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II. Caprichos

 
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Caprichos
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INTRODUCCION

 
     «Capricho» era, en el Diccionario de 1729, un «dictamen formado de idea [de intento] y por lo general fuera de las reglas ordinarias y comunes. Parece voz compuesta de Caput y Hecho, como si se dijera hecho de propia cabeza [de creación propia]; pero sin duda es tomada del italiano Capricio. En la pintura vale lo mismo que concepto». Goya, según ello, fue un hombre de capricho, esto es, el que «tiene agudeza para formar ideas singulares, y con novedad, que tengan feliz éxito». El Diccionario señala hoy que capricho es una «determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original»; y, también, «obra de arte en que el ingenio o la fantasía rompen la observancia de las reglas».
     La Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al aguafuerte por don Francisco de Goya consta de 80 estampas, anunciadas en la Gaceta de Madrid el 6 de febrero de 1799 y puestas a la venta en la calle del Desengaño, número 1, tienda de perfumes y licores, pagando por cada colección de 80 estampas 320 reales de vellón. La intención de Goya era explícita y nadie mejor que él (probablemente con ayuda de L. Femández de Moratín) la ha explicado: Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la eloqüencia y la poesía) puede también ser objeto de la pintura: ha escogido como asuntos para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil, y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia, o el interés, aquellos que ha creido más aptos para suministrar materia para el ridículo, y exercitar al mismo tiempo la fantasía del artífice.
     Y sigue: El autor; ni ha seguido los ejemplos de otros, ni ha podido copiar tampoco de la naturaleza. Y si el imitarla es tan difícil, como admirable cuando se logra, no dejará de merecer alguna estimación el que apartándose enteramente de ella, ha tenido que exponer a los ojos normas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, obscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada por el desenfreno de las pasiones.
     Concluye así: (...) En ninguna de las composiciones que forman esta colección se ha propuesto el autor; para ridiculizar los defectos particulares, a uno u otro individuo (...) La pintura, como la poesía, escoge en lo universal lo que juzga más a propósito para sus fines: reúne en un solo personage fantástico circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos, y de esta convinación, ingeniosamente dispuesta, resulta aquélla feliz imitación por la cual adquiere un buen artífice el título de inventor y no de copiante servil.
     Goya empezó sus apuntes en dos álbumes dibujados en casa de los Duques de Alba en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)) y en el llamado «Álbum de Madrid», todos a tinta china y aguada, y los siguió en 113 dibujos más. La fuerte crítica satírica de las estampas irritó a la Inquisición y Goya ofreció al Rey las 80 láminas y las colecciones invendidas. El monarca aceptó la oferta (1803) y, a cambio, incluyó al hijo del pintor, Javier, en la nómina de la Real Casa.
     La ignorancia y las pasiones, dice Goya, son el objeto de su crítica. Comentarios manuscritos de época guardan el Museo del Prado, la Biblioteca Nacional y la Colección Ayala; aclaran el mensaje de cada estampa y este catálogo reproduce los del Prado y la Biblioteca Nacional. Los Caprichos tuvieron gran difusión fuera de España. Fueron el primer símbolo de «lo goyesco» y de un nuevo modo de afrontar la realidad, presentándola próxima y expresiva, con un lenguaje fresco y atrevido, del que se harán eco los artistas del siglo XIX. Supusieron el final del frío y artificioso grabado neoclásico.
   
 
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