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El arte en el Imperio Sasánida
El arte al inicio de la época musulmana
Introducción
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Bibliografía
  III. Catálogo: el arte al inicio de la época musulmana  

Introducción (I)

         
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Aunque el Islam, como fenómeno religioso, no se ha valido del arte para la difusión de sus ideas en la misma medida que el cristianismo o el budismo —sobre todo por falta de una iconografía de su divinidad— sí, en cambio, ha influido decisivamente en la arquitectura y en la actitud de los artistas frente a sus propias obras. Una de las características más importantes del arte islámico es su homogeneidad, que no debe confundirse con uniformidad, pues en el arte islámico se aprecia una gran diversidad en cada una de las regiones del territorio musulmán. De entre todas ellas, Irán es, sin duda y en el sentido más amplio, una de las más sobresalientes.

A decir verdad, el concepto de «arte islámico» no es el más acertado, como tampoco puede hablarse de un «arte cristiano» en general. Los inicios violentos, y en ocasiones destructivos, del Islam en los años de las conquistas dieron paso a la formación de una nueva cultura que no sustituyó a las precedentes sino que adoptó aquellos contenidos y formas de expresión que consideró útiles. Las dos grandes culturas con las que el Islam entra en contacto —primero en forma de enfrentamientos bélicos y luego ya de un modo programático y reconstructivo— fueron las del imperio bizantino en Occidente y la cultura sasánida en Oriente.

Los conquistadores musulmanes avanzaron hacia ambas fronteras con gran rapidez. Durante la campaña de conquista del año 637 se produjo en Kadesiya, cerca de Hira, la primera gran derrota del imperio persa, tras la cual cayó la capital Ctesifonte. Mandaba las tropas persas el rey sasánida Yezdigerdes III (632-651 d.C.). Desde Kadesiya, el camino hacia Irán quedó libre gracias a la victoria de Nehavend (642 d.C.). En los años sucesivos concluyó la ocupación total de Irán, y en el año 651 d.C. fue asesinado Yezdigerdes III, el último rey sasánida. Al igual que Bizancio —el otro gran imperio—, tampoco Irán esperaba ser atacado, y mucho menos a lo largo de una frontera que los persas creían protegida por el estado vasallo de los lacmidas. Sin embargo, a diferencia de Bizancio, el imperio sasánida no consiguió sobrevivir al Islam: al poco tiempo de la conquista política empezó la revolución religiosa, y la lengua y la escritura árabes se impusieron oficialmente.

En el siglo IX d.C., en las provincias orientales de Irán empezaron a formarse varias dinastías locales —entre ellas la de los samaníes (819-1005 d.C.)— que lograron independizarse del poder central y dieron lugar a una suerte de «islamización» de las tradiciones iranias. En estas provincias floreció la poesía en lengua neopersa, un fenómeno que, lejos de identificarse con un sentimiento nacionalista iranio, representa un signo de distinción aristocrática dentro de la homogénea cultura islámica, y por tanto musulmana, pero no sólo árabe. Durante el período samaní, Fidursi inicia su gran recopilación de la épica persa, el Sah Namé o «Libro de los reyes», que representa la codificación de un proceso de historización e islamización de la épica de la antigua Persia.

La influencia irania en la formación del nuevo arte islámico es de gran importancia. El arte de los inicios del Islam, desarrollado en tiempos de los omeyas (661-750 d.C.), presenta pocas o nulas características árabes de la época anterior a la conquista —es decir, aquellas que remitían a un entorno cultural sirio y mesopotámico— sino que se compone esencialmente de las aportaciones de los artistas de las regiones bizantinas y persas sometidas; en resumen, constituye una evolución tardía del arte antiguo. Con el acceso al poder de la dinastía abbasí (750-1258 d.C.) y el traslado de la capitalidad de Siria a Mesopotamia, el arte iranio, que ya había mostrado una cierta aproximación al arte islámico, queda integrado completamente en él y adquiere su vocabulario característico. Uno de los ejemplos más significativos de arte de los inicios del Islam basado en modelos iranios son las famosas pinturas de Samarra, una ciudad de Mesopotamia situada al norte de Bagdad, en la margen izquierda del Tigris. En el siglo IX d.C., Samarra fue la capital del imperio durante casi cincuenta años (836-883 d.C.). Tan sólo algunos de sus palacios han sido excavados y publicados, el más antiguo, el del califa al-Mu'tasim (833-842 d.C.) es el palacio Jawsaq al-Khaqani (h. 836 d.C.), que fue explorado en los años 1912-1913 por equipos de arqueólogos alemanes y, más tarde, por arqueólogos iraquíes. En las áreas superiores del llamado «harén» se hallaron muchas pinturas policromadas sobre revoque, las cuales superan el estilo clásico omeya y remiten a la antigua tradición persa y centroasiática.
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