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	<title>Tribuna Libre &#187; Literatura</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>Cien años de &#8216;Campos de Castilla&#8217;</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 18:48:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ian Gibson</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 08/02/12):</p>
<p>En abril (esperemos que sea de aguas mil) se va a cumplir el centenario de la publicación, en Madrid, de<em> Campos de Castilla</em>. El aspecto físico del pequeño tomo era sobrio. En su cubierta se representaba un paisaje con algunos pinos que habían logrado arraigar entre rocas. Todo ello de un modesto color pardo que hablaba, como los demás elementos, de la adustez mesetaria. Su autor no era conocido del gran público (quizá un poco más su hermano Manuel).</p>
<p>En la Fundación Juan Ramón Jiménez de Moguer se conserva un ejemplar &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/40056/cien-anos-de-campos-de-castilla/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ian Gibson</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 08/02/12):</p>
<p>En abril (esperemos que sea de aguas mil) se va a cumplir el centenario de la publicación, en Madrid, de<em> Campos de Castilla</em>. El aspecto físico del pequeño tomo era sobrio. En su cubierta se representaba un paisaje con algunos pinos que habían logrado arraigar entre rocas. Todo ello de un modesto color pardo que hablaba, como los demás elementos, de la adustez mesetaria. Su autor no era conocido del gran público (quizá un poco más su hermano Manuel).</p>
<p>En la Fundación Juan Ramón Jiménez de Moguer se conserva un ejemplar del librito. Su dedicatoria manuscrita reza: «Al gran poeta Juan Ramón con el entrañable afecto de Antonio. Soria, 1 mayo 1912». Lo sorprendente es constatar que, en la parte inferior del lomo del mismo, consta la indicación: «Segunda edición». ¿Se vendió tanto el poemario nada más estrenarse que su editor, Gregorio Martínez Sierra, decidió encargar enseguida otra tirada? ¿O se trataba, quizá, de un truco para afianzar su éxito inicial? Lo llamativo, de todas maneras, era la extraordinaria acogida otorgada a <em>Campos de Castilla</em> desde el momento mismo de su aparición. Antonio Machado ya no era solo el poco renombrado poeta intimista de <em>Soledades</em> y de <em>Soledades. Galerías. Otros poemas</em>, sino, para la crítica -con Miguel de Unamuno a la cabeza-, la voz lírica más señera, más pura, de la generación bautizada por Azorín como «del 1898». La generación del «Desastre».</p>
<p>Aquella primavera Leonor Izquierdo pudo hojear en su cama, orgullosa, el primer ejemplar de <em>Campos de Castilla</em> cuando, aunque ella no lo supiera, ya no había esperanza. Esperanza que todavía no se había perdido del todo -o que no se quería perder- en los versos de <em>A un olmo seco</em>, escrito poco antes y que Machado no hubiera podido incluir en el libro por no hacer sufrir a su moribunda esposa. Se trata de uno de los más conmovedores poemas del idioma, perfecto en su contención, en la minuciosa especificidad del viejo árbol herido por el rayo, medio podrido, pero que no obstante, con la ayuda del sol y de la lluvia, ha logrado, quizá por última vez, poner unas hojas nuevas. Los versos elegíacos escritos poco después en Baeza, cerca de las riberas del joven Guadalquivir, pero con el pensamiento puesto obsesivamente en las del alto Duero, guardadas por sus álamos cantores «entre cerros de plomo y de ceniza», son de una hermosura que los eleva a la categoría de las obras de arte sin las que no se puede seguir viviendo.</p>
<p>No hubo segunda edición ampliada de <em>Campos de Castilla,</em> que se incorporó, con añadidos sucesivos, a las <em>Poesías completas</em> de 1917 y posteriores. Sería de desear que, en este año del centenario, algún avispado editor tuviera el detalle de ofrecérnoslo, para nuestro disfrute y provecho, en facsímil.</p>
<p>La efeméride debería propiciar no solo una reconsideración, muy necesaria, de <em>Campos de Castilla</em>, sino de la obra total de Machado y, especialmente, así me parece, dada la situación actual del país, de <em>Juan de Mairena</em>. No hay que olvidar nunca que el poeta-filósofo fue alumno de la Institución Libre de Enseñanza, alumno cuya gratitud hacia Francisco Giner de los Ríos quedó plasmada en otro gran poema elegíaco, el consagrado al maestro fallecido en 1915, con su énfasis sobre la ética del trabajo bien hecho y la responsabilidad personal, pilares de la ILE («Yunques, sonad; enmudeced campanas»). Machado practicó con sus propios alumnos de instituto, allí hasta donde cabía dentro del sistema estatal, los métodos docentes utilizados por Giner, Cossío y sus compañeros. Hay numerosos y a menudo emocionantes testimonios al respecto (Soria, Baeza, Segovia, Madrid). Sobre todo -y ello se refleja en <em>Juan de Mairena</em>- trataba de ayudar a sus discípulos a razonar por sí mismos, a dudar metódicamente de las certezas y dogmas de los demás y hasta de sus propias dudas. Una instrucción pública así entendida, libre del «lazo de hierro» clerical que desde hacía siglos la asfixiaba, era la única solución para el avance del que consideraba el pueblo «más desdichado de Europa». Para Machado, lo específico del cristianismo es el amor fraternal. Todo lo demás sobra y estorba, empezando con el hipotético dios castigador de las religiones monoteístas.</p>
<p>Para uno de sus compañeros más íntimos de Segovia, el poeta tenía dos vertientes esenciales: «Un escepticismo agudo y una bondad extraordinaria». Creo que fue así.</p>
<p>LOS ÚLTIMOS días, como se sabe, fueron atroces: la larga y penosa caminata desde Barcelona a la frontera, los desvaríos de la anciana madre («¿Ya llegamos a Sevilla?»), el convencimiento de que la República se hundía sin remedio&#8230; y el escalofrío del poema premonitorio, escrito 30 años atrás, con su nave que nunca ha de retornar. ¿Qué pensaría Antonio Machado del Estado español actual, casi cuatro décadas después de la muerte del tirano y todavía sin buscar a sus cientos de miles de asesinados de la guerra y la posguerra? Me atrevo a pensar que no sería, para nada, de su agrado.</p>
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		<title>Dickens sigue diciendo la verdad</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 18:36:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Benjamín Prado</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/02/12):</p>
<p>Algunas personas mueren y otras solo desaparecen. El novelista Charles Dickens, por ejemplo, dejó este mundo en 1870 pero sigue estando aquí. Y no solo porque obras suyas como <em>David Copperfield, Cuento de Navidad, Oliver Twist</em> o <em>Historia de dos ciudades,</em> entre otras muchas, sean clásicos imprescindibles en cualquier biblioteca que intente ser tomada en serio, sino también porque la mayoría de sus temas característicos, como la lucha de clases, la explotación infantil o la ineficacia de la justicia, siguen de actualidad y porque sus personajes continúan entre nosotros, con nombres diferentes &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/40049/dickens-sigue-diciendo-la-verdad/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Benjamín Prado</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/02/12):</p>
<p>Algunas personas mueren y otras solo desaparecen. El novelista Charles Dickens, por ejemplo, dejó este mundo en 1870 pero sigue estando aquí. Y no solo porque obras suyas como <em>David Copperfield, Cuento de Navidad, Oliver Twist</em> o <em>Historia de dos ciudades,</em> entre otras muchas, sean clásicos imprescindibles en cualquier biblioteca que intente ser tomada en serio, sino también porque la mayoría de sus temas característicos, como la lucha de clases, la explotación infantil o la ineficacia de la justicia, siguen de actualidad y porque sus personajes continúan entre nosotros, con nombres diferentes pero con los mismos problemas. ¿O es que no podrían estar dentro de <em>Oliver Twist,</em> junto a los niños callejeros que la protagonizan, esos otros niños reales que hoy son abandonados en las calles de Grecia por sus familias, con la esperanza de que alguien los alimente? ¿No nos recuerdan los convictos de <em>La pequeña Dorrit,</em> presos en la cárcel de Marshalsea, a orillas del río Támesis, por no poder pagar sus deudas, a los desahuciados que aquí y ahora, en la España del siglo XXI, arrojan a la miseria los bancos cuando ya no pueden pagar la hipoteca salvaje que tenían con ellos? ¿No nos hacen pensar muchos de los métodos y teorías del neoliberalismo a los del usurero Scrooge en <em>Cuento de Navidad</em> o a los del avaro Uriah Heep en <em>David Copperfield?</em> Dickens fue uno de los abanderados del realismo, junto a Balzac, Tolstói, Stendhal o Benito Pérez Galdós, y un escritor social que denuncia en sus libros las desigualdades que se producían en la Inglaterra victoriana y especialmente el modo en que se explotaba a los trabajadores para conseguir la industrialización del país. Su contemporáneo Carlos Marx dijo de él que &#8220;en sus libros se proclamaban más verdades que en todos los discursos de los políticos y los moralistas de su época juntos&#8221;. Y sin ninguna duda, el autor de <em>Grandes esperanzas</em> es la mejor prueba de que Balzac estaba en lo cierto cuando dijo que las buenas novelas son la historia privada de los países. Hoy se cumplen 200 años de su nacimiento y nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo. Para comprenderlo, no hay más que leer el principio de <em>Historia de dos ciudades:</em> &#8220;Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación&#8221;.</p>
<p>En <em>Tiempos difíciles,</em> Dickens critica ácidamente las lamentables condiciones de vida de los obreros ingleses y la desproporcionada distancia que había entre su existencia y la de los ricos del país. Hoy, en plena crisis, con la Bolsa en números rojos, los impuestos por las nubes y los sueldos por los suelos; con los Gobiernos de Europa intentando llenar con dinero público el pozo sin fondo del sistema financiero y las cifras del paro creciendo en nuestro país hasta el borde del abismo, es muy posible que el lector se asombre al ver cómo esa novela publicada en 1854 describe la actualidad. ¿O acaso el desequilibrio entre las miserables casas de los proletarios que dibuja Dickens, frías, oscuras y casi sin muebles, y las lujosas mansiones de los capitalistas, que consideran a sus empleados simples bestias de carga, no es comparable al que hay entre los salarios de los mileuristas y los sueldos astronómicos que se ponen a sí mismos los directivos de los bancos, hoy día? La única diferencia entre aquellos privilegiados y estos es que entonces se llamaban utilitaristas y hoy se llaman neoliberales, y que unos citaban a Stuart Mill y otros a Milton Friedman, pero nada más.</p>
<p>Cuando Dickens retrata en <em>Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfiel</em> o <em>La pequeña Dorrit</em> a unos seres sin escapatoria y de la familia de los pícaros españoles, el <em>Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo</em> o <em>El buscón,</em> sabía de qué hablaba, porque él mismo había sufrido en su infancia los latigazos de la miseria, cuando su padre estuvo tres meses encerrado en la prisión de Marshalsea, por una deuda con un panadero que hoy equivaldría a 3,50 euros y que hizo que él fuese enviado a trabajar en una infernal fábrica de betún. Su batalla contra la injusticia ya anticipaba el fracaso de un sistema que se basara en la explotación, aunque sus advertencias a los poderosos fuesen voces en el desierto: &#8220;¡Oh, economistas utilitarios&#8221;, escribe, &#8220;comisarios de realidades, elegantes incrédulos&#8230; si seguís llenando de pobres vuestra sociedad y no cultiváis en ellos la esperanza, cuando hayáis conseguido arrancar de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren a solas con su vida desnuda, la realidad se convertirá en un lobo y os devorará&#8221;. Se equivocó, y no hace falta más que volver una vez más los ojos hacia la Grecia de hoy, verá que los dos extremos siguen en su sitio: las televisiones hablan de niños que a media mañana se desmayan en los colegios a causa del hambre y los diarios dicen que mientras el país solicitaba un rescate de la Unión Europea, sus potentados se llevaban a Suiza más de 200.000 millones de euros. En el fondo, y como demuestran de forma brutal las colas ante las oficinas del Inem y en los comedores de beneficencia de nuestras ciudades, las novelas de Charles Dickens son una constatación de hasta qué punto el capitalismo ha fracasado en su búsqueda del famoso Estado de bienestar.</p>
<p>Otra de las obsesiones de Dickens es la lentitud, ineptitud y en ocasiones impureza del sistema judicial, que tiene su mejor expresión en <em>Casa desolada,</em> donde se refleja la mezcla de incompetencia y prepotencia de una Corte de la Cancillería que a algunos les podrá hacer pensar en ciertos magistrados y causas de nuestra Audiencia Nacional y nuestro Tribunal Supremo. O en <em>Oliver Twist,</em> donde se puede ver la forma en que la ley es cuidadosa con los fuertes y abusiva con los débiles por el modo en que el juez Fang insulta y castiga con desproporción a su desventurado protagonista. O, una vez más, en <em>Tiempos difíciles,</em> donde el escritor se burla de la incompetencia del sistema y de su invento más perverso, la burocracia, un laberinto sin salida simbolizado en un supuesto Departamento del Circunloquio cuya función es &#8220;hacer lo que sea necesario para que no se pueda hacer nada&#8221;. En un país como España, donde solo el 27% de los ciudadanos opina que los medios que el Estado destina para garantizar la defensa jurídica son suficientes y la gran mayoría piensa que funciona mal, está anticuada y es ininteligible, los libros de Dickens siguen contando la verdad: nuestro mundo no ha sabido mantenerse a flote porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.</p>
<p>En junio de 1865, Dickens viajaba en un tren que sufrió un accidente terrible cuando cruzaba un puente en obras. Los siete vagones que precedían al suyo se despeñaron por un precipicio y él pasó horas atendiendo a los heridos hasta que llegaron las ambulancias y pudo ocuparse de regresar a su asiento y recuperar el manuscrito, aún sin acabar, de su penúltima novela, <em>Nuestro común amigo.</em> No hay que tener una gran imaginación para ver en esa escena una metáfora de esta Europa que hoy descarrila poco a poco, primero Grecia, luego Irlanda, después Portugal&#8230; Tal vez el derrumbe se detenga a tiempo, y los que nos conducen a la catástrofe recuperen el sentido común igual que lo hizo el tacaño señor Scrooge en <em>Un cuento de Navidad,</em> que al ver el negro porvenir que le anunciaban los espíritus del Pasado, el Presente y el Futuro, donde podía verse una tumba con su nombre y sin ninguna flor encima, supo cambiar a tiempo y convertirse en un hombre generoso. Es una parábola que, hoy más que nunca, merece la pena no olvidar.</p>
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		<title>No se quedaría callado, desde luego</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 19:03:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ignacio García de Leániz Caprile, </strong>profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares (EL MUNDO, 07/02/12):</p>
<p>Hace hoy 200 años que el más leído de los novelistas ingleses, Charles Dickens, nacía en Portsmouth para llevar una vida tan dickensiana como sus obras, plena de sinsabores y felicidades, con infancias robadas e inocencias incólumes y un cáustico escepticismo inseparable de una ilusión sonriente, como leemos en la más autobiográfica de sus obras: <em>David Copperfield</em>. Todo ello hilvanado por una virtud que me temo hace mucho que perdimos: una inmensa ternura por el desdichado. Por eso a &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/40053/no-se-quedaria-callado-desde-luego/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ignacio García de Leániz Caprile, </strong>profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares (EL MUNDO, 07/02/12):</p>
<p>Hace hoy 200 años que el más leído de los novelistas ingleses, Charles Dickens, nacía en Portsmouth para llevar una vida tan dickensiana como sus obras, plena de sinsabores y felicidades, con infancias robadas e inocencias incólumes y un cáustico escepticismo inseparable de una ilusión sonriente, como leemos en la más autobiográfica de sus obras: <em>David Copperfield</em>. Todo ello hilvanado por una virtud que me temo hace mucho que perdimos: una inmensa ternura por el desdichado. Por eso a su muerte, alguien pudo escribir anónimamente como epitafio sucinto: «Amó al pobre, miserable y oprimido».</p>
<p>Y su vida y obra no fueron en absoluto estériles: gracias a sus novelas por entregas que iba publicando semanalmente en periódicos como <em>Household Words</em> y <em>All the Year Round</em> con sus miles de lectores londinenses, Inglaterra fue tomando en sus diversos estamentos conciencia crítica de los graves excesos de la Primera Industrialización en el plano social, laboral y medioambiental. Y los mecanismos correctores que los dramas tragicómicos de Dickens solicitaban, hicieron que a la postre fallara la profecía de Marx sobre que Inglaterra sería la pionera y adalid de la revolución proletaria. Pocas veces una literatura tan llena de buenos sentimientos como conocedora del mal en todas sus formas y siempre ligada a la realidad, ha tenido tanta dimensión política y transformadora. Y ello a través de un periodismo que le daba eco y que se iba convirtiendo en un cuarto poder sin el cual no se puede comprender el gran secreto social y político de Inglaterra. Para Dickens, en cierta manera, la buena literatura era la política por otros medios, esta vez impresos.</p>
<p>Así las cosas, cabe preguntarnos en este bicentenario que cae en tiempos poco vivideros qué podría enseñarnos el autor de <em>Grandes esperanzas</em>, a sabiendas de que ente él y nosotros media una diferencia difícilmente salvable: la que hay entre un autor medularmente cristiano y un mundo nuestro tan secularizado. No obstante ello, creo que nuestro común amigo nos diría, ante nuestro <em>Desastre del 12</em>, algunas cosas muy necesarias sobre las nuevas formas de desdicha laboral y la podredumbre de nuestro sistema financiero, por ejemplo. Al fin y al cabo, como escribió en <em>La pequeña Dorrit</em>: «Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender».</p>
<p>Sobre la desdicha en el mundo del trabajo, que aparece encarnada en su inocencia y desamparo en Stephen Blackpool y Rachael, la pareja de operarios en los telares de Coketown en <em>Tiempos difíciles</em>, o en Lizzie Hexam, la hija del pescador de cadáveres del Támesis en <em>Nuestro común amigo</em>, Dickens se quedaría estupefacto ante nuestra calamidad laboral. Y lo primero que nos plantearía a la vista de nuestra tasa de desempleo y ese fatídico horizonte de seis millones de desempleados, es si realmente nos percatamos de que el número de desempleados en la Alemania de Weimar de 1932 era de cinco millones de alemanes sobre una población estimada de 67 millones de habitantes. Sería uno de esos golpes de realidad implacables tan dickensianos que nuestro autor nos espetaría como aviso a los navegantes y uno de esos <em>hechos</em> («<em>facts, facts</em>») incontestables que quería el ideal empírico de la escuela de Mr. Gradgrind según el memorable comienzo de <em>Tiempos difíciles</em>. No fuera a ser que nos estuviéramos acostumbrando a no querer ver la verdadera dimensión -y amenazas larvadas- de la tragedia de nuestro mercado de trabajo (?), que coincide, además, con una grave crisis institucional.</p>
<p>También nos destacaría cómo el fenómeno de la desdicha -«siempre pagamos los mismos», exclamará resignado el viejo Stephen al ser despedido- se traslada ahora desde el puesto de trabajo a la ausencia del mismo, de la fábrica al domicilio del desempleado. En la desintegración y atomización del parado, desgajado de los arraigos sociales que confieren los grupos de trabajo y que hacían la vida mínimamente vivible incluso en los arrabales de Coketown, vería nuestro autor una cristalización del nuevo perfil del desdichado. El cual resulta invisible para nosotros -seres con trabajo- pues está donde no esta nadie, retraído de la esfera pública laboral. De ahí que nos resulte bien difícil tomar conciencia de la «desdicha desempleada» y poder seguir así el postulado de Simone Weil -tan dickensiana ella- cuando escribe: «Aquellos que son desgraciados no necesitan nada en este mundo salvo gente capaz de darles su atención». Y el trabajo es una forma específica y eminente de atención: justo lo que se le niega.</p>
<p>Por eso mismo, creo que si Dickens reviviera escribiría con toda su empatía y ternura la gran novela sobre el desempleo con su nueva forma sutil pero sumamente doliente de desdicha, en este nuevo «<em>struggle for life</em>» que él tanto temía por su vivencia en carne propia del darwinismo social londinense. Y desde luego que se rebelaría contra la reducción a meros números y estadísticas de los desempleados, tal y cómo hace nuestra burocracia y discurso político dominantes como si siguieran al pie de la letra la caracterización de Mr. Gradgring, símbolo del Utilitarismo de Stuart Mills, que se nos muestra al comienzo del capitulo segundo de <em>Tiempos difíciles</em>: «Soy un hombre de realidades. Un hombre de hechos y cálculos (…) listo para pesar y medir cualquier parcela humana y de decirle exactamente hasta dónde llega (…) Es una simple cuestión de cifras, un caso de pura aritmética». Dickens sabía muy bien que la estadística era una forma refinada e indolora de borrar la desdicha.</p>
<p>Pero no menor sería -me temo- su arrebato contra nuestro <em>establishment </em>financiero. Nunca cejaría de recordarnos, frente a quienes dan la batalla del olvido con la dormidera de la Liga de Fútbol o de la Fórmula 1, que el origen de nuestra crisis y de tantos dolores se ha debido en parte sustancial a la catastrófica e inmoral gestión de nuestro sistema financiero, que se reputaba como sólido y admirable. Exactamente con la misma respetabilidad y reputación con que se nos presentaba el banquero Bounderby en la primera parte de <em>Tiempos difíciles</em>, hasta que el lector descubría capítulos después su verdadera calaña, impericia y sentido sensual del dinero.</p>
<p>Nuestro autor se documentaría al respecto de lo sucedido con nuestros bancos y cajas; esto es, de sus 800.000 millones de euros de deuda, los 120.000 millones recibidos (12% del PIB en diciembre último), los sueldos y planes de jubilación de sus directivos, el escándalo cotidiano de las <em>participaciones preferentes</em>, los Eres previstos, etcétera. Y por supuesto no se quedaría mudo. Y sospecho que diría exasperado que por aquí todo ha sido un inmenso Lehman Brothers, y que la actual jactancia y negarse a reconocer los hechos por parte de los Consejos de Administración no es sino la réplica exacta de su personaje financiero en <em>Tiempos difíciles</em>, Josiah Bounderby, que no se rendía ni ante la evidencia: y así le fue. Justo lo que acaba de recordarnos Willem Buiter -economista jefe de Citigroup- cuando en páginas vecinas (29/01/12) resaltaba que la verdadera situación y toxicidad de los bancos y cajas han sido «un área de negación para las autoridades españolas durante años».</p>
<p>Tras lo cual, escribiría nuestro autor con mucha ironía sobre el espectáculo que han dado hace bien poco los presidentes de los dos grandes bancos españoles al presentar sus respectivos balances (que por supuesto ya nadie se cree) y decir ambos que están sin problemas, mientras el <em>Pepito Grillo</em> de sus cotizaciones bursátiles les dejaba en pura evidencia. No, desde luego que Dickens no se callaría.</p>
<p>En un rincón de la abadía de Westminster, en el <em>Poets&#8217; Corner</em>, se encuentra una lápida con esta inscripción: «<em>Charles Dickens: Born 7th february 1812. Died 9th june 1870». </em>Uno añadiría como epitafio de nuestro gran hombre aquel bello final de <em>Tiempos difíciles</em>, donde, tras enumerar algunas esperanzas muy deseables, nos interpela cordialmente: «¡Querido lector! Será responsabilidad tuya y mía si, en nuestros respectivos campos de acción, ocurren o no cosas semejantes. ¡Hagamos que sucedan! Nos sentaremos ante la chimenea de nuestro hogar con el corazón más ligero, mientras de manera inevitable los rescoldos de nuestro fuego se convierten en cenizas grises y frías». Para eso me parece que escribía y sigue escribiendo Dickens: para que nos demos por aludidos.</p>
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		<title>Dickens v. Lawyers</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 21:32:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Joseph Tartakovsky</strong>, a law clerk at the United States Court of Appeals for the 10th Circuit (THE NEW YORK TIMES, 06/02/12):</p>
<p>Tuesday is the bicentenary of the birth, in Portsmouth, England, of Charles Dickens, literature’s greatest humanist. We can rejoice that so many of the evils he assailed with his beautiful, ferocious quill — dismal debtors’ prisons, barefoot urchin labor, an indifferent nobility — have happily been reformed into oblivion. But one form of wickedness he decried haunts us still, proud and unrepentant: the lawyer.</p>
<p>Lawyers appear in 11 of his 15 novels. Some of them even resemble &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/40029/dickens-v-lawyers/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Joseph Tartakovsky</strong>, a law clerk at the United States Court of Appeals for the 10th Circuit (THE NEW YORK TIMES, 06/02/12):</p>
<p>Tuesday is the bicentenary of the birth, in Portsmouth, England, of Charles Dickens, literature’s greatest humanist. We can rejoice that so many of the evils he assailed with his beautiful, ferocious quill — dismal debtors’ prisons, barefoot urchin labor, an indifferent nobility — have happily been reformed into oblivion. But one form of wickedness he decried haunts us still, proud and unrepentant: the lawyer.</p>
<p>Lawyers appear in 11 of his 15 novels. Some of them even resemble humans. Uriah Heep (“David Copperfield”) is a red-eyed cadaver whose “lank forefinger,” while he reads, makes “clammy tracks along the page &#8230; like a snail.” Mr. Vholes (“Bleak House”), “so eager, so bloodless and gaunt,” is “always looking at the client, as if he were making a lingering meal of him with his eyes.” Most lawyers infest dimly lighted, moldy offices “like maggots in nuts.” (No, counselor, writers dead since 1870 cannot be sued for libel.)</p>
<p>Dickens knew whereof he spoke. At 15, he was hired as an “attorney’s clerk,” serving subpoenas, registering wills, copying transcripts; later he became a court reporter. For three formative years he was surrounded by law students, law clerks, copying clerks, court clerks, magistrates, barristers and solicitors who (reborn in his fiction) uttered cheerful sentiments like “I hate my profession.” His portraits of nearly every London court — Chancery, Divorce, Probate, Admiralty, etc. — are so accurate that one scholar wrote a lively book called “Charles Dickens as a Legal Historian.” At 32 he filed his first suit against a pirate publisher. Dickens told a friend afterward that “it is better to suffer a great wrong than to have recourse to the much greater wrong of the law.”</p>
<p>Who can disagree, at least in his portrayal? Jarndyce v. Jarndyce, from “Bleak House,” grinds on for generations as wigged pedants spend entire careers “groping knee-deep in technicalities.” In the “Pickwick Papers” trial — one of the great comic scenes in literature — innocence is irrelevant, the lawyers are thugs, and the judge is asleep. Yes, Dickens hated lawyers for the same reason your neighbor does: every lawsuit leaves (at least) one side unhappy — yet the bar always wins. He invoked every known indictment of the profession: sorcerers who command the law to harm others, nitpicking complicators of life (“red tape,” in Dickens’s time, still bound legal papers), chicaners who exploit procedure to free the guilty, and prolix corrupters of the English tongue.</p>
<p>But before we resign our bar licenses in shame (and I only got mine in November), let us call, for the defense, Judge Jed S. Rakoff of the Federal District Court in Manhattan. He tells me lawyers are scorned because “they think there are two sides to most stories, while many people think there is just one side: theirs.”</p>
<p>Are attorneys just amoral mouthpieces? Samuel Johnson, the great critic who himself once hoped to enter the bar, knew better: “A lawyer has no business with the justice or injustice of the cause” — that is “to be decided by the judge.” The best means we have of discovering truth is to take opposing sides and let them tango. If a lawyer had to believe in the client’s cause, most people would go undefended.</p>
<p>Besides, much has improved since Dickens: more disciplined trials; delays measured in months, not lifetimes; fewer openly inebriated judges. Unshaken is the perception that we worship an object called the Fee. Yet the essayist Joseph Epstein, another man of letters who eyed the path of law, thinks lawyers only appear “worse because the nature of their work requires them to be better.” Without our role as officers of the court, commissioned to uphold the moral grandeur of the law, we’re just a “used-car dealership without the burden of inventory.”</p>
<p>Dickens himself enrolled as a law student in 1839 and, in 1846, inquired about work as a magistrate. His biographer Claire Tomalin hints that Dickens, like David Copperfield, didn’t pursue a legal education in part because he could not afford the 100 pounds needed. (Incidentally, of his 10 children, only Henry was successful — as a lawyer.)</p>
<p>Yet in a way Dickens <em>did</em> become a lawyer — in the court of public opinion. John Forster, his biographer and his closest friend, wrote that the suffering children in his works were “his clients whose cause he pleaded with such pathos and humour, and on whose side he got the laughter and tears of all the world.”</p>
<p>Isn’t it true that for both lawyers and novelists, whoever tells the best story wins? The difference is that lawyers (one hopes) take facts as they exist instead of inventing them. Dickens, for all his genius and wrath, was himself unable to undertake reforms, or protect clients, or draft fairer rules. He needed lawyers to achieve his vision of a just society. Even the inimitable novelist would agree that the two old trades must go hand in hand, together improving the noble system that, for all its Dickensian farce, makes us civilized.</p>
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		<title>James Bond cumple sesenta años</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Feb 2012 13:37:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Lucena Giraldo</strong>, historiador e investigador del CSIC (ABC, 04/02/12):</p>
<p>Una mañana de 1952 cierto periodista británico de mediana edad y residente en Jamaica, que bebía una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos diarios, empezó a escribir su primera novela. Era un caso de libro, nunca mejor dicho, de «bloqueo del escritor». Su nombre era Ian Fleming. A pesar de que había intentado convertirse en militar o diplomático, como estaba predestinado por la elevada posición social de su familia, hasta que no se dedicó al periodismo no halló su destino. Arrogante, políglota, melancólico y seductor, fue corresponsal &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/40007/james-bond-cumple-sesenta-anos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Lucena Giraldo</strong>, historiador e investigador del CSIC (ABC, 04/02/12):</p>
<p>Una mañana de 1952 cierto periodista británico de mediana edad y residente en Jamaica, que bebía una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos diarios, empezó a escribir su primera novela. Era un caso de libro, nunca mejor dicho, de «bloqueo del escritor». Su nombre era Ian Fleming. A pesar de que había intentado convertirse en militar o diplomático, como estaba predestinado por la elevada posición social de su familia, hasta que no se dedicó al periodismo no halló su destino. Arrogante, políglota, melancólico y seductor, fue corresponsal en Moscú y banquero en Londres antes de servir como oficial naval y espía durante la Segunda Guerra Mundial. Ampliamente dotado para la fabulación, se especializó en operaciones de engaño, dos de ellas vinculadas a España. La exitosa «Carne picada» alejó a los alemanes de Sicilia, donde tendría lugar el desembarco aliado, mediante el «hallazgo» en Huelva de un cadáver con supuestos planes secretos. La prevista pero nunca ejecutada «Ojo dorado» estaba preparada para el caso de que Franco optara por la entrada en el conflicto a favor del Eje y la comunicación con Gibraltar quedara interrumpida. La posguerra fue aburrida para Fleming, siempre a la sombra de su hermano Peter, exitoso escritor de viajes, pero la revancha llegó hace ahora sesenta años. Al día siguiente de contraer matrimonio con su amante desde hacía tiempo, la muy rica y devota Ann Charteris, lady Rothermere, se puso a escribir de manera compulsiva y en dos meses acabó «Casino royale». Fue la primera de la saga Bond, formada por doce novelas y dos volúmenes de historias cortas, publicadas entre 1953 y 1966, dos años después del fallecimiento de su autor a causa de un infarto propiciado por su nada saludable estilo de vida. James Bond, icono de la cultura popular global a causa de la explotación cinematográfica de sus historias, debe su nombre a una serie de casualidades hilarantes. Fleming, aficionado a la contemplación de aves, se había recluido en la pintoresca casa «Goldeneye», situada en la localidad de Oracabessa (del español oro-cabeza), en la costa norte de Jamaica. Según propia confesión, se «estrujaba el cerebro» en busca de un nombre para su protagonista, el agente 007 al servicio de su Graciosa Majestad, «con licencia para matar». Debía ser «breve, carente de romanticismo, anglosajón y muy masculino». Sus ojos se posaron sobre la «Guía de pájaros de las Indias occidentales» del naturalista James Bond, que se hallaba sobre la mesa. De inmediato se dio cuenta de que el libro poseía los rasgos de su personaje. Se trataba de un superviviente del conflicto mundial, que seguía en activo en plena guerra fría y se las apañaba como podía. El carácter de ese Bond literario, una mezcla de rasgos de distintos espías que Fleming había tratado en sus años de servicio activo, correspondía a «un tipo irrelevante, carente del menor interés, como un cuchillo sin filo, al que simplemente le pasan cosas». Resulta difícil exponer de manera más adecuada el horizonte de la Europa de los años cincuenta, claramente reactivo, en plena liquidación imperial y con un poder mundial dilapidado tras dos brutales conflictos. «Pasaban cosas» y parecía que poco o nada se podía hacer para evitarlas. De ahí que Fleming fuera, por encima de todo, un escritor de la nostalgia imperial británica. El éxito arrollador de 007 fue el de una ficción consoladora para toda una generación, que se sentía perdida en un mundo ajeno. A pesar de la victoria lograda en la guerra, ya no les pertenecía. Lo que Fleming narró en sus novelas fue el final de Gran Bretaña como poder mundial. La invención del superagente «con licencia para matar» no fue una atrevida concesión, sino una confesión de impotencia. En el mundo postimperial regido por soviéticos y norteamericanos las reglas de caballeros (británicos y europeos por extensión) no servían. La caricatura que propuso resulta evidente. Bond está obligado a rendir cuentas a la superioridad (no es un aristócrata, vive de un sueldo del Estado) y depende con demasiada frecuencia de incompetentes. Sus jefes son tan irascibles como indulgentes. Forzado por los hechos, pretende mantener la superioridad por la vía de la tecnología y de la experiencia acumulada. Sus exuberantes vicios y dudosas virtudes remiten a un elemento clásico, el disfrute salvaje e inmoral de la vida, propio del hedonismo postimperial. Desde los romanos, la decadencia se caracteriza por el brutal materialismo y una insaciable avaricia, reflejos de la pérdida de la virtud política. El humor resulta una condición para sobrevivir. Bond es el héroe propio de un mundo crepuscular y por eso es también un tipo patético y un pícaro, al modo de Tristan Shandy o nuestro Lazarillo de Tormes. Incapaz de formar parte de equipos o de integrarse en esfuerzos colectivos, sobrevive a toda clase de peligros por una mezcla única e irrepetible de experiencia y encanto. Reflejo de una educación victoriana como la que recibió Fleming en sus años juveniles, Bond es un caballero con sus iguales, un déspota con los inferiores y un mentiroso arribista con las mujeres. Hacia ellas, como han mostrado diversos trabajos de perspectiva feminista, vive una fantasía de dominio que se cumple también en sentido opuesto, pues las «chicas Bond» lo poseen y se contagian de su aura poderosa: ellas representarían novedosas instancias de poder y capacidad física y mental. Por otra parte, la tan difícil como paternalista convivencia de 007 con los espías de la CIA estadounidense, personajes menores que llegan cuando el trabajo duro está hecho, es otro elemento clave.</p>
<p>Expresa la «relación especial» entre Estados Unidos y su antigua metrópoli, un pacto que, con todas sus ambigüedades, e incluso un claro reflejo en la cultura popular (en las películas de Hollywood los malos tienen acento inglés, y en los seriales televisivos británicos los millonarios caprichosos y prepotentes hablan como texanos), ha garantizado a los súbditos de Isabel II una lenta y bien administrada decadencia, aún vigente. La exhibición de esta alianza, eficiente sin duda, alcanzó en los años ochenta, durante las presidencias de Ronald Reagan en Estados Unidos y los períodos de Margaret Thatcher como premieren el Reino Unido, su penúltima expresión. Pero Bond también guarda, literalmente, una caja de sorpresas. La tecnología que exhibe es de pura tradición británica. El recurso permanente a ella en trances de vida o muerte constituye una operación de propaganda encubierta dirigida al mercado de lujo y la creación de marca de enorme éxito, en especial tras el éxito apabullante de las versiones cinematográficas protagonizadas por Sean Connery, de «Dr. No» (1962) a «Los diamantes son para siempre» (1971). Trajes, mecheros, camisas, coches, llaveros, relojes, armas, todo lo que toca Bond se convierte en objeto de deseo. Desde sus célebres cócteles con el Vodka Martini como enseña, hasta el perfume «Floris» de Jermyn Street, cuyos fabricantes enviaron a Fleming sus productos como agradecimiento por la publicidad gratuita. Objetos cuya posesión fetichista ratifica, en suma, que todo tiempo pasado fue mejor, pero el presente tampoco carece de atractivo.</p>
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		<title>La novela en los tiempos líquidos</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 20:31:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ricardo Cano Gaviria</strong>, escritor colombiano, residente en España. <em>La puerta del infierno</em> (Igitur) es su última novela (EL PAÍS, 28/01/12):</p>
<p>Parece una exageración, pero por desgracia no lo es: actualmente, cualquier contenido que aspire al gran público difícilmente puede sustraerse a la tentación de la novela. Y es que uno tiene la impresión de que hoy, para ser novelista, ni siquiera se precisa ser un buen lector de novelas: no en vano, son cada vez más abundantes los abogados, políticos, músicos, etcétera, que deciden probar suerte con el género, sin ninguna ceremonia previa en relación con la Literatura, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39915/la-novela-en-los-tiempos-liquidos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ricardo Cano Gaviria</strong>, escritor colombiano, residente en España. <em>La puerta del infierno</em> (Igitur) es su última novela (EL PAÍS, 28/01/12):</p>
<p>Parece una exageración, pero por desgracia no lo es: actualmente, cualquier contenido que aspire al gran público difícilmente puede sustraerse a la tentación de la novela. Y es que uno tiene la impresión de que hoy, para ser novelista, ni siquiera se precisa ser un buen lector de novelas: no en vano, son cada vez más abundantes los abogados, políticos, músicos, etcétera, que deciden probar suerte con el género, sin ninguna ceremonia previa en relación con la Literatura, esa criatura extraña a cuyo paso nos quitábamos antes el sombrero. La literatura, ¿pero qué diablos es la Literatura? Una convención surgida a comienzos del siglo XVIII, diría Foucault con frialdad de arqueólogo, mientras que Conrad invocaría presumiblemente, como ya hizo en su introducción a <em>El Negro del Narciso,</em> la capacidad de interpelar el sentido del misterio que envuelve nuestras vidas, considerada por él una de las cualidades menos obvias y superficiales del lector.</p>
<p>En el ámbito de la novela española se tuvo prueba de dicha capacidad en el caso de <em>Tiempo de silencio</em> del psiquiatra Martín Santos, un clásico de la novela española que sirvió también de clave interpretativa de la España de Franco, a juzgar por el contenido del artículo de José María Castellet &#8220;Tiempo de destrucción para la literatura española&#8221;. Aunque el título aludía a una obra póstuma del novelista muerto prematuramente, transmitía también la imagen del obligado silencio de los españoles durante el franquismo que acabaría rubricando la obra de Martín Santos, de Sánchez Ferlosio, de García Hortelano, de Juan y Luis Goytisolo, de Marsé; luego serviría también de matizada transición hacia la obra literaria de un ingeniero de puentes, compañero de aventuras literarias de Martín Santos y uno de los novelistas más originales de la moderna literatura española: Juan Benet. Pues bien: actualmente la capacidad de estremecimiento de la literatura que animó a Martín Santos y Benet brilla por su ausencia en los que, venidos de otras profesiones, echan mano del género novela, y empieza incluso a escasear en los propios novelistas profesionales. ¿Acaso porque el asalto a la novela desde otras profesiones es tan solo el síntoma de algo cuya raíz parece más fácil de describir que de esclarecer?</p>
<p>Resulta muy sensato pensar que, siendo ciertamente la novela el espejo que recorre un camino, no pudiese menos que reflejar las turbulencias de los tiempos que corren, sometidos a una creciente sensación de inseguridad, transitoriedad y desarraigo institucional, en fin, de liquidez, según la pertinente metáfora de Zygmunt Bauman. Y ciertamente podría afirmarse que, mientras en muchos novelistas se detecta una creciente contaminación del género por la marea de la vida líquida que, lejos de hacerlos creadores de novelas iceberg, como hubiera querido Hemingway, los convierte en simples <em>portadores</em> de contenidos culturales, una minoría ha logrado oponer una resistencia sorprendente; así, el norteamericano Philip Roth, cuyo doble Nathan Zuckerman, en una de las últimas novelas del autor, sale lanza en ristre en defensa de la Literatura, o el español Vila-Matas, un novelista crecido a la sombra de Borges, príncipe de los narradores metaliterarios, especie protegida si las hay en la era de la narrativa &#8220;cultural&#8221;&#8230;</p>
<p>En efecto, puesta en circulación en EE UU en los ochenta del siglo pasado, poco antes de que Alvin Kernan anunciara la muerte de la Literatura y la desaparición de las Humanidades en la Universidad, una nueva noción de cultura, ya no concebida como una escala de valores, eliminó de la novela el reclamo de la estética. Versión norteamericana de los <em>Cultural studies,</em> desde entonces esta visión ha venido hipnotizando y sojuzgando de forma progresiva las temáticas de la novela hispanoamericana (narconovela, inmigración, violencia, <em>apartheid)</em> hasta el punto de que hoy podría pensarse que, antes que los premios a la calidad estética, serían más apropiados para ella, como ya ocurre en el cine -así y todo más capaz que la novela de sobreponerse a los lastres temáticos-, los premios a la diversidad cultural. Más o menos camuflados en ese carrusel multiculturalista cabalgarían la conciencia ecológica y el pensamiento políticamente correcto que inspiran lo que hoy podría llamarse novela comprometida de evasión, mientras que la simbiosis nacida a ambos lados del océano entre novela policiaca y denuncia política, pero sobre todo la novela que en España se inspira en la memoria histórica heredera de la Guerra Civil, no participarían por suerte en tales festejos. Celebrados en los extramuros de la Literatura, bajo la tutela prioritaria de un pragmatismo cada vez más embriagado por las cifras de ventas, cumplen gustosos con la función que les encomienda la invisible y astuta racionalidad cultural de los tiempos líquidos: no defraudar el &#8220;horizonte de expectativas del lector&#8221; (en el lenguaje de los teóricos de la recepción) como base de cualquier éxito literario.</p>
<p>Tal noción de cultura justifica la alusión de Bauman en su <em>Vida líquida</em> a una afirmación de Hannah Arendt sobre la palabra belleza (la belleza como meta de la cultura), elegida por ella por ser el epítome mismo que desafía toda explicación racional/causal. Que un sociólogo invoque de tal forma la estética arrojada por la borda por los propios estudiosos de la novela, adquiere relevancia especial en un momento en que, por otro lado, el silencio de la crítica (véase la muy oportuna &#8220;radiografía&#8221; de la misma publicada recientemente en <em>Babelia),</em> no revela sino que también ella forma parte del problema. Bien porque tiene miedo de redefinir su papel en un sistema que en el fondo querría suprimirla -lo que la condena a la mala fe-, bien porque no hace nada ante la agonía del lector sólido, aquel que necesitaba sentir bajo sus pies la tierra de esa &#8220;condición humana&#8221; cuya palpitación sentíamos hasta hace poco entre nosotros, se tiene la impresión de que ni siquiera quiere salir en apoyo del novelista cuando, como en el caso de Eduardo Mendoza, este se decide a dar la voz de alarma: &#8220;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas&#8221; (declaración del escritor catalán que Vargas Llosa glosó afirmando su inquebrantable fe en la supervivencia del género, expresada ya en 1972 a quien esto escribe en <em>El Buitre y el ave Fénix).</em> ¿Ahora bien, si se acepta que en efecto hay una crisis del lector de novelas, motivada por la entronización de un lector lobotomizado, incapaz ya de detectar valores literarios, qué se puede hacer?</p>
<p>En última instancia, solo caben dos posturas: una, la del <em>laissez faire</em> que hace tabla rasa de la teoría literaria, la estética y la propia tradición humanística que las inspira, a favor de esa especie de &#8220;mano invisible&#8221; que regularía la industria cultural de la novela, para decirlo en sintonía con los propios valores de la trituradora o, mejor, licuadora neoliberal. Otra, la de los que, como los llamados teóricos de la recepción, saben que entre la masa de los lectores siempre hay, desde que existe la novela, un lector especial, que está en el origen de todo novelista; y que si se anula la diferencia básica para la supervivencia de la Literatura entre el lector que solo será receptor y el lector &#8220;indignado&#8221; que más tarde será también productor, no habrá para la novela una segunda oportunidad sobre la tierra. Lectores presentes, leed como si os fuerais a convertir en novelistas, futuros novelistas, empezad por ser buenos lectores, como lo fue siempre el indignado Gustave Flaubert, que una vez le recomendó a una de sus amigas lo siguiente: &#8220;Pero no lea como leen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. No, lea para vivir. Bríndele a su alma una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus&#8221;.</p>
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		<title>Una casa de palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Jan 2012 19:53:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 08/01/12):</p>
<p>La noche es la oscuridad, la amenaza, un mundo no controlado por la razón, y todos los niños la temen. Llega la hora de acostarse y, a causa de ese temor, no quieren quedarse solos en sus camas. Es el momento de los cuentos, que son un procedimiento retardatorio. <em>Quédate un poco más,</em> es lo que dicen los niños a los adultos cuando les piden un cuento. Y el adulto, que comprende sus temores, empieza a contárselo para tranquilizarles. Muchas veces improvisa ese cuento sobre la marcha, pero otras recurre a &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39595/una-casa-de-palabras/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 08/01/12):</p>
<p>La noche es la oscuridad, la amenaza, un mundo no controlado por la razón, y todos los niños la temen. Llega la hora de acostarse y, a causa de ese temor, no quieren quedarse solos en sus camas. Es el momento de los cuentos, que son un procedimiento retardatorio. <em>Quédate un poco más,</em> es lo que dicen los niños a los adultos cuando les piden un cuento. Y el adulto, que comprende sus temores, empieza a contárselo para tranquilizarles. Muchas veces improvisa ese cuento sobre la marcha, pero otras recurre a historias que ha escuchado o leído hace tiempo, tal vez las mismas que le contaron de niño los adultos que se ocupaban de él. En esas historias todo es posible, que los objetos vivan, que hablen los animales, que los niños tengan poderes que desafían la razón: el poder de volar o de volverse invisibles, el poder de conocer palabras que abren las montañas, el poder de burlar a gigantes y brujas y de ver el oro que brilla en la oscuridad de la noche. Lo maravilloso hace del mundo una casa encantada, tiene que ver con el anhelo de felicidad. El adulto quiere que el niño que ama sea feliz y ese deseo le lleva a contarle historias que le dicen que es posible encontrar en el mundo un lugar sin miedo. Son historias que proceden de la noche de los tiempos. Han pasado de unas generaciones a otras, y se mantienen tan sugerentes y nuevas como el día en que fueron contadas por primera vez. El que narra, escribe Walter Benjamin, posee enseñanzas para el que escucha. La enseñanza de <em>La Bella y la Bestia</em> es que hay que amar las cosas para que se vuelvan amables; la de <em>La Bella durmiente</em> que en cada uno de nosotros hay una vida dormida que espera despertar alguna vez; la de <em>La Cenicienta,</em> que lo que amamos es tan frágil como un zapatito de cristal, y la de <em>Hansel y Gretel</em> que hay que tener cuidado con los que nos prometen el paraíso, con frecuencia esas promesas son una trampa donde se oculta la muerte. <em>Peter Pan</em> nos dice que la infancia es una isla a la que no cabe volver; <em>Pinocho,</em> que no es fácil ser un niño de verdad; <em>La Sirenita</em> que no siempre tenemos alma y que, cuando esto ocurre, se suele sufrir; y <em>Alicia en el País de las Maravillas,</em> que la vida está llena de repuestas a preguntas que todavía no nos hemos hecho.</p>
<p>El niño necesita cuentos que le ayuden a entenderse a sí mismo y a los demás, a descubrir lo que se esconde en esa región misteriosa que es su propio corazón. Chesterton dice que los cuentos son la verdadera literatura realista, dando a entender que el que quiera saber lo que es un niño, antes de preguntar a psicólogos, pedagogos o alguno de esos numerosos expertos que tanto abundan, hará bien en regresar a los cuentos de hadas. Son ellos los que le permitirán asomarse al corazón de los niños y sorprender sus deseos, esperanzas y temores. Un cuento como <em>La Cenicienta</em> expresa esa búsqueda de la transfiguración que es la búsqueda más cierta de la vida, y uno como <em>El patito feo,</em> el temor a ser dejado de amar. Incluso los niños más queridos tienen el temor a que sus padres los rechacen porque tal vez no son como estos habían soñado. El patito que debe abandonar la granja en que vive, porque no hay nadie que lo quiera, expresa esos temores. El niño se identifica con él, porque ve en su abandono la imagen de su propia tristeza cuando se siente solo. Siempre pasa eso con los cuentos. Puede que no sean reales pero hablan de la verdad. <em>Barba Azul</em> lo hace del deseo de conocimiento; <em>Juan sin Miedo,</em> de la importancia de la compasión; <em>Jack y las habichuelas mágicas,</em> de que solo a través de la imaginación podemos abarcar la existencia en su totalidad. Estos tres cuentos resumen las cualidades de la palabra poética: el misterio (del cuarto cerrado), el temblor (del amor) y la capacidad de vincular (como las habichuelas mágicas) mundos que la razón separa: el mundo de los vivos y los muertos, el de los animales y los hombres, el de la realidad y el de la fantasía. Los cuentos le dicen al niño que debe enfrentarse a los misterios que le salen al paso, acudir a la llamada de los demás y salvar el abismo que separa su experiencia de las palabras. El guisante que, en el cuento de Andersen, no deja dormir a la princesa guarda el secreto de todo aquello que nos desvela y no hay forma de decir qué es. El secreto, en suma de la poesía.</p>
<p>Pero los cuentos no solo son importantes por las enseñanzas que contienen, sino porque prolongan el mundo de las caricias y los besos de los primeros años de la vida y devuelven al niño al país indecible de la ternura. Paul Valéry dijo que la ternura era la memoria de haber sido tratados con atenciones extraordinarias a causa de nuestra debilidad. Ningún niño se olvida de esas atenciones. Ellos siempre buscan un lugar donde guarecerse, y el adulto levanta para ellos con cada cuento un lugar así. Da igual de qué traten, al sentarse a su lado en la cama lo que le dice al niño es que siempre estará allí para ayudarle. Tal es el mensaje de los cuentos: no te voy a abandonar. Un cuento es una casa de palabras, un refugio frente a las angustias que provocan las incertidumbres de la vida. Octavio Paz dijo que la misión de la poesía es volver habitable el mundo, y eso hacen los cuentos, crear un lugar donde vivir. De eso habla <em>Los tres cerditos.</em> Sus protagonistas deben levantar una casa en el bosque, para protegerse del lobo, y mientras uno, el más previsor, lo hace con ladrillos, los otros lo hacen con lo primero que encuentran. Es curioso que, aun siendo la moraleja del cuento que debemos ser previsores, el cerdito que prefieren los niños es el que levanta su casa con paja. No tarda mucho en terminar y enseguida se va de paseo por el bosque a descubrir sus maravillas. Bruno Bettelheim tiene un libro sobre el autismo infantil que se titula <em>La fortaleza vacía.</em> El niño autista percibe el mundo como hostil y, para defenderse, levanta una fortaleza de indiferencia y desapego a su alrededor. Y lo extraño es que cuanto más consistente y segura es esa fortaleza, más vacío está su interior. Es lo contrario a la casa de paja de nuestro cerdito. La suya es la casa de los cuentos: un lugar que nos protege lo justo para no separarnos del mundo. Una casa como la que Tarzán y Jane construyeron en la copa de un árbol, abierta a todas las llamadas de la vida.</p>
<p>C. G. Jung ha dicho que uno de los dramas del mundo moderno procede de la creciente esterilización de la imaginación. Tener imaginación es ver el mundo en su totalidad. Los cuentos permiten al niño abrirse a ese flujo de imágenes que es su riqueza interior y aprender la realidad más honda de las cosas. Toda cultura es una caída en la historia, y en tal sentido es limitada. Los cuentos escapan a esa limitación, se abren a otros tiempos y otros lugares, su mundo es transhistórico. Por eso sus personajes son eternos peregrinos, como el alma de los niños. &#8220;Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre&#8221;, escribe Wislawa Szymborska. El poder de la poesía es dar cobijo a esa alma que busca un sitio donde pasar la noche antes de volverse a marchar. Y es en los cuentos de hadas donde se narran, de una forma más pura, esas andanzas del alma.</p>
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		<title>Václav Havel es la Europa del futuro</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 16:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>André Glucksmann</strong>, filósofo. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 30/12/11):</p>
<p>¿Un intelectual no está jamás en su sitio&#8221;. Con estas palabras, lejos de lamentar este desajuste original, el poeta Havel, en la huella de Beckett, Ionesco y Lou Reed, instaura el desarraigo como moderna norma de vida y estrategia de pensamiento. No se trata de una pose. Disidente nada convencional, presidente bohemio, su negativa inexorable a considerarse un Mesías conductor de pueblos fue una forma de cortar de raíz con las pretensiones de los <em>comprometidos</em> de otras épocas. En los últimos tiempos de la Revolución Francesa, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39474/vaclav-havel-es-la-europa-del-futuro/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>André Glucksmann</strong>, filósofo. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 30/12/11):</p>
<p>¿Un intelectual no está jamás en su sitio&#8221;. Con estas palabras, lejos de lamentar este desajuste original, el poeta Havel, en la huella de Beckett, Ionesco y Lou Reed, instaura el desarraigo como moderna norma de vida y estrategia de pensamiento. No se trata de una pose. Disidente nada convencional, presidente bohemio, su negativa inexorable a considerarse un Mesías conductor de pueblos fue una forma de cortar de raíz con las pretensiones de los <em>comprometidos</em> de otras épocas. En los últimos tiempos de la Revolución Francesa, Joseph de Maistre sostenía que el poder espiritual y temporal de un Papa era lo único que podía salvar Europa. Y de una infalibilidad como la que se atribuía al Papa era de lo que presumían los dirigentes comunistas, Lenin y los que vinieron detrás, igual que los <em>führers</em> y los ayatolás.</p>
<p>Por el contrario, la modestia rigurosa de Havel, por un lado escritor, por otro jefe de Estado, le impedía mezclar cielo y tierra: &#8220;Soy de un país lleno de impacientes. Quizá son impacientes porque llevan tanto tiempo esperando a Godot que tienen la impresión de que ya ha llegado. Ese es un error tan monumental como el de esperarlo. Godot no ha llegado. Y menos mal, porque, si llegara un Godot, no sería más que el Godot imaginario, el Godot comunista&#8221;.</p>
<p>A base de tergiversar las más puras convicciones, el despiadado siglo XX desencadenó unas guerras totales con la excusa de defender la paz, y justificó en nombre de un bien supremo esa abominación que fueron los campos de exterminio y los gulags. Ante semejante cataclismo mental, los 242 primeros firmantes de la <em>Carta 77</em> optan por adoptar una &#8220;filosofía negativa&#8221;. Los disidentes, que se enorgullecen de sus diferencias -entre ellos figuran católicos, protestantes, judíos, ateos, de izquierdas, de derechas, nacionalistas y cosmopolitas-, deciden ponerse de acuerdo no <em>en favor</em> de sino <em>contra.</em> La desgracia que comparten les hace solidarios en y por su soledad. &#8220;A veces nos hace falta hundirnos en lo más profundo de la miseria para reconocer la verdad, del mismo modo que nos hace falta caer hasta el fondo del pozo para descubrir las estrellas&#8221;.</p>
<p>La fortaleza de Václav Havel, la fuerza de la disidencia, ese &#8220;poder de los sin poder&#8221;, fue lo que el filósofo Patocka denominó &#8220;solidaridad de los quebrantados&#8221;. Un nombre que aquel intelectual que tanto inspiró a Havel explicaba con detalle: &#8220;Quebrantados porque se ha sacudido su fe en la luz, la vida, la paz&#8230;&#8221;.</p>
<p>El disidente no es una noble alma indignada que vocifera desde el pedestal de su virtud presuntamente perfecta, sino que es alguien que ha sabido volver su indignación contra sí mismo y contra los sueños complacientes con los que había alimentado hasta entonces la pasividad general y la complicidad individual. El enemigo no es un demonio maloliente ni <em>el</em> sistema todopoderoso, sino nuestra servidumbre voluntaria, esa afición tan común a cerrar los ojos y dormir tranquilos, suceda lo que suceda.</p>
<p>Después de la caída del muro de Berlín, el optimismo invadió desde los palacios hasta las cabañas; todo el mundo celebraba el fin de la historia, de las guerras sangrientas y las grandes crisis, ¡todo va bien, señora baronesa! Hoy nos encontramos en la situación contraria: la fatalidad de un apocalipsis (ecológico, financiero o moral) paraliza al ciudadano, le hace volver a refugiarse en su concha. En los dos casos, tanto en la euforia como en la depresión, un destino que el individuo imagina imparable le reduce a la impotencia y la indiferencia. En cambio, Václav Havel y el disidente encarnan una Europa responsable, capaz de examinar y superar las situaciones más trágicas.</p>
<p>Los últimos tiempos: pese a su enorme debilidad, Havel no se quejaba de lo que sufría.</p>
<p>La última manifestación: Havel protesta delante de la Embajada de la China comunista contra el encarcelamiento de Liu Xiaobo y los firmantes de la <em>Carta 08.</em></p>
<p>El último llamamiento: Havel escribe para interceder por Julia Timoshenko, encerrada en las mazmorras poscomunistas de Kiev.</p>
<p>Pese a encontrarse postrado en la cama, Václav se levanta para recibir y felicitar públicamente a dos personas incómodas, el Dalai Lama, a quien los autócratas de Pekín no dejan de vilipendiar públicamente, y el georgiano Mijaíl Saakashvili, al que Putin, siguiendo las tradiciones de su oficio, quiere &#8220;agarrar por los huevos&#8221;. Yo estaba allí, fue hace poco tiempo.</p>
<p>El disidente no se pliega, está locamente enamorado de la libertad. Mi amigo me ha dejado. Y es irreemplazable.</p>
<p>Pero además es victorioso: el 10 y el 24 de diciembre de 2011, una marea humana formada por manifestantes de toda condición, desafía al Kremlin para &#8220;no vivir en la mentira&#8221;, como decía Václav Havel. Sus herederos están en la calle.</p>
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		<title>Cien años con Fernando Benítez</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 15:50:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Carlos Fuentes</strong>, escritor mexicano (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>A las mujeres las llamaba &#8220;princesas&#8221;, a los hombres, &#8220;hermanitos&#8221;. Hace 100 años nació mi gran amigo Fernando Benítez. Periodista, novelista, cronista, autor teatral, el mayor orgullo de Fernando era ser periodista. Su personalidad, sin embargo, rebasaba cualquier profesión. Pequeño y bravo, contaba que su madre le había dicho: &#8220;Eres feo, hijo, pero tienes cara de gente decente&#8221;. Elegante y seductor, Fernando enamoró a bellas mujeres y fue amado por ellas. Celoso, era agresivo con sus rivales, quienes corrían el peligro de ser tomados de las solapas y aplastados contra la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39380/cien-anos-con-fernando-benitez/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Carlos Fuentes</strong>, escritor mexicano (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>A las mujeres las llamaba &#8220;princesas&#8221;, a los hombres, &#8220;hermanitos&#8221;. Hace 100 años nació mi gran amigo Fernando Benítez. Periodista, novelista, cronista, autor teatral, el mayor orgullo de Fernando era ser periodista. Su personalidad, sin embargo, rebasaba cualquier profesión. Pequeño y bravo, contaba que su madre le había dicho: &#8220;Eres feo, hijo, pero tienes cara de gente decente&#8221;. Elegante y seductor, Fernando enamoró a bellas mujeres y fue amado por ellas. Celoso, era agresivo con sus rivales, quienes corrían el peligro de ser tomados de las solapas y aplastados contra la pared o, de plano, recibir un botellazo en la cabeza. En un bar portuario de Veracruz, sacó a bailar a una muchacha muy guapa. Al rato, se apareció el galán de la misma, un marinero argentino, que le espetó a Benítez:</p>
<p>-Déjala. Podías ser mi padre.</p>
<p>-Pude. Pero no quise -contestó Benítez antes de que se armara, como antes se decía, &#8220;la de San Quintín&#8221;.</p>
<p>Cuando esta ciudad era más pequeña, Benítez encabezaba una caminata diaria del restaurante Sanborn&#8217;s de Madero a las oficinas del <em>Novedades</em> en Balderas. Se iba deteniendo a platicar en las librerías y cafés del rumbo, sobre todo en la librería Obregón de la avenida Juárez, donde dictaminaba sobre los libros y autores nuevos. Yo acababa de publicar, a los 25 años, mi primer libro, <em>Los días enmascarados,</em> y Benítez, con displicencia, me dijo:</p>
<p>-Con un librito de cuentos no se salva nadie.</p>
<p>Y se fue, paseando su elegancia y recomendando a los políticos:</p>
<p>-¿Por qué no se hace usted sus trajes en Macazaga, como yo?</p>
<p>Luego nos hicimos amigos muy cercanos y ser amigo de Benítez era una aventura, a veces procurada por él mismo. La revista <em>Siempre!</em> nos pagaba cada sábado 200 pesos por colaboración, 200 pesos en billetes de un peso. Esto provocaba indignación y risa en Benítez. Los 200 pesos de a peso demandaban ser gastados cuanto antes. Benítez, conduciendo su BMW, arrancaba a 200 kilómetros por hora. Lo perseguía la policía motorizada. Lo detenían. Fernando tomaba un puñado de billetes y los arrojaba a la calle. Los <em>mordelones,</em> a su vez, se arrojaban sobre la billetiza olvidando a Benítez. Este arrancaba, exclamando: -¡miserables!- y repetía la provocación hasta que se acababan los billetes.</p>
<p>Manejaba a altas velocidades ese BMW que invertía apenas una hora en llegar a Tonantzintla, donde Fernando se encerraba a escribir sus libros en un ambiente conventual cuya única distracción era mirar de noche a las estrellas en el observatorio dirigido por Guillermo Haro. Allí escribí buena parte de <em>La muerte de Artemio Cruz.</em> De vez en cuando, caían visitas -Agustín Yáñez, Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea-, pero Tonantzintla era centro de trabajo, disciplina y silencio.</p>
<p>Allí regresaba después de sus excursiones a los sitios más apartados del país. A caballo, en burro, a pie, cruzaba desiertos y escalaba montañas para documentar al México olvidado. Huicholes y tepehuanes, coras y tzotziles, mixtecos y mazatecos. Los miraba con objetividad pero era partícipe de una subjetividad conflictiva. Los indios eran suyos -son nuestros- y serán ajenos. Benítez sentía que no podía ser un mexicano completo sin ellos, aunque ellos viviesen totalmente indiferentes a él.</p>
<p>Fernando escribió sobre los indios a sabiendas de que muchos de ellos se estaban muriendo poco a poco, víctimas del abuso, la injusticia, la soledad, la miseria y el alcohol. La pregunta de Benítez nos concierne a todos: ¿Cómo salvar los valores de estas culturas, salvándolas de la injusticia? ¿Pueden mantenerse los valores del mundo indígena, lado a lado con los avances del progreso moderno y la norma nacional del mestizaje? Hay un mixteco que le dice a Benítez: &#8220;Me quieren matar porque hablo español&#8221;. Porque &#8220;la costumbre, esa corteza dura de vida y supersticiones que los mantiene atados de pies y manos es al mismo tiempo la unidad del grupo, la preservación de su carácter y de su vida&#8221;.</p>
<p>La lectura de <em>Los indios de México</em> crea en nosotros la conciencia de que nuestros primeros habitantes son parte de nuestra comunidad policultural. La justicia que ellos reciban será inseparable de la que nos rija a nosotros mismos.</p>
<p>La devoción de Benítez al mundo indígena de México, sus aventuradas excursiones a los sitios más apartados del país, minaron una salud que parecía inquebrantable y que lo ayudó en su otra gran tarea, que fue la de crear el periodismo cultural moderno en México. Secretario de Héctor Pérez Martínez, primer ministro de Gobernación del presidente Miguel Alemán, Benítez parecía destinado a una carrera política. Pérez Martínez, el autor de las biografías de Cuauhtémoc y Juárez, era considerado el heredero natural de Alemán y Gobernación, era el trampolín a la presidencia. La temprana muerte de Pérez Martínez, en 1948, a los 42 años de edad, alejó a Benítez de la política. Dirigió el periódico <em>El Nacional, </em>órgano oficial del Gobierno, pero desde allí atacó la conducta del canciller Torres Bodet en la Conferencia Interamericana de Quitandinha. Benítez dejó <em>El Nacional</em> pero a cambio fundó, en <em>Novedades,</em> el modelo mismo de un gran suplemento de cultura, asistido por Miguel Prieto, Vicente Rojo, Henrique González Casanova, Elvira Gascón y otros colaboradores. Benítez dio formato y contenido a una vida cultural que emergía del conocimiento de sí misma (la hazaña cultural de la Revolución) y se dirigía al conocimiento del mundo abrazando de manera muy especial a la migración republicana española. El equilibrio de Benítez lo demuestra la presentación de mi primera novela, <em>La región más transparente.</em> De un lado, la criticaba acerbamente Elena Garro. Del otro lado, la elogiaba críticamente Luis Cardoza y Aragón.</p>
<p>La larga vida del suplemento de <em>Novedades </em>terminó cuando Benítez insistió en publicar un largo reportaje sobre la recién nacida Revolución Cubana. El periódico se lo reprochó y Benítez, junto con sus huestes (acrecentadas por los jóvenes escritores Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco) renunció y buscó nuevo techo. Nos lo dio el gran jefe José Pagés Llergo, en la fortaleza sitiada de la revista <em>Siempre!</em> Desde allí escribió sus libros <em>La ruta de Hernán Cortés </em>y <em>Ki el drama de un pueblo y una planta. </em>Cercanos todos al general Lázaro Cárdenas, Benítez escribió también una biografía en tres tomos, <em>Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana</em> y se propuso viajar a Cuba con el expresidente en el momento de la invasión de Bahía de Cochinos, viaje impedido por el Gobierno de Adolfo López Mateos.</p>
<p>Visitamos a López Mateos en Los Pinos para respaldar la política mexicana de no-intervención en Cuba. Una semana después, marchamos del Hemiciclo al Zócalo en defensa de Cuba. En Madero, las fuerzas policiales nos cerraron el paso entre San Juan de Letrán y el Zócalo, atacándonos a bastonazos y con gases lacrimógenos. El secretario de Gobernación era Gustavo Díaz Ordaz. Benítez terminó con las costillas rotas, pero no cejó en su determinación de periodista. Poco más tarde, junto con Víctor Flores Olea, documentamos el asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo y su familia al pie de la pirámide de Xochicalco. Nuevamente, la presión oficial contra Benítez y el equipo de <em>La cultura en México</em> fue resistido por Pagés Llergo, como lo fue durante las jornadas de octubre de 1968, cuando Benítez y su equipo, nuevamente, denunciaron el crimen de Tlatelolco, atacaron al Gobierno de Díaz Ordaz y defendieron a Octavio Paz cuando renunció a la Embajada de México en India.</p>
<p>Durante sus últimos años, Benítez, junto con su mujer Georgina, reunió una colección asombrosa de arte precortesiano e indagó en la vida colonial de México con una serie de volúmenes sobre la sociedad novohispana: <em>Los primeros mexicanos; Los demonios en el convento: sexo y religión en la Nueva España,</em> así como un par de novelas que abordaban <em>-El agua envenenada-</em> el perdurable tema de la tiranía caciquil y <em>-El rey viejo-</em> la fuga y muerte de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo.</p>
<p>-Hermanito -me dijo un día-, ya no escribiré más novelas. No puedo competir con García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar.</p>
<p>Se equivocaba. La obra de Benítez es tan vasta y multitemática como aquí he querido consignar y, a los 100 años de su nacimiento, el mejor homenaje es volverlo a leer. Es como repasar el siglo XX mexicano.</p>
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		<title>¿Quién teme a los lectores?</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 15:49:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39379/quien-teme-a-los-lectores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>J. Ernesto Ayala-Dip</strong>, crítico literario (EL PAÍS, 24/12/11):</p>
<p>Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como si nos perdiéramos algo. Como si nos faltara una pieza para armar el rompecabezas en que se ha convertido el mundo actual, y dentro de él, el libro y la lectura.</p>
<p>A veces es como si desconociéramos, nosotros que tanto pontificamos sobre la mejor manera de iniciar a los neófitos en la lectura, la reunión de tantas circunstancias y azares que tienen que darse en la vida de una persona para que se instale en el difícil reino de los libros. ¿Tenemos alguna noticia aproximada de cuánto cuesta descubrir el hábito de la lectura? ¿Aceptaríamos que los caminos que conducen hasta una novela o un libro de divulgación, independientemente de su calidad literaria, no dependen solo de la capacidad de elección del lector, sino de multitud de factores que no siempre controla, factores sociales, ambientales, educativos, económicos, etcétera? Eso sin contar que infinidad de veces un lector se hace espontáneamente; un buen día, como por arte de magia, introduce en su vida el verbo leer, como un milagro diría, cuestión que no hace sino remarcar la complejidad de la cuestión. ¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas. Un derecho de ese calado no se consigue así como así. Descubrir un día que podemos apartarnos (o evadirnos, digámoslo sin miedo) unas horas de nuestras vidas y entrar en un territorio desconocido en el cual intuimos o sentimos que la vida está allí representada (de mejor o peor manera) es un trabajo tan arduo que cuesta creer que con nuestro orgullo elitista de expertos podamos desacreditarlo de un plumazo solo porque no se lee la novela o el género de libro que nuestro selecto canon exige leer. También no es menos verdad que existe una operación contraria. Son los que radicalmente no comulgan con lo que ellos fantasean como lecturas aristocráticas. Proclaman la inutilidad de una literatura escrita solo para entendidos, autocomplacientes en sus formas opacas para el grueso de la mayoría de los potenciales lectores. Uno y otros se arrogan jurisdicción propia. Se retroalimentan. Si los reuniéramos en una habitación, las paredes se caerían antes de que se pusieran de acuerdo. ¿Qué tipo de lectores son, entonces, estos ideólogos de la lectura única y excluyente? ¿Lectores totalitarios? Sería lo más parecido a la impresión que inspiran, aunque duela emplear un adjetivo con tantas desagradables resonancias.</p>
<p>Todos los días vemos en el transporte público a personas leyendo. Es una experiencia cotidiana. Posiblemente confundido entre ellas esté acechando el lector totalitario, el delegado de una u otra oficina lectora. Antes de controlar lo que leen, dicho delegado tendría que atender a otra cuestión mucho más gratificante y extraer alguna conclusión. Por ejemplo, ¿qué más da que aquellas personas lean a Marcel Proust o a Ken Follet, a Javier Marías o Carlos Ruiz Zafón? ¿Cambian esos autores, por ser quienes son, la devoradora atención con la que los leen, distorsionan negativamente o aumentan beneficiosamente la dignidad del paisaje humano que configuran al tener un libro entre sus manos? ¿Y dónde queda entonces el placer de la lectura con el cual tantas veces nos hemos llenamos la boca?</p>
<p>Desde hace un tiempo estamos asistiendo a una tendencia en el conjunto de los lectores españoles. Por un lado están los que solo leen <em>bestsellers.</em> Y por otro los que solo leen autores llamados de calidad. Son los exponentes del mercado polarizado de la lectura. Probablemente no tan irreconciliables como los gurús de sus respectivos partidos. Pero hay un tercer universo. Un lector transversal. Y sobre todo, a tono con los tiempos de saludable desconcierto espiritual que corren, un lector hedonista. En resumen, un lector que pasa del <em>bestseller</em> a la novela de calidad que inesperadamente se pone de moda, o viceversa. Ese lector existe y comienza a afianzarse, de la misma manera que se afianza el consumo transversal de diseño, de moda, de museos o de gastronomía. Respetemos a los consumidores de libros. Sean de un signo o del otro. O de los dos a la vez. Cada uno es responsable de lo que lee. Y alegrémonos de su felicidad de lectores.</p>
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		<title>Havel: el arte de lo imposible</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 14:54:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Político]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Àngel Castiñeira</strong> y <strong>Josep M. Lozano</strong>, profesores de Esade (LA VANGUARDIA, 23/12/11):</p>
<p>Con la muerte de Václav Havel todos nos hemos quedado más solos, y el mundo se ha convertido en un lugar un poco más inhóspito. Hace más frío, y tenemos que volver a buscar calor en el único refugio que nos humaniza: la palabra. Havel fue un hombre de palabra, en todos los sentidos de la expresión. En una época y unos tiempos en los que la palabra no era retórica vacía, palabrería hueca para ir pasando el rato. Una época y unos tiempos donde se &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39362/havel-el-arte-de-lo-imposible/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Àngel Castiñeira</strong> y <strong>Josep M. Lozano</strong>, profesores de Esade (LA VANGUARDIA, 23/12/11):</p>
<p>Con la muerte de Václav Havel todos nos hemos quedado más solos, y el mundo se ha convertido en un lugar un poco más inhóspito. Hace más frío, y tenemos que volver a buscar calor en el único refugio que nos humaniza: la palabra. Havel fue un hombre de palabra, en todos los sentidos de la expresión. En una época y unos tiempos en los que la palabra no era retórica vacía, palabrería hueca para ir pasando el rato. Una época y unos tiempos donde se podía razonar y hablar porque todavía no habíamos sido encarcelados por corsés como los 140 caracteres o los cortes de 20 segundos.</p>
<p>Nos ha tocado vivir tiempos acelerados. Y la aceleración vital es la comadrona del olvido. Todo va demasiado deprisa, y hemos aprendido a vivir en una atención distraída, arrastrada por el nerviosismo de tener que estar al tanto de mil cosas a la vez, y de ninguna en concreto. El futuro parece que se juegue siempre en las próximas 24 horas, y más allá todo es un agujero negro, ignoto. Y, lentamente, nos vamos conformando con lo que nos ha tocado vivir, resignados bajo la estúpida creencia de que es mejor no hablar demasiado, porque todo podría ser peor. Vivimos entretenidos, y por eso mismo desarraigados, hojeando quizás algún libro de autoayuda, palabra glacial que no refleja más que la constatación de que nos adentramos en unos tiempos donde nadie puede esperar más ayuda que la que se puede proporcionar a sí mismo. La autoayuda, al fin y al cabo, no es más que el certificado de defunción de la palabra.</p>
<p>Havel fue un hombre de palabra. Pura redundancia, por cierto, pues los humanos sólo lo somos en la medida en que nos convertimos en seres de palabra. Por eso, como inútil búsqueda de consuelo ante su muerte y como homenaje a su vida podemos recuperar, por ejemplo, su discurso de Año Nuevo de 1990, al poco de ser elegido presidente de su país. Allí nos dijo a todos –y no sólo a sus conciudadanos: “Vamos a enseñarnos a nosotros mismos y a los demás que la política puede no ser simplemente el arte de lo posible, especialmente si esto significa el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los acuerdos secretos y las maniobras pragmáticas, sino que puede ser también el arte de lo imposible, es decir, el arte de mejorarnos a nosotros mismos y al mundo”.</p>
<p>El arte de lo imposible, eso es. Y, por favor, no hagamos lo que tan bien sabemos hacer: pensar que esto es sólo para los políticos, porque Havel no nos lo perdonaría nunca. Esto se dirige, en último término, a todos nosotros, porque todos nosotros contribuimos, al nivel de nuestras posibilidades, con nuestras actividades y con nuestras responsabilidades, a la construcción del espacio público que compartimos. El arte de lo imposible es &#8230; posible. El arte de mejorarnos a nosotros mismos y al mundo: no podemos aspirar a mejorar el mundo si renunciamos a mejorarnos a nosotros mismos; no podemos esperar mejorarnos a nosotros mismos si renunciamos a mejorar el mundo. Es el arte –¡el arte!– de lo imposible porque, efectivamente, hemos llegado a creer que es imposible, y la sumisión a esta creencia es nuestra verdadera y primigenia derrota como humanos.</p>
<p>Havel fue uno de esos extraños milagros de la historia. Alguien que se convirtió a la vez líder y referente. Los líderes nos plantean retos, nos movilizan, catalizan cambios, nos proponen horizontes y dibujan caminos para dirigirse a ellos. Los líderes nos dicen que podemos aspirar a más, que no estamos condenados a seguir respirando el aire rancio que nos rodea. Los referentes se convierten en testimonios para quienes los conocen. Testimonio de que los humanos podemos vivir humanamente. Los referentes lo son por su manera manera de vivir, por su trayectoria, por su biografía. Lo son porque dan rostro a valores. Por eso un diccionario de valores no puede ser una recopilación de definiciones, sino una recopilación de biografías. Los referentes nos inspiren, nos ayudan a respirar, nos dicen que podemos ser mejores. Por eso el arte de lo imposible es un reto para todos, porque quizás no todos podremos o deberemos ser líderes, pero todos podemos ser referentes, si no renunciamos a avanzar mínimamente en el arte de lo imposible. Y si nos ayudamos mutuamente en el aprendizaje de este arte, con la palabra y el gesto. Porque hoy los que nos hace falta de verdad no es la auto-ayuda, sino la auténtica alter-ayuda.</p>
<p>Por eso nos puede confortar acabar con otro fragmento del mismo discurso: “Lo peor es que vivimos en un ambiente moral contaminado. Enfermamos moralmente porque nos acostumbramos a decir algo diferente de lo que pensábamos. Hemos aprendido a no creer en nada, a ignorarnos unos a otros, a estar atentos sólo a nosotros mismos. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y su dimensión, y para muchos de nosotros representaban sólo peculiaridades psicológicas, o parecían recuerdos perdidos de tiempos antiguos, algo un poco ridículo en la era de los ordenadores y las naves espaciales”.</p>
<p>Al conocer la noticia de su muerte, el presidente Barack Obama dijo que Havel vivió con un espíritu de esperanza que definió como “la capacidad de trabajar por alguna cosa porque es bueno, no sólo porque representa una oportunidad de tener éxito”. Quizás, en cierto modo, el arte de lo imposible comporta también perder ese miedo a parecer ridículo en los tiempos que corren. Cuando los avatares de la historia nos obsequian con la insólita coincidencia de una vida humana capaz de conjugar el papel de líder y el de referente, entonces estamos ante una forma única e invencible de liderazgo, el liderazgo moral. ¡Cuán necesario es en todos los ámbitos de nuestro país!</p>
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		<title>The Power of China’s Powerless</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 13:03:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
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		<category><![CDATA[Político]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Ma Jian&#8217;s</strong>. His most recent novel is <em>Beijing Coma</em> (Project Syndicate, 23/12/11):</p>
<p>No sooner had I finished reading an article that eulogized Václav Havel, the playwright turned dissident turned peaceful revolutionary turned president who had just died, than two subsequent news stories set Havel’s extraordinary career in context: the death of Kim Jong-il, North Korea’s pornography-addicted and nuclear-armed supreme leader, and the peaceful protests against land expropriation by the villagers of Wukan in Guandong province, southern China.</p>
<p>If Havel ever had any moments of doubt about his lasting positive impact on the world, I hope he was able &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39353/the-power-of-china%e2%80%99s-powerless/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Ma Jian&#8217;s</strong>. His most recent novel is <em>Beijing Coma</em> (Project Syndicate, 23/12/11):</p>
<p>No sooner had I finished reading an article that eulogized Václav Havel, the playwright turned dissident turned peaceful revolutionary turned president who had just died, than two subsequent news stories set Havel’s extraordinary career in context: the death of Kim Jong-il, North Korea’s pornography-addicted and nuclear-armed supreme leader, and the peaceful protests against land expropriation by the villagers of Wukan in Guandong province, southern China.</p>
<p>If Havel ever had any moments of doubt about his lasting positive impact on the world, I hope he was able to see reports from Wukan before he died. In that fishing village of 6,000, the “power of the powerless” that Havel promoted as a means to undermine totalitarian rule was demonstrated anew, and with such enormous dignity and discipline that it has galvanized China like no protest since those in Tiananmen Square in the spring of 1989.</p>
<p>Kim, in a sense, was the anti-Havel, lacking not only moral scruples, but even the usual dictatorial concern for how a country is managed. His death made me recall that of Mao Zedong, with all the mass hysteria – real and feigned – that accompanies the demise of a self-anointed god.</p>
<p>But Mao’s death did at least end the era of caesarism in China. Because he had no son to succeed him, Mao appointed a five-person politburo to do the job. Its members, which included his nephew, Mao Yuanxin, his mistress, Zhang Yufeng, and Jiang Qing, his last wife – were as incompetent at governing as Kim, but, following the disaster of the Cultural Revolution, antagonism to them in the military and other state institutions was too widespread for them to last. They, and the Gang of Four (of which Jiang Qing was a member), were soon ousted.</p>
<p>China’s transit from caesarism to despotism, and then from Marxism to capitalism, has been fortunate for China’s citizens. North Korea’s bad luck is that, despite his incompetence, Kim Jong-il seems to have managed to bequeath the dynasty he inherited to his youngest son, Kim Jong-un. Given other North Korean institutions’ apparent indifference to the mess that the Kims have made of their country, there seems scant chance of any serious change of course being initiated from within. A fight for power, however, might yet spell the end of the regime.</p>
<p>North Korea is a kind of looking-glass world to Havel’s dictum that, to survive under totalitarianism, one must live in truth. Fortunately for Havel, Czechoslovakia’s small-minded communist rulers were also small-minded in their lies. But when every aspect of society is built, as in North Korea, on a Big Lie, and then an Even Bigger Lie, it is probably hard to maintain one’s sanity, let alone the ability to live in truth.</p>
<p>In any case, Kim Jong-un’s reign is unlikely to last or be as certifiably crazed as those of his father and grandfather. Communism, thanks to the lure of successful market economies and the example set by people like Havel, has put the system under such external strain that Kim III has nowhere to turn for effective help. Indeed, even the two regimes most eager to maintain the Kim dynasty – China’s and Russia’s – are feeling pressure from their disaffected but, it now seems, not-so-powerless populations.</p>
<p>In Wukan, simple villagers were unafraid to challenge the might of the local party and police when officials stole their land for a development project. In Henan, policemen have gone into the streets demanding that human rights be protected. In Dalian, hundreds of thousands of people protested against the construction of petrochemical plant.<strong><em> </em></strong>Unlike what has happened so far in Wukan, the Dalian protest was crushed, but it – like the tens of thousands of other protests across China last year – signaled to the ruling party that ordinary Chinese are no longer interested only in the politically passive pursuit of material gain.</p>
<p>In Russia, Prime Minister Vladimir Putin’s situation is much the same. Following the sham elections in early December, massive protests erupted in Moscow and Saint Petersburg. And those marching were not the usual impoverished rabble-rousers, but Russia’s new middle classes. Like the villagers of Wukan, they have simply had enough of official dishonesty.</p>
<p>North Koreans have suffered coercion for a long time, and although they are brainwashed to be docile and loyal to Kim’s dynasty, you just cannot imagine how they will remain at the beck and call of Kim Jong-un, who has no credentials, military or otherwise, to rule. Given its increasingly isolated international position in Asia, if North Korea’s internal conflicts become acute, China may find it difficult to behave toward Kim Jong-un with anything but cold and anxiety-ridden indifference.</p>
<p>And recall that it was indifference to the non-reforming East European communist regimes on the part of Mikhail Gorbachev and the Soviet Union that ultimately sealed  their fate and delivered Havel from a prison cell to Prague Castle. Havel, of course, was a beneficiary of such indifference, but he never practiced it, remaining a fighter for truth and freedom throughout his life.</p>
<p>For Chinese concerned about how to live in truth, Havel remains our exemplar. The Charter 77 movement that he founded provided the template for men like the imprisoned Nobel laureate Liu Xiaobo, who helped to found Charter 08, which proclaimed that Chinese, too, could live in dignity and freedom.</p>
<p>Kim Jong-il’s demise reminds us that all people are equal before death. Havel’s passing reminds us that the value of life will eventually gain respect.</p>
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		<title>Vaclav Havel, portrait intellectuel d&#8217;un penseur du post-totalitarisme</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Dec 2011 08:56:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Político]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Par <strong>Jacques Rupnik</strong>, directeur de recherches à Sciences Po et ancien conseiller de Vaclav Havel (LE MONDE, 22/12/11):</p>
<p>Vaclav Havel incarne aux yeux de ses concitoyens comme dans les perceptions internationales le philosophe roi, l&#8217;intellectuel dissident confronté à l&#8217;épreuve du pouvoir, entre la réinvention de la démocratie et celle d&#8217;un nouvel ordre européen. D&#8217;où la tendance à lire sa biographie comme l&#8217;illustration du dilemme classique dans la quête du bien commun entre la <em>vita activa</em> et la <em>vita contemplativa</em>, entre l&#8217;homme politique aux prises avec les contraintes et les apparences du pouvoir et l&#8217;intellectuel dont le rôle est &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39330/vaclav-havel-portrait-intellectuel-dun-penseur-du-post-totalitarisme/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Par <strong>Jacques Rupnik</strong>, directeur de recherches à Sciences Po et ancien conseiller de Vaclav Havel (LE MONDE, 22/12/11):</p>
<p>Vaclav Havel incarne aux yeux de ses concitoyens comme dans les perceptions internationales le philosophe roi, l&#8217;intellectuel dissident confronté à l&#8217;épreuve du pouvoir, entre la réinvention de la démocratie et celle d&#8217;un nouvel ordre européen. D&#8217;où la tendance à lire sa biographie comme l&#8217;illustration du dilemme classique dans la quête du bien commun entre la <em>vita activa</em> et la <em>vita contemplativa</em>, entre l&#8217;homme politique aux prises avec les contraintes et les apparences du pouvoir et l&#8217;intellectuel dont le rôle est précisément d&#8217;interpeller le pouvoir.</p>
<p>Une relecture de ses essais politiques permet pourtant de dissiper quelques malentendus et d&#8217;établir Vaclav Havel comme un penseur politique majeur du dernier demi-siècle. <em>Le Pouvoir des sans-pouvoir</em> (Calmann-Lévy, 1994) est lu aux quatre coins du monde depuis sa parution en samizdat en 1978, de Pékin, où une charte 08 s&#8217;inspire directement de l&#8217;héritage havelien, à Téhéran, où le mouvement vert y a fait référence, en passant par Harvard. Havel a renouvelé la réflexion sur le concept de totalitarisme. Il a formulé, à partir de l&#8217;expérience de la dissidence, une éthique et la société civile comme fondement du politique et d&#8217;un espace public démocratique.</p>
<p>C&#8217;est précisément au moment où la science politique occidentale abandonnait le concept de totalitarisme comme produit peu scientifique de la guerre froide que Vaclav Havel et la dissidence centre-européenne se réappropriaient le concept en le redéfinissant à travers la notion de &#8220;post-totalitarisme&#8221; (c&#8217;est-à-dire un <em>&#8220;totalitarisme failli&#8221;</em>, ou <em>&#8220;totalitarisme aux dents cassées&#8221;</em>, selon Adam Michnik). Alors que le totalitarisme des années 1950 reposait sur la terreur de masse, le post-totalitarisme des années 1970 et 1980 visait la soumission et la résignation par une répression sélective et le mensonge institutionnalisé. <em>&#8220;Accoutumance&#8221;</em>, <em>&#8220;assimilation&#8221;</em>, <em>&#8220;adaptation&#8221;</em> à la menace, &#8211; ces termes renvoient à la fois à des stratégies de repli des individus et tiennent lieu de lien social dans la phase post-totalitaire du système communiste.</p>
<p>La peur comme mode de gouvernement, comme instrument de l&#8217;atomisation de la société, de <em>&#8220;son asservissement spirituel, politique et moral&#8221;</em>. Contrairement à sa phase initiale où le pouvoir recherche l&#8217;adhésion collective à une vision idéologique du changement révolutionnaire, le post-totalitarisme recherche la démoralisation de chacun et la perte de tout espoir de changement.</p>
<p>Ce qui distingue le post-totalitarisme peut se résumer ainsi : l&#8217;idéologie reste un mode de légitimation ritualisé, mais il n&#8217;est plus question d&#8217;adhésion, seulement de comportement conforme. Le communisme des années 1950 se voulait spartiate et faisait de la pénurie nécessaire une vertu. Le post-totalitarisme était pour Vaclav Have, <em>&#8220;la rencontre historique de la dictature et de la société de consommation&#8221;.</em></p>
<p>Sans doute la plus dérangeante innovation havelienne dans sa définition du post-totalitarisme est que, à la différence des dictatures classiques, la ligne de clivage ne passe plus seulement entre l&#8217;Etat-parti et la société, entre dominants et dominés, mais par chaque individu. Lequel devient à sa manière victime et support du système. C&#8217;est là l&#8217;un des ressorts profonds du régime et qui explique, en partie, les difficultés qu&#8217;ont depuis 1989 les sociétés d&#8217;Europe centrale à se confronter à leur passé.</p>
<p>L&#8217;&#8221;anti-politique&#8221; de Havel renvoie ainsi à un déficit de légitimité de la politique. La politique doit se légitimer par quelque chose qui la dépasse, des valeurs éthiques et spirituelles. La dissidence n&#8217;avait pas l&#8217;ambition de conquérir le pouvoir et rejetait la politique comme technologie du pouvoir, mais cherchait à devenir un contre-pouvoir : l&#8217;auto-organisation de la société civile comme conquête progressive et non-violente d&#8217;un espace public libre.</p>
<p>Ainsi, le primat de l&#8217;éthique et la société civile favorisent l&#8217;émergence d&#8217;une culture civique sans laquelle &#8220;l&#8217;invention démocratique&#8221; d&#8217;après-1989 serait vouée à l&#8217;échec. Et au-delà : ceux qui réfléchissent aujourd&#8217;hui à la crise du politique et de la représentation, ou observent &#8211; inquiets &#8211; une Europe réunifiée dans la crise de la démocratie et les poussées populistes, liront avec profit les discours du Havel-président ; son rappel des fondamentaux, des valeurs, mais aussi des thèmes et des enjeux qui donnent un sens à l&#8217;engagement civique et à une communauté politique.</p>
<p>La troisième contribution majeure de Vaclav Havel concerne l&#8217;Europe, la crise de sa civilisation et les déboires de sa Constitution. Car sa réflexion sur le totalitarisme et la démocratie ne se contente pas d&#8217;opposer leurs régimes politiques. En disciple du philosophe Jan Patocka (1907-1977), Havel ne voit pas la domination d&#8217;un pouvoir hypertrophié, bureaucratique et impersonnel comme une simple aberration du <em>&#8220;despotisme oriental&#8221;</em>, mais un avatar de la modernité industrielle occidentale, <em>&#8220;une image grotesquement agrandie de ses propres tendances&#8221;</em>, à savoir le scientisme, le fanatisme de l&#8217;abstraction, la poursuite effrénée de la consommation et de ce qu&#8217;il appelle <em>&#8220;croissance de la croissance&#8221;</em>.</p>
<p><em>&#8220;La plus grande faute que l&#8217;Europe occidentale pourrait commettre, </em>écrivait Havel dans <em>La Politique et la Conscience</em> en 1984, <em>serait (&#8230;) de ne pas comprendre les régimes post-totalitaires tels qu&#8217;ils sont en dernière analyse, c&#8217;est-à-dire comme un miroir grossissant de la civilisation moderne en son entier.&#8221;</em> Autrement dit, la fin du communisme ne fait pas disparaître la question.</p>
<p>C&#8217;est là aussi que la réflexion sur la crise de notre civilisation rejoint après 1989 la question de l&#8217;Europe, du <em>&#8220;retour à l&#8217;Europe&#8221;, </em>qui ne se réduit pas à <em>&#8220;l&#8217;élargissement de l&#8217;UE&#8221;</em> aux pays d&#8217;Europe centrale. Ainsi, Vaclav Havel fut le premier homme d&#8217;Etat européen, avant Joschka Fischer et quelques autres, à préconiser dans les années 1990 une Constitution européenne. Il l&#8217;a fait, entre autres, dans un discours important, en mars 1999, devant le Sénat français, où il préconisait un texte court, inspiré et intelligible à tous, qui inviterait à une <em>&#8220;parlementarisation&#8221;</em> et à une <em>&#8220;fédéralisation&#8221;</em> des institutions européennes.</p>
<p>A l&#8217;heure où les princes qui nous gouvernent sont amenés par la crise de l&#8217;euro à faire du &#8220;fédéralisme par inadvertance&#8221;, on ne peut s&#8217;empêcher de penser que si, au lieu d&#8217;un pensum confus et indigeste de quelques milliers de pages que personne n&#8217;a lu, les Européens s&#8217;étaient mis en quête d&#8217;un &#8220;père fondateur&#8221; capable de rédiger un texte concis, fort et accessible à tous, sur les raisons d&#8217;être du projet européen, y compris son &#8220;fédéralisme&#8221;, comme ambition politique plutôt que comme gestion de la dette, ils auraient pu en confier la rédaction à Vaclav Havel lui-même&#8230;</p>
<p>On pourrait conclure ce rapide portrait intellectuel de Vaclav Havel en relevant quelques paradoxes concernant l&#8217;intellectuel et le pouvoir. L&#8217;intellectuel dissident propulsé au pouvoir préside aussi au déclin du rôle de l&#8217;intellectuel et du statut de la culture dans la société démocratique. Il incarne un héritage de la dissidence qui sera sans doute commémoré aujourd&#8217;hui, mais sans être vraiment adopté par les élites politiques de son pays.</p>
<p>Vaclav Havel n&#8217;avait pas prédit la chute du communisme pour l&#8217;automne 1989, mais il avait analysé les raisons pour lesquelles les régimes dits du &#8220;socialisme réel&#8221; étaient condamnés. Un système qui déployait tous ses moyens pour mettre la société sous contrôle ou sous anesthésie &#8211; Havel emprunte ici une métaphore à la physique &#8211; souffre d&#8217;une généralisation de l&#8217;entropie, c&#8217;est-à-dire une perte constante d&#8217;énergie.</p>
<p>Son incapacité à se renouveler l&#8217;amène à sombrer dans une crise profonde et le condamne à terme. La peur change de camp et même le marchand de légumes, immortalisé par Vaclav Havel, peut retirer le panneau <em>&#8220;prolétaires de tous les pays unissez-vous&#8221; </em>et &#8211; qui sait ? &#8211; se risquer à se joindre place Venceslas à la foule qui applaudit le dissident sur un balcon en scandant : <em>&#8220;Havel président !&#8221;</em></p>
<p>Dans Les Soutiens de la société d&#8217;Ibsen, écrit en 1877, on trouve une phrase que Havel n&#8217;aurait pas désavouée, qui sied à 1989 comme au &#8220;printemps arabe&#8221; et que feraient bien de méditer tous les pouvoirs trop sûrs de leur fait : <em>&#8220;Un moment peut venir, un mot peut être dit, et vous et toute votre splendeur s&#8217;effondreront&#8221;</em>&#8230;</p>
<p>L&#8217;itinéraire de Vaclav Havel nous rappelle les surprises et les ironies de l&#8217;histoire, mais aussi que la &#8220;sortie de Yalta&#8221; et de l&#8217;Europe divisée ne se réduit pas à un événement, fût-il spectaculaire et retransmis en direct comme la chute du mur de Berlin ou la &#8220;révolution de velours&#8221; à Prague, mais est un long processus de conquête de la liberté dont l&#8217;héritage dans la pensée politique reste pertinent pour l&#8217;Europe d&#8217;aujourd&#8217;hui.</p>
<hr />
<p>Disparu dimanche 18 décembre, Vaclav Havel sera enterré, vendredi 23 décembre, à la cathédrale Saint-Guy au Château de Prague, en présence de nombreux invités étrangers dont le président Nicolas Sarkozy. Le gouvernement tchèque a décrété un deuil national pour les 21, 22 et 23 décembre.</p>
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		<title>The Power of Living in Truth</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Dec 2011 19:37:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Político]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Jeffrey D. Sachs</strong>, Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals (Project Syndicate, 20/12/11):</p>
<p>The world’s greatest shortage is not of oil, clean water, or food, but of moral leadership. With a commitment to truth – scientific, ethical, and personal – a society can overcome the many crises of poverty, disease, hunger, and instability that confront us. Yet power abhors truth, and battles it relentlessly. So let us pause to express gratitude to Václav Havel, who died this month, for &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39307/the-power-of-living-in-truth/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Jeffrey D. Sachs</strong>, Professor of Economics and Director of the Earth Institute at Columbia University. He is also Special Adviser to United Nations Secretary-General on the Millennium Development Goals (Project Syndicate, 20/12/11):</p>
<p>The world’s greatest shortage is not of oil, clean water, or food, but of moral leadership. With a commitment to truth – scientific, ethical, and personal – a society can overcome the many crises of poverty, disease, hunger, and instability that confront us. Yet power abhors truth, and battles it relentlessly. So let us pause to express gratitude to Václav Havel, who died this month, for enabling a generation to gain the chance to live in truth.</p>
<p>Havel was a pivotal leader of the revolutionary movements that culminated in freedom in Eastern Europe and the end, 20 years ago this month, of the Soviet Union. Havel’s plays, essays, and letters described the moral struggle of living honestly under Eastern Europe’s Communist dictatorships. He risked everything to live in truth, as he called it – honest to himself and heroically honest to the authoritarian power that repressed his society and crushed the freedoms of hundreds of millions.</p>
<p>He paid dearly for this choice, spending several years in prison and many more under surveillance, harassment, and censorship of his writings. Yet the glow of truth spread. Havel gave hope, courage, and even fearlessness to a generation of his compatriots. When the web of lies collapsed in November 1989, hundreds of thousands of Czechs and Slovaks poured into the streets to proclaim their freedom  – and to sweep the banished and jailed playwright into Prague Castle as Czechoslovakia’s newly elected president.</p>
<p>I personally witnessed the power of living in truth in that year, when the leadership of Poland’s Solidarity movement asked me to help Poland with its transition to democracy and a market economy – part of what the Poles called their “return to Europe.” I met and was profoundly inspired by many in the region who, like Havel, lived in truth: Adam Michnik, Jacek Kuron, Bronislaw Geremek, Gregorsz Lindenberg, Jan Smolar, Irena Grosfeld, and, of course, Lech Walesa. These brave men and women, and those like Tadeusz Mazowiecki and Leszek Balcerowicz, who led Poland during its first steps in freedom, succeeded through their combination of courage, intellect, and integrity.</p>
<p>The power of truth-telling that year created a dazzling sense of possibility, for it proved the undoing of one of history’s most recalcitrant hegemonies: Soviet domination of Eastern Europe. Michnik, like Havel, radiated the joy of fearless truth. I asked him in July 1989, as Poland’s communist regime was already unraveling, when freedom would reach Prague. He replied, “By the end of the year.”</p>
<p>“How do you know?” I asked. “I was just with Havel in the mountains last week,” he said. “Have no fear. Freedom is on the way.”  His forecast was correct, of course, with a month to spare.</p>
<p>Just as lies and corruption are contagious, so, too, moral truth and bravery spreads from one champion to another. Havel and Michnik could succeed in part because of the miracle of Mikhail Gorbachev, the Soviet leader who emerged from a poisoned system, yet who valued truth above force. And Gorbachev could triumph in part because of the sheer power of honesty of his countryman, Andrei Sakharov, the great and fearless nuclear physicist who also risked all to speak truth in the very heart of the Soviet empire – and who paid for it with years of internal exile.</p>
<p>These pillars of moral leadership typically drew upon still other examples, including that of Mahatma Gandhi, who called his autobiography <em>The Story of My Experiments With Truth</em>. They all believed that truth, both scientific and moral, could ultimately prevail against any phalanx of lies and power. Many died in the service of that belief; all of us alive today reap the benefits of their faith in the power of truth in action.</p>
<p>Havel’s life is a reminder of the miracles that such a credo can bring about; yet it is also a reminder of the more somber fact that truth’s victories are never definitive. Each generation must adapt its moral foundations to the ever-changing conditions of politics, culture, society, and technology.</p>
<p>Havel’s death comes at a time of massive demonstrations in Russia to protest ballot fraud; violence in Egypt as democratic activists battle the deeply entrenched military; an uprising in rural China against corrupt local officials; and police in body armor violently dismantling the Occupy protest sites in American cities. Power and truth remain locked in combat around the world.</p>
<p>Much of today’s struggle – everywhere – pits truth against greed. Even if our challenges are different from those faced by Havel, the importance of living in truth has not changed.</p>
<p>Today’s reality is of a world in which wealth translates into power, and power is abused in order to augment personal wealth, at the expense of the poor and the natural environment. As those in power destroy the environment, launch wars on false pretexts, foment social unrest, and ignore the plight of the poor, they seem unaware that they and their children will also pay a heavy price.</p>
<p>Moral leaders nowadays should build on the foundations laid by Havel. Many people, of course, now despair about the possibilities for constructive change. Yet the battles that we face – against powerful corporate lobbies, relentless public-relations spin, and our governments’ incessant lies – are a shadow of what Havel, Michnik, Sakharov, and others faced when taking on brutal Soviet-backed regimes.</p>
<p>In contrast to these titans of dissent, we are empowered with the instruments of social media to spread the word, overcome isolation, and mobilize millions in support of reform and renewal. Many of us enjoy minimum protections of speech and assembly, though these are inevitably hard won, imperfect, and fragile. Yet, of the profoundest importance and benefit, we are also blessed with the enduring inspiration of Havel’s life in truth.</p>
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		<title>Václav Havel: another side to the story</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 21:46:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Político]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Neil Clark</strong>, a UK-based journalist, blogger and writer. He is a contributor to a wide range of UK and international publications. His <a href="http://neilclark66.blogspot.com/" target="_blank">blog </a>was voted best UK blog in the 2007 Weblog Awards (THE GUARDIAN, 19/12/11):</p>
<p>He was the symbol of 1989, the anti-communist playwright who helped free his country – and the rest of eastern Europe – from Stalinist tyranny and who put the countries that lay behind the iron curtain on the road to democracy.</p>
<p>So goes the dominant narrative of the life of <a href="http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2011/dec/18/vaclav-havel-other-europe-editorial?newsfeed=true" target="_blank">Václav Havel</a>, the former Czech president, who died on Sunday aged &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39317/vaclav-havel-another-side-to-the-story/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Neil Clark</strong>, a UK-based journalist, blogger and writer. He is a contributor to a wide range of UK and international publications. His <a href="http://neilclark66.blogspot.com/" target="_blank">blog </a>was voted best UK blog in the 2007 Weblog Awards (THE GUARDIAN, 19/12/11):</p>
<p>He was the symbol of 1989, the anti-communist playwright who helped free his country – and the rest of eastern Europe – from Stalinist tyranny and who put the countries that lay behind the iron curtain on the road to democracy.</p>
<p>So goes the dominant narrative of the life of <a href="http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2011/dec/18/vaclav-havel-other-europe-editorial?newsfeed=true" target="_blank">Václav Havel</a>, the former Czech president, who died on Sunday aged 75. Havel, we are told, was a hero and one of the greatest Europeans of our age.</p>
<p>But, as with the recent consecration of <a href="http://www.guardian.co.uk/books/2011/dec/16/christopher-hitchens-obituary" target="_blank">Christopher Hitchens</a>, another &#8220;progressive&#8221; opponent of the communist regimes of eastern Europe who found favour with Washington&#8217;s neocons, there is another side to the story.</p>
<p>No one questions that Havel, who went to prison twice, was a brave man who had the courage to stand up for his views. Yet the question which needs to be asked is whether his political campaigning made his country, and the world, a better place.</p>
<p>Havel&#8217;s anti-communist critique contained little if any acknowledgement of the positive achievements of the regimes of eastern Europe in the fields of employment, welfare provision, education and women&#8217;s rights. Or the fact that communism, for all its faults, was still a system which put the economic needs of the majority first.</p>
<p>Although he did clash with his uber-Thatcherite presidential successor, Václav Klaus, over economic policy, Havel, the son of a wealthy entrepreneur whose companies were nationalised when the communists came to power, showed little concern for the plight of ordinary people who lost out in the change towards a market economy. And there were losers aplenty. While the years following the liberation of eastern Europe from communism by Havel and his fellow dissidents are routinely portrayed in the west as one big success story, the reality is rather different. A 2009 Lancet study concluded that as many as 1 million working-age men died due to the health problems brought on by mass privatisation. As economies across eastern Europe were restructured so inequalities and social divisions grew. A 2011 OECD report found that Havel&#8217;s Czech Republic had the joint-second largest rise in income inequality in OECD members since the mid-1980s.</p>
<p>Havel&#8217;s true political allegiances came to the fore during his years as president. Like fellow dissident Lech Walesa, he supported the Nato bombing of Yugoslavia in 1999. In 2002, he sided with the rightwing Republican hawks on Iraq.</p>
<p>Lauding Havel is not only doing a disservice to the millions of ordinary people in eastern Europe who have not been served well by his politics, but to the innocent men, women and children killed by the western military adventures he supported. While Havel was a man of undoubted talent and intellect, it&#8217;s time we stopped eulogising people simply because they were anti-communist dissidents, and instead look at the bigger picture.</p>
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		<title>La vida de Václav Havel</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 19:47:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jiří Pehe</strong>, asesor político de Václav Havel desde septiembre de 1997 hasta mayo de 1999. Actualmente, es director de la Universidad de Nueva York en Praga. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 19/12/11):</p>
<p>Mucho antes de que el régimen comunista de Checoslovaquia se desplomara en 1989, Václav Havel fue una de las figuras más extraordinarias de la historia checa, pues ya era un dramaturgo de éxito cuando pasó a ser el dirigente oficioso del movimiento de oposición. Aunque abrigaba la esperanza de volver a la literatura, la revolución lo catapultó a la presidencia de Checoslovaquia y, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39288/la-vida-de-vaclav-havel/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jiří Pehe</strong>, asesor político de Václav Havel desde septiembre de 1997 hasta mayo de 1999. Actualmente, es director de la Universidad de Nueva York en Praga. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 19/12/11):</p>
<p>Mucho antes de que el régimen comunista de Checoslovaquia se desplomara en 1989, Václav Havel fue una de las figuras más extraordinarias de la historia checa, pues ya era un dramaturgo de éxito cuando pasó a ser el dirigente oficioso del movimiento de oposición. Aunque abrigaba la esperanza de volver a la literatura, la revolución lo catapultó a la presidencia de Checoslovaquia y, después de que el país se dividiera en 1993, fue elegido Presidente de la nueva República Checa, cargo que ocupó hasta 2003.</p>
<p>Una carrera política basada en la coincidencia histórica hizo de Havel un político inhabitual. No sólo aportó a la política posterior a 1989 cierta desconfianza de los partidos políticos, sino que, además, como antiguo disidente, consideró esencial subrayar la dimensión moral de la política, posición con la que había de chocar con los pragmáticos y tecnólogos del poder, cuyo representante principal, Václav Klaus, lo sucedió como Presidente.</p>
<p>Podríamos dividir la vida pública de Havel en tres períodos claros: artista (1956-1969), disidente (1969-1989) y político (1989-2003), excepto que siempre combinó las tres sensibilidades en sus actividades públicas. Como dramaturgo prometedor en el decenio de 1960, fue, desde luego, muy “político”, pues se centró en el absurdo del régimen. También fue uno de los críticos más explícitos de la censura y otras violaciones de los derechos humanos, lo que hizo de él un disidente incluso durante la liberal “primavera de Praga” de 1968.</p>
<p>Havel fue incluido en una lista negra y perseguido claramente después de la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de aquel año, pero siguió escribiendo obras teatrales antitotalitarias. En 1977, fundó, junto con otros más de 200 disidentes, el movimiento pro derechos humanos Carta 77, que no tardó en afianzarse como fuerza principal de oposición. Havel fue uno de los tres primeros portavoces de dicho movimiento.</p>
<p>El año siguiente, escribió un ensayo transcendental, “El poder de los impotentes”, en el que describió el régimen de la “normalización “ de Checoslovaquia posterior a 1968 como un sistema moralmente en bancarrota, basado en la mentira omnipresente. En 1979, fue condenado a cinco años de cárcel por sus actividades en el Comité de los Injustamente Perseguidos, nacido de la Carta 77, que vigilaba las violaciones de los derechos humanos y las persecuciones en Checoslovaquia. Hacia el final de su período de reclusión, fue liberado tras contraer una neumonía (causa de graves problemas de salud durante el resto d su vida). Sus <em>Cartas a Olga</em>, ensayos filosóficos escritos desde la cárcel y dirigidos a su esposa, no tardó en llegar a ser un clásico de la literatura antitotalitaria.</p>
<p>Como Presidente de Checoslovaquia, Havel siguió combinando sus sensibilidades política, disidente y artística. Insistió en escribir sus discursos, concebidos muchos de ellos como obras filosóficas y literarias, en las que no sólo criticaba la deshumanizada tecnología de la política moderna, sino que, además, hacía repetidos llamamientos a los checos para que no fueran presa del consumismo y de la insensata política partidista.</p>
<p>Su concepción de la democracia estaba basada en una sociedad civil y una moralidad fuertes, lo que lo distinguía de Klaus, la otra figura principal de la transformación poscomunista, quien abogó por una transición rápida, carente, de ser posible, de escrúpulos morales inconvenientes y de los impedimentos impuestos por el Estado de derecho. Su conflicto llegó a un punto crítico en 1997, cuando el gobierno encabezado por Klaus cayó tras una serie de escándalos. Havel calificó el sistema económico creado por las reformas poscomunistas de Klaus de “capitalismo mafioso”.</p>
<p>Aunque Klaus nunca volvió a ser Primer Ministro, su criterio “pragmático” se impuso en la política checa, en particular tras el abandono por Havel de la presidencia en 2003. De hecho, la mayor derrota de Havel puede haber sido la de que la mayoría de los checos vean ahora su país como un lugar en el que los partidos políticos hacen de agentes de los grupos económicos poderosos (muchos de ellos creados por el proceso de privatización, con frecuencia corrupto, supervisado por Klaus).</p>
<p>En los últimos años de su presidencia, los oponentes políticos de Havel lo ridiculizaron por considerarlo un moralista ingenuo. Por otra parte, había llegado a desagradar a muchos checos de a pie no sólo por lo que parecía su incesante moralización, sino también porque era como un espejo en el que veían reflejada su propia falta de valor durante el régimen comunista. Si bien siguió gozando del respeto y la admiración en el extranjero, aunque sólo fuera por haber continuado con su lucha contra las violaciones de los derechos humanos en todo el mundo, su popularidad en su país decayó.</p>
<p>Pero ya no es así. Los checos, en vista de su insatisfacción en aumento con la omnipresente corrupción y otros fallos del sistema político actual, han acabado apreciando cada vez más la importancia de los llamamientos morales de Havel. De hecho, ahora, después de su muerte, va camino de ser encumbrado como alguien que previó muchos problemas actuales y no sólo en su país: siendo aún Presidente, señaló repetidas veces a las fuerzas autodestructivas de la civilización industrial y del capitalismo mundial.</p>
<p>Muchos se preguntarán a qué se debió la excepcionalidad de Havel. La respuesta es sencilla: a la decencia. Fue un hombre decente y ejemplar. No luchó contra el comunismo por razones personales y ocultas, sino simplemente porque, en su opinión, era un sistema indecente e inmoral. Cuando, siendo Presidente, apoyó los bombardeos de Yugoslavia en 1999 o la inminente invasión del Iraq en 2003, no habló de objetivos geopolíticos o estratégicos, sino de la necesidad de poner coto a las violaciones de los derechos humanos por parte de dictadores brutales.</p>
<p>Al poner en práctica esas creencias en su carrera política, fue un político de una clase que ya no se da en el mundo contemporáneo. Tal vez sea ésa la razón por la que, cuando el mundo –y Europa en particular– afronta un período de crisis profunda, se echan en falta la claridad y el lenguaje valiente que propiciarían un cambio transcendental.</p>
<p>Así, pues, la muerte de Havel, firme partidario de la integración europea, resulta sobremanera simbólica: fue uno de los últimos ejemplos de una raza ahora extinta de políticos con capacidad para dirigir eficazmente en tiempos extraordinarios, porque su primer compromiso era con la decencia común y el bien común, no con el poder por sí solo. Para que el mundo consiga superar sus diversas crisis, su legado debe permanecer vivo.</p>
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		<title>Lo que queda</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 20:32:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Günter Grass</strong>, escritor. Traducción de Miguel Sáenz (EL PAÍS, 18/12/11):</p>
<p>Christa Wolf pertenecía a una generación de la que yo también me considero parte. Nos marcaron la época del nacionalsocialismo y el tardío, demasiado tardío, descubrimiento de todos los crímenes cometidos por los alemanes en el transcurso de solo 12 años. Desde entonces, escribir exige leer en las huellas. Eso es lo que hace uno de sus libros que lleva el título de <em>Muestra de infancia,</em> porque, tras la dictadura parda, fueron unos baños de impresión ideológicos los que determinaron las doctrinas estalinistas de su juventud. Caminos erróneos &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39277/lo-que-queda/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Günter Grass</strong>, escritor. Traducción de Miguel Sáenz (EL PAÍS, 18/12/11):</p>
<p>Christa Wolf pertenecía a una generación de la que yo también me considero parte. Nos marcaron la época del nacionalsocialismo y el tardío, demasiado tardío, descubrimiento de todos los crímenes cometidos por los alemanes en el transcurso de solo 12 años. Desde entonces, escribir exige leer en las huellas. Eso es lo que hace uno de sus libros que lleva el título de <em>Muestra de infancia,</em> porque, tras la dictadura parda, fueron unos baños de impresión ideológicos los que determinaron las doctrinas estalinistas de su juventud. Caminos erróneos tomados confiadamente, dudas y resistencia, más aún, la conciencia de su propia participación en un sistema que nivelaba la utopía socialista, son características de su rango literario, demostrado durante cinco decenios: desde <em>El cielo partido</em> hasta su último viaje, que nos lleva a <em>La ciudad de los ángeles,</em> libro tras libro.</p>
<p>Elijo uno: <em>Lo que queda</em> <em>(Was bleibt)</em> es el título de un relato publicado en junio de 1990 por las editoriales Aufbau y Luchterhand. Antes aún de que llegara a los lectores del Este y del Oeste -y haciendo caso omiso de la fecha fijada para su difusión-, algunos de aquellos periodistas de la Alemania Occidental que, siendo vencedores de la historia, creían llegada la hora del ajuste de cuentas, arremetieron contra ella. Ella, Christa Wolf, anteriormente celebrada y unánimemente elogiada por su actitud recalcitrante; ella, premiada con el Premio Büchner en 1980; ella, dos años más tarde rodeada de estudiantes en su clase magistral sobre poesía en Fráncfort; ella, cuya voz se escuchaba lo mismo en una Alemania que en la otra, ahora -apenas caído el Muro que separaba los campos enemigos- se vio masacrada por un torrente de palabras inacabables. Era como si se quisiera oficiar una ejecución pública. Un día tras otro, el uno y el 2 de junio, el semanario <em>Die Zeit</em> y el periódico <em>Frankfurter Allgemeine </em>comenzaron. Ulrich Greiner y Frank Schirrmacher dieron el tono, recogido y aumentado hasta aullidos de lobo por una jauría de periodistas. Las escasas voces disidentes no pudieron nada contra ello.</p>
<p>¿Cuál era el motivo de tanta bajeza y sed de exterminio? Un texto escrito en el verano de 1979 que tenía por tema dudas y autodudas, y el espionaje y la evidente vigilancia del matrimonio Wolf por el Servicio de Seguridad del Estado de la RDA. Desde puerto seguro y con la embriaguez de ese valor sin riesgo que, al parecer, prolifera especialmente en las macetas de las redacciones, se reprochó a la autora que hubiera sido demasiado cobarde para publicar su relato inmediatamente después de haberlo escrito. Eso &#8220;habría tenido sin duda por consecuencia -según Ulrich Greiner- el fin de la escritora oficial Christa Wolf y probablemente su emigración&#8221;. Generosamente informaba desde su protegido rincón: &#8220;Le habría sido fácil encontrar acogida en el Oeste&#8221;. Y Frank Schirrmacher acusaba incluso a la autora en plural: &#8220;Cualquiera se da cuenta: son frases de 1989, no de 1979&#8243;. No se tomaba en consideración que tampoco el relato escrito a continuación, <em>Pieza de verano,</em> no se publicó hasta un decenio después de haber sido escrito.</p>
<p>Qué exceso de hipócrita indignación de unos periodistas que no estaban sometidos a ninguna censura estatal y, sin embargo, servían de forma ansiosa y oportunista al espíritu de la época.</p>
<p>Dirigida por periódicos poderosos, la campaña de prensa de 1990 continuó. Revivió una y otra vez y hasta encontró su eco en algunas necrológicas de Christa Wolf. Fue especialmente el concepto de &#8220;estética de convicciones&#8221;, acuñado para su obra literaria y la de muchos autores de la posguerra, el que ha inspirado hasta hoy a los pusilánimes que quieren encerrar a la literatura y sus autores en un inmueble llamado torre de marfil. Poco después se popularizó el derivado personal &#8220;pánfilo&#8221;. Se aplicó póstumamente a Heinrich Böll como expresión del cinismo habitual. Sin duda es inútil esperar que los portavoces de la campaña de entonces se disculpen, al menos ahora y por escrito, tras la muerte de Christa Wolf, aunque solo sea para reconocer el efecto hiriente de su infamia. Evidentemente, les falta ese valor para dudar de sí mismo que Christa Wolf, afirmo yo, demostró con creces toda su vida.</p>
<p>¡1990! ¿Por qué persisto en el fango del año de publicación del relato <em>Lo que queda?</em> Porque fue entonces cuando comenzó nuestra amistad. Nos veíamos frecuentemente, nos escribíamos cartas. Por mucho que Christa se esforzara por mantener su entereza, se podía ver cuánto padecía por esas últimas heridas. Lo que se le había infligido por el Estado en su propio país, al que a pesar de todo quería, continuaba ahora de una forma análoga, por decirlo así en la Alemania reunificada y tras el escudo de la &#8220;libertad de opinión&#8221;: calumnias, citas deformadas, el asesinato moral intentado una y otra vez. Eso también quedará, como vergüenza. Así de patéticas eran las cosas en el año de la unidad.</p>
<p>Nos queda, sobre todo, la multitud de sus libros. Fue ella quien, en una época en la que Este y Oeste se enfrentaban armados hasta los dientes e ideológicamente anquilosados, escribió libros que traspasaban fronteras, que superaban fronteras y que perduran. Las grandes novelas alegóricas, el vivo informe sobre la enfermedad y el dolor. Y fue ella, Christa Wolf, quien, tras el accidente nuclear de Chernóbil escribió el libro <em>Accidente </em>en el que presintió la reincidencia de Fukushima, viéndonos a todos en la vorágine de una pendiente catastrófica a cuyo final también nuestra pregunta, basada en la esperanza, &#8220;¿qué es lo que queda?&#8221;, no permitirá ya subjuntivos y carecerá de sentido.</p>
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		<title>El complejo de William Shakespeare</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Nov 2011 21:29:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Felipe Fernández-Armesto</strong>, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (EL MUNDO, 30/11/11):</p>
<p>A veces las películas de Hollywood suscitan controversias que poco o nada tienen que ver con sus rasgos puramente cinematográficos. Algunas, por su contenido, ofenden a tal o cual minoría étnica o religiosa; otras adoptan una clara postura política o moral que va en contra de las creencias o intereses de sus críticos; de vez en cuando los historiadores lamentan errores o anacronismos en los guiones de ciertas producciones&#8230; Sin embargo, todos reconocemos que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38853/el-complejo-de-william-shakespeare/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Felipe Fernández-Armesto</strong>, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (EL MUNDO, 30/11/11):</p>
<p>A veces las películas de Hollywood suscitan controversias que poco o nada tienen que ver con sus rasgos puramente cinematográficos. Algunas, por su contenido, ofenden a tal o cual minoría étnica o religiosa; otras adoptan una clara postura política o moral que va en contra de las creencias o intereses de sus críticos; de vez en cuando los historiadores lamentan errores o anacronismos en los guiones de ciertas producciones&#8230; Sin embargo, todos reconocemos que Hollywood es una factoría de entretenimiento sin excesiva obligación de respetar la verdad. Es curioso, por tanto, que el reciente estreno de Anonymous, una nueva película sobre la vida de Shakespeare, haya incitado a los estudiosos más enterados del tema a publicar encendidas críticas contra el filme en los medios de comunicación del mundo angloparlante -y, por ende, a dar publicidad gratuita a un producto que a lo mejor no hubiera alcanzado tanto interés entre el público sin la intervención de esas denuncias-.</p>
<p>Debo confesar mi propio interés en este asunto: mi hijo Sebastián Armesto interpreta uno de los papeles principales en Anonymous. Actúa como el gran rival de Shakespeare, Ben Johnson, que se entromete de una manera poco honrada en líos políticos de la época y acaba encarcelado, atormentado y medio muerto antes de convertirse en héroe, rescatando las obras de Shakespeare de un incendio causado por los enemigos puritanos del teatro y de la poesía.</p>
<p>El argumento del filme es pese a todo bastante ridículo. Shakespeare, según la película, no era el autor de las obras que llevan su nombre, sino el comparsa del auténtico escritor, el conde de Oxford, a quien, por ser aristócrata, no se le permitía admitir su autoría de obras populares. Shakespeare se ofreció, reza el guión, al subterfugio por motivos de codicia, ni más ni menos, a pesar de ser conocido entre sus compadres actores como idiota y analfabeto. De esa manera logra ser uno de los hombres más alabados del mundo, a pesar de sus vicios morales y deficiencias intelectuales. He ahí la gracia y el encanto de Anonymous. Por supuesto, no hay quien la tome en serio más allá de algunos de los expertos más destacados en materia shakespeariana. El decano de todos ellos, Stanley Wells, director de la edición de las obras de Shakespeare de la Universidad de Oxford, ha dedicado una serie de blogs, debates públicos, entrevistas por radio y televisión, y artículos de prensa para resistir la supuesta influencia de la película, a pesar de que no hay ni puede haber nadie en absoluto tan falto de inteligencia crítica ni tan ignorante de la naturaleza de Hollywood para creer que la película representa la verdad.</p>
<p>A Wells le ha secundado la gran mayoría de sus colegas académicos. En la Universidad de Warwick, en el condado de Inglaterra donde nació Shakespeare, se ha organizado un seminario para defender la autenticidad de la tradición. En Stratford, el pueblo materno del dramaturgo, el municipio ha suprimido simbólicamente los nombres de las calles dedicados a temas shakespearianos para protestar en contra a lo que llaman la tesis de la película. «Nosotros», comenta el profesor Wells, «hacemos tonterías para responder a las tonterías de la película». En uno de los vídeos emitidos por estos indignados, el príncipe Carlos -¡nada menos!- aparece para asegurarnos que Shakespeare era el auténtico autor de sus obras. En Inglaterra, la famila real nunca se permite el lujo de meter la pata en asuntos obvios.</p>
<p>En EEUU la reacción académica ha sido casi tan grave y unánime como en Inglaterra, e incluso el Wall Street Journal dedicó una columna a una entrevista sobre el tema con un catedrático de la Universidad de Columbia.</p>
<p>Ajena a la polémica que se iba a desatar a su estreno, la película no pretende tener valor escolástico, aunque sus agentes de publicidad han sabido aprovechar la oportunidad que les han brindado para burlarse de los expertos indignados, emitiendo defensas evidentemente satíricas de la identidad secreta del verdadero autor del corpus shakespeariano.</p>
<p>El director de la película es Roland Emmerich, uno de los cineastas de mayor éxito comercial en la historia de Hollywood y cuyos títulos incluyen grandes espectáculos de ciencia ficción, entre ellos una versión de Godzilla (historieta de monstruos), Independence Day (sobre una invasión alienígena de la Tierra), El día de mañana (que plantea una imagen de América destrozada por una nueva edad de de hielo), y 2012 (que convierte el apocalipsis en un entretenimiento bastante divertido). Su nueva empresa es, por lo visto, otra fantasía más. El argumento de Anonymous incluye muchas burradas absolutamente increíbles, tales como la sugerencia de que el conde de Oxford era a la vez el hijo bastardo y el amante de la reina Isabel I; que el conde de Southampton -a quien Shakespeare dedicó dos antologías poéticas- era el hijo que nació de esa unión incestuosa; y que la obra de Shakespeare Ricardo III, una pieza propagandística en loor a la dinastía de la reina, era un escrito sedicioso que se estrenó para apoyar una rebelión.</p>
<p>De todas formas, es absolutamente imposible que el conde de Oxford hubiese podido ser el verdadero autor, por el hecho incontestable de que murió en 1604, mientras que nuevas obras de Shakespeare siguieron estrenándose hasta 1614. Ninguna película, por entretenida que fuese, sería capaz de convencer a una persona intelectualmente normal de la tesis contraria.</p>
<p>La controversia actual, por tanto, no surge de la credibilidad del debate sobre la identidad del autor de las obras de Shakespeare, ni de ninguna propuesta seria que sugiera la película. Para comprender la furia de los indignados hay que darse cuenta del papel de Shakespeare en la mentalidad anglosajona. La historia del mundo angloparlante está llena de grandes hazañas militares e imperialistas, pero carece de gran arte. Los ingleses han fundado y perdido más imperios que cualquier otro pueblo, pero su única primacía artística es en el campo de la jardinería. Los estadounidenses sucedieron a los ingleses como la gran superpotencia mundial, pero sus únicas aportaciones originales al patrimonio artístico del mundo son el jazz y las películas de Hollywood. Para los angloparlantes, Shakespeare es como Dante en Italia, o Cervantes en España, o Tolstoi en Rusia. Es el escritor cuya fama mundial eleva a todo un pueblo a compartir la categoría de genios.</p>
<p>Pero a diferencia de Dante, Cervantes o Tolstoi, Shakespeare no tiene paisanos de la misma categoría ni méritos objetivamente suficientes para justificar su reputación. Algunas de sus obras, que, gracias a Dios, no se representan nunca, como El rey Juan o Pericles, príncipe de Tira, son fatales; otras, como Tito Andrónico, son de una crudeza intragable; y algunas más, como El rey Lear, sí tienen poesía de una belleza apreciable, pero son difíciles de representar con éxito sin profundas intervenciones redactoras. Sus argumentos son, por la mayor parte, poco racionales. Muchos de sus personajes son estereotipos: todos los reyes tienen la misma voz hinchada, todos los payasos repiten el mismo humor y hasta los mismos chistes. El Imperio británico inventó e impuso a Shakespeare como el mayor escritor del mundo. Por tanto, si se cuestiona el halo legendario que rodea a Shakespeare, una de claves de la presunta superioridad mundial anglosajona se desmitificará. Si se insulta su memoria, toda Inglaterra y su reinado moral comienza a temblar. He aquí el motivo de la reacción desigual a la película de Emmerich. La respuesta digna por parte de un profesor sería callarse. El filme es una extravagancia típica de Hollywood, y desde una óptica académica ni siquiera vale la pena lanzar críticas contra él.</p>
<p>Irónicamente, Emmerich es de procedencia alemana, el país país donde más se venera, fuera del mundo de habla inglesa, la tradición shakespeariana, donde más libros y representaciones teatrales se han dedicado a sostener el culto del supuesto genio. En cierto sentido, no es extraño que el director siga apoyando la tesis de la grandeza desproporcionada de las obras de Shakespeare, mientras somete la identidad del autor a un interrogatorio burlesco. Como comenta el personaje representado por mi hijo, el autor del teatro shakespeariano, según la película, era «el alma del mundo» de su época, y «si se nos conmemora a nosotros, será sólo porque compartimos el mismo aire con él».</p>
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		<title>Sánchez-Silva, cien años</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Nov 2011 18:30:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique de Aguinaga</strong>, catedrático emérito de la Universidad Complutense (ABC, 24/11/11):</p>
<p>«Siempre sabrás la edad de José María —decíamos—, porque su fecha de nacimiento es inolvidable: el once del once del once». Decíamos José María Sánchez-Silva indisolublemente asociado a «Marcelino, pan y vino», que murió en 2002 y que ahora ha cumplido su centenario.</p>
<p>Me consta el mutuo afecto de Cela y Sánchez-Silva, desde los tiempos de la calle Larra. Cela, ante la muerte del amigo, que solo le precede en cuatro días, le dedica su último artículo, que se publica como texto póstumo en ABC. En su &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38673/sanchez-silva-cien-anos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Enrique de Aguinaga</strong>, catedrático emérito de la Universidad Complutense (ABC, 24/11/11):</p>
<p>«Siempre sabrás la edad de José María —decíamos—, porque su fecha de nacimiento es inolvidable: el once del once del once». Decíamos José María Sánchez-Silva indisolublemente asociado a «Marcelino, pan y vino», que murió en 2002 y que ahora ha cumplido su centenario.</p>
<p>Me consta el mutuo afecto de Cela y Sánchez-Silva, desde los tiempos de la calle Larra. Cela, ante la muerte del amigo, que solo le precede en cuatro días, le dedica su último artículo, que se publica como texto póstumo en ABC. En su escrito final, Cela reconoce que «la crítica y la historia literaria no han sido justas con la memoria y la consideración de Sánchez-Silva», que «hace tiempo que su nombre se había descabalgado de la nómina de los que interesaban a los estudios del fenómeno literario». Y añade: «Todos sabemos que sobre estas lucubraciones influyen siempre el calendario y la política».<br />
Siete años antes, había encabezado con un profundo «Mi querido amigo» la carta que le dirigió en ABC, «Carta a un amigo, en su blocao» (1994): «Estoy empezando a pensar que ya no existo&#8230; y que no somos ni tú ni yo, sino figuraciones, espejismos, sombras fantasmales, semimuertos que andan mareando a los herederos que se impacientan porque no las tienen todas consigo».</p>
<p>José María le había escrito a Camilo, una detrás de otra, cuarenta cartas (es admirable la vis epistolar de Sánchez-Silva, que en un tiempo, así me lo dijo, llegó a escribir doce cartas mensuales a una famosa actriz catalana). Y José María, cuando completa la baraja de las cuarenta cartas, considera que tiene que destruir la situación: «Tu carta número 40 no puede ser la última —le contesta, en ABC, Camilo a José María—; tú y yo tenemos la obligación de resistir y seguir. A todos nos asestan puñaladas, pero no olvides que, en ciertas ocasiones, una sangría puede ser saludable. Tú en tu blocao y yo en el mío, los dos tenemos la obligación de morir con las botas puestas, quiero decir con la pluma en la mano. Aparta malas ideas de la cabeza, no pidas nunca a nadie más de lo poco que pueda dar de sí y sigue escribiéndome hasta que se te pare el corazón».</p>
<p>Poquísimos lectores de ABC sabíamos que esta era una carta de Cela a Sánchez-Silva, aunque Camilo no pusiera el nombre del destinatario, «porque no hay que dar tres cuartos al pregonero». Y le llama «mi querido N. N.», como le habría podido llamar «mi querido prohibido».</p>
<p>El silencio de escritores que escriben a diario confirma la observación de «Ecclesia» («Su nombre está silenciado en panoramas de la literatura contemporánea») y de Miguel Ángel Velasco, director de «Alfa y Omega» («Los medios de comunicación de este país lo han silenciado sectariamente»). «Ecclesia» simplifica la causa de la proscripción de José María y deja abierta la cuestión a todos los añadidos y matizaciones: «Por diversos motivos, entre ellos quizá el de ser escritor católico y el de haber escrito la biografía laudatoria “Franco, ese hombre&#8221; (1964)».</p>
<p>¿Hasta cuándo la obstinación en borrar la realidad? ¿Hasta cuándo la sistemática tergiversación de la historia? ¿Hasta cuándo la irracionalidad de los tabúes? ¿Hasta cuándo la ferocidad de la censura invisible?</p>
<p>Trato de contar a José María Sánchez-Silva, autor del cuento español más famoso del siglo XX; a José María, que es el único español que ha obtenido la Medalla Internacional Hans Christian Andersen (1968), llamada «pequeño Nobel» o «Nobel de la literatura infantil».</p>
<p>Estoy hablando del articulista grande, amén de guionista y director; del periodista que, cuando no se viajaba, dio la vuelta al mundo y lo contó; del premio «Mariano de Cavia» (1947), Periodista de Honor (1964) y Premio Nacional de Literatura (1957), de Periodismo (1945) y de Cinematografía (1955); del padre de «Marcelino, Pan y Vino», «Historias menores de Marcelino, Pan y Vino» y «Aventura en el cielo de Marcelino Pan y Vino»; del gran epistológrafo («Carta de un niño a Dios», «Carta a mí», «Carta a la lluvia», «Carta al cine», «Carta a las madres», «Carta abierta al general Casinello», «Carta del amor hecho», «Cartas a un niño sobre Francisco Franco»&#8230;); del inventor de «Luiso» y de «Ladis»; del narrador de «El hombre de la bufanda», «La otra música», «No es tan fácil» o «La ciudad se aleja»; del biógrafo de «Juana de Arco» y «San Martín de Porres»; del historiador sagrado de «Adán y el Señor Dios», «Jesús creciente» y «La adolescencia de Jesús nunca contada»; del cuentista de «La burrita Non», «Adiós, Josefina» o «Colasín, Colasón»; del cronista de «Historias de mi calle» y «Memorias de un niño de la calle».</p>
<p>En la ocasión del 11 de noviembre de 1959, cuando cumple cuarenta y ocho años, cuando celebra las bodas de plata con la literatura y el periodismo, cuando recibe el homenaje nacional y la Gran Cruz de la Orden de Cisneros, cuando Ramón Gómez de la Serna, Ramón el Grande, desde Buenos Aires, le escribe que «con la palanca de su pluma ha llegado a mover el mundo», Sánchez-Silva hace una recapitulación de su vida y eleva a definitivas sus importancias provisionales: «Me importan cada vez más los otros, los demás. No es esta una actitud desinteresada: es que “los demás” soy yo, es que yo “estoy en” mi prójimo, es que, cuando me han ordenado amarle a él, sabían que ese amor me salvaría a mí principalmente».</p>
<p>Para las generaciones de la guerra, «el otro» es el que está enfrente. Por eso, entre los artículos de Sánchez-Silva, tengo una devoción preferente por «Arenga a los muertos», que se puede catalogar como poema, que, por encima de las catalogaciones, considero artículo de prueba, artículo esencial, y que, a modo de reliquia, conservo en su papel original, quebradizo y reseco, impreso a toda plana, página señera de contraportada, doble que los formatos hoy habituales, como un bando mural, con una gran ilustración central y lujo de capitulares, en letra bodoni del cuerpo 14.</p>
<p>Hay que pensar que la arenga está escrita en una doble y numantina posguerra, española y mundial, de combatientes que apenas han tenido oportunidad de dejar de serlo, de victorias en alto, de gloriosos entierros, de «ellos y nosotros», de silencios profundos. Y Sánchez-Silva invoca, no «a los mejores», sino a todos los muertos, al universo de los muertos, incluidos expresamente «republicanos» y «rojos», precisamente en «Arriba», precisamente el Día de los Caídos.</p>
<p>Todos sus libros los tengo en una estantería predilecta y todos están dedicados. Esta es la dedicatoria de «Jesús Creciente» (1985): «A mi amigo Enrique de Aguinaga, que es una de las tres únicas personas que saben que a este relato le falta el tercer capítulo final de la obra titulado “La llamada del Jordán”, escrito y destruido cuatro veces en cinco años y medio, que ahora está en el telar por quinta y última vez».</p>
<p>Así escribía José María, muerto silenciosamente. «¿Tú crees que los muertos no se mueren, José María?», le pregunta Manuel Alcántara. Le contesta José María: «Estoy convencido. Nadie se muere». Me lo dijo en letras de condolencia cuando murió mi madre (1959): «Desde antiguo, se nos tiene prometido algo a este respecto y no hay sino esperar. Aunque no estudié latín —ni nada— sé esto: “Expecto resurrectionem mortuorum”».</p>
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		<title>Un hombre y una mujer se escriben</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Nov 2011 20:46:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Félix de Azúa</strong>, escritor (EL PAÍS, 19/11/11):</p>
<p>No es en absoluto frecuente, sino más bien excepcional, que se publiquen al tiempo tres títulos de un autor muerto hace casi 20 años. Homenaje que jóvenes editores y críticos dedican al que fuera uno de los más grandes talentos literarios del siglo XX, y tanto más valioso en cuanto que el celebrado, Juan Benet (1927-1993), no fue un escritor de éxito popular. Su valor se vio reconocido solo por un círculo de escritores y lectores tan irreductibles como tenaces.</p>
<p>Que Benet no tuviera el aprecio popular de Delibes, el periodístico &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38515/un-hombre-y-una-mujer-se-escriben/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Félix de Azúa</strong>, escritor (EL PAÍS, 19/11/11):</p>
<p>No es en absoluto frecuente, sino más bien excepcional, que se publiquen al tiempo tres títulos de un autor muerto hace casi 20 años. Homenaje que jóvenes editores y críticos dedican al que fuera uno de los más grandes talentos literarios del siglo XX, y tanto más valioso en cuanto que el celebrado, Juan Benet (1927-1993), no fue un escritor de éxito popular. Su valor se vio reconocido solo por un círculo de escritores y lectores tan irreductibles como tenaces.</p>
<p>Que Benet no tuviera el aprecio popular de Delibes, el periodístico de Umbral o el estatal de Cela es perfectamente comprensible y lo contrario habría sido satánico. Su posición estética era tan heterodoxa respecto de nuestra tradición que aún hoy su lectura precisa un manual de instrucciones, algo que ni Joyce, ni Celine, ni Manganelli necesitan. Lo cual es tanto más curioso en cuanto que sus análogos en las otras artes (Antonio Saura, Oteiza, Sainz de Oiza, Luis de Pablos) no han sufrido igual ostracismo.</p>
<p>No por pesimismo sino por lucidez, Benet intuyó muy pronto la soledad que le esperaba. En la espléndida introducción al primero de los libros que ahora comento <em>(Ensayos de incertidumbre),</em> Ignacio Echevarría sostiene que Benet, como Eliot, &#8220;preparó su propio advenimiento&#8221; mediante ensayos programáticos que exponían lo sustancial de su concepción de la novela y de la prosa en general. Así como Eliot hubo de reescribir la historia de la poesía inglesa para explicar lo que se proponía con su propia obra, así también Benet puso los fundamentos sobre los que iba a edificar la suya en diversos ensayos, muchos de los cuales son los recogidos por Echevarría en esta imprescindible selección.</p>
<p>El uso del ensayo como &#8220;profecía de sí mismo&#8221; sigue la misma estrategia en Eliot que en Benet, como puede comprobarse en otra notable antología de ensayos de T. S. Eliot, recogida y prologada por Andreu Jaume con el título <em>La aventura sin fin</em> y que complementa a la anterior. Se comprobará que ambos, Benet y Eliot, tenían la convicción de que el arte literario aporta un saber específico que ni la ciencia ni ningún otro arte puede alcanzar. Ambos defendían la jerarquía de la excelencia y despreciaban la literatura del halago moral, la oportunidad política o la vanidad personal. Pero esa seriedad no excluye el humor, sino que es su garantía: buena parte de los ensayos de Benet está compuesta desde la ironía y el sarcasmo. Eso fue lo que en ocasiones despistó de tal modo a sus lectores que tomaron por serio lo cómico y por chiste lo riguroso, porque la ambición de Benet fue la recuperación del <em>grand style,</em> el estilo elevado que, según decía, había ido decayendo a partir del barroco para acabar en una prosa demótica, sin altura ni arte, tan acomodaticia como la sociedad que la consumía.</p>
<p>El estilo elevado, como es lógico, no podía recuperarse crudamente mediante un <em>pastiche</em> (práctica muy anglosajona), sino con la previa creación de un espacio capaz de <em>sostener</em> ese lenguaje y si bien su modelo fue el condado faulkneriano de Yoknapatawpha, supo reconocer con regocijo el Macondo de García Márquez. Son estos unos lugares con verosimilitud geográfica, pero construidos solo para dar &#8220;espacio&#8221; a un lenguaje exterior al tiempo y la historia. El espacio de Benet se llama Región y es una de las grandes creaciones literarias españolas.</p>
<p>La segunda publicación, aunque menor, tiene importancia porque recupera uno de los escasísimos inéditos de Benet, las <em>Variaciones sobre un tema romántico</em> en las que a partir de un motivo y a la manera de la forma musical, se van sucediendo &#8220;variaciones&#8221; en las que el motivo aparece cada vez encriptado en una nueva situación narrativa. Aunque incompleto, el breve texto da una idea muy adecuada de ese radicalismo de Benet que podríamos llamar &#8220;soberanismo literario&#8221;.</p>
<p>La tercera publicación es la más íntima y, sin embargo, esclarece todo lo hasta ahora comentado. Leyendo la <em>Correspondencia</em> entre Benet y Carmen Martín Gaite he tenido la permanente impresión de estar oyendo una conversación entre mis padres a través de la pared del dormitorio. Hablaban con esa sinceridad que solo es de uso cuando nadie puede oírte. A lo que se añadía la singular condición de que ambos habían muerto. Fue turbador y agobiante porque parecía que el muerto fuera yo.</p>
<p>Posiblemente los escritores sean quienes más sinceros e ingenuos se muestran en sus cartas, pues aunque traten de disimular o mentir sobre aquello que menos les halaga, nunca logran esconderlo: se traicionan en cada giro de una escritura que ellos creen dominar, pero de la que son servidores. Me refiero, claro está, a los grandes escritores, los que merecen el apelativo de artistas. Las cartas, editadas con singular inteligencia por José Teruel, forman uno de los más bellos libros del año y uno de los más patéticos también.</p>
<p>Desde las primeras cartas se advierte el chispazo de inteligencia mutua que debió de saltar entre ambos en alguna de las reuniones o tertulias a las que asistían, cada uno por su lado, en la lóbrega atmósfera del franquismo. No eran adolescentes que pueden confundir la comezón hormonal con la admiración intelectual, ambos estaban ya en la frontera de los 40, así que tenían pocas posibilidades de variar los aspectos medulares de su vida. Habría que añadir que las alteraciones que en efecto se produjeron fueron por causa externa y en ambos casos trágica, la muerte de los hijos, el suicidio de la esposa, desastres que no afloran en su correspondencia (los dos militaban en el estoicismo) y el lector lo agradece.</p>
<p>En estas cartas no hay la menor sombra frívola porque ambos tenían una pasión predominante: la literatura. No le pedían al cómplice nada que no fuera su juicio e ideas sobre la prosa literaria. Así que la primera carta (la invitación) viene de la mujer y es un desafío para que el varón exponga su modo de entender este arte solitario, desesperante y gozoso que es la escritura. Ella promete contribuir al intercambio y para pasmo de quienes lo conocimos, Benet acepta la oferta y envía con absoluto aplomo algunas de las mejores páginas que le hemos leído sobre el oficio de escribir, perfectamente complementarias a las editadas por Echevarría.</p>
<p>A aquellas cartas posiblemente Martín Gaite contestaba con esmero, pero no se han conservado más que unas pocas, como si el azar hubiera decidido una historia dominada por el varón, en la que el lector constata y sufre la sumisión de la mujer. A las cartas de Martín Gaite no les faltan buenas razones, elegancia e inteligencia, pero ella misma se percata (y así lo dice) de que su papel es el de la <em>allumeuse;</em> la tarea fatigosa, tenaz, agonística, queda para Benet.</p>
<p>Con el tiempo ella se cansó de su papel y le pidió a Benet más atención al acto. Y Benet se revolvió como la fiera a la que se impide ejercer la dignidad de su especie. Así que la correspondencia se fue haciendo cada vez más escasa y tartamuda, y aparecerá incluso el rencor en 1970 cuando ella observe que Benet se está desviando hacia otra meta literaria menos pasional, más fría, más técnica, aunque quizá más sabia, y con esa crueldad que solo ejercen impunemente algunas mujeres, le dirá cuatro verdades que Benet no habría soportado de absolutamente nadie.</p>
<p>El final, el terrible final, es el de dos extraordinarios escritores agotados, derrotados por la vida y por el arte, que se encuentran, como la pareja de Bergman al final de <em>Escenas de un matrimonio,</em> cada uno en una esquina de la habitación vacía, sentados en el suelo con las rodillas abrazadas y tratando de entrever a la luz de un fuego que se apaga los viejos rasgos, los amados rasgos de alguien que años atrás había sido el domingo de la vida.</p>
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		<title>El carnicero de Praga</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Oct 2011 18:37:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Crímenes de guerra o contra la Humanidad]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Nazismo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011 (EL PAÍS, 09/10/11):</p>
<p>Hace por lo menos tres décadas que no leía un Premio Goncourt. En los años sesenta, cuando trabajaba en la Radio Televisión Francesa, lo hacía de manera obligatoria, pues debíamos dedicarle el programa <em>La literatura en debate,</em> en el que, con Jorge Edwards, Carlos Semprún y Jean Supervielle pasábamos revista semanal a la actualidad literaria francesa. O mi memoria es injusta, o aquellos premios eran bastante flojos, pues no recuerdo uno solo &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/37436/el-carnicero-de-praga/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011 (EL PAÍS, 09/10/11):</p>
<p>Hace por lo menos tres décadas que no leía un Premio Goncourt. En los años sesenta, cuando trabajaba en la Radio Televisión Francesa, lo hacía de manera obligatoria, pues debíamos dedicarle el programa <em>La literatura en debate,</em> en el que, con Jorge Edwards, Carlos Semprún y Jean Supervielle pasábamos revista semanal a la actualidad literaria francesa. O mi memoria es injusta, o aquellos premios eran bastante flojos, pues no recuerdo uno solo de los siete que en aquellos años comenté.</p>
<p>Pero estoy seguro, en cambio, que este Goncourt que acabo de leer, <em>HHhH,</em> de Laurent Binet -tiene 39 años, es profesor y esta es su primera novela- lo recordaré con nitidez lo que me queda de vida. No diría que es una gran obra de ficción, pero sí que es un magnífico libro. Su misterioso título son las siglas de una frase que, al parecer, se decía en Alemania en tiempos de Hitler: <em>&#8220;Himmlers Hirn heisst Heydrich&#8221;</em> (El cerebro de Himmler se llama Heydrich).</p>
<p>La recreación histórica de la vida y la época del jefe de la Gestapo, Reinhard Heydrich, de la creación y funciones de las SS, así como de la preparación y ejecución del atentado de la resistencia checoslovaca que puso fin a la vida del <em>Carnicero de Praga</em> (se le apodaba también <em>La Bestia Rubia)</em> es inmejorable. Se advierte que hay detrás de ella una investigación exhaustiva y un rigor extremo que lleva al autor a prevenir al lector cada vez que se siente tentado -y no puede resistir la tentación- de exagerar o colorear algún hecho, de rellenar algún vacío con fantasías o alterar alguna circunstancia para dar mayor eficacia al relato. Esta es la parte más novelesca del libro, los comentarios en los que el narrador se detiene para referir cómo nació su fascinación por el personaje, los estados emocionales que experimenta a lo largo de los años que le toma el trabajo, las pequeñas anécdotas que vivió mientras se documentaba y escribía. Todo esto está contado con gracia y elegancia, pero es, a fin de cuentas, adjetivo comparado con la formidable reconstrucción de las atroces hazañas perpetradas por Heydrich, que fue, en efecto, el brazo derecho de Himmler y uno de los jerarcas nazis más estimados por el propio Führer.</p>
<p>Carnicero, Bestia y otros apodos igual de feroces no bastan, sin embargo, para describir a cabalidad la vertiginosa crueldad de esa encarnación del mal en que se convirtió Reinhard Heydrich a medida que escalaba posiciones en las fuerzas de choque del nazismo, hasta llegar a ser nombrado por Hitler el Protector de las provincias anexadas al Reich de Bohemia y Moravia. Era hijo de un pasable compositor y recibió una buena educación, en un colegio de niños bien donde sus compañeros lo atormentaban acusándolo de ser judío, acusación que estropeó luego su carrera en la Marina de Guerra. Tal vez su precoz incorporación a las SS, cuando este cuerpo de élite del nazismo estaba apenas constituyéndose, fue la manera que utilizó para poner fin a esa sospecha que ponía en duda su pureza aria y que hubiera podido arruinar su futuro político. Fue gracias a su talento organizador y su absoluta falta de escrúpulos que las SS pasaron a ser la maquinaria más efectiva para la implantación del régimen nazi en toda la sociedad alemana, la fuerza de choque que destrozaba los comercios judíos, asesinaba disidentes y críticos, sembraba el terror en sindicatos independientes o fuerzas políticas insumisas, y, comenzada la guerra, la punta de lanza de la estrategia de sujeción y exterminación de las razas inferiores.</p>
<p>En la célebre conferencia de Wannsee, del 20 de enero de 1942, fue Heydrich, secundado por Eichmann, quien presentó, con lujo de detalles, el proyecto de <em>Solución Final,</em> es decir, de industrializar el genocidio judío -la liquidación de 11 millones de personas- utilizando técnicas modernas como las cámaras de gas, en vez de continuar con la liquidación a balazos y por pequeños grupos, lo que, según explicó, extenuaba física y psicológicamente a sus <em>Einsatzgruppen.</em> Cuentan que cuando Himmler asistió por primera vez a las operaciones de exterminio masivo de hombres, mujeres y niños, la impresión fue tan grande que se desmayó. Heydrich estaba vacunado contra esas debilidades: él asistía a los asesinatos colectivos con papel y lápiz a la mano, tomando nota de aquello que podía ser perfeccionado en número de víctimas, rapidez en la matanza o en la pulverización de los restos. Era frío, elegante, buen marido y buen padre, ávido de honores y de bienes materiales, y, a los pocos meses de asumir su protectorado, se jactaba de haber limpiado Checoslovaquia de saboteadores y resistentes y de haber empezado ya la germanización acelerada de checos y eslovacos. Hitler, feliz, lo llamaba a Berlín con frecuencia para coloquios privados.</p>
<p>En estos precisos momentos, el Gobierno checo en el exilio de Londres, presidido por Benes, decide montar la Operación Antropoide, para ajusticiar al Carnicero de Praga, a fin de levantar la moral de la diezmada resistencia interna y mostrar al mundo que Checoslovaquia no se ha rendido del todo al ocupante. Entre todos los voluntarios que se ofrecen, se elige a dos muchachos humildes, provincianos y sencillos, el eslovaco Jozef Gabcík y el checo Jan Kubiš. Ambos son adiestrados en la campiña inglesa por los jefes militares del exilio y lanzados en paracaídas. Durante varios meses, malvivirán en escondrijos transeúntes, ayudados por los pequeños grupos de resistentes, mientras hacen las averiguaciones que les permitan montar un atentado exitoso en el que, tanto Gabcík como Kubiš lo saben, tienen muy pocas posibilidades de salir con vida.</p>
<p>Las páginas que Binet dedica a narrar el atentado, lo que ocurre después, la cacería enloquecida de los autores por una jauría que asesina, tortura y deporta a miles de inocentes, son de una gran maestría literaria. El lenguaje limpio, transparente, que evita toda truculencia, que parece desaparecer detrás de lo que narra, ejerce una impresión hipnótica sobre el lector, quien se siente trasladado en el espacio y en el tiempo al lugar de los hechos narrados, deslizado literalmente en la intimidad incandescente de los dos jóvenes que esperan la llegada del coche descapotable de su víctima, los imprevistos de último minuto que alteran sus planes, el revólver que se encasquilla, la bomba que hace saltar solo parte del coche, la persecución por el chófer. Todos los pormenores tienen tanta fuerza persuasiva que quedan grabados de manera indeleble en la memoria del lector.</p>
<p>Parece mentira que, luego de este cráter, el libro de Laurent Binet sea capaz todavía de hacer vivir una nueva experiencia convulsiva a sus lectores, con el relato de los días que siguen al atentado que acabó con la vida de Heydrich. Hay algo de tragedia griega y de espléndido <em>thriller</em> en esas páginas en que un grupo de checos patriotas se multiplica para esconder a los ajusticiadores, sabiendo muy bien que por esa acción deberán morir también ellos, hasta el epónimo final en que, vendidos por un Judas llamado Karel Curda, Gabcík, Kubiš y cinco compañeros de la resistencia se enfrentan a balazos a 800 SS durante cinco horas, en la cripta de una iglesia, antes de suicidarse para no caer prisioneros.</p>
<p>La muerte de Heydrich desencadenó represalias indescriptibles, como el exterminio de toda la población de Lídice, y torturas y matanzas de centenares de familias eslovacas y checas. Pero, también, mostró al mundo lo que, todavía en 1942, muchos se negaban a admitir: la verdadera naturaleza sanguinaria y la inhumanidad esencial del nazismo. En Checoslovaquia misma, pese al horror que se vivió en las semanas y meses siguientes a la Operación Antropoide, la muerte de Heydrich mantuvo viva la convicción de que, pese a todo su poderío, el Tercer Reich no era invencible.</p>
<p>Un buen libro, como este, perdura en la conciencia, y es un gusanito que no nos da sosiego con esas preguntas inquietantes: ¿cómo fue posible que existiera una inmundicia humana de la catadura de un Reinhard Heydrich? ¿Cómo fue posible el régimen en que individuos como él podían prosperar, alcanzar las más altas posiciones, convertirse en amos absolutos de millones de personas? ¿Qué debemos hacer para que una ignominia semejante no vuelva a repetirse?</p>
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		<title>Cuando la palabra poética nos abandonó</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Oct 2011 17:12:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 02/10/11):</p>
<p>Una reciente cala veraniega en antologías y obras de autores hispanos del periodo que abarca de la entronización de la dinastía borbónica hasta la muerte de Fernando VII me confirmó sin lugar a dudas que la decadencia política y económica de España se acompañó asimismo de un estiaje creativo que, exceptuando el milagro de Goya, apenas permite vislumbrar algunas brasas en tan extenso y ceniciento erial. En vano buscaremos una huella de la genial invención cervantina ni de la palabra poética de san Juan de la Cruz, Quevedo o Góngora. Ni siquiera &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/37292/cuando-la-palabra-poetica-nos-abandono/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 02/10/11):</p>
<p>Una reciente cala veraniega en antologías y obras de autores hispanos del periodo que abarca de la entronización de la dinastía borbónica hasta la muerte de Fernando VII me confirmó sin lugar a dudas que la decadencia política y económica de España se acompañó asimismo de un estiaje creativo que, exceptuando el milagro de Goya, apenas permite vislumbrar algunas brasas en tan extenso y ceniciento erial. En vano buscaremos una huella de la genial invención cervantina ni de la palabra poética de san Juan de la Cruz, Quevedo o Góngora. Ni siquiera del mal conocido Gracián. Diríase que tan glorioso pasado hubiera sido borrado de golpe y cedido el paso a una lobreguez que no obstante los bien intencionados esfuerzos de algunos esclarecidos (empleo el término correcto acuñado por Eduardo Subirats respecto a los ilustrados) nadie alcanzó a alumbrar. El desprecio injusto a la corriente innovadora, de modernidad atemporal, de la propia tradición; la imitación desastrosa del acartonado neoclasicismo francés; la presencia castradora del Santo Oficio (no olvidemos las vicisitudes del proceso y retracción forzada de Olavide) explican en parte, pero tan solo en parte, tan sobrecogedor salto atrás.</p>
<p>Si las fábulas de Iriarte y su rival Samaniego pueden ser recorridas con agrado aunque digan muy poco al lector de hoy y el humor de bajo vuelo de fray Gerundio de Campazas soporta tan solo una primera (y única) lectura, la novela <em>Eusebio</em> de Pedro Montengón, afrancesado e imbuido de la filosofía de las Luces, cuya crítica aguda de la ignorancia en la que se hallaba sumida España, como señalaba recientemente Rogelio Blanco en <em>La República de las Letras,</em> es de un enorme interés, no alcanza con todo a renovar el género como lo hizo Diderot: su aportación es más didáctica que literaria. Incluso un autor tan notable como José María Cadalso -cuyas incentivas <em>Cartas Marruecas</em> reescribí a mi manera hace unas décadas y reflejan por desdicha algunos aspectos de la indignada y fallera España de 2011-, fracasó en el ámbito novelesco: sus <em>Noches lúgubres</em> no aguantan un mero repaso por mucha que sea la buena voluntad del lector. Dicha incapacidad para un género que, gracias a la semilla cervantina, floreció en las dos orillas del canal de la Mancha, afecta incluso a nuestros mejores creadores de la primera mitad del siglo XIX: Blanco White y Larra. <em>Luisa de Bustamante, la huérfana española en Inglaterra</em> del primero y <em>El doncel de don Enrique el Doliente</em> del segundo no redundan en la gloria de dos autores de su valía: su lectura es inocua y nos decepciona. <em>Las barras de plata</em> de mi tatarabuela María Mendoza, inspirada como Larra por el medievalismo de Walter Scott, no desmerece en exceso de ellas.</p>
<p>Si de la novela pasamos a la poesía -dejo por ahora el teatro de Leandro Fernández de Moratín y la figura del novelable y novelado Abate Marchena-, la situación no es más lucida. La imitación antes señalada de los neoclásicos franceses y su retórica huera alterna con el entusiasmo ingenuo por la ciencia y los valores del progreso. Intentar recorrer las odas de Meléndez Valdés es degustar una especie de jarabe de melaza que indigesta el estómago más resistente. Mi admirado Menéndez Pelayo, a quien tantos descubrimientos debo en el fecundo campo de la heterodoxia hispana, escribía de ella con su habitual gracejo: &#8220;¿Qué decir de un poeta que se imagina convertido en palomo, y a su amada en paloma, <em>cubriendo a la par los albos huevos?&#8221;.</em></p>
<p>Si la palabra poética tiene algún sentido, no la hallaremos jamás en la infinidad de versos grises embebidos de un vago humanismo o, peor aún, escritos a la gloria de monarcas idiotas o favoritos de la especie de Manuel Godoy. Cienfuegos, Quintana, Reinoso, Alberto Lista, entonaban odas a la imprenta, a la vacuna, a la beneficencia, etcétera, con resultados idénticos a quienes un siglo y medio después exaltarían las estadísticas de producción (trucadas) de la URSS y las virtudes del <em>homo sovieticus.</em> Una garrulería insoportable a cualquier oído fino arrambló con todo asomo de sensibilidad literaria. Las durísimas palabras de Sarmiento durante su estancia en la Península reflejan con crudeza el agotamiento creativo de la época. La literatura española se había convertido en un secarral.</p>
<p>Las razones de semejante vacío después de varios siglos de una dinámica excepcional en el ámbito artístico y literario europeo son múltiples y las mejores respuestas contemporáneas a los hechos las hallamos, como siempre, en Blanco White. Hundido nuestro poder militar y económico, independizada la España ultramarina, marginadas las tentativas emancipadoras en el campo del pensamiento y la ciencia -esas <em>Pequeñas Atlántidas</em> que, con Jovellanos a la cabeza, intentó rescatar hace medio siglo Alberto Gil Novales-, el retorno al absolutismo inquisitorial hundió en el pesimismo a las mentes más lúcidas refugiadas en Europa o América. Recordemos las palabras de Fernando VII en octubre de 1824, después de la intervención militar de la muy poco Santa Alianza que liquidó las esperanzas suscitadas por el Trienio liberal:</p>
<p>&#8220;Con el fin de que desaparezca del suelo español hasta la más remota idea de que la soberanía resida en otro que en mi real persona; con el justo fin de que mis pueblos conozcan que jamás entraré en la más pequeña alteración de las leyes fundamentales de esta monarquía, dispongo que &#8230;&#8221;, etcétera.</p>
<p>¿Qué efecto podía surtir dicho mensaje sino el embrutecimiento de unos y una fervorosa rebeldía política y patriótica, pero sin dimensión estética, de cuantos se oponían a semejantes despropósitos?</p>
<p>La palabra poética nos abandonó. La persistente inclinación nacional por los malos, pero ardorosos poetas, tardó en enmendarse y se convirtió, como dijo un crítico en un acceso de lucidez, &#8220;en una nueva forma de calamidad pública&#8221;. Es ya hora de que revisemos nuestros esquemas heredados de generación en generación, y dejemos de llamar poesía a lo que no lo es.</p>
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		<title>Genio y humor de Diderot</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Sep 2011 18:10:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 04/09/11):</p>
<p>La edición crítica de <em>Jaques el Fatalista</em> <em>y su amo</em> (así lo escribía su autor) a cargo de Simone Lecointre y Jean Le Galliot de 1977 a partir del &#8220;manuscrito de Leningrado&#8221; -ahora de nuevo el de San Petersburgo- que me procuró la mejor diderotiana de España, María Antoranz, me ha inducido a enfrascarme una vez más en la novela, con un placer aún mayor que en el de mis anteriores calas. Como ocurre con el <em>Quijote</em> y <em>Tristram Shandy,</em> sus dos claros predecesores, las lecturas del texto son inagotables y cambian &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/39002/genio-y-humor-de-diderot/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 04/09/11):</p>
<p>La edición crítica de <em>Jaques el Fatalista</em> <em>y su amo</em> (así lo escribía su autor) a cargo de Simone Lecointre y Jean Le Galliot de 1977 a partir del &#8220;manuscrito de Leningrado&#8221; -ahora de nuevo el de San Petersburgo- que me procuró la mejor diderotiana de España, María Antoranz, me ha inducido a enfrascarme una vez más en la novela, con un placer aún mayor que en el de mis anteriores calas. Como ocurre con el <em>Quijote</em> y <em>Tristram Shandy,</em> sus dos claros predecesores, las lecturas del texto son inagotables y cambian tanto por la bien calculada astucia del autor como por el grado de conocimientos literarios y la disposición lúdica de quien lo lee. La percepción del especialista no es la de quien se adentra en el libro dispuesto a sonreír y pasar un buen rato. Ambos enfoques son válidos y yo diría que complementarios. El erudito a secas no alcanza tal vez a disfrutar de las trampas y señuelos de la novela como el dotado del sentido del humor. Mas su laboreo permite a este una mejor compresión del deleite de su lectura.</p>
<p>Publicada póstumamente en 1796, <em>Jacques el Fatalista,</em> cuyo manuscrito fue confiado por el propio Diderot a la mecenas y protectora entusiasta de los enciclopedistas, la zarina de Rusia Catalina II la Grande -la obra no interesó al público ni a la crítica de su tiempo, ceñidos hoy como ayer a una mera lectura histórico-realista del género novelesco. Las &#8220;perlas&#8221; con las que fue recibida por los gacetilleros de la época -&#8221;una sarta de caprichos y ocurrencias&#8221;, &#8220;un diálogo que acaba por dar dolor de cabeza&#8221;, &#8220;un remedo de <em>Cándido&#8221;,</em> etcétera- anticipan las que saludarán luego a <em>La educación sentimental, Bouvard y Pécuchet</em> y, en nuestros predios, a <em>La Regenta.</em></p>
<p>La novela de Diderot es póstuma por partida doble: apareció 12 años después de la muerte del autor y pertenece a la estirpe de las obras que parecen haber sido escritas para la posteridad, para un lector no nacido aún. Este surge al cabo de X tiempo y verifica que se halla ante un texto contemporáneo suyo. ¿Cuántos accedieron a la poética narrativa de <em>Los cantos de Maldoror</em> hasta su descubrimiento por los surrealistas? El lector potencial o dormido existe (en el caso de <em>La lozana andaluza</em> sesteó cuatro siglos y medio) y su despertar coincide con un cambio de la sensibilidad de la época, cuando caen las anteojeras de una concepción literaria caduca. &#8220;Lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella&#8221;, decía Gide, y la vida póstuma de muchas grandes obras le da sobradamente la razón.</p>
<p>¿Cuál es el argumento de <em>Jacques el Fatalista?</em> se pregunta el lector perezoso, ávido de aventuras. En efecto, no lo ve por ningún lado y la serie de digresiones, incidentes o azares que interrumpen el suspirado tema novelesco le llenan de perplejidad, si no de irritación. ¡Acción, más acción!, le increpa también el crítico sin que ni uno ni otro se percaten de que el propósito delautor sea la parodia de la verosimilitud de la novela histórica en su pretensión de reproducir lo real. Ante cada secuencia amorosa en germen, la esperanza del lector se ve despiadadamente defraudada. El episodio de la rodilla herida de Jacques al caer de su montura y la intervención solícita de la bella mujer del cirujano, presagio de sus futuros amores, se trunca una y otra vez con un humor corrosivo que arrambla con los distintos códigos narrativos a los que se halla habituado el lector.</p>
<p>El autor se encara directamente con este para advertirle que el hilo argumental es un callejón de ramificaciones infinitas. Jacques se distrae, cambia de idea, se resfría y pierde la voz. &#8220;Vaya Jacques, ¿y la historia de tus amores?&#8221;. En vez de responder, Jacques exclamó, &#8220;al diablo la historia de mis amores&#8221;. &#8220;Te escucho, lector, me preguntas: ¿y los amores de Jacques? ¿Crees que no soy tan curioso como tú?&#8221;. &#8220;Lector, me tratas como un autómata, eso no es cortés&#8221;. El continuo tira y afloja concluye con la resignada amonestación al auditor-leyente: &#8220;Jacques ha dicho cien veces que está escrito en lo alto que no terminará su historia y compruebo que tiene razón. Bien veo, lector, que eso te fastidia. Pues anda, toma el relato donde lo dejé y prolóngalo conforme a tu fantasía&#8221;.</p>
<p>Como en su historieta <em>Esto no es cuento,</em> Diderot recurre a las argucias y tretas del relato oral en el que el público dialoga con el narrador y este contesta a sus preguntas. La gestualidad es una saludable fuente de equívocos cuyo relativismo diluye la supuesta verdad de los hechos referidos o, por mejor decir, el simulacro de su verosimilitud o de una inverosimilitud autentificada por el portavoz de alguna divinidad situada en lo alto. Nadie pone en duda el texto supuestamente sagrado. Este se escucha con reverencia y el público dice amén.</p>
<p>Si la deuda de Diderot con Sterne, de cuyo <em>Tristram Shandy</em> toma párrafos enteros, de ordinario sin citarle, es bien manifiesta, la contraída con Cervantes no es en modo alguno menor. Jacques y su amo son tan inseparables como don Quijote y Sancho (y lo serán después Bouvard y Pécuchet y los héroes de <em>Es cuento largo,</em> de Günter Grass). Cervantes fue el primero en arremeter con humor contra los géneros narrativos de su tiempo, no solo el de las novelas de caballería sino también la bucólica, bizantina, italianizante, etcétera, y en levantar sobre sus ruinas el edificio de nuestra primera novela. Y el papel desempeñado en la Segunda Parte por el falso Quijote de Avellaneda -ese juego de espejos que consagra la infinitud de la ficción dentro de la ficción- lo será en Diderot por el epílogo del supuesto editor -un recurso muy común a las Memorias de su tiempo-, poseedor de tres manuscritos que refieren de forma distinta el final de la historia: uno es paródicamente un plagio de Sterne; los otros rematan aquella ya con el epílogo feliz de los amores de Jacques con la bella enfermera, ya con el triste sino del héroe, sepultado con grilletes y esposas en el siniestro calabozo de un castillo, si bien cabe la posibilidad, se nos insinúa, de que el amo de Jacques, apiadado de su suerte, pueda liberarle y devolverle a sus amores, a menos que él o el dueño del castillo, prendados a su vez de la cuidadora&#8230; El desenlace abierto a varias salidas concede la facultad de opción al lector, libre de elegir el que más le apetezca.</p>
<p>El fatalismo burlón e irreverente de Diderot, padre del materialismo filosófico de la Enciclopedia, se condensa en el monólogo interior del protagonista en las últimas líneas de la novela: &#8220;Si está escrito en lo alto que serás cornudo, Jacques, por mucho que hagas lo serás; si está escrito, al revés, que no lo serás, por mucho que ellos hagan [su amo y el dueño del castillo], no lo serás; duerme pues amigo mío&#8230; y se durmió&#8221;.</p>
<p>¿Quién dice que el humor y la hondura y seriedad propias del filósofo sean inconciliables? El ejemplo de Diderot es la prueba rotunda de su armoniosa y perfecta compatibilidad.</p>
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		<title>La ballena teológica</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Sep 2011 12:35:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge Edwards</strong>, escritor (EL PAÍS, 03/09/11):</p>
<p>Aparecen amigos que se habían colocado, a lo largo de años y décadas, fuera de la conciencia, en los terrenos de aquello que se podría llamar memoria profunda, en la medida en que otros desaparecen. Es un proceso trágico. La ciudad de ahora es una caricatura, una cáscara, una ciudad fantasma. Sí que nos conocemos, me escribe un autor, Jesús Marchamalo, y me manda un libro de 107 páginas que se llama <em>Cortázar y los libros.</em></p>
<p>Conocer a los autores por su biblioteca particular es una buena manera de conocerlos. De reconocerlos, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38939/la-ballena-teologica/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge Edwards</strong>, escritor (EL PAÍS, 03/09/11):</p>
<p>Aparecen amigos que se habían colocado, a lo largo de años y décadas, fuera de la conciencia, en los terrenos de aquello que se podría llamar memoria profunda, en la medida en que otros desaparecen. Es un proceso trágico. La ciudad de ahora es una caricatura, una cáscara, una ciudad fantasma. Sí que nos conocemos, me escribe un autor, Jesús Marchamalo, y me manda un libro de 107 páginas que se llama <em>Cortázar y los libros.</em></p>
<p>Conocer a los autores por su biblioteca particular es una buena manera de conocerlos. De reconocerlos, puesto que encontrar textos en esa biblioteca remite a un conjunto de citas, de comentarios, de predilecciones, que conocimos a través de la lectura.</p>
<p>Encontré hace algunos años los libros de Miguel de Unamuno en su casa de rector de la Universidad de Salamanca. Y hace poco me llevaron a visitar la casa de Azorín en un pueblo cerca de Alicante, Monóvar. Estos escritores de la generación del 98 eran enormes lectores. Su idea de renovar la sociedad española, de hacerla más respirable, más libre, más humana, había comenzado con la lectura. En el último piso de la hermosa casa de Monóvar había maravillosas cartas, fotografías curiosas, una edición admirable de Michel de Montaigne, otra de Cervantes, otras de ingleses, italianos, alemanes. Habría que dedicar una vacación entera a explorar una biblioteca y a salir en las tardes a tomar el fresco en los caminos aledaños. ¿Por qué seremos incapaces de emplear el tiempo libre con sabiduría, por qué nos equivocaremos tanto? Me parece que la situación europea de hoy es el resultado de errores, de incapacidades sucesivas y dramáticas. Si es un destino humano, querrá decir que estamos perdidos, que no tenemos remedio.</p>
<p>Tengo el vago recuerdo de una entrevista que me hizo Jesús Marchamalo en una caseta de la Feria del Libro de Madrid, hace cinco o seis años, quizá más. Ahora me cuenta que vino a París a visitar una de las casas de Julio Cortázar y que nos cruzamos. Me había encontrado hacía pocos meses, precisamente, con la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, y había ido a dejarla a su casa de la plaza del General Beuret, en el distrito XV. Me pareció que nada había cambiado: ni la plaza de barrio, ni el café de la esquina, donde los parroquianos de siempre jugaban a las cartas, ni la puerta estrecha y la residencia vertical, aplastada entre los edificios vecinos.</p>
<p>Ahí había conocido a Julio y Aurora en el remoto segundo semestre de 1962. Eduardo Jonquières estaba sentado en un sillón del segundo piso y entre los libros, o encima de una mesa, había una fotografía en gran formato de Jorge Luis Borges. Es decir, Julio acababa de descubrir, connotable sorpresa de su parte, a Fidel Castro, pero no abandonaba por ningún motivo su fidelidad a Borges. Era una profunda contradicción, pero solo las personas verdaderas pueden tener contradicciones de una profundidad semejante. No las caricaturas de personas, no los estereotipos.</p>
<p>Según nos cuenta Jesús Marchamalo, la biblioteca de la <em>rue</em> Martel, la del final de la vida de Julio Cortázar, fue a parar algunos años después a la Fundación Juan March, en Madrid. Me habría gustado mucho ver una fotografía de la biblioteca de la plaza del General Beuret, así como revisar los discos de la discoteca, donde recuerdo un poco de Maurice Ravel, un poco de Claude Achille Debussy, y mucho Alban Berg y Arnold Schoenberg. Pero el escrutinio de los libros, fuera ya de las estanterías originales, no deja de ser interesante.</p>
<p>El escritor tenía la costumbre más o menos escolar de firmar los volúmenes y de anotar la ciudad donde habían sido comprados. La evolución de su firma, por lo demás, es un primer detalle curioso. A veces firmaba como J. Florencio Cortázar y otras como Julio Florencio. Publicó su primer libro de poemas, con un título poco imaginativo, <em>Presencia,</em> bajo el seudónimo de Julio Denis. En la familia, sin embargo, lo llamaban Cocó, y en 1947 escribió la siguiente dedicatoria en un ensayo suyo sobre Keats: &#8220;A abuelita, con todo el cariño de Cocó, 1947&#8243;. El uso del apelativo familiar se justificaba plenamente porque se trataba de la &#8220;abuelita&#8221;, pero el ensayo era de un refinamiento erudito y literario notable: <em>La urna griega en la poesía de John Keats.</em> Julio Cortázar había seguido los cursos de Arturo Marasso, gran especialista en literatura clásica, en el normal Mariano Acosta de Buenos Aires. Ahora, con largas décadas de &#8220;democratización&#8221; de la enseñanza, no creo que exista nada parecido a ese fabuloso &#8220;normal&#8221;, donde el Cortázar principiante aprendió a introducir en sus relatos referencias mitológicas -Ménades, Furias- que les daban una dimensión diferente, un elemento de misterio.</p>
<p>Lo más sorprendente y lo más instructivo de la biblioteca son las anotaciones y exclamaciones marginales de Cortázar lector. José Lezama Lima, el cubano, se lanza en una de sus habituales tiradas líricas, estrambóticas, y habla del <em>Martín Fierro,</em> el célebre poema gauchesco argentino, como de &#8220;la ballena teológica&#8221;. Es una frase enigmática, que tiene su vuelo, su secreto, su gracia. Cortázar, que contribuyó mucho a dar a conocer a Lezama fuera de Cuba, escribe a pie de página: &#8220;¡Qué loco macanudo sos!&#8221;. El autor había tomado una prudente distancia de Argentina, era un afrancesado de tomo y lomo, un cosmopolita confeso, y de pronto parecía más argentino que los argentinos.</p>
<p>La afirmación del nombre definitivo fue la afirmación de la personalidad literaria, como sucede en todos los escritores mayores. Aquí el proceso partía de un Buenos Aires de barrio, tanguero y arrabalero, como el que se describe en <em>Casa tomada,</em> pero pasaba por la poesía de un romántico inglés y por el culto de la muerte de los griegos del siglo V antes de Cristo.</p>
<p>El diálogo de Cortázar con los autores de su biblioteca era chispeante, encendido. Habría que hacer una compilación de esta escritura suya en los márgenes de sus libros. José Agustín Goytisolo terminaba un poema con los siguientes versos: &#8220;Así son pues los poetas / las viejas prostitutas de la historia&#8221;. &#8220;¡Che negro!&#8221;, comentaba Cortázar a un costado. Lee una primera versión de <em>Confieso que he vivido</em> y las erratas lo dejan abrumado. &#8220;Che Otero Silva, anota, qué manera de revisar el manuscrito, ¡carajo!&#8221;. El amor al libro lo llevaba a llenar el libro-objeto de borrones y exclamaciones malhumoradas. No está mal. Soy un ignorante en la materia, pero me parece que no se puede hacer algo parecido con eso que llaman <em>libros digitales.</em></p>
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		<title>A Russian Plot? No, a French Obsession</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/36314/a-russian-plot-no-a-french-obsession/</link>
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		<pubDate>Sun, 14 Aug 2011 21:51:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Robert Zaretsky</strong>, a professor of history at the University of Houston, Honors College, and the author of <em>Albert Camus: Elements of a Life</em> (THE NEW YORK TIMES, 14/08/11):</p>
<p>How absurd.</p>
<p>What better response to the news that, a half-century after Albert Camus’s death, an Italian scholar claims that the car accident that took his life was not an accident at all, but instead the work of the K.G.B.? According to the account, a well-known Czech poet confided to his diary that he had learned that Camus, a consistent and courageous critic of Communism, died after Soviet spies punctured &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/36314/a-russian-plot-no-a-french-obsession/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Robert Zaretsky</strong>, a professor of history at the University of Houston, Honors College, and the author of <em>Albert Camus: Elements of a Life</em> (THE NEW YORK TIMES, 14/08/11):</p>
<p>How absurd.</p>
<p>What better response to the news that, a half-century after Albert Camus’s death, an Italian scholar claims that the car accident that took his life was not an accident at all, but instead the work of the K.G.B.? According to the account, a well-known Czech poet confided to his diary that he had learned that Camus, a consistent and courageous critic of Communism, died after Soviet spies punctured a tire of the car he was traveling in, which then swerved off the road and wrapped itself around a tree.</p>
<p>It may be surprising that no such rumors existed at the time. In the bleak atmosphere of the cold war, the incredible seemed all too credible. The Soviet Union had recently tested its first atomic bomb. The Communist Party, loyal to Moscow and claiming the allegiance of the working class and intellectuals, was one of the largest in France. Few doubted it when the prominent philosopher Roger Garaudy predicted that “the 20th century will go down in history as the century of the victory of Communism.”</p>
<p>Conspiracy theories abounded in this hothouse atmosphere. Communists accused the government of agreeing to let the Coca-Cola Company turn the facade of Notre-Dame Cathedral into a billboard. The government arrested a Communist leader, Jacques Duclos, whose car contained two pigeons — carriers, the police claimed, for flying messages to Moscow. That Duclos, whose stomach remained French even while his heart had gone over to Moscow, meant those pigeons to go no farther than his dinner table was, of course, overlooked in the passions of the moment.</p>
<p>It would have been perfectly normal, in that context, for a rumor of Soviet malfeasance to flare once news of Camus’s death flashed across France.</p>
<p>But instead, most people latched on to a different contemporary obsession à la française: fast cars and spectacular accidents.</p>
<p>From the mid-1950s to the mid-1960s, a deep preoccupation with cars throbbed through French popular culture. When novelists, musicians and film directors were not busy using the car and road as metonyms or signifiers, they were instead busy dying, or being maimed, in real cars on real roads. The “French James Dean,” the novelist Roger Nimier, who once spoke of changing “ink into gasoline,” predicted he would die on a highway and fulfilled this forecast in a spectacular accident in 1962; Françoise Sagan, author of “Bonjour Tristesse,” nearly said au revoir la vie after she demolished her Aston Martin in 1957; the adventurer André Malraux’s two sons died in a car accident in 1961. Even Roland Barthes, who compared the Citroën DS to a Gothic cathedral, was eventually taken down in 1980 Paris by a drab laundry van run amok.</p>
<p>By the 1960s, France’s yearly toll of traffic fatalities dwarfed those of comparable countries. It was in the midst of this piston-driven devastation that the sporty Facel Vega, driven by Camus’s close friend Michel Gallimard, veered off the road. Who needed Moscow to explain the event? An engine with too much horsepower on a road designed not for cars, but horses, sufficed.</p>
<p>“There is grim philosophical irony in the fact that Albert Camus should have died in a senseless automobile accident,” an article in The New York Times following his death began, “victim of a chance mishap.” But to those Camus left behind, death by car was not exactly senseless. While his contemporaries were turning to religion or ideologies to escape the absurd, they were also turning to, well, cars. Going fast — going too fast — in slim cars with seductive names like Citroën’s “Goddess” seemed to offer a ticket to eternity, and to many onlookers, a high-speed death seemed a sensible, almost poetic, end for the era’s brightest stars.</p>
<p>In its allusion to the absurd nature of Camus’s death, The Times got it only half right. A death, Camus noted, is not absurd or meaningless because it results from chance or a mishap, but instead because we refuse to accept the very possibility of senselessness. We insist upon meaning, even when we invent or impose it. It is our confrontation with the universe, not something inherent to the universe itself, that leads to absurdity. “The absurd,” he insisted, “depends as much on man as on the world.” It occurs when one combines the world’s silence with our need for understanding.</p>
<p>And it can occur at any moment, even or perhaps especially in cars. “At any street corner,” Camus warned, “the feeling of absurdity can strike any man in the face.” When a friend warned him about driving on highways, he replied, “Don’t worry, I hate speed and don’t like automobiles.” Owner of a rarely used Citroën, his attitude to speed matched his attitude to religious or ideological faith: they were false methods of relieving ourselves of the weight of our lives. Life, he believed, precisely because it is absurd, is our most precious and weighty possession.</p>
<p>When the police reached the wrecked Facel Vega, they found Camus’s briefcase flung several yards from his broken body. Inside was the unfinished manuscript for his autobiographical novel, “The First Man.” In its pages we discover neither faith nor Facel Vegas. “Life,” he wrote, “so vivid and mysterious, was enough to occupy his entire being.”</p>
<p>As we near the centenary of Camus’s birth, we should listen to him and ignore the cloak-and-dagger theory now spackling the Web. Life, thank the silent heavens, holds mystery enough.</p>
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		<title>Borges entre señoras</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Aug 2011 17:57:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 14/08/11):</p>
<p>Entre 1936 y 1939 Borges tuvo a su cargo la sección de libros y autores extranjeros de <em>El Hogar,</em> un semanario bonaerense dedicado principalmente a las amas de casa y la familia. Emir Rodríguez Monegal y Enrique Sacerio-Garí reunieron una amplia antología de estos textos que publicó Tusquets en 1986 con el título <em>Textos cautivos. Ensayos y reseñas en &#8216;El Hogar&#8217; (1936-1939).</em></p>
<p>No conocía este libro y acabo de leerlo, en Mallorca, donde Borges, en cierto modo, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/36299/borges-entre-senoras/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 14/08/11):</p>
<p>Entre 1936 y 1939 Borges tuvo a su cargo la sección de libros y autores extranjeros de <em>El Hogar,</em> un semanario bonaerense dedicado principalmente a las amas de casa y la familia. Emir Rodríguez Monegal y Enrique Sacerio-Garí reunieron una amplia antología de estos textos que publicó Tusquets en 1986 con el título <em>Textos cautivos. Ensayos y reseñas en &#8216;El Hogar&#8217; (1936-1939).</em></p>
<p>No conocía este libro y acabo de leerlo, en Mallorca, donde Borges, en cierto modo, hizo su vela de armas literaria poco después de terminar sus estudios escolares, en Ginebra. Aquí escribió versos vanguardistas, firmó manifiestos, se vinculó a un grupo de poetas y escritores jóvenes de la isla, en una actividad intelectual intensa pero que poco dejaba adivinar de la trayectoria que tomaría su obra posterior. No sé por qué me había hecho la idea de que sus notas y artículos en <em>El Hogar,</em> serían, como aquellos escritos mallorquines de su juventud, testimonios de una prehistoria literaria sin mayor vuelo, meros antecedentes de la futura obra genial.</p>
<p>Me llevé una gran sorpresa. Son mucho más que eso. No sé si la selección, que parece haber sido hecha sobre todo por Sacerio-Garí -el libro apareció cuando Rodríguez Monegal había fallecido-, eliminó todos los textos de mera circunstancia y poca significación, pero la verdad es que esta antología es soberbia. Revela a un escritor dueño de un estilo cuajado y propio, enormemente culto, con un punto de vista que le permite opinar sobre poesía, novela, filosofía, historia, religión, autores clásicos y modernos y libros escritos en diversos idiomas, con absoluta desenvoltura y, a menudo, notable originalidad. Un colaborador que semanalmente comentara la actualidad literaria mundial con la lucidez, el rigor, la información y la elegancia con que lo hacía Borges en <em>El Hogar,</em> hubiera dado un gran prestigio a las más exigentes publicaciones intelectuales de los considerados entonces los ejes culturales de la época, como París, Londres y Nueva York. Que estos textos aparecieran en una revista porteña dedicada a las amas de casa dice mucho sobre la probidad con que su autor encaraba su vocación, y, también, desde luego, sobre los altos niveles culturales que lucía la Argentina de aquellos años.</p>
<p>Una de las rarezas de estos textos es que Borges se ha leído de principio a fin los textos que reseña, se trate de la voluminosa traducción de <em>Las mil y una noches</em> de sir Richard Burton, los ensayos sobre la mitología primitiva de sir James George Frazer o las novelas de Faulkner, Heming-way, Huxley, Wells y Virginia Wolf. Todo lo analiza y comenta con la seguridad que solo confiere el conocimiento. Cuando la oscuridad del libro es más fuerte que él, como le ocurre con el <em>Finnegans Wake</em> de James Joyce, lo confiesa y explica las posibles razones de su fracaso de lector. No hay uno solo de estos comentarios que dé la impresión de haber sido elaborado de cualquier manera, para cumplir, sin dar mayor importancia a un trabajo que sabía pasajero, superficial y olvidable. Nada de eso. Incluso las pequeñas notitas de pocas frases que aparecían a veces al pie de su página bajo el rubro <em>De la vida literaria</em> son una delicia de leer, por su ironía, su gracia y su inteligencia.</p>
<p>En los años en que colabora en <em>El Hogar</em> Borges publica ya un libro importante, <em>Historia universal de la infamia,</em> pero todavía no ha escrito ninguno de sus grandes cuentos, poemas o ensayos a los que deberá luego su fama. Sin embargo, ya había en él un talento fuera de lo común para leer y opinar sobre lo que leía, y una visión del mundo, de la cultura, la condición humana, del arte de inventar ficciones y de escribirlas que dan a todos estos textos un denominador común, de partes de un todo compacto. Lo primero que resalta en ellos es la curiosidad universal que guía sus lecturas, la de un lector que es ciudadano del mundo, pues se mueve con la misma soltura leyendo a Paul Valéry en francés, a Benedetto Croce en italiano, a Alfred Döblin en alemán y a T. S. Eliot en inglés. Y, lo segundo, la claridad y la fuerza persuasiva de una prosa donde hay casi tantas ideas como palabras y un esfuerzo permanente para no decir nada que no sea absolutamente indispensable respecto a lo que se propone decir. Cuentan que Raimundo Lida, en sus clases de Harvard, recordaba siempre a sus alumnos: &#8220;Los adjetivos se han hecho <em>para no usarlos&#8221;.</em> Borges es famoso por sus adverbios y adjetivos (&#8220;Nadie lo vio desembarcar en la <em>unánime</em> noche&#8221;), pero, justamente, lo es porque nunca abusa de ellos, porque estallan de pronto en sus frases como una aparición insólita y espectacular, que redondea una idea, abre una inesperada dimensión a la anécdota, trastorna y desbarajusta lo que hasta entonces parecía la dirección de un argumento. La riqueza de estas reseñas, comentarios o microbiografías está en la precisión y concisión con que fueron escritas: nunca parece faltar ni sobrar nada en ellas, todas gozan de aquella autosuficiencia que tienen los buenos poemas y las mejores novelas.</p>
<p>A veces, un párrafo de pocas frases le basta a Borges para resumir el juicio que le merece toda la vasta obra de un autor, como Samuel Taylor Coleridge: &#8220;Más de 500 apretadas páginas llenan su obra poética; de ese fárrago solo es perdurable (pero gloriosamente) el casi milagroso <em>Ancient Mariner.</em> Lo demás es intratable, ilegible. Algo similar acontece con los muchos volúmenes de su prosa. Forman un caos de intuiciones geniales, de platitudes, de sofismas, de moralidades ingenuas, de inepcias y de plagios&#8221;. La opinión es muy severa y acaso injusta. Pero, no hay duda, quien la formula de ese modo sabe lo que dice y por qué lo dice.</p>
<p>A veces, en los perfiles biográficos, hay verdaderas maravillas descriptivas, como este boceto físico del historiador Lytton Strachey: &#8220;Era alto, demacrado, casi abstracto, con el fino rostro emboscado detrás de los atentos anteojos y de la rojiza barba rabínica. Para mayor recato, era afónico&#8221;. No es raro que un elogio vaya acompañado de un mandoble letal, como en esta frase en la que, luego de alabar dos novelas de Lion Feuchtwanger <em>-El judío Süss </em>y La duquesa fea- añade: &#8220;Son novelas históricas, pero nada tienen que ver con el laborioso arcaísmo y con el opresivo <em>bric-à-brac</em> que hace intolerable ese género&#8221;.</p>
<p>No hay en el Borges que escribe estos sueltos y artículos la menor concesión hacia el público de una revista que no era ni especializado en literatura ni, en su gran mayoría, lo suficientemente culto como para poder apreciar en todo su valor las opiniones y elogios o admoniciones de que estaban impregnados sus artículos. Escribe como si se dirigiera a los más exquisitos y refinados lectores de la tierra, dando por supuesto que todos lo entenderían y aprobarían o desaprobarían sus juicios de igual a igual. Y, pese a ello, no hay en estas páginas arrogancia ni pedantería, esos desplantes detrás de los cuales se disimulan casi siempre la ignorancia y la vanidad. Son textos en los que, a pesar de su brevedad, el autor se juega a fondo, desnudándose de cuerpo entero, mostrando sus manías, fobias, filias, anhelos íntimos. Los autores que frecuentará toda su vida con admiración y lealtad desfilan por sus páginas, Schopenhauer, Chesterton, Stevenson, Kipling, Poe, los cuentos de <em>Las mil y una noches,</em> así como su debilidad por el género policial, a muchos de cuyos cultores, Chesterton, Ellery Queen, Dorothy L. Sayers y Georges Simenon, dedica artículos. Temas recurrentes de sus ficciones y ensayos, como el tiempo y la eternidad, asoman en las observaciones que consagra a la obra de teatro de J. B. Priestley <em>El tiempo y los Conways</em> y a <em>Un experimento con el tiempo</em> de J. W. Dunne, a quien dedicaría también en otra ocasión un largo ensayo. Y, por supuesto, la fascinación que ejerció siempre sobre él la literatura oriental está presente en los comentarios a libros chinos como <em>Historia de la orilla del agua,</em> una antología de cuentos fantásticos y folclóricos de ese país hecha por Wolfram Eberhard y la japonesa <em>The Tale of Genji</em> de Murasaki Shikibu.</p>
<p><em>Textos cautivos</em> constituye un magnífico panorama de lo que era la actualidad literaria de fines de los años treinta en el mundo occidental, época de una fulgurante creatividad en todos los géneros, la de Eliot, Joyce, Breton, Faulkner, Wolf, Mann, en la que la experimentación formal, la revisión del pasado reciente y clásico, las polémicas sociopolíticas y culturales trazaban una frontera entre dos épocas. Es fascinante que acaso nadie dejara un testimonio más agudo y sutil de toda la efervescencia de ideas, formas y creaciones literarias de aquellos años, que un (todavía) oscuro escribidor de los confines del mundo, en la página semanal que llenaba en una revista de amenidades concebida para hacer más llevadera la rutina de las amas de casa.</p>
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		<title>Hermanos siameses</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Aug 2011 16:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Sergio Ramírez</strong>, escritor y ex vicepresidente de Nicaragua (EL PAÍS, 05/08/11):</p>
<p>Eliseo Alberto es el cubano en singular que quedará en mi memoria, Lichi. He conocido a muchos cubanos pero como este, ninguno. Su paso, como de baile, su afecto amoroso, la clave alegre de burla e ironía en todo lo que decía, el manantial de historias que siempre tenía para contar. Un cubano con el que nunca me encontré en Cuba, a la que añoraba siempre y sobre cuyo recuerdo lloraba su alma con sentimiento de niño, donde ahora seguramente sus cenizas volverán, como él siempre quiso.&#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/36063/hermanos-siameses/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Sergio Ramírez</strong>, escritor y ex vicepresidente de Nicaragua (EL PAÍS, 05/08/11):</p>
<p>Eliseo Alberto es el cubano en singular que quedará en mi memoria, Lichi. He conocido a muchos cubanos pero como este, ninguno. Su paso, como de baile, su afecto amoroso, la clave alegre de burla e ironía en todo lo que decía, el manantial de historias que siempre tenía para contar. Un cubano con el que nunca me encontré en Cuba, a la que añoraba siempre y sobre cuyo recuerdo lloraba su alma con sentimiento de niño, donde ahora seguramente sus cenizas volverán, como él siempre quiso.</p>
<p>En 1998 ganamos juntos el premio internacional de novela Alfaguara que había sido convocado por primera vez, y ante el empate entre su libro y el mío, el premio no fue dividido, lo que las bases no permitían, pero las bases no decían nada acerca de concederlo de manera doble, y eso fue lo que ocurrió, de modo que desde entonces el premio nos hizo hermanos siameses. <em>Caracol Beach,</em> y <em>Margarita está lindar la mar.</em> <em>Caracol Beach,</em> una novela de feroz nostalgia y soledad, la soledad de la locura y el desarraigo, el urgente deseo de morir como una saga del desespero y la desesperanza.</p>
<p>Nos conocimos en México en la Casa Lamm, el centro cultural de la Colonia Roma, cuando concurrimos juntos a la primera conferencia de prensa de las muchas conferencias y entrevistas que nos tocaría dar a lo largo de un año en que viajamos por media España y por todo el continente, curando las fatigas con bromas y chistes caribeños sin que nunca, y esto parecerá muy raro, entráramos en competencia por los reflectores y las cámaras, ni la maledicencia ni la envidia enseñaran su cola. Muchos pensaban que dos ganadores siameses no podrían soportarse después del primer minuto, ínfulas, vanidad, soberbia. Los desmentimos. No éramos hermanos a la fuerza, sino de verdad.</p>
<p>Si <em>Caracol Beach</em> es una novela para siempre, <em>Informe contra mí mismo</em> es un libro de testimonio también para siempre, que si no fuera por su tesitura real, parecía una historia novelesca: el muchacho al que la Seguridad del Estado recluta para que espíe a su propio padre. El libro es mucho más que eso, por supuesto, pero la anécdota se queda grabada en la carne del lector como un hierro candente. <em>Una Cuba libre, por favor,</em> es el título de la primera pieza de su libro <em>Dos Cubas libres.</em> El título de su propia vida.</p>
<p>Había que comparecer en el <em>lobby</em> de los hoteles para empezar en punto las entrevistas apenas terminado el desayuno, o el almuerzo, correr de un estudio de televisión o radio a otro; la lista era agobiante y había que ingeniárselas para aparecer fresco, como si se tratara de la entrevista única y uno no se hubiera pasado repitiendo a lo largo del día, y en los días anteriores, lo mismo, tratando de urdir variaciones sobre el mismo tema.</p>
<p>Una vez, en Barcelona, me dijo que ya no aguantaba más, y que no seguía adelante. Eso no podía ser, éramos siameses y donde fuera el cuerpo del uno tenía que ir el del otro. Lo sometí a una larga perorata acerca del objetivo de lo que andábamos haciendo. El objetivo eran las dos novelas, que debían venderse, y por tanto leerse. Lo convencí. En adelante, cada vez que bajábamos a desayunar, su saludo consistía no en decirme buenos días, sino: &#8220;El objetivo&#8221;.</p>
<p>Y así seguimos. En Gijón, Daniel Mordzinski nos hizo fotos en un bar: en una jugamos al dominó, del que no entiendo nada pero en el que Lichi, como buen habanero, era sabio. En la otra, Juan Cruz, entonces director de Alfaguara, hace de barman y nos sirve unas cervezas en la barra. Recalamos una medianoche en su casa del Desierto de los Leones en la ciudad de México, una casa que recuerdo extraña, con recovecos y gradas que llevaban a ninguna parte, después de la fiesta de presentación en el Poliforum, una velada en la que cantó Tania Libertad.</p>
<p>En Buenos Aires, cuando íbamos a abordar el avión a Montevideo en el Aeroparque, no le dieron el pase las autoridades uruguayas porque su pasaporte cubano era de segunda, un pasaporte de expatriado, que inspiraba desconfianza, y siempre siameses, yo tampoco abordé y regresamos juntos al hotel Alvear. Viajamos una tarde en auto a Rosario, para el acto de lanzamiento, y volvimos después de la medianoche, el río Paraná siempre invisible a nuestra vera. En la fonda del camino donde nos detuvimos a cenar, los cantantes de una <em>troupe</em> del Teatro Colón que regresaban de una función de ópera también en Rosario, brindaban alrededor de una mesa, y de pronto el tenor se puso a cantar a capela. En el tedio de la rutina, la magia también existía, como cuando en la cabina de radio en Miami, Olga Guillot llegó a darme un beso, algo de lo que Lichi se perdió, sobre todo porque ese beso cubano le tocaba a él.</p>
<p>Se sabía las mejores historias del mundo, que solía contar en nuestras comparecencias, la más memorable de ellas una en que un estudiante le preguntó a José Lezama Lima qué cosa era el azar. &#8220;El azar es&#8221;, habría contestado Lezama, &#8220;que tú te subes a la guagua y al lado del asiento que eliges va sentada la mujer que será tu esposa&#8221;. &#8220;¿Y ese es el azar, maestro?&#8221;, volvió a preguntar el alumno. &#8220;No&#8221;, respondió Lezama, &#8220;el azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste&#8221;.</p>
<p>Lo demás que contaba, también parecía mentira, o fruto de su ingenio, desvelado siempre por su feraz imaginación. Que de niño Lezama lo había cargado en sus piernas, que Virgilio Piñera llegaba a tomar el café todos los días a su casa en la calzada de Jesús del Monte en La Habana. Nada más verdadero, como que también Eliseo Diego, uno de los grandes poetas de la lengua era su padre, y Cintio Vitier y Fina García Marruz, otros dos grandes poetas, eran sus tíos. Una infancia dorada en una casa llena de libros donde siempre sonaba un piano, y un nombre aristocrático largo el suyo, como el de un personaje de las viejas radionovelas cubanas: Eliseo Alberto de Diego García Marruz. La correspondencia de muchos años entre su abuela y Rose Kennedy, ambas compañeras de internado en Nueva York. &#8220;No creo que tu hijo, si es un caballero, sea capaz de invadir Cuba&#8221;, habría escrito en una de esas cartas la abuela.</p>
<p>Ahora, mientras el Paraná murmura en la oscuridad al lado del restaurante caminero, la voz del tenor que alza su copa de vino y canta, conmueve el silencio. Yo desde aquí, en el calor inclemente de Managua me toco el costado para sentir la parte que me falta. Mi hermano siamés se ha ido.</p>
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		<title>Sir Patrick Leigh Fermor</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 07:49:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por el <strong>Marqués de Tamarón</strong>, escritor y diplomático (ABC, 02/07/11):</p>
<p>Gracias a no haber ido a la universidad, Patrick Leigh Fermor llegó a ser uno de los mejores escritores ingleses del siglo XX. Todo comenzó porque lo expulsaron del colegio al ser descubierto cogido de la mano con la hija del tendero de ultramarinos. Luego se empeñó en ir andando hasta Constantinopla (no quería decir Estambul) y ahí empezó a completar la nada desdeñable educación secundaria recibida. Emprendió el camino con 18 años, en 1933, y dos años después llegó a Constantinopla. Dormía en albergues de jóvenes, en un &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38889/sir-patrick-leigh-fermor/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por el <strong>Marqués de Tamarón</strong>, escritor y diplomático (ABC, 02/07/11):</p>
<p>Gracias a no haber ido a la universidad, Patrick Leigh Fermor llegó a ser uno de los mejores escritores ingleses del siglo XX. Todo comenzó porque lo expulsaron del colegio al ser descubierto cogido de la mano con la hija del tendero de ultramarinos. Luego se empeñó en ir andando hasta Constantinopla (no quería decir Estambul) y ahí empezó a completar la nada desdeñable educación secundaria recibida. Emprendió el camino con 18 años, en 1933, y dos años después llegó a Constantinopla. Dormía en albergues de jóvenes, en un pajar o en los castillos de la nobleza centroeuropea, que brindó generosa hospitalidad y amistad —y amor en más de una ocasión— a aquel guapo y simpático muchacho inglés. Después prolongó el viaje por Grecia, donde participó en una carga de caballería contra un golpe de estado republicano y, más importante aún, conoció a la Princesa Balasha Cantacuzeno, una rumana hermosísima bastante mayor que él. Se enamoraron en el acto y pasaron dos años juntos viviendo en castillos remotos, mientras ella pintaba y él traducía libros. Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial y Patrick Leigh Fermor volvió apresuradamente a Inglaterra para alistarse, primero en la Guardia Real y luego en el Special Operations Executive. Se había disipado para siempre el peligro de ir a la universidad y aprender a hacer auditorías o el uso del aoristo. Podía seguir aprendiendo a ver, a vivir y a escribir, sin asomo de jactancia.</p>
<p>Su educación fue pues verdadera y honda: enriqueció y adiestró sus ojos, su mente y su corazón. Le sedujo el mosaico de lenguas, paisajes y arquitecturas que entonces aún sobrevivían en Europa, y sus gentes, tribus y naciones. Como era generoso brindó sus recuerdos y saberes, de palabra y por escrito, a propios y extraños.</p>
<p>Cuando celebramos sus 85 años en Londres se pudo comprobar por el ambiente durante la cena y por la subsiguiente oratoria de manteles que la imagen que todos tenían de su viejo o nuevo amigo (las edades de los comensales oscilaban entre los cien y los treinta cinco años) coincidían en varios rasgos: su alegría y su generosidad, y también su simpatía en el sentido más hondo, etimológico de la palabra. Curiosamente dieciséis años después, en su entierro, los comentarios fueron muy parecidos. Aquella noche en Londres el primero que habló, su amigo Jellicoe, dijo de él que la virtud que en grado menos relevante lo adornaba era la castidad. El anfitrión recalcó la generosidad de Paddy (ya para entonces nadie en Inglaterra llamaba de otra manera al distinguido escritor y héroe de guerra) recordando su insólita capacidad de querer y apreciar a todos los grupos nacionales o sociales que en general se detestaban entre ellos. Paddy admiraba a griegos y turcos, magiares y rumanos, judíos y alemanes, incluso a sus propios enemigos en tiempo de guerra, como el General Kreipe al que hizo prisionero en Creta y con quien recitó la oda I.ix. Ad Thaliarchum de Horacio contemplando las nieves del Monte Ida, en latín, claro. El propio anfitrión, siempre inquieto por el riesgo de pasar la eternidad en el cielo mal colocado al lado de algún pelmazo, le advirtió a Paddy que su virtud se vería recompensada doblemente, puesto que ya en el paraíso debían de estar esperándolo tantos amigos que él cita en sus viajes y tan distintos como los turcos viejos en la isla danubiana de Ada Kaleh, o las dos muchachas campesinas en Transilvania que descubrieron a Paddy y a su amigo nadando desnudos en el río y luego retozaron felices tras un pajar, o el Hermano Peter con quien jugó a los bolos, o los rastafarios caribeños con quienes habló sobre Haile Selassie, o el sabio danubiano de Persenbeug, o Dom Gabriel Gontard, septuagésimo octavo Abad de Saint-Wandrille.</p>
<p>Pero quien mejor definió en aquella larga y alegre sobremesa el carácter y el estilo de Patrick Leigh Fermor fue Norwich, cantando su peculiar versión de You´re the top aplicada a Paddy, que parodiaba a la vez al popular Cole Porter y al culto Browning con versos aliterativos y de rima interna tales como You´re the bubbling bard who finds it hard to stop / which is why we murmur, Fermor, you´re the top!</p>
<p>Sin embargo y con ser todo esto por completo verdadero además de risueño, no era toda la verdad. Dentro de este conversador brillante, ameno y alegre había un trabajador infatigable que corregía pruebas hasta agotar a su editor. Tenía la convicción —acertada por lo demás— de que el ritmo de la prosa requería cambiar varias palabras si se cambiaba una sola, con lo cual se producían unas cascadas de longitud incalculable. Cuando se vió aquejado por esa desesperante dolencia que es la sequía de la pluma del escritor —calculo que en su caso, como en otros, eso ocurrió cuando abandonó los cigarrillos, esos mismos que lo llevaron a la tumba hace unos días— y cada vez que le preguntaban por el volumen pendiente sobre su caminata a Constantinopla se enfadaba o entristecía, y a veces se refugiaba en mentiras inocentes, como cuando algunos amigos le sugerían que no intentase, por una vez, escribir con todos los esplendores barrocos de su prosa habitual, y que fuese menos ambicioso en este su probable último libro. Pero desarmaba a todos contestando con manso y modesto orgullo: «Es que yo no sé escribir de otra manera. No puedo». No era verdad; nunca es verdad cuando un escritor viejo dice eso. Paddy escribía maravillosas cartas llenas de humor y de amor, ambos expresados con sencillez al final de su vida. Y nunca perdió la gracia, en todos los sentidos de la palabra. Por dos veces, en estos últimos y tristes días después de su muerte, una vieja y querida amiga suya que expresamente desea ser citada, Debo Devonshire, me dijo «cuando escribas sobre Paddy cuenta cuánto hemos reído ». Dicho queda, o al menos apuntado.</p>
<p>Eterno caminante por la Via Pulchritudinis, buscó la belleza en lo pequeño y en lo grande. El mismo adolescente que acompañaba sus primeros pasos por los caminos fríos de Alemania a principios de 1934 con una reserva cuantiosa de poesía en la memoria, recitaba a veces a Lewis Carroll y otras el Stabat Mater o el Dies Irae. Y el mismo muchacho, ochenta años después, fue despedido en un funeral de honda belleza, ordenado por él en música y textos que incluían el Protoevangelio de Santiago. El cura anglicano terminó el oficio de cuerpo presente con un «Descansa en Paz y levántate en la Gloria». En exacto paralelo —Muerte y Resurrección— un corneta de su antiguo Regimiento de la Guardia Irlandesa acompañó la inhumación con los dos toques de ordenanza, Silencio y Diana.</p>
<p>El entierro coincidió con un rompimiento de gloria.</p>
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		<title>El espejismo generacional</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jun 2011 18:09:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 19/06/11):</p>
<p>El trayecto de la juventud a la vejez de un escritor, desde la  alineación generacional de la primera a la soledad creadora y vital de  la última, suele ir acompañado de actitudes autoafirmativas que hacen  tabla rasa del pasado inmediato y conducen al parricidio ritual. Todo  empieza con nosotros cuando somos jóvenes y, mientras los &#8220;abuelos&#8221; son  vistos a veces con indulgencia, nuestros predecesores no.</p>
<p>Recuerdo las declaraciones del &#8220;ya francés&#8221; Julio Cortázar a su  regreso de una visita a Buenos Aires tras una larga ausencia. Los  escritores de la hornada posterior &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35408/el-espejismo-generacional/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 19/06/11):</p>
<p>El trayecto de la juventud a la vejez de un escritor, desde la  alineación generacional de la primera a la soledad creadora y vital de  la última, suele ir acompañado de actitudes autoafirmativas que hacen  tabla rasa del pasado inmediato y conducen al parricidio ritual. Todo  empieza con nosotros cuando somos jóvenes y, mientras los &#8220;abuelos&#8221; son  vistos a veces con indulgencia, nuestros predecesores no.</p>
<p>Recuerdo las declaraciones del &#8220;ya francés&#8221; Julio Cortázar a su  regreso de una visita a Buenos Aires tras una larga ausencia. Los  escritores de la hornada posterior a la suya lo ignoraban: no había  sufrido como ellos los horrores de la dictadura argentina, vivía  cómodamente en París y su obra, decían, había dejado de interesarles.  Pocos años después de su muerte, las aguas volvieron a su cauce. Lo  mismo acaeció con Lezama Lima tras el triunfo de la Revolución. Los  poetas jóvenes le negaban el café y el azúcar: era ajeno a las  preocupaciones del pueblo y pertenecía al pasado. En un excelente número  de <em>República de las Letras</em> consagrado a Antonio Gamoneda y al autor de <em>Paradiso,</em> Antón Arrufat, portavoz de otros autores agrupados en <em>Lunes de Revolución,</em> explica su primitivo alejamiento y posterior comprensión gradual del legado literario del gran escritor.</p>
<p>El  desencuentro generacional se reitera a lo largo del tiempo sin que los  nuevos artistas, poetas y escritores, salvo raras excepciones,  escarmienten en cabeza ajena. Manuel Azaña escribió sobre el tema unas  líneas memorables:</p>
<p>&#8220;La sangre moza se imagina que el mundo nace de  su calor; la sangre amortecida, que con ella descaece la vida. Cada  generación se persuade que las desdichas de su edad han corrido de un  orto a un ocaso. Cuando echa de menos el brío juvenil, imagínase que  concluye y resume en sí una vuelta redonda del tiempo histórico. De  tales preocupaciones y falacia el espíritu vigoroso está obligado a  emanciparse. Como del localismo geográfico, así está obligada la razón a  liberarse del localismo temporal, que corta la duración en círculos  intangentes, trazados sobre la edad&#8221;.</p>
<p>Leer a Manuel Azaña, en mi  opinión el mejor crítico literario, junto a Luis Cernuda, del siglo que  dejamos atrás, nos orienta hacia una mejor comprensión de la vivencia  ínsita a la creación artística a lo largo del tiempo. El gran Mijail  Bajtin, con su percepción luminosa de que si aquella aspira a  proyectarse en el futuro debe hacerlo a partir de un conocimiento cabal  del pasado, pues lo que vive tan solo en el presente desaparece con él,  halla en Azaña un inesperado y genial precursor. Una cosa es la  actualidad, nos dice, y otra la modernidad atemporalque circula a lo  largo de los siglos.</p>
<p>La empresa de volver a los clásicos, no para  imitarlos, sino para reescribirlos, es el mejor modo de asegurar su  propia posteridad. Si Picasso se apropió, para desestructurarlos, de  Velázquez y Goya, ¿por qué no asumir la invención del <em>Quijote</em> de Borges y reelaborar <em>El hacedor?</em> Del mismo modo que, gracias a Avellaneda, Cervantes transformó el  relato de un personaje enloquecido por sus lecturas en el de un creador  enloquecido por los poderes de la literatura, todos podemos recurrir a  la biblioteca de Babel a condición de hacerlo con tino y con la  conciencia de ser eslabones de una impredecible evolución histórica que  no termina en nosotros y a la que nadie puede poner un punto final.</p>
<p>Si  en la década de los veinte del pasado siglo, los formalistas rusos  describían la historia del arte y de la literatura como una sucesión  dialéctica de forma en la que la forma nueva no surgía para expresar un  contenido nuevo sino para reemplazar a otro gastado hasta la trama y  caído ya en desuso, las recientes reflexiones de Milan Kundera sobre el  asunto afinan dicha formulación: el novelista que aspira a perdurar debe  descubrir lo que sus predecesores no han visto ni escrito. No se trata  pues de saltar de un tema a otro sino enfocar el mundo y las sociedades e  individuos que lo pueblan desde una perspectiva singular e inédita.</p>
<p>Las  generaciones jóvenes que hoy aspiran a ello son a la vez rupturistas  respecto al pasado inmediato y conscientes de la necesidad de engarzar  con el legado que a sus ojos no ha perdido vigencia. Sin atenerse a los  criterios de la consabida crítica al uso -tan dada a ensalzar las obras  destinadas al lector perezoso-, algunos autores insumisos a las normas  trazadas sintonizan su labor novelesca con las infinitas posibilidades  abiertas por el universo virtual creado por la ciencia y las técnicas  del nuevo milenio: ese desgarrón, en palabras de Jesús Ferrero, &#8220;entre  los que se educaron bajo el signo de la galaxia Gutenberg y los que no&#8221;.  El desafío al que se enfrentan estos es arduo y estimulante. Arduo,  porque toda hermandad basada en percepciones comunes impone al artista  el reto de desmarcarse de ella. Estimulante, en la medida en que dicha  ruptura implica la fe en una trayectoria a menudo incomprendida y mirada  a veces con hostilidad o con sospecha.</p>
<p>La historia se repite,  aunque las circunstancias cambien. Miembro de la llamada generación del  medio siglo -la nacida entre 1926 y 1936-, marcada por la Guerra Civil y  la interminable dictadura que le sucedió, mi vinculación con los  escritores de mi edad o algo mayores que yo se fundaba en una serie de  inquietudes políticas y sociales compartidas. El propósito de denunciar  la ocultación de la realidad por una prensa amordazada por la censura  nos inducía, como escribí aquellos años -en Francia y México, no en  España- a desempeñar el papel informativo que en los países democráticos  corresponde a los diarios. Dicho objetivo y las afinidades ideológicas  reforzaron los cimientos de nuestra relación por encima de las  divergencias literarias y ambiciones artísticas. Con todo, al cabo de un  tiempo, el fundamento de aquella se resquebrajó y cada uno de nosotros  siguió su propio trayecto.</p>
<p>La distancia del mundo que concede la  vejez permite ver las cosas de otra manera. Se puede ser un  cascarrabias, como lo fueron un puñado de autores insignes, pero  alcanzar también una lucidez fruto del reconocimiento de los propios  errores y del abandono de todo espíritu de clan y afán de competencia.  El creador, enfrentado a la cercanía de su desaparición física, no  rivaliza ya con nadie; ve las cosas y su vida a distancia; elude la  trampa del espejismo generacional y del &#8220;localismo temporal&#8221; del que  habla Azaña. Sabe que la historia coloca a cada cual en el lugar que le  corresponde: al innovador rebelde en el suyo, y a quienes confunden  creatividad con éxito de ventas o visibilidad mediática en la plenitud  de su nada.</p>
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		<title>La tercera patria de Jorge Semprún</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2011 19:47:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jean Daniel</strong>, fundador y editorialista de <em>Le Nouvel Observateur.</em> Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 17/06/11):</p>
<p><em>&#8220;A la hora de la verdad, cuando insisten en saber si mi patria es el  español o el francés, me entran ganas de responder: Tengo el número  44904 grabado en mi cuerpo desde que me deportaron a Buchenwald&#8221;.</em></p>
<p>Jorge, Jorge Semprún: de nuevo un hombre excepcional que, al irse, se  lleva una parte de nosotros. Una gran parte. Otro testigo más de ese  siglo XX patético y bárbaro, del que nuestro siglo XXI es heredero en la  confusión y la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35370/la-tercera-patria-de-jorge-semprun/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jean Daniel</strong>, fundador y editorialista de <em>Le Nouvel Observateur.</em> Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 17/06/11):</p>
<p><em>&#8220;A la hora de la verdad, cuando insisten en saber si mi patria es el  español o el francés, me entran ganas de responder: Tengo el número  44904 grabado en mi cuerpo desde que me deportaron a Buchenwald&#8221;.</em></p>
<p>Jorge, Jorge Semprún: de nuevo un hombre excepcional que, al irse, se  lleva una parte de nosotros. Una gran parte. Otro testigo más de ese  siglo XX patético y bárbaro, del que nuestro siglo XXI es heredero en la  confusión y la vulgaridad. Conocí bien a este hombre. Pero no lo  suficiente. Nuestros encuentros nunca fueron indiferentes. El homenaje  que le rinde Juan Goytisolo me permite ahorrarme lo que podría decir  sobre este grande de España al que le gustaba expresarse en alemán pero  escribía en francés; sobre este novelista que convirtió la deportación  en su universo y sus héroes en personajes que se le parecen como si  fueran sus hermanos y que son siempre o revolucionarios o deportados.</p>
<p>No  obstante, he aquí algunos puntos de su trayectoria que me marcaron e  incluso me fascinaron. En primer lugar, y no se subraya como es debido,  era ante todo un escritor, muchas veces admirable. A los ocho años ya  sabía que iba a ser escritor, pero ¿en qué lengua? Sus institutrices le  enseñaron alemán, así que quizá dudaría entre sus dos lenguas maternas,  el español y el alemán. Estaba muy lejos de sospechar que decidiría  expresarse en francés, como Cioran, Ionesco y Kundera. Semprún cita a  Thomas Mann, que, después de nacionalizarse estadounidense, siguió  afirmando que la lengua alemana era su única patria, pero se niega a  hacer suya esa declaración. Habla de su &#8220;bilingüismo inveterado&#8221; y su  &#8220;esquizofrenia lingüística&#8221;. Tal vez tiene dos patrias, o incluso tres.  Porque confiesa: &#8220;Me atrevería a decir, en cierto modo, que las fuentes  alemanas -poéticas, novelescas o filosóficas- son un componente esencial  de mi paisaje espiritual. (&#8230;) Siempre he sido, soy y seré un lector  insaciable y maravillado del alemán. ¡Incluso el <em>Quijote</em> lo leí por primera vez en alemán!&#8221;.</p>
<p>Semprún  va más allá. Habla de &#8220;la relación fuerte, apasionada, esencial para mi  formación intelectual, que he tenido y tengo siempre con la cultura  alemana. Ella es la que me proporcionó los argumentos decisivos de mi  lucha contra el nazismo&#8221;. Y, continuando sobre el mismo tema, escribe:  &#8220;A la hora de la verdad, cuando insisten en saber si mi patria es el  español o el francés, me entran ganas de responder: tengo el número  44904 grabado en mi cuerpo desde que me deportaron a Buchenwald&#8221;. Es  sabido que, en espíritu, nunca saldrá de aquel campo. Cuando, con solo  40 años, publica su obra maestra, <em>El largo viaje,</em> es porque ni la  Resistencia, ni suresponsabilidad en el Partido Comunista español, ni  la militancia contra Franco han conseguido hacerle olvidar Buchenwald.</p>
<p>Antes  de volver sobre la relación de Semprún con Alemania, no quiero  olvidarme de recordar el fuerte vínculo que le unía a Francia. El joven  adolescente al que sus padres, que habían huido de la guerra de España,  matricularon en el Liceo Henri IV se embriaga de inmediato por el  universo de las letras, las ideas y los filósofos ilustres. Cuando  obtiene el segundo premio en el Concurso General de Filosofía, conoce la  gloria en la única aristocracia española que los suyos consideraban  respetable: la de los príncipes intelectuales. Y eso le hace abordar con  avidez la cultura francesa. Puede recitar <em>Paludes</em>, de Gide, y fragmentos enteros de <em>La sangre negra,</em> de Louis Guilloux.</p>
<p>¿Y  Alemania? Me parece lo más fascinante. Una especie de descubrimiento  sorprendente. De estudiante, es uno de los pocos que muestran interés  por la relación del filósofo Edmund Husserl con su célebre discípulo  Martin Heidegger. Después de que le deporten, su dominio del alemán le  es tremendamente útil en su relación con los comunistas alemanes que  organizan la resistencia clandestina y desean comprobar la sinceridad de  los &#8220;rojos españoles&#8221;. Pero también con varios de los <em>kapos</em> que causan estragos en el infierno de Buchenwald.</p>
<p>Sin  embargo, Semprún reflexiona sobre lo que sucede en Auschwitz, donde no  están encerrados resistentes, sino judíos. ¿Por qué el genocidio? ¿Cómo  es posible que la nación a la que no ha dejado de admirar y amar pueda  haber concebido un proyecto tan monstruoso como el exterminio de los  mejores alemanes? En Buchenwald sufren lo indecible, pero saben por qué:  porque han luchado contra el nazismo. En Auschwitz es distinto: les  llevan allí porque pertenecen a una raza impura. A partir de ahí nace en  él un sentimiento extraño y doloroso: parece descubrir que el país de  su lengua preferida, al desjudaizarse, se ha desgermanizado. Para él,  Alemania, sin los judíos alemanes, no puede seguir siendo Alemania.</p>
<p>Más  que el judaísmo, lo que le interesa de los judíos es su excepcional  germanismo. En realidad, ninguno de los judíos alemanes a los que más  respeta, ni Heine, ni Einstein, ni Freud, ni Hofmannsthal, ni Walter  Benjamin, ni Paul Celan, ni Elias Canetti, está especialmente integrado  en el judaísmo. En cambio, todos forman parte del río relumbrante de una  germanidad universal.</p>
<p>Eso es lo que dirá Semprún cuando reciba el  premio de Jerusalén; entonces cita unas palabras importantes de Milan  Kundera, premiado antes que él, que le había dicho que los judíos  europeos eran el corazón de Europa. Amparándose en esa amistad tan  intensa, Semprún se permite la libertad de recordar que los palestinos  también tienen derecho a un Estado, pero el problema ya no es el mismo.  ¿Qué puede ser de Alemania sin sus judíos? Al atreverse a hacer esa  pregunta, el deportado número 44904 de Buchenwald, mi querido Jorge  Semprún, me parece más original que nunca. Y solo ahora he descubierto,  después de mis nuevas lecturas, que para él, durante mucho tiempo, el  judaísmo alemán fue lo que mejor encarnaba la esencia de la germanidad.</p>
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		<title>Genial, pero mal bicho</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Jun 2011 17:23:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.almendron.com/tribuna/?p=35290</guid>
		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Aurelio Arteta</strong>, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV. Autor de <em>La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral</em>, Pre-textos (EL PAÍS, 11/06/11):</p>
<p>Bajo el título <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34589/mal-bicho-pero-genial/">Mal bicho, pero genial</a> (12 de abril) publicaba  Juan Goytisolo un artículo en el que lamenta, como antes Vargas Llosa,  la decisión del Gobierno francés de suspender su previsto homenaje al  escritor Celine. A su parecer, el &#8220;odioso antisemitismo&#8221; de este  escritor y &#8220;su abierta colaboración con los nazis&#8221; no restan ni un ápice  de su maestría literaria. Era un mal bicho, conviene, pero sin duda  genial. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35290/genial-pero-mal-bicho/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Aurelio Arteta</strong>, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV. Autor de <em>La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral</em>, Pre-textos (EL PAÍS, 11/06/11):</p>
<p>Bajo el título <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34589/mal-bicho-pero-genial/">Mal bicho, pero genial</a> (12 de abril) publicaba  Juan Goytisolo un artículo en el que lamenta, como antes Vargas Llosa,  la decisión del Gobierno francés de suspender su previsto homenaje al  escritor Celine. A su parecer, el &#8220;odioso antisemitismo&#8221; de este  escritor y &#8220;su abierta colaboración con los nazis&#8221; no restan ni un ápice  de su maestría literaria. Era un mal bicho, conviene, pero sin duda  genial. Claro que, al venir en último lugar y tras una conjunción  adversativa, el calificativo estético tiende a prevalecer sobre el  moral. Probemos sin embargo a decir al revés que Celine sin duda fue un  genio, pero un mal bicho, y el lector entenderá entonces que debe contar  más su deficiencia moral que su excelencia artística. E incluso que  esta decae en alguien que lleva &#8220;una conducta ignominiosamente vil y  rastrera&#8221;.</p>
<p>Es lo que yo defendía en otro artículo anterior, <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34153/la-leccion-del-caso-celine/">La lección del &#8216;caso Celine&#8217;</a> (19 de marzo), al que -seguramente sin advertirlo- Goytisolo estaba  replicando. Allí sugerí algunas tesis a sabiendas de que iban a sonar de  modo harto chocante al oído contemporáneo. Creo que en la escala de  valores el moral ocupa la cumbre y que su ausencia notoria en una  persona rebaja la altura de otros valores que pueda albergar. Que así  ocurre lo revela nuestro irrefrenable escándalo ante la coincidencia en  el mismo individuo de una enorme altura literaria o artística y de  deplorable bajeza moral. ¿O alguien negará la incomodidad y paradoja que  ello le suscita?</p>
<p>Y es que, frente a los demás valores, lo peculiar del moral estriba en ser <em>universalmente exigible</em> si queremos vivir una vida propiamente humana. Lo recordaba yo en mi  artículo y lo repite Goytisolo en el suyo cuando reitera el desprecio  que merece Quevedo &#8220;desde el punto de vista&#8230; de la honradez exigible a  una persona&#8221;. Que la honradez sea una demanda universal no significa  que haya de ser el criterio preeminente para evaluar al artista o al  científico <em>como tales.</em> Es un requisito, eso sí, para emitir un juicio más completo sobre <em>su persona.</em> Por eso admiramos el genio poético de un Quevedo, aunque le  prestaríamos mayor devoción todavía si tan inmenso poeta no hubiera  estado aquejado de &#8220;racismo, antisemitismo, misoginia y homofobia&#8221;.  Puede ser engañoso limitarse a decir que un gran hombre tiene luces y  sombras, o que tiene sombras <em>pero también</em> luces. Cuando esas sombras son nubarrones de indecencia, las luces del gran hombre brillan algo más apagadas&#8230;</p>
<p>El  gran escritor español asevera que en Celine convivían la más excelsa  empresa creativa y la peor labor panfletaria, &#8220;pero importa deslindar  una de otra&#8221;. Me parece que importa más bien lo contrario. Una cosa es  que sean deslindables mediante un ejercicio lógico de abstracción y otra  que deban serlo en la vida real y en el juicio práctico que esta nos  merezca. Precisamente por no ser obligatorios los demás valores son  separables unos de otros&#8230;, pero no el moral, que siempre habrá que  rastrear allí donde comparezca el hombre. Si separamos en un ser humano  lo excelente de lo indecente, nos quedará tan solo una excelencia  abstracta.</p>
<p>De suerte que, al delimitarlos, nos ahorramos el  escabroso problema que suscita la coexistencia en alguien o en su obra  de valores tan enfrentados. Se sobreentiende entonces que lo admirable y  lo aborrecible resultan incomparables por ser nada más que diferentes. O  sea, como diría hoy el sobado tópico, que &#8220;no son ni mejor ni peor,  sino simplemente distintos&#8221;. Pero el caso es que, aun cuando a menudo  sus portadores huyamos de la comparación, los valores quieren ser  comparados&#8230;</p>
<p>Tal vez se vea más claro mirando hacia otro ángulo  de la cuestión. Una vez desprendidos de su brutal cometido de acabar con  la vida de un hombre, ciertos asesinatos podrían contemplarse como  obras de arte y el asesino como un artista. ¿Diremos entonces que  conviene discernir un aspecto del otro y juzgar cada uno por separado,  como si el aspecto criminal no rozara ni empañara su aspecto estético?  El genocidio judío en los campos de exterminio ha sido calificado  también de una sumamente ingeniosa obra de ingeniería. ¿Nos atreveríamos  a valorar esa ingeniería al margen de la doctrina que la justificó y de  la matanza que produjo?</p>
<p>Suena, pues, a escapatoria concluir que una obra maestra &#8220;no se sujeta a corrección alguna&#8221;. Si le quitamos a esa <em>corrección</em> su peyorativa carga semántica del presente, ¿habrá que disculpar a un  gran artista de no atenerse a exigencias éticas, si para él los valores  estéticos están por encima de cualesquiera otros? ¿Acaso tal rebeldía  creativa carecerá de esos límites que no cabe rebasar sin que lo  atractivo amenace convertirse en repugnante?</p>
<p>Al artista no se le  pide nada que no debamos pedir a todo ser humano: que sea fiel a su  humanidad. Porque la Humanidad no requiere tanto genios como hombres  buenos. Se enriquece sin duda con los grandes creadores, pero más aún  con los hombres dispuestos a llevar una vida justa.</p>
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		<title>Detective Edipo</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Jun 2011 16:42:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Villoro</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 05/06/11):</p>
<p>Los acontecimientos piden ser narrados. Aunque alguna secta postula  que lo decisivo perdura en secreto, la chismosa mayoría juzga que lo  importante tiene que saberse. Una vez superado, un cataclismo necesita  convertirse en relato. Nadie sobrevive en silencio.</p>
<p>Para no  exagerar con ejemplos límite (la guerra, el exilio, la orfandad, el  accidente natural), pensemos en un lugar bastante común para que surja  una trama: la antesala del médico. Ahí necesitamos el alivio de la  ficción. Mientras aguardamos nuestra historia clínica, imaginamos otra  que la mitigue.</p>
<p>En los consultorios suele haber revistas del  &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35166/detective-edipo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Villoro</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 05/06/11):</p>
<p>Los acontecimientos piden ser narrados. Aunque alguna secta postula  que lo decisivo perdura en secreto, la chismosa mayoría juzga que lo  importante tiene que saberse. Una vez superado, un cataclismo necesita  convertirse en relato. Nadie sobrevive en silencio.</p>
<p>Para no  exagerar con ejemplos límite (la guerra, el exilio, la orfandad, el  accidente natural), pensemos en un lugar bastante común para que surja  una trama: la antesala del médico. Ahí necesitamos el alivio de la  ficción. Mientras aguardamos nuestra historia clínica, imaginamos otra  que la mitigue.</p>
<p>En los consultorios suele haber revistas del  corazón para matar el tiempo. Pero si llevamos en el bolsillo el  acuciante resultado de un laboratorio, requerimos de una evasión más  fuerte. Para <em>pensar en otra cosa </em>necesitamos un libro que nos ayude a olvidar los glóbulos blancos.</p>
<p>La  lectura es como el paracaidismo. En circunstancias normales solo unos  espíritus arriesgados lo practican, pero en emergencias le salvan la  vida a cualquiera.</p>
<p>¿Qué determina una buena historia? Para  interesar al lector es necesario que las cosas sucedan por algo y quede  algo pendiente, es decir, que haya sentido de la consecuencia. E. M. Forster lo explica con misteriosa claridad en <em>Aspectos de la novela.</em> Si alguien dice «murió el rey y luego murió la reina», estamos ante una  anécdota que revela la pobre higiene de la casa real. En cambio, si  alguien dice «murió el rey porque murió la reina», estamos ante una  historia. Ese es el poderío de las consecuencias: una cosa ocurre porque  sucedió otra. Los mejores cuentos sorprenden de manera lógica; el  desenlace resulta inesperado y al mismo tiempo es congruente con lo que  había pasado antes y con la psicología de los personajes.</p>
<p>En su cuaderno de notas, Chéjov esbozó un cuento que no llegó a escribir. El tema es sencillo y  perturbador: un hombre va al casino, gana una fortuna y se suicida. Lo  normal sería que, al saberse millonario, el personaje fuera feliz y se  trivializara bebiendo champaña. ¿Qué lo lleva a matarse por triunfar?  Establecer la lógica entre el éxito y el castigo -la consecuencia  oculta- permitiría escribir el relato. Chéjov dejó esa asignatura pendiente.</p>
<p>Todos  hacemos cosas raras. Lo importante, en literatura, es que el desacuerdo  entre el sentimiento y la conducta tenga una causa interesante. ¿Por  qué se mata el hombre que ganó? La respuesta depende de descubrir por  qué el éxito lo lastima.</p>
<p>En el 2003 o el 2004 escuché una conferencia de Alain Robbe-Grillet,  en el Instituto Francés de Barcelona, en la que hizo una observación  reveladora. Se declaró discípulo de la novela policiaca, pero no de la  escuela de Poe, sino de la de Sófocles. De pronto, el trágico del siglo V antes de Cristo regresaba con la gabardina y la cara desvelada del detective.</p>
<p>En toda trama policiaca hay un investigador, un culpable y una víctima. Sófocles demostró que esas tres figuras pueden ser la misma persona. Edipo se  considera víctima de un delito, investiga las causas y descubre que el  culpable es él mismo.</p>
<p>Toda historia puede pasar por tales fases,  aunque no sea policiaca. El desajuste entre las motivaciones y los  hechos representa un enigma a descifrar. Para contarlo hay que convencer  al lector y nada resulta tan eficaz como revelar lo que el personaje  siente.</p>
<p>Lo primero que los gitanos dicen al leer la mano es:  «Usted ha sufrido mucho». Una sabia lección narrativa: ¿cómo no creer a  quien conoce nuestro dolor? También Edipo comienza sintiéndose víctima.</p>
<p>Para  que haya relato es necesario buscar algo; la trama es una línea de  investigación. Edipo indaga un crimen. Al hacerlo, descubre una parte de  su vida que le había sido ocultada. Se entera de que la mujer con la  que ha procreado es su madre. Para perfeccionar la tragedia, ella se  suicida y él se saca los ojos. Solo así deja de ser testigo de lo que ha  explorado hasta la aniquilación.</p>
<p>Como Edipo, todo relator es <em>culpable</em> de literatura; no puede ser ajeno ni indiferente. Tarde o temprano,  quien cuenta la historia advierte que su participación en los sucesos es  más determinante de lo que pensaba.</p>
<p>En &#8216;Antígona&#8217;, Sófocles dramatiza la tensión entre la conducta pública y la privada: la  protagonista desea celebrar los funerales de su hermano, enemigo de la  ciudad. Sus emociones son tan genuinas como las de la época. Ambas se  oponen. En <em>Edipo Rey</em> esta encrucijada es interior. La moral pública y la pasión íntima chocan dentro del personaje.</p>
<p>Los  impulsos, las corazonadas y el azar producen acciones cuya verdadera  lógica es retrospectiva. Las buenas historias se entienden de atrás para  adelante.</p>
<p>¿Por qué hacemos lo que hacemos? Una emoción, un  recuerdo, un impulso nos lleva a actuar así. En efecto, reaccionamos de  manera extraña. Más extraño aún es que eso tenga explicación: historia.</p>
<p>Fue lo que descubrió Edipo, primer investigador privado.</p>
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		<title>Una rubia en Manhattan</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 19:23:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge Edwards</strong>, escritor chileno (EL PAÍS, 20/05/11):</p>
<p>Antes, hace 15 o más años, había una editorial francesa de auténtico prestigio literario, La Serpiente con Plumas. Ahora aparece la editora, todavía joven y bella, y me entrega un libro reciente del mismo sello: <em>Una rubia en Manhattan.</em> Es el texto de un periodista conocido, especialista en cine asiático, sobre Marilyn Monroe y su encuentro en la década de los cincuenta, en Nueva York, con un fotógrafo que la descubrió, que la entendió y que la hizo vivir en un conjunto extraordinario de fotografías.</p>
<p>Ya casi no publicamos literatura, me &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38519/una-rubia-en-manhattan/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jorge Edwards</strong>, escritor chileno (EL PAÍS, 20/05/11):</p>
<p>Antes, hace 15 o más años, había una editorial francesa de auténtico prestigio literario, La Serpiente con Plumas. Ahora aparece la editora, todavía joven y bella, y me entrega un libro reciente del mismo sello: <em>Una rubia en Manhattan.</em> Es el texto de un periodista conocido, especialista en cine asiático, sobre Marilyn Monroe y su encuentro en la década de los cincuenta, en Nueva York, con un fotógrafo que la descubrió, que la entendió y que la hizo vivir en un conjunto extraordinario de fotografías.</p>
<p>Ya casi no publicamos literatura, me dice la editora y directora de colección, sonriente, y le contesto que un buen retrato al natural, desde distancia corta, sin tratar de engañar al lector, de Marylin, puede llegar a las más altas categorías de lo literario. Pues bien, replica ella, espero que se venda, y mira el objeto que acaba de publicar con una mezcla de cariño y angustia. Si no se vende, parece decir, mi carrera se termina aquí mismo.</p>
<p>Yo leo el libro desde la mitad para adelante. Comprendo que pierdo algo, pero no me parece que sea demasiado. No podría leer <em>Madame Bovary,</em> de Flaubert, de la misma manera, ni <em>Crimen y castigo.</em> La historia de la rubia en Manhattan, en cambio, me parece más parcelable, barajable, divisible. Y la verdad es que llego hasta la última línea en un par de horas. Al día siguiente guardo el recuerdo confuso de una serie de borracheras, de viajes precipitados, de películas fracasadas, de anfetaminas e insomnios. ¡Pobre Marylin!, me digo, y pienso que es bastante más simpática que Emma Bovary, igual de trágica y un poco más divertida, pero que el talento de Flaubert no se divisa por ningún lado.</p>
<p>El modelo del libro, Marylin, es muy superior a su escritura, y en la novela flaubertiana sucede exactamente al revés. Me pregunto, entonces, si la literatura tiende a desaparecer, o si solo pasamos por un momento malo. Alguien, entretanto, me confiesa que siente pasión por la actual literatura de India, que la sigue de cerca, que devora los libros de un grupo de autores cuyos nombres me suenan vagamente, y me dan ganas de recomendarles a los jóvenes que se vayan a Bombay, a Nueva Delhi. ¡Que no pierdan su tiempo! El genio de lo literario sopla donde menos se piensa, y ¿por qué no escribir una novela sobre Marylin, un texto anclado entre la ficción y la biografía, un engendro como se hacen muchos ahora, y tratar de escribirlo con la maestría de Gustave Flaubert, aunque se quede lejos del objetivo?</p>
<p>Todo lo anterior es una digresión, y compruebo que se ha comido la mitad de mi espacio.</p>
<p>Porque estaba ocupado en estos días de otro personaje femenino, rubio, también, pero mucho menor en años: <em>Alicia en el País de las Maravillas,</em> al otro lado del espejo, en el subsuelo, en el antejardín de la parroquia anglicana de su amigo el reverendo Charles Lutwidge Dodgson.</p>
<p>Voy a dar una breve explicación. Cada vez que entro en uno de estos temas, me quedo enganchado durante un tiempo largo y trato de llegar lo más lejos posible. Alberto Manguel, que no es precisamente un crítico sino un escritor que escribe sobre la lectura y la escritura, sobre las bibliotecas, sobre todos los fenómenos relacionados con el libro, me pidió que hiciéramos un diálogo sobre Lewis Carroll y Alicia, dentro de un ciclo de la Universidad de Alicante. Es un tipo de desafío que me gusta. Releo el libro supuestamente infantil -uno de los libros menos infantiles que conozco-, leo un libro de lógica matemática sobre las obras de Carroll, que en su vida real, en su identidad como Charles Dodgson, era profesor de matemáticas en escuelas universitarias del centro de Inglaterra, leo <em>Alicia en el País de las Maravillas</em> en la edición minuciosamente anotada por Martin Gardner, novelista y matemático, y empiezo a encontrar referencias, tejidos intelectuales, símbolos.</p>
<p>Charles Dodgson, el pastor anglicano, el reverendo Dodgson, era un apasionado de las rimas infantiles clásicas, de los cuentos populares, de los juegos de ingenio. Aparte de sus célebres textos literarios, escribió libros de matemáticas, de trigonometría, de lógica simbólica, además de un par de explicaciones sobre las ideas fundamentales de Euclides.</p>
<p>Otra de sus pasiones, aparte de las matemáticas y sus diversas derivaciones, era la fotografía. Se hacía amigo con notable facilidad de niñas muy chicas y les hacía largas sesiones de retratos. Como no faltan los mal pensados en el vasto y contradictorio mundo de la gente de libros, muchos aseguran que era un perverso, un pedófilo, que se defendía frente a la sociedad de su tiempo, la de la época victoriana, con una refinada hipocresía.</p>
<p>A mí no me convence en absoluto este punto de vista, aun cuando no tenemos argumentos sólidos para aprobarlo o para descartarlo. Se sabe que la madre de Alice Lidell, la niña de siete años que fue la inspiradora de la Alicia de Carroll, le prohibió en un momento determinado que siguiera viendo al reverendo Dodgson, pero este detalle tampoco es una demostración de nada. Se sabe que Dodgson, Carroll en la literatura, hizo un paseo en bote con la chica y un par de amigas por una laguna de las cercanías de Oxford, en un atardecer de verano, y que al regreso del paseo tenía la idea completa de la novela en la cabeza. Además, se conocen sus maravillosas fotografías de la pequeña Alice. La de Alice disfrazada de vagabunda, de mendiga, en harapos, con la mano derecha extendida y una mirada desafiante, es una de las obras maestras de la fotografía del siglo XIX.</p>
<p>El libro comienza cuando la pequeña Alicia encuentra a un conejo blanco, vestido de levita blanca y de sombrero, y decide seguirlo. Comienza, en buenas cuentas, con un fenómeno de asombro, de irresistible curiosidad. El conejo desaparece en un hoyo que se abre en el medio del campo y Alicia entra y empieza a caer. A partir de esa caída, todo es misterio, desarreglo, disparate. Los ingleses tienen la palabra <em>nonsense,</em> sin sentido. Dodgson, el matemático, el lógico, sentía fascinación por todo lo que se pudiera definir como <em>nonsense.</em> Mientras Alicia cae por el hoyo, divisa en los muros estanterías, cajones, gavetas, libros, documentos. Hemos entrado en los laberintos del sueño de un escritor y de un matemático. Los personajes son cartas, como el Rey Rojo, piezas de ajedrez, como una de las Reinas, caballeros dibujados en ilustraciones de libros de caballería.</p>
<p>Vale la pena perderse en esto, y no sé si vale la pena volver a encontrarse. Dodgson escribió un trabajo que lleva el título siguiente: <em>¿Qué le dijo la tortuga a Aquiles?</em> Fue publicado en una revista especializada que se llamaba <em>Mind (Mente)</em> en diciembre de 1894.</p>
<p>Toda la obra del reverendo es un viaje, pero no por paisajes del campo de Inglaterra, no por senderos de Oxford, sino por espacios imaginarios. Algunos diálogos son inolvidables: el de Alicia con un ciempiés somnoliento y bromista, por ejemplo, o con un huevo intelectual, pedante, que se llamaba Humpty Dumpty.</p>
<p>Y, si usted se aburre con estos asuntos, no tiene más que doblar la hoja y pasar a otro tema.</p>
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		<title>La verdad premonitoria</title>
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		<pubDate>Wed, 18 May 2011 20:23:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Comunismo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y ex ministro de Cultura (EL PAÍS, 18/05/11):</p>
<p><em>El pensamiento cautivo</em> del premio Nobel de Literatura polaco  Czeslaw Milosz es una obra fundamental para entender lo que pasó del  otro lado del telón de acero durante el régimen comunista impuesto por  la Unión Soviética. No es un libro escrito a posteriori, sino durante  los mismos años en que estos acontecimientos se llevaban a cabo. Milosz  fue un testigo excepcional de la invasión nazi, la II Guerra Mundial y  la subsiguiente instauración de otro Estado totalitario con parecidos o  semejantes signos de violencia y carencia &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34997/la-verdad-premonitoria/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>César Antonio Molina</strong>, escritor y ex ministro de Cultura (EL PAÍS, 18/05/11):</p>
<p><em>El pensamiento cautivo</em> del premio Nobel de Literatura polaco  Czeslaw Milosz es una obra fundamental para entender lo que pasó del  otro lado del telón de acero durante el régimen comunista impuesto por  la Unión Soviética. No es un libro escrito a posteriori, sino durante  los mismos años en que estos acontecimientos se llevaban a cabo. Milosz  fue un testigo excepcional de la invasión nazi, la II Guerra Mundial y  la subsiguiente instauración de otro Estado totalitario con parecidos o  semejantes signos de violencia y carencia de libertad.</p>
<p>Cuando Milosz comenzó a redactarlo, hace más de medio siglo, aún  vivía uno de los dictadores más sanguinarios, Stalin. Tras ser un joven  poeta vanguardista en el periodo de entreguerras y vivir  clandestinamente en Varsovia durante la ocupación nazi, confió en los  inicios del nuevo régimen polaco y lo representó en el extranjero, como  agregado cultural, en la capital norteamericana y en la francesa, donde  abrazó el exilio en el año 1951.</p>
<p>Durante esta década escribió las novelas <em>El poder cambia de manos</em> y <em>El Valle del Issa,</em> así como los ensayos <em>El pensamiento cautivo,</em> <em>La otra Europa</em> e <em>Infancia europea.</em> Inmediatamente, sus obras y su persona fueron demonizadas en su país  natal, en el área comunista y también sufrió amplia incomprensión por  parte de los intelectuales europeos de izquierdas y otros al servicio de  los intereses de Moscú. ¿Qué debieron pensar Camus, Sartre o Simone de  Beauvoir? ¿Lo leyeron? El primero hubiera sido más comprensivo que los  otros dos, cegados por la &#8220;democracia&#8221; popular. El autor de <em>Calígula</em> y el <em>Mito de Sísifo,</em> desde el año 1945, se había comenzado a alejar del Partido Comunista y  también de la pareja de sus antiguos amigos. Sartre abogaba por la  revuelta y no dejaría de radicalizar su pensamiento; mientras que Camus,  partiendo de la revuelta, profesaba la moderación, la reforma, la  mesura con una desesperación activa, un humanismo ateo, un espíritu de  fraternidad sin engaño, la moral de <em>La peste.</em></p>
<p>Michel Winock cuenta en su extraordinario libro <em>El siglo de los intelectuales</em> que en la revista <em>Les Temps Modernes,</em> menos timorata que <em>Esprit</em> a la hora de evocar los campos de trabajo en la Unión Soviética, no se  pronunciaba todavía la palabra gulag. La revista publicó un texto  firmado por Sartre y Merleau-Ponty, <em>Les jours de notre vie</em>, en  enero de 1950, en el cual los autores reconocían que había campos de  concentración en la Unión Soviética, pero que, aun así, &#8220;la única  política sana es la que tiene como objetivo, en la Unión Soviética y  fuera de ella, acabar con la explotación y la opresión, y toda política  que se define contra Rusia y focaliza sobre ella la crítica es una  absolución que se da al mundo capitalista&#8221;.</p>
<p>Está claro que Milosz se convertiría automáticamente en un adversario y <em>El pensamiento cautivo</em> en una obra peligrosa. Peligrosa, sobre todo, porque estaba escrita  desde dentro del gulag, no era una imaginación o una ficción. Este libro  habla de la realidad desde la verdad y, a la vez, es premonitorio de lo  que, aún décadas después, fue pasando.</p>
<p><em>El pensamiento cautivo</em> explica la entrega de los intelectuales, en este caso polacos, pero  extensible a todos los otros pueblos comunistas, a la nueva fe del  marxismo-leninismo-estalinismo, después de haber abrazado otras  ideologías, incluso antagónicas. Mislosz hace diferencia entre el  marxismo como ideología -no la juzga con desagrado del todo, pues él  siempre se consideró un hombre de izquierdas- y la aplicación de la  misma por parte de los dictadores soviéticos. Al primero que crítica  Milosz es a él mismo por el tiempo -muy breve- en que fue cómplice de su  administración y propaganda, aunque nunca perteneció al Partido  Comunista polaco.</p>
<p>Durante algún tiempo, frente al nazismo, el  antisemitismo y la opresión fascista, muchos habían opuesto el comunismo  liberador. Y lo hicieron sin darse cuenta de los muchos males que traía  consigo. Entre otros, nuevamente la falta de libertad. Si el  nacionalsocialismo sojuzgó a los alemanes (como dice Karl Jaspers en las  palabras introductorias) en su espíritu, lo mismo hizo el comunismo en  la Unión Soviética y sus países satélites. Durante los mismos años, el  terror se impuso sobre la razón y ambas ideologías se regaron con  millones de asesinados. El nazismo fue pronto rechazado, pero no así el  comunismo, respetado y acariciado por tantos intelectuales que,  curiosamente, nunca quisieron probarlo viviendo en esos países de la  utopía. Pero, además, para un intelectual, el realismo socialista se  imponía como una prueba difícil de superar. No solo era una cuestión  estética, pues en el fondo lo que se les pedía a los creadores es que se  adhiriesen de manera total a la ortodoxia filosófica, a la ortodoxia  leninista-estalinista. El realismo socialista prohibía la independencia  del escritor y su espíritu crítico.</p>
<p>Milosz se negó a toda  complicidad con la tiranía, se negó a justificar los crímenes, se negó a  la esterilidad, se negó a la costumbre de la falta de libertad, se negó  a las purgas en masa, se negó al estado de terror, a que los hijos  delataran a sus padres, se negó a que la tristeza y la falta de  esperanza lo invadieran todo. Milosz se negó a las abjuraciones y  humillaciones cotidianas, a que el bien y el mal solo pudiera definirse  en términos de servicio o perjuicio a los intereses de la revolución, a  la reeducación, a ser un hombre nuevo al servicio del partido. Milosz se  negó a repetir la mentira y a ocultar las matanzas y atrocidades  llevadas a cabo en nombre de la revolución.</p>
<p>Milosz prefirió ser un  intelectual a un revolucionario bolchevique. A los intelectuales se les  despreciaba porque, aunque irreprochables en el orden teórico, estaban  paralizados en la acción &#8220;por una susceptibilidad moral excesiva&#8221;. El  revolucionario estaba libre de escrúpulos, hasta la delación era una  virtud. Milosz no tuvo nunca miedo a la libertad, no tuvo nunca miedo al  vacío, a diferencia de la dialéctica soviética que decía que &#8220;en el  hombre no hay nada&#8221;. Él estaba persuadido de que la libertad lo llenaba  todo. Milosz se refiere a un tipo de intelectual que debía pertenecer a  las masas, ya sea en regímenes fascistas o comunistas, y que siempre  necesita creer en una nueva fe. Un intelectual útil que se somete a la  censura y a los sindicatos editoriales, que teme pensar por sí mismo. De  esta manera, se dejaba de pensar y de escribir en otra forma que la  necesaria. Milosz ponía el ejemplo de Ril-ke: &#8220;Los poemas de Rilke  podrán ser muy buenos, pero, si lo son, es porque en su tiempo tenían  una razón de ser. En una democracia popular nunca podrían publicarse  poemas contemplativos como los suyos, no solo porque sería difícil  publicarlos, sino también porque el impulso que lleva al poeta a  escribirlos habría sido alterado en su misma raíz&#8221;.</p>
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		<title>Letras gallegas: vindicación y victimismo</title>
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		<pubDate>Tue, 17 May 2011 20:45:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Galicia]]></category>
		<category><![CDATA[Lenguas]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Soto</strong>, periodista y escritor (ABC, 17/05/11):</p>
<p>«Por  ser mujer» y «por haberse apartado algún tanto, en las cortas páginas  en que se ocupó de Galicia, de las vulgares preocupaciones con que se  pretende manchar mi país». Son palabras en homenaje a Fernán Caballero  escritas por Rosalía de Castro en la dedicatoria de sus Cantares gallegos.  Están datadas el 17 de mayo de 1863. Un siglo después, en una España  más permisiva con las conmemoraciones literarias que con cualquier  reivindicación dudosa o imprudente, Francisco Fernández del Riego, un  intelectual cuyos servicios a Galicia se plasmaron en acciones  fundamentales &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34974/letras-gallegas-vindicacion-y-victimismo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Soto</strong>, periodista y escritor (ABC, 17/05/11):</p>
<p>«Por  ser mujer» y «por haberse apartado algún tanto, en las cortas páginas  en que se ocupó de Galicia, de las vulgares preocupaciones con que se  pretende manchar mi país». Son palabras en homenaje a Fernán Caballero  escritas por Rosalía de Castro en la dedicatoria de sus Cantares gallegos.  Están datadas el 17 de mayo de 1863. Un siglo después, en una España  más permisiva con las conmemoraciones literarias que con cualquier  reivindicación dudosa o imprudente, Francisco Fernández del Riego, un  intelectual cuyos servicios a Galicia se plasmaron en acciones  fundamentales para el desarrollo cultural del país, aprovechó el  centenario redondo de aquella fecha para instituir una jornada  consagrada a la «exaltación do libro galego e do seu autor». La  iniciativa, formalizada a través de la Real Academia Gallega, única  institución habilitada por entonces para revestirla de cierto marbete  oficialista y dispensarla de sospechas, fue suscrita, además de por Del  Riego, por el arquitecto Gómez Román, secretario del Partido Galeguista  desde su fundación en 1931, y por el historiador y arqueólogo Ferro  Couselo, vinculado también a los movimientos galleguistas desde antes de  la Guerra Civil.</p>
<p>Lo  que empezó siendo una celebración aislada entre las 365 fechas del  almanaque adquirió extensión anual a partir de 1988, con la consiguiente  repercusión en los programas lectivos de los centros escolares y para  satisfacción de los herederos de los derechos de autor de la figura  exaltada. Ese es, grosso modo,  el origen del Día das Letras Galegas, instaurado pronto hará medio  siglo y que desde 1991 tiene carácter festivo en el calendario laboral  para todo el territorio autonómico.</p>
<p>El  primer Día das Letras Galegas estuvo dedicado, como era de cajón, a  Rosalía de Castro. El segundo, en 1964 (el dato no es irrelevante: al  franquismo le quedan todavía once años de recorrido), a Castelao,  creador indiscutible y orientador indiscutido del pensamiento  nacionalista gallego. Fueron viniendo luego Eduardo Pondal, Curros  Enríquez, Ramón Cabanillas, Sarmiento, Blanco Amor, Rafael Dieste, Ánxel  Fole, Álvaro Cunqueiro… Inevitablemente los nombres mayúsculos se  fueron mezclando con los medianos y hasta con los minúsculos, porque el  catálogo de escritores con obra en gallego no permite mantener año tras  año un nivel ininterrumpido de excelencia y obliga a hacer concesiones  cualitativas, ya sea con excusas emocionales, ya por valoraciones  extraliterarias, ya en razón de oportunidad política. Se comprende  fácilmente que, dada la imposibilidad de establecer criterios objetivos  para la estimación de méritos, pueda parece inexplicable la designación  de algunos escritores de alcance dudosamente significante, al mismo  tiempo que, a la espera de vientos favorables, perdura el veto sobre  figuras tan relevantes como Carballo Calero, Aníbal Otero, Celestino  Fernández de la Vega o Pastor Díaz, autor de A Alborada y de la égloga Belmiro e Benigno, dos obras que marcan el repunte inaugural de la literatura en gallego.</p>
<p>Desde  el mismo momento de su nacimiento, en realidad el Día das Letras  Galegas tuvo más de reivindicación idiomática que de conmemoración  literaria, cosa nada extraña en un país cuya intelligentzia  participa de un cierto victimismo lingüístico, con cuentas pendientes  por lo menos desde el siglo XV, cuando según la sobada expresión del  padre Zorita se procedió a la «doma y castración» de Galicia por parte  de los Reyes Católicos. El inmemorial sometimiento al castellano aflojó  levemente a partir del Rexurdimento, época cuya consolidación se hace coincidir convencionalmente con la publicación de los Cantares gallegos rosalianos, pero volvió a recrudecerse con el conminatorio ¡Hable en cristiano!,  puesto en circulación por la última dictadura para atajar cualquier  tentación que pudiera resultar lesiva para la salvaguarda de «la lengua  del imperio».</p>
<p>La situación actual no es ni remotamente equiparable a la de épocas tan  sombrías, calificadas en su segmento franquista de «anos escuros» por  Xosé Luis Franco Grande y de «longa noite de pedra» por Celso Emilio  Ferreiro. Lejos de eso, el gallego disfruta ahora de un notable estatus  preferencial y de blindajes inconmovibles, consecuencia, por una parte,  de un insuperado complejo de culpabilidad del castellano (es decir, de  los castellanohablantes), y por otra, de las ventajosas disposiciones  decretadas por los sucesivos gobiernos autonómicos para garantizar el  uso del gallego en todos los ámbitos de la Administración pública, en  muchos de ellos (Parlamento, disposiciones oficiales, radio, televisión)  con carácter monopolizador y excluyente. De modo que la secular  tesitura diglósica del gallego respecto al castellano parece haberse  dado la vuelta: el gallego es ahora la lengua de las oportunidades  políticas, sociales y laborales; el idioma exclusivo de los gobernantes,  el de las estrellas de la radio y la televisión domésticas, el de los  discursos protocolarios y el de los mítines electorales, el de las  subvenciones culturales, el de los escritores que aspiran a publicar o a  ganar un premio. No discutimos si tal estado de cosas está bien o está  mal. Nos limitamos a constatarlo. Y a expresar nuestra certeza de que en  este terreno, como en todos, la política pendular terminará por  adaptarse a la realidad social, que en Galicia no es otra que la de una  civilizada convivencia entre el gallego y el castellano. Una convivencia  sin abusos y sin complejos, plenamente respetuosa y recíprocamente  enriquecedora. Tal es, además, el espíritu que parece desprenderse de  nuestra Constitución («El castellano es la lengua española oficial del  Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a  usarla. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las  respectivas Comunidades Autónomas») y de nuestro Estatuto de Autonomía  («Os idiomas galego e castelán son oficiais en Galicia»).</p>
<p>Con  o sin diglosia volteada, con o sin leyes discriminatorias, con o sin  respeto a la cooficialidad, lo cierto es que entre la sociedad gallega  no existe la mínima conflictividad lingüística, salvo que por «sociedad  gallega» se entienda la estrecha y altisonante parcela de los  especialistas en crear problemas allí donde no los hay. Ni siquiera los  denodados esfuerzos de quienes se empeñan en convertir el castellano en  un idioma nefando y confinar su uso al gueto meramente privado son  capaces de perturbar la tranquila realidad bilingüe de Galicia,  reflejada a diario en la calle. Afortunadamente, en esa materia, como en  tantas otras, los ciudadanos gallegos marchan muy por delante de  quienes pretenden erigirse en intérpretes de su voluntad y  administradores de sus sentimientos.</p>
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		<title>Sábato y el subsuelo de Buenos Aires</title>
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		<pubDate>Fri, 13 May 2011 22:40:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Prudencio García</strong>, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de la UNED y autor de <em>El drama de la autonomía militar: Argentina bajo las Juntas Militares</em>, Alianza (EL PAÍS, 14/05/11):</p>
<p>Aquel día de febrero de 1990, cuando me dirigía por primera vez al  encuentro de Ernesto Sábato en su casa de Severino Langeri, Santos  Lugares, provincia de Buenos Aires, aquel encuentro inminente y ya  acordado era para mí motivo de cierto orgullo, pero más aún de  curiosidad.</p>
<p>El motivo oficial de la entrevista era su condición de ex presidente  de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34928/sabato-y-el-subsuelo-de-buenos-aires/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Prudencio García</strong>, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de la UNED y autor de <em>El drama de la autonomía militar: Argentina bajo las Juntas Militares</em>, Alianza (EL PAÍS, 14/05/11):</p>
<p>Aquel día de febrero de 1990, cuando me dirigía por primera vez al  encuentro de Ernesto Sábato en su casa de Severino Langeri, Santos  Lugares, provincia de Buenos Aires, aquel encuentro inminente y ya  acordado era para mí motivo de cierto orgullo, pero más aún de  curiosidad.</p>
<p>El motivo oficial de la entrevista era su condición de ex presidente  de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), dado  que yo me hallaba entonces en Argentina investigando para mi futuro  libro sobre la dictadura militar de las juntas. Pero ocultamente había  otra motivación que superaba en intensidad a la anterior: mi interés por  conocer al creador de personajes como María Iribarne y Alejandra Vidal.  Al hombre que imaginó un terrorífico submundo en el subsuelo de Buenos  Aires, cuyos siniestros ámbitos en los que se ubicaba su alucinante <em>Informe sobre ciegos</em> resultaron una genial premonición de aquellos otros ámbitos reales que,  en aquel mismo subsuelo, servirían años después de tétrico alojamiento a  los antros clandestinos de detención y tortura utilizados por los  asesinos de las juntas para secuestrar, torturar, asesinar y hacer  desaparecer a miles de ciudadanos, argentinos y de otros países.</p>
<p>Nuestra  muy larga conversación (dos cintas grabadas por ambas caras) se centró  principalmente, como no podía ser de otra forma, en aquellos puntos que  le impactaron con especial dramatismo en su trabajo al frente de aquella  Comisión. De sus 17 miembros, tres eran importantes autoridades  religiosas: un obispo católico, un pastor protestante y un rabino judío.  Ellos y otros miembros -juristas, parlamentarios, académicos-, al  acabar su tarea investigadora confesaron, según me informó Ernesto, que,  creyéndose conocedores del ser humano, habían quedado trágicamente  sorprendidos al descubrir que el hombre es capaz de hundirse en abismos  morales mucho más viles de lo que hubieran podido imaginar.</p>
<p>Le  expliqué el tipo de análisis de aquella dictadura que yo pretendía  desarrollar en mi obra, a la luz de la sociología militar y de la  moderna moral militar occidental, que rechaza la obediencia debida a las  órdenes criminales. Propósito que él apoyó con entusiasmo (cuatro años  después fue el mismo Ernesto, a solicitud de Alianza Editorial, el que  escribió el prólogo a mi libro resultante).</p>
<p>Los antros del  subsuelo de Buenos Aires se tragaron, según me recordó Ernesto, a  personas como Pablito (17 años, hijo de la jurista Graciela Fernández  Meijide, destacada integrante de la propia CONADEP), y como Mónica (24  años, hija de Emilio Mignone, gran amigo de Ernesto e importante  personalidad católica de la Universidad de Buenos Aires, fundador del  CELS, Centro de Estudios Legales y Sociales). Mónica, como tantos otros y  otras, fue secuestrada por sus tareas de asistencia en las <em>villas-miserias,</em> barrios miserables del entorno de la capital. Me contó Ernesto lo que  le ocurrió a Emilio cuando buscaba desesperadamente a su hija. Su alto  puesto oficial, su adscripción a importantes organizaciones católicas y  sus vinculaciones con la clase alta bonaerense le permitían al profesor  Mignone el acceso a las más altas autoridades, ministros, generales,  cardenales y altos miembros de la cúpula militar. Y también a otros  sujetos de no tan alto nivel, como el coronel Roberto Roualdes, entonces  jefe de un regimiento situado en el centro de Buenos Aires. Al ser éste  visitado por el profesor, que le preguntó si tenían allí a su hija, el  coronel, golpeando enérgicamente el suelo de su despacho con su bota, le  respondió nada menos que lo siguiente: &#8220;Aquí debajo tengo encerrados a  numerosos subversivos, algunos de ellos incluso hijos de compañeros  míos. Ninguno de ellos volverá a ver la luz. Y usted me viene aquí  preguntando por su hija. ¡Lárguese ya!&#8221;. Finalmente, según  averiguaciones muy posteriores, Mónica Mignone acabó arrojada al mar en  uno de los llamados &#8220;vuelos de la muerte&#8221;.</p>
<p>Era claramente visible  que todavía, al cabo de tantos años, el hablar de estos episodios que él  mismo me recordaba, seguía produciéndole a Ernesto un profundo dolor.</p>
<p>Terminada  ya nuestra larga conversación sobre la crueldad real, me permití una  breve irrupción en el ámbito de la ficción. En los últimos momentos  sucumbí a la tentación. No pude evitarlo. Tal vez hice mal, pero nunca  me arrepentí de mi desfachatez. Armándome de valor, abandoné por un  momento la línea cuidadosamente mantenida hasta entonces, y en vez de  dirigirme al que fue presidente de la CONADEP me dirigí al creador, al  artista, al Premio Cervantes 1984, al fabricante de entes literarios  inolvidables. Estábamos ya despidiéndonos en el jardín cuando le dirigí  la pregunta que tal vez nunca debe dirigirse a un escritor. Le confesé  que mi curiosidad era irresistible en este punto, y le pregunté si  Alejandra, la protagonista de <em>Sobre héroes y tumbas</em>, era fruto de  su invención absoluta o si era un personaje derivado, en mayor o menor  grado, de alguna mujer real que él hubiera conocido muchos años atrás,  quizá en su primera juventud.</p>
<p>Me miró con gesto indulgente y, tras  unos momentos de silencio, dijo: &#8220;Invención absoluta. Si un escritor no  es capaz de parir un ser absolutamente vivo más vale que se dedique a  otra cosa&#8221;.</p>
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		<title>Andersen habla a los niños de España</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2011 17:02:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 22/04/11):</p>
<p>Queridos niños: No es esta la primera vez que visito España. Lo hice  hace mucho, mucho tiempo, cuando ni siquiera vuestros padres, abuelos y  tatarabuelos habían nacido. La verdad es que soy ahora tan viejo que  prefiero no deciros los años que tengo para no asustaros. Pero hay una  razón para que esta mañana esté con vosotros y si sois un poco pacientes  enseguida la conoceréis.</p>
<p>Viví en Dinamarca, un hermoso país que está situado al norte de  Europa. Copenhague, su capital, está llena de tranquilos canales en los  que se &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34754/andersen-habla-a-los-ninos-de-espana/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, escritor (EL PAÍS, 22/04/11):</p>
<p>Queridos niños: No es esta la primera vez que visito España. Lo hice  hace mucho, mucho tiempo, cuando ni siquiera vuestros padres, abuelos y  tatarabuelos habían nacido. La verdad es que soy ahora tan viejo que  prefiero no deciros los años que tengo para no asustaros. Pero hay una  razón para que esta mañana esté con vosotros y si sois un poco pacientes  enseguida la conoceréis.</p>
<p>Viví en Dinamarca, un hermoso país que está situado al norte de  Europa. Copenhague, su capital, está llena de tranquilos canales en los  que se reflejan sus blancas casas como en el espejo más limpio. A la  orilla del mar hay una estatua de la Sirenita, que entre todos los  personajes de mis cuentos es el que prefiero. Es una estatua delicada y  bonita, que siempre está rodeada de turistas. Todos quieren hacerse  fotos con ella, pues les recuerda la historia dulce y triste de ese amor  que ninguno dejamos de buscar.</p>
<p>Odense, la ciudad en que nací,  está situada en una pequeña isla, y yo viví con mis padres en un barrio  de casas que parecen de juguete y que todavía se conserva. Han  transformado mi casa en un museo. Allí están mis libros, traducidos a  todas las lenguas del mundo, mis muebles, mis ropas, mis dibujos y mis  recortables. Entre esos recortables están los vestiditos de papel que  hice para mi amiga Jenney Lind. Era una gran cantante y como nunca me  hizo demasiado caso yo dedicaba las noches a dibujar preciosos vestidos  para ella. Así entretenía mis penas, pues gracias a la imaginación  podemos recuperar todo lo perdido en el mundo exterior.</p>
<p>Sé, porque  me lo han dicho, que también vosotros amáis los cuentos, y mi vida es  como uno de esos cuentos que os gusta escuchar. Mi padre era zapatero y  mi madre una lavandera tan pobre que de niña había tenido que mendigar  por las calles. Sin embargo, los dos me cuidaban y me llenaban de mimos.  ¿Sabéis lo que decía mi padre? Que la mejor escuela es la felicidad.  Por eso fabricaba para mí pequeños juguetes de madera, dibujaba  monigotes y, sobre todo, me leía libros. Siempre recuerdo a mi padre con  un libro en las manos, pues le gustaba mucho leer y comentar conmigo  sus historias preciosas.</p>
<p>Vivíamos en casa de mis abuelos. Mi  abuelo estaba enfermo y los chicos del pueblo le insultaban y se reían  de él, lo que a mí me hacía sufrir. Mi abuela trabajaba en un asilo.  Cuidaba a los ancianos y se ocupaba del jardín, de donde traía cada día  ramilletes de flores que sembraba en cajones. A veces me llevaba con  ella, y a mí me gustaba sentarme con las ancianas y escuchar sus  historias. Eran historias llenas de prodigios y misterios, que yo  escuchaba con interés y amor, pues sus personajes siempre terminaban  encontrando la manera de salir adelante. Pero mis padres murieron pronto  y yo me quedé huérfano. Fue cuando abandoné el pueblo y me fui a vivir a  Copenhague. Me gustaba escribir y quería trasformarme en alguien  famoso. Escribí novelas y obras de teatro que apenas gustaron a nadie, y  muy pronto empecé a publicar cuentos como aquellos que me contaban las  ancianas del asilo en que trabajaba mi abuela. No los escribía solo para  los niños, pues quería que también los mayores los pudieran disfrutar.</p>
<p>Mis  cuentos tuvieron mucho éxito y hasta los príncipes y los reyes me  recibían en sus palacios deseosos de escucharlos. Y yo siempre pedía que  invitaran a los hijos de los criados, los jardineros y los mozos de los  establos, porque cuando veía sus caritas escuchándome me acordaba de mi  padre leyéndome aquellos cuentos que decían que siempre hay un lugar en  el mundo donde los niños pueden ser dichosos y dejar de tener miedo.</p>
<p>Pero  antes os he dicho que os iba a contar la razón de que hoy esté hablando  con vosotros, y ha llegado el momento de hacerlo. Veréis, siendo  todavía un niño, un día llegó a mi ciudad un regimiento de soldados  españoles. Participaban en la guerra junto a Napoleón y levantaron su  campamento en las afueras de la ciudad. Los niños nos acercábamos a  verles, pues nos gustaban sus uniformes y la manera tan marcial en que  desfilaban. Y recuerdo que uno de ellos se fijó en mí. Los otros niños  se metían conmigo porque era pobre y mis ropas viejas, pero él me miró  como si portara una llama en la frente. Llevaba una medalla de plata  sobre su pecho desnudo, y tras cogerme en sus brazos se puso a dar  saltos y a bailar, sin poder contener las lágrimas, porque tenía hijos  en España y al verme se había acordado de ellos.</p>
<p>Y desde entonces  quise visitar vuestro país. Lo hice cuando tenía 40 años, y me pareció  el bello país que había imaginado. Pero aún tuvo que pasar mucho tiempo  para que oyera hablar de que todos los años, a comienzos del mes de  abril, en muchas de las ciudades de España los niños se reunían para  celebrar mi cumpleaños. Y me acordé de aquel soldado, y quise regresar  de nuevo a vuestro país para ver si era cierto. Y vi que en todas sus  bibliotecas estaban mis cuentos, y que incluso había plazas y calles que  me habían dedicado, pues historias como <em>La pequeña cerillera, La sirenita, El patito feo</em> o <em>La reina de las nieves</em> eran muy queridas por todos vosotros. Y como podéis suponer, esto me  hizo muy feliz, pues es en los cuentos donde viven nuestros deseos.</p>
<p>¿Y  sabéis por qué esta mañana estoy aquí con vosotros? Para deciros que  todos los niños que aman los cuentos pertenecen al mundo de las rosas.  Un mundo que nos dice que ninguna vida se basta a sí misma, y que para  cumplir nuestra tarea en el mundo necesitamos la compañía y el amor de  los demás. Hace años escribí un cuento que hablaba de todo esto,  titulado <em>El caracol y el rosal.</em> El caracol presume de la casa que  lleva consigo, de los graves asuntos que le ocupan en su encierro, y  reprocha al rosal su desordenado crecimiento, sus cambios estacionales,  el derroche de sus rosas. Pasa el tiempo y los dos se hacen viejos. Pero  mientras que la existencia del caracol se vuelve cada vez más vacía e  inútil, el rosal encuentra en sus recuerdos una inesperada fuente de  felicidad. Es verdad que se siente pobre y cansado, y que sus ramas ya  apenas dan flores, pero le basta con recordar alguno de los momentos de  su vida para recuperar la alegría. Y se acuerda de aquella vez que  alguien hizo con sus flores un precioso ramo, o de aquella otra en que  una muchacha guardó los pétalos de una de sus rosas entre las páginas de  un libro, porque le recordaban a un amor ya perdido, o de tantas  primaveras en que sus flores adornaron los paseos y alegraron los ojos  de las parejas, los ancianos y los niños. Sí, todos los niños pertenecen  al mundo de las rosas, no de los caracoles. Esta es la razón de que no  puedan parar quietos y necesiten estar en la orilla de los caminos y  recibir los corazones de los que pasan, como se recibe esa copa que  calma la sed, para sentirse alegres y felices.</p>
<p>Y esto he venido a  deciros, que también vosotros debéis ser como aquel soldadito de plomo  tan enamorado. Entonces perteneceréis al mundo de las rosas, y llenaréis  de risas y bellos recuerdos la memoria de vuestros padres y de todos  los que os aman. Y yo seré muy feliz de haber contribuido con mis  cuentos a tan alegre locura.</p>
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		<title>Más rentabilidad que calidad</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 17:38:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Juventud]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mauricio Bach</strong>, crítico literario y traductor (LA VANGUARDIA, 17/04/11):</p>
<p>Basta pasearse por la sección infantil de cualquier gran librería para  darse cuenta de hasta qué punto las novedades desbordan el espacio  asignado. La imagen expresa una realidad cuantificable: durante los  últimos años, en plena crisis, este es uno de los sectores de la  industria del libro que más ha crecido. Si tomamos las cifras del  Anuario de literatura infantil y juvenil que publica la Fundación SM,  entre el 2007 y el 2009 el libro para niños ha tenido unos crecimientos  anuales en venta de ejemplares de entre un &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34676/mas-rentabilidad-que-calidad/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mauricio Bach</strong>, crítico literario y traductor (LA VANGUARDIA, 17/04/11):</p>
<p>Basta pasearse por la sección infantil de cualquier gran librería para  darse cuenta de hasta qué punto las novedades desbordan el espacio  asignado. La imagen expresa una realidad cuantificable: durante los  últimos años, en plena crisis, este es uno de los sectores de la  industria del libro que más ha crecido. Si tomamos las cifras del  Anuario de literatura infantil y juvenil que publica la Fundación SM,  entre el 2007 y el 2009 el libro para niños ha tenido unos crecimientos  anuales en venta de ejemplares de entre un 11 y un 14 por ciento,  mientras que en el global del mundo editorial las tasas de crecimiento  se han mantenido entre un 2 y un 3 por ciento. Sin embargo, la crisis  también se nota y según el último anuario, que acaba de aparecer, en el  2010 las ventas bajaron un 8,9 por ciento, aunque los títulos editados  se incrementaron un 3,5 por ciento, eso sí, con tiradas medias más  reducidas.</p>
<p>Pese al decrecimiento del último año, el libro  infantil y juvenil está en expansión. ¿Pero por qué este sector crece a  mayor ritmo que otros? Las explicaciones son varias. Hay que tener en  cuenta factores como el demográfico, el aumento del nivel cultural del  país o el peso que tienen en las ventas los libros de lectura escolar.</p>
<p>Pero para bien o para mal, todo cambió en 1997 con la publicación del  primer volumen de Harry Potter,una historia de sobras conocida, con  aires de cuento de hadas &#8211; una madre soltera en el paro que de la noche a  la mañana se hacía millonaria, un éxito estratosférico que nadie supo  predecir y que rompía todos los tópicos de que los niños no leen, que  ese libro era demasiado largo o que la temática era anticuada porque  recuperaba la fantasía de toda la vida-.</p>
<p>Además, la obra de J.  K. Rowling aportaba un elemento importante: la saga de libros que crea  lectores fieles. El primer volumen fue un superventas inesperado, pero a  partir de ahí la mercadotecnia se puso en marcha y convirtió cada nuevo  lanzamiento en un acontecimiento mundial. Lecciones del joven mago: los  niños sí que leen, y además con voracidad, si se les propone algo que  les entusiasma; las series enganchan y fidelizan lectores; si tenemos un  éxito, hay que exprimirlo al máximo sirviéndose de todos aquellos  mecanismos de promoción, es decir convertir la bola de nieve en un  auténtico alud.</p>
<p>Y así llegamos a otro fenómeno que también ha  hecho historia: Gerónimo Stilton.Si Harry Potter tuvo el encanto de lo  inesperado, en Stilton nada es fruto del azar. La anónima creadora del  personaje es Elisabetta Dami, hija de un editor italiano y que por tanto  conoce muy bien los entresijos del negocio. Literariamente el producto  no pasa de ser discreto, pero como brillante estrategia de marketing  gobernada con mano férrea por la agencia italiana que gestiona al  personaje debería estudiarse en nuestras escuelas de negocios junto con  el Nespresso.</p>
<p>¿Cuáles son las lecciones de Stilton?: el lector  infantil es muy permeable al marketing, lo cual permite grandes  operaciones de lanzamiento. Además, se exprime al máximo el producto:  libros con olores, la serie paralela de Tea, aventuras en cómic,  clásicos recontados por Stilton, libros para aprender inglés, cuadernos  de verano, muñecos, dibujos animados, y la propia agencia propietaria de  los derechos lanza nuevos productos con parecida estrategia, como el  murciélago Bat Pat. Y entre tanta creatividad italiana, una aportación  patria reseñable: el musical de Stilton, idea de Edicions 62, que lo  coproduce con Focus, en una nueva vuelta de tuerca para que el personaje  siga produciendo beneficios.</p>
<p>Y a partir de un éxito de ventas  como el del ratón periodista se produce la inevitable deriva editorial:  el mimetismo, y el mercado se llena de productos clónicos y mediocres  imitaciones. Algo que también ha sucedido con el otro gran fenómeno de  los últimos años, la serie Crepúsculo,literariamente nula, pero que ha  desatado una arrolladora moda vampírica.</p>
<p>Pero la buena noticia  de este crecimiento del sector nos debe llevar a otra pregunta: ¿las  ventas y la proliferación de títulos va en paralelo a una mayor calidad  literaria? Hace un par de décadas hubo en este país al menos dos  colecciones vinculadas a grandes grupos de una calidad altísima: la de  Alfaguara dirigida por Michi Strausfeld y la de Austral dirigida por  Felicidad Orquín. Hoy el mercado ha cambiado mucho y la apuesta  estratégica por la literatura infantil de los grandes grupos se rige más  por el volumen de producción y la rentabilidad que por los criterios de  calidad.</p>
<p>Sin embargo, quien busque exigencia literaria,  creatividad y riesgo, los encontrará en pequeñas editoriales de ventas  más modestas como Barbara Fiore Editora, Kalandraka, Corimbo, Lóguez,  Thule, Kókinos, Almadraba, Oqo, A buen paso o El zorro rojo.</p>
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		<title>Los maestros impuros</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Apr 2011 14:35:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Vicente Molina Foix</strong>, escritor (EL PAÍS, 15/04/11):</p>
<p>Ningún otro país del mundo ha dado en el siglo XX tantos maestros como  Francia. Maestros que no siempre impartían lecciones ni sentaban  cátedra, pero cuya enseñanza marcó tendencias, <em>ismos,</em> movimientos  de cambio y ruptura, dejando -al menos durante las seis décadas que van  desde 1920 a 1980- una profunda huella en sucesivas generaciones,  dentro y a veces con más vigor fuera de Francia. Esta es mi lista  incompleta aunque objetiva: Bergson, Breton, Dumézil, Lucien Febvre y  Fernand Braudel, Bachelard, Camus, Simone Weil, Bataille, Raymond Aron,  Lévi-Strauss, Sartre, André Bazin, Malraux, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34636/los-maestros-impuros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Vicente Molina Foix</strong>, escritor (EL PAÍS, 15/04/11):</p>
<p>Ningún otro país del mundo ha dado en el siglo XX tantos maestros como  Francia. Maestros que no siempre impartían lecciones ni sentaban  cátedra, pero cuya enseñanza marcó tendencias, <em>ismos,</em> movimientos  de cambio y ruptura, dejando -al menos durante las seis décadas que van  desde 1920 a 1980- una profunda huella en sucesivas generaciones,  dentro y a veces con más vigor fuera de Francia. Esta es mi lista  incompleta aunque objetiva: Bergson, Breton, Dumézil, Lucien Febvre y  Fernand Braudel, Bachelard, Camus, Simone Weil, Bataille, Raymond Aron,  Lévi-Strauss, Sartre, André Bazin, Malraux, Althusser, Deleuze, Lacan,  Ricoeur, Barthes, Derrida, Julia Kristeva, Foucault, Baudrillard, a la  que podrían añadirse, siempre de modo no-exhaustivo, escritores de  creación que ejercieron un influjo en algunos casos aún vigente: Valéry,  Artaud, Gide, Proust, Genet, Beauvoir, Ionesco, Robbe Grillet.</p>
<p>Han salido recientemente dos interesantes libros que, lejos de  ocuparse en el estudio erudito o la biografía pormenorizada de dos de  esos notables <em>maîtres-à-penser</em> de la cultura francesa, ofrecen el  testimonio del alumno, del oyente, del amigo que aprendió a vivir en la  intimidad de su respectiva figura magistral. El de Tahar Ben Jelloun, <em>Jean Genet, menteur sublime (Jean Genet, mentiroso sublime,</em> editado por Gallimard), coincide con la oleada de publicaciones que han  celebrado en el 2010 el centenario del nacimiento, y el próximo abril  señalarán el 25º aniversario de la muerte del autor de <em>Las criadas.</em> En 1974, cuando el marroquí tenía 30 años y empezaba su carrera de  novelista, recibió una mañana del mes de mayo una llamada telefónica en  la que Jean Genet, a quien nunca había visto antes pero sí leído con  admiración, le proponía comer juntos. Ese almuerzo fue el inicio de una  intermitente relación amistosa en la que el consagrado escritor francés,  tomando desde muy pronto confianza con su joven colega, se manifestaba  ante este sin miramientos, en toda la gama de sus caprichos y sus  rudezas, su modestia y su desprendimiento material, sus trampas, sus  maximalismos políticos, sus juicios sumarios sobre otros escritores,  incluyendo en su displicencia a quienes, como Cocteau, Sartre o Juan  Goytisolo, le habían ayudado estando en la cárcel, le exaltaron hasta la  santificación o le admiraron y acompañaron.</p>
<p>A lo largo de 12  años, Ben Jelloun visita y escucha a Genet en los humildes hoteles de  paso donde casi siempre vivió, colabora con él (a menudo como aliado en  la defensa del pueblo palestino, objetivo real de aquella primera  llamada de 1974), le lee con gran apego y aprecio pero sin reverencia,  advirtiendo sus incongruencias y sus falacias. Polemiza con él en  privado, aun condenando el linchamiento público que Genet sufrió por el  artículo exculpatorio de la banda Baader-Meinhof publicado en <em>Le Monde</em> en 1977, y, como heterosexual, se escandaliza de saber a su amigo mayor  tan anti-gay, tan ajeno a la suerte de los homosexuales perseguidos en  Cuba, en la Unión Soviética, en Irán, como si la manera agreste y  pasional en la que Genet practicó su homosexualidad desde la  adolescencia fuera un modo de salvación individual que no toleraba a su  lado capillas ni facciones. Defensor militante de los Panteras Negras y  de los refugiados palestinos (a quienes no se priva de describir en una  belleza física que le atrae tanto como su valor en la lucha), Genet se  permitía sin embargo desacreditar la figura de Foucault o acusar  absurdamente a Gide de haber viajado al norte de África solo con la  intención de acostarse con los muchachos locales, &#8220;a los que pagaba  mal&#8221;. Ben Jelloun acaba su libro relatando los sueños filiales que tuvo  con Genet tras su muerte; veía al escritor, al igual que a su propio  padre también fallecido, como un hombre irónico y colérico, cuya última  transparencia, la razón que su espíritu tornadizo nunca traicionó, fue  la tragedia de los palestinos, motivo de la póstuma y gran obra maestra <em>genetiana,</em> <em>Un cautivo amoroso.</em></p>
<p>Michel Foucault es el retratado de cerca por el novelista Mathieu Lindon en su fascinante <em>Ce qu&#8217;aimer veut dire (Lo que amar quiere decir,</em> P. O. L.). En el arranque, Lindon afirma haber tenido gracias al  filósofo una vida mejor. Una vida mejor es el mejor don que un maestro  le puede hacer a un discípulo, y en la intensa amistad que un grupo de  incipientes escritores tuvo en los años setenta con Foucault se  manifiesta el cauce peculiar de esas relaciones de aprendizaje por  proximidad: el maestro irradia orgánicamente, sin didáctica, sus  saberes, a la vez que se iguala en la complicidad, en la farra, en la  escucha del cercano aprendiz. Cuando le conoció, Lindon, con la  sinceridad frontal tan notable en el libro, reconoce que Foucault solo  era para él &#8220;un hombre con un magnífico piso&#8221;, en referencia al  apartamento de la Rue de Vaugirard que aquel ocupaba junto a su amante  Daniel, dejándolo abierto, con una generosidad inaudita, a sus nuevos  amigos. &#8220;Yo tenía 23 años y él me educó&#8221;, dice Lindon.</p>
<p>Pese a su  alta posición académica y su vasta obra, a Foucault le envolvía entonces  un aura maligna. En cierta ocasión, el joven Mathieu reencuentra a una  muchacha con la que había tenido un pequeño <em>affaire,</em> y esta le  confiesa que su novio actual, al saber de esos pasados amoríos, le  reprochó haber estado con un tipo &#8220;marica, drogadicto y amigo de Michel  Foucault&#8221;. Cuando la frase llegó a sus oídos, el autor de <em>Las palabras y las cosas</em> dijo sentirse halagado de que alguien le considerase por sí solo un  vicio tan establecido como la droga o la homosexualidad. A la inversa  que Genet, Foucault revela en privado un espíritu humorístico, locuaz y  confiado, proclive a la promiscuidad sexual y las largas noches con  abundante presencia del LSD, el alcohol y las películas de los hermanos  Marx, aún más dislocadas de lo normal vistas en vídeo bajo el efecto del  ácido. Raramente se discutía el formidable <em>corpus</em> ensayístico que Foucault, con un empleo del tiempo envidiable, iba produciendo entre orgía y orgía.</p>
<p>En  1984, cuando Mathieu Lindon no ha cumplido los 30 y ha publicado (bajo  seudónimo) su primer libro, muere a los 57 años Foucault, víctima del  sida. La última parte de <em>Ce qu&#8217;aimer veut dire</em> es un original y  bellísimo elogio fúnebre a los ausentes, que incluye al novelista Hervé  Guibert, amigo íntimo y miembro también del grupo de la Rue Vaugirard, y  a sus dos padres, el simbólico Foucault y el natural Jérôme Lindon,  creador del sello literario Minuit, amigo y albacea de Samuel Beckett y  uno de los grandes editores del siglo XX. Estableciendo una ocurrente  comparación con la criada de Proust, Céleste Albaret, Mathieu se  considera a sí mismo &#8220;el chico de la casa&#8221; de Foucault, tan entregado y  servicial como Céleste, aunque más destrozón, y, al igual que ella,  responsable de un libro que quiere rendir homenaje al <em>señorito.</em> &#8220;Haberle conocido era todo lo que me quedaba de Michel&#8221;, escribe Lindon,  satisfecho de leer lo que la prensa mundial publicó sobre su amigo  íntimo: &#8220;Me ayuda que otros le conozcan, aun nacidos después de su  muerte, y sin tener con él más intimidad que su lectura feliz (&#8230;)  ellos no lo saben, pero son mis hermanos imaginarios&#8221;.</p>
<p>Lindon  asume como parte de su filiación foucaultiana la infidelidad amatoria  del maestro, un asiduo de los bares de ambiente sadomasoquista, sobre  todo cuando enseñaba en Norteamérica, donde su prominente cráneo calvo y  su uniforme de cuero llamaban menos la atención que en París. Inclinado  en su propia vida de pareja a mantenerse fiel, Lindon no puede borrar  de su conciencia el legado impuro de su amigo Michel: &#8220;La posibilidad de  crear relaciones inimaginables y acumularlas sin que la simultaneidad  sea un problema&#8221;.</p>
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		<title>Mal bicho, pero genial</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Apr 2011 17:42:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 12/04/11):</p>
<p>En un excelente artículo publicado recientemente en estas páginas <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33242/los-reprobos/" target="_blank">(Los réprobos,</a> EL PAÍS, 30 de enero de 2011), Mario Vargas Llosa comentaba la  lamentable decisión del Gobierno francés de suspender el proyectado  homenaje a Louis-Ferdinand Céline en razón de su odioso antisemitismo y  su abierta colaboración con los nazis.</p>
<p>Comparto enteramente su opinión: la extraordinaria empresa subversiva de <em>Viaje al final de la noche</em> y la infame labor panfletaria convivían en efecto en la misma persona  pero importa deslindar una de otra. Una creación literaria de la hondura  y alcance de la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34589/mal-bicho-pero-genial/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Goytisolo</strong>, escritor (EL PAÍS, 12/04/11):</p>
<p>En un excelente artículo publicado recientemente en estas páginas <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33242/los-reprobos/" target="_blank">(Los réprobos,</a> EL PAÍS, 30 de enero de 2011), Mario Vargas Llosa comentaba la  lamentable decisión del Gobierno francés de suspender el proyectado  homenaje a Louis-Ferdinand Céline en razón de su odioso antisemitismo y  su abierta colaboración con los nazis.</p>
<p>Comparto enteramente su opinión: la extraordinaria empresa subversiva de <em>Viaje al final de la noche</em> y la infame labor panfletaria convivían en efecto en la misma persona  pero importa deslindar una de otra. Una creación literaria de la hondura  y alcance de la obra maestra de Céline no se sujeta a corrección  alguna: brota como un volcán de luz incendiaria con su acompañamiento de  escoria. En todos los países e idiomas hay infinidad de poetas y  narradores de una corrección política y ética sin mácula, pero de  mediocridad irremediable, y algunos que, como el novelista francés,  aunaron el genio con un pensamiento y conducta absolutamente abyectos.</p>
<p>No  está de más recordar aquí que una obra &#8220;correcta&#8221; en todos los sentidos  del término sería forzosamente didáctica y, por ello, ajena a la  esencial rebeldía artística. Los escritores son seres humanos con  diversos grados de nobleza y miseria y en la lista de quienes encarnaron  esta última y dieron rienda suelta a los peores instintos de la especie  a la que pertenecemos.</p>
<p>Vargas Llosa menciona con razón a Quevedo.  El autor de los más bellos sonetos de amor escritos en nuestra lengua y  de una obra de la riqueza e inventiva verbal del <em>Buscón </em>era,  desde el punto de vista de nuestra ética social y de la honradez  exigible a una persona, un perfecto mal bicho. Si las alusiones a las  narices atribuidas a los conversos y su horror al tocino se suceden a lo  largo de la novela en unos capítulos de lectura sabrosa, sus poemas  satíricos y burlescos (412 sin contar los que contienen hirientes befas  de algunos de sus colegas) compendian un vasto muestrario de racismo,  antisemitismo, misoginia y homofobia que no perdonan a nadie con  excepción de los militares y de los curas de misa y olla.</p>
<p>Las  burlas de los negros, de los mulatos, de los moros (&#8220;Nacida en Morería /  sin que tú puedas negarlo; / y si las moras son perras / de casta le  viene al galgo&#8221;), de las viejas (&#8220;tumba os está mejor que estrado y  sala; / cecina sois en hábito de harpía&#8221;), de las flacas, de las de baja  estatura (&#8220;enana sois entre los pigmeos&#8221;), de sus odiados cristianos  nuevos (&#8220;Aquí yace Mosén Diego / a Santo Antón tan vecino / que huyendo  de su cochino / vino a parar en el fuego&#8221; -de la Inquisición, claro-&#8221;),  de los sodomitas, casi siempre italianos (&#8220;Tú que caminas en campaña  rasa / cósete el culo, viandante, y pasa&#8221;), etcétera, ocupan docenas de  páginas de su extensa vena satírica. Y si de ésta pasamos a los <em>Sueños,</em> comprobaremos que su infierno poético está poblado de comerciantes,  sastres, cirujanos, prestamistas y otros oficios propios en aquellos  tiempos de las castas judía y morisca. Frente a la hornada de réprobos,  Quevedo salva de la quema, como dijimos, a quienes profesan la carrera  de las armas, la única noble y digna de un hidalgo español.</p>
<p>En un  extraordinario ejercicio de dicotomía, el autor de unas composiciones  cuya lectura nos deslumbra con la precisa y bella evocación de la mujer  amada se entrega sin rebozo en <em>La hora de todos</em> a la más abyecta  misoginia: &#8220;Considérala (a la mujer) padeciendo los meses, y te dará  asco, y cuando esté sin ellos, acuérdate de que los ha tenido, y que los  ha de padecer, y te dará horror lo que te enamora, y avergüénzate de  andar perdido por cosas que en cualquier estatura de palo tienen menos  asqueroso fundamento&#8221;. ¿Se puede ir más lejos en la aversión, oh cuán  viril, del otro sexo?</p>
<p>El Parnaso, tan sugestivamente descrito por Cervantes, ha sido siempre un semillero de odios, disputas y rencillas <em>(genus irritabile vatum</em> decían ya los clásicos), pero la saña de Quevedo con sus rivales  supuestos o reales no admite parangón en nuestras letras. Sus décimas  contra Góngora, a quien acusa de sodomía (&#8220;De vos dicen por ahí / Apolo y  todo su bando / que sois poeta nefando / pues cantáis culos así&#8221;) y de  ascendencia judaica (&#8220;¿Por qué censuras tú la lengua griega / siendo  solo rabí de la judía / cosa que tu nariz aun no lo niega?) resultan  todavía más deleznables si se tiene en cuenta el escrutinio y acoso del  Santo Oficio a los sospechosos de judaísmo y a los culpables del <em>crimene pésimo.</em> Quevedo vierte su malquerencia al cordobés (&#8220;Yo frotaré mis obras con  tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla&#8221;) y, con el aplomo que le  confiere su estatus de sangre limpia, arremete con su espadachín contra  quienes detesta cebándose en sus defectos físicos, como al dramaturgo  Juan Ruiz de Alarcón. Los romances, décimas y letrillas del autor del <em>Buscón</em> no carecen de gracia, pero dicen muy poco a favor de la calidad humana de quien los perpetró.</p>
<p>Con  todo, el patrioterismo de Quevedo, ese español de casta que abominaba  de cuanto es ajeno a nuestras más puras esencias, no obedecía únicamente  a unos sentimientos viscerales de pertenencia a una gran nación cuyo  declive advertía: su afán de hacer carrera en la corte y acumular  beneficios no pueden pasarse por alto.</p>
<p>Cuando Olivares, el mejor  estadista de toda la dinastía de los Habsburgo, propuso el copatronazgo  de santa Teresa con Santiago en una época de angustia nacional ante la  inexplicable incomparecencia del último en el desdichado curso de la  guerra de Flandes y el desastre de la Armada Invencible, el cabildo de  Santiago, viendo en peligro sus privilegios, buscó una pluma que  defendiera la causa del Apóstol y no halló otra mejor que la de Quevedo.  La argumentación jacobea de éste no tiene desperdicio. Lo que Dios  aprecia más, nos dice en <em>Su espada por Santiago</em>, es la victoria  de sus ejércitos y ¿cómo puede una mujer ponerse al frente de ellos? El  Apóstol, en cambio, prosigue, combatió en cuatro mil batallas y cortó  personalmente la cabeza a once millones y quince mil moros. La deuda de  la España católica contraída con él es inmensa y poco pesa en la balanza  la virtud de la santa de Ávila.</p>
<p>Si el cálculo exacto de batallas y  moros muertos nos deja perplejos, la prueba del arribismo sin  escrúpulos del poeta no le va a la zaga. Quevedo no fue un buen  ajedrecista en el campo político como nos informa su biografía, pero no  se paraba en barras en cuanto a su medro personal.</p>
<p>Está hoy bien  documentado que cobraba por sus informes de la Embajada de Francia y su  exaltación nacionalista y católica no andaba reñida con el provecho de  su bolsillo. Tan sólo esto lo distingue de Céline, poco atento al arte  de hacer carrera. En lo demás comparte con él el genio literario y una  conducta ignominiosamente vil y rastrera.</p>
<p><strong>Le contesta Por Aurelio Arteta:</strong> <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35290/genial-pero-mal-bicho/">Genial, pero mal bicho</a>.</p>
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		<title>Recordando a Blasco Ibáñez</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Apr 2011 21:36:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Santiago Grisolía</strong>, presidente del Consell Valencià de Cultura (ABC, 11/04/11):</p>
<p>Hoy 11 de abril se cumplen 100 años del acto formal de la posesión de una gran extensión de tierras que el Gobierno argentino cedió a Vicente Blasco Ibáñez, de acuerdo con el contrato suscrito por él, para dedicarlas al cultivo intensivo del arroz. Don Vicente eligió para su colonia un campo de cinco mil hectáreas situado a quince kilómetros de la ciudad de Corrientes, en lo alto de la barranca que forma allí el curso del río Paraná, en el paraje llamado Rincón de Lagraña. Este es &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34555/recordando-a-blasco-ibanez/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Santiago Grisolía</strong>, presidente del Consell Valencià de Cultura (ABC, 11/04/11):</p>
<p>Hoy 11 de abril se cumplen 100 años del acto formal de la posesión de una gran extensión de tierras que el Gobierno argentino cedió a Vicente Blasco Ibáñez, de acuerdo con el contrato suscrito por él, para dedicarlas al cultivo intensivo del arroz. Don Vicente eligió para su colonia un campo de cinco mil hectáreas situado a quince kilómetros de la ciudad de Corrientes, en lo alto de la barranca que forma allí el curso del río Paraná, en el paraje llamado Rincón de Lagraña. Este es uno de los muchos aspectos de la personalidad de Vicente Blasco Ibáñez, que con dicho motivo fundó, además de la ciudad de Cervantes, la ciudad de Nueva Valencia, lo que indica el amor que él tuvo para esta, su tierra natal. La ciudad de Nueva Valencia, en la provincia de Corrientes, es hoy día un recuerdo, pero las plantaciones de arroz auspiciadas por don Vicente tuvieron éxito y todavía proporcionan riqueza a este país. No olvidemos que hace 100 años la mayor parte de habitantes en la región eran muy pobres. Algunas fotografías de la época muestran a don Vicente en compañía de los indios pampas, descalzos y mal vestidos con harapos.</p>
<p>Quiero agradecer a mi amiga y compañera Rosa María Rodríguez Magda, del Consell Valencià de Cultura, el número 111 de la revista <em>Debats</em>, dedicado en gran parte a la figura de Vicente Blasco Ibáñez. Es un número verdaderamente espléndido, que recuerda los aspectos fundamentales de la aventura de don Vicente en Sudamérica, donde perdió su fortuna y se endeudó, y donde trabajó asiduamente durante mucho tiempo en tareas organizativas y sociales. Tanto es así que su obra literaria se resintió, y estuvo casi cinco años sin escribir.</p>
<p>Debo confesar que mi respeto y admiración por este gran hombre empezó muy temprano, cuando yo estaba gravemente enfermo a los 14 años, ahora creo que por unas tifoideas aunque me diagnosticaron tuberculosis. En consecuencia pasé cerca de un mes encamado, y recibiendo largas cantidades de calcio intramuscular. Afortunadamente un amigo de mi padre tenía todos los libros de don Vicente, que leí, sino todos, la mayor parte, ese verano del 36, cuando la Guerra Civil conllevaba atrocidades mayores que las descritas en parte por don Vicente. Sin duda, mi amor por el mar se debe, en buena parte, a las lecturas de las obras de don Vicente.</p>
<p>Desde luego la figura de don Vicente está y estaba bastante olvidada. Mi buen amigo Carlos Sentí, que desgraciadamente no se encuentra con nosotros desde hace muchos años, insistió en recuperarla y consiguió convencer al Ayuntamiento de Valencia para que la gran avenida llamada Paseo al Mar se bautizase con el nombre de Vicente Blasco Ibáñez. Desgraciadamente, en la actualidad la avenida no llega todavía a su destino final, como en su momento se imaginó que haría. Esperemos que este problema se resuelva para la satisfacción y el recuerdo de mi amigo Carlos.</p>
<p>Como es sabido, don Vicente Blasco Ibáñez está enterrado en el Cementerio General de Valencia, en un nicho corriente. Todos los planes para hacerle un enterramiento adecuado no han prosperado. El primero tuvo lugar cuando sus restos llegaron a Valencia, en 1933, procedentes de Menton, Francia, donde había fallecido. Ese año, el Ayuntamiento realizó un concurso para la construcción de un mausoleo, que empezó a construirse en 1935. Paralelamente, se encargó un sarcófago al conocido escultor Mariano Benlliure, que había sido amigo de don Vicente. Dicho sarcófago fue entregado, pero la Guerra Civil interrumpió las obras del mausoleo, cuando ya se había construido el cuerpo principal. Los restos de don Vicente pasaron a ocupar el nicho donde aún se encuentra. Al terminar la contienda, el mausoleo fue derribado, sin duda por la identificación que el bando vencedor hacía entre Blasco Ibáñez y la República.</p>
<p>Decía Max Aub. «Aquí, en el cementerio civil, en un nicho con el alto relieve de mármol blanco tallado muy <em>modern style</em>se lee &#8220;Vicente Blasco Ibáñez&#8221; y sus fechas (creo). Nada más. Bastante abandonado. Pequeña. Un nicho. Nada…». «Lo que importa, lo que me impresiona, es esa triste placa de mármol, más o menos solitaria, de Blasco, ahí en el cementerio civil, escondida… Lo triste es esto: esta placa de mármol de un estilo pasado de moda, abandonada, cerca del suelo, con los restos de medio siglo de su ciudad».</p>
<p>En los últimos cincuenta años se ha discutido mucho dónde don Vicente debe ser enterrado definitivamente. A falta del mausoleo tenemos el magnífico sarcófago de bronce que Mariano Benlliure hizo para don Vicente, y en el que figuran escenas y personajes de muchas de sus obras. Al parecer, alguien lo rescató y lo colocó en una especie de capilla bien resguardada en el Centro del Carmen, un museo que ha sido rehabilitado extensivamente y en el cual, muy cerca de donde se encuentra el féretro de don Vicente, había hasta hace unos años un número considerable de cadáveres enterrados de monjes, los cuales fueron extraídos, de modo que en la actualidad no queda más recuerdo de ellos que alguna celda.</p>
<p>A mi parecer, sería más que indicado, y así lo he comentado muchas veces con mis colegas del Consell Valencià de Cultura, proponer el traslado de los huesos de don Vicente al sarcófago de Mariano Benlliure del remodelado Museo del Carmen. Eso permitiría que la gente lo recordara adecuadamente. Así, en la reciente ceremonia de inauguración de la remodelación del Museo, vi a mucha gente examinar con atención el espacio que contiene el féretro de don Vicente Blasco Ibáñez, y el propio féretro.</p>
<p>El Consell Valencià de Cultura se ha preocupado varias veces por este asunto, y en 2005 publicó el <em>Informe sobre los restos de Blasco Ibañez</em>, , coordinado por mi amigo y compañero Vicente Muñoz Puelles, cuya lectura les recomiendo.</p>
<p>No es raro el que a los miembros del Consell Valencià de Cultura nos interese el tema, ya que nuestra sede del Palacio de Forcalló está enfrente mismo del Museo del Carmen, donde se encuentra el féretro, y solo tenemos que cruzar la calle para verlo. Además, el abuelo de Vicente Muñoz Puelles, quien, como ya he dicho, coordinó nuestro informe sobre los restos, fue médico del propio Blasco Ibáñez, y tuvo en su casa, hasta hace pocos años, la <em>senyera</em> de su abuelo, que fue la bandera con la que se cubrió el ataúd de don Vicente a su glorioso regreso a Valencia en 1933. Como dicha <em>senyera </em>era demasiado grande y no cabía en el nicho, fue sustituida a última hora por otra de dimensiones más pequeñas, también del médico de Blasco Ibáñez. Con ese motivo, el diario <em>Pueblo</em>publicó, por errata, que Blasco Ibáñez había sido enterrado «con la señora de Muñoz Carbonero».</p>
<p>Recomiendo a los interesados, pues, el informe del Consell Valencià de Cultura sobre los restos de Blasco Ibáñez y el <em>Epistolario de Vicente Blasco Ibáñez–Francisco Sempere</em>(1901-1917), que el propio CVC publicó en 1999, dentro de la colección Monografies. Y también, cómo no, los cuentos y las estupendas novelas de nuestro admirado don Vicente.</p>
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		<title>Los ensayos de Luis Loayza</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Apr 2011 18:04:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas LLosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 © Mario Vargas Llosa, 2011 (EL PAÍS, 10/04/11):</p>
<p>Es un placer leer los ensayos de Luis Loayza y, a la vez, es imposible  no sentir, mientras uno goza con ellos, esa melancólica tristeza que nos  inspiran las buenas cosas que se acaban, que el tiempo va dejando  atrás. Porque el ensayo literario que Loayza ha practicado toda su vida  fue el que escritores como Edmund Wilson y Cyril Connolly en el mundo  anglosajón, o Paul Valéry, Jean Pauhlan y Maurice &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34540/los-ensayos-de-luis-loayza/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas LLosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 © Mario Vargas Llosa, 2011 (EL PAÍS, 10/04/11):</p>
<p>Es un placer leer los ensayos de Luis Loayza y, a la vez, es imposible  no sentir, mientras uno goza con ellos, esa melancólica tristeza que nos  inspiran las buenas cosas que se acaban, que el tiempo va dejando  atrás. Porque el ensayo literario que Loayza ha practicado toda su vida  fue el que escritores como Edmund Wilson y Cyril Connolly en el mundo  anglosajón, o Paul Valéry, Jean Pauhlan y Maurice Blanchot en Francia, o  Alfonso Reyes, Octavio Paz y Ortega y Gasset en español utilizaron para  expresar sus simpatías y diferencias a la vez que, al hacerlo,  escribían textos de gran belleza literaria.</p>
<p>En nuestro tiempo, la crítica se ha apartado de esa buena tradición y  escindido en dos direcciones que están, ambas, a años luz de la que  encarnan los ensayos de Luis Loayza. Hay una crítica universitaria,  erudita, generalmente enfardelada en una jerga técnica que la pone fuera  del alcance de los no especialistas y, a menudo, vanidosa y abstrusa,  que disimula detrás de sus enredadas teorizaciones lingüísticas,  antropológicas o psicoanalíticas, su nadería. Y hay otra, periodística,  superficial, hecha de reseñas y comentarios breves y ligeros, que dan  cuenta de las nuevas publicaciones y que no disponen ni del espacio ni  del ánimo para profundizar algo en los libros que comentan o fundamentar  con argumentos sus valorizaciones.</p>
<p>El ensayo al que yo me refiero  es a la vez profundo y asequible al lector profano, libre y creativo,  que utiliza las obras literarias ajenas como una materia prima para  ejercitar la imaginación crítica y que, a la vez que enriquece la  comprensión de las obras que lo inspiran, es en sí mismo excelente  literatura. Para lograr ambas cosas hace falta amar de veras los libros,  ser un lector pertinaz, estar dotado de lucidez y sutileza de juicio, y  escribir con inteligencia y claridad.</p>
<p>Luis Loayza tiene todo ello  en abundancia. Hasta ahora ha sido un autor poco menos que secreto, en  torno al cual ha ido surgiendo una especie de culto entre los jóvenes  escritores peruanos, que hacían milagros para leerlo, porque tanto sus  relatos como sus ensayos habían aparecido en ediciones de escasa  difusión, algo clandestinas, por el absoluto desinterés que él tuvo  siempre por la difusión de su obra, algo a lo que parece haberse más  bien resignado debido a la presión de sus amigos. Loayza es uno de esos  extrañísimos escritores que escribe por escribir, no para publicar.</p>
<p>Había  la idea de que, además de secreto, era autor de una obra muy breve.  Pero, ahora que la Universidad Ricardo Palma, de Lima, ha tenido la  magnífica idea de publicar dos volúmenes con sus ensayos y relatos, se  advierte que esta obra no es tan escasa, que en sus casi 77 años de vida  Luis Loayza ha escrito una considerable cantidad de textos, que,  además, tienen la virtud de ser de pareja calidad, de notable coherencia  intelectual y de una gran elegancia literaria.</p>
<p>Yo hablo ahora de  sus ensayos porque acabo de releerlos, y no de sus relatos, pues me  guardo ese placer para más adelante, pero sé que también en estos  últimos aparece esa prosa tan persuasiva, limpia y clara, impregnada de  ideas, de buen gusto, juiciosa y delicada, que enaltece al autor tanto  como al que la lee. Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra  lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal.</p>
<p>Ya  lo era cuando yo lo conocí, en la Lima de los años cincuenta. Aunque  ahora nos veamos muy poco, no creo que haya cambiado mucho. Lector  voraz, desdeñoso de la feria y la pompa literaria, ha escrito sólo por  placer, sin importarle si será leído, pero, acaso por eso mismo, todo lo  que ha escrito exhala un vaho de verdad y de autenticidad que engancha  al lector desde las primeras frases y lo seduce y tiene magnetizado  hasta el final. Sus ensayos cubren un vasto abanico de temas y de  autores y delatan un espíritu curioso, cosmopolita, políglota, en el  que, pese a haber vivido tantos años en el extranjero -París, Nueva  York, Ginebra- ese Perú donde hace cerca de 20 años no pone los pies,  está siempre presente, como una enfermedad entrañable.</p>
<p>Hable del <em>Ulises</em> de Joyce, de la biografía de Borges que escribió Rodríguez Monegal, o de la breve aparición de dos personajes peruanos en <em>Rojo y negro</em> de Stendhal y <em>En busca del tiempo perdido</em> de Proust, los ensayos de Loayza resultan siempre sorprendentes y  originales, por la perspectiva en que los temas son abordados, o por la  astuta observación que desentraña en esos textos aspectos y significados  que nadie había percibido antes que él. Es el caso de la serie de  estudios que consagró al Novecientos, en los que ese período de la  cultura y la historia peruana resucita con un semblante totalmente  inédito.</p>
<p>Loayza nunca hace trampas. No hay, en este volumen de  casi 500 páginas, una sola de esas frases pretenciosas en que los  críticos inevitablemente caen alguna vez, para exhibir su vasta cultura,  o esos oscurantismos mentirosos que disimulan su indigencia de ideas y  su vanidad. Y hay, en cambio, en todos ellos, siempre, un esfuerzo de  claridad y sencillez que el lector siente como una prueba de  consideración y respeto hacia él, y de probidad intelectual. En los  extensos análisis, como el prólogo que escribió para su traducción de  las obras de De Quincey, o las dos o tres páginas deliciosas que dedica a  &#8220;Simbad el Maligno&#8221;, los ensayos de Loayza son un canto de amor a la  literatura. Todos ellos nos muestran, de manera contagiosa, que la  literatura enriquece la vida, la hace más comprensiva y llevadera, que  las obras logradas nos civilizan y humanizan, alejándonos del bruto que  llevamos dentro, ese que fuimos antes de que los buenos libros, las  buenas historias, la buena poesía y la buena prosa, lo domesticaran y  enjaularan.</p>
<p>Al mismo tiempo que leía los ensayos de Luis Loayza he estado hojeando los tres números de la revista <em>Literatura</em> que sacamos con él y con Abelardo Oquendo en la Lima de finales de los años cincuenta, cuando éramos tres <em>letraheridos</em> que aprovechábamos todos los minutos libres que nos dejaban los  trabajos alimenticios para vernos y hablar y discutir con pasión y  fanatismo de libros y autores. Por esa época, Loayza contrajo una  curiosa alergia contra todo lo feo que se encontraba al paso en este  mundo. Una desagradable exposición de pintura, una mala película, un  poema vulgar, un bípedo antipático, y empezaba a ponerse muy pálido, se  le hundían los ojos y le sobrevenían incómodas arcadas. Abelardo y yo  nos burlábamos, creyendo que exageraba. Pero había una honda verdad en  esa pose. Porque ese rechazo de la fealdad es un rasgo perenne de todo  lo que ha escrito. No hay en esta colección de ensayos elaborados a lo  largo de toda su vida nada que desentone, ofenda, desmoralice o disguste  al lector. Y sí, siempre, una pulcritud y rigor en la palabra y en la  idea que lo llenan de halago y gratitud.</p>
<p>Tenía algo de temor con esta reedición de <em>Literatura</em> que ha hecho la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pues pensaba  que los años podían haber destrozado aquella revista juvenil. Pero, no,  no hay en sus páginas nada de qué avergonzarse. Protestamos contra la  pena de muerte, rendimos homenaje a César Moro -casi desconocido  entonces-, polemizamos contra el realismo socialista, publicamos bellos  poemas de Raúl Deustua y de Sebastián Salazar Bondy, un hermoso cuento  de Paul Bowles, traducido por Loayza, y nos solidarizamos con los  barbudos que en la Sierra Maestra se habían alzado contra la dictadura  de Batista. Todas sus páginas expresan la inconmensurable ilusión de ser  escritores alguna vez. Muy decoroso, en verdad.</p>
<p>En estos días en  que el Perú, para no perder la costumbre, parece a punto de cometer un  nuevo suicidio político, ha sido grato escapar de la cruda realidad por  unas cuantas horas al día y refugiarme, gracias a Luis Loayza, en la  añoranza de la juventud, la amistad y la buena literatura.</p>
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		<title>In the Footsteps of Graham Greene</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Mar 2011 11:21:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Tim Butcher</strong>, the author of <em>Chasing the Devil</em> and <em>Blood River — A Journey to Africa’s Broken Heart</em> (THE NEW YORK TIMES, 26/03/11):</p>
<p>For Graham Greene, travel was the driver, the device which framed the  greatest work of a great writer. From a childhood home in the historic  but forgettable English market town of Berkhamsted he journeyed widely —  from Mexico to Vietnam, Vienna to Havana, Haiti to the Congo — forever  mining literary material.</p>
<p>But his most important journey never warranted a novel and never made it  to the silver screen. The trip was to an African &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34237/in-the-footsteps-of-graham-greene/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Tim Butcher</strong>, the author of <em>Chasing the Devil</em> and <em>Blood River — A Journey to Africa’s Broken Heart</em> (THE NEW YORK TIMES, 26/03/11):</p>
<p>For Graham Greene, travel was the driver, the device which framed the  greatest work of a great writer. From a childhood home in the historic  but forgettable English market town of Berkhamsted he journeyed widely —  from Mexico to Vietnam, Vienna to Havana, Haiti to the Congo — forever  mining literary material.</p>
<p>But his most important journey never warranted a novel and never made it  to the silver screen. The trip was to an African backwater, and, in an  appropriately complex, Graham Greene-ish kind of way, it saved his life.</p>
<p>The year was 1935 and the destination for Greene, then just 30 years  old, was Liberia, the troublesome African stepchild of America, a place  so remote it had no roads and scant infrastructure.</p>
<p>The journey of 350 miles through thick tropical bush had to be completed  almost entirely on foot, although, in that era of high colonialism,  Greene was occasionally carried in a hammock by those among his 24  bearers who were not already weighed down with his metal bath,  collapsible furniture, clay water filter and numerous cases of tinned  steak-and-kidney pie, sausage and Scotch.</p>
<p>Some of these everyday details I learned from “Journey Without Maps,”  Greene’s nonfiction account of his trek. But its huge significance for  him — both as a writer and as a man — became apparent to me only after I  followed in his footsteps, retracing every blistering inch of his route  during a memorable two-month trip to West Africa in 2009.</p>
<p>I dodged aggressive jungle elephants, tripped on halucinogens contained  in vegetation they munched in the bush, and swung over rivers on bridges  skillfully constructed by villagers from plaited ivy. With the  exception of a few machete-wielding louts, I was welcomed throughout by  Liberians happy to share their overlooked world.</p>
<p>Seventy-four years separated me from Greene’s trek, travelling without a  modern version of his cook, butler or bearers, although I was comforted  by a satellite-telephone and a stash of antibiotics in my rucksack. In  walking the same jungle trails, getting mugged by the same fierce heat  and sleeping in the same simple bush villages, I discovered why Greene  wrote that his was “altogether a trip that altered life.”</p>
<p>It was in the village of Duogomai, a tiny nothing of a place up in Lofa  County, the northernmost district of Liberia, that I met an elderly  Liberian who remembered meeting Greene and told me of a collision  between this most Catholic of writers and the African spirit world.</p>
<p>My feet were blistered and I had had a rotten night’s sleep in a hut  infested with rats. Little wonder, I thought, that Greene described this  place as “so horrible there was nothing else to do but drink.”</p>
<p>The village elder was called Mulbah Obelee. He leant heavily on a stick,  his hair frosted with age and eyes rheumy with river blindness. But his  recall of Graham Greene’s visit was crystal clear.</p>
<p>“I remember the day a white man came to our village,” he said. “He drank  a lot of whisky. When he left, the bottle was taken by one of our  people who put a spell in it, a message to the spirit world, and then  took it out into the jungle and buried it.”</p>
<p>This sense of the spirit world dominates life in the region. So does an  intense spirit to survive. Rural Liberia suffered heavily in waves of  civil war between 1980 and 2003, yet I came across scores of communities  where people were determined to rebuild a life.</p>
<p>War had kept them on the same treadmill they had trudged in Greene’s  time, battling hunger, thirst and disease, living through a daily rhythm  of backbreaking labor set by the transit of the sun. At first light,  people head into the forest to clear space for planting rice, cassava or  other crops; toward midday, when the sun is most cruel, they withdraw  to shade; then they’re back in the fields until time comes to return  home, to eat, sleep and prepare for the next day.</p>
<p>In these villages there is no reliable source of clean water, no modern  farm equipment, no electricity. The sheer effort of survival consumes  everything, and it showed me in part why the nation flatlines in spite  of eight years of post-war international aid.</p>
<p>The strong current of traditional belief is what guides people through  life. Christianity and Islam may be entrenched across Liberia, but  pre-monotheistic traditions of ancestor worship, animism and spirits  have greater power.</p>
<p>These spirits — whether good or evil — appear in the form of believers  wearing masks, figures referred to as “devils.” The good ones teach life  skills to young men, such as how to trap animals or survive in the  bush. The bad ones thrive on fear and demand obedience on pain of death.  Whether benign or malignant, both kinds of spirits reflect the values  of a society that lives by an almost suffocating egalitarianism.</p>
<p>Survival in the hostile jungle demands conformity, shared values and  dedication to the common cause. To stand out is to jeopardize, not  enrich, the community. For centuries it has been the devils who enforce  the rules, punish those who break them, and keep Liberian society — at  least to my outsider’s eyes — fragile, atomistic and inward-looking.</p>
<p>Devils play a large part in Greene’s journey. Toward the end of his  trek, a haggard, malnourished and troubled Greene fell ill. Delirious  with fever, the religiously attuned writer became convinced he had been  bewitched by angry devils.</p>
<p>Greene risked all on this African venture; a long-term depressive, he  had toyed with suicide and quit his job as a sub-editor with the Times  of London to struggle as a novelist. Leaving his wife and child in  rented digs in Oxford, he scraped enough together to fund a voyage into  his unknown in search of inspiration.</p>
<p>It did not come easily — “Journey Without Maps” is at best an  apprenticeship piece. But something happened to Greene as he lay near  death, flitting in and out of consciousness in the worst moments of his  sickness. The trip changed forever his attitude to mortality and risk.</p>
<p>It was there, in the troubled hinterland of Liberia, that Greene later said he “learned to love life again.”</p>
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		<title>La lección del &#8216;caso Céline&#8217;</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2011 21:11:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Antisemitismo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Aurelio Arteta</strong>, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco. Es autor de <em>Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente</em>, Alianza (EL PAÍS, 19/03/11):</p>
<p>Semanas atrás el ministro francés de Cultura rechazó, a causa de sus  &#8220;inmundos escritos antisemitas&#8221;, el homenaje nacional que se iba a  dedicar este año al escritor Louis-Ferdinand Céline en el 50º  aniversario de su muerte. Creo que esa exclusión está plenamente  justificada y contiene alguna lección implícita que convendría sacar a  la luz. Entre otras, nos enseña las diferencias inocultables de valor  entre los diversos valores y, a &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/34153/la-leccion-del-caso-celine/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Aurelio Arteta</strong>, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco. Es autor de <em>Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente</em>, Alianza (EL PAÍS, 19/03/11):</p>
<p>Semanas atrás el ministro francés de Cultura rechazó, a causa de sus  &#8220;inmundos escritos antisemitas&#8221;, el homenaje nacional que se iba a  dedicar este año al escritor Louis-Ferdinand Céline en el 50º  aniversario de su muerte. Creo que esa exclusión está plenamente  justificada y contiene alguna lección implícita que convendría sacar a  la luz. Entre otras, nos enseña las diferencias inocultables de valor  entre los diversos valores y, a fin de cuentas, la primacía del valor  moral sobre todos los demás.</p>
<p>Enseguida se dejarán oír voces de protesta. ¿A quién se le ocurre en  estos tiempos comparar valores y luego atreverse incluso a declarar a  unos más valiosos que otros? Si para el relativismo ambiental establecer  una jerarquía entre las culturas o sus instituciones ya suena a  blasfemia y medir los méritos relativos de las personas es cuando menos  una operación sospechosa, ¿cómo no va a serlo pretender que hasta los  valores mismos se sitúen en una escala de mayor a menor? ¿Acaso no sería  más acertado considerar a los valores -los intelectuales, los  religiosos, los estéticos, los políticos, los morales, etcétera-  independientes entre sí y distribuidos aleatoriamente en los individuos  sin marcar diferencia alguna? Pero lo cierto es que las marcamos.</p>
<p>¿Y  por qué no podrían los franceses mantener su admiración estética al  escritor, y venerarle como merece, mientras reservan para el hombre y el  ciudadano más bien su repulsión moral? Sencillamente, por ser imposible  conservar intacta la primera si la acompaña la segunda. Al retirarle  todo mérito a Céline como sujeto moral, su indiscutible valía literaria  queda como en suspenso, e incluso un tanto disminuida.</p>
<p>Se  replicará todavía que nadie sería entonces admirable, si para ser tenido  por tal fuera preciso serlo del todo y en bloque. A lo más, alguien  resultará sumamente valioso en un conjunto muy escaso de valores, al  tiempo que solo estimable en muchos otros y hasta despreciable en  algunos. La experiencia común nos enseña que el hombre más sabio puede  ser un mediocre pintor, pues la carencia de cualidades artísticas no  rebaja en nada su celebrada sabiduría. Pero esa experiencia tiene su  excepción precisamente en el valor moral.</p>
<p>En este terreno a duras  penas se logra sofocar algún escándalo a la hora de enjuiciar a una  eminencia falta del suficiente respaldo moral. Ahí está para probarlo el  estremecimiento que siguió a la revelación del pasado nazi de Heidegger  y que otro ilustre filósofo resumió en esta fórmula que no deja de  sonarnos paradójica: &#8220;Martin Heidegger fue el más grande de los  pensadores y el más pequeño de los hombres&#8221;. En lo que ahora nos ocupa,  el alcalde de París ha sentenciado que Céline fue un &#8220;excelente  escritor&#8221;, pero también un &#8220;perfecto cabrón&#8221;. Con el descubrimiento de  su flaqueza moral la admiración por tan gran filósofo o por el eximio  escritor no se extingue, cierto, pero ¿acaso no quedan ya sus figuras  empalidecidas y en entredicho?</p>
<p>Y es que, frente a los demás valores, la peculiaridad de los morales estriba en ser <em>universalmente exigibles.</em> Como explicara Protágoras, el resto de cualidades y destrezas se  reparte entre los hombres por naturaleza o por azar según cierta  proporción, pues a la sociedad le basta eso para sobrevivir. Con que en  nuestra ciudad haya unos pocos panaderos nos aseguramos el suministro  diario de pan. Pero el &#8220;sentido moral&#8221; (el respeto y la justicia) <em>debemos aprenderlo todos,</em> porque su carencia arruina la vida civil o impide la vida humana a  secas. Nadie puede pedirnos a todos desarrollar notables facultades  musicales o intelectuales, pues no está en la naturaleza o en la  vocación de cada uno llegar a ser, digamos, consumado pianista o  investigador científico. Por el contrario, el descuido de las  capacidades morales desde la familia y la escuela nos es reprochable,  porque en ellas se contiene nuestra vocación de personas y de  ciudadanos.</p>
<p>Así que, por volver a nuestro punto de partida, los  franceses no estaban obligados a cultivar su escritura ni mucho menos a  elevarse a la altura literaria de un Céline. Pero este, al igual que  todos sus compatriotas en aquellas circunstancias, <em>debía</em> haber  alcanzado la altura moral suficiente para ver en los judíos a seres  humanos y denunciar su persecución y genocidio. Una sociedad se conforma  con unos pocos escritores de indiscutible calidad para disfrutar de la  belleza creada por la palabra. Pero un solo ciudadano al que falte la  conciencia de la igual dignidad humana, como le faltó a Céline, puede  destrozar la vida de muchos o consentir su destrucción.</p>
<p>Bien  sabemos que un encumbrado carácter moral no pierde su crédito por  notorios que sean sus defectos desde otros ángulos de la excelencia.  Pero, al revés, es imposible admirar al genio o al artista con todo  entusiasmo si sobre su conducta -privada o pública- se cierne una sombra  considerable de sordidez o inhumanidad. Se diría que la excelencia  moral es la que más vale porque, sin ella, las demás excelencias valen  menos&#8230;</p>
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		<title>Un siglo de Álvaro Cunqueiro</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Mar 2011 22:21:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Soto</strong>, periodista y escritor (ABC, 10/03/11):</p>
<p>En este año que andamos se cumple el centenario de Álvaro Cunqueiro, uno de los escasos escritores aportados por Galicia a la literatura universal de todos los tiempos y el primero sin duda entre los del siglo XX. Nos hallamos, pues, ante una ocasión particularmente propicia para el reencuentro con un autor que poseyó como ningún otro aquella legendaria facultad taumatúrgica que los alquimistas medievales buscaron en la piedra filosofal: gozó del don de transmutar en oro todos los géneros literarios, desde la novela a la poesía, desde el teatro al &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33967/un-siglo-de-alvaro-cunqueiro/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan Soto</strong>, periodista y escritor (ABC, 10/03/11):</p>
<p>En este año que andamos se cumple el centenario de Álvaro Cunqueiro, uno de los escasos escritores aportados por Galicia a la literatura universal de todos los tiempos y el primero sin duda entre los del siglo XX. Nos hallamos, pues, ante una ocasión particularmente propicia para el reencuentro con un autor que poseyó como ningún otro aquella legendaria facultad taumatúrgica que los alquimistas medievales buscaron en la piedra filosofal: gozó del don de transmutar en oro todos los géneros literarios, desde la novela a la poesía, desde el teatro al periodismo, desde el artículo periodístico a la glosa coquinaria, desde la efímera hojilla volandera a la copla de ciego y al rondel de aguinaldo. En el conjunto de su obra, todavía necesitada de localización exhaustiva, no hay calderilla sino fulgor diamantino, «moneda de eternidad», por repetir el elogio que Cunqueiro aplicó a los versos de Hölderlin, una de sus constantes devociones, irrevocable desde sus lecturas juveniles.</p>
<p>Álvaro Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911 en Mondoñedo, capital de una diócesis de la que fue obispo nada menos que fray Antonio de Guevara, el cronista de Carlos V. <em>El Menosprecio de corte y alabanza de aldea</em> que firmó el prelado en 1539 no es otra cosa que la nostalgia otoñal de los días mindonienses, cuando entre epístolas y sinodales se detenía a contemplar la orfebrería del atardecer sobre las hojas del roble y del abedul. La más certera definición de Mondoñedo y su más fiel retrato están en <em>Merlín y familia</em>, el libro en el que se subliman las excelencias de la literatura de Cunqueiro: ciudad «rica en pan, en aguas y en latín». El pan que allí todavía se cuece en hornos de leña; el agua del Valiñadares, que mana por los cuatro caños de la fuente de Os Pelamios; el latín salmodiado por los capitulares catedralicios y los colegiales del Real Seminario de Santa Catalina. Son también esos tres distintivos los que determinan y moldean la obra de Álvaro Cunqueiro. Está en ellos la razón de su perennidad, pues es seguro que quien se entregue a la lección cunqueiriana sentirá una emoción no sólo intelectual y estética, sino sensual y gustosa, como un sorbo de agua fresca, un pedazo de pan recién horneado o la exultante liturgia de los ritos antiguos.</p>
<p>Cuando en España caían de punta los chuzos del realismo social y las editoriales atufaban a aquel «insoportable olor a berza» que elevó a los altares de la crítica a tanto foliculario insignificante y situó en primera línea de escaparate a tanta novela de cemento sin fraguar, Cunqueiro se mantuvo inamovible en sus certidumbres estéticas. Consciente de que en la obra artística lo que no es auténtico es efímero, se convirtió en un resistente inflexible: frente al envite de la coyuntura sociopolítica, la firmeza de sus convicciones de escritor. No debe extrañarnos, pues, que la publicación, en 1955, de <em>Merlín y familia</em> fuese acogida por los acólitos de la progresía literaria con displicencia ramplona cuando no con la deportación al averno, actitud repetida al año siguiente al respecto de <em>As crónicas do Sochantre</em>, la segunda gran novela del autor, merecedora, en su traducción al castellano, del Premio Nacional de la Crítica, para disgusto de los mostrencos incondicionales del realismo pedestre y del naturalismo coprofílico.</p>
<p>Durante años, para los cazadores de heterodoxos y desviados Cunqueiro fue una pieza a cobrar. Su obra, iniciada con los poemas juveniles de <em>Mar ao Norde</em>, resonancia neotrovadorista del exquisito <em>De catro a catro</em> de Manuel Antonio, no era fácilmente abatible, salvo para quienes estuviesen dispuestos a hacer de la creación artística una cuestión de trincheras. Descartada la eficacia de la crítica literaria de combate, las posiciones personales del escritor mindoniense e incluso su propia biografía pasaron a ser argumentos invalidantes. Procedente del galleguismo epigonal de la <em>xeración Nós</em>, su posterior vinculación a Falange, tan fugaz como indolente, lo convirtió en receptor propicio de bofetadas en ambas mejillas. Para los celadores de un lado, Cunqueiro era alguien que nunca había abdicado de su galleguismo bautismal. Para los cancerberos del otro, Cunqueiro era un escapista que no cumplía ninguno de los requisitos imprescindibles para ser acogido en la cofradía. A su pertinaz reivindicación (o tal vez invención) de lo que Darío Villanueva llama certeramente «realismo maravilloso», se unía, además, la incorrección política imputable a una religiosidad proclamada sin complejos y a su actitud en la recurrente controversia sobre el bilingüismo, asuntos ambos que entre nosotros suelen derivar hacia antagonismos cainitas. «Creo en Dios, en la Iglesia, en el culto de los santos, creo en los poderes auxiliadores y creo sobre todo en el enorme poder de la oración», testimoniaba pocos años antes de su muerte en la revista confesional <em>Vida nueva</em>. No quedaba lejos su autodefinición como «escritor bilingüe en estado natural», un reconocimiento congruente con la proclamación de su libertad creativa: «Siempre he escrito lo que me ha gustado y como me ha gustado».</p>
<p>Esa indeclinable heterodoxia de Cunqueiro, unida a su perseverante independencia y a una indomable propensión a nadar contra corriente, le granjeó antipatías y envidias sin cuento. Ni siquiera con su retraimiento en Mondoñedo, una vez malograda la expectativa madrileña de los años 40, pudo esquivar la agresión de la maledicencia, por veces gravemente injuriosa. Como en Valle-Inclán, la farfolla de la anécdota venía como anillo al dedo para descalificar la excelencia de una obra que sobrevolaba a distancia sideral el canon imperante.</p>
<p>En Galicia, el sectarismo anticunqueiriano de ciertos sectores de la <em>intelligentzia</em> petardista duró hasta prácticamente el final de la vida del escritor. En enero de 1980, apenas un año antes de su fallecimiento, algunos sectores estudiantiles trataron de boicotear el acto de su investidura como doctor <em>honoris causa</em> por la Universidad de Compostela. Un alboroto inútil: para entonces ya la gloria de Cunqueiro fulgía por encima de voces y coces.</p>
<p>Hoy, a los cien años de su nacimiento, la obra de Álvaro Cunqueiro reafirma su primacía entre las más excelsas contribuciones de Galicia a las letras universales. El discurso con que en abril de 1963 tomó posesión del sillón académico que había quedado vacante tras la muerte de don Ramón Cabanillas, el último de los grandes poetas gallegos, se titula <em>Tesouros novos e vellos</em>. Quizá no haya rótulo que mejor evalúe la opera omnia del escritor de Mondoñedo. Su escritura es, en efecto, un venero inagotable de <em>tesouros novos e vellos</em>.</p>
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		<title>Invierno Zhivago</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Feb 2011 15:13:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando García de Cortázar</strong>, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad (ABC, 13/02/11):</p>
<p>A comienzos del siglo XX, Constantino Cavafis, un griego de  la diáspora, un atildado, pequeño y modesto burgués fascinado  secretamente por la vida maldita y marginal, cantaba la ansiedad de la  población helena ante la llegada de los bárbaros. Para este poeta que en  alas de la fantasía vivió, al mismo tiempo, en una Alejandría sometida  al yugo británico y en una provincia romana de batallas e intrigas  cortesanas, los bárbaros eran los de la historia antigua, y no llegaban  nunca. Menos &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33549/invierno-zhivago/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando García de Cortázar</strong>, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad (ABC, 13/02/11):</p>
<p>A comienzos del siglo XX, Constantino Cavafis, un griego de  la diáspora, un atildado, pequeño y modesto burgués fascinado  secretamente por la vida maldita y marginal, cantaba la ansiedad de la  población helena ante la llegada de los bárbaros. Para este poeta que en  alas de la fantasía vivió, al mismo tiempo, en una Alejandría sometida  al yugo británico y en una provincia romana de batallas e intrigas  cortesanas, los bárbaros eran los de la historia antigua, y no llegaban  nunca. Menos afortunado, el también apacible y sedentario Boris  Pasternak sí que los vio, presenció su avalancha en 1917, su sangre y  sus horrores, y quiso formar parte de ella, pero había en él un fondo de  lucidez que no podía ser cegado por los profetas del comunismo, un  escándalo inconsolable ante la trivialidad de la destrucción que le  impidió comulgar con la fe rectilínea y simplista que exigían los padres  de la Unión Soviética, un apego por la casa y la tranquila existencia  de otro tiempo, en la que todo, hasta el menor detalle, «tenía el hálito  de la poesía y estaba impregnado de cordialidad y pureza».</p>
<p>Hace varias semanas que me viene el recuerdo de Boris Pasternak, el gran poeta ruso y del mundo, el autor de El doctor Zhivago,  novela a la que he vuelto las pasadas navidades con motivo de su  primera traducción directa al español. Hace varias semanas que pienso en  su trágico destino, que también es el destino de su personaje, Yuri  Andréyevich, quien, pese a todas sus vicisitudes, muere invicto, fiel a  sus incertidumbres.</p>
<p>Pasternak dedicó diez años a escribir <em>El doctor Zhivago</em>.  No hay testimonios sobre su estado de ánimo el día en que fechó la  última página del manuscrito, pero no me cuesta nada imaginar la  extenuación y la felicidad, el repentino vacío y el estupor incrédulo de  haber terminado lo que más de una vez había llamado su testamento, una  novela luminosa, de una transparencia y simplicidad clásicas. Veo ahora  su rostro tosco, melancólico, un rostro que tiene algo de sonámbulo, y  que me resulta familiar por las muchas fotografías que se han publicado.  También veo las páginas manuscritas, surcadas por los gélidos inviernos  rusos, el sencillo escritorio, donde aún resuena el eco de los disparos  en las calles de Moscú, la habitación en la que se ha quedado  trabajando hasta tarde, con una excitación y una urgencia que,  probablemente, no sentía hacía mucho tiempo.</p>
<p>Boris Pasternak tenía en esa época sesenta y seis años y  estaba aposentado en la cima de su talento. Los guardianes de la  ortodoxia apenas le permitían publicar en el sordo y mudo ámbito de la  vasta prisión que era la Unión Soviética, y vivía de traducir a poetas  extranjeros. Pero el torrente prodigioso de su inspiración no había  cesado de fluir nunca. Ni siquiera cuando se quedó a las puertas del  Gulag, y sus obras fueron retiradas de la circulación. Ni siquiera en  los peores años del helado infierno estalinista, los años de la Gran  Purga, del acribillamiento salvaje e indiscriminado de revolucionarios y  no revolucionarios, de los arrestos y ejecuciones de escritores y  artistas.</p>
<p>Destrucción de la vida, destrucción de la inteligencia,  destrucción de los libros considerados «políticamente perjudiciales» o  «de ningún valor para el lector soviético» por un espíritu criminal  exacerbado. El destino de los escritores rusos del siglo pasado supera  en escalofrío al del poeta Ovidio desterrado por el césar Octavio  Augusto. Tsvetáieva se suicidó después de que «la barca del amor» se  estrellara con la siniestra vida cotidiana. Babel fue fusilado. El Gulag  acabó con Mandelshtam y la locura del silencio con Bulgakov. Maiakovski  sucumbió a sus sueños sin hogar, cuando el envilecimiento de sus  complicidades turbias con los bolcheviques le había quitado una parte de  su dignidad, y Anna Ajmátova aguardó la muerte en un duro y acosado  exilio interior.</p>
<p>Nadie estaba a salvo en el imperio de los susurros y de la  delación. Como el poeta y médico Zhivago, Pasternak también padeció  pobreza, frío, privaciones y fue considerado por las autoridades  soviéticas una mala hierba que había que arrancar. Zhivago muere en  1929, justo antes de que Stalin, que ya había conquistado el poder  absoluto, lanzara las acusaciones de «espionaje» y «terrorismo» contra  Bujarin, el niño mimado del partido bolchevique, el protector de las  artes y las letras. Pasternak sobrevivió al zar soviético, pero a costa  de quedar sepultado bajo las cenizas a media frase, como el pueblo de  Pompeya; a costa de convertirse en una sombra de sí mismo, alguien que  alguna vez fue algo, un personaje misterioso y algo chiflado que en  cierta ocasión había escrito los más hermosos poemas en lengua rusa.  Precisamente, durante los diez años que empeñó en la escritura de El doctor Zhivagonada  preocupó más a Pasternak que contar fielmente la vida difícil de unos  seres que se ven arrastrados y desbaratados por un fanatismo que no  comparten, por causas que les superan y de las que solo pueden ser  comparsas o víctimas, o las dos cosas a la vez. Nada, en esos años, le  volvía más consciente de su propia fragilidad que reflejar con prosa  poética las devastaciones que la Historia con mayúsculas produce en  ciertos espíritus sensibles. Él mismo, mientras escribe la novela, se ve  en el espejo de Zhivago, un hombre débil, amante de la verdad, de la  naturaleza, de la poesía, perplejo ante los acontecimientos, receloso  ante los dogmas, un hombre que, en medio de la Revolución y la guerra  civil, del hambre y los atropellos políticos, defiende con tesón esa  patria interior que Goethe llamó ciudadela.</p>
<p>A esa cuestión —¿cómo permanecer libre cuando los valores  nobles de la vida, cuando nuestra paz, nuestra independencia, nuestro  derecho a ser como somos y todo cuanto hace nuestra existencia más pura,  el amor, la búsqueda de la verdad, la creación artística, la  espiritualidad, la fe, son aplastados en nombre de una ideología?— y  solo a ella dedicó Pasternak diez años de su genio literario. También  —pienso ahora— es esa búsqueda de la salvación espiritual, de la  salvación de la dignidad personal en una época que la había abolido, en  un tiempo de generalizado servilismo a partidos e ideologías, la que  convierte al poeta y novelista ruso en un héroe de nuestro tiempo.</p>
<p>Hoy, más de cincuenta años después, resulta difícil entender el escándalo que provocó la publicación de El doctor Zhivago.  Hoy cuesta entender el oleaje de ira popular organizado en Moscú cuando  se concedió el Premio Nobel a su autor, y más aún los gritos en Francia  y en Italia acusando a Pasternak de no entender su época, de quedarse  rezagado respecto del tren de la Historia. Hoy sabemos que aquel  fabuloso tren que corría hacia el futuro paraba en los campos helados  del Gulag, de los que muchos no regresaron, como la Larisa de la novela,  que, según nos cuenta el narrador, desapareció quién sabe dónde,  «olvidada bajo un número sin nombre de una lista que se perdió más  tarde, en uno de aquellos innumerables campos de concentración comunes o  femeninos del norte».</p>
<p>Hoy quedan las palabras, que se mezclan con las poderosas  imágenes de la película y su conmovedora banda sonora, queda la historia  de un amor truncado por las furias de la Revolución, permanece la  sombra del poeta despreciado y censurado por el poder, de quien se dijo  que parecía un príncipe árabe con su caballo. El hombre que, según Anna  Ajmátova, hablaba a los bosques, el que, vencido por la enfermedad y el  desengaño, «se convirtió en un grano de trigo portador de vida, o en la  primera lluvia, que a él tanto le gustaba cantar».</p>
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		<title>Buñuel-Sender, o lo que se cuenta a medias</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Feb 2011 21:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Ian Gibson</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 07/02/11):</p>
<p>Las biografías son necesarias, entre otras razones, para complementar las memorias, que suelen ser muy selectivas, intencionadamente o no. El caso de Gerald Brenan es muy ilustrativo al respecto. A juzgar por el testimonio de los libros autobiográficos del gran hispanista, estaríamos ante un considerable donjuán, un hombre curtido no solo en las batallas de las trincheras de Flandes sino en las amorosas. Sin embargo, en su magnífica biografía del autor de <em>El laberinto español</em>, Jonathan Gathorne-Hardy ha demostrado que la impotencia, nunca mencionada por Brenan en sus libros de memorias, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33413/bunuel-sender-o-lo-que-se-cuenta-a-medias/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Ian Gibson</strong>, escritor (EL PERIÓDICO, 07/02/11):</p>
<p>Las biografías son necesarias, entre otras razones, para complementar las memorias, que suelen ser muy selectivas, intencionadamente o no. El caso de Gerald Brenan es muy ilustrativo al respecto. A juzgar por el testimonio de los libros autobiográficos del gran hispanista, estaríamos ante un considerable donjuán, un hombre curtido no solo en las batallas de las trincheras de Flandes sino en las amorosas. Sin embargo, en su magnífica biografía del autor de <em>El laberinto español</em>, Jonathan Gathorne-Hardy ha demostrado que la impotencia, nunca mencionada por Brenan en sus libros de memorias, fue para él una dolorosa y tenaz realidad, fuente de verdaderos estragos en su vida emotiva y sexual.</p>
<p>Otro caso notable es el de Luis Buñuel. Repleto de anécdotas, sabiduría, humor e ironía, <em>Mi último suspiro</em> se lee muy bien, eso sí. Pero apenas revela nada en cuanto a los ocultos resortes psíquicos, a las angustias y obsesiones que movían al aragonés y alimentaban sus películas. Homófobo, Buñuel evita mencionar en el libro la condición notoriamente gay de su hermano menor Alfonso, condición que seguramente le consternaba. Y cuando es cuestión de Federico García Lorca, todo se embrolla y tergiversa, así como la tremenda labor de zapa utilizada por el cineasta en ciernes para apartar a Dalí del granadino.</p>
<p>Pero el aspecto de Buñuel que aquí me concierne es su relación con el también aragonés Ramón J. Sender, con quien coincidió durante dos años en el instituto de Zaragoza. Tenían casi la misma edad: Buñuel nació en 1900, Sender en 1901. El futuro novelista había llegado al instituto, después de un curso en Reus, en el otoño de 1914. Cuando Buñuel ingresó allí aquel otoño (tras abandonar a los jesuitas), Sender ya había publicado en <em>La Crónica de Aragón</em>, con solo 15 años, una serie de relatos bastante comentados en la ciudad. En la revista escolar que ayudó a fundar en el instituto dio a conocer un artículo sobre Kropotkin y sus <em>Memorias de un revolucionario</em> que le atrajo las iras de la dirección. Así como las provocaba, en general, su comportamiento «subversivo». En el otoño de 1917 se vio obligado, por dichos motivos, a trasladar sus estudios a Alcañiz, ubicado a 16 kilómetros de la Calanda natal de Buñuel. De todo ello Luis estaba necesariamente al tanto.</p>
<p>Creo no equivocarme al aseverar que el nombre de Sender no aparece una sola vez en <em>Mi último suspiro.</em> En ninguna de las numerosas entrevistas que le conozco alude Buñuel a su relación con Sender en el instituto. Sí recordó, preguntado por Max Aub en los años 60, algún mínimo encuentro con el escritor en el Madrid inmediatamente posterior. Pero sin mencionar para nada su probable coincidencia en los círculos anarquistas que frecuentaban ambos. Hay que suponer, por otro lado, que era consciente de que Sender, siguiendo la pauta establecida en Zaragoza, publicaba artículos y poemas en distintos diarios y revistas de la capital.</p>
<p>¿Y después? Alguna referencia, en general despectiva, al Sender de los tiempos de la guerra civil. Y, hablando otra vez con Max Aub, el revelador comentario: «Ese Sender no me es simpático. Solo me gusta una novela suya sobre un error judicial, que, por cierto, no me acuerdo de cuál es».</p>
<p>No era sorprendente que a aquel Buñuel ya no le fuera simpático su paisano. Para entonces este había publicado su magna novela autobiográfica <em>Crónica del alba</em>, en cuyo cuarto tomo, <em>El mancebo y los héroes</em> (1960), las alusiones altamente despectivas a quien fuera compañero suyo en Zaragoza son diáfanas, hasta el punto de llamarlo por su propio nombre (si bien con el apellido cambiado). «En la clase -recuerda José Garcés, narrador de la novela- se sentaba detrás de mí un chico grandullón de ojos saltones negros y rasgados. Ojos de caballo o de yegua. Desde el primer momento aquel tipo, que se llamaba Luis, me fue desagradable. Buscaba muchachos más jóvenes que él y tenía un rasgo de carácter grotesco. Grande y caballuno como era, hablaba de su madre como un bebé».</p>
<p>Garcés insiste sobre los ojos abultados del muchacho, rasgo definitorio de Buñuel, y en otro momento le llama «el bellacón de los ojos de yegua». Luis vive, como Buñuel, en el paseo de la Independencia. Y, como a este, le gusta mucho pegar.</p>
<p>¿Leyó Buñuel la novela? Parece difícil que no lo hiciera. Cabe inferir que alguien le pondría al tanto de las evidentes alusiones peyorativas a su persona que contenía el libro, y que en absoluto le serían indiferentes, como tampoco la evocación de experiencias adolescentes compartidas, desde el cine hasta las huelgas. Además, es interesante la similitud entre el «me fue desagradable» (Sender) y el «no me es simpático» (Buñuel).</p>
<p>No sé si, entre <em>buñuelistas</em> y <em>senderianos</em>, alguien ha investigado en profundidad la a todas luces difícil relación de los dos creadores aragoneses. Es de las que hacen las delicias, desde luego, de los curiosos impertinentes que profesamos el oficio de biógrafo.</p>
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		<title>Historia y poesía</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Feb 2011 12:18:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Luis Alberto de Cuenca</strong>, de la Real Academia de Historia (ABC, 07/02/11):</p>
<p>Aristóteles, en el capítulo 9 de su Poética, escribe acerca de la Historia y la Poesía: «La misión del poeta no es tanto contar las cosas que realmente han sucedido cuanto narrar aquellas cosas que podrían haberlo hecho de acuerdo con la verosimilitud o la necesidad. El poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido, y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33420/historia-y-poesia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Luis Alberto de Cuenca</strong>, de la Real Academia de Historia (ABC, 07/02/11):</p>
<p>Aristóteles, en el capítulo 9 de su Poética, escribe acerca de la Historia y la Poesía: «La misión del poeta no es tanto contar las cosas que realmente han sucedido cuanto narrar aquellas cosas que podrían haberlo hecho de acuerdo con la verosimilitud o la necesidad. El poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido, y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más elevado que ella, ya que la Poesía cuenta sobre todo lo general, y la Historia lo particular».</p>
<p>Una primera precisión aclaratoria sería afirmar que la auténtica Poesía era para los antiguos la Épica, al contrario de lo que ocurre hoy en día, en que la gente identifica la poesía con la Lírica. No puedo estar más de acuerdo con los antiguos a la hora de identificar la verdadera Poesía con la Épica, emanada directamente de lo que los románticos alemanes llamaban Volksgeist, esa palabra iluminada e iluminadora donde las haya y de tan poco uso, por desgracia, en la actualidad.</p>
<p>En cualquier caso, me parece maravilloso que, después de las invectivas de Platón contra los poetas, y en particular contra Homero, a cuenta de la presunta toma de partido de este y de los poetas cíclicos a favor de la mentira y en contra de la verdad postulada por los filósofos, venga Aristóteles a decirnos que Filosofía y Poesía no son en absoluto enemigas, ni tan siquiera contradictorias, y que la Poesía se sitúa en el plano de lo general y se acoge en su actuación a categorías normativas como la verosimilitud y la necesidad. Eso es justamente lo que las vanguardias, desde comienzos del siglo pasado, han negado a la Poesía, ubicándola en el limbo gratuito de lo absurdo y lo prescindible, y, por si fuera poco, tiñéndola de un tinte metafísico que la aleja de la realidad, que es donde habita y debe habitar, codo con codo con la Historia, de la que se distingue solamente, según Aristóteles, por tratar la Poesía de lo general y la Historia de lo particular, que viene a ser, en esta ocasión, bien poca diferencia entre ambas.</p>
<p>Y digo que no difieren en gran cosa porque cuando el poeta —y aquí no me estoy refiriendo tanto al poeta épico como al lírico— revela pormenores de su biografía más recóndita, nos está procurando una información preciosa y fidedigna acerca de alguien que no es real en la medida en que no tiene un nombre propio determinado, pero que sí es real en la medida en que representa, simboliza o encarna las reacciones psicológicas, los miedos, los afectos o los rechazos que experimenta el grupo humano. Por todo ello, no es difícil adscribir a un nombre propio individualizado cada una de esas pulsiones presuntamente colectivas que no son tales, pues han partido de la invención de un ser humano individual —el poeta— acerca de aquello que bien podría haber sucedido, aunque no lo haya hecho de manera documentalmente probatoria.</p>
<p>Tres ejemplos en los que Poesía e Historia dialogan de una forma especialmente subyugante son la Epopeya de Gilgamesh, suma y síntesis de la cultura mesopotámica, y dos poemas contemporáneos, Esperando a los bárbaros, del alejandrino Constantino Cavafis (1863-1933), y Lepanto, de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), el poema más alto que produjo «la más alta ocasión que vieron los siglos», al decir de Cervantes.</p>
<p>En el momento en que se constituyen los grandes imperios agrarios en el Oriente Próximo, la gran literatura que parte de los mitos, y que siempre regresa a ellos, comienza a desarrollarse de una manera espectacular, hasta el punto de que pudiera decirse que en ciertas joyas de las letras mesopotámicas, como el Diálogo del pesimismo, el Descenso de Ishtar a los Infiernos o la Epopeya de Gilgamesh, está prefigurada toda la literatura posterior, al helénico modo en que Atenea nació completamente armada de la cabeza de su padre Zeus. La Epopeya de Gilgamesh nos cuenta las hazañas de un rey de Uruk, Gilgamesh, quien, espantado ante la certeza de la muerte, parte en busca de la inmortalidad al país donde vive Utnapishtim, el Noé mesopotámico, la única persona capaz de transmitirle el secreto de la vida eterna. Fracasará, como es lógico, y volverá a casa con la sensación de que el hombre no debe competir con los dioses y sí, en cambio, aceptar su condición mortal. Entretanto, las doce tablillas que han conservado su historia nos han hecho vibrar con su bellísimo lenguaje, inaugurando la literatura y trasladando a la posteridad el poderío estético e imaginativo de la civilización que las alumbró, alma materindiscutible de cuanto vino después, desde Homero hasta nuestros días.</p>
<p>En cuanto a Cavafis, compuso en 1904 su poema Esperando a los bárbaros, cuyo escéptico contenido hoy, más de cien años después, continúa vigente tras el derrumbe de las utopías totalitarias. Es, sin duda, uno de las más hermosas muestras de la poesía del poeta alejandrino y confirma de modo contundente el enorme interés que suscitaba en él la Historia: «Muchos poetas —escribió— son exclusivamente poetas… Yo soy un poeta-historiador. Nunca podría escribir una novela o un drama, pero oigo dentro de mí ciento veinticinco voces que me dicen que podría escribir Historia». Más que un poema propiamente histórico, Esperando a los bárbaroses una parábola. Pero ¡cuánto conocimiento de la historiografía, y en concreto de las fuentes antiguas que nos informan acerca de los últimos siglos del Imperio Romano, destila la pieza! La forma cavafiana de hacer Historia, de escribir Historia, es incluirla en sus poemas de carácter histórico, basados en personajes del mundo clásico, pero también, y sobre todo, en figuras pertenecientes a la decadencia de ese mundo, incluyendo el siempre fascinante Imperio Bizantino.</p>
<p>Tuvo que ser Chesterton, un inglés, quien compusiera el poema «canónico», el más vibrante, intenso y emotivo de todos los escritos sobre la batalla de Lepanto. Y la tarea no era fácil, pues el combate naval que enfrentó, el 7 de octubre de 1571, al Imperio Otomano con la Liga Santa cristiana —constituida por España, Venecia y los Estados Pontificios— tuvo cantores de la talla de un Fernando de Herrera. Los seis últimos versos del poema de Chesterton son prodigiosos: «Cervantes, en su galera, torna la espada a su vaina / (Don Juan de Austria regresa con una guirnalda). / Y ve sobre una tierra fatigada una senda perdida en España, / por la que en vano cabalga eternamente un insensato caballero flaco, / y ríe, pero no como los Sultanes, y torna el acero a su funda&#8230; / (Pero Don Juan de Austria regresa de la Cruzada.)» Pocas veces la realidad histórica y la ficción literaria se funden de manera tan armoniosa y sugestiva como en el crisol de Lepanto, a mayor gloria de su autor, de la Poesía y de la Historia.</p>
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		<title>Céline y los nuestros (y 3)</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 19:54:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Antisemitismo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 05/02/11):</p>
<p>Estar pendiente de los latidos de Nueva York, de las carteleras de  Londres y las exposiciones de París no significa que hayamos normalizado  nuestra vida cultural. De vez en cuando el mundo intelectual español  exhibe su estigma inclusero y sucede como con los antiguos chavales del  hospicio, que todo parece que marcha normalmente, que todos somos  iguales, que entre nosotros no hay diferencias, en fin, que somos  herederos de no sé qué fabulosa edad de plata, y cuando menos lo esperas  alguien saca la patita y pregunta. Eso que los intelectuales franceses  han tenido &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33379/celine-y-los-nuestros-y-3/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gregorio Morán</strong> (LA VANGUARDIA, 05/02/11):</p>
<p>Estar pendiente de los latidos de Nueva York, de las carteleras de  Londres y las exposiciones de París no significa que hayamos normalizado  nuestra vida cultural. De vez en cuando el mundo intelectual español  exhibe su estigma inclusero y sucede como con los antiguos chavales del  hospicio, que todo parece que marcha normalmente, que todos somos  iguales, que entre nosotros no hay diferencias, en fin, que somos  herederos de no sé qué fabulosa edad de plata, y cuando menos lo esperas  alguien saca la patita y pregunta. Eso que los intelectuales franceses  han tenido que responder estos días: ¿qué hacemos con Céline? En nuestro  caso, ¿qué hacemos con nuestros Célines? Y plaf, el suflé se desinfla y  se acaban los buenos rollos. &#8220;Nosotros, caballero, nunca tuvimos un  Céline. Nosotros no tuvimos antisemitas en nuestra cultura salvo el escupitajo  de Quevedo&#8221;. Habrá quien señale la desproporción significativa del  Estado frente a judíos y moros. Cuando echaron a los judíos en 1492, les  dieron tres meses para largarse. A los moriscos, en 1609, bastó con  tres días.</p>
<p>Seguro que alguien lo interpreta como magnanimidad del Estado, en la  misma medida en que ahora les da por hacer homenajes recordatorios a los  embajadores del franquismo que fueron benévolos con los judíos &#8211; en  algunos casos con más dudas que certezas-, y no hay ni una línea sobre la  inmensa mayoría que facilitó la muerte de los Walter Benjamin en  fronteras, campos de trabajo o reexpediciones hacia el abismo. Los  alemanes hace un par de décadas tuvieron un durísimo debate sobre &#8220;el  pasado que no quiere pasar&#8221;, nosotros lo hemos solucionado a nuestro  modo. Nuestro pasado nunca ocurrió.</p>
<p>Por eso no sorprende el escaqueo general, sólo roto por cuatro plumas &#8211;  Joan de Sagarra aquí-que se han tomado la molestia de abordar una  cuestión nada baladí: los homenajes nacionales a escritores  políticamente incorrectos. El debate empezó cuando se hizo pública en  Francia la Guía de Celebraciones Nacionales para el año 2011. Una  &#8220;celebridad nacional&#8221; es un concepto ideológico en el que se enmascara,  bajo diversas capas de elementos variados, una ideología conservadora  más o menos rudimentaria, pero una ideología. En este marco ¿cómo  colocamos la figura de Louis-Ferdinand Destouches, Céline?Voluntario en  la Gran Guerra, médico de pobres, trotamundos de infiernos diversos,  amante de los animales sin conciencia, resentido social hasta la  patología, colaborador entusiasta del nazismo y asiduo de la más amplia  gama de sinónimos denigrantes: cabrón, escoria, basura, canalla,  hiena&#8230; Yo prefiero el autóctono salaud,que es algo como un cerdo pero  incomestible.</p>
<p>Hasta aquí nada hay conmemorable, pero resulta que este individuo  agresivo, impresentable y desaseado, escribió un libro, <em>Viaje al fin de  la noche</em>, que cabe considerar, sin exageración alguna, la gran catedral  laica de la novela del siglo XX. He vuelto a leerlo y me ha dejado  exhausto y conmovido. ¡Cómo tamaño hijo de la gran puta &#8211; no hay ni una  línea que no te lo confirme- fue capaz de concebir, desarrollar,  describir, sentir algo semejante! Escribió mucho más, pero hubiera  bastado con eso. Y tres panfletos antisemitas en el mismo momento que  los judíos eran retirados de la circulación, concentrados y encaminados  hacia lo que sería el exterminio. Su <em>Bagatela para una masacre</em> no se  puede leer sin un buche de desprecio, y sin embargo cuando apareció, en  1937, los críticos la consideraron de un humorismo rabelesiano. Es vil,  es malo y tiene ese toque de perversidad de quien quiere hacer daño.  Quizá sea Céline un caso de sadomasoquismo literario. En un crimen, y  más si es literario, es inevitable la presencia de testigos, casi  cómplices.</p>
<p>Pero qué hacemos con él, ¿le conmemoramos como escritor y le  despreciamos como ciudadano? Sería un acto de madurez intelectual, pero  no está previsto en el canon de las Guías de Celebraciones Nacionales.  Ni en Francia, país que patentó el chovinismo, ni en parte alguna. El  Estado puede hacer cualquier cosa en la intimidad, puede ser corrupto,  benevolente, espléndido, acogedor, simpático, criminal. En secreto los  estados son mundos. En público el Estado es un puritano. No exhibe su  dinero para una conmemoración que no esté previamente santificada. Los  estados son cínicos pero utilitarios. De pronto surge un grupo de  presión, encabezado por el abogado Serge Klarsfeld, que representa a los  Hijos e Hijas de Deportados Judíos de Francia, y el ministro se la  envaina: &#8220;Tras una madura reflexión&#8221;. Un sarcasmo, porque los estados no  reflexionan, actúan.</p>
<p>Para reflexionar están sus intelectuales, y en Francia el debate se ha  quedado en tablas, que es como deben quedar las discusiones culturales.  Sin que los vencidos se consideren derrotados, ni los ganadores se  enseñoreen de su triunfo. Hay que cuestionar el principio de la Guía de  Celebraciones Nacionales, ahí está el secreto y ahí se esconde lo  imposible. Porque el Estado exige definiciones, no charadas ni  subterfugios. Blanco y negro, con los grises al fondo.</p>
<p>Evitar las jodidas preguntas. ¿Hasta cuándo fuimos nazis por acá? ¿Hasta  1942, cuando Franco destituye a Serrano Súñer, que acaba de tener una  hija en adulterio que se llamará Carmen Díez de Rivera? Fíjense si  nuestra historia está también adulterada que hasta el ministro más  pronazi de nuestra historia se considera que cesó por engañar a su  mujer, cuñada del Caudillo. A comienzos de nuestra transición, Ramón  Serrano Súñer, que disponía de radios en propiedad y periódicos en  alquiler, dio una conferencia en el Ateneo de Barcelona (1976) donde  ante un público encandilado les vendió &#8220;la veracidad insobornable&#8221; que  había sido &#8220;el norte&#8221; de su vida y &#8220;la guía&#8221; de su conducta. Lo decía a  quien quisiera oírlo. &#8220;Hice durante mi etapa de gobernante una política  inequívocamente germanófila (nazi) que libró a España de la invasión  alemana (nazi)&#8221;. Atronadores aplausos. Don Ramón murió longevo, como no  podía ser de otro modo. Sobrevivió a todos, casi se podría decir que  hasta a sí mismo.</p>
<p>¿Fuimos nazis hasta 1944, cuando cayó Francia? Un amigo mío, con años de  cárcel y represión para tapar la boca a tanto luchador sobrevenido, me  contaba el día que su madre le despertó a él y a su hermano, dos niños,  para darles la noticia que no podía esperar hasta el amanecer: ¡los  ejércitos de Hitler habían iniciado, al fin, el contraataque en las  Ardenas! ¿Lo fuimos hasta un poco después, tras el suicidio de Hitler en  la cancillería? MESEGUER ¿Cuando vuelven Agustín de Foxá y César  González Ruano, y Giménez Caballero se deprime porque no podrá casar a  Pilar Primo de Rivera con el Gran Ario impotente?</p>
<p>¿Quién era más salaud, Céline o Eugenio Montes y Rafael Sánchez-Mazas, el  falso fusilado que miraba a los ojos, aseguran, a un miliciano  enamorado que bailaba un pasodoble? Aquel personaje, distante e inmundo,  sentado en el hotel Velázquez, que recibía a sus hijos con la misma  distancia e indiferencia que el papa Alejandro recibía a los suyos. Las  cruces gamadas que cubrieron tantos edificios de Madrid, de Barcelona,  de las ciudades de España, ¿vinieron de Alemania a ponerlas? Ese Eugenio  d´Ors indignado por que la canalla democrática fuera capaz de juzgar  en Nuremberg a aquellos prodigios del espíritu, ¿era producto de la  absenta, o consecuencia lógica de un pensamiento reaccionario que había  llegado hasta el abismo, precipitándose? Los agujeros negros de nuestra  historia.</p>
<p>Luego vienen los graciosos y diseñan algo bonito para cubrirse las  partes. Sigo pensando que la idea más brillante sobre Céline la escribió  Trotski apenas apareció Viaje al fin de la noche.&#8221;Cuanto más rica y  compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es la ruptura.  La fuerza de Céline reside en que rechaza todos los cánones, viola todos  los convencionalismos y, no contento con desnudar la vida, le arranca  la piel&#8221;. Quizá sea por eso por lo que nosotros hacemos novelitas sobre  los tiempos oscuros, para que la gente se acostumbre a mirarlos  iluminados.</p>
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		<title>Los réprobos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Jan 2011 15:29:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento, Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Antisemitismo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 30/01/11):</p>
<p>El ministro de Cultura de Francia, Frédéric Mitterrand, ha hecho saber  que el Gobierno francés ha decidido sacar de la lista de celebraciones  nacionales de este año al escritor Louis-Ferdinand Céline, fallecido  hace 50 años. De este modo accedía a una solicitud de la asociación de  hijos de deportados judíos y varias organizaciones humanitarias que  protestaron contra el proyecto inicial de rendir un homenaje oficial a  Céline, teniendo en cuenta sus violentos panfletos antisemitas y su  colaboración &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/33242/los-reprobos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 30/01/11):</p>
<p>El ministro de Cultura de Francia, Frédéric Mitterrand, ha hecho saber  que el Gobierno francés ha decidido sacar de la lista de celebraciones  nacionales de este año al escritor Louis-Ferdinand Céline, fallecido  hace 50 años. De este modo accedía a una solicitud de la asociación de  hijos de deportados judíos y varias organizaciones humanitarias que  protestaron contra el proyecto inicial de rendir un homenaje oficial a  Céline, teniendo en cuenta sus violentos panfletos antisemitas y su  colaboración con los nazis durante la ocupación hitleriana de Francia.</p>
<p>En efecto, Céline fue, políticamente hablando, una escoria. Leí en los años sesenta su diatriba <em>Bagatelles pour un masacre</em> y sentí náuseas ante ese vómito enloquecido de odio, injurias y  propósitos homicidas contra los judíos, un verdadero monumento al  prejuicio, al racismo, la crueldad y la estupidez. El doctor Auguste  Destouches -Céline era un nombre de pluma- no se contentó con volcar su  antisemitismo en panfletos virulentos. Parece probado que, durante los  años de la ocupación alemana, denunció a la Gestapo a familias judías  que estaban ocultas o disimuladas bajo nombres falsos para que fueran  deportadas. Es seguro que si, a la liberación, hubiera sido capturado,  habría pasado muchos años en la cárcel o hubiera sido condenado a muerte  y ejecutado como Robert Brasillach. Lo salvó el haberse refugiado en  Holanda, donde pasó algunos meses en prisión. Holanda se negó a  extraditarlo alegando que, en la Francia exaltada de la liberación, era  difícil que Céline recibiera un juicio imparcial.</p>
<p>Dicho esto, hay  que decir también que Céline fue un extraordinario escritor, seguramente  el más importante novelista francés del siglo XX después de Proust, y  que, con la excepción de <em>En busca del tiempo perdido</em> y <em>La condición humana</em> de Malraux, no hay en la narrativa moderna en lengua francesa nada que  se compare en originalidad, fuerza expresiva y riqueza creadora a las  dos obras maestras de Céline: <em>Viaje al final de la noche</em> (1932) y <em>Muerte a crédito</em> (1936).</p>
<p>Desde  luego que la genialidad artística no es un atenuante contra el racismo  -yo la consideraría más bien un agravante-, pero, a mi juicio, la  decisión del Gobierno francés envía a la opinión pública un mensaje  peligrosamente equivocado sobre la literatura y sienta un pésimo  precedente. Su decisión parece suponer que, para ser reconocido como un  buen escritor, hay que escribir también obras buenas y, en última  instancia, ser un buen ciudadano y una buena persona. La verdad es que  si ese fuera el criterio, apenas un puñado de polígrafos calificaría.  Entre ellos hay algunos que responden a ese benigno patrón, pero la  inmensa mayoría adolece de las mismas miserias, taras y barbaridades que  el común de los seres humanos. Solo en el rubro del antisemitismo -el  prejuicio racial o religioso contra los judíos- la lista es tan larga,  que habría que excluir del reconocimiento público a una multitud de  grandes poetas, dramaturgos y narradores, entre los que figuran  Shakespeare, Quevedo, Balzac, Pío Baroja, T. S. Eliot, Claudel, Ezra  Pound, E. M. Cioran y muchísimos más.</p>
<p>Que estos y otras eminencias  fueran racistas no legitima el racismo, desde luego, y es más bien una  prueba contundente de que el talento literario puede coexistir con la  ceguera, la imbecilidad y los extravíos políticos, cívicos y morales,  como lo afirmó, de manera impecable, Albert Camus. ¿Cómo se explicaría  de otro modo que uno de los filósofos más eminentes de la era moderna,  Heidegger, fuera nazi y nunca se arrepintiera de serlo pues murió con su  carnet de militante nacional-socialista vigente?</p>
<p>Aunque no  siempre es fácil, hay que aceptar que el agua y el aceite sean cosas  distintas y puedan convivir en una misma persona. Las mismas pasiones  sombrías y destructivas que animaron a Céline desde la atroz experiencia  que fue para él la I Guerra Mundial, le permitieron representar, en dos  novelas fuera de serie, el mundillo feroz de la mediocridad, el  resentimiento, la envidia, los complejos, la sordidez de un vasto sector  social, que abarcaba desde el lumpen hasta las capas más degradadas en  sus niveles de vida de las clases medias de su tiempo. En esas farsas  grandiosas, la vulgaridad y las exageraciones rabelesianas alternan con  un humor corrosivo, un deslumbrante fuego de artificio lingüístico y una  sobrecogedora tristeza.</p>
<p>El mundo de Céline está hecho de pobreza,  fracaso, desilusión, mentiras, traiciones, bajezas, pero también de  disparate, extravagancia, aventura, rebeldía, insolencia y todo él  despide una abrumadora humanidad. Aunque el lector esté absolutamente  convencido de que la vida no es <em>solo</em> eso, -es mi caso- las  novelas de Céline están tan prodigiosamente concebidas que es imposible,  leyéndolas, no admitir que la vida sea también <em>eso.</em> El gran  mérito de ese escritor maldito fue haber conseguido demostrar que el  mundo en que vivimos también es esa mugre y que era posible convertir el  horror sórdido en belleza literaria.</p>
<p>La literatura no es  edificante, ella no muestra la vida tal como debería ser. Ella, más  bien, a menudo, en sus más audaces expresiones, saca a la luz, a través  de sus imágenes, fantasías y símbolos, aspectos que, por una cuestión de  tacto, buen gusto, higiene moral o salud histórica, tratamos de  escamotear de la vida que llevamos. Una importante filiación de  escritores ha dedicado su tarea creativa a desenterrar a esos demonios,  enfrentarnos con ellos y hacernos descubrir que se parecen a nosotros.  (El marqués de Sade fue uno de esos terribles desenterradores).</p>
<p>Hay  que celebrar las novelas de Céline como lo que son: grandes creaciones  que han enriquecido la literatura de nuestro tiempo, y, muy  especialmente, la lengua francesa, dando legitimidad estética a un habla  popular, sabrosa, vulgar, pirotécnica, que estaba totalmente excluida  de la ciudadanía literaria. Y, por supuesto, como ha escrito  Bernard-Henri Lévy, aprovechar la ocasión del medio siglo de la muerte  de ese escritor &#8220;para empezar a entender la oscura y monstruosa relación  que ha podido existir&#8230; entre el genio y la infamia&#8221;.</p>
<p>Al mismo  tiempo que hojeaba en la prensa lo ocurrido en Francia con el  cincuentenario de Céline, leí en EL PAÍS (Madrid, 23 de enero de 2011)  un artículo de Borja Hermoso titulado <em>La rehabilitación de Roman Polanski.</em> En efecto, el gran cineasta polaco-francés es, ahora, algo así como un  héroe de la libertad, después que una espectacular campaña mediática, en  la que grandes artistas, actores, escritores y directores, abogaron por  él, y consiguieron que la justicia suiza se negara a extraditarlo a  Estados Unidos. Esto fue celebrado como una victoria contra la terrible  injusticia de la que, por lo visto, había sido víctima por parte de los  jueces norteamericanos, que se empeñaban en juzgarlo por esta  menudencia: haber atraído con engaños, en Hollywood, a una casa vacía, a  una niña de 13 años a la que primero drogó y luego sodomizó. ¡Pobre  cineasta! Pese a su enorme talento, los abusivos tribunales  estadounidenses querían sancionarlo por esa travesura. Él, entonces,  huyó a París. Menos mal que un país como Francia, donde se respetan la  cultura y el talento, le ofreció exilio y protección, y le ha permitido  seguir produciendo las excelentes obras cinematográficas que ahora ganan  premios por doquier. Confieso que esta historia me produce las mismas  náuseas que tuve cuando me sumergí hace medio siglo en las putrefactas  páginas de <em>Bagatelles pour un masacre.</em></p>
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