La magnitud de la tragedia

El estrés es una experiencia habitual en la vida de las personas y una reacción normal frente adversidades y desastres. El concepto estrés en psicología tiene un significado dinámico: es el estado que experimenta un organismo cuando es afectado por cualquier circunstancia del medio interno o externo, que demanda un cambio en la relación entre ambos. En las personas, la experiencia del estrés se expresa a través de diferentes vías relacionadas entre sí: manifestaciones somáticas diversas (neuroquímicas, neuroendocrinas, musculares...), reacciones comportamentales variadas (luchar, huir, discutir, esperar, tramitar gestiones, conciliar, reiniciar...) y diferentes estados emocionales (expectativa, interés y estímulo, frustración, ira, impotencia, miedo, desánimo, desesperanza).

El concepto estrés adquiere connotaciones negativas cuando en esta relación dinámica el organismo se siente superado y incapacitado –física, intelectual, social, económica y/o culturalmente– para dar una respuesta suficiente y eliminar, modificar o adaptarse a los efectos negativos de la circunstancia. Además, el estrés deviene adversidad cuando esas reacciones no nos sirven para responderle y recuperar la estabilidad. De este modo la persistencia de la demanda añade más severidad a las circunstancias y complica la respuesta de adaptación.

La idea más relevante del concepto es la relación dinámica entre agentes estresantes, características del medio en que se producen ya sea individual o colectivo, grupo familiar o de población, cultural, profesional, desarrollo socioeconómico y político, zona geográfica y características del organismo al que afectan; es decir: edad, nivel de maduración biológica y intelectual, condiciones físicas, carga genética...

Se entiende bien la gravedad del impacto de los estresores primarios que son los desastres naturales como terremotos, inundaciones, incendios o también provocados por el hombre como las guerras, asesinatos, violaciones, atentados, accidentes y el drama que habitualmente les acompaña: muerte, miseria, epidemias, desarraigo familiar, desplazamientos de población, pérdida de posesiones, pérdida del trabajo. ¿Pero qué explica que hechos de vida cotidiana, que no son dramáticos, ni imprevistos ni indeseados, adquieran estas características y se conviertan en estresores igual de graves y extremos?

Para entender la magnitud de cualquier situación estresante y considerar la gravedad de la adversidad, debemos incorporar a la relación dinámica un cuarto elemento “cognitivo”: la atribución o significado que cada persona, individualmente y en su grupo familiar, social, cultural, religioso o ideológico, otorga tanto al agente estresante como a las repercusiones psicosociales que se derivan como vergüenza, soledad, deshonor, fracaso, descrédito, y a las expectativas de cambio, que pueden conllevar sentimientos de incertidumbre y de indecisión.

Hechos cotidianos o circunstancias difíciles que modifican nuestras condiciones de vida rutinarias se denominan estresores secundarios. Derivan de la propia evolución biográfica (iniciar o finalizar estudios, acceso al trabajo, vivir independiente, divorcio, preocupación por los hijos o por los padres ya mayores...) o de decisiones y acciones determinadas por el contexto sociopolítico, económico y legislativo cambiantes (problemas financieros, pérdida de estatus, o de propiedades, búsqueda de trabajo, estar pendiente de un diagnóstico médico, hacer una reclamación judicial, acceder a ayudas sociales, edad de jubilación, condiciones de contratación laboral, disponibilidad de servicios públicos, por ejemplo). Cuando un estresor secundario o sus efectos se prolongan en el tiempo y se asocian a la expectativa mental de imposibilidad de modificar sus condiciones, adquiere las características de uno de primario.

Aunque padezcan adversidades comunes, hay personas con unas condiciones innatas (neurobiológicas, genéticas, psicológicas) que, en interacción con el ambiente, pueden asumirlas con flexibilidad y recuperarse y superar los efectos negativos sin secuelas futuras. Éste concepto de resistencia –conocido como resiliencia– está relacionado con sentimientos de autoeficacia y capacidad de control psicológico, que permiten a la persona redefinir el significado que confiere a la experiencia límite y poder afrontarla. Entre los factores protectores, entendidos como aquellos que reducen el impacto de la adversidad y minimizan sus efectos, uno de los más importantes en relación a la persona afectada, vuelve a ser cognitivo: conocer cuáles son los recursos propios y los que las instituciones disponen, pero, más importante aún, es sentir el soporte y tener la percepción de que estos recursos y el apoyo de las personas le son próximos y accesibles.

Joana Guarch i Domènech, psicóloga clínica,. Hospital Clinic, Universitat de Barcelona.

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