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Románico: ciudades, catedrales y monasterios

III. Las iglesias y las peregrinaciones: las rutas

         
 
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  III. PEREGRINACIONES  
Las rutas
La arquitectura
Edificios esculpidos
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  GLOSARIO  

 

FIGURA 1:
SANTO SEPULCRO

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       La Edad Media, en especial los siglos XI y XII, se caracterizó por un gran movimiento de peregrinaciones que convirtió esta época en una de las más intensas de la civilización cristiana. La peregrinación es un viaje a un lugar sagrado, de devoción, en el que los fieles esperan, por lo general, la obtención de una gracia divina. El peregrino sólo decide la fecha y el destino. La ruta incluye numerosas etapas en lugares de piedad, verdaderas peregrinaciones parciales. Se trata de un acto de fe que lleva a cabo el creyente, pues el Camino es peligroso, hasta el punto de arriesgar la vida. Los lugares de peregrinación crecieron a la vez que el número de peregrinos. De todas formas, hubo tres destinos que destacaron sobre los demás: el Santo Sepulcro de Tierra Santa [FIGURA 1], el sepulcro de San Pedro en Roma y, por último, el del apóstol Santiago en Compostela.
     Santiago el Mayor, uno de los discípulos de Jesucristo, aparece constantemente en los pasajes más importantes de los Evangelios. Tras su decapitación hacia los años 41-44 d.C., el emplazamiento de su tumba había caído en el olvido. Sin embargo, según la tradición relatada en la Concordia de Antealtares (1077), el lugar fue revelado, de forma milagrosa a principios del siglo IX, a una ermitaño llamado Pelagio, que se había instalado cerca de la iglesia de San Félix. Cuando el rey Alfonso II el Casto se enteró del descubrimiento, ordenó construir tres iglesias sobre tan sacra ubicación.
     En una época de guerras y luchas incesantes, sobre todo entre cristianos y musulmanes, Alfonso II aportó a su reino un resurgimiento artístico y cultural, de mayor valor si cabe porque significaba la vuelta a la prosperidad y se unía a numerosos intercambios con la corte de Carlomagno. El descubrimiento de las reliquias de Santiago convirtió al santo en un símbolo de protección de la España cristiana. Se le representaba con la apariencia de un poderoso caballero que luchaba contra los musulmanes; de ahí su apelativo de «matamoros». De esta manera, la afluencia de personas, y sobre todo de donativos, permitió que se construyera una ciudad alrededor del mausoleo.
     Los lugares hacia los que se dirigían los peregrinos se convirtieron en el origen de una importante producción de guías de peregrinación, que aconsejaban al viajero y le ayudaban a lo largo del camino. La Guía del peregrino de Santiago de Compostela, extracto del libro V del Codex Calixtinus, que se remonta a 1139, es la obra que, sin duda, presenta mayor interés por lo que respecta a los diversos itinerarios. Describe cuatro principales: la Via Tolosona, la ruta de Le Puy a Ostabat, la Via Lemovicensis y la Via Turonensis.
 
 

FIGURA 2: SAN TRÓFIMO

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FIGURA 3:
Saint-Gilles-du-Gard

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FIGURA 4: LE PUY

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FIGURA 5: CONQUES

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       La Tolosana constituía la ruta que solían seguir los peregrinos procedentes de Italia u Oriente, así como los que venían de la costa mediterránea. De Arles llegaba a Puente la Reina pasando por Toulouse. La primera etapa del peregrino era la catedral de Arles, en la que se recogía ante los restos de San Trófimo [FIGURA 2]. En su camino hacia el oeste, llegaba a Saint Gilles-du-Gard [FIGURA 3] para venerar a San Gil, el santo patrón. Antes de llegar a Toulouse, encontraba numerosos lugares sagrados que conservaban reliquias preciosas, como Saint-Guilhem-le-Désert, con el cuerpo de San Guillermo, Murat-sur-Vèbre y Castres. En Toulouse, se acercaba al cuerpo de San Saturnino, obispo y mártir; la guía precisa además que, en la misma ruta, «hay que visitar los cuerpos de los bienaventurados mártires Tiberio, Modesto y Florencio [...]. Descansan a la orilla del Hérault, en un sepulcro muy hermoso». El Camino continuaba por Pibrac, Auch, Morlaas, Lescar, Pau, La Commande y Oloron-Sainte-Marie, antes de jalonar el valle de Aspe y atravesar el puerto de Somport. Los fieles procedentes del este, que pasaban por Montpellier, a veces preferían atravesar Cataluña en lugar del Languedoc, desde donde llegaban también a Puente la Reina.
     El segundo itinerario propuesto era el de Le Puy a Ostabat, punto de encuentro de las cuatro rutas, vera el que solían tomar los peregrinos de Lyón, Vienne, Valence o de Clermont-Ferrand, Issoire, Sauxillanges y Brioude. Desde Le Puy [FIGURA 4], lugar de partida, se atravesaba el macizo del Aubrac, Perse, Bessuejouls y las gargantas del Dourdour. El peregrino descansaba en Conques, en cuya basílica se conservan las reliquias de Santa Fe, virgen y mártir [FIGURA 5]. Continuaba hacia Figeac, desde donde era opcional dar un rodeo por Rocamadur, Marcilhac, Cahors y Le Montat, antes de dirigirse a Moissac, Lectoure, Condom, Eauze, Aire-sur-Adour, Orthez, Sauveterre-de-Béarn y, por último, Ostabat.
     La Vía Lemocivensis partía de Vézelay [FIGURA 6] y transcurría por Saint-Léonard-de-Noblat. En primer lugar, el peregrino tenía la obligación de recogerse ante la reliquia de María Magdalena. Después continuaba su camino pasando o bien por La Charité-sur-Loire, Nevers, Noirlac, Neuvy-Saint-Sépulcre y Gargilesse, o bien por Bourges, Charost, Déols, Châteauroux y Argenton-sur-Creuse para llegar a Saint Léonard, donde oraba ante las reliquias del ermitaño San Leonardo. Desde allí, el caminante se dirigía a Limoges y seguía luego a La Reóle y Mont-de-Marsan pasando por Saint-Jean-de-Côle y deteniéndose en Périgueux, donde se conservan las reliquias de Saint-Front. Desde este punto se podía dar un rodeo por Trémolat sur la Dordogne antes de llegar a Ostabat.
     La Vía Turonensis era el cuarto itinerario propuesto. De París se dirigía a Orleans —donde se hallan «en la iglesia de la Santa Cruz, el madero de la cruz y el cáliz de San Euverto, obispo y confesor»—, o a Chartres y llegaba a Tours, escenario de varios milagros de San Martín. El peregrino se encaminaba a continuación hacia Ingrandes y se detenía en Poitiers para venerar las reliquias de San Hilario. En este punto podía elegir entre salir para Angulema o para Saintes. Si se decidía por esta segunda opción, hacía una parada en Saint-Jean-d'Angély para rezar ante «la cabeza venerable de San Juan Bautista, traída por religiosos desde Jerusalén hasta un lugar llamado Angély, en Poitou». El caminante volvía a parar en Saintes ante el cuerpo de San Eutropio, obispo y mártir. Continuaba hacia Blaye «junto al mar, [donde] hay que pedir la protección de San Román», y se detenía en Burdeos para orar ante el cuerpo de San Seurín. Después de atravesar Saint-Paul-les-Dax, se llegaba por fin a Ostabat.
 
   

FIGURA 6: VÉzelay

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       A partir de aquí, el peregrino tomaba el Camino Francés: atravesaba el actual País Vasco francés y llegaba a la cruz de Carlomagno, primer lugar de oración en el Camino de Compostela. Los itinerarios de España para llegar a Santiago eran relativamente fáciles y el caminante, una vez en territorio hispánico, no podía dejar de visitar «el cuerpo del bienaventurado Domingo, confesor, que construyó la calzada entre Nájera y Redecilla, donde ahora descansa. Hay que visitar los restos de los santos Facundo y Primitivo, cuya basílica fue erigida por Carlomagno [...]; desde allí hay que dirigirse a León para ver el cuerpo del bienaventurado Isidoro, obispo, confesor y doctor, que instituyó una regla muy devota para los sabios eclesiásticos, impregnó con su doctrina a todo el pueblo español y honró a la Santa Iglesia con sus obras fecundas». El peregrino proseguía su camino hacia Pamplona y llegaba, luego, a Puente la Reina. A continuación atravesaba Estella y se dirigía hacia La Rioja. La travesía de Castilla y León también se efectuaba al ritmo de etapas santas.
     El caminante llegaba al final de su aventura al entrar en Galicia e irse acercando a Santiago de Compostela. El Camino de Santiago en territorio hispánico constaba de 16 etapas, cada una con sus propios rituales. En Compostela, el peregrino tenía que cumplir con unos ritos: de entrada, plantaba una cruz en la cumbre del puerto de Cize, tras «arrodillarse mirando hacia la patria de Santiago y orar»; después, se sumergía en agua fría para purificarse y «por amor al apóstol». Ya podía entrar en la ciudad. Además, tenía que transportar una piedra caliza desde el monte Cebrero hasta Castañeda. Estas piedras se transportaban luego con carros hasta Compostela. Los peregrinos traían ofrendas que enriquecían el tesoro del santuario. Se vestían con ropa nueva antes de purificar el alma y recibían un documento que demostraba su paso por Santiago de Compostela, señal de la expiación de sus pecados.
 

 

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