IX. Levantamientos en Oriente Próximo

Introducción

La entrada de los Selyúcidas en Jerusalén, en 1079, desencadena en toda la cuenca mediterránea un zafarrancho de combate generalizado: la reacción cristiana se concreta con la puesta en marcha, en 1095, de las cruzadas por parte de los pueblos europeos. Estas expediciones están concebidas a la vez como peregrinaciones al Santo Sepulcro y como guerra santa para liberar a los cristianos orientales de la presencia de los Turcos. Los Selyúcidas irrumpen en Anatolia, y vencen a las tropas bizantinas en la batalla de Mantzikert (1071), lo cual afecta directamente a las comunidades ortodoxas de Asia Menor. Subvierte, además, en Jerusalén, un statu quo que se había ido instaurando entre árabes y cristianos de Tierra Santa. La Primera Cruzada consigue, en 1099, expulsar a los musulmanes de la ciudad de Jerusalén y fundar en Palestina un reino latino que subsistirá hasta la caída de San Juan de Acre (Akka) ante las tropas de Mameluk al-Ashraf Khalil, en 1291.

Antes de que termine la dinastía de los califas fatimíes de El Cairo, los cruzados ocupan una parte de Egipto como resultado de las querellas sobre la sucesión que estallan en ese momento. Los Francos llegan incluso a sitiar El Cairo durante algún tiempo. Es entonces cuando Saladino (Salah de-Din Yusuf, 1171-1193) hace su aparición en la historia, primero como prefecto de Alejandría, después como primer ministro de un general sirio en lucha contra el califa Alí en nombre de Nur de-Din Zengi, atabeg de Alepo (1146-1174), más tarde de Damasco, a partir de 1154. Saladino, que es el sobrino de Nur de-Din, pone fin al anticalifato de El Cairo en 1171: la caída de los Fatimíes pasa inadvertida en medio de las convulsiones que siguen a los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes. Pero este acontecimiento anuncia la creación por parte de Saladino de un poder nuevo, que une en 1183 a Egipto y Siria bajo la égida de los Ayubíes.

Hijo de Ayyub, que reinaba en la región de Baalbek, Saladino es un príncipe de origen kurdo y de obediencia sunnita, aureolado de victorias. Le pide al califa de Bagdad su investidura como soberano de Egipto, provincia que él asocia a Siria, y cuyo territorio incluye la Alta Mesopotamia, para formar un reino poderoso, capaz de vencer a los Francos de Tierra Santa. Gracias a este guerrero perspicaz, las tropas islámicas vencen a los cruzados en Hattin y entran en Jerusalén en 1187. A la muerte de Saladino, el vasto territorio que controlaban los Musulmanes —y que se extendía hasta el Yemen— será dividido en muchos sultanatos pequeños.

Las nuevas corrientes de la arquitectura

El período de fluctuaciones que engloba el final del siglo XI y el XII procede de dos causas principales: por una parte, la oleada de poblaciones que acompaña la llegada de los Turcos de Asia central, que traen consigo las costumbres heredadas durante su estancia en Persia; y por otra, la renovación sunnita que aportan estos adeptos recién convertidos, quienes se oponen a los Alíes.

Bajo los Selyúcidas, Alepo añade a su Gran Mezquita un minarete cuadrado, en piedra tallada, construido en 1089 por un arquitecto local llamado Hasan ibn Mufarrag al-Sarmani. El monumento, de 46 metros de alto y 5 metros de ancho, tiene cinco niveles y está adornado por arcos polilobulados. La cornisa que tiene en la parte superior, soportada por hileras de estalactitas, o mukarnas, está coronada por una galería desde la que el almuédano profiere su llamada a la oración [FIG. 1].

A continuación, bajo Nur de-Din Zengi, atabeg de Alepo, que se apodera de Damasco en 1154, se observa un desarrollo de las estalactitas que cubren la cúpula del maristan (hospital) al-Nuri. Esta obra prestigiosa muestra, en efecto, los extraordinarios recursos de esta estructura en forma de «panal» que permite cubrir el intradós de las cúpulas, reforzándolas al mismo tiempo [FIG. 2].

Desarrollo de la arquitectura militar

Si El Cairo está provisto, en 1087, bajo Badr Gamali, de una poderosa muralla de piedra, la irrupción de los Selyúcidas, y después de los cruzados, provoca una intensa actividad arquitectónica en el campo de la poliorcética y de las construcciones defensivas. Es el caso, en particular, de la formidable ciudadela que construye Saladino, a partir de 1176, al sur de El Cairo, sobre los primeros contrafuertes del Mokkatam. La empresa es enorme: constituye una ruptura con la tradición, puesto que la fortaleza se alza fuera de las aglomeraciones de Fustat y de Kahira, en un sitio escarpado que domina netamente los barrios habitados. Se compone de dos partes: el castillo, donde está estacionada la guarnición, y el palacio, donde vive el sultán, cada uno rodeado por su propia muralla. Vuelta hacia la ciudad antigua, la fortaleza presenta unas puertas de acceso impresionantes, mientras que, por el lado sur, en dirección a la montaña, ofrece una poderosa muralla jalonada por torres semicirculares, que fueron construidas, en su mayor parte, después del reinado de Saladino.

Hipódromo de Saladino

Para acabar este proyecto colosal, Saladino recurrió, por un lado a la mano de obra formada por los prisioneros de guerra cristianos, que constituían unos cuantos miles, y por otro a los materiales que ofrecían tanto las pequeñas pirámides de Gizeh como los edificios faraónicos de la región de Abusir. Una primera campaña de trabajos se terminó en 1184, según una inscripción que se refiere a la fortaleza con su muralla de 1700 metros de perímetro, englobando una superficie de 13 hectáreas. Se aplicó aquí toda la técnica militar perfeccionada en el enfrentamiento con los cruzados. La fortificación, de 3,5 metros de grosor, estaba formada por torres y casernas. La amplitud de la construcción era tal que, medio siglo después de la muerte de Saladino, las obras aún estaban en marcha.

En la parte occidental, una segunda muralla contigua estaba destinada a cobijar el palacio del que sólo quedan escasos vestigios. Dominaba el inmenso hipódromo destinado al juego del polo. Este meïdan, según la acepción persa, medía 600 metros de largo y 100 de ancho. Era aquí donde tenían lugar las paradas oficiales y donde las tropas del soberano hacían la instrucción. El espacio abierto que representaba este meïdan Salah ed-Din se inscribía dentro de la más pura tradición romano-bizantina y superaba las dimensiones de las plazas del Circo de Roma y del gran hipódromo de Constantinopla.

Las ciudadelas de Damasco y de Alepo

Treinta años después de comenzarse a construir la ciudadela de El Cairo, la ciudad de Damasco se protege igualmente con una muralla que rodea su ciudadela, obra del hermano de Saladino, que decide edificarla en 1206 [FIG. 3]. Se trata de una muralla rectangular, orientada en sentido este-oeste, como el temenos sobre el que se eleva la cercana Gran Mezquita de los Omeyas. La obra está bordeada al norte por el río Barada, que le sirve de foso. La muralla, de 240 metros de largo aproximadamente, está flanqueada por doce torres rectangulares, construidas con gran aparejo de almohadillado. Estas torres llevan almenas salientes que dominan unas troneras. En las esquinas o en medio de las fachadas externas, estas almenas descansan sobre potentes modillones entre los cuales los defensores pueden disparar sus armas. Su estructura en saledizo, sostenida por un muro detrás del cual se protegen los defensores, es una de las principales innovaciones de la arquitectura militar de la época de las cruzadas. Las murallas están jalonadas, a lo largo de todo su perímetro, por grandes merlones horadados por troneras en forma de saeteras.

Basándose en las mismas técnicas, llevadas a una escala considerablemente mayor, y dominando un cerro natural en forma de cono truncado, allanado por la mano del hombre para formar un glacis inclinado y empedrado, la ciudadela de Alepo [FIG. 4] es una de las obras defensivas más impresionantes de todo el Próximo Oriente. Desde la Antigüedad, esta enorme loma rocosa, sobre la que se había concentrado el hábitat a lo largo de los últimos milenios antes de nuestra era, ha constituido un refugio. Pronto, toda la superficie será ocupada y la ciudad sólo podrá ensancharse hacia la planicie. En la época helenística, la acrópolis se compone de las fortificaciones, los templos y el palacio. Sobre la fortaleza romano-bizantina se elevará una plaza fuerte musulmana, construida a finales del siglo XII por el ayubí Zaher al-Ghazi, hijo de Saladino, y terminada en 1209. Más tarde, la ciudadela de Alepo será devastada por los Mongoles en 1258 y no será reconstruida hasta 1292. Arruinada de nuevo por Tamerlán, será restaurada en el siglo XVI por los Otomanos. A pesar de esto, su muralla y sus defensas subsisten esencialmente tal y como han sido concebidas en la época de los Ayubíes.

A unos cincuenta metros por encima de la ciudad de Alepo, esta acrópolis presenta en la cima una superficie plana, ovalada, de 300 metros de ancho de este a oeste y de 170 metros de norte a sur. La muralla que la rodea tiene cuarenta y dos torres cuadradas salientes. El acceso se encuentra en el flanco meridional de este conjunto, completamente aislado sobre sus glacis. Para atravesar el gran foso que rodea la construcción, y para escalar este glacis escarpado que conduce al poderoso bastión en forma de torre cuadrada que sobresale en medio de la muralla, los arquitectos han ideado un puente inclinado soportado por siete arcos altos y estrechos [FIG. 5]. Este puente une la barbacana de la entrada —que tiene la función de cabeza de puente propiamente dicha— con la enorme torre [FIG. 6]. El tablero rectilíneo, en plano inclinado, está dominado por seis baterías de troneras situadas a media altura en los muros de este bastión, en cuyo seno se abre una parte hundida que corona un arco impresionante. Es aquí donde se sitúa la entrada de la ciudadela. Bajo la bóveda que encierra nuevas baterías de troneras, la puerta se abre del lado derecho, que está en frente del escudo de los asaltantes: los guerreros lo llevan en la mano izquierda para dejar libre en sus movimientos el brazo que combate. Se trata, en efecto, de debilitar la defensa del enemigo. Este sistema de la entrada esquinada a la derecha, ya utilizado en Krak de los Caballeros, impide asimismo el recurso al ariete para abatir el batiente de la puerta. Tras ella, que tiene una barrera de hierro y un «blindaje» forjado con arte, las fuerzas que consiguen superar esos primeros obstáculos se encuentran con un pasillo cinco veces esquinado y enteramente cubierto, que escala los declives que conducen al nivel superior de la fortaleza. Este recorrido obligado, dominado por unas troneras e interrumpido por una serie de puertas, confiere al dispositivo de defensa toda su eficacia.

La ciudad de Hama, sobre el curso del Oronto, ha sacado partido del río practicando unos originales métodos de riego: recurriendo a enormes ruedas de madera animadas por la corriente y provistas de cangilones, los ingenieros árabes han llegado a abastecer, a más de 10 metros de altura, a los acueductos que distribuían el agua por los campos. Esta técnica es anterior al siglo XIII, como lo atestigua una miniatura árabe de la «Historia de Bayad y Riyad», manuscrito conservado en la Biblioteca del Vaticano.

La madraza del paraíso en Alepo

Cuando Saladino pone final anticalifato de El Cairo, en 1171, y funda un imperio que une Siria, Egipto y Arabia hasta el Yemen, consagra un regreso triunfante del sunnismo, tras el eclipse provocado por los califas fatimíes. Si los Selyúcidas eran los protectores de la ortodoxia, también los Ayubíes muestran un considerable celo por la difusión de la doctrina sunnita. Ésta es la razón por la cual emplean sus esfuerzos en la creación de numerosas madrazas, o escuelas coránicas.

Originaria de la Persia selyúcida, la fórmula de la madraza transmitía unas formas típicas de la arquitectura iraní: por una parte, el iwan —ese gran espacio cubierto y ampliamente abierto en la fachada— construido por lo general al borde de un patio y, por otra, las estalactitas, o mukarnas [FIG. 7], que cubren bóvedas y cúpulas. Las estalactitas sirven de motivo ornamental bordeando las cornisas, subrayando los frisos, decorando los capiteles [FIG. 8] y las caídas de los arcos, etc. Iwans y mukarnas caracterizan en Persia tanto las mezquitas y madrazas como las posadas para las caravanas y las construcciones palatinas o los mausoleos.

Testimonio del celo de los Ayubíes por la enseñanza religiosa, la madraza Firdows, o madraza del Paraíso, al sur de la ciudad de Alepo, es levantada en 1223 por la viuda de al-Ghazi [FIG. 9]. Es un edificio macizo y rectangular [FIG. 10] que exteriormente altos muros desnudos. La construcción se inscribe dentro de un plano simétrico de 57 metros de largo por 45 metros de ancho. Está enteramente construida por un hermoso aparejo calcáreo, de hiladas regulares. Un portal lateral, coronado por una bóveda de estalactitas talladas en piedra, dan acceso a un pasillo esquinado por el cual se llega al patio central cuadrado de 22 metros de lado. En medio, hay una hermosa fuente destinada a las abluciones rituales [FIG. 11]. En tres de sus lados se desarrolla un pórtico de arcadas afiladas soportadas por columnas con capiteles decorados por mukarnas. El cuarto lado —al norte— está ocupado por un gran iwan cuadrado. Se abre mediante un gran arco, con grandes claves, de 9 metros de uno a otro lado. Es el lugar donde se enseña el Corán. Detrás de los pórticos laterales, dos salas largas con hileras de cúpulas estaban destinadas al estudio [FIG. 12]. El tercer lado, al sur, forma un espacio idéntico, pero oblongo, que sirve como lugar de oración. Esta pequeña mezquita muestra, en medio del muro de la kibla, un soberbio mihrab adornado con mármol policromado, con motivos geométricos y arcos entrelazados [FIG. 13]. En las esquinas meridionales del edificio se encuentran pequeños cuartos cuadrados. La cúpula que cubre cada uno de ellos está provista de pechinas cubiertas de estalactitas. Vista desde fuera, la madraza Firdows totaliza once cúpulas de idéntico diámetro que cubren las dos salas de estudio, la mezquita y los cuartos esquinados.

Esta hermosa madraza ilustra perfectamente la fusión entre las formas iraníes —iwans y mukarnas— inspiradas en las construcciones de ladrillo, y la técnica de la piedra tallada, tratada según la tradición siria que se remonta a la época romano-bizantina. Respecto al tema, evocado por su nombre, del Paraíso prometido al creyente, enlaza con la corriente ilustrada por los mosaicos de la mezquita de los Omeyas de Damasco.

Los últimos edificios abasíes de Bagdad

Así como en la Siria ayubí se percibe el eco de las formas iraníes, del mismo modo los últimos edificios construidos bajo los califas de la prestigiosa dinastía de los Abasíes —que ya sólo ejercen un poder nominal y religioso— reflejan la influencia de Persia. Desde que los emires Buyid han puesto a los califas abasíes bajo su protección, el sello iraní se ha impuesto en Bagdad. Sin embargo, cuando los Selyúcidas «iranizados» se apoderan de la capital de los Abasíes en 1055, Togrul Begh, en defensa del sunnismo recibe del califa el título de Sultán y soberano de Oriente y Occidente. Estos Turcos rápidamente cultivados —asimilan la herencia de Persia bajo el reinado de Malik Shah en Isfahan (1072-1092) y de su visir iraní Nizam al-Mulk— consiguen promover el arte persa que llevan a un notable apogeo.

Los arquitectos de Persia son ya en todas partes los propagadores de la madraza, edificio destinado a la formación de teólogos y juristas. Difunden también los sistemas decorativos basados en las estalactitas e imponen la arquitectura de ladrillo que ellos mismos han adoptado para que sus obras resistan mejor a los seísmos frecuentes en la región de las altiplanicies.

Un siglo más tarde, gracias al debilitamiento de los Selyúcidas en tiempos de al-Nasir al-Din Allah (1180-1225) el califato vuelve a encontrar pronto su capacidad creadora. Este soberano construye en Bagdad unos edificios según el espíritu persa que constituyen el canto del cisne de los «pequeños Abasíes», cuyos reinados caracterizan el fin de la dinastía. Su último representante, al-Motasim (1242-1258), va a caer pronto bajo las armas de los Mongoles, quienes lo ejecutarán sin piedad.

Hay un ejemplo interesante que atestigua la impronta iraní en Iraq: la cúpula con mukarna del curioso mausoleo de Sitta Zobeïda [FIG. 14] [FIG. 15], construido por el califa al-Nasir, en memoria de la esposa de Harun al-Rasid (siglo VIII). Esta tumba se inspira en la del Imam Dur, que data de 1085, aunque su alta cúpula de nueve niveles de estalactitas no descansa sobre una base cuadrada como la de su modelo, sino sobre un octógono. La obra representa sin lugar a dudas una considerable demostración técnica, con sus sucesivas subdivisiones de alvéolos que se multiplican para formar, a media altura, una estrella de treinta y dos lados. Por encima, una apretada red de alvéolos, en la que se abren pequeñas lunetas para la iluminación (similares a las de las salas de hammam), confiere una atmósfera misteriosa a este espacio interno.

Sucesor de este soberano, el califa al-Mustanzir (1226-1242) manda edificar la madraza llamada Mustansiriya de Bagdad [FIG. 16]. Es un edificio oblongo (unos 100 metros de ancho por 50), con un gran patio (63 x 28 metros) en doble simetría axial subrayada por cuatro iwans situados de manera que se correspondan de dos en dos alrededor de un estanque central para las abluciones [FIG. 17]. Uno de estos iwans se sitúa detrás de un gran portal de entrada, a la manera de los pishtak de Irán. Otros dos, sobre los lados estrechos del patio, abren sus altas bóvedas afiladas en el seno del majestuoso marco que subraya su presencia. El último, de cara a la entrada, tiene el aspecto de una sala oblonga, con tres entradas, que hace la función de haram, o lugar de oración, donde se encuentra un mihrab.

Figura 14
Figura 15
Figura 16

Alrededor del patio se despliegan, sobre dos niveles, las arcadas detrás de las cuales se sitúan las celdas de los maestros y de sus alumnos. Hay unas sesenta habitaciones señaladas por hermosos arcos cuyos tímpanos están adornados por delicados motivos geométricos, obtenidos por una especie de mosaico de ladrillo que une unas formas de estrellas y unos sistemas lineales recurrentes [FIG. 18] [FIG. 19]. Estos arcos son típicos de Persia, con su trazado de cuatro puntos focales, con dos contrafuertes ligeramente salientes y dos arcos rampantes más empinados. Todo, por otra parte, en este edificio tan esmeradamente aparejado en ladrillo, evoca el arte persa.

Lo mismo ocurre con la Qala, o Palacio de los Abasíes [FIG. 20], construida por al-Nasir o por al-Zahir antes de la mitad del siglo XIII, una parte de la cual ha sido reconstruida para devolver al conjunto su unidad. La extraordinaria restauración llevada a cabo permite captar el aspecto original de esta construcción de ladrillo con un patio central polarizado por dos iwans axiales. Está rodeada por una galería que da acceso a unas habitaciones exiguas: en realidad, la observación de la planta demuestra que, a pesar de su nombre pomposo, se trata de una madraza más que de un palacio. Esta escuela de 42 x 60 metros aproximadamente presenta, como la Mustansiriya, dos niveles de arcadas detrás de las cuales se sitúan las habitaciones de los maestros y de los estudiantes. Este tipo de planta con patio central de origen persa está totalmente basada en una organización centrípeta: a ejemplo de las mezquitas rodeadas de pórticos, está de espaldas a la calle, y sus fachadas dan al patio. Por eso la decoración se concentra en esta zona más que en la parte externa de la construcción [FIG. 21a] [FIG. 21b].

La particularidad ornamental de este edificio (que muestra grandes analogías con la Mustansiriya) reside en la galería inferior, que está cubierta de estalactitas, cuyos alvéolos y triángulos cóncavos forman unas cascadas petrificadas detrás de los arcos con molduras en bocel. Esta fórmula tan original demuestra que se está generalizando un sistema que, precisamente aquí, estaba reservado a los elementos más sagrados de los edificios (mihrab, iwan) o a las estructuras portantes (galerías en saledizo de los minaretes).

Con este arte que florece en la Bagdad de los últimos Abasíes, se constata no solamente el vigor de la marca persa, sino también la renovación y prolijidad del estilo elaborado antes de la mitad del siglo XIII. Es el auge que conocerá la arquitectura árabe tras la caída de los Abasíes, con las obras maestras de los Mamelucos de El Cairo (1250-1517), los Meriníes de Marruecos (1248-1465) y los Nasríes de Granada (1237-1492), autores de la incomparable Alhambra.

Bagdad abasí

Un puente sobre el Tigris
Una puerta fortificada
Un sistema defensico eficaz