79. Murió la verdad

79. Murió la verdad
Una mujer joven y hermosa, coronada de laurel y con los pechos desnudos, símbolo de la Constitución y de la Verdad, yace muerta a los pies de un nutrido grupo de frailes -uno de los cuales se apresta impaciente a arrojar sobre el cadáver la primera palada de tierra- y eclesiásticos. Preside el entierro un obispo que, lejos de bendecir el cadáver, señala al cielo como si se tratara de un designio divino (la misma actitud del Desastre 71. A la derecha, la Justicia llora desconsolada la muerte de la Verdad (Fernando VII derogó en 1814 la Constitución); la balanza, su atributo, permanece enredada. La luz sobrenatural que irradia la Verdad no es naturalista y los personajes que componen la escena están iluminados o en penumbra, en función de su papel expresivo.
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