa de los sucesivos gobiernos catalanes y, si alguna vez han obrado de otro modo, ha sido siempre con una notable ambigüedad, de la que se ha aprovechado, sobra decirlo, la instancia demandada —que es, al cabo, la que ejerce el poder—. Así ha sucedido, por ejemplo, con la famosa casilla que determinadas entidades cívicas llevan años reclamando en los impresos escolares de matriculación a fin de que los padres puedan elegir la lengua en que desean educar a sus hijos y que la Generalitat, a pesar de las sentencias y echando mano de cuantas artimañas cabe imaginar, se ha negado sistemáticamente a incluir.</p>
<p>Con todo, se confundiría quien atribuyera la situación presente a los efectos de una legislación contra la que nada han valido las objeciones más diversas, desde las del Defensor del Pueblo hasta las de la más modesta asociación ciudadana. En el asunto que aquí nos ocupa, la legislación ha venido siempre después. Quiero decir que ha venido siempre a legalizar las tropelías que los responsables lingüísticos y educativos —y, en suma, políticos— habían cometido previamente con total impunidad. Por ceñirnos a un solo caso, la propia inmersión lingüística llevaba años aplicándose cuando fue bendecida por decreto. En este sentido, pues, la sentencia del Constitucional constituye el último peldaño de ese proceso de blanqueo, en la medida en que da por buena —eso sí, con no pocos reparos y un sinfín de precisiones— la formulación en una ley orgánica de unas prácticas políticas que atentan contra los derechos lingüísticos más elementales y, en definitiva, contra la libertad y la igualdad.</p>
<p>Así las cosas, no parece que en el futuro esa tendencia vaya a cambiar. A no ser, claro, que el Gobierno del Estado actúe a imagen y semejanza del de la Generalitat y opte, a su vez, por una política de hechos consumados. Por ejemplo, usando de la alta inspección educativa para comprobar si el decreto de enseñanzas mínimas, en lo que respecta al aprendizaje de la lengua castellana, se aplica en el conjunto de Cataluña. Y si la comprobación da como resultado que no se aplica, conminando al Ejecutivo regional a que lo haga. Y si, aun así, sigue sin aplicarse, promoviendo la creación en Cataluña de una línea de centros estatales donde la ley sí se cumpla. Les aseguro que habría cola para matricularse.</p>
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		<title>La confederación</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 21:22:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[A debate]]></category>
		<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Álvaro Delgado-Gal</strong> (ABC, 10/08/10):</p>
<p>Ha transcurrido un mes, punto arriba, punto abajo, desde que salió la sentencia del Constitucional sobre el Estatut. Según era de esperar, el Gobierno ha reaccionado poniéndose más cerca de las reclamaciones catalanas, que de la ley. Detrás del Gobierno, sin embargo, está el Partido Socialista, cuyas bases cultivan intereses incompatibles con el orden de cosas que quiere imponer el señor Montilla. El revuelo madrileño podría anunciar vientos de fronda futuros en la izquierda. Pero lo que de momento tenemos es presente, no futuro, y el presente, en conjunto, no resulta especialmente alentador. Tal parece &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30950/la-confederacion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Álvaro Delgado-Gal</strong> (ABC, 10/08/10):</p>
<p>Ha transcurrido un mes, punto arriba, punto abajo, desde que salió la sentencia del Constitucional sobre el Estatut. Según era de esperar, el Gobierno ha reaccionado poniéndose más cerca de las reclamaciones catalanas, que de la ley. Detrás del Gobierno, sin embargo, está el Partido Socialista, cuyas bases cultivan intereses incompatibles con el orden de cosas que quiere imponer el señor Montilla. El revuelo madrileño podría anunciar vientos de fronda futuros en la izquierda. Pero lo que de momento tenemos es presente, no futuro, y el presente, en conjunto, no resulta especialmente alentador. Tal parece desprenderse al menos del artículo que hace poco días firmaron a la par Felipe González y Carmen Chacón en el diario El País—«<a href="http://www.almendron.com/tribuna/30817/apuntes-sobre-cataluna-y-espana/" target="_blank">Apuntes sobre Cataluña y España</a>», 26-7-2010—. Tres puntos llaman especialmente la atención. Uno: los autores asumen en esencia los reproches que contra el Alto Tribunal han aireado Montilla y el PSC. Dos: se hace propósito de rehabilitar, por otras vías, las partes del Estatut declaradas inconstitucionales. Tres: se anticipa una España que el escapismo verbal, o el desconocimiento de lo que las palabras significan, nos induce a llamar «federal», pero que es en realidad confederal. Escriben, en efecto, Chacón/González: «El fallo… reconoce la bilateralidad con el Gobierno central y convalida el sistema de financiación… propio de Cataluña». La bilateralidad, como principio de organización territorial del Estado, es confederal, no federal. Y la bilateralidad que aquí se auspicia abriga además un carácter expansivo, en dos direcciones distintas. A lo ancho, porque será muy complicado no extenderla a otras comunidades. Y a lo hondo, porque las franquías que buscando atajos varios se pretende conceder a Cataluña después de la sentencia, harán la bilateralidad más inflexible y también más rico el contenido de lo que bilateralmente se haya de tratar. No hace falta ser un lince para comprender que esta deriva conduce de modo fatal a un<br />
descarrilamiento del Estado. Cuestión distinta es cómo y cuándo se verificará el siniestro. Ignoramos en qué momento la administración de las cosas, y las necesidades del país, entrarán en un conflicto políticamente explosivo. Pero a la larga, o quizá no tanto, el proyecto no es viable. Aún así, ha sido recibido de manera oficial por uno de los ministros que podrían suceder a Zapatero, y por el jefe de la vieja guardia socialista y máxima autoridad moral dentro del partido. ¿Cómo explicarse la extraña, peregrina situación?</p>
<p>El ser humano es una criatura profundamente asimétrica. Es capaz de moverse impulsada al tiempo por dos fuerzas en apariencia inconciliables: el corto plazo y el galimatías metafísico. Uno y otro campan por sus respetos, en este instante, en la mitad izquierda del espectro. Sobre el corto plazo, poco tengo que decir que no sepa ya el lector. En horas muy bajas para el PSOE, Zapatero dio por bueno, y automáticamente elevó a la categoría de fórmula nacional, el Pacto del Tinell, cuyo secreto, mejor, cuyo fin expreso, era recluir a la derecha en una minoría vitalicia por el procedimiento de sellar un acuerdo igualmente vitalicio con lo nacionalistas. La metabolización del Estatut, con los complementos y bonificaciones que fueren menester, y la consiguiente proximidad al mundo nacionalista, prolonga la misma estrategia. El socialismo se asegura, o al menos se hace más propicia, una mayoría parlamentaria en Madrid, a costa, es claro, de una eventración progresiva del Estado. Para colmo de desdichas, la inercia ha convertido esta démarcheinfeliz en muy difícil de evitar. El PSC está secuestrado por su apuesta nacionalista en Cataluña, y el PSOE, por el PSC. Rectificar el rumbo es tarea que excede los recursos del Partido Socialista en su constitución actual. Me gustaría creer que el grueso de los militantes del puño y la rosa contempla con preocupación el rumbo que han tomado los acontecimientos. Pero no me hago demasiadas ilusiones. La preocupación es un sentimiento racional, y para experimentar sentimientos racionales, le falta al PSOE una mínima claridad de ideas. Paso con ello a ocuparme del otro componente del drama: el galimatías metafísico.</p>
<p>Chacón/González recuperan, para designar la España actual, una expresión que se oía poco de un tiempo a esta parte: «Nación de naciones». El inspirador involuntario de la frase o consigna es Meinecke, mal leído por sus intérpretes españoles. En el primer capítulo de un libro publicado en 1908 —Weltbürgertum und Nationalstaat— Meinecke distingue entre naciones políticas y naciones culturales. Las naciones para Meinecke son conglomerados humanos a los que aglutina, bien una emoción de carácter religioso/cultural —y entonces las naciones son culturales—, bien la lealtad a una realidad constitucional —en cuyo caso lo precedente es hablar de naciones políticas—. La alemana sería una gran nacional cultural que aloja diversas naciones políticas; y la suiza, una nación política en cuyo seno cohabitan muchas naciones culturales. Además de las naciones, existe el Estado, a cuyo amparo pueden florecer una o varias naciones culturales. Meinecke discute también la noción, de cuño romántico, de que una determinada cultura pueda engendrar, de modo espontáneo, como se engendra una flor de la tierra, un Estado nacional. Pero es claro que no sintoniza demasiado con esa idea. La visión de Meinecke es más voluntarista y, también, más realista. Su tesis es que, a partir de 1789, ha sido frecuente que dentro de la cáscara de un Estado, y por obra en buena medida del propio Estado, se desencadenara una dinámica de nacionalización: un proceso en virtud del cual los individuos se proyectan sobre una causa común y dan en concebirse como actores o promotores de dicha causa. Surgen así las naciones modernas, y con ellas, los estados nacionales modernos. Escribe Meinecke: «El ideal es siempre: indivisa unidad de vida nacional en todos los fines esenciales de la existencia». Es obvio que la pluralidad nacional, en un sentido político, no pega aquí ni con cola. La nación sobre la que se asienta un Estado Nacional moderno sólo puede ser una. Por supuesto, la nación admite corrientes,<br />
tensiones, y desde luego, diferencias culturales. Pero éste es otro asunto, y no el que más aprieta al alemán en el capítulo inaugural de su libro.</p>
<p>Los nacionalistas han comprendido a Meinecke mucho mejor que los socialistas. Puesto que lo que solicitan es un Estado que les permita construir la nación que la cultura, por sí sola, no acertaría a generar. Por eso les gusta hablar de «nación de naciones». Esto es, de naciones que cuando crezcan y se consoliden como tales, ya no dejarán sitio a la nación española, reducida, de oficio, al apéndice nominal de un superestado en proceso de descomposición.</p>
<p>Que un ex presidente haya avalado con su firma un trabalenguas para uso de nacionalistas me ha causado cierta perplejidad. Que impute a la mala fe de la derecha, o a un centralismo trasnochado, objeciones inspiradas por consideraciones técnicamente sólidas o por el mero sentido común, revela, más aún que sectarismo, una fabulosa obscuridad de ideas. Probablemente, lo hemos visto todo turbio desde que se inició la Transición. Evidentemente, lo que nos pasa no es efecto del mal fario, la conjunción de los astros o el azar.</p>
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		<title>Mucha confusión</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Aug 2010 21:10:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Josep M. Colomer</strong> es profesor de investigación del CSIC en Barcelona, autor de <em>Ciencia de la política</em>, Ariel, 2009 (EL PAÍS, 09/08/10):</p>
<p>El catalanismo ha perdido la batalla estatutaria debido, en gran parte, a  su confusión conceptual y estratégica. Las reacciones a la sentencia  del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto han sido de rechazo y  repudio, pero han mostrado un gran desconcierto acerca de las  alternativas de futuro.</p>
<p>La confusión despunta en dos conceptos ampliamente utilizados: la  soberanía y el federalismo. Si algún concepto político está obsoleto en  la Europa de hoy es el de soberanía. Con la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30977/mucha-confusion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Josep M. Colomer</strong> es profesor de investigación del CSIC en Barcelona, autor de <em>Ciencia de la política</em>, Ariel, 2009 (EL PAÍS, 09/08/10):</p>
<p>El catalanismo ha perdido la batalla estatutaria debido, en gran parte, a  su confusión conceptual y estratégica. Las reacciones a la sentencia  del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto han sido de rechazo y  repudio, pero han mostrado un gran desconcierto acerca de las  alternativas de futuro.</p>
<p>La confusión despunta en dos conceptos ampliamente utilizados: la  soberanía y el federalismo. Si algún concepto político está obsoleto en  la Europa de hoy es el de soberanía. Con la división de poderes entre  los Gobiernos locales, autonómicos, estatales y europeo, ha dejado de  haber una autoridad suprema capaz de tomar decisiones últimas en todos  los temas sobre la población de un territorio bien definido; es decir,  ha dejado de haber &#8220;soberanía&#8221;.</p>
<p>Hace unos pocos siglos, la  construcción estatal comportó la proclamación de un poder absoluto e  indivisible dentro de unas fronteras para enfrentarse a los ejércitos  extranjeros, evitar las importaciones y prevenir las inmigraciones. Pero  actualmente ningún poder pueden aspirar a una jurisdicción de este tipo  cuando han desaparecido las fronteras, las aduanas, las monedas y, de  hecho, hasta los ejércitos capaces de defender por sí solos un  territorio estatal.</p>
<p>El modelo europeo actual, del que España y  Cataluña, como las demás comunidades de la Unión, forman parte, comporta  múltiples niveles de gobierno. Cada nivel de gobierno tiene y debería  tener competencias exclusivas o preferentes en distintos temas, según la  escala de eficiencia de los bienes públicos que provee; ya sean la  moneda y el mercado comunes a nivel continental; ciertas  infraestructuras y recursos naturales a nivel peninsular; el urbanismo y  las escuelas a nivel regional; o los parques y las calles a nivel  local.</p>
<p>Dentro de la Unión Europea, más que independencia hay interdependencia. Ni hay soberanía ni la volverá a haber.</p>
<p>Muy  confuso es asimismo el uso que se hace a menudo del vocablo  &#8220;federalismo&#8221;. La federalización de España no implicaría necesariamente  más autogobierno de las comunidades autónomas, aunque, por ejemplo, los  estatutos pasaran a llamarse constituciones. En algunos países federales  los Gobiernos territoriales tienen más poderes que la Generalidat de  Cataluña, pero en otros tienen menos. Parece que muchos entienden por  &#8220;federalismo&#8221; una especie de confuso estadio intermedio entre la  autonomía y la independencia. Pero lo que implica la federación es más  unión, es decir, menos competencia entre los Gobiernos territoriales y  más participación en las políticas comunes de ámbito general.</p>
<p>En  España, los elementos fundamentales de la federalización serían la  representación de los territorios en el Senado, la efectividad de las  conferencias de presidentes autonómicos y la cooperación entre los  ministros y los consejeros de cada tema cuando se necesiten acuerdos de  amplio alcance.</p>
<p>Sin embargo, el ámbito estatal es hoy insuficiente  para muchos temas de políticas públicas. En el contexto actual, una  fórmula federal solo podría ser eficaz en un marco continental, es  decir, en una federación europea. Algunos opinadores y hasta algún  político propuso que en la manifestación del 10 de junio en Barcelona  ondearan banderas de la Unión Europea, pero la sugerencia tuvo un eco  menor.</p>
<p>En el aspecto estratégico, proclamar &#8220;somos una nación&#8221; es  irrelevante si la voluntad de ser no se concreta en un proyecto  político. Ante la pretensión de que &#8220;nosotros decidimos&#8221; hay que  preguntar: decidimos ¿qué? Las demandas catalanas que llevaron al  proyecto de <em>Estatut</em> de 2005 incluían, al mismo tiempo, más  poderes propios (por ejemplo, en la administración de justicia y el  Síndico de Agravios), relaciones bilaterales con el Gobierno central (en  impuestos e inversiones) y más participación en las instituciones  comunes (como el Tribunal Constitucional, el Banco de España y el  Senado).</p>
<p>Estas demandas apuntaban en direcciones diferentes y su  armonización habría requerido un esfuerzo mayor. Pero solo dos días  después de la manifestación catalanista del paseo de Gracia, el  Parlamento de Cataluña rechazó una iniciativa legislativa para un  referéndum sobre la independencia.</p>
<p>A continuación, la defensa del  Estatuto se circunscribió a refrendar su preámbulo, pero ni siquiera  este gesto pudo ser trasladado a las Cortes Generales. Ahora mismo no  parece, pues, que se quiera avanzar ni hacia más &#8220;soberanía&#8221; ni hacia  más &#8220;federación&#8221;.</p>
<p>Ante la confusión de alternativas, es más probable que en el próximo periodo se restauren las clásicas políticas de <em>conllevancia,</em> por un lado, y <em>peix al cove</em> (pescado a la canasta), por el otro; es decir, los intercambios de  votos en los dos Parlamentos entre los partidos que gobiernen en España y  en Cataluña, sin mayor ambición de reforma institucional.</p>
<p>Tras la  peripecia estatutaria, no será fácil reanudar estas prácticas típicas  de los años ochenta y noventa. Pero no parece que en este momento nos  encontremos en el inicio de algo nuevo. Esto más bien parece el final de  una década perdida y un regreso a la situación anterior.</p>
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		<title>Vergüenza</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Aug 2010 20:39:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando García de Cortázar</strong>, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC, 09/08/10):</p>
<p>Lo dijo ya Unamuno en 1906, después de una brevísima estancia en la Barcelona bullanguera y jactanciosa del poeta Maragall, en pleno apogeo de los catalanistas de la Lliga Regionalista: «Aquello no es serio. Y luego no toleran la contradicción, y al que no les dice lo que quieren oír le declaran memo o poco menos».</p>
<p>Aunque más de un siglo separa la Barcelona actual de la Barcelona a la que se refiere Unamuno, lo cierto es que, en los últimos años, cada &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30975/verguenza/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando García de Cortázar</strong>, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC, 09/08/10):</p>
<p>Lo dijo ya Unamuno en 1906, después de una brevísima estancia en la Barcelona bullanguera y jactanciosa del poeta Maragall, en pleno apogeo de los catalanistas de la Lliga Regionalista: «Aquello no es serio. Y luego no toleran la contradicción, y al que no les dice lo que quieren oír le declaran memo o poco menos».</p>
<p>Aunque más de un siglo separa la Barcelona actual de la Barcelona a la que se refiere Unamuno, lo cierto es que, en los últimos años, cada vez que el azar me ha llevado a la Ciudad Condal, la sensación que me ha producido la visita no ha desmentido nunca la amarga impresión que el viejo pensador bilbaíno puso por escrito en la primera década del siglo XX. No, «aquello» no es serio. «Aquello» es una feria de vanidades, imposturas políticas y puerilidades románticas, un lugar inmejorable para las aventuras de Tartarín de Tarascón, famoso por sus fanfarronerías.</p>
<p>Hay que decirlo claramente, sin rasgarse las vestiduras, pero también sin complejos. Porque la campaña de invectivas y dicterios lanzada por los dirigentes catalanes contra la sentencia del TC y la manifestación del 10 de julio en Barcelona han igualado en desfachatez a las organizadas por los aduladores del régimen franquista en la plaza de Oriente. La historia produce esas paradojas, y nada resulta más grotesco que ver a una clase política entera disfrazarse de mártir para exigir un pasaporte de inmunidad perpetua y situarse por encima de una ley que nos iguala a todos los españoles en libertades, derechos, garantías y obligaciones civiles. Nada resulta más descorazonador que ver cómo la Cataluña oficial participa en esa farsa de prepotencia y resentimiento, y ello, en nombre de un puntilloso celo democrático.</p>
<p>No me sorprende que, ante la imagen del señor Montilla proclamando que ningún tribunal de este mundo puede alzarse contra el sentimiento general de Cataluña, algunos intelectuales catalanes alejados de la opción nacionalista no aguanten más. ¿Cómo no sonrojarse? ¿Cómo no sentir vergüenza ajena? Han visto a unos políticos explotar con estruendo y jactancia el más ruin y zafio de los patriotismos: unos dirigentes que se llaman a sí mismos hombres de Estado, pero que al mismo tiempo no renuncian a la agitación como arma política. Han visto a la prensa local plegándose unánimemente a la propaganda oficial, alimentando las pasiones más primarias, promoviendo furiosamente una campaña sectaria anulando en sus informaciones todo deseo de verdad, cometiendo, en fin, lo que Émile Zola llamó el más vil de los crímenes: «el de ofuscar la conciencia pública y extraviar a todo un pueblo». Y por último, han visto a un amplio sector de la sociedad echándose a la calle en defensa de la patria amenazada, siguiendo la poderosa pulsión irracional que dice que Cataluña es una obra divina, y dando a entender que si hay algunos —o muchos— que no piensan así, es que no son buenos catalanes, o peor aún, cómplices del secular complot españolista tramado en los círculos opresores de Madrid.</p>
<p>Pero la responsabilidad de la mayor crisis institucional que ha atravesado España desde 1978 no sólo hay que buscarla en los dirigentes de los partidos nacionalistas y en buena parte de los socialistas catalanes acomodados. Todos ellos acostumbrados al regateo sin límite, a la búsqueda del privilegio disfrazado de derecho, a la falta de lealtad al Estado, a disimular su ineptitud tras un victimismo sentimental y a buscar chivos expiatorios para los propios fracasos. También son responsables esos héroes del progreso que piensan que para ser de izquierdas basta con decir pestes del PP, ganar guerras que terminaron hace más de setenta años y, sobre todo, asumir los mitos mágicos de los nacionalismos periféricos. Por pereza, por oportunismo electoral, por carencia de una idea clara del Estado, la izquierda española ha preferido alimentar el halago y los más diversos narcisismos regionales antes que valorar la historia en común, antes que proteger el sistema de solidaridades sociales y políticas que mantienen en pie un país moderno y garantizan la igualdad de derechos y obligaciones de sus ciudadanos.</p>
<p>La consigna oficialista dice que fue la intransigencia de Aznar —¡siempre Aznar!— lo que multiplicó a los separatistas, pero lo cierto es que fue el actual presidente de Gobierno —el más frívolo que ha ocupado el cargo— quien abrió la caja de Pandora de las revisiones estatutarias y estimuló las exigencias del nacionalismo catalán, prometiendo aceptar en las Cortes, al pie de la letra y sin preguntarse por los costes futuros de ese compromiso, el texto aprobado en el Parlamento autonómico.</p>
<p>Por otra parte, cuando el Estatuto salió del contexto político y entró en el ámbito judicial, Zapatero y la izquierda al completo no tardaron en propagar la idea de que el recurso planteado por el PP era un claro reflejo del agresivo españolismo que, supuestamente, se cuece en la calle Génova. Muchos dijeron entonces que era preciso dar el visto bueno al nuevo ordenamiento por conveniencia política, por ánimo de conciliación, por respeto al sentir arraigado en el pueblo catalán. A nadie pareció preocuparle el cúmulo de despropósitos que recogía el texto ni que éste hubiera sido aprobado en un referéndum por sólo el 36 por ciento de los ciudadanos con derecho a voto. Nadie pareció reparar en que la democracia no sólo está hecha de resultados políticos: también de procedimientos. Muy pocos quisieron darse cuenta de que la abolición del derecho en beneficio de abstracciones como las masas o el pueblo siempre es el primer paso hacia el despotismo, cuando no el germen de las peores pesadillas de la historia.</p>
<p>El error es imperdonable. Porque hay que estar muy ciego para no ver que a fuerza de centrifugar el Estado hace demasiado tiempo que estamos destruyendo la igualdad en derechos y garantías civiles de todos los españoles. Hay que estar muy ciego para no ver que el mayor peligro que amenaza los derechos y libertades plasmados en la democracia de 1978 reside en los nacionalismos que ponen los compromisos identitarios, las raíces imaginarias y las unanimidades coactivas por delante de la racionalidad, por encima de deberes y lealtades sin los cuales el delicado tejido civil de la convivencia se desgarra en una rapiña de privilegios y agravios.</p>
<p>No hay nada ganado firmemente. Todo puede conquistarse, ¡sí!, pero también todo puede quebrarse y rodar por los suelos una vez más. Como recordara Vargas Llosa, en los años sesenta Barcelona era una ciudad cosmopolita y universal; ahora es nacionalista y provinciana. La Ciudad Condal ha pasado del anhelo de libertad del 11 de septiembre de 1977 al despotismo de la tribu de julio de 2010, y quien aplasta la conciencia pública no es ya la bota de un César, sino toda una aristocracia política que confunde la democracia con la ortodoxia sentimental y el patriotismo con la adulación y la unanimidad. ¡Qué triste, qué inquietante! Más de treinta años después de la Constitución de 1978, más de treinta años después del mayor acto de pluralidad y consenso de nuestra historia, volvemos al más odioso, necio y excluyente de los patriotismos.</p>
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		<title>Ignominia histórica del Constitucional</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Aug 2010 21:14:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.almendron.com/tribuna/?p=30925</guid>
		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Eduard Bonet</strong>, profesor emérito de Esade (EL PERIÓDICO, 06/08/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya es una ignominia histórica contra Catalunya y contra España, en el sentido de los efectos devastadores que pretende infligir en el presente y en el futuro de nuestra sociedad y nuestra historia. Pero esta sentencia es también una ignominia histórica en el sentido de desprecio e ignorancia de la historia colectiva que condujo a la Constitución y un escarnio a la política prudente que, en aquel periodo, desplegaron el rey Juan Carlos y el presidente del Gobierno Adolfo Suárez &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30925/ignominia-historica-del-constitucional/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Eduard Bonet</strong>, profesor emérito de Esade (EL PERIÓDICO, 06/08/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya es una ignominia histórica contra Catalunya y contra España, en el sentido de los efectos devastadores que pretende infligir en el presente y en el futuro de nuestra sociedad y nuestra historia. Pero esta sentencia es también una ignominia histórica en el sentido de desprecio e ignorancia de la historia colectiva que condujo a la Constitución y un escarnio a la política prudente que, en aquel periodo, desplegaron el rey Juan Carlos y el presidente del Gobierno Adolfo Suárez para crear una democracia en la que cupieran todos los españoles y todas las culturas y naciones de España.</p>
<p>En el primer sentido de ignominia histórica, la sentencia mutila severamente los derechos políticos, económicos y lingüísticos de Catalunya reconocidos en el Estatut, y rompe el modelo de convivencia política entre Catalunya y España que los ciudadanos de Catalunya hemos respetado a pesar de muchos agravios. Pero, además, la sentencia impide cualquier progreso político y cierra España en la jaula de unas ideologías retrógradas inspiradas en los principios del Estado jacobino de principios del siglo XIX, en vez de abrirla a la mentalidad moderna que necesita.</p>
<p>Si en la Unión Europea llegan a predominar los estados jacobinos, no pasará de ser un ente político incompleto y miserable, pendiente solo de los poderes nacionales y sin ningún peso político, económico y cultural en el mundo. Si la sociedad global acaba dominada por este tipo de estados que imponen sobre los demás su pensamiento y su cultura única, mal llegará una convivencia entre los distintos pueblos. La mentalidad del Tribunal Constitucional y de las fuerzas políticas a las cuales sirve se opone a las tendencias intelectuales y morales del mundo contemporáneo civilizado, que avanzan hacia el diálogo, la comprensión de la alteridad y el reconocimiento de la diversidad cultural y lingüística. Creo que la cerrazón e imprudencia del Tribunal Constitucional quedarán más claras en los argumentos siguientes.</p>
<p>La ignominia del Tribunal Constitucional al no reconocer e ignorar el valor de los hechos históricos de la transición política no por ser más sutil es menos grave. La sentencia y sus argumentos, al no admitir que Catalunya es una nación, reducen la Generalitat a un ente creado por el ordenamiento constitucional, sin ningún fundamento político.</p>
<p>Es en este punto donde la sentencia ignora o desprecia la política que el rey Juan Carlos y el presidente Suárez llevaron a cabo admitiendo el valor histórico del Gobierno de Catalunya. Creo que es importante recordar esta historia: el paso de la dictadura a la democracia, en forma de transición y no de ruptura, no fue fácil. El general Franco, en sus leyes de sucesión, lo había dejado todo «atado y bien atado». La prudencia, el coraje y el sentido político del Rey y del presidente Suárez, de sus colaboradores y de muchos políticos y ciudadanos encauzaron la transición. Suárez resolvió con astucia problemas tan importantes como el reconocimiento del Partido Comunista de España, por lo que fue tildado de traidor (algún magistrado impidió el reconocimiento de Esquerra Republicana de Catalunya antes de las elecciones al Parlamento catalán de 1980).</p>
<p>El restablecimiento de la Generalitat de Catalunya también implicó un enfrentamiento con los odios creados por el franquismo. Sin embargo, se realizó de tal manera que implicaba un reconocimiento de su legitimidad histórica. Las negociaciones de altos representantes del Estado con el president Josep Tarradellas, exiliado desde el final de la guerra civil en Francia, se iniciaron bajo la autoridad del Rey y prosiguieron a principios de julio de 1977, en Madrid, con el presidente Adolfo Suárez y el ministro Rodolfo Martín Villa.</p>
<p>El hecho de que Tarradellas volviera a Catalunya como presidente de la Generalitat provisional significaba el reconocimiento de la legitimidad histórica de la Generalitat. Así lo entendieron los catalanes y los españoles, y este reconocimiento supuso un gran paso en la gobernabilidad de España, tal como ha resaltado con otras palabras en un artículo reciente otro testigo histórico, Carles Sentís.</p>
<p>Este acuerdo importante, junto con muchos otros, que naturalmente no se recogieron en el texto constitucional, constituye lo que se ha llamado el pacto constitucional, que hizo posible la Carta Magna. Este pacto se ha roto con la presentación del recurso contra el Estatut y la sentencia del Tribunal Constitucional.</p>
<p>Creo que este tribunal no podía hacer un peor servicio a la monarquía, a la democracia, a España y a Catalunya. Los que luchamos por la histórica transición monárquica en cuanto implicaba el reconocimiento de la Generalitat y nos esforzamos en fomentar unas buenas relaciones entre Catalunya y España nos sentimos defraudados.</p>
<p>Ahora, la historia está abierta y no dejaremos de mantener nuestras fidelidades ni de esforzarnos para que nuestros sueños sean reales.</p>
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		<title>Más que palabras</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Aug 2010 09:33:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José Ignacio Wert</strong>, sociólogo y presidente de Inspire Consultores (EL PAÍS, 05/08/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional (TC) acerca del recurso del PP  sobre el Estatuto de Cataluña ha reavivado el fuego -nunca extinguido-  de la batalla conceptual que se libra entre quienes sostienen la  plurinacionalidad de España y quienes entienden (por enseñar las cartas:  entendemos) que esa plurinacionalidad no tiene cabida en nuestro  sistema político institucional.</p>
<p>Sin duda, dentro de cada campo hay matices y modulaciones. No es lo mismo ser partidario <em>de lege ferenda</em> de esa plurinacionalidad y propugnar una reforma constitucional en esa  dirección, que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30918/mas-que-palabras/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José Ignacio Wert</strong>, sociólogo y presidente de Inspire Consultores (EL PAÍS, 05/08/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional (TC) acerca del recurso del PP  sobre el Estatuto de Cataluña ha reavivado el fuego -nunca extinguido-  de la batalla conceptual que se libra entre quienes sostienen la  plurinacionalidad de España y quienes entienden (por enseñar las cartas:  entendemos) que esa plurinacionalidad no tiene cabida en nuestro  sistema político institucional.</p>
<p>Sin duda, dentro de cada campo hay matices y modulaciones. No es lo mismo ser partidario <em>de lege ferenda</em> de esa plurinacionalidad y propugnar una reforma constitucional en esa  dirección, que sostener que esa plurinacionalidad cabe en una lectura <em>abierta</em> del texto constitucional. No es tampoco lo mismo admitir una plurinacionalidad <em>romántica</em> compatible con una Nación española como ámbito exclusivo de soberanía  que sostener que caben varias naciones político-jurídicas que tendrían  una suerte de <em>soberanía compartida</em> entre ellas.</p>
<p>Lo que me  interesa destacar, con previa renuncia a lo que sería un imposible  tratamiento exhaustivo de la cuestión con un mínimo de rigor en un  espacio como éste, es que estamos ante mucho más que una batalla  nominalista o semántica (en el sentido que aplicaba Karl Loewenstein a  las Constituciones, no en el lingüístico), estamos ante mucho más que <em>juegos de palabras.</em> Nos jugamos la entraña de nuestro sistema de convivencia. Vamos a ver por qué.</p>
<p>Mi colega Ignacio Sánchez-Cuenca -en estas mismas páginas (<a href="http://www.almendron.com/tribuna/30801/quien-teme-a-la-nacion/" target="_blank">¿Quién teme a la nación?</a>, 23 de julio)- podría servir como claro exponente (léase lo de claro en  el doble sentido de la nitidez de su planteamiento y la contundencia del  mismo) de las tesis favorables al encaje jurídico de la  plurinacionalidad en el marco constitucional.</p>
<p>Señala que &#8220;mientras  no se reconozca hasta sus últimas consecuencias la pluralidad nacional  de España y no se instituyan procedimientos razonables para canalizar  las demandas nacionalistas, <em>incluyendo la posible demanda de secesión,</em> la cuestión territorial seguirá pendiendo sobre nosotros&#8221;. Menos nítido es su pronunciamiento en torno al <em>iter</em> jurídico, aunque da a entender que el TC podría &#8220;haber avanzado hacia una interpretación de España como país plurinacional, en <em>la línea que marcaba el Estatuto en su preámbulo&#8221;.</em></p>
<p>En  la misma línea sustantiva, aunque con un enfoque más literario y menos  preciso, se encuentra la incursión conjunta en el debate de Felipe  González y Carme Chacón en defensa de España como <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30817/apuntes-sobre-cataluna-y-espana/" target="_blank">nación de naciones (Apuntes sobre Cataluña y España,</a> 26 de julio). A mi juicio, esta expresión o es un mero tropo retórico  vacío (el llamado ponderativo hebraico), o, siquiere significar algo  desde el plano jurídico-constitucional, solo puede referirse a un pacto  federativo entre soberanías nacionales originarias (en la línea teórica  del federalismo de Pi y Margall) que es por completo ajeno no solo a la  arquitectura sino al espíritu del texto constitucional de 1978.</p>
<p>Hay  otras contribuciones significativas al debate, como las de Miquel Roca,  Carles Viver, Javier Pérez-Royo o José María Ridao, entre otros muchos,  pero creo que lo anterior sintetiza las razones de quienes critican la  sentencia desde la perspectiva de su preferencia por una concepción  plurinacional de España.</p>
<p>La sentencia interpreta, no lo olvidemos, un texto constitucional que, dentro de las muchas ambigüedades que traen causa del <em>compromiso apócrifo</em> (Miguel Herrero) alcanzado entre los constituyentes para tratar de  forma oscura o, cuando menos, abierta aquellos aspectos en que había  discrepancias invencibles entre ellos, ofrece claridad bastante sobre el  núcleo de la cuestión en el artículo 2, al menos en su primera parte,  y, sobre todo, en relación al artículo 1.2 de obligada interpretación  sistemática con el 2.</p>
<p>De forma inequívoca la Constitución Española  sostiene que la soberanía reside en el pueblo español y fundamenta el  propio texto en la <em>indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles.</em></p>
<p>Le  podemos dar las vueltas que queramos, pero si la Nación española es una  e indisoluble no caben en ella varias naciones ni cabe tampoco en la  Constitición mecanismo alguno para su disolución. Esa <em>Nación española</em> no es otra cosa que el Estado-nación que, por soberana decisión del pueblo, da vida a la Constitución Española.</p>
<p>Por  ello, la sentencia es contundente -y, a mi juicio, acertada- cuando no  solo niega eficacia jurídica interpretativa a las referencias del  Preámbulo a la <em>nación</em> y a la <em>realidad nacional</em> catalana,  sino que además cierra el camino a cualquier interpretación historicista  o de otro género que hiciera derivar el régimen autonómico de cualquier  fuente de legitimidad distinta de la propia Constitución Española. Esto  es esencial. No hay ni nación, ni realidad nacional, ni derechos  históricos jurídicamente eficaces sino en la medida (inexistente  respecto a la nación y limitada a la Disposición Adicional Primera de la  Constitución respecto a los derechos históricos) en que la propia  Constitución lo establezca. Para todo lo demás no hay mecanismo apto  distinto del de la reforma de la Constitución.</p>
<p>La cuestión, yendo a  esa hipotética reforma, es ahora si tiene sentido y utilidad y en qué  perspectiva. La pregunta, sin artificios, sería: ¿no es hora de  consagrar alguna desigualdad en el tratamiento de la identidad entre la  de aquellos que <em>se sienten</em> Nación y la de aquellos que se conforman con la <em>regionalidad?</em> Bien se comprende que esa diferenciación, si pudiera cerrar una herida  social no dejaría de abrir otras, y por tanto habría que preguntarse qué  beneficio justificaría semejante coste.</p>
<p>Desde luego, no estoy de  acuerdo con Sánchez-Cuenca, que se anima a considerar el derecho a la  secesión entre lo abordable: para ese viaje sí que no se necesitan  alforjas. Digamos que el instinto tanático casa mal con lo que las  Constituciones se supone que persiguen: anclar la convivencia y no lo  contrario.</p>
<p>Sin llegar tan lejos, la pregunta acerca de la utilidad  de la consagración vía la reforma constitucional de realidades  nacionales distintas de la española plantea la cuestión de la viabilidad  de un federalismo asimétrico que muchos han propugnado como vía de  salida a la supuesta asimetría de la demanda identitaria.</p>
<p>Y mi  reflexión es que tal cuestión no es planteable fuera de una revisión de  la idea de soberanía originaria única e indivisible que inspira la  Constitución Española. Dicho de otro modo: el federalismo asimétrico es  federalismo sin adjetivos y el federalismo no encaja en el esquema ni de  la Constitución actual ni de una revisión limitada de aquella. Habría  que ponerlo todo patas arriba.</p>
<p>Con un elevado coste a mi entender. El <em>federalismo a la carta</em> que se derivaría de esa reforma supone someter a una tensión  insoportable las bases de la convivencia. ¿Quién se conformaría con la  autonomía de <em>menú del día?</em> ¿Vale la pena reabrir un debate de  esta naturaleza? ¿Está el país en condiciones de soportarlo? Mi  respuesta es rotundamente negativa, pero es de eso de lo que estamos  hablando y no de una palabra de más o de menos en un Estatuto.</p>
<p>Máxime  cuando, a mi juicio, no está en juego el nivel de autogobierno, el más  elevado que un sistema como el nuestro puede permitir, que la sentencia  no toca sustancialmente. Hablamos de otra cosa: de si seguimos siendo el  Estado compuesto, diverso y plural que tenemos o lo <em>liquidamos</em> (si se quiere una expresión menos drástica, lo <em>licuamos)</em> en una Federación de naciones. Por el momento.</p>
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		<title>Recuperemos el espíritu del 78</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Aug 2010 19:26:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Pedro Yúfera</strong>, Decano del Collegi d&#8217;Advocats de Barcelona (EL PERIÓDICO, 04/08/10):</p>
<p>En relación a la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el  Estatut de Catalunya, el abogado Pedro L. Yúfera formula la siguiente  demanda:</p>
<p>Hechos:</p>
<p>I. En 1978 se promulgó la Constitución  española, como un pacto de todas las fuerzas políticas, que con muchas  renuncias y concesiones hizo posible aquel sueño.</p>
<p>Se proclamaba  entonces la «indisoluble unidad de la nación española» y «el derecho de  las nacionalidades a la autonomía», pero con la voluntad de ir  ampliándola con el tiempo.</p>
<p>II. En 1979, el Estatut de autonomía proclamaba &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30906/recuperemos-el-espiritu-del-78/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Pedro Yúfera</strong>, Decano del Collegi d&#8217;Advocats de Barcelona (EL PERIÓDICO, 04/08/10):</p>
<p>En relación a la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el  Estatut de Catalunya, el abogado Pedro L. Yúfera formula la siguiente  demanda:</p>
<p>Hechos:</p>
<p>I. En 1978 se promulgó la Constitución  española, como un pacto de todas las fuerzas políticas, que con muchas  renuncias y concesiones hizo posible aquel sueño.</p>
<p>Se proclamaba  entonces la «indisoluble unidad de la nación española» y «el derecho de  las nacionalidades a la autonomía», pero con la voluntad de ir  ampliándola con el tiempo.</p>
<p>II. En 1979, el Estatut de autonomía proclamaba el autogobierno de Catalunya, con unos poderes emanados de la Constitución.</p>
<p>Pasados  los años, una amplia mayoría de partidos políticos consideran obsoleto  aquel Estatut y se sienten fuertes para plantear otro, con mayor grado  de autogobierno.</p>
<p>Se inicia un largo recorrido de negociaciones  hasta alcanzar un texto, refrendado por el Parlament de Catalunya, las  Cortes españolas y el pueblo de Catalunya en referendo.</p>
<p>III. Pero  ese nuevo Estatut no nace con el acuerdo unánime de los partidos ni  tiene en cuenta determinadas advertencias jurídicas.</p>
<p>Dos recursos  de inconstitucionalidad se oponen al logro alcanzado. Sobre uno de  ellos, el del Defensor del Pueblo, el TC aún no se ha pronunciado.</p>
<p>IV.  El Tribunal Constitucional ha salido, sin duda, tocado. Decisión  lentísima y filtraciones consentidas han creado un clima enrarecido y  difícil.</p>
<p>Los partidos políticos tienen su responsabilidad. La  sustitución de magistrados con su mandato caducado era inaplazable.  ¿Sustituir al magistrado fallecido resultaba imposible? ¿Tan difícil era  ponerse de acuerdo?</p>
<p>V. Al final llega una sentencia de la que,  ajustándose a la letra de la Constitución, nadie se puede considerar ni  vencedor ni vencido. Pero se da una gran sensación de frustración por  parte de importantes sectores de la población, como demuestra la  manifestación del 10 de julio.</p>
<p>FUNDAMENTOS DE DERECHO</p>
<p>I.  El TC avala la mayor parte del Estatut si bien declara determinados  artículos o parte de ellos inconstitucionales y somete otros a  interpretación.</p>
<p>II. Los preámbulos de las normas sirven para  interpretar su espíritu. Por ejemplo, el Tribunal Constitucional  mantiene el término <em>nación</em> en el preámbulo, pero elimina su  alcance jurídico. Es decir, pone coto a una interpretación extensiva que  pudiera hacerse de los preceptos del Estatut.</p>
<p>Coincido con el magistrado del TC Eugeni Gay cuando, en su voto particular, defiende el término <em>nación</em> y la importancia del preámbulo como expresión política, sin que ello  implique que sea la propia Constitución y no el preámbulo el fundamento  del autogobierno de Catalunya. Se advierte, además, un innecesario  resquemor por parte del tribunal a la hora de respetar algunos  sentimientos.</p>
<p>III. La normalización lingüística, que hasta ahora  apenas planteaba problemas, puede quedar afectada, aunque se mantiene el  modelo de inmersión en la enseñanza y se acepta que el legislador tome  medidas para evitar desequilibrios.</p>
<p>IV. Considera que el Consell  de Garanties Estatutàries debe mantener, como hasta ahora, su carácter  consultivo y no vinculante para evitar el bloqueo del Parlament.</p>
<p>V.  Algunas cuestiones declaradas inconstitucionales (poder judicial,  financiación…) pueden ser reguladas mediante leyes orgánicas que puedan  modificarse más sencillamente y sobre cuyo contenido el Tribunal  Constitucional, llegado el caso, pueda pronunciarse.</p>
<p>VI. Elimina el carácter exclusivo del Síndic de Greuges, para no limitar las competencias del Defensor del Pueblo.</p>
<p>VII. Consagra la provincia como entidad local frente a las <em>vegueries,</em> sin perjuicio de que puedan llegar a sustituirlas.</p>
<p>VIII.  En las competencias exclusivas, compartidas y ejecutivas, la sentencia  mantiene el status quo existente hasta ahora señalando que la  Generalitat tiene plenas competencias siempre y cuando no afecten a  materias de ámbito estatal.</p>
<p>En resumen, mucho esfuerzo para  quedarnos un poco como antes, aunque haya habido algunos avances  importantes. La sentencia se refiere varias veces a la posibilidad de  desarrollar las competencias que se reclaman de forma más sencilla  mediante leyes a valorar en su momento. Es decir, lo que quiere evitar  el tribunal es que quede como norma inamovible una cuestión que pueda  implicar una intromisión en las competencias estatales.</p>
<p>A la ciudadanía solicito:</p>
<p>Aceptemos  que se abre una nueva etapa. La sentencia no cierra ningún camino. No  caigamos en el victimismo, pero tampoco en el conformismo. Rechacemos la  confrontación y la crispación. No admitamos como verdades  incuestionables lo que no son más que argumentos políticos, de la  tendencia que sea.</p>
<p>Planteemos, entre todos, un debate serio sobre  la Constitución que queremos. No hay nada inamovible e incluso con la  actual podemos tener un marco más amplio. Seamos todos comprensivos y  generosos. Recuperemos el espíritu de 1978.</p>
<p>Y los colegios  profesionales, y la sociedad civil en general, que participe sin tomar  partido, uniendo fuerzas para debatir, para ofrecer soluciones, para  compartir y poder buscar, entre todos, una sociedad más lógica y más  justa.</p>
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		<title>Final de etapa</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30898/final-de-etapa/</link>
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		<pubDate>Tue, 03 Aug 2010 19:05:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[A debate]]></category>
		<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Josep M. Vallès</strong>, catedrático de Ciencia Política de la UAB (EL PAÍS, 03/08/10):</p>
<p>Final de etapa es lo que marca la sentencia del Tribunal Constitucional  sobre el Estatuto de Cataluña. El Gobierno ha intentado minimizar su  alcance con expresiones voluntaristas y la oposición ha moderado sus  reacciones en atención a la futura competición electoral catalana.</p>
<p>Pero ambas posiciones -teñidas de tacticismo inevitable- ignoran lo  que el fallo del tribunal tiene de &#8220;punto final&#8221; en un doble registro:  el fundamento constitucional del llamado Estado de las autonomías y la  posibilidad de una relación más armónica entre el sistema político  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30898/final-de-etapa/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Josep M. Vallès</strong>, catedrático de Ciencia Política de la UAB (EL PAÍS, 03/08/10):</p>
<p>Final de etapa es lo que marca la sentencia del Tribunal Constitucional  sobre el Estatuto de Cataluña. El Gobierno ha intentado minimizar su  alcance con expresiones voluntaristas y la oposición ha moderado sus  reacciones en atención a la futura competición electoral catalana.</p>
<p>Pero ambas posiciones -teñidas de tacticismo inevitable- ignoran lo  que el fallo del tribunal tiene de &#8220;punto final&#8221; en un doble registro:  el fundamento constitucional del llamado Estado de las autonomías y la  posibilidad de una relación más armónica entre el sistema político  español y el sistema político catalán.</p>
<p>En el primer registro,  expertos juristas señalan que la sentencia desfigura una de las  innovaciones clave del Estado de las autonomías. El Tribunal había  sostenido hasta ahora que el fundamento de la definición del  autogobierno residía en el llamado &#8220;bloque de la constitucionalidad&#8221;  configurado por la interpretación conjunta de la Constitución y de los  estatutos de autonomía.</p>
<p>De este tratamiento combinado nacían los  perfiles del autogobierno de cada comunidad autónoma y a él recurría el  Tribunal cuando se le pedía solventar alguna controversia. No parece que  sea así en la nueva sentencia. Sería ahora la interpretación libérrima y  autónoma de la Constitución que el Tribunal desarrolle la que determine  el alcance del autogobierno.</p>
<p>En esta nueva tesitura, los  estatutos pierden su rango en el &#8220;bloque de la constitucionalidad&#8221;,  equiparados o sometidos a las leyes orgánicas e incluso ordinarias del  Estado. Se acabaría así con una especificidad distintiva del Estado de  las autonomías frente a otras formas de estado regional.</p>
<p>Muy poco  recorrido queda, por tanto, para quienes apostaron por un encaje más  satisfactorio entre el sistema político español y el sistema catalán  dentro del actual marco constitucional. Porque la sentencia no sólo  esteriliza a fondo cualquier potencial federalizante atribuido al  acuerdo constitucional de 1978, sino que encierra este acuerdo en  límites más estrechos de los asumidos hasta hoy.</p>
<p>En estas  condiciones y en el resbaladizo terreno de los pronósticos, se abren  interrogantes de respuesta comprometida. ¿Es probable que en menos de  dos años -lo que queda teóricamente de legislatura- pueda acometerse una  reforma de leyes orgánicas y ordinarias que restaure el contenido  material del Estatuto invalidado o precarizado por la sentencia? A la  vista del panorama parlamentario, parece poco probable. Más a medio  plazo, ¿hay indicios en la opinión española que dejen entrever el cambio  de cultura política necesario para emprender una reforma  constitucional, sea de tono federal o parafederal? Con los datos  disponibles, no es previsible a medio plazo este imprescindible cambio  de cultura.</p>
<p>Respecto de la opinión catalana, la corriente  favorable a una desvinculación drástica del sistema estatal español gana  fuerza, por discutible que sea su magnitud. ¿Con ímpetu suficiente para  convertirse en hegemónica a medio plazo y alcanzar sus objetivos? No me  lo parece porque cada vez será más elevado el coste marginal de su  expansión.</p>
<p>A partir de estas respuestas y sea cual fuere el  resultado de las próximas elecciones catalanas y españolas, el recorrido  futuro solo promete más inestabilidad. Se expresará formalmente en una  mayor conflictividad jurídico-institucional. El carácter interpretativo  de buena parte de la sentencia abre la puerta no a reducir la  litigiosidad constitucional, sino a multiplicarla. En lo político, se  enquistará el desacuerdo sobre reglas básicas del sistema político  español y de su eventual articulación con el sistema catalán. A un lado,  la mayoría de la opinión pública española, probablemente bien  interpretada por la sentencia del Tribunal. Al otro lado, la mayoría de  la opinión pública catalana que aspira desde hace tiempo a modificar el <em>statu quo</em> y que comparte el deseo de cambio aunque sea con propuestas diferentes.  Es una mayoría sólida, reflejada en su representación parlamentaria y  en las encuestas que acompañaron el proceso estatutario, pese a que haya  quienes se empeñan en ignorarlas por desconocimiento o por prejuicio.</p>
<p>Si  ambas mayorías siguen aferrándose -como ha hecho el Tribunal- a la  vieja ecuación decimonónica de &#8220;a cada Estado, una sola nación y a cada  nación, un solo Estado&#8221;, se impedirá suturar esta vieja divisoria o <em>cleavage</em> de la realidad española. Seguirá, pues, la desazón, el resentimiento y  la irritación de unos y otros, con daño grave para la legitimación del  sistema político en su conjunto.</p>
<p>Ante un panorama tan poco  estimulante, ¿cabe avanzar -desde España y desde Cataluña- hacia las  posiciones de un constitucionalismo postnacionalista y postsoberanista  que apunta tímidamente en el espacio europeo? ¿Puede repetirse el  ejercicio de imaginación político-constitucional que significó en 1978  el estado de las autonomías? ¿Está disponible la generación de  políticos, juristas y creadores de opinión que asuma este desafío?  Cuesta detectarla. Pero si se renuncia a intentarlo, el final de etapa  marcado por la sentencia dará paso a un recorrido mucho más accidentado  todavía que el vivido en los últimos años.</p>
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		<item>
		<title>Diferentes, pero iguales ante la ley</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30896/diferentes-pero-iguales-ante-la-ley/</link>
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		<pubDate>Tue, 03 Aug 2010 18:52:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José María Carrascal</strong> (ABC, 03/08/10):</p>
<p>La principal objeción a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán es que no reconoce la «singularidad» de Cataluña en el Estado español. Gran ofensa, que permite decir a sus críticos que la sentencia niega el carácter plural de dicho Estado. O sea, que, aparte de injuriosa, es anticonstitucional. Lo que nos faltaba.</p>
<p>Curiosa palabra ésa de «singular». Por singular se entiende algo «único», distinto a los demás, e implícitamente, superior. Estamos ante otra variante del viejo «hecho diferencial» invocado por todos los nacionalismos internos españoles. Donde empieza la falacia. Todos los &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30896/diferentes-pero-iguales-ante-la-ley/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José María Carrascal</strong> (ABC, 03/08/10):</p>
<p>La principal objeción a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán es que no reconoce la «singularidad» de Cataluña en el Estado español. Gran ofensa, que permite decir a sus críticos que la sentencia niega el carácter plural de dicho Estado. O sea, que, aparte de injuriosa, es anticonstitucional. Lo que nos faltaba.</p>
<p>Curiosa palabra ésa de «singular». Por singular se entiende algo «único», distinto a los demás, e implícitamente, superior. Estamos ante otra variante del viejo «hecho diferencial» invocado por todos los nacionalismos internos españoles. Donde empieza la falacia. Todos los individuos somos diferentes. Incluso los hermanos gemelos lo son, al ser la «singularidad» uno de los rasgos más característicos del género humano. No somos hormigas, ni abejas, ni ovejas. Somos seres con rasgos particulares, empezando por las huellas y terminando por el carácter. Otro tanto ocurre con nuestras sociedades. Que España está formada por comunidades distintas no lo niega nadie y lo acreditan los chistes regionales. Pero eso ocurre en cualquier país. Un prusiano es muy distinto a un bávaro, lo que no impide a ambos considerarse alemanes. Incluso se dan casos de cruce de personalidades. «Hay españoles-prusianos, como hay alemanes-latinos», declaraba hace poco en España el que fuera durante muchos años presidente de las Cámaras alemanas, Peter Moser. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos y andaluces muy sosos, ahí tienen a Montilla. Quiero decir que la singularidad es un concepto lingüísticamente gaseoso y políticamente torticero. Si todos somos diferentes, nadie en realidad lo es. Y si me invocan la lengua como elemento diferencial de una nación, ¿qué hacemos con la India donde se hablan 300, le negamos el estatuto de nación? ¿Y con Suiza, donde hay tres lenguas oficiales, pero ningún idioma suizo? Con la lengua está ocurriendo la misma maniobra de distracción y embeleco que con el resto de la estrategia nacionalista: que siendo un instrumento de aproximación y entendimiento entre los humanos, la han convertido en elemento diferenciador y arrojadizo.</p>
<p>Pero lo que quita toda validez a las quejas nacionalistas es que esa singularidad que reclaman se la niegan a los demás. Como los demás se resisten a ser menos, se entabla una carrera parecida la de los galgos y la liebre mecánica en los velódromos: todos los españoles quieren ser y tener tanto como los catalanes, pero los catalanes rechazan que el resto tenga y sea como ellos. El resultado de esta carrera de «diferencias» es fácil de prever: la licuación del Estado, después de haber gasificado la Nación común. La cosa va incluso más lejos y esos nacionalistas que acusan el Tribunal Constitucional de negar la pluralidad de España, niegan la pluralidad en su territorio. No voy a referirme a las diferencias entre Gerona y Tarragona o entre Lérida y Barcelona, que hay más de las que se cree, sino al hecho de que ese nuevo y kilométrico Estatuto es un auténtico enrejado por el que se regula toda la vida catalana, desde la energía a la publicidad, pasando por los servicios, las comunicaciones, el cine, los alimentos, los servicios, el nombre de los establecimientos y los anuncios de sus escaparates. Sólo le falta disponer un nuevo sistema de pesas y medidas. Es como Cataluña, hasta hace poco una de las comunidades españolas más abiertas, va convirtiéndose en un reducto regido por lo que sus nacionalistas autoricen. El pluralismo que el Estado permite a las Autonomías, se niega dentro de las Autonomías con aspiraciones de nación y Estado. Lo que tampoco debe extrañar ya que, a estas alturas, el nacionalismo es una fuerza cerrada, retrógrada, incluso opresiva si se le permite. Es decir que estamos en las antípodas no ya de la Constitución española del 78, sino del concepto de nación propugnado por la Revolución Francesa, que según acaba de recordar el profesor Ovejero Lucas, de la Universidad de Barcelona, figura en la tumba de Marat. «Unidad, Indivisibilidad de la República, Libertad, Igualdad, Fraternidad». Lemas que los nacionalistas actuales no respetan ni uno.</p>
<p>De ahí que la diatriba de Durán Lleida, «la sentencia (del TC) ha sido el acto más separador de los últimos 35 años», sea tan demagoga como falsa. ¿Quiénes son los separadores, señor Durán, los que quieren títulos y atribuciones distintos a los de los demás o los que, concediendo a Cataluña una de las mayores autonomías que se gozan hoy en Europa, se limitan a señalar los límites que la Constitución marca a cualquier autonomía? Eso que usted, y otros como usted, propugnan no es nacionalismo constitucional, sino divisionismo diferenciador, como advirtió Ortega durante el debate sobre el Estatuto catalán en las Cortes de la República. Diferenciador y anti igualitario, me atrevo a añadir por mi parte.</p>
<p>Aunque tampoco hay que echar toda la culpa a los nacionalistas. La actitud del PSOE en el contencioso ha sido, en el mejor de los casos, equívoca, en el peor, suicida. En vez de admitir que el problema surgió de la promesa de conceder lo que no estaba en sus atribuciones (El «Os daré lo que me pidáis» de ZP), cuando la bomba les estalló en sus manos, lo único que han hecho es echar la culpa al PP. Ya sabemos que el ataque es la mejor defensa, pero cuando están en juego los fundamentos del Estado, no valen subterfugios, pues podemos volarlo. Echar la culpa al PP de la revuelta catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional por haber elevado recurso contra el Estatutindica una cortedad de miras y unos recursos arteros que asustan. Pues da a entender que preferirían tener un Estatuto catalán anticonstitucional aceptable a aquellos nacionalistas a otro constitucional que les moleste. Las promesas de Zapatero de intentar soslayar esa inconstitucionalidad por decreto no hacen más que confirmar esa felonía. A no ser que se trate de otra de sus promesas, es decir, que no piense cumplirla.</p>
<p>No está, sin embargo, solo. Felipe González y Carme Chacón acaban de publicar un largo artículo en el que aseguran que «el problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España». No es que el PP sea totalmente inocente en el asunto, y que procure no volar puentes con los nacionalistas demuestra que se plantea un día no lejano gobernar con ellos. Cuando hoy sabemos de sobra que los nacionalistas se niegan a reconocer la pluralidad tanto del resto de España como en su territorio, es decir, son los principales anticonstitucionalistas, contra lo que dicen González y Chacón.</p>
<p>Lo que significa que el verdadero problema puede ser un PSOE que si en los años 30 del pasado siglo no fue capaz de decidirse entre revolución o democracia, hoy no se decide entre España como Nación, como Nación de naciones, como Estado federal, como Estado confederal o como todo ello junto. Y si nuestro partido más antiguo, que además nos gobierna, no es capaz de decidirse sobre asunto tan importante, tenemos un gran problema. No voy a decir tan grande como el de los años 30 del pasado siglo, pero casi.</p>
<p>Volviendo a lo que les decía al principio, no se puede invocar la singularidad negándosela a los demás, como hacen los nacionalistas, ni se puede jugar con la esencia del Estado, como hace el PSOE. Nada de extraño que los españoles huyan, no importa adónde, para olvidar lo que dejan detrás. Lo malo es que se lo encontrarán a la vuelta.</p>
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		<title>Cataluña: la fractura</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 20:55:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Elorza</strong>, catedrático de Ciencia Política (EL PAÍS, 30/07/10):</p>
<p>Nada refleja mejor la maraña que ha envuelto al tema del <em>Estatut</em> que el interminable debate sobre la condición nacional de Cataluña,  reconocida en su preámbulo. Por ello, hace meses que la oposición de un  notable constitucionalista disipó la posibilidad de un acuerdo  &#8220;progresista&#8221; sobre el conjunto del texto, y ahora la sentencia corta el  nudo gordiano pronunciando una obviedad, pues no otra cosa es advertir  que una declaración incluida en un preámbulo carece de efectos  normativos, con un añadido que lía un poco más las cosas al acentuar &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30856/cataluna-la-fractura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Elorza</strong>, catedrático de Ciencia Política (EL PAÍS, 30/07/10):</p>
<p>Nada refleja mejor la maraña que ha envuelto al tema del <em>Estatut</em> que el interminable debate sobre la condición nacional de Cataluña,  reconocida en su preámbulo. Por ello, hace meses que la oposición de un  notable constitucionalista disipó la posibilidad de un acuerdo  &#8220;progresista&#8221; sobre el conjunto del texto, y ahora la sentencia corta el  nudo gordiano pronunciando una obviedad, pues no otra cosa es advertir  que una declaración incluida en un preámbulo carece de efectos  normativos, con un añadido que lía un poco más las cosas al acentuar los  perfiles de dicha restricción. Curiosamente, si abandonamos la polémica  y regresamos al polémico texto, las sombras desaparecen.</p>
<p>Los redactores del <em>Estatut</em> describían una situación real,  indiscutible, de afirmación por el Parlamento catalán en nombre de una  mayoría de los catalanes, en el sentido de que Cataluña es una nación.  La siguiente frase parecía anunciar un refrendo infundado del  reconocimiento constitucional de dicha propuesta, pero a continuación la  ambigüedad se desvanecía al advertir que tal reconocimiento por la  Constitución de la &#8220;realidad nacional&#8221; se da en cuanto nacionalidad. La  jerarquía entre nación y nacionalidad quedaba establecida así desde el  mismo preámbulo, sin necesidad de proceder a una reafirmación tajante de  la nación única, la española, con el consiguiente efecto de desafío. Un  guante que como vemos está siendo recogido.</p>
<p>No importa si el PP  resulta o no desautorizado. Cuenta ante todo la imbricación de los  contenidos jurídico-políticos de la sentencia con el estado colectivo de  irritación, impulsado por los líderes políticos y de opinión en la  sociedad catalana. Derecho Constitucional y análisis psicológico-social  han de conjugarse si aspiramos a un balance ponderado. Esta exigencia es  tanto mayor cuanto que en todo el proceso la incomprensible tardanza,  los cuatro años de espera por parte del Tribunal Constitucional (TC), se  han convertido en un poderoso estímulo para la radicalización de las  posiciones y para el desprestigio del ordenamiento constitucional  español. Resulta erróneo estimar que el contenido jurídico de la  sentencia pueda mantenerse inmunizado ante la contaminación de ese  ambiente malsano de espera interminable y perniciosas filtraciones. Los  tejemanejes en torno al TC han proporcionado un argumento inmejorable a  aquellos dispuestos a descalificar toda decisión que no sea el visto  bueno <em>in toto</em> para el texto de 2006.</p>
<p>Claro que eso no es  todo. La situación recuerda las negociaciones en el 68 de los dirigentes  checos apresados en Moscú con Brezhnev y su séquito. Por norma, en toda  negociación entre <em>partidos hermanos</em> había que aprobar una  declaración común, y los soviéticos presentaron el suyo. Solo que cada  vez que la comisión checa les llevaba propuestas de modificación, los  soviéticos las rechazaban sin mirarlas. En el caso catalán, la historia  se repite: la menor alteración del texto originario resulta <em>una afrenta.</em> Toda opinión discordante, un atentado contra la democracia catalana  desde el centralismo español. Un escenario sumamente peligroso para  todos, salvo para los independentistas catalanes, que tuvo su origen en  la insensata proclamación por Zapatero del ámbito catalán de decisión en  noviembre de 2003. De ahí surgió una legitimidad para el ejercicio de  un poder constituyente catalán, que las Cortes de Madrid convalidarían,  como así hicieron, sin que las exigencias derivables de la Constitución  española debieran ser tenidas en cuenta. La simple existencia de un  Tribunal Constitucional se volvía intolerable ante su posible aceptación  de eventuales recursos. Zapatero dijo que tocaba a los catalanes  decidir y al Gobierno socialista de Madrid convalidar. La manifestación  del día 10 llevó por lema <em>Nosaltres decidím!</em> Lógico.</p>
<p>En  contra de tantas críticas recibidas, tal vez la sentencia aprobada se  encuentre entre las mejores posibles. Aplicando el lema <em>fortiter in re, suaviter in modo,</em> renuncia a seguir la vía sugerida por el recurso del PP de múltiples anulaciones de artículos del <em>Estatut</em> para centrarse en la reconducción de aspectos esenciales. No se trata  de que la sentencia apruebe o niegue la constitucionalidad del <em>Estatut,</em> sino de que elimina las aristas, incluso al precio de incurrir en  alguna ambigüedad (el catalán, lengua vehicular) hasta convertir al <em>Estatut,</em> mediante un número reducido de anulaciones y uno mayor de  reinterpretaciones, en una norma constitucional. La primacía  constitucional sobre un estatuto no podía ser discutida, y no lo ha  sido, con un inteligente giro al convertir la bilateralidad en  cooperación. El vértice del poder judicial es estatal, así como la  primacía en la regulación de competencias compartidas; la promoción del  catalán no puede llevar a la subalternidad del castellano; el privilegio  en la financiación estatal resulta corregido; la disponibilidad  lingüística excluye todo atentado a la paridad de las lenguas.</p>
<p>Demasiado, por si no bastase <em>la afrenta</em> de tocar lo intocable. Pero el problema es de fondo y remite al secular  desfase de Cataluña respecto de la trayectoria histórica española. La  conclusión para los manifestantes es bien simple: &#8220;Constitución  española, ¿para qué?&#8221;. Es tiempo de releer<em> La pell de brau,</em> <em>La piel de toro,</em> de Salvador Espríu, asumiendo que solo hay un camino para reencontrar la fraternidad perdida: <em>Escolta Sepharad, els homes no poden ser si no son lliures.</em> Y libertad implica derecho y renuncia a la demagogia.</p>
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		<title>Los errores jurídicos de fondo</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 21:25:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 29/07/10):</p>
<p>Es muy frecuente leer y escuchar estos días que la sentencia del TC sobre el Estatut es una sentencia política. Nada más erróneo: sus argumentaciones &#8211; por supuesto discutibles, ahí está algún valioso voto particular-están fundadas en estrictos razonamientos jurídicos. Más todavía, precisamente la resolución del TC ha sido tan negativa para las intenciones de quienes propusieron el Estatut desde Catalunya porque algunas de las bases jurídicas en las que se sustentaba su texto eran, desde el punto de vista del derecho, insostenibles. En este &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30845/los-errores-juridicos-de-fondo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 29/07/10):</p>
<p>Es muy frecuente leer y escuchar estos días que la sentencia del TC sobre el Estatut es una sentencia política. Nada más erróneo: sus argumentaciones &#8211; por supuesto discutibles, ahí está algún valioso voto particular-están fundadas en estrictos razonamientos jurídicos. Más todavía, precisamente la resolución del TC ha sido tan negativa para las intenciones de quienes propusieron el Estatut desde Catalunya porque algunas de las bases jurídicas en las que se sustentaba su texto eran, desde el punto de vista del derecho, insostenibles. En este artículo intentaremos analizar someramente algunas de las más significativas.</p>
<p>Previamente, dejemos sentado que el Tribunal Constitucional, al pronunciar su sentencia, ha tenido en cuenta algo que es común en las jurisdicciones de ese género: el máximo respeto al legislador en virtud del principio de conservación de las leyes, principio derivado, sobre todo, de su presunción de constitucionalidad dada la legitimidad democrática de los parlamentos, es decir, de los órganos que las aprueban. El fallo del tribunal, declarando nulos tan sólo catorce preceptos estatutarios y delimitando el significado de muchos más al reducir el ámbito de su interpretación legítima, demuestra la preocupación del Constitucional por demostrar este respeto al legislador.</p>
<p>Ahora bien, los errores jurídicos de fondo, que son transversales a todo el extenso articulado del Estatut, han constituido una barrera insalvable para el tribunal y vía directa de nulidad, vía colateral de interpretación conforme, lo han dejado literalmente desarbolado o, simplemente, desactivado, en muchos de sus aspectos fundamentales. ¿Cuáles son estos errores jurídicos de fondo?</p>
<p>El primer error parte de una base obviamente equivocada: que la Constitución de 1978 está formada, simplemente, por las palabras del texto que se aprobó en aquel año. Con ello se olvida algo fundamental: que nuestra Constitución es una norma cuyo contenido debe desenvolverse dentro del marco que establece la jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Ignorar el valor de esta jurisprudencia comporta un serio riesgo de que el tribunal, si no encuentra razonable cambiar de doctrina, declare inconstitucional la norma que la infringe. Esto es lo que ha sucedido con el Estatut.</p>
<p>Desde el principio fue evidente que el contenido del Estatut, en muchos aspectos, resultaba contradictorio con la jurisprudencia del Constitucional. Seguramente, se esperaba que los magistrados cambiaran esta jurisprudencia, de ahí las múltiples presiones que han soportado. La desilusión final de los juristas catalanes que han asesorado técnicamente a los autores del Estatut se ha producido al comprobar que no han conseguido tal finalidad. Al contrario, la mayor parte de las nulidades o &#8220;interpretaciones conformes&#8221; de las normas estatutarias tiene como fundamento la autoridad de una doctrina constitucional constante y bien asentada, por tanto, muy difícilmente modificable. No tener en cuenta esta doctrina ha sido una imprudencia.</p>
<p>El segundo error ha sido partir de una concepción equivocada de lo que es un estatuto de autonomía. El hecho de que la jurisprudencia constitucional sostenga, con fundadas razones, que se trata de una ley que forma parte del bloque de la constitucionalidad, no significa que los estatutos estén en una posición jerárquica cuasi constitucional. La concepción &#8220;bloque de la constitucionalidad&#8221; sólo tiene un contenido procesal, derivado de la lógica constitucional y reconocido en el artículo 28.1 de la ley orgánica del Tribunal Constitucional, pero ello no puede dar lugar a consecuencias que no sean de esta naturaleza, es decir, consecuencias procesales.</p>
<p>Los estatutos, además, son normas territoriales que, como es lógico, generan efectos jurídicos únicamente en sus comunidades autónomas respectivas. Pues bien, de manera poco sensata el Estatut ha pretendido, por un lado, limitar las competencias del Estado en Catalunya, competencias que al Estado le otorga la propia Constitución; y, por otro lado, el Estatut ha pretendido también vincular la actuación de los órganos del Estado, algo que está fuera de su cometido no sólo porque su ámbito está limitado jurídicamente al territorio de Catalunya, sino también por razones de simple lógica: si estas facultades las tuviera nuestro Estatut, los demás estatutos podrían igualmente tenerlas, es decir, también podrían limitar y vincular a los poderes estatales. En ese caso, ¿cuál de los estatutos sería preferente, a quién deberían hacer caso los órganos del Estado? En fin, los autores del Estatut no sólo no han entendido el principio de división de poderes, sino que, además, ni siquiera se han comportado con sentido común.</p>
<p>Sostener que el tribunal, como se dice, ha dictado una sentencia contra Catalunya, es un puro disparate si creemos en un Estado de derecho. Pedir que el TC, dadas las circunstancias políticas del caso, debía obviar posibles inconstitucionalidades y declararlo todo conforme a la Constitución es incitar a cometer un delito de prevaricación. Todo es más sencillo. El TC ha cumplido, al fin, con su único deber: defender la Constitución mediante argumentos jurídicos.</p>
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		<title>Zapatero y la Constitución como sectarismo</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 18:52:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Ángel Quintanilla Navarro, </strong>politólogo (EL MUNDO, 28/07/10):</p>
<p>De cuanto ocurrió  hace ahora un par de semanas en el Debate sobre el estado de la Nación,  lo más relevante para el futuro de la legislatura es la interpretación  que el presidente del Gobierno hizo de la sentencia del Tribunal  Constitucional sobre el Estatuto catalán.</p>
<p>Lo que José Luis Rodríguez Zapatero vino a decir con ocasión  de su réplica al portavoz de CiU, Duran i Lleida, fue que para su propia  fortuna, y también para la de los nacionalistas, la sentencia le ha  devuelto al Gobierno la misma mercancía que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30837/zapatero-y-la-constitucion-como-sectarismo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Ángel Quintanilla Navarro, </strong>politólogo (EL MUNDO, 28/07/10):</p>
<p>De cuanto ocurrió  hace ahora un par de semanas en el Debate sobre el estado de la Nación,  lo más relevante para el futuro de la legislatura es la interpretación  que el presidente del Gobierno hizo de la sentencia del Tribunal  Constitucional sobre el Estatuto catalán.</p>
<p>Lo que José Luis Rodríguez Zapatero vino a decir con ocasión  de su réplica al portavoz de CiU, Duran i Lleida, fue que para su propia  fortuna, y también para la de los nacionalistas, la sentencia le ha  devuelto al Gobierno la misma mercancía que ya había vendido a los  nacionalistas en forma de Estatuto para que se la vuelva a vender en  forma de leyes autonómicas o nacionales -que a su vez el Partido Popular  habrá de recurrir una a una, si es que quiere hacerlo-.</p>
<p>Sabíamos que Zapatero se había quedado sin dinero para  comprar voluntades y sabíamos que ahora tendría que pagar en especie.  Ahora sabemos que esa especie será el contenido del <em>Estatut</em>, pero  en forma de leyes debidamente administradas, puesto que, a su juicio,  lo que el Tribunal Constitucional ha rechazado es que se «petrifique»  por vía estatutaria lo que el Gobierno y los nacionalistas desean, pero  no ha rechazado que se lleve esa misma pretensión a la mera ley. Eso  será lo que permitirá al Gobierno abrir una vía de negociación con los  nacionalistas catalanes y también con los vascos.</p>
<p>El Alto Tribunal -se viene a decir- ha declarado que el modo  correcto de inaplicar la Constitución es la ley y no el Estatuto, porque  ese acto, para ser legítimo, debe ser reversible por una nueva mayoría  parlamentaria ordinaria. Zapatero parece creer que la Carta Magna puede  ser suspendida en la parte que quiera la mayoría y mientras dure su  mandato, siempre que no se petrifique irreversiblemente esa suspensión y  se permita reactivar la parte inaplicada cuando gane la minoría, si es  que lo hace alguna vez. Y -como le dijo a Duran i Lleida en el mencionado Debate sobre el estado de la Nación, en el Congreso-, como es <em>imposible </em>que  el Partido Popular gane las elecciones en Cataluña, el efecto real del  nuevo procedimiento será en realidad el mismo que si se hubiera validado  todo el <em>Estatut</em>.</p>
<p>Probablemente, el discurso socialista se centrará entonces en  denunciar a bombo y platillo que el PP no acata la sentencia cuando se  opone a las leyes y las recurre, y que pretende oponerse a la voluntad  de los catalanes cuando ya está claro que ahora sí se expresa en el  producto parlamentario debido (una ley catalana o nacional) y que ya no  lo hace en un producto indebido (un Estatuto). Obviamente eso será, otra  vez, una agresión contra Cataluña y no un intento casi heroico de  preservar el valor político de la palabra dada <em>por </em>los catalanes con motivo de la aprobación de<em> su</em> Constitución, la española de 1978, que no podría ser española si no fuera la de todos.</p>
<p>Lo que conviene aclarar -y ése, entre otros, debe ser el  trabajo del Partido Popular, que no va a poder mantener una actitud  elusiva en esta cuestión ni debe hacerlo, porque con esta novedad  interpretativa lo previsible es un acuerdo socialista con CiU en el  Parlamento catalán y en el Parlamento nacional-, lo que conviene  aclarar, insisto, es que la sentencia no sólo rechaza el continente (un  Estatuto), también rechaza el contenido: la vulneración de los  derechos individuales y del orden institucional mismo, que es  indisponible para cualquier mayoría.</p>
<p>Ni siquiera de manera transitoria, como pretende Zapatero,  que hace de este hecho, la transitoriedad y la no petrificación, la  clave de todo este asunto, el obstáculo que hay que salvar, cuando en  realidad el problema no es que se petrifique o no la vulneración de la  Constitución, sino la vulneración en sí.</p>
<p>Conviene empezar a razonar con un poco de orden sobre todo  esto ante la opinión pública y dejar claro que los derechos que están en  vigor no son sólo los de quienes ganan las elecciones, sino los de  todos; toda la Constitución está en vigor siempre para todos, no  selectivamente según quién gane o pierda las elecciones.</p>
<p>Vencer en las urnas no equivale a ganar el poder  constituyente, o una especie de poder destituyente contra los demás,  sino ganar el poder constituido. Nada menos. Pero nada más.</p>
<p>Todo esto viene a confirmar que la crítica al Estatuto no  debió centrarse en su día, ni debe centrarse ahora, en el ámbito de  decisión (si sólo deciden los españoles catalanes o si decidimos todos),  sino en el hecho de que ninguna mayoría puede decidir anular a una  minoría que respeta el sistema, ni de manera transitoria; tampoco puede  inaplicar una parte de la Constitución, aunque no le guste.</p>
<p>No sólo hay que rechazar el Estatuto como mayoría española  sino también y principalmente como minoría catalana. Conceptos estos de  mayoría y de minoría que sólo tienen sentido cuando se refieren a un  orden institucional que fija el marco común de convivencia y las reglas  del juego: con esa condición se acepta ser minoría, sin ella no. Fuera  de ese contexto, esas expresiones carecen de sentido jurídico-político.</p>
<p>Esto debe darnos la oportunidad de explicar y de poner en valor la poderosa  y, al mismo tiempo, sencilla teoría y práctica del Estado democrático  liberal, que es contra lo que va a seguir atentando el Gobierno. Una vez  más, Zapatero exhibe una minuciosa incapacidad para comprender el  concepto de «Constitución de todos», la idea de consenso y de norma  común. En su lugar comienza a alzarse la idea de una «Constitución de  Constituciones», es decir, la Constitución no como consenso sino como  yuxtaposición de «miniconstituciones» de partido, como una taracea de  imposible cumplimiento pleno y simultáneo, sólo aplicable por trozos,  por turnos y según territorios.</p>
<p>Es, en suma, el error de confundir el consenso con el  sectarismo multidireccional, expresión del cual se pretende ahora que  sea la Constitución de 1978. Es exactamente el mismo error que lleva a  creer y a explicar en el BOE que los dos bandos de la Guerra Civil  juntos son España entera, cuando sólo son España hecha pedazos.</p>
<p>Obviamente, entre el consenso constitucional como rechazo al  sectarismo y el sectarismo por turnos según quién gana las elecciones  hay una distancia moral que el Gobierno parece incapaz de medir. La  Constitución no es la consagración del sectarismo multidireccional, sino  la erradicación del sectarismo. No se respeta la Constitución cuando se  respeta el <em>derecho </em>del Partido Popular a ser sectario cuando  gane, sino cuando se rechaza siempre el sectarismo, también el que se  dirige contra los <em>populares</em>.</p>
<p>En el fondo, y en el orden práctico, lo que el presidente  Rodríguez Zapatero va a hacer con la ley y con la Constitución es lo  mismo que ha hecho con el dinero: dejar a deber. Va a legislar dejando  para más adelante el coste de su legislación, cuando el Partido Popular  recurra y el Tribunal Constitucional se pronuncie. Para entonces, habrá  hecho líquido el activo electoral de su nueva aventura y habrá generado  un pasivo institucional pavoroso que él tampoco pagará.</p>
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		<title>La lengua sentenciada</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 19:04:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[Política lingüística]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Albert Branchadell</strong>, profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 27/07/10):</p>
<p>El tratamiento de la lengua catalana es uno de los aspectos más  sensibles del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Cuando se publicó el  fallo del Tribunal Constitucional, muchos partidarios del Estatuto  respiraron aliviados: de la extensa regulación lingüística solo el uso  &#8220;preferente&#8221; del catalán en las Administraciones públicas y los medios  de comunicación públicos de Cataluña merecía la declaración de nulidad.  Pero el alivio no duró, porque el texto de la sentencia no solo invalida  importantes aspiraciones catalanas en &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30823/la-lengua-sentenciada/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Albert Branchadell</strong>, profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 27/07/10):</p>
<p>El tratamiento de la lengua catalana es uno de los aspectos más  sensibles del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Cuando se publicó el  fallo del Tribunal Constitucional, muchos partidarios del Estatuto  respiraron aliviados: de la extensa regulación lingüística solo el uso  &#8220;preferente&#8221; del catalán en las Administraciones públicas y los medios  de comunicación públicos de Cataluña merecía la declaración de nulidad.  Pero el alivio no duró, porque el texto de la sentencia no solo invalida  importantes aspiraciones catalanas en esta materia sino que plantea  sonoras dudas sobre un modelo lingüístico escolar considerado vital para  el conocimiento y uso del catalán.</p>
<p>Una de las principales novedades del Estatuto era la introducción del  deber de conocer el catalán. Por obra y arte de la &#8220;interpretación  conforme&#8221;, el TC salva la literalidad del artículo que introduce ese  deber pero viene a declarar nulo su sentido original. En nombre de la  igualdad de derechos y deberes lingüísticos, el legislador catalán  pretendía imponer un deber de conocimiento del catalán equivalente al  que rige para el castellano. Pues bien: el TC declara que bajo esa  interpretación el artículo en cuestión sería inconstitucional y nulo.</p>
<p>Otra  de las novedades del Estatuto catalán era la introducción del derecho  de los ciudadanos a relacionarse en catalán con los órganos  constitucionales y los órganos jurisdiccionales de ámbito estatal. En  nombre de la igualdad de derechos y deberes lingüísticos, el legislador  catalán pretendía otorgar al catalán la cualidad de medio de  comunicación jurídicamente válido entre los ciudadanos de Cataluña y los  órganos mencionados. Ante esta posibilidad el TC es tajante: bajo esa  interpretación, el artículo correspondiente sería contrario a la  Constitución.</p>
<p>Una tercera novedad del Estatuto era la introducción  del derecho de los ciudadanos a ser atendidos en la lengua oficial que  elijan en su condición de usuarios o consumidores, con el consiguiente  deber de &#8220;disponibilidad lingüística&#8221;. En este punto, el TC no puede  evitar la exhibición de su gran plumero. Por un lado, asegura que habrá  que examinar en qué términos se regula legislativamente el deber de  disponibilidad lingüística, pero al mismo tiempo zanja el asunto  salvando una vez más la literalidad del texto pero invalidando su  sentido original.</p>
<p>Hasta aquí hemos podido ver que ninguna de las  tres novedades lingüísticas estatutarias supera el filtro constitucional  con el sentido que quiso imprimirle el legislador catalán. Pero eso no  es nada comparado con el estropicio que el TC introduce en la regulación  lingüística del sistema educativo, un ámbito en el que el legislador  catalán se limitaba a elevar a rango estatutario la legislación  catalana.</p>
<p>Los que respiraron aliviados al ver que el fallo no  anulaba la declaración del catalán como &#8220;la lengua normalmente utilizada  como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza&#8221; tuvieron un gran susto  al leer la sentencia. En 1994 el TC estableció la legitimidad  constitucional de una enseñanza en la que el catalán sea el &#8220;centro de  gravedad&#8221;, con el límite de que &#8220;ello no determine la exclusión del  castellano como lengua docente&#8221;. Más allá de la controvertible cuestión  de si es constitucionalmente obligado o sociolingüísti-camente deseable  que una o más materias se impartan en castellano dentro de un modelo en  que el catalán es el centro de gravedad, lo que hace ahora el TC es  flirtear con un modelo diferente.</p>
<p>El legislador catalán cometió un  gran error en el planteamiento de la cuestión lingüística. Su plausible  lógica de equiparar los derechos y deberes lingüísticos asociados a las  dos lenguas oficiales quedó severamente dañada con la introducción del  derecho a recibir la enseñanza en catalán (pero no en castellano), una  disposición por lo demás vacua dado que el catalán es la lengua de la  enseñanza. Y he aquí que ahora el TC le hace pagar ese error con un buen  trabucazo: salva el derecho a recibir la enseñanza en catalán pero lo  interpreta &#8220;en el sentido de que no impide el libre y eficaz ejercicio  del derecho a recibir la enseñanza en castellano como lengua vehicular y  de aprendizaje en la enseñanza&#8221;.</p>
<p>¿Estamos ante un llamado a  reformar el vigente modelo &#8220;de conjunción lingüística&#8221;? ¿O es una  apuesta por un sistema separatista electivo? En su voto particular,  Rodríguez Arribas no lo duda: desde ahora, &#8220;no será jurídicamente  posible impedir que cualquier ciudadano en Cataluña pueda elegir que la  enseñanza de sus hijos se produzca en cualquiera de las dos lenguas  oficiales&#8221;. Si la &#8220;interpretación de la interpretación&#8221; que se impone es  esta, el TC no solo habrá frenado en seco aspiraciones razonables del  legislador catalán, sino que reabrirá un contencioso que ya estaba  sellado, con efectos potencialmente explosivos.</p>
<p>Distintos actores  han afirmado que después de la sentencia es la hora de la política. ¿Con  quién hay que negociar? ¿Con el mismo líder que se ha declarado  satisfecho con la sentencia? ¿Con el que impulsó el recurso de  inconstitucionalidad? Una cosa es segura: para este viaje estatutario no  hacían falta tantas alforjas. Los líderes políticos catalanes pueden  haber sido inconscientes al lanzar su propuesta de un nuevo Estatuto.  Pero ahora tienen detrás una sociedad que está empezando a pensar en  serio que las sendas estatutarias ya no son su camino.</p>
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		<title>Apuntes sobre Cataluña y España</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 17:56:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Carme Chacón</strong>, ministra de Defensa, y <strong>Felipe González</strong>, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 26/07/10):</p>
<p>Cataluña es hoy uno de los sujetos políticos no estatales, llamados  naciones sin Estado, con mayor nivel de autogobierno de toda Europa,  gracias a la Constitución española de 1978 y a los Estatutos de  Autonomía de 1979 y 2006.</p>
<p>El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos  resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un  debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la  de los separatistas, que presentan los avances como un &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30817/apuntes-sobre-cataluna-y-espana/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Carme Chacón</strong>, ministra de Defensa, y <strong>Felipe González</strong>, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 26/07/10):</p>
<p>Cataluña es hoy uno de los sujetos políticos no estatales, llamados  naciones sin Estado, con mayor nivel de autogobierno de toda Europa,  gracias a la Constitución española de 1978 y a los Estatutos de  Autonomía de 1979 y 2006.</p>
<p>El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos  resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un  debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la  de los separatistas, que presentan los avances como un engaño y  magnifican cualquier fricción como ofensas a Cataluña.</p>
<p>La  Constitución y los Estatutos, como el bloque institucional básico que  asegura tanto la articulación de España como la cohesión interna de  Cataluña, han sido las normas que mayor apoyo social han alcanzado nunca  en Cataluña. Son las normas que permiten la convivencia de identidades  diversas en un mismo espacio y con las mismas reglas de ciudadanía.</p>
<p>Una  amplia mayoría de catalanes compatibiliza su identidad catalana y  española, sin considerarlas excluyentes, con un acento mayor o menor en  cada una de ellas.</p>
<p>En esta perspectiva ha de entenderse el proceso de tramitación del <em>Estatut</em> de 2006 y la sentencia del Tribunal Constitucional. Pero esta merece algunas consideraciones:</p>
<p>-  Los votos particulares que respaldan la impugnación del PP expresan una  visión preconstitucional del Estado. Se niega la noción misma de  autogobierno, se cuestiona la inmersión lingüística que cohesiona a  Cataluña, se escatima la condición de parte del Estado a la Generalitat,  y se llega a desfigurar incluso su nombre. Y, para ello, se invoca como  autoridad jurídica y política&#8230; la Biblia.</p>
<p>- La sentencia  aprobada por la mayoría del TC resulta ambivalente. En su fallo preserva  la inmensa mayoría de los preceptos estatutarios y rechaza casi todas  las objeciones del recurso del PP. Pero en los fundamentos de la  sentencia se refleja un desconocimiento de la diversidad catalana en la  realidad española. Usa expresiones ofensivas: ciudadanía catalana como  &#8220;una especie de subgénero de la ciudadanía española&#8221;; injustificada  primacía natural de cualquier norma estatal, u obsesión injustificada  por la indisoluble unidad de la nación española.</p>
<p>- Si a ello se  unen las dilaciones, la obstrucción intencionada de su renovación por  parte del PP, o la recusación de algún miembro, se entiende  perfectamente que la sentencia del TC, mucho más que el fallo, produjera  indignación y rechazo en sectores amplios de la sociedad catalana.</p>
<p>En  rigor, los efectos jurídicos del fallo sobre la realidad del Estatuto  son pequeños. No solo por la extensión del texto afectado -un solo  artículo e incisos de párrafos de 13 artículos sobre 238-, sino también  porque la práctica totalidad sigue en vigor, y podrá ser desarrollado  con la misma normalidad jurídica y política con la que se ha hecho en  los cuatro años transcurridos.</p>
<p>El fallo consagra y  constitucionaliza el mayor nivel de autogobierno alcanzado; reconoce  derechos propios a los ciudadanos de Cataluña, y todas las competencias  que el Parlament había propuesto. Reconoce los derechos históricos, el  estatuto lingüístico, la bilateralidad en las relaciones con el Gobierno  central y convalida el sistema de financiación y la organización  territorial propia de Cataluña. Por tanto, mayor autogobierno  institucional y de fuentes del derecho.</p>
<p>El problema no radica,  pues, en la Constitución, que se ha revelado por más de tres décadas  como un texto incluyente de la diversidad y ha permitido el desarrollo  de un proceso federalizador en la configuración del Estado de las  Autonomías, aunque no estuviera contemplado en su letra. Tampoco radica  en este <em>Estatut,</em> a pesar de las insidiosas campañas del Partido  Popular sobre la ruptura de España o el tutelaje de ETA. Estos cuatro  años de desarrollo sin fricciones lo demuestran.</p>
<p>El problema sigue  estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España y  en la obstinación de los sectores catalanes que magnifican las  fricciones y minimizan los avances históricos que hemos vivido. Y radica  también en la falta de energía de quienes desde Cataluña y desde el  resto de España apostamos por la vía del entendimiento y rechazamos  tanto el camino de la imposición uniformadora como el de la separación.</p>
<p>El  malestar que predomina en Cataluña se observa con extrañeza en el resto  de España. Como ya sucedió con la aprobación del nuevo sistema de  financiación, un 5% de problemas ensombrecen el 95% de avances y  soluciones.</p>
<p>Las responsabilidades políticas de esta situación  están repartidas, aunque en distintas proporciones. Todas las fuerzas  políticas incurrimos en oportunismos. Pero los más responsables de la  situación son los que, tras perder la votación sobre el <em>Estatut</em> en las Cámaras y en el referéndum, decidieron recurrirlo al  Constitucional, para pasar a continuación a bloquear su renovación, a  torpedear su composición y a presionarlo. También tienen grave  responsabilidad quienes se excluyeron del consenso del <em>Estatut</em> y  ahora se rasgan las vestiduras reivindicando la misma norma que  rechazaron. Eso sí, proponen como mágica solución la independencia con  argumentos que combinan la apelación a las emociones -especialmente las  negativas- con la invocación de un grosero cálculo económico cada vez  más distante de las tradiciones progresistas y más cercano a los  postulados de la Liga Norte italiana.</p>
<p>Tras la manifestación de  Barcelona, ya ha habido quien ha proclamado sin más que la vía del  autogobierno está superada, sin tener en cuenta la pluralidad de  opciones que animaban tanto a los asistentes como a los no asistentes.  Sin embargo, la vía del autogobierno, como la de la Constitución, es la  única con plena vigencia.</p>
<p>Lo que ha caducado es la composición del  Tribunal Constitucional. Por eso urge su cambio, que aliviará la  pesadumbre que produce la lectura de las 800 páginas de esta sentencia y  que nos lleva a añorar los tribunales presididos por García Pelayo,  Tomás y Valiente o Cruz Villalón.</p>
<p>Cuando se disipe la espuma y se  observe con serenidad la situación, se comprobará que no hay un antes y  un después. La historia de las relaciones entre Cataluña y España, con  encuentros y desencuentros, es una realidad multisecular, cuyo devenir  hay que medirlo en unidades de tiempo más amplias que los incidentes de  recorrido. Y en esta relación se reiteran las posiciones abiertas desde  el siglo XIX.</p>
<p>- La de quienes se identifican con una historia  única, con una sola lengua, en una España uniforme. Apoyan la involución  que preconiza el PP y sus medios, azuzando el desencuentro, y ahora  miran para otro lado esperando que la tempestad amaine.</p>
<p>- La de  los que nunca han aceptado un espacio público compartido con España; la  del lamento independentista y soberanista que exagera y amplifica los  agravios y, cuando no existen, los inventa.</p>
<p>- Las de quienes no  confundimos el griterío anticatalanista de los centralistas con España,  igual que distinguimos entre una minoría estridente de catalanes y  Cataluña; los que pensamos que esta sentencia no es la Constitución; los  convencidos de que la fuerza de España está en su diversidad, en la  potencia del autogobierno, de la federalización inserta en el marco  normativo que nos dimos. Es el camino de la mayoría de catalanes y  españoles.</p>
<p>Lo conseguido hasta ahora, convivir en paz y libertad  sin renunciar a lo que somos ni a lo que queremos ser, es lo que  importa, a pesar de quienes se empeñan en atizar el enfrentamiento.  Nuestro reto no se limita a restituir los preceptos del <em>Estatut</em> objetados que pueden recuperarse. Va más allá. Debemos demostrar que  estos 30 años de convivencia y autogobierno no han sido un paréntesis,  sino el inicio de una nueva etapa; hemos de poner de manifiesto que la  Constitución de 1978 fue punto de encuentro y de partida; que la  concepción de España como &#8220;Nación de naciones&#8221; nos fortalece a todos.  Que no hay ninguna razón para rechazar la diversidad identitaria que  caracteriza a España como una nación política y cultural, no como un  mero armazón jurídico. Este reto exige perseverancia y energía, porque  implica trabajar sobre una materia que no son solo preceptos legales,  son emociones y sentimientos de pertenencia. Pero en este reto nos  jugamos la convivencia libre, democrática, en paz.</p>
<p style="text-align: center;">********************</p>
<p>Les contesta <strong>Juan Carlos Rodríguez Ibarra</strong>, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 06/10/10): <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31540/cuantas-naciones-en-la-nacion-de-naciones/">¿Cuántas naciones en la Nación de naciones?</a></p>
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		<title>El Poder Judicial, ante el espejo</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 20:32:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Claro J. Fernández-Carnicero</strong>, vocal del Consejo General del Poder Judicial (ABC, 24/07/10):</p>
<p>Son muchas las reflexiones que suscita la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que zanja, por fin, el recurso de inconstitucionalidad contra la Ley Orgánica 6/2006, de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Ha llegado la hora del análisis sosegado de su texto, con el corolario no menor de los votos particulares. Ello aconseja limitar la atención al punto que cada cual considere más relevante o más cercano al propio horizonte. El mío es, hoy, el del poder judicial.</p>
<p>Cuando Montesquieu, en El espíritu de las &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30797/el-poder-judicial-ante-el-espejo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Claro J. Fernández-Carnicero</strong>, vocal del Consejo General del Poder Judicial (ABC, 24/07/10):</p>
<p>Son muchas las reflexiones que suscita la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que zanja, por fin, el recurso de inconstitucionalidad contra la Ley Orgánica 6/2006, de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Ha llegado la hora del análisis sosegado de su texto, con el corolario no menor de los votos particulares. Ello aconseja limitar la atención al punto que cada cual considere más relevante o más cercano al propio horizonte. El mío es, hoy, el del poder judicial.</p>
<p>Cuando Montesquieu, en El espíritu de las leyes, declara que, de los tres poderes del Estado, el de juzgar es «de alguna manera, nulo», está reconociendo que la centralidad del Estado se reserva a los dos poderes políticos, por naturaleza, el legislativo y el ejecutivo. Para los jueces solo queda un espacio, más o menos holgado, materialmente burocrático o administrativo y, por ende, sometido o condicionado por aquellos poderes.</p>
<p>Sin embargo, si nos trasladamos a nuestro actual Estado de Derecho, esa construcción teórica, aunque conserve de hecho algún predicamento, es jurídicamente impropia. En España, uno de los rasgos definidores de nuestro marco democrático es la garantía de independencia efectiva de quienes, por administrar justicia, integran el poder judicial. Un poder que se asienta en el principio de unidad jurisdiccional «base de la organización y funcionamiento de los Tribunales» (art. 117.5 CE). Al servicio de esa independencia y de esa unidad, nuestra Norma Fundamental reconoce la función integradora del Tribunal Supremo (art. 23.1 CE) y crea el Consejo General del Poder Judicial (art. 122 CE), órgano político de gobierno, y no de mera administración, de un poder que no acaba de superar su vieja posición de dependencia o tutela material por los otros poderes, singularmente el poder ejecutivo, en el doble nivel, central y autonómico; este segundo, al amparo de la original categoría de la denominada «administración de la Administración de Justicia».</p>
<p>A pesar de esta debilidad congénita, el poder judicial se configura como la garantía capital del principio constitucional de legalidad, indisociable de los de responsabilidad e interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos (art. 9.3 CE). De esa garantía depende, de modo sustantivo, la unidad del ordenamiento jurídico del Estado, asentado en los valores superiores de libertad, justicia, igualdad y pluralismo político (art. 1.1 CE). Jueces y tribunales son, además, garantes del sistema de fuentes que da vida a ese ordenamiento, complementado por la jurisprudencia del Tribunal Supremo (art. 1 CC).</p>
<p>En ese horizonte incide el Tribunal Constitucional con esta importante sentencia, que cumple la función de ser el espejo que nos descubre el rostro del poder invocado. De su doctrina vamos a extraer algunas consideraciones, deliberadamente ajenas al legítimo debate político.</p>
<p>La primera consideración es que, felizmente, el Tribunal Constitucional ha sido consciente de la relevancia institucional que acompaña al poder judicial en cualquier Estado de Derecho, digno de este nombre. La invocación que se hace del principio de unidad, y de la «indebida territorialización» de aquel, marca un límite, normativo y organizativo, a mi juicio, infranqueable. Por si cabía alguna duda, se afirma que, en el Estado autonómico, «su diversidad funcional y orgánica no alcanza en ningún caso a la jurisdicción». La función jurisdiccional, se añade, «es siempre, y solo, una función del Estado».</p>
<p>En relación con los órganos propios de las comunidades autónomas, tal como aparecen recogidos en el art. 152.1 CE, el Tribunal Superior de Justicia de la comunidad autónoma no es un órgano autonómico, «sino del Estado en el territorio de aquella», debiendo ajustarse, en todo caso, a «los procedimientos establecidos en las leyes» (art. 38.2 EAC), que solo pueden ser las del Estado.</p>
<p>No cabe tampoco limitar la intervención del Tribunal Supremo a la unificación de doctrina, afirmación casi tautológica que, fruto de la reiterada técnica de la interpretación conforme, pretende salvar en este punto la constitucionalidad del Estatuto. El tiempo dirá si esa vía de subsanación es suficiente.</p>
<p>Lo más significativo del recorte que el Tribunal Constitucional introduce en el Estatuto se refiere al denominado «Consejo de Justicia de Cataluña», calificado por el Estatuto (art. 97 EAC) como «órgano de gobierno del poder judicial en Cataluña», cuya actuación se pretende en cuanto «órgano desconcentrado del Consejo General del Poder Judicial». El Tribunal Constitucional afirma la posición de este como único órgano de gobierno, sujeto a la reserva material de la Ley Orgánica del Poder Judicial (art. 122.2 CE). Lo que sorprende es que el Alto Tribunal siga ofreciendo, para compensar la inconstitucionalidad del órgano fallido, «eventuales fórmulas de desconcentración» que, no siendo constitucionalmente imprescindibles, quedan a la «libertad de decisión del legislador orgánico». La sorpresa del lector es difícil de superar porque, en el caso del Consejo General del Poder Judicial, estamos ante un órgano político y no estrictamente administrativo, al que no son de aplicación los principios contenidos en el art. 12.2 de la Ley 30/1992, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común; precepto que debe cohonestarse con la aplicación del principio de desconcentración al ámbito de la Administración Pública ordinaria, según la propia Constitución (art. 103 CE). De acuerdo con la doctrina al uso, la desconcentración, calificada por el maestro Rivero como una medida de centralización, tiene lugar entre órganos de una misma persona jurídica, a diferencia de la descentralización, que parte de la concurrencia de personas jurídicas distintas; algo que, en puridad lógica, se deduce de lo previsto sobre composición, atribuciones y control de actos del Consejo catalán, según el propio Estatuto recurrido (arts. 98, 99 y 100 EAC).</p>
<p>Cabe temer que, si se persiste en el error, la desconcentración se ofrezca o se pretenda como sucedáneo político de la descentralización, algo reiteradamente denunciado por la propia doctrina, que suele advertir del riesgo de conflictos institucionales si se interfiere una posible avocación (art. 14 Ley 30/1992). Para evitar un mal uso de la técnica jurídica, debe recordarse que ya el Libro Blanco de la Justicia, aprobado en 1997 por el propio Consejo General del Poder Judicial, se cerraba con una propuesta de ejercicio de las potestades de gobierno del Poder Judicial «de forma desconcentrada en aquellas materias que, por referirse al gobierno interno de los jueces y tribunales, puedan asumir las Salas de Gobierno de los Tribunales Superiores de Justicia, en todo caso, subordinadas al Consejo General del Poder Judicial». Esta es, a mi juicio, una alternativa más correcta, porque no se aparta de las premisas materiales que definen la desconcentración.</p>
<p>En consecuencia, hablar hoy de un poder judicial gobernado en Cataluña por un Consejo de Justicia propio y ajustado al principio de desconcentración puede resultar, por jurídicamente equívoco e inadecuado, un ejercicio de nominalismo grandilocuente.</p>
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		<title>¿Independencia?</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:39:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[Nacionalismo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Castells</strong> (LA VANGUARDIA, 24/07/10):</p>
<p>Pues sí, dice el 47% de los catalanes  según el sondeo del Instituto Noxa para La Vanguardia realizado tras la manifestación multitudinaria para afirmar el derecho a decidir como nación. Pues no, sostiene el 36%. Nunca el sentimiento independentista había alcanzado un tal nivel. &#8220;Bueno&#8221;, dicen los escéptico-realistas, &#8220;¿y qué?&#8221;. ¿Adónde lleva esta exacerbación nacionalista? ¿Y cómo podrían conseguir la independencia? Este realismo ramplón olvida dónde germinan los cambios sociales: en las mentes de las personas. La psicología política y la experiencia histórica coinciden en señalar que cuando una mayoría social piensa algo contrario &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30791/independencia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Castells</strong> (LA VANGUARDIA, 24/07/10):</p>
<p>Pues sí, dice el 47% de los catalanes  según el sondeo del Instituto Noxa para La Vanguardia realizado tras la manifestación multitudinaria para afirmar el derecho a decidir como nación. Pues no, sostiene el 36%. Nunca el sentimiento independentista había alcanzado un tal nivel. &#8220;Bueno&#8221;, dicen los escéptico-realistas, &#8220;¿y qué?&#8221;. ¿Adónde lleva esta exacerbación nacionalista? ¿Y cómo podrían conseguir la independencia? Este realismo ramplón olvida dónde germinan los cambios sociales: en las mentes de las personas. La psicología política y la experiencia histórica coinciden en señalar que cuando una mayoría social piensa algo contrario a lo proclamado en los frontispicios institucionales y cuando este pensar se hace práctica, son las instituciones las que cambian. Ciertamente, hay resistencia al cambio, frecuentemente mediante represión. Pero si el cambio mental y social es profundo, el cambio institucional acaba teniendo lugar, en tiempos y formas que varían según los intereses en juego. En Quebec, al final se llegó de forma democrática al mantenimiento en Canadá, pero con un alto nivel de autogobierno, tras haber puesto a voto la independencia. En Escocia, de momento gobierna el partido independentista. En Bélgica se considera inevitable la separación de Flandes, poniendo finaun reino unitario binacional que precisamente alberga la capital de Europa.</p>
<p>Pero aquí, ya andamos recordando el artículo 8 y advirtiendo que la sacrosanta Constitución (inteligente arquitectura de compromisos hecha para ser cambiada) es tan intocable como la España eterna de esencias mesetarias. Así las cosas, la cuestión de la independencia como objetivo se transforma en la independencia como proceso. Y teniendo en cuenta el arraigado pacifismo de la ciudadanía catalana, aun en condición de rauxa por el pisoteo institucional a su dignidad, la primera expresión de ese independentismo social se podría dar en el sistema político catalán. Las consecuencias más claras son la nueva hegemonía de Convergència (en menor medida de Unió) y la crisis del proyecto del PSC como partido bisagra entre socialismo catalanista y socialismo nacionalista español. Esto conlleva a la liquidación del tripartito en condiciones más tristes de las que en realidad mereció la experiencia. El independentismo populista de Laporta no despega (aunque puede cambiar si se radicalizan las posturas) y la esperanza del independentismo razonable que era ERC se diluye en el momento clave en luchas internas y maniobras florentinas sólo comprensibles para los iniciados. E incluso Iniciativa, siempre buena gente, no se decide a entrar de lleno en la lucha por la autodeterminación. Así, parece que Artur Mas tendrá la responsabilidad de canalizar institucionalmente el vuelco ideológico producido en Catalunya. Su tarea no será fácil, porque hay dos peligros. Primero, una fractura ideológica en Catalunya si se radicaliza el españolismo de un sector minoritario pero amplio de la ciudadanía. No sería el 50-50 de Euskadi pero podría llegar a un 60-40 por las personas atemorizadas ante el avance del independentismo. Aquí, el pacto posible con un Montilla mucho más catalanista de lo que se cree disminuiría el riesgo de enfrentamiento civil. El segundo peligro es mayor: utilizar el sentimiento nacional catalán como arma de negociación de autonomía alternativamente con PSOE y PP como se hizoanteriormente. Dicha estrategia fue útil en su momento para obtener mayores cuotas de autogobierno, pero no integra plenamente el sentimiento nacional. Y es que mientras desde las instituciones españolas niegan la especificidad nacional de Catalunya, con anteojos de leguleyos que de tanto legajear se olvidaron de mirar a la sociedad, lo que se ha planteado en la conciencia colectiva es el derecho a ser quien se cree ser y decidir lo que se quiere ser. Esta afirmación nacional no se trapichea en los pasillos de una política desprestigiada.¿Y entonces? Aquí hay que recurrir a lecciones de la historia y la geografía en situaciones similares. En último término, lo que ocurre en la sociedad civil es lo que decide la suerte de los procesos de cambio, siempre empujando, y a veces desbordando, los cauces institucionales. Por eso las entidades cívicas convocantes de la manifestación del 10-J se enfrentaron al intento de las instituciones de liderar el cortejo.</p>
<p>Un anuncio de los tiempos venideros: o los partidos e instituciones se suman a esa movilización de la sociedad civil, articulándola institucionalmente, o se verán superados por ella. ¿Con qué objetivos? No tiene sentido hablar de programa de independencia, porque si se plantea sería el resultado de un proceso. Lo inmediato es la afirmación del derecho a decidir, o sea, a un referéndum sobre la independencia vinculante en Catalunya con formas de negociación con el Estado español mediante una reforma de la Constitución. Pero la oposición del Estado español será durísima. Y ahí es donde el proceso se complica, porque, bloqueadas las vías institucionales, sólo queda la desobediencia civil.</p>
<p>Se habla estos días en Barcelona de pagar los impuestos en una cuenta propia de Catalunya sustrayéndolos al Estado español, de bloquear el Parlamento español en votos clave mediante la ausencia en bloque de los diputados catalanes, de cursar miles de querellas legales contra las decisiones de la administración central, de boicotear la prensa de Madrid que miente sobre Catalunya, de boicotear Iberia, y otras formas imaginativas de expresar la determinación pacífica de los catalanes de que a las malas no van a poder con ellos. Porque no es sólo una cuestión de identidad sino de bienestar económico y social, como Flandes en Bélgica. Catalunya sabe que puede ser, en el marco europeo, un país productivo y competitivo hoy lastrado por una España montada, en buena medida, en una economía especulativa de la finanza y el ladrillo, eslabón débil de la economía europea. La necesaria solidaridad económica y social de Catalunya hacia una España en crisis requiere como contrapartida un respeto a valores fundamentales de una nación hoy en día negada y vilipendiada por quienes, en parte, viven a su costa. Así no, señores o señoritos. Pasó el tiempo del ordeno y mando.</p>
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		<title>¿Quién teme a la nación?</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jul 2010 20:56:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[A debate]]></category>
		<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ignacio Sánchez-Cuenca,</strong> profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de <em>Más democracia, menos liberalismo</em> (EL PAÍS, 23/07/10):</p>
<p>La reacción del Tribunal Constitucional (TC) ante el posible carácter  nacional de Cataluña no revela sino la inseguridad en sí misma que tiene  la nación española, que no ha alcanzado nunca la fuerza suficiente para  asimilar completamente a aquellos territorios que han conservado una  lengua propia y en los que ha habido demandas de autogobierno desde hace  mucho tiempo. Solo por debilidad, o por inseguridad, se entiende el  tono categórico con el que despacha el asunto el TC.</p>
<p>Se trata, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30801/quien-teme-a-la-nacion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ignacio Sánchez-Cuenca,</strong> profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de <em>Más democracia, menos liberalismo</em> (EL PAÍS, 23/07/10):</p>
<p>La reacción del Tribunal Constitucional (TC) ante el posible carácter  nacional de Cataluña no revela sino la inseguridad en sí misma que tiene  la nación española, que no ha alcanzado nunca la fuerza suficiente para  asimilar completamente a aquellos territorios que han conservado una  lengua propia y en los que ha habido demandas de autogobierno desde hace  mucho tiempo. Solo por debilidad, o por inseguridad, se entiende el  tono categórico con el que despacha el asunto el TC.</p>
<p>Se trata, me parece, de la misma inseguridad que manifiesta el  Gobierno español cuando no reconoce al nuevo Estado de Kosovo, en la  línea que ha apuntado José Ignacio Torreblanca en varias ocasiones en  este periódico. Nuestro Gobierno no se ha dado por enterado de la  declaración de independencia de Kosovo, alineándose así con socios tan  admirables como Rusia, China y Serbia. Este Gobierno no presta atención a  las circunstancias en las que se produjo la secesión: tras una guerra  con Serbia y con un apoyo masivo de los propios kosovares. También le ha  dado igual que Kosovo haya sido reconocido por Estados Unidos y los  principales países de la UE. Puesto que la secesión parecía  jurídicamente imposible, Kosovo no existe.</p>
<p>La actitud del PP de Aznar ante el <em>plan Ibarretxe</em> no fue muy distinta: el Gobierno se negó a discutir el plan en el  Parlamento y llegó a promover una modificación del Código Penal para  castigar con hasta cinco años de cárcel a los convocantes de un  referéndum ilegal. Tras la victoria del PSOE, aquella modificación,  menos mal, no prosperó; y se le dio la oportunidad a Ibarretxe de  defender su plan en el Parlamento, sin que crujieran por ello las  junturas del Estado.</p>
<p>Son tres casos de reacción exagerada y  contraproducente, fruto de un miedo un tanto irracional a que se ponga  sobre la mesa la cuestión de la unidad de España. En la  sentencia-mamotreto sobre el Estatuto catalán (más de 800 páginas, un  fárrago genuinamente español), se utiliza un lenguaje campanudo y  anacrónico para desestimar cualquier posibilidad de que se entienda que  Cataluña es una nación en el seno de España.</p>
<p>Recuérdese que todo  lo que decía el preámbulo del Estatuto es que &#8220;el Parlamento de  Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía de  Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como  nación&#8221;. Para no herir susceptibilidades, a continuación se aclaraba que  en nuestro ordenamiento constitucional, Cataluña aparece como una  &#8220;nacionalidad&#8221;.</p>
<p>Pues bien, ante una afirmación descriptiva tan  escasamente controvertible, que no figura ni siquiera en el articulado,  el TC ha sacado la artillería pesada. La doctrina se despliega a través  del siguiente razonamiento. La unidad</p>
<p>de la patria es indisoluble.  Esa unidad se funda en el titular de la soberanía nacional, el pueblo  español que configura la Nación. De ahí que la Nación española se  escriba con mayúscula, mientras que la nación catalana se hace con  minúscula: únicamente la primera es soberana. Por tanto, la ciudadanía  catalana es solo una especie del género &#8220;ciudadanía española&#8221;, al que no  puede (agárrense) &#8220;ontológicamente contradecir&#8221;. En conclusión, &#8220;la  Constitución no conoce otra que la Nación española&#8221;.</p>
<p>¿Qué es  Cataluña entonces? Formalmente, una &#8220;nacionalidad&#8221;, concepto volador no  identificado que solo &#8220;conoce&#8221; nuestra Constitución, pues ni fuera de la  Constitución ni fuera de España se utiliza término tan extraño para  designar a la cosa territorial. Con ello queda a salvo la soberanía del  pueblo español.</p>
<p>El TC, en un ejercicio de magnanimidad, reconoce,  no obstante, que &#8220;nación&#8221; es un término &#8220;extraordinariamente proteico&#8221;. Y  admite asimismo que si los catalanes se quieren sentir nación, pueden  hacerlo como &#8220;expresión de una idea perfectamente legítima&#8221; en un orden  democrático. Pero los catalanes se equivocan si quieren hacérselo saber a  la Constitución. La Constitución no quiere oír hablar del asunto. A la  Constitución le resbala lo que piensen de sí mismos los catalanes, pues  la Constitución solo se interesa por las naciones (atención)  &#8220;jurídico-constitucionales&#8221; y la catalana no tiene esa categoría.</p>
<p>Esta  separación entre los dos tipos de naciones es, sin embargo, un tanto  artificial. Aunque el TC afirme enfáticamente que solo entiende de  naciones &#8220;jurídico-constitucionales&#8221; (las que se escriben con mayúscula,  como la española), en la práctica no puede dejar de admitir la  existencia de una nación con minúscula. Así, cuando en el artículo 2 de  nuestra Constitución se dice que esta se fundamenta en la nación  española, dicha nación no es solamente el ente jurídico-constitucional  que crea la Constitución, pues en tal caso no podría ser fundamento de  la propia Constitución, sino que es una nación realmente existente, una  nación determinada por parámetros históricos, políticos y culturales  además de jurídicos.</p>
<p>No se entiende que el TC establezca una  separación tan tajante y tan artificial entre la realidad social y la  esfera jurídica, pretendiendo la total autonomía de esta con respecto a  aquella. Es obvio que no pasaría nada si se acabara admitiendo que la  nación española con minúscula engloba a otras naciones con minúscula  como la vasca o la catalana, por lo que España es un país plurinacional,  un país que debería organizarse políticamente de acuerdo con esa  constatación.</p>
<p>Tampoco se entiende que el TC se refugie en una  abstracción metafísica como la de la soberanía indivisible de la nación.  Resulta extraño que el TC no admita que la soberanía puede ser parcial y  compartida. ¿De verdad cabe seguir manteniendo la ficción de la  soberanía nacional cuando España pertenece a la Unión Europea? ¿Por qué  el TC no ha objetado nunca que la Nación española comparta su soberanía  con otras Naciones de los Estados de la UE y en cambio reacciona de  forma virulenta cuando se plantea una soberanía compartida dentro de  España?</p>
<p>A estas alturas, solo desde una concepción dogmática e  idealista del derecho puede defenderse el carácter monolítico y unitario  de la Nación. Detrás de ese dogmatismo late un temor profundo a que el  reconocimiento nacional de Cataluña pueda suscitar dudas sobre la unidad  de España. Sin embargo, el hecho de que la ciudadanía de un territorio  constituya una nación no implica que dicha nación se pueda transformar  en un Estado propio. En el mundo hay muchas naciones sin Estado y muchos  Estados plurinacionales. Y si algún día, por las razones que sean, una  mayoría abrumadora de vascos y catalanes quisieran separarse de España,  de poco serviría para evitar la secesión alegar que la Constitución no  les reconoce soberanía.</p>
<p>Si en lugar de mantenerse en el plano del  derecho-ficción, el TC hubiese avanzado hacia una interpretación de  España como país plurinacional, en la línea que apuntaba el Estatuto en  su preámbulo, se habría dado un paso importante para reconciliar la  estructura jurídica del Estado con la realidad española.</p>
<p>Mientras  no se reconozca hasta sus últimas consecuencias la pluralidad nacional  de España y no se instituyan procedimientos razonables para canalizar  las demandas nacionalistas, incluyendo la posible demanda de secesión,  la cuestión territorial seguirá pendiendo sobre nosotros. Si no se  avanza en esta dirección es porque la nación española sigue siendo una  nación llena de inseguridades que no se atreve a asumir la diversidad  nacional que, para bien o para mal, tiene en su seno.</p>
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		<title>Las nacionalidades y la nación</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Jul 2010 18:31:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong> (LA VANGUARDIA, 22/07/10):</p>
<p>Tras la sentencia del TC sobre el Estatut muchos catalanes se preguntan si la Constitución no les permite tener más identidad nacional que la española. Así lo formulaba hace unos días el historiador Borja de Riquer: &#8220;¿Por qué la Constitución no puede reconocer un hecho social y político objetivo como es que muchos ciudadanos se sienten nacionalmente catalanes, vascos o gallegos?&#8221;.</p>
<p>Mal iríamos si una constitución se inmiscuyera en los sentimientos de las personas: no sería una norma inspirada en los principios liberales y democráticos, no respetaría la libertad ni la autonomía de &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30790/las-nacionalidades-y-la-nacion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong> (LA VANGUARDIA, 22/07/10):</p>
<p>Tras la sentencia del TC sobre el Estatut muchos catalanes se preguntan si la Constitución no les permite tener más identidad nacional que la española. Así lo formulaba hace unos días el historiador Borja de Riquer: &#8220;¿Por qué la Constitución no puede reconocer un hecho social y político objetivo como es que muchos ciudadanos se sienten nacionalmente catalanes, vascos o gallegos?&#8221;.</p>
<p>Mal iríamos si una constitución se inmiscuyera en los sentimientos de las personas: no sería una norma inspirada en los principios liberales y democráticos, no respetaría la libertad ni la autonomía de las personas y vulneraría los más elementales derechos fundamentales. Se trataría de una constitución de cariz totalitario que impondría una ideología en lugar de respetar el libre pensamiento. Por tanto, una Constitución como la nuestra no puede determinar la identidad de los individuos. Los ciudadanos pueden decidir sus propios sentimientos de pertenencia: españoles, catalanes, vascos, andaluces, marroquíes, ecuatorianos, rumanos, chinos y un largo etcétera. O considerarse simples seres humanos sin connotación nacional alguna. Ahora bien, otra cosa es el significado jurídico de las palabras de una ley, en este caso del Estatut. De ahí proviene la confusión, que la sentencia aclara perfectamente.</p>
<p>El término nación tiene dos significados muy distintos: el jurídico y el cultural. En sentido jurídico la nación es un conjunto de personas radicadas en un territorio y reguladas por una ley común que les garantiza los mismos derechos básicos. El vínculo que une a estas personas es, por tanto, la ley que asegura su igual libertad. En esta nación, en el conjunto de sus ciudadanos, reside la soberanía, el poder constituyente que crea y reforma una Constitución. La nación en sentido cultural es de naturaleza muy distinta. También se trata de un conjunto de personas, pero el vínculo que les une no es jurídico, no es una ley, sino que está basado en los sentimientos que les suscitan, entre otros, determinados elementos de carácter histórico, cultural, lingüístico o étnico de la comunidad en la que viven. El vínculo que les une es, por tanto, la identidad personal determinada por tales elementos. Si la nación jurídica es de matriz revolucionaria francesa, la cultural proviene del romanticismo alemán.</p>
<p>En las constituciones progresistas españolas, comenzando por la de Cádiz, el concepto de nación utilizado es el jurídico.</p>
<p>Así es también en la Constitución de 1978: el término nación está en el preámbulo, en el artículo 1 (con sinónimos como &#8220;España&#8221; o &#8220;pueblo español&#8221;) y en el art. 2. En la nación española, en el pueblo español, reside la soberanía, el poder constituyente (art. 1.2). También en este art. 2 se menciona a las &#8220;nacionalidades y regiones&#8221;, a las que se les &#8220;reconoce y garantiza el derecho a la autonomía&#8221; que más adelante, en el art. 143, se concreta en aquellos territorios que tengan &#8220;características históricas, culturales y económicas comunes&#8221;. En consecuencia, junto a la nación en sentido jurídico como sujeto de la soberanía, también se reconocen &#8220;nacionalidades y regiones&#8221;, a la manera de naciones en sentido cultural, con derecho a la autonomía.</p>
<p>El art. 1 del actual Estatut define a Catalunya como nacionalidad, no como nación: esto es lo que aprobaron Congreso y Senado y fue ratificado en referéndum. Este precepto es prácticamente igual que el del Estatut de 1979. Cierto es que el proyecto de Estatut aprobado por el Parlament catalán definía, en su art. 1, a Catalunya como nación, pero ello fue modificado en el Congreso por una razón obvia: sólo pueden tener autonomía las nacionalidades o regiones y el Estatut que se elaboraba era de &#8220;autonomía&#8221; no de &#8220;soberanía&#8221;. Un texto jurídico debe ser claro y las palabras deben ser unívocas, no equívocas: para el sujeto de la autonomía no puede utilizarse un término, el de nación, que sólo corresponde al sujeto de la soberanía.</p>
<p>Por tanto, el tribunal en su reciente sentencia no ha modificado, en este punto, lo que fue aprobado por las Cortes Generales y ratificado en referéndum. Simplemente, ha advertido que la referencia del preámbulo en el que se recuerda que en una ocasión &#8211; refiriéndose a la aprobación del proyecto de Estatut-se definió a Catalunya como nación, carece de eficacia jurídica interpretativa. Quienes definieron a Catalunya como nacionalidad y no como nación son, en consecuencia, aquellos que aprobaron el Estatut, no el TC. Y también añade la sentencia que si bien en sentido jurídico-constitucional el concepto de nación sólo puede aplicarse a España, en los demás sentidos &#8211; y enumera: &#8220;como realidad cultural, histórica, lingüística, sociológica y hasta religiosa&#8221;-puede hablarse sin límite alguno, dado que estamos en un Estado democrático en el cual cualquier idea puede ser defendida e incluso, mediante reforma constitucional, convertida en realidad jurídica.</p>
<p>Cada uno puede tener, por tanto, el sentimiento nacional que prefiera e, incluso, puede no tener ninguno. Ahora bien, según la Constitución, en la nación española reside la soberanía y las nacionalidades y regiones tienen garantizada la autonomía. Algo, por supuesto, obvio y evidente.</p>
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		<title>La sentencia y la hidráulica</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30768/la-sentencia-y-la-hidraulica/</link>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 18:35:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Félix Ovejero Lucas</strong>, profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es <em>Incluso un pueblo de demonios</em>, Katz (EL PAÍS, 21/07/10):</p>
<p>Buena parte de las reacciones a la sentencia sobre el <em>Estatut</em> están cortadas por el mismo patrón, una suerte de argumento hidráulico:  hay una realidad que se quiere ignorar, la identidad catalana, a la que  si no se le da un reconocimiento político desembocará en la  independencia. La falta de respuesta explicaría la indignación de los  políticos catalanes y lo razonable sería atender a sus exigencias.</p>
<p>El argumento hidráulico ha sido &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30768/la-sentencia-y-la-hidraulica/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Félix Ovejero Lucas</strong>, profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es <em>Incluso un pueblo de demonios</em>, Katz (EL PAÍS, 21/07/10):</p>
<p>Buena parte de las reacciones a la sentencia sobre el <em>Estatut</em> están cortadas por el mismo patrón, una suerte de argumento hidráulico:  hay una realidad que se quiere ignorar, la identidad catalana, a la que  si no se le da un reconocimiento político desembocará en la  independencia. La falta de respuesta explicaría la indignación de los  políticos catalanes y lo razonable sería atender a sus exigencias.</p>
<p>El argumento hidráulico ha sido utilizado por muchos. A veces de  manera tramposa. Por ejemplo, no se ve por qué los independentistas  deberían mostrase indignados o descontentos si la sentencia nos enfila  en la senda de la independencia. O son tontos o son deshonestos. En  cualquiera de los dos casos, resulta difícil una discusión ya de por sí  complicada dado que a ellos, por definición, el interés general les  parece una mala idea. Con todo, vale la pena tasar el argumento porque  también ha sido utilizado por políticos comprometidos con el interés  general como el presidente de Gobierno, cuando manifiesta su voluntad de  reformar las normas para obviar los aspectos declarados  inconstitucionales y así dar respuestas a la &#8220;exigencias legítimas&#8221; de  los catalanes.</p>
<p>El argumento tiene dos partes. La primera apela a  los hechos. Los políticos catalanes se presentan como portavoces de una  realidad que el Estado central se resistiría a reconocer. Una realidad  que tiene que ver, sobre todo, con la identidad. El <em>Estatut</em> sería la cristalización política de esa demanda de reconocimiento.</p>
<p>Si  hay que tasar esta imagen por su grado de realismo hay que pensar que  el guión de la política catalana lo escriben a dos manos Tim Burton y  David Lynch, no del todo sobrios. Primero, no había demanda social:  según una investigación realizada por una universidad catalana antes de  que comenzara este lío, los catalanes éramos de los españoles más  satisfechos con nuestra autonomía. Convertido ya el lío en eje de  campaña electoral, antes de la <em>victoria</em> de Maragall apenas un 4% consideraba la simple reforma del <em>Estatut</em> como un asunto prioritario. Y el remate: la masiva abstención en el  referéndum, a pesar del febril activismo de los medios de comunicación  catalanes que, alineados con los poderes políticos y en un no parar  hasta hoy mismo, han ahogado cualquier discrepancia bajo la acusación de  anticatalanismo. Segundo, es irreal la tesis de la identidad centrada  en la lengua, el <em>rovell d&#8217;ou</em> del argumento. El desajuste entre la  Cataluña real y la oficial asoma por todas las costuras. Una muestra  entre mil: la televisión de Barcelona, en aras de la integración de los  inmigrantes, mantiene informativos en 20 lenguas, pero no en castellano,  la lengua del 61,5% de quienes vivimos en el área metropolitana  barcelonesa (el catalán supone un 32%) y, por supuesto, de la inmensa  mayoría de los inmigrantes. Tercero: hay una voluntad explícita de  escamotear la realidad, como se vio hace apenas un par de meses cuando  los votos del Tripartito y CiU en el <em>Parlament</em> vetaron una  propuesta de incluir en el censo una pregunta sobre &#8220;lenguas de  identificación y conocimiento de lenguas de la población de Cataluña&#8221;.</p>
<p>En  resumen: se oculta la identidad en nombre de la cual se reclama y la  reclamación no se corresponde con las demandas de los catalanes,  quienes, dicho sea de paso, según las investigaciones serias,  manifiestan un sólido y creciente apoyo al llamado pacto constitucional  del 78 (por las dudas: Enric Martínez-Herrera y Thomas Milley, <em>The Constitution and the Politics of National Identity in Contemporary Spain,</em> en <em>Nations &amp; Nationalism 2010,</em> 16, 1).</p>
<p>La  discusión, en principio, se acabaría aquí. Si la realidad invocada no  existe, punto final. Pero hagamos como si no, entre otras cosas porque, a  veces, el argumento se sostiene a pulso en el otro pie: hay una demanda  política a la que hay que responder. Hay aquí una parte insostenible y  otra digna de atención. La primera, la suposición, implícita en la  fórmula &#8220;aspiraciones legítimas&#8221;, de que la existencia de una  reclamación impone la de su satisfacción. Aspiraciones hay muchas. Yo,  por ejemplo, tengo varias con Scarlett Johansson y, desde luego, los  ricos aspiran a no pagar impuestos. En mi caso, les confieso, lo tengo  bastante crudo, pero los ricos hacen cuanto pueden, y pueden bastante,  para imponer sus exigencias. Ahora bien, su poder no fortalece sus  razones. Lo que no cabe es confundir, incluso si cedemos a sus  pretensiones, su fuerza con sus razones; dar por santo y bueno lo que es  poder desnudo. La legitimidad de las aspiraciones es algo que debe  decidir el conjunto de la comunidad política, no solo los afectados. Por  eso consideramos justificado emplear recursos en asegurar el derecho a  la educación y no el de viajar en una nave espacial.</p>
<p>Y es aquí  donde yo coincido con los nacionalistas y con el presidente: hay que dar  una respuesta política a la realidad catalana, algo que no le  corresponde al Tribunal Constitucional (TC). El TC nos dice si una ley  es compatible con los elementales principios democráticos recogidos en  la Constitución y como bien saben los nacionalistas les ha dado la razón  más veces que se las ha quitado, que sobre eso también hay estudios  serios. A eso se limita la tarea del TC. Nada más. Que la política de  inmersión sea constitucional, que más bien parece que no, no quiere  decir que esté justificada. También serían constitucionales una política  de inmersión en castellano, que nadie defiende, y otras como la  practicada, sin quiebra social y con excelentes resultados, en  Finlandia, y que tanto interesó a las autoridades catalanas hasta que se  enteraron de qué iba la cosa: enseñanza en la lengua materna hasta 3º  de primaria y, a partir de ahí, cambio progresivo a la segunda lengua,  cruzándose con los niños del otro grupo lingüístico hasta acabar con un  programa común.</p>
<p>La respuesta política cabal requiere que el  conjunto de la comunidad política examine si las exigencias están  justificadas, si las aspiraciones son realmente legítimas. Una prueba  que no es fácil superar en los asuntos presentes. Por ejemplo, a mí me  resulta difícil pensar que la izquierda, y la más elemental sensibilidad  democrática, puedan encontrar justificadas las apelaciones a los  derechos históricos, a la necesidad de poner límites a la solidaridad o  unas políticas lingüísticas que, en un contexto de existencia de una  lengua común, tienen consecuencias manifiestamente discriminatorias en  el mercado de trabajo, entre los propios catalanes y en el conjunto de  los españoles. Pero todo podría ser.</p>
<p>Lo que desde luego no puede  ser es que, en un marco democrático, alguien amenace con que si sus  exigencias no se aceptan, se marcha, que de esto va la coletilla &#8220;no  tendremos más remedio&#8221; que tantas veces repite Mas y da por buena  Montilla. En tal caso, el debate democrático, se ve sustituido por el  chantaje y el poder se impone a las razones. Lo que caracteriza a la  democracia en su máxima expresión es que nadie puede sustraerse a las  decisiones adoptadas por una comunidad de ciudadanos iguales en derechos  y libertades. Como todo se confunde, quizá no está de más acordarse del  lema completo de la revolución francesa, en sus momentos de mayor  fervor democrático y vocación de autogobierno, el que figurará en la  tumba de Marat: <em>&#8220;Unité, Indivisibilité de la Republique, Liberté, Égalité, Fraternité&#8221;.</em> Republicanismo del primer minuto.</p>
<p>De  modo que sí, respuesta política. Vamos a discutirlo todo. Desde el  principio. Sin suponer que resulta intocable lo que nos ha traído hasta  aquí, que la concesión a los nacionalistas es un camino de vía única que  tendrá una estación término, sin dejarse intimidar por los ejercicios  de pirotecnia y las bravatas.</p>
<p>No hay que engañarse, les parece mal  esta sentencia como les parecería mal cualquier otra. Algo deberíamos  saber ya a estas alturas: la estrategia de contentar sin pedir razones  que valgan para todos es la peor de todas. Política en serio, no entre  pueblos, sino entre ciudadanos libres e iguales, que pueden y deben  opinar de todo en todas partes.</p>
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		<title>Lectura positiva de la sentencia</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 18:17:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joaquim Coll</strong>, historiador (EL PERIÓDICO, 21/07/10):</p>
<p>Escribí en estas mismas páginas que no veía motivo justificado para  secundar la manifestación contra la sentencia del Tribunal  Constitucional (TC). Lo dije entonces a la vista del fallo y a la espera  de conocer los fundamentos jurídicos. El TC decidió hacer públicos sus  argumentos 24 horas antes de la manifestación y ello se interpretó al  unísono en Catalunya como una intolerable provocación. Inmediatamente,  empezaron a circular informaciones muy parciales sobre sus efectos  castradores sobre la lengua, la financiación, las competencias, la  bilateralidad, etcétera, que generaron sucesivas olas de indignación  ciudadana y &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30765/lectura-positiva-de-la-sentencia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joaquim Coll</strong>, historiador (EL PERIÓDICO, 21/07/10):</p>
<p>Escribí en estas mismas páginas que no veía motivo justificado para  secundar la manifestación contra la sentencia del Tribunal  Constitucional (TC). Lo dije entonces a la vista del fallo y a la espera  de conocer los fundamentos jurídicos. El TC decidió hacer públicos sus  argumentos 24 horas antes de la manifestación y ello se interpretó al  unísono en Catalunya como una intolerable provocación. Inmediatamente,  empezaron a circular informaciones muy parciales sobre sus efectos  castradores sobre la lengua, la financiación, las competencias, la  bilateralidad, etcétera, que generaron sucesivas olas de indignación  ciudadana y alentaron una asistencia multitudinaria a la protesta.</p>
<p>Por  unas horas me arrepentí de haberme pronunciado tan alegremente. Tenía  la sensación de quedarme fuera de la historia, a diferencia de aquel 11  de septiembre de 1977, cuando, con 10 años, acompañando a mis padres,  tomé conciencia de la realidad nacional de Catalunya. Estuve incluso  tentado de asistir. No me pareció prudente por diversas razones, pero  sobre todo por una: ¿cómo se podía juzgar tan negativamente una cosa sin  conocerla a fondo? Seguí a ratos la manifestación por los diversos  canales públicos que la retransmitieron al minuto. Se dieron cifras de  participación imposibles, pero, sin duda, fue un éxito rotundo, sobre  todo del independentismo, que capitalizó la protesta. Me pareció  escandaloso que el presidente de la Generalitat tuviera que abandonar la  manifestación, aunque fuese ya al final, al ser increpado  peligrosamente por radicales. Pero se presentó tan grave hecho como una  anécdota. El fin de semana no resultó apto para hipertensos: ganó <em>la Roja </em>y  las calles de nuestras ciudades se llenaron entonces de banderas  españolas. Curioso contrapunto a la hegemonía discursiva del  soberanismo. El lunes me lancé a leer los cientos de folios de la  sentencia dispuesto a modificar mi juicio y a callar para siempre si  estaba equivocado.</p>
<p>He leído con detalle los fundamentos jurídicos  que sustentan el fallo y mi conclusión es inequívoca: la sentencia  supone un claro aval a la constitucionalidad del Estatut. Coincido  plenamente con Miguel Azpitarte en su artículo en EL PERIÓDICO  del pasado jueves: la ruta de mejora del autogobierno permanece firme.  La verdad irá abriéndose camino poco a poco. Ni el Estatut rompía España  ni tampoco ahora es verdad que la sentencia se cargue el pacto de 1978.  Frente a los muchos disparates interesados que se han dicho estas  semanas, el informe del Govern concluye afirmando que la inmersión  lingüística y la financiación están a salvo. El nuevo Estatut supone,  además, avances muy sustanciales en el deber de conocer el catalán,  entre otras muchas cosas. Ante artículos dudosos, la sentencia busca  siempre la interpretación más acorde con la propuesta del abogado del  Estado y las instituciones catalanas. En diversas ocasiones se  descalifica la poca consistencia jurídica de los recurrentes. El PP sale  con un fuerte tirón de orejas. Es cierto que en el preámbulo se impuso  el sector conservador con el apoyo del díscolo doctrinario Manuel Aragón. Pura retórica que en nada modifica la constitucionalidad del texto. ¡Huyamos, por favor, de la metafísica!</p>
<p>Por  lo demás, los recortes reales, seamos sinceros, son muy poca cosa. Hay  que recordar que el PP había impugnado 136 artículos, de los cuales sólo  uno se anula, 13 de forma muy parcial (significativamente con el voto  de todos los magistrados) y 27 quedan condicionados a una lectura que  mayormente clarifica dudas de procedimiento. Lo poco perdido se puede  recuperar políticamente: Zapatero está dispuesto a ello. Por eso  no salgo de mi asombro. Inexplicablemente, se ha regalado una victoria  al PP. La regresión sale fortalecida por culpa de la torpeza del  catalanismo, por otro lado más desunido que nunca. Nuestra psicología  colectiva, propensa a sentirnos más cómodos en la derrota, tal vez nos  haya jugado una mala pasada. Solo hay que mirar lo que dijo cierta  prensa neocentralista los días posteriores al fallo. Desde el 10-J  saborean la indignación catalana, mientras aquí otros se suman  frívolamente a la idea de la secesión sin pensar en la fractura probable  de la sociedad catalana. Me resulta incomprensible que ciertos  intelectuales <em>progres</em> den por muerto el federalismo.</p>
<p>Otra  cosa es que los ciudadanos de a pie no entiendan que unos jueces toquen  ni siquiera una coma de un texto votado en referendo. Tienen toda la  razón. Pero era previsible que, habiéndose suprimido el recurso previo  de inconstitucionalidad, el Estatut acabaría en el TC. Es ilógico, pero  nadie lo advirtió en su momento. Por eso, a la vista de una sentencia  favorable, se impone la razón práctica: de nada sirve alimentar la  hoguera de los sentimientos heridos. El presidente Montilla, habiendo defendido a capa y espada la integridad del Estatut, debe ahora  retomar su mejor política apelando a los hechos, a las realidades. De  lo contrario, Catalunya se encamina hacia un viaje a ninguna parte. El  catalanismo ha de volver a ser maduro. Y eso pasa por ser capaces de  hacer una lectura positiva de la sentencia. Razones no faltan.</p>
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		<title>Efectos jurídicos de la sentencia del Estatut</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 20:35:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Carles Viver Pi-Sunyer</strong>, catedrático de Derecho Constitucional y  director del Instituto de Estudios Autonómicos (EL PAÍS, 20/07/10):</p>
<p>No es tarea fácil evaluar, sin excesivos tecnicismos y en unas pocas  cuartillas, los efectos jurídicos de la sentencia sobre el Estatuto  catalán. Se corre el riesgo cierto de perder los matices, tan  importantes en estos casos. Sin embargo, creo que quienes participamos  en su momento en el proceso estatutario tenemos un deber cívico de  correr ese riesgo. Mi intención aquí es la de ser lo más descriptivo  posible, evitando entrar en valoraciones políticas y en críticas  jurídicas de la sentencia.&#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30759/efectos-juridicos-de-la-sentencia-del-estatut/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Carles Viver Pi-Sunyer</strong>, catedrático de Derecho Constitucional y  director del Instituto de Estudios Autonómicos (EL PAÍS, 20/07/10):</p>
<p>No es tarea fácil evaluar, sin excesivos tecnicismos y en unas pocas  cuartillas, los efectos jurídicos de la sentencia sobre el Estatuto  catalán. Se corre el riesgo cierto de perder los matices, tan  importantes en estos casos. Sin embargo, creo que quienes participamos  en su momento en el proceso estatutario tenemos un deber cívico de  correr ese riesgo. Mi intención aquí es la de ser lo más descriptivo  posible, evitando entrar en valoraciones políticas y en críticas  jurídicas de la sentencia.</p>
<p>En relación con lo que hemos dado en llamar aspectos identitarios, la  sentencia viene a concluir que el Estatuto no puede aplicar a Cataluña  los términos <em>nación</em> y <em>realidad nacional,</em> ya que desde una  perspectiva jurídica la Constitución sólo admite una Nación, la  española. No declara formalmente la inconstitucionalidad de esos incisos  ya que están en el preámbulo, pero les niega efectos interpretativos  respecto del resto de artículos y, en concreto, respecto de los símbolos  &#8220;nacionales&#8221;, obligando a entender este adjetivo como símbolos de una  &#8220;nacionalidad&#8221;, no de una nación. Declara constitucionales las  referencias al &#8220;pueblo catalán&#8221; como origen del poder, a la &#8220;ciudadanía  catalana&#8221; y a los &#8220;derechos históricos&#8221;, ya que puede interpretarse que  estos conceptos no son sinónimo de ninguna fundamentación del poder de  la Generalitat al margen de la Constitución. La sentencia cierra  cualquier posible interpretación expansiva que pudiera estar implícita  en la referencia a los derechos históricos (que, según declara, nada  tienen que ver con los del País Vasco o Navarra). Los efectos  jurídico-prácticos de estas interpretaciones son muy limitados; lo  serían también, al menos a corto plazo, aunque se interpretase que el  Estatuto había querido transitar por la vía, ciertamente no explicitada,  de los derechos históricos de los territorios forales.</p>
<p>En cuanto a  la lengua, la sentencia deja intacta la regulación del catalán en el  ámbito de la enseñanza y su carácter de lengua vehicular preferente,  aunque no única. Respecto de la lengua de las Administraciones catalanas  y de sus medios de comunicación declara que el Estatuto no puede  imponer el uso preferente del catalán, como sí hacía la Ley de política  lingüística vigente, aunque inmediatamente admite que el legislador  ordinario podrá dar ese trato preferente a cualquiera de las dos lenguas  oficiales para &#8220;corregir situaciones históricas de desequilibrio&#8221;. Más  allá de las críticas que pudiera merecer ese planteamiento, en la  práctica no va a exigir ningún cambio significativo, aunque puede ser un  semillero de conflictos. Tampoco se reconoce el deber general de  conocer el catalán. Aquí se rompe clamorosamente la igualdad entre las  lenguas oficiales que según la propia sentencia debería presidir la  regulación estatutaria. Esto significa que si un ciudadano alega  desconocimiento del catalán, las comunicaciones que los poderes públicos  le dirijan en esta lengua carecen de efectos y además, añade la  sentencia, no puede imponérsele la obligación de pedir a la  Administración que les dirija las comunicaciones en castellano. Esto  parecería llevar a la exigencia de que todas las comunicaciones fueran  bilingües; sin embargo, la sentencia afirma que pueden hacerse en una  única lengua siempre que se arbitren &#8220;mecanismos&#8221; para que quienes  prefieren la comunicación en castellano puedan obtenerla sin que el  mecanismo para conseguirlo les suponga una carga. Aquí deberá verse qué  se entiende por carga en este contexto y deberá ponerse imaginación para  hacer compatible el uso del catalán con la ausencia de cargas  individuales. Por último, el legislador que regule la obligación de  empresas y establecimientos de atender en cualquiera de las dos lenguas,  según parece decir la sentencia, deberá hacerlo en función de los tipos  de establecimiento -no es lo mismo una gran empresa que una empresa  familiar- y sin exigir que todos los dependientes hablen las dos  lenguas. Igualmente, parece reconocer la constitucionalidad del derecho a  dirigirse en catalán a los órganos constitucionales del Estado y a los  Tribunales Constitucional y Supremo, aunque corresponde al legislador  estatal concretar su alcance y contenido.</p>
<p>Frente a lo que sostenía  un importante sector doctrinal, la sentencia reconoce, más claramente  que en sentencias anteriores, la posibilidad de establecer en el  Estatuto derechos y deberes.</p>
<p>En el ámbito de las instituciones de  autogobierno solo resultan afectados dos incisos: el carácter vinculante  para el <em>Parlament</em> de los dictámenes del Consejo de Garantías  relacionados con los derechos estatutarios y la exclusividad de la  función supervisora del <em>Síndic de Greuges</em> en relación con la  Administración autonómica, que deberá compartir con el Defensor del  Pueblo, aunque, adviértase bien, sólo cuando afecte a derechos  constitucionales, no a derechos estatutarios.</p>
<p>En relación con el  Poder Judicial la sentencia, contra lo que parecía ser también la  opinión general, admite que los Estatutos puedan contener preceptos en  los que se haga referencia a cuestiones como las relativas a las  competencias de los órganos judiciales, aunque con importantes  limitaciones y siempre que remitan su concreción a las leyes orgánicas  estatales. Esta regla sólo se excepciona respecto del Consejo de  Justicia, posiblemente por su mayor detalle. El razonamiento es  tortuoso, porque parece partir de la idea de que el Consejo diseñado por  el Estatuto es un órgano de la Generalidad, cuando claramente no es así  y porque en algún momento parece confundir el Consejo General del Poder  Judicial con el pleno de ese Consejo. Sin embargo, lo relevante es que  finalmente no se niega la posibilidad de que si la ley Orgánica quiere  se establezca un órgano territorial desconcentrado del Consejo General  en Cataluña.</p>
<p>No merece tacha de inconstitucionalidad ninguno de  los preceptos relativos a la acción exterior de la Generalidad y a sus  relaciones con el Estado, las demás CC AA y la UE. Con una excepción  significativa: los mandatos dirigidos al legislador estatal para que  incorpore a varias decenas de organismos o personas elegidas con la  participación de la Generalidad, no sólo han quedado reducidos a meras  recomendaciones que no vinculan a ese legislador, sino que esta  participación no puede producirse en los órganos decisorios de estos  organismos. La pérdida es significativa.</p>
<p>Sin embargo, los efectos  más negativos se producen en lo tocante a las competencias. En el  Estatuto se pretendía, en primer lugar, ampliar el contenido material de  las competencias exclusivas y asegurar al máximo que en estos ámbitos  no penetraría el Estado a través de sus competencias. La idea que  subyacía a esta configuración estatutaria era la de que las Cortes  Generales reconocían que para asegurar los intereses generales del  Estado no tenían necesidad de extender sus competencias, especialmente  las básicas y &#8220;transversales&#8221;, a los ámbitos declarados exclusivos de la  Generalidad. La sentencia salva en apariencia la exclusividad pero  advierte que ésta no puede impedir que el Estado pueda penetrar en esos  ámbitos declarados exclusivos, ya que, y aquí está una de las claves de  toda la sentencia, alterando su jurisprudencia anterior declara que los  Estatutos no pueden contribuir a delimitar el contenido y alcance de las  competencias, ni estatales ni autonómicas: corresponde en exclusiva a  la Constitución y al propio TC.</p>
<p>La sentencia, en relación a esa  jurisprudencia precedente, degrada la función constitucional de los  Estatutos como normas integradas en el bloque de constitucionalidad.  Sobre esta cuestión los teóricos vamos a seguir discutiendo largamente,  aunque es cierto que el TC que tiene la última palabra ya ha hablado. Y  conviene destacar que esa &#8220;ingeniería constitucional&#8221;, que ahora tanto  se critica del Estatuto, fue admitida pacíficamente en 2007 por la  doctrina del TC sentada en la sentencia del Estatuto valenciano; algo  debe haber ocurrido desde entonces.</p>
<p>El Estatuto pretendía también  acotar el alcance de las bases. La sentencia suscita aquí alguna  perplejidad. En primer lugar reitera la doctrina de que las bases  estatales pueden contenerse no sólo en leyes, sino también en  reglamentos e incluso en actos meramente ejecutivos -autorizaciones,  licencias&#8230;- y pueden tener el detalle que el legislador estatal  considere conveniente. En aplicación de esta doctrina declara  inconstitucionales dos incisos del precepto estatutario correspondiente;  sin embargo, lo que queda del artículo tras esta amputación permite  deducir que las bases deben contenerse en disposiciones, no en actos de  ejecución, y que esas disposiciones deben ser únicamente un marco que  debe permitir concreciones y desarrollo, es decir no pueden ser de  detalle. Veremos cómo se resuelve en la práctica esta contradicción.  Finalmente el Estatuto pretendía incorporar a las competencias  ejecutivas la posibilidad de que la Generalitat pudiera dictar  reglamentos dotados de efectos más allá de los puramente de organización  interna. Aunque la sentencia emplea expresiones ciertamente abiertas al  referirse a esta cuestión, será difícil argumentar que en ellas caben  los reglamentos dotados de efectos &#8220;externos&#8221;.</p>
<p>Naturalmente, las  drásticas limitaciones impuestas por la sentencia a las &#8220;definiciones&#8221;  de las competencias tienen repercusión directa en los 60 artículos que  regulan las competencias concretas de la Generalitat. En suma, puede  concluirse que la sentencia desactiva prácticamente todas las novedades  que pretendía introducir el Estatuto en este ámbito. La situación tras  la sentencia será la misma que existía antes de aprobarse el texto  estatutario (salvando algunas competencias nuevas y las potestades de  participación en ciertas decisiones estatales). Es decir, la  delimitación de las competencias continuará quedando en la práctica a la  libre disposición del legislador estatal ordinario con el único control  del Tribunal que ejercerá utilizando como único parámetro para  enjuiciar las decisiones estatales el texto abierto de la Constitución.</p>
<p>En  relación con el sistema de financiación sucede algo parecido a las  competencias. La sentencia declara respecto de una buena parte de sus  preceptos (desde los que establecen los porcentajes que corresponden a  la Generalitat en cada uno de los impuestos cedidos hasta las  inversiones que deben hacerse en infraestructuras) que su contenido no  vincula al legislador estatal. Serían algo así como meros compromisos  políticos. Parece que para la sentencia, el Estatuto no es fruto de un  pacto entre el Estado y la Generalitat sino una norma autonómica que  unilateralmente pretende imponer obligaciones al Estado.</p>
<p>En este  caso la mayoría de las leyes que deben desarrollar estos compromisos se  han dictado ya o están en tramitación con lo que, más allá del debate de  si en ellos se recoge fielmente lo previsto en el Estatuto, podría  afirmarse que van a ser escasos los efectos prácticos inmediatos de la  interpretación dada por el Tribunal a los mencionados preceptos. Sin  embargo, se ha perdido la garantía que ofrecía frente al legislador  estatal su incorporación al Estatuto y éste queda de hecho supeditado a  la LOFCA y a otras leyes estatales.</p>
<p>Estos son, a mi juicio, los  efectos jurídicos de la sentencia, a ustedes corresponde valorarlos. Mi  valoración podría resumirse así: discrepo radicalmente de buena parte de  la fundamentación jurídica, del tono utilizado, de la prevención  política que rezuma y del desconocimiento de la realidad catalana  (lingüística&#8230;). Tiempo habrá, sin embargo, para abordar esta cuestión.</p>
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		<title>Catalunya y la lógica constitucional</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30743/catalunya-y-la-logica-constitucional/</link>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 20:45:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Papell</strong>, periodista (EL PERIÓDICO, 19/07/10):</p>
<p>La irritación, comprensible, que ha embargado a Catalunya a causa de la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que mutila algunos aspectos del Estatut no proviene tanto de la entidad de las materias eliminadas –que, aunque sustanciales, no afectan esencialmente a la integridad de la Carta– cuanto del hecho de que una institución constitucional, que no emana de la designación directa de la soberanía, haya osado enmendar un texto que poseía el refrendo del electorado de Catalunya.</p>
<p>José María Ruiz Soroa explicó hace algunos meses el conflicto que a veces se produce por &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30743/catalunya-y-la-logica-constitucional/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Papell</strong>, periodista (EL PERIÓDICO, 19/07/10):</p>
<p>La irritación, comprensible, que ha embargado a Catalunya a causa de la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que mutila algunos aspectos del Estatut no proviene tanto de la entidad de las materias eliminadas –que, aunque sustanciales, no afectan esencialmente a la integridad de la Carta– cuanto del hecho de que una institución constitucional, que no emana de la designación directa de la soberanía, haya osado enmendar un texto que poseía el refrendo del electorado de Catalunya.</p>
<p>José María Ruiz Soroa explicó hace algunos meses el conflicto que a veces se produce por el choque entre el polo democrático, «en virtud del cual es el pueblo o sus representantes electos quienes toman las decisiones en cada momento histórico concreto», y el polo constitucional, «en cuya virtud ciertas decisiones están sustraídas al poder de ese pueblo o sometidas a un rígido esquema de control y validación gestionado en exclusiva por un colegio judicial elitista». Propone Ruiz Soroa como solución a este dilema «replantear críticamente el mito de la democracia directa e instantánea protagonizada por el pueblo, poniendo en su lugar la soberanía multipolar de unas instituciones que interactúan y se controlan mutuamente a lo largo de tiempos distintos». «El sistema democrático –concluye– es una especie de cámara de espejos que se reflejan y controlan unos a otros, y el pueblo no es sino la atmósfera que habita entre ellos».</p>
<p>En el caso que nos ocupa, la contradicción es, además, ficticia: la titularidad de la soberanía, según la Constitución, reside en el pueblo español en su conjunto y no en una fracción –la catalana en este caso– de él. Pueden así los hermeneutas argumentar que no ha habido en este caso verdadera colisión de la soberanía popular con la institución de control constitucional… Y sin duda aciertan: cabe asegurar que el Estatut recortado marca el límite de lo posible en el marco de la lógica constitucional. Límite que permitirá a los partidos hegemónicos concertar el cierre del Estado de las Autonomías, la versión más extendida y descentralizada del café para todos que los constituyentes idearon y que los gestores de la transición han desarrollado en varias fases.</p>
<p>Así las cosas, es estéril la frustración provocada en amplios sectores catalanistas –nacionalistas o no– por la constatación de que el sistema es fiel a sí mismo. En realidad, algunas voces ya avisaron a partir del 2003, cuando comenzó la génesis del Estatut, de que bastantes designios del proyecto no cabrían en una reforma estatutaria, sino que requerirían, para ser viables, una reforma constitucional. La Carta Magna española es, a fin de cuentas, federalizante, es decir, basada en una sola soberanía que se desconcentra y se descentraliza; y algunas propuestas de aquella reforma eran confederales, es decir, reclamaban una participación singular en la soberanía única, vinculadas ambas –la general y la particular– mediante un pacto fundacional, constituyente.</p>
<p>Una vez que Catalunya ha alcanzado la autonomía máxima en el referido marco constitucional, se hace evidente que no será posible ir más allá en el camino del autogobierno. La verdadera disyuntiva de los catalanes en esta coyuntura es, de un lado, el conformismo con el statu quo actual (que no es desdeñable: la autonomía política de Catalunya es la mayor de todos los territorios europeos que no son Estado-nación) o la búsqueda de nuevas atribuciones y competencias que colmen aspiraciones insatisfechas y la caractericen singularmente en el ámbito homogéneo del Estado autonómico.</p>
<p>Quizá en este momento la aspiración más acorde con la demanda política de Catalunya sea la de la plena autonomía económica en términos semejantes al concierto vasco. La Constitución otorgó este régimen especial a los territorios forales exclusivamente, entre otras razones porque Catalunya no manifestó en el período constituyente interés alguno en disfrutar de aquella singularidad que tenía un aroma arcaizante. Hoy no habría de ser imposible, sin embargo, que Catalunya gozase de este régimen singular mediante la pertinente reforma constitucional.</p>
<p>La Constitución, que ha cumplido tres décadas, requiere una puesta al día en numerosos aspectos, y así lo han reconocido los dos grandes partidos estatales en sus programas electorales, nunca desarrollados. Y entre otras actualizaciones necesarias, destacan las del Título VIII y el Senado. No sería, pues, ni extemporáneo ni impertinente instar dicha reforma desde Catalunya, incluyendo el reconocimiento de los rasgos confederales que son precisamente los que el TC cuestiona de la reforma estatutaria catalana.</p>
<p>Para que esta vía sea practicable, son necesarios dos requisitos: que las fuerzas políticas catalanas excluyan este asunto del ámbito de la competitividad electoralista y que los dos grandes partidos estatales estén dispuestos a actuar con grandeza y sentido del Estado. Ni lo uno ni lo otro parece fácil, pero solo la combinación de ambos factores hará posible que Catalunya se sienta dueña de su destino en el marco del Estado español.</p>
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		<title>Cataluña, sin &#8216;Estatut&#8217;</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30737/cataluna-sin-estatut/</link>
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		<pubDate>Sun, 18 Jul 2010 21:13:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José María Ridao</strong> (EL PAÍS, 18/07/10):</p>
<p>Se puede llorar sobre la leche derramada o se puede, por el contrario,  hacer lo que se debe, que es afrontar la más grave crisis que ha  atravesado el sistema institucional de 1978. Más allá de la cifra de  participantes y del predominio de los gritos y las pancartas  independentistas, la manifestación que recorrió el 10 de julio el centro  de Barcelona exige depurar las categorías para analizarla, sin mezclar  el plano político con otros que no permitirán salir del círculo vicioso  en el que llevamos demasiado tiempo encenagados.</p>
<p>En un sistema democrático, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30737/cataluna-sin-estatut/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José María Ridao</strong> (EL PAÍS, 18/07/10):</p>
<p>Se puede llorar sobre la leche derramada o se puede, por el contrario,  hacer lo que se debe, que es afrontar la más grave crisis que ha  atravesado el sistema institucional de 1978. Más allá de la cifra de  participantes y del predominio de los gritos y las pancartas  independentistas, la manifestación que recorrió el 10 de julio el centro  de Barcelona exige depurar las categorías para analizarla, sin mezclar  el plano político con otros que no permitirán salir del círculo vicioso  en el que llevamos demasiado tiempo encenagados.</p>
<p>En un sistema democrático, la legitimidad política no procede de las  calles, sino del voto mayoritario de los ciudadanos. De ahí que todas  las interpretaciones de la manifestación sean tan solo eso,  interpretaciones. Tan atinadas o tan extravagantes como se quiera, pero  inutilizables para buscar una solución política mientras no se traduzcan  en programas avalados por las urnas.</p>
<p>A fuerza de construir la  nación, una u otra, hace demasiado tiempo que estamos destruyendo el  Estado. A tal punto que la aventura de reformar el <em>Estatut</em> no ha  concluido con un texto recortado, sino con algo tal vez mucho más grave:  la ausencia de una norma clara con la que gobernar Cataluña de acuerdo a  derecho. Porque un <em>Estatut</em> que, a modo de unas instrucciones de  uso, exige consultar centenares de páginas de prolija exégesis jurídica  para ser aplicado no es en sentido estricto un <em>Estatut;</em> es un  engendro jurídico que dejará en precario cualquier iniciativa de la  Generalitat y del Parlament, gobierne quien gobierne.</p>
<p>Más que el  desapego, más que el recrudecimiento del sentimiento identitario, más  que la letanía de términos metafóricos que ha anegado como una peste el  discurso político desde que el Partido Popular tuvo la funesta idea de  enarbolar la España una, y el Partido Socialista la de oponer la España  plural, ese es el descomunal problema al que han conducido las fantasías  de unos y las irresponsabilidades de otros.</p>
<p>Cataluña tendrá  graves dificultades para gobernarse porque la norma del bloque de  constitucionalidad que debería servir para hacerlo no es propiamente una  norma, sino un inverosímil conglomerado de literalidad e interpretación  mutuamente contradictorias y que, para colmo de males, no cuenta en su  ámbito de aplicación con el apoyo de ninguna fuerza política, a  excepción del Partido Popular.</p>
<p>Instalados en el terreno de  construir la nación sin pararse a pensar que se estaba destruyendo el  Estado, nada tiene de extraño que se llegara al absurdo de contraponer  el júbilo por la victoria de la selección española de fútbol a la  manifestación de Barcelona. Parecería que aquí todo es cuestión de ver  quién congrega más banderas y quién saca más ciudadanos a las calles,  como si el ondear de la tela y la musicalidad de las consignas pudiese  remediar el destrozo institucional perpetrado. En verdad, hay que estar  muy ciegos, hay que encontrarse en trance de perder definitivamente el  juicio, como parece que lo estemos perdiendo, para elevar estos  desbordamientos de las pasiones a la categoría de políticos sin  presentir que lo que hoy es inocente y festivo prefigura lo que, llegado  el caso, podría provocar un giro escalofriante.</p>
<p>Si aún queda un  resto de cordura en los responsables políticos, además de en algunos  creadores de opinión extasiados ante el espectáculo de sus colores  favoritos, lo mejor que podrían hacer es no confundir el júbilo por un  triunfo deportivo con una afirmación nacionalista. Porque, al final,  podría estar creándose el caldo de cultivo para que se produzcan  afirmaciones nacionalistas sin necesidad de triunfos deportivos. Si  alguna hora ha sonado, es la de que los responsables políticos se pongan  a la tarea que solo a ellos les incumbe -a ellos y no a los ciudadanos  en las calles, con o sin banderas desplegadas-, que es recuperar para  Cataluña lo que Cataluña ha perdido: una norma clara con la que  gobernarse de acuerdo a derecho, y reconocida como tal por las fuerzas  políticas que aspiran a gobernar ateniéndose a ella.</p>
<p>Antes de las  elecciones autonómicas en Cataluña será imposible, por más  interpretaciones atinadas o extravagantes sobre la manifestación del 10  de julio que se hagan. Y después, lo único que habrá sucedido es que los  problemas estarán planteados en sus términos políticos, no resueltos. A  comenzar por el hecho de que, de confirmarse los pronósticos, la  abstención podría resultar mayoritaria.</p>
<p>Si las elecciones  demostrasen un desplazamiento general de la política catalana hacia el  soberanismo, seamos conscientes de que el proyecto constitucional de  1978 se enfrentará a la más grave crisis que ha atravesado y de que, a  partir de ese momento, la posibilidad de reformarlo sin graves fracturas  dependerá exclusivamente de la responsabilidad de todos los partidos.  Si, por el contrario, ese desplazamiento no se produce, aunque cambie la  mayoría en la Generalitat, cabe una mínima posibilidad de que, a través  del acuerdo entre las fuerzas políticas, se pueda dotar a Cataluña de  aquello que de verdad ha perdido: una regla de juego clara para  gobernarse.</p>
<p>En cualquiera de ambas hipótesis, sin embargo, la  solución sería más fácil dejando tranquila a la nación, una u otra, y  pensando sobre todo en cómo reconstruir el Estado.</p>
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		<title>Catalunya y España en la encrucijada</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 20:57:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José Montilla</strong>, presidente de la Generalitat de Cataluña y  primer secretario del PSC (EL PAÍS, 17/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso del Partido  Popular contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña nos sitúa en un  punto crítico para la política española y la política catalana, que  exige una respuesta responsable y valiente. Ha provocado, como es bien  patente, una profunda indignación y ha suscitado el enérgico rechazo de  una gran mayoría de la ciudadanía catalana, que la considera una falta  de respeto por el resultado del proceso democrático e impecablemente  constitucional de tramitación del Estatuto. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30730/catalunya-y-espana-en-la-encrucijada/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José Montilla</strong>, presidente de la Generalitat de Cataluña y  primer secretario del PSC (EL PAÍS, 17/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso del Partido  Popular contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña nos sitúa en un  punto crítico para la política española y la política catalana, que  exige una respuesta responsable y valiente. Ha provocado, como es bien  patente, una profunda indignación y ha suscitado el enérgico rechazo de  una gran mayoría de la ciudadanía catalana, que la considera una falta  de respeto por el resultado del proceso democrático e impecablemente  constitucional de tramitación del Estatuto. Y además ve en dicha  decisión una desconsideración por el pacto político sobre el  autogobierno alcanzado por las instituciones democráticas y ratificado  en referéndum popular. Indignación y rechazo mayores, si cabe, provocan  algunas interpretaciones del tribunal que resultan ofensivas para el  sentimiento de identidad nacional, cultural y lingüística de Catalunya.</p>
<p>La sentencia llega tras un cúmulo de circunstancias que han  alimentado sospechas sobre la parcialidad del tribunal erosionando la  confianza ciudadana en la institución y su legitimidad moral. Con este  estado de ánimo, cientos de miles de ciudadanos se manifestaron en  Barcelona, expresando un hondo malestar y algunos, un desapego creciente  hacia una forma de entender España, que parece incapaz de dar cabida a  una nación con un fuerte sentimiento identitario y a una aspiración de  mayor autogobierno.</p>
<p>La situación abre una serie de interrogantes  sobre los caminos a seguir. Unos ya han dicho -algunos más abiertamente y  otros de manera menos clara- que el proyecto de continuar en una España  común ya no les interesa. Otros, los que creemos en la España plural,  nos preocupamos de cómo aplicar el Estatuto a partir de ahora y cómo  recuperar el cumplimiento de lo pactado.</p>
<p>Asimismo, se pone de  manifiesto una confrontación de legitimidades entre las instituciones  legislativas y el TC. A nuestro juicio el tribunal se ha extralimitado  intentando imponer una visión del Estado autonómico, una función que no  le corresponde y que le es impropia. Deberemos abordar este grave  problema estructural de nuestra democracia, impulsando las reformas que  sean oportunas, empezando por la del propio TC.</p>
<p>Pero volviendo al  problema de la aplicación del Estatuto, creo que podemos afirmar que no  se ha conseguido el objetivo de invalidarlo, tal y como pretendían  quienes lo impugnaron. A pesar de la sentencia, sigue siendo un  instrumento útil de nuestro autogobierno y vamos a aprovechar todo su  potencial al servicio del progreso, el bienestar y la cohesión de la  ciudadanía catalana.</p>
<p>Pero, ¿qué haremos con aquellos apartados del  <em>Estatut</em> enmendados por el TC? Nuestra respuesta buscará conjugar  el respeto de la voluntad popular, la defensa del autogobierno, el  cumplimiento del pacto político y el respeto al Estado de derecho. Desde  la Generalitat iniciaremos un proceso de diálogo con los principales  responsables de las instituciones y fuerzas políticas del Estado. Un  diálogo orientado al cumplimiento del pacto estatutario y el  reforzamiento del pacto constitucional. Conscientes de que es posible  explorar soluciones legislativas a algunas de las afectaciones del  Estatuto, y también de que algunas de las garantías del autogobierno han  sido disminuidas por la interpretación del TC y no renunciamos a  recuperarlas.</p>
<p>Pero más allá de la voluntad de recuperar el  Estatuto, tenemos ante nosotros la cuestión de fondo, el problema  secular de la relación entre Catalunya y el resto de España, que  atraviesa nuestra historia contemporánea y que, a mi juicio, se trata  más de un problema español que de un problema catalán.</p>
<p>Con esta  sentencia, lamentablemente se ha perdido una oportunidad para hacer una  contribución positiva a su resolución. Peor aún, hemos retrocedido con  respecto al espíritu que hizo posible la Constitución de 1978. Estoy  convencido de que este problema solo puede resolverse desde el  reconocimiento de nuestra realidad plurinacional. Un reconocimiento que  requiere coraje político y altura de miras para seguir avanzando en una  cultura democrática que permita buscar soluciones más justas para la  convivencia de los distintos pueblos de España. Esta sentencia muestra  una evolución decepcionante de nuestro intérprete constitucional en  términos de calidad democrática. La Constitución expresa un consenso que  exige el compromiso permanente en la regulación de la convivencia y el <em>Estatut</em> era el instrumento para encontrarnos de nuevo, desarrollando el pacto  constitucional.</p>
<p>No nos queda otro camino que recuperar nuevamente  el espíritu constitucional primigenio para restablecer el reconocimiento  y respeto a las distintas identidades, culturas y lenguas de España, en  el marco de un Estado que acepte, ampare, anime y defienda sus  singularidades y su pluralidad. Ello requiere la complicidad y el apoyo  de quienes defendemos una visión de España como un proyecto ampliamente  compartido. Reivindicando la propuesta federal como la vía más apropiada  para desarrollar nuestro futuro común con generosidad y voluntad de  acuerdo. Si España quiere dar solución a su problema secular debe estar  dispuesta a cambiar. Tenemos la oportunidad y el reto de construir un  futuro compartido. Catalunya y España entera se hallan en una  encrucijada.</p>
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		<title>Un cierto rubor ajeno</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 20:47:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 17/07/10):</p>
<p>No es verdad que los pueblos  tengan los dirigentes que se merecen. Hay  que ser muy hijo de la gran puta para pensar que Catalunya tiene los  políticos que se merece. Sería demasiado fuerte. Yo creo que este país  nuestro se merece otra cosa y que no saldrá de la corrupta mediocridad  en la que le metió el pujolismo, y que consumó un tripartito de  trileros, mientras no se subleve contra la casta, y la barra o la  arrincone, y convierta la actividad política en un juego legal y no en  una timba de &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30728/un-cierto-rubor-ajeno/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 17/07/10):</p>
<p>No es verdad que los pueblos  tengan los dirigentes que se merecen. Hay  que ser muy hijo de la gran puta para pensar que Catalunya tiene los  políticos que se merece. Sería demasiado fuerte. Yo creo que este país  nuestro se merece otra cosa y que no saldrá de la corrupta mediocridad  en la que le metió el pujolismo, y que consumó un tripartito de  trileros, mientras no se subleve contra la casta, y la barra o la  arrincone, y convierta la actividad política en un juego legal y no en  una timba de profesionales del fraude.</p>
<p>No exagero ni un ápice;  los que exageran y son desmesurados y demagogos y cínicos son ellos.  Maestros del doble lenguaje y discípulos de ese Gran Tartufo que sigue  siendo Pujol. Permítanme que les vuelva a colocar en el lugar del  delito, porque delito es el engaño y la estafa. Miles de personas  salieron el pasado sábado a manifestarse.</p>
<p>Da lo mismo si fueron  cien mil, que quinientos mil; cuando mucha gente sale a la calle es  porque le da la gana, porque está en su derecho y sobre todo porque cree  que hay motivo para protestar.</p>
<p>¿Por qué protestaban? ¿Por el  Estatut? Por ese juguete de playmóbil no hubieran salido a la calle ni  sus promotores. Se hizo una manifestación porque una parte de la  población se sintió ofendida, incluso humillada. ¿Y por quién?</p>
<p>¿Por  el Tribunal Constitucional?</p>
<p>La indignación era fruto de un  cabreo acumulado que se iba hinchando un día sí y otro también, con la  contribución de la farándula de aduladores del poder en que se ha  convertido buena parte del oficio periodístico, ahora que todos somos  columnistas de opinión.</p>
<p>Nadie en su sano juicio hubiera salido a  la calle para defender un Estatut que fue aprobado por una ridícula  minoría de catalanes tras un parto, muñido por una minoría parlamentaria  que supo manejar el chantaje, mientras el resto se dejaba hacer, en la  idea andreottiana de que el poder sólo desgasta a quien no lo tiene.  Pues ahí estamos, manifestándonos por el honor y la dignidad de  Catalunya y su derecho a decidir. ¿Y quién ha puesto el honor y la  dignidad de Catalunya en almoneda? Los mismos que han animado a la gente  a manifestarse. Porque hay un pequeño detalle que nuestros brillantes  comentaristas han omitido en los fastos y las metáforas. Entre la  manifestación pro Estatut del 11 de septiembre de 1977 y ésta del 2010,  hay un abismo, o lo que sería una diferencia esencial. En septiembre del  77, señores, todos los que ahora hinchan el pecho de memoria olvidan  que todos entonces eran oposición. Todos eran aspirantes del sistema que  habían inaugurado las urnas en el mes de junio con una victoria  aclaparadora,valga el catalanismo. Esa victoria democrática era de la  izquierda catalana y no nacionalista, porque entonces mezclar ambas  cosas hubiera dado risa a los miles de manifestantes. ¡Hasta dónde hemos  llegado de autoengaño para olvidarnos de lo obvio!</p>
<p>La  manifestación del pasado sábado, independientemente de lo que podía ser  la voluntad íntima de cada manifestante, era una manifestación oficial.  Un aplec sin sardanas, al que contribuyeron los voceros institucionales,  la propaganda oficial. Incluso hubo quien se quejó de que los  futbolistas catalanes de la selección española no hubieran sido  debidamente presionados para que se declararan catalanistas afectos.¡Qué  fácil sería encontrar similitudes con referéndums hoy día innombrables  pero muy presentes en nuestra memoria! ¡Cuántas cosas quedaron al  descubierto por la arrogancia del poder! La instrumentalización de los  medios de comunicación en primer lugar. ¿No tendrán un gesto de rubor  los supuestos garantes de la libertad y las buenas costumbres,  escaqueándose de responder a casos flagrantes de manipulación  oficialista? Ni uno de ellos moverá una ceja, porque hay que decirlo  alto y claro, de ese modo que alguien antes decía que se hablaba en  catalán: las instituciones que se han creado en Catalunya desde el  poder, todas, sin excepción que yo sepa, han sido constituidas no para  promoción de la libertad informativa, ni de las artes, ni de las letras,  ni de la lengua, sino principalmente, y en algunos casos  exclusivamente, para galanura y elogio del poder. Eso sí, pagando el  gasto. ¿Que eso también ocurre en otras partes? ¡Yamime da una higa ese  argumento mafioso! Yo estoy hablando de nosotros, que nos consideramos  tan la hostia como para que nos tengan envidia, o miedo, o todas esas  cursilerías de satrapillas de la oficina de la Generalitat que cultiva  nuestra inconmensurable autoestima.</p>
<p>Esa unanimidad patriótica  sólo la concede el poder, la casta, el oficialismo. No manden más gente a  la universidad de Laval, ni al Quebec, ni al País Vasco. Buenos Aires  es el destino ideal. La clase política se ha vuelto peronista sin  saberlo, y como peronismos hubo muchos y aún quedan más, podemos estar  contentos; podemos ser al mismo tiempo del poder y de la oposición,  institucionalistas e independentistas, esquerranos y mundialistas,  populistas y radicales&#8230; Los fondos públicos bien repartidos dan para  mucho.</p>
<p>¡Qué papelón el de nuestros intelectuales independientes!  &#8220;Desfilar reivindicando lo que somos y lo que queremos ser&#8221;, escribía  Joan Subirats. Ramoneda nos advierte del dilema del siglo: o federalismo  o independentismo. Ay, los federalistas. El federalismo en España tiene  una prueba del algodón. El Cantón Murciano. ¿Usted está dispuesto a  compartir los mismos derechos y deberes que el Cantón Murciano? ¡Hombre,  tampoco es eso! Pues si no es eso, no hay federalismo posible. El  federalismo en España es la más atractiva de las construcciones  políticas y la más imposible, y si no que se lo pregunten al pobre Pi i  Margall y la puta vida que le dieron aquí y allá. Podría seguir con una  lista de las ínclitas plumas ubérrimas, al estilo de Rubén, pero ya uno  se va cansando de hacer amigos. La vida intelectual en Catalunya de hoy  está construida sobre la base de la complicidad. Un tarannà cultural,  dicen.</p>
<p>Tenemos un problema con la historia. El pasado, nuestro  pasado, no deja de cambiar. Lo están manipulando tanto que se han  perdido las coordenadas y la gente se mueve con una especie de GPS de  historiografía condensada. Nuestro entrañable monje Ragué acaba de  descubrir que Jaime Balmes era independentista. ¿Saben ustedes que no  hay ningún archivo en Catalunya que disponga de la colección del diario  Arriba?¿40 años de historia del franquismo borrados? ¿Por desapego, por  dejadez, por mala conciencia? Eso es lo que consiente que haya leído en  un diario catalán que Eduardo Aunós era un heterodoxo. ¿Eduardo Aunós?  Me hizo dudar. ¿Sería aquel mismo Aunós que fue ministro  con Primo de  Rivera y con Franco, aquel de quien se decía que de haber leído todos  los libros que firmó hubiera tenido una gran cultura?</p>
<p>Después de  la manifestación del sábado pasado, donde hubo quien &#8220;desfiló  reivindicando lo que somos y lo que queremos ser&#8221;, ¿saben ustedes lo  primero que hizo esa clase política que se jactó del éxito de la  convocatoria que marcaba &#8220;un antes y un después&#8221;? Lo primero que  hicieron es echarse atrás en la firma de un acuerdo por el que se podían  convocar referéndums. Es precioso, no me digan que no. Convocan una  manifestación por el derecho a decidir, por la dignidad del pueblo  soberano, y lo primero que hacen al día siguiente es desdecirse.</p>
<p>Por  todo eso me ha parecido una gran idea promover una manifestación que  encabecen Millet, Montull &#8211; sin olvidar a sus señoras, catalanistas de  pro-,y también Luigi,el primer gran experimentador de la transversalidad  política en Catalunya, y Muñoz, el ex alcalde ilustrado, y los  prohombres Prenafeta y Macià Alavedra, sin señoras, que las pobres ya  han sufrido lo suyo con la pena del telediario. Con ese personal ya hay  suficiente para sostener la pancarta con un lema rotundo: &#8220;España nos  roba&#8221;. En tres idiomas: catalán, inglés y castellano, por ese orden. La  idea no es mía, qué más quisiera yo que tener tan buenas ideas. Se la  debo a Arnau Guasch y Oriol Sans, a quienes no conozco de nada. Y me  quito el sombrero. Este país tiene futuro mientras haya gente con ideas y  con valor para expresarlas.</p>
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		<title>Españosaurios</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 20:41:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Xavier Sala i Martín</strong>, Columbia University y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/07/10):</p>
<p>Sábado 10 de julio, gran manifestación de protesta por la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatut con gritos mayoritarios a favor de la independencia. Domingo 11 de julio, sólo 24 horas después, multitud de catalanes celebran la victoria de España sobre Holanda en la final del Mundial de Sudáfrica. ¿Independentistas que apoyan a la selección española? ¡Los catalanes deben de ser esquizofrénicos!</p>
<p>La demencia colectiva es, ciertamente, una interpretación de lo acaecido el pasado fin de semana. Pero no es la única. Ni siquiera es &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30727/espanosaurios/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Xavier Sala i Martín</strong>, Columbia University y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/07/10):</p>
<p>Sábado 10 de julio, gran manifestación de protesta por la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatut con gritos mayoritarios a favor de la independencia. Domingo 11 de julio, sólo 24 horas después, multitud de catalanes celebran la victoria de España sobre Holanda en la final del Mundial de Sudáfrica. ¿Independentistas que apoyan a la selección española? ¡Los catalanes deben de ser esquizofrénicos!</p>
<p>La demencia colectiva es, ciertamente, una interpretación de lo acaecido el pasado fin de semana. Pero no es la única. Ni siquiera es la más razonable. Al fin y al cabo, sólo un loco puede pensar que cientos de miles de ciudadanos han enloquecido simultáneamente. Hay que buscar explicaciones alternativas. Ahí va la mía: todo el mundo sabe que en la selección española que compitió en Sudáfrica predominaban los jugadores del Barça, se jugaba con el estilo del Barça y se usaba la mecánica memorizada y la estrategia del Barça. El director de orquesta era del Barça. La seguridad defensiva era del Barça. El control del centro del campo era del Barça. Los goles (¡todos los goles!) fueron marcados por jugadores del Barça. Los medios de comunicación y los españoles en general hablaban con respeto de los jugadores del Barça: los alababan cuando se lo merecían, les agradecían su buen trabajo, su entrega, su talento y sus conocimientos adquiridos en la Ciutat Esportiva. Incluso aplaudieron a rabiar a Tito Vilanova por diseñar la jugada del córner que Puyol cabeceó a la red alemana en la semifinal. Vicente del Bosque, ex jugador del Madrid con un comportamiento exquisitamente caballeroso, nunca ocultó que el estilo de España era el que se veía cada domingo en el Camp Nou y expresó repetidamente su gratitud al Barça.</p>
<p>Yo mismo fui testigo de ese sentimiento de respeto y agradecimiento cuando el día antes de la final hasta tres personas anónimas que me reconocieron por las calles de Madrid me pararon, me felicitaron yme pidieron que diera las gracias al presidente Joan Laporta por haber construido el gran equipo que fue la base de la selección que acabó ganando el Mundial.</p>
<p>¿Por qué les explico todo esto? Pues porque pienso que muchos catalanes estarían dispuestos a aceptar a España si ésta fuera el reflejo de la selección del 2010: una España donde la gente de Catalunya fuera tratada con respeto institucional, con deferencia ciudadana, con buena educación y, cuando se lo mereciera (como en el caso del esfuerzo fiscal), con agradecimiento. De hecho, mirando hacia atrás, supongo que esa buena sintonía y ese respeto hacia el Barça que reinó en la selección española durante el Mundial es la sintonía y el respeto hacia Catalunya con los que personas como Jordi Pujol soñaron durante décadas. El clima de la selección se parecía al clima de cordialidad entre nacionalidades que había durante los primeros años de la transición, clima que llevó a muchos a creer que el encaje de Catalunya en España era posible y era deseable.</p>
<p>Pero, de repente, todo cambió: con la mayoría absoluta y ya sin necesidad de pactos del Majestic, el PP de José María Aznar se transformó en un despótico partido nacionalista y empezó una cacería de brujas catalanas en la que todo parecía valer para ganar votos: mentiras sobre supuestas persecuciones lingüísticas, boicots económicos, insultos a la inteligencia de la población, desprecio y menosprecio a los líderes políticos catalanes, falta de respeto por las decisiones tomadas por el pueblo de Catalunya, bilis, fomento del odio y utilización arrojadiza de la constitución. Todo esto, alimentado por una pandilla de diplodocus intelectuales y vuvucelópodos mediáticos, acabó por contagiar esa mentalidad jurásica a una izquierda cuyo tradicional anticatalanismo estaba aletargado desde la muerte del dictador. Los ataques a las legítimas aspiraciones de autogobierno de Catalunya empezaron a venir, pues, de los cuatro costados. Y así se llegó a la famosa sentencia con la que un desacreditado tribunal repleto de jueces caducados, recusados y muertos declaró que lo que había pedido el pueblo catalán en un referéndum, que había aprobado el Parlament de Catalunya y las Cortes españolas y que había firmado Su Majestad el Rey no era constitucional (por cierto, vaya papeleta la de Su Majestad, firmando documentos ilegales). El sueño del encaje de Jordi Pujol se iba desvaneciendo y el espejismo de la transición estaba dando lugar a esa realidad desértica, inhóspita e insoportable para una gran parte de la ciudadanía de Catalunya. Aquel marido con el que se había casado a regañadientes hacía treinta años se había convertido en un ogro salvaje que coartaba su libertad. El matrimonio era ya demasiado incómodo para hacerla feliz… y, por primera vez, el divorcio aparecía como la única salida para una mayoría. De ahí las proclamas de independencia durante la manifestación.</p>
<p>Decía Ramon Trias Fargas que Catalunya no sería independiente hasta que no se la obligara. La masiva protesta del sábado no refleja esquizofrenia en los catalanes. Más bien demuestra que una España en la encrucijada está obligada a tomar una decisión: si quiere que el matrimonio sobreviva, debe aplicar el espíritu de la selección campeona del mundo al resto de la sociedad, la política y los medios de comunicación. Si, por otro lado, a España no le importa que se cumpla el sueño de Trias Fargas, sólo tiene que dejar que sus políticos y sus medios sigan empujando a Catalunya hacia la independencia a base de comportarse como auténticos españosaurios.</p>
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		<title>El tsunami que viene</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30726/el-tsunami-que-viene/</link>
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		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 20:33:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Oliver Alonso</strong>, catedrático de Economía Aplicada en la UAB (EL PERIÓDICO, 17/07/10):</p>
<p>No sé si, como se afirma, la manifestación del sábado pasado  sorprendió a sus convocantes. De ser cierto, diría muy poco de la  capacidad de análisis de nuestros partidos. Pero, sean cuales fueren las  expectativas que había levantado, lo cierto es que el soterrado cambio  que se acumulaba desde el 2000 de Aznar ha emergido finalmente.  Las señales que lo anunciaban eran evidentes para aquellos que quisieran  verlas.</p>
<p>La base de nuestro desencuentro es la profunda  transformación de nuestras relaciones económicas con España. Las  mutaciones, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30726/el-tsunami-que-viene/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Oliver Alonso</strong>, catedrático de Economía Aplicada en la UAB (EL PERIÓDICO, 17/07/10):</p>
<p>No sé si, como se afirma, la manifestación del sábado pasado  sorprendió a sus convocantes. De ser cierto, diría muy poco de la  capacidad de análisis de nuestros partidos. Pero, sean cuales fueren las  expectativas que había levantado, lo cierto es que el soterrado cambio  que se acumulaba desde el 2000 de Aznar ha emergido finalmente.  Las señales que lo anunciaban eran evidentes para aquellos que quisieran  verlas.</p>
<p>La base de nuestro desencuentro es la profunda  transformación de nuestras relaciones económicas con España. Las  mutaciones, de gran calado, del tejido productivo catalán, las  dificultades que afrontamos en la globalización y la ascensión de Madrid  como centro económico así lo atestiguan. El fundamento material sobre  el que se asentó el pacto Catalunya-España se ha modificado de forma,  probablemente, irreversible. Su reajuste adquirió carta de naturaleza  cuando, al inicio del proceso estatutario, el negativo saldo fiscal de  Catalunya pasó de los debates académicos a la prensa, y de esta a la  calle. Jamás en los últimos 30 años un tema económico, de tanta  transcendencia política, había suscitado tantas pasiones. La irrupción  en la plaza pública del debate sobre la financiación, y de sus negativas  consecuencias sobre el bienestar social y nuestra capacidad  competitiva, fue un primer aldabonazo de la profundidad de la mutación  operada.</p>
<p>Otras señales de cambio se habían estado acumulando. En  los primeros 80, una parte mayoritaria de la intelectualidad catalana se  catalogaba de izquierdas y, al mismo tiempo, partidaria de un acuerdo  federal con España. Hoy es bastante más difícil encontrar a quienes  mantengan esa posición. La convicción de que en Madrid no hay  federalistas ha calado. Y ello explica por qué una buena parte de los  partidarios de la España plural están huérfanos de argumentos. Cuando a  uno le faltan las razones para defender sus posiciones, la batalla  política, si no está perdida, comienza a perderse. La alteración,  profunda, en las relaciones entre Catalunya y España exigía, y continúa  exigiendo, una España de corte federal que, lamentablemente, no parece  contar con muchos apoyos más allá de Catalunya. ¿Una España federal sin  federalistas? Hemos vivido en esa contradicción, hasta que el Tribunal  Constitucional la ha resuelto por la vía jacobina. La realidad es  tozuda, y esa dificultad, ¿o imposibilidad?, en la articulación de una  España plural ha ido calando.</p>
<p>Esta nueva percepción permite  entender algunas razones de la modificación, parcial, en la centralidad  político-social del país. Hoy, y de forma creciente, una buena parte de  las elites intelectuales y económicas del país se está moviendo, lenta,  pero de forma inexorable, hacia posiciones crecientemente nacionalistas.  Además, aunque comparto la opinión de que el sentimiento mayoritario  del país no es soberanista, el éxito relativo de las convocatorias por  la independencia ha sido otra señal, una más, de un mar de fondo cada  vez más palpable. Finalmente, la acumulación de desencuentros y los  problemas que se oteaban en el horizonte se tradujeron en una iniciativa  inédita, la del editorial conjunto de la prensa catalana. Pero tampoco  se quisieron ver los riesgos que esta iniciativa denunciaba.</p>
<p>En  la última década los problemas se han ido acumulando. En el proceso se  han perdido argumentos. Y se han ido ganando desencuentros primero,  desencantos más tarde, y una creciente irritación finalmente. La  sentencia ha sido el desgarro final. La falla en las relaciones con  España, que había acumulado tensiones no vistas desde la Segunda  República, se desplazó súbitamente liberando la energía contenida. Y  generando el tsunami ciudadano del sábado. Y ahora, ¿qué hacer? La  primera ola del maremoto ha pasado. Pero se generarán otras, porque las  condiciones de fricción continúan, y continuarán.</p>
<p>Desde  Catalunya, la única opción viable, la que puede aglutinar amplias  mayorías, la que debe impulsar nuestra clase política, no es otra que la  de continuar trabajando por llenar de contenido el rebajado Estatut. Es  cierto que, en sectores todavía minoritarios, hay la tentación de dar  por concluida esta etapa. Pero si algo ha demostrado la iniciativa  estatutaria es que era la única posible, con todos sus problemas, para  elevar sustancialmente el techo de nuestro autogobierno. Además, es,  también, la única que puede permitir continuar avanzando en nuestras  aspiraciones nacionales sin generar una fractura social que, espero,  nadie desee. Cualquier otra opción no es, en los próximos 10 o 20 años,  posible y, por tanto, políticamente es estéril y socialmente generadora  de división. Pero esta línea de trabajo implica un cambio en la conducta  de las fuerzas políticas mayoritarias del país. La sentencia muestra  que el proceso de construcción nacional de Catalunya va a afrontar  mayores dificultades de las esperadas hace unos años. El neocentralismo  nos va a obligar. Por ello, el tsunami de la manifestación del sábado ha  enviado un mandato, de unidad en lo fundamental, a nuestra clase  política. No es momento de divisiones. Ni aquí, ni en Madrid.</p>
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		<title>Después de la manifestación</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 20:59:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antoni Segura</strong>, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 16/07/10):</p>
<p>El día siguiente a la manifestación más multitudinaria celebrada en  Catalunya es difícil, porque, a partir de ahora, habrá un antes y un  después del 10 de julio del 2010. La indignación provocada por la  sentencia del Tribunal Constitucional (TC) desbordó todas las  previsiones. Era una indignación transversal, compartida por casi todos  los ciudadanos de Catalunya con independencia de las opciones políticas  de cada uno. Era la indignación de la ciudadanía, de todo un pueblo con  sus instituciones apoyándole. Gestionar el capital acumulado el &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30713/despues-de-la-manifestacion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antoni Segura</strong>, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 16/07/10):</p>
<p>El día siguiente a la manifestación más multitudinaria celebrada en  Catalunya es difícil, porque, a partir de ahora, habrá un antes y un  después del 10 de julio del 2010. La indignación provocada por la  sentencia del Tribunal Constitucional (TC) desbordó todas las  previsiones. Era una indignación transversal, compartida por casi todos  los ciudadanos de Catalunya con independencia de las opciones políticas  de cada uno. Era la indignación de la ciudadanía, de todo un pueblo con  sus instituciones apoyándole. Gestionar el capital acumulado el sábado  no será fácil.</p>
<p>Si algo resulta evidente es que el escenario  político ha cambiado. Con respecto a Catalunya, el sistema autonómico  parece que ha dado ya de sí todo lo que podía dar. Esta es la principal  conclusión política que se desprende de la sentencia del TC y del masivo  rechazo que ha provocado entre los ciudadanos de Catalunya, que  consideran que su decisión ha sido menospreciada. Ahora el problema que  se plantea no es legal, sino político. La salida de esta encrucijada en  la que se encuentra España solo es posible a partir de un nuevo pacto  político –la sentencia ha hecho saltar por los aires el de 1978– entre  España y Catalunya.</p>
<p>Desde Catalunya, las opciones son dos: o un  nuevo pacto para definir un nuevo encaje de Catalunya en España, basado  en una concepción plurinacional y federal del Estado, o un largo y  difícil camino hacia la independencia. Aunque el reconocimiento de la  plurinacionalidad tiene aún un camino más difícil, ya que el PP rechaza  frontalmente cualquier planteamiento federal y el PSOE no parece tener  ningún interés en defenderlo. El nacionalismo español mantiene  mayoritariamente una concepción centralista del Estado que excluye  radicalmente cualquier manifestación diferencial.</p>
<p>Ahora, a poco  más de cuatro meses para las elecciones, los partidos catalanistas  tendrán que ajustar su discurso al nuevo escenario político creado por  la manifestación. No lo tendrán fácil, puesto que después de la  sentencia entramos en un terreno desconocido, porque tanto la  independencia como un nuevo encaje en España satisfactorio con las  aspiraciones de autogobierno exigen transitar por caminos hasta ahora  inexplorados. El respeto a la voluntad de los ciudadanos, libremente  expresada, que exigían todos los que se manifestaron el sábado más allá  de cualquier opción partidista, habrá que reclamarlo con fuerza por boca  –y por el sentido de los votos– de los parlamentarios catalanes en  Madrid. Esto requiere mantener la unidad lograda el sábado y, por tanto,  bueno sería que, antes de entrar en la vorágine de la campaña  electoral, existiera un consenso. Habrá que ver si nuestros políticos, a  menudo afectados por un elevado grado de autismo, están a la altura de  las circunstancias.</p>
<p>Pero la ciudadanía y la sociedad civil no  pueden quedar al margen del nuevo impulso que se abrió el sábado.  Especialmente en momentos de grave crisis económica resulta más  necesaria que nunca la implicación de la sociedad civil, ya que sería  suicida sustituir el proceso de construcción nacional por un debate  político de largo e incierto recorrido. Como demuestra la historia de  Catalunya, el proceso de construcción nacional no siempre ha contado con  las mejores circunstancias políticas. Es más, con frecuencia ha  sucedido todo lo contrario, puesto que, en términos de crecimiento  económico y de cohesión social, algunos de los avances más importantes  se han producido en circunstancias políticas muy difíciles que incluso  amenazaban la pervivencia de Catalunya como nación.</p>
<p>En  conclusión, la labor a partir de ahora es ardua y exige el compromiso de  todos. La elaboración de un discurso político, adaptado al nuevo  escenario creado por la mutilación del Estatut y el menosprecio de la  voluntad popular, es responsabilidad de la clase política. La creación  de unas nuevas bases de crecimiento económico basadas en la aplicación  de nuevas tecnologías y en la incorporación de nuevos conocimientos (y  aquí Catalunya sufre un déficit notable en inversión en I+D+i y en la  mejora del sistema educativo), de salvaguarda de la lengua y la cultura,  de fortalecimiento de la cohesión social ante las desigualdades  sociales y económicas que está generando la crisis, exigen no solo el  compromiso de los partidos políticos, sino también de los sindicatos, de  los empresarios, de la sociedad civil y de toda la ciudadanía.</p>
<p>A  veces se olvida que el primer paso de cualquier proceso de construcción  nacional, que no es algo ocasional, sino de largo recorrido, es la  satisfacción –el orgullo incluso–de los ciudadanos de formar parte de  una sociedad en la que es posible la realización personal y la mejora  social. Las facilidades de promoción social han sido una de las  constantes del <em>fet català,</em> un verdadero <em>ascensor social</em> que facilitaba la cohesión social y favorecía la incorporación de<em> nuevos catalanes</em>. Pero hace tiempo que el ascensor renquea y habrá  que poner todo el empeño en su reparación para emprender con garantías  de éxito la nueva y difícil etapa política que ahora se abre.</p>
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		<title>Amanece el pasado tras la sentencia</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 21:56:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge de Esteban</strong> es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 15/07/10):</p>
<p>Sí, está amaneciendo  el pasado. Volvemos a las andadas y la única posibilidad de que las  cosas no empeoren más de lo que están es la convocatoria para octubre de  unas elecciones, que no sabemos si mejorarán las cosas, pero que por lo  menos las aclararán. La Moncloa tiene que cambiar urgentemente de  inquilino, sea del partido que sea, porque el actual ha conseguido abrir  la caja de los truenos en un país que hasta 2004 era la admiración del  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30712/amanece-el-pasado-tras-la-sentencia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge de Esteban</strong> es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 15/07/10):</p>
<p>Sí, está amaneciendo  el pasado. Volvemos a las andadas y la única posibilidad de que las  cosas no empeoren más de lo que están es la convocatoria para octubre de  unas elecciones, que no sabemos si mejorarán las cosas, pero que por lo  menos las aclararán. La Moncloa tiene que cambiar urgentemente de  inquilino, sea del partido que sea, porque el actual ha conseguido abrir  la caja de los truenos en un país que hasta 2004 era la admiración del  mundo.</p>
<p>En dos días las cosas han quedado claras con respecto a lo  que nos espera: primero ha sido la sentencia del Tribunal Constitucional  y al día siguiente la masiva manifestación en Barcelona, alentada por  los medios de comunicación de Cataluña, que la arrastran cada vez más  hacia un nacionalismo totalitario. «¡Provocación!», así se leía, con  grandes caracteres, en la primera página del periódico catalán más  influyente. No habíamos ni casi empezado a resolver la crisis económica,  y ya estamos de hoz y coz sumergidos en una preocupante crisis  política, que nos devuelve a los años anteriores a la Guerra Civil.</p>
<p>«Supongamos que se concediese a Cataluña absoluta,  íntegramente, todo cuanto los más exacerbados postulan. ¿Habríamos  resuelto el problema? En manera alguna; habríamos dejado plenamente  satisfecha a Cataluña, pero ipso facto habríamos dejado plenamente,  mortalmente insatisfecho al resto del país. El problema renacería de sí  mismo, con signo inverso, pero con una cuantía, con una violencia  incalculablemente mayor; con una extensión y un impulso tales, que  probablemente acabaría (¡quién sabe!) llevándose por delante el  régimen». Estas palabras de Ortega, pronunciadas en el Congreso de los  Diputados el 13 de mayo de 1932, cobran de nuevo su total vigencia, tras  lo que está pasando en España en estos días aciagos. Porque, hay que  decirlo claramente, la manifestación del sábado, presidida por un  atolondrado Montilla, militante del PSOE y ex Ministro de España, no era  en contra de la <em>provocación</em> del Tribunal Constitucional, sino  contra la Constitución de España, que ya no rige en Cataluña desde la  entrada en vigencia del <em>Estatut</em>, porque como dije aquí hace ya  cinco años, la Constitución había sido derogada de facto en Cataluña.  Por eso es inútil hacer sesudos análisis jurídicos de la sentencia del  Tribunal, porque todo el Estatuto de la A a la Z es inconstitucional, ya  que con su aprobación se había producido una metamorfosis jurídica,  según la cual la autonomía concedida en el <em>Estatut</em> de 1979 se  había convertido en este nuevo en soberanía. Ya no era un Estatuto, era  el embrión de una Constitución.</p>
<p>Volviendo a Ortega, el español que mejor ha comprendido la  particularidad catalana y su peligro para la unidad de España, definió  así la autonomía, en ese mismo discurso que he citado: «La autonomía  significa, en la terminología jurídicopolítica, la cesión de poderes; en  principio no importa cuáles ni cuántos, con tal de que quede sentado de  la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es  espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el  Estado le otorga y el Estado lo retrae y a él reviene».</p>
<p>Pues bien, desde el mismo momento en que el Parlamento  catalán aprobó el proyecto de <em>Estatut</em>, los diputados, como en el  juego del mus, echaron un órdago al Estado, para cambiar la autonomía  por la soberanía. Y lo hicieron porque el presidente Zapatero había  dicho aquella nefasta frase que no hace falta repetir, y que, sin  embargo, no se la habían creído del todo los parlamentarios catalanes.  Es reveladora a este respecto la afirmación que hizo el entonces <em>conseller</em> de Gobernación del Tripartito, Joan Carretero, en la actualidad fuera  de ERC, tras ser expedientado, el día 19 de marzo de 2006, en una  entrevista en <em>La Vanguardia</em>. Decía así, criticando la redacción  del Proyecto que pare él resultaba todavía «poco ambicioso»: «El <em>Estatut </em>se aprobó aquí porque los dos partidos mayoritarios sabían que lo  que se aprobara aquí ya lo afeitarían después en Madrid. Todo el mundo  votó, pero sabiendo que esto iba en broma….». Y, a continuación, el  periodista le pregunta qué tendría que pasar para que su partido y él  votaran a favor del <em>Estatut</em>, a lo que responde: «Para mí lo más  importante es que el artículo 1º diga que Cataluña es una nación. Punto y  aparte. Si se pone esto, yo voto que sí, porque a pesar de que se hable  de la financiación, lo más importante es que te definan como una  nación, porque de eso se deriva todo lo demás».</p>
<p>ERC preconizó el no en el minirreferéndum catalán, pero su  posición ante la sentencia del Tribunal Constitucional es como si  hubiera votado a favor, porque junto con sus aliados del Tripartito, han  tratado de coaccionarlo, desde el momento en que intuyeron que la  sentencia iba a ser en parte desfavorable. Cuatro años de dudas en el  Tribunal parece que fueron superadas ante la presión que se incrementaba  sin cesar para que no declarase su inconstitucionalidad parcial, y así  se comunicó primero el fallo y hace unos días la sentencia completa, que  abarca unas 800 páginas. Este documento, sin duda, dará argumentos para  muchos trabajos a mis colegas durante años, pero la principal  consecuencia que se obtiene de la sentencia definitiva, aprobada por 6 a  4, y de los votos particulares que han escrito los cuatro Magistrados  que estaban en contra, es muy sencilla y podemos resumirla así, sin  perjuicio de que volvamos a la carga en artículos posteriores.</p>
<p>Desde el punto de vista metodológico, recomiendo, al que  tenga el valor de enfrentarse a este dinosaurio jurídico, que lea  primero los cuatro votos particulares y después se enfrente con los  fundamentos jurídicos de la sentencia. Aunque los cuatro votos no son  totalmente semejantes y rebelan la concepción jurídica de cada uno de  los magistrados, se puede sacar alguna conclusión compartida por todos.</p>
<p>En lo que a mí respecta, creo que de forma tácita, si no  expresa, se pueden consignar las siguientes conclusiones. En primer  lugar, se desprende de los votos particulares que el <em>Estatut</em> supera ampliamente lo permitido por la Constitución, convirtiéndose en  una especie de Constitución paralela. En segundo lugar, la permanencia  de la mención de la nación catalana en el Preámbulo, aunque se le haya  suprimido su relevancia jurídica, conserva claramente su relevancia  política, como el sábado se puso de relieve en la macromanifestación de  Barcelona. En tercer lugar, la enumeración de las competencias que se  asigna el <em>Estatut</em> exceden con mucho de lo que la Constitución  permite. En cuarto lugar, la autonomía, tal y como la definió Ortega, no  tiene nada que ver con lo que se expone en el <em>Estatut</em>, pues en  todos los artículos se desprende un tufo de que los poderes de la  Generalitat proceden del pueblo catalán, como si no estuviera integrado  en el pueblo español, verdadero sujeto de la soberanía nacional. No hay,  por consiguiente, derechos identitarios anteriores a la Constitución.  En quinto lugar, según el principio de constitucionalidad y, por tanto,  el de jerarquía normativa, una ley orgánica, como es el <em>Estatut</em>,  no puede derogar o reformar la Constitución. En sexto lugar, hay  instituciones paralelas a las estatales que pretenden suplirlas, como  las veguerías o el referéndum, de forma tan claramente inconstitucional  que el propio <em>Consell de Garanties Estatutaries</em>, esto sí que es  rizar el rizo, acaba de dictaminar que, en efecto, son  inconstitucionales. Y, en último lugar, para no seguir  interminablemente, los votos particulares vienen a decir que el <em>Estatut</em>,  tal y como ha quedado, será una amenaza permanente para la seguridad  jurídica y la seguridad constitucional en España.</p>
<p>Y qué decir entonces  de la sentencia aprobada, que modifica 15 artículos e interpreta 27  para evitar su presunta inconstitucional. Pues para no cansar al lector,  me voy a limitar a señalar que de su lectura se deducen tres cuestiones  importantes. La primera es que si se relacionan los artículos  declarados inconstitucionales con otros, se comprobaría que también  éstos están contaminados. La segunda, que la técnica de las <em>interpretaciones  conformes</em> se lleva a cabo no para buscar una aplicación del <em>Estatut</em> que sea conforme a la Constitución, sino más bien al contrario, para que esas interpretaciones consigan lograr que la Constitución sea conforme al <em>Estatut</em>. El mundo al revés, y así se prevé reformar  leyes orgánicas o leyes estatales, para acomodarlas a aquél. Y la  tercera, la más inquietante de todas, consiste en que el Tribunal  Constitucional se ha convertido en el poder constituyente, porque la  interpretación que habrá que hacer del hasta ahora llamado Estado de las  Autonomías, no será ya la que señala la Constitución, sino la que ha  reinterpretado el Tribunal Constitucional en esta sentencia, que ya  comenzó a mostrar su desvarío con la que dictó sobre el Estatuto de  Valencia, totalmente inaudita. Por eso, en los votos particulares se  insiste en que el principio de <em>stare decisis</em>, es decir, la  sujeción a la coherencia de la jurisprudencia anterior del Tribunal, se  ha venido abajo.</p>
<p>España entra así en un camino incierto, que no sabemos a  dónde nos conducirá, porque el Estado de las Autonomías, tal y como ha  funcionado hasta ahora, ya prácticamente no existe. De ahí que Ortega,  partidario de conceder la autonomía a todas las regiones de España,  cuando vio cómo se torcían las cosas en Cataluña, dijo, que, admitiendo  la igualdad para todos, a lo que se oponía es «a que se diese una prima  al nacionalismo». El presidente Zapatero parece, pues, que no ha leído a  Ortega, el mejor pensador español del siglo XX.</p>
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		<title>El Estatut y la sentencia a escala real</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 21:48:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Barnes</strong>, catedrático de Derecho Administrativo y ha  colaborado como estudioso en los procesos de elaboración estatutaria (EL PAÍS, 15/07/10):</p>
<p>Dejemos a un lado las consideraciones políticas y las valoraciones de  conjunto acerca del Estado, hagamos abstracción de las legítimas  aspiraciones personales y hablemos desde la serenidad y equilibrio que  ofrece el Derecho. Desde ese ángulo, previsibilidad y moderación son dos  rasgos que de entrada cabe reconocer en la sentencia, más allá de la  concreta discusión acerca de cada una de sus conclusiones.</p>
<p>En primer lugar, la redacción de un Estatuto que pretenda llegar a la  misma frontera &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30709/el-estatut-y-la-sentencia-a-escala-real/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Barnes</strong>, catedrático de Derecho Administrativo y ha  colaborado como estudioso en los procesos de elaboración estatutaria (EL PAÍS, 15/07/10):</p>
<p>Dejemos a un lado las consideraciones políticas y las valoraciones de  conjunto acerca del Estado, hagamos abstracción de las legítimas  aspiraciones personales y hablemos desde la serenidad y equilibrio que  ofrece el Derecho. Desde ese ángulo, previsibilidad y moderación son dos  rasgos que de entrada cabe reconocer en la sentencia, más allá de la  concreta discusión acerca de cada una de sus conclusiones.</p>
<p>En primer lugar, la redacción de un Estatuto que pretenda llegar a la  misma frontera de lo que la Constitución permite, sin sobrepasarla, no  es una operación exenta de riesgos, como acontece con toda acción de  deslinde. No conozco a ningún experto que no advirtiera desde el inicio  del proceso dificultades o problemas de constitucionalidad, máxime entre  aquellos juristas alejados de los medios, de los proyectos políticos o  de los intereses de parte. Este es un dato fácilmente constatable. Guste  o no, la noticia de una sentencia de inconstitucionalidad no es en modo  alguno sorpresiva para ningún especialista. No lo puede ser tampoco -no  sería verosímil- para ningún responsable político.</p>
<p>En otras  palabras: poco o nada tiene que ver con el desenlace la composición del  Tribunal Constitucional o la naturaleza política que de suyo posee el  recurso de inconstitucionalidad en tantos sistemas de justicia  constitucional. ¿Alguien duda de que alguna declaración de  inconstitucionalidad bien podría haber cosechado el Estatut en todo  caso, es decir, cualesquiera que fueren las pretensiones impugnatorias  deducidas, los miembros del tribunal o el número de recurrentes? ¿Era  acaso su constitucionalidad una apuesta o valor seguros? ¿No pudo tener  su redacción algo de envite arriesgado para conocer o apurar la  elasticidad de los límites que la Constitución era capaz de ofrecer? Y,  en definitiva, ¿no fue esa la estrategia provocada desde las instancias  centrales: ocupar nuevos espacios, alcanzar el máximo autogobierno, sin  quebrar la Constitución? La opción de explorar nuevos territorios, no se  olvide, tenía sus riesgos inherentes. Ningún seguro podía cubrir tal  operación.</p>
<p>En ese contexto, además de <em>predecible,</em> la  sentencia resulta <em>moderada</em> en sus declaraciones, en términos  globales. El Estatut ha sido víctima de sí mismo y de su ambición o, si  se prefiere, de su propio éxito, pues ha alcanzado cotas, ahora  consolidadas, impensables no hace tanto tiempo. De hecho, pretendía  pasar de un salto de la versión 1.0 a la versión 7.5, por decirlo de  modo gráfico, sin reforma de la Constitución. Sin duda, ha quedado por  debajo de ese objetivo. Pero no tan lejos. ¿No es este, en términos  jurídicos, un saldo positivo para sus patrocinadores? ¿Por qué entonces  reacciones tan poco mesuradas?E incluso en el terreno de las diferencias  no siempre se ha producido un verdadero desencuentro. Por ejemplo,  Estatuto y sentencia parecen estar sustancialmente de acuerdo, en la  realidad jurídica práctica, en que los símbolos y los sentimientos de  nación son eso, ni más ni menos (fundamentos jurídicos 7 y siguientes).</p>
<p>Así  las cosas, a pocos se les escapa que son necesarias, primero, reformas  que eviten, por ejemplo, un dilatado proceso en el tiempo para enjuiciar  una norma de esta naturaleza, pues ello es indeseable e incompatible  con la economía del sistema regulatorio (el panorama comparado ofrece  algunas experiencias interesantes); y, segundo, actitudes más  responsables y constructivas ante el Tribunal Constitucional por parte  de todos. Pero a muchos sí parece ocultárseles un análisis con sentido  común, sin aspavientos, ni drama. Los ciudadanos no se lo merecen. Las  instituciones tampoco.</p>
<p>En el mundo político y de los medios las  cosas se ven de otro modo. ¿Se prometió lo que no podía prometerse? ¿O  todo forma parte de un calculado teatro?</p>
<p>Sea como fuere, volcar  todas las aspiraciones sobre una sola de las piezas del sistema supone  un engaño colectivo, al que no pocos han contribuido con argumentos más  allá del Derecho y de la legitimidad democrática (superior), que también  posee la Constitución. Es como pretender construir una catedral sobre  un único pilar. El Estatut se ha convertido, indebidamente, en un  símbolo que condensa toda la historia y el futuro, cuando en rigor es  algo mucho más modesto, un capítulo, sin duda importante, que, sin  embargo, no puede encerrar o canalizar todos los sentimientos o ideas.</p>
<p>Permítaseme  la ironía: &#8220;El autogobierno para quien lo trabaje&#8221;. Esperar que a  través de un Estatuto puedan alcanzarse, a una sola carta, todos los  deseos o expectativas, insatisfechas o imaginables, constituye un  ejercicio irresponsable, un atajo perezoso y una estrategia ajena a  nuestras reglas democráticas de juego. En lugar de trabajar la tierra y  de labrar las reformas y consensos constitucionales y legislativos  oportunos por más que duren una vida, algunos prefieren ahorrarse tiempo  y esfuerzo, invocando el Estatuto, a modo de comodín o talismán que  todo lo puede, como si la articulación de Cataluña en el resto de España  de él solo dependiera, y no fuera obra de la colaboración convergente,  compleja, continuada y leal entre el Estatuto y la Constitución y otras  tantas leyes. Obra, a la postre, de una acción democrática de todos, sin  exclusiones. El desarrollo plurinacional y federalizante del Estado de  las autonomías nunca podría correr a cargo de un Estatuto, sino de una  reforma constitucional. Ni el Estatut ni la Sentencia podían obrar el  milagro, aun cuando uno y otra hayan hecho relevantes aportaciones.</p>
<p>Tanta  desafección hacia la Constitución -la máxima expresión de democracia-  frente a la exaltación del Estatut, maltratado, según parece, por los  guardianes o defensores de aquella, bien merece dejar anotado  marginalmente algo que el tiempo podrá acreditar y que la polémica  parece acallar: el &#8220;enemigo&#8221; del actual Estatut, como de los demás, no  es, ni puede ser, la Constitución, la cual por otra parte ha permitido  su alumbramiento, sino, en su caso, su propio contenido, esto es, esos  detallados preceptos que comienzan cuando terminan las solemnes  proclamas constitucionales de los nuevos textos estatutarios. En su  indominada preocupación por frenar la expansividad de la legislación  estatal, perdieron la perspectiva para terminar haciendo una foto fija  de tantas políticas públicas de las décadas anteriores y, lo que es  peor, de las formas contingentes e históricas de llevarlas a cabo, como  si estas fueran inmutables o de un reglamento se tratara, olvidando no  solo que aquí &#8220;más es menos&#8221;, sino también la estrategia de sumarse a la  convergencia global. No es la constitucionalidad, sino la modernidad y  eficacia del Estado compuesto ante las crisis del siglo XXI y la  compleja arquitectura de la gobernanza mundial lo que está en juego.  Energía, medio ambiente, mercados financieros, seguridad, emigración,  comercio, servicios, telecomunicaciones, alimentación, salud, y un largo  etcétera hablan por sí solos. Hace pocos días aparecían irónicamente en  las páginas contiguas de este diario una reflexión sobre el Estatut  junto a un amplio artículo sobre la impotencia de los Estados  contemporáneos y la creciente inadecuación de los poderes nacionales  para gestionar los problemas globales. Dos dimensiones que no pueden  vivir de espaldas.</p>
<p>Cuando desde La Moncloa se rompía el saque con  la llamada al máximo autogobierno sin tocar la Constitución y sus  destinatarios recogían el desafío, todas las miradas se dirigieron a las  fronteras -había que apurar el límite, como el mar cuando la tierra se  retira-, relegando, sin embargo, el problema principal: cómo diseñar  mejores estrategias regulatorias en beneficio de la autonomía, del  sistema en su conjunto y a la postre del ciudadano, en una sociedad  globalizada.</p>
<p>Lo que es tanto como decir cómo tener mayor  protagonismo y participación -de verdad- en el Estado y más allá del  Estado, a través del Estado, porque en solitario (léase, con más  competencias pretendidamente soberanas) los Estados más poderosos hace  ya tiempo que se han visto desbordados. ¿Cómo se obtendría mayor  protagonismo: adquiriendo la competencia sobre la inspección de las  Cajas de Ahorro, o colaborando en los órganos centrales del Banco de  España cuando actúa dentro y fuera del Estado?</p>
<p>Es esta una  reflexión que, sin embargo, ha de quedar para otro momento.</p>
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		<title>Viaje a ninguna parte</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 21:37:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 15/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya en el recurso interpuesto a instancias del PP pone fin a una aventura que ha acaparado durante muchos años la atención de la vida política en Catalunya y en el resto de España. El severo varapalo que anunciamos al conocerse el fallo hace un par de semanas es de mucha mayor envergadura de lo que en aquel momento podía suponerse.</p>
<p>Todo empezó cuando los socialistas catalanes, dirigidos por Pasqual Maragall, decidieron intentar atraerse a ERC &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30706/viaje-a-ninguna-parte-2/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 15/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya en el recurso interpuesto a instancias del PP pone fin a una aventura que ha acaparado durante muchos años la atención de la vida política en Catalunya y en el resto de España. El severo varapalo que anunciamos al conocerse el fallo hace un par de semanas es de mucha mayor envergadura de lo que en aquel momento podía suponerse.</p>
<p>Todo empezó cuando los socialistas catalanes, dirigidos por Pasqual Maragall, decidieron intentar atraerse a ERC con el fin de alcanzar un pacto en un futuro gobierno de la Generalitat y así desalojar del poder a CiU. Esto sucedía en febrero del año 2000: para una legítima finalidad partidista se utilizaba el Estatut, un instrumento que, por su naturaleza, debe estar siempre por encima de la lucha política diaria. Lo que en aquellos momentos se planteó como una reforma parcial acabó en una reforma total, en un nuevo Estatut que, desde el principio, ya se vio que, entre otros notorios defectos, tenía serias dificultades de encaje constitucional. Con la sentencia hecha pública en su totalidad el pasado 9 de julio acaba un periodo de incertidumbre sobre el porvenir del modelo de Estado autonómico y de la subsistencia misma de la Constitución como norma suprema.</p>
<p>Todavía faltan por aprobar las sentencias correspondientes de los otros seis procedimientos de inconstitucionalidad, el del Defensor del Pueblo y el de cinco comunidades autónomas. El recurso del Defensor era muy similar, en cuanto al número de preceptos impugnados, al del PP, ya sustanciado; los de las comunidades versaban sobre cuestiones muy comcretas en materias que afectaban a sus competencias. Creo que ninguna de estas sentencias aportará grandes novedades a lo ya conocido.</p>
<p>Cabe felicitar, en primer lugar, a quienes han interpuesto estos recursos. Gracias a ellos, y naturalmente a la labor del Tribunal, se ha logrado mantener la Constitución en su integridad y no debe olvidarse que una constitución democrática es siempre la pieza angular de la convivencia en un país. Si no se hubieran activado estos recursos, y los preceptos inconstitucionales hubieran seguido vigentes, el ordenamiento habría entrado en una deriva de gran inseguridad jurídica en la que el imperio de la arbitrariedad iría deteriorando progresivamente la libertad individual y la vida social.</p>
<p>En una sociedad democrática, el derecho es siempre la gran arma de los débiles frente a los poderosos, es aquel instrumento, como decía Rousseau, que nos convierte a todos en iguales ante la ley. Como sucede con cualquier rama del conocimiento, tras un lenguaje técnico y muchas veces incomprensible para los legos en la materia, el derecho asegura que, dado que no se pueden impedir ciertas desigualdades entre las personas, por lo menos todos seamos iguales en el ámbito de las libertades públicas, tanto frente a los poderes políticos como, en aquello que sea posible, también frente a los privados. La labor de los tribunales en la garantía de estos derechos resulta decisiva aunque a veces estos ciudadanos no alcancen a ver con claridad la trascendencia de sus resoluciones, así como tampoco las personas alcanzamos a entender cabalmente los diagnósticos y tratamientos médicos aunque confiemos en ellos.</p>
<p>Se hace difícil, si no imposible, un balance en profundidad de una sentencia tan extensa, tan compleja y de publicación tan inmediata. Sin embargo, tras una primera y apresurada lectura de sus fundamentos jurídicos, se desprende con facilidad que, como decíamos al principio, el varapalo que anunciábamos hace un par de semanas es mucho mayor de lo que podía presuponerse. Efectivamente, en el fallo se declaran 14 preceptos nulos y 27 conformes a la Constitución sólo en el caso que sean interpretados de acuerdo con el significado que les da el Tribunal en la sentencia. Pues bien, en muchos de estos últimos supuestos el significado que les atribuye el Tribunal es frontalmente contrario al que pretendían los autores del Estatut y, por tanto, de hecho, equivalen a otras tantas nulidades.</p>
<p>Pero hay más. La interpretación que el Tribunal hace de otros preceptos no recogidos en el fallo también vacía de contenido su significado primigenio y, por consiguiente, quedan tan desvirtuados como aquellos. Sin arriesgarme a precisar con exactitud, en total pueden ser tachados de inconstitucionalidad, total o parcial, entre ochenta y cien preceptos. Por tanto, es tal la magnitud de lo declarado inconstitucional bajo una u otra forma que más que de un severo varapalo se trata de una desnaturalización en toda regla del Estatut aprobado en el 2006.</p>
<p>En realidad, tras la sentencia, lo que queda válido y vigente no es en sustancia muy distinto de aquello que ya regulaba el buen Estatut de 1979 que nunca debió intentarse reformar.</p>
<p>Así pues, una operación fallida tras diez años perdidos que han ocasionado desgastes institucionales graves, tensiones en la sociedad y fuerte deterioro de la confianza en los políticos. Debido todo ello a una aventura irresponsable instrumentada a través unas inconsistentes técnicas jurídicas. En definitiva, un viaje a ninguna parte.</p>
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		<title>Catalunya, antes y después de la sentencia</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 21:34:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Azpitarte</strong>, profesor titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Granada (EL PERIÓDICO, 15/07/10):</p>
<p>El fallo de la sentencia que enjuicia la validez jurídica del Estatut  suscitó inmediatamente dos posiciones antagónicas. De un lado, la que  subraya la vigencia de la indisoluble unidad de la nación española; de  otro, la que achaca a la sentencia un menoscabo del carácter nacional de  Catalunya. Aunque resulte paradójico, es posible que las dos  afirmaciones coexistan; es más, que una necesite a la otra para mantener  su peso en el ingrávido mundo de la teología política. Se palpen o no,  ahí &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30705/catalunya-antes-y-despues-de-la-sentencia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Azpitarte</strong>, profesor titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Granada (EL PERIÓDICO, 15/07/10):</p>
<p>El fallo de la sentencia que enjuicia la validez jurídica del Estatut  suscitó inmediatamente dos posiciones antagónicas. De un lado, la que  subraya la vigencia de la indisoluble unidad de la nación española; de  otro, la que achaca a la sentencia un menoscabo del carácter nacional de  Catalunya. Aunque resulte paradójico, es posible que las dos  afirmaciones coexistan; es más, que una necesite a la otra para mantener  su peso en el ingrávido mundo de la teología política. Se palpen o no,  ahí están sin poder demostrarse, simplemente para ser objeto de fe. No  obstante, ni la indisoluble unidad de la nación española ni el menoscabo  de la nación catalana atienden a una cuestión pragmática y, quizá,  mucho más relevante: ¿en qué condiciones queda el autogobierno de  Catalunya después de la sentencia?</p>
<p>Al final del camino, siempre  merece la pena recordar el inicio. Y este nos remite al último tramo de  la segunda legislatura de Aznar, cuando habían transcurrido más  de 20 años de los primeros estatutos y la dinámica política, que había  hecho de la Constitución un mito, se mostraba incapaz de liderar la  racionalización jurídica de los nuevos contextos políticos supra e infra  estatales.</p>
<p>Desde el primer instante, las alternativas fueron  claras. Había quien prefería potenciar el autogobierno de Catalunya  mediante pequeñas reformas con principio y fin en las Cortes, que  transferirían nuevas competencias. Otros apostaban por romper la baraja e  iniciar el camino de la independencia. Entremedias, con una mezcla de  ambición y realismo, se pensó que la senda adecuada era la ofrecida por  la Constitución: dar un nuevo Estatut con el impulso inicial del  Parlament, la aprobación posterior de las Cortes y la ratificación final  de los ciudadanos catalanes. Con este procedimiento se elaboró un texto  en el que las instituciones elegidas por el pueblo catalán contarían  con competencias precisas, instrumentos jurídicos y recursos  suficientes, medios para relacionarse con el Estado y la UE, y un  conjunto de derechos y principios rectores.</p>
<p>Son estos  presupuestos centrales, asumidos íntegramente en los siguientes  estatutos de nueva generación, los que se pusieron en tela de juicio por  el PP. El recurso de inconstitucionalidad cuestionaba que el nuevo  Estatut tuviese un contenido tan amplio, similar, decían, al de una  Constitución. Pues bien, pese a que algunos pocos aspectos hayan sido  declarados inconstitucionales, es justo sostener que el Tribunal  Constitucional (TC) ha rechazado de plano la esencia del recurso y ha  validado los elementos estructurales que presenta el Estatut.</p>
<p>Por  más que el TC se enrede con el uso y el lugar del término nación, asume  sin ambages la existencia de una comunidad política ¿el pueblo catalán¿  que se desenvuelve junto y dentro de otra comunidad política, el pueblo  español. La sentencia ratifica la coexistencia pacífica de, al menos,  dos lealtades políticas, la que suscita España y la que propicia  Catalunya. No ha de extrañar que el TC confirme la previsión de un  cuerpo de derechos que trazan un horizonte singular para la acción  política catalana. Especial importancia merece la cuestión de los  derechos lingüísticos, donde la declaración de inconstitucionalidad del  concepto de «lengua preferente» no altera el contexto actual en el que  el derecho de opción lingüística ha de regir el uso de la lengua.  Además, el TC confirma que en el ámbito educativo, sin exclusión de  ninguna de las dos lenguas oficiales, el catalán sea preponderante al  ser el idioma vehicular. Los reproches al carácter vinculante de los  dictámenes del Consejo de Garantías Estatutarias o a la competencia  exclusiva del Síndic no pueden ocultar que el Estatut conserva todo un  potente arsenal institucional para desarrollar sus políticas propias. La  corrección constitucional de las funciones del Consejo de Justicia deja  el camino franco para que la ley orgánica del poder judicial complete  el camino iniciado por el Estatut. En lo referido a las competencias, el  TC afirma que el detalle con el que se recogen no hace sino describir  la jurisprudencia del propio tribunal, y que, por tanto, el mismo podrá  rectificarlas. Es cierto que al analizarlas una a una, el TC da por  buenos prácticamente todos los perfiles competenciales. Es decir, asume  que los redactores del Estatut han seguido al pie de la letra su  jurisprudencia.</p>
<p>Son importantes las páginas dedicadas a las  relaciones de la Generalitat con el Estado. La bilateralidad ha sido una  realidad siempre presente en nuestro Estado autonómico y que hasta hoy a  nadie le había suscitado dudas, pues se movía en el marco del acuerdo  voluntario. El TC se limita a remachar la voluntariedad. Por último, es  curioso que las rectificaciones en las cuestiones de financiación  potencian la raíz federal del Estado autonómico,</p>
<p>Qué duda cabe de  que el proceso de elaboración del Estatut ha dejado jirones. Su debate  ha sido un acto de autocomprensión política, donde Catalunya mostraba  qué quería ser dentro de la Constitución, y las fuerzas políticas  estatales expresaban el lugar que esperaban de Catalunya en ese proyecto  común. Al frente queda un dato jurídico-político innegable y lleno de  potencialidad: el Estatut poseía un plan de autogobierno antes de la  sentencia, y esa ruta permanece firme y expedita tras la sentencia.</p>
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		<title>Prohibir realidades no soluciona nada</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 17:18:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Borja de Riquer Permanyer</strong>, catedrático de Historia  Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 14/07/10):</p>
<p>A lo largo de casi un siglo, las pretensiones de muchos catalanes de  lograr un mejor acomodo y reconocimiento dentro de España han sufrido  una serie de frustraciones y éxitos que quizás hoy, tras el reciente  fallo del Tribunal Constitucional (TC), pueden ser útiles recordar y  analizar. En 1918-1919 naufragó en las Cortes Españolas un primer  proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña impulsado básicamente  por la Lliga Regionalista. Ello significó el fracaso de la vía  regeneracionista propiciada por Francesc Cambó, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30675/prohibir-realidades-no-soluciona-nada/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Borja de Riquer Permanyer</strong>, catedrático de Historia  Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 14/07/10):</p>
<p>A lo largo de casi un siglo, las pretensiones de muchos catalanes de  lograr un mejor acomodo y reconocimiento dentro de España han sufrido  una serie de frustraciones y éxitos que quizás hoy, tras el reciente  fallo del Tribunal Constitucional (TC), pueden ser útiles recordar y  analizar. En 1918-1919 naufragó en las Cortes Españolas un primer  proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña impulsado básicamente  por la Lliga Regionalista. Ello significó el fracaso de la vía  regeneracionista propiciada por Francesc Cambó, la que deseaba reformar y  modernizar el Estado y resituar el concepto de nación española. Ante  esa frustración, el diario madrileño <em>El Sol</em> anunció su temor de  que a los partidarios de convertir Cataluña en &#8220;el Piamonte de España&#8221;  les seguirían los que preferían que fuese &#8220;una Irlanda&#8221;.</p>
<p>El 14 de abril de 1931, un &#8220;irlandés&#8221;, Francesc Macià, proclamó  unilateralmente la República Catalana en el marco de la ruptura política  con la Monarquía española. Sin embargo, y desde la posición de fuerza  que le otorgaban los hechos consumados, Macià se avino a rehacer el  pacto hispánico si el nuevo régimen español tenía un carácter confederal  o federal. Año y medio después, el proyecto de Estatuto catalán  aprobado masivamente en un plebiscito en agosto de 1931, era rebajado  notablemente por las Cortes Republicanas y reducido a un régimen  autonómico regional dentro de un &#8220;Estado integral&#8221;, en absoluto federal.  Macià y los suyos, por pragmatismo y pensando sobre todo en la  necesidad de estabilizar el régimen republicano, aceptaron la solución.</p>
<p>Tras  casi 40 años de dictadura centralista y nacionalista española, un nuevo  proceso de cambio político, fruto de un pacto y no de una ruptura como  el republicano, culminó en una Constitución que convertía a España en un  Estado ampliamente descentralizado, aunque no federal. De este modo, el  nuevo régimen autonómico catalán, el Estatuto de 1979, apenas se  diferenciaría de los otros, dado que la Constitución convertía la  autonomía en obligatoria para todas las regiones españolas. Ahora bien,  dado que el pacto político era el fruto de las circunstancias de la  Transición, la Constitución fue interpretada por muchos como el punto de  partida que marcaba el fin de la dictadura y el inicio de un proceso  democrático que posibilitaría futuras reformas e incluso desarrollar y  concretar la ambigua solución dada a las nacionalidades y regiones.  Otros, en cambio, interpretaron la Constitución como el punto de  llegada, el marco final y máximo de las atribuciones autonómicas. Estos  últimos lograron incluir en el texto constitucional la &#8220;indisoluble  unidad de la nación española&#8221;, es decir, que no había lugar para los que  no se identificasen con esa nación única y obligatoria.</p>
<p>En 2006,  animados por el <em>talante</em> del presidente Rodríguez Zapatero, con  sus declaraciones favorables al reconocimiento de la &#8220;España plural&#8221;, y  tras más de 30 años de contradictoria &#8220;vía autonómica&#8221;, la mayoría de  los partidos políticos catalanes -representando más del 80% de los  votos- elaboraron un nuevo Estatuto con la pretensión de forzar al  máximo el texto constitucional y plantearse el reconocimiento de la  nación catalana dentro de España. El texto fue a grandes rasgos aceptado  y votado por las Cortes Españolas y ratificado en referéndum por la  mayoría de los catalanes. Sin embargo, tras cuatro años de discusiones,  el TC se ha ratificado en una lectura restrictiva de los aspectos  ideológicamente más nacionalistas del Estatuto. Su fallo significa la  victoria de la visión de la Constitución como el punto final, como se  han apresurado a proclamar con no poca satisfacción bastantes dirigentes  populares y socialistas. En cambio, en Cataluña, aumenta la percepción  de estar ante la enésima derrota de la voluntad de intervenir e influir  en la política española, de buscar soluciones de concordia y de progreso  común. Predomina una extraña sensación de perplejidad política ya que  ni se puede incidir en lo que es compartido -una lectura más amplia de  la Constitución- ni tampoco se les permiten ordenar y definir lo que es  propio -el Estatuto-.</p>
<p>Así que, fracasada la vieja &#8220;vía  piamontesa&#8221;, agotada la &#8220;autonómica&#8221; y rechazada la &#8220;federalizante&#8221;,  quizás vuelva a resurgir con fuerza la irlandesa, ya que dudo que haya  en España un &#8220;talante&#8221; gubernamental dispuesto a posibilitar la  civilizada &#8220;vía escocesa&#8221;. Pienso, por tanto, que nos esperan años de  tensiones dado que de poco sirve prohibir las realidades identitarias  existentes. Realmente, ¿puede el TC hacer un dictamen político que niega  el reconocimiento legal de la pluralidad de identidades existente hoy  en España? Resulta, así, que ahora ya ni la compleja definición de  España como &#8220;nación de naciones&#8221; es constitucional. ¿Es tan difícil  aceptar que la mayoría de los catalanes consideran que su nación es  Cataluña sin que por ello nieguen la existencia de la nación de los  españoles? Víctor Balaguer se lamentaba hace siglo y medio de que para  muchos de los españoles &#8220;no hay más nación que Castilla, ni más glorias  nacionales que las glorias castellanas&#8221;. ¿Por qué la Constitución no  puede reconocer un hecho social y político objetivo como es que muchos  ciudadanos se sienten nacionalmente catalanes, vascos o gallegos?  ¿Deberemos esperar medio siglo más para que los planteamientos  fundamentalistas den paso a los realistas?</p>
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		<title>Leamos la sentencia</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/30668/leamos-la-sentencia/</link>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 11:32:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor </strong> Ferreres Comella, profesor de Derecho  Constitucional en la UPF y en University of Texas at  Austin (LA VANGUARDIA, 14/07/10):</p>
<p>Es lógico que cientos de miles de catalanes hayan salido a la calle para  manifestar su indignación por el modo en que se ha desarrollado el  proceso de reforma estatutaria que ha culminado en la sentencia del  Tribunal Constitucional que se publicó el pasado viernes. Los peores  defectos de nuestro país han aflorado durante este proceso. Es indudable  que ha habido manifestaciones grotescas de anticatalanismo. Nadie puede  olvidar el boicot contra productos catalanes con que fue recibido el  proyecto &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30668/leamos-la-sentencia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor </strong> Ferreres Comella, profesor de Derecho  Constitucional en la UPF y en University of Texas at  Austin (LA VANGUARDIA, 14/07/10):</p>
<p>Es lógico que cientos de miles de catalanes hayan salido a la calle para  manifestar su indignación por el modo en que se ha desarrollado el  proceso de reforma estatutaria que ha culminado en la sentencia del  Tribunal Constitucional que se publicó el pasado viernes. Los peores  defectos de nuestro país han aflorado durante este proceso. Es indudable  que ha habido manifestaciones grotescas de anticatalanismo. Nadie puede  olvidar el boicot contra productos catalanes con que fue recibido el  proyecto de Estatut, ni la campaña del Partido Popular por todas las  tierras de España recogiendo firmas a favor de un referéndum que, en  definitiva, se dirigía contra la propuesta catalana. El anticatalanismo  alcanzó su máximo nivel cuando el Partido Popular decidió aprobar en  Andalucía un Estatuto que reproducía en muchos aspectos el Estatut  catalán, a pesar de lo cual mantuvo su recurso contra la norma catalana.  Es obvio que muchísimos ciudadanos han considerado una humillación que  el Partido Popular y el mismísimo Defensor del Pueblo (¿de qué pueblo?)  hayan pedido al Tribunal Constitucional que anule disposiciones del  Estatut catalán a pesar de ser idénticas o muy similares a las de otros  Estatutos que no han querido cuestionar.</p>
<p>Es lógico también que la ciudadanía catalana se haya sentido molesta por  la cerrazón mental con que el tribunal ha abordado la referencia a la  nación catalana que figuraba en el preámbulo del Estatut.</p>
<p>Aunque es verdad que la Constitución predica la soberanía de la nación  española, el tribunal, con un poco de imaginación y altura de miras,  habría podido encontrar modos interesantes de integrar ese concepto con  la referencia estatutaria a la nación catalana. El magistrado catalán  Eugeni Gay, en su voto particular, ha criticado con buenos argumentos la  rigidez de la sentencia en este punto. Al insistir tantas veces en que  no hay más nación que la española, el tribunal ha provocado la reacción  natural: la concentración de miles de catalanes en Barcelona bajo el  lema &#8220;Som una nació&#8221;.</p>
<p>Ahora bien, la sentencia merece una lectura atenta, y no debe ser  descalificada en su conjunto. Así, por ejemplo, una de las cuestiones  que más preocupaban a los ciudadanos era la relativa a las lenguas de la  enseñanza. Pues bien, la sentencia mantiene su doctrina anterior, con  arreglo a la cual ha sido posible durante estos años construir en  Catalunya el modelo de inmersión lingüística que todos conocemos. El  tribunal afirma, una vez más, que los padres no tienen un derecho  fundamental a que sus hijos reciban una educación en castellano, pues  los poderes públicos tienen la responsabilidad de establecer los  programas docentes que resulten adecuados para asegurar el perfecto  conocimiento de las dos lenguas oficiales (el castellano y el catalán)  por parte de los futuros ciudadanos. Es más, el tribunal insiste en que  es legítimo que el catalán ocupe en la escuela el &#8220;centro de gravedad&#8221;,  dado el desequilibrio histórico que ha padecido. No es de extrañar,  pues, que el conseller Ernest Maragall haya expresado su satisfacción  con esta parte de la sentencia, en la medida en que no cuestiona el  modelo educativo vigente en Catalunya.</p>
<p>Otra conclusión importante de la sentencia es que resulta  inconstitucional que el nuevo Consell de Garanties Estatutàries pueda  bloquear las leyes del Parlament catalán a través de dictámenes  vinculantes. En este punto, el tribunal amplía el campo de juego para  las diversas mayorías que se vayan formando a lo largo del tiempo en  Catalunya. Hay que tener en cuenta que la tabla de derechos del Estatut,  que el Consell habría podido invocar para impedir la aprobación de  leyes, incluía preceptos que un sector de la opinión pública  conservadora rechaza (como los preceptos relativos al derecho a la  muerte digna, al control de la mujer sobre su cuerpo y a la laicidad de  la enseñanza). Recordemos que, por este motivo, Convergència i Unió votó  en contra de esta parte del Estatut durante su tramitación en el  Parlamento catalán.</p>
<p>En general, muchas de las normas que resultan afectadas por la sentencia  serían plenamente constitucionales si, en lugar de aparecer expresadas  en el Estatut, se formularan como leyes orgánicas. Puede parecer  paradójico, pero el hecho es que el tribunal nos está remitiendo a una  vía &#8220;más fácil&#8221; para conseguir buena parte de las cosas que el Estatut  pretendía alcanzar. Así sucede, por ejemplo, en materia de organización  de los tribunales de justicia, o en materia de financiación. ¿No dice  ahora el conseller Castells, con toda razón, que no hay que preocuparse  por lo que sostiene la sentencia en cuanto al sistema de financiación,  porque lo que se quería obtener con el Estatut ya se ha plasmado  debidamente en las correspondientes leyes estatales? Efectivamente, del  mismo modo que en el pasado (bajo los gobiernos de Convergència i Unió)  no fue necesario hacer un nuevo Estatut para modificar la financiación,  tampoco era necesario ahora.</p>
<p>Resulta llamativo, por otro lado, que los medios de comunicación y los  políticos no hayan destacado el siguiente dato: todas las normas del  Estatut que la sentencia &#8220;ha desactivado&#8221; (sea a través de una  declaración de inconstitucionalidad, sea a través de una  reinterpretación), lo han sido por todos los magistrados del tribunal.  En efecto, tanto los jueces del sector conservador como los jueces del  sector progresista, incluyendo al juez catalán, han concluido que una  lista importante de preceptos del Estatut eran, en efecto, contrarios a  la Constitución. No quiero aburrir al lector con la enumeración de tales  preceptos, pero créanme, por favor, si les digo que a muchos expertos  no nos ha sorprendido la conclusión del tribunal. En conversaciones  privadas entre juristas ha sido habitual durante estos años afirmar que  determinadas partes del Estatut eran claramente inconstitucionales  (salvo que el tribunal cambiara radicalmente de doctrina, cosa  improbable). El problema es que los políticos que han ilusionado al  pueblo con esta aventura estatutaria han estado rodeados de juristas que  (salvo honrosas excepciones) no han hablado con la necesaria claridad  cuando han sido consultados. En lugar de explicarles, con el máximo  rigor jurídico, qué cosas se podían hacer a través de un nuevo Estatuto,  y qué cosas no, demasiados juristas han preferido minusvalorar los  problemas técnicos que había que afrontar, legitimando con sus opiniones  una operación estatutaria que no se podía hacer en los exactos términos  en que se ha hecho, como acaba de sostener el tribunal por unanimidad.</p>
<p>¿Y ahora, qué? Después de la enorme manifestación del sábado, se impone  explicar a la ciudadanía, con plena transparencia, cuál es la situación.  El nuevo Estatuto ha sido avalado por el tribunal en cuestiones  importantes, lo que supone un avance significativo para el autogobierno  de Catalunya. Ciertos cambios, sin embargo, sólo se pueden llevar a cabo  a través de vías distintas de la estatutaria. Así, algunas decisiones  se pueden adoptar mediante leyes orgánicas. Otras requieren una reforma  constitucional. Otras, finalmente, sólo son viables si se logra la  independencia de Catalunya. Estaría bien que los políticos contaran  exactamente a los ciudadanos cuáles son los caminos que proponen ahora. Y  sería sumamente deseable que. esta vez, los expertos en Derecho  constitucional digamos al príncipe no lo que desea oír, sino cómo son  las cosas en verdad.</p>
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		<title>Una sentencia retardataria</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 19:44:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel A. Aparicio</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 13/07/10):</p>
<p>En el voto particular a la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut, el ultramontano magistrado Jorge Rodríguez-Zapata Pérez abre su escrito con un apunte algo desconcertante: «Cuando han sido necesarios cuatro años de debate para llegar a sostener que la mayor parte de los artículos del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña (EAC) se ajustan a la Constitución es evidente que quienes han apoyado esta sentencia han tenido graves problemas para argumentar sus tesis». Este comentario daría para toda una crónica. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30651/una-sentencia-retardataria/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel A. Aparicio</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 13/07/10):</p>
<p>En el voto particular a la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut, el ultramontano magistrado Jorge Rodríguez-Zapata Pérez abre su escrito con un apunte algo desconcertante: «Cuando han sido necesarios cuatro años de debate para llegar a sostener que la mayor parte de los artículos del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña (EAC) se ajustan a la Constitución es evidente que quienes han apoyado esta sentencia han tenido graves problemas para argumentar sus tesis». Este comentario daría para toda una crónica. En cualquier caso, no parece que los problemas habidos hayan sido problemas de argumentación, sino más bien da la impresión de que han respondido a la confrontación de dos sectores en un proceso donde –al menos esa es la imagen que se ha percibido socialmente– lo que contaba era el fluir y el influir de los votos de los distintos magistrados y magistradas, independientemente de la quebradiza posición en que se encontraba el propio tribunal y de la brillantez jurídica de los sucesivos siete proyectos de ponencia.</p>
<p>Podría pensarse así que de esos dos frentes en el seno del TC habrían de haberse alineado uno a favor de la constitucionalidad del Estatuto de autonomía de Catalunya y el otro en contra. Y, sin embargo, no ha sido así. Sí que han existido dos grandes opciones con diversas y graves peripecias en su decantamiento y desarrollo; pero puede decirse que todos los miembros del TC partían de una comprensión idéntica del problema que tenían entre manos: habían de limitarse a contrastar los preceptos estatutarios con su interpretación constitucional (a lo largo de la sentencia se repite casi con angustia que la Constitución es lo que dice el Tribunal Constitucional, que es una estricta copia de lo que señaló en su día el presidente del Tribunal Supremo norteamericano Hughes). Y esa interpretación constitucional del tribunal partía de una base implícita: el modelo español de distribución territorial del poder político ya se encontraba delimitado a través de la interpretación que el tribunal había efectuado de la Constitución y del llamado bloque de la constitucionalidad –categoría creada por el propio tribunal–. En consecuencia, el juicio de contraste solo debía decidir si, con esos parámetros, el nuevo Estatuto de autonomía de Catalunya era o muy inconstitucional o solo moderadamente inconstitucional.</p>
<p>Ha triunfado, como es sabido, la opción de la inconstitucionalidad moderada, pero con una carga de fondo importante: al margen de las numéricamente escasas declaraciones de inconstitucionalidad –que comportan la nulidad del precepto impugnado– y de las más abundantes declaraciones de interpretación conforme (aquellas que mantienen la letra de los preceptos impugnados, pero imponen una determinada interpretación), la sentencia ha hecho tabla rasa de las principales innovaciones del Estatut en cuanto estas se conectaban o podían conectarse con la necesidad de una remodelación de la estructura del Estado: ha eliminado la trascendencia jurídico-constitucional de la identidad nacional, ha degradado el principio de bilateralidad como principio básico de la relación con el Estado central, ha depuesto la utilización preferente de la lengua propia en el ámbito público, ha relativizado la fuerza jurídica de los derechos y principios rectores, ha suprimido la apariencia (porque era solo mera apariencia) de poder judicial propio en Catalunya, con sumo cuidado ha hecho desaparecer todas las garantías de protección de las propias competencias (lo que, en términos periodísticos, se vino en llamar «el blindaje» de las competencias) y ha cercenado el sistema de financiación. Es decir, el resultado de esta sentencia y sus aspectos centrales ha sido el de pretender volver al statu quo anterior a la aprobación del Estatuto de autonomía de Catalunya. Es cierto que se ha aumentado el techo competencial, que se ha dado cierta luz verde a nuevas instituciones (aunque el lío con las diputaciones permanece) y que se ha respetado con ciertos márgenes la presencia de la Generalitat en diversas instituciones estatales; pero, en mi opinión, el elemento de peso de la sentencia ha sido el de frenar, cuando no paralizar, el impulso de transformación y, en lo posible, eliminar lo que para la innovación del modelo de Estado suponía el Estatuto de autonomía de Catalunya.</p>
<p>Es fácil ver, no obstante, que las opiniones sobre esta decisión jurisdiccional son de lo más variado. Pero, a mi juicio, constitucionalmente, la sentencia ha supuesto no la declaración de que con ella se alcanzaba el techo autonómico, como llegó a señalar el presidente del Gobierno, sino que ese techo se había alcanzado antes de aprobarse el nuevo Estatuto de autonomía de Catalunya. Y lo que es peor: que no cabía alternativa alguna a ese mismo techo y mucho menos la federal. Al haber aceptado la mayoría del tribunal el terreno de juego político que les planteaba el Partido Popular a través de un recurso a la casi totalidad del Estatut y lo que él representaba, el tribunal ha sido y es el principal actor de ese juego.</p>
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		<title>De sabios es rectificar</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 20:37:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Miquel Caminal</strong>, catedrático de Ciencia Política de la  Universidad de Barcelona y director del Memorial Democràtic de la  Generalitat de Catalunya (EL PAÍS, 12/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatuto de Autonomía  de Cataluña retrata sus prejuicios políticos y su falta de  independencia. Han ejercido de juez y de parte, pero no son los únicos  responsables del desaguisado estatutario. La responsabilidad política se  reparte entre muchos más actores e incluye también a las fuerzas  políticas del catalanismo.</p>
<p>Habrá tiempo para analizar el papel de cada uno en esta historia,  pero en el momento actual es necesario &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30661/de-sabios-es-rectificar/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Miquel Caminal</strong>, catedrático de Ciencia Política de la  Universidad de Barcelona y director del Memorial Democràtic de la  Generalitat de Catalunya (EL PAÍS, 12/07/10):</p>
<p>La sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatuto de Autonomía  de Cataluña retrata sus prejuicios políticos y su falta de  independencia. Han ejercido de juez y de parte, pero no son los únicos  responsables del desaguisado estatutario. La responsabilidad política se  reparte entre muchos más actores e incluye también a las fuerzas  políticas del catalanismo.</p>
<p>Habrá tiempo para analizar el papel de cada uno en esta historia,  pero en el momento actual es necesario señalar el problema de fondo.  ¿Cuál es? La falta de visión y de sentido de Estado de los dos  principales partidos españoles, el Partido Popular y el PSOE. Una vez  más se han enzarzado en acusaciones infantiles sobre quién ha ganado o  perdido. La sentencia del Tribunal Constitucional es una derrota para  todos, no solo para los catalanes. Las Cortes Generales han quedado  desautorizadas. ¿Es esto democráticamente lógico? ¿Ha pensado el  presidente del Gobierno en la desautorización de dos ministros suyos,  los ministros de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y de Justicia,  Francisco Caamaño, que tuvieron un papel protagonista en las  negociaciones con los parlamentarios catalanes? ¿Puede sensatamente el  Grupo Socialista, mayoritario en el Congreso de los Diputados, aceptar  sin más la sentencia como si se tratara de cuestiones poco relevantes?  ¿En qué debería estar pensando la ministra Carme Chacón cuando afirmó  que estaba satisfecha con la sentencia?</p>
<p>El ridículo del Partido  Popular es todavía mayor. Los dirigentes de este partido político  todavía no han digerido el consenso constitucional de 1978. Utilizan,  que no defienden, el Estado autonómico. Un partido autonomista nunca  hubiera presentado el recurso contra el Estatuto de Autonomía de  Cataluña. Un partido democrático habría respetado la decisión del pueblo  catalán en el referéndum del 18 de junio de 2006. Impugnan artículos  del Estatuto catalán que votan en el andaluz. Increíble pero cierto. Los  populares tienen genética preconstitucional y en los momentos decisivos  les sale. Son, ante todo, los guardianes de la patria española. Otra  vez este nacionalismo español tan particularista, tan primario, como el  propio Ortega y Gasset denunciaba.</p>
<p>Se impone la rectificación. Ya  es hora de que se haga un pacto de Estado por algo y no contra algo.  Desde la LOAPA a la Ley de Partidos Políticos, el PSOE y el PP no han  asumido que el desarrollo democrático de la Constitución se hace  positivamente y no negativamente. Una Constitución bloqueada se queda  obsoleta con el paso de los años. Al final sucumbe ante el orden  político, que obedece el orden constitucional en el corto plazo, pero lo  gana en el largo plazo. La lección es clara si la historia sirve para  algo: el constitucionalismo español, siempre contrario a la enmienda  constitucional,debe enmendarse. Los cambios inherentes a toda sociedad  deben ser reflejados y regulados en la Constitución mediante la reforma  constitucional. Esta es la vía inteligente de evitar la  desestabilización política y las rupturas constitucionales. Han pasado  más de 30 años desde la aprobación de la Constitución española de 1978.  ¿Cuántos años más habrá que esperar para cambiar algunos artículos?</p>
<p>El  problema de fondo que ha descubierto el proceso de reforma del Estatuto  de Autonomía de Cataluña es que no se quiere ver la necesidad de la  reforma constitucional. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La  ceguera constitucional afecta igualmente al PSOE y al PP. Si recuperan  la visión de Estado reconocerán las cuestiones capitales que afectan al  buen funcionamiento de un Estado compuesto, que el consenso  constitucional dejó pendientes, dadas las presiones políticas y las  amenazas de involución política que pesaban sobre el proceso  constituyente. Tres décadas después de aprobada la Constitución no es  aceptable que estemos literalmente donde estábamos. ¿Cuáles son  esencialmente las reformas que requiere el desarrollo democrático del  Estado autonómico? Básicamente tres: <strong>1.</strong> El reconocimiento en la  equidad de la pluralidad nacional, lingüística y cultural de España. <strong>2.</strong> La mejora de la organización institucional del Estado autonómico como  Estado compuesto. <strong>3.</strong> La aceptación positiva del federalismo como  la vía demostrada en otras democracias de referencia para la  distribución de competencias, financiación de la autonomía política y  resolución de los conflictos de competencias.</p>
<p>¿Por qué al PP y al  PSOE les resulta tan difícil reconocer España tal como es? España tiene  textura plurinacional y el Estado debe reconocerlo para conseguir la  lealtad de todos respetando la identidad nacional de cada uno. En una  sociedad democrática todas las lenguas merecen igual reconocimiento. El  catalán (valenciano o balear), el gallego y el vasco son lenguas que  deben tener el mismo tratamiento oficial que el castellano y, en  consecuencia, ser reconocidas como lenguas oficiales del Estado. Es lo  que sucede en Suiza, en Canadá, en Finlandia, en Bélgica y es lo justo.  ¿Se ha pensado alguna vez qué sucedería en Suiza si el francés o el  italiano fueran tratados como el catalán en España? El uso en la  igualdad de las distintas lenguas oficiales en las Cortes Generales, en  los documentos de identidad, pasaportes, moneda, etcétera, tendría  efectos extraordinariamente positivos para la unión política.</p>
<p>Es  ineludible una mejora de la organización institucional del Estado  autonómico. En primer lugar, no se entiende ni funciona un Estado  compuesto con un poder judicial centralizado. El pecado original ya se  cometió cuando se puso en el Título VI de la Constitución la  denominación <em>Del poder judicial</em> en vez de <em>De los tribunales y  de la administración de la justicia</em> (en coherencia con los Títulos  III y IV). Porque la independencia de los jueces se manifiesta en la  administración de la justicia y no como poder corporativo.</p>
<p>El  poder judicial es la institución más preconstitucional y centralista del  Estado democrático, con una sala de lo militar en el Tribunal Supremo  cuya pervivencia insulta la justicia democrática. Asimismo causa sonrojo  que todavía no se haya promovido la reforma del Senado como cámara  territorial de las nacionalidades y regiones y, también, que la  provincia se mantenga como instancia periférica del Estado y como  circunscripción electoral. Todo ello distorsiona el modelo territorial  autonómico.</p>
<p>De igual manera no hay que inventar nada sobre la  distribución de competencias y recursos financieros entre entes  políticos. El derecho federal comparado abre muchas soluciones. ¿Por qué  hay tanto miedo a la normalización y uso de la teoría y práctica  federales que tan buenos resultados ha dado en otros Estados  democráticos? Un miedo que deviene paradójico en la cultura política  española, porque mientras el nacionalismo español ve en el federalismo  la semilla de la división, los nacionalismos periféricos lo ven como el  riesgo de uniformidad.</p>
<p>Al final los nacionalismos enfrentados  acaban sumando fuerzas contra la alternativa federal. Pero no hay  proyecto compartido posible entre España y Cataluña que no sea federal y  se fundamente en la plurinacionalidad del Estado. Así que los  nacionalismos tendrán que reconocerse, dialogar y pactar soluciones,  como se hizo en el consenso constitucional de 1978. Creo que es posible  si se aparcan los esencialismos nacionalistas y hay voluntad política de  seguir la senda del desarrollo democrático y autonomista de la  Constitución. Pero es inexcusable saber que la política útil y positiva  no vive de las esencias patrióticas, sino del dominio de los tiempos  reales. Un tiempo real que hoy exige no solo para el bien de Cataluña,  sino también para toda España, un lema tan justo y oportuno como: &#8220;<em>Volem  &#8216;tot&#8217; l&#8217;Estatut</em>&#8220;. Lo dijo Miquel Roca i Junyent en Catalunya Radio.  Y acertó. Porque el autogobierno de Cataluña y la democracia española  son interdependientes. Así se comprendió en la Transición e interesa a  todos recordarlo.</p>
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		<title>¿Salir de la trampa?</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 20:21:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Maria Vallès</strong>, catedrático de Ciencia Política de la UAB (EL PERIÓDICO, 12/07/10):</p>
<p>La manifestación del sábado puede ser  contemplada como un hecho circunstancial, espectacular en sus  dimensiones pero con alcance limitado al resultado de las futuras  elecciones o incluso a la revisión del mapa de partidos. Que no es poco.  Pero, a mi entender, debe ser percibida como expresión de un movimiento  de fondo registrado en datos anteriores. Datos ya conocidos, pese a los  esfuerzos de algunos por ignorarlos o deformarlos. En primer término,  la aspiración ampliamente mayoritaria de la sociedad catalana de  incrementar su propia capacidad &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30658/salir-de-la-trampa/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Maria Vallès</strong>, catedrático de Ciencia Política de la UAB (EL PERIÓDICO, 12/07/10):</p>
<p>La manifestación del sábado puede ser  contemplada como un hecho circunstancial, espectacular en sus  dimensiones pero con alcance limitado al resultado de las futuras  elecciones o incluso a la revisión del mapa de partidos. Que no es poco.  Pero, a mi entender, debe ser percibida como expresión de un movimiento  de fondo registrado en datos anteriores. Datos ya conocidos, pese a los  esfuerzos de algunos por ignorarlos o deformarlos. En primer término,  la aspiración ampliamente mayoritaria de la sociedad catalana de  incrementar su propia capacidad de gobierno.</p>
<p>Durante la gestación  del Estatut del 2006 se insistió en que el asunto era un capricho de su  clase política ajeno a los catalanes de a pie. Con todo, las encuestas  señalaban persistentemente que entre el 65% y el 75% de los catalanes  juzgaban necesario o muy necesario ampliar el autogobierno, que las  grandes decisiones políticas debían adoptarse en Catalunya o que debía  modificarse el sistema de financiación. Interrogados sobre qué forma  convenía al gobierno de Catalunya creció el número de quienes se  inclinaban por fórmulas más radicales que la vigente autonomía  constitucional. Según el CIS (adscrito a la presidencia del Gobierno  español), quienes optaban por un Estado propio en una federación  española o por un Estado independiente habían pasado de un tercio a casi  un 60% de los encuestados.</p>
<p>Aportemos más datos. A lo largo de  las dos últimas décadas crecía el número de ciudadanos que se  identificaban como solo catalanes o como más catalanes que españoles:  del 20% al 40%, aproximadamente. Y se reducía el de quienes se sentían  solo españoles o más españoles que catalanes: del 30% al 12%. Junto a  ellos, persiste, y es un dato muy relevante, un amplio sector que se  declara tan catalán como español: en torno al 40%-45% de la población.</p>
<p>Son pistas de una corriente de fondo. Que el proceso estatutario  fatigase a la opinión no significaba, pues, una indiferencia ciudadana  ante la cuestión del autogobierno tal como se predicaba desde sectores  políticos y mediáticos. Tampoco la manifestación puede ser interpretada  sin contar con estos datos. Ignorarlos nos llevaría a decisiones tan  temerarias como las que adoptaron el Partido Popular recurriendo el  Estatut o el Tribunal Constitucional admitiendo el recurso e  inclinándose en su sentencia por una interpretación decimonónica,  petrificada y autista del acuerdo constitucional de 1978. Encerrándose  en categorías jurídico-políticas sobrepasadas por los hechos, el  tribunal se metió en una trampa sin salida. Fue incapaz de resolver un  problema político de tanta envergadura y su intervención no ha hecho  sino empeorarlo. Empeñarse ¿como hace la sentencia¿ en la idea de que a  cada Estado le corresponde una sola nación y, en consonancia, que a cada  nación le corresponde un Estado propio es encerrarse en el viejo  nacional-estatismo del siglo XIX. Toda su doctrina sobre soberanía,  competencias y financiación se hace derivar de esta ecuación. De este  discurso toman aliento y justificación las reclamaciones  independentistas que beben de la misma fuente.</p>
<p>¿Qué perspectivas  se abren ahora? Acatar los términos de la resolución del tribunal ¿con  aplauso o con resignación¿ equivale a la permanente confrontación  política y judicial. Si se replica a su discurso ¿es decir, si se le  responde con su reproducción¿ proponiendo solo la independencia formal,  no cabe descartar costes agudos para la convivencia catalana: parte del  45% de quienes se sienten tan catalanes como españoles puede vivir la  propuesta independentista como una difusa amenaza y conducirla a  posturas defensivas que no sostenía hasta hoy. Otra variable a  considerar es la incierta reacción del 15% de la población de origen  extracomunitario, en precaria situación económica y civil.</p>
<p>En  este contexto, la salida de la trampa nacional-estatista será complicada  y tendrá costes no menores. Conviene prevenirlos o mitigarlos,  especialmente por lo que respecta a la concordia civil del país. Será el  cometido de quienes ocupan posiciones de responsabilidad. Y no solo en  la política: también en el mundo sindical y empresarial, en el ámbito  mediático, cultural y académico. No cabe renunciar a las exigencias de  reconocimiento colectivo y capacidad política que formula desde hace  años la sociedad catalana. Pero debe demostrarse con las políticas  sociales y culturales de nuestras administraciones que este proceso no  puede ni debe ir en detrimento de la armonía social interna. Hay que  desarrollar un discurso político que sustituya las viejas categorías del  Estado-nación por fórmulas flexibles como las que se experimentan en  algunos estados de la Unión Europea. Y hay que ganar con sobriedad y  solvencia la comprensión de actores internacionales que también cuentan  en esta historia. Se trata de un esfuerzo a medio y largo plazo que se  malogrará si no se acompaña con la necesaria combinación de ambición y  pragmatismo que permitiría salir de la trampa a la Catalunya que se  manifestó el sábado y a la Catalunya que se quedó en casa.</p>
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		<title>De gigantes, pigmeos y farsantes</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Jul 2010 16:25:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[Nacionalismo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Pedro J. Ramírez</strong>, director de El Mundo (EL MUNDO, 11/07/10):</p>
<p>El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos Earl Warren,  famoso por su tan extenso como contestado informe sobre la muerte de  Kennedy, decía que «mientras las conquistas del ser humano se reflejan  en las páginas de deportes, sus fracasos suelen ser los que ocupan las  portadas de los periódicos». Desde el mismo día de su nacimiento, EL  MUNDO ha resuelto esta paradoja publicando muchas noticias de fútbol,  tenis, ciclismo o baloncesto en su portada y nos sentimos especialmente  orgullosos del tono cosmopolita de nuestra sección de Deportes,  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30642/de-gigantes-pigmeos-y-farsantes/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Pedro J. Ramírez</strong>, director de El Mundo (EL MUNDO, 11/07/10):</p>
<p>El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos Earl Warren,  famoso por su tan extenso como contestado informe sobre la muerte de  Kennedy, decía que «mientras las conquistas del ser humano se reflejan  en las páginas de deportes, sus fracasos suelen ser los que ocupan las  portadas de los periódicos». Desde el mismo día de su nacimiento, EL  MUNDO ha resuelto esta paradoja publicando muchas noticias de fútbol,  tenis, ciclismo o baloncesto en su portada y nos sentimos especialmente  orgullosos del tono cosmopolita de nuestra sección de Deportes,  concebida como plataforma de lo que es a la vez un abigarrado retablo de  pasiones y el mayor fenómeno cultural contemporáneo.</p>
<p>Otros, que alardearon incluso de la fantasía fundacional de  no publicar información deportiva, han tenido que rendirse a la  evidencia. El deporte puede ser el opio del pueblo, pero también una  excelsa expresión de talento y entrega colectiva que canaliza los  sentimientos de identificación y pertenencia de las personas. Benditas  sean estas «guerras sin el sentimiento de culpa», como decía ya en el  siglo XVIII el poeta inglés William Somerville, sobre todo cuando las  ganamos nosotros. Y, sobre todo, cuando nos ayudan a entender, como  viene sucediendo estos días con providencial elocuencia, la clave de lo  mejor y lo peor que nos ocurre.</p>
<p>El resumen del resumen de estas jornadas memorables es que  mientras el miércoles el acrobático testarazo de un mocetón desgreñado  de La Pobla de Segur y los portentosos reflejos de un galán mostoleño de  patronímico vasco culminaron el grandioso esfuerzo de un equipo de  superdotados procedentes de todas las regiones españolas para alcanzar  la antesala de la gloria, ayer sábado varios cientos de miles de  «españoles que se creen no serlo» -Madariaga <em>dixit</em>-, encabezados  por un farsante oportunista, se manifestaron en Barcelona para exigir  que esto no pueda volver a repetirse.</p>
<p>Y es que no hay más claro compendio del espíritu separatista  del <em>Estatut</em> que sus pretensiones en materia de selecciones  deportivas, incluidas, cómo no, en el capítulo dedicado a la «acción  exterior de la Generalitat» -véase el artículo 200- que ha superado  intacto el esperpéntico parto de <em>Torcuata</em>. No una sino mil veces  hemos oído a todos los partidos de ese rincón nororiental de la  península, con excepción del PP y de Ciutadans, reclamar el derecho de  la «nación» catalana a competir en los Juegos Olímpicos o el Mundial de  Fútbol frente a la nación española. O sea, que Puyol le hubiera metido  su golazo a Casillas… o Casillas hubiera neutralizado con su paradón el  remate de Puyol… o ninguno de los dos habría llegado demasiado lejos por  separado.</p>
<p>Entendemos muy bien ese mensaje: ya que hay algo en lo que no  tiene vuelta de hoja que la unión entre españoles hace la fuerza, vamos  a ver si nos lo cargamos, no sea que cunda el efecto contagio. Con  franqueza, a eso -cambiar para peor, separarse para ser más débiles- se  le llama mear y no echar gota.</p>
<p>Con cinco titulares en el equipo que eliminó a Alemania y  otros dos cracks en el banquillo, Cataluña es la comunidad que más  jugadores aporta a la selección nacional. Sin embargo, esa simbiosis  decisiva con un portero madrileño, un defensa sevillano, un  centrocampista guipuzcoano y otro albaceteño o un delantero asturiano y  otro canario es considerada por la clase política y los popes mediáticos  barceloneses como algo vergonzante que debe ser escamoteado o al menos  camuflado en los espacios públicos. De ahí la respuesta de Jorge Lorenzo  cuando Alejandro Sanz le reprochó su negativa a exhibir no ya la  bandera española sino la propia camiseta de la selección tras su  victoria de la semana pasada en Montmeló: «Aquí en Cataluña es  complicado salir con ella. No quiero problemas».</p>
<p>El episodio demuestra que por mucho que vaya a convertirse en  nuestro primer campeón del mundo en la mayor cilindrada, Lorenzo no ha  pasado todavía de ser un chavalín que monta en moto y está muy lejos de  la consistencia personal de un Gasol o un Nadal, cuyas experiencias  cosmopolitas no han hecho sino reafirmarles en que la única manera  natural de proyectar a Cataluña o Baleares en el mundo es como partes de  una España a la vez cohesionada y diversa. Pero el acoquine es libre y  es indiscutible que ese clima de coacción antiespañola existe, pues 30  años de gobiernos nacionalistas -incluidos estos nefastos tripartitos en  los que el PSC ha vendido su alma por el poder- no pasan en balde para  la vida pública de una sociedad.</p>
<p>Hace tiempo que tenía ganas de escribir que jamás había  sentido primero tanta vergüenza ajena y enseguida tanto desprecio por un  rebaño a la vez ovino, caprino y porcino como el día en que el minuto  de silencio en memoria de Juan Antonio Samaranch fue acogido con una  nutrida pitada en el Camp Nou. Nunca tantos le debieron tanto a uno solo  en un mismo sitio como los barceloneses al hombre irrepetible que puso  su nombre en el mapa de la globalización a través de los Juegos del 92.  Ese abucheo póstumo sonó como los cañonazos con que el imbécil del  marqués de Sully desmochó las torres de su maravilloso castillo del  Loira cuando, al abrazar las ideas nuevas, decidió aplicar con rajatabla  arquitectónica la <em>egalité</em> revolucionaria. Claro que hoy me  desquito, pensando que nadie habría sido tan feliz con la victoria de  una selección nacional plagada de jugadores de Sabadell, Tarrasa o  Arenys como este grande de España que quedará a la vez como el catalán  más universal del siglo XX.</p>
<p>Con la excepción de Duran Lleida, que nunca ha creído en los  mitos circundantes, hace años que la clase política catalana dejó de  tener el problema de cómo desembarazarse de alguien que destaque. El  raquitismo político de sus intérpretes ha venido a enfatizar la inanidad  intelectual del nacionalismo cuando se trata de afrontar los problemas  reales de una sociedad sacudida por crisis de gran calado. Y conste que  esta re- flexión la hago extensiva a todos los patrioterismos, hasta el  extremo de que si España no existiera yo no sería partidario de  inventarla.</p>
<p>Pero al menos el nacionalismo mantiene su coherencia  irredentista, tanto en sus expresiones moderadas como radicales, como  respuesta romántica a la racionalidad del Estado moderno. Pedirle a  Convergència que dé por cerrado el proceso de transferencias es como  plantear a la Asociación de Amigos del Bistec que se hagan vegetarianos.  Y bastaba visitar la página de <em>e-noticies</em> -web de referencia de  la información en catalán- para contemplar el ambientazo que había en el  principal casal de Esquerra Republicana en Barcelona, desde que los  admirados alemanes empezaron a competir por la pelota con los «gitanos»  de la «puta» España. Sí, ésas eran sus exclamaciones. Contentos se  fueron a la cama los chicos de Carod y Puigcercós…</p>
<p>Los temores de los líderes independentistas a que este fin de  semana hubiera en los balcones más banderas españolas que <em>senyeras </em>prueban  hasta qué punto consideran una prioridad romper la unidad victoriosa de  la selección nacional de fútbol. Por algo las páginas webs de aquellos  de sus compinches a quienes mejor se les entiende todo estaban plagadas  de banderas alemanas, y desde el miércoles alternan los insultos al  «botifler» y «feixista» de Puyol con las enseñas holandesas. «El domingo  iré con Holanda», ha declarado el tal Santiago Espot, promotor de  campañas tan ejemplares como los silbidos al Rey en la final de Copa o  las denuncias contra los comerciantes que no rotulen en catalán.</p>
<p>El que Montilla haya quedado retratado ayer en compañía de  esta tropa, precisamente en el momento en que más embarazoso e  inconveniente podía resultar para él, es un acto de justicia poética. El  muy impostor tenía preparados el discurso de repudio y la convocatoria  de la manifestación antes de conocer cuál era la sentencia del  Constitucional, pero no contó con el calendario del Mundial. De ahí que  hasta el último momento tratara de buscar un pretexto para echarse atrás  a cuenta de la pancarta y la consigna. Al final sus socios y compañeros  de viaje le cerraron toda escapatoria al acceder a que los lemas <em>Som  una nació</em> y <em>Nosaltres decidim</em> -equivalente al que ETA impuso  a Zapatero en el <em>proceso de paz</em>- no figuraran en el centro sino  en los laterales de la pancarta. Ha sido una manera de ponerle aún más  en evidencia: Montilla quería encabezar una manifestación soberanista,  pero sin que se notara que lo era. Y, claro, como dijo Oriol Pujol,  «cuando uno hace una cosa que no se acaba de creer, termina metiéndose  en un problema».</p>
<p>Montilla es como aquel tosco e iletrado pescador napolitano,  paradigma de demagogos, llamado Massianello, que a comienzos del siglo  XVII empezó enfrentándose al virrey, logró imponerle sus condiciones y  cuando fue elevado al poder y se creyó que de verdad podía ejercerlo  terminó siendo liquidado por sus seguidores más radicales. En su loca  huida hacia delante, el otro día llegó a acusar al PSOE de «esconderse» y  tener «miedo al federalismo» frente a un PP que «le ha comido la  moral». ¡Como si un <em>Estatut</em> basado en la bilateralidad y en la  exigencia de competencias vedadas a todos los demás fuera una expresión  de federalismo y no de insolidaridad!</p>
<p>Si hubiera que reproducir en la selección los esquemas que  los nacionalistas y Montilla se empeñan en hacer tragar al conjunto de  los españoles, los siete jugadores catalanes aprovecharían su número y  su fuerza para reunirse por separado con Del Bosque e imponerle cuotas  en la alineación y baremos diferentes en la distribución de las primas.  Sería la garantía del fracaso del equipo, tal y como le ocurrirá antes o  después a nuestro Estado constitucional.</p>
<p>Es una lástima que en el tira y afloja sobre la pancarta de  la cabecera no se incluyera también la música de la manifestación, pues  el resto de los convocantes podrían haber cedido en todo a cambio de que  al paso de Montilla siempre sonara <em>L&#8217;Opportuniste</em> del gran  Jacques Dutronc. Bastaría cambiar la mención del «comunismo» por la del  nacionalismo para que su primera estrofa quedara perfecta: «Je suis pour  le nationalisme/ Je suis pour le socialisme/ Et pour le capitalisme/  Parce que je suis opportuniste».</p>
<p>La mayoría de las estrofas posteriores ni siquiera  precisarían el más mínimo <em>lifting.</em> Por ejemplo ésta: «Je suis de  tous les partis/ Je suis de toutes les patries/ Je suis de toutes les  coteries/ Je suis le roi des convertis». O no digamos esta otra: «Je  crie vive la revolution/ Je crie vive les institutions/ Je crie vive les  manifestations/ Je crie vive la collaboration».</p>
<p>Pues bien, ahí tienen al Conde don Julián, al obispo don  Oppas, a este Iscariote de tres al cuarto que se entiende por el  pinganillo de la traducción simultánea con su compadre Manolo Chaves,  evita a sus hijos la inmersión obligatoria que impone a los de los demás  y necesita sacar los apuntes hasta para escribir una dedicatoria en  catalán; ahí le tienen encabezando una manifestación antiespañola en la  víspera de la primera final española del Campeonato Mundial de Fútbol.</p>
<p>«Pobre converso: teme la insignificancia y se abandona a  veces a la melancolía, sin saber que tiene ante sí un horizonte agónico  porque ya está muerto». ¿Cómo no dedicar este epitafio, extraído del  estupendo artículo que el ensayista Higinio Polo publicó hace ya unos  años sobre los chaqueteros, a este tonto útil al que todos los focos han  sorprendido  haciéndoles el juego a quienes pretenden que Carles Puyol  no siga sumando su inteligencia, su pundonor y su estado de gracia a los  de Iker Casillas?  ﻿</p>
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		<title>Un Estatuto constitucional</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Jul 2010 16:21:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Montilla</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada (EL PAÍS, 11/07/10):</p>
<p>Una vez conocida la sentencia del Tribunal Constitucional que resuelve  el recurso planteado por más de 50 diputados del PP contra el Estatuto  de Cataluña podemos considerar que el intérprete supremo de la  Constitución ha convalidado no solo el Estatuto de Cataluña sino un  modelo de Estatutos a los que podemos denominar &#8220;de segunda generación&#8221;,  que abren una nueva etapa en la evolución del Estado autonómico. Pese a  los exabruptos oídos en los últimos años frente al Estatuto de  Cataluña, la sentencia confirma &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30641/un-estatuto-constitucional/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Montilla</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada (EL PAÍS, 11/07/10):</p>
<p>Una vez conocida la sentencia del Tribunal Constitucional que resuelve  el recurso planteado por más de 50 diputados del PP contra el Estatuto  de Cataluña podemos considerar que el intérprete supremo de la  Constitución ha convalidado no solo el Estatuto de Cataluña sino un  modelo de Estatutos a los que podemos denominar &#8220;de segunda generación&#8221;,  que abren una nueva etapa en la evolución del Estado autonómico. Pese a  los exabruptos oídos en los últimos años frente al Estatuto de  Cataluña, la sentencia confirma que sus aportaciones son conformes a la  Constitución. Esto es importante no solo para Cataluña sino también para  Andalucía, con un Estatuto muy similar, e incluso, en mayor o menor  medida, para Aragón, Castilla y León, Baleares o Valencia. Una vez  publicada la sentencia podemos suponer que las restantes CC AA  reformarán sus Estatutos conforme a este modelo.</p>
<p>Por ello, esta sentencia era capital para el desarrollo del Estado  autonómico y, a mi juicio, en las peores circunstancias, sobre las que  no procede incidir ahora, el Tribunal Constitucional ha emitido una  sentencia muy razonable. Desde una perspectiva formal, se agradece el  estilo sintético que por una vez utiliza el Tribunal, haciendo de la  necesidad virtud, en la línea de los tribunales constitucionales de  otros países. Va directamente a los problemas, sin circunloquios, y cita  solo las sentencias realmente importantes respecto a cada asunto. Pero,  desde una perspectiva más de fondo, lo trascendente es que intenta  aportar sosiego desde el razonamiento lógico a aspectos que se han  presentado ante la opinión pública en términos muy crispados. Por ello,  incluso aún discrepando en algún caso de la argumentación, resulta  destacable la voluntad de desmontar las polémicas que se han impulsado  por quienes han querido convertir el Estatuto en un campo de batalla.</p>
<p>La  sentencia presenta como elemental que estamos ante un Estatuto con su  fundamento en la Constitución, nada de reforma encubierta de la  Constitución u otras elucubraciones preventivas que nos han repetido  hasta la saciedad. En ese sentido, rechaza radicalmente los intentos de  los recurrentes por darle a los términos pueblo de Cataluña, ciudadano  de Cataluña o incluso derechos históricos una interpretación  conflictiva. Con naturalidad, los encaja en el marco constitucional.  Igual ocurre con el manido debate sobre el concepto de &#8220;nación&#8221;. El  Tribunal lo resuelve recordando su doctrina sobre el valor de los  preámbulos y la definición de Cataluña como una nacionalidad, que  contiene el propio Estatuto tanto en el artículo 1 como en el 8. Es un  debate impostado, innecesario, en cuanto el propio Estatuto expresa con  nitidez la definición de Cataluña como nacionalidad y el encaje de los  símbolos nacionales. Esa voluntad de desactivar los conflictos lo  advertimos también en otros aspectos polémicos. Así, en los derechos  lingüísticos concilia el derecho de opción lingüística con la  constitucionalidad de las medidas de promoción de la lengua propia y la  normalización lingüística, aceptada desde la STC 337/1994.</p>
<p>La  sentencia va recorriendo los preceptos recurridos, en definitiva la  mayor parte del Estatuto, confirmando su constitucionalidad salvo en  aspectos muy puntuales, e incluso criticando los planteamientos  genéricos o imprecisos de los recurrentes.</p>
<p>Ciertamente, no  comparto las declaraciones de inconstitucionalidad, pero eso no opta  para reconocer que son pocas y con escaso alcance. En la mayoría de los  supuestos deriva de lo que, según el Tribunal, no puede contenerse en el  Estatuto sino en una ley orgánica, como en el caso de los Consejos de  Justicia, por lo que bastaría con modificar la correspondiente ley  orgánica.</p>
<p>En puridad, las declaraciones de inconstitucionalidad  con contenido afectan a la &#8220;preferencia&#8221; en el uso del catalán, el  carácter vinculante de los dictámenes del Consejo de Garantías  Estatutarias, la exclusión del Defensor del Pueblo en la supervisión de  la Administración autonómica o la competencia normativa autonómica para  aprobar tributos locales. Puede sostenerse que ni siquiera esto debería  haberse eliminado de un Estatuto aprobado en referéndum por el cuerpo  electoral o, incluso, que no se ha respetado suficientemente el  principio de deferencia al legislador democrático. No obstante, me  parece evidente que la &#8220;poda&#8221; es muy limitada.</p>
<p>Por ello, la  valoración de la sentencia es positiva, especialmente si pensamos en sus  efectos para el desarrollo del Estado autonómico. En primer lugar,  porque delimita de forma adecuada la posición constitucional del  Estatuto. En sentido positivo, configurándolo como norma institucional  básica de la Comunidad Autónoma con una función materialmente  constitucional y, en sentido negativo, impidiéndole la definición de  categorías constitucionales. En segundo lugar, porque no se había hecho  hasta ahora en España una apelación tan clara y precisa a la importancia  de la colaboración y la participación en el Estado autonómico.  Finalmente, porque al aceptar la técnica del desglose de facultades  competenciales que propone el Estatuto favorece la delimitación de los  espacios respectivos del Estado y las CC AA, así como la asunción de sus  responsabilidades. Por ello, procede huir de debates estériles para  configurar en el marco de los nuevos Estatutos, y con el referente de  esta sentencia, un Estado autonómico sustentado en los principios de  lealtad institucional y cohesión territorial.</p>
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		<title>Más allá del &#8216;Diguem no&#8217;</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Jul 2010 15:33:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Tapia</strong>, periodista (EL PERIÓDICO, 10/07/10):</p>
<p>La manifestación de hoy expresa la protesta de Catalunya contra una sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que recorta el Estatut. La gran mayoría cree que el texto votado por el 87,4% del Parlament; corregido y pactado luego en Madrid y aprobado (mayoría absoluta) por el Congreso y el Senado españoles; y finalmente respaldado en referendo por el pueblo de Catalunya, no podía ser alterado. Y menos por el recurso de un partido que utilizó el Estatut para una campaña anticatalana y por un TC que ha tardado cuatro años en dictar sentencia. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30627/mas-alla-del-diguem-no/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Tapia</strong>, periodista (EL PERIÓDICO, 10/07/10):</p>
<p>La manifestación de hoy expresa la protesta de Catalunya contra una sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que recorta el Estatut. La gran mayoría cree que el texto votado por el 87,4% del Parlament; corregido y pactado luego en Madrid y aprobado (mayoría absoluta) por el Congreso y el Senado españoles; y finalmente respaldado en referendo por el pueblo de Catalunya, no podía ser alterado. Y menos por el recurso de un partido que utilizó el Estatut para una campaña anticatalana y por un TC que ha tardado cuatro años en dictar sentencia. Y en circunstancias, para decirlo suavemente, muy anómalas.</p>
<p>Además, serios constitucionalistas, como Pérez Royo, sostienen que los estatutos de las autonomías del artículo 151 de la Constitución, los de las nacionalidades históricas, son un pacto entre parlamentos. Y que la última palabra la tiene el referendo. Al TC corresponde arbitrar los conflictos que surjan al aplicar el Estatut. No cuestionarlo.</p>
<p>Por este sentimiento, Catalunya protesta contra una sentencia que pone en duda el pacto constitucional del 78 (suscrito por todas los partidos excepto la ERC de Heribert Barrera) y que es el acto final de una campaña anticatalana. La principal responsabilidad es del PP, pero ha habido incitación de sectores mediáticos de la capital y seguidismo –por miedo o convicción– de intelectuales progresistas. E incluso de políticos del PSOE que votaron el Estatut.</p>
<p>Catalunya dice hoy no. Y el respaldo a la protesta es incluso superior al del Estatut pactado en Madrid. Por eso el forcejeo sobre el lema tiene su lógica. Pero la manifestación no debería ser sólo un nuevo Diguem no. Tendría que dar paso a una propuesta unitaria que lograra resultados. Y esto plantea problemas, superables, pero que no se deben infravalorar.</p>
<p>El primero es la afición catalana a festejar derrotas (1714) y exigir el tot o res. Y el Estatut no ha sido derrotado. No es el res, pero tampoco el tot. Ha sido declarado constitucional en el 90%. Y el PP, pese a la Brunete mediática, ha perdido.</p>
<p>Gran parte de Catalunya es consciente de esta victoria relativa (las totales son de Hollywood) y sabe que ganar implica no aceptar la derrota, en especial cuando no la ha habido. Y que hay que utilizar los 39 diputados catalanistas en Madrid (25 del PSC y 10 de CiU) para demostrar que es difícil gobernar España contra Catalunya. Aquí Montilla y Mas están en el mismo barco. Pero deberían apostar más fuerte. Montilla, en la relación con el PSOE. Mas, en la fe total en su papel de bisagra. Y quizá no lo hagan.</p>
<p>Además, buena parte de Catalunya cree legítimamente que la sentencia avala el soberanismo. El mismo Mas coquetea con la idea, aunque no quiere rematar. Y está en el ADN de la actual ERC (no en la de la II República). Pero los partidos que sostienen esta tesis no explican cómo –con menos unidad en Catalunya– la España que recorta el Estatut acabará aceptando uno con concierto económico. O el referendo soberanista. ¿Por imposición europea? ¿Olvidan que lo logrado sobre la lengua en la UE lo posibilitó el mismo partido que aprobó el Estatut en Madrid?</p>
<p>El tejido asociativo puede, y debe, expresar sentimientos. No siempre realistas. Pero para sumar. No para ningunear a las instituciones de autogobierno o discutir el liderazgo del presidente de Catalunya cuando Catalunya desea protestar unida. La nota más curiosa la ha dado el dirigente de una asociación convocante al decir: «Que quede claro que no es una manifestación en defensa del Estatut, sino del derecho a decidir». ¿Por qué convocan, pues, tras la sentencia del TC? ¿Quieren aprovechar para el agit-prop soberanista? Están en todo su derecho, pero una asociación subvencionada (1,1 millones anuales) no es la pura expresión de la sociedad civil. No vayamos más allá. Ayer oí a la propia presidenta de Òmnium decir, con sensatez, que se trata de una manifestación abierta.</p>
<p>El segundo problema es el tacticismo político a corto plazo. Las elecciones están a la vuelta de la esquina y a algunos les gusta, pero inquieta (incluso más) que el president Montilla se ponga al frente de la manifestación, no tanto de la de esta tarde como del rechazo a la sentencia. Es legítimo. Pero mercadear el papel del president no es lo mejor para un país que se respeta a sí mismo. Y degradar a los no soberanistas sería un error mayor porque fraccionaría la amplia mayoría social que apoyó el Estatut. ¿Tiene CiU la tentación? Así se entendería que Pujol diga que la manifestación precisa un lema y no puede ser «una fiesta con una banderita o una banderota». Es la misma tentación del tripartito, y de Maragall, cuando quiso capitalizar el Estatut. O de Mas, al negociar a solas con Zapatero. O de ERC, al negar el Estatut por el pacto nocturno entre Mas y Zapatero. El tacticismo se entiende, pero divide.</p>
<p>Catalunya está unida para defender su voluntad. Luego hay legítimos intereses y divergencias. Conviene que los unos y las otras no ayuden a los decididos a limitar –o cercenar– el autogobierno. La mani de hoy debe ser un paso adelante. Cuanta más gente vaya, y más abierta sea, mejor.</p>
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		<title>La sentencia que el TC no se atrevió a dictar</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 18:00:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás-Ramón Fernández</strong>, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense y miembro de la Real  Academia de  Jurisprudencia y Legislación (EL MUNDO, 09/07/10):</p>
<p>El tribunal  Constitucional ha tardado cuatro largos, larguísimos, años en dictar  sentencia sobre la constitucionalidad de este unilateral Estatuto de  Cataluña que, como recordarán, fue refrendado por la abrumadora minoría  de un tercio de la población del <em>Principado</em>.</p>
<p>El fallo de la sentencia, que es todo lo que hasta este  momento conocemos, ha evitado, sin duda, lo fundamental, esto es, el  triunfo de un auténtico <em>golpe de Estado constitucional</em>. No merece  otra calificación &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30625/la-sentencia-que-el-tc-no-se-atrevio-a-dictar/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás-Ramón Fernández</strong>, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense y miembro de la Real  Academia de  Jurisprudencia y Legislación (EL MUNDO, 09/07/10):</p>
<p>El tribunal  Constitucional ha tardado cuatro largos, larguísimos, años en dictar  sentencia sobre la constitucionalidad de este unilateral Estatuto de  Cataluña que, como recordarán, fue refrendado por la abrumadora minoría  de un tercio de la población del <em>Principado</em>.</p>
<p>El fallo de la sentencia, que es todo lo que hasta este  momento conocemos, ha evitado, sin duda, lo fundamental, esto es, el  triunfo de un auténtico <em>golpe de Estado constitucional</em>. No merece  otra calificación el intento de modificar subrepticiamente la  Constitución que el 90% de los españoles aprobamos en 1978 y convertir  el Estado de las Autonomías que ésta hizo posible en un Estado  confederal en el que la Generalitat de Cataluña se entiende de igual a  igual con el Gobierno de España y decide de acuerdo con éste cómo se  distribuye entre ambos <em>el común </em>mientras las demás comunidades  autónomas quedan <em>a las resultas</em>.</p>
<p>El reconocimiento de este logro no debe ocultar, sin embargo,  la extraordinaria timidez que el TC ha mostrado a la hora de resolver  un buen número de temas que contaban ya con una respuesta categórica en  su jurisprudencia.</p>
<p>El texto definitivo de la sentencia va a ocupar, al parecer,  varios cientos de folios, la mayoría de los cuales estarán dedicados a  explicar por qué no se han considerado inconstitucionales una serie de  preceptos estatutarios cuya declaración de nulidad pura y simple parecía  inevitable a la luz de la doctrina que el Tribunal tenía ya firmemente  establecida. Me limitaré aquí a enunciar algunos de ellos.</p>
<p>1. La sentencia remite al limbo nebuloso de las  interpretaciones conformes -que al cabo de poco tiempo nadie es capaz de  recordar y, desde luego, nadie respeta- el artículo 5 del Estatuto,  según el cual «el autogobierno de Cataluña se fundamenta también en los  derechos históricos del pueblo catalán». Pero ha pasado por alto la  declaración contenida en el apartado 4 del artículo 2, a cuyo tenor «los  poderes de la Generalitat<em> </em>emanan del pueblo de Cataluña».</p>
<p>Ambas proclamaciones son rigurosa e injustificablemente  contrarias a los artículos 1 y 2 de la Constitución, el primero de los  cuales afirma solemnemente que «la soberanía nacional reside en el  pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» (todos los  poderes del Estado, incluidos como es natural los de la propia  Cataluña). Expresión de esa soberanía nacional es la Constitución, que,  como proclama su artículo 2, «se fundamenta en la indisoluble unidad de  la Nación española».</p>
<p>No hay, por tanto, otro posible fundamento para el  autogobierno de Cataluña que el que la Constitución le presta. Si el  pueblo español, en ejercicio de su soberanía, no la hubiera refrendado,  la Generalitat no existiría. Existe, repito, gracias a ella, como <em>una  parte del todo</em>, que alcanza su verdadero sentido precisamente  dentro de la unidad de ese todo, como acertó a precisar el propio TC en  su primera sentencia para resolver un recurso de inconstitucionalidad,  dictada en 1981.</p>
<p>Y es que «autonomía no es soberanía». «La autonomía hace  referencia a un poder limitado», como también dijo dicha sentencia, por  lo que el Legislador, cuando la regula, «no puede colocarse en el mismo  plano del poder constituyente» (sentencia de 5 de Agosto de 1983), como  han pretendido abusivamente los preceptos del Estatuto catalán antes  citados y cuya declaración de nulidad era obligada.</p>
<p>2. En lo que a la cooficialidad de las lenguas se refiere, el  TC tenía establecida una doctrina muy clara en sus sentencias 82, 83 y  84/1986, de 26 de Junio, que resolvieron los recursos de  inconstitucionalidad promovidos contra las Leyes catalana, vasca y  gallega de Normalización Lingüística. En esas sentencias se dijo que «es  oficial una lengua cuando es reconocida por los poderes públicos como  medio normal de comunicación en y entre ellos y en su relación con los  sujetos privados», lo que «implica que el castellano es medio de  comunicación normal de los poderes públicos y ante ellos en el conjunto  del Estado español».</p>
<p>Esta doctrina condenaba irremisiblemente la afirmación  contenida en el apartado 1 del artículo 6 del Estatuto: «el catalán es  la lengua de uso preferente», además de normal, de las Administraciones  públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña. La  sentencia ha hecho efectiva esa condena declarando inconstitucional y  nula la expresión «y preferente» del precepto en cuestión. Sin embargo,  el resto del artículo 6 del Estatuto no le ha merecido al Tribunal  reparo alguno, aunque es evidente que si las dos lenguas cooficiales son  de uso normal, como las sentencias de 1986 dejaron dicho, no se puede  afirmar que el catalán, sólo el catalán, es «la lengua normalmente  utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza».</p>
<p>En las sentencias de 1986 el TC dejó también absolutamente  claro que la obligación que tienen todos los españoles de conocer el  castellano «lo distingue de las otras lenguas españolas que con él son  cooficiales en las respectivas comunidades autónomas, pero respecto de  las cuales no se prescribe constitucionalmente tal obligación», lo que  quiere decir que «sólo del castellano se establece constitucionalmente  un deber individualizado de conocimiento y con él la presunción de que  todos los españoles lo conocen».</p>
<p>La sentencia 84/1986 añadió a esto, en relación al gallego,  que el deber de conocer éste «no viene impuesto por la Constitución y no  es inherente a la cooficialidad», afirmación que, evidentemente, es  extensible a la lengua vasca y a la catalana. Es absolutamente  inexplicable, por todo ello, que la sentencia no haya declarado  inconstitucional y nulo el inciso del apartado 2 del artículo 6 del  Estatuto, en el que con manifiesto abuso se afirma que los ciudadanos de  Cataluña tienen también el deber de conocer el catalán.</p>
<p>Ese supuesto deber fue expresamente excluido por los  constituyentes, que en el Pleno del Congreso de los Diputados de 5 de  Julio de 1978 rechazaron por 269 votos frente a sólo 22 favorables y 26  abstenciones la enmienda 106 de la Minoría Catalana que pretendía  imponerlo a todos los residentes en Cataluña, lo que hace especialmente  penoso el desfallecimiento del TC.</p>
<p>La cuestión es particularmente importante porque del rechazo  por el artículo 3 de la Constitución del deber de conocer el catalán que  el artículo 6.2 del Estatuto ha pretendido imponer deriva la  inviabilidad de ese «deber de disponibilidad lingüística» con que el  artículo 34 del Estatuto viene a exigir a las entidades, empresas y  establecimientos privados abiertos al público que atiendan oralmente y  por escrito a los consumidores y usuarios de toda clase de servicios en  la lengua oficial que éstos elijan, restringiendo de este modo la  libertad individual de sus titulares y la libertad de empresa que el  artículo 38 de la Constitución garantiza.</p>
<p>Tal exigencia, que excede el significado del régimen de  cooficialidad, necesitaría para imponerse legítimamente la  imprescindible cobertura constitucional. Cobertura que, a falta de un  deber constitucional de conocer el catalán, tampoco puede darle la  protección de los consumidores y usuarios que procura el artículo 51 de  la Constitución, ya que todos los españoles, obligados como están a  conocer el castellano, tienen garantizada esa protección sin necesidad  de restringir la libertad de los dueños de los establecimientos privados  imponiéndoles deberes adicionales.</p>
<p>Resta decir que la doctrina establecida por las sentencias de  1986 subrayó igualmente que los deberes derivados del sistema de  cooficialidad lingüística tienen carácter institucional y no pueden  imponerse individualmente a las personas que prestan sus servicios en  las diferentes instituciones. El deber de conocer el catalán, dice  también la sentencia constitucional de 21 de diciembre de 1989, afecta a  la Administración «en su conjunto, no individualmente a cada uno de sus  funcionarios». Si esto es así, parece claro que el TC tenía que haber  declarado también inconstitucional el artículo 33.3 del Estatuto, que  exige individualmente a todos los jueces y magistrados, fiscales,  notarios, registradores, encargados del Registro Civil y personal al  servicio de la Administración de Justicia que prestan servicios en  Cataluña que acrediten un nivel adecuado de catalán.</p>
<p>3. Sobre los temas financieros, que el Estatuto ha pretendido  reconducir a un mecanismo bilateral, la Comisión Mixta de Asuntos  Económicos y Fiscales Estado-Generalitat, el Tribunal Constitucional  contaba también con una categórica doctrina expresada además con inusual  energía, en su sentencia 13/2007, a la que luego se sumaron las de 8 y  21 de Noviembre del propio 2007.</p>
<p>En la primera  de ellas, dictada a propósito de un recurso de inconstitucionalidad  promovido por la Junta de Andalucía, el Tribunal afirmó que «el reparto  de los ingresos del Estado es una cuestión que afecta a todos los entes  territoriales y en particular a todas las comunidades autónomas» y que,  por lo tanto, «es al Estado a quien corresponde en el momento de  establecer la participación de las comunidades autónomas en los ingresos  transferibles, ponderar los intereses en juego, tanto los del conjunto  de las comunidades autónomas como de los suyos propios en virtud de la  competencia exclusiva que sobre la materia le atribuye el artículo  149.1.14 de la Constitución».</p>
<p>Con una insistencia inhabitual, la sentencia de 18 de Enero  de 2007 repitió que «la determinación de los criterios de distribución  de la participación de las comunidades autónomas en los ingresos del  Estado corresponde exclusivamente a este último»; que «es al legislador  estatal a quien [...] incumbe dar efectividad a los principios de  suficiencia de las comunidades autónomas y de solidaridad y equilibrio  adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español»; y  que «en modo alguno cabe admitir que la determinación del porcentaje de  participación de los ingresos del Estado pueda depender de la voluntad  de una determinada comunidad autónoma», porque eso «sería tanto como  conceder un derecho de veto a una comunidad autónoma sobre el ejercicio  de competencias exclusivas del Estado».</p>
<p>Sorprende por ello en extremo que la sentencia no haya  declarado la inconstitucionalidad y nulidad, sin rodeos y circunloquios  de ningún tipo, los apartados 1 y 2 del artículo 210 del Estatuto, que  atribuye a la Comisión Mixta de Asuntos Económicos y Fiscales  Estado-Generalitat la competencia para acordar «el alcance y condiciones  de la cesión de tributos de titularidad estatal y, especialmente, los  porcentajes de participación en el rendimiento de los tributos estatales  cedidos parcialmente», así como «la contribución a la solidaridad y los  mecanismos de nivelación».</p>
<p>Unos textos tan claros y tan concluyentes sobre un asunto tan  esencial reclamaban una respuesta tan enérgica y tan categórica como la  que, con muchos menos motivos, dio a la Junta de Andalucía la Sentencia  constitucional de 18 de Enero de 2007, y no la siempre ambigua y poco  transparente remisión a una interpretación conforme que únicamente va a  ser leída por unas docenas de expertos.</p>
<p>Pronto veremos si merecía la pena tanta mesura.</p>
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		<title>La sentencia y sus circunstancias</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:52:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Enoch Albertí</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la  Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 09/07/10):</p>
<p>A la espera de conocer la sentencia sobre el Estatuto catalán en su  integridad y versión definitiva, confirmando -o no- el borrador que se  filtró, se produce una situación aparentemente paradójica, sobre la que  conviene reflexionar. Por una parte, confirma en gran medida la  constitucionalidad del Estatuto, al rechazar la impugnación  prácticamente global que había realizado el PP. Se declaran nulos e  inconstitucionales determinados preceptos o partes de los mismos (14 en  total), de entidad y con consecuencias diversas, pero al mismo tiempo se  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30624/la-sentencia-y-sus-circunstancias/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Enoch Albertí</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la  Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 09/07/10):</p>
<p>A la espera de conocer la sentencia sobre el Estatuto catalán en su  integridad y versión definitiva, confirmando -o no- el borrador que se  filtró, se produce una situación aparentemente paradójica, sobre la que  conviene reflexionar. Por una parte, confirma en gran medida la  constitucionalidad del Estatuto, al rechazar la impugnación  prácticamente global que había realizado el PP. Se declaran nulos e  inconstitucionales determinados preceptos o partes de los mismos (14 en  total), de entidad y con consecuencias diversas, pero al mismo tiempo se  confirma la constitucionalidad del resto de los preceptos impugnados  (114 en total sobre los 245 que integran el Estatuto).</p>
<p>Más allá de los artículos concretos, en el recurso se negaba que el  Estatuto pudiera contener derechos, especificar las materias y las  funciones propias de las competencias de la Generalidad, establecer un  régimen lingüístico que incluyera el deber de conocimiento del catalán,  regular las relaciones con el Estado y la Unión Europea, prever la  presencia internacional de Cataluña y contener los trazos básicos de la  financiación autonómica, entre otras cuestiones.</p>
<p>Frente a esta  impugnación casi general, que pretendía petrificar el modelo de Estatuto  de 1979, el TC confirma básicamente la constitucionalidad del nuevo  modelo de Estatuto, que puede incluir casi todas aquellas cuestiones que  se le negaban por parte de los recurrentes, con algunas excepciones  notables, especialmente en el ámbito de la Justicia, las competencias y  la financiación, a las que me referiré después. Cuantitativamente, el  Tribunal rechaza que el nuevo Estatuto sea inconstitucional.</p>
<p>Sin  embargo, a pesar de este aval objetivo a la constitucionalidad de gran  parte del Estatuto, la sentencia produce una profunda sensación de  insatisfacción y de frustración, al menos en amplios sectores de  Cataluña (¿solo de Cataluña? Este dato, que habrá que averiguar y  analizar, puede ser enormemente significativo). Para comprender esta  situación hay que buscar las razones tanto en las circunstancias que han  rodeado la sentencia como en su propio contenido y sentido general.</p>
<p>Primero,  las circunstancias, empezando por la misma presentación del recurso.  Cuesta comprender, en efecto, cómo las mismas personas (no ya solo el  mismo partido) pueden recurrir ante el TC aquello que aprueban para  otros territorios. El recurso del PP (después también el del Defensor  del Pueblo) estuvo teñido de entrada con esta sospecha de aversión, que  traslucía una doble vara de medir.</p>
<p>El proceso se enredó, además,  desde el primer momento con maniobras diversas para influir en la  composición del Tribunal, como el apartamiento del magistrado Pablo  Pérez Tremps por una decisión que causó estupor en medios jurídicos  nacionales e internacionales. Era el inicio de la distinción entre dos  bandos de magistrados, con su correspondiente zona media, que ha  terminado dando al debate, con publicidad incluida, más apariencia de  negociación política que de deliberación jurídica, con un daño enorme a  la imagen del TC.</p>
<p>La no renovación del Tribunal, con cuatro  magistrados con mandato ampliamente caducado y una quinta baja por  fallecimiento sin cubrir, tampoco ha contribuido precisamente a  resguardarlo de las sospechas de manipulación.</p>
<p>Y todo este  agitadísimo proceso, además, sobre una ley aprobada no solo en sede  parlamentaria (con acuerdo de dos Parlamentos), sino en referéndum  popular. Lo contrario precisamente de lo que hubiera sido deseable, pues  es sabido que cuanto más grave es el asunto, mayor debe ser el respeto a  las reglas formales. Por cierto, en España se trataba de la primera ley  aprobada en referéndum sometida al control del TC. Se puede discutir,  naturalmente, sobre la legitimidad del control de constitucionalidad de  las leyes aprobadas en referéndum, y el derecho comparado ofrece  soluciones en todos los sentidos.</p>
<p>Pero está claro que, en este  caso, el tribunal que ejerza este control debe mostrar una deferencia  exquisita hacia la ley, extremando su respeto hacia la norma. Y esto no  es mera retórica: se traduce, en términos jurídicos, en un reforzamiento  de la presunción de constitucionalidad de la que gozan todas las leyes,  que exige una especial prudencia y contención por parte del Tribunal en  su labor de enjuiciamiento. Todo ello difícilmente puede decirse que se  haya dado en este caso.</p>
<p>Solo considerando estas circunstancias,  que no creaban precisamente el mejor clima para emitir -y recibir- la  sentencia, puede comprenderse su significado y las reacciones que ha  generado, especialmente en Cataluña. Pero no sería exacto atribuir la  reacción de rechazo solo a las circunstancias, en parte externas al  propio Tribunal. La sentencia, por su contenido, tiene también una  significación profunda, que va más allá de las concretas declaraciones  de inconstitucionalidad de su fallo.</p>
<p>El nuevo Estatuto era la  apuesta de amplios sectores políticos de la sociedad catalana para  ajustar el llamado encaje de Cataluña en el Estado, a los 30 años de la  recuperación de la autonomía y a la vista, precisamente, de la  experiencia de este tiempo y del primer Estatuto. Una operación hecha  con voluntad de respetar el marco constitucional y siguiendo  escrupulosamente los procedimientos constitucionales. Después de un  pacto enormemente laborioso y difícil, la intervención del TC, amputando  algunas partes y vaciando o reinterpretando otras, tiene como efecto  poner en cuestión este pacto y situar partes del mismo fuera del marco  constitucional mediante una interpretación discutible, en muchas  ocasiones restrictiva y cicatera de la misma, poniendo las cosas muy  difíciles a quienes habían confiado en esta vía.</p>
<p>Con el Estatuto  se pretendía el reconocimiento de la singularidad de Cataluña dentro del  conjunto español, y se daba cabida a una línea de interpretación del  Estado autonómico en términos plurinacionales, que hacían compatible la  nación catalana, histórica, cultural y política, en el conjunto español,  sin que ello condujera a una soberanía propia. Todo ello queda muy  seriamente comprometido a partir de la sentencia, que hace emerger unos  límites del marco constitucional español que muchos situaban,  sinceramente, más allá. Que se mantengan o no estos límites va a  condicionar poderosamente el futuro próximo.</p>
<p>El Estatuto pretendía  también establecer determinadas garantías del autogobierno de Cataluña:  en materia de competencias, de Justicia, de financiación. Estas  garantías quedan en gran parte desmontadas después de la sentencia. A  reserva de conocer definitivamente los fundamentos jurídicos  interpretativos y los que argumentan las declaraciones de nulidad,  parece que queda sin efecto la garantía de integridad de las  competencias autonómicas que el Estatuto pretendía establecer frente al  poder expansivo de las &#8220;bases&#8221; estatales; la garantía de la existencia  de un Consejo de Justicia autonómico, con funciones desconcentradas del  Consejo General del Poder Judicial, o la de determinados elementos de la  financiación autonómica, incluida la local.</p>
<p>Todas estas  disposiciones expresaban compromisos del Estado plasmados en una ley  estatal; no mandatos de una Comunidad Autónoma al Estado, como se ha  presentado algunas veces el asunto. Parte de estas cuestiones puede  recomponerse, mediante prácticas políticas (en el ámbito competencial,  por ejemplo) y leyes estatales (en especial, la LOPJ y la LOFCA) que  rescaten los contenidos estatutarios. Pero aunque ello se haga, lo cual  no es nada fácil, se ha perdido la garantía estatutaria que se  pretendía, y estos asuntos quedan ahora a merced de la voluntad  unilateral del Estado, de las concretas mayorías y pactos de cada  momento.</p>
<p>La sentencia no ha cerrado una concepción política del  Estado autonómico, pero ha contribuido a encerrarla en límites mucho más  estrechos, dentro de los cuales muchos van a moverse con muchas más  dificultades.</p>
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		<title>Los últimos cartuchos</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:41:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Aspectos Generales]]></category>
		<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Economía]]></category>
		<category><![CDATA[Estatuto de Autonomía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Álvaro Delgado Gal</strong> (ABC, 09/07/10):</p>
<p>Calificamos como obsoletos a los cachivaches que por el paso del tiempo y los cambios que este trae consigo no se hallan bien adaptados a los fines para los que se diseñaron y desempeñan su función a trancas y barrancas, desprendiendo humo y calor y consumiendo demasiada energía. Llamamos también obsoletas, por contigüidad o analogía, a ciertas instituciones. ¿Cuáles? Las que producen cien quebraderos de cabeza por cada asunto que contribuyen a despachar con un mínimo de diligencia. Eran obsoletos los portazgos a mediados del XIX; lo fue el Syllabus después del Concilio Vaticano &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30621/los-ultimos-cartuchos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Álvaro Delgado Gal</strong> (ABC, 09/07/10):</p>
<p>Calificamos como obsoletos a los cachivaches que por el paso del tiempo y los cambios que este trae consigo no se hallan bien adaptados a los fines para los que se diseñaron y desempeñan su función a trancas y barrancas, desprendiendo humo y calor y consumiendo demasiada energía. Llamamos también obsoletas, por contigüidad o analogía, a ciertas instituciones. ¿Cuáles? Las que producen cien quebraderos de cabeza por cada asunto que contribuyen a despachar con un mínimo de diligencia. Eran obsoletos los portazgos a mediados del XIX; lo fue el Syllabus después del Concilio Vaticano Segundo; y así sucesivamente.</p>
<p>Pues bien, el sistema político alumbrado por la Constitución del 78 se está quedando obsoleto. En realidad llevaba años, bastantes más de los que se ha querido admitir oficialmente, dando señales evidentes de fatiga. Ahora el proceso se ha disparado, hasta adquirir dimensiones explosivas, por el concurso de dos factores inéditos: la gigantesca impericia de Zapatero y la crisis económica internacional, con ecos agravados en la intendencia nacional. Lo demuestra dramática, esperpénticamente, la falta de correspondencia entre lo que exige la coyuntura presente y las teclas que se están pulsando en el mundo de la política.</p>
<p>Cabe resumir la situación en muy pocas palabras. España, tanto en su vertiente pública como en la privada, corre serio peligro de entrar en una situación a la griega si antes no se apresura a racionalizar su administración, reducir el gasto público y dinamizar su economía con una reforma del mercado de trabajo que infunda en nuestros acreedores la sensación de que somos capaces de algo más que seguir deslizándonos pendiente abajo. ¿Se han hecho los deberes? No. Las medidas de recorte del déficit, demasiado tardías y tímidas, no están impidiendo que continúe a la baja la calificación de nuestra deuda por los organismos internacionales; la reforma laboral ha sido una chapuza, y si no mienten informaciones bastante verosímiles, se ha ido desnaturalizando conforme viajaba desde los primeros borradores a la forma que finalmente adoptó en el Consejo de Ministros. El presidente, por las trazas, no termina de desatarse de los sindicatos, o, por decirlo sin rodeos, no cree en la política que las circunstancias le obligan, o deberían obligarle, a hacer. Finalmente, y esto es lo más importante, el embrollo del Estatut lleva aire de acabar como el rosario de la aurora.</p>
<p>El próximo día 10, mañana, los partidos catalanes, con la excepción del PP, bajarán a la calle para exigir que la ley se subordine a las reclamaciones soberanistas de esa región. El hecho es portentoso, y estaríamos llevándonos las manos a la cabeza si no estuviéramos curados de espanto, o si la sucesión de enormidades que han ocurrido de un tiempo acá no nos hubiese embotado las entendederas. Pero hay más. Hay daños ya irremediables, y otros aún peores que, sin ser seguros, entran dentro de lo probable. El daño irremediable es el descrédito del Tribunal Constitucional, más que por deméritos propios, que también, por el comportamiento de los partidos. La especie de que la política ha de estar por encima de la ley, divulgada desde Cataluña y no desmentida desde el propio Ejecutivo, anunciaba ya que la desconstitucionalización de España era una contingencia que segmentos decisivos de la clase política estaban dispuestos a asumir.</p>
<p>Algunos esperaban que la sentencia, que solo anula en su integridad un artículo importante del Estatut e intenta cortar el pabilo a la aparición del término «nación» en el preámbulo, calmase un poco las aguas y sirviera para ir tirando un ratito más en un país cada vez más ingobernable. Me temo que la apreciación ha pecado de demasiado optimista, por tres motivos. En primer lugar, porque se subestima la fuerza de la inercia en los asuntos humanos. Tomemos al señor Montilla. Ha estado vociferando, durante meses, que no toleraría una rebaja del Estatut. ¿No se les antoja un poco difícil, teniendo en cuenta quiénes son sus aliados en la Generalitat, cómo es la oposición, y cuál el clima que entre todos se ha generado en Cataluña, que varíe de registro y, tras hacer algunos aspavientos, pase de las vociferaciones a una cortés deferencia hacia lo fallado por el TC? Segundo: el presidente se encuentra en una situación de debilidad moral, puesto que ha sido él el primero en declarar que se le daría a Cataluña lo que esta pidiera. Por último, su margen de maniobra es muy limitado. Tanto, que Mas se ha permitido avisarle de que es él quien tiene la sartén por el mango, y ello con una dureza y una falta de modales que rayan en lo asombroso. Entre una cosa y otra, resulta por entero posible que el Gobierno, y esto no es una conjetura sino una reflexión en voz alta realizada por el propio Zapatero, intente neutralizar el fallo del TC promoviendo una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial. Sería el fin definitivo del TC. Peor: sería el fin de la separación de poderes y del imperio de la ley. Para completar el cuadro horrendo, no es descartable que el PNV cobre su apoyo al Gobierno con contraprestaciones que harían imposible la continuidad de la alianza entre el PP y el PSE en el País Vasco.</p>
<p>En resumen: Europa nos conmina disciplina y nosotros nos desparramamos. En parte porque la fase de disgregación se hallaba muy avanzada, en parte por la pésima gestión de un presidente al que viene grande el cargo, en parte porque los partidos están a lo que están, y aquello a lo que están no guarda una relación inteligible con los intereses colectivos. Reparen si no en el PP. El augur que estudia el vuelo de las aves desde la terraza de Génova ha persuadido a Rajoy para que imite la táctica del macho de la mantis religiosadurante la ceremonia nupcial. ¿Qué hace el macho? Adopta una inmovilidad total a fin de la que la hembra —entiéndase, el votante de izquierdas— no acierte a verlo y se lo coma. No niego, ni afirmo, que el procedimiento sea bueno para ganar las elecciones. Pero un candidato invisible lo es para todo el mundo, incluidos sus votantes. El resultado chusco es que el PP está invitando a los españoles a que lo voten, aunque no se sepa con qué objeto. Quiero presumir que las intenciones del PP son las mejores. Pero esta es una presunción mía, un acto de fe. En momentos de crisis nacional, tenemos derecho a votar algo más que una corazonada.<br />
Por todo lo dicho, y algunas cosas más, no considero excesivo hablar de la obsolescencia de nuestra vida pública. La oferta empeora conforme la situación se hace más apretada. La lamentable huelga del Metro en Madrid confirma que hemos perdido el oremus. No es que la orquesta siga tocando mientras se hunde el Titanic. Es que los violinistas usan el arco del violín para degollar a los que soplan el oboe. En algún momento, acaso próximo, se alcanzará el clímax. Y los partidos, aun siendo los mismos, tendrán que ser distintos. Sobre todo es necesario, urgente, que el PSOE cambie de líder. El que tiene ahora no parece que dé, qué le vamos a hacer, para mucho más.</p>
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