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	<title>Tribuna Libre &#187; Lectura</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>Más y más cosas, pero menos importantes</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 20:32:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 21/01/12):</p>
<p>En los últimos meses han caído en mis manos tres textos sumamente incentivos, con enfoques diversos pero de materia común: educación, instrucción, lectura y enseñanza de Humanidades en el <em>alma mater.</em> Me refiero a la obra de David Ulin, <em>The Lost Art of Reading.</em> <em>Why Books Matter in a Distracted Time</em> que un exestudiante mío de Boston tuvo la amabilidad de enviarme, a <em>Adiós a la universidad.</em> <em>El eclipse de las Humanidades</em> de Jordi Llovet y al ensayo de Francisco Márquez Villanueva, <em>Educación y sociedad.</em> El tema es candente, dada la actual &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39823/mas-y-mas-cosas-pero-menos-importantes/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 21/01/12):</p>
<p>En los últimos meses han caído en mis manos tres textos sumamente incentivos, con enfoques diversos pero de materia común: educación, instrucción, lectura y enseñanza de Humanidades en el <em>alma mater.</em> Me refiero a la obra de David Ulin, <em>The Lost Art of Reading.</em> <em>Why Books Matter in a Distracted Time</em> que un exestudiante mío de Boston tuvo la amabilidad de enviarme, a <em>Adiós a la universidad.</em> <em>El eclipse de las Humanidades</em> de Jordi Llovet y al ensayo de Francisco Márquez Villanueva, <em>Educación y sociedad.</em> El tema es candente, dada la actual y vertiginosa revolución tecnológica que compite victoriosamente con el libro con el que hemos convivido desde la infancia, y he hallado ecos de él en la prensa en papel a mi alcance: &#8220;¡Guillotina para Gutenberg!&#8221; de Jesús Ferrero, respuesta de Vicente Molina Foix a Jorge Volpi y las sarcásticas e incisivas páginas de Rodrigo Fresán en el número de noviembre de <em>Cuadernos Hispanoamericanos.</em></p>
<p>Antes de abordar una modesta reflexión en el asunto quiero dejar bien clara mi situación personal ante él. La de un patético o socarrón Neandertal que no perdió el tren en marcha en el siglo XX sino en el XIX. La de alguien que escribe a mano y no ha tecleado nunca una Olivetti ni una Remington. Que tacha, reescribe y tacha de nuevo con un vulgar bolígrafo. Que no tiene la menor idea de lo que es iPad, Wii, Xbox o Mac Book Avi. De un indígena de las islas polinesias o de las comunidades indoamericanas anteriores a la llegada de las luces salvíficas del Progreso y la Ciencia. De un ochentón al que sus ahijados marrakchís, poco dados a la lectura, pero al tanto de los últimos artilugios de la tecnología, contemplan con cariñosa conmiseración.</p>
<p>El dilema que se plantea a quienes sostienen posiciones tildadas de anticuadas, por no decir de supervivientes de un universo cognoscitivo amenazado, como la defensa del libro en papel, la lectura como elemento esencial en la formación del espíritu humano o la preservación en cada uno de nosotros del acervo cultural de un pasado lo más amplio y diverso posible frente al conocimiento instantáneo y efímero que nos brinda la continua innovación tecnológica, me retrotrajo a la experiencia de los años en que presidí al jurado de la Unesco para la elaboración, con un grupo de antropólogos e historiadores, del concepto de Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Allí se discutió también con vehemencia del contenido y alcance de los términos instrucción y cultura que, lejos de ser sinónimos, difieren y a veces se contraponen. Recuerdo la fuerte impresión que me produjo la lectura de un ensayo del historiador anglo-hindú de las artes tradicionales, Ananda K. Coo-moraswany, titulado <em>La ilusión de la instrucción</em>. Para este gran defensor de las lenguas cultas pero sin alfabeto y de las milenariastradiciones orales, no solo del subcontinente indostánico y Ceilán sino asimismo de otras partes del planeta colonizado por las potencias europeas en razón de nuestra presunta civilización superior y ecuménica, la instrucción supuestamente educativa &#8220;no es nunca creadora, sino un arma de doble filo, siempre destructiva, ya sea de la ignorancia, ya del conocimiento&#8221; e &#8220;imponer nuestra instrucción a un pueblo culto pero iletrado equivale a destruir su cultura en nombre de la nuestra&#8221;. Basándose en su vasta experiencia -precursora de la de René Guénon y Claude Lévi-Strauss-, del avasallamiento de las culturas juzgadas inferiores por el progreso tecnocientífico de Europa y Estados Unidos, lamentaba el olvido forzado de numerosas lenguas de Asia, África, Oceanía e Indoamérica, lenguas cuyo vocabulario de uso cotidiano ascendía a más de 3.000 vocablos, por un inglés estándar de 500 o 600 palabras, en su mayoría de una o dos sílabas. Esa <em>lingua franca</em> que es el norteamericano utilitario de hoy fue definido hace ya más de medio siglo por Margaret Head &#8220;como una lengua unidimensional, orientada hacia la descripción de aspectos exteriores del comportamiento y pobre en matices&#8221;. Dicha estrategia, al servicio de unos intereses económicos que conducirían a la presente &#8220;globalización&#8221;, no garantizaba en absoluto, como sabemos, la capacidad de leer una página impresa (no ya de Shakespeare sino de Kate Morton), sin entender las ideas que contiene y expresa. La conclusión de Ananda K. Coomoraswany es inquietante: sabemos hoy más y más cosas, pero cada vez menos importantes.</p>
<p>Quienes nos esforzábamos en salvar lenguas y tradiciones desamparadas en una batalla perdida tal vez de antemano, no podíamos sospechar que la era Gutenberg, que extendió nuestra civilización por el planeta, en su doble vertiente destructiva para unos y creadora para otros, iba a sufrir pronto una sacudida que golpearía sus cimientos, y que los nuevos náufragos del conocimiento e ilustración que encarnaba podríamos ser nosotros. La rauda sucesión de portátiles y tabletas cada vez más ligeros, que ponen la totalidad del saber al alcance de la mano -lo mismo en la de un culto que en la de un ignaro: basta con saber manejar la última y más astuta innovación-, ¿van a arrinconar el libro y la prensa en papel, las bibliotecas y librerías, como predican tanto los optimistas ingenuos del progreso continuo como muchos pesimistas marginados por él? El hecho incontestable de que el amor a la lectura ha bajado entre los jóvenes, que el nivel del estudiantado decae paulatinamente en los últimos 20 años, que numerosas librerías cierran y, mientras en la planta de cualquier FNAC donde se expone la infinita gama de ordenadores, artefactos de comunicación virtual y video-juegos rebosa de un público curioso y ávido, la de los libros en papel atrae tan solo a un puñado de personas interesadas en su mayor parte por el último superventas de tema policiaco-esotérico o por los libros de cocina, como comprobé en Barcelona, Madrid y Casablanca, enciende una lucecita roja y debe hacemos reflexionar.</p>
<p>Si la ciencia y el progreso industrial de Occidente avasallaron en los pasados siglos las culturas &#8220;atrasadas&#8221; del llamado despectivamente Tercer Mundo, imponiendo en sus élites un lenguaje de comunicación rápido que empobrece el saber de los iletrados y lo reemplaza por una jerga común a las personas de una misma profesión al servicio de sus intereses comerciales y estratégicos, hoy el cambio afecta -salvando las distancias existentes entre un caso y otro- a la juventud &#8220;conectada&#8221; de todo el planeta, a la que el saber no rentable, excepto para una minoría, ha dejado de interesar. ¿Para qué partirse la cabeza leyendo a Joyce o Kafka, si Google te procura en un instante el catálogo de todas las obras y autores habidos y por haber? Repasar las páginas de <em>En el jardín de los senderos que se bifurcan</em> (&#8220;sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará&#8221;) deja en el lector de Borges un sabor agridulce. Nadie podrá pasear por &#8220;ese hermoso jardín que es un armario lleno de libros&#8221; (Sahrazad <em>dixit),</em> husmear sus estanterías, escoger un ejemplar y hojearlo en el Kindle. Las bibliotecas no interesan sino a una tenaz cofradía de doctos y estudiosos. Para quienes conectan con el mundo virtual, la conciencia de tener el saber condensado a su alcance les dispensa de perder el tiempo en la lectura. El resultado de ello, analizado por Ulin, Jordi Llovet y Márquez Villanueva, lo resume Rodrigo Fresán en su ya citado artículo: &#8220;La pérdida de la capacidad de concentración que procura la lectura larga y tendida (ha sido) suplantada por la voraz disposición para consumir telegráfica y espasmódicamente frases de 140 caracteres y por la cada vez menor capacidad de hacer memoria, porque disponemos de un cerebro exterior y eficiente, llamado Google&#8221;.</p>
<p>Sí, sabemos hoy más y más cosas, y cada vez menos importantes. El dios Mercado se arroga el papel de principal educador: ha sustituido al profesorado en su tarea gracias a una publicidad omnímoda que subyuga a niños, adolescentes y jóvenes superconectados con la Red y ha reducido su vocabulario a una serie de sintagmas abreviados como los del GMS, en el idioma estándar con el que se comunican millones de usuarios de los renovados prodigios de la alta tecnología. Ciertamente, las Humanidades y el estudio de las lenguas clásicas son poco rentables en un mundo en crisis, pero no creo con todo en las predicciones sombrías sobre el fin del libro y la prensa en papel. A diferencia de las frágiles tradiciones orales a las que antes me refería, el potencial cognoscitivo del cerebro humano ligado a aquellos tiene raíces más sólidas. Son millones las personas que no se resignan a perder la memoria activa de lo creado en el presente y los pasados siglos. Ochentones como yo, pero también gente de todas las edades, como aquella hermosa joven que leía, subrayaba y anotaba a mi lado, en la sala de espera de un aeropuerto, las páginas de la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz, de Octavio Paz. Su interés apasionado por el libro me emocionó, y pensé que mientras existieran personas como ella, la Biblioteca borgiana no desaparecería.</p>
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		<title>¿Quién teme a los lectores?</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 15:49:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39379/quien-teme-a-los-lectores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como si nos perdiéramos algo. Como si nos faltara una pieza para armar el rompecabezas en que se ha convertido el mundo actual, y dentro de él, el libro y la lectura.</p>
<p>A veces es como si desconociéramos, nosotros que tanto pontificamos sobre la mejor manera de iniciar a los neófitos en la lectura, la reunión de tantas circunstancias y azares que tienen que darse en la vida de una persona para que se instale en el difícil reino de los libros. ¿Tenemos alguna noticia aproximada de cuánto cuesta descubrir el hábito de la lectura? ¿Aceptaríamos que los caminos que conducen hasta una novela o un libro de divulgación, independientemente de su calidad literaria, no dependen solo de la capacidad de elección del lector, sino de multitud de factores que no siempre controla, factores sociales, ambientales, educativos, económicos, etcétera? Eso sin contar que infinidad de veces un lector se hace espontáneamente; un buen día, como por arte de magia, introduce en su vida el verbo leer, como un milagro diría, cuestión que no hace sino remarcar la complejidad de la cuestión. ¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas. Un derecho de ese calado no se consigue así como así. Descubrir un día que podemos apartarnos (o evadirnos, digámoslo sin miedo) unas horas de nuestras vidas y entrar en un territorio desconocido en el cual intuimos o sentimos que la vida está allí representada (de mejor o peor manera) es un trabajo tan arduo que cuesta creer que con nuestro orgullo elitista de expertos podamos desacreditarlo de un plumazo solo porque no se lee la novela o el género de libro que nuestro selecto canon exige leer. También no es menos verdad que existe una operación contraria. Son los que radicalmente no comulgan con lo que ellos fantasean como lecturas aristocráticas. Proclaman la inutilidad de una literatura escrita solo para entendidos, autocomplacientes en sus formas opacas para el grueso de la mayoría de los potenciales lectores. Uno y otros se arrogan jurisdicción propia. Se retroalimentan. Si los reuniéramos en una habitación, las paredes se caerían antes de que se pusieran de acuerdo. ¿Qué tipo de lectores son, entonces, estos ideólogos de la lectura única y excluyente? ¿Lectores totalitarios? Sería lo más parecido a la impresión que inspiran, aunque duela emplear un adjetivo con tantas desagradables resonancias.</p>
<p>Todos los días vemos en el transporte público a personas leyendo. Es una experiencia cotidiana. Posiblemente confundido entre ellas esté acechando el lector totalitario, el delegado de una u otra oficina lectora. Antes de controlar lo que leen, dicho delegado tendría que atender a otra cuestión mucho más gratificante y extraer alguna conclusión. Por ejemplo, ¿qué más da que aquellas personas lean a Marcel Proust o a Ken Follet, a Javier Marías o Carlos Ruiz Zafón? ¿Cambian esos autores, por ser quienes son, la devoradora atención con la que los leen, distorsionan negativamente o aumentan beneficiosamente la dignidad del paisaje humano que configuran al tener un libro entre sus manos? ¿Y dónde queda entonces el placer de la lectura con el cual tantas veces nos hemos llenamos la boca?</p>
<p>Desde hace un tiempo estamos asistiendo a una tendencia en el conjunto de los lectores españoles. Por un lado están los que solo leen <em>bestsellers.</em> Y por otro los que solo leen autores llamados de calidad. Son los exponentes del mercado polarizado de la lectura. Probablemente no tan irreconciliables como los gurús de sus respectivos partidos. Pero hay un tercer universo. Un lector transversal. Y sobre todo, a tono con los tiempos de saludable desconcierto espiritual que corren, un lector hedonista. En resumen, un lector que pasa del <em>bestseller</em> a la novela de calidad que inesperadamente se pone de moda, o viceversa. Ese lector existe y comienza a afianzarse, de la misma manera que se afianza el consumo transversal de diseño, de moda, de museos o de gastronomía. Respetemos a los consumidores de libros. Sean de un signo o del otro. O de los dos a la vez. Cada uno es responsable de lo que lee. Y alegrémonos de su felicidad de lectores.</p>
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		<title>Democratización y odio intelectual</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2011 18:37:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y director de la Casa del Lector. Fue ministro de Cultura (EL PAÍS, 31/10/11):</p>
<p>En el pasado, uno de los autores que más frecuenté fue McLuhan, aquel señor al que Woody Allen hacía aparecer en <em>Annie Hall.</em> El ensayista canadiense, allá por mediados del siglo pasado, cuando todavía existían de manera incipiente medios de comunicación de masas tales como la radio, el cine, pero sobre todo la televisión, hablaba ya no de un cambio de cultura sino de civilización. McLuhan adivinó como pocos lo que iba a suceder, aunque se fue a la tumba &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/37779/democratizacion-y-odio-intelectual/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y director de la Casa del Lector. Fue ministro de Cultura (EL PAÍS, 31/10/11):</p>
<p>En el pasado, uno de los autores que más frecuenté fue McLuhan, aquel señor al que Woody Allen hacía aparecer en <em>Annie Hall.</em> El ensayista canadiense, allá por mediados del siglo pasado, cuando todavía existían de manera incipiente medios de comunicación de masas tales como la radio, el cine, pero sobre todo la televisión, hablaba ya no de un cambio de cultura sino de civilización. McLuhan adivinó como pocos lo que iba a suceder, aunque se fue a la tumba sin saber que esos medios se iban a quedar cortos ante la aparición, pocos años después, de este nuevo Polifemo llamado Internet. El cíclope era antropófago. ¿Internet antropófago? Desde su aparición lo ha engullido todo y aquello que se le resiste lo cerca con tretas dignas de su contrincante Odiseo. El héroe de Troya es hoy la lectura profunda, la escritura creadora y el libro, sobre el soporte que sea, tal cual lo concebimos como compendio del saber al menos desde Gutenberg, aunque su ideario ya había sido conformado antes, al menos 400 años antes de Cristo, cuando Platón en el <em>Fedro</em> debate con Sócrates lo bueno y lo malo que la nueva <em>tecnología</em> de la escritura va a traer a la educación y a la cultura basada en la memoria y la oralidad. La memoria (hoy algo tan combatido) que en la filosofía y la estética de los antiguos (también nuestros contemporáneos) era la madre de las Musas, &#8220;saber de memoria&#8221;, escribe Steiner, &#8220;es dejar que el mito, la oración o el poema se ramifique y se expanda en nosotros&#8221;.</p>
<p>En los libros de McLuhan hay clarividentes intuiciones sobre el futuro, nuestro presente, a través de los soportes con los que él mismo convivía advirtiendo ya un cambio radical en el individuo y la sociedad. Se refería a máquinas progresivamente más sofisticadas que, por una parte, ayudarían a la actividad humana, pero que, por otra, influirían y condicionarían su conducta. &#8220;Estamos acercándonos -dijo- a la fase final de las prolongaciones del hombre, o sea, la simulación técnica de la conciencia&#8221;. Así es. Este salto gigantesco en la evolución tecnológica está produciendo un cambio tan radical como jamás aconteció. En un solo soporte la palabra escrita, el sonido y la imagen. ¿Qué nuevos géneros literarios o periodísticos saldrán de aquí? ¿Destronarán a los actuales? Simultaneidad en la información, en las redes sociales, facilidad para almacenar y encontrar. El contenido de un medio, afirmaba McLuhan, importaba menos que el medio en sí mismo a la hora de producir efectos en nosotros. Durante la segunda mitad del siglo XX, a pesar de su cruda y premonitoria verdad, el hombre convivió con estos nuevos instrumentos y, en contra de lo que esperaban muchos vaticinadores infaustos, los unos no se comieron a los otros. La prensa y los libros no solo sobrevivieron sino que alcanzaron cotas desconocidas. Pero el tiempo a McLuhan le ha acabado dando la razón. Cada nuevo medio tecnológico nos cambió y modificó. Pero Internet nos está transformando y manipulando de manera radical, como jamás sucedió antes.</p>
<p>McLuhan pasó de moda, pero ahora vuelve con una verdad que no compartimos en su momento. Aquella referida a que el texto escrito, el libro y la lectura eran una tiranía sobre nuestro pensamiento. Algo que, para él, afortunadamente, había comenzado a resquebrajarse por la acción imparable de los nuevos sistemas de comunicación de masas. Sentí que el autor de <em>Galaxia Gutenberg</em> promovía injustamente el fin de la cultura del libro y propiciaba los nuevos instrumentos audiovisuales uniformadores. ¿Por qué McLuhan atacaba la base tradicional de transmisión del conocimiento? Defendía la democratización de la cultura a través de los medios audiovisuales de comunicación de masas y combatía -él, un intelectual- la aristocracia del saber, debida al libro y la lectura. Este inquietante planteamiento es uno de los que ahora observo desarrollado, con más profundidad, en nuevas monografías. No solo estudiantes, profesionales o profesores confiesan con desparpajo que han dejado de leer libros de papel y que leen solo fragmentariamente en pantalla, sino que los libros son superfluos y que grandes autores de la literatura y obras esenciales ya no les dicen nada. Personas cultivadas muestran claramente un desconocido y desconcertante odio intelectual. Internet facilita el acceso a la información, pero el acceso al conocimiento aún tiene que alcanzarse a través de los usos de siempre. Leer con concentración, atención y en silencio todavía no es algo arcaico y prescindible, se haga a través de cualquier soporte. Lo mismo que la lectura debe ser total y no parcial. La cultura y el conocimiento siempre se obtendrán estudiando: es decir, leyendo. El viejo proceso lineal de pensamiento es el que nos ha conducido hasta nuestros días, ¿por qué no readaptarlo a los nuevos usos tecnológicos? Seguramente es una batalla perdida porque, como dice Nicholas Carr, Internet ofrece tal cantidad de posibilidades que finalmente acaba distrayendo la atención antes reflexiva, concentrada, atenta de la mente lineal ahora desplazada por otra nueva que quiere diseminar información resumida, superficial, poco conflictiva. Que Internet está modificando nuestras costumbres y que el mundo muy pronto será distinto, está claro. Pero eso no significa que abandonemos nuestro espíritu crítico y nos entreguemos a su suerte. No podemos permitirnos el lujo de que nuestros estudiantes pierdan su capacidad para leer, y entreguen su juventud al <em>hipervínculo</em> o al <em>scrolling</em> y que piensen que <em>Don Quijote</em> o <em>Ulises</em> son creaciones incapaces de ayudarles.</p>
<p>Leer un libro no es un acto anticuado. Leerlo entero, compartir su enseñanza, es un acto superior al del mero cazador experimentado en Internet. Nuestros jóvenes se resisten a leer en profundidad y por tanto se resisten a estudiar, a adquirir un conocimiento propio. Han delegado su mente en una máquina, ahora su más fiel amigo. Nuestros jóvenes leen más, escriben más, pero de una manera superficial. Nuestros jóvenes son maestros del puzle. La influencia del ordenador sobre quien lo utiliza es muy grande. Nos estamos dejando vencer por la industria y el mercado, que dictan nuestros gustos y cambian nuestras maneras intelectuales. La modificación del acto, del sentido y el fin de la lectura está ya trayendo los primeros cambios. Como escribe Ong en su libro <em>Oralidad y escritura,</em> las tecnologías no son meras ayudas exteriores, sino también transformaciones interiores de la conciencia y, sobre todo, cuando afectan a la palabra.</p>
<p>La lectura, la cultura, la educación, el saber y el conocimiento no son algo pasivo, sino activo. Si lo delegamos todo en un instrumento, si vaciamos toda nuestra memoria, también perdemos en estos actos parte de nuestra libertad. Radio, cine, televisión, nunca atacaron frontalmente al libro. Compitieron con él robándole espacio y tiempo, pero la cultura por excelencia seguía transmitiéndose a través de la imprenta. Internet es distinto. Archiva, procesa, comparte la información, también la textual, tecnologiza la palabra, la creación. Es un instrumento útil que no debería suplantar sino completar los buenos usos anteriores. Pero no está siendo así. Carr, en <em>¿Qué está haciendo Internet?,</em> afirma algo que, muy a mi pesar, reconozco como inevitable: que el futuro del conocimiento y la cultura ya no se encuentra en los libros, ni en los periódicos, ni en televisión, sino en los archivos digitales difundidos por nuestro medio universal a la velocidad de la luz.</p>
<p>Libro de papel, libro electrónico, conocemos ya sus ventajas y desventajas. El primero, multisensorial, una obra de arte en sí mismo; el otro, repleto de información, de distracciones, de emboscadas a la textualidad. Me preocupa mucho menos el soporte que el cambio profundo que se está produciendo en la antigua manera de leer, buena, experimentada y sabia. El cambio de forma sufrido por un medio supone un cambio de contenido. Cambio profundo en la manera de leer y en la de escribir.</p>
<p>Muchos jóvenes comentan que no leen novelas porque son demasiado largas para seguirlas en pantalla. Probablemente, en un futuro cercano, las novelas electrónicas serán más visuales que textuales, lo que ya se conoce como <em>vooks.</em> ¿Dónde se hallará el creador? Todo estará socializado y, probablemente, abocado a lo superficial. ¿La lectura &#8220;masiva&#8221; fue una &#8220;breve anomalía&#8221; de nuestra historia intelectual y cada vez irá quedando dentro de una minoría que se perpetúa a sí misma, la clase &#8220;lectora&#8221;? En realidad, ¿no fue siempre así? ¿Por qué este odio intelectual, que lleva a muchos a decir que no debemos llorar por la muerte de la lectura pues estuvo siempre sobrevalorada, así como las grandes obras que la conforman y sus autores, dotados de una genialidad insultante y antidemocrática? ¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar de leer, a dejar de escribir, a dejar de pensar? En el <em>Fedro,</em> yo estaría de parte de Platón, de parte de la escritura, del avanzar sobre los inconvenientes razonables de Sócrates. Hoy estoy de parte de Internet siempre que, como decía este último, no amenace la profundidad intelectual.</p>
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		<title>Lecturas en corto y ruido en la Red</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/31075/lecturas-en-corto-y-ruido-en-la-red/</link>
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		<pubDate>Sat, 21 Aug 2010 21:27:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.almendron.com/tribuna/?p=31075</guid>
		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Gil Calvo</strong>, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 21/08/10):</p>
<p>En esta época de prolongación de la longevidad, cuanto más largas se  hacen las vidas humanas, más cortas resultan las lecturas que permiten  guiar el flujo vital. La demanda de mercado lo demuestra bien, pues solo  se venden microrrelatos, ensayos breves o novelas que parecen largas,  pero que se leen como se escriben: de un solo plumazo. Y en la Red no  digamos, pues donde estén los <em>post</em> de los blogueros que se quiten  los artículos sesudos (como presume de ser este). &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31075/lecturas-en-corto-y-ruido-en-la-red/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Gil Calvo</strong>, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 21/08/10):</p>
<p>En esta época de prolongación de la longevidad, cuanto más largas se  hacen las vidas humanas, más cortas resultan las lecturas que permiten  guiar el flujo vital. La demanda de mercado lo demuestra bien, pues solo  se venden microrrelatos, ensayos breves o novelas que parecen largas,  pero que se leen como se escriben: de un solo plumazo. Y en la Red no  digamos, pues donde estén los <em>post</em> de los blogueros que se quiten  los artículos sesudos (como presume de ser este). Es la moda impuesta a  la manada por las redes gregarias como Twitter, que requiere textos de  forzada brevedad (longitud máxima de 140 caracteres). Algo que este  mismo periódico acaba de emular con su último lanzamiento digital, el <em>microblogging</em> &#8216;Eskup&#8217;. Y lo mismo ocurre con la prensa, donde ya casi nadie lee las  apretadas columnas de los artículos, contentándose con los titulares a  modo de rápido resumen. Para lo cual no hace falta leer el periódico de  papel, pues puede hacerse en sus páginas digitales en la Red, donde para  retener o al menos captar la atención del lector hay que cambiar los  titulares de prensa cada poco rato.</p>
<p>Curiosa inversión de las relaciones entre lectura y realidad. Cuando  la vida era corta, necesitada e incierta, como ocurría antes del Estado  de bienestar, solo las lecturas largas, constantes y duraderas permitían  domesticarla y controlarla a voluntad, sometiéndola a reglas  programadas previsibles de antemano. De eso se encargaba la práctica de  la lectura, que adiestraba a los sujetos en el espíritu letrado tras  hacerles incorporar el hábito lector.</p>
<p>Pero tras el advenimiento de  la sociedad posindustrial, la lectura de la vida ha invertido su signo.  Hoy los sujetos están duraderamente asegurados por su familia o por el  Estado, y la práctica de la lectura ha dejado de ser una inversión  productiva (un hábito rentable) para convertirse en un consumo gratuito  entre otros (véase la música y el cine en la Red): un pasatiempo tan  fútil y banal como hacer crucigramas o sudokus, esas ociosas  microescrituras. Lo cual ejerce imprevistas consecuencias sobre la  realidad.</p>
<p>Cuando la principal guía de acción eran las lecturas  largas de los relatos lineales, la vida se programaba en forma de flecha  del tiempo. Justo como si estuviera disparada por un arquero, la figura  arquetípica que servía de <em>ex libris</em> a Ortega y Gasset. Pues eso  era lo que sugería la práctica de leer: disparar una flecha hacia el  futuro, emprender una carrera hacia la meta, adoptar una estrategia en  pos de objetivos últimos, iniciar un sendero de sentido ascendente hacia  el porvenir.</p>
<p>De ahí que la inspiración extraída de las lecturas  largas permitiera reconstruir la propia vida en forma de relato  programado a largo plazo en busca de su mejor desenlace como destino  último. Y el mejor ejemplo fue la novela de formación <em>(bildungsroman),</em> como el <em>Wilhelm Meister </em>de Goethe.</p>
<p>Mientras  que con las lecturas cortas de hoy en día, entrecruzadas como  microrrelatos en la Red, ya no sucede así. En lugar de tener forma de  flecha del tiempo, el formato de la lectura corta es circular o cíclico,  como el de una ruleta, una noria o un tiovivo. Aquí resulta obligado  citar a Stephen Jay Gould, el gran neoevolucionista hace poco  desaparecido, autor de un libro certero, <em>La flecha del tiempo</em> (Alianza, 1992), en el que contraponía dos estructuras de la  temporalidad científica: la lineal, en forma de flecha o vector, y la  cíclica, simbolizada por la rueda del tiempo. Pues bien, las lecturas  cortas de hoy en día, privadas como están de linealidad causal, se  suceden al azar arracimándose en conglomerados gregarios sin más orden y  concierto que el derivado de la promiscua casualidad. ¿Dónde va  Vicente?: donde va la gente. Es la rueda de la fortuna, donde la  atención lectora discurre al azar movida por las fluctuantes corrientes  de la audiencia mediática, trazando así una trayectoria tan incierta y  aleatoria como el corcho que flota a la deriva.</p>
<p>Y esa metamorfosis  del formato lector ejerce sus funestos efectos tanto a escala macro  como a escala micro. Este último nivel de las interacciones personales  es el más comentado y evidente (yo mismo he aludido a él en otras  ocasiones análogas a esta), por lo que casi no hace falta recordar lo  obvio. Por decirlo a la manera de Richard Sennett, la práctica de la  lectura corta es causa y efecto de la <em>corrosión del carácter</em> (Anagrama, 2000). Si la lectura larga enseñaba a comprometerse  duraderamente tanto con los demás (parejas, amigos o compañeros) como  con uno mismo (conducción metódica de la propia vida), la lectura corta  solo adiestra en la veleidosa práctica del nomadismo inconstante, quizás  aventurero y promiscuo, pero potencialmente tránsfuga y desertor. Y  ello debido a que las lecturas cortas dejan de ser eslabones de una  cadena vinculante (o escalones de ascenso y descenso a cielos e  infiernos) para convertirse en medios autosuficientes (fines  gratificantes en sí mismos) pero también intrascendentes, ya que no  ejercen consecuencias significativas ni conducen a ningún sitio. De ahí  su carácter recurrente y adictivo, condenados como están al eterno  retorno de lo mismo.</p>
<p>Pero si las lecturas cortas encierran a las  vidas privadas en el dudoso paraíso artificial de la versatilidad  irrelevante, algo bastante peor sucede a escala macro con la vida  pública. Pues leída en corto en la Red, la esfera pública queda reducida  (como en <em>Macbeth)</em> a un cuento narrado por un idiota, lleno de  ruido y de furia, que carece de significado. Lo hemos leído en estos dos  años que llevamos de gran recesión, pues la crisis del crédito ayer  privado y hoy público ha estado sometida a la doble tiranía de la  especulación financiera que apostaba en corto a la baja y de la lectura  mediática que apostaba en corto por la ruina. Una común cortedad de  vista que se ha propagado por pura miopía como una doble epidemia de  desconfianza acreedora en los mercados financieros y de alarmismo  catastrofista en los mercados informativos.</p>
<p>La especulación en  corto puede esperarse de los mercados porque está en su naturaleza  predadora y oportunista, dado el carácter de alacrán que precisa  forjarse el especulador que aspira a medrar en las ruletas del  capitalismo de casino. Pero no ocurre lo mismo con los medios de  comunicación, que están obligados a leer a la larga la realidad social  con mayor distancia crítica, apostando por acertar en el futuro con sus  flechas informativas. Y mucho menos con los Gobiernos, que también están  obligados a leer la realidad con mayor amplitud de miras que los  mercados o los medios, tratando de programar el futuro de la sociedad a  su cargo. Pero no ha ocurrido así.</p>
<p>Por el contrario, la prensa se  ha convertido en un miope instrumento de los especuladores en corto. Y  los mismos Gobiernos que un día hicieron de la crisis una lectura  keynesiana a largo plazo no han tenido inconveniente ni escrúpulos en  cambiarla al año siguiente por una neoliberal lectura en corto. El  resultado ha sido que los acontecimientos fluyen a borbotones dislocados  por turbulencias contradictorias, sin que nadie sepa interpretarlos  proponiendo un relato estructurado con sentido significativo.</p>
<p>Y en  ausencia de ese relato largo se imponen las microlecturas reactivas,  como acto reflejo ante la vorágine de la urgencia mediática. Enfrentados  a cada instante en la Red, periodistas y gobernantes se dejan llevar de  la mano por las lecturas en corto que hacen los especuladores en los  mercados y los analistas financieros en los blogs de la prensa color  salmón.</p>
<p>En consecuencia, pugnando todos entre sí por ver quién  extrae a corto plazo mayor rentabilidad especulativa, periodística y  electoral, unos y otros renuncian a proporcionar un relato lineal con  perspectiva de futuro y sentido de la realidad, dejando por defecto que  en la Red se construya por agregación de microrrelatos un cuento coral  de terror carente de significado: una cacofónica historia de zombis  iletrados que está causando la ruina colectiva de la comunidad civil.</p>
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		<title>Dios es una biblioteca</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Apr 2010 13:02:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y ex ministro de Cultura (EL PAÍS, 23/04/10):</p>
<p>En <em>El cuarteto de Alejandría</em>, Lawrence Durrell cuenta una  anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul  Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día  salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando  regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por  un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en  su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín  vio que un hombre salía de entre las &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29776/dios-es-una-biblioteca/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y ex ministro de Cultura (EL PAÍS, 23/04/10):</p>
<p>En <em>El cuarteto de Alejandría</em>, Lawrence Durrell cuenta una  anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul  Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día  salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando  regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por  un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en  su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín  vio que un hombre salía de entre las llamas llevando algo en sus brazos.  Era el mayordomo que, dirigiéndose a él, le informó muy orgulloso: &#8220;¡No  se alarme señor. He salvado el único objeto de valor!&#8221;. Ese objeto no  era otro que su uniforme de gala.</p>
<p>Desde hace algún tiempo yo tengo una pesadilla semejante. Regreso a  mi casa como el personaje de John Cheever, <em>El nadador</em>, después de  haber recorrido, no las piscinas por las que él iba nadando, sino las  bibliotecas del mundo, y me encuentro en la misma situación que el autor  galo de <em>El zapato de raso</em>. A mi encuentro no acude ningún  sirviente, sino un ser indefinido que repite las mismas palabras que el  mayordomo japonés y me entrega un <em>pendrive</em>. Él añade que ahí no  sólo están todos mis libros desaparecidos, sino que ha incluido los  fondos de las principales instituciones del mundo. Me quedo sorprendido,  pero le digo que yo sólo necesito mis libros físicamente, aquellos que  yo compré y me han acompañado toda la vida. Son mis mejores amigos y no  puedo prescindir de ellos. El me responde muy seriamente que eso no sólo  es ya imposible sino, además, una estupidez. &#8220;¿Para qué quiere usted  tantos volúmenes que le ocupan gran parte de su casa si los tiene todos  aquí, en este objeto más pequeño que el dedo de su mano?&#8221;. Compruebo que  la discusión no lleva a ningún sitio y, entonces, despierto. Cuando lo  hago, veo que todo aún está en su caótico lugar. Por las mesillas, por  las mesas y las estanterías dobladas por el peso, aún reposan las miles  de hojas impresas protegidas por las portadas multicolores. Toco unos  libros, abro otros y recuerdo la historia de cada uno de ellos: su  nacionalidad, su lengua, el peso que arrastran desde el origen. Mi  biblioteca está compuesta por cientos de ciudades, miles de calles y  otros tantos paisajes.</p>
<p>Por estos espacios he caminado con los  autores y sus personajes. He vivido sus vidas a lo largo de muchos  siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o  sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o del ocaso. Un  libro también es un objeto, una materia, una representación, un símbolo,  una dimensión. El libro electrónico, el <em>e-book</em>, efímeros en sí  mismos como soportes (qué pasó sino con el vídeo, el dvd y lo que  venga), le robarán terreno al libro impreso, pero difícilmente podrán  arrojarlo de nuestras vidas y nuestra manera de vivirlas. De haber  habitado en la época en que se pasó de la oralidad a la escritura en  papiro o pergamino, yo no hubiera estado en contra de este proceso  evolutivo; de la misma manera que hubiera apoyado a Gutenberg cuando  relegó a la escritura al ámbito privado.</p>
<p>¿Por qué ahora tendría  que oponerme a algo inevitable y, seguramente, muy útil? Si estoy en  contra de quienes piensan que hemos llegado al fin. En contra de  aquellos que creen que ya no es necesario leer, ni saber, ni adquirir  conocimientos, ya que todo está a nuestro alcance, tocando la tecla de  un ordenador. Estoy en contra de aquellos que rechazan la memoria como  si ésta fuera un simple apéndice mental que hubiera que extraer. El  libro electrónico no es un peligro para la lectura. Sí lo son los  videojuegos, los programas deleznables de la televisión, la mala  enseñanza que desconoce o impone con una obligatoriedad torpe y pesada,  el mal ejemplo familiar donde la cultura, en general, es algo  desconocido y extravagante. La lectura en pantalla no acabará con el  libro impreso, aunque éste se convierta en un objeto arqueológico; por  el contrario, estoy seguro que contribuirá a ampliarla. Las nuevas  generaciones adquirirán nuevos hábitos, nuevas formas de relación con el  texto escrito. Probablemente lo lleven a cabo desde la laicidad y no  desde la sacralidad con que nosotros adoramos al libro.</p>
<p>Probablemente  la democratización de la lectura y la escritura modificará hábitos,  costumbres, tradiciones y valores. ¿No sucedió así en el pasado? Umberto  Eco afirma que, con Internet, se retornó a la era alfabética y, por lo  tanto, no hemos fenecido aún en la dictadura de las imágenes. De nuevo,  escritores y lectores, hemos sobrevivido a ese monstruo multiforme.  Millones de personas, a lo largo de todo el mundo, a través de Internet,  leen y escriben sin cesar para intercambiar ideas, sentimientos o  simplemente informaciones. ¡Gutenberg todavía no está muerto! Se ha  metamorfoseado. Nunca hubo tanta necesidad de leer y escribir como hoy.  ¿Acaso los ordenadores actúan libremente sin este conocimiento previo?  El papel, como antes el papiro o el pergamino, agotó su función. La  memoria del mundo, desde el siglo XVI, ha crecido de una manera tan  imparable que era necesario encontrar otros soportes para guardar el  pasado y enfrentarse a un futuro repleto de contenidos. ¿Cómo se llevará  a cabo la elección de los mismos?¿Cómo se mantendrá su  excelencia?¿Cuáles serán los nuevos gustos, las nuevas modas? Las  modificaciones en torno al libro como soporte no han variado sus mismos  fines, ni su expresión. Desde hace más de cinco siglos los cambios  políticos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales se  sustentaron en este objeto. Internet ha producido también una  modificación notable en las costumbres de los bibliófilos,  coleccionistas de libros antiguos, de primeras ediciones o raras.</p>
<p>Aquella  búsqueda aventurera y romántica por las librerías y trasteros de medio  mundo que primaban al erudito frente al poderoso económicamente, se ha  derrumbado ante la publicación en Internet de sus adquisibles índices.  El precio se ha unificado y elevado, además de reducir la labor  investigadora y azarosa. Además, el libro antiguo o de viejo es una  especie en vías de extinción. Escaso, caro, raro y coleccionado por las  grandes instituciones educativas y culturales. Coleccionar libros viene  de antiguo. Luciano en <em>El bibliómano ignorante</em> (publicado en  nuestro país por Errata Naturae) criticaba a quienes los compraban para  decorar su casa, pero no los leían. Séneca nos describe, como Cicerón y  otros autores romanos, las calles de la capital del imperio donde se  vendían los rollos que contenían las novedades literarias o se copiaban  por encargo las obras de cualquier época. Durante ese tiempo nació la  idea del autor y editor. ¿Cuántos de aquellos volúmenes quedan? En el  museo arqueológico de Nápoles vi unos cuantos carbonizados procedentes  de una casa de Pompeya. El fuego ha sido consustancial con la lectura y  la escritura. Blanchot decía que con los libros se habían hecho tres  cosas: escribirlos, leerlos o quemarlos. ¿Cuántas obras maestras de la  literatura, del arte o de la ciencia se han perdido? Seguramente  cantidades ingentes. Hoy por fortuna nada se perderá, ni siquiera lo  vano y superfluo. Hoy cualquier persona tiene derecho a la eternidad al  poder reproducir su vida en una página web. Qué más da si lo que hizo  fue bueno o malo, el caso es que su nicho es semejante al panteón de un  gran hombre. Eternidad, inmortalidad, fama, prestigio&#8230;</p>
<p>Todo será  revisado y, seguramente, sufrirá en un futuro inmediato profundas  modificaciones. Varias veces le he oído comentar al autor de <em>Apocalípticos  e integrados</em> su deseo de dar con los autores y las tragedias de las  que Aristóteles habla en su <em>Poética</em>. Se perdieron y sólo  llegaron hasta nosotros los nombres y las obras de otros dramaturgos que  él no tuvo a bien ni citar: Esquilo, Sófocles y Eurípides. ¿Eran los  otros mejores que estos? ¿Aristóteles los postergó por envidia? El caso  es que -como tantas otras veces- el azar le quitó la razón al maestro de  la filosofía.</p>
<p>&#8220;¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué  sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de  volúmenes que cubren mis paredes?&#8221;, escribe el turco Enis Batur. Una  biblioteca, pública o privada, se asemeja a un templo, a un lugar  sagrado. Allí nos sentimos protegidos por el silencio. El nazismo, el  stalinismo y el maoísmo fueron de entre las últimas ideologías quienes  más han combatido la libertad de expresión y, por tanto, al libro. Los  tres levantaron contra él un muro de mentiras (a través de la radio) e  imágenes (a través de la televisión y el cine documental o de ficción).  La palabra escrita fue relegada a la censura y al control estatal (no  nos olvidemos de nuestro propio país). Aunque se ha dicho hasta la  saciedad que fue Goebbels quien afirmó que una mentira reiterada se  transforma en una verdad, no sé si consciente o inconscientemente  reprodujo lo que ya había escrito, en el siglo XIX, el gran  Chateaubriand: &#8220;Toda mentira repetida se convierte en verdad&#8221;. Palabras  convertidas en mentira. ¡Qué mayor delito!</p>
<p>Bachelard y Borges  escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca. ¿Con libros,  <em>e-book, pendrives</em> o pantallas? De todo eso también habrá en el  más allá e incluso nos llevarán décadas de adelantos tecnológicos. Eco  afirma que si Dios existe es una biblioteca. Si es así, yo lo he  percibido en las ruinas de la de Pérgamo y Alejandría (también en la  nueva) o en la de Celso en Efeso. También en la martirizada de Sarajevo o  en el Escorial. De la de Pérgamo sólo se conservan basamentos y lienzos  de muros. Donde antes crecían los rollos ahora lo hacen las hierbas y  las margaritas. Fue la segunda biblioteca más importante de la  antigüedad después de la de Alejandría. Tiberio Julio Aquila, para  homenajear a su padre, Celso, mandó levantar una biblioteca cuya  majestuosa fachada aún se alza en Efeso. Y allí mismo lo mandó enterrar.  &#8220;Nunca un padre tuvo tan buen hijo&#8221;, hubiera vuelto a decir Príamo.</p>
<p>Bibliotecas,  bibliotecas. He visto cientos de ellas. Antiguas y modernas, públicas y  privadas. Libros, libros. He visto miles de ellos, he acunado en mis  manos incunables extraordinarios como la <em>Crónica de Nuremberg</em>,  primeras ediciones, manuscritos, piezas heremográficas únicas. Una de  las cosas más terribles de la vida es no tener tiempo para leerlo todo. A  medida que transcurre la existencia uno se da cuenta que lo que le  queda por leer, digamos que sólo lo valioso según los gustos de cada  uno, equivale a un noventa y muchos por ciento. Un pueblo sin obra  escrita apenas podrá sostener su lengua y su cultura. Los egipcios se  dieron cuenta muy pronto. En el papiro egipcio, Chester Beatty, se dice  que el libro es el medio más seguro para alcanzar la inmortalidad. La  literatura pervive más que la piedra, &#8220;más valioso es un libro que una  estela con su inscripción, / que la cámara funeraria bien puesta. / Esos  libros son como tumba y pirámide / en la conservación de sus  nombres&#8230;&#8221;.</p>
<p>¡Mostradme vuestras bibliotecas y os diré cómo sois!  La de Montaigne (no le perdono a Bretón que lo eliminara de la lista de  autores repartida por los surrealistas), la de Leopardi, Goethe,  Flaubert, Juan Ramón Jiménez o la de Octavio Paz tristemente chamuscada.  Pero no todos los grandes escritores han sido grandes lectores.  Visitando algunas de sus casas uno puede llevarse una desagradable  sorpresa. No voy a dar aquí mi lista -de vivos y muertos- para no llevar  a la decepción. Contaré sólo el caso de uno de ellos. Conocí y traté  bastante a Jorge Amado y a Zelia, su esposa. Dos personas encantadoras,  fascinadas por el mundo soviético y maoísta. Hace pocos años, estando en  Bahía, visité su fundación y su casa. Ambos estaban ya muertos. En los  dos lugares me sorprendió la escasez de libros, excepto los propios del  novelista en las múltiples ediciones y lenguas, los dedicados por otros  autores y algunos pocos más. Ingenuamente le pregunté a la encargada  dónde se encontraba la biblioteca. Ella me dijo que no había más libros  que los que yo había visto. &#8220;Don Jorge apenas leía, su biblioteca estaba  allí&#8221;, concluyó señalándome la calle. Yo no hubiera podido vivir de  este modo, ni escribir una sola línea. Como Cavafis, no tengo otro sitio  adonde ir. Yo vivo en el laberinto de calles de mi biblioteca. Rollos,  papiros, pergaminos, impresos, <em>e-books</em>, ordenadores, <em>pendrives</em> y cuanto la imaginación humana se invente, la lectura no dejará de  crecer pues es la más pura esencia de la libertad.</p>
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		<title>El libro del año, de verdad</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jan 2010 20:29:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 09/01/10):</p>
<p>Cuando los críticos de libros echan la vista atrás y anuncian las grandes obras del año deberían incluir una cláusula orientativa. Bastaría con una concisa explicación del porqué. Por qué consideramos que un libro es para nosotros el más importante del año, y por qué se lo hacemos saber a los lectores. Puede haber muchas razones, desde que nos ha conmovido hasta que la editorial ha hecho un lanzamiento tan espectacular y ha puesto tanto dinero que estaría mal que uno, que cobra por eso, no les echara una mano. También porque el autor &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28472/el-libro-del-ano-de-verdad/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 09/01/10):</p>
<p>Cuando los críticos de libros echan la vista atrás y anuncian las grandes obras del año deberían incluir una cláusula orientativa. Bastaría con una concisa explicación del porqué. Por qué consideramos que un libro es para nosotros el más importante del año, y por qué se lo hacemos saber a los lectores. Puede haber muchas razones, desde que nos ha conmovido hasta que la editorial ha hecho un lanzamiento tan espectacular y ha puesto tanto dinero que estaría mal que uno, que cobra por eso, no les echara una mano. También porque el autor es amigo nuestro, o porque todo el mundo que cuenta en esto de la edición ha dicho que se trata de una auténtica obra maestra y uno no va a llevarles la contraria, lo que se traduciría en sospechar que no lo ha leído.</p>
<p>Hay muchas razones, casi tantas como críticos. Incluso puede ocurrir lo más normal y frecuente, y menos valorado, y es que no haya ningún libro sobresaliente. Si alguien osara afirmar tal cosa lo más probable es que las editoriales tomaran medidas y tuviera problemas, amén de que los lectores le calificarían de elitista,pecado tan nefando como la pederastia.</p>
<p>Los críticos son unos tipos que sólo tienen problemas cuando dicen que no; exactamente igual que le ocurre a la mayoría de la gente. Si dices que sí, te llueven los elogios. Ahora bien, hay que saber decir que sí con altura de miras,de una manera egregia; y para eso no sirve cualquiera. Ser afirmativo &#8211; lo aseguran los psicólogos-ayuda a vivir, por eso los críticos complacientes, como los analistas políticos arribistas, llegan a viejos y no se jubilan nunca.</p>
<p>El libro más insólito, el más interesante, el que más me ha ilustrado de cuantos he leído durante el año 2009, lo ha editado, magníficamente por cierto, y en mil ejemplares &#8211; según consta en la última página-una modesta editorial de Pamplona, Pamiela. Se titula Fuera de lugar y lo ha escrito Víctor Moreno, a quien no conozco de nada, hecha la salvedad de que había leído de él un par de textos que me llamaron la atención por su audacia y su sarcástico sentido del humor. El primero apareció en 1994 y tenía el irónico título De brumas y de veras,y un subtítulo que lo decía todo: La crítica literaria en los periódicos. El otro, mucho más reciente, ¿Qué hacemos con Baroja?,es, en mi opinión, el más agudo análisis de la figura y la obra de don Pío de cuantas conozco.</p>
<p>¿Qué tiene de insólito Fuera de lugar? Bastaría con la constatación de que habiendo salido en el mes de mayo hasta el día de la fecha no he leído ni una crítica en los suplementos del ramo, ni siquiera una reseña, ni una referencia a su existencia. Con la cantidad de bazofia que los críticos se han visto obligados a comentar, aunque sólo fuera para no quedarse sin trabajo, es llamativo que rechazaran uno tan bien editado y escrito como este. Pero para ser sinceros cabría añadir que eso entre nosotros no es insólito en absoluto, porque sucede y con frecuencia. Lo auténticamente insólito del libro de Víctor Moreno es que trata de algo que ninguno de nosotros ha osado jamás emprender: un análisis del mundo literario español a partir de sus propias palabras y reflexiones. Esto sí que es insólito; tanto, que mientras uno lo lee no acaba de dar crédito, en la duda de si realmente es verdad o se lo ha inventado el autor. De ahí la importancia y el trabajo que se han tomado en la edición al insertar reproducciones de entrevistas y declaraciones, escrupulosamente datadas.</p>
<p>Por las cuatrocientas y pico páginas pasan casi todos los que son algo importante &#8211; o creen serlo-en las letras en lengua castellana, escritores y críticos, y Víctor Moreno se basa en sus declaraciones como profesionales de la pluma y como supuestos creadores de la lengua, desde Camilo José Cela hasta Muñoz Molina, pasando por Goytisolo y Saramago, que es tan español que apenas se le nota que nació en Portugal. Sin olvidar otras figuras de gran incidencia mediática dentro del mundo de la prosa; el exquisito Javier Marías o la simplicísima Rosa Montero. En ocasiones son pinceladas llenas de mala uva que retratan a los personajes en su absoluta vaciedad como escritores, pensadores o gentes de letras. Un modo ilustrativo de mostrarnos una parte notabilísima de nuestro tejido intelectual tal como es, sin trampa ni cartón, en sus propias declaraciones, lo que es tanto como decir en su propia salsa. No creo que falte nadie de nuestra galería de notables.</p>
<p>¿Qué tiene el libro de interesante? El ángulo de visión. Nadie hasta la fecha se había atrevido a mirar las figuras y figurones desde la sencillez de su propio relato. No hay miedo al &#8220;qué va a ser de mí mañana&#8221; si se enfadan y me quitan el ganapán. Ni ese temor que carcome a los profesionales de la pluma, ya convertido en tópico, sobre la diferencia entre lo que se sabe, lo que se dice y lo que se escribe. Sostengo que vivimos el momento más blando y más inocuo de la cultura española, y como no soy catalán, aunque ejerza, no me consuela pensar que lo mismo ocurre en muchas otras partes del planeta. (Por aquí el comparativo es casi un discurso filosófico, que sirve para todo y cubre todas las vergüenzas). Resulta sorprendente que alguien ose escribir de un ministro en ejercicio: &#8220;César Antonio Molina, como escritor, es muy malo. Mostró siempre problemas con las comas ycon el régimen de preposiciones. Es un hándicap que viene arrastrando desde que era colaborador de Diario 16 y su suplemento Culturas.Yo pensaba que, después de tanto tiempo transcurrido, habría mejorado su estilo, pero me equivoqué&#8221;. Y va, y lo explica. A su manera, pero lo explica. ¿Y qué decir del relato, breve y contundente, de los apaños del académico Jeremías Muñoz Molina para darle un premio de novela a su amigo Justo Navarro, quitándoselo a Miguel Sánchez Ostiz bajo la promesa de que le apañaría otro en Orihuela, mejor dotado? En un mundo de hipócritas, contarlo, tiene un valor intelectual de primer orden. ¿O no habíamos quedado en que eso de la verdad era un objetivo de la inteligencia?</p>
<p>Porque el valor, la audacia, incluso la temeridad son también obligaciones de la cultura. Por eso estamos como estamos y por eso el libro de Víctor Moreno obliga a pensar en cosas que quizá no habíamos valorado suficientemente. Las metástasis de nuestro tejido intelectual. ¿Qué está pasando para que nadie ose interrumpir esta coral de bombos mutuos y silencios elocuentes? De las seis partes que se compone el libro, cada una exige una reflexión, incluso cuando no se está de acuerdo. No hay efecto más patético que el de escribir y que la gente te diga &#8220;yo estoy de acuerdo con lo que usted escribe&#8221;, ¡como si fuera un elogio! A mí la gente que piensa como yo me interesa muy poco y no me ayuda nada; la vanidad la perdí hace muchos años. Vivimos tiempos tan curiosos que se ensalza al que piensa como nosotros. ¿Quién carajo somos nosotros?De lo que se trata es de que nos hagan pensar de otra manera. Imprescindible partir de que no somos la hostia yque nos tienen envidia porque somos muy buenos, tanto, que incluso temen, ¡esos bárbaros!, que los civilicemos.</p>
<p>Fuera de lugar,que tiene un subtítulo poco feliz, por equívoco &#8211; Lo que hay que leer de críticos y escritores-,es un retrato sarcástico de la autosatisfacción de la cultura española dominante. Nunca hubo tantos grandes escritores, tantos suplementos literarios y revistas oficiales dedicadas a la cultura, tantas instituciones culturales&#8230; y nunca, desde que tengo noticia viva de ello, la cultura fue tan sumisa y tan hipócrita. Basta rascar un poquito y aparece el paleto inseguro que llevamos dentro. Y eso explica que entre las cosas más irritantes de nuestro filisteísmo cultural &#8211; esa mezcla de mediocridad y soberbia académica-,que tiene a gala no sorprenderse de nada y darlo todo por sabido, figure una expresión repetida hasta la saciedad: &#8220;no cuenta nada nuevo&#8221;. Ciertamente Víctor Moreno quizá no cuente nada nuevo para los curtidos en el oficio de la pluma. Ellos ya lo sabían, pero tenían buen cuidado de que usted no se enterase; como si se tratara de una vulgaridad adscrita a los gajes del oficio o un secreto entre cómplices. De ahí que sea tan saludable este libro publicado en Pamplona, en mil modestos ejemplares, porque ilustra bastante más que la retahíla de textos inanes que nos ha deparado el 2009.</p>
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		<title>Teoría impertinente de la lectura</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Aug 2009 21:19:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Luis García Montero</strong>, escritor (EL PAÍS, 16/08/09):</p>
<p>Es agosto y la playa está llena de gente. Observo a mi hija mientras lee tumbada en una hamaca, en medio de los gritos, los bañistas, los paseantes, las cometas y los vendedores de patatas fritas. El acto de leer delimita para ella un espacio propio, un reino singular de soledad y absoluta pertenencia. Siento lo mismo que cuando veo a alguien leer en el metro, en los aeropuertos o en el banco de una plaza. Aunque soy de los que prefiere refugiarse en el ámbito de una butaca familiar, reconozco &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/26342/teoria-impertinente-de-la-lectura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Luis García Montero</strong>, escritor (EL PAÍS, 16/08/09):</p>
<p>Es agosto y la playa está llena de gente. Observo a mi hija mientras lee tumbada en una hamaca, en medio de los gritos, los bañistas, los paseantes, las cometas y los vendedores de patatas fritas. El acto de leer delimita para ella un espacio propio, un reino singular de soledad y absoluta pertenencia. Siento lo mismo que cuando veo a alguien leer en el metro, en los aeropuertos o en el banco de una plaza. Aunque soy de los que prefiere refugiarse en el ámbito de una butaca familiar, reconozco la sigilosa intimidad que traza las fronteras personales del lector callejero entre la multitud.</p>
<p>Mi hija está allí con una certeza impertinente, con una autoridad singular que desafía al mundo. Lo curioso es que también sé que no está allí. Como yo le he dejado el libro en el que ahora vive, estoy convencido de que se encuentra en Venecia, observando con ojos de persona mayor la belleza de un adolescente.</p>
<p>La verdad es que resulta curiosa la afortunada flexibilidad de los asuntos reales. Mis ojos de hombre maduro observan en una playa de Andalucía la belleza de una adolescente que reafirma con una misteriosa autoridad su presencia, su forma de estar aquí, mientras se encuentra muy lejos, en otro mar, observando con ojos de persona mayor los baños de un adolescente.</p>
<p>A veces siento que el ser humano no se caracteriza por su capacidad de pensar, sino por su capacidad de dividirse, de hacerse presente o de borrarse según las necesidades de su deseo y su conciencia. Por eso me parece decisiva la operación de leer como metáfora de una reivindicación decente de la modernidad. Copio unas palabras de Edward W. Said, de su libro <em>Humanismo y crítica democrática</em> (Debate, 2008): &#8220;La realidad de la lectura es, ante todo, un acto de emancipación e ilustración humana, quizá modesto, pero que transforma y realza nuestro conocimiento en aras de algo diferente del reduccionismo, el cinismo o el estéril mantenerse al margen&#8221;.</p>
<p>Las formas del dogmatismo actual, más allá de las ideologías totalitarias, tienen mucho que ver con la reducción de los matices del mundo a breves titulares que sirven para imponer opiniones y simplificar la realidad, haciendo imposible un verdadero uso de la conciencia individual. Los dogmas de hoy dependen con frecuencia de las nuevas velocidades de la información. La invitación al cinismo, el deseo de relativizarlo todo, suele ser el camino de las inteligencias que juegan a destruir las ilusiones colectivas.</p>
<p>Como hacía el poeta Campoamor contra el liberalismo romántico, los cínicos, más que defender sus ideas reaccionarias, se limitan a ridiculizar las apuestas optimistas. Confieso que el cinismo, como disfraz del pensamiento reaccionario, me molesta incluso más que la pretendida pureza de los que se mantienen al margen y se lavan las manos. A los puros, es decir, a los inquisidores actuales, no les preparan el terreno los sacerdotes, sino el cinismo.</p>
<p>No es, por tanto, asunto menor la reivindicación de la lectura si sirve para defender la emancipación humana en contra de los dogmáticos, los cínicos y los puros. Hay que tomarse en serio una pasión de entrega atenta a las palabras del otro, que tiene como resultado último la confirmación independiente de la realidad personal. Observo a mi hija mientras lee. Está aquí y en otro lugar, es ella más que nunca, porque descubre sus sentimientos, y es al mismo tiempo otro. Cada lector se ha formado gracias a las palabras de muchos autores, que también llegaron a conocerse a sí mismos cuando organizaron sus palabras, sus ideas y sus sentimientos para establecer un diálogo con sus lectores. ¿A qué se parecen las operaciones de leer y escribir? A ponerse en el lugar del otro, quiero decir, por ejemplo, a cuidar a una hija o a un familiar enfermo. Sólo descubrimos lo que hay en nosotros mismos cuando nos desdoblamos para cuidar al otro.</p>
<p>Bernhard Schlink contó en su novela <em>El lector</em> la historia de un adolescente alemán que vivió una historia apasionada de amor con una mujer madura. Todos los días, antes de ir a la cama, la mujer le pedía a su joven amante que leyese en voz alta algunas páginas de un libro. Rota la historia de amor y pasados los años, el protagonista de la novela, ya estudiante de Derecho, se reencuentra por sorpresa con su antigua amante en un juicio, acusada de haber participado en uno de los horrendos crímenes del nazismo. La práctica jurídica adquiere entonces para el estudiante otra dimensión. No justifica de ninguna manera un crimen que lo conmociona por dentro, pero tampoco puede limitarse a juzgar desde fuera. El lector necesita comprender lo ocurrido, meterse en el drama, ponerse en el lugar del otro.</p>
<p>Nos ponemos muy pesados con nuestras identidades. Parece que no hay términos medios. Cuando no pretendemos imponer nuestras identidades como marco único de la totalidad, nos vamos al extremo contrario y diluimos nuestra conciencia individual en el mar ideológico de un todo que fijan las consignas y las costumbres de los otros. Por eso es decisiva la metáfora en la lectura, el sigilo con el que mi hija aprende a borrarse un poco para estar en la ciudad de sus personajes, sin renunciar a ella misma, descubriendo su propio rostro en las aguas de Venecia. Ninguna operación me recuerda tanto a la apuesta del contrato social, la otra metáfora con la que el pensamiento moderno quiso organizar los intereses privado y los públicos, las identidades y los vínculos.</p>
<p>La pérdida de prestigio social de las humanidades ha provocado un sentimiento de culpa entre sus disciplinas y un deseo de imitar a las ciencias. Una sucesión de pretendidos métodos científicos marca desde hace años los rumbos de las teorías literarias. Los métodos nacen, crecen, se reproducen y mueren con la pretensión de aportar una verdad científica al conocimiento de la literatura. Se sienten fuertes al aplicar un protocolo y utilizar un vocabulario tecnológico de muy dudoso gusto.</p>
<p>Estoy convencido de la importancia de la teoría literaria, pero estoy convencido también de que ninguna pretensión científica es más importante que la capacidad personal de lectura, la solitaria pasión con la que Leo Spitzer, Roman Jakobson, Roland Barthes, Dámaso Alonso o Fernando Lázaro Carreter supieron leer. No los admiro por científicos objetivos, sino porque con una soledad cuidadosa supieron hacer en su despacho, ante una página de Garcilaso o Baudelaire, lo mismo que ahora hace mi hija con sus ojos adolescentes.</p>
<p>Ante la certeza de los dogmas y la homologación de las conciencias, tal vez haya que darle hoy su completo significado histórico a la emoción del lector. La soledad compartida de alguien que lee unos versos o una narración, alguien que pide tiempo para vivir cada palabra hasta hacerse dueño de sus propias opiniones, es la mayor ofensa que podemos hacerle a un economicismo desalmado que cuenta con poderosísimos mecanismos tecnológicos de control de las conciencias y que liquida los espacios públicos, suprimiendo los textos y las plazas, es decir, los lugares donde los individuos, sin renunciar a ser ellos mismos, borran un poco sus identidades concretas para convertirse en ciudadanos.</p>
<p>Oponerse al progreso de la ciencia y la tecnología es simplemente reaccionario. Pero eso no significa olvidar el sentido de las humanidades, o asumir una definición tecnológica del futuro. La ciencia no puede perder la raíz de su pacto humanista. Quizá ser moderno, más que llenar las costumbres de vocabulario desarrollista, consista es ser capaces de volver a formular un contrato social adaptado a los nuevos tiempos. Y para firmar un contrato conviene leerlo todo, hasta la letra pequeña de los documentos. Así lo siento cuando pienso en el futuro, mientras observo la impertinente soledad de mi hija que lee, rodeada de gente, en una playa del sur.</p>
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		<title>Leyendo</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 20:40:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Agustín García Calvo</strong>, catedrático emérito de Filología Clásica de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 12/07/09):</p>
<p>Para intentar que no se siga confundiendo la lengua con la escritura: la lengua (recuérdalo, lector) no es de nadie, y se le da a cualquiera sin distinción de clase o sexo, el solo invento que no se vende, gratuito más que el agua o que el aire: la escritura, en cambio, tiene dueño: es de los señores, de los sacerdotes y, bajo el régimen democrático, de todo el que en la escuela la haya adquirido, sabiendo que vale mucho y &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/25805/leyendo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Agustín García Calvo</strong>, catedrático emérito de Filología Clásica de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 12/07/09):</p>
<p>Para intentar que no se siga confundiendo la lengua con la escritura: la lengua (recuérdalo, lector) no es de nadie, y se le da a cualquiera sin distinción de clase o sexo, el solo invento que no se vende, gratuito más que el agua o que el aire: la escritura, en cambio, tiene dueño: es de los señores, de los sacerdotes y, bajo el régimen democrático, de todo el que en la escuela la haya adquirido, sabiendo que vale mucho y que sólo con ella puede manejarse en este mundo y ganar puestos en la escala de la sociedad; como que escritura es la cultura, y en ella está el comienzo mismo de la historia: de lo de antes, de cuando habría por ahí hablando gente, sin huella y registro escrito, no se sabe.</p>
<p>Esta diferencia parece clara, ¿no? Y, sin embargo, habrán de seguirse confundiendo, porque es que el Orden Social, y uno mismo en sus adentros, tiene sumo interés y gran empeño en que se confundan, esto es, en que la lengua no sea otra cosa que la escritura, la cultura, que es lo que ellos saben y manejan, y aun le ponen reglas y lo pagan debidamente, mientras que descubrir lo que ni uno ni sus amos saben, que hay algo por debajo de lo sabido y que uno (ni sus amos) no sabe lo que hace cuando habla, y que habla así de bien gracias a que no lo sabe, eso (¿verdad, lector?) es algo peligroso, y por lo tanto se rehuye.</p>
<p>Algo hay que aclarar en este trance: que es que domina mucho la idea de separar lo que hacen otros medios, como la televisión ante todo, y contraponerlo con la escritura y la lectura, y así, con la mejor intención, se lanzan campañas a favor de la lectura contra la entrega a la pantalla de televisores y ordenadores; pero no es así: todos los medios de formación de personas, por imágenes &#8220;que dicen más que mil palabras&#8221; o por conversión de las palabras (escritas) en números de códigos digitales, no son más que desarrollos de la escritura, y se sobreponen igualmente a la lengua viva; también, a su modo, las grabaciones de la voz, que ya, al reproducirse, no pueden decir acaso algo, sino sólo lo que está dicho.</p>
<p>¿Es esto un desprecio de la lectura? No, lector: ni siquiera esto mismo que te escribo habría alcanzado a descubrirlo sin la ayuda de algunas cosas que de vez en cuando se han dejado escribir los pocos sabios que en el mundo han sido; ni aun la voz de aquellos que, como Sócrates o Cristo, sentían ya la traición de la escritura y la rechazaban, habría llegado hasta nosotros a no ser por medio de los escribidores, Platón o los evangelistas: de tantas contradicciones estamos hechos, y gracias por ello a los ángeles sin nombre que se nos entrecruzan por el camino.</p>
<p>Pero óyeme, lector, si puedes, todavía un poco: es cierto que, ya de hace siglos, se nos ha impuesto la técnica de leer con los ojos, sin musitar siquiera con los labios, y hasta la habilidad de leer en diagonal, de un vistazo, páginas enteras; pero eso no quita, ni acaba de matarlo nunca, la posibilidad de leer en voz alta, esto es, de devolver las palabras escritas a los aires.</p>
<p>Todavía no hace mucho (hasta el triunfo casi global, hace cosa de un siglo, del régimen democrático) duraba en las escuelas mismas la costumbre de que los niños aprendieran de memoria fábulas u otras poesías que pudieran luego recitar en alta voz y hasta uno solo musitárselas a sí mismo de vez en cuando; y duraba en algunos sitios la tradición de poesía popular (es decir, anónima), no sólo de canciones o baladas, sino también de largas epopeyas; que, aunque a veces se anotaran para ayuda de la memoria, volvían a vivir en el canto o recitado; y hasta, ¡qué diablos!, yo mismo (ya ves, lector, cómo es uno de viejo y fiel) no hago más que arrancar de los escritos donde las he aprendido largas tiradas de Homero, Safó, Píndaro, Virgilio, Horacio, fray Luis de León, Machado, Unamuno&#8230;, para echarlas al aire mientras me afeito o canturreármelas para adormecerme un poco al estrépito de la feria.</p>
<p>Claro está, lector, que, al leer así, al volver de la escritura a la lengua viva y dejar a las palabras libres por el aire, ellas van inevitablemente a mudarse, a olvidarse de la fidelidad a lo escrito y venir a dar, con más o menos aciertos o desgracias, en incesantes variaciones, como sólo en variaciones la poesía anónima vivía: ése es el peligro de esta manera de leer, y ésa es (o ¿qué otra cosa te creías?) la libertad; la de las palabras, hombre.</p>
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		<title>¿Todo está en los libros?</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 19:33:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/06/09):</p>
<p>Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar al Príncipe Encantador en los libros&#8221;, escribió Isak Dinesen. La literatura nos permite vivir con más intensidad nuestra propia vida y tener aventuras que estén a la altura de nuestros anhelos y sueños. El lenguaje poético, según la gran escritora danesa, debe responder al sentimiento del placer pero también del deber. Amar algo es apropiarse de su vitalidad, como hace el cazador con las piezas que cobra, pero también hacerse responsable de ello. Algo, en suma, muy cercano &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/25374/todo-esta-en-los-libros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/06/09):</p>
<p>Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar al Príncipe Encantador en los libros&#8221;, escribió Isak Dinesen. La literatura nos permite vivir con más intensidad nuestra propia vida y tener aventuras que estén a la altura de nuestros anhelos y sueños. El lenguaje poético, según la gran escritora danesa, debe responder al sentimiento del placer pero también del deber. Amar algo es apropiarse de su vitalidad, como hace el cazador con las piezas que cobra, pero también hacerse responsable de ello. Algo, en suma, muy cercano a la experiencia amorosa.</p>
<p>&#8220;Una entrega encantada&#8221;, así definió Ortega el amor. Es lo que nos pasa cuando leemos un libro que nos gusta. Accedemos gracias a él a un lugar nuevo, un lugar de hechizo que tal vez no podamos abandonar. Buscamos como los vampiros nutrirnos de una sangre que no nos pertenece para fortalecer con ella nuestra propia vida.</p>
<p>Que los libros tienen el poder de cambiarnos, es algo que me parece fuera de toda discusión. No son obviamente todos, pero hay algunos que tienen sin duda ese incomparable poder. ¿Todo está en los libros? De alguna forma sí, porque los libros proceden de la vida. Edith Wharton, en su prólogo a <em>Historias de fantasmas,</em> se permite dar un consejo a los jóvenes aprendices de escritores: &#8220;Si quieres escribir una historia de fantasmas debes sentir miedo al hacerlo&#8221;. Es lógico que les diga esto, pues si no conocieran el miedo ¿cómo podrían transmitírselo al lector? El escritor necesita haber vivido para lograr que su experiencia pase a sus lectores a través de la escritura, pero esto no quiere decir que leer sea lo mismo que vivir. Los libros nos ofrecen imágenes y palabras que tal vez ayudaron a vivir a otros hombres, y que pueden ayudarnos a nosotros, pero no se confunden con la vida ni pueden sustituirla.</p>
<p>La literatura es como un gran almacén. Se guardan en él todas las emociones humanas, nuestros sueños y nuestras preguntas, y leer es entrar en ese almacén y tomar lo que necesitamos. El lector devuelve a la vida, a través de lectura, lo que el escritor tomó de ella para escribir sus libros, con lo que el círculo se cierra. Bernhard Schlink ha escrito una novela, sobre la que acaba de hacerse una película, que es una delicada metáfora de todo esto. Se titula <em>El lector</em> y en ella un adolescente conoce a una mujer que le dobla la edad y con la que inicia una apasionada relación. En las pausas de sus encuentros sexuales, ella le pide que le lea los libros que estudia en la escuela. El muchacho lo hace, y las palabras de esos libros regresan a la vida en forma de caricias y encendidos besos. Y el muchacho quedará marcado para siempre por esa turbadora mezcla.</p>
<p>Las bibliotecas son como la cueva de Alí Babá, y la historia de la literatura es la historia de cómo se ha ido formando ese botín inagotable y secreto. Leer es aprender a pronunciar las palabras que abren las piedras y rescatar ese botín del olvido. Las palabras de la poesía tienen esa maravillosa cualidad y participan a la vez del mundo real y el de los sueños. La poesía nos lleva a los lugares soñados donde yacen los tesoros, pero a la vez nos permite regresar de ellos con las bolsas repletas. ¿Paraqué serviría un tesoro si no se pudiera robar? Un tesoro no es nada sin un lugar real donde ser ofrecido o repartido. Y ese lugar real es la vida de todos los lectores del mundo.</p>
<p>Jorge Luis Borges agradece en <em>El poema de los dones</em> la diversidad de las criaturas que forman este singular universo. Da gracias por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises; por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad; por las místicas monedas de Ángel Silesio; por el último día de Sócrates; por aquel sueño del Islam que abarcó mil y una noches; por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres; por las rayas del tigre; por el lenguaje que puede simular la sabiduría; por el sueño y la muerte&#8230; Todos esos dones componen un único libro, un libro inagotable, en que vida y lenguaje se confunden.</p>
<p>Los libros están hechos de palabras, pero nuestra vida también. Ser hombre es vivir en el lenguaje, recibir esos dones que, en gran parte, se confunden con las palabras. Stéphane Mallarmé dijo que el mundo se creó para culminar en un hermoso libro, y vivimos tratando que nuestra vida se transforme en una historia que merezca la pena escuchar.</p>
<p>Cuando voy a dar charlas a los institutos de enseñanza media siempre digo a chicos y chicas que por mucho que se empeñen no pueden escapar a la literatura. No importa que no lean, que no abran un libro jamás, pues la literatura, la poesía, forma parte de ellos. Es más, tiene que ver con las experiencias más decisivas de sus propias vidas, con esos momentos de epifanía y gozo que todos anhelan tener.</p>
<p>Por ejemplo, el amor es una experiencia así. Transcurre en el mundo, es una experiencia que pertenece al campo de lo real, pero a la vez es una experiencia poética. Los momentos más intensos de nuestra vida tienen una naturaleza doble: suceden a la vez en el mundo real y en el de los sueños. La única manera de escapar a la literatura, sigo diciéndoles a mis jóvenes interlocutores, es dejar de vivir o tener una vida vulgar, cosa que ninguno de ellos obviamente desea.</p>
<p>Por eso les animo a leer, porque la vida sólo merece la pena cuando está hecha de la misma materia con que se hacen los buenos libros.</p>
<p>¿Y qué nos dicen esos libros? Algo muy simple: que podemos traernos cosas de los sueños. Coleridge tiene un poema en que un poeta sueña con un jardín fabuloso donde todo es perfecto. Paseando por sus senderos, ve un hermoso rosal y toma distraído una de sus rosas. Pero algo pasa y se descubre, de golpe, acostado en el cuarto inmundo de una pensión. Comprende decepcionado que ese jardín sólo ha existido en su fantasía y, cuando trata de volver a dormirse, ve sobre la mesilla la rosa que acaba de cortar. Puede que el jardín fuera un sueño, pero se ha traído de él una flor. ¿Es posible esto? La literatura nos dice que sí. El poema es la prueba. Coleridge no se limita a soñar con un lugar maravilloso, sino que escribe un poema que podemos leer. Ese poema es la rosa, una rosa de palabras. Leerlo es pasear por el jardín encantado, aspirar sus aromas desconocidos, llevar en las manos la rosa soñada.</p>
<p>No leemos porque queramos escapar del mundo, ni para sustituirle por otro hecho a la medida de nuestros deseos, sino para ser reales. Tal es la razón última de todos los libros que existen. &#8220;¡Quiero ser real!&#8221;, es lo que exclaman todos los lectores del mundo cuando abren un nuevo libro. Y, paradójicamente, ese deseo es su sueño más desatinado y hermoso.</p>
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		<title>La libertad y el placer de la lectura</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Apr 2009 21:27:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan José Fuentes Romero</strong>, escritor y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Coruña (EL MUNDO, 23/04/09):</p>
<p>La historia, con mayúsculas, empezó en Sumeria -lo que hoy es la martirizada tierra de Irak- hace unos 5.000 o 6.000 años. Imaginamos que tras siglos de tentativas más o menos fructuosas o estériles, de avances y de retrocesos, el ser humano logró entrar en ese mundo siempre maravilloso y enigmático, sin lugar a dudas, que es la escritura.</p>
<p>Desde el complejo texto cuneiforme sobre una tabilla de arcilla, realizado con una caña que hace pequeñas cuñas &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24806/la-libertad-y-el-placer-de-la-lectura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan José Fuentes Romero</strong>, escritor y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Coruña (EL MUNDO, 23/04/09):</p>
<p>La historia, con mayúsculas, empezó en Sumeria -lo que hoy es la martirizada tierra de Irak- hace unos 5.000 o 6.000 años. Imaginamos que tras siglos de tentativas más o menos fructuosas o estériles, de avances y de retrocesos, el ser humano logró entrar en ese mundo siempre maravilloso y enigmático, sin lugar a dudas, que es la escritura.</p>
<p>Desde el complejo texto cuneiforme sobre una tabilla de arcilla, realizado con una caña que hace pequeñas cuñas (de ahí el nombre de esa escritura primigenia), el proceso avanzó de manera espectacular, con increíbles cambios en el tipo de escritura (los fenicios mejoraron esencialmente el proceso, pasando de una escritura ideográfica y silábica al primer alfabeto hasta ahora conocido) y, en no menor medida, en los soportes sobre los que se escribía y en los materiales diversos que había que utilizar para ello.</p>
<p>Así se pasó desde la citada lámina de arcilla al papiro de Egipto y de éste al pergamino (de Pérgamo, en el Asia Menor, en lo que actualmente es Turquía), hasta llegar, muy posteriormente, al papel, traído a Occidente por los árabes desde China, donde fue inventado. En cuanto a las formas de esos soportes de lo escrito, se pasó desde el rollo de papiro y pergamino al códice, el formato de libro tal como lo conocemos y usamos hoy en día.</p>
<p>Hasta aquí estamos hablando de una escritura manuscrita, entendiento por tal la que se realiza mediante la mano de quien elabora el texto. A mediados del siglo XV un alemán, Gutenberg, lleva a cabo la que sin dudas es una de las más grandes revoluciones de todos los tiempos: la imprenta.</p>
<p>El libro deja de ser el producto de copias a mano para pasar a ser el resultado de la acción de una máquina. La velocidad de confección de cada libro se multiplica exponencialmente respecto a lo que tardaba un monje medieval en copiar un códice.</p>
<p>Los cambios no paran ahí y el siglo XIX ve la aparición de la imprenta industrial, una nueva multiplicación en el tiempo de confección del libro con referencia a la imprenta artesanal de Gutenberg, que prácticamente permaneció inmutable desde el siglo XV hasta el citado siglo XIX.</p>
<p>El último cambio -otra revolución, indudablemente- ha venido dada por la aparición arrolladora de las tecnologías de la información y de la comunicación: las conocidas TIC.</p>
<p>Pero hay algo que, en esencia, sigue permaneciendo inmutable desde los sumerios hasta ahora: la lectura. Cierto es que a lo largo de los siglos han ido cambiando las maneras de llevarla a cabo, de modo que se ha pasado de una lectura colectiva a otra individual.</p>
<p>Así, entre los griegos de la Academia platónica o del Liceo aristotélico era uno quien leía mientras los demás escuchaban, y luego se producía el comentario con la participación de todos los oyentes, en una especie de puesta en común de lo leído, rayando las más de las veces lo que hoy día llamaríamos brainstorming o, si lo quieren en castizo, lluvia de ideas.</p>
<p>Otro cambio en las manera de leer fue el paso desde la lectura en voz alta a la lectura en silencio. Durante muchos siglos se hizo en voz alta, de modo que en los conventos benedictinos estos monjes, los más decididamente defensores de la lectura, practicaban la lectio para que quienes no sabían leer -la inmensa mayoría de la población en la época-, pudiesen llegar al objetivo perseguido: la meditatio, siempre en torno a las Sagradas Escrituras.</p>
<p>De entre la infinita cantidad de anécdotas que se han producido a lo largo de la Historia, respecto a la lectura en voz alta de uno que lee para un grupo que escucha, he aquí una realmente curiosa. En Cuba, incluso hoy en día sigue habiendo fábricas de tabaco en las que una persona lee para los trabajadores, que mientras le escuchan se dedican a liar a mano los cigarros puros -indudablemente los mejores del mundo-. Pues bien, hace mucho tiempo, una de aquellas lecturas fue El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. La novela del escritor francés gustó tanto que los trabajadores se dirigieron al famoso novelista pidiéndole su permiso para bautizar con su nombre una de las más preciadas labores que llevaban a cabo. He ahí el origen del nombre de los afamados cigarros puros Montecristo.</p>
<p>En lo esencial, el proceso de la lectura ha permanecido inmutable desde el tiempo de los sumerios; esa permanencia casi sin cambios viene dada por algo que, de tan usual y repetido como proceso, nos pasa generalmente desapercibido. Mediante la lectura superamos las barreras del espacio y del tiempo.</p>
<p>Leamos, por ejemplo, el párrafo inicial del capítulo uno del Libro Primero del Heike Monogatari (El Cantar de Heike, poema épico clásico de la literatura japonesa): «En el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas. En el color siempre cambiante del arbusto de shara se recuerda la ley terrenal de que toda gloria encuentra su fin.Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgulloso. Como el polvo que dispersa el viento, así los fuertes desaparecen de la tierra».</p>
<p>Se nos cuenta en esta obra, escrita a principios del siglo XII, la historia de los Heike, una familia de guerreros: su llegada a la cima del poder, y su posterior e inevitable decadencia.Este libro nos hace cercana una historia escrita en el otro extremo del mundo, en Japón.</p>
<p>Pero la lectura nos sirve también para superar la barrera del tiempo. Veamos: «Se ha de quebrar la humanidad como caña de cañaveral.El mejor de los muchachos, la mejor de las muchachas, la mano de la muerte se los lleva. La muerte, que nadie ha visto, cuyo rostro ninguno ha contemplado ni escuchado su voz. ¡La muerte cruel que quiebra a los hombres! ¿Acaso construimos nuestras casas para siempre? ¿Contraemos compromisos para siempre? ¿Repartimos un patrimonio para siempre? &#8230;Tantos rostros que veían el sol y de golpe ya no queda nada&#8230;». Este párrafo pertenece a la tablilla número XI de la Epopeya de Gilgamesh, «el hombre que no quería morir». Fue escrito hacia el año 2650 antes de Cristo, por los sumerios, probablemente en la ciudad de Uruk, en lo que es ahora Irak. Han pasado cerca de 5.000 años y ese trágico lamento de Gilgamesh, el héroe que busca afanosamente la inmortalidad, nos impresiona como si hubiese sido escrito ayer por la mañana.</p>
<p>COMO decíamos, la escritura, y su posterior lectura, nos sirve para, en cierto modo, hacernos inmortales, para romper las fronteras de lo espacial y lo temporal. Pero leer es eso y mucho más que eso. Ortega nos contó, en su más que citada Misión del bibliotecario, que un tigre es siempre el mismo. No puede superar de ninguna manera las barreras de su especie. Está condenado a ser siempre el mismo. Podrá variar el número de sus rayas, la intensidad de su color, su grado de ferocidad&#8230; pero siempre será el mismo tigre.</p>
<p>Frente a ese tigre inmutable (y también, cierto es, inmortal: ningún tigre sabe que algún dia va a morir) el ser humano, cada ser humano, es único. Trasciende lo meramente genérico y, a través del proceso acumulativo del saber, aprende lo que ya saben otros e incluso, a partir de lo aprendido, puede él mismo incrementar ese caudal de conocimientos.</p>
<p>Cierto es que en las culturas orales ese proceso existe, pero no es menos cierto que la escritura y la lectura son las que han permitido multiplicar hasta el infinito ese proceso nunca detenido del aprendizaje de los seres humanos y de la multiplicación de lo que cada generación ha aprendido.</p>
<p>Además de todo lo dicho, y probablemente en primer lugar, la lectura es libertad. La auténtica escritura, y la lectura por consiguiente, es el mayor y mejor ejercicio de libertad que cualquier ser humano puede llevar a cabo.</p>
<p>No hace falta estudiar demasiada historia para ver cómo cualquier sistema autocrático ha señalado al libro como a uno de sus peores enemigos. Y con razón. Las más grandes revoluciones que han tenido lugar en la historia de la humanidad no han sido las que ocasionan guerras, destrucción y muerte. En absoluto. Las más grandes revoluciones han venido dadas por libros. La Biblia, el Corán, las obras de Kant, de Hegel y de tantos otros han cambiado esencialmente nuestra manera de ver y entender la vida o, lo que es lo mismo, nos sirven para intentar entendernos a nosotros mismos, para intentar encontrar respuestas a las grandes preguntas, las básicas, las de siempre.</p>
<p>Pero, además, la lectura es libertad en un sentido aún más individual, más personal si se quiere: no nos pueden obligar a amar, o a odiar; de la misma manera, aunque algunos se empeñen en lo contrario, no se puede obligar a nadie a leer. Se le podrá obligar a estar delante de un libro, pero leer, lo que se dice leer, sólo leemos los que lo hacemos porque sí, porque nos apetece o, más en corto, porque nos da la real gana.</p>
<p>Yo soy yo&#8230; y mis lecturas, que diría Don José.</p>
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		<title>A quien lee se le nota; y a quien no, también</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Apr 2009 21:12:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Pablo Zapata Lerga</strong>, escritor (EL CORREO DIGITAL, 23/04/09):</p>
<p>Ahora digo -dijo a esta sazón don Quijote-, que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho» (D. Q., II, 25). Y no estará de más que en estos días primaverales de resonancias cervantinas volvamos sobre el tema que tanto ocupaba al ilustre hidalgo de causas perdidas.</p>
<p>Amigos míos que saben de qué pie cojeo me suelen decir -unos con cierto pesar, otros como acto de sinceridad y otros como gesto de suficiencia- que no leen nunca un libro. En otras circunstancias no me impresionaría demasiado, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24803/a-quien-lee-se-le-nota-y-a-quien-no-tambien/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Pablo Zapata Lerga</strong>, escritor (EL CORREO DIGITAL, 23/04/09):</p>
<p>Ahora digo -dijo a esta sazón don Quijote-, que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho» (D. Q., II, 25). Y no estará de más que en estos días primaverales de resonancias cervantinas volvamos sobre el tema que tanto ocupaba al ilustre hidalgo de causas perdidas.</p>
<p>Amigos míos que saben de qué pie cojeo me suelen decir -unos con cierto pesar, otros como acto de sinceridad y otros como gesto de suficiencia- que no leen nunca un libro. En otras circunstancias no me impresionaría demasiado, pero es que muchos de esos &#8216;no lectores compulsivos&#8217; han pasado por la Universidad (no sé si la Universidad pasó por ellos). ¿De qué han servido tantos años de estudio de la lengua y la literatura? ¿Para qué ha servido toda una carrera universitaria? Han estudiado sólo lo necesario para una titulación utilitaria. ¿Dónde queda el concepto de &#8216;universtitas&#8217;?</p>
<p>El informe PISA -hecho con distanciamiento, conocimiento y objetividad- sigue dándonos machaconamente un aldabonazo todos los años: en este país se lee muy poco, con todo lo que conlleva ahora y ha traído a lo largo de los años. Pero los políticos siguen a la gresca, no se enteran, y ministerio tras ministro se empeñan en hacer a bote pronto planes etéreos que se olvidan al día siguiente y no llevan a ningún término. A los datos me remito, y es año tras año. Ya Larra decía: «Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas». Pobrecillo, como era clarividente, se suicidó de asco patrio al ver que la esperanza era una utopía, que la ilusión estaba ya enterrada. Lo de los amores fue la puntilla.</p>
<p>¿Y qué pasa por que no lea un libro?, dirá más de uno, y algunos con ostentación jactanciosa. Efectivamente, si no lees, no pasa nada, nadie se muere, se puede vivir perfectamente, hay pueblos enteros que no han leído nunca. Si no sabes quién fue Picasso, no pasa nada, puedes vivir largos años teniendo buena vista; si no te acercas a una rústica y humilde iglesia románica, no pasa nada, puedes andar por los caminos de la vida; si no escuchas nunca música de la grande, no pasa nada, hay miles de oídos con otras músicas, no te va a salir miel por los oídos; si no vas nunca al cine o al teatro, no pasa nada, que bastante teatro es la vida; si no sabes nada de Julio César, Alejandro, Napoleón o Cortés, no pasa nada, tus negocios pueden ir bien por el mundo; si no sitúas los accidentes geográficos más importantes del mundo, no pasa nada, te puedes pasear por ellos si tienes dinero; si no lees nada sobre religiones o filosofías, no pasa nada, que la abuelita tampoco leyó sobre estos temas y fue feliz.</p>
<p>Efectivamente, no pasa nada por que no abras un libro. No te vas a morir si tienes este rasero, no eres más ni menos guapo, no eres más ni menos rico. Pero es que hay otros aspectos que sobrepasan el mero comer, dormir, vivir o vegetar. Mirando así las cosas, por leer no eres ni más ni menos importante. No pasa nada, no pasa nada.</p>
<p>Pues sí pasa, y mucho. Con este criterio, veamos dónde queda la literatura, la música, la pintura, la arquitectura, el teatro&#8230; las ARTES. Si prescindes de las artes, efectivamente, podrás vivir, pero te falta mucho, te falta lo que de propio ha creado el ser humano, su inteligencia, y por tanto la creatividad, que es lo que nos distingue de los animales, de los borricos (¿con segunda?).</p>
<p>La cultura tiene un coste excepcional precisamente porque no se puede comprar con dinero, he ahí su valor. La cultura es enriquecimiento interior, cultivo, que no tiene que ver con la acumulación de títulos. En medio de tanta tecnología, que puede resultar asfixiante, hay que saber distinguir entre los estudios necesarios para adquirir un título que te capacite para el ejercicio de una profesión (el estudio como necesidad) y el estudio como enriquecimiento personal, como cultivo. La concepción griega del ocio y el nec-ocio, la renacentista, la de la Ilustración: saber para iluminar la mente.</p>
<p>Pues bien, el único medio de adquirir esa cultura enriquecedora está en el texto escrito, aparte de lo que aprendemos en la vida, que es el mejor libro, y en el saber viajar. «Todo lo que ha pasado en la Historia termina durmiendo en los libros», nos dice Unamuno. No importa si ese libro tiene el soporte de internet, fotocopia, artilugios deslumbrantes que están ya en el mercado, etcétera. Es la letra impresa.</p>
<p>¿Qué se les puede decir a ésos que proclaman que no pasa nada si no leemos? Es difícil convencer a quien no lo ha experimentado. ¿Se imaginan a un riojano exaltando las cualidades de un buen vino a uno de Laponia que no lo ha probado en su vida? Quien no lo ha experimentado no lo puede valorar. Por la vía de la lectura entramos en contacto con un mundo exterior a nosotros, con lo que no sólo vivimos de nuestras experiencias, sino que nos enriquecemos con las de otros, bien sean reales o ficticias. Cuando leemos, nos evadimos, salimos de nosotros y soñamos, que es algo muy saludable, tanto para el cuerpo como para el espíritu. Las personas soñadoras, sobre todo los más pequeños, llevan el brillo en los ojos. Y precisamente porque estamos en fechas cervantinas, voy a leer unos capítulos de su gran libro para soñar y evadirme de la realidad, sin exagerar en el dicho de Borges: «No hay que leer ningún libro que no haya cumplido cien años». Y también dice el argentino que la lectura «es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres».</p>
<p>No quiero terminar sin traer una cita de Federico García Lorca, de 1931: «Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: &#8216;¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!&#8217;. Tenía frío y no pedía fuego; tenía terrible sed y no pedía agua, pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir a la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural de un cuerpo con hambre, sed o frío dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida».</p>
<p>Si esto dicen los genios, por algo será.</p>
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		<title>Leer sin papel</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Apr 2009 21:23:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad de la Información]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Millán</strong>, escritor y coordinador del informe <em>La lectura en España.</em> (EL PAÍS, 09/04/09):</p>
<p>Cuando le preguntaron a un especialista cuál sería el futuro del libro contestó: &#8220;Si por libros entendéis nuestros innumerables cuadernillos de papel impreso, plegado, cosido, encuadernado bajo una cubierta que anuncia el título de la obra, reconozco francamente que creo que la invención de Gutenberg caerá más o menos próximamente en desuso como intérprete de nuestras producciones intelectuales&#8221;. Terrible predicción&#8230; que fue formulada hace más de un siglo, en 1894. Lo que entonces se suponía que iba a terminar con la lectura en &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24639/leer-sin-papel/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Millán</strong>, escritor y coordinador del informe <em>La lectura en España.</em> (EL PAÍS, 09/04/09):</p>
<p>Cuando le preguntaron a un especialista cuál sería el futuro del libro contestó: &#8220;Si por libros entendéis nuestros innumerables cuadernillos de papel impreso, plegado, cosido, encuadernado bajo una cubierta que anuncia el título de la obra, reconozco francamente que creo que la invención de Gutenberg caerá más o menos próximamente en desuso como intérprete de nuestras producciones intelectuales&#8221;. Terrible predicción&#8230; que fue formulada hace más de un siglo, en 1894. Lo que entonces se suponía que iba a terminar con la lectura en papel era la grabación fonográfica.</p>
<p>Cien años después nunca ha habido más libros, pero ahora se anuncia que lo que va a desplazar al papel es la lectura en pantalla: en ordenador, en teléfonos avanzados o en esos aparatitos llamados lectores de <em>e-books,</em> <em>libros-e</em> o (como acaba de proponer el académico Darío Villanueva) <em>portalibros.</em></p>
<p>Nadie sabe a ciencia cierta qué nos deparará el futuro, pero de momento el avance de los textos digitales ha provocado una extraordinaria cantidad de reflexiones y estudios sobre la lectura. Y de ellos podemos concluir que leer en papel es una operación muy diferente de la lectura en pantalla: mucho más de lo que podría parecer.</p>
<p>Y es que leer no es sólo acceder con los ojos al texto. Si así fuera, lo más <em>cómodo</em> sería un artefacto por el que fueran desfilando las letras (al modo de los textos que corren en las marquesinas), como en el cuento de Isaac Asimov que transcurre en 2157. Su protagonista recuerda: &#8220;Había una época en que los cuentos estaban impresos en papel. Era divertidísimo leer palabras que se quedaban quietas en vez de desplazarse&#8221;. Es difícil que llegue este libro <em>futuro</em> de palabras móviles porque el lector común no lee letra a letra ni palabra a palabra sino que se administra a bloques, mediante saltos de los ojos, las porciones de texto que va descifrando.</p>
<p>Pero, ¿y la tinta electrónica?, ¿y esos dispositivos (como el Kindle, el Sony o el iLiad) que presentan página a página de quietas palabras, en condiciones casi perfectas de legibilidad? ¿No será lo mismo leer en ellos que leer en un libro o un periódico de papel? Sorprendentemente, no.</p>
<p>Los últimos siglos la lectura ha estado asociada a unos soportes materiales y a una serie de prácticas ligadas a ellos. Lo primero de lo que nos informa la obra en papel es de su tamaño: una novela o un manual de 700 páginas no encierra las mismas promesas que su equivalente de 150. Cuando las páginas que quedan por leer a la derecha del volumen forman un pequeño bloque, sabemos que ese encuentro de los protagonistas ha de ser el último que presenciemos, o que el autor considera que ya sabemos casi todo respecto a la materia que estudiamos.</p>
<p>Pero los artefactos lectores presentan idéntica apariencia para obras enormes o diminutas. Sí: indican de distintas maneras lo que llevamos leído en relación a lo que falta, pero eso nos informa de un modo sorprendentemente pobre sobre nuestra relación con la obra.</p>
<p>Los lectores electrónicos además <em>aplanan</em> el texto, suprimiendo las distinciones tipográficas y espaciales que lo jerarquizan a los ojos del lector. Hay que señalar que aquí radica también una de sus ventajas, porque permiten aumentar el tamaño de la letra para lectores con problemas de visión. Pero en productos textualmente complejos como los periódicos la jerarquización tipográfica es vital. El poeta experimental Kenneth Goldsmith creó la obra <em>Day</em> (2003) reescribiendo en un tamaño de letra uniforme la totalidad del ejemplar de diario <em>The New York Times</em> del 1 de septiembre de 2000, incluidos anuncios y cotizaciones de Bolsa. La resultante fue un tomo de 836 páginas tamaño folio. ¿Un solo ejemplar de un periódico contenía tanto texto como un novelón? Sorprendentemente sí, pero sobre el papel la disposición espacial y los tamaños de letra van diciendo al lector qué importancia y uso tiene cada texto: éste para lectura, éste para hojeo, éste sólo para consulta.</p>
<p>Otra cuestión que rompe con hábitos culturales sólidamente asentados es el hecho de que dentro del <em>e-book</em> convivan muy distintos libros. En la experiencia común, un tomo podía agrupar diferentes obras siempre y cuando tuvieran algo que ver entre sí, como ocurre en una antología o las comunicaciones de un Congreso. Pero mi <em>e-book</em> contiene un par de novelas de Galdós, otra de Neal Stephenson, los manuales del aparato, distintas selecciones de prensa del día, varias traducciones de la Biblia y una extensa convocatoria del <em>BOE.</em></p>
<p>¿Perdemos algo leyendo en pantalla? William Powers, columnista de la revista estadounidense <em>The Nation,</em> llamaba recientemente al papel &#8220;el arma secreta de los periódicos&#8221;: &#8220;La mayor fuerza del papel reside en el hecho de que la mente se asienta en un estado de tranquilidad apaciguada que da lugar a reflexiones más acertadas. Ese estado es mucho más difícil de lograr cuando se lee en formato digital donde la información es infinita y donde existen tantas actividades posibles en cualquier momento&#8221;.</p>
<p>En efecto: hay estudios que describen a los lectores de páginas <em>web,</em> incluso académicos, como &#8220;promiscuos, diversos y volátiles&#8221;, por su hábito de &#8220;picoteo&#8221; de páginas, lectura parcial y cambio frecuente de objeto. No es extraño que surjan programas que, como Readability, despejan el contenido de una página <em>web</em> retirando todo lo que rodea al texto central (propuestas de otras lecturas, anuncios, barras de navegación), con el objeto de que el lector se concentre.</p>
<p>El papel, por el contrario, ata al lector a una obra determinada, pero eso no es necesariamente malo. Encerrados en un vagón de ferrocarril con un único libro, se nos plantea el reto de proseguir su lectura, aunque sea compleja, mientras que situados ante una proliferación de obras podríamos saltar a otra, y de ella a otra más, sin nunca terminar ninguna&#8230; El papel también hace nuestro lo que leemos, a través de subrayados y anotaciones, operaciones imposibles o muy engorrosas sobre textos digitales.</p>
<p>No es extraño que cambios aparentemente menores en la práctica lectora (como leer en un soporte material o en uno virtual) tengan consecuencias notables. La lectura es una actividad neurológicamente complejísima. Una obra reciente de la psicóloga Maryanne Wolf, <em>Proust y el calamar,</em> nos recuerda que el acto de lectura no es natural: en él confluyen mecanismos cerebrales surgidos evolutivamente con otros fines, y de hecho el aprendizaje de la lectura cambia el cerebro del sujeto que la practica, hasta tal extremo que lo configura de una determinada manera si lee en caracteres alfabéticos (como el español) y de otra si lo hace en ideogramas chinos.</p>
<p>Por otra parte, la especialista Anne Mangen nos recuerda &#8220;el papel vital de nuestros cuerpos, incluso en una actividad tan aparentemente intelectual como la lectura&#8221;: leemos con todo el cuerpo, y sobre todo con las manos y los dedos. Y también sabemos desde el Renacimiento que leemos en el espacio: quien haya preparado una tarea intelectual distribuyendo libros abiertos, obras de consulta y esquemas por la mesa de trabajo sabe lo difícil que es organizar y percibir la multiplicidad dentro de una pantalla. El lector como un homúnculo que se asoma por las ventanas de los ojos a la ventana de la pantalla es una construcción irreal y reduccionista.</p>
<p>Bienvenidos sean los libros electrónicos, que nos permitirán leer documentos larguísimos sin imprimirlos, y buscar palabras en sus páginas. Bienvenida sea también la lectura en la pantalla del ordenador, porque en muchos casos constituirá la única opción para leer obras a las que si no no podríamos acceder. Pero podemos estar seguros de que esta lectura nunca será &#8220;lo mismo&#8221; que la que habríamos llevado a cabo en papel: podrá ser suficiente para nuestros fines, podrá ser placentera, pero nunca será <em>igual.</em> Y sólo ahora estamos empezando a descubrir de qué maneras.</p>
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		<title>Leer en tiempos de crisis</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Mar 2009 21:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Fernández-Cuesta</strong>, director-editor de Ediciones Península (EL PAÍS, 13/03/09):</p>
<p>Confiemos, por una vez, en las estadísticas. En nuestro país ha crecido, repiten los datos oficiales, la comunidad lectora. Esta afirmación, por sí sola, debería ser motivo de satisfacción tanto para la industria del libro, necesitada de ampliar su cuota de mercado, como para los diferentes poderes públicos, deseosos de contar, sin duda, con una ciudadanía atenta, sensible y consciente.</p>
<p>Las reiteradas campañas de fomento de la lectura pretenden que lo hagamos de manera alegre y gozosa, divertida y espontánea, dando por sentado que el hecho físico e intelectual &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24261/leer-en-tiempos-de-crisis/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Fernández-Cuesta</strong>, director-editor de Ediciones Península (EL PAÍS, 13/03/09):</p>
<p>Confiemos, por una vez, en las estadísticas. En nuestro país ha crecido, repiten los datos oficiales, la comunidad lectora. Esta afirmación, por sí sola, debería ser motivo de satisfacción tanto para la industria del libro, necesitada de ampliar su cuota de mercado, como para los diferentes poderes públicos, deseosos de contar, sin duda, con una ciudadanía atenta, sensible y consciente.</p>
<p>Las reiteradas campañas de fomento de la lectura pretenden que lo hagamos de manera alegre y gozosa, divertida y espontánea, dando por sentado que el hecho físico e intelectual de leer, con independencia de la calidad, es un valor esencial de la democracia, un nuevo <em>activo ciudadano</em> comparable a la igualdad o a la tolerancia ante la diversidad.</p>
<p>Las acciones gubernamentales de impulso del hábito son genéricas, transversales, y no especifican o promueven materias concretas, títulos o escritores. Lo contrario sería, en los regímenes democráticos, una violenta intromisión en la autonomía de la voluntad, un atentado a la libertad de pensamiento, elección y empresa. Lea, repite el ministerio correspondiente, lea. El contenido ya lo decidirá usted -si puede y le dejan- actuando con su fuerza de cliente responsable <em>(sic)</em> sobre la inmensa y apetitosa oferta editorial.</p>
<p>Extender la cultura, sin proponer una definición de la misma, al cuerpo social a través de los libros preside las intenciones de la Administración, intenciones secundadas, con natural empeño, por las compañías productoras. Sin embargo, la lectura moderna, el modo contemporáneo de aproximación a las obras, es asumida por una parte mayoritaria de la ciudadanía -impulsada por estas campañas y el recuperado prestigio de la letra impresa- como un intento de recreación de la imaginaria &#8220;vida interior&#8221; (perdida ante la permanente exposición pública del mundo del trabajo), recreación artificial que cubriría un espacio vacío dentro del dominio de la individualidad. En resumen, una alternativa más de ocio privado ofrecido por la insaciable sociedad del espectáculo.</p>
<p>Sabido es que la lectura es una actividad individual. Un acto íntimo provocado por la relación entre el sujeto y el libro. Pero si esta acción no influye en el discurso colectivo dominante, si el trato con las imágenes, personajes, símbolos, sensaciones e ideas no genera crítica social y, por extensión, no facilita la participación juiciosa de la ciudadanía en los asuntos públicos, el hecho en sí quedará relegado a la mera intimidad, convirtiendo el ejercicio en una especie de autismo semántico o superflua exaltación de la subjetividad: un entretenimiento fugaz. Leer es el paso (necesario) del yo al nosotros. Un salto necesario para la profundización de la identidad colectiva.</p>
<p>Trascender, en aras de la participación, ese instante de intimidad que la lectura conlleva es una de las aspiraciones de toda comunidad lectora, de cualquier comunidad democrática. Es por esta razón que, superado el momento de soledad y concentración, esos minutos de introspección cada vez más escasos teniendo en cuenta el ruido reinante, la prolongación de las jornadas laborales y la convulsa vida en las sociedades occidentales, se impone el acercamiento de lo leído y experimentado al relato común, a la construcción múltiple, contra el pensamiento único, del sentido.</p>
<p>O la <em>polis</em> interpreta a sus clásicos y contemporáneos con sentido crítico y práctico, extrayendo consecuencias de sus miradas, o el individualismo, uno de los dogmas refutados en esta impredecible crisis neoliberal, seguirá articulando todas las respuestas posibles. <em>Lee y difunde,</em> se decía años atrás, cuando las palabras encadenadas influían. Los éxitos editoriales circulan <em>de boca a oreja,</em> se repite ahora.</p>
<p>Impulsado el libro, desde el siglo XIX, bajo la imaginaria entidad de capital cultural circulante, las obras adquieren su verdadero valor, su valor de uso y cambio, cuando las proposiciones e interrogantes que plantean -sean narración, ensayo o poesía- forman parte de los intercambios democráticos e integran el discurso activo del cuerpo social. Si Juan Marsé, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Alejandro Gándara, Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, por citar novelistas actuales, no consiguen generar una sociedad más reflexiva, si no sirven a los lectores -acostumbrados a leer sin modificar el escenario- para asaltar los cielos y cambiar los cimientos de la razón hegemónica, ¿cuál es su función? ¿Cuál será, en la sociedad posindustrial, la labor del escritor? ¿Agitar o entretener? ¿Impulsar o sedar? Los más respetuosos dirán: ambas. Para viajar alrededor de la equidistancia no hace falta tanta alforja de papel.</p>
<p>Con la llegada de esta crisis, que algunos llaman sistémica (estructural, crisis del modelo de producción) y otros se limitan a calificarla como la más grave (coyuntural, crisis del modelo de gestión) desde la fundación del actual orden mundial en el fastuoso complejo hotelero Mount Washington en Bretton Woods (julio, 1944), el sector editorial ha lanzado su valiente premisa y construido su particular <em>storytelling:</em> el libro será uno de los valores refugio del pequeño consumo. Disminuye la demanda, se sostiene, y la recesión es un hecho empírico, pero la lectura se mantendrá firme -y la industria sufrirá menos que otras, pese a los previsibles reajustes- ya que los consumidores no podrán pasar sin su dosis cotidiana de letra impresa, sin su compulsivo y organizado ocio lector. Respiremos tranquilos. El optimismo cultural nos hará libres.</p>
<p>Estos días, parece, vuelven a las librerías textos del vilipendiado Karl Marx. Keynes y Galbraith son rescatados <em>-zombis</em> altaneros y polvorientos- de los almacenes. A tenor de estas reediciones -aceptando que esta sorprendente premisa sea cierta-, en épocas de crisis vuelven las respuestas conocidas, aquellas que fueron olvidadas por la arrolladora presencia, casi militar, de la producción teórica y literaria de los <em>thinks tanks</em> neoliberales. Pero las claras exposiciones históricas, sociológicas o políticas de analistas como Eric Hobsbawm, Vicenç Navarro, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, José Manuel Naredo, Slavoj Zizek, Zygmunt Bauman o Terry Eagleton, por nombrar los más conocidos, no aparecen, como debieran, en el paisaje libresco cotidiano.</p>
<p>Vivimos en uno de los países europeos con mayor índice de fracaso escolar. Sumemos -un rápido cálculo- las horas de permanencia en el puesto de trabajo (el que lo tenga) al tiempo empleado en los desplazamientos. Añadamos a este resultado el promedio de horas, por persona, delante de la televisión (datos ofrecidos por los índices de audiencia), la convivencia con la familia, hijos o amigos, el aseo personal y la intendencia doméstica, urgencias, imprevistos y el obligado sueño. Finalizada la cuenta, pocas horas quedan para la lectura. ¿Cuándo puede el votante medio sumergirse en los clásicos o en las modernas obras de Coetzee, Modiano, Saramago, Doris Lessing, DeLillo, Lobo Antunes, Le Carré o el recuperado y cinematográfico Richard Yates, uno de los creadores que, con más claridad, analizó, años atrás, lo que somos? Malos tiempos, sin duda, para Antonio Gamoneda o Manuel Vilas, valiosos e intensos poetas de diferentes y relacionadas generaciones.</p>
<p>Confiemos, una vez más, en las estadísticas: en España ha crecido la comunidad lectora. Las razones y propuestas que encierran los libros, el punto de vista o la mirada del autor, siguen ausentes del debate, de la escena pública. La formación del gusto -esto es, la tendencia a la uniformidad del sentido e interpretación de acuerdo con los intereses dominantes- y la complacencia de los lectores -hemos pasado, en pocos años, de susurrar en la trastienda de las librerías a la exaltación de lo sentimental, la aventura con apariencia literaria y el <em>bestseller</em> nacional e internacional- parecen ser los ejes cartesianos que delimitan la creación, su actual norma de estilo. Una premisa se alza entre las ruinas del modelo de gestión capitalista: la lectura es, más que nunca, un arma arrojadiza. Un afilado e imprescindible instrumento para afrontar y combatir la inestabilidad, vital y laboral, del presente. La salud de una comunidad -las constantes vitales de una sociedad- se puede diagnosticar, también, analizando la lista de los libros más vendidos.</p>
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		<title>Lecturas fronterizas a orillas del verano</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Aug 2008 19:30:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 16/08/08):</p>
<p>En el prólogo a un soberbio libro <em>(Breviario mediterráneo,</em> del crítico e historiador croata Pedrag Matvejevic), a Claudio Magris se le escapó una pequeña jerarquización bibliográfica. Elogiando el texto de Matvejevic, un relato entre una exhaustiva catalogación marítima y la prosa casi inventiva, Magris escribe: &#8220;Es probable que hoy sea éste el género más vivo y fecundo de la literatura, al menos de la narrativa, mucho más vivo y poético que las <em>novelas</em> que cuentan si al señor X le va bien o no con la señora Y&#8221;. No deja &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/21670/lecturas-fronterizas-a-orillas-del-verano/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 16/08/08):</p>
<p>En el prólogo a un soberbio libro <em>(Breviario mediterráneo,</em> del crítico e historiador croata Pedrag Matvejevic), a Claudio Magris se le escapó una pequeña jerarquización bibliográfica. Elogiando el texto de Matvejevic, un relato entre una exhaustiva catalogación marítima y la prosa casi inventiva, Magris escribe: &#8220;Es probable que hoy sea éste el género más vivo y fecundo de la literatura, al menos de la narrativa, mucho más vivo y poético que las <em>novelas</em> que cuentan si al señor X le va bien o no con la señora Y&#8221;. No deja de ser sorprendente la afirmación del intelectual triestino. Al hilo de esa declaración de intenciones, jugosa y fructífera, como todas las suyas, me acordé de <em>Madame Bovary,</em> de <em>Guerra y Paz.</em> Y sobre todo, no dejé de evocar con nostalgia la antigua lectura de <em>El cuarteto de Alejandría,</em> de Lawrence Durrell. Por citar sólo algunos de los lugares sagrados del gran arte de la ficción donde se nos cuenta todo lo bien y todo lo mal que a los señores X les va con las señoras Y. El sesgo clasificatorio de Magris, no obstante, en detrimento de la novela, no esconde una luminosa defensa de otros modelos narrativos (como el libro del croata, que él con tanta razón y razonamientos defiende), y estoy seguro de que también otros tipos de prosas, incluidas desde luego las que puede albergar un buen tratado de gastronomía o una introducción al rock contemporáneo. El pronunciamiento del autor de <em>El Danubio,</em> y sin ánimo de ponerme más trascendente, no hace más que invitarnos a reflexionar sobre el paisaje actual de la lectura en nuestro país. Que es saludablemente ecléctico, transversal y democrático.</p>
<p>Estimulantes polémicas aparte, el verano impone varios rituales. Uno de ellos es el de las lecturas llamadas tópicamente veraniegas. Aquí se mezclan los libros que no han podido ser leídos durante el año con los otros considerados sólo aptos para la canícula. Las montañitas librescas de las mesas de noche se trasladan a la segunda residencia, enriquecidas ahora con nuevos aportes bibliográficos. En estas listas es donde descubrimos la transversalidad lectora de los españoles. Un paseo por las principales librerías de las grandes ciudades indica rápidamente gustos variados. Y hasta sorprendentes, porque en una misma pila convivan generosamente autores y géneros tan distintos y hasta opuestos. Creo que va siendo hora de romper algunos tópicos. Uno de ellos es el de los lectores estancos, irreconciliables. Los que sólo, por ejemplo, leen a Carlos Ruiz Zafón y los que sólo leen a Paul Auster. (Hace pocos días, el centrocampista de la selección española de fútbol, Andrés Iniesta, declaraba que terminada de leer la última novela de David Trueba, se prestaba a iniciar la del autor de <em>La sombra del viento).</em> A propósito de esta cuestión, bastante menos espinosa que lo que muchos quisieran, pude comprobar en un hotel de Estocolmo, no hace más de un año, coincidiendo con unos turistas españoles, cómo durante una amable charla de sobremesa me confesaron sus gustos literarios: en sus preferencias compartían mantel en la misma mesa lectora un millonario <em>best seller</em> americano con las últimas novelas de Javier Cercas, Enrique Vila-Matas y Auster. En un momento dado, me rogaron una valoración. Creo que estaban más interesados en conocer mi juicio sobre el <em>best seller</em> que lo que pudiera opinar sobre los autores citados (tal vez porque todavía mantenían vivos unos inconscientes remordimientos por hacer coincidir en sus preferencias libros tan divergentes, y también porque de alguna manera daban por sobreentendida mi inclinación por un autor o autores en contra del aludido <em>best seller).</em> Les mentí diciéndoles que el millonario autor estaba bien. Y eso sólo porque descifré en sus miradas que habían disfrutado con esas lecturas. Indistintas, mestizas y confluyentes en el placer. Es lo que yo llamaría el auténtico placer burgués de la lectura. El placer maduro de las afinidades literarias fronterizas, que es al final el que contagia la elegancia estética y ensancha el gusto. En la misma línea, recuerdo una experiencia académica con un alumno (de curso preparatorio para el examen de acceso a la Universidad para mayores de 25 años). Un día me comentó su afición por las novelas de Stephen King. Su mirada parecía preguntarse si yo compartiría su elección. Le comenté que había leído algunas (y esta vez no mentí), y que me habían introducido en unos procedimientos narrativos para despertar la zozobra humana que me habían interesado sobremanera. Luego se mostró dispuesto a aceptar alguna sugerencia mía. No dudé ni un instante. Le conminé a leer <em>El gran Gatsby,</em> de F. Scott Fitzgerald. A los pocos días me comentó la experiencia. Me dijo que le había gustado muchísimo. Y lo que más me sorprendió fue cuando acotó que lo que más le había conmovido era el consejo que el padre del narrador le da a su hijo a las pocas páginas del comienzo del libro: &#8220;Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha disfrutado de las facilidades que tú has tenido&#8221;. Me sorprendió el comentario porque denotaba a un lector sensible. Pero sobre todo porque su observación coincidía con la de la escritora y ensayista norteamericana Siri Hustvedt en la misma dirección, a propósito de un artículo suyo sobre la novela de Fitzgerald.</p>
<p>Si cuento todo esto es porque ello ejemplifica el lector abierto. Y ese invisible y revelador punto de encuentro que se suele establecer entre los libros y las personas, al margen de elitismos estéticos y unidimensionales. Y que lo que realmente importa, a la postre, es esa especie de atracción fatal indiscriminada que la lectura ejerce sobre muchas personas. Ante ello, casi es irrelevante establecer categorías apriorísticas en materia de lecturas. Siempre me quedó la impresión de que ambos, los turistas españoles de Estocolmo y el chico del preparatorio, se prosternaban no tanto ante un fetiche de una u otra procedencia literaria determinada como ante el mismo acto de leer (que también, sin duda, puede ser otro fetiche de la sociedad del consumo, pero que hay antes otros infinitamente más narcóticos para la mente humana, y es el único que puede despertar en las gentes la curiosidad por otras vidas, otros caracteres, otras circunstancias nunca antes imaginadas).</p>
<p>Y para acabar con este tema. ¿Y si algunos libros no fueran superiores a otros, si algunos géneros (como el policiaco, el de espionaje, el de viajes o aventuras, que, por cierto, tanto se consume en las vacaciones estivales, o el ensayo político o los libros de autoayuda) tampoco lo fueran? ¿Y si sólo fueran superiores en sí mismos, ante sí mismos? Al final estamos hablando del lenguaje. El que Paul Valéry nos enseñó que lo hizo casi todo, &#8220;entre otras cosas, el espíritu&#8221;.</p>
<p>El verano puede ser una buena estación para romper fronteras. Humanas e intelectuales. Esa buena y excitante promiscuidad de autores y excelencias estéticas. El tiempo libre, que cada vez es más elástico y caprichoso, en verano adquiere una mundanidad gratificante e incontrolable. La misma que afecta al montoncito de libros que nos llevamos con nosotros a la playa o a la sierra. El concepto de integridad estética en verano relaja su perímetro de tolerancia habitual (que ya dije que es democrático, y hasta agregaría que tentadoramente errático). Ahora que se avecina el fin de la prosperidad, del humo especulativo, con sus consecuencias de pobreza material y espiritual, no vendría mal un poco de reflexión sobre cómo usamos nuestro tiempo libre. ¿Y si lo usáramos como en el verano? Leyendo y comentando con los amigos nuestras felicidades y desilusiones lectoras. Algún día tendremos que traer la playa y la sierra a nuestros hogares durante el resto del año. Incrementar la heterogeneidad de nuestra mesa de noche. La novela, el cuento, la poesía, la narrativa toda, como insinuaba Magris, el ensayo, el <em>best seller</em> (español, norteamericano, danés o sueco). He leído estos días una novela policiaca de la escritora noruega (y ex ministra de Justicia) Anne Holt. Sólo cuando la terminé, descubrí que estaba encabezada con una cita de Walter Benjamin. ¿Hubiera aprobado el filósofo su participación en un libro de detectives? Lo que importa ahora es que una autora de género (si quieren, de género veraniego) ha encontrado en la excelencia del pensamiento filosófico del siglo XX las palabras sabias, como afirma en su epílogo, que inspiraron la trama y la sustancia humana de su novela. Esa bendita porosidad de las palabras sin dueño.</p>
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		<title>Guadianas literarios</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 21:40:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong> es escritor (EL PAÍS, 03/08/08):</p>
<p>A primera vista, puede sorprender la gran cantidad de representaciones clásicas de este verano en toda Europa. Dante ha sido el centro del Festival de Aviñón con escenificaciones del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso en tres lugares distintos. He visto anunciado a Shakespeare por todos lados y yo mismo, en Barcelona, he asistido a dos excelentes <em>Rey Lear</em> casi seguidos. Distintos teatros han acogido una buena porción de las tragedias griegas, empezando por <em>Las troyanas,</em> de Eurípides, representada en Mérida. Sorprendentemente, pues, en apariencia, dado que nuestra época no se distingue &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/21123/guadianas-literarios/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Rafael Argullol</strong> es escritor (EL PAÍS, 03/08/08):</p>
<p>A primera vista, puede sorprender la gran cantidad de representaciones clásicas de este verano en toda Europa. Dante ha sido el centro del Festival de Aviñón con escenificaciones del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso en tres lugares distintos. He visto anunciado a Shakespeare por todos lados y yo mismo, en Barcelona, he asistido a dos excelentes <em>Rey Lear</em> casi seguidos. Distintos teatros han acogido una buena porción de las tragedias griegas, empezando por <em>Las troyanas,</em> de Eurípides, representada en Mérida. Sorprendentemente, pues, en apariencia, dado que nuestra época no se distingue por un excesivo refinamiento cultural.</p>
<p>Puede que, en efecto, el fenómeno únicamente forme parte de nuestra necesidad de espectáculos, incluidos algunos de alta cultura. Dejo esto para los sociólogos. A mí me interesa más preguntar por qué determinadas obras parecen encajar en ciertos periodos y, en cambio, caen en el olvido en otros. En general, no se trata sólo de criterios de moda o gusto, por lo que acostumbran a escapar a las previsiones y planificaciones. No hay editor o gestor cultural que pueda prever factores que desbordan los estudios de mercado porque discurren por los recovecos de la imaginación de cada época. Hay algo en la atmósfera que exige el retorno de una obra largamente ignorada.</p>
<p>Uno de los mejores ejemplos de esta exigencia es la resurrección vigorosa de una novela como <em>El corazón de las tinieblas,</em> de Joseph Conrad. Cuando era estudiante, leí casi por casualidad este libro, que pocos conocían. Por supuesto, Conrad no era un perfecto desconocido, pero pasaba por ser un autor de culto, un poco al modo de Malcolm Lowry, cuyo <em>Bajo el volcán </em>yo encontraba muy conradiano. En las tres últimas décadas del siglo XX, las ediciones de Joseph Conrad se multiplicaron, a lo que sin duda contribuyó la adaptación cinematográfica de Coppola en <em>Apocalypse Now</em>.</p>
<p>Sin embargo, esta última explicación no es, desde luego, suficiente. Las causas de la influencia de la novela son más complejas y misteriosas. <em>El corazón de las tinieblas</em> apunta en dirección contraria al sentimentalismo y psicologismo predominantes y, no obstante, da en la diana al expresar nuestras ansiedades y nuestros miedos. Aun conectados por meandros enigmáticos, el horror conradiano y el nuestro aparecen superpuestos. Quizá por esto, un texto difícil, duro, sin concesiones, sigue abriéndose camino en medio de los conformismos literarios de este inicio del siglo XXI.</p>
<p>Otro ejemplo espléndido de renacimiento son los <em>Ensayos </em>de Montaigne. Ni que decir tiene que tampoco éste se había esfumado del mapa cultural europeo, pero hasta hace unos meses parecía circunscrito a los círculos académicos y escritores que sentían una particular identificación con el talante de Montaigne, como era el caso de Paul Valéry o, entre nosotros, Josep Pla. Era frecuente que circularan fragmentos de los ensayos montaignianos, aunque no la obra entera, esmeradamente publicada, como ahora no es infrecuente encontrar en editoriales de Europa.</p>
<p>Desde el punto de vista del estilo, o incluso del modo de afrontar las pasiones humanas, nada tienen que ver Montaigne y Conrad, la voluntad trágica de éste y el estoicismo más bien hedonista de aquél. Como escritores, ellos están muy lejos entre sí; no obstante, es nuestra época la que los hermana al requerir, por así decirlo, sus servicios. Hay algo profundamente tranquilizador, gratificante, en la mirada irónica de Montaigne, del mismo modo en que el heroísmo desesperado de Conrad es una medicina catártica. Cada uno a su manera nos habla de nosotros.</p>
<p>Es cierto que esto podría extenderse a todas las grandes creaciones del arte y del pensamiento, las cuales deben poseer la virtud de dirigirse, no sólo a su presente, sino a las épocas futuras. Pero estas épocas no siempre prestan atención, y éste es el matiz decisivo para establecer los tortuosos cauces de las fortunas artísticas. Las obras maestras son aquellas que siempre están en condiciones de hablar; sin embargo, para que efectivamente se hagan escuchar, los oídos de una determinada época deben prestar atención.</p>
<p>Así se explica el aparente silencio de algunos gigantes y el desigual eco de voces originalmente poderosas. No hay que condenar con juicios frívolos y apresurados el ostracismo actual de ciertos autores, como si su momento perteneciera definitivamente al pasado. Proust o Joyce, referentes imbatibles hace unos lustros, son mucho más nombrados que leídos. Thomas Mann, enterrado por tantos, ha remontado el vuelo. Kafka y Beckett mantienen su papel de intérpretes contemporáneos. Cercanos a los ejemplos de Montaigne y Conrad, aunque respondiendo a otras necesidades nuestras, Dostoievski y Camus se han consolidado como interlocutores irrenunciables.</p>
<p>Un caso particularmente elocuente para los de mi generación es el de Stefan Zweig. Muchos de nosotros estábamos acostumbrados a ver los libros de Zweig en las bibliotecas familiares, pero no se nos ocurría leerlos. En las últimas décadas del siglo XX, <em>El mundo de ayer,</em> la descomposición espiritual de Europa, aparenta estar en condiciones de amparar las dudas y pasiones de nuestro presente. Y otro tanto sucede con autores como Joseph Roth o Arthur Schnitzler.</p>
<p>Los rebrotes literarios, además de hacer justicia a escritores ocultados por la moda o la crítica sectaria, se adecuan a demandas epocales a menudo difíciles de apreciar. De hecho, lo que muchos editores ofrecen como modelos de &#8220;rabiosa actualidad&#8221; son, con frecuencia, menos aptos para el análisis de la sensibilidad contemporánea que bastantes textos desechados por inactuales.</p>
<p>Cada época necesita de palabras que la empujen a mirarse despiadadamente en el espejo. No importa que estas palabras sean del pasado o del presente. Cada época genera una literatura acomodaticia destinada a proponerle lo que quiere escuchar y otra, intempestiva, que le habla sin servidumbres ni contemplaciones. Por más que se niegue -ocurre también en cada época-, sólo esta última está en condiciones de perdurar más allá de la oferta y de la demanda de su tiempo.</p>
<p>Por eso volvemos continuamente a los que llamamos clásicos: en busca de aquella intempestividad que, al despreciar nuestra apatía y nuestro conformismo, nos ofrezca instantes no de éxito -para eso tenemos el resto del espectáculo de nuestra civilización-, sino de verdad. Para eso, para tener nuestros instantes de verdad, retornamos a Dante, a Shakespeare, a los poetas griegos. Y, desde luego, nunca son completamente arbitrarios estos retornos ni indiferentes a las ansias de cada presente.</p>
<p>Fijémonos en Shakespeare (que tampoco se libró de una época de purgación tras el impacto inicial). Aparte de <em>Hamlet,</em> que, independientemente de las generaciones, tan bien logra encarnar siempre la confusión humana, las otras obras han ido variando según la predilección de los públicos. A veces <em>Macbeth </em>y Julio César han sido los favoritos; otras, <em>Otelo, El mercader de Venecia</em> o <em>La tempestad</em>. En los últimos años, sin embargo, quizá ninguno de los dramas de Shakespeare ha sido tan representado como <em>El rey Lear</em>. No podemos saber la razón por la cual esta obra extremadamente compleja parece adecuada a nuestros escenarios, aunque sí podamos sospechar que tiene que ver con que &#8220;los locos guíen a los ciegos&#8221;.</p>
<p>En cuanto a la tragedia griega, no deja de ser elocuente hasta qué punto hemos tendido a mostrar nuestros conflictos a través de sus argumentos. <em>Edipo, Antígona, La orestíada </em>y Las troyanas son rigurosamente contemporáneas cuando nos enseñan los engranajes del poder, de la libertad, del dolor. Ninguna de esas obras hace concesiones al obligarnos a posar ante el espejo, y gracias a esto sabemos, lo reconozcamos o no, que nos dicen más sobre nuestra actualidad que tantas toneladas de literatura acomodaticia servidas para aplastar al lector. Y, sin embargo, muy pocos editores dejarían de horrorizarse ante la idea de publicar un tipo de obra semejante escrita por un autor de hoy: &#8220;¡Qué difícil, Dios mío, y qué poco comercial!&#8221;.</p>
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		<title>La Biblia y nuestros hábitos de lectura</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jun 2008 21:11:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Religión]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Eugenio Trías</strong> (ABC, 29/06/08):</p>
<p>¿Cuál es la principal causa de la escasez de hábitos de lectura de los españoles? ¿Se debe a condiciones climáticas y atmosféricas, al cultivo continuo y constante de la cultura oral, a nuestra propensión a la tertulia, a la confusión entre genio, ingenio y gracejo (o entre reflexión y chascarrillo)? ¿O existen razones más hondas, viejas raíces carcomidas que explican mejor esa inapetencia lectora? Quizás convenga recordar la historia española —la reciente y la remota— si se quiere responder a estas preguntas.</p>
<p>En el primer gobierno socialista faltó algo trascendental. Se enlazó con la Segunda &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/20450/la-biblia-y-nuestros-habitos-de-lectura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Eugenio Trías</strong> (ABC, 29/06/08):</p>
<p>¿Cuál es la principal causa de la escasez de hábitos de lectura de los españoles? ¿Se debe a condiciones climáticas y atmosféricas, al cultivo continuo y constante de la cultura oral, a nuestra propensión a la tertulia, a la confusión entre genio, ingenio y gracejo (o entre reflexión y chascarrillo)? ¿O existen razones más hondas, viejas raíces carcomidas que explican mejor esa inapetencia lectora? Quizás convenga recordar la historia española —la reciente y la remota— si se quiere responder a estas preguntas.</p>
<p>En el primer gobierno socialista faltó algo trascendental. Se enlazó con la Segunda República en un punto esencial y necesario: la reforma militar. Tuvo lugar también la meritoria reconversión industrial, por no hablar de la tortuosa —pero necesaria— entrada en la OTAN. Algo faltó, sin embargo. Algo en lo cual la Segunda República hubiera debido servir de ejemplo: una verdadera y radical reforma educativa, comenzando en la enseñanza primaria y culminando con un sistema ágil y moderno de enseñanza secundaria y universitaria. Quizás esa falta de arraigo de los hábitos de lectura se ha pagado muy cara.</p>
<p>Creo sin embargo que la causa de esa indigencia lectora es más lejana. Tiene su origen, posiblemente, en peculiaridades del catolicismo contra-reformista. A diferencia de las confesiones reformadas, el catolicismo romano ha sido culpablemente remiso a entregar al feligrés el texto bíblico.</p>
<p>La gran gesta de Martín Lutero no fue sólo releer de manera rigurosa las epístolas de Pablo y la teología de Agustín. La mejor de sus contribuciones al cristianismo fue su traducción de la Biblia a lengua alemana. Eso fue un acontecimiento propicio: una verdadera renovación religiosa y cultural propia del mundo renacentista, de la modernidad incipiente y de la constelación que Gutenberg, con la invención de la imprenta, había inaugurado. Su compendio doctrinal, sola fides, sola gratia, se culmina —y alcanza estatuto trinitario— en el lema sola scriptura. Fe en Dios, esperanza en la gracia de Cristo, iluminación del Espíritu Santo en la lectura del texto bíblico. El acto creyente, litúrgico y devocional se produce a través del encuentro con el libro inspirado.</p>
<p>La lectura es, en el luteranismo, ilustración y liturgia: verdadera comunión sacramental. Puede ser estrictamente individual y personal en la oración que de ello deriva. Puede ser también comunitaria, incluso cantada.</p>
<p>Los católicos de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Países Bajos o Estados Unidos de América, al convivir con generaciones reformadas de hugonotes, presbiterianos, anabaptistas, adventistas o evangélicos se fueron impregnando de su devoción por las sagradas escrituras. Debían visitarlas con el fin de defender sus posiciones religiosas. Las orientaciones vaticanas —poco inclinadas a la libre lectura de la Biblia— quedaron mitigadas.</p>
<p>La ausencia de ese combate dialéctico y apologético en España determinó una especie de monopolio eclesiástico cuya tremenda huella llega hasta hoy. No hubo influencia ni impregnación de la devotio moderna que desde Erasmo, Lutero y Calvino tendió siempre a privilegiar, en términos religiosos, la lectura bíblica. En España la Biblia es para muchos —todavía— una gran desconocida. Esa carencia lectora decidió, sin duda, la menesterosidad que poseemos en hábitos de lectura. El texto bíblico no fue determinante en nuestra infancia y primera adolescencia.</p>
<p>Alguien con poco cerebro ha dicho recientemente que el conocimiento de la Biblia arrastraría a la pérdida de la fe de la multitud creyente. Más bien sucede lo contrario. Conocer de forma directa, en la lectura, figuras creyentes como Abraham, Moisés, Job, los profetas, Jesús de Nazaret, Pablo de Tarso, podría ser el mejor modo de alimentar y fortalecer la conciencia religiosa (judía, cristiana).</p>
<p>Hoy se habla mucho de la crisis del libro a causa de la gran revolución de internet, de los ordenadores, de los textos procesados de forma informática. Puede que esa crisis sea relativa. O no sea mayor que la sufrida por el teatro ante la acometida del cine y de la televisión.</p>
<p>Los pueblos educados y curtidos en hábitos de lectura, sobre todo por las fuentes reformadas —luteranas, calvinistas— de su cultura, se hallan mucho mejor preparados para saldar con éxito ese envite. Aquí, en España, nos encontramos faltos de esas imprescindibles raíces.</p>
<p>No acepto la inferencia anti-religiosa, agnóstica o atea, que algunos extraen de sus defensas de una cultura laica moral y políticamente autónoma. Es propio de cierta mentalidad de progresismo infantil promover ese falaz nexo lógico. El pleno y legítimo derecho laico por poseer ámbitos independientes de reflexión y discusión en cuestiones morales, sin tutelas ni ingerencias clericales, no permite deducir la inanidad de toda referencia religiosa. A los nuevos cruzados que promueven esa deducción —como les llamó la revista alemana Der Spiegel— les falta seriedad, sobriedad, rigor. Denuncian al Dios cruel en perfecta ignorancia de la audacia que expresa Job, desde dentro de la Biblia, en su ataque a toda falsa teodicea. No rebasan el más ingenuo antropomorfismo en su acercamiento a ese insondable misterio al que por convención lingüística llamamos Dios.</p>
<p>El más radical sentido de lo secular puede perfectamente convivir con una conciencia religiosa ilustrada. Como sabía Kierkegaard, un verdadero salto exige transitar de la moral hasta el estadio religioso. La fe de Abraham que narra el Génesis no es conmensurable con el Levítico.</p>
<p>Es, de todos modos, imprescindible que el fomento didáctico de la cultura religiosa siga rumbos ajenos a la mera catequesis dogmática. En el terreno de la educación religiosa y cristiana resulta imprescindible el acercamiento al texto bíblico. Sería deseable promover su lectura. O que se facilitase el acceso gozoso de muchos ciudadanos a la Biblia, de forma que pudieran impregnarse de las maravillas que encierra. Sería posible, entonces, descubrirse lo que aquí pocos conocen: el increíble libro de ese impaciente Job capaz de desafiar a Dios; el poema erótico que es El cantar de los cantares; el dechado de sabiduría pesimista del Eclesiastés; o el vuelo místico delEvangelio de Juan.</p>
<p>Siempre he creído que el dilema entre asignaturas de Ética —o de Educación para la Ciudadanía— y de Religión quedaría obviado si hubiese a la vez más buena intención y más ilustración en ambas partes (en esas dos Españas que hielan el corazón de todo español que viene al mundo).</p>
<p>Nada más necesario en el mundo global del siglo XXI, para la educación del ciudadano, que un conocimiento cabal de los marcos religiosos en los que arraigan las principales culturas (y muy en especial la propia de cada uno). El mejor antídoto frente a la xenofobia se produciría si hubiese mayor conocimiento ilustrado sobre lo que es y significa, sin simplificaciones, la religión hebrea, el Islam (con todas sus familias), los distintos cristianismos, las religiones orientales o el animismo africano. Siempre he abogado por sustituir una asignatura catequética —de un apologético catolicismo o de un laicismo poco ilustrado— por una Historia de las Religiones o por una Ciencia de las culturas religiosas.</p>
<p>Nuestra comunidad hispana se halla en desventaja respecto a comunidades que poseen, desde la primera infancia, el conocimiento de un libro en el cual todo hombre puede hallar respuestas, modelos, ejemplos y contra-ejemplos. Y esto sucede así tanto si se lee como una grandísima enciclopedia de obras literarias insignes, o como forma de revelación textual a través de textos inspirados de alta valencia religiosa.</p>
<p>No haber gozado de esa impregnación lectora —que en países de tradición reformada, evangélica, anglicana o calvinista ha determinado el encuentro con el texto bíblico— constituye, quizás, la razón principal de nuestra inapetencia lectora, o de nuestro mal encaje en esa era de Gutenberg que tuvo en Martín Lutero el genio religioso que mejor se le ajustaba.</p>
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		<title>Cautivos y desarmados ante las elecciones</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Mar 2008 13:53:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Elecciones]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Generales 2008]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Pontón</strong>, editor (EL PAÍS, 05/03/08):</p>
<p>Antes de la cacería electoral, los cetreros de la política necesitan saber dónde está la corneja, si a la diestra o a la siniestra. Por eso encargan encuestas que, una vez interpretadas o proyectadas, permiten a los partidos augurar una victoria con las mismas garantías que da el vuelo del ave. Estos días, los editores hemos podido disponer también de nuestro muestreo, el que nos facilita la Federación de Gremios de Editores y que nos informa anualmente sobre la lectura en España, es decir, sobre la caída a plomo de la corneja, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/19067/cautivos-y-desarmados-ante-las-elecciones/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Pontón</strong>, editor (EL PAÍS, 05/03/08):</p>
<p>Antes de la cacería electoral, los cetreros de la política necesitan saber dónde está la corneja, si a la diestra o a la siniestra. Por eso encargan encuestas que, una vez interpretadas o proyectadas, permiten a los partidos augurar una victoria con las mismas garantías que da el vuelo del ave. Estos días, los editores hemos podido disponer también de nuestro muestreo, el que nos facilita la Federación de Gremios de Editores y que nos informa anualmente sobre la lectura en España, es decir, sobre la caída a plomo de la corneja, herida de muerte. Es una encuesta tan poco fiable como las de intención de voto, pero en un mundo de ciencia borrosa no veo por qué no puede tener una lectura de aproximación política.</p>
<p>Las conclusiones del informe son las de siempre: sólo leen libros de modo permanente 15 millones de españoles, y leen más las mujeres, los jóvenes, los universitarios, los que tienen empleo y los que viven en ciudades de más de un millón de habitantes. ¿Qué debe votar esta población lectora? No lo sabemos, pero una parte del voto debe de ser progresista, otra conservadora y otra abstencionista. Los 23 millones que no leen (el informe cubre un universo de 38 millones de españoles mayores de 10 años) son personas por encima de los 55 años, amas de casa, jubilados, parados, gentes con estudios primarios y que viven en poblaciones que no sobrepasan los 10.000 habitantes. ¿Qué votan? Tampoco lo sabemos, pero estas categorías coinciden con el perfil histórico de los votantes conservadores.</p>
<p>El informe permite, como los sondeos políticos, todo tipo de cábalas, eso sí, casi todas inútiles, porque la pregunta básica exige una respuesta unívoca. &#8220;¿Le gustan a usted los libros?&#8221; es como preguntar: &#8220;¿le gusta a usted pegar a su pareja?&#8221;. Da mucha vergüenza decir la verdad. Sin embargo es seguro que algunos maltratan y otros leen. Al parecer, unos 13 millones de personas lo hacen (leer, digo) por puro entretenimiento, mientras que un millón y medio largo lee para mejorar su nivel cultural. De los 13 millones que leen por ocio, 11,5 leen novelas y cuentos y del millón y medio que leen para mejorarse, sólo ese medio lee ensayo.</p>
<p>Entre los 25 libros más leídos de 2007 no hay ni una sola novela de verdadera calidad literaria. La mayor lectura se concentra en un puñado de títulos, que son los más vendidos con diferencia: <em>La catedral del mar, Los pilares de la tierra, El Código da Vinci, La sombra del viento, Ángeles y demonios, Harry Potter </em>(&#8220;esa horrible porquería&#8221;, que dijo Harold Bloom) y similares <em>(El Quijote</em> y la <em>Biblia</em> aparecen en la lista como el séptimo y el undécimo más leídos, pero todos sabemos que se trata de un sesgo estadístico, es decir, de una mentira vergonzante. Por la misma razón, pero en sentido contrario, no aparece <em>Mortadelo y Filemón).</em> Entre esos 25 libros no hay ningún <em>livre de savoir,</em> es decir, de filosofía, ciencia, historia o crítica.</p>
<p>Estos datos son compatibles con los que nos viene ofreciendo el Informe PISA: en matemáticas, ciencia y comprensión lectora, España ocupa el puesto 38 de 55 países auditados, por detrás de Polonia, Bulgaria o Grecia. Y, tras Malta y Portugal, es medalla de bronce en abandono escolar. Claro que el Informe PISA también podría estar manipulado, por lo que es recomendable desarrollar un trabajo de campo: les propongo que sigan los programas de concursos televisivos en los que se pone a prueba la formación cultural de algunos ciudadanos. Asómense ustedes, por ejemplo, al concurso llamado <em>Pasapalabra.</em> Se trata, para ganar un dinero, de decir las palabras que corresponden a definiciones que da el conductor del programa, desde la A a la Z. Si el concursante primero no la sabe dice &#8220;Pasapalabra&#8221; y cambia el turno al segundo. Pues bien, si dejamos de lado rarísimas excepciones, el régimen normal del concurso es así: el conductor dice, por ejemplo, &#8220;empieza por A: bebida espiritosa que se saca del vino&#8221;; respuesta: &#8220;aguardiente&#8221;. Sigue el conductor pasado un turno: &#8220;empieza por B: dramaturgo español laureado con el Nobel en 1922&#8243;; respuesta: &#8220;Pasapalabra&#8221;. Un turno después, &#8220;empieza por C: nombre de pila de la esposa de Sarkozy&#8221;; respuesta: &#8220;Carla&#8221;. Un turno después: &#8220;empieza por D: reducción de la circulación fiduciaria&#8221;; respuesta: &#8220;Pasapalabra&#8221;. Y así hasta la Z.</p>
<p>La frecuentación de las categorías vacías en el informe de los editores y la de las categorías llenas en el Informe PISA, implica pensar, un esfuerzo que, como advirtió Marc Bloch, repugna a la pereza espiritual de la mayoría de los hombres. Por eso, desde antiguo, una minoría avispada, consciente de la ventaja que le daba esa pereza, la condonó en nombre de la religión y la política y dedicó su vida a meter en la cabeza de los demás, muy a menudo por el eficaz procedimiento de rompérsela, que debían abandonar la funesta manía de pensar, porque ellos ya pensaban por todos. Así nacieron los políticos y los sacerdotes, esto es, los <em>clérigos,</em> que pensaron por los seglares y los profanos, esto es, los <em>legos,</em> que no advirtieron que la ignorancia es un mal.</p>
<p>Ahora los clérigos nos convocan a las urnas para la liturgia cuatrienal, pero cautivos y desarmados intelectualmente como estamos, ¿qué podemos hacer? Creen los clérigos que los legos somos analfabetos funcionales, y así nos tratan. Pero clérigos analfabetos los hay a docenas en los Parlamentos y en los Sínodos, en las Academias y en las Universidades. También nos suelen tomar por tontos, pero como establece la Segunda Ley Fundamental de la Estupidez, de Cipolla, &#8220;la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya&#8221;; es decir, que la estupidez está uniformemente distribuida según una proporción constante. Por eso se aplica por igual a los clérigos. Entre los ministros, diputados, jueces y prelados se encuentra el más exquisito porcentaje de individuos estúpidos cuya capacidad de hacer daño al prójimo es infinitamente mayor que la de los estúpidos legos.</p>
<p>Votemos lo que votemos, las elecciones generales del 9 de marzo alumbrarán una proporción constante de estúpidos entre los políticos de uno y otro signo. Eso no tiene remedio. Como no lo tiene su indigencia intelectual, que despliegan en declaraciones, debates y entrevistas. Cuando Zapatero o Rajoy son entrevistados, parecen malos estudiantes que acaban de memorizar los temas para capear el examen. Van a piñón fijo, sin salirse del guión para no desnortarse. No son capaces, al hilo de las preguntas, de hacer un quiebro al amparo de una cita literaria, una referencia científica, un dato económico ajeno a los que les han hecho memorizar. Como todos vimos en el primero de los debates, su discurso adopta las cuatro formas que, según Ferrater Mora, reviste la tontería: &#8220;la flagrante contradicción, la odiosa retórica, la terca incomprensión y la omnipresente trivialidad&#8221;. Carentes de recursos, no cabe en ellos la facecia ingeniosa o el retruécano chocante. ¿Les han oído alguna vez citar a un clásico con solvencia? Quizá lo hagan en reuniones internacionales al desplegar su fabulosa capacidad para las lenguas y las culturas extranjeras.</p>
<p>Así están las cosas. Prendidas con los alfileres de nuestra venerable indigencia y de su fatal simpleza. Es comprensible que estemos tentados de pedir el finiquito. Pero nos equivocaríamos. Porque el 9 de marzo sí hay algo que podemos hacer los legos y que tiene todo el sentido: impedir que a los estúpidos se asocien los malvados, aquellos que, con engaños y zalemas, buscan un beneficio para sí a costa del perjuicio de muchos otros. Como Aznar, que nos llevó a la guerra sin nosotros quererlo; como Acebes, que no nos supo proteger del terrorismo islámico y quiso engañarnos endosándoselo a ETA; como Cañete, que culpa a los inmigrantes del colapso de la sanidad pública; como Rouco, que clama contra el matrimonio civil de los homosexuales pero calla ante sus sicarios pedófilos; como Rajoy, que se presenta sin vergüenza como el defensor de los &#8220;currantes&#8221;&#8230;</p>
<p>Esta vez, votemos contra. Aunque sólo sea por defender nuestra inteligencia insultada, para que no tengamos que decirnos nunca, como los labriegos de mi segunda patria, &#8220;Mexan enriba de nós e hai que dicir que chove&#8221; [Nos mean encima y hay que decir que llueve].</p>
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		<title>Otras tecnologías para otros lectores</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Dec 2007 14:52:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nuevas Tecnologías]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por  <strong>Javier Celaya</strong>, socio-fundador del portal cultural <a href="http://dosdoce.com/" target="_blank">Dosdoce.com</a> (EL PAÍS, 31/12/07):</p>
<p>El lanzamiento del nuevo dispositivo de lectura de libros electrónicos Kindle, realizado por la librería virtual Amazon, ha sido recibido con bastante recelo por parte de los editores y libreros españoles. Como ya es habitual ante la irrupción de cualquier tipo de innovación en el sector editorial, la mayoría se ha centrado en analizar los supuestos aspectos negativos de este nuevo soporte de lectura, mientras que muy pocos han intentado identificar los beneficios derivados que tendrá la consolidación de este tipo de dispositivos en la promoción del libro &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/18282/otras-tecnologias-para-otros-lectores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por  <strong>Javier Celaya</strong>, socio-fundador del portal cultural <a href="http://dosdoce.com/" target="_blank">Dosdoce.com</a> (EL PAÍS, 31/12/07):</p>
<p>El lanzamiento del nuevo dispositivo de lectura de libros electrónicos Kindle, realizado por la librería virtual Amazon, ha sido recibido con bastante recelo por parte de los editores y libreros españoles. Como ya es habitual ante la irrupción de cualquier tipo de innovación en el sector editorial, la mayoría se ha centrado en analizar los supuestos aspectos negativos de este nuevo soporte de lectura, mientras que muy pocos han intentado identificar los beneficios derivados que tendrá la consolidación de este tipo de dispositivos en la promoción del libro y en el fomento de la lectura.</p>
<p>Los más críticos han señalado rápidamente que otras iniciativas similares de comercialización de libros electrónicos, como los eReaders, de Palm, o Sony, no han logrado tener demasiado éxito de mercado y que, por tanto, Kindle también fracasará. Coincido con ellos en que la primera versión de Kindle tampoco será el soporte de lectura definitivo, pero como todo nuevo producto electrónico sus siguientes versiones irán mejorando sus actuales deficiencias y añadiendo nuevas funcionalidades.</p>
<p>Al igual que la primera versión del iPod, que fue también ampliamente criticada, marcó en 2001 un antes y un después en el sector discográfico, la nueva apuesta Amazon va a transformar nuestros hábitos de búsqueda, compra y lectura de libros. Por primera vez, los lectores tienen en sus manos un nuevo dispositivo de lectura con un amplísimo fondo de libros digitalizados (cerca de 90.000 títulos) por un precio que no llega a ocho euros cada ejemplar.</p>
<p>Kindle nos permite almacenar hasta 200 libros, lo que significa que a partir de ahora nos podremos llevar casi toda nuestra biblioteca personal de viaje. Además, podemos escuchar la voz del autor a través de archivos sonoros podcast o ver imágenes de los lugares que se describen en la novela. También nos permite subrayar textos y anotar comentarios, pero una de las funcionalidades más destacadas es la posibilidad de conectarse a la Red para leer contenido sindicado de periódicos digitales o blogs o para hacer consultas en buscadores o en Wikipedia.</p>
<p>¿A qué se debe tanta crítica negativa? ¿No será que la mayoría del sector editorial español no tiene aún digitalizado su catálogo de libros ni diseñado su modelo de marketing y comercialización de libros en Internet? A lo largo de la historia empresarial hemos visto en varias ocasiones cómo externamente se hacían fuertes críticas negativas para frenar la demanda de determinado producto o servicio, mientras que internamente esa misma empresa llevaba a cabo un riguroso proceso de análisis interno con el fin de transformar su modelo de negocio.</p>
<p>Y los libreros, ¿son conscientes de los cambios que se avecinan? Desgraciadamente, la mayoría considera que estos nuevos soportes no son un peligro para su negocio&#8230; La digitalización de libros conllevará la desaparición de muchas librerías tradicionales que darán paso a nuevas librerías que llegarán a convertirse en un punto de encuentro donde los lectores comprarán estos nuevos soportes y se descargarán los libros en formato digital, siguiendo las recomendaciones del librero u otros lectores, o gestionarán pedidos de impresión de libros bajo demanda.</p>
<p>Estamos viviendo un cambio de época donde la manera de transmitir el conocimiento, que tradicionalmente estaba basado en los libros de tapa dura y la prensa escrita, empieza a complementarse con otros soportes de lectura y comunicación. Durante una o dos generaciones no van a desparecer los libros en tapa dura, ni los de bolsillo, ni la prensa escrita, pero nuestros hábitos de lectura y escritura están ya cambiando debido a la irrupción de las nuevas tecnologías.</p>
<p>¿Cuándo estarán las editoriales y librerías españolas preparadas para afrontar los retos del siglo XXI y comenzar a vender o alquilar sus libros en formatos electrónicos con el fin de incrementar el índice de lectores en este país? Los profesionales del libro deberían tener en cuenta que toda aquella actividad que tenga o conlleve un elemento electrónico tiene asegurado un interés inicial por parte de los jóvenes. ¿Por qué no utilizamos estos nuevos soportes para atraer su curiosidad hacia el contenido de los libros? Estos dispositivos permiten crear espacios de lectura y escritura más cercanos a su manera de comunicarse, lo que motivará su placer por leer en el futuro todo tipo de textos en todo tipo de soportes.</p>
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		<title>El colapso de una cultura literaria</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Dec 2007 13:08:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Henry Kamen</strong>, historiador. Su último libro es <em>Los desheredados. España y la huella del exilio</em> (EL MUNDO, 19/12/07):</p>
<p>Es razonable suponer que la salud y el progreso de una sociedad se reflejan en sus logros intelectuales. Desafortunadamente, parece que España ha recibido muchas malas noticias recientemente sobre su salud intelectual. Hace tres meses un informe internacional nos comunicaba que la investigación científica en España se hallaba casi al borde de la extinción. Según el informe, entre las naciones europeas, España está en lo más bajo de la lista de países dedicados a la innovación científica, delante sólo de &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/18120/el-colapso-de-una-cultura-literaria/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Henry Kamen</strong>, historiador. Su último libro es <em>Los desheredados. España y la huella del exilio</em> (EL MUNDO, 19/12/07):</p>
<p>Es razonable suponer que la salud y el progreso de una sociedad se reflejan en sus logros intelectuales. Desafortunadamente, parece que España ha recibido muchas malas noticias recientemente sobre su salud intelectual. Hace tres meses un informe internacional nos comunicaba que la investigación científica en España se hallaba casi al borde de la extinción. Según el informe, entre las naciones europeas, España está en lo más bajo de la lista de países dedicados a la innovación científica, delante sólo de las naciones pobres de la Europa oriental, como Polonia y Rumania. El Gobierno no estaba en absoluto preocupado por ésto, y no dio muestras de que existiera problema alguno. Un artículo que publiqué en esta columna en agosto no provocó ningún tipo de reacción. En este mes de diciembre ha habido otros dos informes internacionales sugiriendo que los estándares de educación en el país están también declinando. De nuevo, el Gobierno los ha recibido con total indiferencia. El Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora (sus siglas en inglés son PIRL), que ha llevado a cabo el Boston College el año pasado, sobre la calidad de educación de una muestra de niños de 10 años en varios países del mundo, sitúa a España en el puesto 24, por delante de Israel y por detrás de Polonia. Otro informe de principios del mes de diciembre de 2007 concluye que el nivel de lectura de los estudiantes españoles fue en 2006 el cuarto peor de la OCDE. Sobre el conocimiento científico de los estudiantes, entre los 57 países estudiados los españoles se sitúan en el puesto vigésimo tercero, y en la calidad de lectura sólo superan a los de Grecia, Turquía y México. La reacción de la ministra de Educación ha sido decir que está orgullosa del progreso en España. Es interesante que esté orgullosa del rápido retroceso de España. El señor Zapatero acaba de afirmar que «no habrá más reformas educativas porque no son necesarias».</p>
<p>Nadie puede dudar de que el futuro de una cultura literaria depende de los hábitos de lectura de la generación más joven. Bajo el anterior Gobierno, en 2001, el Ministerio de Educación desarrolló un ambicioso plan para fomentar los hábitos de lectura entre los niños y la población en general. Sin embargo, parece que se ha progresado poco. En un país donde se publican miles de libros cada año, la población todavía se niega a leer o escribir. Centenares de miles de hogares españoles no poseen ni un libro. ¿Es culpa suya? ¿Es culpa de los profesores? ¿O de los niños que carecen de hábitos de lectura? El problema, sugeriría yo, no se limita sólo a los niños o al público en general. Se encuentra arraigado en el corazón de la élite educada, y la culpa en gran medida es de ellos si ha fracasado el desarrollo de una cultura literaria. En los albores del siglo XX, intelectuales como Ortega y Gasset intentaron hacer frente al problema, y bajo la Segunda República, personas tales como García Lorca se dedicaron al trabajo de la cultura. Desde entonces, ha habido un notable declive en las realizaciones de la élite. Hace unos meses una publicación online de ideología derechista, El Catoblepas, de cuya existencia no tuve conocimiento hasta hace poco y cuyas opiniones son normalmente opuestas a las mías, publicaba un excelente artículo sobre La decadencia cultural de la derecha española, en el que el autor señalaba bastante correctamente que hoy en España tanto la derecha como la izquierda han caído en un estado de total pobreza intelectual. Cada palabra del artículo vale la pena leerla. Secundaría al autor diciendo que el fenómeno de la pobreza intelectual no es tan sólo una cuestión de ideología de la derecha o de la izquierda. También afecta a todo el entorno en que la élite afirma desempeñar un papel relevante.</p>
<p>Tomemos un pequeño ejemplo. Hay muchas maneras de evaluar la cultura literaria de la élite educada. Deseo concentrar mi atención en un solo fenómeno: la falta de reseñas literarias de libros. En ciertos países, las reseñas literarias son el espejo de la vida intelectual. En sus páginas, cada semana, se publican sondeos de estudios que cubren temas que van desde la política a la ciencia y de la historia a la literatura, incluyendo también sondeos de teatro, arte y música. Las reseñas escritas por expertos internacionales de todas las disciplinas y de todos los países, analizan y discuten no sólo libros sino también asuntos importantes que afectan a la creatividad intelectual. Estas reseñas literarias proporcionan un estímulo intelectual inmenso. Abren todo un mundo de originalidad e imaginación. Leyéndolas, uno amplía sus horizontes y se pone en contacto con un universo de conocimientos, un universo que se extiende desde Tokio a Berlín, a París y a Nueva York. En el pasado he disfrutado de muchos fructíferos días en compañía de números de The New York Times Book Review, o The Times Literary Supplement (TLS).</p>
<p>En España no existen este tipo de reseñas a pesar del mucho ruido público sobre la universalidad de la lengua de Cervantes, ni una sola revista da acceso aquí al universo del conocimiento en la forma en que lo hacen las grandes publicaciones semanales anglosajonas. Ni un solo periódico ofrece reseñas de calidad de obras publicadas en lenguas extranjeras (el TLS, por ejemplo, regularmente reseña obras en ruso, francés y alemán). En los pocos casos en España donde se publican reseñas, éstas tienden a ser breves textos sin mucha pretensión de calidad, dedicadas principalmente a obras de ficción del mercado peninsular. En algunos casos, como sé demasiado bien por mi propia experiencia directa, los reseñadores no llegan ni a leerse los libros que les piden reseñar, simplemente inventan un texto rápido para llenar el espacio requerido. De esta manera, las propias personas que tiene el deber de fomentar la cultura educándonos en las ideas y logros de los más recientes estudios dejan de hacerlo y, por tanto, son directamente responsables de la ignorancia cultural que se encuentra en muchos sectores de las clases de élite. Una buena reseña, especialmente de un libro con tesis sugestivas en el campo de la política o medicina o disciplinas creativas como sociología, historia, arte y letras, puede informar nuestras mentes y enriquecer nuestro entendimiento. Un día entero leyendo tales revistas puede hacer más por la educación que horas de estudio. Una buena publicación literaria sirve para cultivar a la élite. Ayuda a que avance la civilización.</p>
<p>Por contraste, la ausencia de reseñas literarias, mina la cultura. Mis comentarios, por supuesto, no conciernen sólo a España. Hace dos meses una figura literaria de los Estados Unidos, Steve Wasserman, publicó en el Columbia Journalism Review un artículo en el cual lamentaba el notable declive de las reseñas literarias y la reducción del espacio dedicado a ellas. «Esta amenaza a la delicada ecología de la vida literaria y cultural», escribe, «es causa de considerable alarma». Periódicos (incluyendo Los Angeles Times, del cual era el Book Editor) ha reducido las páginas que se dedicaban a libros, y el público en general lee menos. Parte del problema radica en la aparición de las nuevas tecnologías, que han favorecido el surgimiento de publicaciones y periodismo online. Puede ser que ese periodismo online llegue a ser un gran estímulo para la creatividad cultural, pero ésa no es la situación de momento. Hay algunas páginas web en inglés (entre ellas, la propia página web de Wasserman en www.truthdig.com) que toma las reseñas literarias seriamente, y no existe ni una sola página web como ésta en español. Con la gran experiencia que el problema comporta, Wasserman concluye que es en cierta medida a través de la calidad de las reseñas de libros «que combatimos con las, a menudo, escurridizas fuerzas que nos configuran como individuos y familias, ciudadanos y comunidades, y es a través de nuestros historiadores y científicos, periodistas y ensayistas, que luchamos con cómo hemos vivido, cómo el presente ha llegado a ser, y qué nos puede deparar el futuro». Sin una concienciación literaria de calidad, tanto la cultura como la civilización están amenazadas. Esa, más allá de ninguna duda, es la situación en España ¿pero hay alguien preocupándose por ello.</p>
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		<title>Saber leer</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 20:05:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Violeta Demonte</strong>, lingüista y catedrática de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 12/12/07):</p>
<p>Algunos conductistas definían inteligencia como &#8220;aquello que miden los tests de inteligencia&#8221;. Los que mueven las palabras de los medios, y agitan opiniones que frecuentemente eluden las causas de largo alcance, remitiendo todo al político de turno, establecen ahora que el Informe PISA es la medida por excelencia de la capacidad de entender lo que se lee. Pues bien, este Informe, muy importante en todo caso, mide un mínimo de lo que en buena ley es el saber leer, que viene &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/18020/saber-leer/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Violeta Demonte</strong>, lingüista y catedrática de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 12/12/07):</p>
<p>Algunos conductistas definían inteligencia como &#8220;aquello que miden los tests de inteligencia&#8221;. Los que mueven las palabras de los medios, y agitan opiniones que frecuentemente eluden las causas de largo alcance, remitiendo todo al político de turno, establecen ahora que el Informe PISA es la medida por excelencia de la capacidad de entender lo que se lee. Pues bien, este Informe, muy importante en todo caso, mide un mínimo de lo que en buena ley es el saber leer, que viene a estar muy cerca del saber pensar. Y no hace falta ser sabio para colegir que en un mundo de adultos ligeros de pensamiento, de estímulos nuevos y sensaciones rápidas, fuerte orientación al beneficio económico como mejor meta, y acceso casi universal -por fortuna- a la educación, tanto los que están en la cima de la ordenación del informe (coreanos o fineses) como los que estamos en el medio-alto leemos regular y poco, salvando las diferencias, y vamos a menos, aquí y allá, aunque sin duda estemos mejor en otros aspectos.</p>
<p>Pero bienvenidas sean las ondas agitadas si llevan a reflexionar sobre qué es leer, qué es entender, por qué hay que leer -por mucho que la inteligencia de hoy crezca también al hilo de otras competencias, como sugería un querido periodista (Verdú, EL PAÍS, 8-12-07)-, por qué en un mundo de tantos libros los niños empiezan leyendo y luego lo dejan, y qué está pasando en las escuelas y en la sociedad. Quienquiera que tenga algo de sensatez sabe que ninguna de esas preguntas tiene una respuesta fácil, y nadie que no esté muy deteriorado por la ideología podría afirmar que cuestiones tan serias, y que tienen tanto que ver con cómo se hacen críticos y racionales los seres humanos, dependen únicamente de la LOE, la LOGSE o la ley que venga a cuento. Precisamente porque pienso que el asunto es de envergadura, y merece ser objeto del pensamiento de los que saben, quiero dejar aquí algunas premisas para el debate.</p>
<p>El lenguaje es una ventana al pensamiento, aunque no todo pensamiento se formule lingüísticamente, como es sabido. Pero es la más clara y conocida vía para entrar en él y para hacerlo salir. No aprovechar la flexibilidad lingüística de los niños y jóvenes, no debatir con ellos lo que está escrito, y desmenuzar y vivir el conocimiento y las emociones a través del lenguaje, es simplemente pecado mortal. Ahora bien, la ventana puede ser una losa si se entiende por ello rutinas prefabricadas, formulaciones esquemáticas, textos mal construidos, y menosprecio de partida porque los jóvenes hablen como hablan.</p>
<p>Reflexionar sobre el lenguaje y a través del lenguaje, por lo tanto, no es sólo una tarea de los profesores de lengua, por más que éstos tengan mucho que decir al respecto. Una de las sugerencias interesantes del Informe PISA es que los jóvenes rinden menos en ciencia porque no entienden las preguntas y los textos de ciencia (también, por supuesto, porque no entienden las matemáticas, no hacen más experimentos, ni saben de dónde vienen y adónde van los descubrimientos científicos).</p>
<p>La capacidad y la voluntad de leer se acrecientan leyendo y requieren, como el piano o la gimnasia, práctica diaria y un buen maestro que diga cómo poner las manos o flexionar la rodilla. La escuela es el lugar donde más tiempo debería haber para esos ejercicios.</p>
<p>Los jóvenes de hoy, en general, no hablan ni bien ni mal, hablan distinto y, sí, son menos conscientes que en otras épocas de las diferencias de estilo y de la magnitud del vocabulario, tan consustanciales con el buen aprovechamiento de las posibilidades que las lenguas dan. Esto es también un efecto de la democratización de las aulas. Cuando el maestro estaba en un pedestal, y a la escuela sólo iban los ricos, se sabía que había que hablarle de otro modo y con ello se aprendía a distinguir situaciones y contextos. Enseñemos ahora los estilos a través de ejemplos y actividades.</p>
<p>La capacidad de leer es bastante indisociable de la de escribir. Hagamos que escriban y corrijamos lo que escriben, llevémosles a perseguir sus ideas, a encontrar el diamante entre las montañas de carbón, como escribía Rilke.</p>
<p>La lectura en la escuela, por bien que se haga, recibirá una contraofensiva letal si persiste la televisión zafia, localista, ramplona y estupidizante. La televisión, por naturaleza, obliga a un letargo receptivo, pero esa pasividad se agravará si se acompaña de la destrucción de la información, del buen gusto y de las razones de la razón ilustrada e independiente.</p>
<p>Hay mucho escrito sobre la lectura y la escritura, con mayor o menor acierto, por numerosos especialistas. No descubramos mediterráneos que duran una semana y repasemos y actualicemos esos saberes.</p>
<p>Es improbable, cierto es, que todo esto pueda articularse bien en aulas sobrecargadas, con profesores desanimados y en un medio de bajo reconocimiento social de la profesión docente. Si a ello se suma la voluntad de algunos / as de desquiciar la escuela pública&#8230;, pues eso, dificultad añadida. En el por tantas razones ejemplar sistema finlandés menos de un 5% de los alumnos de enseñanza básica asiste a instituciones privadas. Y los libros, las noticias, las ciencias y los juegos son inseparables.</p>
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		<title>Harry Potter&#8217;s Secret</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Oct 2007 18:19:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Michael Gerson</strong> (THE WASHINGTON POST, 26/10/07):</p>
<p>There is something inherently odd about considering the sex lives of fictional characters in children&#8217;s books. Just how hearty were the Hardy boys? And we will not even speculate about Heidi&#8217;s reclusive grandfather.</p>
<p>But <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/J.K.+Rowling?tid=informline">J.K. Rowling</a> has forced such considerations upon us with her announcement that <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Albus+Dumbledore?tid=informline">Albus Dumbledore</a>, the beloved headmaster of <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Hogwarts+School+of+Witchcraft+and+Wizardry?tid=informline">Hogwarts School of Witchcraft and Wizardry</a>, <a href="http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/10/21/AR2007102101192.html">is gay</a>. The news, delivered by the author after a <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Carnegie+Hall?tid=informline">Carnegie Hall</a> reading, was received with gasps in the audience and around the world. The popularity of the <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Harry+Potter?tid=informline">Harry Potter</a> books is &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/17357/harry-potters-secret/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Michael Gerson</strong> (THE WASHINGTON POST, 26/10/07):</p>
<p>There is something inherently odd about considering the sex lives of fictional characters in children&#8217;s books. Just how hearty were the Hardy boys? And we will not even speculate about Heidi&#8217;s reclusive grandfather.</p>
<p>But <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/J.K.+Rowling?tid=informline">J.K. Rowling</a> has forced such considerations upon us with her announcement that <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Albus+Dumbledore?tid=informline">Albus Dumbledore</a>, the beloved headmaster of <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Hogwarts+School+of+Witchcraft+and+Wizardry?tid=informline">Hogwarts School of Witchcraft and Wizardry</a>, <a href="http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/10/21/AR2007102101192.html">is gay</a>. The news, delivered by the author after a <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Carnegie+Hall?tid=informline">Carnegie Hall</a> reading, was received with gasps in the audience and around the world. The popularity of the <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Harry+Potter?tid=informline">Harry Potter</a> books is unprecedented; the final installment, &#8220;<a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Harry+Potter+and+the+Deathly+Hallows?tid=informline">Harry Potter and the Deathly Hallows</a>,&#8221; sold 11 million copies in 24 hours. For many fans, the characters of the series have more real blood in their veins than all the wax figures of politics and entertainment.</p>
<p>The Dumbledore revelation was taken by many Christian conservatives as additional confirmation that Rowling is a corrupter of youth. What could be more subversive than the combination of witchcraft and homosexual rights?</p>
<p>Having undertaken the monumental task of reading &#8220;The Deathly Hallows&#8221; aloud to my boys each night &#8212; the book runs 759 pages &#8212; I am certain this critical reaction is badly mistaken.</p>
<p>Ruling out magic in children&#8217;s literature would, of course, completely depopulate <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Narnia?tid=informline">Narnia</a> and Middle Earth, leaving just silent forest. The use of magic in fairy tales recurs for a reason; it reveals another reality &#8212; what <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/C.S.+Lewis?tid=informline">C.S. Lewis</a> called the &#8220;deep magic&#8221; &#8212; just beneath the surface of our days. Magic is usually the way that children are introduced to the idea of transcendence.</p>
<p>As to Dumbledore, it would have been disturbing if Rowling had used her final book to argue for some baldly political agenda &#8212; if the Hogwarts headmaster and professor Snape had married, for example, in a touching civil ceremony. Whatever your view of homosexual rights, this would have been an abuse of parental trust, the exploitation of an unfair advantage. But this is not what happened. Dumbledore&#8217;s sexual identity was an assumption Rowling brought to her writing, not explicit in the text itself. And the implicit reference is to a tragic, youthful infatuation with an evil character whom Dumbledore is later called upon to defeat in a duel. &#8220;I think a child will see a friendship,&#8221; says Rowling, &#8220;and I think a sensitive adult may well understand that it was an infatuation.&#8221;</p>
<p>That said, tolerance <em>is</em> one of the main themes of the Harry Potter books. In a marvelous social comparison, lycanthropy is treated as a kind of chronic disease, with werewolves subject to discrimination as if they had AIDS. The political ideology of <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Lord+Voldemort?tid=informline">Lord Voldemort</a> is Nazi-like &#8212; racist and totalitarian. &#8220;Pure-bloods&#8221; &#8212; those with untainted magical lineage &#8212; oppress those of mixed parentage, called &#8220;half-bloods,&#8221; who are brought before show trials and carted off to Azkaban prison. As the series progresses, the body count of this ideology builds. Like much great children&#8217;s literature, the series takes evil, hatred and death quite seriously.</p>
<p>But the really subversive element of the Harry Potter books is the answer they offer to death. Voldemort believes that death must be mastered and &#8220;eaten&#8221; &#8212; resisted through Dark Arts that always involve exploitation and violence. Harry Potter, in contrast, is protected from death as an infant by the voluntary, courageous sacrifice of his mother&#8217;s life. And Harry is called upon to repeat that sacrifice. The portion of &#8220;The Deathly Hallows&#8221; in which young Harry realizes that he is &#8220;marked for slaughter&#8221; and accepts the necessity of his own death for the sake of love is moving &#8212; and that love becomes a kind of magic that is stronger than death itself. For every reader, this is an affirmation of friendship, loyalty and courage. For my children, it is also the symbol of a greater sacrifice.</p>
<p>These, of course, are central themes of religion, particularly Christian religion. And the question naturally arises: How can a book series about tolerance also be a book series about religion? This represents a misunderstanding of both tolerance and faith. For many, tolerance does not result from the absence of moral convictions but from a positive religious teaching about human dignity. Many believe &#8212; not in spite of their faith but because of it &#8212; that half-bloods, werewolves and others should be treated with kindness and fairness. Above all, believers are called to love, even at the highest cost.</p>
<p>Near the end of the series, the Hogwarts headmaster explains to Harry, &#8220;The true master does not seek to run away from Death. He accepts that he must die, and understands that there are far, far worse things in the living world than dying.&#8221; That is wisdom, whatever Dumbledore&#8217;s youthful inclinations.</p>
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		<title>Summer&#8217;s Escape Artists</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jul 2007 21:35:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>David Ignatius</strong> (THE WASHINGTON POST, 26/07/07):</p>
<p>&#8221; <a href="http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/07/20/AR2007072001207.html">Harry Potter and the Deathly Hallows</a>&#8221; arrived at our house last weekend, all 759 pages &#8212; two copies to be shared by my wife and three daughters. I&#8217;m missing the party, but only because of this summer&#8217;s addiction to Anthony Trollope &#8212; luxuriating at present in the 841 pages of &#8220;Can You Forgive Her?&#8221; with a mere 3,643 pages left to complete the sextet of the Palliser novels.</p>
<p>If ever there were a summer for escapist literature, this is it. The news of the real world is so bleak that it&#8217;s &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/16509/summers-escape-artists/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>David Ignatius</strong> (THE WASHINGTON POST, 26/07/07):</p>
<p>&#8221; <a href="http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/07/20/AR2007072001207.html">Harry Potter and the Deathly Hallows</a>&#8221; arrived at our house last weekend, all 759 pages &#8212; two copies to be shared by my wife and three daughters. I&#8217;m missing the party, but only because of this summer&#8217;s addiction to Anthony Trollope &#8212; luxuriating at present in the 841 pages of &#8220;Can You Forgive Her?&#8221; with a mere 3,643 pages left to complete the sextet of the Palliser novels.</p>
<p>If ever there were a summer for escapist literature, this is it. The news of the real world is so bleak that it&#8217;s a blessing to retreat for a while into the imagined worlds of fiction. There is a character in Evelyn Waugh&#8217;s &#8220;A Handful of Dust&#8221; who, at the end of the book, flees <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/London?tid=informline">London</a> and is stranded in the Amazon jungle, where he is compelled to read the novels of <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Charles+Dickens?tid=informline">Charles Dickens</a> over and over again. That sounds pretty attractive right now.</p>
<p>But it is always a summer for escapist reading. A wise person (my mother, actually) once observed that it was essential to read novels, because otherwise people would not know how to behave. They would encounter problems of the heart that would be insoluble, save for the education they had received in watching the great characters of fiction struggle to make moral choices. (My parents, who are in their 80s, are in a <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Jack+Kerouac?tid=informline">Jack Kerouac</a> phase this summer, having driven themselves across the United States in high style, despite the entreaties of their children.)</p>
<p>One of the unlikely benefits of travel to distant places is that it gives you so much time to read &#8212; especially those big, fat English novels. Is there anything more pleasurable than fastening the seat belt at the beginning of a long flight and opening a thick book &#8212; taking wing from ordinary life and enfolding yourself in the imagination of the author? I&#8217;ve passed long weeks in places such as <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Baghdad?tid=informline">Baghdad</a>, <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Basra?tid=informline">Basra</a> and <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Beirut?tid=informline">Beirut</a> worrying as much about the tribulations of Dorothea Brooke, the unforgettable heroine of George Eliot&#8217;s &#8220;Middlemarch,&#8221; as about the machinations of the local militias.</p>
<p>What makes these 19th-century English novels compelling are the women. The virtuous men tend to be human icicles, so encumbered with manly restraint that their deeper emotions are frozen, only to melt in the last few chapters just in time to win the hearts of their beloveds. A classic example of manly froideur would be Darcy, in <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Jane+Austen?tid=informline">Jane Austen</a>&#8216;s &#8220;Pride and Prejudice.&#8221; The emotional men in these books tend to be unreliable cads, as in Trollope&#8217;s dastardly philanderers &#8212; Sir Felix Carbury in &#8220;The Way We Live Now&#8221; or George Vavasor in &#8220;Can You Forgive Her?&#8221;</p>
<p>But the women in these novels are passionate seekers, embodying bourgeois <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Europe?tid=informline">Europe</a>&#8216;s journey toward free thought and personal freedom. They refuse the easy comforts and arranged marriages of their class in pursuit of deeper values. Often, as with Austen&#8217;s Elizabeth Bennet or Trollope&#8217;s Alice Vavasor, they make themselves positively miserable trying to escape the worthy men who will make them happy. They are too rebellious for their own good, these fine ladies, and when they finally achieve a happy ending (for there is always a happy ending in these books), it is, to the sentimental reader, deeply satisfying. There are so few opportunities in real life to see virtue rewarded.</p>
<p>Graham Greene, who capped this literary tradition of escapist moral education, summed up in &#8220;The Heart of the Matter&#8221; the English conviction that when it comes to emotion, less is more. He puts the message in an admonition from the Syrian trader Yusef to his forlorn hero, Major Scobie: &#8220;Of two hearts one is always warm and one is always cold: the cold heart is more precious than diamonds: the warm heart has no value and is thrown away.&#8221; Greene should know; he threw away a lot of warm hearts.</p>
<p>Many years ago I found myself on a Libyan Airways flight bound from <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Tripoli?tid=informline">Tripoli</a> to <a href="http://www.washingtonpost.com/ac2/related/topic/Benghazi?tid=informline">Benghazi</a>. I was seated between two burly Libyan gentlemen who I felt certain had been assigned by the local security service to keep an eye on me.</p>
<p>Fortunately, I had a good book to read, and as the plane roared over the North African desert, I reached a particularly amusing chapter that had me laughing out loud, quite literally to tears. Seeing my enjoyment of the book, one of my Libyan seatmates poked me in the ribs. &#8220;It is about sex, isn&#8217;t it?&#8221;</p>
<p>No, I told him, it wasn&#8217;t about sex. The book in question was &#8220;Little Dorrit,&#8221; by Charles Dickens. But never mind. It was intensely satisfying just the same. So to readers everywhere, from Harry-o-philes to fellow Trollopians, a happy summer.</p>
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		<title>Five Ways to End Harry Potter</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/16330/five-ways-to-end-harry-potter/</link>
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		<pubDate>Wed, 11 Jul 2007 17:03:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>THE NEW YORK TIMES, 11/07/07</p>
<p>So here we are: at the end of the “Harry Potter” decade. The books have been printed and are under lock and key. (Presumably.) J. K. Rowling has made her choices. Harry is either going to live or die. Severus Snape is either evil or good — or maybe a little bit of both. Ginny will stick with Harry, and Ron will hook up with Hermione. Or not. Eager readers still have to wait a fortnight or so for answers to these questions.  Which is why the Op-Ed page asked four writers and one artist &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/16330/five-ways-to-end-harry-potter/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>THE NEW YORK TIMES, 11/07/07</p>
<p>So here we are: at the end of the “Harry Potter” decade. The books have been printed and are under lock and key. (Presumably.) J. K. Rowling has made her choices. Harry is either going to live or die. Severus Snape is either evil or good — or maybe a little bit of both. Ginny will stick with Harry, and Ron will hook up with Hermione. Or not. Eager readers still have to wait a fortnight or so for answers to these questions.  Which is why the Op-Ed page asked four writers and one artist to fill the void and draft “Harry Potter” endings of their own.</p>
<p><strong>1) The Boy Who Died</strong></p>
<p>By <strong>Damon Lindelof</strong>, the co-creator and head writer of the television series “Lost”</p>
<p>Harry Potter must die. We Americans like closure. No — we need closure.</p>
<p>The Brits have no such hang-ups. They demonstrate almost limitless patience (which explains cricket) when it comes to the rather touchy issue of “resolution.” We Yanks, however, do not want froufrou endings. We want things definitively tied up.</p>
<p>And by “things” I mean lots of people dead. And by “definitively tied up” I mean in excruciating ways that ideally involve lots of gratuitous explosions.</p>
<p>We really like gratuitous explosions. And we like it when characters have pithy catchphrases as the embers rain down on them in slow motion. Like, “You should quit smoking, McCorkle.”</p>
<p>Over here at the TV show “Lost,” we’ve announced our grand finale 48 short episodes from now. Shockingly, the pundits have already announced that they pre-hate it. The prevailing sentiment seems to be that our ending will be either too wacky to make sense or too anticlimactic to have justified the six seasons preceding it.</p>
<p>I am thrilled by this assessment as there is almost certainly nowhere to go but up.</p>
<p>J. K. Rowling finds herself with the opposite problem. Her story and writing have so captivated the world that expectations are through the roof. In fact, it shouldn’t matter how Ms. Rowling executes her final dive, but some people (O.K., I mean me) will judge all that preceded it based on how little splash there is when she hits the water.</p>
<p>Fair? No. But what do you expect from people who like unnecessary explosions and pithy catchphrases?</p>
<p>I read an article recently saying that 80 percent of American poll respondents said they thought Harry wouldn’t survive the final book. As is the case in many polls, there’s probably a degree of wish-fulfillment here. In other words, we want the little bugger to die.</p>
<p>O.K., it wasn’t an article. It was an inset in Us Weekly. This makes my point no less valid.</p>
<p>So why do we want Harry to go to the great Quidditch match in the sky?</p>
<p>The poor kid’s parents were brutally murdered, he spent his childhood in a closet, and every year one of his friends dies. Yet we do not offer him our sympathy. We offer him our bloodlust.</p>
<p>Do we feel sorry for Harry? No. We want him to take a dirt nap.</p>
<p>And that’s because we want to be surprised.</p>
<p>Because if there’s one thing we like more than explosions, it’s surprises. And even though 8 out of 10 of us want him to die, we know in our hearts that he won’t.</p>
<p>And that’s because Ms. Rowling wouldn’t dare.</p>
<p>She can’t whack Harry because there are rules that must be followed when it comes to how one ends a grand mythology. Good triumphs over evil. Hope overcomes despair. Paper covers rock. Harry wins. Voldemort loses. The Ewoks sing.</p>
<p>And this is precisely why Harry has to die.</p>
<p>Because it will be tragic. And emotional. And surprising. But most of all &#8230; it will be fair.</p>
<p>When Ms. Rowling first took us by the hand and led us down the path of her story (a brilliant one, I’ve neglected to mention), she boldly titled her first chapter “The Boy Who Lived.”</p>
<p>We come to learn later that Harry has survived an assassination attempt &#8230; both his parents had sacrificed their lives to spare his. The most rewarding ending would be one in which he performs a similar act of self-sacrifice. I would just about giggle with glee were I to get to the last chapter (I never peek ahead) and find it titled “The Boy Who Died.”</p>
<p>So yes. Sorry, kiddies. I hope Harry buys the farm. Even though I know he won’t.</p>
<p>However&#8230;</p>
<p>Maybe if He-Who-Must-Not-Be-Named tossed one final spell at Harry? Like a mega-Avada Kedavra curse that nobody had ever survived? And if Harry, like, did some kinda Matrix-slow-motion move and used his wand to deflect? And then his opponent like totally exploded everywhere into a thousand pieces of reptilian flesh? If, like, Harry blew on the end of his wand and said, “I told you not to curse, Voldemort.”</p>
<p>That’d be fine, too.</p>
<p><strong>2) When Harry Met Davey</strong></p>
<p>By <strong>Meg Cabot</strong>, the author of the “Princess Diaries” series. Her most recent book is “Queen of Babble in the Big City”</p>
<p><span class="bold">DAVID LETTERMAN:</span> Hey, Paul, guess who we’re about to bring out. Harry Potter. Kid’s a wizard. Bet you didn’t know there was such a thing as wizards, did’ja Paul?</p>
<p><span class="bold">PAUL SHAFFER</span> Sure. They hide under rocks and have little tongues that dart out, right?</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> I think you’re the one who’s been under a rock, Paul. Ladies and gentlemen, here he is &#8230; Harry Potter.</p>
<p><span class="italic">(Applause)</span></p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Harry, it’s an honor to meet you. Ever since you saved the earth by battling this Voldemort guy —</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Well, I don’t know about saving the earth&#8230;.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Don’t be modest, now. Or haven’t the polar ice caps stopped melting since you offed this guy?</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Well &#8230; yeah, I guess that’s true.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Right. Not to mention, there’s been peace in the Middle East, an end to world hunger, and Paris Hilton hasn’t appeared on the cover of People again —</p>
<p><span class="italic">(Applause)</span></p>
<p><span class="bold">DAVE</span> See, you should stop selling yourself short. You did save the earth. And by using a magic flying broom. That’s really something.</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> It was a killing curse, actually, not a broom.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> The things they teach kids at wizard school these days.</p>
<p><span class="italic">(Laughter and applause)</span></p>
<p><span class="bold">HARRY</span> And I didn’t defeat Voldemort on my own. I had help from my friends.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Right. Speaking of wizard school, that’s where your friends Hermione, Ron, Neville and this Draco fellow — who turned out to be merely misunderstood — are teaching now? They’ve taken over now that this Dumbledore guy is out celebrating his new aliveness at Sandals Jamaica?</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Right. After Voldemort was defeated, everyone he foully murdered came alive again, including my classmates, my godfather and my parents.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Well, that’s a swell trick. And what’s this I hear about Voldemort turning out to be your grandpa?</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Um &#8230; Yeah. Well &#8230;.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Boy, that must have been embarrassing for you, down at the wizard bar.</p>
<p><span class="italic">(Laughter and applause) </span></p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Well, yes, that was a bit of a surprise.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> But still, defeating the Dark Lord, even if he did turn out to be your grandpa, is quite an accomplishment. I mean, you killed the bad guy —</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Actually, he’s not dead. He will suffer in Azkaban for all eternity like the many souls he himself tormented.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Right. But you got the girl.</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> Yes, Ginny.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> So that’s good, right? You defeated the bad guy. You got the girl. All the nice dead people came back to life. And you’re now head of the whole wizarding operation. So you’ve got yourself a completely happy ending, right?</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> No one was expecting that. But yes, exactly.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> That’s fantastic! And you know, my son’s named Harry. So you should stick around. We’ve got animal expert Jack Hanna coming up next. I know you like snakes, so you two’ll get along. Hey, that owl of yours know any stupid pet tricks?</p>
<p><span class="bold">HARRY</span> She’ll drink milk out of my mouth, actually.</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> We’re going to want to see that. Right, Paul?</p>
<p><span class="bold">PAUL</span> Definitely!</p>
<p><span class="bold">DAVE</span> Folks, we’ll be right back.</p>
<p><strong>3) Made in Hogwarts</strong></p>
<p>By <strong>Larry Doyle</strong>, a former writer for “The Simpsons” and now a screenwriter, is the author of “I Love You, Beth Cooper”</p>
<p>WHAT’LL y’have, then?”</p>
<p>The old bartender’s eyes glinted in the dark. He had a monstrous ruddy nose for such a thin, pale face, as if someone had stuck a gob of red putty on a skull.</p>
<p>“Ogden’s Old, all around,” said Ron. “No more butterbeer for this lot.”</p>
<p>“Where’s Tom?” Harry asked.</p>
<p>“’E’s unwell,” said the bartender. “I’m Marmot. Odd Orville Marmot they call me. You might try the eel. It’s the best in the alley.”</p>
<p>A vague fear stirred in Harry’s chest as Marmot shuffled away, long spidery fingers dangling from the sleeves of his coat.</p>
<p>“It’s over,” said Hermione quietly, placing her hand over Harry’s. “It’s ended.”</p>
<p>“And what an end,” said Ron. “That bit about You-Know-Who being your dad. Didn’t see that coming.”</p>
<p>Harry hadn’t seen any of it coming. Certainly not that he himself had been the final Horcrux, the host of Voldemort’s soul the whole time. He realized it only when Voldemort was on top of him, clawing the lightning bolt from his forehead, gobbling it greedily. At that moment, Voldemort became mortal, and the next, he was hit by a bus. Not even a magic bus at that.</p>
<p>Harry looked about the Leaky Cauldron. It seemed darker and shabbier than usual.</p>
<p>“I’ll tell you something,” Ron was prattling on. “I’ve had enough of wizarding after that.”</p>
<p>Two hooded men sat at a far table, not speaking to one another. Harry heard a scraping, and glanced down as a huge rat scabbered across his feet and disappeared.</p>
<p>“I’m going to Hollywood,” said Ron. “That’s where the real magic happens.”</p>
<p>Near the door, a lute player sang an old song:</p>
<p><span class="italic">Got to be good-looking </span></p>
<p><span class="italic">’cause he’s so hard to see &#8230; </span></p>
<p>“I’ve been meaning to ask you, Harry,” said Ron, “about your life rights.”</p>
<p>Where was Ginny?, Harry wondered.</p>
<p>“’Ere y’are,” the bartender said, laying the tray of three firewhiskeys on the table. “Cheers.” Something in his voice made Harry look up, and it was only then he noticed that Odd Orville’s slitty eyes were scar &#8230;</p>
<p><strong>4) Hermione Tells All</strong></p>
<p>By <strong>Polly Horvath</strong>, the author of “The Canning Season” and the forthcoming “The Corps of the Bare-Boned Plane”</p>
<p>YOU’VE been coming in a lot lately, you and that little tyke, haven’t you, dearie?” asked the waitress, idly swishing her cloth across a neighboring table.</p>
<p>“Yeah, they turned off the heat again in my flat,” said the woman, writing in a notebook. A baby rested in a carrier on the chair next to her.</p>
<p>“You used to hang out a bit in town with them lot in robes. Haven’t seen them around lately.”</p>
<p>“Dead,” said Hermione briefly.</p>
<p>“What, all of them?”</p>
<p>“We had a bit of a dust-up,” said Hermione, biting on her pencil.</p>
<p>“I can’t believe it. How’d they die?”</p>
<p>“Which one?”</p>
<p>“Neville?”</p>
<p>“Blaze of glory.”</p>
<p>“Ron?”</p>
<p>“Blaze of glory.”</p>
<p>“Professor Merrythought?”</p>
<p>“Blaze of glory.”</p>
<p>“Potter?”</p>
<p>“Tripped.”</p>
<p>“No! But he’s O.K.?”</p>
<p>“He’s pretty much dead too. I admit I had a little something to do with it. But, you’re a woman, I ask you, how many times should you have to ask them to include a vegan alternative?”</p>
<p>“Crikey!”</p>
<p>“All right, I might have been a bit postpartumy but I’m all better now. Ruddy men!”</p>
<p>“Don’t I know it, dearie. Still,” the waitress said, looking at the baby, “I guess you had yourself a little romance. Which one was it? Potter? Ron? Percy, was it?”</p>
<p>“Probably,” said Hermione.</p>
<p>“And looking for a job now, are you?” asked the waitress, pointing at the newspapers with the circled ads on Hermione’s table.</p>
<p>“Well, that’s the thing, isn’t it? Once you graduate, oh, sure, you’ve got the ruddy degree in witchcraft and the dark arts but whatcha gonna do with it? Doesn’t half pay the rent. I got me a new tack now. I’m writing some books. Seven or so. Gonna sell them and make some money. I got the whole thing planned out.”</p>
<p>“So, writing a little fantasy, are you?”</p>
<p>“Not ruddy likely. Genre’s been overdone to death. Nope, just writing about my experiences with the Death Eaters and Dark Lords and Dementors. Write what you know.”</p>
<p>“Isn’t that clever, luv.”</p>
<p>“I dream about M.,” said Hermione, putting the baby carrier on the floor.</p>
<p>“Nightmares about them Dementors, eh?”</p>
<p>“Not ‘them.’ M.”</p>
<p>“Muggles?”</p>
<p>“Merchandising.”</p>
<p>“Isn’t it a bit tricky then, writing a bunch of books if you’ve never written anything before?”</p>
<p>“Nah, I got it beat. I figure it’s all in arranging words in some sort of order. Sentences they call it. Like this one I come up with this morning: ‘Started out, Could nutshell myself infinite were bad dreams God, I count, a king, oh, space bounded in not I have that and it of a be.’ Then I rearranged things a bit and got this: ‘Oh God, I could be bounded in a nutshell and count myself a king of infinite space were it not that I have bad dreams.’ Don’t know what it means.”</p>
<p>“That’s Shakespeare, that is,” said the waitress.</p>
<p>“DRATS! Not again. He hogged all the best word orders. Never mind, I got the whole day to reorder me words. Bring a piece of cake and keep them cups of tea coming. I plans to knock off three of these suckers by closing time.”</p>
<p>“Chapters, dearie?”</p>
<p>“Books. The kid’s gotta eat.”</p>
<p>The baby started to cry.</p>
<p>“Hush,” said Hermione, kicking the carrier to the other side of the room, “Mummy’s writing.”</p>
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		<title>My fantasy Harry Potter</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jul 2007 16:46:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Bidisha</strong>, a novelist and arts critic (THE GUARDIAN, 11/07/07):</p>
<p>This week marks the beginning of a period of double ecstasy for Harry Potter junkies, myself included. I have spent years trawling the internet to peruse other fans&#8217; tributes and theories, and now it&#8217;s time for the fifth film and seventh book &#8211; to be followed by a few weeks&#8217; stunned absorption of whatever revelations JK Rowling unleashes as, in Harry Potter and the Deathly Hallows, she finishes off the story that became a phenomenon that became a mythology.</p>
<p>That said, I&#8217;m expecting the film &#8211; the Order of &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/16329/my-fantasy-harry-potter/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Bidisha</strong>, a novelist and arts critic (THE GUARDIAN, 11/07/07):</p>
<p>This week marks the beginning of a period of double ecstasy for Harry Potter junkies, myself included. I have spent years trawling the internet to peruse other fans&#8217; tributes and theories, and now it&#8217;s time for the fifth film and seventh book &#8211; to be followed by a few weeks&#8217; stunned absorption of whatever revelations JK Rowling unleashes as, in Harry Potter and the Deathly Hallows, she finishes off the story that became a phenomenon that became a mythology.</p>
<p>That said, I&#8217;m expecting the film &#8211; the Order of the Phoenix, which opens here tomorrow &#8211; to be a letdown. A mainstream cine-juggernaut calculated to succeed all over the world could never do justice to the combined complexity of Rowling&#8217;s vision and my own fantasies. After being swayed by a cinema full of cooing kids into giving the first film a good review in 2001, I&#8217;ve reversed my opinion. With the exception of Alfonso Cuarón (who made The Prisoner of Azkaban, the third Potter film), there has been a disappointing cowardice towards the darkness of the source material, with directors lightly rehashing its surface details. It&#8217;s the films that lead people to disparage Rowling as a writer of reactionary, derivative kids&#8217; stuff, as a mix of The Worst Witch and Tom Brown&#8217;s Schooldays.</p>
<p>Rowling&#8217;s work is older in mentality than the films let on, and with each book the depth of the backstory, the interconnection of symbols, themes and action, and the implications of Harry&#8217;s identity are made ever clearer. In the novels, Harry&#8217;s story is 99% pain, anger, hate, ambition and violence, saved by a spark of redeeming love. In the films, we get a mystery adventure with some diet angst &#8211; and, in the Goblet of Fire, a strange bath scene that prompted an &#8220;Ooh!&#8221; of surprise from the audience. The books&#8217; epic structure and issues of destiny, sacrifice, suffering and prophecy are collapsed into a few token lines.</p>
<p>Admittedly, speculative narratives are risky to film. The cool weirdness of Dune worked, as did the animated version of Howl&#8217;s Moving Castle, by Diana Wynne Jones, an important author unjustly neglected by directors. Excalibur captured the high, dark drama of the King Arthur myth &#8211; but not as cannily as the Monty Python version. Hollywood also has a way of ironing out a story&#8217;s radicalism: Ursula Le Guin disowned one adaptation because it made the characters all white when she had specified that they were dark-skinned.</p>
<p>Perhaps it&#8217;s best to be grateful that Harry made it to LA at all. It&#8217;s strange to contemplate a projected seven films based on an abused child whose biggest hobby is hunting down the guy who murdered his parents. And the idea of such a long series, usually the province of elite directors such as Kieslowski or Bergman, does betray a fan-like obsessiveness on the part of Warners.</p>
<p>My fantasy would be to see the series remade by David Lynch, complete with time shifts, character body-swaps and elliptical dialogue. Or Kathryn Bigelow, who could shoot this very male tale with her characteristic muscularity. Mary Harron, who adapted American Psycho with slick, creepy perfection, would wrench breakthrough performances from the young actors. Best of all (and least likely) would be David Cronenberg, whose lurking homoeroticism and yuppie body horror would easily accommodate Rowling&#8217;s nimble mix of genres.</p>
<p>There&#8217;s still time for Warners to change course. The best of the series so far is the Half-Blood Prince in which Harry develops a blatantly homoerotic interest, with the famous line: &#8220;Harry, however, had never been less interested in quidditch; he was rapidly becoming obsessed with Draco Malfoy.&#8221; I&#8217;d like to see if David Yates, now filming this sixth tome, is brave enough to show that little fascination in all its glory.</p>
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		<title>Compartir la lectura</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Apr 2007 10:25:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Millán</strong>, editor digital; escribe sobre lectura y edición en el blog de <a href="http://jamillan. com/" target="_blank">El futuro del libro</a> (LA VANGUARDIA, 22/04/07):</p>
<p>Leo libros a mis hijos en voz alta. Muchos padres lo hacen: es una especie de rito vespertino. Pero lo curioso de mi caso es que es una práctica que sigo desde hace bastantes años&#8230;</p>
<p>En casa comenzamos a leer cuentos a nuestros hijos cuando eran francamente pequeños. Quizás sea excesivo hablar de <em>leer</em>:nos sentábamos con el niño en el regazo y un cuento sin letras, de esos con colores y figuras contrastadas, que tanto atraen &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/15146/compartir-la-lectura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José Antonio Millán</strong>, editor digital; escribe sobre lectura y edición en el blog de <a href="http://jamillan. com/" target="_blank">El futuro del libro</a> (LA VANGUARDIA, 22/04/07):</p>
<p>Leo libros a mis hijos en voz alta. Muchos padres lo hacen: es una especie de rito vespertino. Pero lo curioso de mi caso es que es una práctica que sigo desde hace bastantes años&#8230;</p>
<p>En casa comenzamos a leer cuentos a nuestros hijos cuando eran francamente pequeños. Quizás sea excesivo hablar de <em>leer</em>:nos sentábamos con el niño en el regazo y un cuento sin letras, de esos con colores y figuras contrastadas, que tanto atraen a los pequeños, y empezábamos a contárselo: &#8220;Éste es un oso, y &#8230;&#8221;. En realidad estábamos familiarizándolos con un objeto, el libro, y un acto: el de hacerle cobrar vida.</p>
<p>Poco a poco, casi sin darnos cuenta, ya teníamos libros con letras grandes, ya distinguían la o redonda de la i con un puntito, ya reconocían algunas palabras, ya leían dificultosamente, ya te corregían cuando te confundías en una palabra, ya leían de corrido, ya devoraban los libros&#8230; Llegados a este punto, era el momento de dejarlos solos. ¿O no?</p>
<p>Tenían ocho o nueve años. Habíamos pasado de los ositos a las brujas, de las brujas a los piratas, a los bosques de Narnia, a los tramperos del Canadá. Habíamos navegado, luchado, explorado pirámides juntos, bajado al centro de la Tierra&#8230; ¿Y ahora íbamos a separarnos? Se suponía que uno no leía a los niños <em>mayores</em>,aunque&#8230; ¿por qué no? Los padres de niños de la edad de los míos estaban dejando de leerles, o quizás los hijos no querían ya que se les leyera&#8230;</p>
<p>Y, de golpe, lo vi clarísimo. Había que seguir. No fue muy fácil al principio, claro: había varios retos. El primero, la competencia por el tiempo disponible. Luego, la elección de las obras. Empecé a tantear con los clásicos infantiles, o, mejor dicho, con los clásicos que una tradición extraña ha confinado a los niños. Eran con frecuencia los mismos ejemplares que leí en mi juventud, y por suerte, porque resulta asombrosamente difícil encontrar en librerías muchos de esos títulos. Se trataba de obras que ya habíamos dado a nuestros hijos para que leyeran autónomamente, pero muchas veces los habían abandonado sin acabarlos. Así que cogí <em>La isla del tesoro</em>,un libro que había pasado por esa triste suerte, y empecé a leérselo. En la primera sesión escuché un comentario que me confirmó que estaba en el buen camino: &#8220;¿Pero eso venía en el libro? ¡No sabía que estaba tan bien&#8230;!&#8221;.</p>
<p>Leer en voz alta significa verse inmerso en una práctica de siglos de antigüedad. Las novelas de la saga artúrica se leían a un público mayoritariamente analfabeto, que luego bautizaba a sus hijos con los nombres de sus héroes. <em>El Lazarillo, El Quijote </em>están escritos para la voz (hasta tal extremo que leídos en silencio no se entienden ciertos pasajes). Los obreros de los talleres del XIX pagaban a quien les leyera, y de la lectura de Dumas en los obradores de puros viene la marca Montecristo&#8230;</p>
<p>Quien no haya leído en voz alta libros de cierta complejidad no sabe lo que eso implica. Hay que marcar con inflexiones de la voz las diferencias entre pasajes descriptivos y los de acción. Conviene individualizar a los personajes que hablan (pero no demasiado: no se trata de hacer una interpretación teatral), y además reflejar someramente su estado de ánimo: indignación, confidencia, demanda&#8230; Hay que acompañar eficazmente las intenciones del autor: el suspense dilatado, la sorpresa. Y todo eso exige cierto virtuosismo (que por suerte, se va adquiriendo)&#8230;</p>
<p>También hay que escoger en qué punto se interrumpe la lectura: hay lugares naturales para ello, y otros en los que luego cuesta reanudarla. Una buena estrategia es cortar en un episodio de peligro o aventura, que aún no ha llegado a su desenlace. Pero hay que ser un auténtico titán para vencer las protestas de los jóvenes oyentes cuando uno hace eso. Y luego, al volver (a veces unos días después) sobre el episodio que dejamos, hay que saber recapitular, de modo informativo pero conciso: &#8220;Habíamos dejado a nuestro héroe, perseguido de cerca por sus enemigos, colgando de un arbusto&#8230;&#8221;.</p>
<p>Y, por supuesto, hay que escoger las lecturas e irlas variando a medida que los hijos crecen y evolucionan, a medida que se agotan los libros que leímos en nuestra infancia y llega el momento de empezar a compartir las obras <em>para mayores</em>.Para mí esto ha supuesto algunos de los mayores retos (y también de las mayores sorpresas). Les he leído cuentos de Borges, cuidadosamente seleccionados, y les han encantado. Con Bioy fracasé estrepitosamente. Jack London les gustó y Poe también, pero Rulfo les deja desconcertados. Los cuentos fantásticos de Cortázar les apasionan.</p>
<p>Tuve una divertida experiencia con Álvaro Mutis, cuyos libros de Maqroll el Gaviero había leído hacía muchos años. Empecé con uno de ellos, que les fue cautivando poco a poco. La lectura había avanzado mucho cuando desemboqué en un pasaje francamente erótico. Por supuesto, no iba a saltármelo, de modo que opté por meter algún &#8220;Piiiiiiii&#8221; censor en determinados términos que me resultaba violento leerles. ¡Ya se las apañarían ellos para, si les interesaban, rescatarlos por su cuenta! Y, total, ¡cosas más torpes estarían oyendo de labios de su compañeros&#8230;!</p>
<p>Mis hijos tienen ahora trece y catorce años. No sé por cuánto tiempo seguiremos con estas veladas, pero ahora estamos leyendo <em>La metamorfosis</em>.Para mí ha sido una sorpresa descubrir que mezcla asombrosamente lo divertido y lo siniestro: eso se nota mucho al leerlo en voz alta. Para suavizar la crueldad de algún pasaje imito la voz pituda, casi ininteligible, del pobre Gregorio (gran éxito). Por momentos la acción se hace compleja, pero recuerdo cómo Nabokov decía que la disposición del piso de los Samsa es clave, y proyecto mi voz aquí y allí para indicar desde dónde hablan los personajes. En un momento dado mi hijo menor me interrumpe y pregunta: &#8220;Pero, ¿qué tamaño tiene el insecto?&#8221;. Y yo le contesto: &#8220;Fíjate que usa la boca para&#8230;&#8221;.</p>
<p>La lectura: ese acto tan privado que es un placer seguir compartiendo con aquellos a los que uno quiere.</p>
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		<title>Bosques de palabras</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Sep 2006 09:09:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Salvador</strong>, vicedirector de la Real Academia Española (ABC, 30/09/06):</p>
<p>LEO esa espléndida historia autobiográfica de Amós Oz, el escritor israelí, titulada Una historia de amor y oscuridad y, en el capítulo 21, en la evocación de sus años infantiles, nos dice que vivía en determinado barrio de Jerusalén, pero en los márgenes de un bosque, junto a las cabañas, las chimeneas, los prados y la nieve de las historias que leía en los libros que se iban apilando en su cuarto, que vagaba sin cesar por aquellos bosques virtuales, por aquellos bosques de palabras, cabañas de palabras &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11837/bosques-de-palabras/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Salvador</strong>, vicedirector de la Real Academia Española (ABC, 30/09/06):</p>
<p>LEO esa espléndida historia autobiográfica de Amós Oz, el escritor israelí, titulada Una historia de amor y oscuridad y, en el capítulo 21, en la evocación de sus años infantiles, nos dice que vivía en determinado barrio de Jerusalén, pero en los márgenes de un bosque, junto a las cabañas, las chimeneas, los prados y la nieve de las historias que leía en los libros que se iban apilando en su cuarto, que vagaba sin cesar por aquellos bosques virtuales, por aquellos bosques de palabras, cabañas de palabras y prados de palabras. Recuerdo, al leerlo, una estampa de mis paseos urbanos en los últimos meses, que me ha quedado grabada. En la esquina de Almagro con Zurbano suele instalar su puesto de flores una gitana de mediana edad, abundosa de cuerpo y simpatía que, sentada en una silla baja, ofrece sus rosas, sus claveles o sus jazmines al viandante, con amables argumentos que, a veces, logran convencer. Y con frecuencia la acompaña una joven de mirada inteligente y soñadora, que debe ser su hija y que igualmente sentada, en un taburete creo, con un libro abierto en las manos o sobre el regazo, lee sin descanso, salvo algún momento en que ayude a su madre a disponer un ramo o a atender a un segundo cliente que se acerca. Ella, como el escritor israelí, se instala junto a su propio bosque o su propio jardín, y sentada ante el tenderete de las flores reales que vende su madre, camina mentalmente por senderos de palabras en cuyos márgenes crecen caléndulas o violetas, amapolas o pasionarias, siemprevivas o nomeolvides, camelias o pensamientos; penetra en umbrosas y perfumadas florestas donde crecen magnolios, glicinias, hibiscos y rosales silvestres y tiene todas las posibles flores del mundo, en palabras, al alcance de su imaginación.</p>
<p>Ambos, el novelista hebreo y la muchacha gitana, me traen a la memoria el niño y adolescente que yo fui, lector incansable de todos los libros que caían en mis manos, me resultaran fáciles o difíciles, diáfanos o inextricables, sin rendirme nunca ante las dificultades, acabando siempre cualquier obra que hubiera empezado. Me siento hermanado con ellos, con todos los que se declaran adictos a la lectura o se muestran como tales. Hace años escribí sobre los lectores en el metro, que siempre los hay, en cualquier trayecto. Me maravillaba de su capacidad de aislamiento, de cómo se desentendían de vaivenes y empujones, apiñados y estrujados a veces , sosteniéndose de cualquier manera y alzando el libro, acaso, sobre su cabeza para no perder el hilo, sumergidos en ese otro ámbito trascendido que la lectura les proporcionaba.</p>
<p>El inmediato y fascinante mundo de los libros, con las historias que nos cuentan y que se van agregando a nuestra propia historia en los recuerdos; con los sentimientos que nos alumbran y que nos van perfilando los nuestros, ayudándonos a entenderlos mejor; con las reflexiones que nos suscitan y que obligan a la mente a plantearse o replantearse no pocas cuestiones que van enriqueciendo el acervo de nuestros saberes y raciocinios. En cualquier momento de la vida siempre hay un libro que nos puede ayudar, que nos puede consolar, que nos puede entretener, que nos puede señalar un camino. Y eso lo sabemos muy bien todos los que acertamos a descubrir, desde que fuimos despertando a la razón y a la existencia consciente, esa otra dimensión del mundo en que vivíamos. Que no había desiertos si teníamos a la mano esos bosques de palabras donde refugiarnos y que, si disfrutábamos en presencia de boscosas umbrías y fragantes vergeles floridos, otras umbrías, otras fragancias y otras flores, igualmente reales para nuestra capacidad de figuración, podrían estar aguardándonos en esos bosque inacabables de las páginas impresas.</p>
<p>A todos los que supimos comprender eso a su tiempo, es decir, que la literatura, de acción o de pensamiento, era una mina de oro inagotable, la vida se nos abrió enseguida como una rosa de los vientos y nos puso en el rumbo de entenderlo todo mejor y de encauzar, tal vez, nuestro proyectos de futuro. Tenemos, revueltas en la memoria, las percepciones reales con las recreadas por las palabras leídas, los sucesos que hemos presenciado con las acciones que nos han contado los libros, las cosas que pensamos con las que hemos adquirido en ellos y nos han hecho meditar. Hemos penetrado en el alma de otros seres, reales o ficticios, a través de los textos y eso nos ha permitido ahondar en el conocimiento del corazón humano y movernos entre las personas que nos rodean sin graves sobresaltos ni sorprendentes desengaños.</p>
<p>La vida, en mi memoria, es un entreverado cronológico de acontecimientos y lecturas: se recuerda tal lectura en función de tal suceso o se asocia tal hecho con determinada obra que se estaba leyendo. Y tengo muchos personajes literarios notablemente más vivos y actuantes en el recuerdo que muchísimas personas de las que anduvieron por mi entorno en tantos años. No es nada singular, nos pasa a todos, me parece, a todos los que somos capaces de dialogar con los muertos, como diría Quevedo.</p>
<p>Que fue, por cierto, uno de mis primeros autores. No el poeta, pues la afición a la poesía me llegó después, en la primera juventud, sino el prosista, el del Buscón y los Sueños. Mi adicción a la lectura no siguió los caminos previstos y habituales. Entré por estancias a las que se suele acceder más tarde. No leí cuentos infantiles ni a Julio Verne y Emilio Salgari. Yo fui un niño de la guerra y en la casa de la aldea gallega donde la pasé sólo había algunos libros de alguien a quien habían fusilado: los de Quevedo que he dicho y el Quijote; La paz perpetua y la Crítica de la razón pura de Kant, Doña Perfecta y La familia de León Roch de Galdós, aparte de Trafalgar, Gerona y otros cuantos Episodios Nacionales, amén de unos pocos de poesía en gallego, de Rosalía de Castro, Curros Enríquez y Eduardo Pondal. Y también estaban La casa de la Troya de Pérez Lugín y una novela por entregas, Los ángeles del arroyo de Luis del Val. Lo leí todo.</p>
<p>Cuando volví a mi pueblo y a mi casa tenía los libros de mi padre, que era también constante y variado lector, e hice el bachillerato con muchas más horas de apasionante lectura que de estudio programado, con lo que indudablemente salí ganando. Cubrí el supuesto hueco aventurero de Verne y Salgari con Jack London y Joseph Conrad, adentrándome en las planicies nevadas y en los mares incógnitos. Descubrí la novela policíaca y, con ella, uno de mis autores para toda la vida, Georges Simenon. Leí a Ortega y Unamuno, a Baroja, Azorín y Valle Inclán. Leí a Flaubert, a Balzac, a Dickens, el teatro de Shakespeare, el de Eugene O´Neill, los novelistas rusos, Tolstói, Dostoievski y, sobre todo, uno que casi nadie recuerda y que me ayudó a tener conciencia previa de lo que podría ser el curso de mi vida: Nicolás Garin con sus cuatro novelas acerca de la vida de Tioma Kartachev, La primavera de la vida, Los colegiales, Los estudiantes y Los ingenieros. Yo no iba a ser ingeniero, eso ya sí lo tenía claro, pero para ser algo había que recorrer, con esfuerzo y decidida voluntad, un camino áspero y accidentado. Y yo preveía que para andar ese camino los libros eran excelente compañía y podrían, con frecuencia, hacerlo más liviano. Se revive la propia historia o se adelanta. Con Wenceslao Fernández Flórez recuperé no mucho después, literariamente, mi anterior experiencia gallega, gracias a su prodigiosa invención de El bosque animado. Y he vuelto más tarde a ciudades donde nunca había estado, pero que tan minuciosamente conocía: a París con Simenon, a Buenos Aires de la mano de Borges, de Bioy Casares y de tantos otros escritores argentinos.</p>
<p>Ahora se insiste en que el cine, la radio, la televisión cubren, con ventaja, espacios temporales que antes se le otorgaban a la lectura y puede que sea verdad en lo que al hecho se refiere, no en absoluto a la ventaja. Ante todos esos sustitutivos admirables, uno por mucho que quiera implicarse no pasa nunca de ser espectador, mientras que la lectura implica necesariamente, obliga a interpretar las palabras, el bosque de palabras, en figuraciones, en ideas, en pensamientos, en argumentos; impide ser neutral, apreciarla simplemente desde fuera; permite hacerla propia sosegadamente, volviendo atrás cuando sea preciso, deteniéndose a pensar, a juzgar, a decidir. Por eso el libro es invencible y está muy claro que con él no hay quien pueda.</p>
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		<title>Enseñar a leer para crear lectores</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Sep 2006 08:05:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Montserrat Fons</strong>, profesora de Didáctica de la Lengua de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 14/09/06):</p>
<p>Con el inicio del curso, el ministro francés de Educación, <strong>Gilles de Robin,</strong> ha ordenado por decreto &#8220;el aprendizaje de la lectura según el método silábico&#8221;. El típico &#8220;la <em>m</em> con la <em>a,</em> <em>ma</em>; la <em>s</em> con la <em>a, sa</em>&#8230;&#8221; es el que será obligatorio a partir de ahora. Esta decisión, preludiada el pasado curso con reiteradas declaraciones públicas, ha sido replicada por autoridades cientí- ficas y movimientos pedagógicos, lo que ha originado un debate del que la prensa francesa &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11566/ensenar-a-leer-para-crear-lectores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Montserrat Fons</strong>, profesora de Didáctica de la Lengua de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 14/09/06):</p>
<p>Con el inicio del curso, el ministro francés de Educación, <strong>Gilles de Robin,</strong> ha ordenado por decreto &#8220;el aprendizaje de la lectura según el método silábico&#8221;. El típico &#8220;la <em>m</em> con la <em>a,</em> <em>ma</em>; la <em>s</em> con la <em>a, sa</em>&#8230;&#8221; es el que será obligatorio a partir de ahora. Esta decisión, preludiada el pasado curso con reiteradas declaraciones públicas, ha sido replicada por autoridades cientí- ficas y movimientos pedagógicos, lo que ha originado un debate del que la prensa francesa se ha hecho eco.<br />
A nuestro entender, la decisión del ministro francés es trasnochada y perversa por, al menos, tres razones: porque simplifica el problema, porque muestra desconfianza en el saber hacer de los maestros y porque desvía el problema de fondo del fracaso del sistema educativo.<br />
Hoy no podemos reducir el debate sobre cómo enseñar a leer a una discusión entre dos grandes métodos: los que parten de unidades mínimas, sean letras (método alfabé- tico), sonidos (método fónico) o sílabas (método silábico), y los que parten de unidades mayores, ya sean palabras o frases (método global y método natural), porque durante el último tercio del siglo XX la didáctica de la lengua ha hecho grandes avances. A partir del análisis de las prácticas en el aula, del conocimiento del proceso lector y escritor, y de la descripción del desarrollo evolutivo sabemos que enseñar a leer y escribir es un proceso largo y complejo. Incluye la enseñanza de las letras y los sonidos, pero, si bien este conocimiento es del todo necesario, es también insuficiente.<br />
Los estudios sobre la comprensión de la lectura de <strong>Isabel Solé</strong> y sobre el proceso de escritura de <strong>Anna Camps</strong> coinciden en destacar que leer y escribir solo se desarrollan plenamente si parten de una situación de comunicación en la que el lector y el escritor se sienten implicados. El conocimiento de estos procesos hace del todo inviable reducir esta enseñanza al conocimiento de las letras, al silabeo, los dictados, las caligrafías y las copias, y hace del todo necesario plantear trabajos de comunicación en los que leer y escribir se plantee de forma completa, significativa y llena de sentido, rehuyendo trabajos parcializados y aislados. Implicados en experiencias de uso real de la lectura y la escritura, los aprendices plantean situaciones (¿aquí qué dice?, ¿cómo podemos saber cómo se escribe?, ¿qué letra es?, ¿son iguales estas dos palabras?) que con la adecuada intervención del maestro permiten adquirir, progresivamente y con sentido, todos los conocimientos necesarios sobre el texto y sobre el código para leer y escribir.</p>
<p>POR OTRA parte, la descripción de las etapas de escritura, de <strong>Ferreiro</strong> y <strong>Teberosky,</strong> por las que pasa el niño entre los 4 y 7 años, de los primeros garabatos y letras mezcladas hasta el principio alfabético, permite comprender las producciones de los niños y ayudarles a avanzar a partir de lo que van construyendo.<br />
Creemos que decidir por decreto la forma de enseñar a leer es una falta de confianza del ministro hacia sus maestros. Seguro que ningún ministro de Sanidad se atrevería a decir a sus médicos si una operación debe hacerse con anestesia total o local. Lo que ocurre es que en educación se superponen criterios técnicos y criterios educativos. Políticos, maestros y ciudadanos, todos queremos saber qué es lo mejor para enseñar a leer y escribir, y estudios no faltan, pero la pregunta no va nunca sola, porque no es neutra, siempre va acompañada: mejor ¿para qué y para quién? No es lo mismo enseñar a leer para ser autónomo en una sociedad cada vez más mecanizada (por ejemplo, para pagar el tiquet del párking), que enseñar a leer para potenciar el conocimiento, o para hacer volar la imaginación y disfrutar de la estética de las palabras. No es lo mismo enseñar a leer para lograr una lectura rápida en voz alta, que enseñar a leer en silencio de un modo reflexivo. No es lo mismo enseñar a leer para memorizar los textos que enseñar a leer para comprenderlos. No es lo mismo enseñar a leer para ser críticos con las fuentes de información que enseñar a leer para tragarse todo lo que se publica. En definitiva, no es lo mismo enseñar a leer que hacer lectores críticos.</p>
<p>FINALMENTE, también vemos cómo esta simplificación (noten, además, que el decreto solo habla de lectura, y no de lectura y escritura) intenta desviar los problemas de fondo de la escuela. Mientras se intenta arreglar el fracaso en lectura detectado por el informe PISA, imponiendo el método silábico, queda en segundo término la discusión sobre los problemas de tipo social y de estructura que sufre el sistema educativo. Imponer un método y prohibir otro es una cuestión que puede desencadenar más o menos discusiones, pero no necesita ningún presupuesto detrás, ni tan solo de materiales, porque sirve el manual <strong>Bos- cher</strong> de 1906. En cambio, ya sería hora de planificar los recursos adecuados a cada contexto para desarrollar programas completos en los que el objetivo de enseñar a leer y a escribir fuera hacer lectores y escritores, ciudadanos críticos y responsables del siglo XXI.</p>
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		<title>Todas las lecturas, una lectura</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Sep 2006 06:18:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Félix de Azúa</strong>, escritor. Este texto forma parte de la conferencia de clausura de la Feria del Libro de Jaca, agosto de 2006 (EL PAÍS, 13/09/06):</p>
<p>A principios de agosto apareció un estudio según el cual aún había descendido un poco más el número de lectores españoles. Más de la mitad de la población no toca un libro en su vida. De la otra mitad, sólo una mínima parte lee habitualmente. Frente a las cifras menguantes de lectura, el mercado editorial presentaba otras del todo opuestas: nunca han vendido tantos libros. Si fuera como imagino, habríamos llegado a &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11543/todas-las-lecturas-una-lectura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Félix de Azúa</strong>, escritor. Este texto forma parte de la conferencia de clausura de la Feria del Libro de Jaca, agosto de 2006 (EL PAÍS, 13/09/06):</p>
<p>A principios de agosto apareció un estudio según el cual aún había descendido un poco más el número de lectores españoles. Más de la mitad de la población no toca un libro en su vida. De la otra mitad, sólo una mínima parte lee habitualmente. Frente a las cifras menguantes de lectura, el mercado editorial presentaba otras del todo opuestas: nunca han vendido tantos libros. Si fuera como imagino, habríamos llegado a la perfección: se venden muchos libros, pero ya no es necesario leerlos. La lectura habría regresado a su posición anterior al siglo XIX. Porque lo cierto es que la lectura <em>popular</em> tiene menos de doscientos años. Puede afirmarse que comienza hacia 1850. Antes sólo leían los profesionales. Todos los demás <em>oían</em> leer.</p>
<p>En el prólogo de la <em>Gran conquista de Ultramar,</em> libro atribuido a Alfonso el Sabio, pero seguramente de la época de Sancho IV, se lee (resumo):</p>
<p>&#8220;E como quier que nuestros cinco sentidos sean todos muy buenos é los sabios antiguos departiesen de cada uno las bondades que en él había, en fin tovieron que el oir es más necesario al entendimiento del hombre, porque aunque el ver es muy buena cosa, muchos hombres que nascieron ciegos aprendieron muchas cosas; é esto les causó el oir, que oyendo las cosas las deprendieron tan bien o mejor como otros muchos que hobieron sus sentidos complidos; e muchos que tuvieron los sentidos complidos, por el oir que les faltó perdieron el entendimiento é no supieron ninguna cosa. E pues que tan gran bien puso Dios en este sentido, mucho deben los hombres trabajar siempre de oir buenas cosas é de aquellos que las sepan decir, é oir los libros antiguos é las historias de buenos fechos&#8221;.</p>
<p>Durante siglos el ciego fue una figura respetada, en tanto que el sordomudo de nacimiento era excluido de la comunidad. El saber ineludible para la salvación entraba por el oído, no por los ojos. La lectura en voz alta dominó sin resquicio, no ya durante el medievo, sino tras la invención de la imprenta. Es cierto que los libros se abarataron después de Gutenberg y ya no sólo los eclesiásticos leían para sí en silencio: la libertad de interpretación del texto sagrado incrementó la lectura privada. A pesar de lo cual, y según cálculos recientes, apenas un 3% de la población del área germana (la más culta) estaba alfabetizada a finales del siglo XVI; de ellos, muy pocos poseían libros (Cavallo y Chartier, <em>Historia de la lectura,</em> Taurus, 1998).</p>
<p>Igual espejismo producen las sociedades dieciochescas. Los <em>philosophes</em> de París, los ilustrados alemanes, ingleses e italianos, dan una engañosa impresión de lectura generalizada. Lo cierto es que, si bien aumentaron los títulos editados, los libros seguían siendo leídos en voz alta ante grupos numerosos. Lo que cambió no fue el número de lectores, sino el respeto del libro.</p>
<p>En la antigüedad los libros eran algo lejano, formaban parte de los objetos de culto ligados al poder y sólo podían usarlos quienes estaban autorizados. El libro no era una puerta hacia la sabiduría o la emoción íntima, sino un utensilio venerable, como los cálices o las espadas. La transformación que comienza en el siglo XVIII no afecta a los hábitos de lectura sino a la relación con el libro. En esos años comienza la andadura de la sociedad burguesa, radicalmente distinta de la aristocrática. El invento de la intimidad, del mundo emocional y sentimental privado, forma el esqueleto de una sociedad para cuyo desarrollo es ineludible la extensión universal de la lectura.</p>
<p>De un saber exterior que viene del cielo y administran los funcionarios eclesiásticos y judiciales, un saber que confirma el poder del señor y su prolongación en objetos, tierras y ejércitos, se va a pasar a un saber íntimo, garantizado por el <em>sujet</em> cartesiano, sometido a la efervescencia pasional y capaz de razonar a solas, sin ayuda externa, ni siquiera divina. La metamorfosis ocupa todo el siglo XVIII y parte del XIX, pero con ella va puliéndose la herramienta ideal para la invención del alma burguesa: la literatura. A mediados del XVIII apenas un 6% del catálogo de Leipzig eran novelas, pero en 1800 rozan el 22%. Su modelo es elWerther de Goethe (1774), primer superventas mundial y escuela sentimental de media Europa. No obstante, no hay que hacerse ilusiones, la mayor parte de quienes accedieron a ese texto no lo leyeron, lo <em>escucharon.</em> La casi totalidad de las mujeres eran analfabetas y la novela tiene en ellas a su clientela más numerosa.</p>
<p>El saber se fue interiorizando: los libros de lectura personal crecían y los libros divinos menguaban. Los editados en latín bajan de un 30% a un 4% en las fechas de que hablamos. La lectura personal es un ácido que ataca los sólidos de la autoridad, al tiempo que vitaliza las pasiones, las emociones, las especulaciones filosóficas, la imaginación científica. La sutil materia del lenguaje corroe los artilugios totémicos y al disolverlos fluyen vapores que incitan a la aventura, a la pasión amorosa y artística, a la investigación, a la exploración del mundo.</p>
<p>Cuando en 1850 el prestigio del libro alcance su cima, comenzarán los planes para la educación obligatoria y gratuita. Ésta será la verdadera revolución: en 1870 vive en Europa la primera generación casi totalmente alfabetizada. A partir de entonces, el libro es la pieza maestra de las sociedades occidentales. La alfabetización generalizada impulsa la lectura masiva. Las bibliotecas municipales de París prestaron 363.322 libros en 1881. Mil préstamos al día en una ciudad que apenas superaba el millón de habitantes es una cifra vertiginosa, supone una idolatría del libro. La lectura es escala para el ascenso social y para el refinamiento moral. Victor Hugo intuye en 1831 que la antigua civilización construida en piedra va a dejar paso a una sociedad de papel:</p>
<p>&#8220;El pensamiento humano, al cambiar de forma, iba a cambiar también su modo de expresión. El libro de piedra, tan sólido y duradero, iba a dejar su lugar al libro de papel, aún más sólido, aún más duradero. Un arte iba a destronar a otro arte. La imprenta acabaría matando a la arquitectura&#8221; <em>(Notre-Dame de París).</em></p>
<p>En una asombrosa coincidencia con lo que Hegel dictaba en su cátedra de Berlín ese mismo año, el novelista anunciaba una sociedad cuyos monumentos ya no serían arquitectónicos sino literarios. Entre 1870 y 1970, el mundo civilizado fue gloriosamente literario. Las obras maestras que se acumulan en ese periodo forman una cordillera imponente. La decadencia sólo comenzará después de la Segunda Guerra Mundial.</p>
<p>En la actualidad vivimos un profundo cambio. Creo que la lectura como ejercicio intelectual supremo está siendo sustituida por otras prácticas. Quizás esté regresando a su lugar clásico: unos pocos hogares, conventos, gabinetes de humanistas. Como en el pasado, el resto de la ciudadanía <em>mirará y oirá</em> historias, novedades, instrucciones, leyendas, conocimientos, pero ya no leerá por sí misma.</p>
<p>¿Debemos lamentar este cambio? No lo creo. Los humanos somos los únicos animales que cambiamos porque queremos cambiar. No nos cambia la &#8220;evolución biológica&#8221; sino nuestra inquietud, la incapacidad para dejar las cosas tal como las encontramos al nacer. Nuestra vida es constante cambio y ningún cambio nos mejora o empeora, sólo nos ayuda a perdurar. Resulta difícil imaginar un futuro en el que la lectura <em>dificulte</em> la perduración, pero habrá que hacerse a la idea.</p>
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		<title>La magia impresa</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Aug 2006 17:30:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Gil Calvo</strong>, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 31/08/06):</p>
<p>A la vejez, viruelas. Hace casi medio siglo que deserté sin re-mordimiento de cualquier práctica religiosa. Y desde entonces me he venido considerando un escéptico, un racionalista contumaz y un agnóstico convencido. Pero ahora ya no lo tengo tan claro. Hete aquí que de pronto, cuando me adentro en el último tercio de mi vida, acabo de descubrirme recayendo en algo que recuerda demasiado a la vieja práctica religiosa de mi niñez. Todos los domingos, como si me asaltase algún reflejo condicionado &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/11293/la-magia-impresa/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique Gil Calvo</strong>, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 31/08/06):</p>
<p>A la vejez, viruelas. Hace casi medio siglo que deserté sin re-mordimiento de cualquier práctica religiosa. Y desde entonces me he venido considerando un escéptico, un racionalista contumaz y un agnóstico convencido. Pero ahora ya no lo tengo tan claro. Hete aquí que de pronto, cuando me adentro en el último tercio de mi vida, acabo de descubrirme recayendo en algo que recuerda demasiado a la vieja práctica religiosa de mi niñez. Todos los domingos, como si me asaltase algún reflejo condicionado semejante a los que hacían salivar a los perros de Pavlov, me dirijo a mi librería de guardia y me reclino ante los anaqueles, adorando con delectación a mis ídolos de letra impresa a la espera de comulgar con sus litúrgicas páginas. Y tras la mística experiencia, acuciado por mi pasión sagrada, no puedo menos que recaer de nuevo en la tentación de adquirir material impreso, por mucho que sufra mi menguada cuenta bancaria de funcionario docente.</p>
<p>Después hago examen de conciencia y trato de analizar los motivos ocultos de tan incorregible adicción. ¿Se trata de un vicio adquirido como los de beber o fumar, que sólo se sacia momentáneamente consumiendo su dosis semanal o diaria? ¿Me dejo llevar por el consumismo hedonista al que me persuade la mercadotecnia editorial? ¿O soy víctima de una inconsciente regresión edípica reprimida durante mi infancia, ahora sublimada mediante la dependencia materna de la letra impresa? Tras mucho pensarlo, y para tranquilidad de mi mala conciencia, he llegado a una conclusión: no se trata de ningún vicio perverso, ni tampoco de una regresión freudiana, sino de un hábito adquirido que revela mi prosaica dependencia del pensamiento mágico. Sencillamente, me comporto como si creyera que, consumiendo letra impresa, adquiriré unos poderes mágicos que me servirán para manipular la realidad en mi propio interés. De este modo utilizo los libros como si fueran conjuros, talismanes, amuletos o fetiches: objetos mágicos que permiten abrigar la fantasía de que gracias a ellos se controla la realidad a distancia para manipularla a voluntad.</p>
<p>El pensamiento mágico consiste en ignorar o despreciar las relaciones de causa a efecto que rigen la realidad objetiva para sustituirlas por otras relaciones imaginarias y metafóricas pero falsas y mendaces, aunque subjetivamente gratificantes, que no actúan por <em>causalidad</em> sino por <em>casualidad,</em> y que permiten engañarse a sí mismo confundiendo la realidad con los propios deseos.</p>
<p>Deshojar la margarita para creerse amado, clavar alfileres en la efigie de alguien odiado, o decir <em>sésamo ábrete</em> para remover obstáculos, son los ejemplos más conocidos. Pero hay otros bastante más comunes, como sucede con la adoración por las últimas novedades recién inventadas: objetos mágicos dotados de poderes especiales que prometen hacernos más fuertes y felices. Algo que ya describió Vladímir Propp en su <em>Morfología del cuento,</em> pues el héroe de los relatos fantásticos siempre triunfa gracias a los poderes especiales que le confieren ciertos &#8220;objetos mágicos&#8221;, desde la alfombra voladora de Simbad hasta el ordenador portátil de Matrix. Por eso Weber sostuvo que la magia, como arte de manipular la realidad, es la fuente de todo carisma, de la que procede tanto la religión como la ciencia, y tanto la cultura como la guerra.</p>
<p>Hoy sabemos que la realidad objetiva sólo puede controlarse con la ciencia y la técnica, y no con conjuros mágicos (aunque no debe olvidarse que el precursor de la ciencia moderna, Roger Bacon, fue el último mago auténtico). Pero el pensamiento mágico sigue perviviendo en las virtudes salvadoras que se atribuyen a la guerra y la cultura.</p>
<p>Es la vieja polémica entre las armas y las letras (o la pluma y la espada, dicho al estilo del Quijote), como magias supremas que compiten por ver quién consigue mayor dominio sobre la realidad.</p>
<p>Los guerreros terroristas y antiterroristas (las dos caras del fascismo) siguen creyéndose héroes mesiánicos capaces de salvar a su comunidad gracias al uso de esos objetos mágicos que son las armas y los atentados. Pero frente a ellos están los antihéroes intelectuales, herederos de la Ilustración, que cifran en las letras toda esperanza de salvación. Es la magia impresa, opuesta tanto a la magia blanca de la religión como a la magia negra de la guerra (por mucho que sacerdotes y guerreros hayan abusado con profusión de la propaganda impresa): una magia impresa iniciada en el siglo XVII con la revolución de la imprenta y desencadenante en el XVIII de la revolución lectora.</p>
<p>Si la cultura del libro pudo predominar, hasta que sucumbió ante la revolución digital, fue gracias precisamente a las virtudes mágicas que se atribuían a la lectura, como senda de salvación personal y redención colectiva. Era esa misma magia impresa de la que yo también participé, como tantos otros de mi propia generación, cuando me salvé de la religión y del fascismo gracias a la lectura juvenil. Pero eso fue al precio de caer en el pensamiento mágico, que me llevó a creer que la verdadera vida estaba encerrada en los libros, fuera de la realidad objetiva. De ahí que me acostumbrase a pensar que para controlar mi vida bastaba con devorar libros, como objetos mágicos que atesoraban las fórmulas secretas capaces de controlar y manipular la realidad. Y hoy, cuando mi ciclo vital comienza a declinar, regreso a mi adicción adolescente a la magia impresa, adquiriendo libros como si fueran una especie vicaria de Viagra intelectual.</p>
<p>Al menos ahora ya he aprendido algo que en mi adolescencia no podía sospechar, y es que la magia impresa no existe, porque la vida no está en los libros sino fuera de ellos, en la contingente y aciaga realidad. Si la vida fuera como los libros, sería lineal, estaría ordenada y tendría sentido último. Pero no es así, sino que es incoherente, entrecruzada, contradictoria y absurda: un cuento idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Algo que sólo se aprende viviendo, y nunca jamás en los libros.</p>
<p>Entonces, ¿cuál es la moraleja que se desprende de mi historieta? Que no hay mal que por bien no venga. Extinguida la Galaxia Gütenberg, Occidente ha dejado de creer en la magia impresa para pasar a creer con fe de carbonero en la magia digital, comulgando con las ruedas de molino que nos vende la industria informática a título de objetos mágicos. Pero gracias a eso, ahora ya podemos reconsiderar a los libros en su justa dimensión, una vez despojados de su magia impresa y reducidos a su verdadero carácter notarial de relatos parciales que dan testimonio de nuestro tiempo. Nada más pero nada menos.</p>
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		<title>Incluso a veces leemos libros</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Apr 2006 07:17:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Huerga</strong>, director de cine y autor de <em>Salvador</em> (EL PAÍS, 23/04/06):</p>
<p>Dicen que cada vez leemos menos. Lo dudo. También dicen que la gente cada vez va menos al cine. Puede ser, yo al menos soy uno de ésos. La paradoja es que no sólo no he dejado de ver películas, sino que posiblemente estoy viendo más cine que nunca. Y algo parecido podríamos decir de la música. Antes, para oírla, debíamos acudir a una sala de conciertos, a un teatro de ópera; ahora podemos embriagarnos con la música en cualquier sitio con sólo enchufarnos los auriculares &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/6359/incluso-a-veces-leemos-libros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Huerga</strong>, director de cine y autor de <em>Salvador</em> (EL PAÍS, 23/04/06):</p>
<p>Dicen que cada vez leemos menos. Lo dudo. También dicen que la gente cada vez va menos al cine. Puede ser, yo al menos soy uno de ésos. La paradoja es que no sólo no he dejado de ver películas, sino que posiblemente estoy viendo más cine que nunca. Y algo parecido podríamos decir de la música. Antes, para oírla, debíamos acudir a una sala de conciertos, a un teatro de ópera; ahora podemos embriagarnos con la música en cualquier sitio con sólo enchufarnos los auriculares a la oreja.</p>
<p>Y es que los tiempos están cambiando, aunque en realidad no han parado de cambiar desde que tengo uso de razón. Debo reconocer que durante un tiempo se apoderó de mí cierta mala conciencia por haber abandonado la costumbre de leer; de leer libros, cuentos, cosas así, se entiende. Con los primeros síntomas hice lo que todos solemos hacer ante la pereza: superarla a base de esfuerzos y sacrificio, marcándome obligaciones y metas para mantener viva una fidelidad que, a pesar de todo, seguía languideciendo de forma muy parecida al fenómeno del desamor. Posiblemente estaba engañando a los libros con otra. Pero ¿por qué debía sentirme mal? Además, lo cierto es que yo no tengo la sensación de leer menos, aunque sí es verdad que leo menos novelas. Pero también tiene su lógica. Así que, tras un período esgrimiendo excusas por la falta de tiempo, el trabajo, las obligaciones y los compromisos, decides finalmente entregarte a la tentación de otros lenguajes que irrumpen con fuerza en nuestro entorno cultural.</p>
<p>Pero, insisto, yo no he dejado de leer. Empezando por los periódicos y las revistas, que son citas regulares con la información y la opinión, nuestra inmersión diaria con la actualidad nos ocupa buena parte del día y la mayoría de las veces ni siquiera conseguimos agotarla. Sólo hay que ver la contundente oferta de la prensa dominical para darse cuenta de que es materialmente imposible leerse todo aquello sin perecer en el intento. Porque también debemos ocuparnos de consultar ensayos, libros especializados y diccionarios, enciclopedias y toda clase de textos que nos ayudan a preparar y documentar nuestro trabajo, así como los estudios y los informes. Cualquier día nos puede deparar citas con una literatura mucho menos amena y de la que que no nos podemos librar fácilmente: leyes, estatutos, contratos, presupuestos, facturas, convenios, reclamaciones, recibos y multas, sin olvidar los crípticos manuales de uso, los folletos, la propaganda, los anuncios y las invitaciones. Cuando podemos, leemos cómics y <em>fanzines.</em> Pero también existen los guiones, las obras de teatro, los libretos, las letras de canciones, los subtítulos de las películas; incluso devoramos recetas de cocina y textos de autoayuda, sin olvidar que a algunos, en su mesita de noche, les aguarda la Biblia, el Corán o el Talmud. Por si fuera poco, la era digital nos ha abierto los sentidos al vertiginoso territorio de Internet, que por sí mismo ya es un caudal infinito de conocimiento, mayoritariamente escrito, pero también muy orientado hacia un conocimiento intuitivo para el que debemos explorar y ejercitar nuestros propios límites y nuestros propios sentidos. Con Internet también tenemos una obligada cita con nuestro correo electrónico, y más recientemente con el fascinante mundo de los <em>chats,</em> los foros, los <em>blogs</em> (ni me atrevo a confesar el tiempo que invierto en leer <em>blogs),</em> y aquí podemos incluir también el tiempo que dedicamos a leer y escribir mensajes del móvil. Pues bien, a pesar de todo, incluso a veces leemos libros. Y también diría que escribimos más. Aunque usamos menos el bolígrafo, nadie puede dudar que nos seguimos relacionando en gran medida por el texto escrito, pero no cabe duda que el libro, en tanto que contenedor y transmisor de conocimiento, ha tenido que hacer sitio -que no desaparecer- a un torrente de nuevos estímulos audiovisuales, mediáticos y de entretenimiento que, según las preferencias de cada cual, relevan, suplantan, mejoran o vulgarizan el concepto tradicional de literatura. Quizás para los editores y libreros del futuro el horizonte se presente una pizca menos lucrativo, pero no veo yo ningún atisbo de extinción para dicho gremio, y mucho menos para el porvenir de los escritores que son, supuestamente, de quienes estamos hablando hoy, o por lo menos, de quienes sigo esperando mucho. Del mismo modo que Cervantes utilizó la escritura para alcanzar una cima universal en el arte de escribir, y que los folletines de Flaubert mantenían atrapada a la gente agrupada en corros por las calles del siglo XIX, no es menos cierto que la época en la que les tocó vivir no permitía gran variedad de formas de expresión. Hoy día, el mismo entretenimiento, la misma información y toda clase de opiniones que nos ofrecen los periódicos y las revistas también se pueden encontrar en la radio y la televisión. Los temas de consulta y los ensayos son rastreables a través de la Red, pero también viendo o adquiriendo documentales especializados en soportes videográficos. La poesía ya no es una sublimación exclusiva de las palabras: siempre ha habido poesía en la música y en las canciones, en las imágenes, en los <em>graffiti</em> e incluso en más de un SMS. La actual oferta de entretenimiento, el ocio o la simple distracción barren como un <em>tsunami</em> el papel preponderante que la novela y la narrativa en general ha tenido en otros tiempos. Y no por ello hay que rasgarse las vestiduras. El cine -digámoslo ya- ha sido la novela del siglo XX, y todavía está por ver cuál será la del siglo XXI. La demanda del ser humano por vivir historias ajenas como propias es inagotable. Por supuesto que necesitamos la literatura y necesitamos a los escritores. Pero quizás ya no necesitamos tanto los libros porque han mutado en nuevas formas de llegar a nosotros. Muchas veces, la literatura es carne de cine y ha sido la fuente inspiradora de incontables obras maestras, del mismo modo que el &#8220;arte total&#8221; de Richard Wagner estaba intuyendo el cine, y su música se aseguraba un brillante futuro mudando de los teatros de ópera a las bandas sonoras.</p>
<p>Nada se destruye, todo se transforma. Leemos de otro modo porque vivimos de otro modo. Porque son otros tiempos. Así de simple.</p>
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		<title>Ana Karenina, por ejemplo</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Apr 2006 07:09:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Garí</strong>, escritor (EL PAÍS, 23/04/06):</p>
<p>Entrevistaban en el periódico argentino <em>La Nación </em>al escritor Philip Roth. En un momento de la conversación, este hombre se puso grave y, con esa convicción inapelable del que sabe de qué habla, aseguró que en los Estados Unidos de ahora no hay más de 25.000 buenos lectores. Y en seguida añadió: &#8220;Dentro de unos años, los buenos lectores serán tan pocos que serán como un culto, las 150 personas en los Estados Unidos que leen <em>Ana Karenina</em>, por ejemplo&#8221;.</p>
<p>La afirmación me ha dado qué pensar, cómo negarlo. Roth no &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/6358/ana-karenina-por-ejemplo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joan Garí</strong>, escritor (EL PAÍS, 23/04/06):</p>
<p>Entrevistaban en el periódico argentino <em>La Nación </em>al escritor Philip Roth. En un momento de la conversación, este hombre se puso grave y, con esa convicción inapelable del que sabe de qué habla, aseguró que en los Estados Unidos de ahora no hay más de 25.000 buenos lectores. Y en seguida añadió: &#8220;Dentro de unos años, los buenos lectores serán tan pocos que serán como un culto, las 150 personas en los Estados Unidos que leen <em>Ana Karenina</em>, por ejemplo&#8221;.</p>
<p>La afirmación me ha dado qué pensar, cómo negarlo. Roth no es un cualquiera: ahora mismo es el escritor norteamericano más representativo, uno de esos candidatos perpetuos al premio Nobel. Estados Unidos tiene actualmente 290 millones de habitantes. Si de éstos sólo 25.000 se pueden considerar &#8220;buenos lectores&#8221; -es decir, lectores habituales de libros de calidad, novelas, ensayos, teatro o poesía-, saquen ustedes mismos la proporción correspondiente. O mejor, no hace falta que se tomen la molestia: yo mismo les informo de que eso implica que de cada 11.600 estadounidenses sólo hay un &#8220;buen lector&#8221;. No sé hasta dónde nos podría llevar la perversión de la estadística. Quizá estas cifras nos parezcan, simplemente, una exageración, o puede que optemos por proyectar esa suficiencia antiamericana tan europea y entonces prefiramos regodearnos con la evidencia de la precariedad en casa ajena. 25.000 lectores entre 290 millones: ¡pasen y vean!</p>
<p>Ahora fijémonos en la segunda parte de la afirmación de Roth: las únicas y desoladas 150 personas que, &#8220;dentro de unos años&#8221;, leerán, en el país americano, <em>Ana Karenina</em>. Eso implica, ni más ni menos, que para encontrar un solo conocedor de la gran novela de León Tolstói deberíamos buscarlo ¡entre dos millones de personas!</p>
<p>Incluso aquellos que no somos dados -qué le vamos a hacer- a apocalipsis instantáneos ni a cataclismos de mesa camilla, sentimos un escalofrío cuando topamos con una predicción tan creíble, tan tristemente verosímil. Aún recuerdo la primera vez que leí <em>Ana Karenina:</em> era la traducción al catalán de Andreu Nin (publicada originalmente en 1933), un sujeto tan dotado para las fabulaciones insurrectas como para trasladar a su lengua materna la emoción y el vigor de un original prodigioso, inconmensurable. Pero entonces, si Roth tiene razón -y si su predicción es extensible a Europa-, a la vuelta de la esquina en todo el País Valenciano no habría más de ¡dos personas! que supieran de primera mano quien es el conde Vronski. Si yo tuviera que ser uno de esos dos únicos individuos amantes de verdad de la literatura, me imagino mi alborozo y mi angustia cada vez que hubiera de encontrarme con el otro, mi semejante, mi hermano.</p>
<p>El horizonte, ustedes perdonen, no parece demasiado halagüeño. Sí, ya sé: es que las cifras de Roth son un poco escandalosas. Vamos a suponer que sean excesivas, provocativas, hiperbólicas. Y sin embargo, ¿cuántas personas, en España, se pueden considerar &#8220;buenos lectores&#8221;? Me refiero a lectores habituales, de cuatro o cinco libros al mes, adictos a una literatura razonablemente de calidad, incluyendo al sector incombustible y siempre heroico de consumidores de poesía. Siguiendo con los números de Roth, salimos a 3.793 lectores de piedra picada. Y, para el futuro, solamente 22 adictos impertérritos a las peripecias de la Karenina. Claro que siempre podemos confortarnos unos a otros aduciendo el caso de Dan Brown y admitiendo que los casi cuarenta millones de lectores en todo el mundo de<em> El código Da Vinci</em> son los sucesores naturales de aquellas élites que, en el siglo XIX, leían a Tolstói, a Dostoievski o a Flaubert. Y el que no se consuela es porque no quiere.</p>
<p>La provocación de Roth -aceptémoslo así- es útil porque nos obliga a cuestionarnos determinadas cosas. ¿Qué lugar ocupan los libros en nuestra vida atareada, televisiva, pluriempleada y ciberespacial? Bueno, dirán algunos: ya está aquí el escritorzuelo de marras, aguafiestas impenitente, dedicado en cuerpo y alma a anatemizar cualquier realidad que se escape de la letra impresa. Y sin embargo, no me reconozco en esa caricatura. Soy un hombre de mi tiempo, usuario de Internet, con mi propia página <em>web, </em>y colaborando al alimón en la prensa de papel y en diarios digitales (sólo me falta el <em>blog,</em> pero me resisto: a mí, el dietario me gusta redactarlo sintiendo el raspado de la pluma sobre el papel). Pues precisamente por eso déjenme asegurarles que un libro en las manos es un tesoro fabuloso concedido a la humanidad, la literatura plantea un reto insustituible a nuestras malditas sinapsis, la novela es la manera que tenemos de vivir otras vidas posibles más allá de una existencia gris y previsible. Quizá todo eso esté condenado a desaparecer, a convertirse en una excentricidad sectaria. Si es así, ya les advierto de que, aunque ciudadano del siglo XXI, yo soy de la secta de Tolstói y de Roth, y si no tenemos ningún futuro más allá de perecer -como la propia Ana- bajo las ruedas del tren del progreso, seguiremos buscando a nuestros hipotéticos semejantes contra viento y marea. Sea nuestra contraseña un libro bajo el brazo: nos hará visibles entre millones.</p>
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		<title>A spare £5 million helps if you want to make it to book-collecting heaven</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Apr 2006 17:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>William Rees-Mogg</strong> (THE TIMES, 03/04/06):</p>
<p>ONE OF THE most moving monuments in London stands at the northeast corner of St James’s Square. There are always flowers at its foot. They are placed in memory of WPC Yvonne Fletcher, who was killed by a shot from the Libyan Embassy on April 17, 1984. The police themselves keep her memory green.</p>
<p>In my memory, the event is inextricably associated with William Shakespeare. At the time, I was working as an antiquarian bookseller in Pall Mall, just around the corner from St James’s Square. We had a distinguished 82-year-old American Shakespearean scholar &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/4109/a-spare-%c2%a35-million-helps-if-you-want-to-make-it-to-book-collecting-heaven/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>William Rees-Mogg</strong> (THE TIMES, 03/04/06):</p>
<p>ONE OF THE most moving monuments in London stands at the northeast corner of St James’s Square. There are always flowers at its foot. They are placed in memory of WPC Yvonne Fletcher, who was killed by a shot from the Libyan Embassy on April 17, 1984. The police themselves keep her memory green.</p>
<p>In my memory, the event is inextricably associated with William Shakespeare. At the time, I was working as an antiquarian bookseller in Pall Mall, just around the corner from St James’s Square. We had a distinguished 82-year-old American Shakespearean scholar in our shop that day, who had worked for the Folger Library in Washington. He was there to authenticate an excellent though slightly imperfect copy of the First Folio of Shakespeare, 1623, which my colleague, Christopher Edwards, had sold to the Dallas public library. We heard the police bustling about to close off Pall Mall and St James’s Square itself. We heard a shot or shots. For an hour or so, the scholar was unable to leave, though he had finished his collation of the book.</p>
<p>For a collector of English literature, the Shakespeare First Folio, which is the first collected edition of the plays, is the summit of any library, however grand. For the antiquarian bookseller, correspondingly, the First Folio is the summit of his professional life. It was only in his last years of collecting that Sir Paul Getty, that most generous-hearted collector, acquired his First Folio. Most booksellers nowadays go through a lifetime without ever having a copy in stock. I wish the Dallas public library well, but I still envy them the copy that we sold them in 1984.</p>
<p>Good copies of the First Folio are very rare. Sotheby’s now have an excellent copy, which hardly anyone knew about; it may be the last fine copy on the market for years to come. They will be selling it on July 13.</p>
<p>This copy comes from Dr Williams’s Library, which is a centre of Dissenting studies with important holdings of leading Nonconformists such as Isaac Watts, the hymn writer who wrote <em>O God our help in ages past</em>, Joseph Priestley, who discovered oxygen, and George Eliot, the great novelist. Dr Williams’s Library feels that it has to sell its First Folio to fund its major collections and reduce its insurance costs. It is always a matter of regret when libraries of this quality feel they should sell their greatest possessions.</p>
<p>How much will the Dr Williams’s Folio fetch? I think it will be a lot. Collectors judge value by importance, condition, the price record, rarity and provenance. Apart possibly from the Gutenberg Bible, 1449, which is the first European printed book, the First Folio would be regarded by most collectors as the most important cultural icon among books. That would be as true in Japan as in England or the United States.</p>
<p>The condition in this case is very good. Unfortunately, most surviving copies were rebound in the 19th century, when wealthy collectors preferred elaborate Victorian goatskin bindings to decent 17th or 18th-century calf. Modern fashion has swung the other way. Dr Williams’s copy is a clean, tall copy in an attractive, but plain, mid-17th-century calf binding, exactly what modern taste would prefer, despite an early rebacking.</p>
<p>The most recent price record for a comparable copy was $5,600,000, sold by Christie’s in New York in 2001. That would now convert to £3,200,000, which alone would justify Sotheby’s current estimate of £2.5 million to £3.5 million. In the past five years, the value of the great iconic books has been rising sharply. I may be mistaken, but, if I were still an antiquarian bookseller, I would advise a client that he would have little chance of buying the Dr Williams Folio for less than £5 million, a 50 per cent rise on five years ago.</p>
<p>The price might go even higher if the copy did not lack the leaf of verses before the title, which has been replaced in 19th-century facsimile. In a lesser book or a commoner book, this might matter even more. First Folios tend to lack that leaf and often lack the much more important Droeshout portrait as well. That was even true of copies appearing at auction early in the 19th century and it’s true of many of the 79 copies held by the Folger Library, which also has 58 copies of the second Folio, 24 of the third and 36 of the fourth.</p>
<p>The extraordinary Folger collection helped to make the First Folio into a genuinely rare book. Originally, 750 are said to have been printed and about a third of them survive. Normally the survival of 250 copies would make any other book of that period a relatively common object. There are only about 200 great institutional libraries in the world who ought to have a First Folio, almost as a symbol of their status.</p>
<p>Henry Clay Folger, who died in 1930, made his fortune in Standard Oil; he was an obsessive collector of Shakespeare, as was his wife. Folger’s stock of folios and the number of copies that are imperfect have made the First Folio, when perfect or nearly perfect and in good condition, into a rare book on the market.</p>
<p>It is also relatively rare for First Folios to have a provenance which can be traced back so close to the original publication. The Rev Daniel Williams, the library’s founder, bought the library of Dr William Bates (1625-1699) and it is thought that this Folio probably came from the Bates collection, which was rich in English literature. If so, that would take the provenance back to a collector born only two years after the First Folio was published.</p>
<p>Since 2001 the number of dollar billionaires in the world has doubled. No doubt there are now 1,000 of them and several thousand half-billionaires, worth $500 million each. Even for a half-billionaire, £5 million is less than 2 per cent of his or her net worth. There are thousands of people who could afford to buy a First Folio out of income. Yet this is the world’s greatest icon of literature.</p>
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		<title>Out of the ruins of Stalingrad, a book that changed my life</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/3629/out-of-the-ruins-of-stalingrad-a-book-that-changed-my-life/</link>
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		<pubDate>Sat, 25 Mar 2006 14:02:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Martin Kettle</strong> (THE GUARDIAN, 25/03/06):</p>
<p>Little by little, Vasily Grossman seems to be working his way into the consciousness of the modern world. If his name already means something to you, and especially if you have read his novel Life and Fate, you may share my view that it is only a matter of time before Grossman is acknowledged as one of the great writers of the 20th century. If today is the first time you have encountered his name, take note of it, for your life may be about to change.</p>
<p>All I can say is that my &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/3629/out-of-the-ruins-of-stalingrad-a-book-that-changed-my-life/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Martin Kettle</strong> (THE GUARDIAN, 25/03/06):</p>
<p>Little by little, Vasily Grossman seems to be working his way into the consciousness of the modern world. If his name already means something to you, and especially if you have read his novel Life and Fate, you may share my view that it is only a matter of time before Grossman is acknowledged as one of the great writers of the 20th century. If today is the first time you have encountered his name, take note of it, for your life may be about to change.</p>
<p>All I can say is that my own life has changed. Late last year, a Guardian colleague asked me if I had read Life and Fate. I had not; the author&#8217;s name meant nothing to me. My friend thought that Grossman had written the 20th century equivalent of War and Peace. Not surprisingly, I was intrigued. I looked in bookshops and found the historian Antony Beevor&#8217;s new collection of Grossman&#8217;s journalism, A Writer At War. The novel, though, was harder to come by.</p>
<p>Eventually, I found a copy of Life and Fate. Or, to be more accurate, I found two of them. I bought both and gave one to my eldest son, saying I had heard good things about the book and thought he might find it interesting. It was my understatement of the year. Over the past month or so, the two of us have devoured its 880 pages in parallel, endlessly exchanging favourite bits and observations. Along the way I seem by chance to have discovered a new generational bonding technique. But Life and Fate is a book that demands to be talked about &#8211; as a somewhat startled Menzies Campbell discovered the other day when I started rhapsodising about Grossman&#8217;s novel to him in the middle of Northumberland Avenue.</p>
<p>Grossman was born in Ukraine in 1905. He grew up amid the German invasion of the first world war, the Bolshevik revolution and the Russian civil war. But the invasion of the Soviet Union in June 1941 provided the adult Grossman with a front-row seat at the defining events of 20th century Europe. Grossman volunteered for battle but ended up with one of the most awesome journalistic postings of all time, as a correspondent for the Red Army newspaper at Stalingrad. Through the winter of 1942-43, he reported from the craters and cellars of the front line as the besieged Russians turned the tide and encircled Hitler&#8217;s forces. His writings made him a national icon. After the German surrender, Grossman rode west with the Red Army, providing the first and most authoritative eyewitness report from Treblinka. In May 1945 Grossman was at the Brandenburg Gate as Berlin fell. In Hitler&#8217;s bunker he pocketed stationery from the Führer&#8217;s own desk for souvenirs.</p>
<p>All this would have ensured Grossman&#8217;s status as one of the key witnesses of the war. Yet, from 1945 until his death in 1964, Grossman&#8217;s life entered a richer creative phase. He became a dissident, writing with ever deepening truth about the essentials of the Soviet experience. Much of this is informed and defined by Grossman&#8217;s experiences as a Jew. After the war he worked with Ilya Ehrenburg on the fate of Soviet Jews under the Nazis, but soon came under Stalinist anti-semitic attack. Grossman did not always respond as honourably as he should. Viktor, the closest thing to a central character in Life and Fate, goes through similar humiliations.</p>
<p>All these epic experiences and pressures came together in a creative climax in the late 1950s in Grossman&#8217;s most important work. Life and Fate is set in the shadow of the battle of Stalingrad &#8211; many gripping descriptive episodes are set there &#8211; but as the novel develops, the battle fades into the background. The book&#8217;s real subject is the daily endurance of the human spirit amid the monumental pressures of absolute war and totalitarian rule, communist as well as fascist. There are terrible scenes, searingly described. And yet, if it were possible to distil the subject matter into one word &#8211; and it is so rich a work that the attempt is probably futile &#8211; that word would be freedom. This is a novel about what it is to be a free human being.</p>
<p>No wonder that when he submitted it for publication during the relative thaw of the Khrushchev years, Grossman was told by the Kremlin that his novel could not be published for 200 years. The Soviet Union and freedom could not coexist. But, although the KGB attempted to destroy all copies of the manuscript, miraculously a single copy survived; the novel was first published in the west in 1980, in English in 1985 and, finally, in the Soviet Union in 1988.</p>
<p>The echoes of War and Peace are deliberate and hard to miss. Yet the writer who seems to be Grossman&#8217;s inspiration is not Tolstoy but Chekhov. (Life and Fate could be stunningly adapted for the stage. Go on, Nicholas Hytner, do it at the National.) There is a wonderful passage when Grossman allows a character to proclaim why Chekhov matters to him. From the old believers through Tolstoy to Lenin, he explains, Russian humanism has always been cruel, intolerant and sectarian. &#8220;But Chekhov said: let&#8217;s put God, and all these grand progressive ideas, to one side. Let&#8217;s begin with man. Let&#8217;s be kind and attentive to the individual man &#8211; whether he&#8217;s a bishop, a peasant, an industrial magnate, a convict in the Sakhalin islands or a waiter in a restaurant &#8230; That&#8217;s democracy, the still unrealised democracy of the Russian people.&#8221;</p>
<p>The same spirit runs through Life and Fate. It is an epic novel, but it is about people, the face they present to the world, the often different thoughts behind the face and the need to speak one&#8217;s mind. It is, certainly, a dissident and anti-Soviet novel. Very little nice happens to its characters. No one escapes their fate. And yet, as with Chekhov, there is nothing remotely narrow-minded about its spirit. In spite of Hitler and Stalin, Auschwitz and the Lubyanka, humanity goes on wanting to be free and kind. The novel ends, as The Divine Comedy begins, in a forest. Two minor characters stop and listen to the silence. &#8220;In it,&#8221; writes Grossman, &#8220;you could hear both a lament for the dead and the furious joy of life itself.&#8221; And that&#8217;s also how you feel when you have read this 20th-century masterpiece.</p>
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		<title>A treasure house for Moomins, Biggles and well-thumbed pages</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Mar 2006 05:50:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Social]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Philip Pullman</strong>, the author of the trilogy <em>His Dark Materials</em>. The Love Libraries campaign was launched this week (THE TIMES, 25/03/06):</p>
<p>I FELL IN LOVE with libraries at the age of . . . I can’t remember. I was too young. The first library I remember borrowing books from was on board ship when I was a very young child, and I thought what an extraordinary present to be given, this use of all these books that I could borrow and read and take back and swap for another one.</p>
<p>There were libraries in my early schools, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/3626/a-treasure-house-for-moomins-biggles-and-well-thumbed-pages/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Philip Pullman</strong>, the author of the trilogy <em>His Dark Materials</em>. The Love Libraries campaign was launched this week (THE TIMES, 25/03/06):</p>
<p>I FELL IN LOVE with libraries at the age of . . . I can’t remember. I was too young. The first library I remember borrowing books from was on board ship when I was a very young child, and I thought what an extraordinary present to be given, this use of all these books that I could borrow and read and take back and swap for another one.</p>
<p>There were libraries in my early schools, too, I seem to remember (I went to school in Australia, and Norfolk, and London, and Norfolk again, and Zimbabwe before I was 11); but the first one that made a big impression was the public library in Battersea, where we lived briefly when I was 10.</p>
<p>That was where I first read about the Moomins, and about the French children in that exciting novel <em>A Hundred Million Francs</em>, by Paul Berna, and, come to that, about Biggles. Ever since the day when my mother took me there and got me signed in as a member, joining the local public library has been almost the first thing I’ve done on moving to a new address.</p>
<p>Now that I live in Oxford, where there are some of the greatest libraries in the world, I feel very privileged. But it isn’t only the Bodleian, or the Science Library, or the Law Library, these great university institutions, that I cherish. Only a week ago I spent some time in the Oxford public library’s local history department, looking through old maps of the city for a scene in a novel I’m writing now. Everything I needed was there, and the staff were helpful and knowledgeable, and I came away, as I always do, grateful for the wise provision of an earlier generation, for a time in our history when civic leaders thought that education and knowledge were not a luxury for the idle rich, but a vital necessity if every citizen was going to live a full and decent life.</p>
<p>But why are libraries necessary in this age of the internet and Google? Isn’t every scrap of information we could ever want soon going to be available online? Well, all the things that the internet <em>can’t</em> provide are part of the essential experience of going to a library. First, there’s the place itself: a special place, dedicated to assembling knowledge and making it available. There’s a seriousness about library buildings and the atmosphere they contain — not a solemn hush-hush disapproval, but a feeling that people come here to go about the business of thinking about important things, of finding out truths, of extending their knowledge. Secondly, there’s the physical engagement with the books. Looking at a screen, reading text on a monitor, is a process I and many people find a bit cold and distancing, and certainly uncomfortable to do for a long time.</p>
<p>Everything is the same size, at the same angle from your body, lit by the same light, and perhaps in the end all equally uninteresting. But a book engages more of your senses and much more vividly. If it’s an old book, so much the better; you know that many hands have turned these very pages, many years ago. A book is infinitely more comfortable and pleasant and informative than a screen. The very impress of the print on the paper is a valuable part of your experience of the book.</p>
<p>Libraries give us this physical engagement in a way that no Google ever will.</p>
<p>Thirdly, there’s the infinite value of browsing. You simply don’t know what you’ll find till you’re in front of a range of shelves full of books. Of course they say you can browse on the internet, but it isn’t really browsing; some system or algorithm has done the selecting for you. Much, much better to stand in front of a shelf of books and simply pick them up and look for yourself. You never know what you’ll find — and that’s exactly the point.</p>
<p>Fourthly, there’s the library staff. What helpfulness, what experience, what knowledge! Compared with a face-to-face conversation with a real live intelligent informed human being who knows the sort of thing you’re looking for and can suggest more ways than one of getting to it, the internet is like an automated answering service: ignorant, mechanical, inhuman, stupid, graceless and hugely frustrating. Long live librarians.</p>
<p>So libraries of every sort are treasure houses. I love them, I cherish them, I use them all the time, I could not bear to live in a society without them.</p>
<p>I hope the Love Libraries campaign will spread this love even further, and make libraries safe against every kind of danger. Because there are people who hate libraries; who think that public knowledge, publicly available, is a threat to the State, or to the private benefit of mighty corporations; who resent democracy and the free exchange of opinions and the free availability of information; who would like to privatise every public good, and destroy everything that doesn’t make a profit. I’m on the side of everyone who uses libraries, from the little child looking through the picture books, to the scholar searching for hard-to-find knowledge, to the busy man or woman looking for something entertaining to read on the train, to the poor old vagrant who’s just come in to sit near the radiator on a winter’s day. The library is for all of us. Let’s look after it!</p>
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		<title>Misterio a la orden</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Nov 2004 15:41:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José María Guelbenzu</strong>, escritor (EL PAIS, 16/11/04):</p>
<p>La estadística ha hablado claro: casi tres cuartos de los lectores de libros de nuestro país se inclinan hacia la novela y, de ellos, la mayoría se decanta por los libros &#8220;históricos&#8221; y &#8220;de misterio o intriga&#8221;. El fenómeno ha hecho surgir nuevos autores que copan las listas de ventas, pero también ha modificado la escritura de los habituales a los concursos literarios: entre los originales presentados a los diversos premios abundan novelas históricas y de intriga. No se sabe si es el mercado el que selecciona o son los autores &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/1664/misterio-a-la-orden/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José María Guelbenzu</strong>, escritor (EL PAIS, 16/11/04):</p>
<p>La estadística ha hablado claro: casi tres cuartos de los lectores de libros de nuestro país se inclinan hacia la novela y, de ellos, la mayoría se decanta por los libros &#8220;históricos&#8221; y &#8220;de misterio o intriga&#8221;. El fenómeno ha hecho surgir nuevos autores que copan las listas de ventas, pero también ha modificado la escritura de los habituales a los concursos literarios: entre los originales presentados a los diversos premios abundan novelas históricas y de intriga. No se sabe si es el mercado el que selecciona o son los autores los que se adaptan al mercado, pero cabe concluir que, en todo caso, los autores van a remolque de los gustos del público, no por delante.</p>
<p><em>Misterio a la orden</em> era el título de una serie televisiva que bien pudo haberse llamado <em>Misterio a la carta</em> o <em>El misterio está servido</em> y que parece un contrasentido. ¿Misterios servidos? ¿Menú de misterios? ¿Surtido variado de misterios, uno a la semana? Conviene distinguir entre novelas de misterio y misterio propiamente dicho. En las primeras, el misterio viene a ser la pura y simple intriga, el &#8220;qué va a pasar&#8221;; el segundo, en cambio, es un asunto más complejo. La cualidad de misterio se refiere al hecho o circunstancia de no poder ser conocidos la naturaleza, motivos, objeto, etcétera, de cierto asunto, es decir, al conflicto entre apariencia y realidad. Conocemos la apariencia, pero la apariencia no es suficiente, no ofrece una explicación satisfactoria porque la realidad que lo sustenta provoca incertidumbre. Entonces de lo que se trata es de penetrar en esa incertidumbre y tratar de desvelarla.</p>
<p>El creador de una intriga es alguien que conoce de antemano el juego y juega con el lector como un prestidigitador. No pasa de ahí. Reta al lector a resolver el &#8220;misterio&#8221; que le propone, pero la verdad es que lo que le propone es acompañarle de emoción en emoción preparada de antemano para deslumbrarlo finalmente con un golpe de efecto. A ello añade que una mayoría de los creadores de intriga saben abrir y desarrollar un argumento efectista, pero casi ninguno sabe resolverlo de manera eficiente y opta por el efectismo sin desdeñar incluso apelar a un milagro, pues se necesita bastante más ingenio para resolver que para plantear. Como en los toros, la faena puede ser emotiva, entretenida y hasta buena, pero hay que culminarla en la suerte de matar: la hora de la verdad.</p>
<p>Un conflicto dramático se instala, en la literatura moderna, a partir de un movimiento de conciencia que afecta, bien a una persona, bien a un grupo social. La novela se convierte entonces en la narración de ese movimiento de conciencia. Ahora bien, para que éste exista se necesita al o los portadores del conflicto. Ellos son sustanciales al desarrollo mismo de la narración y es entonces cuando se dice -dijo Henry James- que la intriga debe emanar de los personajes y no al revés. El revés es justamente lo que caracteriza a los autores de misterio e intriga: para ellos la intriga es la que esclaviza a los personajes y los convierte en mera caricatura a su servicio. Esto le importa bien poco a su público porque a quien admira es al prestidigitador, no al escritor. Hágame pasar un buen rato, pero manténgame a distancia del lado oscuro de mis problemas: eso es lo que exige el buen público al obediente escritor, que se apresta a complacerlo esperando ser recompensado económicamente.</p>
<p>El resultado es que ese misterio o intriga que tanto se lleva no es tal, sino un mero acertijo. El misterio ha quedado reducido a la condición de acertijo, y el conjunto de libros de éxito que cumplen con esa condición, a un pasatiempo. El acertijo también se convierte a menudo en acertijo histórico. Un real o pretendido punto oscuro en la historia es un útil punto de partida; si a ello añadimos unas gotas de conspiración, un código oculto a descubrir que ha de contener una revelación y un aroma a profecía de Nostradamus, el cóctel está servido. La Teoría de la Conspiración, que tanto éxito tiene entre los ignorantes de todas las épocas, es el caldo de cultivo de todas estas preferencias. Véase un ejemplo clarificador: en buena parte de estos libros, la biblioteca no aparece nunca como un lugar de consulta y lectura, sino como un laberinto donde se esconde una cifra o un mensaje: la biblioteca es un decorado. Es un ejemplo emblemático de la consideración que se tiene hoy en día por la cultura escrita.</p>
<p>Nostradamus, que ya nos advirtió en sus profecías acerca del último papa o de la invasión árabe de Occidente que, al parecer, será detenida <em>in extremis</em> por el rey de España, cuestiones todas ellas de acuciante prioridad social en nuestro tiempo, no olió ni de lejos los asuntos que verdaderamente han transformado el mundo como la Revolución Francesa, la Industrial, el hundimiento de la vieja Europa, el ascenso de la mujer en la sociedad, etcétera. Pero sigue manteniendo intacto lo que apela al poder de sugestión de la gente cuando la gente no comprende lo que pasa en el mundo y de su incomprensión nace un temor que ha de ser envuelto a toda prisa en papel de exorcizar para aislarlo. Sectas, profecías, conjuros, milagros, misterios, apelaciones a la revelación&#8230;; todo vale para esconder la cabeza debajo del ala al calor de falsos y confortables escalofríos; o para convertir la novela de turno en una marca a lucir, como en las camisas o en los zapatos deportivos.</p>
<p>Justamente lo contrario de lo que ha pretendido la literatura moderna. Las grandes novelas de ayer y de hoy han ido siempre en busca de lo oscuro, de lo incierto, de lo inexplorado. Sus autores se han arriesgado a entrar donde nadie entraba para ver qué había allí. No iban en busca de soluciones: iban a verle la cara a los problemas, a lo incomprensible, a lo indefinible. Ésa es su característica: no buscaban resolver nada excepto la narración de la que se valían porque ellos no creaban misterios previos, sino que se adentraban en ellos. Misterios. Verdaderos misterios. El misterio, lo misterioso, no es algo que uno resuelve, sino algo en lo que uno se adentra; ésa es la aventura: pertenecer a él. Y no hay misterio más grande que el propio ser humano. ¿Cómo pretenden los exitosos novelistas de superficie crear misterio si abandonan lo que es para nosotros el origen del misterio, la complejidad de nuestra propia condición humana? No será con intrigas que arrastran a personajes de cartón piedra y espacios históricos en cicloramas como se acerquen a lo que verdaderamente es misterioso. No trato con ello de exigir una literatura de corte realista, sólo faltaría eso. El misterio está tanto en Italo Calvino como en James Joyce, en Tolstói como en Lezama Lima, en Dickens como en Borges, en Kafka como en Onetti.</p>
<p>Muchas cosas se degradan hoy en día y la sustitución del misterio por el acertijo es una de las más penosas para la literatura. No es cosa de ponerse apocalípticos, pero la confusión tiende a convertirse en el estandarte de la ignorancia. Lo cual me hace pensar en este pandemónium de la informática, donde la confusión y el caos no excluyen un impresionante poder de acceso al conocimiento. Sólo que, como siempre, sacará partido de ello no quien lo usa, por hábil que sea, sino quien sabe para qué lo usa. No quien lee para adornarse, sino quien sabe por qué y para qué lee. He ahí el misterio del saber y del saber leer.</p>
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