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Los Mayas: palacios y pirámides
III.- Las grandes ciudades clásicas: los monumentos
         
 
  INDICE  
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  III. CIUDADES CLASICAS  
Introducción
Centros religiosos
Pirámides
¿Cómo se trabajaba?
Función pirámides
Monumentos
Quirigua
Copán
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  TABLA CRONOLOGICA  
  GLOSARIO  

 

FIGURA 1

Figura 1

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FIGURA 2

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FIGURA 3

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La antigua metrópoli maya de Tikal, descubierta en el siglo XVIII, ha sido estudiada a partir de 1881. Conoció numerosas campañas de exploración, excavaciones y restauraciones a lo largo de los 500 km2 que forman su área. En su centro propiamente dicho habrá como mínimo unos 3.000 monumentos sobre 16 km2. Situada en el corazón de esta gran ciudad, la zona llamada ceremonial [FIGURA 1], donde están las principales pirámides, los juegos de pelota y el palacio, cubre 1.200 x 600 m. Es aquí donde se yuxtaponen los gigantescos templos edificados sobre la acrópolis norte.

El conjunto, que se remonta en gran parte a los siglos VI y VII, tras un período de eclipse de Tikal, marca el renacimiento de la capital de Petén. Está ordenado según un programa simétrico, orientado norte/sur, sobre un eje que mide 200 m de largo con una anchura que no supera los 150 m. Pero sobre esta superficie se alzan diecisiete construcciones, las más impresionantes de las cuales se elevan hasta 45 m.

Al fondo de la Plaza Mayor cuadrada, rodeada a derecha e izquierda por altas pirámides, bautizadas como templo I y templo II, hay un «bosque de estelas» [FIGURA 2] conmemorativas y de altares para el sacrificio (en total unos cuarenta monolitos) delante de tres nuevas pirámides a las que se ha denominado prosaicamente templos 32, 33 y 34. Éstos están dispuestos de cara al visitante y los sigue un pequeño patio simétrico a cuyo alrededor se sitúan ordenadamente nuevas pirámides, más pequeñas. En la Plaza Mayor era donde tenían lugar las celebraciones dinásticas que exaltaban el poder de los soberanos de Tikal.

Aunque los mayas hayan querido sacar partido de la menor elevación del menor pliegue del terreno por lo general plano de Petén para levantar allí su acrópolis, el conjunto está a nivel. No cabe duda de que constituye un conjunto urbanístico cuidadosamente planificado, cuyos rasgos específicos obedecen a un proyecto arquitectónico muy elaborado [FIGURA 3]. La composición está regida tanto por las necesidades del ritual consagrado a las diferentes divinidades, como por la jerarquía de los templos y por el programa en el que se inscriben los monumentos de los soberanos que se van sucediendo.

Esta subordinación a un plan unitario demuestra que los mayas hacían proyectos a largo plazo, que a veces se iban desarrollando a lo largo de varios siglos. Por otro lado, la lectura de las inscripciones permite atribuir en gran parte a un personaje determinado —del que se puede distinguir el nombre y las fechas de reinado— cada monumento, cada tumba, cada estela. La historia de las construcciones refleja los acontecimientos que atañen a la ciudad, los períodos gloriosos que siguen a las decadencias, revueltas o invasiones.

Tikal cuenta además con grandes calzadas que unían entre sí diferentes barrios de la ciudad, y por las que seguramente pasaban suntuosas procesiones. También tiene depósitos de agua: se trata casi siempre de excavaciones hechas en las canteras al aire libre, para la explotación de la roca, de la que los obreros extraían los materiales de construcción. Estos depósitos de agua potable, situados por debajo de las plazas y las explanadas, de forma que recibían sus aguas de escorrentía, se llenaban durante la estación de las lluvias.

Tikal es el ejemplo más espectacular de las ciudades de Petén y de Belice, en las tierras bajas. Pero las ciudades mayas de la época clásica se cuentan por decenas: además de las ya citadas de Uaxactún y Cerros, hay que mencionar Nakum, Naranjo, Río Azul, Altún Há, Xultún, etc. Todas ellas están dotadas de una serie de construcciones que los arqueólogos van rescatando pacientemente de entre la vegetación y el humus. Hay variantes locales, pero casi todas tienen pirámides, plataformas, palacios, juegos de pelota y estelas o altares, que constituyen el repertorio normal de los monumentos simbólico-religiosos de los centros mayas.

Estas ciudades, agrupadas en principados bajo el poder de un soberano, gozaban, al parecer, de una cierta autonomía en el aspecto cultural y religioso. Se enfrentaban con frecuencia en combates tribales, durante los cuales el vencedor hacía prisioneros y los destinaba a sacrificios cruentos.

 
 

FIGURA 4

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Pero también había, entre estas ciudades diseminadas en la selva pluvial, fuertes lazos basados en los intercambios y en un comercio activo. Productos como el cacao o las conchas marinas, eran objeto de tráfico entre las tierras bajas y los altiplanos mexicanos. Asimismo, al final de la civilización maya, la metalurgia del oro aparece cuando empiezan a establecerse las relaciones comerciales entre las culturas andinas y las civilizaciones mexicanas, por mediación de los pueblos de América central.

Estas rutas comerciales han sido reconstruidas en parte. Con frecuencia se cruzan con los caminos de las migraciones, que traen a territorio maya influencias artísticas lejanas, especialmente en el aspecto arquitectónico. Una corriente procedente de la gran ciudad de Teotihuacán, no lejos del actual México, llega hasta Tikal hacia el 375. En esta época, asistimos a la irrupción de formas mexicanas en tierra maya: la solución del talud-tablero [FIGURA 4] de Teotihuacán sustituye a los escalones de las pirámides. Se trata de un tipo de peldaños con base inclinada en forma de glacis, rematado por un tablero saliente, provisto de un marco. Este modelado —en el que se alternan un elemento cuya inclinación supera los 60º y una superficie vertical provista de marco— sustituye durante un tiempo a los característicos de las pirámides de Tikal.

A partir del 534 de nuestra era, los arqueólogos observan una especie de «interrupción» en la cronología: las inscripciones —que normalmente se suceden de manera continua— desaparecen del todo. Simultáneamente, empiezan a escasear las grandes construcciones. En las obras clásicas, el trabajo no se reanuda plenamente hasta finales del siglo VI. El mundo maya ha llegado ya a su «clímax»: la población, la construcción y el número de inscripciones lapidarias alcanzan aquí su apogeo.

En los siglos VII y VIII la ciudad de Tikal tuvo una civilización fastuosa, como lo demuestran los descubrimientos hechos en la tumba del señor Ah-Cacao, descubierta en 1962 bajo el templo I, llamado Pirámide del Gran Jaguar. Esta tumba, que se remonta aproximadamente al 734 de nuestra era, fecha en la que su hijo le sucede en el trono de Tikal, contenía ricos obsequios de jade y conchas, así como cerámicas y huesos grabados con la efigie de los dioses, realizada con extraordinaria delicadeza.

Todos estos hallazgos nos ayudan a imaginar cómo sería la existencia de esta «nobleza» maya, con sus ropas de algodón de una blancura espectacular, sus uniformes de gala de colores fuertes, sus tocados de plumas resplandecientes, sus joyas de jade, sus sacerdotes ofreciendo sacrificios en los altares de piedra entre aromáticos humos de copal. Al son de trompetas y entre cantos rituales, todo un pueblo se agita delante de las pirámides pintadas de rojo, situadas en medio de la omnipresente vegetación tropical donde gritan papagayos, quetzales y tucanes deslumbrantes.

Después de la fatídica fecha que figura en la última estela de Tikal —el 869—, la cronología se detiene bruscamente.

 
   

 

         
 
Cerámica

CERAMICA CON FIGURAS POLICROMADAS
Estos dos vasos cilíndricos mayas, procedentes de Tikal, ilustran escenas de audiencias: un alto dignatario, sentado con las piernas cruzadas, «en postura india», sobre un escabel a modo de trono, recibe los homenajes de sus súbitos.
Museo Nacional, Tikal

Cerámica
 
         
 

 

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