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III. Desastres

 
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Desastres
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INTRODUCCION

 
     "Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte. Y otros caprichos enfáticos" fue el prolijo título escrito por Goya en el ejemplar regalado a su amigo el célebre crítico Ceán Bermúdez. La represión política absolutista que coincidió con la conclusión de la obra y los anteriores fracasos económicos de Goya como grabador (las copias de Velázquez y los Caprichos no se vendieron bien) dejaron inéditos los Desastres casi medio siglo, hasta 1863. Redescubierta entonces por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, esta serie se convirtió en paradigma para los aguafuertistas de creación. Hoy, a casi dos siglos de su invención, las estampas mantienen íntegro su valor, gracias a su significado universal e intemporal y a su insuperable expresión estética.
     Goya comenzó a grabar las láminas hacia 1810, fecha que consta en varias planchas, tras conocer el frente en una estancia que hizo en Zaragoza, llamado por Palafox, desde octubre de 1808 hasta los primeros meses de 1809; se aplicó con decisión a la tarea de abrir los cobres, variando poco la primera idea de los dibujos preparatorios, que en su mayoría guarda el Museo del Prado. La serie se concibió, primero, como un álbum de estampas patrióticas sobre la Guerra de la Independencia, aunque de forma muy original; el lento avance de la obra y la evolución política de España sugirieron a Goya extender la serie a otros sucesos, y así nació el núcleo de los Caprichos enfáticos. Las investigaciones sobre las técnicas y el papel utilizados y sobre el contexto histórico-artístico de las imágenes han fijado la cronología de los Desastres entre 1810 y 1815, mejor que en los años 1810-1823, fecha de la liquidación del régimen liberal y comienzo de la Ominosa Década absolutista. Esta cronología corta abunda en la cohesión de la serie, sin cortes bruscos entre sus tres partes: el primer bloque, dedicado a la guerra (hasta la estampa 47); el siguiente, a la hambruna sufrida por Madrid en 1811 y 1812 (nº 48-64); y el tercero, los Caprichos enfáticos, referidos al régimen represor de Fernando VII (del nº 65 al final). Los Desastres, por lo tanto, fueron grabados a la vez que preparaba Goya la Tauromaquia (puesta a la venta en 1816) y los dibujos de los Disparates, serie, esta última, redescubierta también póstumamente (1864) cuya edición no dejó ultimada el artista.
     Los Desastres dan rienda suelta a una de las categorías estéticas fundamentales de la modernidad: el patetismo. Goya, a diferencia de la mayoría de sus coetáneos, no fija ninguna crónica seriada y sistemática de los hechos, lo que dificulta la interpretación de las imágenes. Por el contrario, transforma o elimina lo anecdótico para llegar a una visión universal.
     La muerte, el sufrimiento y la persecución ideológica muestran un mundo negativo al que es imposible sustraerse. No son estampas propagandísticas, sino obras abiertas.
     La técnica casi en exclusiva al aguafuerte, vive en sabia unión con la punta seca y la aguada; el aguatinta, tan usual en los Caprichos, apenas aparece, quizás por la falta de medios causada por la guerra. Todo ello acentúa el patetismo de la imagen y refuerza con el dominio técnico los valores estéticos, a pesar de los defectos de las planchas, descuidadas por sus herederos, en la primera edición de 1863.
   
 
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