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Indice Catálogo Piezas
Prehistoria
El arte aqueménida
Introducción
El período de Ciro el Grande (558-530 a.C.)
El período de Darío I (522-486 a.C.)
El período de Jerjes I (486-465 a.C.) y sus sucesores hasta Darío III (336-330 a.C.)
Galería de imágenes
El arte griego antes de la época parta
El arte en la época parta
El arte en el Imperio Sasánida
El arte al inicio de la época musulmana
Bibliografía

 

Figura 27
Plano de la terraza de Susa
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Figura 28
Plano de la terraza de Persépolis
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Figura 29
Reconstrucción de las terrazas de Persépolis
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Figura 30
Fragmento de relieve
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Figura 31
Cámra sepulcral, Naqs-i Rustam
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Figura 32
Tumbas rupestres
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  III. Catálogo: el arte aqueménida  

El período de Darío I (522-486 a.C.)

Como hábil usurpador que era, Darío I intentó legitimar su llegada al poder. Un ejemplo de ello es el relieve de las rocas de Behistún (11) [FIG. 2] y su inscripción trilingüe (persa antiguo, elamita y acadio en el dialecto neobabilonio)(12). Para el texto en persa antiguo tuvieron que inventarse 38 caracteres cuneiformes por encargo de Darío. Este informe sobre las actividades y cuentas del gran rey se grabó en la parte superior de las rocas, protegiéndolo así del paso de quienes transitaban esa antigua ruta comercial y militar hacia las tierras bajas mesopotámicas.

El relieve muestra a Darío con un pie encima de Gaumata, su principal enemigo. Ante Darío son conducidos nueve reyes rebeldes hechos prisioneros tras su derrota; cada uno lleva una inscripción que le identifica. Esta representación de los prisioneros de guerra parece inspirada en los relieves murales asirios de los siglos IX-VII a.C., pero difiere de ellos por el carácter sumario de la representación y por las inscripciones de los nombres añadidas a cada uno de los derrotados.

Monumentos del período de Darío I en Susa
Después de que en el año 646 a.C. Asurbanipal conquistara y destruyera Susa (13) -la antigua capital del imperio elamita—, persas y elamitas se encargaron de reconstruirla y convertirla en centro administrativo a finales del siglo VII. Darío mandó construir un complejo palaciego [FIG. 27] en el noroeste de la ciudad. Los materiales de construcción llegaron desde todos los rincones del imperio aqueménida, tal como narra explícitamente la inscripción. Esto no sólo pone de manifiesto el carácter multicultural del imperio, sino también el hecho de que el arte aqueménida aspiraba a una mezcla de elementos estilísticos exigidos por el gran rey.

En 1972, en el pórtico monumental del palacio de Darío en Susa apareció una estatua del rey de tamaño gigantesco que actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Teherán, si bien su instalación original fue en Heliópolis (Egipto). La estatua, cuya cabeza y varias partes del torso han desaparecido, se apoya sobre un pilar que hace las veces de soporte [FIG. 26] [FIG. 17]. El zócalo está grabado con representaciones típicamente egipcias: en las caras frontal y trasera pueden observarse figuras de los dioses del Nilo, mientras que en las laterales se reproducen doce representantes de pueblos del imperio persa (14) arrodillados según el modo egipcio.

Arquitectura y relieves en Persépolis
Por encargo de Darío, durante el primer año de su mandato se empezó con la construcción del terraplén para la terraza donde se construirían más adelante los distintos edificios de Persépolis [FIG. 28] [FIG. 29].

En la primera fase (520 a 490 a.C.) se construyó la gran Sala de audiencias, la Apadana —cuyas obras se terminaron bajo el mandato de Jerjes I— y la llamada Casa del tesoro, en la que también se alojaron talleres de artesanos. Los magníficos relieves con los que Darío y sus sucesores mandaron decorar las escalinatas no determinan la función precisa para la que esta ciudad fue concebida. Podría tratarse de otra residencia veraniega del rey al igual que Ecbatana (Hamadán) y Susa, o bien fuera levantada para acoger los festejos de la llegada del año nuevo o bien por ambos motivos a la vez. Hasta los fragmentos más pequeños (núms. cat. 110 y 111) son magníficos testigos del arte magistral de los maestros canteros. En los relieves se representan las legaciones de todas las tierras del gran imperio que portan obsequios para ofrecer al rey, los delegados venidos de todos los confines del imperio, así como la guardia del rey, un cuerpo de 10.000 soldados conocidos como «los inmortales», pues cada vez que sufría una baja era inmediatamente reemplazada por otro guardia, de modo que la cifra nunca variaba. En la primera excavación pudieron detectarse restos de color, lo que confirma el hecho de que originalmente los relieves estaban pintados.

El gran relieve que se encontró en la Casa del tesoro, del que conocemos dos versiones [FIG. 30], muestra a Darío en el trono con su vara de gobernante y flores de loto; a su espalda se encuentra Jerjes, el príncipe heredero, un funcionario de la corte y un armero, y frente al rey aparecen dos pies de sahumador y un dignatario que se atreve a dirigirse al gran rey, ligeramente inclinado y con una mano delante de la boca.

El panteón de Darío I y sus sucesores
A diferencia de Ciro y su hijo Cambises, Darío mandó excavar su cámara sepulcral en la roca, en Naqs-i Rustam, 6 kilómetros al norte de Persépolis [FIG. 31] [FIG. 32]. La entrada está flanqueada por columnas, en un posible intento de reproducir la fachada del palacio de Persépolis (15). La entrada a la cámara sepulcral está coronada con un relieve doble. La escena principal del friso superior muestra al Gran rey de pie sobre un pedestal de tres niveles, ante el fuego sagrado; sobre la escena planean un gran sol alado y la luna. El friso inferior representa el auténtico pedestal, formado por una tarima inmensa apoyada sobre dos filas de un total de 30 figuras, que representan a los distintos países del imperio y se encargan de proteger y custodiar el poder del rey.

Cada una de estas figuras está caracterizada por su vestido y armamento, así como el tipo de peinado o barba y el modo de cubrirse la cabeza. Debajo de la escena principal se dejó una pared rectangular y lisa, prácticamente del mismo tamaño que el relieve que se encuentra sobre la entrada de la cámara sepulcral, con lo que se pretendía dificultar el acceso a la tumba y evitar así posibles saqueos. A ello se debe la característica forma en cruz de estos sepulcros excavados en la roca (con una altura aproximadamente de 23 m. y una anchura de un máximo de 18,60 m.), una forma que siguieron utilizando los sucesores de Darío I para sus sepulcros [FIG. 5] [FIG. 6] [FIG. 23].

   
 
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