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	<title>Tribuna Libre &#187; Tauromaquia</title>
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	<description>Revista de Prensa: Tribuna Libre</description>
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		<title>¡Adiós, Barcelona!</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Sep 2011 08:06:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Nacionalismo]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amorós</strong>, crítico taurino de ABC y escritor (ABC, 23/09/11):</p>
<p>El próximo domingo se cumplirá lo que estaba previsto; lo que algunos, con ingenuo buenismo, se negaban a creer; lo que los profesionales implicados no han sabido impedir: la última corrida de toros en la Plaza Monumental de Barcelona.<br />
De nada ha servido insistir en que se trata de una fiesta catalana, con raíces mediterráneas, ni recordar la historia taurina de esta ciudad: las plazas, las temporadas, los empresarios, los ídolos de la afición, los escritores y artistas&#8230;</p>
<p>Los datos son indiscutibles. Está atestiguada la costumbre de correr &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/38613/adios-barcelona/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amorós</strong>, crítico taurino de ABC y escritor (ABC, 23/09/11):</p>
<p>El próximo domingo se cumplirá lo que estaba previsto; lo que algunos, con ingenuo buenismo, se negaban a creer; lo que los profesionales implicados no han sabido impedir: la última corrida de toros en la Plaza Monumental de Barcelona.<br />
De nada ha servido insistir en que se trata de una fiesta catalana, con raíces mediterráneas, ni recordar la historia taurina de esta ciudad: las plazas, las temporadas, los empresarios, los ídolos de la afición, los escritores y artistas&#8230;</p>
<p>Los datos son indiscutibles. Está atestiguada la costumbre de correr toros bravos, en Barcelona, por lo menos desde fines del siglo XIV. Muy pocas ciudades españolas compiten con ella en haber tenido, a la vez, dos hermosas plazas de toros. En Barcelona tomaron la alternativa, por ejemplo, nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, en 1919, y Domingo Ortega, en 1931. Hasta un diestro tan madrileño como Marcial Lalanda toreó en Barcelona 127 corridas, más que en Madrid o en cualquier otra plaza de España.</p>
<p>La razón de la prohibición es clarísima. Para los nacionalistas catalanes —y tienen mucha razón en ello— la Tauromaquia «huele a España»: así lo proclamaron en su Parlamento. Les conviene, pues, alejarse de un arte que es universal (como todo arte, por definición) pero que, en el mundo entero, se reconoce como una de las señas de identidad de la cultura española.</p>
<p>No es extraño que los nacionalistas actúen así: ya Jordi Pujol —a quien muchos pretenden ahora reivindicar como ejemplo de moderación— afirmaba sentirse mucho más próximo a Goethe que a Cervantes (a Alemania que a España). Tampoco sorprende que se utilicen presuntos fervores ecologistas para dar cobertura a un empeño puramente político.</p>
<p>Más escandaloso resulta que los socialistas catalanes, además de mentir de modo flagrante, se hayan alineado junto a los nacionalistas, olvidando la E de España que llevan en sus siglas: si lo han hecho en la marginación de la lengua española, un tema muchísimo más grave, ¿cómo no iban a hacerlo en las corridas de toros?</p>
<p>Si alguien mantiene todavía alguna duda sobre el significado político de esta prohibición, basta con que recuerde lo que va a suceder, a partir del lunes próximo: no habrá más corridas en Barcelona, pero quedarán blindados los «correbous», que representan un estadio anterior, muchísimo más cruel con el animal. ¿Por qué? Oficialmente, porque forman parte del imaginario catalán; realmente, porque prohibirlos supondría perder muchos votos. Así funciona el oportunismo político.</p>
<p>El próximo domingo, por la noche, Barcelona, esta hermosa ciudad mediterránea, admirada ya por Cervantes como «espejo de cortesía», se habrá cerrado un poco más: se hará más paleta, perderá una más de sus libertades. Saldremos por última vez de la plaza sintiendo que ya no volveremos a emocionarnos allí, junto a Salvador, a Fernando, a Luis María, a muchos amigos. ¿Qué pensarán ahora tantos catalanes de buena fe que confiaban en que, al final, se impusiera el teórico seny.</p>
<p>Al hilo de la exposición que esta semana se inaugura en la Biblioteca Nacional, releo la Oda a Espanya, de Joan Maragall, que concluye con la tristísima exclamación: «Adeu, Espanya!» (hace poco, TV3, la cadena oficial de televisión, la utilizó como punto de partida para un programa —uno más— que buscaba separarnos). Cualquier aficionado a los toros podría darle la vuelta a ese poema y adaptar la noble retórica de sus lamentaciones a la actual prohibición:</p>
<p>«Escucha, Barcelona, la voz de alguien / que te habla en una lengua / no catalana: / hablo en la lengua que también es tuya, / aunque algunos se empeñen en negarlo&#8230;<br />
Te hablaron demasiado / de presuntas ofensas / y de agravios históricos / a ese país feliz / y tú has vivido triste. / Pero yo quiero hablarte / de manera distinta: / ¿por qué has de empeñarte / en esas prohibiciones / que ya te están aislando / de tantos españoles? / ¡Oh, triste Barcelona!<br />
¿Dónde estarán tus hijos, / los que no se resignen / a perderse su fiesta? / Vuelve en ti, Barcelona, / abre bien esos ojos, recupera / tu alegría de siempre.<br />
¿Dónde estás, Barcelona? / No hay un lugar amable / donde yo pueda verte. / ¿No entiendes ya la lengua / que siempre ha sido tuya?/ ¿No quieres escucharnos?/ Pues, ¡adiós, Barcelona!».</p>
<p>Disculpen el «crimen» poético. Respiramos por la común herida. Lo definió magistralmente Antonio Machado: «Se canta lo que se pierde».</p>
<p>Perdemos esta plaza, que hemos amado, igual que tantas cosas de Barcelona: los libros de Josep Pla, José Manuel Blecua y Pere Gimferrer; los frescos de San Clemente de Taüll y de San Quirce de Pedret, en el Museo Nacional de Cataluña; los mercadillos de la Plaza del Pí y las «granjas» de la calle Petritxol; las pinturas de Ramón Casas, en el Salón del Círculo del Liceo y en «Els Quatre Gats»; las «golondrinas», en el Moll de la Fusta, el mismo lugar donde Buffalo Bill, el auténtico, perdió a muchos de sus indios, por una epidemia de gripe; los primeros dibujos taurinos de Picasso, en su museo; los bailes de salón de La Paloma; las doncellas de cerámica, en el Palau de la Música; la riqueza deslumbrante —colores, sabores— del Mercado de la Boquería&#8230;</p>
<p>Y, junto a esos lugares, tantas emociones estéticas que allí hemos vivido: la alegría callejera del «Sol, solet», de Comediants; las «Canciones y danzas» del timidísimo Federico Mompou; Fabiá Puigserver, ensayando «La flauta mágica», en el Lliure primitivo, con muy poco dinero y mucho talento; la magistral «Iberia» de Alicia de Larrocha; los pitos a Maurice Béjart, en el Liceo, cuando estrenó «Ce que l’amour me dit», de Mahler; también, las bromas del Molino, con el genial Luis Cuenca junto a «la escultural» —así rezaba la propaganda— Tania Doris&#8230;</p>
<p>Recuerdo ahora a tantos poetas catalanes&#8230; A Salvador Espriu: «Eres una extendida piel de toro, vieja Sefarad». A Josep Palau y Fabre: «Es menester atacar el rojo de cara, con una espada». A Lorenzo Gomis: «Ven, toro, amor, ven, ven&#8230;».</p>
<p>Guardamos en el corazón tantas tardes de toros inolvidables en esta plaza&#8230;: las verónicas de manos bajas de Mario Cabré; el poderío de Luis Miguel, admirado desde la barrera por Romy Schneider; la elegancia natural de Joaquín Bernadó; la locura popular por Chamaco; las maniobras de propaganda de El Cordobés, lanzando billetes a las Ramblas, desde el balcón del hotel; el «niño sabio» Paco Camino y los naturales de frente de Manolo Vázquez; las salidas en hombros de José Tomás, Morante, Serafín Marín&#8230; Hasta este domingo, en que todo se acaba.</p>
<p>Esta prohibición olvida la historia de Barcelona, sus raíces culturales; se opone a un arte que ha fascinado a muchos creadores catalanes; sobre todo, traiciona la libertad de los barceloneses. Y eso, la libertad, es mucho más importante que la Tauromaquia. Se abre ahora un futuro que asusta: ¿qué prohibirán, después, estos políticos catalanes?</p>
<p>Punto final. No hay solución. Ya no podremos seguir uniendo tantas cosas que nos han hecho amar esta ciudad. La reacción visceral sería decir: «Ellos se lo pierden». Pero no es cierto. La razón mediterránea nos corrige: «Somos nosotros, todos los españoles, los que también lo perdemos». ¡Adiós, Barcelona!&#8230;</p>
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		<title>Vuelve el toro mítico por sus fueros</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 21:02:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Navarra]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Manuel Arbeloa, </strong>escritor, ex eurodiputado y ex dirigente de los socialistas navarros (EL MUNDO, 13/07/11):</p>
<p>Los sanfermines son unas fiestas eminentemente táuricas, no sólo taurinas, que conservan trazos y sobre todo el embrujo de viejos ritos culturales que tuvieron como objeto al toro mítico desde los largos y oscuros tiempos protohistóricos. Como casi todas las primitivas fiestas religiosas, también ésta acabó un día en fiesta civil y lúdica, pero no perdió del todo los ancestrales elementos cúlticos.</p>
<p>El toro ha evocado en todos los tiempos la potencia y fogosidad irresistible, la fuerza creadora y hasta el ardor cósmico. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/35610/vuelve-el-toro-mitico-por-sus-fueros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Manuel Arbeloa, </strong>escritor, ex eurodiputado y ex dirigente de los socialistas navarros (EL MUNDO, 13/07/11):</p>
<p>Los sanfermines son unas fiestas eminentemente táuricas, no sólo taurinas, que conservan trazos y sobre todo el embrujo de viejos ritos culturales que tuvieron como objeto al toro mítico desde los largos y oscuros tiempos protohistóricos. Como casi todas las primitivas fiestas religiosas, también ésta acabó un día en fiesta civil y lúdica, pero no perdió del todo los ancestrales elementos cúlticos.</p>
<p>El toro ha evocado en todos los tiempos la potencia y fogosidad irresistible, la fuerza creadora y hasta el ardor cósmico. El <em>bos primigenius</em> (<em>urus, uro</em>) fue el primer objetivo de los cazadores primitivos y se convirtió en algo más que en pieza de caza. El toro flechado, herido o acorralado de las cuevas de Lascaux, Altamira, Teruel o Levanzo simbolizaba no sólo la virilidad animal sino también la prosperidad de un grupo humano por su enorme capacidad alimenticia.</p>
<p>Su caza solía acompañarse de ritos mágicos, prácticas ceremoniales y estrategias cinegéticas. El culto al bravío animal se extendió, miles de años antes de nuestra era, desde la India al Mediterráneo. Y así es el feroz y mugiente Rudra, fertilizador de la tierra, que llega a ser símbolo de los dioses superiores Indra y Shiva en el centro de Asia. O el toro celeste babilónico, de nombre Nlil, que los sacerdotes-astrónomos de Babilonia colocaron en la segunda constelación del Zodíaco. Representa al dios semita EL, proscrito por Moisés en Palestina. Y en Egipto al gran rey, dando origen a dioses creadores y solares. Las divinidades lunares mediterráneas aparecen también con forma y atributos táuricos. La luna es el <em>poderoso novillo del cielo</em>, y el toro el animal lunar de la Tierra.</p>
<p>Además, desde tiempos arcaicos, el toro y el rayo son los símbolos de las divinidades atmosféricas. El mugido del astado se asimila al huracán y al trueno, manifestaciones de la fuerza que fecunda la Tierra.</p>
<p>Los múltiples mitos que tienen que ver con el toro fueron representados, vividos y revividos desde un principio por ritos correspondientes, que interpretan al hombre y su mundo, lo orientan, lo liberan, lo socializan.</p>
<p>En mil sitios de lo que se llamó Celtiberia, nuestra rugosa <em>piel de toro</em>, aparecen santuarios, esculturas, pinturas, grabados, dibujos, monedas en torno al bóvido rey. Abundan hachas y puñales terminados en cabezas taúricas. Verracos con esa misma estampa coronan sepulturas como figuras votivas en terracota o bronce, a dioses tutelares. Y los toros se mezclan, repetidamente, con ciervos, figuras de la fecundidad, y con el cerdo y el jabalí, animales siempre gratos a los dioses preindoeuropeos.</p>
<p>Cuando los legionarios de Roma nos trajeron el culto tardío del dios védico y solar Mitra, favorecido entonces por los emperadores, a nuestros antepasados vascones no debió de sorprenderles mucho ni el rapto del <em>toro primordial </em>ni su degüello en la caverna, como fuente de fertilidad y de vida. Las aras y lápidas romanas en Ujué, San Martín de Unx, Aibar, Eslava, Artajona, Iruñuela, Gastiain, Sos o Uncastillo, con sus bucranios, cuernos de media luna, discos astrales, aras sacrificiales e instrumentos de pinchazo y descabello, tampoco les eran extraños.</p>
<p>El toro era un viejo conocido de nuestra gente; animal sagrado, amigo-enemigo, sacrificial y alimenticio. Había quienes lo veían en sueños o hasta despiertos, de noche y de día, en cuevas y bosques, echando fuego por la boca y las narices, o quemando las mieses y las metas.</p>
<p>El cristianismo, que fue ganando lentamente el corazón de los vascones, llevó al toro, como símbolo bíblico que es, a los altares. En Navarra, lo vemos encaramado en el tímpano de Leyre, subido a la portada de Santa María de Sangüesa, bien situado en el ábside mayor de Irache, y activo, elocuente, significante, en ménsulas y capiteles de la catedral de Pamplona, desmitificado ya pero llevando en sus nobles lomos y cuernos leyendas y milagros.</p>
<p>Los ritos táuricos fueron evolucionando con el tiempo. De los mitos nacieron epopeyas, leyendas, cuentos, fábulas. El rito se hizo a su vez juego, diversión popular o lucimiento de nobles. Y así el toro nupcial, que prefiguraba la fertilidad de los mozos casaderos, se convirtió en corrida nupcial.</p>
<p>El rey Carlos II organizó la primera corrida de toros sueltos en 1385, y la Corte de Olite dio ejemplo y ánimos a muchas ciudades y villas navarras. Del toreo a caballo, con perros, venablos y lanzas, se pasó al toreo de a pie, en el siglo XVII, donde toreros navarros de recia complexión física se hicieron célebres con sus banderillas, desplantes, quiebros, recortes, saltos de garrocha, trascuernos, y el llamado <em>lance a la navarra.</em></p>
<p>El toro es en los Sanfermines elemento capital de ese reencantamiento simbólico del mundo que es toda fiesta. La procesión de San Fermín (1187) es todavía una santificación, formalizada y eclesial, de la hegemonía táurica. Por encima del tótem de la tribu está el patrono católico, legendario asimismo, santo celestial «que todo lo ve» y que a todos protege con su capotillo: «San Fermín, primer mozo. Milagrero capote de mil suertes peregrinas», escribió el poeta cristiano, taurófilo y <em>sanferminero</em> J.M. Pérez Salazar.</p>
<p>Con el rito cristianizador de la procesión enlaza la tonadilla madrugadora antes de comenzar el encierro, que es el rito primitivo, no sólo resto de tiempos primigenios sino eje y sentido de la fiesta actual.</p>
<p>En la inversión de valores que toda fiesta supone, el toro se hace dueño de la calle y señor a la vez de la vida y la muerte: por su imagen mítica, su potencia, su agilidad, su prestancia. Mucho más que «casta, poder y pies» (Ortega), es el semidiós, todo lo desmitificado y laicizado que se quiera. Porque basta no ya haber corrido el encierro, sino haberlo visto de cerca, para poder revivir de algún modo aquel temblor religioso-telúrico cuasi sobrehumano que nuestros ancestros vivieron ante el tremendo y fascinante animal que los religaba con la vida, con la muerte, con lo sobrenatural. Y los mozos que corren entre las astas, ¿no sienten «la apetencia de muerte y el gusto de su boca», como el Sánchez Mejías de Federico?</p>
<p>A las 18.30, dentro del coso tramposo y ritual, el torero, representante de la humanidad dominadora y «héroe civilizador» (J. Beriain), lleva a cabo, envuelto en las artes del juego taurino, el sacrificio tradicional que significa la regeneración periódica de las fuerzas sagradas, y la victoria -incluida la posible muerte del matador- personal y colectiva del hombre.</p>
<p>Pero en la verdadera corrida sanferminera, el encierro, volverá el toro mítico por sus fueros primordiales, que el solo juego taurino no puede expresar y mucho menos agotar.</p>
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		<title>Espectáculos cómico-taurinos</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Oct 2010 16:03:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>A. Serra Ramoneda</strong>, presidente de Tribuna Barcelona (EL PERIÓDICO, 10/10/10):</p>
<p>Hace escasos días en la Cámara alta se discutió una propuesta  presentada por el Partido Popular que pretendía blindar las corridas de  toros ante cualquier pretensión, sobre todo de raíz autonómica, de  prohibirlas. Según las crónicas, algunas intervenciones merecerían  figurar en las antologías de la más florida oratoria parlamentaria.  Destacó la del señor García Escudero, portavoz del antedicho  partido, que, en un desplante, afirmó: «Si yo fuera toro, preferiría mil  veces morir después de veinte minutos en una plaza de toros luchando y  combatiendo antes que sufrir una &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31574/espectaculos-comico-taurinos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>A. Serra Ramoneda</strong>, presidente de Tribuna Barcelona (EL PERIÓDICO, 10/10/10):</p>
<p>Hace escasos días en la Cámara alta se discutió una propuesta  presentada por el Partido Popular que pretendía blindar las corridas de  toros ante cualquier pretensión, sobre todo de raíz autonómica, de  prohibirlas. Según las crónicas, algunas intervenciones merecerían  figurar en las antologías de la más florida oratoria parlamentaria.  Destacó la del señor García Escudero, portavoz del antedicho  partido, que, en un desplante, afirmó: «Si yo fuera toro, preferiría mil  veces morir después de veinte minutos en una plaza de toros luchando y  combatiendo antes que sufrir una larga agonía, como sufren en los <em>correbous</em>».  Nada que objetar; cada uno tiene sus preferencias, aunque estas solo  puedan convertirse en realidad si previamente se produce una insólita  metamorfosis. Pero es que me temo que incluso si esta se diera, la  probabilidad de que el toro exportavoz acabara su existencia de manera  tan gloriosa sería muy reducida. Si en esta transmutación de destacado  político en noble bruto conservara la gallardía, la casta y la bravura  que muestra como senador, lo más probable es que al término de la faena  fuera indultado y devuelto a los toriles acompañado por los mansos,  para, a continuación, vivir rodeado de cariñosas vacas con las que tener  abundante descendencia. Se trataría de no perder tan interesantes  virtudes que tanto echan en falta los aficionados entre los animales que  hoy se lidian.</p>
<p>Hay que reconocer que gran parte de nuestra clase  política no se ha mostrado muy acertada en sus intervenciones sobre tan  polémico tema. Para empezar, la distinción entre el sufrimiento que  recibe el animal en un coso taurino y el que padece en la plaza de un  pueblo donde le prenden fuego a los cuernos y le someten a todo tipo de  vejaciones es de una sutileza tan extrema que una buena proporción de la  ciudadanía no dispone de suficientes luces para comprenderla. No así  una mayoría de los diputados catalanes, que aprobaron prohibir las  corridas y permitir los <em>correbous</em>, decisión que está en la raíz de las palabras del señor García Escudero.  Pero, si cabe, aún provoca más desconcierto el acuerdo, en sentido  inverso, del Parlamento extremeño, que solo puede explicarse por el  deseo de hacer la cusca a su correlato catalán. No es una conducta que  mejore el respeto de los electores hacia sus representantes, de los que  esperan que ocupen su tiempo en cuestiones más serias y saquen mejor  provecho de los recursos que manejan. Si se pone de moda que los  parlamentos autonómicos se dediquen a menesteres tan poco ejemplares, la  munición de que disponen quienes pretenden la recentralización de  nuestro sistema político habrá ganado en calibre.</p>
<p>Pero parece que las posibilidades de seguir con los despropósitos no se agotan. La señora Sánchez-Camacho,  muy preocupada por el desconsuelo que entre algunos catalanes provocará  la abolición de la denominada fiesta nacional, ha acudido a Bruselas,  acompañada de distinguidos correligionarios, para instar al Parlamento  Europeo a dictar una resolución a favor de las corridas de toros, puesto  que en su opinión la prohibición es un grave ataque a la cultura de un  Estado. Me temo que corre hacia un sonado fracaso. Veo muy difícil que  los representantes del norte de Europa, como por ejemplo los  escandinavos, tan solícitos por el buen trato de los animales, acepten  considerar como un acto cultural clavar unas aceradas banderillas o  hundir una pica en las carnes de un astado. Me parece que un mejor  conocimiento de los usos y costumbres que privan en buena parte de  nuestro continente le hubiera permitido ahorrar el tiempo y el dinero  gastados en este desplazamiento. En todo caso, inmiscuir a las  autoridades europeas en una trifulca de tan bajo nivel solo puede  redundar en una pérdida de imagen internacional de la vida política  española. Mejor no airear nuestros trapos sucios.</p>
<p>Tiempo atrás,  en la barcelonesa plaza de las Arenas, hoy en largo trance de conversión  en centro comercial, solían celebrarse unos espectáculos  cómico-taurinos, especialmente por las verbenas de Sant Joan y Sant  Pere. Unos personajes, como Don Tancredo o el Bombero Torero,  acompañados de la estridente música de la denominada Banda del Empastre,  se empeñaban en provocar la risa de los espectadores haciendo toda  suerte de diabluras con un novillo, que al final era estoqueado por un  matador generalmente inexperto. Parece que la clase política actual  quiere revivir este espectáculo y utilizar como pretexto las corridas  para hacer reír al personal. En la sesión del Senado, a uno de sus más  distinguidos miembros solo se le ocurrió reclamar las dos orejas y el  rabo para quien le había precedido en el uso de la palabra. Loable  propósito es provocar carcajadas, pero tengo la sensación de que las  horas bajas que atraviesa la clase política no son las más adecuadas  para menoscabar aún más la dignidad que deben tener y mantener los  representantes del pueblo. Que sean otros quienes hagan de Don Tancredo.  O de Bombero Torero</p>
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		<title>El toreo: difícil ubicación de un arte</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/31470/el-toreo-dificil-ubicacion-de-un-arte/</link>
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		<pubDate>Thu, 30 Sep 2010 21:50:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Social]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Villán</strong>, escritor y crítico teatral y taurino de EL MUNDO (EL MUNDO, 30/09/10):</p>
<p>A raiz de la cuestión catalana, resuelta <em>manu militari</em> más que dilucidada en el <em>Parlament</em>,  los toreros se han puesto en pie de guerra. Los toreros siempre están  en pie de guerra, pues su arte requiere espíritu visionario y corazón  guerrero; son artistas y luchadores a la vez. Pero ahora se trata de  otra cosa y no de una épica individual.</p>
<p>A raíz de la prohibición en Cataluña, toda la profesión  -toreros, empresarios, ganaderos, apoderados, capas y medio  pensionistas- se ha alzado en &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31470/el-toreo-dificil-ubicacion-de-un-arte/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Villán</strong>, escritor y crítico teatral y taurino de EL MUNDO (EL MUNDO, 30/09/10):</p>
<p>A raiz de la cuestión catalana, resuelta <em>manu militari</em> más que dilucidada en el <em>Parlament</em>,  los toreros se han puesto en pie de guerra. Los toreros siempre están  en pie de guerra, pues su arte requiere espíritu visionario y corazón  guerrero; son artistas y luchadores a la vez. Pero ahora se trata de  otra cosa y no de una épica individual.</p>
<p>A raíz de la prohibición en Cataluña, toda la profesión  -toreros, empresarios, ganaderos, apoderados, capas y medio  pensionistas- se ha alzado en armas y, afirman las figuras, «están  unidos como una piña». Veremos cuánto dura esa piña apretada, pues la  solidaridad no es fruta abundante de los huertos del toro; en estas  frondosidades, los intereses particulares florecen con más frecuencia  que el denominado bien común. No entro en la cuestión de los <em>correbous</em>, blindados en el <em>Parlament</em> con el mismo instrumento legal con que se han abolido las corridas y  con menos argumentos morales y estéticos. El argumento es el mismo que  se ha desdeñado con las corridas: la tradición. La tradición vale aquí  para una cosa y su contraria. Y no entro en los <em>correbous</em>, pues  hacerlo sería fomentar otra prohibición. Y eso nunca. Bastante hay con  tener una puta en la familia, la interdicción de la corrida, como para  inducir a tener dos, la prohibición de los <em>correbous</em>.</p>
<p>Así que por mi parte, nada que objetar, por estrictas razones  de libertad, a los toros de fuego, de soga y otros derivados.  Sólo  quiero dejar constancia de que cuando se atraviesa por medio la política  partidaria y, en consecuencia patéticamente  sectaria, se producen  estas incongruencias. Se trata de desterrar unos símbolos nacionales  para instaurar otros de signo contrario; o parecidos, pero bajo otra  bandera; es evidente que a todo nacionalismo centrípeto responde, como  contrapoder, otro nacionalismo centrífugo. Mientras el resto de España  acepta y practica <em>correbous</em> de distinto signo, Calaluña rechaza las corridas de toros que tanto arraigo tuvieron allí.</p>
<p>El mundo del toro, pues, al sentirse amenazado, está más  unido que nunca y los toreros van a cantarle las cuarenta a la ministra  de Cultura. Unión y fuerza y buena voz va a necesitarse para lo que  pudiéramos llamar, con piadoso eufemismo, <em>normalización de la Fiesta</em>.  Magnificar las amenazas externas posibilita esa unión, cierto; es una  estrategia de autodefensa de la que en España sabemos mucho; la  conspiración judeomasónica  internacional valía a Franco para suscitar  multitudinarias adhesiones en la plaza de Oriente. Recientemente, ignoro  por qué extraña conciencia histórica, o lapsus freudiano, el presidente  Rodríguez Zapatero también ha echado mano de la conjura internacional  contra España.</p>
<p>La Fiesta, obviamente, está amenazada por peligros varios,  internos unos y políticos otros. Pero los taurinos no debieran fijarse  sólo en las agresiones externas a la profesión, que las hay. Ni en una  ubicación administrativa distinta a la actual a la que, por supuesto,  tienen derecho. Al Ministerio del Interior apenas le queda autoridad  sobre las corridas de toros. La cuestión está en las comunidades  autónomas a las que se han transferido competencias sobre algo  considerado, en esencia, un espectáculo. Cada comunidad autónoma tiene  su reglamento y sus normas y a ellas se atiene. De depender del  Ministerio del Interior, puede que la prohibición en Cataluña no hubiese  prosperado.</p>
<p>De Interior dependen el carné de profesionales, el delegado  gubernativo de callejón y el análisis de astas en un laboratorio de  Canillas; y la designación de presidentes policías en algunas plazas. La  posibilidad sancionadora de infracciones apenas le compete, pues es  cosa también de las comunidades autónomas, que empiezan a tener ya sus  propios laboratorios. Los veterinarios de Canillas analizan las astas,  mandan su dictamen a las gobiernos autonómicos y éstos deciden. Si  sancionan un afeitado, el ganadero al que le tocó la negra protesta por  la discriminación y recurre la sanción; casi todos afeitan y el que no  afeita, no vende. Éste es un secreto a voces. Y que no vengan criadores  de bravo ofendidos, invocando su honor de ganaderos. Su honor se lo  dictan, frecuentemente, los veedores de los toreros.</p>
<p>Las competencias de Interior son puramente residuales y sólo  interfieren en el desarrollo de la Fiesta de forma anecdótica y nominal.  La dependencia policial -municipal, autonómica o central- del palco no  debiera ser problema. Hay experiencias muy satisfactorias de un civil,  buen aficionado, como en Illumbe de Donostia y Vista Alegre de Bilbao.  Mejor un aficionado entendido que un policía incompetente. Pero esto no  es lo más grave de la Fiesta, aunque hayamos de respetar la presunción  de inocencia para todos. Con base en ese derecho de inocencia, se iguala  a los solventes con los precarios y a los desaprensivos con las  personas honradas, que son muchas, puede que casi todas. Y eso es  injusto. Protegido el derecho sancionador, sustraer las corridas de   Interior tal como están las cosas no sería problema grande. El problema  sería dónde y cómo ubicarlas, reconocida su condición de arte, de una de  las Bellas Artes.</p>
<p>Al hilo, pues, de una necesaria reorganización, es el momento  de una catarsis profunda, de una purificación y asentamiento en la  verdad. Los mercaderes fuera del templo, que dijo alguien con frase que  no sólo hizo fortuna, sino que se ha convertido en una filosofía moral.  La verdad está ahí, pues la muerte y la cornada son cosas verdaderas y  los ruedos siguen regándose con sangre como evidencia esta cruenta  temporada. Pero hay otras verdades, además de la amenaza de peligro.  Recordaré una vez más el I Foro Taurino de EL MUNDO en el que Simón  Casas pidió más ética y menos mercantilismo y José Luis Lozano afirmó  que, de haberse hecho bien las cosas, el nacionalismo antitaurino  catalán lo habría tenido más difícil; en Cataluña éste se encontró con  el toro postrado y sólo ha tenido que apuntillarlo. La profesión tiene  que mojarse o, en términos más propios, irse al pitón contrario sin  camelancias dialécticas ni retóricas altisonantes.</p>
<p>La corrida es una de las Bellas Artes y así se viene  reconociendo desde el memorable homenaje a Belmonte encabezado por Pérez  de Ayala, Valle Inclán, Sebastián Miranda. Y los toreros han  desempolvado una antigua reivindicación: integrarse en el Ministerio de  Cultura. Yo creo que es una aspiración noble, pues materia de cultura y  no de orden público, aunque también, es la Fiesta de los Toros. Así lo  reconoce el propio Ministerio de Cultura con la concesión de medallas de  Bellas Artes a diestros destacados de la Tauromaquia.</p>
<p>Apoyo la moción pero conviene reflexionar. Porque la  adscripción al Ministerio de Cultura tampoco solucionará todos los  problemas. La Fiesta toca aspectos que pertenecen a Agricultura,  Hacienda, Sanidad, Cultura e Interior. Un organismo interministerial  podría ser la solución, un ente impulsor de la Fiesta, defensor de sus  esencias y regulador de su evolución.</p>
<p>La Fiesta, que es Arte y que es Historia, con mayúsculas, y  que apuntala ese arte y esa historia en un juego fascinante entre la  vida y la muerte, debe ser tutelada. No se puede sancionar a un artista  porque le falle su inspiración o no esté a la altura de las  circunstancias; pero pueden producirse, aunque raras veces, alteraciones  de orden público posibles en toda concentración de masas; imposible y,  además, aberrante sería imponer normas a Piccaso o a Dalí, por ejemplo;  mas si un desaprensivo comercia con copias o falsificaciones hay que  verlo desde lo penal y no desde lo cultural. Es necesario, pues, junto  al encuadre cultural, un organismo vigilante, un espíritu vigilante me  atrevería a decir, independiente del mercado taurino, contra las  anomalías que adulteran  la Fiesta.</p>
<p>En defensa de su imagen de artistas, los toreros tratan de  poner en marcha una iniciativa de difícil concreción, tanto por sus  difusos objetivos como por la naturaleza de la corrida: patentar en el  Registro de la Propiedad Intelectual una faena que los acredite como  artistas. Aunque no todos puedan ser  calificados así, a todos los  reconocemos como tales, salvo que alguna estrella se sienta agraviada  por comparación y diga lo contrario. El citado Registro de la Propiedad  se establece como protección de unos derechos de los que arteramente  puedan apropiarse otros. No es eso lo que se discute ahora y tampoco  creo que vaya a ser una solución a los problemas, pues nadie amenaza la  propiedad de una obra protegida por su carácter efímero, intransferible e  irrepetible. Por otra parte, los toreros pueden y deben defender sus  derechos de imagen; esa es otra cuestión y parece que la ejercen con  bastante eficacia.</p>
<p>Dependa de quien dependa administrativamente, el mundo del  toro tiene que sentirse protegido y respetado, lo cual exige, a la vez,  una actitud responsable y unas obligaciones ineludibles. Así se  facilitará la competencia propia de un mercado libre en una sociedad  democrática y libre. El mercado es el mercado y la ley de la oferta y la  demanda, también; pero en la actualidad estas realidades están  distorsionadas por la dinámica de la propia Fiesta. El elemento  sancionador, arbítrese como se arbitre, parece ineludible. Puede que los  taurinos piensen que con los toros en Cultura y una autorregulación a  la que aspiran, se eluden responsabilidades. Pero los derechos de los  aficionados, la integridad del toro, la protección de los novilleros,  alguien tendrá que regularlos.</p>
<p>El palco presidencial y los veterinarios de reconocimiento  nunca podrán ser asalariados de las empresas que es, en definitiva, a lo  que conduciría una autorregulación, concepto siempre latente en estas  discusiones.  La Fiesta, en eso estamos de acuerdo casi todos, necesita  una purificación. Y, además, una protección que no sea meramente  retórica y oportunista. Lo demás se nos dará por añadidura.</p>
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		<title>De toros y argumentos</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Aug 2010 21:02:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Pablo de Lora,</strong> profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid; <strong>José Luis Martí,</strong> profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y <strong>Félix Ovejero,</strong> profesor titular de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 19/08/10):</p>
<p>En el mundo hay personas que creen que los animales poseen ciertos  derechos, o cuanto menos que los seres humanos tenemos ciertas  obligaciones para con ellos. Y también hay personas que genuinamente  creen que no. No es un drama. También hay quienes creen que Elvis  Presley sigue con vida, que el &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31056/de-toros-y-argumentos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Pablo de Lora,</strong> profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid; <strong>José Luis Martí,</strong> profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y <strong>Félix Ovejero,</strong> profesor titular de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 19/08/10):</p>
<p>En el mundo hay personas que creen que los animales poseen ciertos  derechos, o cuanto menos que los seres humanos tenemos ciertas  obligaciones para con ellos. Y también hay personas que genuinamente  creen que no. No es un drama. También hay quienes creen que Elvis  Presley sigue con vida, que el color de la piel debe determinar nuestros  derechos o que vivimos entre fantasmas. Hay gente para todo.</p>
<p>Pero no hay razones para todo. Los filósofos morales discrepan  profundamente sobre el estatus ético de los animales no humanos, pero  muy pocos, por no decir ninguno, sostienen que no tenemos ninguna  obligación de respeto mínimo, al menos hacia los grandes mamíferos.  También los legisladores en muchísimos países del mundo piensan que la  crueldad o el maltrato gratuito hacia los animales no son admisibles,  llegando a considerar esos actos como delitos. En Estados Unidos, una  ley federal promulgada en 1999 castigaba incluso la creación, venta o  posesión con fines comerciales de material gráfico que muestre crueldad  animal. Con esa norma se trataba de poner coto a la industria de los  llamados <em>crush videos</em> -imágenes que muestran la tortura  intencional y sacrificio de animales indefensos (perros, gatos, monos,  ratones y hámsters)- con los que, al parecer, algunos individuos  obtienen placer sexual.</p>
<p>La discusión se centra, por tanto, en  estas otras cuestiones: ¿qué obligaciones concretas tenemos y hacia qué  animales? ¿Cómo podemos ponderar dichas obligaciones con otras  consideraciones moralmente valiosas, como la alimentación y  supervivencia de los propios seres humanos o la investigación médica?  ¿Es el ocio o incluso el arte uno de esos bienes que cabe sopesar frente  al sufrimiento cierto de un animal no humano, como ocurre en las  corridas de toros?</p>
<p>Habida cuenta de la alarmante confusión que ha  presidido estos días los debates y comentarios, queremos analizar  algunos de los argumentos esgrimidos en defensa de la pervivencia del  llamado &#8220;espectáculo&#8221; de los toros e impedir su prohibición.</p>
<p>Vamos  a orillar la cuestión identitaria, que algunos interesadamente han  introducido en el debate, o la disputa jurídica sobre la competencia del  Parlament para tomar esta decisión, así como la hipocresía o  incoherencia moral de quienes defienden la medida adoptada, pero no se  oponen con parecidas armas a otras prácticas igualmente crueles. Nos  centraremos en estos cinco argumentos: la tradición, la desaparición  natural, la preservación de la &#8220;especie&#8221;, la libertad y el arte.</p>
<p>El  argumento de que los toros son una tradición consolidada en España -y  en otros países- no tiene mucho vuelo. Que una acción se haya venido  produciendo a lo largo del tiempo sencillamente no ofrece ninguna razón  moral para seguir realizándola. Segundo, estos días hemos podido  escuchar en boca de algunos protaurinos una preferencia por la  &#8220;desaparición natural&#8221; de las corridas antes que por la prohibición  impuesta por el poder público. Las corridas ya habían perdido buena  parte del favor popular en Cataluña -se dice- así que hubiera sido mejor  que se dejaran extinguir por sí solas. Pero este argumento tampoco  funciona. Imaginen que lo extendiéramos a otras acciones o actividades  prohibidas. Que dijéramos algo así como: &#8220;Cada vez son menos los padres  que maltratan físicamente a sus hijos menores, así que dejemos que  desaparezca esta práctica de manera natural&#8221;. O tenemos la obligación de  no infligir sufrimiento innecesario a los toros -o a nuestros hijos- o  no la tenemos. Esto es lo que debemos discutir. ¿Para qué prohibir algo  que ya nadie hace?</p>
<p>Se ha aducido también que, si no fuera por las  corridas, desaparecería esta &#8220;especie&#8221; de toros, y que si las  prohibimos, propiciaremos su desaparición. Es el argumento de la  preservación, un razonamiento añejo en los pagos de la discusión sobre  la consideración moral que merecen los animales no humanos. Al respecto  cabe esgrimir, primero, que, desde el punto de vista zoológico, los  toros de lidia no constituyen una &#8220;especie&#8221; independiente. Segundo, si  los aficionados son tan profundos defensores de los toros que luchan por  su supervivencia, ¿por qué no aúnan esfuerzos colectivos para  preservarlos creando refugios naturales en las dehesas sin causarles por  ello sufrimiento, como hacemos con los bisontes, por ejemplo?  Finalmente, a nosotros nos preocupan prioritariamente -en este y en  otros ámbitos de la ética- los intereses y el bienestar de los  individuos que sufren el maltrato. Las &#8220;especies&#8221; -como las lenguas, las  naciones o los pueblos- no se ven afectadas por el perjuicio de su  inexistencia. Si para preservar una especie debemos torturar a todos sus  miembros, tal vez la preservación no sea tan valiosa.</p>
<p>En cuarto  lugar, se apela a la libertad: la prohibición supondría un  &#8220;liberticidio&#8221;, han dicho algunos. El poder público no está, ha señalado  una representante del PP, para decirnos cómo vestir o qué estilos de  vida abrazar. Una segunda expresión de la libertad -la libertad de  empresa-, ampararía también que se sigan celebrando corridas. El  argumento en cuestión presupone lo que antes hemos negado: que desde el  punto de vista moral es irrelevante el sufrimiento o dolor que causemos a  los animales no humanos. Si la prohibición es un sacrificio ilegítimo  de la libertad de espectadores y empresarios es porque lo que ocurra con  el toro en la plaza no cuenta nada. Se ha repetido hasta la saciedad,  pero muchos no se han querido enterar, que nuestros ordenamientos  jurídicos cuentan con multitud de restricciones a la libertad que nadie  considera ofensivas ni liberticidas porque con ellas se protegen bienes  igualmente valiosos o importantes, incluso cuando ni siquiera se  infligen daños a sujetos con capacidad de sufrir. La protección del  patrimonio histórico-artístico, o del medio ambiente, o la disciplina  urbanística, son ámbitos plagados de prohibiciones en aras a que todos  disfrutemos de paisajes, o ciudades más amables, o de un legado  monumental, pictórico, escultórico que estimamos valioso. ¿Alguien se  imagina que un grupo de personas, basándose en la libertad de empresa,  constituyera una sociedad que organizara espectáculos de tortura pública  de delfines, en el que tras causarles diversos daños, dolor y  sufrimiento se acabara con su vida con una espada? ¿Justificaría algo la  libertad de empresa, o incluso la diversión que pudiera generar esta  macabra actividad en cierto público? ¿O es que los toros merecen menos  respeto que los delfines? Ni la libertad de empresa, ni el lucro  mercantil, ni la diversión de los aficionados, sirven para justificar  una actividad que produce dolor y sufrimiento a un mamífero superior.</p>
<p>En  último lugar, tal vez buscando ese otro valor que justifique el daño  infligido, se esgrime habitualmente el argumento de que los toros son un  arte -no los toros en sí mismos, entiéndase, sino las acciones que les  provocan sufrimiento y al final la muerte-. Pero este razonamiento es,  en el mejor de los casos, incompleto, y en el peor, inconcluyente. Lo  que sí nos interesa subrayar es que, de resultas de ese debate, cabe  concluir que decir que algo es arte no le confiere ningún estatus o  valor especial a la actividad en cuestión. Lo que da valor -estético- a  un objeto no es, pues, que dicho objeto sea simplemente catalogado como  arte, sino el hecho de que se trate de buen arte o arte valioso. Por lo  demás, igual que una tradición no es, por el hecho de serlo, buena o  mala moralmente, tampoco lo es el buen arte.</p>
<p>No confundamos, por  cierto, el supuesto &#8220;arte de los toros&#8221;, con el indiscutible &#8220;arte  acerca de los toros&#8221;. Que algunos artistas hayan realizado magníficas  obras a cuenta de las corridas, como tantos novelistas las han realizado  a cuenta de los asesinatos, no les otorga -ni a las corridas ni al  asesinato- ninguna dignidad artística. Los fusilamientos del 3 de mayo  no se disculpan por la pintura de Goya. Por seguir con la misma  comparación: aunque Thomas de Quincey y algunos de los aficionados a las  novelas de misterio tuvieran razón, y el asesinato fuera una de las  bellas artes, ello no quiere decir que debamos derogar los artículos 138  a 143 del Código Penal. Y por cierto, un aviso para malpensantes y  tramposos: no estamos comparando el asesinato de un ser humano con el  sacrificio de un toro; no, no estamos estableciendo una relación de  semejanza sino una semejanza de relaciones.</p>
<p>No han faltado en  estos días los defensores de la &#8220;fiesta nacional&#8221; que nos recuerdan que  este debate forma parte también de la tradición taurina, como si de un  adorno se tratara. Pero no, no se trata de &#8220;dar vidilla&#8221; -con perdón por  el sarcasmo dado el contexto- como si los argumentos, en el fondo,  dieran igual. Cuando se discute sobre la conveniencia de una ley que ha  de regir la convivencia, los argumentos son lo único que importa.</p>
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		<title>La fiesta del poder</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 20:51:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>William Lyon</strong>, periodista y aficionado taurino norteamericano (EL PAÍS, 14/08/10):</p>
<p>Según una reciente encuesta de Metroscopia para este diario, la mayoría  de los españoles cree que la prohibición de las corridas de toros  aprobada por el Parlamento en Cataluña fue &#8220;un acto liberticida teñido  más de razones políticas que humanitarias&#8221;.</p>
<p>Si es así, no sería la primera vez. Todo régimen en España, cuando no  estaba ignorando la Fiesta o intentando abolirla, ha explotado el toreo  para sus propios fines.</p>
<p>Alfonso X el Sabio persiguió a los <em>matatoros</em> de las fiestas populares: los toreros tenían que ser aristócratas a &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/31007/la-fiesta-del-poder/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>William Lyon</strong>, periodista y aficionado taurino norteamericano (EL PAÍS, 14/08/10):</p>
<p>Según una reciente encuesta de Metroscopia para este diario, la mayoría  de los españoles cree que la prohibición de las corridas de toros  aprobada por el Parlamento en Cataluña fue &#8220;un acto liberticida teñido  más de razones políticas que humanitarias&#8221;.</p>
<p>Si es así, no sería la primera vez. Todo régimen en España, cuando no  estaba ignorando la Fiesta o intentando abolirla, ha explotado el toreo  para sus propios fines.</p>
<p>Alfonso X el Sabio persiguió a los <em>matatoros</em> de las fiestas populares: los toreros tenían que ser aristócratas a caballo para que el <em>establishment</em> se llevara la gloria de organizar los festejos.</p>
<p>Incluso  después de que los plebeyos invadieran el ruedo como profesionales de a  pie, el poder remachó su superioridad: los programas anunciaron en  grandes letras que era &#8220;el Rey Nuestro Señor&#8221; quien daba su permiso para  que se celebrara esta corrida.</p>
<p>La monarquía era un incansable  promotor de la Fiesta. Hasta bien entrado el siglo XX no había  coronación, boda o nacimiento reales, victoria militar o visita de  Estado que no tuviera su correspondiente corrida de toros. O varias.</p>
<p>Cuando  en 1906, el día de la boda de Alfonso XIII, la bomba de un anarquista  dejó 28 muertos y centenares de heridos, se pensó en suspender la  corrida programada para celebrar el enlace. Luego se decidió lo  contrario: se estimó que una suspensión provocaría tristeza y alarma  entre el pueblo.</p>
<p>En el año del <em>desastre</em> de 1898, la política invadió el redondel con las <em>corridas patrióticas</em> para apoyar la guerra de Cuba. En el festejo del 12 de mayo en Madrid,  señala un cronista, &#8220;no cesaron de sonar los himnos patrióticos (&#8230;) y  los entusiastas vivas a España provocados por los inflamados brindis de  los espadas&#8221;. Guerrita: &#8220;¡Brindo al presidente y a sus compañeros, con  el deseo de que el toro se transforme ahora en yanqui!&#8221; Mazzantini:  &#8220;¡Que todo el dinero recaudado en esta corrida se gaste en dinamita para  romper en mil pedazos aquel país de aventureros llamado Estados  Unidos!&#8221;.</p>
<p>Desde siempre muchos liberales consideraron el toreo  como un invento bárbaro de reaccionarios: todos esos animales que vivían  en grandes latifundios mejor que los propios campesinos, toda esa  sangre, violencia y machismo.</p>
<p>Sin embargo algunos progresistas  explotaron el toreo cuando tuvieron la oportunidad. Para festejar la  venida de la Segunda República, se celebró una corrida en Madrid, con la  asistencia del presidente, a pesar de que el edificio todavía estaba  sin terminar. El cartel se adornó con la nueva bandera tricolor, y el  dinero recaudado se destinó a los obreros en paro.En corridas benéficas  durante la guerra civil, los toreros en la zona nacional hacían el  paseíllo brazo en alto mientras la banda de música tocaba canciones  patrióticas; conforme avanzaba la contienda, los carteles anunciaban el  primer, segundo o tercer &#8220;Año Triunfal Desde el Comienzo del Glorioso  Levantamiento Nacional&#8221;.</p>
<p>En la zona republicana toreros y público se saludaban puño en alto y a veces cantaban <em>La Internacional.</em> Muchos combatientes de este bando aprovecharon para liquidar camadas  enteras de reses bravas, y no solo para comida: el Ministerio de  Agricultura sentenció que &#8220;los toros bravos no son de ninguna utilidad  para el país&#8221;.</p>
<p>A los pocos meses de terminar la guerra se celebró  la magna Corrida de la Victoria en Madrid. Parte del albero se adornó  con el nuevo escudo patrio, y las banderillas llevaron los colores de la  nueva bandera y de la Falange. El dinero recaudado se entregó  directamente al Caudillo.</p>
<p>En los primeros años, cuando Franco asistía a las corridas los espectadores, brazo en alto, gritaban &#8220;¡Franco, Franco, Franco!&#8221;.</p>
<p>El  nuevo régimen utilizó la Fiesta para proclamar metas ambiciosas: los  márgenes de muchos programas llevaron frases de una naturaleza  expansionista (&#8220;¡¡¡Por el Imperio Hacia Dios!!!&#8221;), parecidas a las de la  Alemania y la Italia fascistas.</p>
<p>Desgraciadamente, tras la  contienda apenas quedaban toros con edad y trapío. Lo más lógico hubiera  sido limitar el número de corridas hasta que las ganaderías pudieran  recuperarse. Pero para un régimen que intentaba desesperadamente  distraer a los españoles de su miseria, privarles de su fiesta favorita  hubiera sido impensable. El resultado fue el fraude, y durante años se  lidiaron reses sin peso ni edad.</p>
<p>Durante la transición a la  democracia, muchos españoles, especialmente los intelectuales,  consideraban el toreo como un anacronismo de derechas -mero folclor, una  falsificación, parte de la <em>España de pandereta</em>-. Y sin embargo  era un espectáculo colorido y emocionante, ¿no? ¿No habían sido  aficionados Goya, Lorca, Picasso, Ortega y Gasset, Alberti?</p>
<p>Hubo  un examen de conciencia, y ya en los años ochenta, un renovado interés  por los toros, igual que por el flamenco. Como siempre, los políticos  arrimaron el ascua a su sardina: durante el primer mandato socialista  desde la guerra civil se aprobó una nueva versión del Reglamento Taurino  (aunque fue un desacierto y muy criticado por los aficionados).</p>
<p>Y  ahora, ¿qué pasará tras lo de Cataluña? El Partido Popular ha anunciado  que recurrirá la prohibición en los tribunales y que promoverá  legislación para que las corridas sean declaradas Bien de Interés  Cultural. Aunque parece obvio el afán de aprovechar una situación  volátil y dejar mal al Gobierno, como aficionado, aplaudo con calor su  iniciativa.</p>
<p>¿Y los socialistas? A juzgar por la historia, se  podría esperar una faena atropellada rematada con un bajonazo. Sin  embargo, la política, como el toreo mismo, ofrece eficaces recursos al  lidiador valiente y resolutivo.</p>
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		<title>Consideraciones sobre la &#8216;Fiesta nacional&#8217;</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Aug 2010 20:02:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Henry Kamen, </strong>historiador británico y su último libro es <em>El enigma del Escorial, </em>Espasa Calpe, 2009 (EL MUNDO, 11/08/10):</p>
<p>Con toda la razón, el  editorial de EL MUNDO que comentaba la prohibición de las corridas en  Cataluña sentenciaba que es «una prohibición que sólo pretende castigar a  España». El siempre inteligente Luis María Anson hablaba en su <em>Canela fina </em>de  aquel 29 de julio de la «politización» del tema. Hay razones válidas  para prohibir el espectáculo -por ejemplo, por motivos de crueldad hacia  los animales-, pero ni Carod-Rovira ni la inmensa mayoría de diputados  catalanes que votaron a favor &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30972/consideraciones-sobre-la-fiesta-nacional/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Henry Kamen, </strong>historiador británico y su último libro es <em>El enigma del Escorial, </em>Espasa Calpe, 2009 (EL MUNDO, 11/08/10):</p>
<p>Con toda la razón, el  editorial de EL MUNDO que comentaba la prohibición de las corridas en  Cataluña sentenciaba que es «una prohibición que sólo pretende castigar a  España». El siempre inteligente Luis María Anson hablaba en su <em>Canela fina </em>de  aquel 29 de julio de la «politización» del tema. Hay razones válidas  para prohibir el espectáculo -por ejemplo, por motivos de crueldad hacia  los animales-, pero ni Carod-Rovira ni la inmensa mayoría de diputados  catalanes que votaron a favor de prohibir los toros destacan como  partidarios del movimiento para proteger a los animales. Su motivación  no era otra que intentar un golpe contra el predominio de España. La  prohibición es esencialmente un asunto político y sólo puede ser  revertida a través de medios políticos, en Barcelona o en Madrid.</p>
<p>Sin embargo, la propuesta del PP de revertir la prohibición,  blindando el espectáculo por ley, se basa en una visión totalmente  errónea del papel que la Fiesta ha desempeñado en la Cultura de España.  No sé si Rajoy ha estudiado la Historia de España, pero antes de que se  precipite a una ciega defensa pública de las corridas debería  reflexionar un poco.</p>
<p>El combate simbólico en público entre hombres y animales  puede encontrarse en muchas culturas del mundo y se ha descrito en  muchas obras de arte famosas. Creció como una lucha para afirmar la  superioridad sexual del hombre y hay pruebas de que se practicaba en el  Mediterráneo desde épocas muy tempranas. El toro se convirtió en el  símbolo del machismo, del poder, de la masculina sed de sangre. Sin  embargo, contrario a lo que muchos escritores han afirmado recientemente  en la prensa, las corridas de toros nunca fueron la Fiesta Nacional de  España, no más de lo que fuera el auto de fe.</p>
<p>En los primeros años de la época moderna, los más famosos  reyes de España se opusieron a las corridas. La reina Isabel de Castilla  asistió a una y se horrorizó tanto que se negó a ir a más. Carlos V no  iba a ellas. Como su bisabuela Isabel, a Felipe II no le gustaban las  corridas y en general las evitaba, pero no tomó ninguna medida para  imponer sus preferencias sobre los castellanos. Algunas veces prohibió  el espectáculo cuando comunidades específicas (los ciudadanos de Ocaña  lo hicieron en 1561) se lo solicitaban.</p>
<p>Por otra parte, cuando en 1566 las Cortes de Madrid le  pidieron que prohibiera todas las corridas en el reino (y, resulta  superfluo decirlo, ¡no hubo <em>Carod-Roviras</em> en esa sesión del  parlamento!), se negó a hacerlo aduciendo que era una costumbre  tradicional, y no deseaba prohibir un espectáculo popular.  Asombrosamente, sin embargo, dio plena libertad a aquellos que deseaban  prohibir el espectáculo en Castilla. En 1568, permitió la publicación en  España de un decreto papal de 1567 declarando ilícitas las corridas.  Personalmente, las aborrecía. En días de fiestas importantes, prefería  permanecer solo en el palacio trabajando, mientras todos los demás se  iban a la corrida. En la fiesta de San Juan de 1565, por ejemplo, se  celebró una corrida especial para la corte. Toda la nobleza asistió a  ella, pero no el rey. En quizás el momento más feliz de toda su vida, su  boda con Anna de Austria en 1570, prohibió la celebración de una  corrida como parte de la fiesta prevista.</p>
<p>Los aficionados al toreo normalmente evitan referirse a  hechos como los que acabo de citar. Manteniendo, tal vez, que la Fiesta  era universalmente popular y la hostilidad de la élite gobernante era  irrelevante. Lamentablemente para ellos, los hechos demuestran que las  corridas no tenían una aceptación general en el país.</p>
<p>En el siglo XVIII el gran reformista de España, el ministro  Jovellanos, dio los primeros pasos para examinar el estado de la  tauromaquia. Al igual que otros ministros que apoyaban la Ilustración,  calificó las corridas de toros de violentas y feroces, y opinaba que era  hora de que la «ferocidad» dejara de tenerse en España por una virtud  cívica. Casi sin excepción la corrida tuvo el rechazo de la élite  ilustrada y de los intelectuales europeizados. Cuando, en 1767,  Jovellanos solicitó un informe sobre este espectáculo, resultó que las  corridas sólo se celebraban regularmente en 185 poblaciones de España,  lo que le llevó a la conclusión de que no podían considerarse una  afición nacional. El Gobierno adoptó un plan con el que se propuso  abolirlas en un plazo de cuatro años desde la fecha del informe. En la  práctica, la inercia española impidió que se hiciera nada hasta una ley  de 1786 que las vetaba, pero tampoco entonces ocurrió nada y hubo que  volver a prohibirlas cuatro años después.</p>
<p>En los últimos años del siglo XVIII, por consiguiente, la  corrida no fue en absoluto la Fiesta nacional del conjunto de España.  Jovellanos descubrió que se desconocía en toda la mitad norte de la  Península, excepción hecha del País Vasco. En fecha tan tardía como  1800, no había toros ni en Cataluña, ni en Galicia, ni en Asturias. Es  un hecho que los castellanos parecen desconocer. El público salió de su  alegre desobediencia a las prohibiciones cuando un torero se desangró a  causa de una cogida hasta morir ante los ojos de la reina María Luisa.  En consecuencia, en 1805 el ministro Godoy las prohibió otra vez. En la  práctica, sin embargo, continuaron y, en realidad, alcanzaron su mayor  auge, mientras la figura del toro se convirtió en una especie de símbolo  de la identidad española.</p>
<p>Lo que es indiscutible, en vista de todos estos hechos, es  que el Gobierno de Castilla -esto es, efectivamente, de España- es el  que más ha prohibido las corridas.</p>
<p>En Cataluña, todo el mundo sabe que la corrida no tiene  raíces en la cultura popular. Se introdujo como una importación  extranjera, poco más de un siglo atrás y sin ningún apoyo popular. La  actual plaza de toros de Barcelona, la Monumental, fue inaugurada hace  menos de un siglo, concretamente en 1914. Ya antes de esa fecha, la  falta de apoyo a las corridas era obvia. Los catalanes las consideraban  un signo del atraso de España con respecto a Europa. El doctor Robert,  alcalde de Barcelona, organizó en 1901 una asamblea popular en la que  pidió su abolición. Desde entonces, se hicieron varios intentos de  introducir la prohibición, pero todos fracasaron. Hasta ahora.</p>
<p>En un momento u otro, por supuesto, los Gobiernos de España  -y no sólo en Cataluña- han intentado suprimir espectáculos populares de  todo tipo. En el siglo XVII, el Gobierno de Madrid prohibió el teatro  popular, pero por breve tiempo (las prohibiciones «no se han conseguido  nunca», reconocía un informe oficial de 1672). Las proscripciones  afectaron a otros muchos aspectos del ocio, pero todas sin excepción  quedaron en papel mojado. Una de las más interesantes fue la de los  carnavales, desobedecida desde el momento en que salió. Al mismo tiempo,  la oposición a los toros fue generalizada entre las clases educadas en  Castilla. Miguel de Unamuno declaró que el flamenco, los toros y la  zarzuela eran «una plaga» que en lugar de enseñar a la gente a pensar la  contentaba con «majaderías y barbaridades».</p>
<p>En otras palabras, el mundo del ocio popular era un campo de  batalla entre dos tendencias políticas en España. La división todavía  existe. Los socialistas de Cataluña fingen apoyar la medida porque  quieren defender a los animales. Esto evidentemente es falso. Pero  también es mentira que los defensores de las corridas estén defendiendo  una Fiesta Nacional. España, y especialmente Castilla, nunca han tenido  una fiesta que sea verdaderamente nacional -los Gobiernos de Castilla  prohibieron las corridas con más frecuencia que cualquier otro Ejecutivo  en la península, como hemos comentado-. El PP, que parece estar  defendiendo esa idea de Fiesta Nacional, debería abstenerse de entrar en  una arena donde serán derrotados y donde su líder incluso puede perder  una oreja.</p>
<p>Dejemos que quienes han inspirado la prohibición lleguen a un  acuerdo con sus propios votantes sobre abolir un espectáculo que  solamente tiene raíces verdaderamente profundas en las regiones de  Cataluña que votan socialista.</p>
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		<title>Nuestro sí a la fiesta</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 21:37:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Cid</strong>, ex senador socialista, <strong>Pío García Escudero</strong>, portavoz del PP en el Senado, y <strong>Carmen Calvo</strong>, diputada y ex ministra de Cultura. Los tres son directivos de la Asociación Taurina Parlamentaria (EL PAÍS, 10/08/10):</p>
<p>La decisión adoptada por el Parlamento de Cataluña que supone la  prohibición de las corridas de toros en esa comunidad a partir de enero  de 2012, ha causado una conmoción dentro y fuera del mundo taurino que  no se compadece con la atonía de la fiesta de los toros que, según  algunos, se está produciendo en nuestro país.</p>
<p>No parece ser, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30953/nuestro-si-a-la-fiesta/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Miguel Cid</strong>, ex senador socialista, <strong>Pío García Escudero</strong>, portavoz del PP en el Senado, y <strong>Carmen Calvo</strong>, diputada y ex ministra de Cultura. Los tres son directivos de la Asociación Taurina Parlamentaria (EL PAÍS, 10/08/10):</p>
<p>La decisión adoptada por el Parlamento de Cataluña que supone la  prohibición de las corridas de toros en esa comunidad a partir de enero  de 2012, ha causado una conmoción dentro y fuera del mundo taurino que  no se compadece con la atonía de la fiesta de los toros que, según  algunos, se está produciendo en nuestro país.</p>
<p>No parece ser, por tanto, un asunto baladí, y la citada decisión  parlamentaria está produciendo innumerables reacciones en toda España  que van del estupor a las más encendidas críticas, lo que demuestra que  el asunto de los toros tiene, como siempre hemos defendido los taurinos,  sentimientos y pasiones ancestrales, muchas veces difíciles de  explicar.</p>
<p>Desde nuestra Asociación Taurina Parlamentaria, que  tiene como principal finalidad la defensa y promoción de la fiesta de  los toros como manifestación cultural del pueblo español, queremos  también aportar nuestras reflexiones al respecto, comenzando por  respetar la soberanía de un Parlamento autonómico para hacer uso de sus  competencias, aunque discrepemos total y absolutamente con el acuerdo  aprobado el pasado 28 de julio.</p>
<p>Dicha decisión, también hay que  resaltarlo, es una más de las muchas que han puesto en cuestión la  licitud de la fiesta de los toros. José María Cossío, en su monumental  obra <em>Los toros. Tratado técnico e histórico</em>, comienza su tomo 2  diciendo: &#8220;No han sentido siempre los españoles de la misma manera sobre  la licitud o la conveniencia de las fiestas de toros, y esto desde los  más remotos tiempos. La afición decidida del pueblo ha luchado muchas  veces con la opinión de los doctos, y esta, prevaleciendo en múltiples  ocasiones, ha tenido su reflejo en la legislación, con limitaciones y  prohibiciones de procedencia canónica o de procedencia civil&#8221;. Una  contienda, añade Cossío, que, &#8220;durará cuanto dure la fiesta&#8221;.</p>
<p>Precisamente,  en dicha obra, se dedican más de 100 páginas, de la 85 a la 201, para  describir las &#8220;polémicas sobre la licitud y conveniencia de la fiesta&#8221;.  Polémicas que no han sido ajenas al Parlamento, como lo demuestra que,  en 1862, con motivo de la muerte de <em>Pepete</em> en la Plaza de Madrid,  Salustiano Olózaga alzó su voz en el Congreso solicitando la supresión  de las corridas. Incluso una proposición de ley del marqués de San  Carlos, también solicitando la supresión, llegó a tomarse en  consideración por el Congreso el 9 de junio de 1877, naufragando en el  Senado.</p>
<p>Y no solamente los políticos, multitud de intelectuales se  pronuncian en pro y en contra de los toros, alternándose unos y otros,  como Valle-Inclán, que manifiesta entusiasmo por Juan Belmonte; Azorín,  que los repulsa; José Ortega y Gasset, que era aficionado e inspirador  de la obra de Cossío; Ramón Pérez de Ayala, autor del famoso ensayo <em>Política y toros</em> y que pronunció su celebre frase &#8220;si yo fuera dictador de España,  suprimiría de una plumada las corridas de toros. Pero, entretanto que  las hay, continúo asistiendo. Las suprimiría porque opino que son,  socialmente, un espectáculo nocivo. Continúo asistiendo porque  estéticamente son un espectáculo admirable, y porque individualmente,  para mí, no son nocivas, antes sobremanera provechosas como texto en  donde estudiar psicología del pueblo español&#8221;.</p>
<p>No obstante, la  decisión del Parlamento catalán, aunque constituye una página más de  estas polémicas en torno a la fiesta de los toros, nos produce tremenda  preocupación y desazón por la forma y fondo que contiene.</p>
<p>Aunque  se diga, por activa y por pasiva, que la justificación de la reforma  legal no es otra que actuar en defensa de los animales, en este caso el  toro, y que no existe razón identitaria y antiespañola en la misma, no  aceptamos en absoluto dicho planteamiento.</p>
<p>En primer lugar, porque  la existencia del toro bravo de lidia que se pretende proteger está  unida indisolublemente a la fiesta, ya que, de no haber lidia, el toro  no existiría. Y no olvidemos que es el ejemplar de nuestra fauna más  genuino y de más alto valor zootécnico, pero la finalidad de su  existencia es la que es y no otra.</p>
<p>A su vez, la crianza del toro  entre cuatro y cinco años se realiza con unas condiciones de excepcional  calidad para el mismo, en las dehesas y en los cortijos de nuestra  geografía, que de no existir esta crianza estarían muchas ellas  semiabandonadas y, desde luego, sin la protección y el cuidado que hacen  de más de medio millón de hectáreas auténticos parques naturales donde  la flora y la fauna de multitud de especies conviven con el toro de  lidia.</p>
<p>Esto es, para proteger al toro se suprime la razón de su existencia, contrasentido que no resiste la lógica más elemental.</p>
<p>Por  otro lado, se argumenta con un tópico que parece extenderse, cual es la  existencia de derechos en los animales. Ello constituye una ocurrencia  contraria a toda nuestra tradición jurídica y a la normativa vigente en  la que los derechos son patrimonio exclusivo de las personas. Esto es,  no hay más derechos que los derechos humanos. Por ello, nuestra total  discrepancia con quienes como la catedrática de Ética Adela Cortina (EL  PAÍS, 29 de julio de 2010) sostienen que los animales tienen derechos.</p>
<p>Otra cosa es que nosotros tengamos deberes y obligaciones con los animales. Ya Immanuel Kant, en sus <em>Lecciones de ética</em>,  lo explica claramente cuando señala: &#8220;Nuestros deberes para con los  animales constituyen deberes indirectos para con la humanidad&#8221;. Prueba  de ello es que el maltrato con ensañamiento e injustificadamente a los  animales está expresamente prohibido y puede constituir incluso delito  con penas de prisión para el infractor, al igual que también se castiga  atentar contra la flora protegida y no por ello esta tiene derechos.  Precisamente, al toro de lidia se le enaltece y se le aplaude hasta el  extremo de que cuando se hace acreedor de ello por su extraordinaria  bravura se le indulta, como sucedió el domingo día 1, precisamente en la  plaza de Barcelona, con el toro <em>Rayito</em> de la ganadería Valdefresno.</p>
<p>Lo  que sucede con la fiesta de los toros es que hay que entender y conocer  sus valores para poder opinar ecuánimemente y mucho más para decidir  sobre la misma, lo cual no es fácil. Por ello, la decisión del  Parlamento catalán es además un contrasentido total y absoluto con la  legislación vigente, como la Ley 10/1991, de 4 de abril, denominada<em> ley taurina</em>,  que fue aprobada por las Cortes Generales y que sin duda contó con los  votos de parlamentarios catalanes de las mismas formaciones políticas  que han aprobado la ILP antitaurina.</p>
<p>Pues bien, en dicha ley se  recoge, entre otras cosas, &#8220;la implantación de la fiesta de los toros en  la cultura y aficiones populares&#8221;. Al igual que se hace en el  Reglamento Estatal vigente de 1996 y en los autonómicos de País Vasco,  Aragón, Navarra, Andalucía y Castilla y León. Esto es, una fiesta que es  legalmente cultura en toda España, es tachada de ilegalidad en  Cataluña.</p>
<p>Desde luego, nuestra Asociación Taurina Parlamentaria no  se va a quedar con los brazos cruzados, ya que, como muy acertadamente  se señala en el <em>Manifiesto</em> leído en las plazas de toros el pasado  día 1 de agosto, la decisión del Parlamento catalán atenta a derechos  fundamentales, entre ellos la libertad de ir a los toros de los  aficionados catalanes. Ello pugna también con el artículo 139 de la  Constitución Española, cuando proclama que &#8220;todos los españoles tienen  los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del  Estado&#8221;.</p>
<p>Aunque no sean conscientes de ello los que han adoptado  esta decisión, no podemos menos de recordarles lo dicho por el filósofo  Andrés de Francisco en su <em>Ciudadanía y democracia. Un enfoque republicano</em>,  cuando señala (página 64) que &#8220;las tradiciones tienen un contenido  simbólico que está más allá de la utilidad y el cálculo. No pertenecen a  la economía, ni siquiera a la política, sino al ámbito del sentimiento y  la identidad. Están fuera del mercado, y este, según crece con el  capitalismo, las arrincona&#8221;.</p>
<p>José Bergamín, en <em>La música callada del toreo,</em> define la lidia como &#8220;la revelación maravillosa de una belleza viva que  es la del arte de torear mismo&#8221;, una sensación que los aficionados  catalanes tienen derecho a seguir disfrutando.</p>
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		<title>Nuestra desconocida Constitución</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Aug 2010 21:56:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Jiménez de Parga, </strong>ex presidente del Tribunal Constitucional y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL MUNDO, 06/08/10):</p>
<p>La reciente resolución  del Parlamento de Cataluña que prohíbe las corridas de toros en aquella  Comunidad Autónoma a partir de enero de 2012, ha suscitado comentarios  de diversa clase. Así, hemos podido leer estos días que «se trata de una  victoria de la democracia y de la dignidad sobre la crueldad», o, en un  bando opuesto, se nos ha dicho que «es una pataleta contra España  debida a motivos políticos ajenos a la defensa de los &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30933/nuestra-desconocida-constitucion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Manuel Jiménez de Parga, </strong>ex presidente del Tribunal Constitucional y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL MUNDO, 06/08/10):</p>
<p>La reciente resolución  del Parlamento de Cataluña que prohíbe las corridas de toros en aquella  Comunidad Autónoma a partir de enero de 2012, ha suscitado comentarios  de diversa clase. Así, hemos podido leer estos días que «se trata de una  victoria de la democracia y de la dignidad sobre la crueldad», o, en un  bando opuesto, se nos ha dicho que «es una pataleta contra España  debida a motivos políticos ajenos a la defensa de los animales». Y, en  una y otra dirección, han sido numerosas las afirmaciones rotundas,  radicales.</p>
<p>Personalmente, la opinión que más me ha sorprendido es la de  un político (de esos mediocres que abundan ahora en Cataluña), según el  cual «ha sido buena la decisión del <em>Parlament</em> porque con ella  dejaremos más limpia para nuestros hijos la sociedad». Pienso que acaso  hubiera sido mejor que el objeto de la eliminación fuese la corrupción  extendida por doquier, que eso sí que es una herencia pésima allí y en  cualquier otro lugar. ¿O es que el <em>toreo</em> del ex gerente del Palau Félix Millet, valga el ejemplo, es una herencia mejor que el toreo de Julio Aparicio?</p>
<p>Pero lo que me interesa especialmente es la posible inconstitucionalidad de la decisión del <em>Parlament</em>.  ¿Tenía competencia para acordar tal prohibición? El artículo 149,1.28  de la Constitución Española (CE) concede al Estado la competencia  exclusiva para la defensa del patrimonio cultural y artístico español.  Es cierto que se trata de un amparo contra la exportación y la  expoliación (aunque si se prohíbe eso, con más motivo se prohíbe la  total eliminación del bien protegido). Algunos sostendrán, no obstante,  que en la protección estatal del artículo 149,1.28 no tienen cabida las  corridas de toros, así como tampoco es aplicable al caso la norma del  art. 20.1.b), que reconoce el derecho a la producción artística. Con el  fin de que desaparezca la incertidumbre sería conveniente que prosperase  la proposición de ley del Partido Popular en el Congreso de los  Diputados y que las corridas de toros fuesen valoradas definitivamente  como «parte esencial de nuestro patrimonio cultural y turístico».</p>
<p>En el año 2005, uno de nuestros mejores juristas, el profesor  Tomás-Ramón Fernández, ya sostuvo que «la Fiesta de los toros forma  parte del patrimonio cultural de España, de tal suerte que&#8230; es un  elemento constitutivo de nuestra propia y peculiar realidad social, tras  el cual subyace toda una concepción del mundo que da cuenta de nuestra  cultura en el sentido más profundo y más auténtico del término, sin el  que, sencillamente, no seríamos ya nosotros mismos». En su artículo  publicado el pasado lunes en estas mismas páginas ha ratificado aquel  dictamen: «Ningún legislador, ni el catalán ni las propias Cortes  Generales, puede prohibir o eliminar las corridas de toros». Mi opinión  coincide completamente con la del citado colega y amigo.</p>
<p>En el debate previo a la decisión del Parlamento catalán se  dio a conocer el acuerdo de la dirección de algunos grupos de aquella  Cámara por el que se concedía <em>libertad de voto</em> a sus diputados. Y  esto se dijo públicamente y se difundió con gran aparato. ¿Cómo es  admisible el reconocimiento formal de que los partidos políticos  infringen de forma habitual la Constitución? Y pregunto esto porque el  artículo 67.2 de nuestra Carta Magna establece de modo claro y  terminante: «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por  mandato imperativo». O sea, que cuando en una asamblea parlamentaria se  vota en virtud del mandato del correspondiente partido se infringe la  Constitución. Y resulta chocante que se pretenda conceder la <em>libertad de voto</em> a quien tiene el derecho de pronunciarse siempre de forma libre, sin mandato imperativo que le condicione.</p>
<p>Ante estas afirmaciones raras -tan abundantes durante el  presente verano-, hemos de insistir en la conveniencia de conocer el  texto constitucional que nos rige desde el año 1978. En las escuelas de  enseñanza básica, en los centros universitarios, debe intensificarse el  estudio de nuestra Constitución. Lamentablemente, no se incluyó en el  texto de 1978 algo similar a lo que se ordenaba en el artículo 368 de la  Constitución de Cádiz, en el año 1812: «El plan general de enseñanza  será uniforme en todo el reino, debiendo explicarse la Constitución  política de la Monarquía en todas las universidades y establecimientos  literarios, donde se enseñen las ciencias eclesiásticas y políticas».</p>
<p>Tampoco se ha establecido entre nosotros un mandato análogo  al de la Constitución alemana del 11 de agosto de 1919, la Constitución  de Weimar, que en su artículo 148.3 disponía que cada escolar recibiese,  al terminar sus estudios primarios, un ejemplar de la Constitución.</p>
<p>En definitiva, ya Aristóteles, en el libro V de su <em>Política</em>,  escribió con palabras de permanente actualidad: «Lo más importante para  un duradero mantenimiento del régimen político es una enseñanza  adecuada de la Constitución. Las leyes más útiles, aún ratificadas  unánimemente por todo el cuerpo civil, de nada sirven si los ciudadanos  no son entrenados y educados en el espíritu constitucional» (1310 a).</p>
<p>El debate de este verano que ha desencadenado la prohibición  de las corridas de toros en Cataluña, nos advierte de la necesidad de  que los españoles conozcamos la Constitución que nos rige desde el año  1978.</p>
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		<title>A toro pasado</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Aug 2010 09:17:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UB (LA VANGUARDIA, 05/08/10):</p>
<p>Como era de prever, el Parlament de Catalunya aprobó por ley la prohibición de las corridas de toros: fue una noticia que tuvo amplia repercusión en Catalunya, en España y hasta en el mundo.</p>
<p>Dejando aparte la comprensible amargura y la natural euforia que han mostrado, respectivamente, las minorías de acérrimos partidarios o de intransigentes detractores de los toros, me parece que entre el resto de los ciudadanos, aquella mayoría que no está plenamente ni con unos ni con otros, el acuerdo parlamentario ha dejado, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30916/a-toro-pasado/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francesc de Carreras</strong>, catedrático de Derecho Constitucional de la UB (LA VANGUARDIA, 05/08/10):</p>
<p>Como era de prever, el Parlament de Catalunya aprobó por ley la prohibición de las corridas de toros: fue una noticia que tuvo amplia repercusión en Catalunya, en España y hasta en el mundo.</p>
<p>Dejando aparte la comprensible amargura y la natural euforia que han mostrado, respectivamente, las minorías de acérrimos partidarios o de intransigentes detractores de los toros, me parece que entre el resto de los ciudadanos, aquella mayoría que no está plenamente ni con unos ni con otros, el acuerdo parlamentario ha dejado, en medio de una gran indiferencia, cierto mal sabor de boca, una sensación de que, en el fondo, lo que se ha cometido es un nuevo atropello a la libertad. Esta sensación ha ido en aumento al ver como partidarios y detractores, a toro pasado, nunca mejor dicho, han reaccionado de manera tan exagerada ante la prohibición.</p>
<p>Dos posiciones se enfrentaban. Para unos, las corridas son un espectáculo artístico y una tradición cultural que debe mantenerse, ya que los padecimientos físicos del toro antes de morir no son propiamente crueles si se tiene en cuenta la regalada vida que han disfrutado desde su nacimiento, y, además, el valor estético de la fiesta justifica la breve tortura del animal. Para otros, el indudable sufrimiento que se inflige al toro durante la corrida es moralmente inaceptable y, por tanto, los poderes públicos no deben permitir tal espectáculo. La verdad es que ambas posiciones son razonables.</p>
<p>Sin embargo, yendo más al fondo, la prohibición de los toros en Catalunya encierra contradicciones e hipocresías. Una primera contradicción, de la que más se habla en estos días, es la de que tal prohibición no se extienda también a los correbous o toros embolados, unas fiestas que no acaban con la muerte del toro pero que los someten al suplicio de ser toreados con los cuernos encendidos. Si evitar el maltrato, y no evitar la muerte, es el objetivo de la protección &#8211; en otro caso, deberíamos prohibir el consumo de carne-,también deberían prohibirse en Catalunya estos espectáculos.</p>
<p>Pero todavía es más contradictorio prohibir los toros y permitir actividades como la caza y la pesca. Deberíamos pensar en los aterrados conejos y liebres, en las codornices y perdices malheridas que agonizan lentamente en cualquier rincón de un bosque; o en los pescados con el anzuelo clavado en la boca que se retuercen durante un buen rato dando saltos antes de morir asfixiados tras sacarlos del agua. O en las granjas en que malviven estabulados pollos, vacas, cerdos o terneras que después consumimos bien cocinados, quizás antes de ir al Parlament a votar a favor de prohibir los toros. O también en el riquísimo foie de oca, obtenido tras hinchar de forma antinatural el hígado de estos animales hasta casi hacerlos explotar. Siguiendo la lógica de los toros, deberíamos, pues, prohibir también otras muchas cosas. Seguro, además, que así lo pretenden muchos proteccionistas honestos. Pero seguro también que este no es el caso de muchos diputados catalanes que apretaron el botón de su escaño para prohibir los toros en Catalunya.</p>
<p>Por último, es una gran hipocresía sostener que la decisión catalana nada tiene que ver con la defensa de una supuesta identidad catalana frente a otra supuesta identidad española de la que el toro es símbolo. O, dicho de otra manera, que la causa de la prohibición es únicamente el deseo de proteger al toro como animal y no es también el deseo de marcar una frontera diferencial con el resto de España. También en este caso es cierto que muchos antitaurinos honestos son únicamente defensores de los animales. Pero no es menos cierto que una tal decisión no se hubiera tomado sin este afán de borrar cualquier huella en Catalunya de lo que se considera un símbolo de España. ¿O es que derribando el famoso toro de Osborne se estaba simplemente protegiendo a un animal de la tortura en lugar de demoler y desmantelar la alegoría de una presencia indeseada? Quizás el espectáculo de torear no sea éticamente muy edificante, pero tampoco es un crimen y, en todo caso, aún es menos edificante la hipocresía de ciertos diputados al dar unas razones que no son en las que están pensando.</p>
<p>No hemos olvidado, sin embargo, lo más importante: la cuestión de la libertad. Creo que es absurdo el famoso eslogan del sesenta y ocho &#8220;prohibido prohibir&#8221;. En una sociedad justamente ordenada debe haber prohibiciones. Pero sólo debe prohibirse lo necesario. Y aquello que determina lo necesario es lo que daña a otro ser humano, no lo que daña a otro animal. Maltratar a un animal puede ser &#8211; y desde mi punto de vista lo es-moralmente reprobable. Pero no todo lo que es, desde un punto de vista subjetivo, moralmente reprobable, debe ser declarado ilegal.</p>
<p>Que vayan a los toros aquellos a quienes les gusten los toros. Lo mismo sucede con otras actividades, por ejemplo el fútbol, en mi opinión el actual opio espiritual del pueblo. Pero aunque yo tenga esta opinión del fútbol no estaría de acuerdo en prohibirlo. Como tampoco hubiera apretado el botón del sí para que se aprobara una ley que prohíbe los toros.</p>
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		<title>La cultura está más allá de la ley</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Aug 2010 18:30:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás Ramón Fernández</strong>, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense de Madrid y abogado (EL MUNDO, 02/08/10):</p>
<p>Los nacionalistas catalanes  -con la inestimable ayuda de los que a sí mismos se llaman socialistas,  aunque nunca se queden atrás, bien sea por convicción, bien por puro  cálculo cuando de nacionalismo se trata- acaban de prohibir las corridas  de toros, expresión no única, aunque sí la más notable y la más  universal, de esa amistad dos veces milenaria del hombre español y el  toro bravo, como subrayó Ortega y Gasset, que constituye sin duda uno de  los signos distintivos &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30891/la-cultura-esta-mas-alla-de-la-ley/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás Ramón Fernández</strong>, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense de Madrid y abogado (EL MUNDO, 02/08/10):</p>
<p>Los nacionalistas catalanes  -con la inestimable ayuda de los que a sí mismos se llaman socialistas,  aunque nunca se queden atrás, bien sea por convicción, bien por puro  cálculo cuando de nacionalismo se trata- acaban de prohibir las corridas  de toros, expresión no única, aunque sí la más notable y la más  universal, de esa amistad dos veces milenaria del hombre español y el  toro bravo, como subrayó Ortega y Gasset, que constituye sin duda uno de  los signos distintivos más universales de nuestra identidad cultural.</p>
<p><strong>1.- </strong>Dicen que lo han hecho por su mayor amor y respeto  por los animales, afirmación mentirosa donde las haya, como lo prueba  el blindaje que ellos mismos han promovido a los <em>correbous</em>. Este  comportamiento mendaz y ambivalente pone de manifiesto que su propósito  real es rectificar por ley su propia herencia cultural, conservando de  ella lo que les gusta y rechazando lo que no les gusta por el hecho de  que nos place al resto de los españoles.</p>
<p>Salvador Sostres lo dijo muy claro en este periódico el  pasado jueves: «Antes que prohibir los toros, han prohibido que a  alguien le gusten los toros», haciendo gala de este modo del «tic<em> </em>totalitario de legislar sobre gustos, costumbres, ideas».</p>
<p>Mi buen amigo y compañero de muchos años Jorge de  Esteban también ha acertado a ver en el artículo que publicó ese mismo  día la clave de esta patética operación política: el totalitarismo hacia  el que camina a buen paso la sociedad catalana de la mano de sus  gobernantes, aunque hasta el momento la inmensa mayoría de la misma,  entretenida por los engaños de sus líderes sobre lo malos que somos los  de Madrid y lo poco que les queremos, no se haya dado cuenta.</p>
<p>Los ciudadanos de Cataluña deben leer con urgencia los versos  de Bertolt Brecht para aprender que ayer vinieron a por los  castellanohablantes, aunque a ellos no les importó porque en su mayoría  hablan catalán mejor o peor, y que hoy han venido a por los taurinos,  aunque a ellos tampoco les haya importado porque no son demasiado  aficionados. Pero como los que están infectados por el virus totalitario  son insaciables, algún día vendrán también a por ellos y entonces será  tarde.</p>
<p><strong>2.-</strong> Este es realmente el problema más grave que  plantea la prohibición que el Parlamento catalán acaba de decretar, un  problema que atañe fundamentalmente a los ciudadanos de Cataluña y que,  desde luego, sólo ellos pueden resolver saliendo del ensimismamiento y  la pasividad en que les han sumido sus gobernantes con sus sistemáticos  engaños.</p>
<p>Digo esto porque la prohibición en sí misma es cosa  secundaria. Las corridas de toros, tal y como las conocemos, son una  creación del pueblo llano, que las tomó a su cargo cuando la nobleza  abandonó el toreo a caballo al producirse el cambio de dinastía a  comienzos del siglo XVIII.Y es el pueblo el que las ha sostenido y  potenciado contra viento y marea, a pesar de la prohibición decretada  por Carlos IV en 1805, durante estos dos últimos siglos. Su futuro, como  su pasado, está, pues, y seguirá estando en manos del pueblo y durará  tanto como dure su afición a las mismas.</p>
<p>Así ocurre con todas las manifestaciones culturales sin  excepción, porque la cultura de un pueblo es eso, precisamente, una  peculiar manera de ser y de estar en el mundo, un modo singular y  característico de interpretar y de sentir la realidad circundante, y eso  ni se crea ni se destruye por leyes o decretos. Está más allá de la  voluntad de los gobernantes y fuera incluso del círculo de sus  atribuciones, ya que los ciudadanos sólo hemos delegado en ellos la  gestión temporal de nuestros asuntos, no nuestro propio ser, que es, por  su propia naturaleza, indelegable.</p>
<p>Lo que acabo de decir da una respuesta cumplida a lo que  muchos se preguntan estos días: ¿tiene competencia la Generalitat de  Cataluña para prohibir las corridas de toros? ¿Es constitucional la ley  que el Parlamento de Cataluña acaba de aprobar? Mi respuesta es  negativa, radicalmente negativa.Ya he aprendido desde luego que con los  preceptos de la Constitución un jurista <em>progresista</em> puede hacer  juegos malabares y que con buena voluntad se pueden articular cuantas  «interpretaciones conformes» de dichos preceptos se deseen.</p>
<p>La mayoría <em>progresista</em> del Tribunal Constitucional ha desplegado en su reciente sentencia sobre el <em>Estatut</em> un amplio repertorio de esta clase de interpretaciones, que surgieron  un día como excepción y se han convertido en regla, contra el texto  mismo de la norma interpretada incluso en más de una ocasión.</p>
<p>Como yo no soy, ni quiero ser un jurista <em>progresista </em>en el sentido expuesto, sino <em>conservador</em> de la Constitución mientras ésta se halle en vigor, no puedo hacer  tales malabarismos y tengo que atenerme a lo que el texto dice sin  contradecirle, porque contradecir no es interpretar. Y el texto de la  Constitución es muy claro, inequívocamente claro.</p>
<p>Lo es indiscutiblemente el Preámbulo, en el que «la Nación  española&#8230; proclama su voluntad de proteger a todos los españoles y  pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y  tradiciones, lenguas e instituciones».</p>
<p>Lo es también el artículo 44 cuando en estricta coherencia  con esa solemne declaración afirma que todos tienen derecho a la cultura  y que los poderes públicos «promoverán y tutelarán» el acceso a la  misma.</p>
<p>Lo es igualmente el artículo 46, según el cual «los poderes  públicos garantizarán y promoverán el enriquecimiento del patrimonio&#8230;  cultural&#8230; de los pueblos de España».</p>
<p>Estos derechos y estos principios no son meras afirmaciones  retóricas. Son normas jurídicas vinculantes para todos los poderes  públicos sin excepción. «El reconocimiento, respeto y protección» de los  mismos «informarán la legislación positiva, la práctica judicial y la  actuación de los poderes públicos», como también establece con igual  claridad el artículo 53.3 de la Norma Fundamental.</p>
<p>No es una invención mía, por lo tanto, ni mucho menos, que el  patrimonio cultural de todos los españoles y pueblos de España está más  allá y fuera del alcance de los gobernantes, de todos los gobernantes.  El pueblo soberano no ha delegado en ellos el poder de destruir o  eliminar ninguno de los bienes que integran ese patrimonio. Les ha  ordenado justamente todo lo contrario, esto es, que garanticen y  promuevan el enriquecimiento y que aseguren su disfrute por todos los  españoles.</p>
<p>Ningún legislador, ni el catalán ni las propias Cortes Generales, puede prohibir o eliminar las corridas de toros, los <em>correbous</em> del delta del Ebro, los encierros de Pamplona y los cientos y cientos  de juegos y ritos del toro que desde hace muchos siglos se celebran por  toda la geografía española. Como tampoco pueden prohibir la sardana, el  flamenco, las procesiones de Semana Santa, la romería del Rocío o los  carnavales. El patrimonio cultural pertenece al pueblo. Sólo el pueblo  puede aumentar o disminuir los elementos que lo integran a medida en que  aumente o disminuya su vinculación afectiva con ellos.</p>
<p>Esto es lo que resulta con toda naturalidad de los preceptos  de nuestra Constitución más atrás recordados, como cualquier persona que  se acerque a ellos con la mente limpia y libre de prejuicios puede  comprobar.</p>
<p><strong>3.-</strong> Sólo me resta ya recordar que corresponde al  Estado la «defensa del patrimonio&#8230; cultural español contra&#8230; la  expoliación» y que las comunidades autónomas sólo pueden recabar la  gestión del mismo. El artículo 149.1.28 de la Constitución es también  absolutamente categórico al respecto.</p>
<p>Las instituciones del Estado están, pues, obligadas a adoptar  cuantas medidas de defensa sean precisas para evitar que se consume esa  «expoliación», es decir, la destrucción de una parte de ese patrimonio  por la ley catalana recién aprobada. La competencia es irrenunciable y  tiene que ser inexcusablemente ejercida por aquel a quien la  Constitución se la haya atribuido, sin que pueda servir de excusa del  eventual incumplimiento de esa obligación el deseo de «no politizar» la  cuestión. Negarse  a actuar es también politizar.</p>
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		<title>Anatema sobre Ronda</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Aug 2010 18:18:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Social]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Gómez Pin</strong>, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 02/08/10):</p>
<p>La ciudad de Ronda tiene varios monumentos a toreros y calles dedicadas a  grandes poetas, algunos de ellos caracterizados por haber cantado a los  primeros. En la ciudad de Ronda es omnipresente la evocación de Rainer  Maria Rilke y en una pequeña finca de los alrededores, perteneciente a  un torero ya fallecido, reposan por propia voluntad las cenizas de Orson  Welles. En Ronda nació Francisco Giner de los Ríos y un colectivo que  lleva el nombre del pedagogo ha celebrado la memoria de Miguel  Hernández.&#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30889/anatema-sobre-ronda/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Gómez Pin</strong>, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 02/08/10):</p>
<p>La ciudad de Ronda tiene varios monumentos a toreros y calles dedicadas a  grandes poetas, algunos de ellos caracterizados por haber cantado a los  primeros. En la ciudad de Ronda es omnipresente la evocación de Rainer  Maria Rilke y en una pequeña finca de los alrededores, perteneciente a  un torero ya fallecido, reposan por propia voluntad las cenizas de Orson  Welles. En Ronda nació Francisco Giner de los Ríos y un colectivo que  lleva el nombre del pedagogo ha celebrado la memoria de Miguel  Hernández.</p>
<p>La reciente votación del Parlamento de Cataluña en favor de la  abolición de las corridas de toros ha provocado un tremendo debate, en  razón de que muchos han entendido que se repudiaba un símbolo de la  identidad española. Sin embargo, los promotores de la moción enfatizaron  que el proyecto era mero corolario de una conciencia ecologista, que  apunta a revitalizar el sentimiento de nuestra pertenencia a la  naturaleza y de nuestra filiación con el reino animal.</p>
<p>Subyace en  este asunto un enorme interrogante científico y filosófico. El  conocimiento del alto grado de homología genética que se da entre otros  animales y el ser humano puede dar lugar a una radical transformación de  lo que entendemos por comportamiento ético. Este no consistiría ya en  la exigencia de no instrumentalizar a los seres de razón y de lenguaje,  sino en la exigencia de no instrumentalizar a los seres susceptibles de  sufrimiento, en todo caso aquellos dotados de sistema nervioso central.  Si esta nueva ética llegara a imponerse, sería imperativo abolir la  tauromaquia, pero asimismo muchas otras prácticas humanas. Cuando  denunciáramos la vivisección de mamíferos superiores no sería lícito  añadir la coletilla &#8220;sin anestesia&#8221;. Y para hablar de maltrato de un  perro bastaría con referirse a su confinamiento en un espacio que le  impide realizar las potencialidades que su naturaleza conlleva. Esta  nueva ética tendría sin duda la dificultad de la coherencia, pues  llevada a sus extremos pondría en entredicho las condiciones mismas de  supervivencia de los humanos.</p>
<p>No comulgar con esta nueva forma de  ética, seguir considerando que la esencia de la eticidad reside en la  máxima de tratar al ser humano como un fin y nunca como un medio o  instrumento, en modo alguno implica que la complacencia en el  sufrimiento de un animal pueda ser justificada. Se trata de un  imperativo universal y el problema respecto a la tauromaquia es  determinar si de verdad lo infringe. Los taurinos lo niegan y, sin  embargo, han fracasado en la tentativa de convencer a los parlamentarios  de Cataluña de que su contemplación del sacrificio del animal nada  tiene que ver con una complacencia ante el sufrimiento del mismo, que el  sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso  simbólico y artístico, precio no mayor que el de tantos otros que se dan  en las culturas europeas o no europeas (es posible que haya alguna  persona que haya ido a una plaza de toros a ver sufrir al animal, al  hombre o a ambos, pero yo simplemente no he conocido a ninguna). A nadie  han convencido argumentando que para el toro la lidia quizás no suponga  tanto sufrimiento como combate (que en absoluto rehuiría, lo cual sería  incomprensible si se busca la analogía con un ser torturado), tras una  vida enteramente libre de más de cuatro años, en condiciones idóneas  para realizar su naturaleza específica.</p>
<p>Los taurinos recordaban en  el Parlamento de Cataluña que las decisiones políticas en materia de  costumbres y de ética han de ser expresión de un sereno deliberar (que,  en este caso, implicaría a etólogos, genetistas, filósofos, etcétera) y  no preceder o sustituirse al mismo. Pero han fracasado en la tentativa y  se procedió al hecho irreversible de votar la abolición sin que este  debate haya tenido lugar. Y será asimismo en ausencia de tal debate que  -ya abierta la veda- se harán propuestas abolicionistas en otros  lugares. Y así, aunque el problema ético de la relación con los animales  afecte a muchos colectivos (consumidores de ciertos productos  gastronómicos, pescadores, empresarios de la avicultura industrial o  propietarios de animales domésticos) para los que las propuestas  ecológico-normativas se difieren permanentemente, el taurino como  moderno Azazel será anatematizado en nombre de la causa ecologista.</p>
<p>En  las horas que precedían a la votación en el Parlamento un colega y  amigo de la Universidad de Barcelona reiteraba el argumento de que la  proximidad geográfica y cultural de Cataluña a Europa hacía inviable  seguir con las corridas de toros. Al respecto un último apunte:</p>
<p>En  la evocada ciudad de Ronda solo se celebra una corrida al año, pero los  toros son para la entera población un símbolo no ya de identidad, sino  de su ancestral cultura.</p>
<p>Pues bien, de generalizarse el argumento  según el cual la tauromaquia debería ser abolida por su intrínseca  indigencia moral incompatible con los valores de nuestro entorno,  ¿suprimimos sus símbolos?, ¿derruimos sus monumentos?, ¿la expulsamos de  esa Europa que tantas veces se esgrime como asíntota de nuestras  aspiraciones de pueblo limpio, claro y que trabaja? ¿Qué hacemos, en  suma, con esta vieja y -a ojos vista- civilizadísima ciudad de Ronda?</p>
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		<title>El toro de la palabra</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 18:21:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio García Barbeito</strong> (ABC, 01/08/10):</p>
<p>Ciertos son los toros. Se veía venir. El nacionalismo, convertido en espada —no en torero, en espada—, tenía el insomnio de matar al último toro, antes de que al echarse a dormir se le convirtiera en pesadilla. Ciertos son los toros. Por más que la res se amosquilara, por más que se aspeara las patas huyendo —que no es lo suyo—, la hubieran buscado allí donde fuera, y la hubieran hallado para ese fin, por más avisada que estuviera. No había cacho en el que el toro pudiera sentirse seguro, por más aplomos que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30878/el-toro-de-la-palabra/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio García Barbeito</strong> (ABC, 01/08/10):</p>
<p>Ciertos son los toros. Se veía venir. El nacionalismo, convertido en espada —no en torero, en espada—, tenía el insomnio de matar al último toro, antes de que al echarse a dormir se le convirtiera en pesadilla. Ciertos son los toros. Por más que la res se amosquilara, por más que se aspeara las patas huyendo —que no es lo suyo—, la hubieran buscado allí donde fuera, y la hubieran hallado para ese fin, por más avisada que estuviera. No había cacho en el que el toro pudiera sentirse seguro, por más aplomos que lo sostuvieran. Ese chorreado en verdugo con determinados colores —rojigualdo, para qué negarlo, y por nombre «Nacional»— lo tenía sentenciado. Lo esperaban, además, en la contraquerencia, para que se confiara. Y embarbarlo. Es mucho toro ese toro, y no era cosa ni de dejarlo que campara, feliz y madrigado, entre las hembras escogidas. Porque no defienden al toro que dicen defender, en un dudoso sentido de la lástima bajo el que tiembla la verdadera y triste intención cercenadora; sepamos que si al abolir las corridas de toros no acaban con el toro, descuernan, hasta dejarlo descepado, algo más común a Cataluña, a España: el lenguaje que nació del toro, con el toro, por el toro. Y para el español.</p>
<p>Ahí está uno de los mayores daños, en el lenguaje. Porque al abolir en Cataluña la Fiesta Nacional, desmochan palabras, afeitan verbos, mancuernan frases, hierran con olvido términos riquísimos… Más de mil palabras perderán su sentido práctico, no tendrán una referencia cercana ni una razón de uso, al arrancarles el universo que las motiva. Más de mil palabras quedarían vagando en el vacío —avergonzadas en los trascorrales del alfabeto como indeseada y espuria grafía— sin tener dónde posarse para tener exacto sentido. El toro ha creado un lenguaje en su desarrollo no solo en la Fiesta sino en todos los ámbitos de la sociedad, giros exactos para poder pronunciarlo todo de manera distinta y rotunda. Y si cabe, más bella. Habrá hombres que cuasi enmudezcan al no tener a mano las razones que mueven su lenguaje, esas faenas, desde el campo al taxidermista, que despliegan un riquísimo mapa de sonidos únicos. ¿Qué intención asiste a los antitaurinos para acabar con toda huella taurómaca en Cataluña? ¿Fobia a España como concepto de nación principal? Quizá sea bueno recordar a Julián Marías, quien dejó pensamientos muy interesantes, muy ricos, sobre España, y en España, sobre Cataluña: «… el catalán siente veleidades en algunas ocasiones de renunciar a la realidad no catalana, porque cree que le es impuesta, y automáticamente reacciona con un mecánico desvío; pero si hiciera el experimento mental de despojarse de la íntegra condición española, se sentiría desnudo y en un intolerable exilio: el exilio de sí mismo.»El peor exilio, «el exilio de sí mismo», la enajenación mental, el ciego autismo de quienes no quieren saber nada fuera de sí. Tomen nota algunos de los que creen que hallarían alivio al despojarse de España, que pudieran estar despojándose de su más clara identidad. Así que, le pese a quien le pese, y con la autorización de don Julián, son, «quieran o no», inevitablemente españoles, porque siendo catalanes de manera natural —no con artificios nacionalistas y queriendo serlo solo en las diferencias—, son españoles.</p>
<p>Y viene ahora el nacionalismo —que no sabe de toros— a convertir en desecho de tienta al que se crece en la llama del dolor como una pirausta. La que peligra de verdad es la vida del toro de la palabra, ese toro que es de todos, que corretea en todas las voces, que se hace exacta metáfora allí donde es preciso, y si no, a ver cómo resolvemos mejor algunos asuntos que dándoles con la gracia torera «una larga cambiada». Es el toro del lenguaje el que matan al pretender salvar el sufrimiento de un animal que en la lucha en el ruedo no está indefenso. Prohíben la tauromaquia y dejan tartamuda la lengua que lleva siglos expresándose con giros jamás desahijados del mundo del toro ni de la calle. El toro ha aportado al español una riqueza no solo eufónica sino básica en la palabra diaria, la palabra que usan incluso muchos de los que pudieran estar en contra de las corridas de toros. El lenguaje es un toro vivo, nunca abanto y corretón, siempre con fijeza, aunque tardee; es un toro, pues, la palabra. Y a ese «toro» no podemos echarlo a la dehesa del olvido como si se tratara de un marrajo que calamocheara y no saliera de un soliloquio de hachazos y gañafones. El toro del lenguaje es un toro boyante, regordío de semántica, pastueño, sobrado y rebosado de riqueza sonora; nunca un mudo buey que no va más allá de un monosílabo de zumbas de eunucos. Un respeto al toro de la palabra. Cerrar los cosos es también cerrar un diccionario. Amén de tronchar plumas, pinceles y gubias, manchar partituras y descordar guitarras, y cerrarles las puertas a jornales y oficios, que también el toro es una fábrica animal que reparte más pan que sangre; una vida que se sacrifica para seguir viviendo y repartir vida, como una semilla que cayera a la tierra para asegurar su primavera.</p>
<p>Dejémonos de voces que son como casas sin ventanas, dejémonos de ponerles oídos a quienes, en nombre del tornillazo de una idea sin ton ni son, solo tienden a la vuelta a la tribu más perniciosa. Sepamos, sin olvidarlo, que si alguna vez los españoles fuésemos capaces de esmerarnos en el diseño de nuestras regiones, no desuniéndolas sino ampliándolas, poniendo en el horizonte aspectos humanos esenciales y no particularistas, entonces tendríamos el camino allanado para lograr la excelsa categoría de hombre, sin renunciar a la identidad original. Pero hay quien hace de su capa un sayo y, a su antojo, y sobre todo a deshora, cambia la seda por el percal sin que hayan sonado los clarines oportunos. Hay quien saca pañuelo verde contra la opinión del público soberano. Hay quienes, al parecer, con tal de prohibir las corridas de toros, ven bien que la riqueza de la dehesa se ensilvezca como un inhóspito espartizal.<br />
Toro cuajado el lenguaje, semental sobresaliente para la cubrición que propicie nuevos nacimientos orales, que no han cesado en su parición las palabras, los términos que nos llegaron del exquisito mundo que vino de las ganaderías. Jabonero, bocinegro, lavado, pujante, rabicano, limpio, salinero, tostado, listón, zancudo, lombardo, meano, zaíno, zanquilargo, mulato, ojalado, pajizo, playero, rebarbo, zambombo. ¿Más trapío, más belleza bautismal? Barbear, acostarse, herradero, embarque, tienta, embroque, encaste, garrocha, encierro, mayoral, conoseó, mozoespada, castoreño, monosabio, alguacilillo, tendido, talanquera, burladero, callejón, capote, muleta, seda y oro, sol y moscas, clarines, albero… ¡Música, maestro!, que la merece el toro del lenguaje, ese toro al que matarían si cerraran los ruedos, redondos universos de una palabra distinta. Ese toro vivo y orgulloso, sonoro y entero, hijo del toro, que suena hermoso en el paladar de un español que lo ha criado de la mano de su lengua en el diario de la elocuencia que se hizo más culta con él, con ese inmenso, bravo, hermoso, bellísimo toro de la palabra taurina.</p>
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		<title>Una vez más, la prohibición</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 21:03:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Adolfo Suárez Illana, </strong>abogado (EL MUNDO, 30/07/10):</p>
<p>El miércoles se consumó, finalmente, la amenaza que pesaba sobre la actividad taurina en Cataluña desde hace unos meses. El <em>Parlament</em> ha decidido instar la prohibición de las corridas de toros en su  territorio a partir de enero de 2012. Nada extraño en estos tiempos en  esa tierra en la que, al menos en el ámbito político y desde hace algún  tiempo ya, reina la cultura de la intolerancia. Una tierra donde algunos  partidos ya no abordan los problemas desde el prisma de la necesidad  común, sino desde un firme y permanente &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30858/una-vez-mas-la-prohibicion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Adolfo Suárez Illana, </strong>abogado (EL MUNDO, 30/07/10):</p>
<p>El miércoles se consumó, finalmente, la amenaza que pesaba sobre la actividad taurina en Cataluña desde hace unos meses. El <em>Parlament</em> ha decidido instar la prohibición de las corridas de toros en su  territorio a partir de enero de 2012. Nada extraño en estos tiempos en  esa tierra en la que, al menos en el ámbito político y desde hace algún  tiempo ya, reina la cultura de la intolerancia. Una tierra donde algunos  partidos ya no abordan los problemas desde el prisma de la necesidad  común, sino desde un firme y permanente deseo de imponer la exigencia  particular.</p>
<p>Visto como aficionado práctico que soy, me produce una  profunda tristeza la imposición que se me hace de un veto en Cataluña  para practicar libremente lo que considero que es el espectáculo más  singular de toda la Tierra: bailar a muerte con un toro bravo en una  plaza. Ya han tenido oportunidad de leer en estas mismas páginas mis  argumentos a favor de la Fiesta Universal en que hoy se ha convertido el  arte de torear y no voy a profundizar más en esos argumentos.  Simplemente, quiero dejar claro que lidiar un toro en una plaza según  las directrices que marcan los reglamentos taurinos en vigor, constituye  una expresión artística, cultural, centenaria y mítica. Una actividad  artística que se practica habitual y libremente en España, Francia,  Portugal, México, Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador. Esporádicamente,  se practica también en otros países.</p>
<p>Como ciudadano con vocación e inquietudes políticas que  también soy, me produce más tristeza aún, si cabe, la imposición de  semejante prohibición y la forma en que se ha llevado a cabo. En primer  lugar, me llama poderosamente la atención un aspecto formal de la  votación del miércoles: los socialistas daban libertad de voto a sus  diputados para que se pronunciasen en conciencia. Curioso, pero no seré  yo el que critique ese punto, cuando soy un firme defensor de la  responsabilidad individual de los diputados en asuntos de conciencia.</p>
<p>No señor; lo que me asombra, y mucho, es que, muy poco tiempo  antes, ¡los socialistas exigían unidad de voto en la Ley del Aborto! Me  parece increíble que en un asunto de tan profunda trascendencia moral  se exija disciplina de voto, para dejar luego libertad de conciencia en  un asunto de importancia menor, al menos desde el punto de vista moral.  Si no fuera porque el señor Montilla, al que todos creemos a pies  juntillas, nos ha dicho otra cosa, pensaríamos que estamos ante una  maniobra calculada para alcanzar la situación que, finalmente, se ha  alcanzado. Gracias a la excusa no pedida del <em>president </em>Montilla, nos quedamos mucho más tranquilos…</p>
<p>En segundo lugar, me produce un malestar urticante la  prohibición. El hecho de que se trate de una afición supuestamente  minoritaria no justifica, en absoluto, el veto a su celebración. Si  fuera así, ¿qué deberíamos hacer entonces con la filatelia?, por  ejemplo. Si eso fuera cierto, sería mucho más inteligente el dejar morir  por su propia incapacidad de regeneración a la Fiesta de los toros.  Tampoco se tiene en pie, para justificar la prohibición, la tan manida  referencia al sufrimiento animal. Una vez más, y aunque levante muchas  ampollas, debo decir que me parece impresentable que el mismo que  defiende que un niño en el seno materno pueda ser troceado y muerto me  diga que le da mucha pena ver morir a un toro a manos de un torero  armado solo con un estoque y una muleta. Me parece un acto de cinismo  supremo. Puedo respetar y entender que el espectáculo taurino hiera la  sensibilidad de mucha gente, pero no la de aquellos que defienden la  barbarie del aborto.</p>
<p>Como hombre de leyes que soy, la extrañeza que me produce la  prohibición alcanza ya el grado sumo. Primero porque, como ya ocurrió  con el asunto del <em>Estatut</em>, se maneja el tema de la «soberanía  catalana» o la «voluntad del pueblo de Cataluña» con una ligereza  pasmosa. Para dejar el asunto claro desde el principio, hay que decir  que el único titular de la soberanía popular es el pueblo español en su  conjunto, al que pertenecen de forma indisoluble todos los catalanes.  Esto lo dice la Constitución. Si la quieren cambiar, me parece muy bien  que lo hagan, pero siguiendo las normas que nos hemos dado entre todos.</p>
<p>En puridad, lo que decide el Parlamento de Cataluña -todo- lo  hace de forma delegada y no puede tomar, en solitario, decisión alguna  que contravenga esa delegación. Por bajar la pelota al suelo y hacerme  entender, diré que el<em> Parlament </em>tiene la capacidad de regular el  espectáculo taurino -como puede regular también aspectos relativos a la  sanidad-, pero no tiene competencia para prohibirlo -como tampoco tiene  competencia para prohibir la sanidad-.</p>
<p>Esto es lo que se desprende de la lectura artículo 149.1.28,  donde dice que «el Estado tiene competencia exclusiva sobre las  siguientes materias: (…) La defensa del patrimonio cultural, artístico y  monumental español contra la (…) expoliación; (…), sin perjuicio de su  gestión por parte de las Comunidades Autónomas.</p>
<p>2. Sin perjuicio de las competencias que podrán asumir las  Comunidades Autónomas, el Estado considerará el servicio de la cultura  como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación cultural  entre las Comunidades Autónomas, de acuerdo con ellas».</p>
<p>Si uno continua leyendo la Constitución de la Concordia, no  sale fácilmente del asombro. Dice el artículo 46: «Los poderes públicos  garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del  patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de  los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su  titularidad. La Ley penal sancionará los atentados contra este  patrimonio». La verdad es que no hace falta ser un genio para  interpretar rectamente este texto. Como tampoco hace falta ser Tomás  Moro para saber que lo que dice el artículo 44. 1. -«Los poderes  públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos  tienen derecho»- es plenamente aplicable a la Fiesta de los toros.</p>
<p>Son muchos los artículos de nuestra Constitución que podría  traerles hasta estas páginas para poner de manifiesto la ilegalidad de  la medida votada ayer en el parlamento de Cataluña, pero no es el  momento ni el lugar. Se abre ahora una larga batalla jurídica en la que  algunos volverán a oficiar como víctimas. Nada más lejos de la realidad.  La única víctima en este caso es la libertad. El único asesino, una vez  más, el integrismo intolerante.</p>
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		<title>Tauricidio</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 20:22:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francisco Brines</strong>, poeta y académico de la Real Academia Española (ABC, 30/07/10):</p>
<p>La prohibición de los toros en Cataluña me parece absurda porque va en contra de aquello en lo que fundamentan la abolición: el amor al animal. Si esto lo siguieran los demás lugares donde hay toros, lo que se conseguiría sería lo que no logró Hitler con los judíos: el Holocausto, el Tauricidio total. He aquí la primera contradicción. La segunda es que catalogan la Fiesta de los Toros, la llamada «tortura», desde su posición de hombres recibiendo las puyas, las banderillas y la estocada que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30854/tauricidio/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francisco Brines</strong>, poeta y académico de la Real Academia Española (ABC, 30/07/10):</p>
<p>La prohibición de los toros en Cataluña me parece absurda porque va en contra de aquello en lo que fundamentan la abolición: el amor al animal. Si esto lo siguieran los demás lugares donde hay toros, lo que se conseguiría sería lo que no logró Hitler con los judíos: el Holocausto, el Tauricidio total. He aquí la primera contradicción. La segunda es que catalogan la Fiesta de los Toros, la llamada «tortura», desde su posición de hombres recibiendo las puyas, las banderillas y la estocada que recibe el toro. Y el toro es un animal; y sin embargo, no se mueven para prohibir la pesca de los pescadores de caña, que lo que hacen con los peces es mucho peor que lo que se hace con el toro. Los sustraen de su medio natural físico, se asfixian, y les meten un anzuelo, que para nosotros no sería tan grave, pero llevándolo a los terrenos del toro sería como introducirle al animal un áncora por dentro. El pescador de caña es un hombre benéfico, que a la vez que pesca puede estar leyendo un libro de moral o de poemas, como ciudadano modélico. Yo no estoy en contra de los pescadores de caña, pero lo que hago aquí ahora es comparar con los «torturadores» de los toros. Si a un hombre le dicen, cuando nace, que va a tener veinte minutos de tortura (que sería la siguiente: una sangría, que es lo que hacían los médicos hasta el primer tercio del siglo XIX), aquí tiene una razón de ser: bajarle la cabeza al toro para poder matarlo al final. Esta «sangría» el toro —animal poderosísimo— la recibe como la recibe el hombre estando enfermo. Las banderillas son seis inyecciones —¿cuántas nos han metido?—, y la estocada es lo que deseamos todos: morir de un infarto. Esa es toda la «tortura» de un animal de quinientos, seicientos y más kilos, que está agonizando y se levanta. Muere de pie, mientras que el hombre cuando tiene un dolor de cabeza lo que hace es acostarse, y no se levanta. O sea, que en la prohibición hay una falsa perspectiva.</p>
<p>Cuando yo era adolescente observaba los hilos telefónicos y los de electricidad repletos de gorriones. Veía bandadas de gorriones. Ahora no veo gorriones porque fumigan los campos y matan a los insectos, que es de lo que se alimentaban ellos. La Creación, que es el Azar, es violenta en ese sentido. Nos comemos unos a otros. Yo les diría a los que están contra esta supuesta tortura si ellos tratan de no comer a las gallinas y los fetos de las gallinas, que son los huevos. Si acaba la Fiesta de los Toros, sencillamente hay un Tauricidio como el que no logró Hitler con los judíos: se acaban los toros, porque para carne o para leche hay otras razas mejores y menos costosas. Y el ataque que supondría a la Ecología. Se ha hecho desde posiciones muy aventuradas y claramente políticas. De la misma manera —¡claro, dirán que no hay tortura!— deben eliminar la ópera porque no la han inventado ellos. O el cine.</p>
<p>Es absurda la prohibición de las corridas de toros en Cataluña porque en el siglo XVIII había más corridas de toros en Barcelona que en cualquier plaza de Andalucía. A los animales los traían primero de Navarra, que es donde aparecen los toros de las corridas, y luego de Andalucía. Como no había tren ni camiones, los trasladaban por barco desde Málaga a Barcelona. Tardaban una semana. Antes de que se formara España, cuando Cataluña era Cataluña y Corona de Aragón, había toros. El toro es el animal tótem del Mediterráneo general. Y había fiestas en la calle por los toros en época medieval. Aquí hay una mirada torcida dirigida a eliminar una Fiesta con la cual creen que derriban algo español, cuando es ibérico. Hay toros en Francia, en Portugal, en América&#8230;</p>
<p>Creo que esta abolición tiene un cariz político clarísimo. Nunca he presenciado toros embolados, ni de calle: no me gustan; prefiero los toros en la plaza como el espectáculo extraordinario que son. La razón pudiendo a la sinrazón, construyendo una obra de arte, muy cercana a la danza. Y lo más extraordinario es que no se ha ensayado. Hay un «partenaire», que es el animal, que se desconoce y que se va conociendo a medida que transcurre la corrida. Y que aparece con lo que sea, y hay que vencer por inteligencia a aquello, y en la ejecución de los pases hacer arte, con la capa o la muleta. Para que el espectador lo mire con razón y sensibilidad, porque puede bostezar con un pase natural y erizársele el vello en otro. Desde mi agnosticismo, sin creer yo en la mística, me puedo emocionar muchísimo con San Juan de la Cruz, y no creer en la mística, pero sí creer en el individuo que escribe desde ella ese gran poema. Y entonces lo que yo hago es, en la lectura, salir de mí mismo y abrazar la porción de Humanidad que no tengo, pero que podía tener. Y eso es TOLERANCIA. Es lo que deseamos tener nosotros; que nos toleren. Y yo lo digo: que me toleren si hubiera hecho un buen poema religioso, de la misma manera que pido que me toleren cuando hago un poema agnóstico. Soy merecedor porque soy verdadero, en aquel entonces y ahora, y merecedor en mi pequeña verdad de la tolerancia del otro, que tiene que ser asentido por los demás. Y solo así existirá la verdadera democracia, y no habrá disputas absurdas.</p>
<p>Siento la abolición de los toros en Cataluña, pero igual que se han prohibido ahora pueden resurgir más adelante. Pido que respeten las creencias y las aficiones de los demás, y sobre todo hablo ahora, porque no pueden votar, con la voz de los toros. Ellos preferirían que permaneciera la Fiesta porque desean su existencia. Cuando a una persona le dicen que puede padecer un cáncer terminal, le preguntan: ¿quiere vivir o no? Responderá vivir, y si llegado un momento no puede resistir, puede despedirse de la vida; que a nadie le han pedido permiso para la existencia. Por lo tanto, puede decir ¡hasta aquí! porque ama la vida y no quiere tener un recuerdo negativo. Y uno ha amado la vida porque le ha dado lo bueno y lo malo, le ha barajado las cosas y ha aceptado esa sierra con arriba y abajo; lo que no puede aceptar al final es estar inmerso en el dolor. ¿Por qué va a tener que vivir con el dolor?</p>
<p>Los toros han dado grandes resultados en la Pintura y en la Literatura. La segunda elegía más grande, o primera quizás —porque ya es prototipo Jorge Manrique con las Coplas a la muerte de su padre—, es la de Federico García Lorca y su «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». Un grandísimo poema. Y Alberti, que no era un hombre de derechas, y tantos otros. Los toros no son una cosa tan repugnante. Vi una vez un matrimonio extranjero, con su hija; cuando apareció el primer toro la niña se tapó los ojos y comenzó a llorar. Poco a poco fue abriendo los dedos, y a partir de un momento determinado de la corrida se quitó las manos y vio la lidia con normalidad. Eso es posible por el toro, que no se queja y acomete con fortaleza de cuerpo. Yo creo que el final de los toros, más que en los antitaurinos, puede estar en los protaurinos, ganaderos y toreros. Están buscando un toro repetidor, es decir, le están quitando la casta. La lidia se reduce a mantener el toro en pie. Y por ahí pueden de-saparecer los toros: porque no haya toro. Ese es el verdadero enemigo. Pedro Romero, en el siglo XVIII, elegía los toros supuestamente de más peso, y peores: nunca le cogió el toro. Se toreaba moviendo los pies, no como me dijo a mí Escudero que se bailaba: con los pies fijos en el suelo, y de la cintura para arriba con el torso y las manos, que es lo que debe hacer el torero. Pies firmes, sin moverlos, y solo desde la cintura hasta arriba cadenciosamente los pases. Y vuelvo a ver la cercanía del toreo y la danza.</p>
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		<title>Los toros y la cuestión catalana</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 21:55:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Villán</strong>, escritor y crítico teatral y taurino de EL MUNDO. Ha publicado numerosas obras sobre tauromaquia, como <em>José Tomás. Luces y sombras. Sangre y triunfo</em> (EL MUNDO, 29/07/10):</p>
<p>Antes, cuando me  dominaba la euforia y creía que los toros eran inexpugnables,  acostumbraba a rematar mis optimismos con esta redondilla: «Esta es la  Fiesta española/ que viene de prole en prole/ y ni el Gobierno la abole/  ni habrá nadie que la abola». Pues nos han abolido, en Cataluña nos han  abolido, aunque queda aún tela por cortar: trámites burocráticos,  recursos legales, nada. El resultado de la votación &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30850/los-toros-y-la-cuestion-catalana/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Javier Villán</strong>, escritor y crítico teatral y taurino de EL MUNDO. Ha publicado numerosas obras sobre tauromaquia, como <em>José Tomás. Luces y sombras. Sangre y triunfo</em> (EL MUNDO, 29/07/10):</p>
<p>Antes, cuando me  dominaba la euforia y creía que los toros eran inexpugnables,  acostumbraba a rematar mis optimismos con esta redondilla: «Esta es la  Fiesta española/ que viene de prole en prole/ y ni el Gobierno la abole/  ni habrá nadie que la abola». Pues nos han abolido, en Cataluña nos han  abolido, aunque queda aún tela por cortar: trámites burocráticos,  recursos legales, nada. El resultado de la votación en el<em> Parlament</em> no ha podido sorprender  a nadie. Las fintas de algunos  partidos nada  podían contra la matemática pura y dura del juego parlamentario. Trece  votos de diferencia a favor de la prohibición y nueve abstenciones han  dictado sentencia. La ley de los números es inexorable y de nada valen, a  estas alturas, cábalas, reproches, pases cambiados o cargar la suerte.  Vale el juego sucio de la política, las complicidades amañadas, los  brindis al sol.</p>
<p>No es la primera vez que las corridas están amenazadas y esa  coplilla atestigua una antigua situación de crisis. Lo mismo que <em>El himno a la libertad torera</em>, de Mariano de Cavia, alias <em>Sobaquillo</em>, que se cantaba con música del<em> Himno de Riego</em>.</p>
<p>Históricamente, la corrida ha pasado por momentos de  aflicción; pero quizá nunca como ahora el juego ha sido tan zafio y tan  cínico. Las corridas sobrevivieron a excomuniones de los Papas, a bulas  que la habilidad de Felipe II dejó pudrir hasta convertirlas en papel  mojado; los primeros Borbones y Godoy las prohibieron, y tuvo que venir  un francés para restablecerlas: José Bonaparte. Los españoles patriotas,  la guerrilla que luchaba contra el invasor, prefirió el patriotismo a  las corridas y los soldados de Napoleón tenían que proteger a los  soldados contratados por el rey José, según cuenta Fernando Villalón en  su <em>Taurofilia racial</em>.</p>
<p>Me decía yo: si los toros han sobrevivido a excomuniones en  un país tan católico, y a la guerrilla en un país tan guerrillero,  las  fuerzas del infierno no prevalecerán contra ellos. Pues nos han abolido y  duro es dar coces contra el aguijón.</p>
<p>Los intelectuales que hoy se frotan las manos por la  interdicción liberticida tienen sus precedentes en la Ilustración  encabezada por Jovellanos y en el 98, bajo la bandera de Unamuno y  Eugenio Noel. Siempre me sorprendió que Noel condenase las corridas,  entre otras pintorescas razones, por su capacidad de cohesión nacional.  Las corridas, decía, hacen al andaluz igual al catalán, al castellano  igual al extremeño y al vasco, y así sucesivamente. Ahora va a resultar  que el <em>quid </em>de la cuestión es que los catalanes no quieren ser iguales a nadie.</p>
<p>Algún ilustrado liberal y exiliado, jesuita católico y  después ministro protestante, como Blanco White, se atrevió a decir que  los males de España no eran las corridas de toros, sino el mal gobierno.  Y la religión. La religión hoy ha perdido autoridad; pero los malos  gobiernos siguen. Y de ahí procede, en parte, la algarada abolicionista  de una  Cataluña en armas. De otro lado, está una afición precaria con  síndrome de clandestinidad y catacumbas, insuficiente para mantener con  decoro una fiesta que, sin el apoyo popular, no se sostiene. La afición  catalana fue más pujante y belicosa, o mejor pertrechada, de lo que es  ahora. Allá por mil ochocientos treinta y tantos, los aficionados se  echaron a la calle y empezaron a quemar iglesias y conventos a causa de  unos toros mansos y <em>babosas</em>. Lo que está ocurriendo,  o algo  parecido, ya ha ocurrido antes, y después las corridas se han  recuperado. Pero la trifulca actual añade unas dosis de cinismo  escalofriantes.</p>
<p>La cuestión, desde el principio, nunca se planteó en el  terreno taurino ni siquiera en el terreno del humanitarismo animalista;  éste ha sido el soporte, la coartada. La cuestión se planteó en el  terreno de la política. Llevados al terreno cultural e histórico, los  derechos de la Fiesta son inobjetables. Es una evidencia universal y  cansa repetir los argumentos de pintores, historiadores y poetas como  fuente de inspiración artística y reflejo de la convulsa Historia de  España.</p>
<p>Al citar antes la revuelta anticlerical barcelonesa, no estoy  incitando, como se puede suponer, a la quema de iglesias, como protesta  y expresión civil de un desasosiego. Pero con una afición tan fiera  como aquella y una Fiesta más robusta y fiel a su naturaleza, el  atropello soberanista no se hubiera consumado; o lo habría tenido más  difícil. Así se las ponían a Fernando VII, que no es un ejemplo  recomendable ni siquiera en toros, aunque fundara Escuelas de  Tauromaquia.</p>
<p>No hay, pues, razones estrictamente humanitarias en un mundo  asentado sobre la sangre, el expolio, las traiciones y el pensamiento  sumiso. La cuestión económica, elemento nada desdeñable para el  mantenimiento de las corridas, cuando se ha querido utilizar como factor  pragmático, se ha utilizado mal. Hasta el extremo de que uno de los  máximos responsables de la actual situación, el señor Balañá, dueño de  la Monumental de Marina, exige una indemnización de 300 millones de  euros por daños y perjuicios. Cabría pedirle a él indemnización más  voluminosa por las ofensas irreparables causadas a la afición de  Cataluña.</p>
<p>Entre ellas, el desprecio del toro, la pésima administración,  el absentismo culpable. No hace mucho, el señor Balañá, en sintonía con  el catalanismo, presumo, quería convertir en pisos el bello coso  de  las cuatro cúpulas en forma de huevos polícromos. Ahora pide 300  millones por el resultado de sus propias fechorías. Las viejas plazas,  numerosas y dispersas por toda Cataluña, que acreditaban una raigambre  taurina, han ido desapareciendo y sólo queda la Monumental de Marina.</p>
<p>Debilitado el turismo de charanga y pandereta -que ya no  traga con la infame sangría de limón, la no menos infame paella  apelmazada, y la corrida o la capea en el paquete del viaje-, y  difuminada la condición de charnego con raíces, esto era previsible. El  Honorable Montilla, presidente de la Generalitat, tiene más conciencia  de una Cataluña independiente que de su Córdoba natal o del concepto  unitario, aunque plural, de España.</p>
<p>Montilla es un <em>charnego de lujo</em>, un nuevo rico de la  catalanidad. La identidad de los emigrantes del resto de España ha sido  borrada por un catalanismo disolvente de todas las demás identidades.  Muchos de los descendientes de aquellos parias de los 50 y 60, hijos y  nietos, aunque a disgusto, han hecho apostasía de sus raíces. Es  comprensible: o pureza de sangre catalana o adhesión incondicional a una  alienidad desfiguradora. Esto ha supuesto dos cosas: pérdida de una  afición taurina que reforzaba la catalanidad de los toros, por un lado;  por otro, clausura y abolición de una sociedad plural de lenguas y  culturas, aunque con hegemonía de lo catalán.</p>
<p>Los descendientes de los antiguos emigrantes siguen siendo un <em>ejército de colonización lingüística</em>,  como lo fueron sus abuelos. O quizá peor. Quién iba a decirles a los  labradores de mis pueblos de Palencia, a los braceros de Andalucía, a  ese proletario campesino maltratado por las penurias, que eran un  ejército invasor, con una lengua universal y un taurinismo franquista  como agentes de devastación.</p>
<p>Si no entendemos lo de los toros en el <em>Parlament </em>bajo  esta perspectiva, no se entiende nada. De lo que se trata es de borrar  todo vestigio  que vincule a Cataluña con España; de lo que se trata es  de arrancar de la Historia cualquier presencia española en la vida  catalana, de cara a una posible independencia: la turba desharrapada de  charnegos que arrimó el hombro al desarrollo industrial de Cataluña, la  lengua de Cervantes y Quevedo, el folclore que no lleve sardana y  barretina.</p>
<p>Y, por lo tanto, el arte de <em>Lagartijo</em> -que era cordobés como Montilla <em>el Honorable</em>-, de Joselito y Belmonte, que eran sevillanos, y de Mario Cabré, o de Joaquín Bernadó y  Serafín Marín, que no son <em>Lagartijo,</em> Joselito o Belmonte, pero son catalanes. La abolición de los toros,  pues, forma parte de un programa político absolutista y excluyente; una  vuelta de tuerca al <em>Estatut</em>, un desquite, probablemente, contra una Dictadura que castigó su idioma y sus sentimientos. Fuera símbolos de la <em>Oprobiosa </em>con la que muchos catalanes estuvieron en connivencia</p>
<p>¿Y si muchos españoles decidiéramos pedirles cuentas a esos  catalanes o a sus descendientes de su intromisión en la vida española,  de su complicidad con el franquismo maldito? Los catalanes de Burgos y  Salamanca, por ejemplo. Los que, con Dionisio Ridruejo a la cabeza,  entraron en Barcelona, de correaje y camisa azul gritando. «Catalanes,  hablad la lengua del Imperio». Algunos de ellos, como Pla o D&#8217;Ors, se  fueron retrayendo del franquismo duro, más por estética y buen gusto  frente a la zafiedad cuartelera de un cabo furriel, que por ideología.  Y, un poco más adelante, Vergés y el grupo Destino, Massoliver… Todo  esto, más la pasión natural por una lengua y una cultura,  y no sólo el  independentismo, compone el amplio espectro de la llamada <em>cuestión catalana</em>.  Hubo un tiempo en que Vázquez Montalbán, en Barcelona y escribiendo en  castellano, se sentía como un judío alemán escribiendo en Praga.</p>
<p>La llamada<em> cuestión catalana</em>, que ni siquiera Ortega y  Gasset logró dilucidar con precisión y eficacia, se recrudece  periódicamente con insólita virulencia. Don Manuel Azaña usó la cita del  Duque de la Victoria, de que habría que bombardear Barcelona cada 50  años, y cargó con el mochuelo; tampoco es eso. No hay que bombardear  nada. Pero muchos españoles no verían con malos ojos el establecimiento  de fronteras, si no fuera por el canibalismo que amenazaría a los  castellanopensantes en una sociedad monolítica. La defensa de los  animales es el soporte que necesitaban los abolicionistas para una  decisión política; los toros, además de cosa taurina,  forman parte de  la cuestión catalana. Ojalá la tauromaquia salga depurada y limpia de  este trance.</p>
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		<title>Contra la homogeneización de la Cultura</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 21:32:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Tristán Garel-Jones</strong>, ex ministro de Estado en el Foreign Office (ABC, 29/07/10):</p>
<p>Quizá lo más importante de la vida sea la muerte. Lo que diferencia al ser humano del resto de la creación es que sabemos que vamos caminando hacia ella.</p>
<p>«Avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando&#8230;». Así canta el poeta español Jorge Manrique y así también cantaba el poeta inglés Andrew Marvell: «But at my back I always hear / Time&#8217;s wingéd chariot hurrying near». (Pero a mi espalda siempre estoy &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30846/contra-la-homogeneizacion-de-la-cultura/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Tristán Garel-Jones</strong>, ex ministro de Estado en el Foreign Office (ABC, 29/07/10):</p>
<p>Quizá lo más importante de la vida sea la muerte. Lo que diferencia al ser humano del resto de la creación es que sabemos que vamos caminando hacia ella.</p>
<p>«Avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando&#8230;». Así canta el poeta español Jorge Manrique y así también cantaba el poeta inglés Andrew Marvell: «But at my back I always hear / Time&#8217;s wingéd chariot hurrying near». (Pero a mi espalda siempre estoy oyendo / el carro alado del tiempo que se acerca corriendo»).</p>
<p>El ser humano, dada su sensibilidad (su alma, dirían los cristianos) intenta caminar hacia la muerte con la mayor dignidad posible. Una muerte digna honra a cualquiera. El intelectual francés Robert Brasillach, condenado a muerte por «crímenes intelectuales» (apoyo al fascismo) en 1945, ante el pelotón de fusilamiento, después de rehusar vendarse los ojos, grita «Vive la France! &#8211; Quant même». Personalmente, ante tal muerte, yo —junto con Mauriac, Claudel, Camus y muchos intelectuales que nada tuvieron que ver con el fascismo— le perdono.</p>
<p>La Fiesta de los Toros nos obliga a pensar en la muerte y en la humanidad.</p>
<p>En estos tiempos modernos en que parece que el ser humano es capaz de todo —poner un hombre en la Luna, inventar internet, curar la polio, y quién sabe qué otras maravillas nos esperan—, la Fiesta nos recuerda que el «carro alado» de Marvell se nos acerca inevitablemente. Lo malo es que el poema de Marvell se escribió en el siglo XVII. Desde entonces el mundo anglo-sajón / norteamericano va caminando inexorablemente hacia un mundo de fantasía e incluso, en algunos casos, inmoral.</p>
<p>Para nada renuncio a mi sajonismo. Pero tampoco deseo vivir en un mundo con una cultura global homogénea impuesta por los anglo/americanos. Okay? La Fiesta Nacional es un elemento clave que posee el mundo hispano (poseedor ya del segundo idioma más hablado del mundo libre, después del inglés) para hacer un contrapeso a esta amenaza.</p>
<p>Me explico. Pasé mi infancia en el barrio de Chamberí. Mi adolescencia, en el barrio de Salamanca. O sea, buena combinación, creo. Ya mayor, volví a mi tierra —el Reino Unido— y me hice diputado. En Gran Bretaña existe la buena costumbre de que, más o menos cada semana, los diputados regresan a su distrito y reciben uno a uno a aquellos de sus electores que acuden con problemas personales, sugerencias e incluso solo para quejarse. Pues bien, una de las primeras personas a las que recibió este diputado de Chamberí y aficionado taurino era una señora con la que la conversación fue más o menos así:</p>
<p>«Señora, ¿en qué puedo ayudarle?»<br />
«Es que es mi abuela».<br />
«¿Qué le pasa?»<br />
«No, es que se ha ido».<br />
«¿Adónde?»<br />
«No, es que ya no vuelve».<br />
«Ah, entiendo, se ha mudado».<br />
«No. No. Se la han llevado».<br />
«¡Cómo!» (Yo ya preocupado, pensando que estaría en la cárcel o algo así.) «No. Se la han llevado al otro lado. Ya no vuelve nunca más».<br />
«Ah. Se ha muerto».<br />
«Pues&#8230; Pues sí, sí, si quiere usted decirlo así».</p>
<p>En España, cualquier persona normal diría «mi abuela ha muerto». En el Reino Unido la gente emplea cualquier eufemismo con tal de no pronunciar esa palabra tan contundente. Los humoristas ingleses (ya saben que los ingleses se ríen hasta de su propia sombra, otra razón por la que no renuncio a mi sajonismo) ya se han percatado de esto. Hay un célebre sketchde John Cleese y Michael Palin —los Monty Python— que se llama «El Loro Muerto». Uno de ellos no quiere utilizar la palabra «muerto». Así que el loro «se ha incorporado al coro celestial», «se ha caído de la rama», «es un ex loro», «ya no es», «descansa en paz», «se ha ido al encuentro de quien lo creó», etcétera. Hasta que al final el otro grita: «¡Está muerto!».</p>
<p>A esa incapacidad de contemplar la muerte se le une un antropomorfismo (la atribución de sentimientos humanos a los animales) que bordea en lo delirante. Todos los niños ingleses leímos libros infantiles donde a algún animalito se le atribuyen sentimientos humanos. El osito Paddington. Peter el conejito. Mr. Toad (Señor Sapo) y Ferdinand el toro (al que, por supuesto, no le gustaba nada luchar, sino pasear por el campo oliendo las flores). Estos cuentos forman parte del ADN de todo británico. De ahí que casi todos los días en la prensa británica y norteamericana salga alguna historia de animalitos.</p>
<p>A veces estas historias son meramente risibles (la entidad benéfica que provee un santuario para burros viejos). A veces, chocantes (la madre que hizo comentarios nada halagadores sobre un zorro que entró en su casa mordiendo a sus dos hijas, y tuvo que recibir protección policial por menospreciar al pobre zorrito). Y a veces, francamente inmorales (una mujer en Miami que lega siete millones de libras a su chihuahua, Conchita. Conchita ya posee un collar de diamantes de Cartier, y los criados que la cuidan reciben veinte millones de libras para ocuparse de Conchita y asegurar que sea llevada cada semana a su spafavorito).</p>
<p>No es broma. Historias así aparecen diariamente en la prensa de lengua inglesa. No sorprende, pues, que una cultura que es incapaz de asumir la muerte y antropomorfiza los animales rechace totalmente la corrida. Luego el mundo hispano, o bien acepta una evolución hacia una cultura global homogénea de valores sajones/americanos, donde de la muerte ni se habla y donde a los animales se les concede categoría casi humana, o bien puede defender la Fiesta sin complejos y sin disculpas.</p>
<p>Finalmente, leo con tristeza los acontecimientos en Cataluña respecto a la Fiesta. Como galés galoparlante, comparto los sentimientos de orgullo por nuestras patrias chicas. Pero no puedo menos que observar que el rechazo de la Fiesta Nacional está promovido en gran parte por elementos separatistas. Parece que lo que les molesta es lo «nacional». Todo parece un montaje para negar, no la corrida en sí, sino la españolidad. No es un rechazo de tipo británico a la llamada crueldad hacia el pobre toro Ferdinand; entiendo que piensan continuar con sus llamados correbous, que convierten a este noble animal en una especie de payaso circense.</p>
<p>El separatismo hay que rechazarlo por muchas razones políticas, entre ellas porque supondría la salida de nuestras patrias chicas de la Unión Europea. En mi país nuestros separatistas han querido adueñarse, sin éxito, de nuestras tradiciones culturales. La Fiesta Nacional es mucho más que una tradición cultural. Es punta de lanza contra la dominación de mi cultura sajona sobre el resto del universo, cosa que no conviene ni al mundo, ni a España, ni a Inglaterra ni a Estados Unidos. ¡Ni a Cataluña!</p>
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		<title>El principio del fin</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 18:25:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, filósofo y catedrático de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>Toda Europa había sido un hervidero de supersticiones y crueldades; de  censuras, quemas de herejes y represiones, y de torturas públicas de  animales humanos y no humanos, incluidos el lanzamiento de gatos desde  las torres de las iglesias, las peleas de perros y de gallos y de perros  contra osos, y los encierros, acuchillamientos y corridas  de toros.  Frente a tanta sordidez y violencia, la Ilustración trajo a Europa la  apertura de las mentes y la suavización de las costumbres. Las  tradiciones más sanguinarias fueron &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30879/el-principio-del-fin-2/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, filósofo y catedrático de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>Toda Europa había sido un hervidero de supersticiones y crueldades; de  censuras, quemas de herejes y represiones, y de torturas públicas de  animales humanos y no humanos, incluidos el lanzamiento de gatos desde  las torres de las iglesias, las peleas de perros y de gallos y de perros  contra osos, y los encierros, acuchillamientos y corridas  de toros.  Frente a tanta sordidez y violencia, la Ilustración trajo a Europa la  apertura de las mentes y la suavización de las costumbres. Las  tradiciones más sanguinarias fueron abolidas en casi todas partes. Sin  embargo, en España apenas hubo Ilustración y Fernando VII cortó de cuajo  sus débiles brotes, restaurando la Inquisición y la tauromaquia, entre  otros horrores. España se convirtió en una excepción y anomalía, la  famosa España negra, caricaturizada por Goya, una anacrónica bolsa de  crueldad y <em>cutrerío</em> alejada de cualquier  ciencia y compasión.</p>
<p>Llevamos casi dos siglos tratando de quitarnos de encima esa  siniestra tradición de la España negra. Ello ha constituido un proceso  desesperantemente lento. Desde la supresión definitiva de la Inquisición  en 1834 hasta la recién aprobada abolición de la tauromaquia en  Cataluña (a partir de 2012), pasando por la introducción de la  democracia en España tras la muerte de Franco y la lucha contra el  maltrato a las mujeres, paso a paso hemos ido lavando nuestra cara  cultural y acercándonos al nivel intelectual, político y moral del resto  de Europa. Uno de los últimos capítulos pendientes es el acabar con la  crueldad hacia los animales no humanos, presuntamente justificada por la  idea anticientífica de que el ser humano no es un animal, sino un hijo  de Dios, separado por un abismo del resto de las criaturas y colocado en  el mundo para explotarlas y hacerlas sufrir. Esta idea falsa y mezquina  todavía colea por estos lares incluso entre algunos presuntos ateos,  que caen en la contradicción de sostener una concepción basada en algo  en lo que no creen, simplemente para seguir divirtiéndose con la tortura  ajena.</p>
<p>La consistencia no es un valor apreciado por los políticos. En la Comunidad Canaria ya no hay corridas de toros ni peleas de perros desde 1991, pero sigue habiendo peleas de gallos, tan crueles como las corridas. Ahora, el Parlamento de Cataluña ha decidido prohibir por crueles las corridas de toros, pero no los <em>correbous</em> (encierros) ni los toros embolados, igualmente crueles (lo peor no es  la muerte del animal, sino su sufrimiento inútil), también con la excusa  de que son tradicionales. También los ingleses caían en esa  incoherencia, habiendo abolido la tauromaquia y otros tipos de maltrato  animal, pero manteniendo la cruel caza del zorro con perros, por  tradicional. Afortunadamente, los ingleses lograron la consistencia al  prohibir la caza del zorro en 2004. Mariano Rajoy dice estar alarmado , pues si se empieza prohibiendo la tauromaquia, podría acabarse  prohibiendo la caza. Ojalá. La tauromaquia no es la única salvajada.  Matar animales por mera diversión, como en la caza, es algo éticamente  indefendible, pero el progreso no se consigue de golpe, sino paso a  paso.</p>
<p>Nadie ha planteado el debate sobre la tauromaquia en  Cataluña como una separación de España. Los líderes del PP (y algunos  del PSOE) están mal informados y confunden sus fantasmas mentales con la  realidad. De entre los muchos expertos que comparecimos ante la  comisión pertinente del Parlamento de Cataluña a favor de la abolición  de las corridas de toros, ni uno solo empleó argumentos nacionalistas o  identitarios.</p>
<p>Curiosamente, fueron los taurinos los únicos que  agitaron ese espantajo, subrayando la tradición tauromáquica catalana e  incluso sacando a los toreros en la Plaza Monumental de Barcelona con la  barretina por montera y la señera por capote.</p>
<p>Aprobando la  abolición de las corridas de toros en su comunidad en un proceso de  impecable factura democrática, el Parlamento Catalán ha atendido a las  razones y valores universales por encima de los tribales y tradicionales  (excepto por la pequeña incoherencia ya señalada con los <em>correbous</em> ). La discusión previa en comisión ha sido de una inusitada  racionalidad y seriedad y ha puesto el listón muy alto. El Parlamento de  Cataluña ha prestado un gran servicio a Cataluña, a España y a la noble  causa del triunfo de la compasión en el mundo. Este paso es el  principio del fin de la tauromaquia, cuya decadencia y desprestigio  contribuirá a acelerar.</p>
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		<title>Lágrimas de cocodrilo</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 09:03:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Lorca</strong> (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>La prohibición, tristemente, se hizo realidad. El brazo ejecutor ha sido  la política, que rechaza la fiesta de los toros por su identidad con  España, pero el terreno estaba abonado y en celo desde que en 1965  falleció Pedro Balañá Espinós, uno de los más grandes empresarios  taurinos de la historia. Muerto don Pedro, nadie siguió su estela, y,  mientras languidecía la afición, ocupaba su terreno la política, que ha  minado, sin prisa pero sin pausa, todos los cimientos taurinos de  Cataluña hasta alcanzar su objetivo final.</p>
<p>La política ha entrado en tromba por &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30840/lagrimas-de-cocodrilo/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio Lorca</strong> (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>La prohibición, tristemente, se hizo realidad. El brazo ejecutor ha sido  la política, que rechaza la fiesta de los toros por su identidad con  España, pero el terreno estaba abonado y en celo desde que en 1965  falleció Pedro Balañá Espinós, uno de los más grandes empresarios  taurinos de la historia. Muerto don Pedro, nadie siguió su estela, y,  mientras languidecía la afición, ocupaba su terreno la política, que ha  minado, sin prisa pero sin pausa, todos los cimientos taurinos de  Cataluña hasta alcanzar su objetivo final.</p>
<p>La política ha entrado en tromba por la puerta de cuadrillas, y la  libertad ha salido cabizbaja, magullada y herida por la del desolladero.  Flaco favor ha hecho a las gestas acaecidas en el Torín, en Las Arenas y  en la Monumental, tres plazas que convirtieron a Barcelona en el centro  del mundo taurino, y en tantos otros cosos repartidos por toda  Cataluña. La política ha pretendido apuntillar el sentimiento, el arte,  la emoción y la grandeza de la tauromaquia. Y lo peor de todo es que lo  ha hecho sin necesidad. Es verdad que los aficionados catalanes son  escasos; pero ¿por qué prohibir un derecho de una minoría a disfrutar de  un espectáculo que, además, carecía por sí mismo de pulso vital para  continuar? ¿Para proteger a los animales? Los diputados abolicionistas  saben que no es verdad. El toro, en este caso, no ha sido más que una  excusa.</p>
<p>Gravísima, pues, la decisión adoptada por el Parlamento  catalán; pero no menos grave que la que corresponde al mundo del toro  que, quizá por vez primera en la historia del toreo, queda completamente  desnudo frente a sus lacerantes miserias.</p>
<p>Porque el problema más  grave es que muchos aficionados de bien desertan cada año de las plazas,  cansados de soportar con estoicismo un espectáculo caro, caduco,  aburrido y manipulado. Es un hecho que se ha desnaturalizado al toro, y  ya no es ese animal poderoso y altivo de otros tiempos, sino un enfermo  inválido que produce lástima y pena. El fraude se ha abierto paso con  arbitraria impunidad. Ya no se habla del afeitado, pero existe la  sospecha generalizada de que pocos toros salen con los pitones intactos;  hablar de sustancias que modifican el comportamiento de los animales  -drogas, al fin y al cabo- está maldito. Se ha perdido el respeto por el  protagonista de la fiesta. Y los toreros ya no son héroes, sino  enfermeros con aspiración de bailarines. Se juegan la vida, claro que  sí, pero no emocionan. Los ganaderos están al servicio de las llamadas  figuras, no mandan en sus fincas y se han despojado libremente de la  distinguida dignidad que les confiere su condición de genetistas  autodidactas. Entre todos ellos, toreros, ganaderos, empresarios,  apoderados, etcétera, han convertido la fiesta en una farsa; en un  engaño&#8230;</p>
<p>¿Alguien ha escuchado a las figuras actuales, a los  ganaderos de postín, a los empresarios de plazas de primera o a los  apoderados famosos hablar de modernización del espectáculo o de la  regeneración del toro bravo?</p>
<p>Es un colectivo curioso este de los  taurinos. Parece gente anclada en otra época, sin sentido alguno de la  modernidad; insolidaria, astuta, desconfiada e interesada. Incluso los  chavales que empiezan se contagian del virus y pronto parecen jubilados.  Al taurino, como personaje genérico, lo que le preocupa, de verdad, es  él y el dinero que pueda ganar con rapidez, y no el presente y el futuro  de la tauromaquia.</p>
<p>Algo de todo esto explicaría que el taurinismo  se haya dejado ganar la partida en Cataluña. Ante un paulatino cambio  de usos sociales y la presión continuada de los nacionalistas, los  taurinos se retiraron a sus cuarteles de invierno y dieron por perdida  una comunidad que había sido santo y seña de la fiesta de los toros. La  nueva situación exigía planteamientos imaginativos y nuevos métodos, y  eso es pedir demasiado a un colectivo tan inmovilista. Por el contrario,  los taurinos huyeron y dejaron el campo libre a los abolicionistas.</p>
<p>Sería  injusto olvidar otro extremo no menos importante: las corridas de toros  nunca echaron raíces en Cataluña, ni la tauromaquia se convirtió en un  elemento vertebrador. Con la misma intensidad que se llenaron las plazas  en los tiempos gloriosos de Pedro Balañá, comenzaron a quedarse vacías  cuando este falleció.</p>
<p>De cualquier manera, ahora toca el llanto y  el crujir de dientes; el lamento, las acusaciones varias y hasta el  insulto a los enemigos de la fiesta. Pero está por ver, y seguro que no  se verá, un serio examen de conciencia del papel jugado por los taurinos  en la debacle catalana.</p>
<p>Es más, hace tiempo, muchos años ya, que  Cataluña dejó de interesar a los taurinos; incluso al actual dueño de la  plaza Monumental, -nieto del famoso don Pedro- que ya intentó cerrarla  en 2007, y que ahora guarda un más que sospechoso silencio, quizá a la  espera de una sabrosa indemnización que le podría llegar caída del  cielo.</p>
<p>¿Cuántos de todos estos, que tanto se lamentan hoy, han  apoyado de verdad a los aficionados catalanes, que se han dejado la piel  en el intento solitario, tan osado como ingenuo, de hacer frente a los  políticos?</p>
<p>Todos ellos, los taurinos, saben que Cataluña es solo  el principio. Antes de que llegaran los vetos nacionalistas, los  aficionados habían abandonado las plazas. La imagen que ofrecía el  pasado domingo la plaza Monumental, con poco más de un cuarto de plaza,  era fiel reflejo del escaso eco de las corridas de toros en la sociedad  catalana. Con toda seguridad, habrá nuevos sobresaltos, pero el más duro  y el más peligroso seguirá siendo, sin duda, el abandono constante de  un espectáculo que ha perdido todo el interés de antaño.</p>
<p>Éste es  el verdadero problema y no el lamento vano. ¿Será posible que el  taurinismo andante deje de mirarse el ombligo y afronte el presente y el  futuro de la fiesta con la crudeza necesaria? ¿Seguirá siendo una  utopía la presencia del toro bravo? ¿Alguien pondrá coto a la sangría  que sufre la fiesta?</p>
<p>Mientras tanto, solo queda lloriquear como un  niño lo que no se supo defender como un hombre. Ahora, solo queda  derramar lágrimas de cocodrilo&#8230; Lágrimas que parecen fingidas.</p>
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		<title>Vuelve el Santo Oficio</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 09:01:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando Savater</strong>, escritor. En septiembre aparecerá su libro <em>Tauroética, </em>un ensayo sobre nuestro trato con los animales y la cuestión taurina (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>Por supuesto, no es el caso presentar argumentos a favor o en contra de  mantener las corridas de toros, como suele decirse: quienes tienen que  justificar la insólita medida son los que han decidido prohibirlas  parlamentariamente. Hay gente a la que le gustan los toros y otros  muchos que no han pisado una plaza en su vida o que sienten repugnancia  por la fiesta: es la diversidad de los hijos de Dios. Pero que &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30839/vuelve-el-santo-oficio/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando Savater</strong>, escritor. En septiembre aparecerá su libro <em>Tauroética, </em>un ensayo sobre nuestro trato con los animales y la cuestión taurina (EL PAÍS, 29/07/10):</p>
<p>Por supuesto, no es el caso presentar argumentos a favor o en contra de  mantener las corridas de toros, como suele decirse: quienes tienen que  justificar la insólita medida son los que han decidido prohibirlas  parlamentariamente. Hay gente a la que le gustan los toros y otros  muchos que no han pisado una plaza en su vida o que sienten repugnancia  por la fiesta: es la diversidad de los hijos de Dios. Pero que un  Parlamento prohíba una costumbre arraigada, una industria, una forma de  vida popular&#8230; es algo que necesita una argumentación muy concluyente.  La que hemos oído hasta la fecha dista mucho de serlo.</p>
<p>¿Son las corridas una forma de maltrato animal? A los animales  domésticos se les maltrata cuando no se les trata de manera acorde con  el fin para el que fueron criados. No es maltrato obtener huevos de las  gallinas, jamones del cerdo, velocidad del caballo o bravura del toro.  Todos esos animales y tantos otros no son fruto de la mera evolución  sino del designio humano (precisamente estudiar la cría de animales  domésticos inspiró a Darwin <em>El origen de las especies</em>). Lo que en  la naturaleza es resultado de tanteos azarosos combinados con  circunstancias ambientales, en los animales que viven en simbiosis con  el hombre es logro de un proyecto más o menos definido. Tratar bien a un  toro de lidia consiste precisamente en lidiarlo. No hace falta insistir  en que, comparada con la existencia de muchos animales de nuestras  granjas o nuestros laboratorios, la vida de los toros es principesca. Y  su muerte luchando en la plaza no desmiente ese privilegio, lo mismo que  seguimos considerando en conjunto afortunado a un millonario que tras  sesenta o setenta años a cuerpo de rey pasa su último mes padeciendo en  la UCI.</p>
<p>¿Son inmorales las corridas de toros? Dejemos de lado esa  sandez de que el aficionado disfruta con la crueldad y el sufrimiento  que ve en la plaza: si lo que quisiera era ver sufrir, le bastaría con  pasearse por el matadero municipal. Puede que haya muchos que no  encuentren simbolismo ni arte en las corridas, pero no tienen derecho a  establecer que nadie sano de espíritu puede verlos allí. La sensibilidad  o el gusto estético (esa &#8220;estética de la generosidad&#8221; de la que hablaba  Nietzsche) deben regular nuestra relación compasiva con los animales,  pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay  derechos &#8220;animales&#8221;), pues la moral trata de las relaciones con  nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Precisamente la  ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racional  en el mundo de las necesidades y los instintos. No creo que cambiar  esta tradición occidental, que va de Aristóteles a Kant, por un  conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño  María suponga progreso en ningún sentido respetable del término ni mucho  menos que constituya una obligación cívica.</p>
<p>¿Es papel de un  Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus  ciudadanos, por ejemplo diciéndoles cómo deben vestirse para ser  &#8220;dignos&#8221; y &#8220;dignas&#8221; o a que espectáculos no deber ir para ser compasivos  como es debido? ¿Debe un Parlamento laico, no teocrático, establecer la  norma ética general obligatoria o más bien debe institucionalizar un  marco legal para que convivan diversas morales y cada cual pueda ir al  cielo o al infierno por el camino que prefiera? A mí esta prohibición de  los toros en Cataluña me recuerda tantas otras recomendaciones o  prohibiciones semejantes del Estatut, cuya característica legal más  notable es un intervencionismo realmente maníaco en los aspectos  triviales o privados de la vida de los ciudadanos.</p>
<p>En cambio no  estoy de acuerdo en que se trate de una toma de postura antiespañola. No  señor, todo lo contrario. El Parlamento de Cataluña prohíbe los toros  pero de paso reinventa el Santo Oficio, con lo cual se mantiene dentro  de la tradición de la España más castiza y ortodoxa.</p>
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		<title>Toros, caballos y asnos</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 18:10:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Luis Francisco Esplá</strong>, matador de toros (ABC, 28/07/10):</p>
<p>Arnold Hauser fue un singular crítico y ensayista de arte, conocido sobre todo por la teoría de relacionar las producciones artísticas con los fenómenos socioeconómicos del momento. De no haber muerto, en el cuarto volumen de su «Historia social de la literatura y el arte» nos habría dado los pormenores y porqués de la prohibición en Cataluña de los toros.</p>
<p>Pero tampoco es preciso el método científico del prestigioso esteta húngaro para aproximar ciertas evidencias.<br />
Haciendo un poco de historia, es fácil reconocer a finales del XIX y principios del &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30833/toros-caballos-y-asnos/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Luis Francisco Esplá</strong>, matador de toros (ABC, 28/07/10):</p>
<p>Arnold Hauser fue un singular crítico y ensayista de arte, conocido sobre todo por la teoría de relacionar las producciones artísticas con los fenómenos socioeconómicos del momento. De no haber muerto, en el cuarto volumen de su «Historia social de la literatura y el arte» nos habría dado los pormenores y porqués de la prohibición en Cataluña de los toros.</p>
<p>Pero tampoco es preciso el método científico del prestigioso esteta húngaro para aproximar ciertas evidencias.<br />
Haciendo un poco de historia, es fácil reconocer a finales del XIX y principios del XX un crecimiento industrial y económico en Cataluña, que coincide plenamente con la llamada Edad de Oro del Toreo. Era precisamente allí donde los incontables aficionados estaban considerados como los más rigurosos del orbe taurino: «Toro grande, escuetas ovaciones y espléndida caja». Esto y la frase de Joselito «El Gallo» —«Dios me libre de una tarde aciaga o de cortar una oreja en Barcelona», pues suponía una inminente repetición— son el reflejo de la intransigencia con la cual custodió «sus» corridas de toros el aficionado catalán.</p>
<p>Tras la Guerra Civil se produce un éxodo de todas las regiones deprimidas de España a la próspera Cataluña. Las plazas de toros empiezan a llenarse de otro público, un personal ávido de diversión y con la urgente necesidad de olvidar las miserias y calamidades de la contienda. Un aficionado sin las aspiraciones ni las exigencias del oriundo.<br />
Aliviados las empresas y los toreros por la dulzura de este nuevo clima, se abren a un nuevo espectáculo con menos toro, más alegría y no menos caja. El taurino catalán cede al charnego su sitio en los tendidos, por ver en esta nueva versión atropellados sus más rancios preceptos.</p>
<p>Pero al filo de los 60 surge el turismo, y con él, un nuevo cliente. Las empresas de la costa hacen su agosto organizando corridas de chicha y nabo. Ahora el que sale disparado de las plazas es el charnego, pues es incapaz de soportar otra mano de agua sobre el ya diluido caldo de la Fiesta. Pero, claro, lo del «guiri» no podía durar mucho, y a finales de los 70 la Cataluña taurina entra en la profunda crisis, que la sume en la lenta e inexorable agonía de estos últimos años.<br />
Si la dejan, solita se hubiese muerto, y si de verdad querían acabar con ella, simplemente gravándola con un impuesto especial estaríamos ahora celebrando misas de réquiem.</p>
<p>Pero el simbolismo de ciertos políticos es más fuerte —incluso que el de los toros— y peor intencionado, por supuesto. Declarando el toreo enemigo de los acervos y tradiciones catalanas, solo quedaba atravesarle el costado con la pica que enarbola la senyera.</p>
<p>Y aunque la victoria es tan miserable como paupérrima, y el agravio a las libertades no cabría en una sociedad que dice que defiende la tolerancia cultural y étnica, el mestizaje y las religiones, parece no tener importancia frente a la urgente necesidad de extirpar el ideograma del toro.</p>
<p>Aquello que no puedo explicar —y dudo que Arnold Hauser lo hiciese— es cómo en estos momentos, en los cuales la crisis parece ir adquiriendo visos de cataclismo y lo apremiante debería ser la economía, el trabajo y salvaguardar de asaltos la poca caja que está quedando&#8230; digo que no puedo entender cómo ahora, precisamente, viendo los palos del sombrajo venirse abajo en la proverbial Cataluña, el debate político esté varado en toros sí, toros no.</p>
<p>Sé que el taurino catalán tiene las horas contadas. Y lo peor no es perder la posibilidad de disfrutar de tu Fiesta, sino que desde la prohibición pasarán a ser ciudadanos cuestionados, señalados por su propio entorno como gente rara, transgresores. Las listas de sospechosos sociales se incrementarán con la incorporación de estos. La afición de tantos años pasará a ser consignada por sus conciudadanos como depravación, y, por supuesto, toda la producción artística que recabó en el toreo inspiración será simplemente perversión.</p>
<p>Y volverán a Francia —madre de las libertades— a disfrutar de sus corridas de toros. Y como en tiempos de dictadura y rígidas censuras, fuera de sus fronteras hallarán lo prohibido. Quizá les hagan un favor, pues lo vedado conlleva implícito ese enriquecedor componente que lo hace siempre más excitante.</p>
<p>Curioso. Los mismos que hace cuarenta y cinco años clamaban por la libertad ahora la amordazan…<br />
Pero…<br />
¡No hay problema! Si la crisis persiste y el discurso de algunos políticos pierde su talante bélico por falta de enemigos, les voy a recomendar otro objetivo, otra usurpación ibérica en mitad del corazón de muchos catalanes: la de los aficionados y criadores al caballo de «Pura Raza Española».<br />
¡Ahí hay tajada!</p>
<p>No hay más que volver a reclutar ecologistas y animalistas para que tiren —sin saberlo— del carro de guerra que elevará a triunfo la acción del político de campo. Tiene que simular una defensa del bienestar animal, aunque en la conciencia de Su Señoría los objetivos se perfilen en dirección totalmente opuesta. Es preciso reivindicar los derechos de la bestia, por muy española que sea y por más adaptada que esté a su labor. No se pueden tolerar la ausencia de horarios para trabajar ni la falta de descanso, así como la enajenación absoluta de su voluntad. Resumiendo, más de veinte años de auténtica esclavitud, soportando sobre el lomo los tortuosos caprichos de unos y otros, sirviendo sin recelos hasta sentir esquilmadas sus facultades; y como contraprestación a tanta generosidad, es premiada con un viaje a Francia, de donde torna inmortalizada en «saucisson».</p>
<p>Quede eso ahí. Sin coste alguno. No como la idea del «Che», que Sus Señorías sabrán cuánto le lleva costado a la Generalitat.</p>
<p>Volviendo a la propuesta, tanto el argumento ético como el ideológico, apenas difieren del secundado por la prohibición de los toros. Aunque hay un ligero matiz, los aficionados hípicos son legión en Cataluña… La sugerencia ya no es tan buena. Eso sí, el borrico catalán ni me lo toquen, y menos ahora que ha conseguido vivir gracias a la mecanización del campo sin pegar ni chapa. Además, sería el último en perder la subvención, que viene a ser —en su caso— como una especie de paro vitalicio. Solo debe preocuparle su inmaculada ascendencia, ya que si, entre el andamiaje de sus genes se tropezase alguno de los genetistas encargados de seleccionar y mejorar esta raza de parados vestigios contaminantes de lo español, entonces… entonces vendría alguna de Sus Señorías —asesorada por el foráneo de turno— a declarar guerra científica al jodido gen. Y vuelta a empezar…</p>
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		<title>La dignidad de los toros</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 18:43:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Santoja</strong> (ABC, 27/07/10):</p>
<p>Hace tan solo unos meses doce diarios catalanes nos advirtieron de que «hay —en Cataluña— un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad». Y a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, Montilla incide día tras día en «la desafección» catalana de España.</p>
<p>Que nadie se equivoque, hartazgo por hartazgo y desafección por desafección, con seguridad pesan más el hartazgo y &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30821/la-dignidad-de-los-toros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Santoja</strong> (ABC, 27/07/10):</p>
<p>Hace tan solo unos meses doce diarios catalanes nos advirtieron de que «hay —en Cataluña— un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad». Y a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, Montilla incide día tras día en «la desafección» catalana de España.</p>
<p>Que nadie se equivoque, hartazgo por hartazgo y desafección por desafección, con seguridad pesan más el hartazgo y la desafección de la inmensa mayoría de los españoles por la mirada desdeñosa y los gestos excluyentes de quienes se empeñan en que únicamente son respetables sus instituciones, su estructura económica, su idioma y su tradición cultural, como si los toros representaran un «defecto de fabricación que impide a Cataluña alcanzar una soñada e imposible uniformidad».</p>
<p>El fenómeno de los toros desborda lo que acontece en las plazas durante la corrida, punto de término de un proceso con valores de todo tipo, así económicos como culturales y medioambientales, cargados de trascendencia. En Salamanca, ejemplo sin duda extrapolable a Andalucía, Extremadura, Madrid o Castilla la Nueva, sostiene el paraíso de un territorio intacto y animales con vida que para sí quisieran las vacas estabuladas o los pollos de granja. Si las hectáreas de la dehesa se miden en encinas, alcornoques o quejigos, entonces sale una cifra que en su momento dejó pasmadas a dos parlamentarias danesas, antitaurinas en el viaje de ida y abstencionistas en el de vuelta.</p>
<p>El romancero y el mundo sugerente de las leyendas registran numerosas composiciones taurinas, de ayer y de hoy, porque la cultura del toro se mantiene en ebullición. Ahora mismo se puede documentar la formación de poemas y relatos populares. Por los rincones más escondidos del campo charro se advierte el nacimiento de la leyenda de Civilón, un toro mítico de Cobaleda, criado en Campocerrado, lidiado e indultado en Barcelona en vísperas de la guerra (in)civil, cuando la quietud añeja de los encinares, según cuenta algún mayoral de los viejos, se erizó de pitidos premonitorios, heraldos los astados de la furia cainita y los torrentes de sangre, historia de presagios también documentada en Andalucía: «Un vaquero mío, que no quiere salir de la dehesa y conoce la primavera por el latir del cuco en los chaparros», escribe Álvaro Domecq y Díez, «cuenta a quien quiera oírselo que el día antes de nuestra guerra los toros pitaron».</p>
<p>Tiempo este de turismo cansino, por el campo charro alientan muchas rutas perdidas, con ermitas apartadas y santuarios marianos escondidos, que agotaran el repertorio de exclamaciones admirativas de los que se aventuren a recorrerlas. ¿Quién no se conmueve con apólogos como el de la Virgen de Valdejimena en Horcajo Medianero? Uno de los toros que allí pastaban en libertad en calendas remotas, llamado Romo, de proverbial fiereza, hizo fortín de la sombra de una encina de cuyo tronco salía un resplandor intenso: lo despedía la imagen que dio lugar a ese templo, centro de devoción en leguas a la redonda. Allí se apareció y allí continúa, a la vuelta de no pocos pleitos, porque gobernador civil hubo que pretendió llevarse la talla a Salamanca, propósito al que plantaron cara —Fuenteovejuna— los lugareños.</p>
<p>Cultura viva: el santuario de Valdejimena y la misa de la salud, la ermita de la Virgen de los Remedios de Buenamadre, anunciada desde lejos por una espadaña que descuella entre las hermosas; el romance de los mozos de Monleón, rescatado en 1902 por don Ramón Menéndez Pidal y del que José Luis Puerto sigue recogiendo variantes por el yacimiento inagotable de la Sierra de Francia; las coplas de ciego de la odisea taurina de unos albercanos valientes y el cantar de los Cuatro mozos fanfarrones de Garcibuey, composiciones ambas recuperadas del pozo insondable de una tradición que no cesa de renovarse, nutrida por la voluntad soberana del pueblo.</p>
<p>Dejando la nacional 620 en dirección a Aldehuela de Yeltes, se alcanzará el comienzo de un camino de herradura que, a la vuelta de unas horas felices, devuelve a esa misma carretera. Empezando por el Gustal de Campocerrado, luego se dejan, a un lado y otro, las ganaderías de Rekagorri, Galache, El Sierro y Sepúlveda, que marcan el alto de una ruta que sigue por García Torres y Puente de Castillejo para desembocar en Pedraza de Yeltes. Quien quiera disfrutar de la naturaleza y ver animales dichosos, que se dé una vuelta por ahí y que pegue la hebra al azar de la paseata.</p>
<p>¿Los toros? Bien, eso es una palabra genérica. A simple vista saltan las diferencias. El excursionista curioso enseguida descubrirá por Campocerrado animales de mucha viveza, bajos de agujas y cortos, de ojos grandes, hocicos afilados y cuello musculoso, con pelajes cárdenos y, sobre todo, negros, pero algo más adelante, por poco observador que sea, notará que el tipo cambia notablemente, con ejemplares salpicados y burracos, de cabeza voluminosa e impresionantes encornaduras astifinas, blancas por la mazorca, frecuentemente corniveletos y acapachados. Vacas atanasias, la tranquilidad convertida en forma de vida, y vacas betizú, traídas de los Pirineos, puro manojo de nervios. Hay que ejercer de tozudo para no distinguir ni valorar tanta variedad y riqueza de encastes, diversidad que se perdería si la Fiesta desapareciese.</p>
<p>Los mayorales del contorno hablan de sus toros uno por uno y se hacen de cruces cuando vacilas entre dos becerros. «¿Pero no ves las orejas? Igualitas a las de su madre». Sus becerros, sus novillos, sus toros. Y escribo suyos porque son tan suyos como del ganadero, no son becerros, ni novillos ni toros en abstracto, sino el hijo de Príncipe y Tibialuna, pongo por caso, completamente distinto de aquel otro, gestado, sí, por Príncipe, pero no en colaboración con Tibialuna sino al amor de Boticaria. «¡Hombre de Dios! Presta ojos a la pezuña o regálate la vista con el bordón de la cola». Sus comentarios sumergen en el abismo de las especies. Aquí quisiera ver a esos animalistas de urbe y subvención, que cobran y viven del momio de asesoramientos a políticos sin reparos, gente que se atreve a legislar sobre materias que desconoce.</p>
<p>Sobre estos pilares se asienta la dignidad y la cultura taurina: ecología, riqueza de encastes, sabiduría popular, patrimonio histórico, artístico, lenguaje y tradición literaria. Cuando desde Cataluña se pide respeto y reconocimiento para sus tradiciones, que sin duda son riquísimas y lo merecen, desde otras partes de España sencillamente reclamamos lo mismo, añadiendo el recordatorio nada baladí de que los toros también forman parte del acervo catalán más genuino, como demuestra el florecer de plazas y corridas al otro lado de los Pirineos, adonde antes peregrinábamos en busca de libros tachados y películas prohibidas.</p>
<p>Hace un par de semanas eché la tarde con un viejo mayoral en la Fuente de San Esteban. Está metido en años y ya no podemos emplearnos, como antes, por cañadas, cordeles, veredas y roderas entre cercados, corrales y cortinas. No hablaba mucho, nunca lo hizo, porque estos hombres jamás se pierden por una palabra de más, ya que no trincan de la verborrea ni se amparan en retóricas vanas. Hasta que le puse un vídeo de Julio Robles. Entonces se sumió en el silencio. «¿No dice nada?», le pregunté. «No hay palabras», me contestó. Pues eso es el toreo, cuando de verdad se torea. La música callada que cantó Bergamín, algo indefinible que solo se explica con el silencio. Quienes pretenden prohibir las corridas, y en consecuencia exterminar los toros, animales condenados a la extinción si tales designios cuajasen, atentan contra la pluralidad de España.</p>
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		<title>La puntilla</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 18:30:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amoros</strong> (ABC, 21/07/10):</p>
<p>Hasta ayer mismo, algunos aficionados barceloneses de buena voluntad confiaban en que el tradicional «seny» catalán se impusiera para que la amenaza a la libertad de ir a los toros no se llegara a cumplir. Lamentamos tener que reconocer hoy que se equivocaban.</p>
<p>No es extraño. En todos los ámbitos de la vida, tendemos a negar lo que nos resulta imposible de comprender y difícil de aceptar. Es la vieja táctica del avestruz: mejor engañarnos que desesperarnos. ¿Cuántas veces lo hemos escuchado?: «No hay que ser catastrofista», «las cosas no están tan mal», «no se &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30767/la-puntilla/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amoros</strong> (ABC, 21/07/10):</p>
<p>Hasta ayer mismo, algunos aficionados barceloneses de buena voluntad confiaban en que el tradicional «seny» catalán se impusiera para que la amenaza a la libertad de ir a los toros no se llegara a cumplir. Lamentamos tener que reconocer hoy que se equivocaban.</p>
<p>No es extraño. En todos los ámbitos de la vida, tendemos a negar lo que nos resulta imposible de comprender y difícil de aceptar. Es la vieja táctica del avestruz: mejor engañarnos que desesperarnos. ¿Cuántas veces lo hemos escuchado?: «No hay que ser catastrofista», «las cosas no están tan mal», «no se ha roto nada&#8230;» La realidad indiscutible es que, limitándose a decir eso, no se arregla nada.</p>
<p>También me aferré yo a la esperanza, en un momento, de que Convergencia no quisiera aparecer con esta imagen de prohibición antipática ante el resto de los españoles, por si necesitaba alianzas con un partido nacional para gobernar; que Unió, de acuerdo con su tradicional ideario, defendería la libertad de los empresarios catalanes que arriesgan su dinero en el negocio taurino; que Esquerra tendría difícil justificar ante sus electores por qué defiende los «correbous», a la vez que ataca a las corridas de toros; que el Partido Socialista Catalán no querría verse mezclado en esta historia tan turbia&#8230;</p>
<p>Una vez más, incurríamos en lo que los americanos llaman «wishful thinking»: confundíamos la realidad con nuestros deseos. La puntilla ha sido la pirueta —una más— del socialismo catalán, que, en contra de lo que siempre había afirmado, da ahora libertad de voto a sus diputados autonómicos ante el proyecto de ley de prohibición de la Fiesta. De este modo, algunos socialistas votarán a favor, y otros, en contra: así, la prohibición de la Tauromaquia parece segura. De nada sirve ya argumentar que habían prometido lo contrario, ni recordar las ilusiones que se basaron en la presunta afición taurina del presidente Montilla y de su mujer: ni siquiera ha manifestado él cuál será el sentido de su voto, con el pretexto de no influir&#8230; Ni Poncio Pilatos lo hubiera hecho mejor. También en este tema, Montilla no puede permitir que nadie le adelante: «Yo, más nacionalista catalán que nadie», parece repetir. Aunque, con el habitual desparpajo de algunos políticos, sigue cargando la exclusiva responsabilidad de la probable prohibición sobre los hombros de sus rivales de Convergencia. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creerlo?</p>
<p>En los periódicos catalanes acabo de leer dos noticias de innegable trascendencia. En primer lugar, Convergencia i Unió cree tener ya asegurada la mayoría absoluta, ante el desplome del tripartito, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto y las piruetas de Zapatero. Además, en una encuesta que publica «La Vanguardia», el número de los catalanes que apoyan la independencia supera, por primera vez, al de los que se oponen.</p>
<p>¿Tiene todo esto algo que ver con la prohibición de los toros? ¡Por supuesto! Convergencia cree que ya no necesita alianzas ni se preocupa demasiado de su imagen en el resto de España. El socialismo catalán incita a la rebelión contra la sentencia sobre el Estatuto y el presidente del Gobierno promete buscar las vías para orillarla&#8230; Al lado de todo eso, ¿van a dudar los nacionalistas en prohibir la Fiesta? ¡Claro que no! Cuestiones mucho más graves, objetivamente hablando, están planteando ahora, sin el menor respeto a la libertad de los españoles, en su conjunto&#8230;</p>
<p>Una vez más, hay que recordar lo que manifestó Albert Rivera, en el acto del Liceo que organizó ABC. El sentido de sus palabras era clarísimo: «Si este acto se planteara como una defensa de la Tauromaquia, yo no hubiera venido, porque no soy aficionado. Vengo porque el lema habla de libertad: la libertad de ir a los toros el que lo desee». Esa es la libertad que ahora se impide. El trasfondo político de toda la cuestión es evidente, aunque algunos intenten negarlo con la cantilena de que no hay que convertir esto en un «debate identitario». ¿Quién lo ha afrontado así? ¿Se van a prohibir a la vez la caza y la pesca en Cataluña? Para todo el que no tenga telarañas en los ojos, el motor básico de este proyecto de prohibición resulta evidente: el deseo de eliminar de Cataluña cualquier signo que en el mundo entero se identifique con la cultura española. Eso es justamente la Fiesta de los toros : lo tiene que reconocer cualquier observador imparcial, sea aficionado o no.</p>
<p>De nada ha servido recordar que la Tauromaquia ha sido, desde hace siglos, una Fiesta catalana: el número de plazas, los toreros catalanes, los críticos, los artistas, los empresarios. Cualquiera recuerda los nombres de Pablo Picasso, Néstor Luján, Mario Cabré, «Chamaco», Joaquín Bernadó, Pedro Balañá&#8230;</p>
<p>Ahora mismo, en Céret, las corridas de toros se llenan de «senyeras» y barretinas, se escucha «Els Segadors» y el alcalde, sin ningún complejo, da un bando, el domingo 11 de julio, «prohibiendo las manifestaciones reivindicativas anticorridas en un radio de 150 metros alrededor de las Arènes». Repito: no sirve de nada recordarlo. El nacionalismo sabe apoyarse en el presunto «progresismo», tendencioso e ignorante. Un solo ejemplo. Conviene recordar un reciente artículo del catedrático de Filosofía Jesús Mosterín —uno de los «expertos» que declaró ante el Parlamento catalán en contra de los corridas— en el que dice textualmente:</p>
<p>«De hecho, el riesgo del torero es mínimo&#8230; El mayor riesgo que corre es el de ser herido por las banderillas que sus propios banderilleros le han clavado al bovino&#8230; Las estadísticas muestran que en los últimos veinte años ningún torero ha muerto en la plaza». Rubor intelectual daría contestar con datos a semejantes muestras de ignorancia de un presunto «experto».</p>
<p>La realidad lamentable es que el nacionalismo, apoyado en este seudoprogresismo, va a conseguir lo que quería. Dentro de una semana, Barcelona se habrá empobrecido culturalmente un poco más, en contra de su tradición abierta, mediterránea, y los catalanes habrán visto cercenada una más de sus libertades. Hay otro aspecto que no debemos olvidar. Tampoco —me temo— han sabido defender la Fiesta suficientemente los profesionales de la Tauromaquia, dentro y fuera de Cataluña.</p>
<p>Por todo ello, sentía yo una profunda melancolía el domingo pasado, en la Plaza Monumental de Barcelona, cuando unas voces se alzaban y unas pocas pancartas aparecían, en los tendidos, reclamando libertad: parecía un viaje hacia atrás en el tiempo, a épocas felizmente superadas.</p>
<p>Recordaba yo a Paul Éluard, que da título a Elena Quiroga: «Escribo tu nombre: libertad». Y al padre común Cervantes, en boca de la pastora Gelasia: «Libre nací y en libertad me fundo&#8230;».</p>
<p>Barcelona es el último bastión de una batalla perdida ya muchas veces. Se había pedido a las organizaciones taurinas de fuera de Cataluña que no intervinieran mucho, para no suscitar reacciones. Es un caso claro de esa estrategia de una oposición «de bajo nivel», que suele conducir a la catástrofe: haría bien el PP en contemplar este ejemplo&#8230;</p>
<p>Las conclusiones son obvias: en definitiva, deciden los nacionalistas, crecidos ante una marea general que creen imparable. Pastelea el socialismo catalán —también en esto—, contradiciendo lo que tantas veces habían sostenido. Ha sido la puntilla: libertad, ¿para qué?&#8230; Lo siento por Cataluña. Y no solo, ni en primer lugar, por los toros.</p>
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		<title>Why I Will Run With the Bulls Again</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Jul 2010 21:18:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>By <strong>Joseph Distler</strong>, a native New Yorker and retired university lecturer who has been running the bulls in Pamplona since 1967 (THE NEW YORK TIMES, 05/07/10):</p>
<p>On Wednesday  at exactly 8 A.M., a rocket will be fired and a corral  door opened and six fighting bulls and a herd of steers will be released  into the streets of Pamplona, Spain.</p>
<p>It is a tradition that has taken place every July for hundreds of years.  If luck holds, I will be in the street, once again as I have been for  every “encierro” or “bullrun” as it is commonly known, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30577/why-i-will-run-with-the-bulls-again/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>Joseph Distler</strong>, a native New Yorker and retired university lecturer who has been running the bulls in Pamplona since 1967 (THE NEW YORK TIMES, 05/07/10):</p>
<p>On Wednesday  at exactly 8 A.M., a rocket will be fired and a corral  door opened and six fighting bulls and a herd of steers will be released  into the streets of Pamplona, Spain.</p>
<p>It is a tradition that has taken place every July for hundreds of years.  If luck holds, I will be in the street, once again as I have been for  every “encierro” or “bullrun” as it is commonly known, since 1967.</p>
<p>Why would a man in his 60s with two small children, who has been gored  by those very same bulls three times, who had his ribs and his arm  broken and his hip replaced as the result of a goring, be doing such a  seemingly insane thing?</p>
<p>A question I have been asked for years. My sainted mother used to say  every year before I would run, “Son, why didn&#8217;t you take up the piano?”</p>
<p>Like most people, I first read about Pamplona in Ernest Hemingway’s “The  Sun Also Rises,” but it was another book that turned running with bulls  into an obsession for me.</p>
<p>It was in the pages of Robert Daley’s “The Swords of Spain” that I first  saw actual photos of men in the streets of Pamplona in close proximity  to bulls.</p>
<p>I was incredulous. Like most Americans I was living a sedate, so-called  normal existence. I went to work every day on the subway, read books,  took vacations and had a nice life. Going to Spain that first summer  changed  the way I would view things for the rest of my life.</p>
<p>To stand in the street, with a huge knot in the stomach, afraid of the  possibilities of what six fighting bulls can do to you, is unimaginable.  Yet the feeling is one I would not trade for anything.</p>
<p>The rocket explodes and you wait for the bulls to come rambling at you  and you swallow your fear and you are alive as you are few times in  life.</p>
<p>As the years went on I learned it takes great skill to become a good  bull runner. It is not mere chance that one sees the same runners, year  in and year out, in front of the bulls. It takes years to learn how to  position yourself, when to take off, how to get close. Yes, close to the  bulls. It is there where you feel the incredible adrenaline rush and  where you feel most alive.</p>
<p>The men I began running with are now married with their own children.  They are doctors and lawyers and famous journalists and yet there they  are every July, as am I, waiting in the street for that rocket that  signals life.</p>
<p>If you have something in your life that gives you that same high you are  blessed. Don&#8217;t question it, just respond to it and let others think  what they want.</p>
<p>The friendships I have made with others who share my passion are the  greatest in my life. We all share a love of an arcane and unique  happening. One cannot imagine, in this day and age of boring conformity,  that there is still a place left on earth that allows such an elemental  event to take place. Thank heaven for Spain.</p>
<p>So I have been working out in a civilized gym in Paris, all the time  thinking of Pamplona, trying to get my aging body into good enough shape  for still one more year on the streets, one more run, one more  memorable morning when men and bulls tumble together in a celebration of  life.</p>
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		<title>Prohibir los toros no es gratis</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Jun 2010 19:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.almendron.com/tribuna/?p=30319</guid>
		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Salvador Boix</strong>, apoderado de José Tomás (EL PERIÓDICO, 05/06/10):</p>
<p>Pasado ya el tiempo de las argumentaciones a favor y en contra de la  tauromaquia, se acerca el momento de la verdad. La hora del indulto o la  puntilla a los toros en Catalunya. De la parte antitaurina se ha  hablado de maltrato animal, de ablación de clítoris, de racismo, de  barbarie y de modernidad; por contra, los defensores de la pervivencia  de la corrida hemos apelado a la libertad, denunciado la hipocresía  animalista, la utilización de la prohibición como chivo expiatorio y, en  fin, hemos apelado al componente &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/30319/prohibir-los-toros-no-es-gratis/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Salvador Boix</strong>, apoderado de José Tomás (EL PERIÓDICO, 05/06/10):</p>
<p>Pasado ya el tiempo de las argumentaciones a favor y en contra de la  tauromaquia, se acerca el momento de la verdad. La hora del indulto o la  puntilla a los toros en Catalunya. De la parte antitaurina se ha  hablado de maltrato animal, de ablación de clítoris, de racismo, de  barbarie y de modernidad; por contra, los defensores de la pervivencia  de la corrida hemos apelado a la libertad, denunciado la hipocresía  animalista, la utilización de la prohibición como chivo expiatorio y, en  fin, hemos apelado al componente ético y ejemplar de la tauromaquia en  el marco de nuestra cultura. Las posturas se han manifestado  irreconciliables.</p>
<p>De lo que no se ha hablado ha sido de los  costes que supondría la prohibición; el coste económico, el coste  social, moral y político que llevaría consigo. En lo económico, cerrar  la Monumental significa cerrar el negocio a sus propietarios. Y la casa Balañá no parece dispuesta a dejarse ir en crudo el negocio de un cierre  obligado por nuestro Parlament. Trescientos millones de euros parece que  pueden pedir por la bajada de persiana forzosa. De forma que pasarían  de contribuir con los impuestos que gravan su negocio a beneficiarse  directa o indirectamente por la vía de las indemnizaciones públicas o de  la recalificación de sus terrenos. En su lógica empresarial, puro maná  caído del cielo en los tiempos que corren. Además, a los millones que  pida Balañá habría que sumar los derechos laborales de los  trabajadores que se irían al paro, de los toreros sin posibilidad de  torear, de los ganaderos y de todo aquel profesional que se sienta  damnificado por la prohibición.</p>
<p>Cuando se avecinan recortes  salariales, aumentos de impuestos, parones en la obra pública y demás  desgracias derivadas de la crisis, sabiendo los políticos de antemano  que va a costar una fortuna a las arcas de la Generalitat, ¿es de recibo  cerrar por ley la Monumental ahora? A ver cuál de nuestros gobernantes  va a ser el guapo que tendrá valor para explicar a los ciudadanos que,  aunque al negocio taurino en Catalunya le queden tres <em>telenotícies</em> para su desaparición por causas naturales, la prioridad del país ahora  es cerrarlo por ley, pagarle a Balañá una millonada y dejar en el  paro a unos cuantos trabajadores más.</p>
<p>Y cabe preguntar también  quién de los prohibicionistas consolará al industrial o al comerciante  catalán cuando el mercado español, hoy por hoy todavía importante, le  mande a él y a su mercancía al corral metafórico de la Catalunya idílica y antitaurina ¿y antiespañola¿ sumida en un probable nuevo boicot  comercial, esta vez más feroz que el del cava que abonó el terreno de lo  anticatalán en las Españas.</p>
<p>En el campo de la política hay que  recordar que el terreno lo abonó en Barcelona el alcalde Joan Clos cuando declaró Barcelona ciudad antitaurina, a propuesta de su socio Jordi  Portabella, sin que en la ciudad nadie se lo pidiera. En el 2004,  el ayuntamiento tripartito regó con su meada fuera del tiesto un jardín  convertido ahora en campo espinoso y políticamente envenenado. Por aquel  entonces, Clos, con su alegría particular, atendió las fobias  antitaurinas de sus socios. Hoy ,con Montilla en la Generalitat,  se ha repetido la historia, ahora con final de trayecto previsto. Dicen  los socialistas catalanes que casi seguro que están por no prohibir, que  es CiU quien tiene la llave con su mayoría en el Parlament. Dice CiU  que otra vez el dichoso tripartito les ha dejado la patata caliente, que  ellos no saben-no contestan y que no votarán en bloque. Que allá cada  diputado con su conciencia.</p>
<p>Montilla, según ha declarado,  no está por la prohibición. Ahora habrá que ver si la conciencia de los  diputados convergentes les dicta el voto contra la iniciativa  legislativa popular pensando en el bienestar general y en soltar, de  paso, un lastre innecesario y molesto por si un día quieren mandar  también en Madrid. Además, deberán calibrar si para gobernar Catalunya  de nuevo necesitarán votos de la población antiabolicionista que, de no  tenerlos, le podría fastidiar de nuevo el invento a Artur Mas.</p>
<p>Ojalá impere el sentido común como pide la calle y nuestros  políticos no celebren el final de la legislatura con un gran petardo que  nos perjudicaría a todos. Que sepan los políticos catalanes, todos,  que, prohíban o no los toros, nadie sensato va a dejar de señalarles  como cómplices de la tortura que sufren la ternera de su <em>entrecôte  sagnant</em>, el pato de su <em>micuit de foie</em>, los miles de palomos  que quieren aniquilar, ni de la tortura lenta y cruel de cualquier  animalito de su zoológico indigno. Y que blindar los <em>correbous</em> de  las Terres de l&#8217;Ebre por motivos estrictamente electorales es un  ejercicio de cinismo político éticamente inadmisible. Que sepan también  que somos muchos los catalanes que no renegamos de nuestros abuelos por  inculcarnos su sana afición a los toros.</p>
<p>Algunos políticos  quieren hacernos creer que Catalunya será mejor en un mañana sin toros, a  sabiendas de que no será ni mejor ni peor. Si acaso, será menos rica y  menos plena. Si erradican la tauromaquia de Catalunya, todavía habrá más  buena gente que creerá que nuestros políticos <em>s&#8217;han begut  l&#8217;enteniment</em>.</p>
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		<title>El triunfo de la compasión</title>
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		<pubDate>Sun, 09 May 2010 19:57:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, catedrático de Filosofía en la Universidad de  Barcelona (EL PAÍS, 09/05/10):</p>
<p>La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos  imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo  compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión  gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se  disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas  cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo  de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa  cuando vemos a otro sufriendo. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29919/el-triunfo-de-la-compasion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, catedrático de Filosofía en la Universidad de  Barcelona (EL PAÍS, 09/05/10):</p>
<p>La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos  imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo  compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión  gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se  disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas  cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo  de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa  cuando vemos a otro sufriendo. Esta capacidad puede ejercitarse y  afinarse o, al contrario, embotarse por falta de uso.</p>
<p>Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy  Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David  Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al  amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más  noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la  crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo  su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el  progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se  compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría  extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba  que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a  su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas  capaces de sufrir.</p>
<p>El pensamiento indio, y en especial el budismo y  el jainismo, consideran que la <em>ahimsa</em> (la no-violencia, la  no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el  principio central de la ética. En contraste con el silencio de la  jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición  de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus  continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en  defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor  ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el  cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió.</p>
<p>El  conocimiento facilita la empatía. Como decía Francis Crick (el  descubridor de la doble hélice), los únicos autores que dudan del dolor  de los perros son los que no tienen perro. Muchos españoles no dudan del  dolor de los perros ni de los toros. Cuando un degenerado cortó con una  sierra eléctrica las patas de los perros de la perrera de Tarragona y  los dejó desangrarse hasta la muerte, más de medio millón de españoles  estamparon su firma en una petición al Congreso exigiendo la  introducción del maltrato animal en el Código Penal. En Cataluña todas  las encuestas indican una gran mayoría a favor de la abolición de la  tauromaquia, solicitada al Parlamento catalán por más de 200.000 firmas.  Yo conozco a varios firmantes de la petición; todos lo hicieron por  compasión, ninguno por nacionalismo.</p>
<p>Los defensores de la  tauromaquia siempre repiten los mismos argumentos a favor de la  crueldad; si se tomaran en serio, justificarían también la tortura de  los seres humanos. Ya sé que los toros no son lo mismo que los hombres,  pero la corrección lógica de las argumentaciones depende exclusivamente  de su forma, no de su contenido. En eso consiste el carácter formal de  la lógica. Si aceptamos un argumento como correcto, tenemos que aceptar  como igualmente correcto cualquier otro que tenga la misma forma lógica,  aunque ambos traten de cosas muy diferentes. A la inversa, si  rechazamos un argumento por incorrecto, también debemos rechazar  cualquier otro con la misma forma. Incluso escritores insignes como  Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, en sus recientes apologías de la  tauromaquia publicadas en este diario, no han logrado formular un solo  argumento que se tenga en pie, pues aceptan y rechazan a la vez  razonamientos con idéntica forma lógica por el mero hecho de que sus  conclusiones se refieran en un caso a toros y en otro a seres humanos.</p>
<p>Ambos  autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros  casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia.  Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales,  remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus  elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de  sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no  lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si  esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del  maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo  de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a  ciertos <em>gourmets.</em> Esto justificaría las corridas, pues también  las langostas sufren. También es cruel la obtención del <em>foie-gras</em> de ganso torturado, pero por eso mismo el <em>foie-gras</em> ya ha sido  prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En  cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues  el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son  muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez  Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del  placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró  diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y  crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho  lamentable no justifica nada.</p>
<p>Se aduce que la tauromaquia forma  parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una  justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres  abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se  practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la  dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente  tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como  ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió  las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo  decreto que abolió la esclavitud.</p>
<p>Antes los caballos salían a la  plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi  siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro  lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el  cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y  desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se  decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió  invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a  una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre  brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los  petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta  repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general,  avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento  taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los  extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a  los aficionados locales.</p>
<p>Los toros pertenecen a la misma especie  que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por  selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la  huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a  defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única  manera de conservar los toros &#8220;bravos&#8221;. Pero hay una solución mejor:  transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor  ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se  ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos  atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les  aplicase el mismo razonamiento?</p>
<p>Los amigos de la libertad nunca  hemos pretendido que no se pueda prohibir nada. Aunque pensamos que  nadie debe inmiscuirse en las interacciones voluntarias entre adultos,  admitimos y propugnamos la prohibición de cualquier tipo de tortura y de  crueldad innecesaria. Si aquí y ahora hablamos de la tauromaquia, no es  porque sea la única o la peor forma de crueldad, sino porque su  abolición ya está sometida a debate legislativo en Cataluña. Si allí se  consigue, el debate se trasladará al resto de España y a los otros  países implicados. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí  cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos  argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la  compasión.</p>
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		<title>Torear y otras maldades</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Apr 2010 09:51:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a  Ediciones EL PAÍS, SL, 2010 (EL PAÍS, 18/04/10):</p>
<p>El intento de prohibir las corridas de toros en Cataluña ha repercutido  en medio mundo y, a mí, me ha tenido polemizando en las últimas semanas  en tres países en defensa de la fiesta ante enfurecidos detractores de  la tauromaquia. La discusión más encendida tuvo lugar en la noche de  Santo Domingo -una de esas noches estrelladas, de suave brisa, que  desagravian al viajero de la canícula del día-, en el corazón de la  Ciudad Colonial, en &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29702/torear-y-otras-maldades/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mario Vargas Llosa</strong> © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a  Ediciones EL PAÍS, SL, 2010 (EL PAÍS, 18/04/10):</p>
<p>El intento de prohibir las corridas de toros en Cataluña ha repercutido  en medio mundo y, a mí, me ha tenido polemizando en las últimas semanas  en tres países en defensa de la fiesta ante enfurecidos detractores de  la tauromaquia. La discusión más encendida tuvo lugar en la noche de  Santo Domingo -una de esas noches estrelladas, de suave brisa, que  desagravian al viajero de la canícula del día-, en el corazón de la  Ciudad Colonial, en la terraza de un restaurante desde la que no se veía  el vecino mar, pero sí se lo oía.</p>
<p>Alguien tocó el tema y la señora que presidía la mesa y que, hasta  entonces, parecía un modelo de gentileza, inteligencia y cultura, se  transformó. Temblando de indignación, comenzó a despotricar contra  quienes gozan en ese indecible espectáculo de puro salvajismo, la  tortura y agonía de un pobre animal, supervivencia de atrocidades como  las que enardecían a las multitudes en los circos romanos y las plazas  medievales donde se quemaba a los herejes. Cuando yo le aseguré que la  delicada langosta de la que ella estaba dando cuenta en esos mismos  momentos y con evidente fruición había sido víctima, antes de llegar a  su plato y a sus papilas gustativas, de un tratamiento infinitamente más  cruel que un toro de lidia en una plaza y sin tener la más mínima  posibilidad de desquitarse clavándole un picotazo al perverso cocinero,  creí que la dama me iba a abofetear. Pero la buena crianza prevaleció  sobre su ira y me pidió pruebas y explicaciones.</p>
<p>Escuchó, con una  sonrisita aniquiladora flotándole por los labios, que las langostas en  particular, y los crustáceos en general, son zambullidos vivos en el  agua hirviente, donde se van abrasando a fuego lento porque, al parecer,  padeciendo este suplicio su carne se vuelve más sabrosa gracias al  miedo y el dolor que experimentan. Y, sin darle tiempo a replicar, añadí  que probablemente el cangrejo, que otro de los comensales de nuestra  mesa degustaba feliz, había sido primero mutilado de una de sus pinzas y  devuelto al mar para que la sobrante le creciera elefantiásicamente y  de este modo aplacara mejor el apetito de los aficionados a semejante  manjar. Jugándome la vida -porque los ojos de la dama en cuestión a  estas alturas delataban intenciones homicidas- añadí unos cuantos  ejemplos más de los indescriptibles suplicios a que son sometidos  infinidad de animales terrestres, aéreos, fluviales y marítimos para  satisfacer las fantasías golosas, indumentarias o frívolas de los seres  humanos. Y rematé preguntándole si ella, consecuente con sus principios,  estaría dispuesta a votar a favor de una ley que prohibiera para  siempre la caza, la pesca y toda forma de utilización del reino animal  que implicara sufrimiento. Es decir, a bregar por una humanidad  vegetariana, frutariana y clorofílica.</p>
<p>Su previsible respuesta fue  que una cosa era matar animales para comérselos y así poder sustentarse  y vivir, un derecho natural y divino, y otra muy distinta matarlos por  puro sadismo. Inquirí si por casualidad había visto una corrida de toros  en su vida. Por supuesto que no y que tampoco las vería jamás aunque le  pagaran una fortuna por hacerlo. Le dije que le creía y que estaba  seguro que ni yo ni aficionado alguno a la fiesta de los toros obligaría  jamás ni a ella ni a nadie a ir a una corrida. Y que lo único que  nosotros pedíamos era una forma de reciprocidad: que nos dejaran a  nosotros decidir si queríamos ir a los toros o no, en ejercicio de la  misma libertad que ella ponía en práctica comiéndose langostas asadas  vivas o cangrejos mutilados o vistiendo abrigos de chinchilla o zapatos  de cocodrilo o collares de alas de mariposa. Que, para quien goza con  una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento  espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de  Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo. Que, para  saber que esto era cierto, no era indispensable asistir a una corrida.  Bastaba con leer los poemas y los textos que los toros y los toreros  habían inspirado a grandes poetas, como Lorca y Alberti, y ver los  cuadros en que pintores como Goya o Picasso habían inmortalizado el arte  del toreo, para advertir que para muchas, muchísimas personas, la  fiesta de los toros es algo más complejo y sutil que un deporte, un  espectáculo que tiene algo de danza y de pintura, de teatro y poesía, en  el que la valentía, la destreza, la intuición, la gracia, la elegancia y  la cercanía de la muerte se combinan para representar la condición  humana.</p>
<p>Nadie puede negar que la corrida de toros sea una fiesta  cruel. Pero no lo es menos que otras infinitas actividades y acciones  humanas para con los animales, y es una gran hipocresía concentrarse en  aquella y olvidarse o empeñarse en no ver a estas últimas. Quienes  quieren prohibir la tauromaquia, en muchos casos, y es ahora el de  Cataluña, suelen hacerlo por razones que tienen que ver más con la  ideología y la política que con el amor a los animales. Si amaran de  veras al toro bravo, al toro de lidia, no pretenderían prohibir los  toros, pues la prohibición de la fiesta significaría, pura y  simplemente, su desaparición. El toro de lidia existe gracias a la  fiesta y sin ella se extinguiría. El toro bravo está constitutivamente  formado para embestir y matar y quienes se enfrentan a él en una plaza  no sólo lo saben, muchas veces lo experimentan en carne propia.</p>
<p>Por  otra parte, el toro de lidia, probablemente, entre la miríada de  animales que pueblan el planeta, es hasta el momento de entrar en la  plaza, el animal más cuidado y mejor tratado de la creación, como han  comprobado todos quienes se han tomado el trabajo de visitar un campo de  crianza de toros bravos.</p>
<p>Pero todas estas razones valen poco, o  no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena  de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su  derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas  habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a  las corridas de modo que éstas, por ausentismo, vayan languideciendo  hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida  para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre  de esta manera -la manera más democrática, la de la libre elección de  los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las  corridas- habría que aceptarlo.</p>
<p>Lo que no es tolerable es la  prohibición, algo que me parece tan abusivo y tan hipócrita como sería  prohibir comer langostas o camarones con el argumento de que no se debe  hacer sufrir a los crustáceos (pero sí a los cerdos, a los gansos y a  los pavos). La restricción de la libertad que ello implica, la  imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que  socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre  elección.</p>
<p>La fiesta de los toros no es un quehacer excéntrico y  extravagante, marginal al grueso de la sociedad, practicado por minorías  ínfimas. En países como España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador,  Perú, Bolivia y el sur de Francia, es una antigua tradición  profundamente arraigada en la cultura, una seña de identidad que ha  marcado de manera indeleble el arte, la literatura, las costumbres, el  folclore, y no puede ser desarraigada de manera prepotente y demagógica,  por razones políticas de corto horizonte, sin lesionar profundamente  los alcances de la libertad, principio rector de la cultura democrática.</p>
<p>Prohibir  las corridas, además de un agravio a la libertad, es también jugar a  las mentiras, negarse a ver a cara descubierta aquella verdad que es  inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y  termina siempre por derrotarla. Que, en nuestra condición, ambas están  siempre enfrascadas en una lucha permanente y que la crueldad -lo que  los creyentes llaman el pecado o el mal- forma parte de ella, pero que,  aun así, la vida es y puede ser hermosa, creativa, intensa y  trascendente. Prohibir los toros no disminuirá en lo más mínimo esta  verdad y, además de destruir una de las más audaces y vistosas  manifestaciones de la creatividad humana, reorientará la violencia  empozada en nuestra condición hacia formas más crudas y vulgares, y  acaso nuestro prójimo. En efecto, ¿para qué encarnizarse contra los  toros si es mucho más excitante hacerlo con los bípedos de carne y hueso  que, además, chillan cuando sufren y no suelen tener cuernos?</p>
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		<title>El arte, las corridas y mi acordeón</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 19:56:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Nicole Muchnik</strong>, periodista y pintora. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 26/03/10):</p>
<p>En China habían pensado construir una plaza de toros en Huairou, cerca  de Pekín, en un parque dedicado a España, pero acaban de renunciar a  ello. Estaban previstas 16 corridas, que incluían la muerte del toro,  pero parece ser que, pensándolo bien, los chinos han preferido gastar su  dinero de manera más inteligente y han decidido no autorizar las  corridas en el conjunto de su territorio.</p>
<p>¿Será por un exceso de sensiblería o porque los chinos no han llegado  a ver el valor artístico de &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29408/el-arte-las-corridas-y-mi-acordeon/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Nicole Muchnik</strong>, periodista y pintora. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 26/03/10):</p>
<p>En China habían pensado construir una plaza de toros en Huairou, cerca  de Pekín, en un parque dedicado a España, pero acaban de renunciar a  ello. Estaban previstas 16 corridas, que incluían la muerte del toro,  pero parece ser que, pensándolo bien, los chinos han preferido gastar su  dinero de manera más inteligente y han decidido no autorizar las  corridas en el conjunto de su territorio.</p>
<p>¿Será por un exceso de sensiblería o porque los chinos no han llegado  a ver el valor artístico de las corridas de toros? En cualquier caso,  para el Comité Radicalement Anti-Corrida Europe (CRAC), esta decisión  china perjudica a poderosos intereses económicos que &#8220;al constatar un  descenso nada despreciable de la afluencia a las plazas de toros -de un  30% en 2009- se han puesto en busca de nuevos mercados&#8221;.</p>
<p>Es fácil  encontrar en cada lengua unos cuantos miles, o más, de definiciones de  arte, y, sin embargo, el misterio persiste.</p>
<p>A pesar de todo,  podríamos partir de una reflexión bien simple: el arte no es la  realidad. Es la mirada posada sobre la realidad. El resultado, ya sea el  cuadro, el escrito o la pieza musical, es la representación de la  realidad filtrada por la sensibilidad del artista.</p>
<p>La corrida es  la realidad. Ese espectáculo no es la representación de la muerte, es la  misma muerte. &#8220;Ahora bien, todos evitan esta cuestión cardinal: ¿qué  significa disfrutar del espectáculo de la muerte?&#8221;, propone Michel  Onfray. Los parisinos que se precipitaban a la Plaza de la Concordia  para ver a los ahorcados, y más adelante a los guillotinados,  probablemente disfrutaban del espectáculo sin que haya necesidad de  hablar de arte tratándose de ejecuciones.</p>
<p>La representación de la  muerte nos la encontramos en los cuadros donde se representa la corrida,  los de Goya o los de Picasso, por ejemplo. Son el resultado de la  mirada del artista, de una distancia, y por este hecho no plantean  ningún problema de tipo moral. Como tampoco lo hacen los millares de  páginas de excelentes autores que tratan sobre la tauromaquia. No  implican el disfrute de la muerte, no suscitan ninguna participación del  espectador. No se participa en absoluto en el mismo orden de cosas  cuando se lee un texto de un autor, o se contempla el cuadro de un  maestro, que cuando se asiste a la muerte, que no puede ser más real, de  un animal. El arte opera un desplazamiento.</p>
<p>No se puede confundir  la realidad -que se impone- con el discurso sobre la realidad -que es  libre de interpretarse como se quiera-. &#8220;Admito que el toreo sea un arte  si a cambio se me concede que el canibalismo sea gastronomía&#8221;, escribe  Manuel Vicent.</p>
<p>El ritual de esa muerte tampoco es indiferente, ya  que en la secuencia de las diferentes fases de la corrida se pueden ver  fácilmente escenas de penosa tortura, que implican una hemorragia  considerable, y que destruyen poco a poco, desde la primera incisión,  órganos vitales del animal. Las banderillas y otros hierros no son un  juego de niños. Un espectáculo, por tanto, que no solamente pone en  juego la natural interrogación del hombre sobre la muerte, sino que es  un puro y simple espectáculo de tortura y muerte.</p>
<p>El torero ha  elegido poner su cuerpo en peligro al servicio de ese espectáculo. Banal  es decir que el toro no. &#8220;Se puede juzgar el corazón de un hombre por  su trato a los animales&#8221;, señalaba Immanuel Kant.</p>
<p>Pero aquí el  asunto no es la moral sino el de saber si se puede hablar de arte en  relación con la corrida. Se puede admirar la técnica del hombre  describiendo arabescos frente a la bestia poderosa, pero el paso a la  acción ya no pertenece al terreno del arte. Se puede hablar o escribir  sobre el crimen, exaltar la belleza de la muerte, pero matar es otra  cosa. &#8220;El arte es una abstracción&#8221;, escribió Paul Gauguin.</p>
<p>Si no  se trata de arte, se podría hablar de la corrida como de un ritual que  responde o que busca responder a la interrogación del hombre sobre la  muerte. El hombre, la mujer, se interrogan sobre la muerte desde el día  de su nacimiento. Incluso los niños descubren muy pronto su abismo.</p>
<p>Pero,  ¿puede decirse que la corrida responde a esa pregunta mediante el  espectáculo de la muerte del otro? ¿Y máxime cuando esa muerte es la  culminación de verdaderas torturas por arma blanca, infligidas a  sabiendas y casi científicamente para prolongar el espectáculo?</p>
<p>Podemos  felicitarnos de que los grandes filósofos y escritores no hayan tenido  necesidad de tanto para tratar el tema. &#8220;El arte recela siempre de las  evocaciones de la condición mortal&#8221;, escribe el pintor Mark Rothko. Pero  no necesita del espectáculo de la muerte para hacerse una idea de ello.</p>
<p>De  hecho, la corrida se asemeja más bien al sacrificio. Sacrificio de un  animal siempre, de un hombre a veces. Como con los sacrificios antiguos,  el público de las plazas, los aficionados, forman una comunidad unida  por ese ritual de violencia.</p>
<p>Pero mientras que los sacrificios a  los dioses solían hacerse a cambio de alguna protección, la corrida es  un comercio, un asunto económico. Alrededor del espectáculo, ganaderos,  toreros y público ponen en circulación una cantidad muy importante de  dinero, que alcanza incluso hasta la venta de carne. Y por esa razón es  más difícil de desarraigar.</p>
<p>Y si se trata de hablar de moral,  Milan Kundera puede servir de referencia: &#8220;El auténtico test moral de la  humanidad (el más radical, el que se sitúa a un nivel tan profundo que  escapa a nuestra mirada) son sus relaciones con aquellos que están a su  merced: los animales. Y es aquí donde se produce el fallo fundamental  del hombre, tan fundamental que todos los demás derivan de ese&#8221;.</p>
<p>Como  diría Mark Twain: de mi acordeón hablaré la próxima vez.</p>
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		<title>Rebelión en la granja</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Mar 2010 20:20:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando Savater</strong>, escritor (EL PAÍS, 16/03/10):</p>
<p>Lo que diferencia el actual episodio del enfrentamiento entre taurinos y  antitaurinos en el Parlamento catalán de otras fases de ese cíclico y  antiguo debate es que por primera vez parece plantearse efectivamente la  abolición de las corridas de toros en una región española. De modo que  lo que se discute -o se debería discutir- no es tanto si ese espectáculo  es una fiesta artística, portadora de tales y cuales valores, o por el  contrario una muestra de barbarie anticuada, sino si debe o no ser <em>prohibida</em> para todos, la acepten o &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29335/rebelion-en-la-granja/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Fernando Savater</strong>, escritor (EL PAÍS, 16/03/10):</p>
<p>Lo que diferencia el actual episodio del enfrentamiento entre taurinos y  antitaurinos en el Parlamento catalán de otras fases de ese cíclico y  antiguo debate es que por primera vez parece plantearse efectivamente la  abolición de las corridas de toros en una región española. De modo que  lo que se discute -o se debería discutir- no es tanto si ese espectáculo  es una fiesta artística, portadora de tales y cuales valores, o por el  contrario una muestra de barbarie anticuada, sino si debe o no ser <em>prohibida</em> para todos, la acepten o la rechacen. Es perfectamente imaginable que  haya personas que sientan desagrado y repugnancia por las corridas pero  que consideren abusiva su prohibición; incluso puede haber aficionados  contritos que, reconociendo su gusto por ellas, admitan la necesidad de  suprimirlas para verse libres de tan pecaminosa tentación, siguiendo el  criterio de Pérez de Ayala: &#8220;Si yo mandase en España, suprimiría las  corridas&#8230; pero como resulta que no mando, no me pierdo ni una&#8221;.</p>
<p>De modo que ahora el viejo debate alcanza un nivel efectivamente  político, como también es político su trasfondo. No ha sido ciertamente  Esperanza Aguirre la primera en politizarlo, como aseguran los que  siempre miran la realidad con un ojo abierto y otro cerrado: aunque las  argumentaciones escuchadas en el <em>Parlament</em> no sean de corte  nacionalista, sin una motivación de fondo nacionalista no habría habido  iniciativa popular ni probablemente ésta hubiera llegado al punto  actual. Lo resume muy bien un chiste aparecido en <em>La Razón:</em> un  litigante muestra un rehilete, con el palo decorado con el  característico papel rizado rojo y gualda, explicando: &#8220;Esto es una  banderilla; la parte de abajo causa heridas leves al toro y la parte de  arriba hay que reconocer que ha causado esta comisión&#8221;. Claro que mejor  que el debate sea en último término político, pues para eso se lleva a  cabo en un Parlamento, que moral, como absurdamente suponen algunos. ¡No  falta ya más que los Parlamentos decidan lo que es moral y lo que no lo  es! Como parece que había quedado claro en otros casos -por ejemplo, el  del aborto- el Parlamento no está para zanjar cuestiones de conciencia  individual, sino para establecer normas que permitan convivir morales  diferentes sin penalizar ninguna y respetando la libertad individual.  Ahora, por lo visto, hay quien reclama del <em>Parlament</em> precisamente  lo opuesto&#8230;</p>
<p>Lo digo porque en lo tocante a la moral, que es  cuestión a la que he dedicado cierta perpleja atención durante bastante  tiempo, no hay tanta unanimidad respecto al trato debido a los animales  como algunas almas delicadas parecen suponer. Existen más razonamientos  éticos en el cielo y en la tierra de lo que la filosofía de Peter Singer  supone y no es lo mismo ser bueno que ser <em>guay,</em> aunque el matiz  diferencial pueda resultar difícil de captar hoy en países como el  nuestro. El repudio de la crueldad (no digamos &#8220;innecesaria&#8221;, porque si  fuese necesaria ya no sería crueldad) y del maltrato animal es moneda  corriente en los moralistas desde Tomás de Aquino, pero en cambio hay  menos unanimidad a la hora de establecer qué diferencia a esas prácticas  perversas de otras formas del empleo humano de las bestias. Y ahí es  donde esta discusión se hace desde un punto de vista teórico más  sugestiva: ¿qué hemos hecho y qué hacemos con los animales?, ¿en qué  medida la relación con ellos ha configurado nuestra civilización e  incluso nuestra &#8220;humanidad&#8221;?</p>
<p>Para empezar a comprender estos  asuntos es imprescindible retroceder bastante en el tiempo. Digamos  hasta el comienzo de la historia. El desarrollo de la sociedad humana se  basa desde el principio en la utilización de animales para nuestros  fines: nos han servido de alimento (&#8220;todo lo que nada, corre o vuela&#8230;  ¡a la cazuela!&#8221;), de fuerza motriz tirando de carros o haciendo girar  norias, de transporte y de arma de guerra (¡los escuadrones de  Alejandro, los elefantes de Aníbal!), sus pieles curtidas nos han  vestido y nos han calzado, han arado los campos, han defendido nuestras  casas y nuestros rebaños (¡también formados por animales!) y -supongo  que lo más humillante de todo- nos han servido de pasatiempo en circos y  otros espectáculos, nos han hecho zalemas como mascotas de compañía y  han trinado en jaulitas a la espera de su alpiste. Por no mencionar a  los que han donado involuntariamente -y a veces aún vivos- sus cuerpos a  la ciencia para el avance de la medicina, la cosmética y hasta la  astronáutica <em>(¡Laika,</em> pionera del <em>Sputnik!).</em> Nos han sido  imprescindibles para evitar males mayores: el antropólogo Marvin Harris  justificó que los aztecas se comiesen a sus prisioneros por la ausencia  en su territorio de mamíferos de talla suficiente para poder convertirse  en fuente de proteínas y Jared Diamond explica el rezago de ciertas  poblaciones africanas por carecer de bestias domesticables que pudiesen  servirles para el transporte o la carga. Si tantos y tan variados  empleos son formas de maltrato, hay que reconocer que la civilización  humana se basa en el maltrato de los animales.</p>
<p>De modo que resulta  un poco risible el argumento abolicionista de &#8220;que le pregunten al toro  si le parece arte que le piquen o le den la puntilla&#8221;. Tampoco nadie le  pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades  gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros,  gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien.  Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de  introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una  práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si  aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para  alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen  corretear a unos pollos o a unos terneros: &#8220;¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me  refiero a que parecen sabrosos&#8230;&#8221;. Reconocemos que en los mataderos o  las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero  se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el  espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta  demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el  sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar  de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo  sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para  satisfacer diversiones o lujos. Pero, como señaló Valéry, <em>&#8220;tout ce  qui fait le prix de la vie est curieusement inutile</em>&#8220;. El asunto de  fondo sigue siendo el mismo: ¿tenemos derecho o no?, ¿es crueldad o no?</p>
<p>La  preocupación por el bienestar de los demás seres vivos obtuvo el  patronazgo de notables ilustrados -Montaigne, Jeremy Bentham,  Schopenhauer&#8230;- pero también el refrendo de algunos que mostraron  humanitarismo con las bestias y bestialidad con los humanos: las  primeras leyes europeas protoecologistas de protección de la Madre  Tierra y de los animales fueron dictadas por el vegetariano Adolf  Hitler. En cualquier caso, la sensibilidad hacia el sufrimiento de otros  vivientes es un signo de la modernidad. A ella se deben medidas  piadosas como el peto de los caballos de los picadores (impuesto por el  dictador Primo de Rivera) o el suavizamiento de los obstáculos más  peligrosos en la carrera del Grand National de Liverpool. No son  desdeñables, pese a que ello implica que los animales van desapareciendo  de nuestras vidas urbanas -circos, zoológicos- para hacerse sólo  presentes virtualmente en los documentales de la televisión. Es una  tendencia que continuará y que sin duda también acabará mañana afectando  las corridas de toros, si no son abolidas. No revelan acercamiento a la  naturaleza, sino el predominio humanista de dos instancias desconocidas  en ella: la compasión y la hipocresía. Ambas, en su dialéctica  perpetua, espiritualizan nuestra vida. Yo me quedo con el arrebato de  Nietzsche en la plaza Carlo Alberto de Turín, abrazado llorando al  cuello del viejo caballo fustigado por su cochero. ¿Síntoma de locura o  comprensión abismal de la irreductible desdicha de existir?</p>
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		<title>La España negra y la tauromaquia</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 19:39:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, profesor de Investigación en el Instituto de  Filosofía del CSIC (EL PAÍS, 11/03/10):</p>
<p>Aquí no tomamos el adjetivo <em>negro</em> en su sentido cromático  habitual (y mucho menos en sentido racial alguno), sino en el  significado peyorativo de siniestro con que hablamos de la novela negra o  de un negro porvenir y que los autores regeneracionistas usaban para  referirse a la España negra como el compendio de nuestras más tenebrosas  tradiciones.</p>
<p>De la palabra latina <em>mores</em> (costumbres) procede nuestro  término moral. El conjunto de las costumbres y normas de un grupo o una  tribu constituye su moral. &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29232/la-espana-negra-y-la-tauromaquia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Jesús Mosterín</strong>, profesor de Investigación en el Instituto de  Filosofía del CSIC (EL PAÍS, 11/03/10):</p>
<p>Aquí no tomamos el adjetivo <em>negro</em> en su sentido cromático  habitual (y mucho menos en sentido racial alguno), sino en el  significado peyorativo de siniestro con que hablamos de la novela negra o  de un negro porvenir y que los autores regeneracionistas usaban para  referirse a la España negra como el compendio de nuestras más tenebrosas  tradiciones.</p>
<p>De la palabra latina <em>mores</em> (costumbres) procede nuestro  término moral. El conjunto de las costumbres y normas de un grupo o una  tribu constituye su moral. Cosa muy distinta es la ética, que es el  análisis filosófico y racional de las morales. Mientras la moral puede  ser provinciana, la ética siempre es universal. Desde un punto de vista  ético, lo importante es determinar si una norma es justificable  racionalmente o no; su procedencia tribal, nacional o religiosa es  irrelevante. La justificación ética de una norma requiere la  argumentación en función de principios generales formales, como la  consistencia o la universalidad, o materiales, como la evitación del  dolor innecesario. Desde luego, lo que no justifica éticamente nada es  que algo sea tradicional.</p>
<p>Algunos parecen incapaces de quitarse  sus orejeras tribales a la hora de considerar el final del maltrato  público de los toros. No les importa la lógica ni la ética, el  sufrimiento ni la crueldad, sino sólo el origen de la costumbre. La  crueldad procedente de la propia tribu sería aceptable, pero no la  ajena. En cualquier caso, y contra lo que algunos suponen, ni las  corridas de toros son específicamente españolas ni los <em>correbous</em> (o encierros) son específicamente catalanes. De hecho, ambas salvajadas  se practicaban en otros países de Europa, como Inglaterra, antes de que  la Ilustración condujera a su abolición a principios del siglo XIX.</p>
<p>Siempre  resulta sospechoso que una práctica aborrecida en casi todo el mundo  sea defendida en unos pocos países con el único argumento de ser  tradicional en ellos. Aparte de España, las corridas se mantienen sobre  todo en México y Colombia, dos de los países más violentos del mundo.  Otros países más suaves de Latinoamérica, como Chile, Argentina o  Brasil, hace tiempo que las abolieron. Las normas más respetables suelen  ser universales. Todo el mundo está de acuerdo en que no se debe matar  al vecino, ni mutilar a la vecina, ni quemar el bosque, ni asaltar al  viajero. Por desgracia, en muchos sitios hay costumbres locales crueles,  sangrientas e injustificables, aunque no por ello menos tradicionales.  De hecho, todas las salvajadas son tradicionales allí donde se  practican.</p>
<p>Los que escribimos y polemizamos contra la práctica  abominable de la ablación del clítoris de las adolescentes en  variospaíses africanos recibimos con frecuencia la réplica de que  nuestra crítica es inadecuada e incluso colonialista, pues no tiene en  cuenta que se trata de prácticas tradicionales de esos pueblos y que las  tradiciones no se pueden criticar.</p>
<p>Obviamente, las corridas de  toros no tienen nada que ver con la ablación del clítoris, ni son  comparables con ella; sin embargo, los defensores de ambas prácticas  usan de modo similar el argumento de la tradición para justificarlas. La  única moraleja es metodológica: la tradición no justifica nada.</p>
<p>Los  españoles no tenemos un gen de la crueldad del que carezcan los  ingleses; la diferencia es cultural. En España siguen celebrándose  encierros y corridas de toros, pero no en Inglaterra (donde hace dos  siglos eran frecuentes), pues los ingleses pasaron por el proceso de  racionalización de las ideas y suavización de las costumbres conocido  como la Ilustración.</p>
<p>Aquí apenas hubo Ilustración ni pensamiento  científico, ético y político modernos. Muchos de nuestros actuales  déficits culturales proceden de esa carencia.</p>
<p>A los enemigos de  los toros, es decir, a los defensores de las corridas, una vez gastados  los cartuchos mojados de las excusas analfabetas, como que el toro no  sufre, sólo les quedan dos argumentos: que las corridas son  tradicionales y que su abolición atentaría contra la libertad.</p>
<p>Ya  hemos visto que la tradición no es justificación de nada. La tortura  pública y atroz de animales inocentes (y además rumiantes, los más  miedosos, huidizos y pacíficos de todos) es una salvajada  injustificable, y como tal es tenida por la inmensa mayoría de la gente y  de los filósofos, científicos, veterinarios y juristas de todo el  mundo.</p>
<p>Cuando, en el Parlamento de Cataluña, Jorge Wagensberg  mostraba uno a uno los instrumentos de tortura de la tauromaquia, desde  la divisa hasta el estoque, pasando por la garrocha del picador y las  banderillas, y preguntaba: &#8220;¿Cree usted que esto no duele?&#8221;, un  escalofrío recorría el espinazo de los asistentes.</p>
<p>Queda el  argumento de la libertad, basado en la incomprensión del concepto y en  la ausencia de cultura liberal. La libertad que han propugnado los  pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres  humanos adultos: dos humanos adultos pueden interaccionar entre ellos  como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y  no agredan a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni ninguna otra  instancia pueden interferir en dichas transacciones voluntarias.</p>
<p>Ningún  liberal ha defendido un presunto derecho a maltratar y torturar a  criaturas indefensas. De hecho, los países que más han contribuido a  desarrollar la idea de la libertad, como Inglaterra, han sido los  primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros.  Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que  estamos teniendo ahora en España y sobre todo en Cataluña ya se tuvo en  Gran Bretaña hace 200 años. Los padres del liberalismo tomaron partido  inequívoco contra la crueldad. Ya entonces, frente al burdo sofisma de  que, puesto que los caballos o los toros no hablan ni piensan en  términos abstractos se los puede torturar impunemente, el gran jurista y  filósofo liberal Jeremy Bentham señalaba que la pregunta éticamente  relevante no es si pueden hablar o pensar, sino si pueden sufrir.</p>
<p>En  vez de crear el partido liberal moderno del que carecemos y de formular  una política económica alternativa a la del Gobierno, los dirigentes  del Partido Popular se ponen a correr hacia atrás, se enfundan la  montera y el capote, pontifican que el mal cultural de las corridas de  toros es un bien cultural e invocan las esencias de la España negra para  tratar de arañar un par de votos, sin darse cuenta de que a la larga  pueden perder muchos más con semejante actitud.</p>
<p>Esperanza Aguirre  cita a Goya en primer lugar de sus referencias culturales favorables a  la tauromaquia. Lo mismo podría haber acusado a Goya de estar a favor de  los fusilamientos, pues también los pintaba.</p>
<p>No le vendría mal  repasar los grabados de Goya sobre la tauromaquia para encontrar la más  demoledora de las críticas a esa práctica. Las series negras de los  disparates, los desastres de la guerra y la tauromaquia nos presentan el  más crítico y descarnado retrato de la España negra, un mundo sórdido,  oscuro e irracional de violencia y crueldad, habitado por chulos,  toreros, verdugos, borrachos e inquisidores.</p>
<p>Goya se fue acercando  a las posiciones de los ilustrados, como Jovellanos, partidarios de la  abolición de los espectáculos taurinos. Y si acabó exiliándose a Francia  y viviendo en Burdeos fue por su incompatibilidad con el régimen  absolutista (&#8220;¡vivan las cadenas!&#8221;) de Fernando VII, enemigo de la  inteligencia, restaurador de la censura y la Inquisición, creador de las  escuelas taurinas y gran promotor de las corridas de toros.</p>
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		<title>Toros, mitos y españolidad</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 19:19:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Oliver Alonso</strong>, catedrático de Economía Aplicada, UAB (EL PERIÓDICO, 11/03/10):</p>
<p>El debate sobre la <em>fiesta</em> en Catalunya ha entrado en su  recta final. Se han cerrado las comparecencias en el Parlament con un  argumentario que ha elevado el debate sobre esta tradición más allá de  lo que podía esperarse en un principio, dada la gran pasión que  despierta. ¡Buen refuerzo para la política como máxima expresión del  intercambio de opiniones y de convivencia! Pero que haya debate no  garantiza la ausencia de demagogia. Y en algunas de las posiciones que  han aparecido, tanto en el Parlament como &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29229/toros-mitos-y-espanolidad/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Josep Oliver Alonso</strong>, catedrático de Economía Aplicada, UAB (EL PERIÓDICO, 11/03/10):</p>
<p>El debate sobre la <em>fiesta</em> en Catalunya ha entrado en su  recta final. Se han cerrado las comparecencias en el Parlament con un  argumentario que ha elevado el debate sobre esta tradición más allá de  lo que podía esperarse en un principio, dada la gran pasión que  despierta. ¡Buen refuerzo para la política como máxima expresión del  intercambio de opiniones y de convivencia! Pero que haya debate no  garantiza la ausencia de demagogia. Y en algunas de las posiciones que  han aparecido, tanto en el Parlament como fuera de él, algo de ella hay  en ciertos mitos. Permítanme repasar los más notables.</p>
<p><strong>Primer  mito</strong>. <em>Los toros expresan arte, como lo demuestra la pasión que  sentían, entre otros, García Lorca, Picasso, Hemingway, Orson Welles</em>…<br />
Otros  artistas e intelectuales también bendijeron conductas que hoy  consideramos aberrantes. Por ejemplo, en la Grecia y la Roma clásicas.  Por fortuna, las sensibilidades cambian y comienzan a quedar lejos los  tiempos en que la autoridad era dogma.</p>
<p>Segundo mito. <em>La  ‘fiesta’ ya está agonizando y los jóvenes no se interesan por ella.  Déjenla, pues, morir en paz</em>.<br />
No se trata de cantidad. Se trata de  nuestra moral colectiva. Y en esa hay opinión mayoritaria de que la  tortura de los toros debería desaparecer, porque nos envilece a todos. Y  porque afecta a nuestra propia concepción de lo que es humano y que nos  separa y nos distingue de los mamíferos superiores. Los que se oponen a  la abolición de esta barbaridad no quieren, o quizá simplemente no  pueden, aceptar que el sufrimiento de estos animales no está tan lejos  del nuestro.<br />
Tercer mito. <em>Siempre es mejor no prohibir</em>.<br />
Los  partidarios de mantener la situación actual argumentan que no pretenden  imponer su criterio y que, por el mismo motivo, demandan respeto por el  suyo. Este argumento olvida el carácter moral del debate en curso, al  tiempo que tampoco tiene en cuenta que, en un país avanzado, la libertad  individual termina donde comienza la del vecino. Y espectáculos donde  se tortura a animales para nuestro deleite afectan a los valores morales  sobre los que basamos nuestra convivencia. ¿Acaso no existen ordenanzas  que impiden el maltrato de los animales domésticos? ¿No está prohibida,  por el mismo motivo, la experimentación con primates? ¿No hay, en todas  esas limitaciones, consideraciones morales acerca del sufrimiento  animal?</p>
<p>Cuarto mito. <em>Es un ataque a España, como lo demuestra  que no se quieran prohibir los ‘correbous’.</em><br />
En absoluto. Vaya por  delante que soy partidario de que estos sean tratados como las  corridas. Y que, en Catalunya, hay defensores y detractores de estas  como los hay de los <em>correbous</em>. La línea divisoria no está entre  Catalunya y España. Este es un debate adulterado y una trampa en la que  no deberíamos caer. Ni los que están a favor de los toros ni aquellos  que están en contra. Y su introducción en este preciso momento no es más  que una artimaña para desviar la atención de lo que es sustantivo, y  arrimar el agua al molino de los intereses partidistas del Partido  Popular. Es evidente que también en Catalunya hay intereses políticos en  este debate. Pero, dado el soporte popular a la ilegalización, me  parece que no constituyen el núcleo de la oposición a los toros. Y sería  un craso error confundir estos planos, como se pretende desde algunas  instancias españolas o catalanas.</p>
<p>Quinto mito. <em>Hay hipocresía  por parte de los que se oponen a las corridas, que no se expresan con  igual empeño contra el sacrificio de otros animales que utilizamos para  nuestra alimentación.</em><br />
Nada más erróneo: la oposición no es a la  muerte de un ser vivo, sino al uso de la crueldad gratuita como  divertimento. No es necesario ser vegetariano militante para oponerse a  la fiesta.</p>
<p>Sexto mito. <em>El Parlament tiene otros temas más  importantes que tratar y que interesan más a la ciudadanía, en especial  en momentos tan duros económicamente como estos.</em><br />
Falso, ya que  no solo de pan vive el hombre. Y como muestra de interés sobre este  ámbito, véase el volumen de firmas de la iniciativa legislativa popular  (cercano a las 200.000) o el peso de la población que se opone a la <em>fiesta</em>.  De hecho, el grueso de la sociedad catalana está en contra de permitir  la organización, pública y con fines de diversión, de la tortura de esos  animales. Los distintos grupos políticos del Parlament deberían tomar  buena cuenta de ello. Y, como se hizo con la propuesta popular, permitir  que cada diputado vote en conciencia. No me parece razonable, ni  democrático, que en una cuestión tan sujeta a opiniones personales,  morales e incluso filosóficas, los partidos quieran imponer una  determinada visión a sus miembros. Se equivocarían. Y ello tanto por lo  discutible de esta cuestión como por su distanciamiento del grueso de la  sociedad catalana ¿Creen, de verdad, que Catalunya está a favor de  perpetuar este festival sangriento? La democracia se demuestra, como  todo en la vida, andando. Y pocas veces el sentir del país está más  sesgado hacia una posición. Los políticos deberían entender las  transformaciones que se han operado en Catalunya y, en lugar de actuar  como freno, ponerse al frente de lo que la sociedad demanda. Con ello,  además, harían un servicio a la recuperación de la política, tan  denostada últimamente.</p>
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		<title>Los toros y las Españas</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 17:32:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Juan A. Herrero Brasas, </strong>profesor de Ética  Social en la  Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 03/10/03):</p>
<p>Como era de prever,  lo político y lo moral se confunden interesadamente en el debate en  curso sobre la posible prohibición de las corridas de toros en Cataluña.  Muchos insisten en ver dicha prohibición como un elemento de  diferenciación y distanciamiento de España por parte de Cataluña. Lo  cierto es que la obsesión antiespañolista flaco favor hace a la causa  antitaurina, al generar la falsa idea de que la dicotomía  taurino/antitaurino es idéntica con españolismo/antiespañolismo.</p>
<p>También somos frontalmente opuestos a la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29219/los-toros-y-las-espanas/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Juan A. Herrero Brasas, </strong>profesor de Ética  Social en la  Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 03/10/03):</p>
<p>Como era de prever,  lo político y lo moral se confunden interesadamente en el debate en  curso sobre la posible prohibición de las corridas de toros en Cataluña.  Muchos insisten en ver dicha prohibición como un elemento de  diferenciación y distanciamiento de España por parte de Cataluña. Lo  cierto es que la obsesión antiespañolista flaco favor hace a la causa  antitaurina, al generar la falsa idea de que la dicotomía  taurino/antitaurino es idéntica con españolismo/antiespañolismo.</p>
<p>También somos frontalmente opuestos a la barbarie taurina  muchos de los que somos españoles y no queremos dejar de serlo. Eso sí,  tristemente he de confesar que si algo ha hecho alguna vez que me  avergüence de ser español es la existencia de la fiesta taurina. Pero no  olvidemos que las corridas están prohibidas ya  en otra región  española, Canarias, donde se produjo dicha abolición no mediante una ley  <em>ad hoc</em>, como se pretende hacer en Cataluña, sino simplemente  como consecuencia de una ley general de protección de los animales.</p>
<p>Siempre me he preguntado qué tipo de persona hay que ser para  disfrutar y aplaudir mientras se ve como se desangra un animal que ha  sido públicamente acuchillado. Es algo que verdaderamente me causa una  enorme perplejidad. Me hace sentir que no todos estamos hechos del mismo  material. ¡Cómo es posible sentir semejante falta de identificación con  el sufrimiento de otro ser vivo! Estamos hablando de un mamífero  superior, muy semejante fisiológica y neurológicamente al ser humano, un  animal que desea vivir tanto como nosotros y que sufre el dolor físico  del mismo modo que nosotros lo sufrimos, como lo demuestra el simple  hecho de que huye del dolor y de la muerte con la misma desesperación  con que nosotros lo haríamos.</p>
<p>Aún recuerdo mi experiencia en la única corrida de toros a la  que, llevado por no recuerdo quién, he asistido en mi vida. Tendría no  más de 10 u 11 años. Antes de ir, sin duda habría oído hablar de las  corridas de toros y algo habría visto de pasada en televisión. Pero era  muy diferente ver allí, a corta distancia de mí (era una plaza de toros  relativamente pequeña), semejante acto criminal. Recuerdo vivamente como  aquel toro abanderillado, sangrante y ya tambaleante se colocó cerca  del muro y miró hacia donde yo me encontraba sentado, en las gradas más  bajas, muy cerca del ruedo. Yo fijé mis ojos en los del animal y, de un  modo verdaderamente extraño, algo que jamás olvidaré, durante unos  momentos tuvimos la mirada clavada el uno en el otro. Yo desde detrás de  mis ojos arrasados en lágrimas le gritaba silenciosamente «¡no todos  somos así! ¡no todos somos así!». Junto al toro, ya a punto de colapsar,  se posicionó el torero, haciendo gala de esa característica chulería.  Yo miraba al toro y desde dentro le gritaba «¡Cógele, cógele, que aún  puedes!». Aquello era claramente una reacción primaria, la reacción  visceral de un niño. De haberlo considerado racionalmente, tampoco  habría deseado ver a un torero corneado y sangrante.</p>
<p>No son España y Cataluña las que chocan en este asunto. Son  más bien las dos Españas: una España sensible, racional y genuinamente  progresista frente a otra España atávica, brutal e insensible, e  inconsciente además del patético lugar a que dicho espectáculo nos  relega en el contexto europeo.</p>
<p>Kant justificaba racionalmente la necesidad de evitar la  crueldad con los animales aduciendo que demostrando consideración por el  bienestar del animal cultivamos la sensibilidad y la compasión hacia  los seres humanos. La consecuencia lógica de ese razonamiento es que  cuando se es cruel con los animales -más aún, cuando esos actos de  crueldad se publicitan y transmiten abiertamente en los medios de  comunicación- se está deshumanizando a la sociedad, se está educando a  las personas en la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. De hecho,  históricamente se observa una cierta correlación entre la crueldad con  los animales y la crueldad entre los seres humanos. El filósofo Jesús  Mosterín sostiene que mientras que espectáculos análogos a las corridas  desaparecieron en otros países europeos como efecto de la nueva actitud  más racional que trajo consigo la Ilustración, en España el movimiento  de la Ilustración no llegó a calar, y ése es un retraso cultural que aún  llevamos a la espalda.</p>
<p>La fiesta taurina se mantiene por emperramiento de un sector  social, lo mismo que las dichosas siluetas del toro de Osborne que nos  encontramos bordeando las carreteras y cuyo mensaje taurino codificado  se nos impone a todos, queramos o no. Se tome la decisión que se tome en  Cataluña, lo que hace falta es un proceso de reflexión pública y de  debate sobre la cuestión, porque la reflexión y el debate son los  antídotos de la irracionalidad y la barbarie. Somos ya muchos los que  decimos ¡Basta!</p>
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		<title>La Fiesta en Cataluña&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 17:16:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Adolfo Suárez Illana, </strong>abogado (EL MUNDO, 03/10/03):</p>
<p>Algo nos está pasando… y no es nada bueno. Andamos enredados estos días en buscar y  dar argumentos a favor y en contra de la continuación de las corridas de  toros en Cataluña. Al margen de lo bueno o malo que pueda resultar tal  ejercicio, me parece francamente incomprensible su solo planteamiento:  el <em>obligar</em> a todo un sector -representante de un espectáculo  artístico que, además, es el más singular de toda la Tierra- a dar  razones para que no sea prohibido. Si alguien debiera dar razones, y  graves, para el simple planteamiento &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29218/la-fiesta-en-cataluna/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Adolfo Suárez Illana, </strong>abogado (EL MUNDO, 03/10/03):</p>
<p>Algo nos está pasando… y no es nada bueno. Andamos enredados estos días en buscar y  dar argumentos a favor y en contra de la continuación de las corridas de  toros en Cataluña. Al margen de lo bueno o malo que pueda resultar tal  ejercicio, me parece francamente incomprensible su solo planteamiento:  el <em>obligar</em> a todo un sector -representante de un espectáculo  artístico que, además, es el más singular de toda la Tierra- a dar  razones para que no sea prohibido. Si alguien debiera dar razones, y  graves, para el simple planteamiento de una cuestión así, éstos deberían  ser los abolicionistas.</p>
<p>Algunos, al oír esto, rápidamente acuden al lugar común del  animal que sufre para marcar la diferencia. No quiero abundar en los  argumentos que, para <em>compensar</em> esta afirmación, se suelen  aportar, pero sí querría decir dos cosas. Primero, que los animales no  son personas. Esto, que parece una obviedad, también parece que está  siendo cuestionado por una sutil pero permanente campaña de <em>personalización</em> de los animales. Esa <em>personalización</em> consiste en acercar los  animales a las personas hasta tal extremo que no sólo se les otorgan  derechos sino también características que son exclusivas del hombre.  Pues bien, eso no es ni civilización ni progreso, es, lisa y llanamente,  un amaneramiento social. Una cosa es tener una mascota y tratarla bien,  y otra muy distinta es pensar que ese animal es una persona, con sus  mismas características y derechos. Aunque a veces lo olvidemos, nada  tiene que ver la idílica representación que se nos hace de la selva, sus  animales y relaciones en los cuentos de Disney o Kipling, con la cruda  realidad.</p>
<p>En algunos casos, el trato dado a ciertos animales de  compañía llega al más absoluto de los ridículos. No quiero ofender a  nadie ni meterme en la forma en la que cada cual trata a sus mascotas,  pero de ahí a confundir un animal con una persona, va un mundo. Los  animales, como el resto de la creación, con los límites que imponen la  razón y la necesidad de mantenerla para las futuras generaciones, están  al servicio del hombre. Y es en ese marco donde han de ser entendidas  las corridas.</p>
<p>El toro bravo ha sido y es parte de la cadena alimenticia del  hombre y, sólo por sus especialísimas características de bravura y  nobleza en la lucha, se le ha permitido una vida y una forma de morir  que no tiene relación alguna con la que se le concede a cualquier otra  res: una vida extraordinaria en libertad de al menos cuatro años, la  posibilidad de pelear por su vida y, esto es más excepcional aún, la  posibilidad también de matar a su matador. Esto, en cuanto a las  posibilidades que se <em>ofrecen</em> a un animal que acude al sacrificio  para ser convertido en alimento. Por otro lado van las exigencias que se  le imponen a quien aspira a ser el matador de tan excepcional animal.  Son muchas, no sirve hacerlo de cualquier manera. Tanto es así que,  además de la liturgia obligatoria que debe ser respetada durante el  proceso, al matador se le pide que aporte algo de sí mismo, que le haga  especial a él y a su forma de llevar a cabo esa lidia; y eso es,  precisamente, el arte. El arte generado mientras se ofrece el  espectáculo más singular del mundo: bailar a muerte con un toro. Pero,  como digo, no de cualquier manera, sino cumpliendo las exigencias  artísticas, técnicas y ganaderas que hacen que ese espectáculo sea  verdaderamente excepcional y digno de reconocimiento.</p>
<p>Bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una  verdad incontestable tras de sí: la muerte. Pero la esencia no es la  muerte, sino el arte, esa capacidad del hombre para crear sentimientos  en el albero al hilo de una coreografía inmediata, brillante, efímera y  exclusiva bailada sobre la cuerda floja que se tiende entre los dos  pitones de un toro bravo.</p>
<p>No creo que un espectáculo así deba ser prohibido en ningún  caso, antes bien, debe ser objeto de cuidado y apoyo, con independencia  del número de sus seguidores, como lo es en países tan civilizados y  cultos como Francia. Esto debería ser bien entendido por  Administraciones que, como la catalana, no cejan en el empeño de imponer  el catalán por la fuerza, so pretexto de que es marginado por <em>otros</em>.</p>
<p>Segundo -había prometido dos cosas-, no creo en absoluto que  el sufrimiento de los animales preocupe lo más mínimo a esta gente que  hoy trata de imponer su voluntad al resto con la abolición de las  corridas en cataluña, pues son los mismos -todavía recuerdo a Tardá en  esas tareas- que defienden que a una mujer le puedan introducir unas  tijeras por la vagina y descuartizar, en su seno, al niño que lleva  dentro. Esto suena a salvajada… y lo es, pero es una de las formas más  comunes de practicar un aborto hoy en día. Hay otras, no menos salvajes,  como la de meter una aguja-aspiradora por el mismo conducto para  extraer al feto a la vez que se le trocea y mata. Yo he tenido la  desgracia de ver imágenes así y es repugnante ver el dolor que se  produce al niño y cómo este intenta en vano defenderse. ¿Es acaso más  digno de defensa el toro que un niño en el seno materno? ¿Y quieren que  me crea lo del sufrimiento del pobre toro? Me parece una burla de mal  gusto. Creo que lo único que les importa a quienes esto defienden es su  santa voluntad y que el sufrimiento, ya sea del niño, ya del toro, les  importa muy poco.</p>
<p>Al final, tristemente, todo apunta a que hay quienes,  manejando sentimientos ciertos de algunos sectores, aprovechan la  oportunidad política para sacar de quicio las cosas y montar un  espectáculo cuyo objetivo no es otro que buscar puntos de fricción y  enfrentamiento entre la sociedad española en general y la sociedad  catalana en particular. Puntos de fricción que no existen ni han  existido jamás y que son alentados por políticos necios, incapaces de  cumplir con las tareas más exigentes, importantes y urgentes que les han  sido encomendadas por la sociedad. Por ejemplo, buscar salidas a la  crisis y favorecer el entendimiento y la convivencia pacífica de todos  los españoles.</p>
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		<title>Los nacionalistas relanzan el más viejo debate español</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 20:06:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor de la Serna</strong> (EL MUNDO, 06/03/10):</p>
<p>Para Ignacio Camacho, en Abc algunos han incurrido sin darse cuenta en una exhibición de españolismo acendrado: «En su afán por rechazar y alejarse de la identidad española, los independentistas catalanes han reverdecido uno de los fenómenos más genuinos de la cultura celtibérica; pocas cosas hay más nacionales que la polémica sobre las corridas de toros, que lleva ahí tanto tiempo como la fiesta misma. Si acaso hay algo aún más nacional es el vicio de prohibir, y esos tipos han caído de golpe en las dos pasiones con un reflejo inconsciente». &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29187/los-nacionalistas-relanzan-el-mas-viejo-debate-espanol/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor de la Serna</strong> (EL MUNDO, 06/03/10):</p>
<p>Para Ignacio Camacho, en Abc algunos han incurrido sin darse cuenta en una exhibición de españolismo acendrado: «En su afán por rechazar y alejarse de la identidad española, los independentistas catalanes han reverdecido uno de los fenómenos más genuinos de la cultura celtibérica; pocas cosas hay más nacionales que la polémica sobre las corridas de toros, que lleva ahí tanto tiempo como la fiesta misma. Si acaso hay algo aún más nacional es el vicio de prohibir, y esos tipos han caído de golpe en las dos pasiones con un reflejo inconsciente». Botón de muestra: David González (a todas luces, oriundo del Berguedà) exclamaba, indignado, desde las páginas del Avui: «Aquí, si tenemos que matar alguna cosa, la matamos con la palabra; allá, algunas cosas las matan aún con la espada».</p>
<p>En EL MUNDO, Salvador Sostres -que, nos tememos, arrostra cada día mayores riesgos si se empecina en seguir escribiendo en la hortera y paupérrima lengua española- aportaba la nota original, tirando a esperpéntica e hispana, entre valleinclanesca y daliniana: «Yo soy independentista y de ningún modo estoy a favor de prohibir los toros». En cambio, Josep Maria Fonalleras, en El Periódico, aportaba poderosos argumentos a la inminente prohibición de la caza y de la pesca: «Recomiendo al amigo Salvador [Boix, apoderado de José Tomás] que lea con atención no los alegatos folclóricos, los emocionales o los de raíz nacionalista (españoles o catalanes, da igual), sino la sabia lección de Jorge Wagensberg [el científico que ha revelado que el estoque duele]. Es muy difícil defender las corridas, el espectáculo en el que se paga por ver una muerte, tras su discurso sobre la muerte, la vida y el dolor». Y desde Viena llegaba el director de cine Günter Schwaiger para responder, desde La Razón, a Fonalleras: «La tradicional relación entre hombre y animal, que es de dominio y sumisión, no ha desaparecido ni lo hará si no desaparecen los animales en su totalidad. Lo que sí que puede desaparecer prohibiendo las corridas es la admiración por ese toro de lidia que volverá a ser un simple bovino, un trozo de carne castrado, sin nombre, sin historia, sin dignidad».</p>
<p>Pero lo malo no está en Barcelona; está en Madrid, donde a Esperanza Aguirre se le ocurre declarar la lidia Bien de Interés Cultural. El editorial de El País, con su habitual solvencia intelectual, le hacía, furibundamente, todo un juicio de intenciones: Aguirre actúa «con motivo o sin él», «como dando a entender» que «es más importante apreciar y defender las corridas que cumplir con las obligaciones que derivan de las leyes». Además, «por encima de sus ambiciones de llegar a la política nacional desde la autonómica no hay nada». Concluía que Aguirre convierte a Madrid en «una taifa política y administrativa» y en «azote de otras autonomías». Casi nada.</p>
<p>Los lectores del diario de Prisa recibían, eso sí, una dosis de antídoto a ese venenillo en una columna de Fernando Savater, para el que «resulta un abuso arrogante» el que las autoridades de cualquier sitio decidan «desde la prepotencia moral institucionalizada si son compatibles o no con nuestra ciudadanía» actividades como la lidia de toros.</p>
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		<title>Crimen contra la libertad</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2010 22:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Santiago Martín</strong>, &#8220;El Viti&#8221;, matador de toros (ABC, 04/03/10):</p>
<p>Me siento horriblemente decepcionado. La sinrazón de los políticos es tremenda. ¿Por qué no respetan la libertad? Lo que ocurre en Cataluña es un crimen contra la libertad de expresión del pueblo, contra el derecho de sentir y actuar del mundo del toro y de toda su afición. Como torero, he recibido muchas cornadas, pero ésta es la más grave. El dolor que supone el debate prohibicionista que se ha planteado en el Parlamento de Cataluña no tiene parangón. Va contra los derechos de la humanidad y es un &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29158/crimen-contra-la-libertad/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Santiago Martín</strong>, &#8220;El Viti&#8221;, matador de toros (ABC, 04/03/10):</p>
<p>Me siento horriblemente decepcionado. La sinrazón de los políticos es tremenda. ¿Por qué no respetan la libertad? Lo que ocurre en Cataluña es un crimen contra la libertad de expresión del pueblo, contra el derecho de sentir y actuar del mundo del toro y de toda su afición. Como torero, he recibido muchas cornadas, pero ésta es la más grave. El dolor que supone el debate prohibicionista que se ha planteado en el Parlamento de Cataluña no tiene parangón. Va contra los derechos de la humanidad y es un desprecio a su propia historia.</p>
<p>En medio de una crisis como la que azota España, es muy lamentable que se esté debatiendo una abolición. Tenemos políticos que son peores que los terremotos y los tsunamis juntos. ¿Acaso no saben los puestos de trabajo que generamos? Pero ése no es el argumento fundamental: hablamos de libertad. De pureza y de verdad.</p>
<p>En el Parlament muchos han interpretado una farsa. En el ruedo ocurre todo lo contrario: todo es real. El torero expone, emociona e incluso deja su vida. La sangre no es como la de una obra de teatro, como ese teatro montado por los grupos antis.</p>
<p>Algunas manifestaciones de los antitaurinos me han horrorizado. Es un delito que comparen al torero con un maltratador. ¿Cómo pueden hacerse esas comparaciones con la ablación, la violencia infantil o el maltrato a la mujer? Parece tan monstruoso como el que quita la vida en el vientre de una madre sin ningún motivo. La película que se han montado es como para recluir a esos señores y llevar a curar sus mentes maquiavélicas. Ahora, yo me pregunto: ¿cómo semejantes personas han conseguido convencer a un señor alcalde, a un mandatario? No me inspiran ninguna fe estos políticos, sólo creo en el pueblo de Cataluña y en su historia. Y hablamos de siglos, de una tauromaquia ligada a las tierras mediterráneas. Entérense: en Barcelona, hubo una época en la que se daban más toros que en todo Madrid. Y no lo digo de oídas. A mí no me lo han contado. Yo lo he vivido. He disfrutado de tardes de admiración y pasión. A nadie se le ha obligado nunca a ir a la plaza. Aquí se abren las puertas legalmente y el público libremente elige acudir. No podemos permitir que desaparezca una tradición histórica.</p>
<p>Ensalzo el respeto de los aficionados, algo que olvidan los antis. Sirva el ejemplo de Joselito, que ha sido todo un señor. ¿Por qué no se han dirigido a él en castellano? Ha sido muy educado. A algunos parlamentarios catalanes les envío un mensaje: no son parlamentarios del pueblo de Cataluña. Parece mentira que les hayan votado a ustedes, vestidos con las siglas de un grupo político, y que el pueblo español les haya dado su respaldo. Agreden al ciudadano en sus derechos naturales. ¿Dónde está el derecho de las personas en esta vida? Esos parlamentarios deberían dimitir, porque han hecho un desprecio al derecho natural de la exposición de un participante.</p>
<p>La gente ha de tener muy claro que lo que menos les importa son los animales. Los toreros sí amamos al toro y lo respetamos. Decía Luis Miguel Dominguín que le gustaría vivir como un toro de lidia para morir en una plaza como muere el toro bravo. Y yo lo ratifico. El argumento de los animalistas no va más allá de las banderillas, la puya y la espada. Hablan desde el más profundo desconocimiento. Nos califican de antiguos y retrógrados. Ellos son unos seres cavernícolas.</p>
<p>Espero que al Gobierno de la Nación se le ocurra algo para poner las cosas en su sitio. No pido nada, simplemente que nos dejen vivir y no maten algo históricamente instituido. Desearía que los grandes partidos se unieran para impedir este atentado. No podemos dejarnos despreciar de esta manera. Para los que sentimos esta profesión, que somos todos los toreros, esto es peor que una tortura, permitida por unos cuantos que influyen en el Gobierno.</p>
<p>Resulta una gran incongruencia que desde el Ministerio de Cultura, es decir, desde el Gobierno, se reconozca el toreo como una de las Bellas Artes y que, por otro lado, se ensañen contra él para eliminarlo. También lo es que la Fiesta pertenezca al Ministerio del Interior, como si fuésemos delincuentes. En la historia del toreo, jamás he conocido un delito, ni mayor ni menor, en los tendidos. Nuestro sitio está en Cultura, porque eso es la Tauromaquia: cultura. Así lo han reconocido poetas, pintores, músicos, filósofos y personalidades de todos los ámbitos. Si hablamos desde la razón y la lógica, es donde nos corresponde estar. Sus ministros conceden un galardón a las personas que consideran que deben ostentarlo y si Cultura tiene esa potestad, pero pertenecemos a Interior, yo me pregunto: ¿quién es nuestro padre y nuestra madre? Ahí tenemos el ejemplo de la vecina Francia, donde la Fiesta no está legalmente reconocida, pero se ha conseguido una autorregulación del espectáculo y el Gobierno la apoya.</p>
<p>Es sencillo entender por qué tantas y tantas personalidades han admirado el toreo: es la profesión con mayor sentido de la libertad. Así lo reconocen las masas que se han acercado a ella. A unos les gustará y a otros no. Cada cual ejercerá su derecho luego a acudir a una plaza de toros.</p>
<p>Resulta evidente que lo que muchos pretenden es abolir aquello que les huele a España, pero los que buscan esa prohibición son el hazmerreír del analfabetismo. A los toreros no nos preocupa que se le llame Fiesta Nacional o Fiesta de los toros. Somos toreros. Y punto. El problema es que algunos nacionalismos la usan a su manera como arma política. En este momento en el País Vasco a nadie le molesta. Al contrario. En las Vascongadas lo consideran algo propio. ¡Cómo viven la Fiesta! Pero en Cataluña no lo ven así. Cuánta ignorancia&#8230; Esto es la fiesta del pueblo. Siempre fue del pueblo y será lo que el pueblo quiera. Creo en los hombres positivos y no en los negativos. Y el pueblo no quiere abolicionismo.</p>
<p>En el duermevela de las noches previas a los grandes compromisos, en la soledad del hotel previa a la corrida, me he despertado intranquilo muchas veces, pero en los últimos meses me he vuelto a desvelar sobresaltado. Estoy pasando los peores días de mi existencia. Siento un dolor profundo desde lo más hondo del alma. Es algo que no le deseo a nadie, pero que hoy nos ocurre a muchos compañeros que amamos el toreo. Lo que ocurre ahora mismo en el Parlament es inaudito. Quieren quitarme una parte de mi vida, la más grande. Pero la libertad nadie me la va a quitar. Sólo le pido a Dios que, si se llega a prohibir la Fiesta, ese mismo día se acuerde mí y me lleve&#8230; Porque si acaban con el toreo, acabarán también con mi vida.</p>
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		<title>Toro de España</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Feb 2010 22:13:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio García Barbeito</strong> (ABC, 28/02/10):</p>
<p>Soy un vino de sangre y de misterio. Una madre de castas asentada en el fondo de las duelas del tiempo. No recuerdo mi origen, aunque sepa quién soy: un instinto que escribe a dos tintas mortales su lenguaje -paréntesis terrible donde escrituro el aire a mi nombre, para que el aire afile mis límites sagrados-, un lenguaje que traigo, sostenido en mi frente, como un mudo esperanto con el que se entienden millones de criaturas, aunque muchas de ellas no sepan pronunciarme. No sé de dónde vengo. Nadie, en verdad, lo sabe. Pero &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/29093/toro-de-espana/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Antonio García Barbeito</strong> (ABC, 28/02/10):</p>
<p>Soy un vino de sangre y de misterio. Una madre de castas asentada en el fondo de las duelas del tiempo. No recuerdo mi origen, aunque sepa quién soy: un instinto que escribe a dos tintas mortales su lenguaje -paréntesis terrible donde escrituro el aire a mi nombre, para que el aire afile mis límites sagrados-, un lenguaje que traigo, sostenido en mi frente, como un mudo esperanto con el que se entienden millones de criaturas, aunque muchas de ellas no sepan pronunciarme. No sé de dónde vengo. Nadie, en verdad, lo sabe. Pero dicen mi nombre y sobran parentescos. A mi sangre primera quizá le picara un tábano de luna que le dejó por dentro este mar incendiado y oscuro, imprevisible mar que se extiende en remanso o golpea furioso con duros oleajes que le rompen los brazos a la piedra y al aire. O fue que la retaron los vientos iracundos y cuando el viento quiso doblar aquella frente, se rompió en su dureza y nacieron dos rayos, estos rayos que ahora desatan en los ruedos tormentas de delirio.</p>
<p>Soy un vino de sangre. Yo no soy una aislada vendimia, un casual de uvas con latidos: me empujan desde lejos, desde siglos y siglos, sangres que se quedaron madurando por dentro, envejeciendo bravas, sin prisas. Como el vino. Y como el vino puedo encender una fiesta o dejar sobre el hule -borrachera de muerte- a quien no haya sabido beberme con respeto, a quien se descuidara de mis tragos mortales, a quien se le subiera mi vino a la cabeza. Soy el toro de España, el bravo que ha creado a su alrededor un mundo donde tiemblan la espada y las encinas. Un mundo estremecido de hombres que se dejan la edad pronunciando mi nombre, hablándome en silbidos, interjecciones, ese otro lenguaje de dehesa que nació solamente para sonar conmigo. Fuego sobre otro fuego, al año ya he sentido la identidad candente, y la navaja en la oreja. Ya sé que el hierro quema. Pero sé que es sólo por mí por lo que se extiende el campo y se aparta el cemento, se agrupan las encinas, se levanta la yerba, y -se me posan en bando de aladas banderillas- yo soy el caballete de los espulgabueyes. El campo que yo impongo no es un erial acorralado: crece la vida en mí y en cuanto me rodea. Mi vida exige vida: aire, sol, agua, espacio, verdor, sombra, silencio, pastizales abiertos, noches por las que sólo se mueven los vuelos atrevidos y luceros que guiñan en el azul sin fondo, y una luna que amaga como curvo unicornio, o se muestra como un ruedo de estaño, como tarde dividida en alto solisombra.</p>
<p>Soy el toro de España. Mi divisa es España con todas sus banderas, con todas sus palabras, con todos sus acentos. Y mi plaza es España, redondo mapa mío sin puntos cardinales. España es esa patria redonda de mi sangre, esa tonsura urbana que tienen las ciudades con órdenes taurinas. Yo podría vivir domesticado, esclavo de carretas y yugos; yo podría vivir en las estampas del viejo ayer -retrato de mi ausencia- sin gloria y sin defensa. Y soy terrateniente de dehesas. Tengo bieldos dispuestos a batirse con el vuelo travieso de las telas y la gracia de luces del engaño. Por mí existe, más hermoso, el caballo, porque por mí se hicieron artistas -toreros- los caballos. Yo le doy a la tierra la paz que otros le niegan. Por mí se ha creado un lenguaje entre los hombres, un lenguaje sin el cual tartamudearía la palabra que suena hecha idioma asentado. Por mí se han creado oficios que son artes. Y por mí se han inmortalizado poetas y pintores, músicos y escultores. Por mí convive un mundo heterogéneo que mi nombre convoca a la misma ceremonia. ¿Quién pide que me vaya, si adonde yo me vaya todos vendrán conmigo, si ya no hay quien separe lo que unieron los siglos, las pasiones, la fiesta, el arte, la hermosura? No son nuevos los gritos; estoy hecho a los verdes pañuelos, a los cambios de tercio de los ánimos públicos. Estoy hecho a reveses. Ayer, siglos atrás, lo mismo fui motivo de anatema -cuando ni San Lucas pudo librarme de tiaras- que, más tarde, ocasión benéfica para salvar a un santo.</p>
<p>Según conviniera, fui vino de pecado o tónico milagroso. He sentido sobre mi lomo las flores del aplauso y las puyas invisibles de mis contrarios. Estad tranquilos. No es la primera vez que me sale al encuentro un frente de enemigos queriendo desmocharme, clamando por mi amparo -son otras las razones: no es por mí tanto grito, es por esa piel mía que se echa en los mares con el hierro de España quemándole en las ancas-, cuando yo no valdría para morir de manso, congelada tormenta, disecados carbones, domada llamarada, desnortada querencia que caminara errática hacia un cerrado sin casta al pie de los cabestros.</p>
<p>Soy un vino de sangre. Mi mundo es la bodega de mi sangre, y mis cuidadores tienen más de bodeguero que de ganadero. Soy un dios en los versos, un octosílabo entero frente a un estoque de pluma, arte mayor cuadrado en dos cuartetos, seguidilla que tiene la gracia dentro. La estampa más completa en los lienzos cuarteados de las pinacotecas, el ritmo de la música que ensarta pasodobles, y soy bronce o soy piedra cuando llegan las manos a copiar mi figura. Y soy voz ya de todos: por mí pronuncian todos lo que sin mí serían los puntos suspensivos de imposibles palabras&#8230; Soy el eje clavado en el centro de España, para que por mí giren felices las pasiones. Acepto mi suerte de bravo que pelea, de bravo que prefiere una recta rúbrica de estoques, antes que una vejez de sangre sin respuesta. No es por mí tanto grito: yo tengo mis defensas, nadie amarra mi suerte, y mis astas no tienen jamás misericordia, si la carne se pone donde el error la lleva. Si a mí no me dejaran vivir en ese pozo donde mi sangre es agua que levanta triunfos, o doloroso remolino que ensarta cuanto alcanza, vagaría sin sexo, eunuco de dehesas, afeminando el campo que es varón por mi nombre. Estad tranquilos. No se mata un idioma cercenando la lengua: seguiría sonando -sin voz, pero sonando- en cuanto el pensamiento «pronunciara» mi nombre. Mi voz está en las voces. Estad tranquilos. Aunque haya algunos que pidan mi vuelta -¿a qué dehesas?- mientras con el silencio mantienen bárbaras tradiciones donde trota sin salida mi bravura amarrada, y consienten que vaya en mofa de borrachos y torpes sanguinarios que me sueñan gandinga por las calles del pueblo, en un trato sin nombre de errados matarifes. No podrán con mi nombre -y creen que me derriban tirando en los alcores mi perfil de hojalata-; que vengan a mi frente a hablar de plebiscitos, que los bravos no somos tibieza de consulta ni aceptamos más juegos que morir como bravos en arenas de tardes que dejan al desnudo naipes de espadas duras y de telas de engaños. Estad tranquilos. Pasto tras las sonoras alambradas de las partituras, bebiendo semifusas, ramoneando corcheas, y estoy en los pinceles y estoy en las paletas, y estoy en todo el arte que acompaña mi danza.</p>
<p>Estad tranquilos. No escribiré a cornadas las respuestas precisas. Que me basta saber -y que lo sepan- que «la lengua en corazón tengo bañada/y llevo al cuello un vendaval sonoro». Y soy más inmortal cuanto más muero.</p>
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		<title>Un decálogo taurino</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Feb 2010 21:54:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Social]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amorós</strong> (ABC, 07/02/10):</p>
<p>En su epílogo al libro de don Gregorio Corrochano «Qué es torear. (Introducción a la Tauromaquia de Joselito)», plantea don Emilio García Gómez una cuestión fundamental: la Tauromaquia es, por definición, un arte efímero. (Añado yo: igual que sucede con el teatro o la música en vivo, frente a otros productos «enlatados», reproducidos y reproducibles mecánicamente).</p>
<p>Por ello, no pueden dar cuenta completa de lo que ha sucedido en el ruedo ni la fotografía, ni el cine, ni el vídeo. Pasado el momento mágico, nos queda sólo &#8211; y ya es bastante- el recuerdo, con &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28860/un-decalogo-taurino/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Andrés Amorós</strong> (ABC, 07/02/10):</p>
<p>En su epílogo al libro de don Gregorio Corrochano «Qué es torear. (Introducción a la Tauromaquia de Joselito)», plantea don Emilio García Gómez una cuestión fundamental: la Tauromaquia es, por definición, un arte efímero. (Añado yo: igual que sucede con el teatro o la música en vivo, frente a otros productos «enlatados», reproducidos y reproducibles mecánicamente).</p>
<p>Por ello, no pueden dar cuenta completa de lo que ha sucedido en el ruedo ni la fotografía, ni el cine, ni el vídeo. Pasado el momento mágico, nos queda sólo &#8211; y ya es bastante- el recuerdo, con todas sus deformaciones sentimentales. Sin embargo, el escritor tiene la misión imposible pero necesaria de eternizar esa fugacidad con su palabra.</p>
<p>Aumenta el problema por la grave dificultad que supone simplemente «ver» lo que está sucediendo, en la realidad, y no cualquiera de los prejuicios con que solemos acudir a las Plazas. (Ya lo advirtió Hemingway, aunque a él, luego, en la práctica, también le cegara la pasión).</p>
<p>Es bueno, por supuesto que la Fiesta suscite amores y odios, no indiferencia. Pero también es peligroso para la cabal comprensión de este arte singularísimo. Así llega don Emilio, el insigne arabista, al meollo de la cuestión: «En la Plaza, las potencias del alma están tan enceladas con el espectáculo, que si el entusiasmo puede despachar telegramas urgentes al corazón, en cambio los ojos no pueden enviar placas bien impresionadas a la memoria».</p>
<p>El aficionado puede defender, con Pascal, las razones del corazón que la razón no comprende. Pero el escritor puede también reclamar, con Eugenio d´Ors, los sentires de la razón a los que el corazón no alcanza&#8230;</p>
<p>Si aceptamos todo ello, no parece inútil resumir en unas pocas frases, lo más claras y sencillas que sea posible, algunos preceptos básicos. El molde tradicional del decálogo &#8211; más descriptivo que normativo- puede servirnos para ello.</p>
<p>1- Como cualquier otro arte, la Tauromaquia supone una adhesión libre: a nadie se le puede imponer que aprecie la faena de un torero, igual que una sinfonía o un soneto. No todos los españoles son aficionados a los toros y sí lo son, y buenos, muchos extranjeros. La Fiesta es hoy universal, pero en todo el mundo se la ve como algo nacido en España (igual, por ejemplo, que el Renacimiento en Florencia o el jazz en Nueva Orleáns).</p>
<p>2 &#8211; Forma parte la Fiesta del patrimonio cultural de España &#8211; y de la Humanidad &#8211; en el ámbito inmaterial. Así se pretende ahora que lo reconozca la Unesco. Como cualquier manifestación artística, merece, por ello, respeto y protección.</p>
<p>3 &#8211; La Tauromaquia es la Fiesta del toro bravo: sin el toro, simplemente, no existiría. Como afirma Sáenz Egaña, el toro bravo es «la máxima aportación española a la zootecnia universal». Este hermosísimo animal no es «naturaleza» sino «cultura»: el fruto de un delicadísimo proceso de selección, una creación humana. La desaparición de la Fiesta supondría la extinción de este hermosísimo animal.</p>
<p>4- Posee la Fiesta un valor ecológico absolutamente indiscutible, ha permitido la conservación de una gran extensión de dehesas andaluzas, extremeñas, salmantinas: cerca de 400.000 hectáreas de tierras que no permiten otro cultivo se mantienen hoy gracias a la cría del ganado bravo. Según el estudio de Díaz, Campos y Pulido, es «el ecosistema español más apreciado y conocido en el mundo». Sin corridas de toros, surgirían grandes páramos y veríamos nacer nuevas colonias de chalets pareados o ciudades dormitorios.</p>
<p>5- La Tauromaquia ha sido siempre y sigue siendo hoy una Fiesta popular: del pueblo que somos todos. En ella participan libremente aficionados de todas las ideologías, clases sociales y niveles económicos. Resultaría facilísimo señalar nombres concretos que lo demuestran. Es absolutamente falso identificarla con una tendencia política castiza, reaccionaria y antieuropea.</p>
<p>6- Para el pueblo español, el torero es un verdadero héroe: uno de los pocos que quedan, en un mundo cada vez más prosaico. Realiza lo que ninguno de nosotros haríamos por todo el dinero del mundo: domina a una fiera terrible, creando belleza, y afronta con dignidad esa «hora de la verdad» que a todos nos ha de llegar: eso es, por ejemplo, lo que canta García Lorca en su «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías».</p>
<p>7- Como fenómeno artístico y cultural, la Tauromaquia ha ido inexorablemente unida a la Historia de España: es fácil hablar de la Tauromaquia del romanticismo, del 98, del 27, de la guerra, del franquismo, de la democracia&#8230; La Fiesta refleja las circunstancias de cada momento histórico. Lo definió de modo tajante Ramón Pérez de Ayala: «En ninguna parte como en los toros cabe estudiar la psicología actual del pueblo español».</p>
<p>8- Como espectáculo popular que atrae a millones de espectadores, la Fiesta supone una importante actividad económica, crea muchos puestos de trabajo y genera muchos ingresos, directos o indirectos. Se suele hablar de cerca de 200.000 personas en empleos directos y de un volumen de dinero anual de unos 1.500 millones de euros. Sin ella, además, no cabe imaginar las Ferias y Fiestas de innumerables ciudades y pueblos de España, con una importantísima repercusión en el turismo. Su hipotética desaparición supondría un muy grave daño para nuestra economía.</p>
<p>9- El léxico taurino impregna nuestro lenguaje coloquial. No es una jerga profesional más &#8211; como la de los médicos o los abogados, por ejemplo- porque lo utilizan también los que no son aficionados a la Fiesta. Y lo más interesante, se usa, en sentido metafórico, en todas las esferas de la vida pública; sobre todo, en la política: ¿cuántas veces hemos oído que el Gobierno español debe coger por los cuernos el toro de la crisis cuya existencia negó? De este modo, el lenguaje taurino configura la forma de pensar de nuestro pueblo y es uno de los síntomas más claros de la actitud española ante la vida.</p>
<p>10- Como es bien sabido, la Fiesta ha suscitado infinidad de creaciones culturales de indudable categoría: poemas, novelas, comedias, ensayos, pinturas, esculturas, óperas, música sinfónica, flamenco, canciones populares, películas&#8230;<br />
Nombres como Goya y Picasso, Hemingway y Orson Welles, Ortega y Alvarez de Miranda, Manuel Machado y Miguel Hernández, Pérez de Ayala y Tierno Galván, Gerardo Diego, Pemán y Agustín de Foxá&#8230; Con tales compañeros, no debemos sentir vergüenza sino proclamar con orgullo nuestra condición de aficionados.</p>
<p>Concluyo. En una fotografía de Cano se ve a dos personajes toreando, al alimón, una vaquilla. Cada uno sostiene el capote por un extremo. Uno de ellos es don José Ortega y Gasset; el otro, don Domingo Ortega. No cabe mejor símbolo de la unión de nuestra cultura con la Tauromaquia.</p>
<p>Alguien tan sensible como Federico García Lorca proclamó que la Tauromaquia es «la fiesta más culta que hay hoy en el mundo». En el mundo entero, se la ve como una de las señas de identidad de la cultura española.<br />
Vivimos en «la piel de toro», en el centro del «ruedo ibérico». Y así queremos seguir viviendo.</p>
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		<title>Los toros: salvación de mentira, realidad de condena</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/28259/los-toros-salvacion-de-mentira-realidad-de-condena/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 20:07:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Santana</strong> (ABC, 20/12/09):</p>
<p>La crisis económica, dramáticamente acentuada día a día, de la que ni siquiera se han salvado los entierros (ha caído en picado la venta de coronas, los mensajes por internet están acabando con las esquelas, los chinos se están adueñando del negocio de los féretros), también ha causado estragos en el mundo del toro, imponiendo una disminución notable en el número de festejos. No podía ser de otra forma; la crisis es para todos.</p>
<p>En consecuencia, en los campos del bravo permanecen varios cientos de cinqueños sin lidiar, toros que carecen de perspectivas en la &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28259/los-toros-salvacion-de-mentira-realidad-de-condena/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gonzalo Santana</strong> (ABC, 20/12/09):</p>
<p>La crisis económica, dramáticamente acentuada día a día, de la que ni siquiera se han salvado los entierros (ha caído en picado la venta de coronas, los mensajes por internet están acabando con las esquelas, los chinos se están adueñando del negocio de los féretros), también ha causado estragos en el mundo del toro, imponiendo una disminución notable en el número de festejos. No podía ser de otra forma; la crisis es para todos.</p>
<p>En consecuencia, en los campos del bravo permanecen varios cientos de cinqueños sin lidiar, toros que carecen de perspectivas en la Fiesta al salirse de la edad reglamentaria. Como los ganaderos no pueden permitirse el lujo de mantener en barbecho tan crecida legión de morlacos, quimera que ecológicamente representaría un desatino al romper el equilibrio delicado de la dehesa, su destino fatal apunta hacia los mataderos. Salvo que los anti taurinos pasen de la retórica gratuita a los hechos respetables. Magnífica ocasión, sin duda, la que se les ofrece.</p>
<p>Al alcance de la mano tienen la posibilidad de salvar a varios cientos de cinqueños de una tortura cierta. Si no intervienen a favor suyo, esos animales quedarán abocados a la cita del matarife, muerte anónima y ¿con sufrimiento o sin sufrimiento? Ojos que no ven, corazón que no siente, suele decirse. Pero la cuestión es otra: quién es el que no sufre, ¿el anti taurino o el toro? En definitiva, ¿de qué se trata? Porque ahí radica el quid del asunto: ¿de una preocupación sincera o tan sólo de cubrir las apariencias, volviendo la cara a la realidad? Esta gavilla de interrogantes nos conduce en línea recta a la cara oscura del fin de la vida de los toros salvados de la presunta tortura de las corridas. Salvación que es condena, contradios evidente, y condena multiplicada. Ya que con los toros irán las vacas bravas y otro sinfín de animales (caballos, bueyes, becerros, novillos), porque la intensidad de esta crisis, acentuada por su prolongación, conlleva un efecto colateral insalvable: la reducción drástica de las explotaciones ganaderas, de modo que muchos cinqueños ahora mismo estarán agotando su último viaje en pródiga compañía. Caravanas de muerte, comitivas de acabamiento. En lugar de toreros y plazas, matarifes y espacios lúgubres, lugares dominados por un olor a sangre y a vísceras, simplemente desagradables para nosotros pero que los animales entienden en su mortal significado, paralizados de espanto. «Ir como las ovejas al matadero», esta frase lo dice todo.</p>
<p>Hace pocos días me llamaron de uno de esos establecimientos. Había pedido al director que me avisara cuando recibiesen una punta de vacas bravas, y así fue. El hombre cumplió y, haciendo de tripas corazón, allí que me presenté, coincidiendo en las oficinas con el ganadero, un criador de linaje del campo charro, serio y de carta cabal, de pocas palabras, que en ese momento se mostraba desalentado y triste. Antes de marcharse, se asomó al patio. Quería ver a sus vacas por última vez.</p>
<p>Encaste el suyo de los duros, el manejo de esas vacas en el campo, y no digamos el de los toros, resulta especialmente áspero y comprometido. Son animales violentos, que protestan y que al menor descuido dan un disgusto. Se arrancan sin previo aviso, cortan el terreno con sentido y saben encontrar el instante propicio y la distancia favorable. El mayoral, hombre que nació a su vera, las ha pasado canutas. «Todos las temporadas me dan algún susto», le he oído decir muchas veces. «Las cosas hay que hacérselas despacio y bien, con cautela y sin alterarse, la procesión va por dentro». Vacas bravas en sazón y toros en puntas, altivas ellas en el campo y desafiantes sus hijos en las plazas, crecidos en la pelea y entregados a la lucha.</p>
<p>Estaban agrupadas en redil, las cabezas bajas, escondidas las de unas en el vientre de las otras, formando un ovillo, negándose a ver y sumisas, aborregadas. Ocupaban el extremo opuesto del patio, el extremo contrario a la sala de la muerte. Nadie las había colocado en ese sitio, ellas solas buscaron ese refugio inútil en cuanto las sacaron del camión. El ganadero se marchó sin despegar los labios, agobiado por la escena, abrumado por la fatalidad de la crisis, sintiendo rabia, haciendo cuentas imposibles en quimera de salvaciones. Aunque las cifras no le cuadrasen, aquella misma mañana tomó la decisión de aguantar otra partida de vacas en principio destinadas a lo mismo. «Vamos a ver -me dijo días después- si el año que viene se da algo mejor». Las vacas acababan de llegar, ya lo he señalado. Dos horas después continuaban inmóviles, paralizadas. Por delante había pasado un rebaño de ovejas. No se movían, no transmitían ninguna sensación de vida. Era como si ya estuviesen muertas. Muertas de terror, agostadas por el espanto. Cuando llegó su hora se dejaron llevar sin la menor resistencia. Insisto: ya estaban muertas. «Ir como ovejas al matadero». Aquellos animales indómitos, orgullosos en la dehesa, avanzaron desmadejados, sin pulso, con los ojos apagados, nada que ver con su mirada intensa en la dehesa o con el brillo feroz y reconcentrado de los toros en las plazas, cuando los toreros se estremecen por los adentros. Las faenas taurinas duran veinte minutos; los tiempos del matadero no se miden por minutos, se miden por horas, dos, tres, seis, con mala suerte el día entero, a veces más. No es lo mismo embestir con ansías de lucha que aguardar enloqueciendo de terror, dominado por el olor de la sangre y los aullidos de la muerte. Minutos veloces frente a instantes de plomo.</p>
<p>Que nadie se engañe: las pulsaciones de un toro bravo, que en la dehesa son sesenta, llegan a ciento veinte en la plaza, esto es, se doblan. Pero en la manga sanitaria, la de los reconocimientos obligatorios, se disparan a ciento noventa, a pique de reventar. Esa es la realidad del toro, animal bravo y no mascota doméstica ni peluche de Disneylandia. Sufre más cuando se le protege, porque su instinto es el contrario. Es obvio, por consiguiente, que las horas de capilla en el matadero multiplican hasta el infinito la supuesta tortura de las plazas. Y la disyuntiva es ésta, no hay noticia de otra.</p>
<p>Sin embargo, también hay noticia de los estragos colaterales de la mala suerte del toro bravo. Situémonos por un momento en la coyuntura del final de una vacada de tamaño medio, de esas que lidian cinco o seis corridas al año, de veintitantos a treinta toros. Por cada cuatreño o cinqueño, quedan en la vacada a las correspondientes camadas de utrero, erales, añojos, becerros y becerras, no menos de doscientas vacas de vientre, ocho o diez sementales y un sinfín de animales en libertad. Acabado el toro, los becerros no llegarán a añojos, los añojos nunca alcanzarán a erales, los erales jamás serán utreros, los cuatreños perderán un año de vida regalada, las vacas dejarán de pastar, la poderosa estampa de los sementales se borrará del campo. ¿Es esto lo que se busca? Pues declárese así, sin subterfugios buenistas ni encubriendo con palabras engañosas una pretendida salvación con realidad de condena atroz. Los abolicionistas suelen manifestarse como si estuvieran ungidos por el don de hablar con los animales, asistirlos y entenderlos. No existen barruntos que acrediten dicha especie, pero si alguna vez este milagro se obrara, entonces debieran de aprovechar la ocasión para contarles la verdad: «Hermanos toros, os libraremos de las plazas y miraremos para otro lado cuando os conduzcan al matadero. Ya coincidiremos en algún restaurante, abrazos». Claro, también podrían acuñar una tercera vía, haciendo de paso creíble la retórica de sus campañas: que se dediquen a la compra de toros y vacas por parejas, porque son animales que quieren compañía, para instalarlos en el pasillo de sus pisos o en el jardincillo de los adosados, felices todos y para siempre, tardes de paseo bucólico y mañanas de idilio franciscano. Habida cuenta de que los ganaderos harían un buen precio, la ocasión se presenta pintiparada. Verdad o mentira, ahora o nunca.</p>
<p>En su última entrevista, concedida a Luis Bagaría y fechada a 10 de julio de 1936, vísperas de la atroz Guerra (in)Civil, Federico García Lorca, a cuyo juicio «los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo», se preguntaba «¿qué sería de la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua, si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida?», afirmación e inquietud que forman parte de su testamento público. Dejando por ahora de lado esas cuestiones candentes de la sangre y la lengua, no cabe duda de que, enmudeciendo esos clarines, se produciría un desastre ecológico de proporciones tremendas. Vacadas extinguidas y campos de golf o urbanizaciones por dehesas, menuda hazaña.</p>
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		<title>¡Abran la puerta, Policía!</title>
		<link>http://www.almendron.com/tribuna/28250/%c2%a1abran-la-puerta-policia/</link>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 20:50:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Arcadi Espada</strong> (EL MUNDO, 19/12/09):</p>
<p>Querido J:</p>
<p>El 12 de septiembre de 1813, un Parlamento decidió por vez primera en España sobre las corridas de toros. Fue el de las Cortes de Cádiz. Había dos hombres. Uno era murciano. El otro, catalán. Don Simón López. Don Antonio de Capmany. El catalán, culto, ilustrado y acaso por esto de que dijeron rápidamente que no era un buen catalán, defendía las corridas. Ya lo había hecho ante adversarios de más fuste, como Jovellanos. Las defendía porque, a su entender, las corridas de toros eran una expresión del carácter nacional. Las actas &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28250/%c2%a1abran-la-puerta-policia/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Arcadi Espada</strong> (EL MUNDO, 19/12/09):</p>
<p>Querido J:</p>
<p>El 12 de septiembre de 1813, un Parlamento decidió por vez primera en España sobre las corridas de toros. Fue el de las Cortes de Cádiz. Había dos hombres. Uno era murciano. El otro, catalán. Don Simón López. Don Antonio de Capmany. El catalán, culto, ilustrado y acaso por esto de que dijeron rápidamente que no era un buen catalán, defendía las corridas. Ya lo había hecho ante adversarios de más fuste, como Jovellanos. Las defendía porque, a su entender, las corridas de toros eran una expresión del carácter nacional. Las actas de las Cortes de Cádiz correspondientes al día se han perdido, pero hay un valioso artículo de Beatriz Badorrey que reconstruye en lo que puede la polémica, y que voy a seguir ahora. Sobre todo por lo que respecta a las razones del diputado López. Lee: «El rufian, la ramera, el idolatra, el comediante, el lidiador ó torero, el luchador ó espadachín, el aguacil de teatros, el flautero, ó guitarrista, ó lirista, ó baylarin, el sodomita, el libertino y licencioso, el charlatan, bujon, ó histrión, el encantador y agorero, el que vive como gentil, el que frecuenta los espectáculos teatrales, las venaciones, ó toros, carreras, luchas, etc. ó dexen esto, ó no sean admitidos al bautismo, dice S. Clemente 1º». En efecto: los toros, como toda la compaña, eran obra del diablo. Y los curas, como el diputado López, contra ellos se alzaban.</p>
<p>Los curas de hoy también son diputados y también piensan, muchos de ellos, que los toros son del diablo. Yo, amigo mío, no puedo defraudarlos. Los toros son pecado. Comprendo que los taurinos, por razones estratégicas, obvien este asunto en su defensa. Comprendo que la obviase mi querido Capmany, que no sabía por dónde salirse de ilustrado que era. Pero es la defensa. No hay otra. Yo voy poco a los toros. Y últimamente sólo voy a ver a José Tomás. Esa monodosis es vista con suspicacia por algunos taurinos: no creen que así se comporte un taurino pata negra. Este tipo de tipos que se suspicarían de que uno sólo leyese a Montaigne, Orwell o Simenon, e insistiesen mientras enarbolan libros de Zafón: «¡A ti no te gusta leer!». Yo voy a ver torear a José Tomás por el placer. Creo que por la misma razón, básicamente, que el pueblo romano iba a ver cómo luchaban los gladiadores. Por las mismas razones que me levantaba de madrugada para ver morir a Cassius Clay en los brazos de Frazier. Por lo mismo que el escritor Juan Abreu saca un trocito de sushi de las ingles de una mujer tendida, atada y farcida, y luego se lo come, el tío. Es el placer, sólo.</p>
<p>Los placeres son fáciles de estropear. No estoy seguro de que en el origen de toda fortuna anide un gusano. Pero en el núcleo del placer, el gusano arrastra siempre sus anillos. ¿Cómo comerte el hígado del pato que ha sufrido? ¿Cómo se puede ser tan blindadamente feliz cenando por 200 euros, con la cantidad de niños sin pan? ¿Cómo no reconocer que, en el fondo del aprecio desmedido por algún objeto artístico (un cuadro, un iPhone blanco) está la evidencia de que poca gente lo tiene, esa maldad profunda? ¿Cómo someterse a un masaje, incluso sin final feliz, cuando el tumbado se pone en la piel del que está de pie, sudando? Nadie piensa en el toro cuando está José Tomás ahí abajo, eso es todo. Cualquier placer observado es inmoral.</p>
<p>Mira si no el Simón, antecedente del cura Puigcercós: el sodomita, el guitarrista, el que vive como gentil.</p>
<p>Se dirá: la puta, el boxeador deciden por sí mismos, a diferencia del toro. ¡Oh, déjame detenerme un instante en este argumento! Naturalmente que el toro no decide; por eso es toro y nosotros hombres. El que dice que el toro no decide es que está viendo abajo un hombre banderilleado. No, no es el toro, claro: son unos hombres enfrente de otros hombres. A unos les ofende la sangre y a otros, no. Como si quisieran prohibir las morcillas. Un legítimo y bronco combate moral entre hombres. Es decir, no entre hombres y morcillas. La corrida de toros sucede en un ámbito privado. En este sentido, el recinto no se diferencia de la Cueva del Sado. Se trata de pagar la entrada. Pero el que sea un ámbito privado no exime de la intervención pública. Si en vez de toros se lidiaran hombres, la autoridad intervendría. Es legítimo y es lo que están pidiendo al Parlamento.</p>
<p>¿Esta petición es mayoritaria en la sociedad catalana? La cuestión no es si a la mayoría le gustan los toros. Tampoco a la mayoría le gusta el rugby ni el sushi de ingles. La cuestión es si la mayoría decide que hay que entrar en esa habitación privada porque allí se están cometiendo atrocidades. Es una cuestión muy distinta. Si matar a un toro exige el derecho de intervención de lo público en lo privado, muchas otras habitaciones catalanas habrán de soportar la entrada de la Policía. Yo comprendo que haya a quien le moleste lo que está pasando en el albero. Ahora bien: ¿hay un consenso cierto en la sociedad catalana para entrar en esa habitación y disolver a los presentes? Lo dudo. Dudo de que el nivel ético de esta sociedad haya llegado a este punto. Porque llegado a este punto, foies, putas y boxeadores deberán ser automáticamente examinados. La ética es inexorablemente transversal.</p>
<p>Lo sería, claro. Lo sería si a esas incertidumbres morales innegables que tiene la corrida no se le añadiera el empujón necesario para que el toro sobresalga una cabeza entre el libertino, el comediante y el espadachín de los nuevos curatos. Bien, ya lo sabes, a qué cargar la suerte. El nacionalismo quiere acabar con los toros porque es un irrevocable símbolo de España. Un símbolo nacional, como decía el catalán Capmany. Los toros no tienen ninguna importancia práctica: unas docenas de animales muertos cada verano, cuatro perversos que disfrutamos de ellos, un negocio delicado, una afición tranquila que ya no quema conventos después de la corrida&#8230; Los toros sólo tienen importancia simbólica. Los toros son España. Y España es este desgarro inacabable, como los toros igualmente pasional. ¿Alguien puede entender seriamente que haya independentistas en Cataluña, un lugar técnicamente independiente desde hace años? Nadie puede entenderlo. Organizar encuestas independentistas y prohibir las corridas de los toros obedece a la misma tremenda españolidad de Cataluña. La necesidad persecutoria del otro. Este tira y afloja permanente que es el auténtico ser de España.</p>
<p>Desde aquí te digo, amigo mío: hoy que apretaron otra tuerca. Si algún día Cataluña fuera independiente y gobernaran los curatos, al día siguiente el tira y afloja habría continuado. En dirección contraria y empezando por el restablecimiento de la fiesta brava.</p>
<p>Sigue con salud,</p>
<p>A.</p>
<p>La cuestión es si la mayoría decide que hay que entrar en esa habitación privada porque allí se cometen atrocidades</p>
<p>El nacionalismo quiere acabar con los toros porque es un irrevocable símbolo de España. Un símbolo nacional.</p>
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		<title>La catalanidad de las fiestas con toros</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Dec 2009 20:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Joan-Pere Viladecans</strong>, pintor (EL PERIÓDICO, 18/12/09):</p>
<p>Se trata de que unos ciudadanos, mediante la iniciativa legislativa popopular (ILP) que deberá aprobar o no el Parlament de Catalunya, intentan impedir que otros conciudadanos hagan uso de su libertad para asistir a un espectáculo. Nos asalta el fantasma de las prohibiciones. Tanto tiempo malusando el <em>Prohibido prohibir</em> para llegar aquí. Es curioso. A veces, cuando la izquierda llega al poder, se ve apremiada a hacer demostración de su energía de gobierno mediante leyes y prohibiciones que no siempre consiguen aumentar las libertades.<br />
Estamos otra vez inmersos en el secular y &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28224/la-catalanidad-de-las-fiestas-con-toros/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Joan-Pere Viladecans</strong>, pintor (EL PERIÓDICO, 18/12/09):</p>
<p>Se trata de que unos ciudadanos, mediante la iniciativa legislativa popopular (ILP) que deberá aprobar o no el Parlament de Catalunya, intentan impedir que otros conciudadanos hagan uso de su libertad para asistir a un espectáculo. Nos asalta el fantasma de las prohibiciones. Tanto tiempo malusando el <em>Prohibido prohibir</em> para llegar aquí. Es curioso. A veces, cuando la izquierda llega al poder, se ve apremiada a hacer demostración de su energía de gobierno mediante leyes y prohibiciones que no siempre consiguen aumentar las libertades.<br />
Estamos otra vez inmersos en el secular y recurrente enfrentamiento de toros sí / toros no, sin ninguna posibilidad de entendimiento. Y con el barullo, los tópicos de siempre. Y en Catalunya, el de la españolidad de los juegos con el toro y la corrida como espectáculo. Tanto partidarios como detractores radicalizan sus posiciones de una manera irracional, apasionada, visceral, y casi nadie se pregunta el porqué de tanto enconamiento.</p>
<p>¿Es difícil tratar de la fiesta con sensatez? Mucho, pues, queramos o no, la tradición, la cultura, el ritual de la corrida de toros lo llevamos todos en la sangre, en la memoria, en los ancestros. Aunque duela, estamos habitando desde hace siglos en la piel del toro, <em>La pell de brau</em> de Espriu. La corrida no es más que una metáfora de la vida, con su sublimación, crueldad, miedo y la constante presencia de la muerte. Esa muerte que queremos ignorar, como ya ignoramos la enfermedad y la vejez. Vivimos en tiempos de corrección social, de democracia tutelada y de sumisión a una mercadotecnia anestesiante. Y la fiesta es un arrebato de pasión, de brutalidad estética y un despilfarro de misterio; nada que ver con la realidad virtual que nos cerca. De ahí el difícil encaje de las fiestas con toros en el mundo actual. Los toros son incorrectos, es cierto, pero no hay nada más incorrecto que la muerte y la verdad. Es posible que los aficionados seamos incivilizados. Pero ¿quién dictamina en este mundo global, despiadado y desquiciado lo que es civilizado?<br />
Muchos catalanes han echado los dientes de la mano de sus abuelos y padres en las plazas de toros. En Barcelona, la plaza ha sido un lugar de encuentro, de confraternización interclasista y, sobre todo, de intercambio de euforias entre los catalanes y los otros catalanes y, que se sepa, sin ningún enfrentamiento serio, al contrario de lo que ocurre con otros espectáculos de masas. Por eso un país no puede enmendarse a sí mismo ignorando su tradición, su historia. El toro bravo, en su singularidad y como alegoría patriarcal, además de un tótem y una inspiración, representa un diálogo con los antepasados.<br />
Nuestra lengua, perseguida y reprimida por el franquismo y por sus herederos, está impregnada de frases, metáforas y términos taurinos; el catalán, el balear y el catalán de Valencia, en sus modalidades académicas y populares, hacen referencia y se enriquecen de giros procedentes del mundo de los toros, una aportación más de la fiesta a nuestra cultura. Los <em>correbous</em> y la corrida tienen gran implantación a lo largo de los Països Catalans y en la Catalunya Nord. En Ceret, antes de la corrida, los espectadores, puestos en pie, cantan <em>Els segadors</em> y alguacilillos, y personal subalterno, ataviado con barretina, faja y <em>espardenyes,</em> hace un alto en la lidia mientras la banda interpreta <em>La santa espina.<br />
</em>Cuando Barcelona era una ciudad más compartimentada, cada barrio tenía su torerillo y la vecindad entera iba a verlo. Su posible triunfo era el de todos; era en lo poco en que las clases populares se podían identificar. Los espectáculos taurinos iban asociados a las fiestas mayores, las verbenas y las grandes celebraciones.<br />
¿La fiesta tiene aún razón de ser? Quizá. Los modelos sociales ya son otros. Al torero lo ha sustituido el futbolista, y el negocio taurino no ha querido o no ha podido adaptarse a los nuevos tiempos. Pero si los toros tienen que desaparecer, que sea por inanición y no bajo una precipitada ley prohibitiva. La abolición conduce a la doble moral. En todo caso, lo deseable sería el debate abierto y plural del que saliera una auténtica conciencia ciudadana, y que sea el propio ciudadano quien actúe de acuerdo con su criterio y juicio. Los espectáculos públicos se sustentan por la asistencia que generan. El espectador es un elemento fundamental.</p>
<p>También habrá que asumir que la prohibición de las corridas conduce irremediablemente a la extinción de una especie animal única que habita en grandes reservas ecológicas. La comparación del trato que recibe el toro durante cuatro años con el de los otros animales es irrisorio. Los abolicionistas y los animalistas, sin duda llevados por su buena fe, a veces subvierten la escala natural queriendo interpretar en los animales unos derechos iguales o superiores a los de las personas.<br />
La prohibición acabaría también con el patrimonio sentimental de muchos catalanes. Y más aún cuando las urgencias de la sociedad catalana son otras. ¿Hace falta mencionar el Estatut, el paro, la crisis y los ataques permanentes a nuestra identidad nacional?</p>
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		<title>La fiesta parece herida de muerte</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2009 20:45:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Gerard Quintana</strong>, cantante (EL PERIÓDICO, 17/12/09):</p>
<p>Esta misma semana el Parlament deberá pronunciarse en contra o a favor de la prohibición de las corridas de toros en Catalunya, gracias a la iniciativa legislativa popular (ILP) para la abolición de la tauromaquia, impulsada a través de la plataforma Prou. Pero el voto de los diputados será secreto, e incluso PSC y CiU han dado libertad de voto a sus respectivos parlamentarios. Como firmante de la iniciativa de la citada plataforma, me pregunto cuáles son los motivos para querer preservar la identidad del voto y cuáles los argumentos que hacen &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28211/la-fiesta-parece-herida-de-muerte/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Gerard Quintana</strong>, cantante (EL PERIÓDICO, 17/12/09):</p>
<p>Esta misma semana el Parlament deberá pronunciarse en contra o a favor de la prohibición de las corridas de toros en Catalunya, gracias a la iniciativa legislativa popular (ILP) para la abolición de la tauromaquia, impulsada a través de la plataforma Prou. Pero el voto de los diputados será secreto, e incluso PSC y CiU han dado libertad de voto a sus respectivos parlamentarios. Como firmante de la iniciativa de la citada plataforma, me pregunto cuáles son los motivos para querer preservar la identidad del voto y cuáles los argumentos que hacen que los dos principales partidos no tomen postura en este caso. A menudo he oído decir que los toros no tienen nada que ver con la política. Como el fútbol. Sin comentarios. Solo una diferencia, la primera y fundamental: mientras el fútbol no para de crecer, el mundo de los toros es cada vez más residual.</p>
<p>La plaza de toros de Girona, en la que pasé algunas tardes con mi padre cuando era un crío, y de la que solo recuerdo los astados que lograban saltar hasta las gradas, fue derribada hace tiempo como un reclamo turístico trasnochado. En Barcelona solo queda una plaza en activo de las tres que se dedicaban al sacrificio público: la Monumental, que solo llena su aforo cuando viene José Tomás, y con un público escasamente autóctono.<br />
Incluso en Eivissa ciudad, donde han nacido mis hijos, la antigua plaza es un descampado lleno de agujeros pendiente de recibir un uso adecuado para sus ciudadanos. La macabra fiesta de los toros parece herida de muerte en nuestro país.<br />
Las razones por las que he tomado postura a favor de su prohibición son las mismas por las que lo hice a favor de la prohibición de la tortura, o del escarnio público, o del abuso de poder, llegado el caso. La imagen de un ser vivo convertido en objeto de entretenimiento mientras su sistema nervioso le va transmitiendo el dolor de las heridas gratuitas, rodeado por las gradas que aplauden a su verdugo, me subleva con toda la empatía que me transmite la víctima introducida en un mecanismo de tortura y agonía en el que su torturador es el único que puede salvarla. Como el César que tiene el derecho a dar y tomar la vida. Me parece totalmente anacrónico, y no tendré ningún argumento que pueda justificar esta aberración, cuando mis hijos me pregunten qué ha hecho esa pobre bestia para recibir un castigo tan humillante.<br />
El agravante de mantener el espectáculo de la muerte como fiesta nacional y señal de identidad –exhibida durante años en la televisión pública–, con sus sucedáneos enquistados en muchas fiestas populares en forma de toros embolados y otras crueldades parecidas, en las que una multitud se enfrenta a un solitario ser vivo, distinto, fuerte, mítico, para, finalmente, ser sometido y ejecutado en la plaza pública, me hizo tomar la decisión de comprometerme con esta iniciativa popular.<br />
El hombre ha puesto a prueba su valor, ha demostrado su habilidad y sangre fría y que es el rey de esta selva. Pero, llegados a este momento en el que debemos plantearnos nuestro papel en este nuevo mundo global, y en el que debemos alcanzar una nueva conciencia en la relación con nuestro entorno y nuestros coetáneos por pura supervivencia, me parece que las tradiciones y los modelos de futuro deben ser otros. Debemos dar un salto evolutivo. Los modelos tradicionales deben evolucionar con nosotros y, con el tamiz de la experiencia, debemos elegir entre lo que nos resulta útil y lo que es un lastre, para seguir un camino de futuro en el que crueldad y tortura no sean el ejemplo.<br />
Es cierto que incluso <strong>Goya</strong> y <strong>Picasso</strong> pintaron sus  tauromaquias, como es cierto también que plasmaron los horrores de la guerra en <em>Los fusilamientos del 3 de mayo</em> y el <em>Guernica</em>. El mundo del arte a menudo ha observado fascinado el rostro vivo de la muerte.<br />
El toro ha sido la excepción de muchas prohibiciones, hasta el momento. Solo su silueta sigue observándonos por las carreteras de la casualmente llamada piel de toro, mientras todos los demás símbolos publicitarios fueron desterrados de nuestra vista en nombre de la seguridad vial. Solo él sigue muriendo en un espectáculo público en Catalunya, mientras el resto de animales ha sido desterrado de los circos en nombre de unos derechos que curiosamente no protegen ni al toro ni al caballo, los dos protagonistas de las corridas.</p>
<p>Quizá ya es hora de apartar las manos de sus cuernos y considerarlo como lo que es. Un ser vivo más y no algo que algunos pueden utilizar como símbolo sangriento. Recordemos que, en el juego de las simbologías, la respuesta desde Catalunya fue otro símbolo extraído del mundo animal y estampado en los coches: el burro catalán, una especie protegida que no necesita sangrar para vivir. Incluso en la India, las vacas son el símbolo y eso significa que son más respetadas, en lugar de torturadas.<br />
No es extraño que <strong>Gandhi,</strong> un hombre que fue timón y ejemplo de ese país y del mundo entero con su sentido incorruptible de la ética, dijera: «La evolución de una nación puede verse en el trato que reciben sus animales».</p>
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		<title>Toros, lengua y estigma</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 22:31:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Gómez Pin</strong>, catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), afiliado a Iniciativa per Catalunya (EL PAÍS, 16/12/09):</p>
<p>El 18 de diciembre se debatirá en el Parlament de Catalunya la aceptación a trámite de una iniciativa popular tendente a abolir las corridas de toros. Esta medida se inscribe en una secuencia de proyectos análogos, con arranque en abril de 2004, tras la declaración consistorial de Barcelona como <em>ciudad anti-taurina.</em></p>
<p>Un segundo paso fue la moción abolicionista presentada también en el Parlament hace tres años, votada favorablemente, aunque postergada a efectos prácticos, quizás por la dificultad para asumir &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28207/toros-lengua-y-estigma/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Víctor Gómez Pin</strong>, catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), afiliado a Iniciativa per Catalunya (EL PAÍS, 16/12/09):</p>
<p>El 18 de diciembre se debatirá en el Parlament de Catalunya la aceptación a trámite de una iniciativa popular tendente a abolir las corridas de toros. Esta medida se inscribe en una secuencia de proyectos análogos, con arranque en abril de 2004, tras la declaración consistorial de Barcelona como <em>ciudad anti-taurina.</em></p>
<p>Un segundo paso fue la moción abolicionista presentada también en el Parlament hace tres años, votada favorablemente, aunque postergada a efectos prácticos, quizás por la dificultad para asumir un provocativo párrafo que -evocando pretendidos estudios científicos- atribuía a los taurinos tendencias al abuso &#8220;hacia miembros de la sociedad, percibidos por los agresores como más débiles, como pueden ser las mujeres, los niños, los mayores o las personas inmigradas&#8221;. Que nunca nadie haya pedido disculpas por esas palabras muestra que <em>percibidos como débiles</em> en Cataluña son en todo caso los taurinos, ya que pueden ser vejados en condiciones de total impunidad.</p>
<p>La abolición de las corridas de toros es ahora presentada como el corolario de un proyecto más general, que tendría marcado tono ecologista, apuntando a revitalizar el sentimiento de nuestra pertenencia a la naturaleza y la exigencia de proteger la biodiversidad. Tras estos argumentos abolicionistas es indudable que subyace un enorme problema filosófico y científico, en el que está en juego la concepción misma del hombre y de su lazo con las demás especies. Desde luego, una interpretación reduccionista del alto grado de homología genética que se da entre humanos y otros animales puede dar lugar a una revolución en el concepto que tenemos de <em>comportamiento ético.</em> Éste no pasaría ya por la exigencia de no instrumentalizar a los seres de razón, de tratar al hombre como un fin y nunca como un medio, sino por la empatía con todos los seres susceptibles de sufrimiento, en cualquier caso con aquellos dotados de sistema nervioso central.</p>
<p>Esta nueva ética tendría sin duda la dificultad de la coherencia, pues ¿cómo renunciar a la instrumentalización -empezando por esa forma mayor que es alimentarse de ellos- de seres dotados de sistema nervioso central, sin poner en entredicho las condiciones mismas de supervivencia de los humanos?</p>
<p>Una de las organizaciones que apoya la abolición con loable coherencia (pues, a diferencia de otras, se niega a hacer excepción de las fiestas consideradas oriundas de Cataluña, y que quedan prácticamente blindadas si prospera la presente iniciativa) dice en una resolución interna que &#8220;la tortura y los espectáculos crueles e inhumanos con los animales no pueden justificarse bajo la consigna de la tradición y la cultura&#8221;. No puedo estar más de acuerdo.</p>
<p>Si la corrida de toros transgrediera ciertos imperativos éticos universales e irrenunciables (cosa que sí hace el que practica la vivisección sin anestesia de mamíferos superiores, o simplemente maltrata a su perro, confinándole en espacios donde no puede realizar su naturaleza) sería simplemente obsceno pretender defenderla en base a argumentos de fidelidad a tradiciones. El problema reside precisamente en determinar si la tauromaquia infringe alguno de estos imperativos absolutos. Obviamente los taurinos lo niegan y hasta suelen manifestar su sorpresa de que pueda considerárseles enemigos del pensamiento ecológico, o de carecer de sensibilidad para con los animales. Ecólogos, desde preservadores de medio ambiente en la baja Andalucía hasta responsables de los parques de la Camarga francesa; economistas, ganaderos o veterinarios, coinciden en que el mantenimiento de esos espacios que son las dehesas (parques auténticamente naturales, donde un animal criado por el hombre goza de condiciones para realizar su naturaleza específica, es decir, para actualizar todas las potencialidades para las cuales se halla genéticamente dotado) sería inviable sin la fiesta de los toros. Y enfatizan el hecho de que para el toro la corrida no significa tanto sufrimiento como combate (de 15 minutos tras una vida enteramente libre de más de cuatro años), combate que en absoluto rehúye, lo cual sería incomprensible si se busca la analogía con un ser torturado.</p>
<p>Los taurinos ponen asimismo de relieve que su contemplación del sacrificio del animal nada tiene que ver con una complacencia ante el sufrimiento del mismo. El sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso simbólico y artístico, precio no mayor que el de tantos otros que se dan en las culturas europeas o no europeas.</p>
<p>¿Argumentos discutibles? Sin lugar a dudas, pero en cualquier caso es lógico exigir que no se tomen decisiones irreversibles al respecto antes de que un debate sereno haya tenido lugar, debate que ha de comprometer a sociólogos, ecólogos, filósofos, genetistas, artistas, etcétera. Las decisiones políticas en materia de costumbres y de ética han de ser expresión de este sereno deliberar y no preceder o sustituirse al mismo.</p>
<p>El problema ético de la relación con los animales afecta hoy a muchos colectivos, desde consumidores de ciertos productos gastronómicos, hasta pescadores, pasando por empresarios de la avicultura industrial o propietarios de animales domésticos. La misma dificultad que presenta la generalización de prohibiciones que supondrían la desaparición de actividades de gran peso económico hace que las propuestas abolicionistas sean permanentemente diferidas.</p>
<p>Los taurinos tienen, sin embargo, la sensación de una suerte de agravio comparativo y que, aun en una sociedad en la que muchas otras actividades susceptibles indiscutiblemente de violentar la conciencia ecologista o animalista son toleradas (simplemente por la relación de fuerzas), los taurinos son erigidos en chivos expiatorios, en nombre de una utilización política de la ecología, a veces sin relación con la ciencia ecológica, de cuyos corolarios los taurinos serían quizás ardientes defensores, simplemente si se les diera la posibilidad de posicionarse en un debate racional.</p>
<p>Y en otro orden de cosas, la radicalidad de los anatemas que se vierten sobre la fiesta de los toros es vivida como una suerte de repudio, no sólo por los taurinos, sino por tantos otros ciudadanos de Cataluña que, sin haber pisado nunca una plaza de toros, saben que la tauromaquia constituye una referencia de primer orden y una nota de identidad cultural para algunos de sus amigos o conocidos, y que lo era en cualquier caso para sus mayores. Entre estos últimos, a veces personas que fueron víctimas de la depredación económica por el franquismo de sus lugares de origen, y en consecuencia dolosamente forzadas a emigrar; personas que hoy son parte incuestionada del tejido social de Cataluña y probablemente han apoyado en su mayoría a las organizaciones constitutivas del llamado <em>Tripartit;</em> personas que hoy son padres de jóvenes cuya lengua propia es el catalán, y que no aciertan a entender que, en nombre de la pretendida voluntad de estos mismos hijos, se repudie algo que ha marcado hasta las metáforas de su lenguaje; personas en definitiva que sí han apostado a que una Cataluña soberana -y eventualmente independiente- se forjaría como espacio integrador de la diversidad de lenguas y culturas de los que en ella habitan: &#8220;No estigmatizar ni a los que están en contra ni los que están a favor, sea cual sea su idioma de origen&#8221;, decía el entonces alcalde Joan Clos, tras el pleno que declaraba el carácter <em>antitaurino</em> de la ciudad de Barcelona. Si se trataba meramente de defensa de los animales, ¿a qué venía esta farisaica alusión a la lengua? Conviene, en efecto, evitar que ese sello candente al que remite la palabra <em>estigma</em> sea impreso como marca de infamia, ni siquiera en aquellos que &#8220;por su idioma o su origen&#8221; podrían ser considerados mayormente susceptibles de abrigar vergonzosos sentimientos de empatía con lo que significa la fiesta de los toros.</p>
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		<title>¿Por qué la Fiesta de los toros es un patrimonio inmaterial?</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 22:23:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>François Zumbielhl</strong> (ABC, 16/12/09):</p>
<p>Por los avances tecnológicos del momento y por las dinámicas económicas vivimos en un mundo cada vez más globalizado. Pero -¡ojo!- globalización no significa neutralidad. Por el contrario una guerra ideológica, más o menos subterránea, infiltra todos los campos de la cultura. Y no cabe duda de que las referencias y los modelos de vida de los países del norte, especialmente anglosajones, están en vía de imponerse a los demás pueblos a través de sus numerosísimas producciones audiovisuales y sus potentes medios de comunicación. La corrida no tiene cabida en estas sensibilidades norteñas, sobre todo &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28204/por-que-la-fiesta-de-los-toros-es-un-patrimonio-inmaterial/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>François Zumbielhl</strong> (ABC, 16/12/09):</p>
<p>Por los avances tecnológicos del momento y por las dinámicas económicas vivimos en un mundo cada vez más globalizado. Pero -¡ojo!- globalización no significa neutralidad. Por el contrario una guerra ideológica, más o menos subterránea, infiltra todos los campos de la cultura. Y no cabe duda de que las referencias y los modelos de vida de los países del norte, especialmente anglosajones, están en vía de imponerse a los demás pueblos a través de sus numerosísimas producciones audiovisuales y sus potentes medios de comunicación. La corrida no tiene cabida en estas sensibilidades norteñas, sobre todo por el espectáculo de la muerte, y muchos quieren acabar con ella. Es la razón por la cual los aficionados hoy en día no pueden mantenerse en una actitud pasiva. Frente a sus adversarios empedernidos tienen la obligación de defender y justificar, pacíficamente pero con firmes argumentos, su amor por la Fiesta. Para ello se pueden apoyar sobre dos textos fundamentales, firmados por el conjunto de los países miembros de la Unesco: la Convención sobre la protección de la diversidad de las expresiones culturales (2005), que marca como única condición el respeto de la declaración universal de los derechos humanos, y la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de 2003.</p>
<p>Cuando uno lee este último texto queda impresionado, pues los cinco criterios enunciados en su artículo 2 para definir el patrimonio cultural inmaterial se aplican a la Fiesta de los toros. Evidentemente ésta forma parte de las artes del espectáculo. Incluso la corrida es el espectáculo vivo por esencia, ya que dentro de unas reglas y un marco definidos &#8211; los tercios, los espacios del ruedo y los minutos contados&#8230;- todo es efímero y casi todo imprevisible. Por eso la tauromaquia es un arte sublime, según reza la convocatoria para una cena de homenaje al joven Juan Belmonte, redactada por Valle Inclán, Pérez de Ayala y Sebastián Miranda en 1913. También entra dentro de los usos sociales, rituales y actos festivos. ¿Quién no percibe que el toreo encierra una liturgia abundante de gestos inspirados por la coreografía o las exigencias de un ritual: los brindis, el beso del matador a la taza de plata antes de iniciar la faena, los desplantes de cara al público al final de una serie de muletazos o a la muerte del toro&#8230;? Pero de manera más fundamental la tauromaquia recoge y hace revivir, adaptándolo a otros entornos y a nuevas sensibilidades, el antiguo fondo de la cultura mediterránea. Como la tragedia griega, la ópera italiana y las semanas santas es una puesta en escena de la muerte, o, mejor dicho, una sublimación de la muerte por el arte, una exaltación de la vida y del espíritu que han sabido triunfar, aunque sea durante unos minutos, de la fatalidad y del reino de las sombras. Representa y reinterpreta a su manera el eterno combate de Teseo con el Minotauro, la victoria de la humanidad sobre la animalidad, siempre cuando aquella haya aceptado previamente correr el riesgo de fundirse con ésta y de bajar con ella a los infiernos, del mismo modo que el toreo más bello y más emocionante es con las manos bajas y una quietud que casi parece abandono. Todo en el toreo, desde su desarrollo hasta su coreografía, está marcado por la fragilidad y el intento de superarla. Todo es una lucha desgarradora entre el ansia de eternidad y lo efímero. Esta lucha tan humana entre los extremos explica la belleza y la carga emocional que conllevan el temple, la ligazón y el arte de los remates. Sí, la muerte es el punto medular de la Fiesta, la cual sin ella se convertiría en un mero show, como el de Las Vegas. Pero no se trata solamente de la muerte del toro. El toreo mismo nos comunica, en sus más bellas luces y sombras, la evidencia de su mortalidad. Y para intentar inmortalizarlo cuando en realidad ha desaparecido nos queda la fuerza &#8211; mortal también- de lo que hemos vivido y sentido. Con el recuerdo y con las palabras procuramos superar la finitud de ese arte tan humano y entrañable, inventando para él, dentro de nuestros límites, un más allá espiritual.</p>
<p>Fuera del ruedo el mundo de los toros alimenta un abanico muy amplio de técnicas artesanales tradicionales cuya permanencia está subordinada a la vigencia de la Fiesta: la confección de los trajes, de los capotes de paseo y de todas las herramientas del toreo, el manejo de los caballos y de los bueyes en las dehesas, la técnica de los tentaderos. Asimismo el toreo alimenta un sinfín de tradiciones y expresiones orales, con su cortejo de términos técnicos, de dichos, de anécdotas que forman parte de la memoria colectiva de los aficionados. Tan es verdad que, como muy bien lo declaró el maestro Ángel Luis Bienvenida, «la torería son las conversaciones».</p>
<p>Teniendo en cuenta todos estos elementos, y para contrarrestar los intentos de abolición de los que no comparten nuestra sensibilidad, es hora de pensar en el proceso de reconocimiento de la Fiesta de los toros como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, al amparo de la Convención de la Unesco. Pero no debemos olvidar los pasos previos: es imprescindible que la tauromaquia esté reconocida como tal por las regiones, comunidades y países en los cuales queda vigente, y por lo tanto que esté inscrita en los inventarios correspondientes del patrimonio cultural inmaterial. De no ser así, el reconocimiento a nivel de la Unesco queda imposible. Para ello es necesaria una voluntad conjunta, en cada uno de los ocho países taurinos, por parte de las comunidades de aficionados y profesionales, por parte de los investigadores y expertos en el tema, y por parte de los políticos a los que tocará dar cabida a esta empresa ante las instituciones oficiales y competentes. El expediente que se elabore deberá en particular responder a estas preguntas principales: ¿qué significado cultural tiene este espectáculo con la muerte de un toro en un acto público, profundizando lo que he sugerido más arriba? Qué valores éticos y estéticos encierra nuestra Fiesta? ¿De qué modo es un factor de identificación y de autovaloración para las comunidades aficionadas, respetando la diversidad de sus sensibilidades?</p>
<p>Quisiera hacer hincapié en un punto clave a la luz de las preocupaciones de nuestro tiempo. Conviene mostrar en qué modo el mundo de los toros pone en práctica conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo, y contribuye de manera ejemplar al desarrollo sostenible. Existen unas evidencias de las cuales no parecen haberse percatado muchos ecologistas de las urbes: la Fiesta está basada sobre el respeto del toro, más propiamente de su animalidad cuyo conocimiento es indispensable para la lidia. ¿El malentendido con los animalistas, y con muchos ciudadanos, no radicará en que éstos quedan todavía fascinados por el mundo de Disney y quieren ver en cada gato, perro o vaca los rasgos de un niño bueno, un sustituto humano, ocultando su verdadera naturaleza de animal? Por otra parte el espectáculo taurino es la mejor oportunidad para la preservación de la cabaña brava, condenada inmediatamente al matadero el día en que se acaben las corridas. Al lado de los toros criados para la muerte en la plaza viven tranquilamente en las dehesas muchos más animales bravos, sacrificados igualmente en caso de abolición de la Fiesta: vacas de vientre y sementales. Sin olvidar que cada ganadería de bravo es un ecosistema excepcional en nuestra época, en donde conviven, en su paisaje protegido de la agricultura intensiva, innumerables especies de flora y fauna salvaje. Estoy convencido que para fomentar la afición de los jóvenes, tan sensibles al tema ecológico, lo primero y definitivo sería una visita al campo bravo.</p>
<p>Pregunto yo, ¿teniendo en cuenta todas estas razones, no merece la pena emprender esta tarea de reconocimiento de la Fiesta como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad? Que el proceso será largo, bien lo sé. Pero puede haber un resultado inmediato y estimulante: que nosotros, los aficionados de los ocho países, reconozcamos y afirmemos la legitimidad de nuestra afición, seamos conscientes de los valores éticos y estéticos inherentes a la Fiesta, y compartamos por el hecho un sentimiento de hermandad.</p>
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		<title>La hipocresía de la prohibición</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 22:13:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Salvador Boix</strong>, apoderado de José Tomás (EL PERIÓDICO, 16/12/09):</p>
<p>La fiesta de los toros es, antes que nada, una cuestión emocional. El que fuera maestro de la crítica, humanista generoso, sabio y gran amigo, don Mariano de la Cruz, me lo explicó hace 20 años: «La capacidad de impacto emocional de la tauromaquia no tiene parangón. Aunque esto es muy difícilmente explicable en tanto tiene que ver con una vivencia espiritual, con una experiencia estética».<br />
El goce espiritual de quien contempla el arte del toreo en su esencia supera, solapa y sublima cualquier primera lectura frívola, folclórica o &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/28202/la-hipocresia-de-la-prohibicion/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Salvador Boix</strong>, apoderado de José Tomás (EL PERIÓDICO, 16/12/09):</p>
<p>La fiesta de los toros es, antes que nada, una cuestión emocional. El que fuera maestro de la crítica, humanista generoso, sabio y gran amigo, don Mariano de la Cruz, me lo explicó hace 20 años: «La capacidad de impacto emocional de la tauromaquia no tiene parangón. Aunque esto es muy difícilmente explicable en tanto tiene que ver con una vivencia espiritual, con una experiencia estética».<br />
El goce espiritual de quien contempla el arte del toreo en su esencia supera, solapa y sublima cualquier primera lectura frívola, folclórica o moral del fenómeno en cuestión. Tan es así, que gentes diversas en ideología, gustos estéticos y prevenciones morales, ante la contemplación del torero esencial, pongamos por caso, de José Tomás, devienen emocionadas víctimas de una conmoción espiritual desconocida en su interior que llevarán consigo el resto de sus días.</p>
<p>Y si no me creen, pregunten en su entorno, al azar. Comprobarán, de momento, cómo no hace falta ir muy lejos para encontrar algún amigo, colega, conocido o saludado que haya asistido a una tarde de José Tomás en La Monumental. Seguidamente, les dirán que, efectivamente, aquel es el torero, que ahora ya sí comprenden de qué va esta cosa antigua y rancia denominada tauromaquia. Que la emoción les desbordó como nunca antes. Y les acabarán diciendo que no se piensan perder su regreso a la Monumental, si es que no la cierran antes.<br />
¿Dónde radica la capacidad del toreo para generar emociones tan profundas como para grabar la memoria del pueblo que a lo largo de la historia ha tenido la suerte de contemplarlo, la inteligencia para comprenderlo y la sensibilidad para sentirlo?<br />
El afán de ordenación del caos es la primera preocupación del ser humano, cuya condición e instinto le abocan a la lucha por la supervivencia en un entorno las más de las veces hostil. De eso precisamente habla el discurso de la tauromaquia: de la dominación de la fuerza bruta a través del valor, la técnica y la depuración cultural.</p>
<p>En la plaza de toros, el espectador ve reflejado su instinto de supervivencia, al tiempo que se reafirma la capacidad humana para la superación de la dificultad límite, la que puede acabar con su vida si no se esmera en la aplicación de las soluciones que valor, inteligencia y técnica le proporcionan. El comportamiento del torero en el ruedo debe ser ejemplar, dar argumentos para la superación y demostrar fuerza espiritual para seguir viviendo a pesar de las dificultades. El toreo es el espejo de la realidad.<br />
El toro bravo es el único animal criado por el hombre exclusivamente al efecto de ser fiero, de acometer incansable para acabar muriendo en el marco de la corrida. Excepto si se le perdona la vida por su gran bravura y se le convierte en semental, el toro acabará en todos los casos muerto y hecho filetes. Y ese es un dato que no hay que pasar por alto. El hecho de la muerte cierta del toro invita a una reflexión al respecto de la relación existente entre humanos y animales.</p>
<p>Aquí, como en el resto de casos conocidos, la relación entre humanos y animales es también desigual. Aunque en los toros, el animal, criado cuatro años en libertad, recibe un trato más próximo a la paridad de fuerzas y condición que en el resto de casos; véanse, si no, canarios en jaulas, perros con sogas al cuello, delfines en piscinas, patos para foie, cocodrilos en el zoo, los raticidas y el DDT. Mirando a nuestro alrededor, podemos afirmar que la relación entre humano y animal en una plaza de toros cabe calificarla de más higiénica e incluso moralmente instructiva.<br />
En los toros todo es de verdad, y ahí es donde radica su sentido esencial. De no ser así, se trataría de un baile caótico y ridículo que, sin duda, no habría recorrido los siglos de la tauromaquia que para su desarrollo requiere un toro bravo de verdad, un torero que voluntariamente quiera afrontar un desafío a muerte amparado simplemente en una liturgia ancestral y un público fervoroso que asista al duelo convencido de que va a hallar en la plaza el ejemplo espiritual que su pequeña naturaleza necesita.</p>
<p>La tauromaquia es un rito creado para el goce y consumo humanos. Cada cual paga su entrada libremente para asistir a algo único, inefable, imprevisible y emocionante. Este es un espectáculo que interesa a miles de ciudadanos. La verdad auténtica, la espontaneidad y la capacidad de impacto emocional de la fiesta taurina tal vez tengan difícil encaje en un mundo donde la corrupción, la mentira, la seguridad extrema – incluso a veces a costa de la libertad– y lo frívolo son valores demasiado enraizados.<br />
Pero quienes dirigen una sociedad democrática y moderna no deberían ejercer la hipocresía del puritanismo animalista como argumento para acabar con los toros. Los políticos de un país libre no deberían proyectar en los animales su incapacidad para dotar a nuestros congéneres de una vida más digna y justa. La hipocresía no debe mandar.</p>
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		<title>La última corrida</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2009 18:37:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pablo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Mireya Ivanovic</strong> ( EL CORREO DIGITAL, 08/10/09):</p>
<p>Si todo sale como se espera, la corrida de toros del pasado domingo en la Monumental barcelonesa será la última que se celebre en Cataluña. El inevitable José Tomás habría tenido su último triunfo en esa plaza, ya que una iniciativa legislativa popular, con el respaldo de ciento ochenta mil firmas, desembocará muy pronto en la prohibición de las corridas de toros para todo el ámbito de la comunidad autónoma. Habrá opiniones en el sentido de que se trataba para muchos de los firmantes de trazar una clara divisoria respecto de una &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/27232/la-ultima-corrida-2/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Mireya Ivanovic</strong> ( EL CORREO DIGITAL, 08/10/09):</p>
<p>Si todo sale como se espera, la corrida de toros del pasado domingo en la Monumental barcelonesa será la última que se celebre en Cataluña. El inevitable José Tomás habría tenido su último triunfo en esa plaza, ya que una iniciativa legislativa popular, con el respaldo de ciento ochenta mil firmas, desembocará muy pronto en la prohibición de las corridas de toros para todo el ámbito de la comunidad autónoma. Habrá opiniones en el sentido de que se trataba para muchos de los firmantes de trazar una clara divisoria respecto de una costumbre calificada de esencialmente española, algo imposible de probar. Lo que cuenta es que una de las formas más arraigadas y más ritualizadas de tortura de los animales ha llegado allí a su término y por una movilización ciudadana rigurosamente democrática, puesta en marcha el pasado año por la Plataforma &#8216;Prou&#8217; (Basta). Es la Ley de Protección de Animales lo que justifica la prohibición de una secuencia de maltrato y muerte a los toros, ceñida por lo demás a la plaza de Barcelona, única en activo.</p>
<p>El azar ha querido que la última ceremonia trágica de muerte de toros en Barcelona tuviera lugar en el mismo mes de septiembre en que se da la celebración en Tordesillas del festejo emblemático de la barbarie perpetrada contra los animales en nuestro país: el llamado Toro de la Vega. Existe una secular asociación entre la fiesta y el toro, que no siempre supuso, por lo menos en principio, la práctica de actos de violencia y muerte sobre el animal. En &#8216;Ritos y mitos equívocos&#8217;, Julio Caro Baroja estudió la significación de la fiesta extremeña del toro de San Marcos, sobre la cual fijó antes su atención el padre Feijoo. Por obra de una influencia milagrosa, el toro llegaba a asistir a la misa, lo cual no excluía con toda probabilidad el truco o el maltrato. Las hipótesis más plausibles son que podía haber sido embriagado o simplemente que se trataba de un buey manso. El hecho es que como recuerdo involuntario de las fiestas dionisíacas, las mujeres adoraban al toro y lo adornaban con flores y roscos, antes de devolverlo al monte. De hecho el toro era identificado con el santo, reforzando su condición de animal sagrado. Lo del toro de la Vega es bien diferente, aunque la Virgen ande de por medio, pues su fiesta es la del martirio del bóvido. Se trata de una persecución feroz y sádica de un toro bravo, alanceado hasta la muerte por hombres a caballo (y complementariamente a pie), hasta que el último rejón acaba con él y el matador es galardonado (parece que este año no lo fue por haber matado al toro ya en el asfalto). Y no es la única fiesta de estas características. En otros pueblos, los toros son acribillados con dardos hasta morir, se les coloca fuego en las astas o acaban arrojados al mar. Otros toros en Coria y en Medinaceli siguen por otro vía crucis la suerte del toro de la Vega. No están lejos los días en que los gansos de Lekeitio eran martirizados vivos hasta que el más fuerte o el más hábil bárbaro les desgajaba el cuello.</p>
<p>Sorprendentemente los grandes partidos suelen esquivar la responsabilidad consistente en tolerar tales episodios criminales. En el Parlament catalán, la firmeza correspondió a ERC y a ICV, dejando libertad de voto PSC y CiU. Peor aún ha ido la cosa en Madrid respecto del toro de la Vega. La iniciativa en el Senado de la izquierda catalana, que habría debido por lo menos retirar la mención honorífica de &#8216;interés turístico nacional&#8217; aún vigente, fue derrotada por PSOE y PP, a pesar de la declarada vocación ecológica del primero. Ahora se plantea en el Congreso una mesa de debate, como si el asunto de acabar con el trato criminal sobre animales fuese tan complicado. Los defensores de la barbarie esgrimen la tradición: también era tradicional en nuestro país el maltrato en comisarías y cuartelillos, o el de mujeres y niños. La Plataforma &#8216;Prou&#8217; ha dado un buen ejemplo, ya que la agresión dirigida contra los animales es la premisa también del menosprecio de la condición humana.</p>
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		<title>Embestida, corneada, ¿apuntillada?</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 19:32:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cataluña]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>José I. Castelló</strong>, periodista y profesor de Periodismo de la Universitat Abat Oliba (EL PERIÓDICO, 23/03/09):</p>
<p>Por si alguno no se había enterado todavía: son malos tiempos para la lírica, pero peores para el pasodoble torero. La temporada taurina en España ha arrancado este mes de marzo embestida por la crisis económica, corneada por las administraciones y con la incertidumbre de si finalmente será apuntillada en Catalunya por la maquinaria antitaurina. Puede suceder esto último esta primavera, cuando la plataforma Prou presente las 50.000 firmas acreditadas, ya más que superadas a fecha de hoy, para llevar al Parlament &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24351/embestida-corneada-apuntillada/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>José I. Castelló</strong>, periodista y profesor de Periodismo de la Universitat Abat Oliba (EL PERIÓDICO, 23/03/09):</p>
<p>Por si alguno no se había enterado todavía: son malos tiempos para la lírica, pero peores para el pasodoble torero. La temporada taurina en España ha arrancado este mes de marzo embestida por la crisis económica, corneada por las administraciones y con la incertidumbre de si finalmente será apuntillada en Catalunya por la maquinaria antitaurina. Puede suceder esto último esta primavera, cuando la plataforma Prou presente las 50.000 firmas acreditadas, ya más que superadas a fecha de hoy, para llevar al Parlament una iniciativa legislativa popular que acabe por ley con la fiesta de los toros en la comunidad catalana.</p>
<p>EN EFECTO. Si los antitaurinos consiguen prohibir las corridas y los espectáculos que incluyan la muerte del animal, pondrán la guinda al mejor invierno que hubiesen podido imaginar. La crisis económica que vivimos, de mayor alcance de lo previsto, ha reducido este año el número de festejos en el territorio español hasta 200, se dice, y ha provocado que muchas ganaderías estén ahora en venta, hasta un 20%, se añade. Además, algunas administraciones públicas han hecho mutis a cualquier ayuda y se han descolgado, como la del País Vasco, con la aplicación de un nuevo reglamento autonómico que irrita a los toreros. El resultado para el orbe taurino no puede ser más desalentador: nadie discute que donde la fiesta más se protege, la temporada arrancará tocada, y allá donde más se persigue, hasta puede que acabe finiquitada.<br />
Por estos últimos derroteros anda nuestra comunidad. Catalunya puede prohibir definitivamente la tauromaquia porque los antitaurinos han decidido coger el toro por los cuernos. Con su campaña, día a día, puerta a puerta, conseguirán que todo quede a expensas de la tramitación parlamentaria, en la que se podría incluir en el orden del día de un pleno el debate de totalidad de la proposición de ley. Asunto trascendente para la tan debilitada fiesta de los toros en Catalunya, donde no tiene suficiente con cargar con el peor de los carteles, machacada, folclorista y distanciada de la sociedad, sino que debe soportar, además, la condena municipal de la capital barcelonesa.<br />
Y todo porque hay un diagnóstico taurino mayúsculo en el ambiente catalán: fin a la fiesta de los toros. Y en esto están de acuerdo tirios y troyanos. Unos, los partidarios de la fiesta, porque son conscientes de que desde hace unos años los políticos no quieren saber nada de una manifestación cultural que han compartido durante siglos un buen número de catalanes; otros, los detractores de la fiesta, en cambio, porque defienden la protección de los animales y sustentan, muchos de ellos, que la denominada &#8220;fiesta nacional&#8221; nada tiene que ver con el discurso nacionalista que merecen.</p>
<p>ESTO PASA, en parte, porque la sensación generalizada de lo que ocurre aquí con el espectáculo taurino es que ya nada le va ni nada le viene. El futuro, desde hace tiempo, no está en el ruedo de la Monumental. Ni en la figura de José Tomás. Ni en la casta del toro. Ni en la autenticidad de la fiesta. El futuro de los toros en Catalunya está en el arreón de quienes más se han visto respaldados para imponer sus propuestas prohibicionistas frente a quienes, apelando a la libertad de opción y preservando el respeto por las tradiciones, se han limitado a capear creyendo que sus acciones se circunscribían en la popular canción <em>Resistiré.</em> La demostración de esto último es la creación del <em>Manifiesto a favor de la Fiesta en Catalunya,</em> una campaña de opinión favorable a la tauromaquia entre los colectivos profesionales, sociales, culturales, artísticos y políticos, de la que muy poca cosa se ha sabido hasta el momento.<br />
De todo esto, cuesta creer de los taurinos que durante estos últimos meses mucho se ha hecho y poco se ha dicho. También cuesta creer de los antitaurinos que no es más íntegro aquel que se opone al toreo estampando una firma. Mejor ver los toros desde la barrera y pensar, sin entrar al trapo del efecto económico, qué representará para las partes afectadas, que para lo bueno 1.200 reses de lidia (200 corridas no celebradas, por seis toros en cada una de ellas) no serán arrastradas esta temporada hasta el desolladero; pero, para lo malo, que se puede acabar apuntillando una tradición en Catalunya que se remonta a cuatro siglos de corridas de toros.</p>
<p>NO ES CUESTIÓN de contrarrestar la imagen actual que tiene la fiesta. Es cuestión de lancear todo lo bueno que aporta y estoquear todo lo malo que manifiesta. Hay demasiados referentes en nuestro pasado cultural que nos deben obligar a adoptar las precauciones necesarias antes de tomar una decisión. Por ejemplo, vayan ustedes unas líneas más arriba, vuelvan a leer y después reflexionen si la influencia lingüística del argot taurino ha calado o no en nuestro vocabulario actual: &#8220;embestida&#8221;, &#8220;corneada&#8221;, &#8220;coger el toro por los cuernos&#8221;, &#8220;arreón&#8221;, &#8220;derroteros&#8221;, &#8220;desde la barrera&#8221;, &#8220;entrar al trapo&#8221;&#8230; ¿Verdad que me entienden? Pues si la propuesta antitaurina llega al Parlament, pasa a debate y se vota finalmente, imagínense si sería curioso que, desde algún rincón de la cámara catalana, se gritase al emitir la sentencia: &#8220;¡Vaya faena!&#8221;.</p>
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		<title>Las tauromaquias como paradigma</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Mar 2009 22:52:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[A debate]]></category>
		<category><![CDATA[Tauromaquia]]></category>
		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás Ramón Fernández</strong>, abogado y miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (EL MUNDO, 09/03/09):</p>
<p>El Sr. Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, acaba de descubrir, con la inestimable ayuda de la ingrata experiencia sufrida por el ya ex ministro de Justicia Sr. Férnández Bermejo, y no ha tenido reparo en proclamar, lo que sin duda le honra porque no era fácil hacerlo desde su posición institucional, que es un auténtico disparate exigir a los aficionados a la caza que se provean por anticipado de 17 licencias, una por Comunidad Autónoma, si no quieren verse &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/24204/las-tauromaquias-como-paradigma/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Tomás Ramón Fernández</strong>, abogado y miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (EL MUNDO, 09/03/09):</p>
<p>El Sr. Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, acaba de descubrir, con la inestimable ayuda de la ingrata experiencia sufrida por el ya ex ministro de Justicia Sr. Férnández Bermejo, y no ha tenido reparo en proclamar, lo que sin duda le honra porque no era fácil hacerlo desde su posición institucional, que es un auténtico disparate exigir a los aficionados a la caza que se provean por anticipado de 17 licencias, una por Comunidad Autónoma, si no quieren verse un día frente al dilema de tener que elegir entre rechazar una eventual invitación para disfrutar del hecho cinegético fuera del lugar de su residencia habitual o arrostrar el riesgo de ser sancionado y públicamente vilipendiado por cazar en el territorio de una Autonomía ajena sin la preceptiva licencia de ésta.</p>
<p>Yo no soy aficionado a la caza, pero venía pensando desde hace tiempo algo parecido al ver la proliferación de reglamentos taurinos, aunque no me atrevía a decirlo por temor a que no se considerase políticamente correcto hacer este tipo de críticas al Estado de las Autonomías, que tan profundas raíces ha echado ya entre nosotros. El ejemplo del presidente andaluz me ha liberado de esa preocupación y me ha animado a poner por escrito mis reflexiones sobre las tauroautonomías ahora que sé que voy en buena compañía y que no me calificarán por ello de centralista o de algo peor.</p>
<p>Las tauroautonomías no las inventó la Constitución, ni mucho menos. Tampoco los Estatutos de Autonomía hicieron la más mínima referencia a los festejos taurinos, a los que se hizo alusión por vez primera en los Decretos de traspaso de funciones y servicios en materia de espectáculos públicos en todos los cuales se preservó la vigencia del Reglamento de Espectáculos Taurinos de 15 de Marzo de 1962 dejando en manos de las Comunidades Autónomas solamente la competencia para su aplicación, con excepción de las facultades de suspender o prohibir los espectáculos y de clausurar, en su caso, las plazas y locales en que pudieran celebrarse por «razones graves de seguridad u orden público», que el Estado retuvo para sí.</p>
<p>A nadie le pareció mal entonces esa solución y todo siguió funcionando pacíficamente sin la más mínima protesta con un único Reglamento taurino hasta la promulgación de la Ley de 4 de Abril de 1991, de potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos, que despertó repentinamente un extraordinario e insospechado fervor tauroautonómico.</p>
<p>¿Tal mal lo hizo el legislador estatal? En absoluto. La citada fue -y es- una excelente Ley, que, además de devolver la Fiesta al campo de la legalidad del que fue expulsada por la Real Cédula de Carlos IV de 10 de Febrero de 1805 nunca derogada expresamente, acertó a reducir a sus justos límites el intervencionismo gubernativo en los festejos taurinos y puso especial empeño en garantizar el derecho de los espectadores a «recibir el espectáculo en su integridad», que es lo que realmente justifica y reclama esa intervención. Tuvo, eso sí, la debilidad de incluir -todavía no puedo adivinar por qué- una disposición adicional admitiendo que «lo establecido en la presente Ley será de aplicación general en defecto de las disposiciones específicas que puedan dictar las Comunidades Autónomas».</p>
<p>Esta condescendiente disposición fue entendida por nuestros reyezuelos autonómicos como una auténtica invitación a la acción. No necesitaban para nada un Reglamento taurino propio porque no tenían ningún problema peculiar y distinto que resolver en sus respectivos territorios, como lo prueba su pacífica aceptación año tras año y feria tras feria del viejo Reglamento estatal de 1962, pero ¿por qué renunciar a elaborar un Reglamento sólo suyo, aplicable y reformable a su voluntad, si el propio Estado les daba vía libre para hacerlo? No tenían, desde luego, nada nuevo que decir, ni, menos aún, algo mejor, pero ¿qué podía importar eso? Lo que realmente importaba -e importa- es tenerlo y, eso sí, que sea distinto del estatal, un poquito por lo menos ¡Cuesta además tan poco trabajo! Todo se reduce a coger el Reglamento estatal y añadirle, quitarle o cambiarle cuatro cositas de nada, de esas que cualquier aficionado improvisa en las tertulias mientras se toma una copa. Y si de paso se puede cumplir con los amigos limando algunas aristas, mejor todavía.</p>
<p>Así surgió, primero, el Reglamento de Navarra, aprobado por Decreto Foral 249/1992. A éste le siguió el del País Vasco de 1996, que acaba de ser sustituido por el Decreto 183/2008. El tercero es el de Aragón (Decreto 223/2004), de donde la epidemia, que se había mantenido hasta ese momento dentro de unos límites geográficos muy definidos, saltó ni más ni menos que a Andalucía, que aprobó el suyo por Decreto 68/2006, lo que terminó de animar a Castilla y León, que es también tierra de toros y toreros, a aprobar por el Decreto 57/2008 su propio Reglamento.</p>
<p>Merece la pena repasar, aunque sea brevemente, el contenido de estos cinco reglamentos, porque en ellos se refleja con toda nitidez como en un espejo el rostro estólido y deforme de este Estado de las Autonomías, que la voracidad insaciable de unos y la irresponsabilidad de otros, a los que sólo les importa amarrar el poder cualquiera que sea el precio, ha terminado por formar.</p>
<p>Si todavía alguien cree que la autonomía y la libertad van de la mano, como ingenuamente pensamos muchos hace 30 años, la lectura de esos Reglamentos le sacará definitivamente de su engaño. Le bastará, en efecto, comprobar que todos ellos han restablecido con rara unanimidad la vieja exigencia de la autorización gubernativa previa a la que estaban sometidos todos los festejos taurinos sin excepción, una autorización que la ley estatal de 4 de Abril de 1991, más respetuosa con la libertad, en este caso la de empresa, y con el principio de proporcionalidad al que hay que ajustar obligadamente cualquier intervención de la autoridad, había restringido a los festejos que hubieran de celebrarse en plazas portátiles o no permanentes, conformándose en los demás casos con la mera comunicación por escrito del propósito de celebrarlos.</p>
<p>La adaptación general de nuestro ordenamiento jurídico a la Directiva de Servicios 123/2006, que tiene que completarse antes de que termine el año en curso, nos devolverá ese trocito de libertad que tan gratuitamente nos quitaron los flamantes Reglamentos autonómicos.</p>
<p>Si esta aportación es negativa, la creación por los Reglamentos en cuestión de Registros autonómicos de Profesionales Taurinos y de Ganaderías de Lidia resulta sencillamente esperpéntica, supuesto que tales Registros ya existían con ámbito estatal desde la Ley de 4 de Abril de 1991. ¿Para qué quiere el País Vasco tales Registros si pueden contarse con los dedos de una sola mano los profesionales y las ganaderías existentes en su territorio? ¿Qué sentido tiene que el Reglamento navarro establezca que para actuar en la Comunidad Foral es requisito sine qua non estar inscrito en el Registro de Profesionales de la misma? ¿Prescindirían los navarros de incluir en los carteles de San Fermín a las figuras del momento por no estar inscritas en su Registro? ¿Para qué entonces tanto aparato?</p>
<p>Más de uno diría que, aunque ciertamente esperpéntico, lo que acabo de decir carece de importancia. No la tiene, en sí mismo, desde luego, pero sí como ejemplo del habitual modo de hacer de los gobernantes autonómicos a los que lo único que parece interesarles es reproducir en su territorio estaditos completos que tengan todos los chismes, buenos y malos, que hay dentro del Estado, por ridícula que pueda llegar a ser esa colección de miniaturas.</p>
<p>Más que simbólica, sin embargo, es la importancia de la diferente regulación que en los Reglamentos autonómicos se hace de las garantías de la integridad del espectáculo que la Ley estatal de 4 de Abril de 1991 establece.</p>
<p>No puedo entretenerme aquí y ahora en exponer en su detalle el sistema. No hace falta tampoco. Bastará recordar que el ganado de lidia procede de unas pocas Comunidades Autónomas y que se celebran festejos taurinos en toda España.</p>
<p>El mercado es único y únicas también tienen que ser necesariamente las reglas por las que se rige. Si la responsabilidad de la custodia del ganado durante su transporte y en el tiempo que permanece en la plaza de destino se regula de distinta manera en cada Comunidad Autónoma, es obvio que no podrá exigirse responsabilidad ni a los ganaderos, ni a los empresarios, ni a las autoridades por el eventual afeitado de las reses. Pues esto es exactamente lo que resulta de las tauroautonomías.</p>
<p>Si el Reglamento andaluz permite embarcar los toros en el campo sin precintar los cajones, ¿cómo podrá responsabilizarse en Aragón y en el País Vasco al empresario so pretexto de que los toros quedan bajo su custodia desde que llegan a la plaza? Tampoco al ganadero podrá exigírsele en estas Comunidades Autónomas responsabilidad alguna, ya que desde que las reses se desembarcan en la plaza es el empresario quien debe custodiarlas.</p>
<p>Todo vale. Nadie es responsable. La diversidad de regulaciones conduce al barullo y éste asegura la impunidad cuando entran en juego varios Reglamentos autonómicos. Y cuando todo se desarrolla en el interior de una misma Comunidad el Reglamento de ésta (el de Andalucía en concreto) también se encarga de garantizar la impunidad del ganadero, porque se deja en sus manos la práctica del decisivo reconocimiento post mortem, que en los territorios en los que se sigue aplicando el Reglamento estatal depende, como es lógico, de la autoridad. Como esto supone un riesgo, el Reglamento andaluz se ha apresurado a eliminarlo: el reconocimiento post mortem, que es el único que permite comprobar con toda seguridad si se han producido manipulaciones fraudulentas, sólo podrá practicarse con las reses que hubieren suscitado sospechas en los reconocimientos previos y el ganadero se hubiese empeñado en lidiar. Con no empeñarse todo arreglado.</p>
<p>No se trata sólo de la licencia de caza del Sr. Fernández Bermejo.Son muchas cosas más. Lo fue hace unos años y lo sigue siendo el urbanismo, que en esta fase de autonomías a ultranza ha dado frutos tan poco ejemplares como el de Seseña. Y el escándalo de la insolidaria disputa por el agua, que no se permite que vaya a quien la necesita, aunque termine perdiéndose en el mar la que sobra. Y la violencia egoísta de la imposición en las escuelas contra viento y marea de las lenguas co-oficiales. Todo siempre en beneficio de los que mandan y de sus amigos, nunca en el del conjunto de la sociedad.</p>
<p>Las tauroautonomías a las que acabo de referirme son ejemplo, compendio y espejo de este desmadre general en el que ha venido a parar lo que con tanta ilusión se inició 30 años atrás.</p>
<p>Menos mal que las reglas de la economía las establece la Comunidad Europea y las del fútbol están bajo el control de la FIFA. Si no fuera por esto, las porterías y los balones tendrían en cada Comunidad el tamaño que quisieran sus gobernantes y nos expulsarían de la Champions. Al menos esto se encuentra a salvo.</p>
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		<title>Deaths in the afternoon</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Jan 2009 19:37:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Moliné Escalona</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>By <strong>AL Kennedy</strong> (THE GUARDIAN, 31/01/09):</p>
<p>In the spring of 1999 a matador called Julián López Escobar &#8211; El Juli &#8211; was gored by a bull called Ostrero in the ring at Seville. The afternoon had been cinematic, almost implausible, in its drama &#8211; El Juli, a young and already much-admired torero, takes risk after risk until he is gored, drops to the sand and is helped up by Enrique Ponce Martinez &#8211; <a href="http://www.guardian.co.uk/world/spain">Spain</a>&#8216;s leading matador and his partner for the afternoon&#8217;s corrida. El Juli, bleeding from his thigh, shrugs off the maestro&#8217;s assistance while his support team, the &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/23728/deaths-in-the-afternoon/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>By <strong>AL Kennedy</strong> (THE GUARDIAN, 31/01/09):</p>
<p>In the spring of 1999 a matador called Julián López Escobar &#8211; El Juli &#8211; was gored by a bull called Ostrero in the ring at Seville. The afternoon had been cinematic, almost implausible, in its drama &#8211; El Juli, a young and already much-admired torero, takes risk after risk until he is gored, drops to the sand and is helped up by Enrique Ponce Martinez &#8211; <a href="http://www.guardian.co.uk/world/spain">Spain</a>&#8216;s leading matador and his partner for the afternoon&#8217;s corrida. El Juli, bleeding from his thigh, shrugs off the maestro&#8217;s assistance while his support team, the cuadrilla, lure the bull away. At this point El Juli allegedly tells Ponce: &#8220;If you want to help me, get them out of here. I have a bull to kill.&#8221;</p>
<p>It was the stuff of legend, a wounded man staring down a wounded animal before the kill is made with a single thrust. Both stood one swaying moment more then fell. The bull was dragged from the ring, the man was carried shoulder-high to the infirmary amid an unheard-of tumult. I was there to see it because I was researching a book on bullfighting, and I lingered with the rest of the crowd outside la Maestranza bull ring, waiting for news of El Juli&#8217;s injuries. And in the crowd? Boys. So many boys. Boys lost in the solemn and passionate seriousness that only children and lovers seem able to sustain. One child standing close to me, he was probably seven or eight, sported a thin pigtail &#8211; a coleta &#8211; the mark of a torero &#8211; the mark of a dream.</p>
<p>So I wasn&#8217;t surprised to hear of Michelito Lagravere and his attempt on the Guinness Book of Records &#8211; an 11-year-old killing six bulls (well, calves &#8211; he hasn&#8217;t got the reach for bulls) in an afternoon. Dreams of such complexity and dark glamour do tend to start early. El Juli is said to have started at nine. Ponce began even earlier. This has never been uncommon. The ring has seen all manner of novelty acts in its time: midget toreros, clown toreros, all-female cuadrillas, exotic animals. It could be argued that the only innovation here is instant internet access to the event and a European climate which is growing less sympathetic towards the 15-to-20 minutes of ritualised and highly symbolic violence which ends in the death of a toro bravo.</p>
<p>Not that bullfighting&#8217;s support-base shows any signs of weakening &#8211; it is big business. In 1999 Enrique Ponce was a multimillionaire, a superstar with jet-set friends. He still is. El Juli has joined him &#8211; it isn&#8217;t hard to find incentives for a would-be matador to start early. Lagravere senior was a French matador of whom very few people on earth had heard, while his son is now an international phenomenon &#8211; we can only guess whose dreams are speeding Michelito on his way. Conversely, Michelito&#8217;s father may be unmoved by the fact that El Juli&#8217;s beer adverts were earning money before he was old enough to drink. He may simply feel that the sooner his son absorbs the matador&#8217;s peculiar skillset, the better his chances of survival. Michelito already has some of the agility and calm he&#8217;ll need to save his own life.</p>
<p>Although being French/Mexican won&#8217;t help him in Spain, he may survive a punishing environment which is both grisly and (even by its own standards) often corrupt. There are those who fall by the wayside: badly injured, killed, burned out by constant stress and its accompanying drug and alcohol problems. Of course campaigners are condemning both the bullfight&#8217;s elongated slaughter and a child&#8217;s public embrace of such a savage future.</p>
<p>I myself have seen more than enough of the ring. I live in another culture &#8211; one obsessed with the emotional destruction of celebrities, one that largely eats meat, one that finds young boxers admirable, one where boys watch soldiers parade, watch gang members posture &#8211; the tradition, the costume, the fascinating risk &#8211; and fall in love. There is much to condemn, but it might be wise also to understand the appeal of imagination&#8217;s extremities, our killing dreams.</p>
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		<title>El arte de jugarse la vida</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Aug 2008 20:17:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Francis Wolff</strong>, catedrático de Filosofía de la Universidad de París (ABC, 28/08/08):</p>
<p>Se escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/21910/el-arte-de-jugarse-la-vida/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Francis Wolff</strong>, catedrático de Filosofía de la Universidad de París (ABC, 28/08/08):</p>
<p>Se escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.</p>
<p>¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero&#8230; colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95.980 espectadores).</p>
<p>Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.</p>
<p>Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.</p>
<p>Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.</p>
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		<title>Toreros y escritores</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Jul 2007 15:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura y Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Tradiciones]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Por <strong>Suso de Toro</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/07/07):</p>
<p>El curso de los días nos atonta y nos lleva como troncos por el río. Cuesta recordar que se trataba de navegar. Olvidamos de qué puerto hemos salido y cuál era el viaje.</p>
<p>Cuando se olvida el origen queda el eco. Lo que fue sagrado se hace mundano, lo que fue rito acaba en bandera faccional. Eso pasa con la tauromaquia en España. La vuelta de un torero al ruedo, algo que sólo debiera tener que ver con él mismo dialogando con su destino, con su vida y con su muerte, &#8230; <a href="http://www.almendron.com/tribuna/16275/toreros-y-escritores/" class="read_more">Seguir leyendo</a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Suso de Toro</strong>, escritor (EL PAÍS, 07/07/07):</p>
<p>El curso de los días nos atonta y nos lleva como troncos por el río. Cuesta recordar que se trataba de navegar. Olvidamos de qué puerto hemos salido y cuál era el viaje.</p>
<p>Cuando se olvida el origen queda el eco. Lo que fue sagrado se hace mundano, lo que fue rito acaba en bandera faccional. Eso pasa con la tauromaquia en España. La vuelta de un torero al ruedo, algo que sólo debiera tener que ver con él mismo dialogando con su destino, con su vida y con su muerte, se transformó en un motivo para enfrentar bandos. El debate abierto previamente en Cataluña sobre las corridas de toros es el contexto que explica la algarabía y los gritos patrióticos, los de la patria de las corridas de toros y los de la patria sin corridas de toros.</p>
<p>Hay muchos modos de acercarse a la tauromaquia. Como Galicia no es país de corridas de toros, para mí no es un rito familiar ni tiene un sentido comunitario; sólo puedo contemplarlas desde fuera. Las he visto venir como instrumento de propaganda patriotera toda mi vida, sé bien que significaron y también que aún significan eso. Aun así, creo que he podido salvar ese obstáculo y que las comprendo, creo que son algo valioso, son precisamente el resto de un rito sagrado, un rito que nos recuerda lo que es existir, actualiza el valor de la vida. La vida es trascendente porque está siempre acechada por la muerte. En estos momentos nuestra civilización pretende que vivamos sin pasado, en un elástico presente continuo, que se extiende, que se extiende. En un mundo aséptico y a salvo de la muerte, o sea, de la vida. Y la muerte, justo lo que queremos olvidar, es lo que nos recuerda la tauromaquia.</p>
<p>No quisiera olvidar que la tauromaquia, por su naturaleza de metáfora de la vida heroica, de la vida a muerte, nos proporciona todo tipo de figuras para entender nuestros desafíos y dilemas vitales.</p>
<p>Aunque también comprendo las objeciones absolutas que hace quien señala la tortura del animal, porque eso también es la corrida. La descripción que se haga de ese cuerpo inocente drogado, limadas las astas, humillado, asustado, provocado, aguijoneado, traspasado, es toda ella verdadera. Lo que haya de humano en nosotros hace que también nos compadezcamos de ese animal sacrificado de forma tan cruel. Uno no puede evitar compartir ese sentimiento de repugnancia y de ponerse instintivamente de parte del toro, preguntándose si realmente es necesario ese sacrificio. Pero como uno también fue cazador de mozo, recuerda que vivimos matando y que para comer bistés hay que asesinar a un animal, por mucho que hoy a todos nos repugne asistir a la matanza del cerdo. Nos repugna sujetarle las patas a ese cuerpo lleno de vida del animal que se revuelve, porque conoce su destino, para que otra mano lo degüelle y lo desangre. De eso trata también el comer carne, aunque finjamos inocencia. El caso es que el comprender una cosa y también la contraria nos paraliza, y así uno no sabe qué concluir ante el sacrificio del toro.</p>
<p>Pero realmente ofende saber que el público que asiste y debiera ser testigo digno de algo grave, una muerte, lo haga por chovinismo nacionalista, por narcisismo de la pandereta, que profiera sus <em>arribaespañas</em> ofreciendo en sacrificio la inocencia del animal a su altar patrio. Todo el respeto que sentimos ante el torero y el toro, el torero sólo ante y con el toro, es desprecio para las intenciones y devociones de los patrioteros cofrades de la &#8220;fiesta nacional&#8221;.</p>
<p>Lo ocurrido, al fin, estos días en Barcelona en torno a los toros deja a salvo a los toreros, alguien que se juega efectivamente la vida, y estoy seguro de que no lo hace movido por exaltación gregaria. Pero también estos días en Cataluña hubo división en torno de las palabras. Lo triste en este caso es que el enfrentamiento tuvo como protagonistas a los escritores, con motivo de que si fueron o no a la Feria del Libro de Francfort escritores en catalán o en castellano.</p>
<p>Los escritores no nos jugamos la vida cuando escribimos, es un error.</p>
<p>Debiéramos escribir jugándonos la vida, escribir a vida o muerte, corriendo riesgo de perecer. Como los toreros. Sólo así recordaríamos siempre el sentido de escribir, conservaríamos el rescoldo del origen, la necesidad de ponerse en peligro. Incluso el besar las estampas y el persignarse antes de escribir, antes de la hora de la verdad. Pero no lo hacemos, no tenemos fuerza para estar solos. Atrás queda la figura del <em>dichter</em> romántico alemán, nos parece <em>naïve. </em>No queremos ser sacerdotes; tampoco sabemos ser héroes y nos conformamos con ser escritores. No está mal, es un oficio con su dignidad y su ética si se la acepta. Pero temiendo atrevernos a andar el camino solitario y escribiendo meramente para el &#8220;público&#8221; corremos el peligro de ir detrás de los demás. El peligro de, en vez de ganar y dar conocimiento, repetir lo establecido, y de, en vez de decir lo indecible, decir lo que se espera que digamos. El peligro de ser anunciadores del presente existente, de no trascenderlo, es que seamos inútiles, no tendremos nada verdadero y con peso que aportar a la realidad social.</p>
<p>Escribir se escribe como se vive, uno solo. Y esa soledad es el suelo del escritor, su patria, eso debiera hacer que cualquier escritor supiese que, de un modo solitario, comparte patria con cualquier otro. Con cualquier ser humano en realidad. Su menester es siempre el mismo, decir la vida con argumentos y palabras, cuestionar el vivir trivial y enseñarnos la trascendencia oculta en nuestros días. O su ausencia.</p>
<p>También distraernos, descendernos, elevarnos, asustarnos, emocionarnos, arrancarnos de la cárcel del presente y dislocarnos. Para ello el escritor usa de algo que no es suyo, el lenguaje, las palabras que son de mucha gente. Son de los que las han hablado, de los que las hablan y de los que las hablarán. Porque el lenguaje, esa idea, existe en la realidad encarnada en lenguas.</p>
<p>Los escritores no sabemos emitir el ruido universal del viento o la lluvia; tampoco el de los animales. Ni siquiera el de los músicos: trabajamos con lenguas. Y las lenguas, contra lo que hoy se cree tanto por aquí, no son mejores o peores, inocentes ni culpables, importantes o no. Son todas igual de valiosas. Valiosas para sus hablantes, claro, que es para quien tiene que importar. Quien no respeta una lengua, unas palabras, es porque no respeta a las personas que las hablan. Quien desprecia mis palabras me desprecia. Quien pretende que desaparezcan pretende mi desaparición y la de los míos. Quien siembra el odio hacia una lengua hace magia negra. Sí, las palabras son mágicas.</p>
<p>Los catalanes que son escritores afrontan hoy una situación que nos duele. Están atrapados en el contexto ideológico sectario; es un juego trivial pero canalla, y tendrán que luchar por salir de esa trampa en que han caído. Se han enfrentado ante un público que los jalea y no se han hecho daño unos a otros, sino que se han dañado a sí mismos, han restado valor y contaminado el sentido de sus propias palabras, que son lo más valioso, lo más legítimo de un escritor. Tendrán que pararse y verse desde fuera para reconocerse mutuamente de nuevo.</p>
<p>Un escritor escribe una voz original y eso es universal, compartido: no puede legítimamente enfrentarse a otro por la lengua en la que escribe, pues cada uno escribe con sus palabras el mismo relato que es el vivir humano. La obra literaria revienta las lenguas y salta por encima de sus límites para extenderse por las personas de cualquier parte, de cualquier habla.</p>
<p>En Cataluña, hoy, los escritores, sin quererlo, han acabado actuando como duelistas por encargo. Además de perjudicarse, también han perjudicado a Cataluña. Y ello no ayuda tampoco nada a una España de todos y para todos.</p>
<p>A veces uno recuerda el canto áspero y hermoso de Paco Ibáñez y lo escucha para recobrar el valor mágico de la palabra literaria y algunas otras cosas que hemos olvidado por el camino, arrastrados por los días como troncos por el río.</p>
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